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La inexplicable desaparición de un niño a plena luz del día en las calles de Buenos Aires, Argentina; una ultrasecreta operación militar en las cuevas del Parque Nacional Phong Nha-Ké Báng, Vietnam; la explosión de un laboratorio de última tecnología en Captiva Island, Estados Unidos. Demasiados interrogantes, muy pocas pistas, y aún menos escrúpulos. A la cabeza de la investigación se encuentra Apollo Ferrec, un ácido y enigmático inspector de Interpol, que intentará por todos los medios desentramar, quizás, el caso más importante de su extensa carrera. Pero necesitará de mucho más que su agudizado olfato para llegar al fondo de tan intrincado misterio. Sobre todo, cuando el bando contrario juega con cartas marcadas, y quedan muy pocas personas en las que se pueda confiar. Almas perdidas es un atrapante thriller que nos sumerge en una conspiración determinante para el futuro de la humanidad; y al mismo tiempo, invita a cuestionarnos sobre ese delgado y peligroso límite que separa la ética y el progreso.
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Seitenzahl: 316
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Federico Villa
Almas perdidas / Federico Villa. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Bärenhaus, 2020.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-4109-92-7
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. I. Título.
CDD A863
© 2020, Federico Villa
Diseño de cubierta e interior: Departamento de arte de Editorial Bärenhaus S.R.L.
Todos los derechos reservados
© 2020, Editorial Bärenhaus S.R.L.
Publicado bajo el sello Bärenhaus
Quevedo 4014 (C1419BZL) C.A.B.A.
www.editorialbarenhaus.com
ISBN 978-987-4109-92-7
1º edición: noviembre de 2020
1º edición digital: diciembre de 2020
Conversión a formato digital: Libresque
No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o la transformación de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito del editor. Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446 de la República Argentina.
La inexplicable desaparición de un niño a plena luz del día en las calles de Buenos Aires, Argentina; una ultrasecreta operación militar en las cuevas del Parque Nacional Phong Nha-Ké Báng, Vietnam; la explosión de un laboratorio de última tecnología en Captiva Island, Estados Unidos. Demasiados interrogantes, muy pocas pistas, y aún menos escrúpulos. A la cabeza de la investigación se encuentra Apollo Ferrec, un ácido y enigmático inspector de Interpol, que intentará por todos los medios desentramar, quizás, el caso más importante de su extensa carrera. Pero necesitará de mucho más que su agudizado olfato para llegar al fondo de tan intrincado misterio. Sobre todo, cuando el bando contrario juega con cartas marcadas, y quedan muy pocas personas en las que se pueda confiar.
Almas perdidas es un atrapante thriller que nos sumerge en una conspiración determinante para el futuro de la humanidad; y al mismo tiempo, invita a cuestionarnos sobre ese delgado y peligroso límite que separa la ética y el progreso.
Federico Villa nació en Buenos Aires, el 25 de febrero de 1982. Estudió Comercialización y Administración de Empresas en la Universidad Argentina de la Empresa. Más tarde, inclinándose por su afición a la tecnología, obtuvo un posgrado en comunicación digital en la Universidad de Buenos Aires que le permitió conectar dos de sus mundos predilectos: la tecnología de la información y cómo comunicarla. Almas Perdidas, su ópera prima, fue enteramente escrita en su celular después de haber sido notificado de un cambio profundo en su condición laboral que, entre otras cosas, lo llevó a profundizar en el infinito mundo de la escritura. Actualmente, vive en la Ciudad de Buenos Aires junto a su familia, y se encuentra trabajando en su segunda novela.
Para Sofía
29 de enero de 2016
Buenos Aires, Argentina
—Vamosss —gritó Tomás.
—Una vez más que lo digas, y por una semana no salimos de casa —le respondió Micaela, mientras preparaba la mochila—. ¿Vas a llevar nuevamente esta bufanda? Ya sabes que estamos en verano y que las bufandas, como los pulóveres, se usan cuando hace frío, ¿verdad? —dijo sonriendo.
—Zi, zi. ¡La quiero! —respondió Tomás.
Había pasado casi todo el día insistiendo a su hermana con ir a la plaza. Amaba ese lugar, hasta llegó a soñar en dormir allí. Se sentía como en su casa, él pertenecía a ella y ella a él. Con solo 3 años, ya les comentaba a los mayores que cuando llegue a ser adulto, sería el “cuidador de plazas” más grande del mundo, a lo que los mayores respondían con una sonrisa. Excepto los días en los que llovía o se encontraba enfermo, Tomás tenía asistencia perfecta en esa divertida jungla de metal. Aquellos personajes frecuentes lo conocían como el “pequeño acróbata”. Sus manos se movían entre barrote y barrote con una velocidad y una precisión muy peculiares para un pequeño que solo medía 70 cm. En la trepadora, mostraba una destreza que ni siquiera los niños de 7 años tenían; realizaba giros adelante e incluso saltos por sobre otros niños, saliendo sin ningún rasguño. Micaela, su hermana, que siempre lo acompañaba, era el centro de consultas entre los nuevos espectadores. “¿Desde qué edad practica gimnasia deportiva?” o “Familia de circenses, ¿no?”, le solían preguntar, y ella respondía orgullosa teniendo más que claro que su hermano tenía un talento innato y muy especial.
