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La vida puede cambiar en un segundo, y Andrea lo sabe. Un día, un ataque de pánico la dejó paralizada en medio de una reunión del trabajo. Dieciocho meses después, se encuentra viviendo en un pequeño pueblo y la vida comienza a ser un poco más tranquila. Pero alguien la acosa. ¿Por qué a ella? ¿Se lo estará imaginando? Sus ataques de ansiedad se hacen más frecuentes mientras pelea contra las dudas de las personas del pueblo y las propias. ¿Podrá superarlo?
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Seitenzahl: 482
Veröffentlichungsjahr: 2021
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Vogel, María Soledad del Milagro
Ansiedad / María Soledad del Milagro Vogel. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2021.
384 p. ; 21 x 14 cm.
ISBN 978-987-708-846-5
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Novelas de Suspenso. I. Título.
CDD A863
Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.
Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.
La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.
Hecho el depósito que marca la Ley 11.723
Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2021. Vogel, María Soledad del Milagro
© 2021. Tinta Libre Ediciones
Agradecimientos
A mis padres, Lydia y Domingo, que me regalaron las primeras novelas que leí.
A mi hermana, Noelia, que creyó en mí y fue la primera en leer mi manuscrito.
A mi prima, Mara, que me dedicó tiempo para leer y corregir.
A todos ellos, mi especial agradecimiento porque de alguna manera han contribuido en esta novela.
ANSIEDAD
Soledad Astorga
Capítulo 1
La noche era hermosa para salir a caminar. Lo mejor de todo es que el lugar estaba prácticamente desierto. Andrea no entendía esa obsesión de la gente por participar de la feria del pueblo. Por supuesto que sabía lo que decían a sus espaldas, «es tan particular que ni siquiera le interesa compartir unos momentos con nosotros» y tenían razón. ¿Qué tienen de divertido esas fiestas? Jamás lo entendería.
Lo bueno de todo esto era la posibilidad de salir a caminar sin que nadie molestara. En un pueblo pequeño, este es un privilegio que no se puede disfrutar muy seguido. Todavía recordaba el momento en que tomó la decisión de ir a vivir allí. Su carrera iba en ascenso, sus jefes estaban muy contentos con su rendimiento. ¿Cómo no iban a estarlo?, vivía prácticamente para la empresa. Sin fines de semanas, sin feriados, sin vacaciones. ¿Por qué nunca se tomó vacaciones? ¿Acaso pensaba que sin ella la empresa se caería? Y un buen día, de la nada, un ataque de ansiedad la dejó paralizada sin saber qué hacer en medio de una importante reunión de trabajo.
—Andrea, estamos muy preocupados por ti —dijo su jefe más tarde—. Necesitas descansar, “desenchufarte” de todo esto.
Claro, “desenchufarte” de todo eso. Ahora que no rendía como antes en sus tareas, ahora sí, podía tener vacaciones. Nunca olvidaría la última frase.
—No podemos asegurarte el puesto. Nos entiendes, ¿verdad?
Por supuesto que entendía. Le dieron una indemnización. Se puso en contacto con su mejor amiga, Sofía, e invirtió todo su pequeño capital de acuerdo a la sugerencia de aquella.
También, por consejo de Sofía, fue a ver a una psicóloga. Le sugirió un cambio de aire, un lugar chico en donde pudiera descansar de la locura de la ciudad y superar los ataques de ansiedad que se estaban volviendo continuos… ¿Y cómo no los iba a tener seguido? Toda su vida había cambiado en cuestión de segundos. Ahora le daba miedo estar en una multitud, ella, que era la encargada de organizar grandes reuniones, de hablar con los representantes de firmas importantes, ahora no podía estar en la misma habitación con muchas personas.
En el pueblo que había elegido para descansar es muy poco lo que los vecinos no saben y si no lo saben, hacen todo lo posible por averiguarlo.
Es por eso que no iba a la feria, es por eso que no se acercaba a los negocios en las horas pico. Evitaba los lugares llenos de curiosos. A pesar de todo, notaba cómo iba mejorando a medida que pasaba el tiempo. Ya podía soportar reuniones con pocas personas sin llegar a sentir esa terrible desesperación que oprimía su pecho al principio.
La verdad es que el pueblo era hermoso. Desde su casa se podía observar el lago y las montañas. Había comprado la casa que se encontraba al final de la última calle, lo más alejado posible de todo. Estaba muy contenta con la ubicación. Todas las mañanas un coro de pájaros la despertaba y todas las noches salía a dar una vuelta por la orilla del lago antes de dormir. A diferencia de otras noches, hoy no había nadie que estuviera dando un paseo. Era un gran alivio.
La luna llena iluminaba el camino, lo cual era una suerte ya que no tenía que cargar con la linterna como noches anteriores. Era mucho mejor así.
Mientras regresaba a su casa, le pareció escuchar un sonido, casi como un grito apagado que provenía de los arbustos, a unos cien metros de donde se encontraba. ¡Qué raro! Pensó que todos estaban en la feria a esa hora. Muy despacio se acercó a investigar qué era eso.
Cuando estaba llegando, a unos treinta metros, vio que los arbustos se movían y nuevamente escuchó el ruido ahogado.
Muy lentamente se fue acercando y cuando estaba a pocos pasos, de entre los arbustos, salió corriendo una liebre.
—¡Por Dios! —gritó—. Me has dado un susto de muerte.
Viendo como la liebre se alejaba corriendo, decidió seguir con su paseo.
—¡Qué tonta! Era solo una liebre. Mi imaginación me está jugando malas pasadas.
Ya se estaba alejando, cuando de repente escuchó el mismo sonido que salía precisamente de los arbustos.
Preocupada, decidió acercarse a investigar. ¡Cuánto echaba de menos su linterna en este momento! Casi no se veía entre los arbustos.
Decidió mirar rápidamente. A medida que se acercaba los sonidos se iban haciendo cada vez más fuertes.
—Seguro que es otra liebre —se dijo— y yo acá temblando como una hoja. ¡Qué tonta me debo ver!
Por fin llegó a la altura de los arbustos. No se escuchaba nada ahora. ¿Y si mejor se iba? ¡No! Tenía que sacarse la duda o no podría dormir pensando en esto.
Muy despacio, comenzó a correr las ramas y alcanzó a ver una zapatilla tirada. ¡Muy raro! Se notaba que la zapatilla era prácticamente nueva. Seguro que alguno de esos perros de la vecina había encontrado la zapatilla y se había puesto a jugar.
Decidida a ser una buena samaritana, así los vecinos no la odiaban tanto, se acercó para tomar la zapatilla y devolverla a su dueño, si lo encontraba.
Se agachó, pero el arbusto era muy tupido y no le dejaba llegar hasta la zapatilla. Refunfuñando, corrió algunas ramas y se fue agachando lentamente.
—Eso es —se dijo—, un poco más y casi la tengo. A mí nada más se me ocurre hacer de buena samaritana, ¡como si me lo fueran a agradecer!
Mientras decía esto, una mano llena de sangre tomó con inusitada fuerza su muñeca cuando casi agarraba el cordón de la zapatilla.
—Ayúdeme —se escuchó.
El miedo la paralizó y de pronto desde el fondo de su garganta surgió un grito aterrador.
Capítulo 2
Martín era nuevo en la comisaría, solo dos meses habían pasado desde su primer día de trabajo. Y como en todo trabajo nuevo, había que pagar derecho de piso. Así que era el único que no había ido a la feria y se encontraba de turno.
Cuando entró a trabajar pensó que le asignarían tareas más interesantes. Lo más emocionante que había hecho hasta ahora fue bajar al gato de la señora Delia del árbol. Todavía guardaba arañazos en sus brazos, recuerdo de su aventura. Y justamente hoy tenía que hacer guardia, el único día que pasaba algo interesante en el pueblo.
