Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Mi vida se resume básicamente en: 1. Mantener feliz a mi hija de ocho años. 2. Conservar mi trabajo en la escuela de primaria. 3. Mantener mi sueño de ser artista a tiempo completo encerrado en un lugar donde no pueda romperme el corazón. Fácil, sencillo, sin dramas. Y entonces Fisher Wright llega a Star Falls. Es alto, encantador y británico, y tiene la clase de atractivo que debería venir con una etiqueta de advertencia. Va a estar aquí solo ocho semanas para ayudar a una famosa superestrella de la música a grabar su próximo álbum. Primero tenemos una conversación inofensiva y coqueteamos en el bar. Luego tomamos unas copas de vino en mi porche. Después vienen los besos robados junto a las cataratas. Y al final… Oh, no: sentimientos de verdad, de esos grandes y confusos de los que te complican la vida, y para los que me juraba que no tenía tiempo. Pero su vida está en Nueva York y la mía está aquí. ¿Un cuento de hadas a distancia? Por favor… Nunca se hacen realidad, y menos cuando hay una niña de por medio. Entonces, ¿por qué está haciendo planes en secreto para mostrar mi arte a la élite de Manhattan? ¿Por qué de repente me lo imagino en los partidos de fútbol de mi hija? ¿Y por qué siento que lo único temporal aquí… es la fecha de caducidad de ocho semanas que acordamos?
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 413
Veröffentlichungsjahr: 2025
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Título original: Love Deep
Primera edición: noviembre de 2025
Copyright © 2025 by Louise Bay
Esta edición ha sido publicada por acuerdo con The Foreign Office Agència Literària, S. L. y The Whalen Agency, Ltd.
© de la traducción: Silvia Barbeito Pampín, 2025
© de esta edición: 2025, Ediciones Pàmies, S. L. C/ Monteverde 28042 Madrid [email protected]
ISBN: 979-13-87787-16-5
BIC: FRD
Arte de cubierta: CalderónSTUDIO®
Fotografías de cubierta: Freepik
Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo la sanción establecida en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo público.
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30
31
32
33
34
35
36
37
38
39
40
41
42
Epílogo
Página de título
Página de copyright
Epílogo
Capítulo
Juniper
No recuerdo la última vez que estuve tan emocionada por ver a un chico. Abro la tapa de mi nuevo delineador de ojos e intento perfeccionar el look que le vi hacer a una influencer en Instagram. Rara vez me maquillo. Me parece una tarea diaria más, y ya tengo suficientes, pero esta noche voy a hacer una excepción. La última vez que me enamoré fue en el instituto. Eso fue hace más de una década, y han pasado dos años desde mi última cita. Pero esta noche estoy casi segura de que voy a estar en la misma zona que el amigo británico de un chico con el que fui al instituto.
Byron, que creció aquí pero se mudó a Nueva York tan pronto como pudo, ha construido un lujoso complejo turístico a las afueras de la ciudad. La gran inauguración para todos los vip multimillonarios es esta noche. No voy a ir, aunque ahora hay dieciocho de mis cuadros colgados en el club después de que Byron los comprara. Las fiestas elegantes no son lo mío. Pero Byron va a celebrar después una fiesta en Grizzly’s, el bar local, y estoy convencida de que su amigo Fisher estará allí.
Me siento como si tuviera dieciséis años y estuviera desesperada por ver al quarterback en los pasillos del instituto.
Puede que ni siquiera aparezca, y tampoco es como si fuéramos a tener una cita.
Ni siquiera nos conocemos.
Nos presentaron a Fisher en Grizzly’s cuando él y Byron se marchaban hace unas semanas, pero fue algo así como «Hola a todos, este es Fisher. Fisher, estos son todos». No estoy segura de que él me viera, pero yo sí que lo vi a él, y tuve que esforzarme mucho para no desmayarme. No me sorprendería que resultara ser el hermano menor y más guapo de Henry Cavill.
Lo primero que me llamó la atención fueron sus anchos hombros y sus musculosos antebrazos. Levanté la vista y me fijé en su cabello rubio oscuro y su amplia sonrisa, y me estremecí. De hecho, me temblaba todo el cuerpo al mirarlo. Cuando se pasó la mano por la fuerte mandíbula cubierta de una barba incipiente, sentí una descarga eléctrica entre las piernas. Nunca había tenido una reacción física así por estar cerca de un hombre.
Pero esta noche… Byron dice que me va a presentar a Fisher porque Fisher podría conocer a alguien que quisiera comprar mis obras de arte. Creo que fue eso lo que dijo. O quizá conozca a alguien que quiera ayudarme a hacer algo con mi arte. No recuerdo los detalles, solo que Byron quería presentarme al chico británico alto y rubio que hizo que me temblaran las rodillas cuando lo vi por primera vez.
Me parece bien. Muy bien.
No sé si el hecho de que Fisher fuera nuevo en el pueblo fue lo que hizo que mi cuerpo reaccionara de esa manera. Quizá sea porque es británico y su acento es como chocolate derretido. Podría ser porque tiene la sonrisa más amplia y cálida que he visto nunca. O por todo lo anterior. Lo único que sé es que, cuando lo vi por primera vez, fue como si me hubiera alcanzado un rayo y mi vagina despertara de una hibernación de diez años y me dijera que estaba lista para la acción.
Tampoco es que espere, no sé, enamorarme o que Fisher se enamore de mí. Vive en Nueva York y solo está aquí para celebrar la inauguración del club privado de Byron, el Club Colorado. Muy pronto regresará a Nueva York y yo seguiré aquí, en Star Falls, Colorado. Pero es agradable recordar cómo es volver a sentir atracción por alguien. Ha pasado mucho tiempo.
Dejo el delineador de ojos en el bote que Riley me hizo para mi cumpleaños y me peino con los dedos mi cabello largo y ondulado. No puedo cepillármelo: se encresparía. Tendrá que valer así.
Oigo un gemido agonizante que proviene del otro lado de la puerta de mi dormitorio y salgo a investigar.
—¿Riley? —pregunto, asomando la cabeza por la puerta de su habitación.
Pero no está allí. La televisión suena a todo volumen en la sala de estar, pero tampoco está allí.
—¿Riley? —la llamo.
—¡Mamá! —Se oye un grito ahogado desde el baño. Corro hasta ahí y me encuentro a Riley, mi hija de ocho años, que normalmente está llena de energía, encorvada sobre el inodoro—. Mamá —lloriquea—. He vomitado.