Ese día, luego de la lluvia de verano, todos los juegos eran solo para él. Exceptuando la hamaca, todos sus favoritos estaban disponibles. Micaela pensó en llevar una remera vieja para poder secarlos y, así, evitar accidentes no deseados, pero ante tanta insistencia de Tomás salieron apresurados, olvidándola.
Micaela se sentó en un banco, y como en cada ocasión en que acompañaba a su hermano, extrajo de su mochila una botella de agua y una revista de moda adolescente. Bajó su cabeza, se colocó los auriculares y comenzó a leer.
—Hola.
Tomás no respondió. Su padre y su hermana siempre le comentaron que no hablase con extraños. Ni siquiera con niños, ya que las ciudades de por sí son peligrosas, y aún más para pequeños de tan solo 3 años.
—Hola. Te hablo a ti —insistió.
La miró y le sonrió. Era una niña de al menos 9 años, de cabello largo, dorado y lacio. Levantó la vista y todo lo que pudo ver fue a su hermana sumergida en un mundo totalmente alejado y ajeno del lugar donde él se encontraba.
—Sé que no eres mudo porque te he escuchado hablar con la niña allí sentada —dijo señalando a Micaela.
—Hola —respondió temeroso Tomás.
—Te he visto muchas veces en esta plaza. Eres muy bueno trepando y saltando. Me gustaría que algún día puedas enseñarme. Soy un tanto torpe. Mi nombre es Miranda.
—Hola, Milanda —respondió Tomás, reemplazando la l por la r.
—¿Sabes que mi mamá y mi papá trabajan en un circo muyyy grande? ¡Tú serías el mejor de los acróbatas de seguro! —dijo enfática.
—¿Qué es eso? —Nunca había ido ni tampoco había escuchado nada de él.
—¿Acaso es una broma? ¿No sabes lo que es? ¡Ven, baja! Te mostraré.
Dudó en bajar de los pasamanos porque recordó lo que le dijo su hermana acerca de extraños. Miró a los ojos a la niña, y luego volvió a observar a su alrededor. “Circo” rebotaba en su cabecita como un enjambre de mil avispas. El paisaje era el mismo, a diferencia del padre de Miranda que se encontraba saludando desde afuera del área de juegos.
—Él es mi papá —dijo Miranda sonriente—. Trabaja en el circo junto a mi mamá en la zona de trapecios. Te mostraré en mi teléfono móvil videos del circo al cual pertenezco. De seguro, cuando seas tan grande como él, serás excelente.
Lentamente, se desprendió del juego mientras su voluntad se batía entre la duda y el deseo. Tomó la mano de la niña y caminó a la salida del área de juegos, donde se encontraba el padre de ella que ya le mostraba a lo lejos el móvil.
Tomás nuevamente enfocó su atención hacia su hermana, quien seguía entre páginas de revistas y canciones pop. Apretó la mano de Miranda más fuerte, y en solo diez pasos se encontraban frente a un hombre fornido de casi 40 años.
—Así que tú eres el famoso pequeño acróbata —dijo sonriendo—. Ven, acompáñanos a aquel banco cerca para poder mostrarte en el teléfono de qué se trata un circo. De seguro ya mi niña te ha comentado que somos una familia de circenses y que, probablemente, serás el mejor en trapecios que haya visto el mundo —agregó el hombre.
Se sentaron en un banco verde, despintado y algo oxidado. Todavía se olía la tierra mojada, se sentía el fin del verano. Dirigió sus ojos por última vez a su hermana, quien seguía perdida en su mundo y luego miró a su nueva amiga.
Micaela dejó la revista a un lado y comenzó a buscarlo. No lo encontraba ni en el pasamano, ni en la trepadora. Fue al tobogán y lo buscó por las hamacas. Las dos niñas en la calesita ya no estaban. Ahora solo había una niña de 10 años y una madre con un niño muy pequeño. Perdió por completo la noción del tiempo. Revoleó su cabeza mientras intentaba mantener la desesperación a raya. Corrió de punta a punta por el lugar como también por la zona de juegos preguntando a cada una de las personas que transitaban por allí, gritando una y otra vez su nombre.
Mientras tanto, el cielo empezaba a liberarse de los grises, mostrando espacios de relucientes celestes. La lluvia ya no amenazaba la jungla de metal.
Tomás ya no estaba.
31 de mayo de 2013
Parque Nacional Phong Nha-Ké Báng, Vietnam
—Mierda, mierda, mierda —dijo Francisco secándose la frente, agobiado por el intenso calor.
