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Rosey Nunca pensé que sería una novia a la fuga, pero cuando llegó el momento no pude casarme con el hombre equivocado. Así que hui y, no sé cómo, acabé en Star Falls, Colorado, abandonada, sin equipaje, sin planes, vestida de novia y con un pasado que preferiría olvidar. El destino quiso que terminara en el único alojamiento disponible en la ciudad, una pequeña y acogedora cabaña puerta con puerta con Byron Miller, un multimillonario malhumorado que no quiere saber nada de mí ni de este pueblo. Byron Hace años que me fui de Star Falls en compañía de todos mis errores. Ahora he regresado, decidido a construir un complejo turístico de lujo que con el que podré reescribir mi pasado. Lo último que necesito es una distracción, y menos aún la novia a la fuga que se ha instalado en la casa de al lado. Esa mujer guarda demasiados secretos y tiene una sonrisa radiante que no puedo dejar de mirar, y, por mucho que intento mantener las distancias, por algún motivo, no lo consigo. Cae la nieve. Saltan chispas. Las charlas nocturnas en el porche se convierten en algo más. Algo que ninguno de los dos esperaba. Pero el pasado de Rosey la persigue muy de cerca, y mi futuro aquí pende de un hilo. Ella solo está de paso y yo intento no echar raíces. Pero Star Falls, Colorado, tiene sus propios planes.
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Seitenzahl: 413
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Título original: Love Fast
Primera edición: septiembre de 2025
Copyright © 2025 by Louise Bay
Esta edición ha sido publicada por acuerdo con The Foreign Office Agència Literària, S. L. y The Whalen Agency, Ltd.
© de la traducción: Silvia Barbeito Pampín, 2025
© de esta edición: 2025, Ediciones Pàmies, S. L. C/ Monteverde 28042 Madrid [email protected]
ISBN: 979-13-87787-07-3
BIC: FRD
Diseño e ilustración de cubierta: CalderónSTUDIO®
Fotografías de cubierta: Freepik
Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo la sanción establecida en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo público.
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Epílogo
Página de título
Página de copyright
Capítulo
Epílogo
Rosey
Veo en el espejo a mis tres hermanas pequeñas, vestidas de raso verde pavo real cortado al bies, frunciendo los labios y haciéndose selfis. También veo el velo blanco como la nieve que cae sobre mis hombros desnudos hasta las uñas de manicura perfecta, y debería estar sonriendo por la emoción; debería ser incapaz de quedarme quieta ante la expectativa.
Después de todo, es el día de mi boda.
Quizá Frank sea mayor, y tal vez no lo quiera con locura, pero le estoy agradecida, y eso casi es amor, ¿no?
Inspiro hondo y las ballenas del corsé me oprimen la caja torácica. Soy muy afortunada, me recuerdo a mí misma. Nunca tendré que preocuparme por cuándo voy a comer de nuevo; no voy a tener que decirles a mis hijos que no hagan ruido cuando el señor McAlister aporree la puerta de la caravana para pedirme el alquiler. Podré vivir en una casa con jardín y con una lavadora de carga superior. Frank me ha dicho que vamos a ir al extranjero de luna de miel, pero mantiene el destino en secreto. Nunca he cruzado la frontera que nos separa de California y nunca he viajado en avión. Antes de Frank nunca había ido al supermercado sin hacer cálculos mentales antes de añadir un artículo a la cesta para asegurarme de que tenía dinero suficiente para pagarlo. El matrimonio con Frank promete mucho.
Soy. Muy. Afortunada.
Pero por muchas veces que me lo repita a mí misma o me obligue a sentirlo, no puedo ahogar las voces que me gritan que no debería recorrer el altar dentro de treinta minutos.
—¿Vas a quedarte embarazada enseguida? —pregunta de pronto Lydia—. Para sellar el trato, digo.
Todo me da vueltas y cierro los ojos. ¿Un niño? Las ballenas del corsé me van a dejar moratones. Me aprieta demasiado y no puedo respirar.
Mis hermanas han aceptado de muy buen grado que saliera con el copropietario del segundo mayor concesionario de coches de Eugene, Oregón. Saben que no es una relación basada en el amor, y ni siquiera se han planteado que deba serlo. Frank ha sido muy generoso con mi familia porque cuando empezamos a salir supo que tenía que encandilar a todos sus miembros. Le dio trabajo a Kitty, y cuando esta se enzarzó en una discusión con su novio fue a hablar con la sheriff. Nos llevó a cenar a las cinco después de nuestra quinta cita y nos compró regalos de Navidad a todas tres meses después, tras insistir en que pasáramos las fiestas en su casa.
Y cuando me propuso matrimonio, también me anunció que había comprado la caravana en la que crecimos y me la dio como regalo de bodas anticipado; fue su manera de asegurarse de que mi familia estuviera bien atendida. Frank es amable, es generoso… Podría ser mucho peor.
Entonces, ¿por qué no estoy deseando casarme con él o tener un hijo con él?
Mi madre sale del baño con los labios pintados, algo que solo le he visto dos veces en mi vida; lleva un vestido largo azul pastel que parece hecho para otra persona porque es demasiado formal. Jamás había visto a nadie que se pareciera tan poco a sí misma. Le echo un vistazo a mi vestido: a lo mejor los invitados piensan lo mismo cuando me vean vestida así.
Me mira a los ojos en el espejo y yergue los hombros, como hace cuando alguien la insulta.
—Estás preciosa, Rosey. Siempre lo estás. Pero deberías sonreír. —Es una acusación disfrazada: ¿por qué no estás emocionada por haber conseguido a un hombre como Frank Goad? Vas a tener una vida maravillosa. Es bueno para toda la familia.
Pero no lo dice, porque, si lo hace, podría discutírselo, y no va a arriesgarse. Lleva toda la vida diciéndome que mi cara me haría triunfar y, para ella, este día lo confirma: me caso por dinero.
Asiento y esbozo una sonrisa forzada.
—Creo que necesito que me dé el aire.
