Arnarstapi - Víctor Riverola Morera - E-Book

Arnarstapi E-Book

Víctor Riverola Morera

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Beschreibung

La guerra por el dominio del clima ya ha empezado en una remota aldea de Islandia.Un inesperado cambio meteorológico está a punto de acabar con la vida de un consagrado y mediático alpinista recién llegado a Islandia. Tras comentarlo con los habitantes de Arnarstapi, una remota aldea del noroeste de Islandia, el montañero decide investigar los misteriosos experimentos científicos que se llevan a cabo desde una gran antena de telecomunicaciones cercana, que podrían estar influyendo en el clima de la zona, muy cercana al volcán Snaefells, donde comenzaba el "Viaje al centro de la Tierra" de Julio Verne. Lo que descubrirá allí tiene implicaciones que van mucho más allá del recóndito rincón del Ártico.

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Seitenzahl: 496

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Ähnliche


ARNARSTAPI

El enemigo invisible

Víctor Riverola Morera

Primera edición: octubre de 2022

 

© de esta edición:

Editorial Diéresis, S.L.

Travessera de les Corts, 171, 5º-1ª

08028 Barcelona

Tel.: 93 491 15 60

[email protected]

 

© del texto: Víctor Riverola Morera

© de la foto de portada: J. Nikitina

Diseño: dtm+tagstudy

 

Impreso en España

 

ISBN libro: 978-84-18011-25-2

ISBN ebook: 978-84-18011-26-9

Depósito legal: B 19021-2022

 

 

Todos los derechos reservados.

No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea éste electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright.

 

editorialdieresis.com

@eddieresis

Para María Isabel Morera Puig, mi madre, que sigue batallando ahí.

Un viaje de miles de kilómetros comienza con un solo paso.

Lao-Tse, filósofo chino

El miedo está totalmente instalado en nuestra sociedad y nuestra mente desde hace mucho tiempo. Los «fabricantes de miedo» están alcanzando límites insospechados en una sociedad vulnerable en la que la información se manipula, se distorsiona, se tergiversa y se extiende a todos los rincones, casi al instante.

Miquel De Toro, doctor en Historia Moderna y Contemporánea

Si lo que quieres es encontrar los secretos del universo, piensa en términos de energía, frecuencia y vibración. La vida es y siempre seguirá siendo una ecuación imposible de resolver, pero contiene ciertos factores que conocemos.

Nikola Tesla, inventor y genio de la Física

Prólogo Cerdeña

Domingo, 16 de abril de 2023

No luches en una batalla si no vas a obtener ninguna recompensa con la victoria.

Los antiguos pobladores de Islandia eran muy épicos, pero estaban cargados de razón, pensó la reportera sentada en el asiento del conductor al cerrar el libro que tenía entre sus manos. Haciendo honor a la puntualidad que la caracterizaba, había llegado al Monte Limbara, en Cerdeña, con media hora de antelación, el tiempo suficiente para terminar una lectura apasionante iniciada hacía tan solo un par de semanas. Le entusiasmaba la literatura escandinava, y últimamente se había convertido en una asidua devoradora de las sagas islandesas. Las consideraba una sana adicción.

  

Finas gotas de lluvia golpeaban tímidamente el techo del vehículo, mecidas por una suave brisa. La noche anterior había vuelto a nevar en el Monte Limbara, una mole rocosa de naturaleza granítica con varias cumbres que superan los 1.300 metros, situada en el corazón de la Gallura, dentro del municipio de Berchidda, en la isla de Cerdeña. Pero cuando las temperaturas se recuperaron por la mañana tras una semana de tormentas intensas, la nieve dio paso a la lluvia. El mercurio rondaba los cuatro grados sobre cero, soportable para aquella mujer de unos cuarenta años, de estatura media, con una preciosa melena larga de color cobrizo que realzaba su belleza, pero muy poco frecuente en la estación en la que se hallaban. Había aparcado su Fiat Pulse de color blanco al pie de las cumbres de la montaña. El utilitario estaba equipado con un juego de cadenas para la nieve que había alquilado en Alghero. Las máquinas quitanieves habían realizado un trabajo encomiable la noche anterior abriendo la carretera desde Tempio, la población situada al pie del Monte Limbara, para que las autoridades y la prensa pudieran subir hasta la cumbre.

La periodista que se encontraba en el interior del Fiat Pulse tenía su base operativa en Escocia y había volado el lunes 16 de abril desde Edimburgo a Alghero vía Barcelona. El empleado del alquiler de coches se había sorprendido cuando aquella clienta les había pedido, al efectuar la reserva, incluir unas cadenas para nieve. Tras ser testigos de la tormenta que azotó el norte de la isla, pensaron que estaba muy bien informada.

Después de pasar la noche en casa de un buen amigo de su familia en Sassari, había subido con las cadenas a primera hora de la mañana, justo detrás de las quitanieves. Las nevadas en Cerdeña suelen ser habituales en invierno, pero la tormenta que había sorprendido a toda la región aquella semana superaba con creces la cantidad de nieve a la que los lugareños estaban acostumbrados.

  

En las cumbres del Monte Limbara se encuentra la base Troposcatter de la OTAN, abandonada por la USAF norteamericana en 1993. Cerca de la antigua instalación de la organización atlántica se levanta una enorme antena de la RAI y una serie de antenas de nueva generación instaladas por el ejército italiano. Fue construida en 1966, actuando como centro de radiocontrol en el Mediterráneo, en conexión con las bases de Coltano (Pisa), del monte Vergine en Avellino y con una estación de radio en la isla de Menorca. Durante la primera guerra del Golfo se instaló una enorme antena parabólica que se mantuvo en funcionamiento hasta 1993, cuando la base fue cerrada. El Ministerio de Defensa de Italia se hizo cargo de ella durante varios años, pasando a manos de la Región de Cerdeña en 2008. A partir de entonces, el abandono fue total. La nieve, el viento y la lluvia se encargaron de convertir la antigua base en una pequeña aldea fantasma.

Ahora, grupos ecologistas y organizaciones antisistema habían organizado protestas por todo el Mediterráneo: en la base militar del Puig Major, la cumbre más alta de la isla de Mallorca, y en Cerdeña. De éstas, la del Monte Limbara era la que había acaparado una mayor atención de los medios internacionales. Apoyados por un comité de científicos especializados en energía electromagnética, alpinistas de renombre internacional y una delegación de expertos en prevención y gestión de riesgos, los ecologistas tenían el propósito de crear la presión suficiente para que los responsables de las bases desmantelaran las instalaciones abandonadas y cesaran en la actividad de las que todavía quedaban en funcionamiento. Aquella mañana, en el Monte Limbara se habían concentrado unos doscientos manifestantes, que protestaban por la negativa del gobierno italiano a cerrar la antigua base de la USAF.

El Ministerio de Defensa acababa de vender la instalación y parte del terreno adyacente a una emergente corporación internacional llamada ECYLA, con el propósito de fomentar y desarrollar la investigación científica en zonas de alta montaña, libres de contaminación y de miradas indiscretas. Eran muchas las voces que se habían levantado en contra de dicha venta, argumentando la falta de transparencia demostrada por muchas de esas corporaciones, cuyos presuntos fines científicos podían llegar a esconder sus verdaderas intenciones. Hacía tan solo un par de semanas, una noticia un tanto inquietante había llegado a oídos de varios de los principales periodistas de investigación internacionales, pero, una vez más, la prensa generalista se había encargado de encubrir o relegar a pequeñas columnas lo que algunos investigadores catalogaron como el incidente sardo. Gracias a Internet y las redes sociales se convirtió en fuente de habladurías y rumores, que salieron de la isla extendiéndose como si de una enorme mancha de petróleo se tratara. Habían sido los vecinos de Tempio y un par de alcaldes de la zona de influencia del Monte Limbara quienes habían abierto la caja de los truenos.