Se me revuelve el estómago y se me cae el alma a los pies. Me arrodillo a su lado y le acaricio la espalda.
—Estoy aquí, mi niña.
Le pongo la mano libre en la frente. Está ardiendo.
—Creo que voy a vomitar más… —Después de que eche lo que le queda del almuerzo, le quito el pijama y la meto en la ducha—. Mamá, ¿por qué estoy enferma?
—No lo sé, cariño. Todos nos ponemos enfermos alguna vez.
Cojo un poco de gel de ducha y le enjabono el cuerpo. Apenas se mueve. Normalmente, estaría bailando y cantando una canción de Vivian Cross.
Mi madre nos llama.
—¿Dónde estáis, chicas?
—Aquí, mamá —respondo, y abro la puerta del baño.
Mi madre sostiene un plato cubierto con papel de aluminio, porque ella nunca viene sin comida. Nunca. Y me encanta. Es una gran cocinera y me ahorra trabajo, pero creo que piensa que sin ella nos moriríamos de hambre.
—Fizzy, estoy enferma —dice Riley desde detrás de la cortina de ducha, que tiene un estampado de gatos. Cada gato tiene un nombre y una identidad propia.
—Ay, mi niña querida —dice mi madre—. Qué bien que Fizzy esté aquí. Puedes comer este pollo cocinado a fuego lento. Te sentará muy bien.
Riley gime y yo saco a mamá del baño y la guío hasta el salón. Lo último que quiero es que Riley vomite otra vez.
—Mamá, ¿puedes dejarme preparado un plato de ese pollo? Estoy deseando probarlo. Voy a sacar a Riley de la ducha.
—¿No vas a comer en Grizzly’s? —me pregunta mientras me voy hasta el final del pasillo.
—No voy a dejar a Riley sola.
Me entristece tanto el hecho de que Riley esté enferma como el de no ir a Grizzly’s a encontrarme con Fisher. Pero la vida rara vez sale como uno la planea. No pienso dejar a mi hija cuando está enferma. No se trata de que no confíe en mi madre, claro que me fío. Pero soy la madre de Riley y ella necesita saber que para mí ella es lo primero. Su padre le ha demostrado ya bastantes veces que ella no es lo primero para él, y mi hija no tiene por qué recibir ese mensaje de mí también.
Cuando me convertí en madre sabía que tendría que hacer sacrificios, y siempre los he aceptado. Lo que obtengo gracias a la maternidad supera con creces cualquier cosa a la que haya renunciado. Incluso si se trata de un encuentro con un inglés encantador. Sí, tal vez soy sobreprotectora, pero así soy yo y así debo ser. Mi madre y mi padre me ayudan, pero Riley es mi responsabilidad y siempre lo ha sido, incluso cuando su padre vivía en Star Falls.
—Ay, Juney —dice, y no me quedo para oír nada más.
—¿Cómo está mi niñita? —pregunto.
—Tengo frío —dice, aunque el vapor se acumula en el cuarto de baño.
Cierro el grifo y corro la cortina.
—Vamos a secarte. —La cubro con una toalla y la ayudo a salir de la ducha.
—Mamá, Fizzy me va a obligar a comerme ese pollo, y yo no puedo.
Le doy un beso en la coronilla y la seco, como solía hacer cuando era demasiado pequeña para hacerlo ella misma. Echo de menos estos pequeños momentos, ahora que es mayor, cuando me necesitaba, pero cada vez es más independiente. Está creciendo muy rápido. Riley tiene ocho años, pero parece que tiene dieciocho.
—Fizzy no te va a obligar a comerte ese pollo. No se lo permitiré.
—En cuanto te vayas lo hará. Por favor, no te vayas, mamá.
—No me voy a ir a ningún sitio —digo, secándole con la toalla esos rizos castaños, que siempre aparecen cuando tiene el pelo mojado—. ¿Cómo voy a dejar a mi niña cuando está enferma?
—¿En serio, mamá? ¿Te vas a quedar? —Lo dice como si yo siempre estuviera fuera.
Un par de veces al mes recorro un kilómetro y medio para tomar algo en Grizzly’s. Tampoco es como si me fuera a bailar a Nueva York, pero el arrepentimiento me revuelve el estómago.
Ahora no veré a Fisher, pero no importa. De todos modos, no habría salido nada de eso. Él es un pez gordo en Nueva York y yo soy una madre soltera en Star Falls, Colorado. Me río de mí misma.
¿En qué estaba pensando?
—¿Qué te hace tanta gracia? —pregunta Riley.
—Nada, solo la vida —respondo, acariciándole la cabeza cuando entramos en su dormitorio—. Vamos a ver, ¿qué pijama quieres? ¿El azul con los gatos?
Mientras se cambia, voy a mi habitación, me recojo el pelo en una coleta y me pongo unos pantalones de chándal en lugar de los vaqueros. De todas formas, así estoy más cómoda.
Riley sale de su habitación con Patitas al mismo tiempo que yo salgo de la mía.
—Siento haberte estropeado la noche. Seguro que Eva y tú ibais a pasarlo muy bien, ¿verdad?
—No tanto como me lo voy a pasar aquí contigo.
Me sonríe y levanta su muñeca.
—No te olvides de Patitas. Ella también es divertida.
—Megadivertida —respondo—. La más divertida.
—Mamá —dice—, «megadivertida» no es una palabra de verdad, ¿sabes?
—¿No lo es? —pregunto, sin querer dudar de ella—. Bueno, está en mi diccionario especial de mamá.
—¿Junto con «abrazos»? —pregunta.
—Exacto. Porque las mamás son las únicas personas que pueden dar un abrazo y un mimo al mismo tiempo.
—¿Quién quiere pollo? —pregunta mi madre cuando entramos en el salón, y Riley gruñe.
—Yo, mamá. Pero quizá será mejor que esperemos una hora. Deja que Riley se recupere un poco. Puedes irte a casa con papá si quieres porque yo ya no voy a salir.
—¿Seguro que no vas a ir? —pregunta—. Creía que tenías muchas ganas de que llegara esta noche. ¿No hay una fiesta en Grizzly’s? Nunca se sabe a quién puedes conocer.
Mi madre siempre está intentando encontrarme marido. Yo no lo busco, pero no me molesto en decírselo. Riley es lo primero, lo segundo y lo tercero en mi vida. No hay sitio para nadie más. Tendrían que ser muy especiales para conseguir un asiento a la mesa en mi casa.