En realidad, si tenía que ser honesto, no estaba muy seguro de querer arriesgar su vida si fuera necesario, pero lo había jurado cuando aceptó el puesto así que, en caso de que ocurriera algo, lo iba a cumplir. Esperaba que no fuera necesario.
¿Qué hora sería? Mirando el reloj de pared, se dio cuenta de que recién eran las once de la noche y que le quedaban, mínimo, unas nueve horas de guardia. Después de la fiesta se temía que ninguno de sus compañeros apareciese antes de las ocho de la mañana.
Eran tres en la comisaría. El más antiguo, Fabricio, era el comisario del pueblo. En segundo lugar, se encontraba Ismael, había entrado a la comisaría hacía unos cinco años. No era necesario más personal para proteger un pueblo tan chico como este en donde nunca pasaba nada. Todo el mundo conocía a todo el mundo. Cada vez que aparecía una cara nueva, no hacía falta investigar mucho. Se esperaba a que las señoras más grandes se ocuparan de averiguar todo y después uno se acercaba a charlar con ellas para ser informados con lujo de detalle acerca de todo lo que mereciera la pena saberse.
Todavía se acordaba el día en que su mamá, muy interesada por el señor Jorge, nuevo en el pueblo, se acercó a la casa de la señora Delia con la excusa de pedirle la receta del té que tomaba para la picazón de garganta. ¡Como si la señora Delia se lo fuera a creer! Pero le encantaba ser el centro de atención, la hizo pasar, le anotó la receta en un papelito y la invitó a tomar el té. Ese día su madre salió con más información que la que había pensado que conseguiría y se quedó sin ganas de seguir conociendo a Jorge. Según la señora Delia le había contado, se había mudado al pueblo después de pasar tres años preso por estafa.
—¡No quiero que mi hijo esté cerca de un estafador! —dijo y ahí se acabó todo.
Su madre no lo sabía, pero los viernes se juntaban varios a jugar a las cartas y entre ellos está Jorge. Habrá sido un estafador, pero a él le cae muy bien.
¿Qué hora será? Nuevamente miró el reloj y se dio cuenta de que solo habían pasado diez minutos.
—Esta noche se va a hacer eterna —dijo y suspiró resignado.
Justo en ese momento, vio venir corriendo a la señora más nueva del pueblo. ¿Cómo era su nombre? ¿Amelia? ¿Antonia? No, empezaba con A, pero no eran ninguno de esos su nombre… era ¡Andrea! Sí, Andrea, la que tiene trastorno de ansiedad. Venía de una ciudad grande y había comprado la casa que se encontraba al final del pueblo. ¿Qué le pasaría? Corría como si la persiguiera el diablo.
Entró a la comisaría como una loca, casi arrancó la puerta y sin respirar empezó a los gritos.
—¡Necesito ayuda! Hay una persona herida cerca del lago… por favor, venga rápido.
—Tranquila, señora —espetó Martín.
—¿Tranquila? —gritó—. Te estoy diciendo que hay una persona herida y lo único que se te ocurre es decirme ¡tranquila!
—Necesito que se tranquilice y me explique qué le pasa.
—¡Ay, Dios! ¿Cómo quieres que te lo explique? ¡Hay una persona herida cerca del lago! —Andrea pensó que justo hoy le tocaba estar de guardia al más lento del pueblo. ¿Era tan difícil entender que necesitaba ayuda urgente? Gracias al último grito que pegó, parece que se había dado cuenta de la urgencia y sugirió ir a buscar al comisario que, por supuesto, estaba en la feria del pueblo.
—Señora, por favor, quédese sentada aquí mientras busco al comisario.
«Justo hoy que estoy solo», pensó Martín, «me toca lidiar con la loca del pueblo. Mejor que se haga cargo del problema el comisario». Así que se dirigió a la feria en busca de Fabricio.
La feria se organizaba en la plaza principal, a dos cuadras de la comisaría, así que en poco tiempo ya estaba buscándolo entre la multitud. En realidad, no era difícil encontrarlo, ya que tenía uno de los puestos más importantes del pueblo y siempre estaba rodeado de mujeres intentando cazarlo. Pensó, con envidia, que a él le encantaría ser el centro de atención, pero a Fabricio le molestaba mucho que lo siguieran por todas partes. Aparte de ser el comisario, solo tenía treinta y nueve años, así que era, sin lugar a dudas, el soltero más codiciado del pueblo.
En el escenario que se había armado en el centro de la plaza, se encontraba la banda compuesta por cinco integrantes. Ninguno tenía menos de setenta años, pero eso no se notaba cuando estaban tocando. Era envidiable la energía que demostraban. El comisario se encontraba a un costado, apoyado en un árbol, como si tuviera necesidad de cubrirse las espaldas.
Apenas logró captar la atención de Fabricio, este se disculpó con sus seguidoras y se acercó hasta donde se encontraba Martín.
—¿Qué haces aquí? Deberías estar en la comisaría por si pasa algo.
—Justamente, algo pasó —le dijo—. ¿Se acuerda de la señora nueva? Esa que tiene trastorno de ansiedad.
—Sí, me acuerdo.
—Bueno, llegó a la comisaría corriendo como si la persiguiera el diablo y dice que hay alguien muerto en el lago.
—¿Y qué hiciste?
—Lo vine a buscar a usted.
—¿Cómo? —casi gritó. Este chico lo exasperaba. No era consciente de la importancia del cargo que se le había asignado y estaba seguro de que ya estaba soñando con ser el futuro comisario—. ¿No fuiste a ver qué pasaba?
—Yo pensé que era mejor venir a buscarlo. Como esta señora no está muy cuerda.
Por supuesto, siempre buscaba esquivar cualquier cosa que implicara una responsabilidad. Todavía le tenía paciencia porque el período que tenía en el cargo era muy corto, pero no sabía por cuánto tiempo lo iba a soportar.
—¿Dónde está la señora ahora?
—En la comisaría.
—Vamos, no perdamos más tiempo del que ya perdimos.
Y sin decir nada más salió para la comisaría. Martín se quedó mal… ¿debería haber tomado en serio lo que le había dicho Andrea? A lo mejor, se debería haber acercado al lago para investigar antes de buscar al comisario. Pero bueno, a lo hecho pecho. Ahora tenía que dejar de divagar y alcanzar a Fabricio que, con sus largas zancadas, le había sacado una buena ventaja. El comisario con su metro noventa avanzaba mucho más rápido que él, que llegaba solo al metro setenta de estatura.
Martín tuvo que correr prácticamente los últimos metros para llegar a la comisaría al mismo tiempo que Fabricio. Cuando entraron, Andrea seguía sentada en la misma silla en que la había dejado, pero lloraba desconsoladamente y parecía que no podía respirar. Se mecía mientras se abrazaba a sí misma como si tuviera mucho frío.
Fabricio se acercó lentamente, se puso en cuclillas delante de ella y con una voz muy suave comenzó a tranquilizarla. No fue tarea fácil, pero luego de unos minutos comenzó a respirar normalmente y se calmó su llanto.
—Soy el comisario Fabricio, aquí mi ayudante me dijo que usted vio un cuerpo cerca del lago.
—Sí… Me agarró la mano y me pidió ayuda —balbuceó.
En ese momento Fabricio se dio vuelta bruscamente a mirar a Martín.
—¿Herido? ¿No me dijiste que estaba muerto?
—No… No lo… recuerdo… bien —dijo Martín tartamudeando.
—¿No lo recuerdas? —Con un fuerte suspiro se giró y le prestó toda su atención a Andrea nuevamente.
