Relato soñado - Arthur Schnitzler - E-Book

Relato soñado E-Book

Arthur Schnitzler

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Beschreibung

"—No te me escaparás. Tienes que llevarme. —Pero amigo… —Déjame a mí el resto. Ya sé que es "peligroso"… quizá sea eso lo que me atrae." Quien habla así es Fridolin, un joven médico vienés, acomodado, felizmente casado y padre de una niña, que durante unos carnavales se siente misteriosamente arrastrado hacia lo desconocido, un mundo a medio camino entre el sueño y la vigilia, en el que, atrapado por el deseo, vivirá experiencias de extraña y fascinadora intensidad. Con una sutileza fuera de lo común y unas capacidades descriptivas y psicológicas extraordinariamente modernas, Arthur Schnitzler nos sitúa en un terreno ambiguo y ambivalente, de una mágica ensoñación. "Relato soñado es un milagro de inteligencia y sutileza." Javier Alfada, El Mundo "Una novela breve de turbadora belleza." Mauricio Bach, La Vanguardia "Traducida impecablemente por Miquel Sáenz. Un gran libro." Cecilia Dreymüller, ABC "Arthur Schnitzler urde en esta novela sonámbula, escrita con la magistral concisión que lo caracteriza, una ambigua lección moral en la que concurren ejemplarmente los motivos centrales de la cultura vienesa de fin de siglo." Ignacio Echevarría, El País "Schnitzler planteó con total modernidad la temática sentimenal y sexual a caballo de dos siglos." Quim Casas, El Periódico "Evoca ese contexto tan legendario que fue el panorama cultural de la capital austriaca entre los siglos XIX y XX. Un espacio y un tiempo especialmente próspero en revolucionarias transformaciones estéticas". Descubrir el arte

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ARTHUR SCHNITZLER

RELATO SOÑADO

TRADUCCIÓN DEL ALEMÁN

DE MIGUEL SÁENZ

ACANTILADO

BARCELONA 2021

TABLA

I—II—III—IV—V—VI—VII

I

«Veinticuatro esclavos morenos remaban en la espléndida galera que llevaba al príncipe Amgiad al palacio del Califa. El príncipe, sin embargo, envuelto en su manto de púrpura, estaba echado en cubierta bajo el cielo de la noche, de un azul oscuro y tachonado de estrellas, y su mirada...»

Hasta entonces la pequeña había leído en voz alta; ahora, casi de pronto, se le cerraron los ojos. Sus padres se miraron sonriendo, Fridolin se inclinó sobre ella, le besó el rubio cabello y cerró el libro, que descansaba sobre la mesa todavía por recoger. La niña pareció haber sido sorprendida en falta.

—Las nueve—dijo su padre—, es hora de irse a la cama.

Y como, ahora, también Albertine se había inclinado sobre la niña, las manos de ambos padres se encontraron sobre aquella frente querida y, con una sonrisa cariñosa, no dirigida sólo a la niña, sus miradas se cruzaron. La institutriz entró y dijo a la pequeña que diera las buenas noches a sus padres; ella se levantóllevar por su institutriz fuera de la habitación. Fridolin y Albertine, solos ahora bajo el resplandor rojizo de la lámpara del techo, se apresuraron a reanudar su conversación, iniciada antes de la cena, sobre lo ocurrido en el baile de disfraces del día anterior.

