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Más de 200 años en el futuro, la crisis climática no es una predicción, sino un hecho. Clara Maestri, una humana genéticamente manipulada, provocará un cisma, dejando el mundo establecido para hundirse en la lucha entre la Disidencia y los regidores gobernantes. La Disidencia responderá con su mejor arma: la adaptación, que bajo el precepto de la manipulación genética y las condiciones climáticas, parecía imposible. Una novela distópica que te hará preguntarte acerca del futuro de la humanidad, el amor y la esencia individual que traspasa cualquier contingencia.
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Seitenzahl: 440
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Abrazar el Caos © 2023, Sol Arriagada Espinoza Solarriagada.com IG: @solarriagada_com ISBN: 9789564019239 eISBN: 9789564063416 Registro de Propiedad Intelectual: 2020-A-4795 Primera edición: Julio 2023 Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida ni en todo ni en parte, tampoco registrada o trasmitida por un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mediante mecanismo fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin el permiso previo escrito por el autor.
Trayecto Editorial Editora: Constanza Fernández Navarro Ilustración portada: Luis Naranjo Diseño portada y diagramación: David Cabrera Corrales Dr. Sótero del Río 326 of 1003, Santiago de Chilewww.trayecto.cl +56 2 2929 4925
Imprenta: Donnebaum Impreso en Chile/Printed in Chile
A Javier, León y Gaspar, por ser mi amor, compañía e inspiración. A mi mamá y papá, por creer en todos mis pasos. Sol Julio 2023
Cuando los medios de comunicación decían que solo le quedaban diez años a la humanidad para que el daño al planeta fuera irreversible, muchos hicieron oídos sordos.
Cuando el calor se empezó a hacer una tortura y la sequía fue extendiéndose en tiempo y territorio, algunos se alarmaron.
Cuando las estaciones dejaron de cambiar y el único cambio tangible era una pequeña baja en la temperatura, algunos pensaron que algo podía estar pasando.
Cuando el sol no dejaba a las personas caminar por la superficie y la civilización comenzó a realizarse bajo tierra, muchos se dieron cuenta que ya no había vuelta atrás.
Hace doscientos años, cuando las altas temperaturas llegaban a los 48 °C en Sudamérica, y la Antártica llegaba a un peak de 20 °C, derritiendo el hielo en la superficie, los cambios se hicieron más que evidentes. Todos hablaban de la alerta ambiental y el cambio climático. Muchos comenzaron a buscar soluciones y los científicos comenzaron a buscar modificaciones.
Sin ese trabajo científico, doscientos años después, probablemente la humanidad no se parecería mucho a la que alguna vez se conoció. La vida en general se normalizó bajo tierra porque los días bordeaban temperaturas de 70 - 80 °C. Mientras, las noches más frescas bordeaban los 45 °C. Aún cuando la superficie todavía estaba disponible y muchos tenían sus casas y sus terrenos, el suelo se volvió seco y los paisajes agrestes. El verde solo era producto de la vegetación plástica y falsa que se comenzó a poner para hermosear el desolador paisaje.
Árboles falsos, flores falsas, tierra reseca y partida bajo un sol que incesantemente quemaba la superficie.
Las casas y edificios se llenaron de paneles solares. No haber utilizado esa energía hubiese sido una locura. Aún cuando siguieron existiendo los combustibles fósiles, la mayoría de la energía se volvió solar, que era una fuente inagotable.
Por supuesto, no solo el clima cambió. También lo hizo la distribución política del mundo. Era más fácil aunar ideas y soluciones para amplios territorios que trabajar en países. Así, aparecieron los sectores y entonces el mundo se dividió en siete de ellos, cada uno con sus características, poder o pobreza, y entre todos compartiendo solo dos idiomas: el inglés y el español. Todos los otros idiomas terminaron siendo lenguas muertas y, aunque pocos intentaban mantenerlos, casi nadie tenía el interés de aprenderlos. Excepcionalmente, algunas personas sabían francés, alemán o italiano. Esas personas terminaban por ser quienes trabajaban con grupos que se resistían a perder sus raíces.
El Sector 1 comprendía lo que alguna vez había sido África. Ese era el sector más afectado por los cambios. Los doscientos años lo habían secado por completo, su población ya no existía, menos su flora y fauna. En una controversial decisión, los regidores, que eran quienes llevaban el poder de cada sector, habían decidido cerrarlo. Tener población en un sector como ese les pareció más un castigo que un beneficio.
El Sector 2 era el terreno de Sudamérica y el 3 de Norteamérica. No existían islas entre ellos, ya que la escasez de agua los había convertido en tierra continua. Ambos sectores eran modestos y aislados en su propia realidad. No eran capaces de darse cuenta de que había otros sectores más privilegiados, como el 4, que correspondía a gran parte de lo que había sido Europa. El Sector 4 concentraba riquezas y comodidades que para otros podrían haber sido descaradas.
El Sector 5 comprendía los territorios que habían sido Rusia, China e India, entre otros, mientras que el 6 había sido la fría Groenlandia. Este sector también era opulento y no tenía gran cantidad de población. Finalmente, el Sector 7 correspondía a lo que había sido Australia, el único sector con un nivel de igualdad imitable, donde nadie tenía en exceso y nadie carecía.
Los regidores más populares y con más poder provenían generalmente de familias que habían mantenido su hegemonía aún en el dificultoso y oscuro tiempo de la crisis climática. Entre ellos se distinguían Bruno Mancarella, regidor del Sector 4, quien tenía una despampanante hija llamada Tara, que era el sueño de cualquier hombre, y Daniel Courd, regidor del Sector 2, que trabajaba con su mano derecha, Marina Spencer. En ese grupo de siete regidores, donde no todos sobresalían, se encontraba Dante Ambrosio, un genetista de 68 años, que se había ganado su lugar como regidor del Sector 1 –sí, el sector vacío y muerto– por su mérito profesional.
Dante había seguido la línea de trabajo de su propio origen y el de toda la humanidad a esa altura. Para poder sobrevivir, todos los seres humanos eran genéticamente manipulados a través de un sistema de fecundación in vitro y gestación sin vientre materno, creciendo en bolsas que asimilaban el útero. La vida se volvió algo muy técnico y preciso para poder sobrevivir a las altas temperaturas, siendo esta manipulación aplicable para todo tipo de vida; seres humanos, animales, insectos, flora, y todo lo que se pudiera cruzar por la mente de un destacado científico como él.
En ese complejo y delicado proceso, la conciencia humana fue manipulada al punto de ser capaces de sobrevivir en un mundo donde la tecnología y la realidad virtual se tomaron las relaciones interpersonales.
Sobrevivir significó entender que las emociones y la desconexión con el entorno jugaban más a favor que en contra. Los regidores no tenían la intención de fiscalizar a través de la opresión y fue así cómo los sentimientos y la iniciativa fueron manejados, controlados y neutralizados, para contar con ciudadanos civilizados, calmados y capaces de convivir con un entorno más bien deprimente.
