Amor difícil - Lynsey Stevens - E-Book

Amor difícil E-Book

Lynsey Stevens

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Beschreibung

Tayla Greer llevaba años sin salir con un hombre, y vivía feliz sola; al menos, hasta que apareció Rick. Rick McCall era diferente a los demás hombres que Tayla había conocido. Su difunto marido había sido también un buen hombre, aunque reservado; Rick, por el contrario, era alegre, atractivo y hacía que le palpitara el corazón. Pero estaba fuera de su alcance porque Tayla no podía olvidar que era una mujer viuda con una hija adolescente. Sin embargo, anhelaba vivir una verdadera pasión, y Rick parecía igualmente inclinado a coquetear con ella...

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Seitenzahl: 199

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

 

© 1998 Lynsey Stevens

 

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Amor dificil, n.º 1132 - febrero 2020

Título original: Male for Christmas

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 978-84-1348-083-1

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Prólogo

 

 

 

 

 

TAYLA estaba sentada en su estudio delante del ordenador escribiendo su siguiente artículo. Ausentemente, se quedó mirando al monitor mientras trataba de concentrarse.

Era casi Navidad y, aunque no sabía por qué, eso la entristeció. La Navidad era una festividad llena de animación, comida tradicional, regalos, villancicos y partidos de cricket televisados en el caluroso verano australiano. No era una época para sentirse desgraciada.

Quizá su melancolía se debiera a que ese año iban a romper la tradición familiar. Normalmente, pasaban la Navidad en la enorme casa familiar de la abuela en las montañas; pero este año, la abuela iba a ir a casa de Tayla en Brisbane.

Tayla iba a estar rodeada de sus seres más queridos: su hija, su sobrina y la abuela. Lo único que cambiaba era el lugar, pero la Navidad seguía siendo la Navidad, se dijo a sí misma. Entonces, ¿qué le pasaba?

Desde la muerte de Mike, Tayla había vuelto a disfrutar la época navideña. Su difunto marido nunca fue un hombre de tradiciones; por lo tanto, durante su matrimonio, las navidades habían estado cargadas de tensión. Con algo de sentimiento de culpa, Tayla se dio cuenta de que volvía a disfrutar el placer de estar con su familia en un momento del año tan especial.

Por lo tanto, no tenía motivos para sentirse deprimida, ¿no? Quizá fuera porque, últimamente, había empezado a sentirse un poco sola.

Capítulo 1

 

 

 

 

 

SÓLO va a ser el fin de semana, ¿verdad?

Tayla Greer lanzó una rápida mirada a su hija antes de volver los ojos a la carretera.

–Ese es el plan.

Carey gruñó.

–Y eso significa que puede ser que sí, o que no, o que quizá.

–Creía que te gustaba ir a ver a la abuela –dijo Tayla–. Además, es su cumpleaños, y son ochenta años los que cumple.

–Lo sé. Y me gusta estar con la abuela. Es estupenda. Lo que me aburre es el resto del clan.

–No va a haber casi nadie.

–Promesas. Promesas –murmuró Carey.

–Tu tío Adrian y tu tía Simone han ido con el pequeño Charlie a visitar a los abuelos del niño en Tassie.

–El tío Adrian contesta mal a la abuela, mamá. ¿Lo sabías?

Tayla no podía negar la tendencia de su hermano a la pedantería, pero sabía que debía hacer un esfuerzo por suavizar la brusca honestidad de su hija. No obstante, por tener paz, decidió pasar el comentario.

–Sólo vamos a estar nosotras dos y tu prima Rachel.

Carey lanzó una exclamación de desagrado.

–¿Y si aparece la tía Marlene?

–La madre de Rachel está en Italia, lo sabes perfectamente.

–Y tú sabes que uno no se puede fiar de ella. Es muy voluble. De no saberlo, nadie sospecharía que sois hermanas.

–Pues te aseguro que lo somos.

Tayla se pasó una mano por sus largos cabellos castaños, consciente de que su hija había dicho la verdad. Tayla y su hermana, Marlene, ocho años mayor que ella, eran totalmente diferentes. Tayla era alta y con muchas formas, había salido a la familia de su padre; Marlene era más baja y delgada, igual que su madre.

