Amistad peligrosa - Shannon Hollinger - E-Book

Amistad peligrosa E-Book

Shannon Hollinger

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Beschreibung

Mi mejor amiga y yo guardamos un terrible secreto. Y haré todo lo posible para protegerlo. Emma y yo éramos inseparables, crecimos haciendo todo juntas. Hasta la noche en la que todo cambió, y me marché, alejándome de mi madre, de mi hermana, de todo lo que conocía. Desde entonces, Emma y yo no hemos vuelto a hablar. Mi hermana, Lily, también estaba en la playa aquella noche. Desde ese momento, no ha vuelto a decir ni una sola palabra. Ya han pasado diez años. Pero tengo que volver, mamá y Lily necesitan mi ayuda. Además, no puedo huir del pasado para siempre. Estoy lista para hablar con Emma. Sin embargo, el mismo día que regreso a casa, encuentran a Emma muerta, y todo lo que creía saber se desmorona. Porque si alguien la mató, puede que sepa la verdad. Y solo es cuestión de tiempo que yo sea la siguiente. A no ser que consiga descubrir antes quién lo hizo… Al fin y al cabo, dicen que las mejores amigas son para siempre. Y nadie sabe hasta dónde estaré dispuesta a llegar para que nuestro secreto siga oculto. --- «¡¡Me ha encantado, encantado, encantado este libro!!… ¡Dios mío!… ¡¡Alucinante!!… Me atrapó de principio a fin… ¡Madre mía, los giros de la trama!… Uno de los thrillers psicológicos más adictivos, angustiosos e imposibles de soltar que he leído jamás». bookworm86 ⭐⭐⭐⭐⭐ «Increíble… Me tuvo en vilo y con la intriga hasta el final… ¡Excelente!». Bookishlaurenh ⭐⭐⭐⭐⭐ «¡Imposible dejar de leer! Empecé este libro por la noche y no debería haberlo hecho, porque cuando me quise dar cuenta, eran las dos de la madrugada y ya iba por la mitad… ¡Satisfacción total!». Reseña en Goodreads ⭐⭐⭐⭐⭐ «¡Me ha encantado!… ¡Y ese final! Ha sido increíble… Los giros de la trama son buenísimos… Lo recomiendo sin dudar». Reseña en Goodreads ⭐⭐⭐⭐⭐ «Fenomenal… Hay muchos giros y sorpresas, no pude dejar de leer hasta que lo terminé». Reseña en Goodreads ⭐⭐⭐⭐⭐

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Seitenzahl: 432

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Amistad peligrosa

Amistad peligrosa

Título original: Best Friends Forever

© Shannon Hollinger, 2023. Reservados todos los derechos.

© 2025 Jentas A/S. Reservados todos los derechos.

ePub: Jentas A/S

Traducción: Bárbara Vaquero © Jentas A/S

ISBN: 978-87-428-1420-8

Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin la autorización escrita de los titulares de los derechos de la propiedad intelectual.

Queda prohibido el uso de cualquier parte de este libro para el entrenamiento de tecnologías o sistemas de inteligencia artificial sin autorización previa de la editorial.

First published in the English language in 2023 by Storyfire Ltd, trading as Bookouture.

___

A mi abuela Marvis, lectora y aventurera extraordinaria, por enseñarme que ser fuerte, dura, testaruda y una bibliófila son rasgos excelentes para una mujer.

LA CARTA

Las palabras me dejan sin aliento. Doblo la carta y la vuelvo a meter en el sobre. Lo aprieto contra mi pecho, contra mi corazón palpitante, mientras aparto la silla de la mesa y me pongo de pie. Mis rodillas se doblan, golpeando con fuerza contra el suelo mientras mis piernas inútiles se pliegan debajo de mí.

Durante todos estos años, creía que mi mejor amiga era una asesina. Y luego volví a casa, y me atreví a esperar que fuera inocente, solo para que me hicieran cambiar de opinión una y otra vez. Pero ahora tengo la respuesta. Ahora lo sé con certeza.

Y aun así me siento absolutamente devastada. Es demasiado tarde para arreglarlo. ¿Cómo podré vivir conmigo misma?

Encontrando a la persona que mató a Emma y haciéndoselo pagar. Necesito encontrar una forma de mantenerme firme el tiempo suficiente para llegar hasta el final. Para conseguir justicia para Emma. La idea me asusta. ¿Será por lo que siento por esa persona? Me dan ganas de darle de su propia medicina. Pero una letal...

PRÓLOGO

La cálida brisa nocturna arrastra sollozos murmurados. Rumores susurrados en voz baja. Las miradas nerviosas recorren la multitud como un virus, con los rostros iluminados por las luces rojas y azules.

Varios agentes de policía uniformados tratan de mantener el orden. Los detectives quieren interrogar a todos los presentes, pero es imposible saber con quién han hablado, ya que los grupos de estudiantes laten como un corazón palpitante..., pero hay un corazón entre ellos que nunca volverá a latir.

Poco tiempo antes, las risas llenaban el aire y las voces rebosaban entusiasmo y emoción. ¿Y por qué no? Lo estaban celebrando. No se graduaban todos los días.

Si tenían los ojos vidriosos por el exceso de bebida y la ingesta de una o dos sustancias ilegales, no pasaba nada. Estaban en un precipicio. A un lado les esperaba el resto de sus vidas al entrar en la edad adulta y al otro, la infancia que dejaban atrás.

Algunos habían sido amigos toda la vida; otros, enemigos casi el mismo tiempo. Pero esa noche nada de eso importaba. Algunos de ellos nunca volverían a verse. Las ofensas se olvidaban, las venganzas se detenían. Los besos eran prolongados y descuidados. Porque lo habían conseguido. Habían sobrevivido al instituto.

Y entre ellos, una chica, mucho más joven que el resto. Una chica que no debería estar allí.

Su hermana mayor la sujeta con fuerza, negándose a soltarla. Alterna entre prometerle que todo irá bien y responder a las preguntas del detective, porque la joven no encuentra su voz. Le resulta imposible después de lo que ha visto.

Esperaban que fuera una noche para recordar y se convirtió en una noche que nunca olvidarían, pero que desearían poder olvidar. El asesinato tiene ese efecto a veces.

UNO

—¿Hola?

Sujeto el paraguas contra la lluvia, coloco el teléfono entre la barbilla y el hombro y sigo buscando las llaves en el bolso. Consigo enganchar el dedo en el llavero y maldigo mientras el viento mueve el paraguas. Dejo caer las llaves y lucho por proteger mi pobre refugio de la tormenta.