Las finalidades de vivir perdieron el foco humano y relacional. Las familias y amistades eran escasas, las relaciones sentimentales eran solo para satisfacer necesidades fisiológicas y en pro del control de población. Cada uno de los humanos manipulados era creado estéril, por eso debían solicitar ayuda para tener hijos, que cumplían la principal misión de perpetuar apellidos. La población del mundo se había visto disminuida, no solo por las catástrofes, sino también por el intenso control natal, lo que permitía, hasta cierto punto, mantener estables los recursos.
La naturaleza perdió su estado más puro y las emociones pasaron al olvido. En todo ese proceso estuvo de lleno Dante Ambrosio, quien se especializó en la mejora de la inserción de chips en los humanos que creaba. Estos chips no solo eran capaces de geolocalizar a cada uno de los ciudadanos, sino que además controlaban sus signos vitales, su adaptación a las altas temperaturas e incluso tenían aún más injerencia sobre sus emociones.
Los titulares de los medios lo avalaron y acompañaron durante su carrera, siendo uno de los más respetables y solicitados especialistas a la hora de crear hijos. Dante trabajó su propia línea de investigación y tuvo siempre el apoyo de los regidores de turno. Se desempeñó con las mejores familias y también hizo trabajos pro bono.
Los planes de repoblación del planeta tuvieron un auge bajo su tutela, por eso trabajar transversalmente con diferentes estratos sociales le parecía fundamental.
Muchos hubiesen dicho que había sido la época de oro del trabajo genético, cuidando no utilizar la palabra manipulación. Por eso, con una carrera que lo precedía, solo él era capaz de tomar las riendas del Sector 1.
Por otro lado, la Disidencia, que nació como movimiento reaccionario en cuanto se anunciaron las mejoras en los humanos y los nuevos procesos de gestación, se mantuvo en el más absoluto silencio, luchando por mantener a sus integrantes lejos de la desarticulación de la humanidad.
Para ellos, volver a lo natural siempre fue la consigna.
Para ellos y su ideología, la manipulación a la humanidad era un crimen.
Lograron salvar entre sus integrantes las emociones, la naturaleza de las relaciones sociales, la gestación humana e incluso material cultural que los ayudaba a saber y reconocer el mundo al que pertenecían. Todo lo que los sectores prohibían.
–Queremos que sea hermoso y brillante –dijo la futura madre al doctor Ambrosio–, un futuro prometedor, que triunfe en lo que se proponga.
–Por sobre todo, que herede la genética de sus padres –sonrió el ilusionado hombre, con la broma a flor de piel.
–Es lo que todos los padres quieren –dijo el doctor Ambrosio con amabilidad–. Lo mejor para sus hijos. ¿Han pensado en su profesión?
–Quisiera que fuera actor… –dijo el padre con ojos brillantes, como soñando con un futuro que él hubiese deseado tener.
–Quiero que sea feliz –dijo la madre, con elocuente simpleza.
Comenzar a contar esta historia es dar por hecho que el destino es caprichoso y que busca su vía de escape a pesar de los intentos de manipularlo.
Dar el minuto, el momento correcto y las miradas exactas para que dos sectores completamente opuestos y distantes se crucen y provoquen ese Big Bang de creación de una nueva realidad, es algo que nadie se hubiera imaginado. Ni siquiera los científicos que se habían esforzado por apagar las emociones de las personas, interfiriendo el sistema límbico generación tras generación para terminar con sentimientos como la ira, la pertenencia o el amor, hubiesen logrado visualizar que el simple azar podía interferir en décadas de avances.
Lorenzo nació entre privilegios que se tradujeron en estudiar en uno de los colegios privados más caros del Sector 4, codeándose con hijos de políticos y familias influyentes, como la suya. Él siempre tuvo noción de que su situación no era la de la mayoría. Por eso se fue acercando a causas que le llamaban la atención. Desde pequeño el medio ambiente fue una de esas, por lo que formó parte de la comisión establecida en su colegio y, aunque estudió una carrera universitaria, no era lo que realmente le interesaba hacer. Dedicó sus esfuerzos y dirigió sus contactos para entrar al mundo que realmente lo atraía, la actuación.
Aunque en un principio sus papeles eran pequeños, poco a poco, más por su apariencia física que por su talento, llegó a conseguir partes más importantes hasta tener un protagónico que cambió su carrera desde ese momento en adelante.
Su vida cambió por exposición, no por comodidades. Ya tenía todas las que quería, las que debía e incluso las que no necesitaba. El estilo no cambió en sí mismo, sí su ritmo, su carga de trabajo y el contacto con la gente.
Dada su empatía, compartir con sus fans era un gusto, y aunque a veces se sentía superado, siempre pensaba en el esfuerzo y la espera de ellos para poder tener un momento o una foto. Siempre sonreía, siempre accedía a un autógrafo.
Desde ese lado de la vida, se dio cuenta que su influencia podía y debía ser bien dirigida. Por lo mismo, no tardó en unirse a causas ambientales y de preservación animal, retomando sus intereses de adolescente.
–¿Qué tal si vamos a la maratón contra el calentamiento global? –le preguntó su agente, mientras reordenaba su agenda para las próximas semanas.
–¿Tenemos el tiempo suficiente para hacerlo? –aunque Lorenzo quería ir a la maratón, prefería no hacerlo si no podía cumplir como lo deseaba.
–Tenemos el tiempo suficiente como para que te animes a correr los 10K –dijo ella.
–Podría ser más –sonrió, haciéndole notar a Caroline que su estado físico daba para muchos kilómetros más.
–Lo tengo claro, Lorenzo –comentó ella, entornando los ojos tiernamente.
Para Caroline, Lorenzo era como su hijo, siempre entusiasta, siempre con buena disposición.
–Pero después debemos seguir viajando, debes grabar y comenzar tu entrenamiento para el nuevo papel. Bien podrías descansar esos días –continuó ella.
–¡No! Ni lo pienses –insistió–. Vamos a la maratón.
Esa decisión fue el primer paso.
Lorenzo estaba ahí por coincidencia. No tenía que ir a ese evento, pero un cambio de último minuto en su agenda le permitió sumarlo y decidió ser un aporte en el lugar.
Clara nació siete meses y once días después que Lorenzo, en el Sector 2 con un estilo de vida totalmente diferente.
–¿Han pensado en la profesión que quieren que tenga? –preguntó el especialista.
–Doctor Ambrosio –respondió Vicenta, quien sería la madre de la niña–, no me interesa su profesión, me interesa que sea feliz y por sobre todo, no queremos que sea una copia más de las personas que circulamos por la faz de esta tierra.
–¿Qué quiere decir? –preguntó Dante intrigado
–No me interesa que sea excesivamente alta, blanca como la leche, con un cabello dorado y brillante… –continuó la mujer– todos somos así, de ojos claros, de movimientos perfectos y estudiados. Educados y contenidos.