—¡Que alguien abra una ventana! —ordena, pero mis hermanas la ignoran, y en realidad yo no quiero que lo hagan: lo que quiero es alzar la mirada hacia el cielo gris de Oregón y preguntarle a Dios si estoy haciendo lo correcto.
Antes de que nadie pueda detenerme, me levanto las faldas y voy hacia la puerta.
—Vuelvo dentro de cinco minutos —digo por encima del hombro.
—Rosey Williams, vuelve aquí —me llama mi madre. Se acerca a mí, y antes de que pueda salir me sujeta del brazo—. Vuelve aquí.
—Ya estoy peinada y maquillada. Ya estoy lista —protesto—. Y aún me queda media hora hasta que tenga que bajar. Solo voy a hablar con Frank.
Es mentira. Frank es la última persona a la que quiero ver. A pesar de que siempre intenta ayudarme —ayudarnos— no es la clase de gente a la que acudes en un momento de crisis. Se preocupa por mí, claro que sí, pero la única persona con la que puedo contar soy yo misma. Hace mucho que aprendí esa lección.
—¿De qué? —sisea—. Dentro de nada vas a recorrer el altar hasta él.
Se oye un ruido a nuestras espaldas y mis hermanas se ponen a echarse la culpa unas a otras. Mi madre se distrae una fracción de segundo y consigo escabullirme; el corazón me late como si acabara de escapar de un secuestro. Pulso el botón de llamada del ascensor con toda la palma de la mano, mirando por encima del hombro: nadie me persigue… aún.
Las puertas del ascensor se abren inmediatamente, como si fuera un coche de fuga aparcado junto a la acera. Confío en que Frank esté esperándome en el vestíbulo, pero al llegar me rodea un inquietante silencio para el que no estaba preparada.
Llevo un vestido de novia y está claro que con él no puedo pasar desapercibida, pero atravieso despreocupadamente el vestíbulo hasta la puerta principal como si llevara puestos unos pantalones de chándal y mi camiseta del estado de Oregón.
Solo necesito tomar el aire y darme un tiempo para relajarme; para pensar.
Al salir es como si estuviera bajo techo: el cielo está cubierto de nubes bajas.
—Vale, Dios —digo en voz alta—. Creo que no hemos hablado antes de esto, pero necesito saber si piensas que debería casarme con un hombre veinte años mayor que yo, y al que no quiero, porque compró la caravana de mi madre y sacó a mi hermana de la cárcel.
Espero una señal: que caigan un par de ranas del cielo o que un pájaro se cague en mi vestido. Lo que sea, pero Dios no responde, y doy un pisotón en la grava con uno de mis zapatos blancos—. ¡Joder!
—¿Quieres que te lleve a algún sitio? —pregunta una voz de mujer a mi izquierda. Una figura con camisa blanca y pantalones negros está apoyada contra la pared; se levanta y se acerca.
¿Me ha hablado a mí? Al fijarme mejor, veo que es Polly Giordan. Fuimos juntas al instituto, pero nos movíamos en círculos distintos. Por lo que he oído, se casó a los diecinueve y tuvo tres hijos antes de cumplir los veintitrés.
—¿Polly?
Hace girar un manojo de llaves alrededor de su dedo y rodea el capó del taxi aparcado frente al hotel.
—Tengo que ir a recoger a alguien en el aeropuerto. —Se encoge de hombros—. Puedo dejarte ahí.
Inspiro hondo al escuchar ese ofrecimiento. ¿Al aeropuerto?
—¿Y a dónde iba a ir?
Ella se ríe entre dientes.
—¿A cualquier otro puto sitio que no sea este? No sé, es que me da la impresión de que no quieres estar aquí, así que puedes quedarte y pedirle a Dios que te guíe o puedo llevarte gratis al aeropuerto de Eugene. La elección es tuya.
Un escalofrío me recorre la espalda al considerar su oferta. Llevo el móvil metido en el sujetador porque es la única manera de que esté a salvo de mis tres hermanas, así que no necesito la cartera, pero ni siquiera llevo una chaqueta. O mi puñetero pasaporte…
Se me encoge el corazón. No van a dejarme coger un avión si no llevo un carnet. Me muerdo el labio, considerando la idea: tengo el pasaporte guardado en la caja fuerte de la suite nupcial, la habitación de la que acabo de salir. Frank me hizo solicitarlo cuando me dijo que nos íbamos de viaje al extranjero.
¿Por qué no lo tengo conmigo? Pues porque no pensaba que Polly Giordan se ofreciera a sacarme de aquí.
Polly da una palmada sobre el techo del taxi.
—Disfruta el día de tu boda, Rosey Williams. —Abre la puerta del vehículo.
—¡Espera! —le pido. No tengo nada planeado ni sé a dónde voy a ir, pero sí sé que no quiero casarme. Hoy no. Con Frank no.
—Necesito el pasaporte, y lo tengo arriba. ¿Podrías esperarme cinco minutos?
Comprueba la hora en el reloj.
—Sí, pero ni un segundo más. Si no estás aquí dentro de cinco minutos, voy a tener que marcharme.
—Vuelvo ahora mismo. —Doy media vuelta y atravieso corriendo el vestíbulo hacia los ascensores—. Dios, si me estás escuchando, será mejor que hagas que esté aquí abajo en cinco minutos —murmuro.
El ascensor está esperando en la planta baja y entro; de pronto, estoy llena de energía y determinación. De camino a la suite, no me lo pienso dos veces, ni siquiera una sola. Por mucho que me guste Frank, la idea de dejarlo plantado en el altar no me horroriza tanto como la de casarme con él. No puedo hacerlo; no puedo, sin más. Quizá debería quedarme y aceptar las consecuencias de mis actos: debería mirar a Frank a los ojos y decírselo, y ver la condena y el reproche en la expresión de mi madre, pero no me siento capaz de enfrentarme a eso. Solo quiero salir corriendo. Escaparme.
En un abrir y cerrar de ojos se abren las puertas del ascensor. Mi determinación es firme como el acero y apenas me reconozco a mí misma; entro en la suite nupcial confiando en pasar desapercibida.