Una bocanada de aire al otro lado de la línea me recuerda que tengo el teléfono en la oreja y que me ha llamado una persona con la que aún no he hablado. Estoy a punto de compartir mi frustración con el pervertido que respira en mi oído cuando el viento golpea de nuevo, dándole la vuelta a mi paraguas y exponiéndome al diluvio. Me empapo al instante, pero no es eso lo que me da escalofríos.

Dejo caer el paraguas y miro impotente mi coche cerrado. De alguna manera, sé quién es la persona que llama. Se me corta la respiración y el nombre sale en un susurro.

—¿Lily?

Un ruido suave, como el de una uña arañando el auricular de un teléfono fijo, se transmite dos veces a través de la línea. Toco la ventanilla del conductor con la punta de los dedos, como si el cristal mojado fuera su mejilla húmeda, intentando calmar mis nervios.

—Lily.

Suena otra vez el ruido. Es ella.

—¿Va todo bien?

Espero, pero la línea permanece en silencio.

—¿Puedes decirle a mamá que se ponga al teléfono?

Nada. Es como uno de los juegos a los que le encantaba jugar, en los que me hacía adivinar la respuesta. Pero esto no es divertido para ninguna de las dos.

—Lily. —Trago con fuerza el nudo alojado en mi garganta. No quiero decir las palabras. No quiero preguntar, porque ya sé la respuesta. Si no, no estaría llamando. Siento que las lágrimas se mezclan con las gotas de lluvia en mi cara, calor abrasador contra frío helador—. ¿Necesitas que vaya a casa?

Veo su mano en mi mente, su dedo pálido y afilado asintiendo contra el teléfono mientras oigo el ruido.

—Muy bien. Ya voy. Llegaré en el próximo vuelo. Te lo prometo.

Oigo un clic al otro lado de la línea, lo siento como una reacción física dentro de mi cráneo, y después, ya no siento nada. Cuando ves que el cuchillo se hunde profundamente y no pasa nada, sabes que el corte es grave. La reacción es tardía, pero sabes lo que está por venir. La sangre oscura brota de las profundidades, despacio al principio, luego sin cesar, como en un grifo sin mandos. Y después viene el dolor. El dolor es siempre peor cuando al principio no sientes nada.

Me doy un momento, esperando que empiece la hemorragia, esperando el dolor, pero no llega. Este corte es demasiado profundo. Cuando mi cuerpo finalmente reaccione, va a ser devastador.

Recojo las llaves del suelo y las vuelvo a dejar caer antes de abrir por fin la puerta. Deslizándome detrás del volante, no hago ningún esfuerzo por preservar el interior del coche de mi ropa empapada. No tiene sentido. Ya no importa. Nada lo hace.

Mi tiempo prestado se ha agotado. Ha sido más largo de lo que esperaba y ha durado más de lo que merecía, pero se ha acabado. Es el momento de volver a casa para afrontar lo que empezó hace ya tanto tiempo. No soy tan tonta como para creer que volveré a ver la vida que estoy viviendo actualmente. Como una serpiente, mudaré esta piel y la dejaré atrás. Como un cordero, me dejaré llevar al matadero.

DOS

Deja de llover cuando encuentro un sitio y aparco en la calle. El apartamento está oscuro y vacío. Ya he dejado de pensar en él como en mi casa. Quizá fui una tonta por hacerlo.

No tengo muchas pertenencias. Meto lo que voy a necesitar en una bolsa de viaje y dejo el resto para mis compañeros de piso. Cojo la bolsa de comida para gatos de la cocina y salgo al estrecho patio, la franja de medio metro de adoquines desconchados y llenos de maleza que separa el apartamento del callejón.

Una cabeza asoma entre dos tablones de madera podridos, con unos ojos redondos y ambarinos que me miran con expectación. Me agacho. El gato sisea, aplastando su cuerpo contra la valla, solo para ser apartado a un lado por un atigrado cabezón al que le falta media oreja que se cuela por el hueco. El atigrado me roza la rodilla y me da un golpe enfadado con la pata. Maullidos ansiosos, procedentes de las bocas de gatos y gatitos duros y curtidos, llenan mis oídos cuando se reúnen en el callejón, llorando por su comida gratis.

—Lo siento, chicos. —Vacío la bolsa de comida en el suelo, esparciéndola todo lo que puedo—. Esta va a ser la última vez.

Me miran con desconfianza, paseándose, esperando a que me aleje del montón de comida; es una representación de amor y odio, de necesidad y miedo y de deseo simbiótico que tanto me he esforzado en cultivar. Me pongo de pie y los cuerpos peludos corren hacia el pienso, en una maraña de gruñidos profundos y amenazas con garras afiladas mientras comparten la lucha por la supervivencia. Ese es el mundo que conozco, en el que viví, del que creí haber escapado. Eso es a lo que voy a volver.

Cierro la puerta detrás de mí y veo por un momento cómo un gato con cicatrices de guerra golpea a un escuálido pellejo en la cabeza y le clava las garras en el cuero cabelludo, apartando al gatito de la comida mientras el ejemplar más fuerte come. Quiero intervenir. Quiero asegurarme de que todas las barrigas se llenan. Ayer, habría vuelto a salir. Hoy, les doy la espalda. Mi realidad ha cambiado. Ahora tengo que centrar mis esfuerzos en estar preparada para sobrevivir.

Garabateo una nota en el reverso de un tique y lo dejo en la encimera con mis llaves y la documentación firmada de mi coche. Mis compañeros de piso pueden venderlo para cubrir mi parte del alquiler mientras encuentran a alguien que quiera ocupar mi habitación. Cojo mi bolso, me ajusto la correa al hombro y echo un último vistazo a mi alrededor. Siento como si estuviese echando un último vistazo a la civilización antes de adentrarme en la naturaleza.

Camino por la calle hacia la estación de metro, llevada por el ímpetu de la gente que me rodea, como si fuera cualquier otro día. Escaneo mi tarjeta, bajo las escaleras y me topo con mi último golpe de suerte: el tren acaba de llegar a la estación. Me abro paso hasta la línea azul, como si fuera a trabajar, pero en el fondo sé que nunca volveré a ver ese lugar. Esta vez me bajaré en la última parada.

Nunca he estado en el aeropuerto Logan; ni en ningún otro aeropuerto, en realidad. No vine aquí, a Boston, directamente. No era más que otra parada en una serie de largos y polvorientos viajes en autobús hacia el norte. Me quedé porque era una ciudad lo bastante grande como para perderme en ella y lo bastante lejana como para crear una nueva identidad; y además podía conseguir todo eso sin alejarme del océano Atlántico, lo único de casa que sigue conmigo.