—Bien, señora, ¿se cree capaz de acompañarme para que me indique el lugar exacto?
—Sí.
—Muy bien, déjeme buscar una linterna y salimos.
Fue en busca de una linterna y un abrigo ya que cerca del lago la temperatura siempre era menor y la noche era bastante fría.
Con la linterna en la mano, Fabricio fue a buscar a Andrea que, gracias a Dios, había dejado de llorar, pero que no se había movido ni un centímetro del lugar en donde estaba.
—¿Vamos, señora? —Andrea se levantó lentamente y se acercó a la puerta justo cuando el comisario tomaba las llaves de la patrulla y se acercaba a ella.
—Dijo que era cerca del lago, ¿puede indicarme aproximadamente el lugar así me resulta más fácil llegar?
—¡Por supuesto! —dijo, ya un poco recuperada de su ataque de ansiedad. No quería que la tomaran por una tonta que no era capaz de recordar el lugar donde encontró una persona herida.
—A unos cien metros de mi casa, yendo por el camino que bordea el lago. Justo en un arbusto lo encontré.
—Perfecto, vamos entonces.
En la patrulla fueron necesarios pocos minutos para llegar al lugar indicado, le entregó una linterna que llevaba en la guantera del auto a Andrea y fueron en busca del arbusto. Lo encontraron rápidamente, por suerte el susto no le había nublado el juicio y era cierto que se acordaba del lugar. Se acercaron y, al apartar una rama, lo único que vieron fue una zapatilla relativamente nueva. Ningún rastro de alguna persona herida.
—¿Está segura de que este es el lugar, señora?
—¡Por supuesto! Yo me había agachado a buscar esa zapatilla cuando una mano me agarro de la muñeca.
—Está bien, voy a inspeccionar un poco los alrededores por las dudas durante el tiempo que pasó se haya movido.
Pero, por más que buscaron por los alrededores no encontraron nada. A medida que pasaba el tiempo y nada aparecía, Andrea comenzó a desesperarse, el ataque de ansiedad que tuvo en la comisaría había pasado, pero notaba cómo nuevamente se ponía tensa. ¡Estaba segura de lo que había visto! ¿Cómo podía ser que hubiese desaparecido de esa manera?
—Señora, la voy a acompañar a su casa ahora. Tome algo para tranquilizarse y trate de dormir un poco.
—¡No me cree! ¿Verdad? Yo sé lo que vi.
—Sí le creo, pero con esta oscuridad no podemos seguir buscando. Es obvio que quien fuera, si estaba herido, consiguió ayuda antes de que llegáramos nosotros. Mañana me voy a poner a investigar para saber si hay algún herido que fuera auxiliado esta noche.
No muy convencida, pero sabiendo que no podía hacer nada más, dejó que el comisario la acompañara hasta su casa. En realidad, el trayecto era muy corto, no más de cien metros, los cuales recorrieron en la patrulla. Cuando llegaron, el comisario la acompañó hasta la puerta y esperó a que ella entrara y desactivara la alarma.
—Ahora descanse, apenas tenga novedades le informaré.
—Gracias, comisario, buenas noches.
—Buenas noches.
Y se quedó sola, con la sensación de que su imaginación le podría haber jugado una mala pasada y no sería la primera vez.
Capítulo 3
Fabricio había quedado preocupado. Sabía la historia de Andrea ¡de muy buena fuente! La señora Delia era capaz de averiguar todo en muy poco tiempo y, según sus propias palabras, «era su deber cívico informar al comisario acerca de sus averiguaciones». Es así que cuando por fin se vendió la casa más alejada del pueblo, quiso acercarse a dar su regalo de bienvenida, que siempre consistía en frascos de mermelada casera, y se encontró con que la dueña de la casa era sumamente amable, pero no la invitó a entrar.
No pudo evitar sonreír al recordar el momento en que Delia le decía, indignada, que no la habían dejado entrar. Pero eso no la detuvo, puso en funcionamiento todas sus armas, llamó por teléfono a todos sus conocidos. Averiguó con el dueño de la inmobiliaria —casi tan chismoso como ella— los datos más importantes y con eso arrancó la investigación.
Como detective era infalible, demoró una semana, pero consiguió todos los datos y volvió a la comisaría para informarlos. Se llamaba Andrea Alejandra Fonseca, tenía treinta y cinco años, había estudiado administración de empresas, se había graduado con excelentes notas, trabajó en una empresa pequeña durante seis años y finalmente había entrado a trabajar en una empresa de renombre hacía tres. Dieciocho meses atrás, sufrió el primer ataque de ansiedad, la habían despedido de su trabajo y su psicóloga le sugirió que fuera a vivir a un pueblo ya que esto era bueno para su salud.
En ese momento se había quedado pensando en la información que le había comentado Delia, un poco impresionado de la cantidad y calidad, debía reconocer.
Ya no iba a volver a la feria, mejor era ir al hospital y averiguar si se había presentado alguna persona herida o si habían recibido algún llamado de emergencia. ¿Quién se encontraba de guardia en el nosocomio del pueblo? Esperaba que fuera Antonio, él siempre era práctico a la hora de dar información, si algo se podía decir con pocas palabras, para qué perder tiempo en explicaciones más largas. Esa noche necesitaba que le dieran respuestas rápidas.
Una vez llegó al hospital, se encontró con que estaban trabajando con la guardia mínima. En un pueblo eso quería decir un médico y una enfermera. Tampoco es que tuvieran tanto personal. Había en total tres médicos y cinco enfermeras. Por suerte apenas entró se encontró con Antonio, esto iba a ser rápido.
—Buenas noches, doctor, ¿cómo está?
Antonio se quitó sus lentes de lectura, miró a Fabricio y le sonrió.
—Buenas noches, por suerte está todo tranquilo. Me estoy poniendo al día con mi lectura. —Antonio siempre tenía un libro nuevo para leer, su consultorio tenía una hermosa biblioteca en la que nunca había espacio libre, no se sabía cómo, cada vez que conseguía un libro nuevo, él encontraba una forma de ubicarlo.
—Me alegro.
—Pensé que estarías en la feria, ¿qué te trae por aquí? ¿Acaso hubo algún accidente y nos necesitan?
—En realidad, una señora llegó a la comisaría y nos dijo que vio una persona herida cerca del lago. Cuando me acerqué a ver, no había nada y supuse que quizás alguien lo había encontrado y traído al hospital.
—No, en toda la noche no ha ingresado nadie. Te lo puedo asegurar porque estoy en la recepción desde las ocho.
—Bueno, le agradecería que si tuviese alguna novedad, se pusiese en contacto conmigo.
—Por supuesto. Buenas noches.
—Buenas noches.
Y sin esperar un segundo se volvió a colocar los lentes y prosiguió con su lectura.
Al encaminarse para la salida se cruzó con la enfermera, Julia, una de las encargadas de mantener informada a Delia en todo momento.
—¿Cómo le va comisario? ¿Qué lo alejó de la feria a esta hora?
—Un posible herido. Pero acabo de hablar con Antonio y me dijo que no hubo movimiento en toda la noche.
—Es cierto, no ha pasado nada. ¿Y cómo es eso del posible herido?
—En realidad, una señora se acercó a la comisaría a informar de una persona herida, pero cuando llegué al lugar no había nadie.
—¡Qué raro! Pero ¿no estaba Martín de guardia?
—Sí, pero me fue a buscar a mí para que lo resolviera.
—Ese chico no es capaz de hacerse cargo nunca de nada. La verdad comisario, es que no sé por qué lo contrataron. No le va a traer más que dolor de cabeza… acuérdese de lo que digo. Su madre anda por todo el pueblo pavoneándose por el cargo de su hijo, parece ser la única que no se da cuenta de que es un inútil.