–Esperamos algo más para ella –complementó Leopoldo, el futuro padre.
–¿Aún cuando sus diferencias le puedan hacer el camino cuesta arriba?
La curiosidad provocaba cierta alegría en el doctor. La petición de esos padres era extraña. Estaban dispuestos a pedir algo diferente, pero Dante Ambrosio supo que esas diferencias harían a esa niña una mujer excepcional.
Difícilmente sus historias podrían haberse cruzado, pero el destino era imprevisible. Nacida de una familia clase media, con las comodidades necesarias cubiertas, Clara no tuvo lujos y escasas precariedades. Sus padres eran amorosos y preocupados, siempre atentos y guardianes del crecimiento y desarrollo de su única hija. ¿Por qué no tuvieron otro hijo? No era un tema de problemas de salud o de quedar embarazados. Era más bien un tema de costos.
El costo de la vida era demasiado alto. Educación, salud, vivienda, impuestos. Todo había subido exponencialmente y seguía haciéndolo. Por lo mismo, proyectar una familia más grande, como la madre y el padre de Clara lo habían pensado y soñado, era sencillamente una irresponsabilidad.
Las familias, por supuesto, no era una de las políticas sociales que se fomentara. Los niños en general eran escasos y más bien una carga. Lo peor de esto, era que la maternidad y paternidad habían quedado absolutamente alienados de los padres. Dadas las condiciones ambientales, las gestaciones no podían dejarse al azar y como la mejora genética era necesaria, cada uno de los padres aportaba su óvulo y su esperma. La fertilización se hacía in vitro, mientras la gestación se realizaba en réplicas de vientres externos habilitados en laboratorios especializados. Todo este proceso evitaba dificultades de salud tanto en madres como en fetos.
Los humanos más jóvenes venían con un poderoso filtro solar insertado en su piel. Los más viejos contaban con uno, pero aún así debían utilizar el clásico protector solar en crema.
Las retinas también habían sido modificadas principalmente para no quemarse por el exceso de luminosidad.
La niña de grandes y delineados ojos pardos, piel bronceada, incipientes pecas y cabello negro como la noche, era dulce y comprensiva y, por sobre todas las cosas, muy comprometida con lo que ella consideraba causas justas. Desde muy pequeña Clara había demostrado una personalidad diferente, un liderazgo que rayaba en la imparcialidad, empatía y simpatía. Algo bastante difícil de encontrar en esos días. Por eso, los padres le pedían que pusiera mucho cuidado en saber con quiénes compartía sus inquietudes.
Siempre ocupó algún puesto en los cursos de su colegio: Presidenta, Encargada de Comisión de Bienestar y Medio Ambiente. Todo lo que ella considerara útil para aportar a su entorno. Fue la primera profesional de su familia y se graduó con excelencia como abogada, porque siempre creyó en la lucha de los derechos; sin embargo, algo que fue ganando espacio en sus intereses fue el medioambiente, específicamente la manipulación genética, quizás porque sus padres habían decidido hacerla diferente.
Clara sabía que ella no era una humana como sus padres y tampoco como sus abuelos. Ella había alcanzado a ser de las humanas genéticamente mejoradas por el genetista más importante de las últimas décadas y, además de eso, sus características físicas distaban de las del común de la gente. Independiente de eso, sus padres habían tratado de criarla con todo lo que pudiera parecer obsoleto para algunos. Música, desde dispositivos táctiles, e-books e incluso libros de papel, que ella amaba aun cuando sabía que eso en su momento había significado el uso indiscriminado de árboles.
De un tiempo a esta parte, Clara debía mantener sus libros escondidos. Si se los llegaban a encontrar, podrían procesarla por el delito, uno confuso a su modo de ver. Los contenidos a los que podían acceder las personas eran definidos por los sectores y eran entregados de manera virtual. Tener libros era considerado un delito por varias razones: haber sido producidos con árboles, el contenido no había pasado los filtros de los sectores y, por último, haber sido escrito por algún autor prohibido.
Los libros prohibidos podrían provocar libres pensadores. Algo muy peligroso cuando todo está en absoluto control. Incluso la desigualdad.
Nacido siete años antes y no tan lejos de Clara, crecía Gabriel Maturana. El niño, formaba parte de un grupo de humanos que se habían llamado a sí mismos “La Disidencia”, creciendo hasta ser un grupo formalmente fuera del sistema de sectores.
En La Disidencia vivían personas que durante esos doscientos años se habían ido desligando de la manipulación genética, hasta ser completamente naturales. En ellos no manipulaban los rasgos físicos, ni las enfermedades congénitas o la adaptación a las altas temperaturas. La evolución que habían tenido era solo proceso natural ante el paso de los años y la exposición al caos ambiental.
Inevitablemente, Gabriel estaba ubicado en una posición de poder. Era el hijo de los líderes de la Disidencia y estaba siendo educado para ser el cabecilla de ese grupo. Noelia, Binario y Henry, otros niños nacidos naturales, se convertirían en sus compañeros y amigos de lucha.
La consigna educacional era luchar contra los sectores y todo tipo de manipulación posible. Ellos mismos veían a los manipulados con pena o con desprecio. Para ellos, no tener la capacidad de sentir era un error terrible. Asimismo, cualquier otro tipo de manipulación que implicara comprometer la naturaleza humana era considerado una abominación contra la que debían luchar y la que debían hacer desaparecer.
Gabriel Maturana tenía grabada esa consigna a fuego. Era algo que venía escuchando casi como una canción de cuna. No había dudas en sus propósitos.
La Bienal de Medio Ambiente se realizaba en el Sector 4, esencialmente por el nivel de seguridad y protección que se podía tener ahí. Ese sector era el más opulento y permitía comodidades que en otro lugar no existían. Estar en la Bienal era un logro para abogados, médicos y especialistas en ética, medioambiente, genética y climatología, entre otras áreas.
Habiendo estudiado Derecho, Clara Maestri Porto dirigió sus esfuerzos para luchar por causas medioambientales. Postuló su paper sobre medioambiente y manipulación genética para presentarse en la Bienal del año 2220, que se cerraba con una maratón contra el incontrolable calentamiento global y la preservación de especies. Ambas acciones eran más bien por educación, porque muchos pies atrás en esos problemas ya no se podían dar. La mayoría, por la misma manipulación, no cuestionaba el deprimente entorno.
El deporte no era uno de sus fuertes, pero sus compañeros la habían animado a sumarse a la carrera de los 10K, luego de que le confirmaran la participación con su charla. Valentina Grez, directora de la ONG en la que Clara trabajaba, Ximena Cabezas y Lucas Orrego eran quienes la acompañarían en esta experiencia.