Mis compañeros de viaje no se meten en lo que no les importa, desvían la mirada mientras sufren los bandazos y acelerones. Cuando entramos en la Estación Sur, solo quedan unas cuantas personas. Sigo a los que llevan equipaje escaleras arriba y me pongo a un lado del grupo cuando se reúnen en la acera. Dejo que suban primero y luego tomo asiento en la parte trasera del autobús de la Silver Line, fingiendo la experiencia de la que carezco. Cuando me fui de Florida, apenas tenía dinero para llegar al siguiente condado. Ahora puedo permitirme comprar un billete para mi primer viaje en avión.

Finjo ser una viajera experimentada cuando entro por las puertas de cristal del aeropuerto, parpadeando por la luz fluorescente y el aire viciado. Me uno a la cola más cercana que se abre paso hacia el mostrador y espero poder fingir lo menos posible durante la experiencia. Realizo cada paso del proceso como un robot, distante y sin emociones. Es casi como una experiencia extracorpórea, como si me estuviera observando desde lejos, porque ese comportamiento no es un signo de lo que soy, sino un síntoma de aquello en lo que me he convertido, un ser dolorosamente insensible. La conmoción corre por mis venas, entrecortada y helada como un granizado, y sufro un caso mortal de congelación cerebral.

Me encuentro atada a un asiento en un avión sin recordar apenas cómo he llegado hasta aquí. Al otro lado de la ventanilla, veo cómo cargan el equipaje en otro avión. Maletas llenas de recuerdos guardadas a buen recaudo. Pienso en mi propia bolsa de viaje, metida en la oscura barriga del avión, y me pregunto si el peso de los secretos que guardo se le habrá pegado y pesará tanto como mis miembros.

Un hombre se deja caer en el sitio contiguo al mío. Mi asiento se tambalea por el impacto y mi mente recuerda todas las noticias sobre accidentes aéreos que he visto. Me trago los pensamientos, empujándolos hacia el fondo de mis entrañas con el resto de mi miedo, y me doy cuenta de que el hombre que está a mi lado está mirando mis nudillos, que están blancos por la fuerza con la que me estoy agarrando a los reposabrazos. Suelto las manos y las meto bajo los muslos.

—¿Tienes miedo a volar? —pregunta.

Me sonríe como si disfrutara de mi incomodidad. Me digo a mí misma que me lo estoy imaginando y me obligo a mirar su cara gruesa y carnosa, con la piel del color del cerdo crudo, y a sonreír.

—No lo sé. Es la primera vez que me subo a un avión.

Algo en mi respuesta le ofende. Su labio se curva mientras me mira de reojo con disgusto. Cierro los ojos y respiro hondo. Cuento hasta diez. Repaso en mi mente todo lo positivo, todas las cosas por las que tengo que estar agradecida, todas las cualidades que poseo y de las que debería sentirme orgullosa.

Mi nivel de ansiedad disminuye, como el motor de un coche enfriándose. Cuando abro los ojos, miro a la persona que está sentada al otro lado. Una abuelita levanta la cabeza para dedicarme una sonrisa cortés y vuelve al libro que está leyendo.

Hacía mucho tiempo que no me imaginaba odio, asco y horror apuntándome desde todas las direcciones, que no atribuía sentimientos a extraños que aún no sabían lo que debían sentir por mí. El avión todavía no ha despegado. Aún estoy a más de mil kilómetros de Florida y ya ha empezado.

Vuelvo a cerrar los ojos y apoyo la cabeza en el asiento. Es inútil mentirme a mí misma. La vida que había construido, mi pequeño resquicio de felicidad y normalidad se ha acabado. Como aquella noche de hace diez años, las cosas nunca volverán a ser como antes.

TRES

Despliego los puños y froto las palmas sudorosas sobre los muslos de mis vaqueros para secarlas. Miro por la ventanilla del taxi y me concentro en mi respiración, intentando no pensar en cómo cada giro de los neumáticos me acerca más a donde no quiero ir, a la pequeña ciudad de calles estrechas atormentadas por oscuros secretos y feos recuerdos que he evitado durante casi una década. Me juré a mí misma que no volvería nunca. Sin embargo, aquí estoy.

El taxi salta sobre un bache y mis ojos se abren de golpe. Los palmitos que bordean la carretera se difuminan en una corriente constante de verde. En lo alto se ciernen nubes grises que anticipan una tormenta. Son los colores de mi infancia, los que veía cuando viajaba en coche, jugaba al aire libre o miraba por la ventana los días de lluvia. No debería estar aquí.

Girando a la derecha, salimos de la autopista. El entorno enseguida se vuelve familiar. El cine donde recibí mi primer beso. La tienda de alimentación donde mi madre iba a comprar las galletas buenas. La escuela primaria donde hice de burro en una obra de teatro. Las calles están llenas de recuerdos, que rápidamente se vuelven tan dolorosos que me dejan sin aliento. La presión se acumula en mi pecho, subiendo hasta mi garganta como un grito que pide ser liberado.

Intento decirme a mí misma que voy a estar allí poco tiempo, que va a ser solo una visita rápida, pero sé que no es verdad. Aún no sé lo que ha pasado, qué giro del destino me ha traído de vuelta a este lugar, pero sí sé una cosa: ahora que ha vuelto a clavar sus garras en mí, no habrá escapatoria. No volveré a tener la oportunidad de salir de este lugar.

Entonces la veo. Como un perro, aprieto el morro contra el cristal y la veo caminar por la calle como si no le importara nada. Como si no se me hubiera estado apareciendo en sueños, convirtiéndolos en pesadillas, durante tantos años. Como si el peso que ella lleva a sus espaldas fuera mucho menor que el mío propio.

Emma Daley. Mi mejor amiga.

Mi peor enemiga.

Mi... No sé qué.

Pero cuando el taxi dobla una esquina y ella desaparece de mi vista, la furia se derrama por mi garganta como una medicina amarga. Estoy resentida porque mi madre y mi hermana insistieron en quedarse en la casa, en esta ciudad, a pesar de mis repetidos intentos de que se mudaran a otro lugar, algún lugar limpio y puro. La ira se transforma de inmediato en remordimiento.

¿Cómo no iba a querer quedarse mi madre en la casa, en el lugar en el que viven los recuerdos de mi padre? El lugar que la voz de Lily solía llenar con oleadas de risas de cuento de hadas. Balbuceos interminables y felices, como el arroyo en un prado bordeado de flores silvestres, que se apagan, se secan en un instante, para no volver a oírse jamás. Una oleada de náuseas me revuelve el estómago y me enfado de nuevo, esta vez conmigo misma.