—Mamá, había quedado con Eva, que solo trabaja medio turno. Y nos habríamos encontrado con gente que conozco desde hace treinta años. No hay nadie nuevo en Grizzly’s.
Excepto los amigos de Byron, pero no se lo digo a mi madre. No necesita más razones para intentar convencerme de que salga esta noche. Quiero quedarme en casa con Riley.
—Ya sabes que esta noche hay una gran inauguración en el Club Colorado. He oído que va a tocar Justin Timberlake. Nunca se sabe; quizá se pase por Grizzly’s para la fiesta que habrá después con los vecinos del pueblo.
Las dos nos echamos a reír.
—¿Quién es Justin Timberlake? —pregunta Riley. Nuestra risa se intensifica; es oficial: me siento tan vieja como el mundo.
—Pero, en serio —dice mi madre—, ¿Byron no va a dar una fiesta en Grizzly’s? Eso me ha dicho Donna cuando nos hemos visto hace un rato.
—Sí, pero es Grizzly’s. Ese lugar seguirá ahí cuando las tres estemos muertas y enterradas. Puedo ir a Grizzly’s la semana que viene.
La semana que viene, cuando el Colorado esté abierto al público y, sin duda, Fisher haya regresado a Nueva York.
A veces, la vida sale como tiene que salir. Hoy estaré sola en casa con mi niñita. Esta noche puedo soñar con apuestos ingleses con el pelo revuelto y amplias sonrisas que me hacen estremecer. Fisher puede seguir siendo mi fantasía. De todos modos, eso es lo único que iba a ser.
Ocho semanas después
Fisher
Pasé los ocho primeros años de mi vida en Inglaterra, a las afueras de Londres. Luego me mudé a Pensilvania con mi madre y mi padre, y desde entonces he vivido en Estados Unidos. No sé si es por mi acento británico, pero siempre me he sentido un poco como un extraño. De alguna manera, comer alitas de pollo en un bar de Colorado me hace sentir más en casa de lo que debería.
—Están absolutamente increíbles. Nunca había comido nada tan bueno —digo, dando otro bocado.
Byron se ríe.
—En Nueva York cenas todas las noches en algunos de los mejores restaurantes del mundo.
—Es cierto —respondo—. Y este pollo es mejor que toda esa mierda.
—Si tú lo dices…
—Lo subestimas por completo porque lo has comido toda tu vida. —Le doy un sorbo a la cerveza, y, de alguna manera, el pollo hace que la cerveza sepa mejor, y viceversa.
—Te equivocas —dice Byron—. Me fui de Star Falls mucho antes de que tuviera la edad legal para entrar en Grizzly’s y comer alitas.
—Entonces, tus papilas gustativas se han marchitado y han muerto —digo.
—Debe de ser eso. ¿Crees que deberíamos traer a Vivian aquí? ¿Crees que a tu cliente, la estrella del pop mundialmente famosa, le gustarían las alitas de pollo? —pregunta.
—Es cosa de hombres —dice Rosey, la prometida de Byron, deslizándose en el asiento junto a él.
—¿Qué es cosa de hombres? —pregunto.
—Adorar las alitas. Adorar el pollo. Es como algo genético. O cromosómico o algo así. ¿Es lo mismo? De todos modos, a Vivian le pueden gustar las alitas, pero no tanto como a vosotros. A su marido sí. Ha venido con ella, ¿verdad?
—Sí, y han traído a su bebé —digo—. Pero, Rosey, no puedes decirle a nadie que ella está aquí.
—Lo sé —dice, llevándose un dedo a los labios.
—Yo no adoro las alitas —dice Byron. Rosey le lanza una mirada que dice «Y una mierda»—. ¿Qué? —protesta él—. No es eso. No digo que no me gusten, pero no las adoro como Fisher, Worth y… todos ellos.
—A nadie le gustan tanto como a tus mejores amigos. —Rosey mira a su alrededor—. ¿Crees que podrás sacar a Vivian de la jaula dorada del Colorado y traerla aquí para que pruebe la vida de un pueblo pequeño, incluidas las alitas de pollo? Es una de las estrellas más grandes del planeta, pero no hay ningún lugar como Star Falls. Debería experimentar algo de su magia.
—¿Entonces yo adoro las alitas pero tú crees que Star Falls es mágico? —le pregunto a Rosey.
Ella me mira con lástima.
—Quizá no llevas aquí el tiempo suficiente.
—He estado aquí muchas veces. Es precioso. Me encanta. Ya lo sabes.
—Sí, pero verlo es una cosa y vivirlo es otra —replica con un brillo en los ojos.
Mira por encima de mi hombro y su rostro se ilumina al ver a alguien o algo. Me doy la vuelta y veo que acaba de llegar una mujer. Está mirando a los clientes, sin duda tratando de encontrar a la persona con la que ha quedado. Tiene el pelo rubio ondulado y unos ojos brillantes que, desde aquí, a cinco metros de distancia, puedo ver que son azules.
Rosey la llama y la mujer esboza una sonrisa contagiosa que incluso me hace sonreír a mí. Le hace un gesto a Rosey con la mano y la veo dirigirse a una de las mesas al otro lado del bar.
Es preciosa.
—Esa es Juniper —explica Rosey antes de que yo tenga oportunidad de preguntarlo—. Es la artista de la que te hemos hablado.
Frunzo el ceño y cojo otra alita mientras intento recordar si Rosey o Byron me mencionaron a algún artista de Star Falls. Estoy acostumbrado a que la gente me hable de cantantes que han visto en YouTube o de guitarristas a los que siguen en Instagram y me digan que tengo que echarles un vistazo. Casi siempre queda claro de inmediato por qué no han firmado con una discográfica. Pero Juniper tiene algo especial. El concepto de «estrellato» es una tontería… O no: es algo que tienes o no tienes. Y quizá Juniper lo tenga.
—¿Es cantante?
Byron se pone a mover las manos como si estuviera aplaudiendo suavemente.
—Es pintora —dice Rosey, aclarando la mímica de Byron—. Ya sabes, es la que pintó algunas de las obras del Colorado. De hecho, uno de sus cuadros está frente a tu cama, en tu cabaña.
—Aaah… —murmuro, encajando todas las piezas—. Y querías saber si sabía de alguien que pudiera ayudarla en Nueva York. —Asiento. Debería haber prestado más atención—. Conozco a un par de personas.
—¿Voy a buscarla? —pregunta Rosey, ya medio levantada de su asiento.
No protesto: no me importaría que me la presentaran.
