Bajo las sombras del mismo eclipse - David Novelles - E-Book

Bajo las sombras del mismo eclipse E-Book

David Novelles

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Beschreibung

La historia desgrana con precisión quirúrgica la incidencia que tienen los traumas infantiles sobre el comportamiento de algunas personas. Con apariencia de novela negra, y teniendo como punto de partida un suceso que afecta al entorno de la alta sociedad de Barcelona, Bajo las sombras del mismo eclipse describe con minuciosidad los sentimientos más ocultos e íntimos de sus protagonistas. Una joven canaria, un acomplejado biólogo italiano, un eminente y peculiar odontólogo, y una muchacha marcada por el trato inhumano de su familia, viven bajo las sombras de su pasado. Todos ellos tienen secretos que guardar, pasiones que explorar y un subconsciente condicionado por haber crecido inmersos en unas circunstancias hostiles. Una novela coral en la que tienen cabida algunos toques de erotismo, un trasfondo nostálgico y, ante todo, una descripción cruel y desgarrada de los acontecimientos. Amistad, traición, celos, sexo, fidelidad, odio, nostalgia, melancolía, sumisión, amor, familia, todo ello envuelto en un permanente halo de romanticismo. El autor describe, sin ambages ni artificios, los sentimientos y deseos de los personajes, dando a la obra una sensación apabullante y turbadora de realismo. Aunque, como en la vida misma, siempre existe la posibilidad de que algo se escape a la razón…

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Veröffentlichungsjahr: 2018

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DEL MISMO ECLIPSE

David Novelles

Primera edición: Marzo 2018

©Derechos de edición reservados.

Azur Grupo Editorial.

www.azureditorial.com

[email protected]

Colección: Novela

© David Novelles

Edición: Azur Grupo Editorial

Corrección: David Gálvez Ruiz

Maquetación: Rosa Valenzuela Jurado

Diseño de portada: Silvia Martínez Gil

Imagen de cubierta: ©Fotolia.es

ISBN: 978-84-947871-2-6

DEPOSITO LEGAL: AL 156-2018

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida,

almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico,

químico, mecánico, óptico, de grabación, en internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

Azur Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación,recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.

Cualquier forma de reprodución, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO ( Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesitas fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra ( www.conlicencia.com; 917021970/932720447)

IMPRESO EN ESPAÑA - UNIÓN EUROPEA

A Ingrid, por ser esa mujer libre que tiene siempre la elegancia de mirar hacia otro lado mientras me deja usurpar su optimismo, sus ganas de lucha, su energía y su empeño para que yo pueda crear universos en los que poder refugiarnos.

Gracias por subir conmigo a la azotea y poner a mis pies un mundo tan brillante como acogedor. Gracias por escoger andar a mi lado, a pesar de mis limitaciones. Gracias por iluminarlo todo. Gracias por abrir el ojo cada mañana y decidir que es aquí donde quieres estar…

14 de julio de 2017

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David Novelles

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1.1 — Abril 2017

“Es un ejercicio de perspicacia y experiencia reconocer a un muerto.

No hablo de esos muertos típicos y aburridos, que llenan las neveras de las morgues como si fueran desafortunados paquetes sorpresa, debajo de sábanas que todo el mundo imagina blancas gracias al daño que la televisión y el cine han hecho. Y así, al igual que durante años las películas de princesas han generado una imagen idealizada y patética de un príncipe azul que nunca puede llegar porque no existe, y han convertido a millones de cretinos sin ningún color ni gracia en bestias con la arrogancia, la prepotencia y la estupidez de ese aristocrático personaje de fantasía, todopoderoso, protector, imaginario e innecesario, de la misma manera, no hay nadie que no piense en un cadáver cubierto con una sábana sin visualizarla blanca. No conozco a nadie que imagine esas neveras alargadas con cuerpos cubier-tos de sábanas a rayas fucsias y naranjas, o con rosetones mal-vas sobre fondo beige, o simplemente sábanas como mortajas lisas y sosas, verdes, azules o rosadas, como si se tratasen de la lencería de cama de un apartamento de costa de baja categoría.

No hablo de esos muertos que no hacen nada, sino de esas personas muertas que se ven atrapadas en cuerpos vivos, que no se han dado cuenta de que su empeño por respirar es ya absur-do. Y siguen andando, moviéndose, quejándose y amargando la

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vida a los demás. Normalmente son personas que han sido ase-sinadas parcialmente tiempo atrás, y no se deben confundir con algunos caprichosos que se empeñan en apuntarse a cualquier cosa solo porque no saben qué hacer con su vida, y prostituyen y vulgarizan el peculiar arte de vivir permanentemente muerto. Esos son muertos de pacotilla, advenedizos sin pedigrí que se arrastran por las calles intentando llamar la atención, pidiéndo-le a la sociedad que los reconozca como víctimas de estar vivos, implorando una piedad que nadie sabe muy bien por qué se les tiene que ofrecer. En el fondo, son castrados que se disfrazan de muertos, y eso, sinceramente, está muy mal visto.

Despreciando a estos últimos, mi atención se centra en esas personas que murieron un tiempo atrás, y que por no saltarse la lógica vital siguen enredados en un corazón que late y un cerebro que piensa, frecuentemente poco y mal, pero piensa. Su-jetos pasivos de asesinatos diferidos, ejecutados en otra época. Provocan que ellos, como víctimas, agonicen con un cuchillo ardiendo clavado en las entrañas, durante tanto tiempo que aca-ban adoptando el dolor como algo propio y apenas se dan cuen-ta de que se dejan la vida a jirones a cada paso que dan.

Esa herida mortal, a veces repentina y por accidente, a veces continuada y provocada, genera un eclipse absoluto en el alma de la víctima que, a partir de entonces, y de manera tan cruel como involuntaria, dirige su vida física desde las sombras que se generan bajo ese eclipse. Sus actos resultan tan peligrosos e imprevisibles como los de un científico loco queriendo dominar el mundo desde su atalaya.

Esos seres, ni vivos ni muertos, esos seres en tránsito, se con-vierten en peligrosos porque la parte corrupta de su alma es no-civa, y su cuerpo vivo es capaz de ser tan verdugo como quienes un día lo fueron con ellos.

Es una experiencia excitante encontrarlos por la calle, entre tus conocidos, entre la gente que tienes a tu alcance, y recono-

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cer en sus ojos esa mirada desolada y percibir ese aroma de gangrena que desprende su aliento. Cuando encuentras a uno de esos asesinados defectuosos es una imprudencia perderlo de vis-ta. Es emocionante acercarte, perseguirle, ver cómo poco a poco va actuando y transformando su necesidad de autodefensa en destrucción.