—Ya era hora —comenta mi madre, sentada en la misma silla donde Kitty me ha peinado hace un rato. Armada con un bote de laca y un peine, Kitty está arreglándole el pelo a mi madre. Cualquier cosa puede pasar.
—Tengo que darle mi pasaporte a Frank —explico, yendo hacia la caja fuerte—. Al parecer lo necesita para registrarnos no sé dónde.
—¿Lo has visto? —pregunta ella, horrorizada, esquivando por los pelos un chorro de laca que iba dirigido hacia uno de sus ojos.
Tecleo el código de la caja fuerte, pero no se abre. Mierda, lo que me faltaba. No puedo haberme olvidado del código. Ese no puede ser el plan que Dios tiene para mí: me alivia tanto pensar en ir corriendo al aeropuerto que quedarme atrapada aquí no puede ser mi destino.
—No, me he encontrado con Pete en el vestíbulo. Será él quien se lo lleve a Frank.
—Bueno, ¿y por qué no ha subido a buscarlo? No puede esperar que andes por ahí con…
Ignoro a mi madre y tecleo el código de nuevo. Esta vez siento el clic de la cerradura y es como si estuviera en la cima de una montaña rusa. Me tiemblan las manos; estoy emocionada y aterrorizada al mismo tiempo.
Saco el pasaporte y se lo enseño a mi madre, teniendo la precaución de evitar que se me caiga el carné de conducir que metí anoche entre sus páginas.
—No pasa nada, mamá. Así tengo algo que hacer y no me pondré tan nerviosa. —Veo que mi bolso está junto a la ventana, pero no puedo arriesgarme a cogerlo porque mi madre sospecharía algo.
Pone los ojos en blanco y, en ese momento, Lydia la llama para pedirle que arbitre una discusión que está teniendo con Kitty.
Observo la escena que tengo ante mí: mi madre regaña a Kitty e intenta convencer a Marion para que se levante y no se arrugue el vestido. Kitty y Lydia intercambian insultos como si fueran cromos, como los que intercambiábamos cuando éramos más pequeñas durante los interminables días de lluvia que pasamos atrapadas en la caravana. La suite es el doble de grande que la caravana a la que he llamado hogar durante los veintiocho años de mi vida, pero sigue siendo demasiado pequeña para todas nosotras. Nos hemos pasado la vida unas encima de las otras, discutiendo, compitiendo, sobreviviendo.
Se acabó.
Aferro con fuerza el pasaporte, cojo la sudadera gris de Lydia que está colgada en el respaldo de una silla y salgo a toda prisa. Voy corriendo al ascensor, guardándome el pasaporte en el sujetador. Si me encuentro con alguien, no quiero tener que dar explicaciones sobre por qué lo llevo en la mano.
Al entrar en el ascensor, pulso mil veces el botón de bajada como si eso pudiera llevarme más rápido al vestíbulo. Después de todo lo que acabo de pasar, lo último que quiero es que Polly ya se haya marchado, pero al llegar a la planta baja veo la luz verde del taxi reflejada en la plaqueta del vestíbulo. Inspiro hondo; ya está. Lo he conseguido.
Agacho la cabeza, como si con ello pudiera evitar que alguien no se fijara en la chica del vestido blanco que va corriendo hacia la salida.
—¡Disculpe! —exclama alguien a mi espalda, pero finjo que no lo he escuchado. Tengo que llegar junto a Polly. Tengo que salir de aquí.
Polly me ve llegar y abre la puerta del copiloto. Estoy a un par de metros de la salida cuando una mano me agarra del brazo y se me hunde el corazón en el pecho. Me paro y me doy la vuelta, aceptando la derrota: me han atrapado.
Cuando levanto la vista, espero ver a Frank, pero no es él: es un hombre de baja estatura y pelo negro azabache al que no conozco de nada.
—Se le ha caído esto —dice, tendiéndome la sudadera de Lydia.
Sonrío. Sigo siendo libre.
—¡Gracias! —respondo, radiante.
Ni se me pasa por la imaginación hacer una salida elegante: corro hacia el taxi, hacia Polly, hacia la libertad.
Nadie, ni siquiera Dios, va a detenerme ahora.
Byron
Cuando dejé Star Falls, Colorado, mi ciudad natal, hace quince años, pensaba que jamás iba a regresar ni para pasar las vacaciones. Este no es mi sitio, y por eso me sorprende tanto que estar de vuelta no me resulte tan raro como esperaba. La camisa a cuadros que llevo me parece sorprendentemente cómoda, aunque no sé por qué la he guardado todos estos años. La encontré en el fondo de mi armario en Nueva York y la guardé en mi maleta, pensando que había pasado dieciocho meses de enero en Star Falls y ninguno de ellos había sido cálido.
Dejo la maleta en el suelo y me pongo a deshacerla. He regresado a este lugar varias veces en los dos últimos años y nunca había deshecho el equipaje, pero esta ocasión me parece más permanente. Tampoco es que haya vuelto para quedarme, pero estaré aquí más tiempo que en los anteriores viajes. Con el tiempo, dejaré la cabaña que he alquilado en el Club Colorado, el complejo recreativo para multimillonarios que estoy construyendo en las afueras de la ciudad, en la ladera de la montaña, y me mudaré a mi casa, pero ahora mismo quiero que los obreros de la construcción se centren en los alojamientos que comprarán o alquilarán los multimillonarios que asistirán a la gran inauguración del Club a finales del mes que viene, y mi residencia puede esperar.
No me atrevo a ponerme el sombrero y las botas de vaquero que son casi obligatorios en Star Falls, pero sí me calzo las botas con puntera de acero que me enviaron a mi apartamento de Tribeca desde Safety With Us, en Brooklyn, y la gorra de béisbol de los Colorado Rockies que tengo desde que era niño. Me recuerdo mentalmente que debo deslustrar un poco las botas antes de entrar en Grizzly’s esta noche porque son muy nuevas y el cuero reluce.
No he ido al único bar del lugar, si no cuentas el Snowdrop Inn —que no lo cuento—, desde que estoy en la ciudad, y parece ser que la gente se ha dado cuenta. Debería haber sabido que todas mis acciones en Star Falls iban a ser cuidadosamente monitorizadas, pero tenía más cosas en las que pensar, como, por ejemplo, que me juego toda mi fortuna en el Club Colorado.