–Pues si la tía Marlene aparece, yo no me quedo –declaró Carey con firmeza.

–Está de viaje de luna de miel en Venecia. ¿Te la imaginas acortando el viaje?

Carey se echó a reír.

–Es la cuarta, mamá. Ya las pasa con los ojos cerrados. ¡Dios mío! Vaya, muy interesante lo que he dicho, confiere una nueva dimensión al dicho: «Todos son iguales en la oscuridad». ¿No te parece, mamá?

–Carey, por favor.

–Por lo menos, éste sólo es cuatro años más joven que ella. ¿Te acuerdas del anterior?, tenía viente años menos y sólo le duró un año. En fin, debió divertirse mientras duró –Carey sonrió maliciosamente y arqueó las cejas.

–Ya es suficiente, Carey –Tayla frunció el ceño mirando a su hija y la adolescente lanzó un suspiro.

–¿Por qué crees tú que la tía Marlene se casa, mamá? ¿Por qué pasa por todo eso? Lo que quiero decir es que podría acostarse con ellos y ya está. De esa manera, se ahorraría mucho papeleo.

–¿Qué se supone que una madre debe contestarle a una hija de dieciséis años que dice eso? –preguntó Tayla burlonamente, y el joven rostro de Carey se iluminó con una sonrisa.

–Probablemente, algo referente a los peligros de la promiscuidad y demás, ¿eh?

–Eso para empezar –Tayla se mordió los labios–. Si querías, podrías haber invitado a Brett a pasar el fin se semana en casa de la abuela. Yo podría haber llamado a sus padres para decirles que no se preocuparan, que os vigilaría.

Carey alzó los ojos al techo del coche.

–Genial, mamá. Eso habría hecho maravillas con mi imagen.

–¿Y qué imagen es ésa?

–Prefiero no hablar de ello –Carey se cruzó de brazos–. Cabe la posibilidad de que no me apeteciera invitar a Brett.

–Ah. ¿Vuestro hermoso romance ha llegado al final?

–Muy graciosa, mamá. Y también muy sensible respecto a mis sentimientos de adolescente, si una cree lo que dicen los libros. ¿Cómo sabes que no tengo el corazón destrozado?

–¿Después de todo lo que has almorzado? Lo dudo –Tayla se echó a reír–. Créeme, no he notado en ti ni una señal de languidez.

–Brett y yo hemos decidido vernos menos durante un tiempo. Nada grave. No es como si estuviéramos prometidos o algo así.

–Qué alivio. A los dieciséis años se es demasiado joven para los compromisos de por vida.

–Vamos, mamá, despierta.

–De todos modos, me caía bien Brett.

–¿Por qué no lo llamas? Puede que esté buscando una mujer mayor para adquirir un poco de experiencia.

–¿Por eso os habéis enfadado? ¿Te ha presionado Brett para…?

–Mamá, por favor…

–Hablo en serio, cariño. Sabes perfectamente que no debes dejar que nadie te chantajee para que te acuestes con él. Y si Brett ha utilizado el chantaje sentimental para presionarte, en ese caso no merece la pena.

–Es la edad que tiene, mamá. No puede controlar sus hormonas.

–¿Y qué hay de las tuyas? Carey, cuando una chica se está haciendo mujer…

–¡Mamá, por favor! –Carey alzó una mano–. Vamos, tranquila, no tengo ningún problema al respecto. No me he acostado y no voy a acostarme con Brett porque no quiero.

Tayla, en silencio, suspiró de alivio.

–Le he dicho que sé que él, sexualmente, está en el punto más álgido; pero, desgraciadamente, no ocurre lo mismo con las mujeres a mi edad. Eso es todo. Tiene que aceptarlo.

–¿Y qué hay de la curiosidad? Me refiero a la tuya, claro.

–No tengo problemas para controlarla.

–Entiendo. Entonces, por lo que me has dicho, he de suponer que Brett está buscando una mujer en el punto álgido de su sexualidad, ¿no?