—Siéntate y deja que este hombre se termine el pollo —le pide Byron.
—Ella iba al colegio con Byron —comenta Rosey—. Se conocen desde que eran niños. —No sé si son imaginaciones mías o si Rosey está poniendo demasiado empeño en nuestra conversación. Normalmente es mucho más tranquila.
—¿Cómo te va con Vivian? —pregunta Byron, cambiando torpemente de tema.
Hago un gesto con la cabeza, todavía fijándome en la belleza que está al otro lado de la barra. No puedo apartar los ojos de ella. Se está riendo con un grupo de amigos, junto a la puerta, y todos parecen tan hipnotizados como yo.
—Muy bien —respondo—. Es tal y como se muestra en público: centrada en ser madre y esposa primeriza. Es discreta y genial.
Vivian Cross es probablemente la cantante más exitosa del planeta en este momento. Y acabo de ficharla para mi discográfica. Está grabando su próximo álbum en el Colorado, y por eso estoy aquí, en Star Falls.
—Pareces sorprendido —se extraña Rosey—. Siempre me parece discreta y estupenda cuando la veo en las entrevistas.
—Llevo mucho tiempo en esta industria —respondo—. La imagen que se ve en la televisión suele ser prefabricada. Lo que el equipo del artista quiere transmitir. Cómo creen que atraerá al público más amplio posible.
No sé cómo acabé en una industria que gira en torno a la falsedad cuando lo que más valoro es la autenticidad. En realidad, sí sé cómo: la música. Me encanta la música desde que tengo uso de razón y he conseguido que sea mi trabajo. Soy afortunado.
—¿Así que pensabas que la novia de América, Vivian Cross, sería una diva malvada? —pregunta Rosey.
Por fin aparto la mirada de Juniper y le sonrío a Rosey.
—Pensaba que sería más exigente de lo que me ha parecido hasta ahora, sí.
—¿Le gusta el estudio de grabación? —pregunta Byron, siempre centrado en el club y en lo que le gusta y no le gusta a la gente.
—¿Cómo no iba a gustarle? —replico—. Es de última generación y tiene todo lo que te pedí.
Echo otro vistazo al otro lado de la barra. Juniper está haciendo muecas mientras habla, completamente despreocupada y relajada. Tengo que apretar los labios para evitar sonreír ante su evidente alegría.
—Yo solo he firmado los cheques —refuta Byron—. No sé si lo que me sugeriste es bueno.
—Al final se amortizará —digo—. Vas a tener a un montón de gente viniendo aquí a grabar. Es la hostia de tranquilo. A Vivian le encanta que sea tan íntimo. Está emocionada porque podrá salir a pasear sin preocuparse de que la reconozcan.
Miro hacia Juniper otra vez, pero ya no está donde antes. Recorro el bar con la mirada para intentar encontrarla. ¿Se ha ido?
—¿Qué le parece su cabaña? —pregunta Rosey—. Es una de mis favoritas de las que aún no están ocupadas.
—Le encanta. Dice que es espaciosa pero acogedora. Todo está perfecto.
Rosey frunce el ceño.
—Vale, entonces ella ya está instalada y su productor se aloja en el Snowdrop Inn. Entonces, ¿por qué sigues aquí? —Enarco las cejas con fingido horror—. Es un placer tenerte aquí, pero no lo entiendo. Eres el director general del sello discográfico. ¿Todas las estrellas son así? ¿Necesitan que las cuiden?
Me río.
—Muchas de ellas. Pero de eso suelen encargarse sus representantes. Lo que pasa es que ella no quiere a su representante aquí porque le apetece centrarse en su familia cuando no está en el estudio, y él solo accedió a mantenerse alejado si la acompañaba yo. Así que he venido solo para asegurarme de que ella está contenta. Si surge algo, no estoy en otro lugar, al otro lado del teléfono: estoy aquí, listo para entrar en acción.
—Pero tú eres el director del sello discográfico. No puedes hacer eso por todos tus artistas —insiste Rosey.
—Cierto, pero Vivian Cross es la estrella discográfica más importante del mundo. Y el mayor fichaje que ha tenido Right Records. No quiero fastidiarlo. Tanto si su mánager me quiere aquí como si no, yo estaré aquí. Pero el hecho de que él quiera que esté aquí significa que no pienso irme a ningún sitio.
Tampoco puedo estar rondando a Vivian como un perro guardián sobreprotector. Solo tengo que asegurarme de que esté contenta. Y dejarla sola para que cree su próximo álbum. Fichar a alguien como Vivian, cuando todas las discográficas habrían dado un brazo por tenerla, es algo superimportante. Si la cago, todos estarán esperando para abalanzarse sobre mí. Vivian solo ha firmado por este álbum, y debo asegurarme de que todo vaya bien.
Puede que Right Records sea el sello discográfico independiente más importante del sector, pero es insignificante en comparación con los grandes. Si el contrato con Vivian sale bien y ella está contenta, espero que otros quieran unirse. Podría suponer una transformación completa para mi negocio.
—No vas a fastidiar nada. Estás en Star Falls —dice Rosey—. Todo va a salir genial. —Mira detrás de mí y se pone a hacer señas con la mano—. ¡Juniper! —exclama Rosey, indicándole que se acerque.
Me doy la vuelta y veo a Juniper y a un par de amigas dirigiéndose hacia la mesa de billar que hay al fondo. Juniper les dice algo y luego se despide de ellas y se acerca a nuestra mesa.
—¿Conoces a Fisher? —pregunta.
Juniper me mira, pestañea y entreabre los labios. Trago saliva, como si fuera una reina o algo así. Sus mejillas están sonrosadas y su piel brilla bajo las tenues luces del bar. Sus ojos relumbran cuando sonríe.
—Hola, Fisher.
—Es el amigo de Nueva York del que te ha hablado Byron. —Rosey se vuelve hacia mí—. Seguro que puedes ayudar a Juniper con su carrera artística. Conoces a mucha gente del mundo del arte en Nueva York.
Juniper se echa a reír y un aroma a azahar y jazmín inunda mi nariz.
—No tengo una carrera artística. Soy profesora auxiliar.
—Tienes mucho talento —la contradice Rosey—. Estoy segura de que, si te conociera más gente, tendrías un éxito rotundo.
Juniper sonríe como si estuviera complaciendo a Rosey por un lado y, por otro, estuviera encantada de recibir sus elogios. Pero es una sonrisa auténtica. Una sonrisa que puedo decir que sale de lo más profundo de su ser. Me llena de ligereza y energía.