—En realidad, Martín es bueno, solo le falta un poco de experiencia.
—Ya. Ahora cuente, ¿quién es la señora? ¿Es la nueva?
Fabricio pensó que a partir de ese momento debía cerrar la boca para no facilitarle la tarea a Delia y que información importante se propagara por el pueblo antes de que pudiera volver al lugar en donde supuestamente estaba el herido. Así que rodeándola y alejándose de ella le dijo por sobre el hombro.
—Julia, sabes que no puedo comentar esa información. Buenas noches.
—Buenas noches, comisario —dijo y agregó por lo bajo—: Usted no sabe que, de todas formas, nos vamos a enterar.
Fabricio salió al estacionamiento del hospital y se preguntó qué más podía hacer a esta hora. Por cierto, ¿qué hora era? Miró su reloj y descubrió que ya era la una de la mañana. En fin, mejor ir a descansar un poco. Mañana iba a volver al lago para revisar detenidamente la zona alrededor del arbusto. Si había habido una persona herida y según Andrea su mano estaba llena de sangre, aunque sea una gota debía encontrar en alguna parte.
A pesar de todo el tema del trastorno de ansiedad, él le creía. Cuando insinuó que a lo mejor no recordaba el lugar exacto en donde había visto al herido, pudo ver un brillo de furia en sus ojos. No sabía qué le había pasado en su vida, pero podía asegurar que esa mujer tenía agallas y dudaba mucho que se hubiera imaginado algo.
Se subió a la patrulla y se fue directo a su casa a dormir un poco.
Capítulo 4
Las cosas no podrían haber salido mejor. En otra época Andrea no hubiera salido corriendo a buscar ayuda, habría permanecido en el lugar, sacado su celular, llamado a emergencias y después limpiado la zona para que tuvieran un fácil acceso los médicos. «La señorita perfecta siempre se encargaba de todo». Pero ahora no, ahora no estaba bien, no confiaba en sus capacidades. Odiaba los celulares porque la hacían alterarse fácilmente desde que tuvo el primer ataque de ansiedad. Había contado con eso. En realidad, cruzó los dedos todo el tiempo, rogando que no fuera a la feria, rogando que diera su paseo nocturno, rogando que escuchara el sonido ahogado que hizo para llamar su atención, rogando para que se acercara, aunque fuera un poco, a investigar. Fueron muchos ruegos.
Ya estaba cansándose de estar con manchas de sangre en todas partes cuando por fin escuchó el ruido de pisadas. Mirando por el rabillo del ojo vio que era Andrea y comenzó con la actuación.
Necesitaba que se acercara, que viera la sangre. Esa zapatilla que estaba en el arbusto había sido de gran ayuda, inesperada, pero ayuda al fin. Si no se hubiera agachado para buscarla, no podría haberle agarrado la muñeca. La había escuchado refunfuñar algo sobre un buen samaritano o algo así, la verdad es que no la entendió.
Pero se agachó. ¡Qué buen susto se pegó! El grito que emitió fue aterrador, casi se tapa los oídos, pero por suerte reaccionó a tiempo y se quedó en la misma posición.
Podía no estar bien de la cabeza, pero ¡sí que corría rápido!
Estuvo esperando para verla volver con el comisario. Que difícil fue contener la risa mientras buscaban infructuosamente entre los arbustos. Sus ojos demostraban la duda. ¡Perfecto! Tenía que pagar todo lo que había hecho. El plan había comenzado y mucho mejor de lo que esperaba.
Capítulo 5
Andrea no podía dormir, todavía seguía repasando todo lo sucedido esa noche. No había sido una alucinación. Estaba segura de lo que había visto.
No fue de mucha ayuda que cuando llegara el comisario ella se encontrara en medio de un ataque, pero ese chiquito irrespetuoso no dejaba de repetir “¡tranquila!”. Claro, tranquila. Además del susto de muerte que se había pegado, se topa con un ayudante que no debía de tener más de un mes en el cargo. Porque no se acordaba de haberlo visto antes dando vueltas por las calles del pueblo, pero las pocas veces que se percató de él no le había parecido una persona muy compenetrada con su trabajo. Ahora ella se había convertido en una persona antisocial, ya no aguantaba las multitudes, pero el observar y aprender las costumbres de otros, lo que era fundamental en su puesto de trabajo, eso, eso no lo había perdido.
Todavía recordaba cuando en sus inicios se encontró con Silvana, treinta años mayor y con mucha experiencia en su trabajo. Ella, en cambio, se había recibido un mes antes, tenía muchos conocimientos teóricos, pero de práctica no sabía nada. Apenas entró a trabajar, Silvana la solicitó como su ayudante y se encargó de enseñarle todo lo que sabía.
—Tienes mucho potencial —le dijo un día—. Me haces acordar a mí a tu edad.
Desde ese momento fueron inseparables. En realidad, era muy fácil trabajar con ella cuando se aprendía a detectar cuál era su humor. Si estaba enojada por algo que no había salido bien o se había retrasado, era mejor no dirigirle la palabra y traerle su taza favorita al tope de café con dos cucharadas de azúcar. Una vez que lo había tomado, volvía a comportarse como una persona normal.
—Aprende a mirar a la gente más allá de su exterior —le decía algunas veces—. Hay pequeños detalles en su forma de hablar, de moverse, de pararse que te dan pistas acerca de su personalidad. Todo eso es importante a la hora de tratar con ellos.
Para ella se había convertido en un juego señalarle una persona y que Andrea la estudiara. Después comparaban impresiones. Una vez que había decidido la mejor forma de abordarlo se acercaban y verificaban si sus impresiones habían sido acertadas. Al principio siempre ganaba Silvana, pero con el tiempo ella se fue volviendo buena en leer a la gente.
Cuando Silvana se jubiló, ella se postuló para un puesto en una de las empresas más grandes. Se dedicó a estudiar a los integrantes de la junta directiva durante dos semanas. Buscó información de ellos en la página web de la empresa. Todos ellos aparecían con fotos y una aclaración del puesto que tenían. Una vez memorizados sus nombres y cargos, se sentó en la plaza que estaba justo al frente del edificio durante su horario de almuerzo y a la salida del trabajo para estudiarlos. Anotaba todo, la forma en la que caminaban, cómo hablaban con la gente a su alrededor, incluso llegó a pasar por la vereda mientras salían para escuchar sus voces.
Armada con toda la información que había recabado, se preparó para la entrevista. Sabía que una parte de la selección siempre era llevada a cabo por la junta directiva y quería impresionarlos.
Cuando, después de dos semanas, finalmente la llamaron estaba más que preparada para su entrevista. Se vistió pensando en las mujeres de la junta que había visto esas semanas. Un traje de color azul con una blusa blanca, zapatos de tacón al tono y una cartera que también combinaba. Recogió su pelo negro, siempre largo, en una cola de caballo. Se maquilló cuidadosamente, quería resaltar sus ojos verdes, pero sin exagerar la cantidad de sombra. Se puso un protector labial sin color, unos aros sencillos, una pulsera y su reloj. Se había mirado al espejo y lo que vio le gustó.
Llena de confianza después de todo el trabajo que se había tomado en investigar a sus posibles empleadores, salió de su casa.
Cuando llegó a la empresa se encontró con que había otras quince personas esperando ser entrevistadas para el mismo puesto. Un poco de competencia era bueno, su confianza no decayó en ningún momento.
—Buen día —dijo a la secretaria que se encontraba tecleando en la computadora.
—Buen día —dijo esta sin siquiera levantar la vista para mirarla—. ¿En qué la puedo ayudar?