–Es un hecho de todos sabido que la mujer está en la cresta de su actividad sexual alrededor de los treinta años –Carey se encogió de hombros y, con sus ojos castaños, miró a su madre–. Lo que significa que soy yo quien debería estar preocupada por ti.

–¿Por mí? –Tayla se echó a reír.

–Tienes treinta y cuatro años; en mi opinión, la edad más peligrosa.

–Casi treinta y cinco. Y estoy encantada de no tener esa clase de complicaciones, muchas gracias.

Se hizo un breve silencio antes de que Carey volviera a hablar.

–Mamá, ¿crees que volverás a casarte? –preguntó Carey con voz queda–. Hace ya cinco años que murió papá y yo iré a la Universidad dentro de uno o dos años. ¿No te parece que vas a sentirte un poco sola?

–No tengo tiempo para sentirme sola –respondió Tayla en tono ligero.

–¿Y no echas de menos el sexo?

–¡Carey!

–Está bien, está bien –Carey cambió de postura en el asiento–. De todos modos, teniendo en cuenta que estás en el momento más activo sexualmente, me parece un desperdicio. Lo más seguro es que, de ahora en adelante, vayas para abajo.

–Mira, un Lancer azul, podría ser Rachel.

–¿Cambiando de tema, mamá?

–Creo que sí, ¿no te parece?

Carey lanzó un suspiro.

–No puede ser el Lancer de Rachel, no va a ir a casa de la abuela hasta mañana.

–¿Cómo es eso?

–Llamó ayer. Se me olvidó decírtelo.

–Carey, te he dicho mil veces que anotes los recados telefónicos.

–No tiene importancia, mamá.

–Podría haber sido de mi trabajo –dijo Tayla.

–Eso te lo habría dicho, mamá.

Tayla suspiró, conteniendo la inclinación que sentía a regañar a su hija.

–¿Qué dijo Rachel?

–Que tendremos que esperar hasta mañana para conocer a su nuevo acompañante, una maravilla de hombre. Y también dijo que no llegarían a casa de la abuela hasta mañana.

–¿Y va a ir con ese hombre con el que está saliendo?

–Sí. Se llama Mac… algo. Lleva saliendo con él unos meses.

–¿Unos meses? –Tayla lanzó una mirada fugaz a su hija. Su sobrina, Rachel, era casi una hija para ella, y siempre le contaba todo; al menos, hasta ahora–. No me había dicho nada de él.

–Y a mí sólo la semana pasada –comentó Carey–. Me dijo que quería que lo conociéramos, que no quería decirnos nada sobre él para que no tuviéramos ideas preconcebidas. ¿Qué importancia puede tener lo que pensemos de él? Al fin y al cabo, es ella la que tiene que vivir con él.

–¿Vivir con él? ¿Tan seria es la cosa?

–Mamá, ha sido una forma de hablar. Rachel no se ha acostado con él.

–¿Que no se ha acostado con él? –a Tayla le pareció que estaba perdiendo el hilo de la conversación, algo que le ocurría con frecuencia últimamente cuando hablaba con su hija.

–Mamá, te preocupas demasiado por todo –Carey suspiró exageradamente–. Sabes perfectamente que Rachel se comporta casi como una monja, y sabes que es una reacción de rebeldía contra la promiscuidad de su madre.

Carey pronunció la última frase con arrogante convicción juvenil antes de añadir:

–En mi opinión, es una reacción bastante estúpida, pero qué se le va a hacer. En fin, en resumidas cuentas, Rachel dice que está enamorada. ¡Qué asco! Y tengo la sensación de que va a pasarse el fin de semana suspirando y mirando a la luna. Así que, si se pone a hablar de vestidos de novia y damas de honor, yo…

–¿Rachel quiere casarse con este hombre? –preguntó Tayla interrumpiendo a su hija.

–Bueno, no ha dicho eso exactamente –contestó Carey en tono vacilante–. Pero estoy suponiendo que podría decirlo.

–Y yo creo que estás suponiendo demasiado. Rachel no conoce a este hombre lo suficiente como para pensar en el matrimonio –Tayla suspiró–. Sin embargo, estoy preocupada por ella.