La noticia era que, en los últimos días, todo el norte de Cerdeña había experimentado un apagón generalizado., desde Alguero a Olbia, pasando por Sassari, Nuoro y Tempio. Los pequeños cortes de microsegundos en el suministro eléctrico, previos al gran apagón, eran imperceptibles a simple vista y solo podían ser detectados contando con los instrumentos de medición adecuados. Pero luego, tras escuchar un sonido parecido a una explosión sin eco y ver un destello en el cielo, toda la región de Tempio había quedado sumida en la oscuridad. El suministro eléctrico tardó tres días en restablecerse y coincidió con un período de frío glacial y grandes nevadas en la zona.Algunos lugareños llegaron a afirmar que, tras pasar varios días bajo una tormenta de nieve insólita sin luz eléctrica, ni conexión telefónica, ni Internet, se confundieron a la hora de viajar en tren y autobús. Los horarios habían cambiado sin previo aviso, dijeron.

Evidentemente, tales afirmaciones cayeron en el saco del olvido en cuestión de días y los habitantes de la región fueron tachados de excéntricos que buscaban su minuto de gloria. Pero más allá de la isla, fueron varios los expertos que empezaron a formular preguntas: «¿Qué o quién estaba detrás de dichos microcortes?», «¿de dónde procedía la fuente de energía capaz de causar una interrupción de suministro de tamaña magnitud?» Y en caso afirmativo, según pudo leerse en varias cuentas científicas de Telegram, «estaríamos hablando de una cantidad de energía muy superior a la consumida por el CERN en Ginebra, una de las instalaciones de investigación que gasta más electricidad en Europa». La prensa italiana dedicó cierto esfuerzo al tema, publicando entrevistas con varios alcaldes y lugareños, pero la RAI y las principales emisoras de radio no se atrevieron a comentarlo. Sin embargo, dicho incidente también había llamado la atención de la periodista y activista escocesa que subía en aquel momento hasta la cima del Monte Limbara. «La ignorancia suele generar más confianza que el conocimiento». La frase de Charles Darwin cruzó por la mente de la reportera sentada al volante del Fiat.

  

Coincidiendo con la ceremonia oficial de cesión de la base a la corporación científica ECYLA, un nutrido grupo de periodistas había subido hasta allí, llegados de Sassari, Olbia y Cagliari. También algunos corresponsales de televisión que habían viajado en barco o en avión desde el continente, e incluso desde más allá. El incidente sardo se había convertido en todo un desafío para quienes seguían creyendo en el periodismo de investigación. Tras varios años de investigación exhaustiva, la periodista y activista se había formado una idea bastante clara sobre lo que podía haber sucedido en el Monte Limbara, aunque algunos detalles todavía escapaban a su conocimiento. Buscó una goma en la guantera y recogió su melena, haciéndose una elegante cola de caballo. A continuación, abrió la puerta del conductor y salió a la pequeña carretera. Miró al cielo, la lluvia había cesado.

Cerró el vehículo y cubrió a pie la pequeña distancia que separa la capilla de la Madonna de la Neve de las cumbres del Monte Limbara. Tardó unos diez minutos en llegar hasta las puertas de la base, custodiadas por varios Carabinieri y por la seguridad privada de ECYLA. El griterío de los manifestantes impedía que pudiera escuchar el discurso que estaba pronunciando un hombre de mediana edad, alto y rubio. Vestido con un elegante abrigo largo, el representante de la corporación científica en Europa terminó su breve discurso, opacado por el ruido y se dispuso a atender a los medios de comunicación.

La periodista y activista escocesa se abrió paso entre la multitud. Al acercarse hasta los representantes del gobierno italiano y de la corporación ECYLA, observó las pancartas que esgrimían los manifestantes, leyendo en ellas diferentes mensajes: «¡Fuera las antenas de nuestras cumbres!», «No somos cobayas», o «¡STOP vallas y alambradas!». En su pequeña mochila llevaba una cámara de cine Sony FX3 y una grabadora digital Maranz con micrófono direccional. Sigilosamente se acercó hasta una joven pelirroja que parecía ser una de las líderes de uno de los grupos ecologistas presentes en la protesta. Sacó su cámara de la mochila y realizó varias fotos, grabando unos cuatro minutos de vídeo en 4K. Acto seguido subió unos metros por la carretera para tener una visión panorámica de la protesta, grabando dos minutos más. Cuando regresó junto a la joven activista, guardó su cámara y preparó la grabadora, colocándose junto a varios reporteros y cámaras de televisión.

—¡Estamos hartos de que invadan nuestras cumbres! Queremos poder movernos por donde queramos. En tiempos de paz es una atrocidad que sigan ocupando las cimas de medio mundo. No queremos montañas llenas de antenas, radares y alambradas —reclamó la joven ante una de las cámaras.

—¡No queremos bases militares, ni vallas, ni alambradas! ¡No queremos que contaminéis nuestras cumbres! ¡Queremos disfrutar del paisaje sin vuestra basura metálica! —gritó otro joven activista metiéndose de lleno en el plano.

Este mostró a la prensa la magnífica panorámica que se divisa desde el Monte Limbara: la planicie de Tempio, el río Coghinas y la depresión de Monti, Oschiri, Padrogiano y Olbia. Las antenas del Monte Limbara destacaban por encima del horizonte, destrozando las vistas. La mayoría de radios y televisiones entrevistaban a políticos y al personal de ECYLA, pero algunos medios también conversaron con los manifestantes. Viendo el cariz que estaba tomando el asunto, los miembros del gobierno regional e italiano y el hombre que había pronunciado unas palabras anteriormente en nombre de ECYLA se acercaron a las cámaras para hacer declaraciones. Intentarían contrarrestar las opiniones negativas vertidas por la mayoría de los presentes. La periodista escocesa avanzó discretamente hasta situarse en primera fila, acto seguido pulso el botón de record en su pequeña grabadora de bolsillo.

—Nuestras intenciones son totalmente lícitas, basamos nuestra labor en la investigación y el desarrollo de nuevas tecnologías que nos ayuden a vivir mejor y más seguros —declaró el hombre elegante frente a los micrófonos y cámaras de los medios allí presentes—. Boicotear este acto oficial que estamos llevando a cabo no creo que sea la mejor solución. Puedo entender que algunos montañeros se muestren contrariados al llegar a una cumbre y encontrar una base con antenas y alambradas, reconozco que las bases y las antenas afean el paisaje, pero les prometo que tenemos la intención de minimizar al máximo el impacto ambiental. Estamos realizando importantes labores de investigación desde hace años y para poder realizar avances que nos ayuden a paliar los efectos del cambio climático, necesitamos trabajar en instalaciones que reúnan unas condiciones excepcionales —añadió.

—¿Por qué cantidad han comprado estas instalaciones al gobierno italiano? —preguntó una periodista de la RAI.

—Siento no poder responder a esa pregunta, supongo que conocen las cláusulas de confidencialidad en muchos contratos —respondió el hombre de ECYLA.

—¿No creen que hay otras formas de mantener las telecomunicaciones hoy en día, que no impliquen llenar las montañas de radares, antenas y vallas? ¿Es imposible reducir el tamaño de las antenas? —preguntó la periodista italiana.

—Estamos trabajando en colaboración con los Estados Unidos, la UE, Oriento Próximo y la OTAN para desarrollar tecnologías cuyo impacto ambiental sea cada vez menor, pero tal y como ya he explicado, desarrollamos una tecnología totalmente revolucionaria y ahora más que nunca, necesitamos poder trabajar en cumbres y lugares remotos con este tipo de antenas que tenemos aquí detrás —dijo el hombre del abrigo largo.

Fue en ese preciso momento cuando la periodista y activista escocesa formuló su primera pregunta.

—¿Hasta qué nivel han llegado en el campo de la experimentación con energía electromagnética y los ordenadores cuánticos de última generación? —le espetó con total seguridad.

—No tengo ni la más remota idea de lo que me está hablando. Nuestra corporación está concentrando toda su energía en lograr soluciones a corto plazo que ayuden a frenar el calentamiento global. Nuestros científicos están desarrollando varios proyectos a nivel global destinados a reducir el impacto del cambio climático, creando a la vez enormes campañas de información para concienciar a la población del grave peligro al que nos enfrentamos —contestó el hombre elegante.