—Soy Andrea Fonseca, tengo una entrevista.
—Siéntese con los demás por favor. Será informada cuando le toque su turno.
Vaya amabilidad, ni siquiera la miró un momento y siguió trabajando como si ella no hubiera aparecido nunca. «Los de recursos humanos definitivamente deberían aprender a seleccionar mejor las secretarias», pensó en ese momento. Tiempo después se enteró de que era hija de un inversionista importante que, desesperado porque su hija no conseguía trabajo, decidió cobrarse un par de favores que la junta le debía.
Fue a sentarse a la única silla vacía que había en la habitación. Comenzó a mirar disimuladamente a la competencia. Diez hombres y cuatro mujeres. A su lado se encontraba sentada una mujer que hacía que ella con su metro sesenta se sintiera muy baja ¿cuánto mediría? Su nombre era Sofía y terminó siendo su mejor amiga en la empresa.
Estuvo casi dos horas esperando su turno. Eso era muy malo, cuando tuviera su oportunidad todos iban a estar cansados. Debería haber llegado más temprano.
Cuando por fin la secretaria la llamó ya no se encontraba tan confiada como cuando había salido de su casa. Se levantó, respiró hondo y se recordó que se había preparado para esto.
Ingresó a la habitación y se encontró con cinco caras que la miraban fijo, pero que ella conocía. Sabía que el que se encontraba a la derecha era padre de dos niños, gemelos, y que solía estar cansado. Le gustaba que no complicaran las cosas. A su lado, estaba una mujer hermosa de unos cuarenta años, soltera, dinámica, que en la hora del almuerzo salía a comprar comida vegetariana. En el medio, el fundador de la empresa, un hombre de unos sesenta y cinco años, abuelo, todavía locamente enamorado de su esposa. Lo había escuchado llamarla por teléfono avisándole que estaba saliendo del trabajo. Siempre preguntaba si necesitaba que le comprara algo. A continuación, un hombre de cincuenta años aproximadamente, engañaba a su esposa con su secretaria. Esto lo había descubierto por pura casualidad. Por último, pero no menos importante, una mujer de unos treinta y cinco años, dinámica, nuera del fundador de la empresa.
El reconocimiento de los integrantes de la junta le llevó unos segundos nada más. Se plantó una sonrisa en la cara, cuadró lo hombros y se presentó. En este momento no recordaba bien cómo fue la entrevista, pero sabía que había dicho lo correcto por la forma en que la miraron.
Ese día había salido confiada en que el puesto era suyo y no se equivocó. Cuando la llamaron para informarle que debía presentarse, se llevó una sorpresa al encontrarse con Sofía de nuevo.
—Hola, soy Andrea Fonseca. ¿A ti también te han llamado?
—Hola, sí, a mí me llamaron ¿a vos también? Qué raro… ¨Por cierto soy Sofía Arnau.
La secretaria las recibió, de nuevo sin mirarlas, y les pidió que tomaran asiento, que en un momento las iban a llamar.
Cuando las hicieron pasar, en la habitación solo estaba el fundador de la empresa, Enrique Ferrec, que luego de saludarlas les pidió amablemente que tomaran asiento.
—¿Desean tomar algo? —preguntó.
Estaba tan nerviosa que no se creía capaz de tomar ni un café. Sofía parecía estar en las mismas condiciones. Rechazó el ofrecimiento y se quedó quieta esperando que les explicaran qué estaba pasando.
—Muy bien, señoritas, las mandé a llamar a las dos porque me impresionaron ambas por igual. Si bien cada una tiene una personalidad muy marcada creo, y espero que realmente sea así, que si las pongo a trabajar juntas podemos obtener grandes resultados.
Andrea se quedó muda, había pensado que el puesto era para ella sola. Si bien había trabajado por mucho tiempo con Silvana, trabajar en grupo no era su idea de avanzar con su carrera. Iba a tener que consensuar sus decisiones con una persona que no conocía. Por el rabillo del ojo miró a Sofía y pudo ver que ella estaba pensando lo mismo. Pero no se podía dar el lujo de perder esta oportunidad.
—Por mí no hay ningún problema. —Casi se atragantó al decir eso.
—Por mí, tampoco —dijo Sofía.
—¡Perfecto! Muy bien, ahora mi secretaria les va a indicar cómo hacer los trámites en recursos humanos. Espero que estén listas para empezar lo antes posible.
Los primeros tiempos trabajando con Sofía fueron difíciles, pero después comenzó a entenderla y empezaron a trabajar en equipo. Con el tiempo se habían hecho grandes amigas.
¿A qué iba con todas estas divagaciones? ¡Sí! Ya se acordaba, era muy buena leyendo a la gente. Por suerte sus ataques de ansiedad no le habían sacado eso también.
Estaba segura de que el comisario, a pesar de vivir rodeado de mujeres, se tomaba en serio su trabajo. Lo había visto hacer sus recorridos por todo el pueblo, ya sea a pie o en patrulla. Todos en el pueblo le tenían un gran aprecio y lo respetaban. Estaba segura que este dudó de ella por un momento, pero, a pesar de todo, hizo su trabajo.
Esperaba con ansias que la persona que encontró herida hubiera sido auxiliada por alguien más. Mañana se acercaría al hospital para preguntar si se había presentado alguien con un herido.
Ya más tranquila, después de tomar un té de tilo y teniendo un objetivo para el día siguiente se fue a tratar de dormir un rato.
Capítulo 6
A las seis de la mañana, Andrea se despertó. En realidad, se asombró de haber podido dormir un par de horas.
Se bañó, se vistió con unos jeans, una remera holgada y zapatillas. Pensaba ir caminando hasta el hospital para preguntar si habían ingresado algún herido.
Se preparó el desayuno como todas las mañanas. Un par de tostadas con queso descremado y un café negro con una cucharada de azúcar.
Una vez que terminó de desayunar, lavó y secó todo. Luego fue a la habitación y ordenó. Sabía que cualquiera que la viera le diría que tenía una obsesión por la limpieza, pero le molestaba mucho llegar y encontrarse una pila de platos para lavar o la cama por tender, además ¡no le hacía daño a nadie! ¿Por qué será que a la gente le gusta opinar sobre todo?
Cerró todas las ventanas y puertas cuidadosamente, conectó la alarma y salió al jardín. Recién asomaban los primeros rayos de sol; el día prometía ser agradable. Con entusiasmo se encaminó al hospital que se encontraba a unas treinta cuadras de su casa.
El paseo fue breve. No se cruzó con nadie en el camino. Normalmente un sábado por la mañana a esa hora solía encontrarse con personas que iban lentamente a abrir sus negocios, pero como la noche anterior la feria terminó tarde, hoy el horario de apertura se iba a ver modificado.
Cuando llegó a la guardia del hospital, se encontró con un hombre que estaba muy concentrado leyendo un libro. Apenas se acercó al mostrador, este se quitó los lentes de lectura.
—Buenos días, ¿en qué la puedo ayudar?
—Buenos días, en realidad venía a hacer una consulta. ¿Anoche ingresó algún herido?
—Usted es la señora que reportó el herido, el comisario anoche se acercó preguntando y le dije que no había ingresado nadie hasta el momento.
—¿Y después?
—No, señora, yo estuve de guardia toda la noche y no ingresó nadie.
—Muchas gracias y disculpe las molestias.
—No ha sido ninguna molestia. Que tenga un buen día.
Y sin esperar más, se volvió a colocar los lentes y prosiguió con su lectura.
Bueno, se había sacado la duda y había averiguado algo más: el comisario le creía. De otra forma no se hubiera acercado al hospital para verificar.