Cuando pregunté a Hart McEvoy, el director del club, por qué no nos llegaban currículums de candidatos locales para las ofertas de trabajo que hemos anunciado, me informó de que sigue habiendo mucha hostilidad entre la población hacia la construcción del club. Tenemos cientos de puestos que cubrir, y, aunque muchos de ellos ya han sido ocupados por gente de todo el estado que habitará las viviendas para el personal, quiero que los habitantes de la zona también formen parte del proyecto porque serán más de fiar y estarán menos predispuestos a marcharse.
Me irrita muchísimo que la gente sea tan corta de miras.
He venido a traer puestos de trabajo y a revivir el pueblo, y, a pesar de eso, la gente encuentra motivos para protestar. Tengo que ganármelos. Los vaqueros desgastados y las botas nuevas son parte de mi imagen de chico local: crecí aquí, soy de aquí, aunque no lo parezca porque he estado fuera casi la mitad de mi vida. Nueva York es mi hogar; Star Falls solo es un nombre que aparece en mi pasaporte para recordarme el lugar donde nací.
Me calzo, salgo y cierro la puerta, aunque en Star Falls no corro ningún riesgo de que entren a robar. Está oscuro y apenas puedo ver las cimas de las montañas que tan familiares me resultan alzándose hacia el cielo despejado que tengo sobre mi cabeza.
Lo único que le falta a Nueva York es un cielo como el de Star Falls. Las puñeteras estrellas siempre me emocionan. Siempre. Incluso cuando vivía aquí y no había visto otro cielo, sabía que aquel bajo el que nací era especial. Aquí nunca llega a oscurecer del todo gracias a las estrechas. No me cabe ninguna duda de que es una belleza.
Entro en la camioneta y recorro la distancia que me separa del pueblo, hasta el Grizzly’s. Solo quiero dejarme ver y, tal vez, cruzarme con algunas personas. Star Falls entendió lo que era un influencer antes de que nacieran las redes sociales. Creo que, si consigo que un puñado de personalidades locales se unan al Club Colorado, la «resistencia autóctona» desaparecerá y Hart tendrá gente haciendo cola para ocupar todos los puestos de trabajo que necesitamos cubrir.
Mi primer objetivo es Jim Johnson, o, más bien, su esposa, Sue, que es la persona más importante de Star Falls. Pero necesito que Jim se embarque en el proyecto y me allane el terreno con Sue antes de intentar que ella cambie de opinión sobre el Club Colorado.
Cuando llego a Grizzly’s me doy cuenta de que no he ensuciado las botas, así que todos van a ver que están impecables en cuanto entre en el local y me tacharán de «chico de ciudad». Y lo soy, pero esta noche voy a intentar ganarme a esta gente, o, al menos, no alejarme más de ellos.
El suelo está cubierto de hielo y no hay mucho barro del que pueda servirme, pero después de darle una patada a una de las ruedas y de pisarme los pies, el cuero ya no brilla como una linterna con las pilas nuevas. Espero que nadie me haya visto: no quiero ni pensar en los rumores que podría inventar la gente de este pueblo si alguien me hubiera visto ensuciar mis propias botas.
Me fui de la ciudad antes siquiera de tener edad para beber legalmente, así que solo había entrado en Grizzly’s para ir a buscar a mi padre. Abro la puerta y al instante me veo transportado veinte años hacia el pasado. El olor a cerveza rancia y el chasquido de las bolas de billar me devuelven a la adolescencia, cuando fui a ese lugar desesperado por encontrar a mi padre: mi madre se había desmayado y yo había ido a buscarlo, pero no estaba en Grizzly’s. O tal vez había estado en la parte trasera jugando al póquer; o, mejor dicho: perdiendo al póquer.
Voy hasta la barra, me siento en uno de los taburetes de cuero curtido y pido una cerveza. El camarero es joven, delgado, con un tatuaje de lo que podría ser un dragón chino dibujado en el brazo con tinta roja. No me conoce y yo no lo conozco a él, y me parece bien.
Una de las razones por las que no me he acercado a la ciudad en los dos últimos años cuando he venido a supervisar el proyecto del Club Colorado es porque no tengo nada que me ate a este lugar. A mi padre lo encontraron muerto en otro pueblo tras una pelea en un bar. Mi madre se volvió a casar tres años después, mientras yo estaba en Nueva York, y se mudó al sur de California con mi hermana, Mary. Aquí no me queda nada.
—Ahora mismo te pongo una cerveza, Byron —dice el camarero, así que puede que yo no lo conozca, pero está claro que él sí me conoce a mí.
No debería sorprenderme: no debe de haber ni una sola persona en Star Falls que no sepa que el hijo de Mack Miller está construyendo algo en la ladera de la montaña. Pero no esperaba que fuera tan fácil ponerle nombre a mi cara. Los chismorreos de este pueblo son otra de las razones por las que no he querido regresar. La gente no deja de meterse en los asuntos de los demás. Después de la muerte de mi padre mi madre lloró durante semanas, y no fue porque hubiera muerto, sino porque sabía que todo el mundo iba a hablar de ello y a decir que viuda estaba mejor.
—Vaya, vaya, vaya —dice una voz de mujer a mi espalda—. Mira quién acaba de llegar al pueblo. Por fin. —Una parte de mí quiere ignorarla. Quienquiera que sea no ha usado un tono malicioso, pero, si respondo, abriré la caja de Pandora, y no sé si estoy preparado para ello. No sé si llegaré a estarlo algún día—. Oye, ¿no le vas a dar un abrazo a una vieja amiga? —Ya no hay nada que hacer: me doy la vuelta en el taburete y me encuentro cara a cara con Eva Maples. No la había visto desde el día que me gradué en el instituto—. No te veía desde la graduación. He oído que habías vuelto. —Se queda callada un instante, mirándome con intención. Con qué intención, no lo sé—. No habías venido al pueblo hasta ahora. —Niega con la cabeza con cara de desaprobación, pero abre los brazos y yo la estrecho en un incómodo abrazo. Se aparta tras unos instantes, riendo—. Nunca te han gustado los abrazos, ¿verdad, Byron? No pegan con tu imagen de poeta torturado. —Chasca la lengua—. ¿Solo has venido a tomar una cerveza o vas a comer algo? —Se adelanta hacia mí—. No digas que te lo he contado yo, pero es mejor que no pruebes las albóndigas de pollo. —Carraspea, y miro a mi alrededor para ver si alguien nos ha oído, y creo que han sido todos, aunque finjan que no—. Lo mejor son las alitas.