Cómo me río de esas historietas cómicas en las que los muer-tos de cine son pálidos, se mezclan entre los alumnos de un instituto, beben sangre, huyen del sol y, si éste les alcanza, res-plandecen como si Campanilla hubiese invitado a sus doscien-tas hermanas de luz a invadir una película ajena. Esos muertos son reconocibles a distancia, son falsos muertos, personajes de opereta que carecen de credibilidad precisamente por ser tan obvios.

Por el contrario, mis muertos son entrañables, peligrosos y abundantes. Se camuflan maravillosamente bien, por la sencilla razón de que ni siquiera ellos mismos saben que se esconden. Mis muertos son tan reales que no es que se asemejen a vivos, sino que lo son. Lo son a pesar de estar pudriéndose desde mucho tiempo atrás, a veces meses, a veces décadas, y a veces casi toda una vida, ya que, con frecuencia, no se liberan de ese cuchillo al rojo hasta que su cuerpo decide seguir a su alma y dejar de existir. Lo fascinante es que en su camino generan tanto daño a la gente que les rodea, que acaban convirtiéndose ellos mismos en asesinos. Y así, el desarrollo de los acontecimientos se disfraza de trapecista que riza el rizo, y transforma a quien murió asesinado en un despiadado, implacable e involuntario asesino.

La naturaleza es fascinante. Es tan generosa en recursos y en mecanismos de defensa, que se necesitarían muchas vidas para poder conocerlas y entenderlas todas. El ansia por sobrevivir y por adaptarse al medio que toca transitar en cada momento, convierte en mágico a cualquier ser que necesite continuar su camino. Y eso es aplicable a todos los animales, sean grandes,

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pequeños, minúsculos, acuáticos, terrestres, vertebrados o in-vertebrados. Sin duda, también es aplicable a un cuerpo huma-no vivo que necesita sobrevivir a pesar de arrastrar constante-mente un alma emponzoñada como si fuera una mortaja.”

Levantó la vista de sus notas cuando se le acercó la muchacha. Se crispó. Era una persona muy razonable, aunque también muy ocupada, y le molestaba que cuando estaba pensando interrum-pieran su trabajo. Cogió aire y esperó a que hablara.

—¿Me ha llamado? ¿Desea algo?

Miró el nombre de su placa identificativa. Era un desastre para recordar el nombre de las personas en general, y en particular de quienes le resultaban insignificantes, como la chica que tenía de-lante en ese momento.

—Sí, Martina. Tráigame una botella de agua. Fresca. Con un vaso largo. Con hielo. Y le ruego no me moleste más. Hoy tengo mucho que escribir y muchas horas por delante.

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1.2 - Barcelona, diciembre 2016.

—Hola, mona, ¿cómo te has levantado? ¡Qué mala cara tienes! Espero que te haya merecido la pena o, mejor dicho, espero que te haya gustado casi tanto como a mí. Tengo una jaqueca horrorosa y me duele todo el cuerpo, pero hay que saber disimular, cielo. Ante todo, tienes que mostrarte digna siempre. Dani, Dani, Dani querida, ya sé que andas trabajando, pero métete en el baño y maquíllate un poco, que se camuflen esas ojeras, porque ya sabes que la gente es muy mala y comenta cosas que luego no son ciertas solo por hacer daño. —Miró a ambos lados para comprobar que no venía nadie y le acarició la nalga izquierda con toda la intención. —Llego un poco justa. A ver si Enrique me atiende enseguida, que me sigue molestando —añadió palpándose la mejilla derecha.

Daniela le miró mientras se alejaba por el pasillo hacia la sala de espera, meneando su culo de un lado a otro, como si fuera la Wini-fred de El libro de la Selva. Diana era así, siempre necesitaba parecer espectacular para ahogar sus carencias en los rastros de baba que ge-neraban a su paso la mayor parte de los hombres y algunas mujeres.

No le apetecía que apareciera hoy por la consulta, aunque sa-bía perfectamente que tenía cita. No lo comentaron la noche an-terior porque en las cenas de su casa se mantenía la prohibición de hablar de trabajo. No hay nada que ataque más la libido que no saber desconectar de la oficina. Pero ella repasaba la agenda del día siguiente cada tarde y sabía que su amiga estaba citada a las 10 con Enrique. Aun no repasando la agenda lo habría recordado. Fue ella misma la que le dio la cita. Independientemente de ese

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hecho, Diana era una de esas personas que no pasaban desaperci-bidas para nadie, y mucho menos para ella. En muchos sentidos, Diana y ella tenían vínculos que excedían lo ordinario en una relación de amistad entre dos mujeres.

Hoy solo quería encontrar el rincón oportuno en el que morir sin llamar demasiado la atención. No tenía ningunas ganas de trabajar, como casi siempre. Le dolía la cabeza y estaba muy cansada. Real-mente merecía la pena sentirse así tras la sesión de sexo de la que disfrutócon su marido y Diana, pero hoy sentía que los minutos eran como chicle caliente, y que sus piernas pesaban como si las hubieran encadenado con grilletes terminados en una bola maciza de hierro, de esas que venden en los bazares cuando llega carnaval para disfrazarse de preso centenario. De todas maneras, no podía quitarse la sonrisa de la cara y se sentía realizada. No hay nada que tenga mejor sabor que comportarse como una auténtica hija de puta con toda naturalidad cuando una persona no lo es de serie. Y esa mañana sentía los nervios y la excitación de ser una arpía académi-ca. Estaba a punto de alcanzar su objetivo, a pesar del cansancio.

Una vez Diana desapareció de su vista, se encerró en el baño, sacó el neceser del maquillaje, y se derrumbó encima del ino-doro mientras sujetaba el espejito con una mano y se retocaba con la otra. Hizo lo que pudo con su cara. Nunca había sido una gran experta en usar los cosméticos correctos y en la proporción adecuada para tener un aspecto excelente y, cuando tenía algu-na fiesta a la que acudir, siempre perseguía a sus amigas para que le maquillaran. Cuando ya había hecho todo lo que sabía y parecía que sus ojeras quedaban más disimuladas, empezó a es-cuchar fuertes voces que llegaban desde el pasillo. En el fondo, estaba esperando ese barullo. Ese tono de voz inapropiado para una consulta médica que se las daba de ejemplo de ambiente zen y esos exabruptos solo podían provenir del gabinete de Enrique, el director médico, que había pasado de la cordialidad a la ira en un segundo, como era costumbre.

