Alfie ya no está solo - Holly Webb - E-Book

Alfie ya no está solo E-Book

Holly Webb

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Beschreibung

A Anita le encantaría tener un perrito. Ante la perspectiva de la llegada de un hermanito, sus padres acceden a acoger a Alfie, un precioso cachorro westie. La niña está loca de contenta y se muestra muy responsable con él. Pero cuando el bebé llega a casa, todo se complica tanto que la familia decide deshacerse de su mascota. Solo después se darán cuenta de su error y, gracias a la inestimable ayuda de la abuelita, conseguirán recuperarla y llevarla de nuevo a casa.

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Seitenzahl: 62

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Alfie ya noestá solo

Alfie ya noestá solo

Holly Webb

Ilustraciones de Sophy Williams

Título original: Alfie all Alone

Publicado originalmente en Stripes Publishing, un sello de Little Tiger Press

© 2009, Holly Webb

© 2009, Sophy Williams, por las ilustraciones

© 2020, Marc Cornelis (La Letra, S.L.), por la traducción

© 2020, Shackleton Books, S.L.

Zanzara es un sello editorial de Shackleton Books, S.L.

Diseño de cubierta: Pau Taverna

Ilustración de cubierta: Sophy Williams

Realización editorial: La Letra, S.L.

Diseño de tripa y maquetación: La Letra, S.L.

Composición ebook: Víctor Sabaté (Iglú de libros)

Primera edición: noviembre de 2020

ISBN: 978-84-18139-97-0

Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento y su distribución mediante alquiler o préstamo públicos.

Para Alice, Max y Georgie.

Uno

—Anita, ¿quién ha puesto esto en el carrito? —mamá miraba un paquete de galletas de arroz visiblemente confundida.

—Yo no. ¿Por qué iba a hacerlo? Tienen una pinta horrible —respondió la niña con cara de disgusto—. Las cogiste tú, ¿te acuerdas? Dijiste que te irían bien para cuando estás algo indispuesta. Aunque eso es imposible que siente bien…

Su madre suspiró.

—Supongo que tienes razón —concluyó, mientras enviaba una sonrisa de disculpa a la cajera—. Perdone. Parece que últimamente se me olvidan algunas cosas.

La chica sonrió a su vez.

—No pasa nada. Mi hermana también está embarazada y, en solo una semana, se quedó dos veces fuera de casa porque se había dejado las llaves dentro. ¿Cuánto le queda para salir de cuentas?

—Todavía faltan nueve semanas —suspiró la madre de Anita—. Ahora mismo, es como si el tiempo se hubiera detenido —y se tocó su enorme barriga.

—Mamá, ¿puedo echar un vistazo al tablón de anuncios? —preguntó Anita. Se estaba cansando un poco de aquella charla sobre bebés. Desde que el embarazo de su madre era evidente, hasta personas desconocidas la paraban por la calle para interesarse por el bebé.

A Anita también le preguntaban si estaba ilusionada con su nuevo hermanito o hermanita, y se había cansado de sonreír y decir que tenía muchas ganas de que llegara. Y es que las tenía, pero tanto follón la estaba poniendo nerviosa. A lo que se añadía el terrible presentimiento de que, después de que naciera el bebé, aquello iba a empeorar.

—Pues claro. De hecho, aprovecha para mirar si alguien vende cosas de bebés. No estaría mal dar con alguna ganga.

Anita suspiró en silencio. En serio, ¿es que su madre ya no pensaba en otra cosa? Se acercó al tablón que había detrás del punto de atención a clientes donde solían colgar los anuncios. A veces había cosas muy interesantes.

Una vez vio un anuncio de unos patines en línea, casi nuevos, que al propietario se le habían quedado pequeños y que había podido comprar con su paga. Le habían encantado.

Ahora iba repasando papeles que ofrecían aspiradoras, cortacéspedes o un servicio de canguro cuando, de repente, la emoción le cortó la respiración. El anuncio era un poco más grande que los demás y enseñaba una foto con una cesta, llena de pequeños cachorros blancos, empujándose los unos a los otros. Daba la sensación de que uno de ellos le estaba haciendo una mueca a Anita, con una mirada traviesa en los ojos.

Anita suspiró, enamorada. ¡Qué perrito más hermoso! Se lo tenía que enseñar a su madre. Miró en dirección a la caja para ver si ya había terminado. Su madre la estaba buscando y Anita la llamó mientras corría hacia ella.