—¿Tiene algo que decir acerca del llamado incidente sardo?, ¿están probando algún tipo de arma o tecnología experimental con fines defensivos? —volvió a preguntar.

—No tenemos conocimiento de ningún incidente y menos en esta isla maravillosa. Tal y como ya he dicho en varias ocasiones, utilizamos la física para prevenir daños irreparables, no para generarlos —respondió el hombre de ECYLA.

—Apagones en zonas muy concretas, microbajadas de tensión, nevadas inusuales con temperaturas extremas, olas de calor, incendios, alteraciones neurológicas en los habitantes de la zona, ¿nada que decir?

—No solo no disponemos de ningún tipo de información que corrobore dicha afirmación —el hombre elegante volvía a esquivar la pregunta—, sino que me parece algo totalmente disparatado.

—¿Están trabajando en un nuevo tipo de arma? —volvió a preguntar ella.

—¿Cree que me paso el día sentado en una butaca acariciando un gato blanco, como los villanos de James Bond? —preguntó irónicamente el hombre elegante.

—¿Su división farmacéutica sigue viento en popa?, ¿ya se han cansado de experimentar con fármacos?

—Sin comentarios —le espetó el ejecutivo de ECYLA.

—¿Qué relación tienen ustedes con las bases norteamericanas de Fort Greely en Alaska y la plataforma de radar SBX-1 en el Pacífico?

El ejecutivo se tomó unos segundos antes de responder.

—Fort Greely y la base SBX-1 son estaciones interceptoras de misiles norteamericanas, no tengo conocimiento de que ECYLA tenga nada que ver con ellas y, si la tuviera, serían información clasificada, totalmente confidencial. Creo que ha visto usted muchas películas de Roland Emmerich.

—Creo que sabe muy bien de lo que estoy hablando, no soporto que me tomen por idiota —afirmó ella.

La Sea-Based X-Band Radar-1 (SBX-1) es una nave semisumergible desarrollada por Boeing, que forma parte de la red de defensa contra misiles en camino (GMD), integrada en los Sistema de Defensa Antimisiles Balísticos (CMBD) de los EE.UU. El GMD intercepta ojivas nucleares lanzadas por potencias enemigas, y es capaz de localizar un objeto similar al tamaño de una pelota de béisbol a más de 4.000 kilómetros. El radar utiliza 69.632 circuitos multiseccionales para transmitir, recibir y amplificar señales. Aunque pasó un tiempo cerca de Pearl Harbour, según parece en la actualidad se encuentra situado en el Pacífico norte, cerca de Alaska. La editora de Event Horizon había realizado varias investigaciones acerca de las labores que se llevaban a cabo en dichas bases. Pocos días antes de aterrizar en Cerdeña, la periodista había viajado hasta el CERN, en Suiza, donde logró entrevistar a varios físicos que habían participado en el descubrimiento del bosón de Higgs. Nadie parecía tener la más remota idea de quién o qué podía estar causando microcortes en el suministro eléctrico. Los científicos del CERN reconocieron que el centro de investigación ubicado en Suiza consume una cantidad de energía impresionante, al trabajar dentro del campo de la aceleración de partículas. El CERN concentra una buena parte del consumo eléctrico europeo, pero negaron ser los responsables de las anomalías detectadas en varios puntos de la geografía continental.

Tras unos minutos de tensión en la cumbre del Monte Limbara, dos hombres muy robustos de mediana edad, uno más alto que el otro, se colocaron discretamente a izquierda y derecha de la periodista. Ambos se cubrían con gruesas chaquetas de plumón, con la palabra ECYLA bordada en el lado izquierdo a la altura del pecho, cerca del corazón.

Antes de que pudiera formular una nueva pregunta, el hombre del abrigo largo se le acercó, colocándose frente a la joven. Varios cámaras de televisión intentaron grabar la conversación, pero los dos hombres robustos les invitaron a apartarse unos metros, argumentando que la conversación era privada.

—¡Enhorabuena!, una vez más, ha vuelto a lograr sus cinco minutos de gloria. Usted es de las que no podía faltar en este tipo de eventos, pensaba que por estas fechas estaría montando a caballo en el Pirineo oriental francés, bajo el manto protector de su abuela. Siempre es un placer poder saludar a la directora y editora de Event Horizon—dijo el portavoz de ECYLA.

—David Galvanni, no podía ser otro. Siempre envían al mejor de la clase. Noté un extraño aroma a podrido en el aire al acercarme —dijo la activista escocesa con valentía.

—Es usted fascinante, no ha cambiado nada desde la última vez que nos vimos. Lo dicho, siempre es un placer saludarla —dijo Galvanni arreglándose el nudo de su corbata de seda. Acto seguido le tendió la mano derecha.

—Cuando la información no fluye, significa que algo se oculta —dijo la periodista escocesa negándole el saludo—. Poco a poco la prensa generalista está empezando a dedicarle atención a ciertos experimentos de dudosa explicación lógica —añadió ella.

—El gobierno del Reino Unido nos tiene en muy alta estima, han invertido mucho dinero en nuestros proyectos y esperan resultados —dijo el hombre del abrigo largo—. Pero dejemos el humor inglés a un lado y vayamos al grano. Le agradecería que deje de publicar mentiras y calumnias sobre nuestras actividades. ¿No cree que ya es mayorcita para jugar a ser Greta Thunberg? —preguntó Galvanni sin esconder su sarcasmo.

—Yo no soy un producto, yo denuncio ciertos productos y a quienes los fabrican —contestó ella.

—No creo que sea una buena idea tirar su carrera por la borda a estas alturas, ¿no cree? Es usted exigente y rigurosa, le aconsejo que deje las conspiraciones y los chemtrails para otro tipo de medios —dijo David Galvanni sin ocultar su sarcasmo.

—Nunca he hablado de nada que no se pueda demostrar con pruebas irrefutables. Sus intentos de desprestigiar nuestros esfuerzos son fútiles, cada vez nos acercamos más y más —contraatacó ella.

—Conozco muy bien a las personas que le pagan el sueldo, hemos investigado a sus mecenas y a todas sus fuentes de financiación y está muy bien conectada. Está muy lejos de ser el clásico freak gordo, sudoroso, barbudo y seboso que vive en un sótano con cinco ordenadores, rodeado de carteles de Star Wars, con su madre igual de gorda, sudorosa, ocasionalmente barbuda y sebosa, viviendo en la planta de arriba. Tiene usted mucha suerte de tener la familia que tiene, no todos podemos alardear de apellidos. Pero se haría un gran favor si dejara de crear alarmismo. Vivir del miedo es muy triste, ¿no cree? —añadió.

—¿Acaso no viven ustedes del miedo que generan? —preguntó ella.

—Le gusta jugar con fuego, siempre al límite, ¿verdad? —el tono del directivo de ECYLA sonaba cada vez menos amistoso.

—Son ustedes los que están jugando con fuego y también con hielo. Llevo varios años investigando sus actividades: recursos ilimitados, una inmunidad que roza lo obsceno, varias divisiones trabajando al unísono dentro de una misma corporación y tras años ganando dinero a espuertas con la venta de vacunas, ahora han vuelto a crear el producto perfecto —explicó ella.

—Regrese usted a Edimburgo y deje de meter las narices donde no debe. Hay temas que le vienen muy grandes. Ya conoce el dicho: tanto va el cántaro a la fuente… —Galvanni dejó la frase inacabada.

—¿Es una amenaza? —preguntó la reportera elevando el tono.

—No soy muy amigo de conceder entrevistas a los periodistas, soy de los que cree que son todos unos parásitos. Casi siempre intentan meter las narices donde no les llaman o buscan directamente sacarme de mis casillas y que les regale un titular. Normalmente lo que publican es impreciso o directamente falso, y cuando eso sucede, no tengo más remedio que vengarme.