Daniela guardó el maquillaje apresuradamente y, justo cuando

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abría la puerta del baño para salir, vio pasar ahogada en lágrimas a Cesca, que se dirigía a la carrera hacia el almacén. También oyó los gritos del jefe, que llegaban nítidos a todos los rincones de la clínica, incluida la sala de espera donde las personas que aguarda-ban turno se revolvían nerviosas en sus asientos de diseño, no tanto porque tuvieran que someterse a algún tratamiento, sino porque, por el mismo precio, escuchaban las valoraciones de Enrique sobre el coeficiente de la pobre auxiliar refugiada en el almacén y sobre la profesión que debía ejercer su madre, sin importarle demasiado que su madre estuviera muerta hacía ya un tiempo. Así obligaba a los asombrados pacientes a inmiscuirse en la intimidad de un clima laboral enrarecido por las demasiado frecuentes salidas de tono de quien debería mantener la compostura más que nadie.

—Ostias, es que me ponéis en el gabinete a la más idiota para joderme el día. No quiero ver a esta hija de la gran puta nunca más. Despedidla de inmediato. Llamad a la gestoría. Quiero los papeles en media hora.

Daniela, resignada, se dirigió al gabinete principal antes de escuchar lo que sabía que vendría como coletilla después de un episodio como aquel. Aún con la voz alterada y seca, pero bajando ligeramente el tono, Enrique añadió:

—Dani, ven aquí ya, enciende el puñetero aire acondicionado, tráeme más anestesia, joder, date prisa.

Entrar en el mismo gabinete que ocupaban Diana y Enrique no era una idea nada atractiva, pero sabía que no tenía otra opción, y también sabía que en pocos minutos Enrique ya estaría tranquilo y trabajando en su boca. Cuando se juntaban su jefe y su amiga se generaba una burbuja ácida e incómoda a su alrededor, como si fuera una nube tóxica en la que prevalecía, por encima de cual-quier sensación, una tensión que nadie buscaba, pero con la cual se chocaba irremediablemente. Ambos sentían en sus mentes que eran la élite del mundo, y lo mostraban abiertamente con sus con-versaciones insufribles, durante las cuales la habitación se con-

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vertía en un cuadrilátero, y cada frase era un golpe que intentaba dejar claro al otro quién era más rico, o más valiente, o más im-portante, mientras el resto de las personas que se veían atrapadas allí y ejercían de espectadores, pasaban a ser decoración barata y despreciable cuya única misión era decidir calladamente quién era el más patético de los dos.

Daniela entró y empezó a recoger la bandeja y todo el material que Cesca había dejado caer al suelo y que el doctor había despa-rramado por el gabinete de una patada. Era el ritual post cabreo que ya tenía aprendido. Casi a diario le tocaba representarlo. Una vez desaparecido todo rastro del incidente y envuelta de un si-lencio espeso y pegajoso, se colocó unos guantes nuevos, como siempre que iba a atender a un paciente, y se subió la mascarilla protectora que solía llevar colgada perezosamente a la altura de la garganta con el único fin de no extraviarla a cada momento, cosa que le sucedía demasiadas veces.

No había pasado ni un minuto cuando entró un alma en pena ves-tida de auxiliar, que era en lo que se había convertido Cesca en tiem-po récord, intentando contener las lágrimas, con los ojos hundidos y enrojecidos destacados sobre una cara pálida, como si fuera un folio sin pintar. Se hizo pequeña dentro de su uniforme, que de repente parecía varias tallas mayor de lo que ella necesitaba. Se dirigió a Da-niela y, temblorosa, le ofreció los pequeños recipientes de epinefrina, el anestésico que se utilizaba para la gran mayoría de pacientes, que entrechocaban en su mano produciendo un soniquete constante.

—Pues sí que está para robar panderetas, la niña esta —dijo Enrique con una poco disimulada sonrisa de quien se sabe vence-dor por abuso antes de empezar. Y dirigiéndose a Daniela la apre-suró—: venga, pásame la jeringuilla, que aún vamos a generar retraso sin ninguna necesidad. Ya la cargo yo.

Cesca se acercó todo lo que pudo a Daniela y le susurró:

—Joder, desde que sabe que estoy embarazada no me soporta

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y estoy al límite. No aguanto más, Dani. Y encima la zorra de mi prima metiendo cizaña y despreciándome a cada momento. Llega un momento en que te hartas y decides mandarlo todo a la mierda.

Después se apartó a un rincón, se mimetizó con el mobiliario blanco y allí se quedó sin intervenir y sin moverse hacia ningún la-do, sorbiéndose los mocos y deseando en su fuero interno licuarse por arte de magia y desaparecer por el desagüe de la escupidera.

A pesar de que, al principio de trabajar en la clínica, Enrique le había intentado hacer llorar como acostumbraba a hacer con todas sus auxiliares, cuyas lágrimas eran un trofeo de caza para él, nun-ca lo había conseguido con ella. Pero después de que intimasen en el mes de julio, ella consiguió encontrar de repente el anverso y el reverso de sus sentimientos, y había gozado, pero también había aprendido lo amargas que saben las lágrimas que provocan la rabia, el desprecio, el desasosiego o el mal de amor.

Ya llevaba cerca de dos años trabajando para él, y le cono-cía bien, pero no lograba acostumbrarse a sus arrebatos de ira. Ni siquiera le ayudaba intentar recordar que incluso en algunos momentos se había sentido feliz allí. Sencillamente creía que era la persona más desgraciada del mundo. Y esa sensación se había acrecentado desde que unas semanas atrás había descubierto que estaba preñada, y que el padre de la criatura no solo no quería saber nada del tema, sino que huía de ella. Con lo fantástico que consideraba que era engendrar un niño fruto del amor de su vida, y sin embargo se encontraba con que ese amor, que ella conside-raba maravilloso y eterno, le giraba la espalda. Su vida era com-plicada, y su jefe se la complicaba aún más. Con su forma de ser y sus reacciones de cólera, le hacían caer en un estado de terror insoportable y le provocaban constantes pesadillas, que tenían co-mo resultado que cada vez comiera menos y su delgadez llegara a extremos escandalosos para preocupación de Fermín Mateu, su tío, que era tan avispado y duro para juzgar a desconocidos por su procedencia, como torpe e inepto para entender los entresijos del

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desamor y sus efectos en las personas a medio formar.

Desde que le dijo a Enrique que estaba embarazada, un día aprovechando que no estaban con ningún paciente y que él estaba de buen humor, el odontólogo la había despreciado y echado en cara en cada ocasión que había tenido, viniera o no a cuento, que las jovencitas solo buscaban preñarse para pedir la baja y seguir viviendo del cuento, cobrando un sueldo a su costa mientras se pasaban los días vagueando en el sofá. No era la reacción que esperaba de él, que a pesar de tener el carácter que tenía, se había mostrado con ella muy cercano desde que empezó a trabajar en la clínica, antes de cumplir los veinte años.

