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En los años sesenta, cuando nació la autora, su familia comenzaba a congregarse y a participar activamente en una iglesia evangelista. Con sus hermanas, su abuela, su tío y algunas tías asistieron a la iglesia durante casi dos décadas frente al desagrado del resto de la parentela. Desde niña escuchó el cuestionamiento de sus padres a las enseñanzas fanáticas. Fue esa la mejor herencia que les dejaron para permitir el apartamiento sin perder la confianza ni la fe en el Evangelio de Jesús.