Una vez en la vereda, se paró un momento a pensar qué debía hacer a continuación ¿ir a la comisaría? Si estaba de nuevo ese chiquito irrespetuoso, lo iba a estrangular. Mejor ir al lugar en donde encontró al herido para ver si podía ver algo a la luz del día que se le hubiera pasado anoche. Sí, mejor se acercaba al lago para ver si encontraba algo entre los arbustos.
Se encaminó lentamente para el lago, ya casi eran las ocho de la mañana y la calle permanecía tan desierta como cuando había salido de su casa rumbo al hospital.
Una vez que llegó, se fue acercando lentamente al arbusto, buscando cualquier cosa que fuera anormal en los alrededores. Una gota de sangre, una huella, un pedacito de tela, lo que sea, con tal de saber que no había alucinado. Ahora que comenzó a mejorar no quería recaer.
Cubrió un diámetro de dos metros alrededor del arbusto caminando lentamente. Nada. Nada de nada.
Se acercó al arbusto desde el mismo ángulo en el que lo había hecho la noche anterior. Vio la zapatilla en la misma posición. Como le había parecido anoche, era nueva. Otra vez, rezongando, se agachó lentamente para tratar de verla desde más cerca y ¡por fin! vio una mancha de color rojo a unos centímetros. Pero el rojo tenía algo raro. Si la sangre hubiera estado expuesta al aire todas esas horas no podría tener ese color rojo brillante. Algo no estaba bien en todo esto. Debería tomar una muestra para verla desde más cerca, pero ¿con qué?
Ya se estaba por levantar para buscar algo con qué recoger un poco del líquido rojo cuando a sus espaldas escuchó una voz grave que decía:
—¿Se puede saber qué está haciendo?
Fabricio había podido dormir muy poco después de que volvió del hospital, no dejaba de pensar en volver al lugar para verificar si encontraba algo entre los arbustos o sus alrededores que le indicara qué había pasado la noche anterior ahí.
A las seis de la mañana se duchó, se puso el uniforme, preparó el desayuno y en la patrulla se acercó al lago para verificar. No valía la pena pasar nuevamente por el hospital, Antonio le había prometido que le iba a avisar si algún herido ingresaba y él siempre cumplía su palabra.
Cuando llegó a unos metros del lugar, comenzó a buscar indicios de que hubiera habido alguna persona herida por la zona. Verificó huellas de neumáticos; si realmente alguien habría estado herido y no lo habían llevado al hospital, podía ser que alguien en automóvil lo llevara al pueblo más cercano. Allá tenían un hospital mucho mejor equipado. Se propuso llamarlos luego para consultar si habían recibido a alguien en las últimas horas.
Eso le recordaba también indagar a Andrea. En el frenesí del momento quedaron muchas preguntas por responder.
Finalizada la inspección de los alrededores, sin encontrar nada relevante, se acercó al arbusto. Vio la zapatilla que ella había indicado y una mancha roja a unos centímetros de la misma. ¿Sería sangre?
Fue al patrullero a buscar unos guantes y bolsas para evidencias. Pensaba llevarse la zapatilla y tomar una muestra de la mancha roja. El patrullero permanecía a cierta distancia para que nadie lo viera. En este pueblo había que tener mucho cuidado para que la información no llegara a Delia tan rápido.
Por supuesto sabía que en el transcurso de la mañana iba a ser informada acerca del incidente, si es que no lo sabía ya. Retiró del baúl del patrullero la caja con todo el material necesario para tomar muestras, adquirido un par de años atrás cuando un acosador quedó libre porque él no tomó los recaudos necesarios al momento de recoger las muestras. No le iba a volver a pasar.
Cuando le faltaban unos metros para llegar al arbusto, vio a una persona agachada rebuscando soniaen el mismo. Solo le podía ver las piernas, pero creía saber de quién se trataba. Se acercó tratando de no hacer ningún ruido y cuando estaba a tan solo medio metro dijo:
—¿Se puede saber qué está haciendo?
El corazón de Andrea saltó por el susto; por suerte no gritó como la noche anterior. Bruscamente se dio vuelta y se encontró mirando directamente al pecho de un hombre. Por el color de la camisa y la altura, se temió que tuviera delante del comisario.
Lentamente levantó la cabeza y se encontró con unos ojos marrones que la miraban fijamente y que esperaban una respuesta.
—Vuelvo a preguntar, ¿qué está haciendo? —En ningún momento levantó la voz, pero se notaba que no estaba muy contento de encontrarla fisgoneando en el lugar.
—En realidad, se me ocurrió que podía venir a ver si encontraba algo.
—Señora, usted no debería estar aquí. Podría contaminar cualquier evidencia que encontráramos en la zona.
—En realidad, acabo de encontrar una mancha roja cerca de la zapatilla —dijo ufana, como para que quedara claro que ella no iba a arruinar nada.
—¿Sí? Yo también la había visto —dijo—. ¿Qué pensaba hacer con eso? ¿Buscarme para informar acerca de esto?
Andrea se dio cuenta de que la había pescado. Casi podía leer en sus ojos el desafío. Estaba esperando a ver si le mentía al respecto porque, estaba segura, él sabía que no iba a ir a buscarlo. Dudó durante unos segundos entre mentir y decir la verdad. Después se acordó de que él le había creído, había averiguado en el hospital y estaba ahí buscando pistas. Le creía. Parecía una persona que le daba mucha importancia a la sinceridad, sabía sin lugar a dudas que, si mentía, no volvería a confiar en ella.
—Pensaba buscar algo con que recoger la muestra —dijo un poco avergonzada.
—Me parecía. En adelante le voy a pedir que confíe un poco más en mí. Ahora, por favor, retírese un poco para poder terminar con mi trabajo.
—Lo dejo trabajar tranquilo, yo me voy a mi casa.
—No se vaya. Debo hacerle un par de preguntas.
—¿Preguntas? —El pánico asomó a su voz. Esperaba que el comisario no lo hubiera notado, pero la manera en la que la miró le dijo que sí.
—No se preocupe, son solo unas preguntas de rutina. Si aguarda un momento, vamos en la patrulla a la comisaría.
—Está bien.
Se retiró un poco de la zona en la que estaba trabajando el comisario y vio cómo se ponía unos guantes, tomaba una bolsa de evidencias e introducía cuidadosamente la zapatilla. Luego, con algo que parecía un hisopo, tomó una muestra del líquido rojo y lo guardó en otra bolsa. Las selló y etiquetó debidamente. Algo más que agregar a lo que ya sabía del comisario. Era muy meticuloso en su trabajo, lo cual le dio un poco de tranquilidad.
Una vez que terminó de recoger todo, dio otra vuelta alrededor del arbusto y, al comprobar que no había nada raro, se quitó los guantes, tomó sus cosas y se acercó a ella.
—Bueno, creo que no he omitido nada. ¿Está satisfecha con mi trabajo? —Una sonrisa se dibujó en sus labios. Supo que quería bromear porque la había visto ponerse nerviosa. En otro momento, tal vez, no se lo hubiera tomado con humor, pero el comisario estaba haciendo todo lo posible porque se sintiera mejor. Así que le siguió el juego.
—Parece que sí. Voy a darle un buen puntaje en búsqueda de pistas.
Fabricio se rio y con una seña la invitó a precederlo a la patrulla. Justo en ese momento se dio cuenta de que no estaba a la vista.
—¿Dónde dejó la patrulla?
—Detrás de esos árboles. La idea era que no se viera a simple vista.
—¿Por qué? —Ella estaba girada hacia él y captó la mirada que le dirigió, casi como si dijera que no tenía por qué contestar a esa pregunta, así que añadió apresuradamente—. Si es que se puede saber, si no, no hay problema.