—Cualquier cosa de estas se la comentas al director de la clíni-ca. Yo no quiero saber nada. A mí me toca pagar a parásitos como tú y joderme. Ya buscaremos a otra que sea más válida que tú, y no tan dispuesta a abrirse de piernas. —Fue el exabrupto que re-cibió por respuesta Cesca tras la noticia del embarazo.

Daniela escogió el envase de anestesia adecuado y se lo tendió al doctor junto con la jeringuilla metálica. Vio como este, tras com-probar que era la sustancia que pretendía, anclaba el frasco mientras ella se sentaba al lado izquierdo de su amiga. Una vez Diana abrió los ojos tras los pinchazos, le miró y le empezó a hablar con ese to-no prepotente que tanto usaba cuando estaba con Enrique delante.

—Tenemos que repetir cena, nena. Estuvo muy bien la de ano-che y paso una época con mucho estrés, así que podríamos orga-nizar algo para un día de estos. En tu casa, que es muy grande y cómoda. Esta vez traeré a un par de amigos que quieren conoceros. Ya les he dicho que, acostumbrados a caviar, es rebajarse mucho darse un atracón de huevos fritos, pero ellos lo ven como una aven-tura. Tener contacto con la plebe a veces puede ser enriquecedor.

Mientras hablaba, empezaba a notar esa sensación que tanto odiaba de acorchamiento en el labio inferior, pero sin dejar de son-reír, continuó su monólogo mientras Enrique estaba absorto con su

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móvil. Daniela hacía grandes esfuerzos por no ahogarla con el tubo del aspirador y Cesca seguía camuflada en el fondo del gabinete.

—Tenemos que hacer algo espectacular, una fiesta a lo grande. Me apetece disponer por una vez de un menú con muchos platos distintos. Probar cada uno de ellos es excitante. Sería fantástica una velada con mi amor platónico, el excelentísimo doctor, mi mejor amiga y unos cuantos allegados más. Incluso sería diverti-do probar con la tonta del bote de mi prima, que no para de gimo-tear en el rincón, y con el engendro italiano que tienes por amigo. Ya puestos, que mis amigos prueben plebe y chusma en la misma sesión. Eso sería una auténtica estampa familiar, un gran regalo para mí. ¿A ti qué te parece, Enrique?

El odontólogo, sin saber muy bien de qué hablaba Diana, en parte porque no le estaba prestando atención, y en parte porque no tenía ni idea de qué tenía que ver el número de platos para que una cena fuera decente, apartó la mirada de la pantalla de su móvil, se colocó por enésima vez su gorrito quirúrgico de colores del cual no se separaba en todo el día, esperó que se apaciguara su ira por haber sido interrumpido en sus mensajes telefónicos y le contestó lo primero que le vino a la mente.

—Me importa bien poco si a una cena va no sé quién coño y la bestia parda esa que tiene Dani como amigo. Lo único que me importa es que está trabajando y no quiero que se distraiga con cosas de fuera de la clínica.

—Qué graciosa es tu estupidez, Enrique. Me encanta que seas tan necio porque me das la oportunidad de castigarte luego como te mereces—le dijo Diana mirándole fijamente a los ojos. Luego, los volvió hacia Daniela y Cesca, y añadió en un tono ostensible-mente más bajo, como haciendo una confidencia:

—No tenéis ni idea de lo dócil, razonable y arrastrado que es en la intimidad cuando lo logras domesticar. Bueno, igual alguna de vosotras sí que lo sabe.

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Y todavía insistió en su idea de la cena.

—¿Qué te parece Dani si la organizamos para el sábado por la noche? Yo no tengo plan, y los demás ya os despejaréis esa noche. Tener una cena especial conmigo no está al alcance de cualquiera.

Ya no pudo seguir hablando. Enrique, hosco y taciturno, con-troló su rabia y empezó a trabajar en la boca de la mujer. A su vez, Daniela intentaba controlar su renovado instinto de clavarle la boquilla del aspirador en la garganta, y Cesca dejaba salir su odio por sus manos retorciendo el bolígrafo que había cogido para no mostrar su nerviosismo. Lo apretó con tal fuerza que lo partió, y una de las astillas se le clavó en el dedo índice. Pero no sintió dolor, ni siquiera se apercibió del lento goteo de sangre que iba dejando un minúsculo charco a sus pies a lo largo de la media hora que duró el tratamiento. Estuvo todo el tiempo en trance, mirando fijamente la cara de Diana Mateu, y deseando su muerte.

Durante ese tiempo, cada uno de ellos imaginó a su manera una cena especial, con los invitados, las conversaciones y los des-enlaces más diversos. Incluso Diana fabuló con cuerpos desnudos y enredados, con urgencias satisfechas encima de una mesa llena de platos y de gemidos propios y ajenos, que pasaban de un postre a otro sin valorar siquiera su naturaleza o su conveniencia.

En ese momento, por mucho que lo planeara, desconocía que no habría cena especial ni esa semana ni nunca más, ya que el sábado por la noche, ese mismo día en que Diana intentaba volver a gozar de una buena sesión de sexo compartido, en lugar de ocupar la cama de Daniela y su marido, estaría también desnuda pero ocupando una ca-milla en el Centro de Patología Forense del IMLCCF1de Barcelona. De hecho, en ese mismo momento, su cuerpo ya estaba empezando a notar que algo iba mal, aunque ella todavía no lo sabía.

Y lo que jamás hubiera podido imaginar, de haber sabido que

1 IMLCCF – Instituto de Ciencia Legal y Medicinas Foren-

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iba a morir asesinada, es que alguna de las personas que en ese momento se paseaban por su mente como protagonistas en mayor o menor medida de su fantasía sexual, sin ropa ni adornos que hicieran notar la diferencia de clases que ella sentía con tanta ni-tidez, sería su ejecutora.

ses de Catalunya.

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2.1 Cesca — Barcelona, marzo de 2017

Llevaba demasiado tiempo muerta como para poder llegar a entender que su vida física acabaría en las próximas horas. Re-costada en el pequeño sillón de su habitación, se aferraba al man-do a distancia de la televisión e iba saltando de canal en canal, buscando un nuevo dato, una nueva imagen de la noticia. Con la calefacción a máxima potencia, ni siquiera se daba cuenta de que las gotas de sudor ya habían abierto un camino que bajaba por entre sus pechos, se ensanchaba en el ombligo y se perdía bajo la goma de sus bragas, en dirección hacia su entrepierna, allí donde hace tanto empezó todo.