—Me parece bien —acepto—. ¿Las sirven con brócoli?
Se ríe, me da una palmada en el hombro y se va, como si le acabara de contar el chiste más gracioso que ha oído en su vida, pero yo no bromeaba.
Estoy intentando averiguar si al final voy a comer brócoli o no cuando una mano cae con fuerza sobre mi hombro.
—Byron Miller. ¿Qué haces en Grizzly’s? Me habían dicho que ahí en la falda de la montaña tenías un bar mucho más elegante. —Jim Johnson, justo el hombre al que quería ver. Las cosas pueden haber cambiado mucho en los quince últimos años, pero al parecer todavía puedes encontrarte a Jim en el Grizzly’s a las ocho de la tarde. Cuando yo era niño, los domingos eran los únicos días en que Jim no iba al bar local.
Le tiendo la mano.
—Jim Johnson —digo—. Me alegro de volver a verte.
Me da la mano y asiente.
—Te estábamos esperando.
No tengo una buena respuesta para eso: debería haber venido antes porque la gente del pueblo ha tomado mi ausencia como una falta de respeto.
—¿Puedo invitarte a una cerveza? —pregunto.
—Poor supuesto que sí, hijo. —Intento reprimir el escalofrío que me recorre la espalda cuando utiliza el término «hijo». —Toma asiento junto a mí y le pido la cerveza al camarero—. ¿Me vas a explicar que estás haciendo en esa montaña?
—Sí. —Al fin y al cabo, para eso he venido. Tengo contratada a una relaciones públicas para el Club Colorado, pero se centra más en conseguir que el club aparezca en publicaciones internacionales de alto nivel, en atraer a los famosos, en conseguir que aquellos que forman parte del cero coma uno por ciento de la población hablen de nosotros.
Debería haberme encargado de los residentes de Star Falls desde el principio, pero me he pasado este tiempo escondiendo la cabeza, como si pudiera construir un complejo turístico en las afueras del pueblo y que quizá nadie en Star Falls se diera cuenta.
—Supongo que ya habrás deducido que es una especie de lugar de retiro. Un lugar al que pueda venir gente de todas partes para disfrutar del gran estado de Colorado.
Entrecierra los ojos y le da un trago a la cerveza que le han puesto delante.
—Ah, ¿sí? ¿Y vas a animar a esa gente a que venga a visitar nuestro pueblo?
Es una pregunta capciosa: por un lado, puede que vea los beneficios de que la gente con los bolsillos llenos gaste su dinero en Star Falls, pero, por otro lado, quizá no le apetezca que un montón de gente extraña altere su pacífica forma de vida.
—Es algo a lo que le he estado dando vueltas —respondo—. Me gustaría conocer tu opinión. —Suelta una risita—. He creado un montón de puestos de trabajo y muchas oportunidades para quienes quieran aprovecharlas.
—He oído que vas a traer a gente de fuera.
—Va a haber viviendas para el personal, así que no hace falta que los trabajadores sean locales, pero he puesto un anuncio en el Star Falls Gazette, que también puedes encontrar por internet. Y hemos dejado unos trípticos en Marty’s Market y en la oficina de Correos, pero parece que al pueblo no le interesa. —Se hace el silencio. Jim no es un mal tipo y no va a echarme del pueblo por atreverme a cambiar la vida rural de Star Falls, pero también quiere proteger este lugar y a sus habitantes, quizá más que su esposa—. ¿Cómo está la señora Johnson?
—Puedes llamarla Sue. Está bien. Podemos ver las luces de tu casa desde nuestro porche trasero. —Busco en su rostro algún signo de ira o frustración, pero no veo ninguno y me relajo un poco. Me he pasado los tres últimos años de mi vida consiguiendo los permisos pertinentes y las licencias expedidas por funcionarios locales y estatales, y no he recibido ni una sola queja de los habitantes de Star Falls.
—¿Y qué pinta tienen? —pregunto.
—Están bien.
Nos quedamos un rato en silencio antes de que me anime a hablar.
—Me encantaría que vinieras a echar un vistazo si te apetece.
Inspira hondo.
—Mira, hijo. No me interesan los restaurantes lujosos ni los spas ni cualquier otra cosa que tengas ahí arriba. —Le da un sorbo a la cerveza, y espero a ver si después de eso viene un pero. Sé que lo hay—. Llevo paseando por esos bosques y esas montañas cinco décadas. —Echa un vistazo al bar—. Como mucha gente de por aquí. —Asiento, expectante, deseando saber lo que tiene que decir—. Lo hago menos en invierno porque no quiero correr riesgos innecesarios, pero aun así me gusta salir con mis perros, ¿sabes?
—Claro —respondo.
—Y he oído rumores sobre vallas electrificadas y controles de seguridad y… no creo que eso vaya a funcionar. Por lo que sé, tienes unos puestos de control y… No estoy seguro de que eso vaya a ir muy bien. Y tienes unos sesenta mil metros cuadrados ahí arriba, lo que supone gran parte de las montañas y del valle que se ve desde el pueblo. Mucho más que los dos mil metros cuadrados que tenía tu padre.
Le doy un trago a la cerveza. La granja de mi padre era pequeña para los estándares de Colorado. Cultivaba principalmente manzanas y algunas otras frutas. La granja llevaba en la familia tres generaciones, y se suponía que yo iba a ser la cuarta, o al menos eso era lo que me decía siempre mi madre, pero cuando mi padre murió, descubrimos que había firmado unos préstamos enormes para la granja, y no sé si me sentí más aliviado que horrorizado. Ya no estaba atado a un futuro que no quería, pero tampoco sabía qué iba a hacer a partir de entonces. La ludopatía de mi padre significaba que tenía que forjarme mi propio camino, pero también que la granja ya no iba a seguir en la familia. Al menos, hasta que la compré hace unos cinco años.