Preparó sus cosas; todo lo que estaba por venir sería en un lugar lejano y nuevo por conocer. Nunca había salido del Sector 2. La charla la realizaría en inglés y aunque eso la pusiera nerviosa, tenía claro que estaba lo suficientemente preparada. Su madre siempre le había inculcado seguridad en todo ámbito, pero por sobre todo en lo profesional. Más de alguna vez le había dicho: “Para que otros crean ti, primero debes creer en ti misma”.
El tema medioambiental la apasionaba, más cuando el daño era demasiado evidente; y aunque con el trabajo que habían realizado grandes líderes se había logrado una mejora, poco a poco todos parecían querer olvidar nuevamente el problema. Las nuevas generaciones estaban más interesadas en sus propios contenidos y comunidades, mientras los mayores añoraban un pasado que parecía ser mejor, aún cuando la historia dijese lo contrario.
El contacto entre las personas era cada vez más distante. Era muy normal que no se hablaran o miraran en las calles, y no solo pasaba esto por miedo. La constante sequía había hecho que las enfermedades se volvieran aún más fuertes y los virus habían alcanzado un peak, convirtiendo la declaración de pandemia en un status permanente, que aún así provocaba una gran sicosis entre la gente. El gran distanciamiento había comenzado después de un virus que se había subestimado, el SARS - CoV-2, más conocido como Coronavirus.
Una vez controlados los virus, las personas no salían a la calle sin sus mascarillas y era muy difícil que hubiera contacto. Con suerte mantenían un contacto visual para evadir al otro si se topaban en el camino.
El calor se había vuelto tan extremo que había horas del día en las que simplemente no se podía salir a la superficie, por lo mismo, los horarios estaban cambiados, siendo la noche y los pasadizos subterráneos más activos que en décadas anteriores, ahora fundamentales para el desarrollo social y económico. Centros comerciales, colegios, restaurantes, espacios comunes. Todo estaba bajo el nivel del suelo, siendo iluminado por grandes focos que imitaban la luz del sol con grandes ductos de aire acondicionado que permitían la circulación de brisa fresco.
Los meses de frío se habían reducido a solo dos y durante ellos el frío era extremo, al punto que se podían perder todas las cosechas y no había suficiente agua para provocar hielo. Era un frío seco, que partía la piel y quemaba la tierra.
Los agricultores habían desarrollado ambientes aislados para los cultivos, lo que en el mejor de los casos había mantenido las pestes controladas y los pesticidas casi habían desaparecido.
Para los ganaderos, la opción no era muy diferente, con olas de calor constante, gran parte de los animales morían y, por cierto, a esas alturas era muy mal visto tener animales para el consumo humano. Las personas que comían carne eran muchas menos, pero no habían desaparecido, por lo que el costo de la carne era muy elevado. El mundo de la ciencia estaba dedicado a encontrar soluciones.
Era imperativo.
A pesar de lo terrible que parecía ser la situación, Clara tenía la certeza de que los humanos eran animales de costumbre y era por eso que muchos ya estaban en su zona de confort en ese mismo cuadro de tragedia global, que se venía arrastrado por casi dos siglos.
¿Soluciones?
¿Un nuevo Big Bang?
¿Otro planeta? No Marte, eso ya no había dado resultado.
Una controversia y una crisis que más de dos siglos atrás había significado una guerra civil en la Tierra, provocada solo por el terror colectivo y no tener hacia dónde escapar.
La tecnología si bien era magnífica para la extensión de la vida y soluciones de otro tipo de problemáticas, se había vuelto inútil en temas de medioambiente por una razón que Clara encontraba muy simple: para poder dar un paso atrás y mejorar el medioambiente, había que volver al origen. A la tierra, a sentirse parte de ella.
No había persona que no tuviera lentes virtuales o algún dispositivo que lo abstrajera de su realidad, porque con eso, mirar el entorno se podía hacer más grato. La realidad virtual y los chips habían sido bien aceptados por la mayoría, ya que les permitía medir sus signos vitales y reaccionar con rapidez a los golpes de frío o calor. Incluso salvarlas con la ubicación satelital en caso de que cayeran inconscientes en algún lugar por algún shock térmico.
Para los viajes largos, sobre todo, como el que tendrían que hacer Clara y sus compañeros, una de las últimas opciones eran los aviones que, si bien no habían sido prohibidos, parecían estar reservados para una pequeña élite capaz de pagarlos.
Los vuelos low-cost habían sido prohibidos por la frecuencia y el nivel de contaminación. Mientras, los de primera clase se mantenían sin ningún problema.
Durante décadas se construyeron carreteras y ciudades en medio de los pocos océanos que aún existían contradictoriamente afectando el ecosistema marino para unir los continentes y fomentar la migración entre sectores.
La economía si bien se dividía por sectores, era una gran economía mundial que seguía sosteniéndose sobre consolidados líderes de los sectores que tomaban las decisiones por todos. Entonces, ¿cómo viajar? Clara y el equipo con el que viajaba se tomarían su tiempo para ir por tierra.
Los autos eléctricos estaban al alcance de todos y las mejoras en las baterías les permitían hacer viajes de larga distancia con recargas rápidas y acceso a energía solar.
Las personas se habían acostumbrado a que el tiempo de demora hacia su destino le pudiera tomar días y las paradas eran obligadas. Los pasos por las fronteras habían sido optimizados para funcionar con los chips implantados en cada ciudadano. Aún cuando el sistema era falible, la posibilidad de hackear el sistema parecía casi imposible. Los hackers eran pocos y codiciados entre la Disidencia.
Diez días se demoraron Clara y el equipo en llegar al territorio que antes pertenecía a Alemania. Sin nombres de países como lo era antes, los kilómetros que cubrían cada sector eran muy extensos. El 4 estaba intencionalmente comprendido por países que habían formado la Unión Europea y un poco más, limitando justo con el Sector 1 antes conocido como África. Los ideales políticos habían desaparecido por completo. ¿Por qué? Cualquier idea de separación ideológica podría provocar un cisma importante en la sociedad, que había aceptado sin problemas el sistema de vida por sectores. Las potencias, como se les llamaba a las siete familias que tenían el poder, no eran más que un grupo privilegiado ubicadas en el momento exacto con los contactos correctos en el instante en que se había consolidado el nuevo orden.
Al llegar al Sector 4, a Clara todo le pareció extremadamente injusto. Había una opulencia que el Sector 2, desde donde ella provenía, no podía imaginarse. Lujos que aún dentro de ese mismo sector, no estaban destinados para todos. Ellos estaban accediendo, ellos los estaban viendo, porque eran participantes de la Bienal.
–¿Y qué tal si todos los que vienen a esta Bienal están acostumbrados a estos lujos? –interrumpió Clara los pensamientos de los otros– ¿Cómo podrían concentrarse en la igualdad si se les olvidó cómo puede ser la realidad de los demás?
Ciertamente, sus compañeros le encontraron razón, mientras el hombre que los atendía en la recepción del hotel donde se hospedarían la miró con cierto estupor.
–Eso no es algo que se diga en voz alta –le susurró el hombre a Clara, cuando la tuvo cerca.