—¿Hubiese preferido estar intercambiando balas con los sunitas y chiitas, soldado? —respondió Juan, con una mueca burlona en la boca.
Durante la estación lluviosa Vietnam es sinónimo de convivir las 24 horas con la humedad más alta del mundo. Un terreno pantanoso, una lluvia que no encuentra límite e insectos poco amistosos. Un contexto que hace replantearse la profesión a cualquiera.
La tienda de campaña había sido instalada cuidadosamente al borde de una caverna. Los motivos de la expedición no habían sido aclarados hasta el momento a ninguno de los 8 miembros del equipo. El líder, el Dr. Gerardo Heinmann, físico con especialidad en electromagnetismo, había programado una reunión a las 0900 de ese día para poder ampliar el cronograma de avance y, principalmente, el motivo de la misma.
—Este tipo de cerebritos siempre te tratan como el orangután responsable de generar el oxígeno necesario —exclamó Francisco con voz de enfado.
—Cada uno tiene su responsabilidad, y todos tenemos un lugar en la pirámide —respondió Juan, que ya había participado con Francisco de más de 10 expediciones y conocía completamente su personalidad.
—Pareces un maldito psicólogo. Un dedo de mi mano por una cerveza fría, eso es lo que necesito. No consejos baratos de libro de autoayuda.
Juan soltó una carcajada y sacó de su bolsillo un paquete de cigarrillos. Miró a su alrededor y todo lo que pudo ver fue un cielo cubierto que no paraba de soltar agua, hojas de un verde profundo y un suelo engañoso a cada pisada. Había convivido por varios meses en un clima similar hacía cuatro años, en una expedición científica al lago Victoria, en África Central. Claramente, no era el mejor de los lugares: no había margaritas, ni playas, ni mucho menos días soleados, aunque le gustaba más la humedad que las balas.
—Soldado, ¿me escucha? —Una voz fuerte se escuchó por su radio.
—Dr. Heinmann; fuerte y claro. ¿En qué puedo serle útil? —respondió Juan.
—En 10 minutos están llegando el Dr. Rodríguez y la Dra. Surushi. Necesito que ambos concurran inmediatamente a la entrada del campamento, para verificar la ruta de acceso final. —Los tonos imperativos de Heinmann despertaban las peores emociones.
—Sí, señor, a sus órdenes.
Francisco y Juan apagaron los cigarrillos, recogieron su mochila de supervivencia y se dirigieron en un cuatriciclo 4x4 a la entrada. El lodo lo cubría todo y las huellas del camino eran difícilmente visibles. Debieron señalizar el camino con balizas luminosas para simplificar el acceso como también su salida.
—¿Sabes lo que quiero para Navidad, Juan? —comentó Francisco mientras 2 buggies se acercaban lentamente por el camino.
—Déjame adivinar. ¿Una nueva vida?, ¿un jackpot? Quizá un último modelo.
—Simplificalo, Juan. Una buena botella de ron, una caja de cubanos y un verano entero con temperaturas de 25 grados en el Caribe mexicano.
El conductor del primer buggy le hizo un juego de luces a los dos soldados, con lo que Francisco y Juan prendieron su 4x4 y los guiaron hasta la entrada. En el primer vehículo era transportada la Dra. Surushi, mientras que en el segundo se acercaba una persona fornida, de tez morena y no mayor de 35 años, el Dr. Rodríguez.
—Sr. Jugger. Cambio.
—Doctor, lo escucho —respondió Juan.
—¿A qué tiempo se encuentra? Es fundamental comenzar la expedición cuanto antes.
—No más de 5 minutos, doctor.
—Perfecto, haga lo posible para que sean 4 —respondió Heinmann pretencioso.
Los 8 miembros de la misión ya estaban presentes en el sitio. La tienda había sido preparada con la mayor cantidad de comodidades para que cada uno pudiera compensar la carga de la convivencia con desconocidos y con un ambiente poco amigable. En la segunda, cada uno de los participantes resguardaba su instrumental científico y sus pertenencias personales.
En la carpa principal se podía ver un largo tablón que intentaba emular una mesa, sobre el cual se encontraba una máquina anticuada de café, vasos de feria barrial y unas galletitas de queso que volverían a destino tal cual habían arribado.
—Señores, tomen asiento. Sírvanse un café, si gustan, y por favor, necesito el 100% de su atención —comenzó el Dr. Heinmann con un tono seco—. Sobre sus asientos encontrarán un briefing con la información determinante de la misión, con sus objetivos y plazo estimado de duración. Como saben, el ambiente no será nuestro aliado por las próximas 72 horas, por lo que les solicito que extremen precauciones a nivel personal.
Juan y Francisco se miraron mutuamente. Los dos sintieron que por lo menos 5 miembros del equipo nunca ni siquiera habían soñado estar en un lugar así.