El brillo del televisor era suficiente para iluminar la estancia que apenas recibía luz de ese día de marzo que ya declinaba. Ha-bía pasado las últimas horas mirando absorta como Enrique, su jefe, iba escoltado por cuatro policías a la salida de los juzga-dos, recién condenado a quince años de prisión por el asesinato de Diana Mateu, mientras su abogado, un mequetrefe paliducho, con gafas de Rompetechos y bigotillo absurdo, intentaba poner de su lado a la opinión pública, esa que se había volcado en el caso buscando casquería e intimidades inconfesables de uno de los odontólogos más conocidos de la ciudad. Seguía siendo un misterio, equiparable al de saber qué hay detrás de la muerte, po-der llegar a entender el enorme influjo y la irremediable atracción que tenía el país por las vergüenzas ajenas, como si éstas fueran imprescindibles para soportar las propias y poder criticar las de la gente cercana, extrapolando la situación en la que se veía sumido el famoso de turno a la de cualquier persona, permitiendo esparcir

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mierda por aspersión de una manera en la que nadie se atrevería si no existieran espacios especializados en prostituir ese tipo de noticias.

—El señor Ballabriga trabaja desde hace tiempo por la salud de la sociedad barcelonesa. Llegaremos hasta donde sea necesa-rio para demostrar que la situación en la que nos encontramos no es más que un aberrante error. Recurriremos hasta la más al-ta instancia para evitar su ingreso en prisión. Mi defendido está mentalmente muy afectado por esta injusticia, y su reclusión po-dría ser muy perjudicial para él—repetía el letrado su letanía con convicción, pero sin gracia alguna ante cualquier micrófono que se le quisiera acercar.

Por primera vez en su vida, la muchacha era capaz de reco-nocer el sentimiento de misericordia. No acostumbraba a tener demasiadas sensaciones. Las pocas que apenas recordaba no se apartaban de cosas negativas como el asco, el odio, la rabia, la impotencia, la humillación o el desprecio. Pero su camino no ha-bía sido fácil, desde luego, y en su lenguaje nunca habían cabido, hasta hacía muy poco tiempo y de forma muy amortiguada, tér-minos como cariño, felicidad, bienestar, ilusión o nostalgia. Hay personas elegidas por una mano siniestra, que nacen destinadas a sufrir una precoz extirpación de sentimientos y una cauterización preventiva de sus consecuencias. Cesca era, sin duda, un ejemplo académico de persona emocionalmente castrada.

Nunca tuvo ningún sentimiento positivo hacia sus padres, ni jamás sintió agradecimiento hacia su tío, que le rescató del infier-no y le intentó hacer entender que en otra vida igual habría podido ser una persona distinta. Poco le importaba si sus conocidos, sus compañeros de clases de recuperación o sus colegas en el trabajo iban o venían, sentían o padecían, vivían o morían. Realmente le importaba una mierda lo que le pasara a cualquier persona, me-nos a Enrique. Era el único que le había hecho sentir admirada, deseada. Aunque la inoportuna de Daniela le había dicho que su relación era enfermiza y que debía alejarse de Enrique, ella siem-

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pre recordaría con amor desesperado y ardiente el primer día que se acostó con el odontólogo en la clínica. Le arrancó la ropa con deseo, la tumbó sin miramientos en el diván y la penetró con una embestida seca y contundente. Le agarró los pechos escuálidos, casi inexistentes y le pellizcó los pezones que surgían duros y puntiagudos. Le dijo entre jadeos lo atractiva que era, en lo que ella interpretó como una declaración de amor en toda regla, y después de cuatro movimientos enérgicos, se desparramó en sus entrañas. Apenas duró unos segundos, y una vez terminado, salió de ella, chorreó con los últimos accesos de esperma su barriga y se incorporó sin apenas rozarle para no mancharse.

Cuando recuperó el resuello, ella se le acercó y le abrazó. En-rique la miró con indiferencia, le apartó el brazo con rudeza, dio un paso atrás y le dijo:

—No seas pesada, ya he terminado contigo por hoy. Mañana continuaremos en mi despacho cuando cerremos.

Se levantó, se vistió y se marchó. Ella se sentía enamorada y agradecida. Le había hablado. Después de haber tenido una sesión de sexo estupenda, le había hablado. Y por mucho que Daniela se empeñara en fastidiar el momento, estaba segura de que lo hacía por celos y envidia. A saber qué vida sexual tan pobre tenía esa re-milgada para venir a meterse en el paraíso que ella construía con Enrique. Daniela nunca tendría a nadie que la poseyera mirándole a la cara, que le agarrara los pechos, que se sintiera complacido en un minuto y que, por encima de todo, le hablara al terminar, aun-que fuera para empujarla y decirle que era una pesada. ¿No era esa una muestra evidente de amor? Las películas se empeñaban en utilizar ese tipo de diálogos para representar a un matrimonio que llevaba años junto. Y ella había conseguido que Enrique la sintiera como una pareja de mucho tiempo en unos pocos minu-tos. Definitivamente, estaban creados para estar juntos hasta el final de sus días. Cesca sabía perfectamente que había encontrado su alma gemela, esa que no se separaría de ella nunca, y que tran-sitaría a su lado hasta el último confín de la eternidad.

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Ya se encargaría ella de que así fuese. Para una vez que encon-traba a alguien que llenaba de luz y esperanza su vida, no lo iba a dejar escapar.

—No se desprecian los regalos, sobre todo si son buenos, bajo ningún concepto.

Y ahora Enrique, su regalo, estaba allí, encerrado en una pan-talla de 32 pulgadas y con cara de estar pasando un mal momento, sin afeitar y con ojeras. De acuerdo que últimamente había tenido confusiones de sentimientos, el pobre, pero seguro que era debido al agotamiento por el exceso de trabajo.

—A veces, el estrés y la ansiedad nos llevan a no dormir bien, a follar con quien no debemos o a asesinar a alguien, pero me gustaría saber a quién no le ha pasado eso —pensó Cesca viendo las imágenes.

No podía consentir de ninguna manera que su hombre entrara en prisión. Allí no resistiría ni un par de días. No era fuerte como ella, ni estaba preparado para soportar ciertas cosas. Ella se cam-biaría por él sin ningún problema, aun hoy en día que estaba tan perdido. Se arrepentía de haber complicado las cosas. A veces no podía reprimirse y debería haber sidomás inteligente sabiendo que tenía habilidades que los demás no podían entender. Pero le perdió la pasión.

La primera vez que descubrió que tenía un don letal y pode-roso que la hacía diferente al resto del mundo fue cuando un día, hacía ya seis años, se quedó mirando fijamente a su madre mien-tras estaba restregando el mantel ensangrentado. Desde entonces, nunca había fallado. Solo una vez tuvo que acabar el trabajo de otra manera. No tenía bien claro lo que había pasado, aunque es-taba segura que tenía que ver con la herida que tenía en el ojo derechoa raíz de un arañazo que recibió dentro. Le lagrimeaba y le escocía y no podía mantener fija la mirada demasiado tiempo. Encima, en esa ocasión, eran dos objetivos. Pero solo falló con

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uno. Las otras veces había sido totalmente efectiva. No iba a ser de otra forma con la rubia guarra que convivía bajo su mismo techo y que se había entrometido entre ella y su amor.