—Así es —le digo a Jim—. Mis tierras ocupan un poco más de sesenta mil metros cuadrados.
—Y además has comprado algunas granjas vecinas, y parte de esa tierra era de propiedad estatal antes de que la adquirieras.
Asiento. Apostaría cualquier cosa a que Jim sabe de sobra dónde están los lindes del Club Colorado, y no sé muy bien a dónde quiere llegar, aunque no tengo dudas de que no tardaré en enterarme.
El ruido de una silla al arrastrarse sobre el suelo capta mi atención; alguien se acerca y me tiende la mano. Solo tardo un segundo en darme cuenta de que es el puto Walt Ripley. Nuestras madres eran grandes amigas desde que iban al colegio y se quedaron embarazadas al mismo tiempo.
—Hola, tío —saludo. Es el mismo Walt, pero más viejo y con veinte kilos más. Claro, han pasado quince años desde la última vez que lo vi.
—Byron… —responde, haciendo un gesto con la cabeza.
—¿Quieres una cerveza? —le ofrezco.
—Ya te digo. Me la debes por irte a Nueva York sin mí.
Walt estuvo a mi lado en el funeral de mi padre; fue quien me dijo que todo iría bien cuando me enteré de que íbamos a tener que mudarnos porque los acreedores de mi padre iban a subastar la granja familiar para pagar todos los préstamos que había pedido para saldar sus deudas de juego; fue quien me ayudó a trazar un plan para escapar de Star Falls. Por supuesto que no lo había olvidado, pero no me había permitido pensar en Star Falls después de marcharme porque los recuerdos eran demasiado dolorosos.
—Acabo de decirle a Byron que quiero seguir saliendo a pasear con mis perros —comenta Jim.
Entiendo la frustración de Jim, pero el problema es que el Club Colorado promete a sus visitantes exclusividad, intimidad y seguridad. Si los famosos quieren escapar de Los Ángeles, quiero que lo primero en lo que piensen sea en el Club Colorado.
—Eso tiene arreglo —le aseguro a Jim—. No va a haber vallas electrificadas.
—No debería haber vallas, electrificadas o no —replica Jim—. Esto es naturaleza salvaje, y no puedes vallarla para que la disfrute una élite de dos mil personas en el mundo. —Los dos me miran fijamente y sé que tienen razón, pero para que el Club Colorado funcione, tiene que limitarse el acceso.
Asiento.
—Lo entiendo.
—La tierra le pertenece a Dios —añade Jim— y no a Byron Miller.
No le pregunto si daría la bienvenida a la gente que viniera a visitar el complejo porque no merece la pena. No voy a ganar esta discusión, aunque me mida con un doble rasero. Si la idea de vallar el terreno les supone un problema a los residentes de Star Falls, me temo que no hay nada que pueda hacer al respecto.
Me ahorro tener que pensar una buena respuesta cuando Jim se vuelve para ver entrar a alguien en el local. Rasco con la uña la etiqueta azul y blanca de la botella de cerveza, preguntándome si habrá una solución al problema. Tiene que haberla.
Me doy la vuelta para asegurarle a Jim que ya se nos ocurrirá algo, pero ya no me está atendiendo, sino que mira por encima de mi hombro. Me giro para ver qué le ha llamado la atención y veo a una mujer de veintitantos años, con el pelo largo y oscuro, entrando en el bar. Va un poco desaliñada, aunque es guapa, y desde luego, no es de por aquí. Eso no tendría nada de particular, de no ser porque lleva zapatillas de deporte, una sudadera con capucha de un gris descolorido… y un vestido de novia.
Jim y yo cruzamos una mirada que dice «Pero qué leches…».
Me vuelvo hacia Walt para ver si entiende la situación, pero parece tan confuso como yo, y me giro una vez más hacia la mujer, que acaba de sentarse en el taburete que está junto al mío.
—Quiero tomar una copa —le dice al camarero que me conoce mejor que yo a él.
—Pues has venido al sitio adecuado. ¿Qué te pongo?
Parpadea, inspira hondo y se queda pensando, como si esperara que el camarero decidiera por ella. Y, como no lo hace, no le queda más remedio que decir algo.
—¿Tienes tequila? ¿Con hielo?
Elige una de las tres marcas que él le ofrece y, cuando el vaso aparece ante ella, duda antes de llevárselo a los labios. Da un pequeño sorbo y suelta un gran suspiro, como si llevara todo el día esperando esa copa.
—¿Acabas de llegar a la ciudad? —le pregunta Jim a la mujer, que al principio ni lo escucha.
Está mirando al frente, tan concentrada que juraría que puedo ver leer los pensamientos que se le pasan por la cabeza: está preocupada y no le quedan fuerzas, como si acabara de llegar a la meta después de un largo camino.
Entonces, como si las palabras de Jim hubieran tardado un par de segundos en alcanzarla, se vuelve hacia él. Le dedica una sonrisa tensa y asiente sin más: no le interesan las conversaciones triviales.
Jim está a punto de seguir preguntándole, pero Walt y yo lo interrumpimos al mismo tiempo.
—Estoy seguro de que llegaremos a un acuerdo —le digo a Jim, al mismo tiempo que Walt lo tranquiliza explicándole que no voy a impedirle que pasee con sus perros por donde quiera—. Deja que lo medite, Jim. Y si tienes alguna otra pregunta…
—Hay un par de cosas que quiero comentar contigo —responde, y parece a punto de exponerlas, pero de pronto se frena—. ¿Por qué no te relajas un rato y te pones al día con tu amigo? —Le da una palmada en la espalda a Walt—. Pero no sigas comportándote como un extraño, ¿me oyes? Me voy pitando. Tengo que llegar a casa antes de que termine Love Island.