Galvanni miró a su alrededor, observó que un grupo de manifestantes y varios periodistas les estaban mirando. Frunció el ceño, una arruga vertical prominente destacó entre su nariz y la frente. Haciendo un esfuerzo, intentó disimular la repugnancia que sentía hacia la prensa independiente, fingió una sonrisa y volvió a mirar a los ojos de la bellísima mujer que tenía delante.

—Tómeselo como un consejo de amigo —concluyó.

—Mi lista de amigos es muy pequeña y usted no figura en ella —dijo la periodista y activista.

—Mantén a tus amigos cerca y a tus enemigos más cerca.

—Mejor será que no siga por ese camino —dijo ella mirándole fijamente a los ojos.

—Póngase en mi lugar, ¿qué pensaría si un buen día se levanta por la mañana en su mullida cama y lee en la prensa que la erupción de un volcán en La Palma, la ola de calor del pasado verano, las inusuales tormentas de granizo, el derrumbe de varias toneladas de hielo en la Marmolada y el cierre del esquí de verano en muchas estaciones de los Alpes es culpa nuestra? —preguntó el directivo de ECYLA.

—Pensaría que igual no se encuentran tan lejos de la verdad, directa o indirectamente. No le quepa la menor duda.

—Tarde o temprano tendrá que dar media vuelta, camina por encima del hielo… y dependiendo del grosor se puede romper. ¿Es consciente de todo aquello a lo que tendrá que renunciar si nos convierte en su enemigo?

—No voy a renunciar a nada hasta que sepa que es imposible —contestó ella.

—Encantadora hasta el final.

  

Cuando David Galvanni se alejó unos metros, flanqueado por sus dos guardaespaldas, la editora de Event Horizon sacó la pequeña grabadora equipada con un micrófono ultrasensible del bolsillo de su camisa y pulsó el botón de stop.

I Paraíso

Domingo, 25 de junio de 2023

Lluvia, nieve, brumas, hielo, lava, fuego, vapor… y en contadas ocasiones, cuando el astro rey logra aparecer abriéndose paso tímidamente entre enormes cumulonimbos, un cielo azul intenso nos recuerda que en la isla también brilla el sol. Islandia es un mundo aparte, es un planeta dentro de un planeta, una isla cuya belleza indescriptible regala a quienes la descubren un caleidoscopio de sensaciones único, con una policromía realmente excepcional. Toda la isla es un paraíso fascinante donde los paisajes extraterrestres cobran vida, mostrándonos universos lejanos, utópicos y en ocasiones apocalípticos.

El vuelo de Norwegian procedente de Bergen había aterrizado en Keflavik puntualmente tres semanas atrás. Era la primera vez que Thomas Rake pisaba suelo islandés, nunca había encontrado el momento oportuno para descubrir Islandia en profundidad. Thomas se había documentado a conciencia, apoyado por las recomendaciones de varios compañeros de aventuras en Noruega, la mayoría alpinistas y runners que conocían a fondo la isla. La intención del joven noruego era realizar varios trekkings y ascensiones que le ayudaran a desconectar de su frenético y caótico día a día, para poder disfrutar con calma del paisaje, la gastronomía y la montaña. De momento, había logrado todos sus objetivos.

«Encontrarse a sí mismo».Era una frase que odiaba, era el clásico eslogan motivacional utilizado en muchos libros y por varios contertulios en el mundo de la televisión. Tras una serie de catastróficas desdichas que le habían afectado a nivel personal y profesional, la frase cobraba vida propia en el particular universo de Thomas Rake. El noruego se había reservado un mes para disfrutar en solitario de la paz y la tranquilidad que se respira en Islandia. Inició su aventura en solitario a mediados del mes de junio. Había realizado la ascensión desde Skaftafell al Hvannadalshnjúkur, de 2.109 metros, la cumbre más alta de Islandia. No era una ascensión excesivamente técnica, pero en alta montaña y particularmente en las zonas cercanas al Ártico, nunca hay que olvidar el factor tiempo, la distancia, la meteorología adversa, los cambios de temperatura y el cansancio acumulado.

Thomas también había disfrutado durante varios días del mítico trekking de Langmanalaugar, había paseado por las playas de arena negra de Mýrdalssandur y Reynisfjara, donde se había rodado Rogue One, una de sus películas favoritas de la saga Star Wars, y tenía pendiente la ascensión al Snaefells, el volcán cubierto de nieve y hielo situado al noroeste de Islandia. Todavía disponía de algunos días para regresar a Bergen, pero no quería volver a su hogar sin descubrir el Parque Nacional del Snaefells y la península de Snaefellsnes, donde se encuentra la cumbre y el glaciar del mismo nombre. Por el momento podía sentirse muy afortunado: la meteorología era más que benévola. Salvo un par de días de lluvia y niebla en el sur de la isla cerca de Vik, Tom disfrutó de jornadas bastante soleadas, con temperaturas agradables y muy pocos turistas. Mas allá de la famosa carretera nº 1, que da la vuelta a Islandia, existen otras aptas para vehículos sin tracción a las cuatro ruedas que se han ganado a pulso obtener un mayor reconocimiento. Las carreteras que recorren el oeste y el noroeste de la isla son realmente impresionantes, alejadas de poblaciones y núcleos urbanos. La que conduce hasta Ólafsvik y Arnarstapi es una de ellas.

  

Dos días de descanso en un acogedor hostel situado en el número 34 de la calle Skúlagata, en el corazón de la capital de Islandia, dejaron como nuevo a Thomas. El joven noruego había recorrido la ciudad y sus alrededores a conciencia y la madrugada del lunes 25 de junio, tras dormir seis horas, inició el viaje en autobús hacia el norte de la isla. Tomó la línea 57, que siguió la carretera número 1 (el famoso anillo), cruzó el túnel por debajo del mar en Hvalfjörður, una obra única en Islandia, pasando por Akranes hasta llegar a Borgarnes, donde Tom cambió de línea para seguir subiendo hasta llegar a una parada situada cerca de Vatnaleið, justo en medio de un páramo desolado. Desde ese punto la línea de autobús 82 realiza el trayecto hasta Ólafsvik y Hellissandur, llegando a Arnarstapi tan solo una vez al día. El minibús subió por la costa norte de la península de Snaefellsnes hasta Ólafsvik. El transporte público solo recorre el norte de la península debido a la cantidad de pequeñas poblaciones y aldeas que se encuentran diseminadas a lo largo de la carretera. El sur de la península permanece casi despoblado, con Hellnar y Arnarstapi como únicos asentamientos habitados conectados. Pasaron por Grundarfjörður y la mítica cumbre del Kirkjufell y llegaron a Ólafsvik. La conductora permitió a Thomas apearse justo delante del camping situado a menos de un kilómetro del centro de Ólafsvik.

El noruego se instaló en el área especialmente preparada para tiendas, con una mullida alfombra de hierba verde a sus pies. El encargado colocó en la tienda la característica pegatina de control y Tom procedió a abonar doce euros. «No todo en Islandia es tan caro como parece o como dicen», pensó. Justo después de comer, a primera hora de la tarde, Tom entabló una interesante conversación con una simpática pareja de alemanes de mediana edad, al salir de uno de los supermercados en el corazón de Ólafsvik.

Hans y Maria habían aparcado su autocaravana en el mismo camping y tras dar un buen paseo y compartir un té con leche en una pequeña terraza, los tres decidieron acercarse desde Ólafsvik hasta la población vecina de Grundarfjörður, con la intención de visitar la célebre cascada de Kirkjufellsfoss y ascender hasta la cumbre del Kirkjufell, una de las montañas más fotografiadas de Islandia. El Kirkjufell presenta una ascensión que no resulta complicada para quienes tienen experiencia en superar pasos y crestas aéreas, no obstante, cada año son muchos los turistas que intentan ascender hasta su cumbre y dan media vuelta al llegar a las primeras cuerdas fijas. Aquella tarde, por fortuna estaban solos. Aparcaron la autocaravana a los pies del Kirkjufell y tras realizar las fotografías de rigor a la Kirkjufellsfoss, los tres aventureros se lanzaron a la aventura de conquistar la cumbre del Kirkjufell. Tom pensó que la mítica montaña le recordaba al sombrero seleccionador que aparece en Harry Potter y la piedra filosofal, devolviéndole a un pasado que recordaba con nostalgia. Tom siempre se daba cuenta del paso del tiempo cuando recordaba la fecha de estreno de grandes películas. El Kirkjufell también puede recordar al tejado de una iglesia vikinga. De ahí que su nombre sea precisamente esa palabra, cuya traducción podría ser la «montaña-iglesia».