Había sido ese año su primer baile, al que habían decidido ir cuando estaban ya a punto de terminar los Carnavales. Por lo que a Fridolin se refería, apenas entró en el salón fue saludado, como un amigo esperado con impaciencia, por dos mujeres en dominó rojo cuya identidad no pudo averiguar, aunque ellas, sorprendentemente, sabían muchas cosas de sus tiempos de estudiante y del hospital. Salieron del palco al que lo habían invitado con amabilidad llena de promesas, diciéndole que volverían muy pronto y sin máscara, pero permanecieron tanto tiempo ausentes que él, impaciente, prefirió bajar a la sala, confiando en encontrar allí otra vez a las sospechosas apariciones. Pero, por mucho que miró por todas partes, en ningún lado pudo divisarlas; en lugar de ellas, otra mujer se colgó de su brazo de improviso: su esposa, que acababa de librarse rápidamente de un desconocido cuyo aire melancólico e indiferente y su acento extranjero, al parecer polaco, la habían cautivado al principio, pero que la había ofendido, incluso asustado, con unas palabras desagradables e insolentes, inesperadamente pronunciadas. De modo que marido y mujer, en el fondo contentos de haber escapado al decepcionante y trivial juego de las máscaras, se sentaron pronto en el bufé como dos amantes, entre otras parejas de enamorados y ante ostras y champaña, conversando amablemente como si acabaran de conocerse, y representando una comedia de cortejo, resistencia, seducción y rendición; y, tras un rápido recorrido en coche a través de la blanca noche de invierno, cayeron en casa el uno en brazos del otro, con un amor feliz que desde hacía tiempo no experimentaban con tanto ardor. Una mañana gris los despertó demasiado pronto. Al marido, su profesión lo obligaba a ir ya a primera hora a visitar a sus pacientes; y sus deberes de ama de casa y madre apenas dejaban descansar algo más a Albertine. Por eso, las horas transcurrieron prosaicas y predeterminadas, dedicadas a las tareas diarias y el trabajo, y la noche anterior, tanto en su principio como en su final, palideció; sólo ahora, cuando los dos habían terminado el trabajo del día, la niña se había acostado y no esperaban ser molestados por nadie, volvieron a cobrar realidad las sombras del baile de disfraces, del melancólico desconocido y de los dominós rojos; y aquellos acontecimientos insignificantes se bañaron de pronto, mágica y dolorosamente, en el resplandor engañoso de las ocasiones perdidas. Intercambiaron preguntas inocentes y, sin embargo, recelosas, y respuestas astutas y ambiguas; a ninguno de los dos se le escapaba que el otro no era absolutamente sincero, y por eso los dos se sentían inclinados a una suave venganza. Exageraban el grado de atracción que sus desconocidos acompañantes del baile habían ejercido sobre ellos, se burlaban de los celos que el otro manifestaba y disimulaban los propios. Sin embargo, de la charla ligera sobre las insignificantes aventuras de la noche pasada pasaron a una conversación seria sobre los deseos escondidos y apenas sospechados que hasta en el alma más pura y clara pueden provocar turbios y peligrosos remolinos, y hablaron de aquellas regiones misteriosas por las que apenas sentían añoranza, pero a las que el viento incomprensible del Destino podía llevarlos algún día, aunque sólo fuera en sueños. Porque, por muy completamente que se pertenecieran el uno al otro en sentimientos y sentidos, sabían que el día anterior no había sido la primera vez que un soplo de aventura, libertad y peligro los había rozado; temerosa y atormentadamente, con sucia curiosidad, trataban de extraerse mutuamente confesiones y, acercándose más tímidamente, cada uno buscaba algún hecho, por indiferente que fuera, alguna experiencia, aunque fuera insignificante, que pudiera ser expresión de lo inefable y cuya confesión sincera pudiera librarlo quizá de una tensión y una desconfianza que, paulatinamente, comenzaban a hacerse insoportables. Albertine, que acaso fuera la más impaciente, la más franca o más buena de los dos, fue la primera en encontrar valor parahablar abiertamente; y, con voz un tanto indecisa, le preguntó a Fridolin si recordaba a un joven que, el pasado verano, en la playa danesa, estaba sentado una noche, con dos oficiales, a una mesa cercana, recibió un telegrama mientras cenaba y al punto se despidió apresuradamente de sus amigos.

Fridolin asintió.

—¿Quién era?—preguntó.

—Lo había visto ya por la mañana—respondió Albertine—, en el momento en que él subía deprisa las escaleras del hotel con su bolsa amarilla. Me miró fugazmente, pero sólo unos escalones más arriba se detuvo, se volvió hacia mí y nuestras miradas se encontraron. No me sonrió; de hecho, más bien me pareció que su rostro se ensombrecía, y sin duda a mí me ocurrió lo mismo, porque me sentí conmovida como nunca. Durante todo el día permanecí echada en la playa, perdida en mis sueños. Si me hubiera llamado (pensaba saber), no hubiera podido resistirme. Me creía dispuesta a todo; creía estar prácticamente decidida a renunciar a ti, a la niña y a mi futuro, y al mismo tiempo (¿puedes comprenderlo?) me eras más querido que nunca. Precisamente esa tarde, te acordarás aún, ocurrió que hablamos con toda confianza de mil cosas, también de nuestro futuro común y también de la niña, como desde hacía tiempo no hablábamos. A la puesta de sol estábamos sentados en el balcón, tú y yo, y él pasó abajo por la playa, sin levantar la vista, y me sentí feliz al verlo. A ti, sin embargo, te acaricié la frente y te besé el cabello, y en ese amor mío por ti había al mismo tiempo mucha compasión dolorosa. Aquella noche yo estaba muy guapa, tú mismo me lo dijiste, y llevaba una rosa blanca en el talle. Tal vez no fuera casualidad que el extraño y sus amigos se sentaran cerca de nosotros. No me miraba, pero yo jugaba con la idea de aproximarme a su mesa y decirle: aquí estoy, mi esperado, mi amado... llévame contigo. En ese instante le trajeron el telegrama, lo leyó, palideció, susurró unas palabras al más joven de los oficiales y, rozándome con una mirada enigmática, abandonó la sala.