Pero después de ver los efectos devastadores que su actuación había provocado, se arrepentía. No de que su prima estuviera aho-ra donde se merecía, viendo como ese cuerpo que había confundi-do a su Enrique se pudría devorado por los bichos, sino de haber utilizado su don sin saber que la policía sería tan torpe como para acusar a su amante de un asesinato que no había cometido. No sabía de dónde habían sacado esa idea peregrina de que su pro-metido había envenenado a la hija de la gran puta esa. ¡Qué poco sabía hoy en día la investigación científica de la capacidad y la potencia de una mente convencida!

Debía detener esa locura de manera definitiva. No podía hacer otra cosa. Su amante le necesitaba, y ella iba a estar allí, apoyán-dole y ayudándole. Su prima estaba muerta, y su tío, en unas con-ferencias fuera de la ciudad, y no regresaría hasta al cabo de un par de días. Tardó pocos minutos en entender lo que debía hacer. En asimilar lo que ello comportaba y en aceptar que era la mejor solución para estar ya siempre ligada a él.

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2.2 Daniela — Gran Canaria, 1979

La sangre de Daniela mezclaba el carácter y la explosividad italiana con la dulzura y la voluptuosidad canaria. Era una mujer bajita, relativamente atractiva, muy gesticulante y llena de fuerza, aunque en su interior albergaba más inseguridades que un grupo de tartamudos armados con versos contra el ejército soviético en pleno… cuando había ejército soviético.

Su padre era un insigne fracasado italiano, nacido en el du-doso barrio de la Guadagnaen Palermo. Descendiente muy le-jano de uno de los bastardos Sforza huidos desde Pésaro siglos atrás, el pequeño Salvatore se crio en una casita que se rompía a trozos en la esquina de la vía Buonriposocon la nada más absoluta. Desde allí, vivía viendo los trenes pasar,y soñaba con andar, con vivir historias lejos de esa ciudad que sentía como una cárcel. Ya de jovencito, Salvatore Sforza trabajó en miles de lugares, pensando siempre que el futuro sería mejor. Y so-ñando ese futuro que nunca llegaba, no fue capaz de disfrutar ni un solo presente. Arrastraba su frustración, su vagancia y su incapacidad por las calles mientras repartía periódicos, ayudaba en la cafetería de al lado de la catedral vendiendo helados a mil liras o trabajaba a ratos en el puerto, buscando siempre contacto con gente que le pudiera llevar lejos de allí, tratando de esca-par del control de los carabinieri que patrullaban los accesos al puerto, con fusiles bien visibles y preparados en una estéril advertencia a la Cosa Nostra, que seguía dictando las leyes hu-manas y los designios divinos de la isla.

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En una de sus búsquedas de algo de trabajo en el puerto coin-cidió con Don Yeray Santana, aventurero canario que fue amigo y compañero del caballero Antonio Cañones Cabrera, y que trabajó para él en los inicios de la Naviera Cañones, pero que chocó fron-talmente con su hijo Antonio Cañones Bolaños y decidió dejar la empresa cuando el hijo pasó a dirigir la naviera. El curtido señor Santana decidió aplacar sus ansias de navegar haciéndolo por li-bre y vendiendo su experiencia al mejor postor, lo cual le ofrecía frecuentemente la oportunidad de recorrer muchos puertos con diferentes barcos para llevar cargas, pasaje o sencillamente para dedicarse al recreo, que para él significaba manejar una bue-na nave por los más diversos mares. De vez en cuando llevaba consigo a su mujer, la preciosa María del Pino, nacida y criada en Teror, al lado de la basílica, que harta de que su marido no estuviera nunca en tierra, decidió romper todos los esquemas sociales canarios y se embarcó en más de una ocasión junto a su Yeray, para que los meses sin calor humano no le anestesiaran el alma y que los fríos no fueran los corporales, sino los que les regalase la brisa mediterránea, la tempestad atlántica o la locura indomable cantábrica.

En un diciembre de finales de los años setenta, aprovechan-do las vacaciones navideñas, Don Yerayy Doña María del Pino llegaron a Palermo con su hija Carmen del Pino, la cual había heredado la belleza y el coraje de su madre y el ansia aventurera y las nostalgias de su padre. Así coincidieron Salvatore y Pinito. No se enamoraron a primera vista, ni a segunda. Sencillamente, no se enamoraron. Pero sintiendo el fuego del sexo solo con verse, se imaginaron desnudos, enredados y sedientos, y decidieron no dejar nada para la fantasía. Mezclaron saliva, sangre, semen y en-trañas entre las bolas del árbol de Navidad del camarote principal del barco, mientras los padres de Carmen del Pino se dedicaban a recorrer la ciudad para encontrar provisiones en las consolidadas empresas alimentarias de la isla.

Cuando apareció de nuevo el barco de Don Yeray en el puerto cuatro meses después, Salvatore supo que había preñado a su hija

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aún antes de que atracara, y antes de ver la mirada hosca y el puño trémulo de ira del caballero canario ya tenía decidida su respues-ta. Se casaría sin duda con Carmen del Pino Santana Guerra, su generosa y concupiscente amante por unas horas. Y emigraría, por fin, lejos, muy lejos. Siempre había pensado que un día con-seguiría alejarse de su Palermo natal, pero creía que lo haría sin nada más que con las dudas que le pudiera generar la pobreza y sin saber dónde caería muerto de hambre o desidia. Cuando vio la oportunidad de alejarse de allí con oficio, familia y un cuerpo de mujer joven y bonito para él solo, vio el cielo tan abierto como las piernas de Pinito. Lo que no sabía entonces es que ella tenía voz, voto, decisión, arrestos y cuerpo para dar y repartir, y que sus exi-gencias sociales, culturales, económicas y seminales estaban muy por encima de las que el pobre desgraciado de Salvatore estaba dispuesto a ofrecerle.

De regreso a Gran Canaria, la joven pareja se instaló en la ca-pital de la isla, en un pequeño piso que tenía doña María del Pino en la zona de la calle Ripoche, después de haberse celebrado una boda discreta, por supuesto. A sus amistades les dijeron que se habían casado con gran boato en Italia,y así socialmente, no solo pasó como un matrimonio con todas las de la ley, sino como algo exótico y distinguido según y cómo se mirara.