Si la meteorología acompaña, la subida hasta la cumbre resulta un auténtico festival para los amantes de las ascensiones salvajes. La subida se inicia a través de un sendero que avanza por un terreno herboso perfectamente visible debido al paso de los montañeros a lo largo del tiempo. El itinerario avanza por la arista sur, pasando por varios puntos donde será necesario valerse de ambas manos para trepar. Llegaron a las primeras cuerdas fijas justo al cabo de una hora de iniciar la subida.

—Si sufres vértigo esta no es tu montaña —dijo Hans alegremente mientras se paraba en un pequeño repecho rocoso para beber un buen trago de agua de su cantimplora.

—Estas cumbres son impresionantes. Desniveles brutales en pocos minutos y junto al mar —comentó Maria.

—Es algo parecido a Noruega, en las islas Lofoten tenemos muchas cumbres que podrían resultar similares, como el Reinebringen por ejemplo —añadió Tom.

—Suerte que el sol nos acompaña, no ha llovido y la temperatura es muy agradable. Con lluvia o nieve la subida puede resultar realmente peligrosa, ahora entiendo por qué muchos guías de montaña la desaconsejan —dijo Maria.

—¿Os gusta Juego de Tronos? —preguntó Thomas.

—A mí me encanta —respondió Maria—, pero a Hans le aburre un poco.

—Lo digo porque el Kirkjufell aparece en la serie.

—Sé que se han rodado muchos capítulos en Islandia, pero ahora no caigo, échame un cable —dijo Maria.

—El Kirkjufell se convirtió en una localización de la serie en el capítulo donde se explica cómo los Hijos del Bosque crean a los Caminantes Blancos. La célebre montaña también aparece en la séptima temporada, estrenada en 2017, cuando Jon Nieve y su séquito viajan más allá del muro —detalló Thomas.

—¡Menuda panda de frikis! —dijo Hans sonriendo.

Tras una hora y cuarenta minutos de subida, los tres montañeros llegaron a la cumbre. Los hielos del Snaefells y sus cumbres cercanas brillaban hacia el suroeste. Hacia el norte, el enorme fiordo de Breidafjörður dejaba entrever las tierras del norte. A sus pies, Grundarfjörður y su bahía parecían estar dibujados sobre un lienzo salpicado de colores muy llamativos. Tardaron aproximadamente una hora y media en descender, comprobando dos veces donde pisaban. Una vez dejaron atrás el Kirkjufell, los tres montañeros regresaron al parking junto a la cascada Kirkjufellsfoss y en menos de media hora cenaban opíparamente en la cocina del camping de Ólafsvik. Solo había tres tiendas más y dos autocaravanas, poca gente para el mes de junio. Disfrutaron de una sobremesa muy tranquila durante la que compartieron mil y una anécdotas de sus viajes a lo largo y ancho del planeta. Tras vaciar dos teteras, se despidieron cordialmente, la pareja se instaló en su autocaravana y Tom en el interior de su tienda. Las luces del camping parpadearon ligeramente, para volver a la normalidad en pocos segundos. Era la segunda bajada de tensión en menos de una semana, pero de momento, ningún aparato electrónico se había visto afectado.

  

Aquella noche, iluminada por la luz baja del sol eterno, al noruego le costó conciliar el sueño. Las imágenes del accidente en Suiza volvieron a nublar su mente, su vida seguía sumida en un caos que todavía no podía controlar. Pensó en Aase, pensó en la vida que podía tener y que no tenía, recordó los veranos en las islas Lofoten, en los Alpes, en tantas y tantas ciudades, pueblos y paisajes que habían descubierto juntos… La melancolía, la nostalgia y el deseo de olvidar ciertos pasajes de su vida se apoderaron del joven noruego. El recuerdo fugaz del pasado reciente que había vivido junto a ella le ayudó a caer dormido plácidamente dentro de su saco de plumón.

II Arnarstapi

Lunes, 26 de junio de 2023

A primera hora de la mañana, Thomas se levantó, se dio una buena ducha con agua caliente y tras recoger su saco de dormir y su tienda, desayuno en la cocina-comedor del camping en Ólafsvik. Se despidió de Hans y Maria y, con la mochila a su espalda, el noruego caminó durante unos diez minutos hasta la parada del autobús. Esperó su llegada disfrutando del sol, del olor a sal y de una temperatura muy agradable que rondaba los 14-15 grados centígrados.

El recorrido hasta la pequeña aldea costera de Arnarstapi recorre toda la costa noroeste de la península del Snaefells, rodeando la inmensa cumbre helada por el flanco oeste. Los pequeños autobuses solo realizan el trayecto desde Ólafsvik a Arnarstapi, llegando desde el norte, nunca desde el sureste. La pequeña carretera que bordea la costa sur de la península no está cubierta por el transporte público islandés. Justo al salir de Ólafsvik el autobús dejó a mano izquierda la cumbre del Enni, un promontorio de 419 m y atraviesa una zona con agua a ambos lados de la carretera y una vegetación espectacular que cae en picado a través de una inmensa pared de roca. Cerca de Rif, la carretera atraviesa una zona desolada, dejando a la izquierda un pequeño aeropuerto y el desvío hacia la impresionante cascada de Svödufoss. Al salir de Rif, el autobús dio un giro hacia el sudoeste y bajó hacia Helissandur.

Tom observó una enorme antena de radio, rodeada de un enjambre de pequeñas antenas dentro de un área vallada.

—Disculpe, ¿puede decirme que hay dentro de ese complejo lleno de antenas? —preguntó a la joven conductora. El hecho de ser el único pasajero del día tenía sus ventajas.

—Según me han explicado es un centro de investigación propiedad de una corporación internacional donde varios países han invertido grandes cantidades de dinero. También he oído algo sobre energía electromagnética, pero hace tan solo dos meses que estoy realizando esta ruta y no recibo mucha información, casi no veo la televisión. Ya sabes cómo son estas cosas, vallas, cámaras y prohibido el paso, todo muy siniestro ¿verdad? Pero en general hay poco movimiento, la zona está muy tranquila, aquí vive muy poca gente —explicó la joven.

—Es realmente enorme —dijo Tom, esbozando una sonrisa torcida.

—La antena más alta la instalaron los americanos, el resto se ha ido añadiendo a posteriori. Y si, tiene un aire un tanto siniestro —contestó la conductora sonriendo.

—No se ve movimiento —apuntó Tom.

—Hoy en día estas cosas funcionan casi de forma automática, como la mayoría de instalaciones de este tipo y algunas explotaciones mineras en Islandia. Vienen, compran el terreno o se lo alquilan al gobierno, construyen, colocan cuatro sensores y cuatro cámaras y aire. No conozco a nadie que sepa lo que puede haber ahí dentro exactamente, mi familia y mis amigos viven en Seydisfjörður, en la otra punta de la isla —explicó ella.

—Es una lástima, todo este enjambre de antenas rompe la magia del paisaje —dijo Tom.

—Sí, pero los de arriba nos dirán que es el futuro, que tenemos que estar preparados para evolucionar, que todos los cambios implican sacrificios, bla, bla, bla... Luego la gente formula preguntas y nunca obtienen respuestas. El mundo de la política es igual en todo el mundo.

—Estoy totalmente de acuerdo —apuntó Thomas.