–¿Por qué? –preguntó entre curiosa y molesta.
–Los sectores no promueven la desigualdad, sino que la integración.
Ella podría haberse molestado con la respuesta, pero el tono diferente era claro e incluso obvio en la expresión de sus ojos cuando miraba la pantalla y no a ella.
–Por favor, pase su chip para hacer el check in de su estadía.
Nombre: Clara Maestri Porto
Edad: 30 años
Profesión: Abogada - Especialista en medioambiente
Estatura: 1,72 metros
Tez: Morena
Cabello: Negro
Idiomas: Español, Inglés, Francés (lengua muerta)
Calidad: Buen estado
Ideología: Controlado
Origen: Sector 2
Fue la información que apareció en la pantalla cuando Clara pasó su muñeca por el lector de chip. El hombre podría haber dado aviso de sospecha de ideología. Era una de sus atribuciones al registrar a los asistentes a la Bienal, pero no lo hizo. Internamente él sabía que cuestionamientos como el de Clara eran necesarios y, en ese caso, tendría que haber cuestionado su propia obediencia al control de los sectores.
El botones tomó las maletas de Clara y las montó en el carro para llevarlas hasta la habitación en la que se hospedaría.
–La puerta la puede abrir con su chip –le dijo el hombre de la recepción a Clara.
De ahí en adelante, Clara tuvo seguridad de que estaba en otro mundo. No solo por estar en otro sector, sino que las comodidades de ese lugar distaban tanto de todo lo que ella había conocido en su propio sector. ¿Podían ser solo comodidades reservadas a los asistentes de la Bienal?
Ese primer día, a pesar del cansancio de las horas sentada en el auto, para terminar el último tramo y llegar finalmente a la que alguna vez fuera la ciudad de Londres, Clara salió a caminar. Esa misma decisión no era algo común. Salir a caminar estaba lejos de ser algo seguro por los cambios de temperatura o el abrasador calor que existía la mayoría de los meses del año.
Las calles estaban casi desiertas. La ciudad era ciertamente más gris de lo que se podía ver en las fotografías previas al gran cisma climático y político. Los edificios históricos eran escasos e incluso el mapa de la ciudad había cambiado. El crecimiento vertical de las ciudades era claro, no necesariamente por el exceso de habitantes, sino para provocar sombra a nivel de suelo y hacer menos terrible el hecho de tener que circular en autos, porque la mayoría de las personas circulaba en ellos.
Las caminatas, bicicletas y motocicletas habían sido descartadas e incluso prohibidas en ciertos lugares. Con el calor extremo en algún momento las personas caían muertas en las calles.
La falta de certezas climáticas era un hecho. Aún así existía la posibilidad de circular en auto tanto por superficie como por autopistas subterráneas.
Los meteorólogos habían dejado de cumplir su misión en los pronósticos de tiempos cercanos y se dedicaban derechamente a investigar sobre los posibles cambios futuros.
Ese día nadie andaba por la calle, a pesar de que el calor no era extremo.
Terrible, sí; extremo, no.
La modificación genética de los humanos los hacía convivir con temperaturas de 60º C sin siquiera sentirse mal. La deshidratación no era posible y la piel tenía su propia y modificada capa de protección. El chip integrado aportaba en la mantención de temperatura corporal, como si hubiesen desarrollado un climatizador interno.
Repentinamente un par de policías con traje gris, cascos y chalecos antibalas del mismo color, la detuvieron cerrándole el paso.
–Nombre y número –dijo uno de los hombres con el arma tomada entre sus manos y cruzándole el pecho.
–Clara Maestri Porto –dijo ella sin chistar o impresionarse–. 2038936346
El otro policía ingresó el número en un pequeño dispositivo portátil y luego de ver la información en la pantalla, le estiró la mano. Ella entendió que querían leer su chip. El bip del dispositivo sonó y una luz verde dio por aprobada la coincidencia del número identificador de la mujer con su chip.
–¿Qué hace en la calle? –dijo el policía con el dispositivo.
–Salí a dar una caminata…
Ambos la miraron incrédulos.
–No soy de este sector, quería conocer –continuó ella–. Vine como expositora de la Bienal de Medio Ambiente.
–Le recomendamos que vuelva al hotel por pasadizos interiores, a los que solo se podía ingresar con chip. Por la Bienal hemos descubierto un grupo de disidentes dispuestos a provocar disturbios.
–Ok, no hay problema –confirmó Clara, dirigiéndose inmediatamente a la entrada más cercana de los pasadizos.
Así como se habían creado puentes uniendo continentes, las ciudades contaban con pasadizos internos que en el fondo eran túneles que unían edificios o estructuras y dependiendo de la necesidad de la ciudad, esos pasadizos bajaban del nivel del suelo cuando fuera necesario para facilitar la circulación de todos. Podían ser para circulación a pie e incluso carreteras internas en el caso de que el sol abrasador hiciera realmente imposible la circulación por la superficie. En esos casos, todos los sectores emitían un llamado de alerta a través de los medios e incluso de los dispositivos conectados a los chips de cada persona.
Clara entró a uno de los pasadizos más cercanos. Antes de hundirse en el subsuelo, miró por la ventana polarizada y vio a lo lejos unas sombras moviéndose en un callejón.
¿Podía ser la Disidencia?
Miró a lo lejos a la policía.
¿Los acusaría?
¡No! Claro que no lo haría, pero algo interno le pedía que saliera y los siguiera.
¿Podía hacerlo?
Sí, podía.
¿Debía hacerlo?
No.
Por supuesto que Clara salió.
Miró a su alrededor en cuanto se abrió la puerta. No quería que la policía la viera y la siguiera. Caminó disimuladamente al lugar en el que había visto las sombras y aunque avanzaba nerviosa, entró a las penumbras del lugar. Un olor picante comenzó a causarle escozor en la nariz. Se tapó la cara con ambas manos y disimuló su estornudo. Avanzó hasta que ya no podía ver nada, tanteando terreno con las manos.
En la oscuridad, la temperatura había bajado. Unos agradables 50 grados, tal vez.
–¿Qué demonios haces acá? –Una voz masculina sonó en esa oscuridad impenetrable. Clara sintió algo frío contra su espalda. Era probable que esa fuera un arma. Algo hizo temblar sus piernas y su corazón comenzó a latir desbocado.
–Curiosidad.
Fue lo único capaz de susurrar en ese momento. El hombre comenzó a empujarla hacia la penumbra con el arma.
–Escucha, niñita caprichosa –dijo el hombre–. Vete ahora o derechamente me haré cargo de ti.
“¿Caprichosa?”, pensó Clara. No se sentía así. Nunca se había sentido así.
–¿Qué te da derecho a tratarme así?
Clara se dio vuelta, perdiendo noción del arma, envalentonada por su ego.
Vio al hombre o lo que alcanzaba a ver. Alto, tal vez de 1, 90 mts. Una tupida barba y no mucho más. La penumbra no lo permitía.