Estoy a punto de soltar una carcajada, pero me contengo.
—Saluda a Sue de mi parte.
—¿Estás seguro de que quieres que lo haga? Porque entonces te invitará a cenar el domingo.
Asiento.
—Saluda a Sue de mi parte —repito.
—Nos vemos el domingo. —Deja unos billetes sobre la barra y se marcha.
No esperaba la oleada de calidez que me recorre las entrañas: me fui de este pueblo hace quince años y Jim actúa como si solo hubiera estado fuera un par de meses; es casi como si supieran que iba a regresar y hubieran estado esperándome.
—¿Así que vendrás a cenar el domingo? —pregunta Walt.
—¿Tú también vas a estar ahí?
—Voy todos los domingos. Me casé con Patty.
Casi se me salen los ojos de las órbitas.
—¿Con Patty Johnson? ¿Cómo lo has conseguido? —Patty Johnson era una de las chicas más increíbles del instituto. Era dos años mayor que nosotros y dirigía la escuela como si fuera la directora. Como su madre antes que ella, era una influencer antes de la era de las redes sociales: decidía lo que estaba de moda y lo que no, el jersey que todas las chicas debían tener, los chicos a los que las chicas podían invitar al baile de primavera… A los catorce años, cuando decidió estudiar flauta, todos los críos les dieron la lata a sus padres para que los llevaran también a clases de ese instrumento.
Walt se echa a reír.
—Me costó bastante tiempo conquistarla, pero la perseverancia dio sus frutos.
—¿Está casado con Patty? —le pregunto a Eva, que está poniendo frente a mí un bol de patatas fritas.
—Hace mil años —responde Eva—. Llevas fuera mucho tiempo, Byron Miller.
Por un segundo, me pregunto por qué ha pasado tanto tiempo. Todo me resulta acogedor, cálido y familiar. Por un segundo, casi me olvido de todo el daño que me hicieron en este lugar.
—Tengo que irme —anuncia Walt—. Patty ve Love Island con Sue y tengo que ir a recogerla. —Se queda esperando un instante, y estoy a punto de quedar con él para que podamos ponernos al día, pero no lo hago porque, en realidad, no le veo la lógica. Charlaremos un rato y luego no volveré a verlo. He venido aquí por trabajo, para poner en marcha el Club Colorado, no para revivir el pasado. Porque, por muy bonitos que sean los recuerdos al principio, no tardarán en volverse oscuros y asquerosos, y antes de que me dé cuenta, estaré metido hasta el cuello en mierda de vaca—. Te veo el domingo.
Por un instante no sé de qué me habla, hasta que recuerdo la invitación de Jim. No me apetece ir, pero a lo mejor debería hacerlo. Tengo que convencer a Sue para que me ayude a cubrir los puestos vacantes del club.
Me río entre dientes.
—Puede ser.
Se despide haciendo un gesto con dos dedos y se marcha. Pido otra cerveza y le echo un vistazo disimulado al bar. ¿Hay alguien más con quien tenga que hablar? ¿Algún otro influencer de la vieja escuela?
La novia a la fuga que se ha sentado a mi lado está hablando por teléfono. Se aferra con sus largos dedos al móvil como si fuera un salvavidas, y me pregunto si de verdad es una novia o una extra de una película o una modelo que acaba de hacer de una sesión de fotos, pero ninguna de las posibles explicaciones del vestido blanco responde a por qué está sentada a mi lado en un taburete.
Normalmente no me considero una persona entrometida, pero he regresado a Star Falls después de quince años y nada ha cambiado mucho, y esa mujer es la excepción. Me sorprende que Jim no le haya pedido que rellene un cuestionario para informar al resto del pueblo sobre quién es y por qué está en Grizzly’s. A este pueblo le gusta conocer todos los detalles de la vida de los demás.
El camarero le pregunta si quiere otra copa. La mujer se lo piensa un segundo antes de pedir un vaso de agua del grifo. Quiero invitarla a tomar algo, pero sería incómodo porque podría pensar que quiero ligar con ella, y no es así. No se trata de que no sea atractiva, que lo es, con esos grandes ojos azules, la piel impecable y la larga melena oscura y rizada en las puntas.
No puedo apartar la vista de ella, y, si estuviéramos en Nueva York, como mínimo me habría tirado la copa a la cara, pero no estamos en Nueva York, y creo que ni siquiera se ha dado cuenta de que la estoy mirando porque está demasiado sumida en sus pensamientos. Debe de estar pensando en el novio al que ha dejado plantado o en el pueblo al que acaba de llegar. Daría lo que fuera por saber qué se le está pasando por la mente.
—He preguntado en el motel de la esquina, el que tiene campanillas de invierno en la entrada, si tenían una habitación para pasar la noche —comenta la novia cuando el camarero le sirve el agua—, pero está llena y me han dicho que pruebe aquí. ¿Tienen habitaciones?
Solo hay un motel en la ciudad, con o sin campanillas de invierno.
—No, aquí no alquilamos habitaciones —responde el camarero—. Tanya debía de referirse a que preguntaras a los clientes. —Me mira de reojo—. Hay un par de airbnbs en el pueblo, pero creo que están ocupados. —Parece bastante confundida, y es lógico. Tampoco es como si en Star Falls se estuviera llevando a cabo un festival anual de cine o algo por el estilo, pero el Club Colorado ha reservado el Snowdrop Inn para los altos directivos hasta que tengan su propio alojamiento, y yo he alquilado las dos cabañas de Beth y Mike porque son las más cercanas al club. Solo voy a vivir en una de ellas, pero no quería que un vecino entrometido controlara mis idas y venidas.
Se vuelve para mirarme y me siento como si me hubiera caído un rayo: es preciosa. Tiene una nube de pecas sobre la nariz y unos labios carnosos que me encantaría besar si estuviéramos en Nueva York, pero no estamos en Nueva York, sino en Star Falls, Colorado, y la cabaña contigua a la mía es el único alojamiento disponible en todo el pueblo.
Rosey
Si me hubiera quedado en Oregón, ahora estaría en mi luna de miel, de camino a México, Tahití o incluso París.