—Fisher se aloja en uno de los chalés que tiene uno de tus cuadros.
—Es precioso —comento, aunque ni siquiera lo recuerdo. Pero todo lo relacionado con ese apartamento es precioso, así que no estoy diciendo ninguna mentira.
Ella se lleva la mano al pecho.
—Gracias. Eso significa mucho para mí.
—¿Qué es lo que estás buscando? —pregunto—. ¿Un agente? ¿Una galería para exponer tus obras?
Una pizca de pánico se refleja en su rostro.
—Ah, yo… En realidad, pinto por diversión. De vez en cuando vendo algún cuadro. El Twilight Latte siempre tiene uno expuesto, y también los hay en algunas otras tiendas de pueblos cercanos. No espero triunfar ni nada por el estilo.
Al final, suelta una risa nerviosa, como si fuera ridículo siquiera pensar que podría tener éxito. Una parte de mí quiere abrazarla y decirle que lo va a conseguir, tal y como he hecho con innumerables artistas a lo largo de los años cuando dudaban de sí mismos. Pero no he visto su trabajo, así que no voy a hacerlo. Hace mucho tiempo que me prometí a mí mismo que no le daría falsas esperanzas a la gente. A la larga hace más daño. Una cosa de la que me enorgullezco es de no hablar solo para inflar el ego de nadie.
—Me gustaría ver tu trabajo —digo antes de tener tiempo de pensarlo—. No sé mucho de arte, pero…
—Genial. Puede ser divertido. Dime cuándo estás libre.
Asiento como si no pudiera articular una frase, como si hablar y mirar a la mujer que tengo delante me exigiera demasiado esfuerzo mental o algo así.
Ella echa un vistazo a mi plato.
—¿Has terminado tus alitas?
Sonrío como un idiota.
—Están buenas.
—Están buenísimas —me corrige con una sonrisa. Echa un vistazo hacia la parte trasera del bar—. ¿Queréis venir a jugar al billar?
—Claro —acepta Rosey en nombre de todos, y se levanta de su asiento antes de que nadie pueda contradecirla.
Byron y yo cogemos nuestras cervezas y seguimos a Juniper y Rosey.
—Juney es simpática —comenta Byron, y luego suspira—. Eso es todo. Eso es todo lo que voy a hacer. Si ella te pregunta, dile a Rosey que te he contado que Juney es la mejor mujer del planeta.
Caigo en la cuenta.
—Ah, ya veo. —¿Así que es eso? Me están tendiendo una trampa. Pero no me molesta. Byron gruñe—. No te preocupes. Solo quiere que todos seamos tan felices como vosotros. Es bonito.
—Lo sé. Pero cada uno tiene que encontrar su propio camino, y tampoco es como si fueras a venirte a vivir a Star Falls para siempre, ¿verdad?
—Es poco probable —río—. Pero estaré aquí durante las seis próximas semanas.
—Bueno, Juney es… En fin, ha madurado mucho desde el instituto. Como sabes, hasta que monté el club no había vuelto a Star Falls desde que me marché, así que podría haberse convertido en una asesina en serie en todos estos años. Hemos estado en contacto un poco desde que regresé al pueblo, pero no quedamos mucho. Pero dile a Rosey que te he dicho que es increíble.
—Trato hecho.
Brindamos con las botellas de cerveza y llegamos a la parte trasera del bar, donde está la mesa de billar. Hay algunas mujeres a su alrededor, pero Rosey y Juniper parecen haber empezado ya una partida.
Rosey hace el saque y luego se vuelve hacia Byron y hacia mí.
—¿Dobles?
Rosey se engancha del brazo de Byron y nos deja a Juniper y a mí ahí plantados, mirándonos el uno al otro.
—¿Te apuntas? —le pregunto a Juniper, ladeando la cabeza.
Ella sonríe y pasa junto a mí, y yo la sigo, tan contento.
No podría haber elegido una compañera más guapa.
Juniper
Jugar al billar con Fisher no era lo que tenía previsto para esta noche. Era la última persona con la que esperaba encontrarme. Después de perderme la fiesta de Byron hace un par de meses, casi me había olvidado de él.
Más o menos.
No, en realidad no.
—¿Has venido a ponerte al día con Byron y Rosey? —le pregunto.
Alza la vista y casi puedo notar que me está imaginando desnuda. Es una mirada un poco lasciva. Como si estuviera pensando en sexo. O tal vez soy yo quien está pensando en sexo. Definitivamente estoy pensando en sexo. Es imposible no hacerlo, estando tan cerca de Fisher.
—Sí, y también estoy aquí por trabajo.
Es alto y lleva la camisa remangada, mostrando una piel bronceada que se tensa sobre unos antebrazos musculosos. Creo que nunca me había fijado en los antebrazos de un hombre, pero los de Fisher son hipnóticos. Se ríe y siento como si estuviera junto al fuego del hogar: es cálido y reconfortante, y endiabladamente sexy.
—¿Trabajo? ¿A qué te dedicas?
—Estoy en el negocio de la música —explica—. Tengo a una artista grabando en el club.
—¿Grabando? ¿Hay un estudio ahí? —Él asiente—. Vaya, no tenía ni idea. Qué divertido.
Me sonríe como si hubiera dicho exactamente lo que debía, y yo correspondo a ese gesto. Es guapísimo. Tiene unos dientes blancos perfectos y el pelo rubio un poco ondulado.
—¡Te toca! —exclama Byron desde el otro lado de la sala.
Doy un respingo por la sorpresa. Fisher enarca las cejas sin dejar de sonreír.
—Supongo que es nuestro turno —dice.
—Ve tú primero —ofrezco, y no solo porque quiera ver el culo que le hacen esos vaqueros que lleva puestos.
—Quieres verme el culo, ¿verdad? —pregunta Fisher.
La vergüenza se apodera de mí y abro mucho los ojos.
—¡No es verdad!
Fisher se echa a reír y me da un codazo.
—Es broma. Relájate. —Me quita el taco de billar de las manos y va hacia la mesa.
Intento mirar a cualquier parte menos al culo de Fisher, pero es difícil. Juraría que elige un tiro que me permite ver muy bien su trasero. Y es bonito. Firme. Redondo. Odio a los tíos sin culo. Y el de Fisher está muy bien. Mete dos bolas y luego falla la tercera.
—¿Qué te ha parecido? —pregunta, agarrándose una nalga.
—No es tan bonito como el mío —respondo con cara impasible.