–Tu comportamiento me da el derecho de tratarte así –se acercó un poco más–. Niñita mimada y caprichosa, que cree que conoce la realidad viviendo en uno de los sectores más acomodados. Eres parte del sistema...
El hombre se acercaba cada vez más a Clara. Era amenazante y la voz grave profunda parecía ensordecerla por la injusticia que cometía al juzgarla de esa manera.
El sonido de interferencia de un radiotransmisor obsoleto interrumpió la tensión entre ambos. “Gabriel, atento. Noelia y Becca en su lugar”.
–¡Vete ya! –dijo el hombre dando unos pasos atrás para sumergirse en la oscuridad.
Clara no tenía noción de lo que pasaba en ese espacio negro, pero tuvo la certeza de que el hombre había desaparecido.
A medida retrocedía, el calor comenzaba a hacerse patente. La temperatura había subido. El chip en su muñeca comenzó a sonar a modo de alarma y supo que debía correr al pasadizo.
Hasta llegar al hotel no logró sacarse la idea del hombre en la oscuridad. Algo que nunca había conocido se despertó en ella en esos momentos. Quizás adrenalina, rabia o impotencia. Algo también muy cercano a la ofensa.
Dentro, el hotel estaba lleno de gente, mucho más de lo que recordaba. Subió hasta su habitación y ahí se lanzó a la cama. No pudo evitar volver a escuchar la voz en su cabeza “uno de los sectores más acomodados”. Entonces su propia percepción del Sector 4 no era errada. Era diferente al suyo.
La igualdad postulada por los sectores no existía.
A pesar de esa incómoda sensación que la perseguía, fue a cenar con el resto del equipo con el que había asistido a la Bienal. No sería la única en presentar, pero sí sería la primera.
Al día siguiente, en la sala 3, a las 9 de la mañana, partiría presentando y sería la moderadora del primer bloque de charlas: medioambiente, evolución de los deberes y derechos ciudadanos.
–¿Por qué hay tantas personas dando vueltas en el hotel? –preguntó Clara sin poner mayor atención en la expresión que pusieron Lucas Orrego y Ximena Cabezas, que la acompañaban en la cena.
–Dicen que Lorenzo Lafortune está en la Bienal –respondió Valentina Grez, la directora de la ONG, mientras se sentaba con ellos a la mesa–. La mayoría debe estar esperando verlo.
–¿El actor? ¿En la Bienal? –comentó entre asombro y protesta Lucas.
–Él mismo –completó Ximena–. Dicen que es activista ambiental.
–Pensé que había sido por el aumento de temperatura –completó Clara, distraídamente complementando con una risa sutil e irónica; no creía en el activismo del actor.
Sentía que era fácil para los que trabajan para los sectores sentirse “pro” alguna causa ciudadana, cuando realmente no vivían la realidad del resto.
Clara detuvo sus pensamientos. Se dio cuenta que estaba haciendo prejuicios sobre Lorenzo Lafortune, tal como ese disidente los había hecho de ella.
–Hay que darle entonces un voto de confianza y creer en su activismo –se corrigió en voz alta.
Las otras tres personas en la mesa la miraron confundidos.
–¿Estás preparada para mañana? –cambió el tema Valentina, mirando a Clara.
–Completamente –sonrió con cierta suficiencia.
En ese momento, se produjo un revuelo, un ruido venía desde el pasillo fuera del restaurante del hotel.
Las puertas se cerraron tras una comitiva que hablaba fuerte y reía.
Lorenzo Lafortune había llegado a cenar junto a una serie de representantes de diversas organizaciones medio ambientales. Los que estaban cerca hablaban y comentaban la llegada del actor.
Desde la mesa en la que estaba Clara no captaron bien el revuelo, por lo que siguieron comiendo con tranquilidad. Al menos hasta que alguien se acercó a hablar con ellos.
–Señorita Grez, queremos invitarla a cenar en la mesa que estamos con el señor Lafortune debatiendo sobre la utilidad de las propuestas medioambientales y de conservación de la Bienal.
El hombre hablaba con parsimonia y destacaba sin dudas la importancia de esa conversación. Valentina se sintió incómoda con la invitación. No le gustaba dejar a su equipo sintiendo que ella tenía ciertos privilegios solo por ser la directora de la ONG. Un error en el seteo del chip, las ideas de igualdad no debían existir.
–Gracias por la invitación. Terminaré la cena con mi equipo y me dirigiré a la mesa del señor Lafortune –contestó amablemente Valentina.
A ninguno de los que trabajaba con ella le pareció extraña la respuesta. Eran actitudes comunes en ella. Sin embargo, quien la invitaba pareció no tomarlo muy bien y eso quedó de manifiesto en su expresión, con una risa forzada y políticamente correcta.
El equipo siguió cenando y aunque ya estaban a punto de terminar, el revuelo pareció acercarse a la mesa en la que estaban.
–¿Está ocupada esta silla? –dijo un hombre alto y notoriamente guapo, parado junto a uno de los lugares vacíos.
–Adelante, señor Lafortune –respondió Valentina.
Ximena se sintió extraña. Una sonrisa luminosa se asomó en sus labios sin que ella pudiera controlarla, mientras Lucas sentía que aquel hombre parecía más amable de lo que él había pensado y eso le provocaba una contradicción interna que no era capaz de descifrar.
Clara detuvo sus pensamientos. Se esforzaba en no hacer prejuicios de su forma de actuar. Conversaron largo y tendido, y aunque nadie parecía notarlo, Lorenzo Lafortune sentía un interés inusitado por los comentarios y las miradas de Clara Maestri.
En cuanto la había visto, al acercarse a la mesa, algo extraño se había provocado en su cuerpo. Una reacción desconocida, casi como nervios, una sensación que estaba en su estómago, en su garganta y en el resto de su cuerpo. Extrañas e inusitadas ganas de romper la distancia social, de sentir su aroma y de tocar su piel de tono bronceado.
Pensó que, si se lo decía a alguien, lo considerarían loco. Debía tener cuidado, esas no eran las reacciones esperadas por los sectores. Intentó detener esos pensamientos y sensaciones que avanzaban en paralelo, mientras intentaba concentrarse en la conversación. La situación estaba durando más de lo que Clara esperaba. No era que Lorenzo Lafortune fuera aburrido o quizás el superficial actor que ella creía. Todo lo contrario. Lorenzo era simpático, cercano y sabía realmente de lo que hablaba. Sin embargo, la intensidad de su mirada, la estaba haciendo sentir incómoda.
Él era un hombre guapo, quizás exageradamente guapo. Del tipo con el que su compañera Ximena solía explicar que la repartición de belleza era desigual, como todo en la vida. Lo que parecía un poco contradictorio considerando que cada característica física era elegida y manejada. ¿Pasaba eso con el resto de las situaciones? La desigualdad parecía ser manipulada también. Eso quedaba de manifiesto en las características del Sector 4.