La verdad es que una parte de mí me da asco. Una gran parte. Sabía que en algún momento tendría que volver a enfrentarme a este lugar. Supongo que esperaba un respiro más largo. No es que diez años no sean un buen intervalo, es que cuarenta habrían sido mejor. Pero ha llegado el día. No hay ninguna forma de evitarlo. Y estoy cabreada conmigo misma por ser tan cobarde. No soy así, ya no. Aunque..., a lo mejor sí que lo soy. Quizá no me conozco tan bien como creía.

Aquí estoy, en la entrada de la casa de mi madre, negándome a bajar de un taxi. Ya he pagado la carrera. He hablado un poco con el taxista, pero me he quedado sin cosas que decir y ahora hay un silencio incómodo. Sus ojos oscuros me miran por el retrovisor. Creo que se está poniendo nervioso. Sé que tengo que salir del coche, pero no puedo.

Entonces se abre la puerta principal de la casa. El pánico me sube a la garganta, me ahoga, el corazón me late desbocado cuando veo a la vecina de mi madre, Marilla Lynn. El conductor aprovecha la oportunidad para librarse de mí, sale del coche y saca mi bolsa del maletero antes de marcharse sin decir ni una palabra más. Lynn me sigue zarandeando como a una muñeca de trapo, empujándome y tirando de mí mientras me inspecciona desde todos los ángulos. Así debe ser el infierno.

—¡Kate, cariño, no puedo creerlo! Déjame echarte un vistazo. ¡Estás guapísima! Aunque sigues sin marido... ¿Cómo puede ser, querida?

—Hola, señora Lynn. ¿Cómo está?

—Bueno, cada día crujo un poco más, pero era de esperar. No puedo quejarme, no como tu pobre madre. ¿Cómo está? ¿Has venido a cuidarla mientras se recupera?

Miro por encima de su hombro y me fijo en otra cara conocida, que está de pie en la puerta. Lily. Ya es toda una mujercita.

—En realidad, señora Lynn, no sé muy bien lo que ha pasado. Solo sé que ha habido algún tipo de problema, así que he venido.

La señora Lynn mira detrás de ella, donde Lily está apoyada en el marco de la puerta, cruzada de brazos con toda la angustia impaciente que solo una adolescente es capaz de reunir. Pero no es una adolescente. La cara que veo es la de una adulta. Mi hermanita es una mujer. Y una extraña.

—Ay, cielo, me siento fatal, debería haberte llamado yo. Tu madre se resbaló en la ducha. No le ha pasado nada grave, se pondrá bien, pero se ha roto la cadera. Va a tardar un tiempo en recuperarse. Me pregunto por qué no te llamó... Seguramente no quería que te preocuparas. Aunque ahora mismo hay un violador suelto, así que a lo mejor fue por eso. ¿Te lo puedes creer? ¡En Wakefield! Pensé que nunca vería el día...

A mí también me sorprende. Wakefield siempre había sido un pueblo muy seguro. Al menos así fue hasta esa noche.

Veo a Lily desaparecer dentro de la casa, como el escurridizo monstruo deslizándose de nuevo en las aguas del lago Ness, y me invade una oleada de protección. Sonrío a la señora Lynn y asiento con la cabeza, notando que se me escapa la fina capa de compostura que he conseguido fingir. Cojo mi bolsa, paso a su lado y le digo:

—Ha sido un placer verla, señora Lynn.

—Sí, claro. Seguro que tendremos mucho tiempo para ponernos al día ahora que has vuelto a casa. Estoy impaciente por conocer todos los detalles de ese trabajo tuyo y de tu vida. Tu madre es muy rácana con la información, la verdad. Y yo...

—Eso suena muy bien, pero ahora mismo tengo que irme. Necesito ver a mi madre.

—Eres un cielo. Tienes toda la razón, no puedo ni imaginar lo incómoda que debe estar tu madre ahora mismo. Esas sábanas tan ásperas que usan en las camas de los hospitales deberían estar prohibidas. Con lo que cobran hoy en día, deberían usar ropa de cama más bonita...

La puerta se abre cuando mi mano gira el pomo. Arrastro mi bolsa al interior, sonrío y saludo con la mano a la señora Lynn mientras cierro la puerta y echo el cerrojo por si intenta seguirme dentro. Me zumba la cabeza de tanto hablar, pero descubro con satisfacción que el pánico ha disminuido tras mi huida.

Y entonces me doy cuenta.

Estoy en casa. El lugar está exactamente igual a como lo recuerdo, y aunque no me viene a la memoria que la casa tuviera olor, el aroma a canela y vainilla que me envuelve como los brazos de mi madre solo puede describirse como el olor de mi infancia, a ropa limpia y galletas recién horneadas. Me tiemblan las piernas. Supongo que no me había dado cuenta de que se puede echar de menos un lugar tanto como a las personas que lo llenan.

Todo lo que miro carga mi cerebro de recuerdos de la felicidad que experimenté allí, del amor que sentí, de la vida que viví entre esas paredes. Este lugar es un pedazo de mi historia, un pedazo de mi alma; desde la silla en la que se sentaba mi padre hasta la repisa de la chimenea contra la que empujé a mi primo Parker, rompiéndole un diente, pasando por la mesa de centro del salón, con la que me golpeé la espinilla al menos dos veces por semana durante años. Este lugar me sienta como un guante a medida.

Pero entonces, ¿por qué estoy tan incómoda?

Vuelvo a mirar a mi alrededor, esta vez viéndolo todo como si estuviera a una gran distancia, la que me separa de mi antigua vida. Tal vez si me aferro a ella lo suficiente, me mantendrá aislada, como si fuera una capa de grasa.

Dejo mi bolsa junto a la puerta principal, ya que aún no estoy preparada para ver mi antigua habitación. No me apetece instalarme. Deambulo por la cocina y encuentro las llaves del monovolumen de mi madre colgadas en el mismo lugar donde me tentaban de adolescente.

No puedo evitar mirar por encima del hombro mientras las descuelgo, como si estuviera haciendo algo malo, y otro recuerdo me golpea como un relámpago. Esa noche robé las llaves y me llevé el monovolumen. Fue así como llegamos allí, a ese denso grupo de pinos y palmitos, donde viví una pesadilla despierta que ha atormentado mis sueños desde entonces.

Espero que los familiares dedos del pánico vuelvan y me den un apretón, pero en lugar de eso no siento nada; completamente carente de emociones, mientras mis pies vuelven sobre los pasos que di aquella noche, conduciéndome al garaje. La puerta cruje al abrirse. Al pulsar el interruptor, las luces fluorescentes se encienden y zumban con fuerza. Una parpadea como la llama de una vela en una corriente de aire. En el centro, un mamotreto opaco azul marino espera junto al Roadster clásico de mi padre, el mismo que mi madre empezó a conducir tras su muerte. Salgo del trance.