—¿Y luego?—preguntó Fridolin secamente, cuando ella se quedó en silencio.

—Nada más. Sólo sé que, a la mañana siguiente, me desperté con cierta angustia. Qué era lo que me angustiaba (que él se hubiera ido o que pudiera estar aún allí) no lo sé, y tampoco lo sabía entonces. Sin embargo, cuando, al mediodía, siguió ausente, respiré aliviada. No me preguntes más, Fridolin, te he dicho toda la verdad... Y también tú tuviste en esa playa una experiencia parecida... lo sé.

Fridolin se levantó, recorrió la habitación varias veces de un lado a otro y dijo luego:

—Tienes razón. —Estaba de pie junto a la ventana, con el rostro en la oscuridad. —De mañana—comenzó a decir con voz velada, un tanto hostil—, a veces muy temprano aún, antes de que tú te levantaras, solía caminar a lo largo de la orilla, saliendo del pueblo; y, aunque era tan pronto, el sol lucía ya claro y fuerte sobre el mar. Allí en la playa, como sabes, había pequeñas villas que se alzaban como pequeños mundos independientes, algunas con jardines rodeados de vallas, otras sólo rodeadas de bosque, y las casetas de baño estaban separadas de las casas por la carretera y por un trozo de playa. Rara vez encontraba a nadie a esa hora tan temprana; y bañistas no se veía a ninguno. Una mañana, sin embargo, divisé de pronto una figura femenina que, hacía un momento invisible todavía, estaba de pie en la pequeña terraza de una de las casetas de baño levantadas sobre pilotes en la arena y avanzaba con precaución, poniendo un pie delante de otro, con los brazos echados hacia atrás, contra la pared de madera. Era una muchacha muy joven, de unos quince años, con el cabello rubio suelto que le caía sobre los hombros y, por un lado, sobre el delicado pecho. La muchacha miraba ante sí, hacia el agua y seguía deslizándose lentamente a lo largo de la pared, con los ojos bajos hacia la esquina opuesta, y de pronto se detuvo delante de mí; echó más hacia atrás los brazos, como si quisiera afianzarse mejor, levantó la vista y me miró de repente. Un temblor le recorrió el cuerpo, como si fuera a derrumbarse o a huir. Pero como, sobre la estrecha tabla, sólo hubiera podido desplazarse muy lentamente, decidió estarse quieta..., y allí se quedó, al principio con rostro asustado, luego furioso y, finalmente, desconcertado. De repente, sin embargo, sonrió, sonrió maravillosamente; había un saludo, sí, un guiño en sus ojos..., y al mismo tiempo una burla suave, al rozar fugazmente el agua que había a sus pies y me separaba de ella. Luego, aquel cuerpo joven y esbelto se enderezó, como satisfecho de su propia belleza y, como podía notarse fácilmente, orgulloso y dulcemente excitado por el brillo de mi mirada. Así nos quedamos, frente a frente, quizá durante diez segundos, con los labios entreabiertos y los ojos centelleantes. Involuntariamente tendí los brazos hacia ella, y en su mirada hubo entrega y alegría. De repente, sin embargo, sacudió violentamente la cabeza, despegó un brazo de la pared y me hizo gesto imperioso de que me alejara; y, como yo no me resolviera a obedecer, hubo tal ruego, tal súplica en sus ojos de niña, que no me quedó otro remedio que alejarme. Continué mi camino tan rápidamente como pude; ni una sola vez me volví a mirarla, no por consideración realmente, por obediencia o por caballerosidad, sino porque ante su última mirada había sentido tal conmoción, más allá de todo lo hasta entonces experimentado, que me sentía a punto de desmayarme.

Guardó silencio.

—¿Y cuántas veces—preguntó Albertine, con la vista fija y sin acento alguno—rehiciste el mismo camino?

—Lo que te he contado—respondió Fridolin—ocurrió casualmente el último día de nuestra estancia en Dinamarca. Tampoco yo sé qué hubiera ocurrido en otras circunstancias. Y no me preguntes más, Albertine.

Seguía junto a la ventana, inmóvil. Albertine se levantó y se dirigió hacia él; tenía los ojos húmedos y oscuros y la frente ligeramente fruncida.

—En lo sucesivo, nos contaremos enseguida esa clase de cosas—dijo.

Él asintió en silencio.

—Prométemelo.

Él la atrajo hacia sí.