No pudo evitarlo, estaba envolviendo a Lorenzo Lafortune en una serie de pensamientos que de nuevo la volvían a llenar de prejuicios contra alguien que se estaba mostrando más que agradable. Incluso parecía interesado.
Cuando Clara estaba dispuesta a pararse y retirarse, él la interrumpió.
–¿Cuándo es tu charla?
El tono de voz de Lorenzo era profundo, envolvente y se deslizaba por el aire hasta llegar calmado a los oídos de Clara, que no quería dejarse llevar por ese encanto natural que estaba percibiendo de manera inusual. Lo hacía con intención. Como para la mayoría de su generación o incluso un par anteriores, las relaciones amorosas no eran una prioridad y, por lo tanto, la atracción física era altamente desestimada.
Clara había tenido relaciones pasajeras, que nunca involucraron proyección, menos sentimientos. Eran parejas que servían para pasar el rato. Algo que sus padres reprobaban sin entender cómo su ejemplo de vida en pareja no había servido para llamar la atención de su hija en ese aspecto de la vida.
–Mañana a las 9 am –respondió Clara, con un suspiro escondido, sabiendo que tendría que quedarse un rato más en la mesa.
–Será la moderadora de todo el bloque de la mañana –señaló Valentina–, y Ximena estará a esa misma hora en el salón 2.
–¿Estarás entonces en el salón ١? –insistió Lorenzo, que quería de alguna forma llamar un poco la atención de Clara.
–Sí –confirmó con una suave sonrisa.
Lorenzo sintió que algo se derrumbaba dentro de él con esa sonrisa. Creyó que Clara no tenía noción de su propia belleza o encanto tras esa postura de distancia.
Dado que todas las personas eran “optimizadas” genéticamente, era difícil encontrar a personas más bajas de 1,65 mts. De hecho, esa había sido la estatura más baja estimada en las investigaciones y eran pocos los casos que se escapaban y tenían menor altura. Ella tenía una altura promedio.
No obstante, Clara era hermosa. Aún cuando sus colores hubiesen sido considerados comunes, no lo eran y es que, dado que todos podían ser optimizados genéticamente bajo el mismo estándar, las personas en general habían comenzado a parecerse en sus tonalidades. Rubios, castaños, colorines, piel blanca y pecas suaves. Ojos claros y facciones exactas para ser perfectamente bellas.
Los padres de Clara habían querido mantener la normalidad en sus vidas. ¿Por qué buscar una hija tan diferente a ellos, que ni siquiera quisieran asumir un parecido con sus propios padres? Clara se parecía mucho a su madre en las facciones, pero no en el color suave bronceado de su piel. Aún así, unas rebeldes pecas que se dejaban lucir sobre su nariz habían aparecido como si su piel hubiese sido tan blanca como la del resto. Sus ojos eran grandes, almendrados y de color pardo, delineados con un notorio contorno negro hecho por sus frondosas pestañas, como si estuvieran dibujados.
Sus labios eran gruesos y sensuales, pero aún así eran pequeños, como si fueran un corazón. Su cabello era tan negro que hasta podía hacerla ver más pálida, delineando sus facciones finas y femeninas. Su cuerpo curvilíneo y delicado terminaba en unas largas y hermosas piernas que parecían dar zancadas y a la vez suaves saltos de gacela.
Lorenzo consideró a Clara una mujer hermosa desde que alcanzó a divisarla en la lejanía.
–Si me disculpan, me retiro –sonrió suavemente Clara para excusarse–. Quiero estar en óptimas condiciones para mañana.
Esa explicación y excusa incomodaron a Ximena. La forzaba a retirarse y no quería. No quería dejar de conversar con Lorenzo Lafortune.
Clara notó la contradicción en la expresión de su compañera.
–Hoy no me he sentido muy bien –continuó–. Quizás haya sido el largo viaje.
–Por supuesto, es mejor que descanses –comentó Lorenzo.
Ximena sonrió.
Valentina acompañó a Clara para confirmar que todo estuviera bien y luego volvió a seguir la conversación.
“Derechos y deberes legales en tiempos de confusión ambiental”, era el título de la charla de Clara. Hablaba de los derechos y deberes tanto de las personas como de las instituciones al momento de tomar la problemática ambiental y buscar posibles soluciones. Soluciones que seguirían pareciendo parches, dado que el ser humano estaba evolucionando de manera forzada.
Clara planteó: ¿Hasta qué punto seremos capaces de manipular nuestro ADN y el de otras especies en pro de la conservación, que no necesariamente nos lleva a estándares de existencia digna? ¿Hasta qué punto esa manipulación es ética? ¿Quién maneja esos parámetros? ¿Esa manipulación afecta nuestra percepción y decisiones?
A pesar de la incomodidad que provocaban esos cuestionamientos, la mayoría de la audiencia parecía interesada en lo que Clara planteaba. Por su parte, Lorenzo la miraba desde las últimas filas del salón, sintiéndose completamente embobado por aquella mujer.
–¿Cómo gestionar los derechos y acabar con las diferencias entre los sectores? ¿Cómo volvemos a darle al tema medioambiental un giro social si nuestras opiniones han sido dejadas explícitamente fuera, mientras los gobernantes de los siete sectores tienen toda la potestad en el manejo genético humano del entorno o en las decisiones medioambientales? –preguntó uno de los presentes.
Clara tuvo dos reacciones inmediatas a esa pregunta:
Asombro y admiración. Era la clase de participación que esperaba. El cuestionamiento que pocas veces se daba. Esa voz la conocía. Esa voz era la misma del disidente en el pasadizo.
Su corazón se agitó. Lo ubicó entre los asistentes. Lo miró y sabía que algo en la altura de él coincidía en la voz del hombre del pasaje oscuro de la tarde anterior.
–¿Te parece si te respondo esas preguntas en una conversación después de este bloque? –terminó por decir incómodamente–. Estamos fuera del tiempo y debemos dar el paso a los otros expositores.
El asistente no estaba de acuerdo. Sin embargo, el resto lo estaba y aplaudieron la presentación de Clara Maestri. Ella se centró en ser la moderadora del resto de las exposiciones sin dejar de poner atención al hombre que había hecho la pregunta. No debía escaparse y fue exactamente lo que le pareció que quería hacer.
El hombre se paró en medio de una de las exposiciones. Clara miró su reloj. Aún quedaban quince minutos de presentación. Le pidió a la persona junto a ella que se hiciera cargo, ya que necesitaba salir. No dudó mucho, simplemente lo siguió hasta el foyer de los salones. Estaba vacío y a lo lejos se escuchaba cómo se preparaban las mesas del break, con café, jugo y un festín de cosas dulces y saladas para que los asistentes pudieran calmar su hambre.
–¿No te quedas hasta el final de las sesiones? –dijo Clara para llamar la atención del hombre.
Él se dio media vuelta y la vio. Se detuvo no avanzó, ni respondió.