En vez de eso, me estoy helando el culo en un bar perdido de la mano de Dios. A ver, estoy casi segura de que sigo en Colorado, el estado donde aterricé, pero aparte de eso no tengo ni idea de qué pueblo es este, y tampoco tengo dónde alojarme. Cuando el autobús ha parado ya era de noche, y, por lo que he visto de este lugar hasta ahora, podría servir como telón de fondo de una historia de misterio cozy o el hogar de un asesino en serie, y no sé cuál de las dos opciones me gusta menos. Pero el conductor del autobús me ha dicho que había un motel y, tonta de mí, he supuesto que no me costaría encontrar una habitación, así que me he bajado dos paradas antes del final de la línea porque sabía que nadie iba a buscarme en este lugar.
No tengo ningún plan más allá de seguir escondida. Cuando me he levantado esta mañana pensaba que a estas horas ya estaría casada con Frank, pero ahora mismo estoy en un bar en la otra punta de los Estados Unidos y, definitivamente, no estoy casada.
Mi madre me va a matar.
Me vendría bien otro tequila, pero debería seguir sobria por si tengo que poner en práctica los movimientos de defensa personal que aprendí en el instituto, más que nada por si en este pueblo vive un perturbado. Puede ser. Me parece muy posible. Y también tengo que seguir sobria porque si me emborracho voy a sentirme tentada de responder al mensaje de Frank en el que me pide que entre en razón. El que me envió justo después de que yo le mandara uno para disculparme por dejarlo plantado en el altar.
—¿Para que pregunte aquí? —Le echo un vistazo al bar. ¿A quién podría preguntarle? Hacerle saber a todo el mundo que estoy sola y perdida no parece el más sensato de los planes, por no mencionar que lo último que me apetece es que alguien me pregunte por qué voy vestida así.
Cuando he pasado por el control de seguridad del aeropuerto los pasajeros ya estaban embarcando y no me ha dado tiempo a cambiarme. Al aterrizar he tenido un poco más de suerte, pero, tras comprar el billete de autobús, mi prioridad era el calzado. Me he comprado un par de zapatillas que estaban de oferta, pero enseguida he tenido que salir corriendo para no perder el autobús. Y al llegar a Star Falls las tiendas ya estaban cerradas.
El camarero apenas tiene veintiún años, pero me mira como si hubiera visto a muchas novias a la fuga buscando un lugar donde dormir; su expresión es comprensiva, y muestra mucha compasión.
—Beth y Mike tienen un par de cabañas a las afueras del pueblo… —Se me levanta un poco el ánimo al pensar en que voy a poder encontrar una cama en la que dormir esta noche—. Pero creo que ahora mismo están ocupadas. —Mira hacia el hombre que está sentado a mi lado. ¿Será el Mike del que acaba de hablarme? ¿El Mike de Beth? Si lo es, Beth es una mujer muy afortunada. Mike está muy bueno; sí, hasta las diez y media de esta mañana estaba prometida, pero eso no quiere decir que esté ciega: el tío que está a mi lado es alto, moreno y oscuro. No sé muy bien lo que quiero decir con «oscuro», pero sí tengo muy claro que este hombre lo es. No lleva el pelo largo, pero tampoco corto; lo suficientemente largo, al menos, para poder tirarle de él si tuviera la cabeza enterrada entre mis muslos.
¡Me cago en la leche! Me doy media vuelta y me concentro en el vaso de agua. Estaba mirándolo fijamente; peor que eso: estaba fantaseando con él, y es algo que no he hecho desde hace muchísimo tiempo porque estaba demasiado ocupada con la vida real. Le pido disculpas a Beth en silencio y levanto la vista hacia el camarero.
—Si Beth y Mike tienen la suerte de haber alquilado las dos cabañas, ¿hay alguien más en la ciudad que tenga un lugar donde pueda quedarme? ¿O alguien que alquile una habitación?
El camarero le dedica otra mirada inquisitiva a Mike antes de responder.
—Podrías probar en Colbert’s Farm, pero creo que está ocupado.
Mike interviene por fin.
—Soy yo quien tiene alquiladas las cabañas de Beth y Mike. Yo me alojo en una, pero podrías ocupar la otra un par de noches si lo necesitas. —Lleva una camisa azul a cuadros que parece tan suave como nubes de algodón.
Así que el atractivo desconocido no solo no es la otra mitad de «Beth y Mike», sino que también podría tener la solución a mi problema de alojamiento.
—¿Está disponible? —pregunto. Asiente. No es una respuesta entusiasta, pero, llegados a este punto, estoy dispuesta a quedármela si tiene una cama y un váter con cisterna—. ¿Está muy lejos?
—Está calle arriba, a un kilómetro del pueblo. —Mira hacia la puerta y luego de nuevo hacia mí.
Ni me molesto en preguntarle el precio: es mi única opción y solo me queda rezar para no acabar con mis ahorros. Miro mi anillo de compromiso; es un anillo muy bonito que elegí yo misma porque Frank quería comprarme el que más me gustara, así que fuimos juntos a escogerlo después de comprometernos. Nunca había pensado en cómo me gustaría que fuera un anillo de compromiso, y me decidí por este porque me recordaba a la clase de flor que habría dibujado cuando tenía seis años. Es un enorme diamante rodeado por pétalos de zafiro; y es precioso, pero ahora me parece demasiado pesado, como si no debiera llevarlo.
Me lo saco del dedo y lo dejo sobre la barra. Tendré que devolvérselo a Frank. Supongo que podría enviárselo por correo. Pero ya lo pensaré mañana. Mañana, después de una noche de sueño reparador, sabré qué debo hacer.
—Soy Rosey, por cierto —me presento al desconocido. Confío con todas mis fuerzas en que no sea un asesino en serie.
Asiente.
—Yo soy Byron.
—Encantada de conocerte, Byron. —Me gustaría preguntarle si se llama así por el poeta, si sus padres eran románticos y si lee poesía. De repente se me ocurren un montón de preguntas, pero, a juzgar por su expresión, tengo claro que lo último que le apetece a este tío es que le hagan preguntas.
