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Esteban Salazar Chapela (Málaga, 24 de octubre de 1900-Londres, 19 de febrero de 1965) estudió en la Escuela Normal de Maestros. A finales de 1925, fijó su residencia en Madrid y se responsabilizó de la sección literaria de El Estudiante. Pasó después a Revista de Occidente, donde conoció a lo más selecto de la intelectualidad madrileña. Se unió también a la redacción de La Gaceta Literaria y en 1927 a la «Revista de Libros» de El Sol. Se convirtió así en colaborador de las tres publicaciones madrileñas más importantes de la época. En 1929 vio la luz su narración La burladora de Londres. La responsable de su difusión fue la Compañía Ibero Americana de Publicaciones (CIAP), en la que empezó a trabajar, que le proporcionó estabilidad económica y la posibilidad de publicar sus primeras obras narrativas, pero le impidió participar libremente en publicaciones ajenas a la firma. Buscó entonces nuevas formas de expresión más acordes con sus intereses. El nuevo camino de su trayectoria profesional lo inició en El Sol, donde siguió publicando reseñas y, de vez en cuando, artículos de opinión en apoyo de la República. Desde entonces, se consagró a la redacción de estas colaboraciones, de las que vivió durante algo más de dos años. Salió de Madrid en enero de 1937 con destino a la capital provisional de la República. Allí trabajó en el Servicio Español de Información. Ingresó en el cuerpo diplomático y el 8 de junio de 1937 tomaba posesión de su cargo en el Consulado de la República en Escocia, donde permaneció, acompañado de su esposa, ciudadana británica, hasta febrero de 1939. Al finalizar la guerra se trasladó a Londres, acogido por su familia política. Durante los primeros años del destierro trabajó en el Servicio para Hispanoamérica de la BBC. A partir de octubre de 1941, compatibilizó la redacción y la alocución de sus Diálogos culturales con la docencia en Cambridge. Con los compatriotas exiliados en Londres colaboró en la creación del Hogar Español, de la asociación Españoles y del Instituto Español, con el que se esperaba contribuir al restablecimiento de la República en España. Pese a los buenos resultados obtenidos, el 31 de diciembre de ese mismo año el Instituto Español cerró sus puertas. Para entonces, hacía tiempo que se había desvanecido la esperanza de devolver la democracia a España; la ilusión del regreso había desaparecido. Debía buscar el modo de afrontar el largo destierro. Gracias a las solidarias gestiones de algunos exiliados residentes al otro lado del Atlántico, a pudo vivir modestamente de los artículos que remitió todas las semanas a las redacciones de México, Caracas, La Habana o Santiago de Chile. Durante sus últimos años, compaginó el periodismo, su principal medio de vida entonces, con la escritura de novelas con las que lograría alcanzar al fin su confirmación como narrador. En 1965 no pudo superar una septicemia sin diagnosticar que acabó afectándole al corazón meses después de que hubiera sido intervenido quirúrgicamente en un hospital de Londres.