–Rachel sabe cuidar de sí misma, no necesita que su tía la vigile. Mamá, tiene veintiún años.

–Lo sé. Pero como su madre pasa tanto tiempo fuera…

Carey se echó a reír.

–Créeme, mamá, Rachel no echa de menos a su madre. Sabes que no se llevan bien, y a la tía Marlene no van a condecorarla con la medalla a la mejor madre del año.

La expresión de Tayla ensombreció. Lo que su hija decía era verdad. No podía negar que su hermana mayor no era la mejor madre del mundo.

–Bueno, ¿qué te ha contado Rachel sobre este hombre?

Carey alzó los ojos hacia el techo del coche y Tayla le lanzó una mirada de advertencia.

–No mucho –respondió Carey con resignación–. Que es mayor que ella y que es guapísimo.

–Me alegro de que Rachel lo haya invitado a venir, así podré conocerlo.

–Querrás decir que así podrás someterlo a una inspección. Y no me cabe duda de que Rachel lo trae por ese motivo –comentó Carey irónicamente–. Ah, y Rachel me ha dicho que tiene un coche deportivo, así que debe ser bastante rico.

–Que tenga un coche deportivo no quiere decir que sea rico –objetó Tayla.

–Sé que debe estar bastante bien económicamente porque su familia es propietaria de esa empresa tan importante de madera, la empresa sobre la que estás escribiendo ese artículo para el suplemento semanal del periódico.

–¿McCall? –Tayla frunció el ceño–. El hombre con el que he hablado tenía unos sesenta y tantos años, Duncan McCall. Quizá sea el padre del novio de Rachel.

–Lo único que sé es que Rachel lo llama Mac.

Tayla contuvo la preocupación que la asaltó repentinamente.

–¿Cuántos años le lleva a Rachel? ¿Crees que…?

–¡Por favor, mamá! El señor con el que hablaste tú tiene nietos, y este Mac puede ser uno de ellos. ¿No se llama la empresa McCall e Hijos?

–Sí. Pero la empresa la fundó el padre de Duncan McCall, aunque Duncan y su hermano, Alex, son los que ahora la dirigen, y ellos son los hijos del fundador.

–Mamá, tranquilízate. Sé que has cuidado de Rachel prácticamente desde que nació, pero ya es mayor. Es hora de que dejes de preocuparte por ella.

Tayla apenas prestó atención a su hija, trataba de recordar la entrevista con Duncan McCall. No recordaba nada que hubiera podido interpretarse como insinuante.

–En fin, supongo que Rachel es una chica con sentido común –dijo Tayla en tono ausente, y Carey lanzó una exclamación de desagrado.

–Exactamente. No tienes que preocuparte por ella, porque Rachel sabe lo que se hace.

–¿Estás insinuando que soy yo la que no sabe lo que se hace?

–Eso mismo –Carey se echó a reír y luego suspiró dramáticamente–. Y lo que sí me preocupa es cómo voy a lograr pasar el fin de semana sin aburrirme mortalmente.

–¿Te he dicho ya que la abuela se ha conectado en Internet? –dijo Tayla en tono casual.

Carey se incorporó en su asiento rápidamente.

–No. ¿Desde cuándo?

–Me parece que ya te conté que la abuela estaba haciendo un curso de ordenadores, ¿no?

–Sí, pero yo creía que…

–¿Que era un capricho senil? Pues no. Por supuesto, pasó el curso con unas notas magníficas y ahora se ha hecho adicta. Así que no creo que te aburras este fin de semana. La que se va a aburrir soy yo si no dejáis de hablar de ordenadores.

Realizaron el resto del trayecto a la montaña con Carey hablando de su tema preferido hasta que Tayla, con gran alivio, vio la alta valla de hierro que rodeaba la imponente casa de su abuela. Suspiró al cruzar las ornamentadas puertas de la propiedad que había pertenecido a su familia durante varias generaciones.

El bisabuelo de Tayla construyó Auchnacree a finales del siglo diecinueve. Con mucho trabajo, construyó aquella magnífica casa, enorme, para su esposa; un ejemplo extraordinario de la arquitectura de la época.