—En realidad, sí lo puede saber. Es más, lo más probable es que ya lo sufra en carne propia —suspiró antes de continuar—, este es un pueblo chico y hay un par de señoras, una en particular, que se dedican a trabajar de detectives. Creo que ya conoció a una.
—¿Sí? ¿Cuándo? —preguntó, confusa.
—La señora que se acercó a su casa con las mermeladas.
—¿Ella? ¿Y usted cómo sabe eso?
—Porque siempre hace lo mismo. —Y un poco avergonzado continuó—: Y porque después se acerca a la comisaría a contarnos todo lo que averiguó. Ella dice que es su deber cívico.
—Entonces de mí no saben nada —dijo con una sonrisa apareciendo en sus labios que se borró cuando lo miró a los ojos y se dio cuenta de que el comisario sabía mucho más de lo que hacía notar.
—En realidad, consiguió información suya por otros medios y después nos contó todo lo que sabía.
—¿Me está diciendo que esa señora dulce estuvo investigando mi pasado? —No gritó, pero su voz se elevó bastante—. Y no me repita de nuevo “en realidad” porque lo voy a estrangular.
—¿Cómo? —dijo confundido.
—En un rato que llevamos hablando, no se cansó de decir “en realidad”.
Fabricio no lo pudo soportar más y se largó a reír a carcajadas.
—Usted sí que es rara —dijo todavía con una sonrisa en los labios.
—No soy rara. Soy detallista.
—Está bien, señora detallista, ¿vamos a la comisaría?
Sin decir nada más, Andrea lo siguió hasta la patrulla. Fabricio le abrió la puerta del lado del acompañante, esperó a que se acomodara y cerró la puerta. «Otra cosa para agregar a la lista», pensó, «es caballero». Para ser que se había convertido en una persona antisocial, le estaba resultando muy fácil hablar con el comisario. A lo mejor estaba mejorando. Esperaba que fuera así.
Fabricio dio la vuelta a la patrulla, se subió y arrancó. El silencio se instaló en el interior, pero no era un silencio incómodo. En pocos minutos llegaron a la comisaría. Eran casi las nueve de la mañana y todavía el movimiento no era el normal para un día sábado. Cuando ingresaron se encontraron al ayudante que estaba de turno con los pies sobre el escritorio y durmiendo. Era el mismo chiquito irrespetuoso que la había atendido la noche anterior.
—¡Martín! —gritó el comisario.
Martín se despertó sobresaltado. Casi tiró la silla en la que estaba sentado y, desorientado como estaba, trató de pararse firme.
—Señor, perdone. Me quedé dormido.
—¿En serio? No me había dado cuenta —dijo con sorna—. Vete a dormir, ya me hago cargo yo.
—Gracias, señor.
Martín fue a buscar sus cosas y todavía medio adormilado se dirigió a su casa.
—Bueno, señora, tome asiento. Voy a buscar las cosas para tomar notas.
—Está bien.
Andrea se ubicó en la silla que se encontraba al frente del escritorio que acababa de abandonar Martín y se puso a estudiar detenidamente la superficie. Todo estaba inmaculado y ordenado. No se podía decir lo mismo del escritorio que se encontraba a la derecha. Amontonadas en cualquier orden se veían todo tipo de hojas.
Buscó algo que le dijera a quién pertenecía cada escritorio. Vio un portarretratos entre medio de todos los papeles, miró hacia el lugar por donde había desaparecido el comisario para ver si tenía tiempo de ir a ver la foto. Le pareció que llegaba a mirar y sentarse de nuevo, así que tratando de no hacer ruido se levantó, se acercó al escritorio y tomó la fotografía.
—¿Se da cuenta de que es la segunda vez que la encuentro husmeando donde no le corresponde? —dijo Fabricio.
—¡Por favor! Me va a matar de un susto.
—Eso es simple, no meta las narices donde no le corresponde y yo no le voy a llamar la atención. ¿Qué estaba buscando?
—Quería saber a quién pertenecía este desorden.
—Eso se lo puedo contestar. Ese escritorio es de Ismael, no consigo que lo ordene y si por esas casualidades lo logro, no dura mucho. Creo que ya estoy resignado —dijo con una media sonrisa—. Ahora que está satisfecha su curiosidad, ¿puedo hacerle unas preguntas?
Andrea volvió a la silla donde había estado sentada antes y se acomodó casi al borde, expectante. No se había dado cuenta de lo nerviosa que estaba por las preguntas que le pudiera formular. «Tranquila», se dijo, «respira lentamente».
Fabricio la miró, se dio cuenta de que estaba nerviosa y trató de tener paciencia para no apabullarla.
—Muy bien. Para dejar registro, dígame su nombre completo.
—Andrea Alejandra Fonseca.
A continuación, le pidió su fecha de nacimiento y dirección. Una vez completados los datos personales, Andrea estaba un poco más tranquila.
—Bueno, le voy a pedir que me aclare un par de cosas. Por ejemplo, usted anoche habló sobre una persona herida, ¿hombre o mujer?
Andrea lo pensó detenidamente y se dio cuenta de que no podía responder a esa pregunta. Solo había sentido la mano en su muñeca, había visto la sangre y salió corriendo sin siquiera mirar atrás. Fabricio vio su confusión en la mirada.
—No me lo puede decir, ¿verdad?
—La verdad es que no, no lo sé.
—¿Notó algo raro en los alrededores? ¿Algo fuera de lo normal?
—No. No había nada fuera de lo normal. Todas las noches salgo a caminar por la costa del lago y prácticamente me sé el camino de memoria. Hubiera notado algo anormal.
—¿Qué hizo que se acercara hasta el arbusto entonces?
—Unos ruidos, como gemidos.
—¿Qué vio cuando se acercó?
—En un primer momento, lo único que vi fue la zapatilla. Cuando me agaché para recogerla, una mano me agarró de la muñeca.
Se dio cuenta de que su respiración se estaba volviendo pesada mientras revivía el susto que había sufrido la noche anterior. Trató de relajarse, se estaba poniendo nerviosa.
—No hay apuro —la tranquilizó Fabricio—, tómese el tiempo que sea necesario.
Andrea respiró profundo un par de veces y cuando estuvo más serena continuó.
—No queda mucho por contar. Debo decir que grité y a lo único que atiné fue a salir corriendo. El resto ya lo sabe.
—Sí. Bueno, por ahora eso es todo. Si recuerda algo más le voy a pedir por favor que se ponga en contacto conmigo. —Sacó una tarjeta del cajón del escritorio, escribió algo al dorso y se la entregó—. Ese es el número de teléfono de la comisaría y atrás le anoté mi número de celular. Cualquier cosa que necesite, no dude en ponerse en contacto conmigo.
—Muchas gracias, comisario.
Se despidió y salió a la vereda. El día era hermoso para pasear, así que decidió acercarse al almacén para hacer su compra semanal aprovechando que poca gente estaba dando vueltas por la calle.
Capítulo 7
Fabricio repasaba las respuestas que le había dado Andrea. Cuando la había encontrado husmeando entre los arbustos y le había preguntado qué hacía, estaba seguro de que su primer impulso fue mentirle. Se llevó una agradable sorpresa cuando no lo hizo. La confianza era algo muy importante para él.
Ahora debía llamar al hospital del pueblo vecino y verificar que no hubiera llegado algún herido en el transcurso de la noche. Buscó en su agenda el número del encargado.
—Hospital Misericordia, buenos días. ¿En qué lo puedo ayudar?
—Buenos días, soy el comisario Marino. Necesito comunicarme con Alberto, ¿se encontrará?
—Buen día, ya lo comunico.