—En breve los coches y los autobuses funcionarán sin conductor y yo me quedaré sin trabajo.

—Ya existen vehículos automáticos sin conductor —añadió Tom.

—¿Lo ves? Me estás dando la razón —contestó la joven.

El sol brillaba con fuerza y la intensidad del cielo azul permitía disfrutar de una jornada perfecta en el noroeste de Islandia. La conductora le confesó que pocas veces había visto en la península del Snaefells una meteorología tan benigna. El pequeño vehículo siguió bajando por la carretera adentrándose en el Parque Nacional de Snaefellsjökull. Tom observó el glaciar del Snaefells, con su cumbre característica y sus coladas de lava cayendo hacia el océano. Dejaron atrás el desvío a Djúpalónssandur a la derecha y pasaron junto a la cueva de Vatnshellir. Tom observó a lo lejos el faro de Malarrif, blanco como la nieve, y el centro de visitantes de Gestastofa, el punto más meridional de la península de Snaefells. A pocos metros, pudo ver claramente los pilares de roca de la punta de Lóndrangar y a partir de este momento, sin prisa, pero sin pausa, el minibús inició la subida hacia el noreste. A mano derecha dejaron el desvío hacia el pequeño aeródromo de Dagverðará, con una antigua mansión en ruinas y al cabo de unos kilómetros pasaron junto al célebre monumento natural de Bárðarlaug, con su piscina natural. Dejaron atrás el desvío hacia Hellnar y llegaron a Arnarstapi, final del trayecto.

Tom bajó del minibús, se despidió de la conductora, se colocó su mochila y esbozó una amplia sonrisa. Se sentía feliz pensando en cómo había tomado el control sobre su vida, dejando a un lado el pasado, lleno de claroscuros. Islandia es un destino ideal para ponerse a prueba uno mismo, para encontrarse, para pasar página o simplemente, para alejarse de la rutina.

  

El joven noruego tenía ganas de descubrir el paisaje que rodea el pequeño puerto de Arnarstapi subiendo hasta uno de los promontorios que había visto en varias fotografías, cerca de un majestuoso arco de piedra basáltica que se levanta insigne frente las frías aguas del océano Atlántico. Mientras bajaba hacia el mar, el noruego se cruzó con dos hombretones altos y rubios, de mediana edad, acompañados por dos mujeres de melena rubia y dos niños pequeños que correteaban arriba y abajo perseguidos por varias aves en vuelo rasante. «Los primeros turistas de la temporada», pensó. Una vez llegó al diminuto puerto, subió hasta una pequeña loma herbosa desde donde se divisaba un paisaje de cuento, inspiró una bocanada de aire purísimo, miró a su alrededor y se dejó llevar por la magia del momento. Se encontraba en una de las zonas de mayor belleza de toda la isla, contando con pocos turistas debido a la época del año. Sabía que a mediados de julio y durante todo el mes de agosto Islandia recibía el grueso de la masa turística que año tras año llenaba carreteras, campings y hoteles. Podía considerarse una persona afortunada: a mediados de junio todavía se podía disfrutar de Islandia con relativa tranquilidad.

El sol seguía bañando Arnarstapi, pero la niebla, la lluvia y el viento suelen aparecer en Islandia cuando uno menos se lo espera y por la experiencia acumulada a lo largo del tiempo, Tom resolvió que había llegado la hora de buscar el camping de Arnarstapi cuanto antes. No veía el momento de plantar su tienda, extender el saco y dar un buen paseo por los alrededores de la pequeña aldea costera. En el mapa se mostraba claramente el camping situado justo en la entrada de la población, bajando tan solo unos metros por la calle principal, desde el cruce con dirección al mar, unos metros a mano izquierda.

Mientras buscaba su ubicación, Tom descubrió dos paneles informativos dedicados a la obra Viaje al centro de la Tierra de Julio Verne, publicada en 1864. Por un momento recordó su infancia, cuando había leído las obras completas de Verne, un autor por el que tenía cierta predilección. El Snaefells es el volcán por donde entraron el profesor de mineralogía alemán Otto Lidenbrock, su sobrino Axel y Hans, antiguo cazador de eíderes, reconvertido en guía islandés contratado por Lidenbrock para emprender el viaje al centro de la Tierra. Una sonrisa burlona se dibujó en el rostro de Tom. Pensó que Julio Verne, al igual que muchos escritores de su generación, no había viajado hasta la localización geográfica donde se sitúa la acción de una de sus obras más queridas, ignorando por completo, tal y como le sucedió al bueno de Bram Stoker cuando escribió Drácula, la geomorfología del entorno.

En Viaje al centro de la Tierra, Julio Verne describe el Snaefells como un inmenso volcán rocoso de complicado acceso, en cuya cumbre el alquimista islandés Arne Saknussemm dejó grabado un mensaje en una roca, que serviría de pista para que Lidenbrock y compañía lograran entrar en el interior del volcán. Si el escritor francés hubiera viajado hasta el Snaefells, se hubiera percatado de la inmensa capa de hielo que cubre desde hace siglos no solo la cumbre, sino una buena parte de la montaña, siendo necesarios el piolet, la cuerda y los crampones para poder hollar la cima de forma práctica y segura.

En los tiempos de Julio Verne el hielo y la nieve cubrían casi todo el macizo, hasta muy cerca del mar. Habría sido imposible para los protagonistas alcanzar la cumbre sin el equipo adecuado. Thomas observó la capa de nieve que se extendía por toda la montaña y parte de los alrededores de Arnarstapi, pensando por un momento en la travesía hasta Ólafsvik.

  

El noruego regresó al siglo XXI. Aquel instante podía resultar muy bucólico y nostálgico, pero allí no había ningún camping. En su lugar, una enorme explanada de hierba verde recordaba al visitante su antiguo emplazamiento, con un cartel bien visible en la entrada del recinto que rezaba: «Estamos trabajando durante dos semanas en el nuevo camping de Arnarstapi, modernizando las instalaciones, canalizaciones y la red eléctrica. Rogamos disculpen las molestias».

Sin camping, solo quedaban dos opciones: acampar por libre en algún rincón alejado de miradas indiscretas o dormir en uno de los bungalós de los tres establecimientos hoteleros del pueblo. Decidió que pasaría por lo menos un día disfrutando de la magia de Arnarstapi acampando por los alrededores. Al atardecer, los rayos del sol empezaron a ocultarse tras la niebla que comenzaba a caer en picado sobre la costa. Tom observó cómo la cumbre del inmenso Stapafell, la mole rocosa de origen volcánico que se levanta imponente 526 metros por encima del mar, comenzaba a desaparecer oculta por una fina cortina gris. Con su mochila a la espalda, buscó una buena localización para instalar su pequeña tienda de campaña. Al cabo de unos minutos, un sonido intenso y agudo le sorprendió justo antes de llegar al puerto. Se detuvo unos minutos para poder disfrutar de la visión idílica de un puñado de casitas de madera con techos de cuento, rodeadas de una extensión de hierba verde, fresquísima, que invitaba a retozar en ella, como en los cuentos. Observó una pareja de recién casados con su fotógrafo particular posando junto a una de las casas, con el mar y el paisaje bucólico dibujando un marco incomparable, de película. La policromía era bellísima y la composición de la escena, perfecta.

El sonido agudo le volvió a sorprender. Levantó la vista hacia el cielo y evitó un picotazo en la cabeza gracias a sus reflejos, lanzándose al suelo instintivamente. Un grupo de aves con actitud agresiva revoloteaban a pocos metros, graznando sin parar. Contó una seis volando muy bajo en perfecta formación, como un escuadrón de cazas militares iniciando un ataque. Retrocedió rápidamente, protegiéndose la cabeza con las manos hasta llegar a un pequeño monumento situado a pocos metros.