El piso inferior era lo que ahora se llamaba estilo tradicional de Queensland, construido con enormes bloques de piedra arenosa, y los suelos de las terrazas superiores de losas de piedra.

Los suelos superiores eran de madera, y el tejado de hierro forjado. Los balcones tenían enrejados de hierro forjado con dibujos que parecían de encaje.

Tayla paró el coche a la sombra de una poinciana y, cuando miró hacia la casa, sonrió al ver una enorme decoración navideña colgando de la puerta delantera. La abuela ponía ese adorno todos los años por esas fechas.

Al ver un conocido Lancer azul aparcado en el camino, Tayla, sorprendida, arqueó las cejas.

–Parece que Rachel ha venido.

–Pues me había dicho que no iba a venir hasta mañana –gruñó Carey–. ¿Qué voy a decirle cuando aparezca con él? «¡Cielos, es guapísimo!», y… «Mamá creía que tenía sesenta y tantos años».

–Como se te ocurra decir eso, olvídate del ordenador de la abuela.

–Eres una madre muy cruel –dijo Carey mientras salía del coche.

Después, abrió el maletero para sacar las bolsas.

Una joven de oscuros cabellos bajó las escaleras del porche apresuradamente, se acercó a ellas y las abrazó.

–Tayla. Carey. He podido venir hoy por fin.

El parecido de Rachel Dean con Tayla era evidente, aunque la joven era algo más baja y más delgada que su tía. De hecho, Rachel se parecía a Tayla más que Carey. Carey era rubia, como su padre, mientras que Rachel tenía el mismo color castaño de pelo que Tayla. Sin embargo, mientras a Tayla el pelo le llegaba hasta los hombros, Rachel lo llevaba corto.

–Bueno, ¿dónde está esa maravilla de hombre? –preguntó Carey sin preámbulos.

–Voy a teneros en suspense un poco más –respondió Rachel.

–Estamos deseando conocerlo –dijo Tayla–. Carey me ha dicho que llevas ya un tiempo saliendo con él.

–No, no mucho –dijo Rachel vagamente.

–¿Es alto, moreno y de desmayarse? –bromeó Carey, y Rachel se echó a reír.

–Sí, las tres cosas.

–¿Y rico? –continuó Carey–. Siempre es bueno que sean ricos.

–Lo suficiente. Y ríete lo que quieras, Carey, ya me dirás cuando lo veas. Y tú, Tayla, también lo vas a ver.

–¿Y dónde está? –preguntó Carey.

–La verdad es que yo he venido por la mañana. Decidimos venir por separado porque él no podía salir hasta más tarde por el trabajo, pero debe estar al llegar ya. Luego, después de que venga, quiere pasarse a visitar a unos amigos que viven por aquí cerca.

Empezaron a subir los altos peldaños y Tayla, delicadamente, paseó la mano por el pasamanos de la barandilla. Le encantaba aquella casa, era la que había despertado su interés en antiguas casas coloniales.

–Vaya, aquí están mis otras dos chicas –exclamó la abuela en ese momento, cuando apareció en la entrada de la casa.

Tayla abrazó a su abuela, maravillándose de lo bien que llevaba sus ochenta y ocho años.

–¿Habéis tenido buen viaje? –le preguntó a Tayla su abuela.

–Sí, no había mucho tráfico.

La abuela rió y le dio una palmada en la mejilla a Tayla.

–Y yo estoy bien, así que nada de mirarme con esa cara de preocupación. A parte de un poco de artrosis en la rodilla izquierda, estoy de maravilla.

Carey abrazó a su bisabuela.

–Abuela, te veo estupenda. Feliz cumpleaños.

–Gracias, cariño –la abuela besó a Carey en la mejilla–. Y tú estás cada día más guapa.

Carey se ruborizó.

–Tonterías, abuela. Oye, ¿qué es eso de que tienes un ordenador?

–¡Carey! –protestó Tayla, pero su abuela le hizo una mueca.

–De todos modos, tu madre tiene razón, cielo. Te enseñaré mi nuevo juguete dentro de un rato, primero tenemos que pasar por los ritos de sociedad.