—Antes de detallar más información, las presentaciones formales. El Sr. Jugger y el Sr. Montesalvo serán nuestro apoyo militar. Si bien no encontraremos hostilidad, ambos cuentan con vasta experiencia en ambientes extremos como también en cavernas. La Dra. Williams es astrofísica con más de 15 años en expediciones de este tipo —una mujer de 40 años, cabello oscuro y tez blanquecina se levantó de su asiento y asintió con la cabeza—. El Dr. Rodríguez es espeleólogo y será nuestro guía los próximos 2 días. La Dra. Surushi es física en particular de la universidad de Tokio, y me acompañará en el liderazgo y toma de decisiones. Por último, Thian y Bay son nuestros exploradores locales y ya han visitado la caverna en 5 oportunidades.
Thian y Bay hablaban muy poco inglés, pero eran capaces de entender claramente lo que comentaba el Dr. Heinmann, por lo menos, en las acciones básicas que les eran solicitadas.
—Como se informa en el briefing —prosiguió Heinmann—, hace menos de dos semanas tanto la EES (Estación Espacial Internacional) como la MIR han detectado una discrepancia electromagnética que no existía hasta el momento, sin mencionar cantidad de satélites privados y no gubernamentales. Esta ha mostrado tal potencia que muchas de las comunicaciones de la zona se han visto severamente afectadas. Como puede ratificar la Dra. Surushi, las discrepancias de este tipo no suelen dispararse en un corto lapso y tampoco suelen mostrar irregularidades en su frecuencia, razón por la cual se estima que el origen de esta reside dentro de la cavidad.
Francisco no paraba de pensar en su botella de ron y su caja de habanos, mientras intentaba concentrarse en leer el breve informe que tenía frente a sus ojos. La paga era suficiente para dos meses de descanso, aunque no valía para pasar más de un día en ese clima de mierda.
—¿Quién ha podido ratificar que el origen de esta discrepancia se encuentra localizado en esa caverna? —preguntó la Dra. William.
—Doctora, escáneres de diferente frecuencia han estimado con un margen de 50 metros de error que el campo de energía se encuentra allí. Nuestro objetivo es determinar el origen per se, y de ser posible, recuperar cualquier objeto que sea útil para la ciencia.
—Por lo poco que he leído en el informe, estamos frente a un sitio que solamente se encuentra explorado en un 10%, con más de 20 bóvedas. Por otro lado, y según la descripción, el tiempo máximo de expedición será 72 horas. Considerando esto —preguntó la Dra. Surushi—, ¿cree usted que el tiempo es el necesario? Desde mi opinión personal, y teniendo experiencia en este campo, considero que tenemos recursos escasos y tiempo muy limitado para extraer datos que no se encuentren sesgados.
—Dra. Surushi, agradezco su preocupación —agregó el Dr. Heinmann—, aunque necesito que confíe en nuestra información. Lo que se encuentra generando esta discrepancia debería hallarse a una distancia máxima de 2 km de la caverna, con pocas barreras naturales.
El anexo técnico describía que la frecuencia de la radiación emitida oscilaba entre 250 MHz y 300 MHz, similar a la onda de una radio FM, con blackouts de información entre 5 y 8 segundos. La lógica indicaba que debería ser un objeto diseñado y creado por algún bromista que solo necesitaba un poco de atención. Entre los científicos del equipo, no cabía otra hipótesis dado que no existía material que sea capaz de generar tal cantidad de energía en su estado natural.
—Cada uno llevará un dosímetro personal para medir el nivel de radiación ionizante, y el teniente tendrá uno de área. Los reactivos serán transportados por la Dra. Surushi y la Dra. Williams, y el equipo de telecomunicaciones será transportado por Thian y Bay. Por otro lado, y para que quede totalmente claro: si bien contamos con datos limitados, durante las próximas 72 horas se encuentran bajo mi responsabilidad —aseveró el Dr. Heinmann—, razón por la cual les solicito no correr riesgos innecesarios en nombre de la ciencia. ¿Preguntas?
Los miembros, por un momento, se dividieron en dos. Entre los que percibían el riesgo, y los que no, como es habitual en la mayoría de las situaciones. Ninguna duda en la sala.
—Perfecto. En menos de 40 minutos nos encontramos en el punto A —dijo señalando el mapa—, con el material y equipo solamente necesario y aprobado para la operación. Toda carga innecesaria será resguardada en el área designada, y recogida a la salida.
Mientras que el Dr. Rodríguez estudiaba el mapa que se encontraba adjunto al informe, Thian y Bay observaban cómo la lluvia no amainaba. Los flujos de agua y las cavernas no suelen ser un buen maridaje cuando se trata de exploración en profundidades.
16 de abril de 2016
Captiva Island, EE. UU.
Las 11 de la noche era un horario ideal para despejar la cabeza después de un largo día detrás del teclado. Sobre todo, si una brisa suave acompañaba el comienzo de la primavera, una estación más que esperada en la isla. Muchas veces se toman hábitos y rutinas, que llegan a establecerse como vitales sin tomar conciencia de estos, hasta el momento en que ya no se encuentran más presentes. Una de esas costumbres era tomar un paseo, montada en una vieja playera que alguien decidió dejar abandonada en el viejo muelle y como un proyecto de reparación que solo era de un verano, terminó siendo casi permanente.