Después de dar a luz a su hija, Carmen del Pino empezó a tra-bajar en la Farmacia del Parque de Santa Catalina, regentada por su inseparable amiga Consuelo Martel, que le abrió los brazos co-mo siempre había hecho. Salvatore empezó a trabajar en el Puerto de la Luz, en un empleo de carga que le consiguió su suegro, y empezó a darse cuenta de que las distancias no cambian la vida, que todo puerto es igual, que toda ola rompe, que si la desgracia va contigo te sentirás desgraciado estés donde estés y que huir es mala solución, porque nunca puedes escapar de ti mismo sin sufrir daños irreversibles. Solo si estás dispuesto a crecer, puedes vivir en paz contigo mismo y disfrutar de cada momento. Pero Salvatore no estaba dispuesto a nada más que a seguir soñando con barcos que partían y con preciosas sirenas que le cantaban

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desde su interior. Estaba convencido de que, aunque sintiera que los cantos venían de muy lejos, algún día encontraría la manera de llegar hasta ellos. Y seguía intentando dar con la guarida de esas sirenas, buceando entre las piernas de cualquier jovencita in-cauta que se rindiera a sus encantos, que no eran pocos, y aunque nunca daba con ningún ser mitológico, se dejaba envolver una y otra vez por el adormecimiento mágico que sentía embriagado por el aroma que desprendían los secretos físicos de cada mujer que se ponía a su alcance, aunque en ocasiones estos secretos se revelasen a cambio de dinero. Y en su búsqueda de bestias míti-cas en cuanta entraña femenina se le pusiera a disposición, nunca le importó un pijo que su Carmen del Pino estuviera preñada, o recién parida, o lactante o simplemente viva.

La pequeña nació en un día radiante y soleado, lo cual no era extraordinariamente difícil en esas tierras. Su llanto, seguro y po-tente, rasgó la tarde en el Hospital del Pino de un maravilloso 11 de septiembre, y su abuela, en secreto, intentó que le pusieran a la pequeña su mismo nombre, María del Pino, en honor a la Virgen de la isla cuyo día se celebraba tres jornadas antes. Pero Carmen del Pino no era muy devota de nada, y menos de perpetuar los nombres familiares, de padres a hijos, de abuelas a nietas. Le pa-recía que cada nombre servía para una época, y que llamarse todas las féminas de la familia, aunque fuera cada dos generaciones, de la misma manera, era asemejarse a una familia de perros con pe-digrí. Ella podía ser un poco perra en muchas cosas, y contar con un buen árbol genealógico, pero no estaba dispuesta a comparar a su hija con un mojón hediondo, con todos los respetos para todas las Pinos del mundo. Como, tanto a su madre como a ella, les lla-maban Pino, amputando el María de la madre y el Carmen suyo, finalmente su madre fue a ojos de todos Doña Pino, y ella Pinito. Odiaba que la conociesen por Pinito, y había oído demasiadas veces eso de “voy a plantar un pino” cada vez que alguno de sus compañeros de clase iba al excusado, como para querer asociar esa imagen repulsiva a su niñita del alma. Ya ella misma, al ser Pinito, no había sido más que un zurullo raquítico para sus crueles colegas en el colegio. No quería ni imaginar lo que le depararía a

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su pequeña en esa suerte de chanzas escatológicas cuando llegara a la pubertad si cedía a los deseos de Doña Pino Guerra.

Ante el desconcierto del nombre, Salvatore fue por una vez en su vida rápido y le dijo a su mujer que le gustaría poner a su hija un nombre italiano, y que considerando que el día 11 de septiem-bre era la onomástica de Daniel Wyn, un obispo galés elevado a santo por vete tú a saber qué favores habría hecho en vida o qué cantidad de dinero habrían pagado sus descendientes, podrían poner a su hija un nombre tan italiano como Daniella, en honor a tan distinguido religioso. Carmen del Pino, que siempre iba más lejos que él, dio su aprobación a cambio de bautizarla con una sola ele, españolizando así el nombre para no complicarle la vida, y registrarla con los apellidos paterno y materno, y no solo con el primero como era costumbre italiana. Salvatore no vio impedimento y siempre pensó que se había salido con la suya, cosa que Pinito nunca desmintió, a pesar de que el nombre de Daniela siempre le había gustado y que había conseguido que su retoño no solo fuera Sforza, sino también Santana. No era tan ingenua como para no saber que su marido huía de todo lo que tenía que ver con la Iglesia, y que difícilmente habría sabido quién era ese tal Daniel Wyn si no fuera porque tenía un interés propio y nada reverente en ello.

Por el contrario, Salvatore sí que era tan ingenuo como para no pensar que detrás de una aceptación tan rápida por parte de su esposa, había una intención mucho más alargada que la sombra que podían dar las palmeras en las calurosas tardes de septiembre en los aledaños del Castillo de la Luz donde iban a pasear. Allí fue donde decidieron el nombre de la chiquilla, empujando un carrito Jané de último modelo que les habían regalado los compañeros de la Farmacia de Doña Consuelo Martel. La única intención de Carmen del Pino era que su hija llevara el apellido Santana, por-que sabía a ciencia cierta, aunque desconocía cuándo, que la parte Sforza de la familia desaparecería y se disiparía en la memoria, como lo hace una espesa nube cuando golpea contra las ventani-llas de un avión.

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Antes de que pasara eso, Carmen del Pino se empeñó en que Daniela aprendiera perfectamente italiano y español, que hablara ambos idiomas como si fuesen maternos, que en el fondo lo eran, y que nunca olvidara los dejes canarios que le revelarían en cual-quier lugar del mundo como alguien especial y a tener en cuenta. El dominio de idiomas era una inversión de futuro, y eso lo tenía muy claro Pinito a pesar de que no era frecuente que en su época la gente fuera consciente de ello.

Daniela pasó sus diez primeros años de vida en la capital de Gran Canaria, rodeada de sol, luz y olor a mar, de calima pegajosa en ve-rano y de disfraces en invierno, de figuras en la arena y de visitantes extranjeros que se requemaban solo de ver el sol por las ventanas de sus hoteles, de trapicheo de protectores solares y de somnolencia en hierba para fumar por las calles de alrededor de su casa. Le encantaba el ambiente de su ciudad, ponerse el sombrerito diminuto ladeado en la cabeza cuando llegaba final de mayo y acompañarlo de un pre-cioso traje en tonos blancos y naranjas que consiguió que su madre le encargara en el taller de Doña Nieves Domínguez Perdomo, en Valsequillo, y que lucía con una sonrisa espectacular. La pequeña siempre brillaba en la celebración del día de Canarias.