Junto a la pequeña construcción observó que había dos niños jugando con una cometa y junto a ellos, una mujer de unos cuarenta años, probablemente su madre, se encontraba leyendo sentada en un banco de madera. Tom se fijó en el título del libro que la mujer tenía en sus manos, era una edición inglesa de las obras del escritor islandés Halldór Laxness, ganador del Premio Nobel de literatura. Él también había leído Independent People, una novela fascinante donde se narra con sumo detalle y precisión aspectos de la vida en Islandia, profundizando en el día a día de sus habitantes, en las tradiciones y en mil y un detalles que suelen pasar desapercibidos. Tom se acercó hasta llegar a unos dos metros de la mujer.

—¿Habla usted inglés? —preguntó.

—Sí, un poco —dijo ella mirándole fijamente.

—¿Qué les ocurre a los pájaros? —preguntó sin esconder el miedo en su rostro.

—Son skúas, pájaros grandes, vuelan muy bajo. Los skúas vigilan que nadie se acerque a sus nidos, suelen defender su territorio con bastante agresividad.

—Sí, ya lo veo —comentó Thomas.

—Hemos aprendido a convivir con ellos. Suelen poner tan solo dos huevos de mayo a junio. Durante el cortejo, las parejas descienden en círculos sobre el punto de cría y, una vez en tierra, realizan una ceremonia de saludo. El skúa pasa la mayor parte del año en alta mar, asentándose en tierra sólo para criar —añadió ella.

—Por un momento pensé en el filme de Hitchcock, con un montón de pájaros picoteando cabezas en Bodega Bay, ¿se acuerda? —preguntó el joven noruego esbozando una sonrisa.

—Más de un turista se ha llevado un buen susto —dijo la mujer con seriedad, sin responder la pregunta.

—Tendré cuidado, son realmente peligrosos. Gracias por la información.

—El ser humano es mucho más peligroso, nosotros somos la especie invasora, no lo olvide —dijo ella.

Tom dudó por un instante. No sabía qué le producía más miedo, si las aves enfurecidas que sobrevolaban su cabeza o la expresión y la mirada gélida de aquella mujer de edad indefinida. El joven noruego decidió instalar su tienda alejándose del guesthouse y las dos autocaravanas que habían aparcado a lo largo de la pequeña calle principal. Bajó caminando a buen paso hacia la costa y se instaló en el primer rellano herboso que encontró fuera del camino hacia Hellnavik. Las cuatro gotas de lluvia que empezaban a caer no le molestaron en absoluto y una vez dejó en el interior de la tienda su mochila y las botas de montaña, se calzó unas cómodas zapatillas de running con Gore-Tex y se colocó la capucha de su chaqueta impermeable. Bien equipado, salió con la intención de dar un buen paseo por Arnarstapi antes de cenar. Dejó el puerto a mano derecha, observando las curiosas formaciones rocosas rebozadas literalmente en hierba fresca de un color verde intenso. El puerto natural de Arnarstapi convirtió a la pequeña aldea en un lugar de cierta relevancia histórica según rezan los escritos de la Saga de Bárðar Snaefellsáss. Entre los siglos XVI y XVIII, la corona danesa estableció un puesto comercial con derechos de monopolio sobre el comercio de toda la región. De aquella época han sobrevivido algunos edificios históricos, pero tal y como Thomas pudo comprobar, el auténtico atractivo del lugar reside en su espectacular costa, llena de peculiares formaciones volcánicas fruto de las erupciones del Snaefells.

La lluvia amainó y tras una buena caminata, el joven noruego enfiló la calle principal llegando hasta la puerta del restaurante Arnarbaer, un simpático y bucólico establecimiento que le habían recomendado varios compañeros de aventuras en sus respectivas cuentas de Instagram y en YouTube. En el Arnarbaer sirven marisco y pescado fresco, una sopa de langosta realmente exquisita, estofados, pizzas caseras y parrilladas de carne. El edificio parece salido de un cuento de Andersen y está inspirado en las antiguas granjas nórdicas, con las puertas y ventanas pintadas de blanco. El tejado de las dos casitas que forman el establecimiento está cubierto por una espesa capa de hierba fresca de un color verde intenso.

Thomas disfrutó de una sopa de langosta y de un plato de carne exquisitos, acompañados por un buen plato de patatas asadas con salsa de eneldo. Mientras su chaqueta se secaba junto a una de las ventanas, revisó en su mapa varios detalles a tener en cuenta para los próximos días. Su intención era ir a dormir temprano para salir lo antes posible hacia Hellnavik (Hellnar, según el mapa de Tom) y realizar un pequeño trekking circular por los alrededores. También quería subir hasta la cumbre del Stapafell, la enorme mole que se levanta por encima de Arnarstapi. Al acabar de cenar, la propietaria del establecimiento se presentó. La señora Hnallthora era una mujer de unos sesenta años, de estatura media, ojos verdes y cabello largo. Las canas todavía no habían logrado esconder que antaño había sido rubia. Su tez era pálida, con las arrugas características de quienes viven en zonas frías. La mujer preguntó al joven aventurero de dónde procedía.

—Soy noruego. Este era uno de los viajes que tenía en mente desde hace mucho tiempo, era una asignatura pendiente.

—¿Viajas solo? —preguntó la señora Hnallthora.

—Sí, me gusta viajar solo —contestó Tom.

—Al ser noruego tendrás experiencia en alta montaña o en entornos salvajes ¿verdad? —preguntó ella.

—No solo por el hecho de ser noruego, sino porque desde que era tan solo un niño me he criado en la montaña. He estado en muchos países, pero me faltaba Islandia y, de momento, la encuentro fascinante —explicó Tom—. Vivo viajando la mayor parte del año, me gusta escalar, esquiar, descubrir culturas y escribir sobre ello. En general, no me puedo quejar, porque he logrado vivir haciendo lo que más me gusta, dedicándome a mi pasión por la montaña —añadió el noruego.

—¿Tienes un blog? Eres… ¿cómo lo llaman ahora? ¿Un influencer? —preguntó la mujer sin ocultar una pizca de sarcasmo en su voz.

—No, no me considero un influencer ni un youtuber. Soy una especie de divulgador cultural, de comunicador. En Noruega soy bastante popular, me apasiona escribir, colaboro con varias revistas y medios de comunicación, pero no soy un influencer, es una palabra que no soporto.

—¿Eres periodista entonces? —preguntó la señora Hnallthora.

—No —contestó Tom, intentando hacerse entender—. Tengo una página web, es bastante técnica y no la llevo yo, la lleva mi compañera, bueno, ahora mismo excompañera.

—Así pues, eres un aventurero famoso, vaya, vaya. Otro aprendiz de estrella que viene a Islandia en busca del sentido de la vida —concluyó la señora Hnallthora.

—Podría ser una buena definición, no lo niego —comentó Tom.

—En Arnarstapi nos gusta la autenticidad, vivimos bastante apartados de la estupidez que rodea al mundo actual.

—La envidio —añadió él.

—No hay nada que envidiar, puedes estar seguro. No es oro todo lo que reluce —dijo la señora Hnallthora mirándole fijamente. La respuesta sorprendió a Tom. Ella esbozó un intento de sonrisa y entró en la cocina con cargando varios platos.

  

En el Arnarbaer acababan de iniciar la temporada de verano, pero en aquel momento tan solo había un par de clientes en su interior. Uno de ellos se acercó a Tom ofreciéndole conversación. Ragnar Sigurdsson era un hombre alto e imponente entrado en años. Su enorme mata de cabello largo había adquirido con el paso del tiempo un color blanco intenso, su rostro curtido denotaba experiencia y la barba blanca bien recortada le aportaba un cierto aire aristocrático. Era una mezcla entre Donald Sutherland y Rade Šerbedžija, pensó Tom. El curtido islandés se sentó junto al joven noruego y pidió una Ölvisholt Brugghús Lava, una de las mejores cervezas de Islandia, artesanal del estilo Smoked Imperial Stout, con una textura marrón gruesa y un sabor dulce con un toque de chocolate y malta tostada. El viejo Ragnar la adoraba. El islandés preguntó al muchacho si deseaba una, pero Tom declinó la invitación amablemente.