Montó la bicicleta, se colocó los audífonos cuando ya estaba sonando “You and I” de Ingrid Michaelson y empezó a recorrer las angostas rutas de Captiva. El cielo era un tanto especial en esas latitudes. Limpio, casi pintado al óleo. Eran muchas más las noches en las que se podía ver, casi palpar, el centro de la Vía Láctea, que aquellas en las cuales los cúmulos cubrían el infinito. Se podía respirar, sentir el oxígeno en su estado puro; se disfrutaba la diferencia entre lo que se respira en una ciudad y en un lugar como aquel. Luego de dos años de trabajo en el laboratorio, sintió que este podría ser su lugar en el mundo, quizá no por siempre, pero sí por un largo tiempo.
—Muy buenas noches, Tobi —saludó Sofía ingresando al pequeño bar a menos de 15 minutos del laboratorio y solo reservado a residentes.
—¡Qué es ese tono, mujer! Es casi el Caribe mexicano, despejado y 20 grados de temperatura. Haremos un trato: vuelve inmediatamente a salir por donde entraste, toma aire profundamente, exhala y luego nuevamente a mi barra. La cerveza va por mi cuenta —dijo seriamente a Sofía para luego largar una carcajada—, vamos, ¿Stout o Pilsen?
—Stout. Y unos 20 rubios. ¿Qué ha pasado en la barra esta noche?, ¿los borrachines han tomado un receso antes de matar más enzimas? —dijo corriendo su flequillo.
—¿No has visto la hora? La pandilla de alcohólicos no llega hasta la medianoche —exclamó Tobías sirviendo una bandeja gastada cubierta con chips de aspecto dudoso.
—¿Qué sería del bar sin su diezmo diario, verdad, Tobi? —preguntó dirigiéndose a la mesa que daba de espaldas al lago.
—¡En voz alta, nunca ese tipo de pensamientos, no quiero ni escucharlos!
Desde LAC fueron creados algoritmos criptográficos para muchos de los protocolos de comunicación con los cuales convivimos diariamente. No está del todo claro, y si bien quizá se ha tornado en leyenda dado que nadie lo negó, uno de los creadores del nuevo amanecer de las criptomonedas fue pasante durante 2 años en este laboratorio, para luego comenzar a formar parte una selecta unidad de ciberterrorismo. A decir verdad, era una cuna de “bichos raros, nerds y anormales”, tal como le gustaba llamarla a Sofía.
—¿Sigues atascada en ese algoritmo tratando de que hable esa maldita máquina por sí sola? —Indagó Tobías mientras limpiaba la barra.
Sofía lo miró y le sonrió. Un sinnúmero de oportunidades había tratado de explicarle que trabajaba en algoritmos para el desarrollo de conciencia artificial mediante el uso de redes y nodos a través de todo el globo. Con sus 24 años de edad, había tenido una excelente carrera académica, logrando ser ingeniera en sistemas a los 21 y un doctorado a los 23 en criptografía.
—Querido amigo, ¿recuerdas la noche en que te dediqué 90 minutos, con la mejor de las paciencias y un espíritu didáctico pocas veces visto antes, a explicarte qué es lo que hacemos en el laboratorio? —lo miró—. Igual debo decir que me siento orgullosa de escuchar la palabra “algoritmo” de tu boca. Recuerdo cuando utilizaste la palabra “garabato” como significante.
—¿Que si la recuerdo? ¡Pues claro que sí! Aprendí la palabra “algoritmo” y “meshin lernin”. Creo que deberías estar más orgullosa de este viejo sabueso de mar.
—Lo estoy, lo estoy; créeme, aunque no lo parezca, lo estoy.
—¿Una más? ¿Pilsen acaso? O ¿prefieres una Stout? —preguntó Tobi.
—Última, Tobi, que mañana debemos terminar la presentación antes de las 12 horas y todavía estamos a mitad de camino.
—Se habrá olvidado de mí ese viejo chiflado. Hace alrededor de 3 meses que no lo veo, ni siquiera pidiendo un vaso de agua.
—Está algo obsesionado con este nuevo proyecto —resopló—. En realidad, “algo” es demasiado poco. Diría que bastante obsesionado con poder implementar cuanto antes este algoritmo de superconciencia y que sea escalable a nivel global. Claramente, el talento, innovación e inteligencia del Dr. Álzaga no es fácil de igualar. Si a esto le sumamos precisión, obsesión y una pizca de locura, bueno, vaya, qué resultado.
—¿Sabes qué siento?, ¿quieres ponerme a prueba como aquella noche? El bueno de Tobi le cede su oído, señora, e intentará entender de lo que habla. De otra manera, no hubiese utilizado todo ese palabrerío técnico con un viejo en un bar vacío con más alcohol en sangre que glóbulos rojos.