Lily está sentada en el asiento del copiloto del descolorido monovolumen azul, que ya era antiguo hacía diez años. Ladea la cabeza bruscamente en mi dirección, con la barbilla levantada de forma desafiante y los ojos algo entrecerrados. Cierro la puerta, me subo detrás del volante y miro a mi hermana, esta vez con atención.

Su pelo rubio se ha oscurecido más con la edad que el mío. Ahora es cobrizo y cae con suavidad alrededor de sus hombros con un brillo rojizo. Sus pómulos son más altos y están finamente cincelados en un rostro que ha perdido la redondez de la juventud. Sus cejas tienen forma de arcos perfectos, ya no son las orugas difusas de las que solía burlarme.

Cada vez que parpadeo, su imagen es sustituida momentáneamente por el rostro que recuerdo. Joven. Con mejillas regordetas de querubín y ojos llenos de curiosidad y esperanza. Sacudo la cabeza, limpiando la pizarra de mi mente como si fuera un Telesketch, y vuelvo a dibujar a Lily en mi memoria tal y como es ahora. Una hermosa mujer adulta.

De repente, es demasiado. El entumecimiento que me ha protegido de mi conmoción se derrite. Un sollozo se escapa de mi garganta mientras la rodeo con mis brazos. Se pone rígida ante mi abrazo. Me rompe el corazón y, con él, el dique que retenía mis lágrimas.

—Lo siento, Lil, lo siento mucho. Nunca debí marcharme.

Su cuerpo se ablanda contra el mío. Huele a arcoíris, a cerezas y a sol. Huele como mi hermana pequeña.

—Estaba tan asustada y me sentía tan mal, tan culpable, que salí corriendo. Fui una cobarde. Pero voy a hacer lo que haga falta para arreglar las cosas. Te lo prometo.

Se aparta. Sus ojos recorren mi cara, como si buscara en cada poro una señal de traición.

—¿Crees que alguna vez serás capaz de perdonarme?

Se inclina hacia la derecha y su rostro se suaviza. Asiente.

—Tus cejas son fantásticas.

Por primera vez en años veo a mi hermana sonreír, mostrando unos dientes blancos y perfectos.

—Vaya, tu ortodoncista debe ser un mago.

Lily me golpea el brazo; su cara se arruga en fingido enfado, pero sus ojos siguen sonriendo.

—¿Está mamá en el Mercy General?

Ella asiente.

—¿Intentamos traerla a casa?

Otra inclinación de cabeza, y una vez más me sorprende lo guapa que se ha vuelto mi hermanita. Siento un dolor agudo en la boca del estómago y unos dedos ácidos que me suben por el pecho hasta la garganta. Trago con fuerza, obligando a la culpa y a la bilis a retroceder.

El verdadero reto, lo que sé que nunca podré hacer, es perdonarme a mí misma. Fui yo la que le robó a mi hermana lo que prometía ser un futuro brillante, y también fui yo la que le robó su voz, su infancia y su inocencia. Y para eso no hay absolución.

CUATRO

Kate echa un vistazo por encima del hombro para asegurarse de que no las siguen. La oscuridad las rodea mientras arrastra a Lily por el bosque. Tienen que ir más lejos, moverse más rápido. Tienen que escapar.

Si pueden.

Porque cada vez que cierra los ojos, lo ve. El horror se ha hundido bajo su piel y se extiende como la sangre por sus venas. Como un veneno. Y si lo que vieron tiene ese efecto en ella, ¿qué le estará provocando a su hermanita?

Es culpa suya que estén allí. Es culpa suya que su hermana haya visto...

—No podemos contarlo, Lily. Ni a mamá ni a nadie.

Le da un manotazo a un mosquito que tiene en el cuello. El cuerpo del insecto se pega a su piel empapada de sudor. Sus entrañas manchan su mano. Ver la mancha oscura en la palma de su mano la hace estremecerse.

Es increíble la cantidad de sangre que cabe en un recipiente tan pequeño. El contenido de un cuerpo sometido a tal presión, a la espera de una abertura, una brecha en el exterior para rezumar, filtrarse y derramarse por todas partes. Pero Kate no está pensando en el insecto.

Al volver a mirar el rostro de su hermana, a sus ojos vacíos y fijos, que seguramente están reviviendo la misma escena horripilante que los suyos, sabe que habrá repercusiones por esa noche.

—Vas a estar bien, Lily. Todo va a salir bien.

Es mentira, y ella lo sabe.

CINCO

Han renovado el hospital desde la última vez que estuve aquí. El centro médico, antaño de un feo color gris ceniza, está oculto a la vista del público en una carretera secundaria, por la que solo se circula si ese es el destino, así que antes no hacía falta que fuera lujoso. Ahora, la fachada es de color crema. Se ha instalado una larga hilera de ventanas en la fachada y hay una fuente en medio de un camino circular que llega hasta donde un ordenanza espera como si fuera un aparcacoches, delante de una fila de sillas de ruedas vacías.

Tengo tantos problemas para encontrar aparcamiento que empiezo a pensar que todos los habitantes del pueblo deben estar enfermos o lesionados. Entonces me doy cuenta de que todos los que siguen en el pueblo son probablemente ancianos y necesitan cuidados constantes. Por eso han tenido que hacerle un lavado de cara al edificio.

En el vestíbulo nos hacen una foto e imprimen la imagen en un distintivo adhesivo con nuestros nombres, la planta, el ala y el número de habitación donde se encuentra mi madre. Subimos en el ascensor; Lily va delante. Las enfermeras que se cruzan con nosotras en el pasillo nos miran las pegatinas para asegurarse de que estamos donde debemos estar, pero no se toman la molestia de mirarnos a la cara. Lily se detiene ante la puerta de la habitación de mi madre. Me hace un gesto con la cabeza para que entre yo primero. Llamo ligeramente y empujo para abrir.

Mi madre está en la cama, vestida lo máximo que le permite la gran escayola que le envuelve las caderas. Sonríe, pero tiene la cara cetrina y unas ojeras muy marcadas. Cuando me ve, su máscara se arruga y la falsa alegría se convierte en alivio.

—Mamá. —Me acerco corriendo, le cojo la mano y le retiro el pelo de la cara—. Lo siento mucho. Debías estar muy estresada y preocupada por Lily y por cómo ibas a volver a casa. Debería haber estado aquí.

Mira a Lily por encima de mi hombro. Hay un brillo forzado en su tono cuando dice:

—Qué va, cariño. Está todo controlado.

Ahora sé de dónde he sacado la capacidad innata de mentir.

Me acomodo con suavidad en la cama a su lado mientras Lily se deja caer en la silla que hay detrás de mí.