—Admiro la paciencia y la capacidad de concentración de los escritores. Este eres tú, ¿verdad? —preguntó el veterano Sigurdsson señalando hacia una pequeña estantería llena de libros situada justo detrás de él.

Ragnar se giró y mostró el noruego dos libros, El Silencio de la montaña y La niebla del alba, cuyo autor, Thomas Rake tenía justo delante.

—En Noruega he publicado varios libros de viajes, un par de ensayos y cuatro novelas, la mayoría están a la venta en Internet en noruego. Algunas de mis obras pueden leerse en inglés, francés, italiano, danés, islandés y sueco. También he escrito varios guiones para la televisión, me siento muy cómodo trabajando en programas de divulgación cultural —explicó el joven noruego.

—El de la niña en el orfanato nazi me sorprendió gratamente, La niebla del alba es una obra notable, muy madura. Como puedes ver, he leído algunos de tus libros, ¡ya decía yo que me sonaba tu cara! A mi esposa El Silencio de la montaña le pareció muy interesante, fue uno de los últimos libros que leyó antes de morir —dijo Ragnar.

—Lamento mucho la pérdida.

—Fue hace tiempo, me he acostumbrado a vivir solo —explicó Ragnar.

—Me encanta descubrir que mi obra ha llegado hasta Arnarstapi.

—¿Cuándo tienes pensado regresar a tu hogar? —preguntó Ragnar.

—El próximo domingo. Tengo el vuelo el uno de julio por la noche —contestó Tom—. Mi intención es pasar varios días por la zona.

—¿Y qué tienes pensado hacer por aquí?

—Mañana me gustaría descubrir el sendero que recorre el campo de lava hasta Hellnar y realizar una subida exprés al Stapafell para entrenar. El jueves subiré a la cumbre del Snaefells y si me da tiempo, me gustaría realizar la travesía hasta Ólafsvik. El sábado alquilaré un vehículo o tomaré el bus por la mañana para regresar a Reykjavík. Me gustaría tener el domingo libre para ir tranquilamente hacia el aeropuerto, visitando Grindavík por la mañana —explicó el noruego.

—Interesante, muy interesante. Lo tienes todo perfectamente calculado, bien planificado, pero no olvides lo más importante: respirar y dejar que el paisaje te seduzca. Los jóvenes de hoy en día vais a todas partes corriendo, es algo que nunca entenderé. En mis tiempos tardábamos varios días en llegar a una cumbre o en escalar una pared —dijo Ragnar mientras daba un buen sorbo a su cerveza—. La excursión hasta Hellnar es preciosa y si tienes tiempo, puedes acercarte a los acantilados de Lóndrangar, donde verás un par de espectaculares agujas de roca muy escarpadas —propuso Ragnar.

—¿Parecidas a las de Vik y Reynisfjara? —preguntó Tom.

—Son diferentes, estas no emergen de las aguas, están situadas encima del acantilado. Tienen 75 y 61 metros, es un paisaje realmente espectacular, donde te das cuenta del poder y la fuerza de la naturaleza —explicó el islandés.

—Con tantos detalles interesantes me ha convencido, mañana daré un buen paseo por la costa. Si es necesario, aplazaré mi subida al Stapafell —afirmó el joven noruego.

—Puedes acercarte a la cumbre del Stapafell cuando subas al Snaefells —sugirió Ragnar—. Te viene de camino. ¿Tienes un mapa? —preguntó.

—Sí, aquí lo tengo —contestó Tom sacando de uno de los bolsillos de su chaqueta la nueva edición revisada del mapa topográfico número 10 de la colección Sérkort.

—Si subes por la pista que parte a pocos kilómetros de aquí, hacia el este, llegarás a un collado en la cara norte desde donde podrás subir hasta la cumbre del Stapafell —dijo Ragnar abriendo el mapa encima de la mesa—. Si estás en forma, en menos de una hora estarás arriba. La ascensión por las rocas es muy divertida… si no llueve. El agua y la humedad se han cargado a más de uno —le advirtió el curtido islandés.

  

Ambos mantuvieron una animada conversación analizando el mapa topográfico dedicado a la península del Snaefells. También conversaron sobre Islandia, la situación del país tras la gran crisis del 2008, el auge del turismo y peculiaridades culturales que a Tom le resultaron toda una revelación. Tenía material para preparar uno o varios reportajes sobre temas que podían resultar de sumo interés. Ragnar le explicó, con cierto pesar, que, desde el año 2012 hasta 2019, el crecimiento de la industria del turismo en Islandia representó aproximadamente el 60% del crecimiento del PIB (producto interior bruto) del país. Durante el verano de 2018 Islandia superó el millón de visitantes, un dato que alarmó a una parte de la población que, al igual que la señora Hnallthora, pensaban que el turismo descontrolado acabaría con la autenticidad y la magia de la isla. Ragnar se interesó por el viaje de Tom y por las actividades que había programado en la península del Snaefells. El veterano islandés había realizado varias ascensiones de cierta dificultad a las principales cumbres de Islandia y no tuvo ningún inconveniente a la hora de aportar información que pudiera resultar útil.

Ragnar le explicó por dónde subir y como llegar a la cumbre del Snaefells de forma segura evitando las máquinas ratracks, que suben a los turistas por el glaciar. También hablaron sobre las grietas, el grosor del hielo y del calentamiento global, que afecta al glaciar del Snaefells de un modo alarmante.

—¿En qué estado se encuentran los principales volcanes de la isla? —preguntó Tom—. En esta zona he leído que hay volcanes más pequeños junto al Snaefells, pero no presentan actividad.

—Estamos rodeados, en las tierras bajas del Parque Nacional se encuentran varios volcanes pequeño tamaño como el Purkhólar, Hólahólar, Saxhólar y el Öndverðarneshólar —explicó Ragnar —de momento están muy tranquilos.

—Todavía recuerdo el caos aéreo que originó la erupción del Eyjafjallajökull en 2010, y si no me equivoco, el año pasado tuvisteis una pequeña erupción cerca de la capital —comentó Tom.

—Estamos preparados para este tipo de erupciones, por aquí hemos vivido situaciones peores —dijo Ragnar.

El islandés explicó que, a lo largo del mes de abril de 2010, varias autoridades mundiales recomendaron al gobierno islandés que empezaran a prepararse para una eventual erupción del volcán Katla, puesto que, según ellos, la erupción del Eyjafjallajökull fue tan solo un «pequeño ensayo», y afirman que la erupción del Katla está cada vez más cercana.

—¿Siguen trabajando en el campo de la investigación geotérmica? —preguntó Tom.

—En Islandia el agua caliente es nuestro tesoro nacional. ¿Has oído hablar de la planta de energía geotérmica de Hellisheidi? —preguntó Ragnar. Tom negó con la cabeza.

—Bombeaba agua calentada a partir de rocas volcánicas que hacían funcionar las turbinas, el proceso de producción de energía emitía 40.000 toneladas de CO2 al año, era un desastre a nivel ecológico. Por ello, a partir de 2012, la planta inició el proyecto CarbFix mezclando 250 toneladas de gases con agua bombeada desde abajo y sulfuro de hidrógeno. El resultado se inyectó en el basalto volcánico que se encontraba a una profundidad de entre 400 y 800 metros.

—¿A qué te refieres con lo de engañar a la naturaleza? —preguntó Tom.

—Al estar la roca expuesta al CO2 y al agua, se produjo una serie de reacciones químicas y finalmente el carbono se convirtió en un mineral calcáreo blanquecino. Este proceso podría haber tardado cientos o miles de años en la mayoría de las rocas, según estudios anteriores. Sin embargo, en las rocas volcánicas debajo de la central, el 95% del carbón inyectado se solidificó en menos de dos años. Creo que alguien está intentando engañar a la madre naturaleza —explicó Ragnar.

—Lo que no podemos negar es que sois uno de los países que más investiga en el campo de las energías renovables —comentó Thomas.

—Es cierto, mi padre fue uno de los pioneros en ese campo —dijo Ragnar.