Mientras escuchaba cómo era transferido al interno del forense, Fabricio analizaba el escritorio de Ismael, ¡era un verdadero desastre! Le iba a tener que pedir que acomodara un poco esos papeles.
—Buen día, doctor Gutiérrez al habla.
—Buen día, Alberto, habla Fabricio.
—¿Cómo estás?
—Muy bien. Te molestaba en realidad para hacerte dos consultas.
—Dime, y veo si te puedo ayudar.
—Ayer a la noche una mujer del pueblo reportó una persona herida. Cuando fuimos al lugar para socorrerla no encontramos nada. Ya averigüé aquí con Antonio, pero no ingresó nadie. ¿Puedes consultar si hay algún herido que haya ingresado después de las doce de la noche?
—¿Hombre o mujer?
—En realidad, no lo sabemos.
—¿Cómo que no lo saben?
—La señora lo encontró en un arbusto, de noche. Parece que se llevó un buen susto y lo primero que hizo fue salir corriendo a la comisaría.
—Pobre, en fin. Yo voy a preguntar. Ahora, ¿cuál era la otra consulta?
—Esta mañana me acerqué de nuevo al lugar y encontré una zapatilla y algo que parece sangre, pero no estoy seguro.
—Y quieres que lo analice, ¿verdad?
—Si no es mucha molestia. Sabes que en este pueblo no contamos con muchos recursos.
—No hay ningún problema. ¿Me traes las cosas?
—Sí, esta tarde cuando termine mi turno te las acerco.
—Muy bien, mientras tanto voy a ver qué averiguo sobre el herido. Nos vemos esta tarde.
—Muchas gracias.
Una vez que Andrea llegó a la despensa del pueblo se dedicó a realizar las compras para toda la semana. No le gustaba mucho eso de tener la fruta y la verdura almacenada por tanto tiempo, pero era preferible a tener que sociabilizar tan seguido.
Cuando tenía su compra lista y se estaba dirigiendo al mostrador para abonar, se cruzó con una mujer de unos cincuenta años, algo corpulenta.
—Buen día —dijo esta.
—Buen día —respondió Andrea.
—¿Ya se recuperó del susto de anoche?
—¿Cómo dice?
—Si ya se recuperó del susto de anoche. El comisario vino al hospital a preguntar si había llegado alguien herido.
—Perdón, creo que no nos presentaron —dijo Andrea algo molesta.
—Soy Julia, la enfermera que estaba anoche de guardia en el hospital cuando el comisario se acercó a preguntar.
—Así que el comisario le comentó que yo había encontrado una persona herida.
«¿Quién se creía que era para andar divulgando información por ahí?», pensó.
—¡Oh, no! —dijo Julia—. Él nunca quiere comentar nada. Martín es otra historia. Ese chico no es capaz de guardarse nada —y, sonriendo, agregó—: y debo decir que yo soy muy curiosa.
—¿Martín? Creo que no lo conozco.
—Sí, querida, fue Martín con quien habló usted en la comisaría anoche.
—Ya. —Mentalmente le pidió disculpas al comisario por pensar mal de él y ahorcó a Martín por estar desparramando información por el pueblo.
—¿Ya se encuentra mejor? —insistió Julia.
—¿Cómo? —Andrea seguía ensimismada y reaccionó tarde a la pregunta—. Sí, estoy bien. Por suerte, parece que fue solo un susto.
—Me alegro. Cualquier cosa que necesite, me puede encontrar en el hospital.
—Muchas gracias, que tenga buen día.
—Gracias, igualmente.
Andrea por fin llegó al mostrador y se topó con la sonrisa del vendedor.
—Buen día, señora. Parece que acaba de pasar por un interrogatorio.
—Ni que lo diga.
—Uno se acostumbra después de un tiempo. Por cierto, me llamo Esteban. Es bueno verla hablando con la gente. ¿Puedo llamarla Andrea?
—Claro que puedes. Veo, Esteban, que en este pueblo la información vuela.
Un poco sonrojado por la indiscreción cometida, dijo:
—Sí, acá es muy difícil que alguien no se entere de algo.
—Ya. Bueno, ¿me puedes cobrar? Ha sido una larga mañana y quiero irme a mi casa a descansar.
—Sí, por supuesto.
Una vez en la calle, con sus bolsas de las compras, Andrea pensó que era bueno que su casa fuera la última del pueblo. Ya se estaba imaginando a Julia, Delia, Martín, Esteban y vaya saber a cuántos más con largavistas tratando de ver qué hacía en su casa. Se acordó lo que le comentó el comisario esta mañana. Los vecinos consideraban su “deber cívico” enterarse de todo e informarlo al comisario. Menos mal que su vida era muy aburrida últimamente, se iban a cansar enseguida de ella.
Esa tarde, cuando Ismael llegó a la comisaría para relevar a Fabricio, este se dispuso a llevar las evidencias al hospital Misericordia.
—Bueno, he dejado todo en orden —dijo Fabricio— y te agradecería que acomodaras un poco tu escritorio.
—Yo puedo encontrar todo sin problemas —dijo Ismael algo enojado. El tema del escritorio surgía aproximadamente una vez al mes. Ya estaba cansado de que lo criticaran por eso. Qué más daba si estaba ordenado o no mientras él pudiera encontrar los papeles que necesitaba.
—Da una mala imagen a las personas que vienen a la comisaría. —Y poniéndose firme agregó—: Además, por ahora soy tu jefe y te ordeno que limpies ese escritorio.
—Está bien, está bien.
—Bueno, yo me voy.
Fabricio levantó la bolsa que contenía la evidencia que había recogido esa mañana.
—¿Qué llevas ahí? —preguntó Ismael.
—Solo es ropa sucia. Hasta mañana.
—Hasta mañana. —Después de que Fabricio salió de la comisaría y lo vio alejarse en el patrullero, Ismael agregó—: Ropa sucia, ¿pensará que soy idiota?
Fabricio no quería contarle a Ismael acerca de la evidencia que había encontrado. Ya los conocía a él y a Martín, no podían evitar contarle a todo el mundo lo que sabían, de esa manera era imposible llevar adelante una investigación. En realidad, no le gustaba nada eso de no compartir información con ellos, de esta manera todo el trabajo recaía sobre él. La alternativa era, en cambio, que todo el pueblo estuviera al tanto de todo y tratara de meter las narices para resolver el problema.
El trayecto hasta el hospital Misericordia era de unos treinta minutos aproximadamente. Cuando llegó, fue a la recepción y pidió hablar con el doctor Fernández.
—¿El doctor lo espera? —preguntó la recepcionista.
—Sí, esta mañana hablé con él.
—Aguarde un momento que ya le informo.
—Gracias.
Mientras esperaba que Alberto fuera informado de su presencia, se acercó a los sillones que había en la sala de espera y se sentó. El día había sido largo y estaba deseando llegar a su casa para poder dormir unas horas.
—Fabricio, qué gusto verte.
Alberto se acercaba a la sala de espera con paso enérgico a pesar de sus setenta años. Hacía tiempo que debería haberse jubilado. Quedó viudo un año antes de poder pedir su jubilación. Había tenido un matrimonio de esos con los que todos sueñan y cuando su señora falleció decidió dedicarse en cuerpo y alma a su trabajo. Él mismo decía que lo iban a sacar con los pies para delante de la morgue. Siempre se reía de su propio chiste.
—Alberto, muchas gracias por recibirme.
—Por favor, no es necesario agradecer. Sabes muy bien que cualquier cosa que necesites me la puedes pedir. ¿Trajiste todo?
—Sí, acá lo tengo.
—Bueno, vamos entonces a mi oficina para que podamos hablar tranquilos.