—¿Qué sucedió? —pregunto—. La señora Lynn me ha dicho que te caíste en la ducha.

Desvía la mirada y estudia nuestras manos entrelazadas.

—Nada grave. Un accidente tonto. Yo tuve la culpa.

—¿Cómo que nada grave? —susurro.

Toda mi vida, esta mujer ha sido casi indestructible. Ahora, parece débil, frágil y mucho mayor que la última vez que la vi. Intento recordar cuánto tiempo ha pasado y siento que mi piel se inflama de calor por la vergüenza.

Me aprieta la mano y esboza una sonrisa débil.

—Voy a estar bien, cariño. Me recuperaré en un abrir y cerrar de ojos.

Pero nada de lo que diga va a hacer que me sienta mejor, porque la verdad me está mirando a la cara. Mi madre ya no es joven. Lo que significa que se está convirtiendo en lo otro, y no estoy preparada para eso; todavía no.

—Bueno —dice, alegre—, ahora que estáis aquí, ¿por qué no llamo a la enfermera e intento sobornarla para que me deje irme a casa antes de la cena? Siempre pensé que me gustaría que me sirvieran como a una reina, pero no es nada divertido cuando la comida es una porquería.

Me guiña un ojo y me dedica una sonrisa tonta mientras pulsa el botón de llamada, fingiendo que todo va bien, pero no es así. Hace mucho tiempo que las cosas no van como deberían. Mientras fuerzo una sonrisa falsa e intento volver a encajar en una familia de la que he olvidado cómo formar parte, pienso preocupada que a lo mejor nunca va a estar todo bien.

SEIS

Cuando me despierto a la mañana siguiente, tardo unos instantes en recordar lo sucedido. Claro que reconozco el entorno familiar de la habitación de mi infancia y sé dónde estoy, pero he vuelto a estar entre estas paredes de color aguamarina muchas veces a lo largo de los años, en mis sueños y pesadillas. Y aunque la luz que entra por las rendijas de las persianas y el olor del detergente para la colada que usa mi madre me devuelven a la realidad, sigo estando desconcertada.

Avanzo por el pasillo con resaca, a pesar de no haber bebido nada anoche. Las emociones me están pasando factura y tengo la misma sensación en el estómago que tendría si me hubiera subido a una montaña rusa. Se me hace un nudo mientras me detengo delante de la puerta, sin saber si debo llamar.

Lo que más me ha chocado de mi vuelta a casa es lo cansada que parece mi madre. No quiero despertarla si está durmiendo. Pero una de las lecciones más incómodas que aprendes de niño es a llamar antes de entrar en la habitación de tus padres. Pienso en todas las situaciones embarazosas con las que podría encontrarme si entro de repente, y luego me doy cuenta de que la mayoría de esos escenarios son imposibles, ya que ella está sola y postrada en cama.

Decido arriesgarme, giro el pomo lo más silenciosamente que puedo y abro la puerta lo suficiente para deslizar la cabeza dentro y oler el dulce aroma a flores de melocotón de su habitación. Mi madre está apoyada en el cabecero, despierta. Tiene los brazos enroscados alrededor de sí misma, como si tuviera frío, la cara hinchada y roja, y los ojos inyectados en sangre y brillantes. Es obvio que ha estado llorando.

—Mamá. —Empujo la puerta un poco más, reacia a entrar—. ¿Qué te pasa?

Levanta la mirada del móvil, que está a su lado en la cama, y se vuelve hacia mí. La angustia en su expresión es tan clara que me flaquean las piernas. Me empiezan a temblar cuando entro corriendo en la habitación y acorto la distancia que nos separa.

—¿Te duele mucho? ¿Quieres que llame al médico?

Resopla y se limpia los mocos con el dorso de la muñeca. Su voz vacila cuando habla:

—Ay, cariño.

—¿Qué pasa? —Doy un paso atrás, alejándome de la cama. Tal vez sea yo. Tal vez está tratando de encontrar una manera de decirme que quiere que me vaya. Después de todo, ella no me pidió que viniera. Ni siquiera me llamó para decirme que estaba herida.

Agarra las sábanas, apretando un trozo de tela en cada puño, con los ojos cerrados mientras se esfuerza por respirar hondo varias veces.

—Mamá, me estás asustando.

—Estoy bien. De verdad.

Pero no lo está. Su cuerpo tiembla como si estuviera aguantando la tos, y cuando por fin suelta lo que sea que está intentando contener, es en un sollozo. Su cuerpo tiembla violentamente, las lágrimas corren por su rostro mientras me hace un gesto para que me una a ella en la cama. Lo hago, a regañadientes.

—No sé cómo contarte esto —dice. Me pone una mano en la rodilla, pero se niega a mirar mi cara llena de preocupación.

—Dilo y ya está —susurro.

Suspira, el aire sale de algún lugar profundo y el sonido es tan desolador que se me eriza el vello de la nuca de angustia.

—No te va a resultar fácil escuchar lo que tengo que contarte.

Tenía razón. Está así por mí.

—Es Emma.

Enrosco los dedos en las sábanas, luchando contra un mareo repentino.

—Kate, cariño. Emma está muerta.

Se le quiebra la voz al pronunciar la última palabra y empieza a llorar de nuevo. Apenas lo oigo por culpa del sonido del aire que está abandonando la habitación, succionando mis pulmones hasta secarlos, haciendo implosionar a mi corazón. Mi mejor amiga, mi peor miedo, se ha ido para siempre.

SIETE

No debería estar aquí. Mis ojos se clavan en la caja situada en la cabecera de la sala. La caja de Emma. Su ataúd. Lo estoy viendo con mis propios ojos y sigo sin creérmelo.

Un organista toca en un rincón notas sombrías que flotan sobre la multitud de dolientes vestidos de negro hasta rodearme con sus dedos en el fondo de la sala, envolviendo mi cuerpo en su abrazo como una serpiente; una boa constrictor que me agarra más fuerte cada vez que exhalo, haciendo que cada vez me resulte más difícil respirar.

Las luces tenues lo tiñen todo de amarillo. Emma odiaba el amarillo. En realidad, ella habría odiado todo esto. Al menos la Emma que yo conocía lo habría hecho. Pero ha pasado mucho tiempo desde que sabía lo que pensaba Emma.

Supongo que una parte de mí creía que algún día lo arreglaríamos todo, que haríamos las paces, dejaríamos atrás el pasado y reanudaríamos nuestras vidas, nuestra amistad, como si no hubiera ocurrido nada. Ahora nunca tendremos esa oportunidad. No es que fuera realmente una opción, no después de lo sucedido, pero aun así...