–Ya, como conocer al hombre maravilloso de Rachel.

–Creía que estabas deseando conocerlo –recordó Rachel a su prima en tono de burla.

–La que quiere conocerlo es mamá, que está deseando someterlo a un tercer grado –le informó Carey a Rachel.

–Pasará el examen con sobresaliente –Rachel sonrió traviesamente antes de darle otro abrazo a su tía–. La tía Tayla, toda una madre.

–Aún me acuerdo de los paseos que te daba en el cochecito. Y te cambiaba tanto los pañales que tu madre empezó a quejarse de la ropa que tenía que lavar –dijo la abuela.

–Bueno, ya está bien –dijo Tayla, y Rachel rió.

–Naciste para ser madre –continuó la abuela–. Deberías haber tenido media docena de hijos por lo menos.

–¡Oh, Dios mío! –exclamó Carey–. ¿Media docena de renacuajos? Eso es como ser una incubadora andante.

Tayla se echó a reír para disimular una súbita tristeza. Le habría gustado tener al menos dos hijos, pero Mike, hijo único, no estaba tan interesado en la familia como ella.

Al principio de casarse fue un asunto contencioso entre los dos. Después, con la no planeada llegada de Carey, Tayla creyó que Mike cambiaría de actitud. Pero no fue así.

Por supuesto, Mike quería a su hija; eso sí, a su manera. Y su manera era no involucrarse demasiado en el aspecto doméstico de su paternidad.

Después del nacimiento de Carey, Mike convenció a Tayla de que, desde un punto de vista económico, era mejor concentrarse en un hijo solo. Pero a Tayla le habría encantado tener más.

–¡Incubadoras! –estaba diciendo la abuela–. Cómo sois los jóvenes de hoy, no os mordéis la lengua. Aunque supongo que es mejor a cómo éramos en mis tiempos. En fin, vamos adentro.

En ese momento, un rugido interrumpió a los loros que comían en los árboles al lado del camino. Centelleos verdes, rojos y naranjas cruzaron el cielo cuando las aves emprendieron el vuelo.

El ruido del motor aumentó en volumen, y las cuatro mujeres se volvieron a tiempo de ver una moto grande y negra doblar la curva del camino hasta detenerse delante de los escalones de la entrada.

El motociclista iba enfundado en un traje de cuero negro con rayas azules en los pantalones, la chaqueta y el casco. Después de apagar el motor, el hombre desmontó de la moto con gracia sensual. Se quitó los guantes y los dejó encima del asiento antes de quitarse el casco.

Tenía el pelo largo, oscuro y recogido en una coleta. Al volverse a las cuatro mujeres, lo hizo con un rostro ensombrecido por barba incipiente.

–Ahí tenéis a Rick –dijo Rachel antes de bajar corriendo los escalones–. ¡Cielo, ya estás aquí!

Rachel se echó inmediatamente a sus brazos.

Tayla y Carey intercambiaron miradas de perplejidad, y Tayla arqueó las cejas.

–¿Rick? –inquirió Tayla en voz queda–. Creía que se llamaba Mac.

En ese momento, el hombre, alto, alzó la oscura cabeza y las miró. Aquellos ojos azules se clavaron en Tayla, y ella sintió algo extraño en el pecho. De repente, sintió calor y frío simultáneamente, y se vio presa de una inexplicable falta de oxígeno.

Capítulo 2

 

 

 

 

 

EL JOVEN rompió el abrazo de Rachel y agarró una pequeña bolsa que llevaba en la parte posterior de la moto.

–Vaya un joven guapo –dijo la abuela en un susurro, y Tayla frunció el ceño–. Si tuviera cincuenta años menos… En fin, supongo que él no habría nacido.

La abuela rió quedamente y Carey la acompañó.

El joven, al oír las risas de la abuela y de Carey, volvió la cabeza de nuevo hacia ellas. Clavó los ojos en Tayla, y ella se sintió como si le hubiera acariciado el cuerpo con las manos. Instintivamente, Tayla se agarró a la barandilla de la escalinata.