Sofía encendió otro cigarrillo y se sonrió. Tomó un trago largo de cerveza y, por un momento, sintió haber estado en ese instante frente a esa misma pregunta, una y otra vez. “Déjà-vu. Un error en la matriz” —pensó.
—Si no me conociera tanto, asumiría que estás coqueteando conmigo, amigo —se corrió el pelo de la cara—. Pero ¿sabes qué? Tienes razón. No es del todo fácil encontrar un buen interlocutor por este lugar, y menos a esta hora.
—Agradezco el cumplido, Sofi, pero basta de elogios. ¿Qué está pasando? —agradeció Tobías, bajando el entrecejo y acomodándose en una vieja banqueta de madera.
—El proyecto del cual te comentaba anteriormente ha generado bastante revuelo en el laboratorio. Desde sus inicios, hemos estado recibiendo partidas extraordinarias de financiamiento realmente muy jugosas, que por lo poco que sé de la historia de la institución, son sin precedentes. Además de dinero fresco, estuvimos percibiendo por más de 18 meses cooperación directa con organizaciones a nivel equipamiento que ni siquiera conocíamos. Álzaga, que como sabes fue mi tutor durante los últimos 6 años, ha cambiado drásticamente su forma de comportarse con todos los miembros del equipo. Frecuentemente, muestra respuestas explosivas ante el comentario más simple, y es claro que no solo me afecta en mi desempeño, sino que también con todos los que se relaciona. En el último año, dos personas con altísimo potencial han decidido solicitar empleos en otras instituciones, con una menor paga y baja proyección.
Tobi escuchaba con atención, tratando de no dejar escapar ningún detalle. Tenía una relación simbiótica con la joven científica; ella necesitaba de un oído cercano y él de un toque femenino en un bar con altos niveles de testosterona. Desde su llegada a la isla, siempre se había mostrado abierta, simpática y colaborativa con todos.
—El proyecto es ambicioso. Desde mi perspectiva, puede ser un hito en la historia de la humanidad, en todo aspecto, pero sobre todo a nivel tecnológico y económico. La idea fue creada en la juventud de Álzaga, junto a dos de sus amigos de la universidad, aunque claramente la tecnología de hace 30 años no es la misma que en la actualidad, con lo que el proyecto fue publicado como un paper científico, y quedó solo como una “teoría” de avanzada. —Tomó un trago y apagó su cigarrillo—. La capacidad de comunicación actual, junto al desarrollo de nuevos medios de almacenaje descentralizados de información, hace posible lo teorizado hace 3 décadas.
—Hasta ahora es solo la melodía, pero, o no entiendo la letra, o simplemente no la escucho —dijo Tobías—, si es que quieres ir a descansar, al grano, muchacha.
—El paper escrito en su juventud fue llamado “Superconciencia”, y el concepto central era la creación de una red de computadoras distribuidas alrededor del planeta que no solo se administren en forma autónoma a través de instrucciones, sino que tengan una conciencia colectiva que favorezca la toma de decisiones tanto con información histórica como también con datos de contexto en tiempo real. En la actualidad, y desde la creación del primer computador, las decisiones o resultados logrados fueron dados a instrucciones predefinidas anteriormente. Incluso en la actualidad, los algoritmos de crecimientos genéticos necesitan ser preformateados y necesitan de la colaboración humana “en forma directa” para aprender. ¿Hasta aquí cómo vamos?
—Como cerdo entrando a matadero; en cualquier momento, sé que estaré perdido —sonrió Tobías—, pero prosigue por favor.
—No esperaba menos de usted, bartender —bromeó la científica—. El proyecto “Ion” comenzó a incrementar su velocidad cuando el problema más complejo planteado en la teoría mostró un gran salto de calidad. La comunicación entre computadoras hace bastante ya ha casi igualado a la velocidad de pensamiento y, por otro lado, los lenguajes de programación han evolucionado en forma considerable en los últimos años, simplificando instrucciones. Te preguntarás cuál es el problema del que hablo, ¿no? —tomó un sorbo.
—Muero por saberlo —rio limpiando la barra.
—Almacenaje, Tobi. ¿Dónde es posible guardar toda la información que se genera en microsegundos y en tiempo real, para que una computadora muestre la solución óptima considerando todas las variables existentes? Hasta hace menos de un año, las unidades de almacenaje, si bien han dado un salto de calidad, son salidas de las cavernas comparadas a la solución encontrada. Es por eso por lo que el programa Ion ha avanzado a pasos agigantados, y la adrenalina corre por todos los miembros del equipo. Esto cambiaría para siempre el mundo como lo conocemos porque existirá una capacidad totalmente superior a la humana, que podrá contar con todos los datos generados en el planeta. Para que puedas entender las aplicaciones, según estimaciones, puede prevenir con un margen del 99% de exactitud un terremoto, la trayectoria de un huracán o la probabilidad de una sequía con 1 año de antelación. Pandemias, patrones comunes de mutaciones genéticas, incluso atentados terroristas pueden ser prevenidos. El potencial es infinito.