La única oportunidad que me queda ahora es acercarme a ese ataúd, mirar el rostro de Emma y susurrarle todas las cosas que nunca tuve ocasión de decirle. Pero, para eso, tengo que moverme de este sitio, y no estoy segura de poder hacerlo. Mi cuerpo tiembla; una pequeña reacción muscular incontrolable que ondula bajo mi piel como un escalofrío. Siento las piernas débiles.

«Emma habría odiado esto».

Las palabras, arrancadas de mi propia mente, me hacen cosquillas en el oído. Su hombro roza el mío y, por un momento, volvemos a ser adolescentes, encorvadas en el fondo del auditorio del instituto, riéndonos a carcajadas, mientras asistimos a algún acto estúpido. La mano de Melinda toca la mía. Sus dedos se enroscan en los míos y, de algún modo, nos cogemos de la mano como si no hubiera pasado una década desde la última vez que hablamos.

La miro a los ojos y compartimos una pequeña sonrisa. Me aprieta la mano y desvía la mirada hacia la parte frontal de la sala. No puedo evitar fijarme en el traje que lleva, los zapatos de tacón de marca y las joyas caras. Este no es la Mel con la que crecí.

—Caray, ¿por qué hay tantos viejos?

Becca no se molesta en bajar la voz. Nunca tuvo mucho tacto. Supongo que nada ha cambiado. Pero todo ha cambiado, y sin embargo aquí estamos, las tres; las cuatro si contamos a Emma, que no estoy segura de si debería, pero supongo que también. Juntas de nuevo, aunque por el peor de los motivos. En unas horas, Emma estará bajo tierra. Esta es la última oportunidad que vamos a tener de estar juntas las cuatro.

Es casi como si Emma lo hubiera planeado y programado para que todas estuviéramos juntas de nuevo; por primera vez desde entonces, desde aquella noche de hace tanto tiempo. Toda la pandilla está aquí. Aunque, en realidad, no es así.

Becca lloriquea con fuerza y después la siento contra mí: su costado está apretado firmemente contra el mío, su brazo está doblado sobre mi espalda. Solo ha hecho falta que estuviéramos juntas en la misma habitación para que volviéramos a ser «nosotras».

Así de rápido. Así de sencillo. Sin perder ni un segundo, hemos vuelto a caer en la comodidad de una amistad que fue abandonada tanto tiempo como existió. Teníamos dieciocho años la última vez que hablamos, aquella noche en el bosque en la que el mundo tal y como lo conocíamos se desenredó, revelando bordes afilados y peligrosos que brillaban nítidamente bajo el duro resplandor de la realidad.

Ahora tengo veintiocho años, demasiado mayor para vivir en el mundo de fantasía de una mente adolescente, demasiado joven para estar en el funeral de la que fue mi mejor amiga. Y, sin embargo, mientras mis pensamientos intentan desviarse hacia la bruma humeante de mi adolescencia, aquí estoy, de pie en esta sala de la Funeraria y Crematorio Bowman de Wakefield, Florida, donde mi amiga yace en una caja al otro extremo de la sala.

Una parte de mí espera ver a Emma incorporarse en el ataúd en cualquier momento. Luego gritaría: «¡Sorpresa!», con sus ojos pícaros centelleando y su sonrisa ladeada dibujada de su cara. Lo deseo tanto que puedo ver cómo sucede, cómo su pelo castaño se agita al levantarse, cómo se mueve con vida propia.

Y, sin embargo, entre todo el dolor, el pesar y la pena, no puedo evitar sentir un poco de alivio. Emma está muerta. Tal vez eso signifique que la pesadilla ha terminado. Tal vez su muerte allane el camino para el primer paso de la recuperación; haga que todo esté bien y que yo me sienta segura en mi vuelta a casa.

—Chicas, habéis venido.

La voz, cuyo timbre araña un rincón de mi memoria por resultarme familiar, sale de la boca de una mujer con un rostro que no reconozco en absoluto. Hay algo en los ojos, sin embargo...

—¿Cómo no íbamos a venir, señora Daley?

En cuanto Becca lo dice, sé que es verdad, pero sigo sin poder conciliar el rostro que veo ante mí con el recuerdo que hay en mi mente. La señora Daley que conocía era joven y guapa. Nada que ver con esta criatura que tengo ante mí, con arrugas profundamente grabadas en la piel cetrina de un rostro cubierto por una gruesa capa de polvos.

Becca me retira el consuelo de su tacto y se lo ofrece a la madre de Emma, envolviendo la mano de la mujer entre las suyas. Mel tiene la mano sobre el hombro de la señora Daley y todas me miran fijamente, esperando a que transforme la cortés sonrisa que reservo para los desconocidos en algo más íntimo y quizá, hasta que diga unas palabras.

—Señora Daley. —Se me quiebra la voz.

Le tiemblan los labios, le brillan los ojos. No tengo palabras. ¿Qué puedo decirle a una mujer que acaba de perder a su hija? ¿Una mujer con la que solía preparar galletas, que solía trenzarme el pelo y pintarme las uñas, que me acogió como parte de su familia durante años y a la que di la espalda tan de repente y durante tanto tiempo que ni siquiera he podido reconocerla hace un momento? La rodeo con los brazos, abrazándola con fuerza, dolorosamente sorprendida por la fragilidad de sus huesos.

—Ay, Kate.

Se echa hacia atrás, aprieta los labios en una sonrisa triste y me apoya la palma de la mano en un lado de la cara. Me mira a mí y luego, a Mel y a Becca.

—Os habéis hecho mayores. Estáis guapísimas.

Me pregunto si debería hacerle un cumplido. ¿Qué puedo decirle? Su piel de porcelana, antaño impecable, ha sido sustituida por un trozo de pergamino lleno de manchas tan fino que puedo ver las venas y las líneas de los tendones que yacen justo bajo la superficie. Su brillante pelo caoba es ahora gris y quebradizo, y sus ojos claros están nublados y amarillentos. De repente, me queda claro que la vida no ha sido amable con la señora Daley desde bastante antes de la pérdida de su única hija.

Becca se aclara la garganta y dice:

—¿Cómo fue?

Me alivia que me quiten la atención de encima. En el rostro de la anciana parpadean emociones, una historia que no consigo leer. Parece que está luchando consigo misma, debatiendo qué decir.

—Emma estaba paseando. La encontraron un par de niños, en el bosque, junto a las dunas. De algún modo... Aún no han averiguado dónde entró en contacto con el aceite de cacahuete ni cómo. No llevaba el Epipen.

Ahora entiendo la lucha interior. Al tener una alergia tan grave a una sustancia tan común, Emma siempre llevaba encima epinefrina. Oír que no la tenía me hace preguntarme si el descuido fue intencionado. Su madre no puede preguntarse lo mismo, ¿verdad?