—¡Ven a ver esto! Te encantará. Y, además, no deberías empujar esto tú sola, mamá. Papá se enfadaría. —Anita ayudó a su madre con el carrito mientras la reñía.

—Papá se pone muy pesado. —Su madre se rio—. ¿Qué es lo que tengo que ver? —La madre observó detenidamente aquel plafón intentando averiguar qué había entusiasmado tanto a su hija.

—No vamos a comprar una cama elástica, Anita —dijo con una mueca—. ¡Y tampoco queremos una lancha!

—No, solo quería enseñarte esa preciosa foto. —Anita señaló la cesta de cachorros—. ¿No son preciosos?

—Pues sí, muy monos. ¿De qué raza son? Westies… —su madre miraba la foto, pensativa—. Los westies son bastante pequeños, ¿no? —preguntó en voz baja.

Anita asintió:

—Creo que la Señora Jackson, que vive en nuestra calle, tiene uno. Ya sabes, Tyson. Es muy bonito.

—Mmm. —Su madre asintió—. Bueno, supongo que vas a insistir en empujar este carrito, ¿verdad? De hecho, ¿quieres ir a echar un vistazo a las revistas de animales? Tengo que ir al baño otra vez. —Suspiró de manera teatral—: Y me esperas allí, te recojo enseguida.

Cuando Anita se alejó, su madre sacó un bolígrafo de su bolso. Apuntó el nombre y el número de teléfono de aquel anuncio de cachorros en el reverso de su ticket de compra y luego fue a buscar a su hija.

En el coche, de camino a casa, la niña miraba por la ventanilla, soñando con perritos. No se dio cuenta de que su madre la observaba de vez en cuando. En las últimas semanas, sus padres habían empezado a preocuparse sobre cómo afectaría a su hija mayor la llegada del bebé.

Aprender a convivir con un hermanito no era tan sencillo para una niña de ocho años. Anita parecía contenta, pero era difícil estar seguro. Habían pensado cómo hacer que no se sintiera excluida, y justo el día anterior, a su padre se le había ocurrido buscar un cachorro. A su madre no le convenció la idea.

—¿No será mucho lío, justo antes de que nazca el bebé? —había preguntado, preocupada.

—Nos quedan varias semanas. Y la idea es precisamente que lo cuide Anita, así tendrá algo en lo que distraerse mientras nosotros nos ocupamos del recién nacido. —El padre se había emocionado. Le encantaban los perros y sabía que a Anita le haría mucha ilusión tener uno.

De hecho, en los tres últimos años el primer regalo escrito en su lista de Navidad había sido un cachorro. Sus padres siempre le habían dicho que todavía era un poco pequeña para cuidar de un perro, sobre todo porque mamá pensaba que daría mucho trabajo. Pero papá estaba intentando convencerla, de manera que aquel westie se presentaba en el momento perfecto.

—¿En qué estás pensando, Anita? —preguntó su madre, sonriendo—. Parece que estés en otro planeta.

La niña hizo una mueca:

—En ese perrito hermoso. Ya sé que no es posible, pero si pudiéramos tener un cachorro, me gustaría uno exactamente como él…

El padre de Anita llegó a casa justo a tiempo para ayudar a preparar la cena, y Anita le contó todo sobre el pequeño perrito blanco mientras ponían la mesa.

—¿Cachorros? ¿Están a la venta? —preguntó papá, pensativo.

Anita vio cómo intercambiaba una mirada con su madre, y dejó de respirar, con los ojos como platos. Ahora era ella quien miraba a uno y otro. Su padre hizo una mueca:

—Qué casualidad que vieras ese anuncio justo hoy, Anita. Tu madre y yo estuvimos hablando anoche. Hemos pensado en buscarte un perro, creemos que ahora sería un buen momento.

Anita no podía creer lo que oía.

—¿Lo dices en serio? —dijo por fin.

Su madre asintió:

—Si crees que podrás cuidarlo correctamente… Es una gran responsabilidad.

Anita asintió con tanta fuerza que acabó con dolor de cabeza:

—Sé que puedo hacerlo. ¡Lo sé!

Su madre sonrió:

—Entonces, ¿llamo a la señora de los cachorros? ¿Te gustaría tener un westie?