—A primera mirada, asusta tanto como reconforta. Me surge una duda ¿estamos hablando de predecir un evento a corto plazo?
—Sí, en efecto —respondió con seguridad.
—Ajá, ¿estamos hablando de predecir el futuro? Me suena como una charla de borrachos —dijo Tobi, incrédulo.
—Entiendo, y comparto porque he pasado por esos caminos al comienzo del proyecto. El dilema que se planteó en el paper, cuando fue escrito por estos tres prodigios, fue: ¿es posible reducir el margen de error al mínimo? La premisa en la cual se basaron es que en el universo la información siempre está disponible, en cualquier estado y en cada instante, solo que la limitación del ser humano justifica con la palabra “imposible” la búsqueda de la eliminación del error dados el desconocimiento y la falta de capacidad. Seré más clara, Tobi, si contaras con datos en tiempo real de todas las variables, y sumaras también la capacidad de análisis para optimizarlas, ¿creerías que realmente existe el azar? O ¿el azar es acaso aquello que no podemos calcular? ¿Existe el destino o son simplemente decisiones que tomamos sobre la base de estimaciones por no contar con la capacidad, por no conocer las variables o su valor?
—¡Jackpot! Me llevaría en forma excepcional con un par de billones en mi cuenta y un lindo yate en el muelle. Digo, sabes que el mes entrante se sortea el Megaball —vociferó Tobías sonriendo— y claramente, el azar nunca fue amigo en este bar. —Levantó la mirada y solo una mesa estaba ocupada.
—¿Tsunami o Jackpot? —cuestionó Sofía—. Creo que prefiero predecir el Tsunami.
—¡Fantástico plan, Sofía! Luego del Tsunami, ¿podríamos evaluar el cálculo del ticket ganador?
Los vidrios del bar estallaron en mil pedazos. Un hongo amarillo con tonos anaranjados iluminó la noche, apareciendo furtivamente en el reflejo de los cristales. El sonido fue estremecedor. Del otro lado del lago, un gran incendio y una columna de humo perturbaron la quietud del cielo estrellado. Al parecer, el laboratorio se encontraba en llamas.
30 de enero de 2016
París, Francia
Luego de tomar un café amargo, de esos que en la boca dejan huella, pensó en caminar por el centro. Siempre que tenía un problema, algo que resolver o que lo inquietaba, mover las piernas y respirar era su método predilecto para encontrar el equilibrio.
Desde hacía 2 años, los avances en el caso eran minúsculos, casi insignificantes. Claramente, existían patrones que conectaban los puntos, pero no lograba encontrar el comienzo o el fin del ovillo que despejara alguna variable que seguir. Había analizado un centenar de veces el tablero, recorrido una y otra vez la foto de los niños desaparecidos, sus locaciones y datos personales, solo para volver a empezar nuevamente el loop infinito.
—Apollo, ¿me escuchas?, ¿hola?, ¿hola? —preguntó la voz en el teléfono.
—Sí, aquí estoy, hay mala señal —respondió—. No sabes que a esta hora las personas normales intentamos terminar de desayunar. —Adiós paseo por el centro, pensó.
—Ok, veo que tienes otra de esas mañanas, tan felices que sueles tener.
—Amo tu ironía, ¿ya lo dije alguna vez? —respondió Apollo con voz gutural.
—Ha sucedido de nuevo... —Hizo una pausa—, aunque a diferencia de las otras desapariciones, está quizá nos deje una migaja que seguir.
—¿Dónde?, ¿quién es el que se encuentra a cargo?, ¿has hablado?
—Esa ansiedad repentina enamora. ¿Has solicitado una cita con el terapeuta? —Una risa cómplice se dejó deslizar por el teléfono—. El inspector a cargo en el asunto es Castro, y ya se encuentra en el lugar de la desaparición.
—Perfecto. Por favor, reserva un vuelo para dentro de hora y media, y toda la documentación disponible que tengas al momento, a mi WhatsApp —dijo Apollo, dirigiéndose a su cuarto para ver qué ropa presentable tenía.
—A tus órdenes, jefe. ¿Quieres que te acompañe? —preguntó Ángela—. Sabes que mi agenda está libre.
Por un momento, dudó. Apollo, desde sus comienzos como inspector en Interpol, se llevaba excepcionalmente bien con la soledad, tanto en su vida privada como también en la profesional, pero siempre hacía falta cuestionarse un nuevo enfoque, sobre todo cuando la ecuación estaba trunca.
—Si en 1 hora no te encuentras en el aeropuerto en la puerta de embarque designada, seguirás con tu agenda en blanco. No desperdicies esta oportunidad.
—Hecho, odio defraudar —dijo Ángela.