¿La reacción alérgica letal de Emma fue un accidente u otra cosa? La Emma que yo conocía... Pero, en realidad, no la conocía, ¿verdad? Por muy unidas que yo pensara que estábamos, había un lado suyo que me ocultaba. Un lado oscuro y peligroso. ¿Hasta qué profundidad crecieron en ella las raíces de esa oscuridad? ¿Lo bastante profundo como para hacer que se suicidara?

La señora Daley empieza a lloriquear y busca apresuradamente un motivo para marcharse.

—Tengo que... —Hace un gesto señalando la sala y asentimos con la cabeza—. Gracias por venir, chicas. Ha significado mucho para mí. Emma... Sé que la habría hecho feliz.

—Claro.

Mi corazón se rompe de nuevo al ver a la señora Daley alejarse arrastrando los pies.

—Vaya, ¿qué le ha pasado? —Becca abre mucho los ojos. Siempre ha sido muy dramática—. Era tan... Mi madre se conserva mucho mejor.

—Sí, la mía también.

—Sí, bueno, supongo que será mejor que terminemos con esto —dice Mel, señalando con la cabeza hacia el ataúd que hay en la parte delantera de la sala. No es de extrañar que no quiera hablar de las madres. Nunca lo ha hecho, y no me extraña. La madre de Melinda era, y si sigue viva, sin duda lo sigue siendo, una adicta a la metanfetamina.

No siempre fui consciente de ello. Cuando era pequeña, mi madre me decía que su madre estaba enferma y que por eso teníamos que alejarnos de ella. A los treinta años, su madre parecía un adorno de Halloween esquelético sin la mitad de los dientes.

—¿Kate?

Sacudiendo la cabeza, vuelvo al planeta Tierra.

—Perdona, ¿qué decías?

Becca me mira con preocupación.

—Tal vez no deberíamos... ir a mirar... Puedo quedarme aquí contigo si no te encuentras bien.

—No. Estoy bien. No creo que me lo crea hasta que lo vea por mí misma. Y me gustaría tener la oportunidad de despedirme.

Avanzo por el pasillo, siguiendo la estela de Melinda y con Becca detrás de mí. Mel se detiene a esperarnos unos metros antes de nuestro destino. Nos colocamos lo largo del ataúd y damos los últimos pasos juntas, como una sola, y miramos hacia abajo.

Parece que Emma está durmiendo. Aparte de algunas hinchazones a lo largo de la mandíbula y la garganta, sin duda debido a la reacción alérgica, su rostro está tranquilo, casi tal como lo recordaba. Sigo sin creer que esto sea real. En mi mente oigo la voz de Emma: «¡Era una broma! ¡Has picado!».

Pero no ocurre. Lo deseo tanto que me lo imagino una docena de veces cada minuto que estamos aquí. Necesito que abra los ojos. Necesito que Emma me mire, aunque sea una última vez, para absolverme de mi culpa.

—¿Nos vamos?

Becca y Mel han dado un paso atrás. Están listas para irse.

—Solo necesito un minuto más con ella. A solas.

Trato de ignorar la compasión en sus ojos mientras sonríen y se marchan. Tengo que hacer una cosa. Respiro hondo y me preparo. Cuando estoy lista, meto la mano en el ataúd y tomo la de Emma entre las mías. Noto la piel fría, seca y como si fuera de plástico.

—Emma, lo siento mucho. Ojalá no te hubiera juzgado tan duramente aquella noche. Ojalá me hubiera esforzado más por superarlo y hubiera escuchado lo que tenías que decir y no hubiera dejado que se interpusiera entre nosotras y nos mantuviera separadas durante tanto tiempo. Y ojalá siguieras viva y pudiéramos volver a ser amigas. Nunca he dejado de quererte. Y nunca lo haré.

Me inclino hacia ella, le beso la frente y me obligo a alejarme con calma del ataúd. Esto no es una broma. No es ninguna sorpresa. Nunca volveré a ver a mi mejor amiga.

OCHO

Estoy a medio camino del suelo cuando siento que un fuerte brazo me atrapa, rodeando mi espalda. La habitación da vueltas mientras me dejo llevar a una silla, todavía demasiado mareada para ver bien. El brazo se retira cuando me acomodo en el asiento, pero aún puedo sentir el calor del cuerpo que hay a mi lado.

—Pon la cabeza entre las rodillas. Te ayudará, ya verás.

Una mano grande me ayuda a colocarme en la posición sugerida con sorprendente delicadeza. Me muero de vergüenza. Abro la boca para decirlo, pero aún no puedo hablar.

—¡Kate! Dios mío. ¿Estás bien?

Miro fijamente los zapatos de Becca mientras cambia su peso de un pie a otro delante de mí.

—Se va a poner bien. Solo necesita algo de tiempo para recuperar el aliento.

Pero esa es la cuestión. No puedo. No he podido llenar mis pulmones desde que me enteré de lo de Emma. Ahora empiezo a preocuparme de no poder volver a respirar bien nunca más.

—A lo mejor solo necesita comer algo. ¿Recuerdas cómo se mareaba cuando le bajaba el azúcar en el instituto? —dice Mel.

Me siento como si estuviera en un museo, con una multitud mirándome. «Vengan todos, vengan a ver a la increíble chica menguante». Porque eso es lo que parece, que me voy a marchitar y a morir.

—Becca, dale una chocolatina o algo —dice Mel.

—¿Qué? ¿Por qué yo?

—Tienes una, ¿no?

—Bueno..., sí.

—Pues por eso...

La mano se mueve en círculos tranquilizadores sobre mi espalda, como hacía mi madre cuando estaba enferma. Un aliento caliente me hace cosquillas en el oído y una voz baja y cercana me pregunta:

—¿Empiezas a sentirte un poco mejor?

No creía que fuera a estar mejor nunca, pero, como tengo el impulso irrefrenable de echar un vistazo de reojo al hombre que está a mi lado, me doy cuenta de que debo estarlo, así que asiento con la cabeza.

—¿Puedes incorporarte?

Otro asentimiento con la cabeza, y luego la mano se mueve hacia mi hombro; un gesto sorprendentemente íntimo de un amable desconocido, pero entonces me doy cuenta de que no es ningún desconocido. Me encuentro a la sombra de un hombre cuyo rostro —pero nada más— se parece vagamente al chico que conocí.

—¿Por qué no veis si podéis encontrarle un poco de agua?

Parece que Mel quiere protestar, pero Becca enseguida le pasa un brazo por el codo y se va con ella.

—¿Jimmy?

—Sí. Ha pasado mucho tiempo, ¿verdad?

Me aclaro la garganta y encuentro mi voz.

—Diez años —digo en voz baja.