Sus ojos se escondían tras los lentes virtuales y su estatura estaba cercana a los 1,90 metros que sospechaba ella. Esa duda podría haberla aclarado si se decidiera a usar los lentes de realidad virtual que todo el mundo llevaba. La barba hacía más evidente que era él, aunque le parecía más ordenada y recortada.
–Me gustaría responder a tu pregunta –insistió Clara ante su silencio.
–Por favor, ilumíname –respondió el hombre con una ironía que ella no captó.
Ahí estaba esa voz de nuevo.
Clara estaba convencida de que ese hombre era el disidente. Podría cerrar los ojos y escucharlo y sabría que era él.
–Bueno, Gabriel –dijo aún viendo que la credencial decía otro nombre–, para evitar los caprichos de los…
–¿Qué dijiste? –interrumpió él.
–Te hablaba de los caprichos…
–No, el nombre… claramente no me llamó Gabriel –le indicó el nombre de su credencial con desprecio.
Clara se acercó al hombre. Mucho.
Rompió la distancia social y lo miró a los ojos.
–Tú me llamaste caprichosa cuando ni siquiera soy de este sector –la voz de Clara ya no era amable, sino más bien un reproche.
–Bueno, entonces compórtate como alguien que no es caprichosa –dijo él admitiendo hasta cierto punto quién era–. Haz algo. Exponer ideas y no hacer nada te hace parte de este mundo de apariencias.
Clara le iba a decir algo más, pero un detalle la distrajo.
–Heterocromía… –hizo notar ella apuntando a sus ojos con la mano derecha y él automáticamente le tomó la muñeca con cierta ofuscación–. No eres genéticamente modificado.
–No te metas en lo que…
Gabriel y Clara estaban muy cerca el uno del otro. Una fascinación había nacido en ella y un rechazo automático en él.
–¿Todo bien? –apareció Lorenzo, intrigado por la ausencia de Clara e incómodo por la cercanía que tenía con el hombre.
–Todo bien –dijo él soltándole la muñeca–. Te veo cuando te vea, caprichosa intelectual.
Eso último, Gabriel se lo dijo a Clara muy cerca y en un susurro que Lorenzo no fue capaz de escuchar.
–En el Sector 2 será –dijo ella, con la intención de que él supiera dónde poder encontrarla.
Gabriel se alejó y Clara se quedó con un montón de dudas. Si no era genéticamente modificado, cómo sobrevivía a la temperatura. Cómo accedía a esos lugares si no tenía chip. Podían surgir tantas dudas más, pero esas eran las que tenía de forma inmediata.
Clara estaba absolutamente encantada. Una alegría interna que se sentía como un revoloteo en su pecho. “Un natural, heterocromía”, pensó y sonrió.
–¿Clara, todo bien? –insistió Lorenzo al notar que ella se quedaba unos segundos más sumida en sus pensamientos.
–Todo bien, Lorenzo –respondió finalmente con una sonrisa amplia–. ¿Te parece si entramos al salón? ¿Venías desde ahí, cierto?
–Sí –Lorenzo sintió calma y regocijo con la amabilidad de la mujer–. Quizás podamos ir a almorzar juntos después de este bloque –invitó él, teniendo en cuenta su plan inicial, desde que había decidido ir a ver su charla.
–Claro, no hay problema.
Ella siguió hasta su asiento en la primera fila y él permaneció en los asientos de atrás del salón.
Ambos estaban felices.
Ambos habían logrado algo.
Luego de terminado el bloque, Lorenzo buscó el momento para acaparar la atención de Clara. Él no era la estrella en ese lugar, lo eran los expositores, que con sus temas ponían énfasis a la problemática ambiental. Sin embargo, había sido Clara quien más había llamado la atención con eso, ya que además de ser un tema interesante, era polémico. Ella había sido, hasta cierto punto, incorrecta y controvertida, cuestionando el control que se ejercía con el manejo genético. Clara tenía dudas sobre los peligros que eso podía traer o sobre lo que ya se había hecho en esa manipulación y nadie lo sabía.
Las miradas de Clara y Lorenzo se cruzaron. Ella rodeada de personas y él esperándola en un lado del salón. Clara sonrió. Le pareció gracioso que, en ese lugar, ella fuera el centro de atención. Se dio cuenta que no le molestaba.
Lorenzo le guiñó un ojo y levantó sus hombros. Esa simpleza, arrebató el corazón de Clara. Lorenzo era simple y tan normal, que ella misma se veía derribando los prejuicios que había creado antes sobre el famoso actor.
Alto, como era de esperarse, su cuerpo era esbelto, musculoso y definido. La forma de su espalda, sin ser exageradamente grande, se hacía presente y firme tras la camisa que vestía. Sus hombros y brazos también se marcaban dejando notar que todo su cuerpo debía estar en la misma condición atlética.
Su piel era blanca, sus facciones marcadas, su quijada definida y un suave orificio en su mentón le daban una masculinidad evidente. El brillo en sus ojos celestes era constante, como si la intensidad no dejase de estar presente en ningún momento. Su cabello castaño oscuro, tenía un reflejo rojizo a la luz del día y las ondas que se empecinaba en ordenar parecían querer liberarse más de una vez.
Su sonrisa, eso también encantaba a Clara. Los labios de Lorenzo no eran gruesos, más bien de un tamaño medio. Sin embargo, se veían exquisitamente delineados, y cuando sonreía se levantaba más la comisura izquierda, dejando ver sus blancos y alineados dientes.
¿Cómo detener los pensamientos, que ya no eran prejuicios, sino observaciones de admiración?, pensó Clara. Ciertamente, Lorenzo la atraía y él estaba ahí, en ese juego de atraerla, con una apacibilidad casi acogedora. Eso le pasaba con Lorenzo. Sentía que debía acercarse a él porque le daba una confianza que no había visto antes en otro hombre. En la cena se había negado admitirlo, pero ahí estaba él de nuevo, esta vez esperándola. No pudo contener más algo que le pareció evidente.
Ella dio las gracias a todas las personas que tenía a su alrededor y caminó hasta él, que la esperaba con una sonrisa radiante.
–¿Vamos? –dijo poniendo el brazo para que ella se arrimara a él.
–Por supuesto –sonrió Clara, aceptando esa propuesta.
Lorenzo guiaba los pasos de la mujer. La llevó por un pasillo hasta una discreta puerta que se pudo abrir con el chip del actor. Entraron a un pasillo donde nada parecía ser especial para llegar a una puerta igual a la de la entrada.
–¿No íbamos acaso a almorzar? –preguntó ella, mirándolo no tan hacia arriba, porque la diferencia de estatura parecía ser poco más de diez centímetros con los tacones que ella usaba.
–Allá vamos –se encogió un poco de hombros–, pero te traigo al otro restaurante. Quisiera que podamos conversar tranquilos.
–Ok –respondió tímidamente Clara.
¿A qué se refería con el otro restaurante?