—¿Es que no lo sabes?—preguntó; pero su voz seguía siendo dura.

Ella le cogió las manos, las acarició, y levantó la vista hacia él con ojos velados en cuyo fondo Fridolin podía leer sus pensamientos. Entonces ella pensó en otras experiencias, más reales, pensó en experiencias de la juventud de él, de muchas de las cuales había sabido porque, cediendo con demasiada facilidad a su celosa curiosidad, él le había revelado muchas cosas en sus primeros años de matrimonio; efectivamente, como a menudo le parecía a él, le había confiado lo que hubiera sido preferible guardar para sí. En aquel momento, él lo sabía, muchos recuerdos la acosaban con insistencia, y apenas se asombró cuando ella, como en sueños, pronunció el nombre semiolvidado de una de sus amantes de juventud. Sin embargo, le sonó como un reproche, como una suave amenaza.

Él se llevó las manos de ella a los labios.

—En cada ser (créemelo aunque te parezca trivial), en cada ser que yo creía amar, sólo te buscaba siempre a ti. Eso lo sé yo mejor de lo que tú puedes comprender, Albertine.

Ella sonrió tristemente.

—¿Y si yo también hubiera querido ir primero a la busca?—dijo.

La mirada de Albertine cambió, haciéndose fría e impenetrable. Él dejó que las manos de ella resbalaran de las suyas, como si la hubiera descubierto en alguna mentira, en alguna traición; pero ella dijo:

—Ay, si vosotros supierais—y volvió a quedarse en silencio.

—¿Si supiéramos...? ¿Qué quieres decir?

Ella respondió con extraña dureza:

—Más o menos lo que piensas, querido.

—Albertine... ¿Entonces hay cosas que me has ocultado?

Ella asintió, bajando la vista con extraña sonrisa. Unas dudas incomprensibles, insensatas, se despertaron en él.

—No lo entiendo muy bien—dijo—. Apenas tenías diecisiete años cuando nos prometimos.

—Dieciséis cumplidos, sí, Fridolin. Y sin embargo... —lo miró serenamente a los ojos—, no dependió de mí el que llegara todavía virgen al matrimonio.

—¡Albertine...!

Y ella le contó:

—Fue en el Wörthersee, muy poco antes de prometernos, Fridolin: una hermosa noche de verano había un guapo joven ante mi ventana, que daba sobre un prado grande y extenso; hablábamos y, durante esa conversación, escucha lo que yo pensaba: qué joven más agradable y encantador... sólo tendría que pronunciar una palabra, que desde luego tendría que ser la adecuada, y saldría a reunirme con él y me iría a donde él quisiera... quizá al bosque...; o más hermoso aún sería irnos en barca por el lago... y esa noche podría conseguir de mí todo lo que me pidiera. Sí, eso pensaba... Pero aquel joven encantador no pronunció esa palabra; me besó delicadamente la mano... y a la mañana siguiente me preguntó si quería ser su mujer. Y yo le dije que sí.

Fridolin le soltó disgustado la mano.

—Y si esa noche—dijo luego—otro hubiera estado por casualidad ante tu ventana y se le hubiera ocurrido la palabra adecuada, por ejemplo... —pensó qué decir, pero ella extendió los brazos como rechazándolo.

—Otro, quien fuera, hubiera podido decir lo que quisiera... pero no le hubiera servido de nada. Y si no hubieras sido tú quien estaba ante aquella ventana... —le sonrió—, aquella noche de verano no hubiera sido tan hermosa.

Él frunció los labios, burlón.

—Eso lo dices en este instante, lo crees probablemente en este instante. Pero...

Llamaron a la puerta. Entró la sirvienta y dijo que la portera de la Schereyvogelgasse había venido para buscar al señor doctor y llevarlo a casa del consejero áulico, que se encontraba otra vez muy mal. Fridolin se dirigió al vestíbulo y supo por la mensajera que el consejero había tenido un ataque cardíaco y estaba muy grave; y prometió ir inmediatamente.

—¿Te vas...?—le preguntó Albertine, mientras él se preparaba rápidamente para salir, con un tono tan enojado como si él le estuviera haciendo deliberadamente una injusticia.

Fridolin repuso, casi sorprendido:

—Tengo que ir.

Ella suspiró ligeramente.

—Espero que no sea tan grave—dijo Fridolin—; hasta ahora, tres centígramos de morfina le han hecho superar siempre los ataques.

La doncella había traído su abrigo de piel, Fridolin besó a Albertine en la frente y en la boca, bastante distraído, como si la conversación de la última hora se hubiera borrado ya de su memoria, y salió apresuradamente.

II

E