Tenía el pelo azabache y ondulado, y unos ojos marrones ex-presivos y grandes, enmarcados por largas pestañas, que combi-naban perfectamente con su carita redonda y permanentemente bronceada. Nunca fue tan guapa como su madre, y se quedó bas-tante bajita, lo cual no le daba aspecto de esquelética precisa-mente, pero sabía explotar cada uno de sus encantos ya desde pequeña, consiguiendo convertirse en una jovencita atractiva con el paso de los años. Estudiaba en el Colegio de Nuestra Señora del Carmen, no por devoción, que eso a menudo viene de familia, y ni Salvatore ni Carmen del Pino comulgaban con las convic-ciones cerradas de la Iglesia, cada uno por sus intereses. Iba a ese colegio por cercanía a casa, y su falta de fe y su relajación en temas religiosos le acarreó más de un problema con Sor Basilisa Arrigorriaga, directora del colegio en esos años, que era devota, avispada, recta y reducida a partes iguales.

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—Doña Carmen del Pino —le recriminaba a la madre de Da-niela—, su hija a veces se comporta como una oveja ajena al re-baño del Señor, y ya sabe usted que el camino al infierno es corto y apetecible a los ojos del pecador, y a su hija le gusta andar en el filo. A lo que Pinito, no sin cierto sarcasmo, cambiando el nom-bre de la pobre hermana, le contestaba:

—Tiene usted razón, Sor Basilisca, como siempre, pero sufi-cientemente inescrutables son los caminos del Señor como para que una niña inquieta como Daniela no quiera explorar un camino apetecible. La lástima es que no sea un camino más largo, porque a mí se me ha hecho demasiado corto.

Y así seguían año tras año, con su toma y daca dialéctico, mien-tras Sor Basilisa se desesperaba y no paraba de rezar rosarios por la salvación de la tierna y descarriada Daniela. Pero claro, contra los genes de un padre extranjero y unos abuelos aventureros, poco se podía hacer. El demonio tenía largos tentáculos y se escon-día en cada ola y en cada puerto y en cada falda arremangada,y no había rosarios ni devoción suficiente para poder controlar los deseos desviados ni la falta de fe de una niña, y ella tenía mucho rebaño del que cuidar.

Cuando las tareas de Daniela le dejaban tiempo, acudía a la farmacia de Doña Consuelo Martel para estar un rato con su ma-dre, y disfrutaba viéndole vender remedios y escuchándole dar consejos y recomendaciones a los clientes, tanto para la salud del cuerpo como para el bienestar del alma, que en ello su madre era bastante experta. Y lo que no sabía se lo inventaba, que de imagi-nación no andaba corta y, en el fondo, los males del alma normal-mente tenían que ver con las ideas enraizadas de manera inade-cuada en las cabezas. Y cualquier placebo era bueno para debilitar una idea y dejar fluir las necesidades de los corazones. Carmen del Pino también se atrevía con la distribución aleatoria de medi-camentos para curar hemorroides, estreñimientos, dolor de ova-rios o secreciones del lagrimal. Lo malo es que frecuentemente aconsejaba cualquier cosa que tenía en excedente de existencias,

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para limpiar el almacén principalmente, y a veces los resultados no eran demasiado óptimos. Cuando venía algún cliente a decir que no había mejorado en absoluto, sino más bien al contrario, Pinito ponía cara de santa recién apeada de un altar para atender al incauto y le mandaba al médico más cercano, convenciendo al pobre infeliz de que era mejor no revelar al doctor lo que ha-bía estado tomando o aplicándose, para que así el doctor pudiera decidir el tratamiento adecuado sin interferencias ni prejuicios. Nunca había tenido ningún problema por ello, y Daniela aprendió un poco de medicina, bastante de dolores de alma, y se doctoró en echarle cara dura y valor a la vida.

Pero lo que más enseñó de la vida y de la realidad de los hom-bres y las mujeres a Daniela, fue lo que sucedió una noche inde-terminada cuando ella tenía 11 años cumplidos. Estaba con su madre ya en casa y apareció Salvatorelívido de rabia. Agarró a Pinito y la empotró contra la pared. Le acercó mucho la cara, y cuando estaban sus bocas separadas por milímetros y podían verse la rabia en sus ojos, le espetó un “puta” muy contenido que resonó en los oídos de Daniela toda la vida.

Lo cierto es que hacía un par de meses que su madre le pedía que no fuera a buscarle los jueves a la farmacia, que se fuera a ca-sa directamente, y ella aparecía un par de horas después del cierre de la botica con los cabellos desordenados, las mejillas sonrosa-das y un olor a deseo satisfecho que empezaba a ser inconfundible para Daniela. Y era un aroma más que familiar, porque es el que sentía en su padre casi a diario, de tal manera que cuando jugaba a ser inocente, quería convencerse de que era la nueva fragancia que había adquirido Salvatore en los bazares de la calle Ripoche. La niña no tenía aún edad ni experiencia para distinguir las notas saladas y rancias de un perfume que mezclaba flujo vaginal, se-men descompuesto, sudor, pecado y pelos púbicos enredados en la chaqueta de punto que Doña Pino había tejido para él, réplica de la que usaba uno de los protagonistas de una serie de policías que había tenido mucho éxito algunos años atrás. Daniela repasa-ba cada noche la chaqueta de su padre cuando la dejaba colgando

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en la entrada, para limpiarla de restos evidentes antes de que su madre los descubriera. De vez en cuando, sin duda, Daniela se-guía siendo la niña decidida e inocente que le tocaba ser por su edad. Pero frecuentemente se veía obligada a jugar un papel que no le correspondía, en un equivocado intento de proteger a su madre, evitándole disgustos provocados por el patán de su padre.

Una vez Salvatore dejó escapar a Carmen del Pino de la pared, esta se atusó la camisa que había quedado arrugada del encuentro, se tocó el pelo y sonrió. Se sentó a la mesa y sirvió a su hija y a ella misma, y le entregó la cuchara con total tranquilidad a su ma-rido para que éste se sirviera, aún tembloroso. Terminada la cena, pidió a Daniela que se fuera a su habitación y cogió a su marido de la mano y le invitó a que le siguiera a la cama. Le habló de la gente que va contando chismes por ahí, y de la necesidad de mu-chas personas de llenar sus vidas vacías con habladurías sobre los otros. Le arrulló con su voz hasta que se amansó. Le dijo que ella no era una puta y que solo lo sería para él. Le dijo que quería jugar y que quería que esa noche le pagara por el sexo que iban a tener. Salvatore cogió emocionado la cartera y le colocó encima de la mesilla de noche un billete de cinco mil pesetas,y se dejó hacer. Su mujer se le acercó, le desnudó muy despacio, y cuando lo tu-vo delante sin nada más puesto que sus ganas y su pene erecto, se fue quitando prenda a prenda, revelando su desnudez ante los ojos lujuriosos de su marido. Finalmente, cuando quedó comple-tamente desnuda, le tumbó en la cama y se puso encima. Sentó su entrepierna en la cara de Salvatore y se inclinó hasta alcanzar su excitación. Se la