Él sonríe y asiente.
—Eso seguro.
Rosey falla su tiro, así que me toca a mí. Cuando meto la bola verde, mi culo queda frente a Fisher. Es una victoria silenciosa. Fallo la azul y regreso con mi compañero de billar.
—Lo has hecho a propósito, ¿verdad? —pregunta. Su acento le hace parecer muy formal.
—¿El qué? —Me encojo de hombros—. ¿Hacer un tiro que te deje ver mi culo? No sé de qué me hablas. —Fisher se ríe y yo le pido otra cerveza a Eva. Fisher le murmura algo a Eva que no llego a escuchar. Probablemente le haya dicho que le traiga una cerveza especial o algo así—. ¿Así que vives en Nueva York aunque eres británico?
—Mi familia se mudó aquí cuando yo tenía ocho años. Así que no me siento británico, a pesar de que todavía tengo un ligero acento.
—¿Un ligero acento? —río—. A mí me suenas como el príncipe Guillermo.
—Ah, ¿sí? —pregunta—. Bueno, definitivamente no soy el príncipe Guillermo. ¿Y qué me dices de ti? ¿Fuiste al colegio con Byron?
—Al instituto, sí. Entonces yo era diferente. Siempre tenía pintura en el pelo y en toda la ropa. Estaba obsesionada con el arte. Era lo único en lo que pensaba.
Me mira, esperando a que añada algo más. Como no lo hago, insiste.
—¿Qué cambió?
Sonrío.
—La vida real.
Recuerdo todas las emociones de aquella época. Tenía que tomar una decisión y elegí Star Falls. Creo que entonces no me di cuenta de lo que estaba sacrificando.
—¿Eso es todo lo que me vas a decir?
—Es una larga historia. —Fisher debe de ver mi expresión, porque no insiste—. En otra ocasión…
—¿Pero sigues pintando? —pregunta.
—Cuando tengo la oportunidad.
La verdad es que ahora lo hago más que antes. Riley es mayor y más independiente. Y le gusta venir al estudio conmigo. Pintar con Riley es… diferente, pero sigue gustándome. Compartir ese tiempo con mi hija es muy importante. Es… sagrado, o algo así.
—¿A qué te dedicas?
—Trabajo en una escuela. Soy profesora auxiliar.
—Vaya. —Se pasa la mano por la mandíbula—. No sé cómo tienes tanta paciencia.
Me río.
—Es cuestión de rebajar tus expectativas.
Él entrecierra los ojos, como si estuviera asimilando algo profundo.
—Sí. Me gusta esa forma de verlo. También es una buena forma de afrontar la vida.
—¿Qué? ¿Tener pocas expectativas? —pregunto.
—Sí, así no te decepcionas.
Su observación me inquieta.
—No estoy convencida de que eso sea cierto —digo—. Quiero decir, si esperas que un niño de seis años se comporte como un adulto, vas a pasar tu vida frustrado y molesto. Pero ¿en la vida? Debes tener expectativas o… La mayoría de la gente responde a mis expectativas, sean cuales sean.
Fisher me mira fijamente, y está a punto de hablar cuando Byron lo interrumpe.
—Espera un momento —me pide Fisher.
Lanza un tiro, y juraría que falla a propósito. Apenas mira la mesa. No me quejo, porque eso significa que regresará enseguida a mi lado.
—¿Eso es cierto según tu experiencia? —pregunta.
—¿El qué?
—Que, si esperas que las personas sean de una manera, generalmente lo son.
Inspiro hondo. Nunca lo había pensado antes.
—Sí. Creo que sí.
—¿Y si no esperas nada de alguien, esa persona no te dará nada? —Me encojo de hombros. Esta conversación ha tomado un giro que no esperaba. No tenía pensado darle una visión filosófica de la vida, solo hacerle entender que, según mi experiencia, las personas tienden a convertirse en lo que esperas de ellas—. Creo que yo doy por sentado que la gente va a ser gilipollas.
Ladeo la cabeza. A primera vista, parece un tío despreocupado, pero tal vez eso no sea cierto si se profundiza un poco más.
—No estoy segura.
—¿De que la gente es idiota?
—De que asumas que todo el mundo es gilipollas.
Abre los ojos de par en par por la sorpresa, pero luego recupera su expresión amistosa y me sonríe.
—Eres una mujer interesante, Juniper.
—Y es mi turno.
Consigo meter un par de bolas y, cuando fallo, mi pulso se acelera, porque eso significa que podré pasar más tiempo con Fisher.
—¿Vas mucho al Reino Unido? —pregunto.
—La verdad es que no. Mi hogar está en Nueva York, pero viajo por trabajo. ¿Y tú? ¿Has vivido en Star Falls toda tu vida?
—Claro que sí. Nunca he salido del estado.
Él asiente.
—Claro. Eso es…
—¿Un poco patético? —sugiero, y me echo a reír—. Estoy de acuerdo. Pero, ya sabes, las cosas son así. Y hay que elegir. Solo tenemos una vida, y no podemos ser la persona que ve el mundo y la persona que conoce a la perfección a todos los habitantes de Star Falls.
Fisher sonríe, con la vista clavada en mí, como si intentara descifrarme.
—No creo que mucha gente piense así, como si la vida fuera una serie de elecciones que los llevarán a tener una clase de existencia u otra.
—¿En serio? —pregunto—. No digo que lo planifiques, pero en la vida de cualquiera hay encrucijadas y momentos en los que sabes que, independientemente de la decisión que tomes, acabarás en dos lugares diferentes.
—Dios, Juniper —dice, y gruñe, y no sé si lo estoy aburriendo o algo así.
—¿Qué? —pregunto—. ¿Estoy hablando demasiado?
Él niega con la cabeza.
—Creo que podría hablar contigo toda la noche. Tú y tu visión del mundo sois… fascinantes.
Frunzo el ceño.
—No sé si eso es un cumplido…
—Sin duda lo es.
Su mirada es tan intensa que casi puedo sentirla presionándome, rodeándome, desafiándome a decir más.
Me acerco a él porque ya no puedo evitar tocarlo, y apoyo mi mano en su musculoso brazo durante un instante, luego dos, y luego me obligo a apartarme.
—Gracias —digo—. Aceptaré cualquier cumplido que me hagas.
Fisher
El desayuno en el Colorado es un banquete digno de un rey. Y, sin duda, de la reina del pop.
Vivian se desliza en el asiento frente a mí.
—No me traigas aquí nunca más.