Si bien el caso llevaba en manos de Interpol lo suficiente, Apollo sospechaba que las desapariciones habían comenzado hacía mucho más tiempo, aunque solo se hicieron visibles con la abducción de la pequeña Melissa, nieta del duque de Croix, cuando viajó con su familia a veranear en Marsella. “La visibilidad genera un comienzo consciente, lo que no significa que anteriormente no existiera”, pensó bajando las escaleras con una valija de mano improvisada y un cuaderno bajo el brazo.
Se paró en la acera buscando un taxi disponible mientras intentaba leer la lluvia de mensajes que había enviado Ángela con la documentación que solicitó momentos antes. A los 10 minutos, y luego de no encontrar ninguno disponible, la modernidad cruzó su mente y, aunque no mostraba un fanatismo por las nuevas tecnologías (“malditos tecnócratas” —pensó— “quieren nuestras vidas en sus pantallas”), decidió pedir un Uber.
—Buenos días… ¿El destino es el indicado?
—Sí —afirmó Apolo sin dirigir la mirada.
—Tendremos un poco de tráfico, dado que ha volcado un camión con cerdos en la autopista. Este clima no es el mejor para conducir, y menos si no se tienen las pericias necesarias. Se está desviando… —El conductor no paraba de hablar.
—Entiendo, me gustaría escuchar la radio —dijo con tono sobrio, pero asertivo como ninguno cuando se trata de comunicar.
—Estimo que en 20 minutos llegaremos al aeropuerto Charles de Gaulle —dijo el conductor captando claramente el mensaje.
Mientras el conductor tarareaba “Pet Cementary” de los Ramones, Apollo intentaba concentrarse en la información que recibió de Ángela. Las fotos mostraban una plaza de niños en algún lugar de la Argentina, un pequeño de al menos 4 años, una adolescente, un banco de parque y una bufanda que había quedado olvidada.
Ángela era la responsable de verificar si se trataba de otro caso que formaba parte de la misma cadena de eslabones, o simplemente de un hecho aislado. La tarea no era simple, aunque había un patrón que se repetía permitiendo identificar lo aleatorio de lo fortuito: todos los niños desaparecidos eran tratados por trastorno de personalidad. Por eso, a nivel internacional, cuando se informaba la desaparición de un sujeto de entre 3 a 5 años con irregularidades de este tipo, debía disparar automáticamente un mensaje a la oficina de Interpol en París a cargo del inspector Apollo Ferrec.
Las psicopatías informadas con mayor frecuencia eran las esquizoides, aunque también existían casos que solo presentaban comportamientos obsesivos compulsivos, y Ángela, aunque no era académica, durante los dos últimos años había comenzado a desarrollar un conocimiento de campo, que ni siquiera los profesionales de la salud tenían.
“Tomás, si bien concurría a su terapeuta, dado que fue recomendado por su pediatra, no fue diagnosticado con ningún desorden y todavía se encontraba en período de evaluación sin plan de intervención. Esto es claramente una pieza diferente en el rompecabezas, ya que, como tú sabes, todos los niños anteriores habían sido diagnosticados con principio de ‘esquizofrenia’. Además, algo remarcable de este niño es que poseía una habilidad y destreza física que no eran habituales en alguien con 3 años. En el adjunto, encontrarás copia de las transcripciones de lo registrado por su pediatra y su terapeuta”.
—¿A cuántos minutos estamos? —preguntó.
—En menos de 5 minutos —respondió el conductor.
—¿Le puedo hacer una consulta profesional?
—Sí, claro.
—¿Cómo puede identificar cuándo será un buen día de trabajo? —indagó Apollo.
—Nada exacto, muy estomacal. Cuando un camión colisiona en la autopista, el frío cala profundo en los huesos, o algún hecho que complique la existencia de aquel que quiera ir de un punto A a un punto B. Simple, ¿no? —comentó mirando al inspector por el espejo retrovisor.
—Estimado, créame, no tiene nada de simple. La simpleza de entender cuál es su trabajo y qué hechos lo afectan, en forma favorable o desfavorable, lo lleva a un mejor o peor resultado. Entender qué pieza no encaja es justamente el patrón —lo dijo y una sonrisa se escapó en su comisura.
—Claro, porque… —el conductor siguió conversando mientras Apollo ya estaba camino a la puerta 51, con la sonrisa de un niño que descubre por primera vez la Navidad.
Ángela lo esperaba con un latte caliente en su mano. Al parecer, había conseguido localizar la punta del ovillo, o al menos, así parecía.
3 de junio de 2013
2013 UCLA, Los Ángeles, California, EE. UU.
—¡Buen día, doctor! ¿Cómo está? —saludo con voz jovial.
—¿Cómo se encuentra hoy, señorita Más? —contestó el Dr. Álzaga con tono distante, aunque cálido.
—Por lo que veo, más entretenida que usted —dijo señalando un libro que cargaba él en su mano que decía en su frente “Teoría del caos: comienzo y final”.