Se me revuelve el estómago. ¿He cometido un error al traerla a Colorado? Sin duda, es diferente a cualquier lugar en el que haya grabado, y he estado en muchos estudios diferentes: Nueva York, Tokio, Londres, Los Ángeles… Incluso Sheffield, en Alabama. Y la tecnología es de última generación. Pero eso no siempre es lo importante.
—¿No te gusta? —pregunto.
Mi concentración se ha ido al traste desde que vi a Juniper anteayer por la noche. No puedo dejar de darle vueltas a cómo hablaba de la gente que vive por debajo o por encima de las expectativas. Quizás he pasado por alto las señales de que Vivian no estaba contenta durante las veinticuatro últimas horas. Tengo que volver a centrarme en Vivian. No estoy aquí para tener una aventura de seis semanas con una rubia guapa a la que sus amigos se llevaron de la mesa de billar al acabar la partida y que se marchó antes de que pudiera pedirle su número de teléfono.
—Es todo estupendo. Y la comida es demasiado buena. Puede que nunca quiera irme. —Suspiro. Gracias a Dios. Necesito que Vivian sea feliz—. Me voy a ir con al menos diez kilos más. Y la culpa será tuya.
—Me parece bien.
—¿Y tu colega ha montado todo el equipo porque tú se lo pediste? Debe de haberle costado una fortuna.
Me río.
—Es muy gracioso oírte decir «colega» con acento americano.
—Mi marido me está ayudando a aprender todas tus expresiones británicas. «Colega» es una de mis favoritas.
—Es una buena palabra. Y sí, Byron quería que fuera un lugar al que los artistas que no desearan salir de fiesta pudieran venir a trabajar pero en el que también pudieran sumergirse en el espacio que lo rodea.
—Es maravilloso. Y el hecho de que Beau y Victoria hayan venido para que podamos pasar tiempo en familia cuando no estoy en el estudio es una ventaja añadida.
—Sí, tengo que decir que no estoy acostumbrado a ver a los artistas desayunando cuando están en el medio de un proceso de grabación.
—Bueno, ahora soy madre. Esta mañana he podido pasar un par de horas con Victoria, y luego estaremos un rato en el estudio antes de acostarla. Eso es lo bueno de tener a Beau y a Victoria aquí. Puedo hacerlo todo.
Me sonríe, radiante. Es un gran alivio verla feliz. Nunca habría imaginado que podría fichar a una estrella como Vivian cuando empecé con Right Records. Solo quería crear un sello discográfico que no tratara a todo el mundo como basura y luego fingiera que era arte.
—Mientras tú estés bien…
—No podría ser más feliz —dice Vivian—. Dios mío, hablando de lo contrario a la felicidad. ¿Has oído las noticias sobre Gerry Banks? —Me da un vuelco el estómago al oír el nombre de mi antiguo enemigo, y me quedo paralizado. ¿Qué me va a decir?—. Re Records se esforzó mucho por ficharme, y estoy muy contenta de no haberlo hecho. Mi mánager estaba totalmente a favor de Re. Pero algo no me convencía, a pesar de ser el sello discográfico más grande de Norteamérica. ¿Y ahora con Gerry al mando? ¿Conoces a ese tipo?
—Espera, ¿Gerry Banks se ha hecho cargo de Re Records?
Vivian toma una cucharada del yogur que tiene delante y hace una mueca al probarlo. Luego vuelve a centrar su atención en mí.
—Sí. ¿Te lo puedes creer? Pensaba que solo se dedicaba a la gestión, pero al parecer no es así.
Gerry y yo trabajábamos juntos en el departamento de Artistas y Repertorio, en emg Records, hace mucho tiempo. Y cuando la empresa quebró, Gerry empezó a representar a artistas. Ha tenido bastante éxito.
—Es un tipo extraño —digo—. Antes trabajaba con él.
—¿Es tan despiadado como dicen?
No me gusta hablar mal de nadie, pero Gerry Banks es detestable. Es una de las pocas personas que he conocido a las que evitaría cruzando la calle, y eso es decir mucho. Hay muchas víboras en el mundo del entretenimiento.
—Los dos éramos muy jóvenes cuando estábamos en emg, pero él era… Nunca he podido demostrarlo, pero estoy convencido de que se fijaba en los artistas con los que yo estaba entablando relación y se abalanzaba sobre ellos y…
—¿Te los robaba? —pregunta ella, asintiendo—. No me sorprende. Ese tío es… No es buena persona.
—Desde luego, no me gustaba trabajar con él. Me ha invitado a algunos festivales de nuevos talentos desde entonces e incluso intentó concertar una reunión conmigo para hablar sobre un artista, pero he intentado evitar todo contacto. Nunca he querido tener nada que ver con él.
—Pero es difícil evitar a los malos en esta industria, ¿verdad? —pregunta ella.
—Creo que es lo mismo en cualquier industria en la que se puede ganar dinero y los recursos son escasos. No hay muchas estrellas de verdad, y hay mucha gente que quiere dar con ellas.
Hay mucha gente poco fiable en la industria musical, pero lo de Gerry es de otro nivel. Es corrupto hasta la médula. No solo me robó artistas, también difundió varios rumores sobre mí e intentó difamarme. No tengo ni idea de cómo ha acabado siendo el director de Re. No tiene sentido. Lleva mucho tiempo fuera de juego. Debía de haber mucha gente más cualificada. Tengo muchas ganas de dejar a Vivian e ir a investigar qué está pasando.
Por suerte para mí, Vivian quiere saber qué está pasando casi tanto como yo. Coge el teléfono y empieza a buscar información.
—Supongo que tienes razón —dice Vivian—. Creo que Gerry lo lleva todo a otro nivel. —Me muestra su teléfono.
Gerry tiene exactamente el mismo aspecto que la última vez que lo vi: elegante, arreglado, sonriente. Lucho contra el impulso de estremecerme.
—Bueno, siempre y cuando me deje en paz…
Mientras miro el teléfono de Vivian, recibe una llamada. En la pantalla aparece «Re Records». ¿Tiene su número guardado o ha salido automáticamente?
Mi mente comienza a acelerarse y señalo el teléfono con la cabeza.
—Parece que alguien te está llamando…
Vivian ve quién es y hace una mueca de disgusto.
—¿Por qué me llaman? ¿Y cómo demonios tienen mi número?
—Podrías contestar —le sugiero. La curiosidad será mi perdición, como la del gato.
Ella se encoge de hombros y acepta la llamada.
—¿Hola? ¿Quién es? —Escucha. El murmullo de alguien al otro lado de la línea rompe el silencio entre Vivian y yo—. No, lo siento, no me interesa, y, de todos modos, cualquier solicitud debe pasar por mi asistente o mi representante y… —Tenso la mandíbula. Están intentando ficharla. Típico. La interrumpen y se queda en silencio, escuchando lo que la otra persona tiene que decir. Me mira, pone los ojos en blanco y finalmente dice—: Está bien. —Luego cuelga—. Hablando del diablo… —masculla—. ¿Te puedes creer que era el puñetero Gerry Banks? —Se me revuelve el estómago y aprieto los puños. Menuda víbora—. No sé por qué ha decidido llamarme ni cómo leches ha conseguido mi número.
—¿Te ha dicho para qué llamaba? —En cuanto las palabras salen de mi boca, me siento como un idiota.
Los dos sabemos por qué la ha llamado: quiere llevarse a Vivian a Re. Tiene pelotas, hay que reconocerlo. Y me gustaría cortárselas si tengo la oportunidad.
—Ha dicho que iba a celebrar una cena para celebrar su nuevo trabajo y quería saber si yo quería asistir.
Pone una cara como si estuviera probando vinagre, y se lo agradezco. Quizás es cierto que lo odia, quizás no. A pesar de lo que dijo Juniper la otra noche, tengo expectativas muy claras en lo que respecta al talento: no necesariamente te dirán si están pensando en abandonar el barco. Dejan que sus representantes te den las malas noticias.
Inspiro hondo, tratando de mantener la calma. Lo que quiero hacer es darle golpes a algo o salir a correr. De repente, tengo un montón energía reprimida dentro de mí que necesita liberarse.
—Qué raro… —comento.
Quiero intentar averiguar cuál es exactamente el plan de Gerry. El hecho de que llame a Vivian, el mayor fichaje de Right Records, nada más empezar, me parece un acto de guerra. Y las guerras se ganan y se pierden no por ser uno el que tiene el arma más grande, sino por ser el más inteligente. Quiero saberlo todo sobre los puñeteros planes de Gerry Banks. Porque entonces estaré en mejor posición para defenderme.
—Quizás —dice ella—. Cuando firmé, estaba entre Re y Right Records. Probablemente se está preguntando si puede convencerme.
Sonrío.
—Estoy completamente seguro de que eso es lo que se está preguntando.
Vivian sostiene un croissant como si fuera un micrófono y le da un mordisco a una de las puntas.
—Bueno, que le den por culo. Es un capullo.
No digo «Podrías haber ignorado la llamada».
No digo «Podrías haber colgado en cuanto has sabido quién era».
No digo «Podrías haber dicho que no a la cena».
No he escuchado que rechazara la invitación. Lo último que ha dicho ha sido «Bien». Tenso la mandíbula. Podría haber sido: «Bien, lo pensaré», «Bien, asistiré», «Bien, envíale la invitación a mi representante».
Y solo Dios sabe qué incentivos le ha ofrecido Gerry para intentar salirse con la suya: «Vendrán los actores o actrices X, Y y Z, y les encantaría conocerte», o «Después habrá una proyección privada de una película o iremos a una exposición». Con su nuevo cargo, Gerry es ahora una de las personas más poderosas de la industria del entretenimiento. Hay muchas cosas que podría ofrecerle a Vivian y que podrían resultarle atractivas.
—¿Te puedes creer que estuviéramos hablando de él y justo entonces nos haya llamado? ¡Qué extraño!
—Estoy seguro de que está llamando a todos mis clientes. —Se me hace un nudo en el estómago al decirlo y aprieto los puños con fuerza.
Por supuesto que eso es lo que va a hacer. Si tenía razón y fue a por mí cuando estábamos en emg, es muy posible que ahora haga lo mismo. Quizás estoy siendo paranoico y ese tío se ha olvidado de que existo, pero algo me dice que está intentando dar en el blanco y que yo soy la diana.
Esto no podría haber pasado en peor momento. Debería regresar Nueva York, sentarme ante mi escritorio y ponerme al teléfono para enterarme de todos los rumores. O debería reunirme con mis artistas y con sus representantes. Pero estoy atrapado aquí. En Star Falls, Colorado. Y mi instinto me dice que Gerry Banks va a hacer todo lo posible por fastidiarme.
Juniper
Riley está charlando con Pat sobre el colegio, detrás del mostrador de la charcutería. Lo juro, nunca me cuenta nada de su vida. Eva, mi mejor amiga desde el instituto, está absorta en su teléfono mientras me sigue por los pasillos del supermercado. De camino al pueblo, al salir del colegio, Eva me ha llamado y me ha dicho que quería que nos pusiéramos al día. Le he contestado que tendría que ser mientras hacíamos la compra, porque tenía la despensa vacía.
—Voy a comprar verduras —le digo a Riley.
—Vale, mamá.
Eva me sigue como un perro viejo, sin dejar de mirar su teléfono. No estoy muy segura de qué quería hablar conmigo; quizás de la batería de su móvil.
—Ese tío es rico —dice Eva de repente.
—¿Qué tío? —pregunto.
—Tu novio —responde.
Frunzo el ceño.
—No tengo novio —digo—. ¿Qué estás mirando en el teléfono?
—Vi la química que había entre Fisher y tú la otra noche. Es imposible que las cosas acaben ahí. Solo tenemos que encontrar la manera de que os volváis a encontrar.
Pongo los ojos en blanco y me dirijo a la sección de verduras del supermercado. Eva está loca. No es ninguna novedad.
La venta de dieciocho obras de arte al Colorado me ha cambiado la vida. He guardado la mayor parte del dinero para la universidad de Riley, pero me he quedado con una parte para que me ayude con los gastos del día a día. Ahora, en lugar de tener que preocuparme por si puedo permitirme arroz y alubias cannellini esta semana, puedo elegir ingredientes saludables y nutritivos y saber que mi tarjeta no será rechazada cuando llegue a la caja.
También significa que puedo invitar a Riley a un paquete de Snoballs sin sentirme mal por ello. Veo un paquete de ese snack poco nutritivo en la estantería, lo echo al carrito y sonrío pensando en la cara que pondrá mi hija cuando vea que lo he comprado. Luego sigo buscando algo verde y con hojas para contrarrestar el azúcar y los químicos de los Snoballs cuando casi me tropiezo con Rosey.
—¡Hola, Juniper! —saluda.
