3,99 €
Cuando Baltazar despierta del ensueño al que es sometido recuerda que todas sus respuestas, extrañamente, están en el pasado. Allí las sombras lo atormentan, lo persiguen y lo arrastran a volver. Pero el regreso no será una bienvenida, sino una aventura siniestra, lúgubre y tenebrosa. Una entidad maldita saldrá de sus tinieblas para provocar sus miedos más profundos. Algunas luces se encenderán entre tantas sombras. Es allí donde deberá poner a prueba su fuerza de voluntad y por sobre todas las cosas su fe. ¿Logrará soltarse del pasado que lo aferra?
Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:
Seitenzahl: 75
Veröffentlichungsjahr: 2021
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Diego Atorresi.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Abdo, Mauricio Adolfo
Baltasar : en el nombre del padre y del hijo / Mauricio Adolfo Abdo. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2020.
78 p. ; 22 x 15 cm.
ISBN 978-987-708-731-4
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas de Terror. 3. Novelas Psicológicas. I. Título.
CDD A863
Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,
total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.
Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución
por internet o por cualquier otra red.
La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidad
de/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.
Hecho el depósito que marca la Ley 11.723
Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2020. Abdo, Mauricio Adolfo
© 2020. Tinta Libre Ediciones
BaltaSar
Los malditos heredarán la tierra
Corintios: 17
Los pecados del padre solo serán superados por los pecados del hijo.
Cada 7020 años, este mundo renace en el seno de un condenado. Un ángel que, habiendo obtenido la luz y espada del destino, ha de nacer al final de los tiempos como hombre, para ser entregado en sacrificio y convertirse así, en el portador del espíritu divino que transforma.
Pero la muerte escapará a las pretensiones de los hombres y muchos querrán morir, pero la muerte les será esquiva, pues su Dios en castigo, a la humanidad, les convertirá en inmortales.
La tierra se convertirá en el infierno, una vez que llegue el tiempo en que los hijos de Dios sean arrebatados por su espíritu hacia el cielo. Y muchos de los marcados por el sello de la bestia, se sumergirán en un infierno de hambre y muerte. [...]
Llegada
Atrás quedó la agotadora rutina, el vértigo, las luces y las bocinas, silenciadas solo al ingresar en el antiguo edificio.
El paso se vuelve cansino, atraviesa el hall, un minuto que se hace eterno parado frente al ascensor, las puertas se abren, lo aborda y sin siquiera observar el tablero, aprieta un botón desgastado e ilegible que lo lleva hasta el piso trece.
Él no levanta la mirada, pues no le gustan los espejos y, por desgracia, el cubículo tiene tres. Se siente rodeado por sí mismo, la puerta se abre y se extiende ante él un largo pasillo. Ya, como si fuera un ritual, respira profundo y balbucea unas palabras por lo bajo, mirando hacia el piso, antes de poner un pie en ese pasillo.
Al primer paso, la atmósfera se vuelve irrespirable, muy densa. A medida que avanza, los murmullos son cada vez más incesantes en sus oídos. Las luces del pasillo comienzan a titilar, una tras otra… Pareciera no importarle, no detiene su marcha, sus pasos, su andar. Al llegar a la puerta de su departamento, vuelve a balbucear unas palabras, mientras, lentamente, coloca las llaves en la cerradura, las hace girar e ingresa.
Ya dentro, se quita el abrigo, lo tira sobre la cama, levanta las persianas y abre los vidrios para respirar las primeras brisas de la noche. Luego vuelve sobre sus pasos, recoge la botella de whisky, toma un vaso, enciende un cigarrillo y se sirve un trago, corre una silla y prácticamente se desploma sobre ella. La primera bocanada de humo ya flotaba en el aire, cuando bebió un sorbo de whisky intentando relajarse. Sabe muy bien lo que noche tras noche, desde hace ya varios años, lo frecuenta.
Una hora después, ese rostro lo mira de frente, a los ojos, sin gestos, sin muecas, desde el interior del espejo que tanto detesta. Se afeita, y mientras tanto abre la ducha, para luego relajarse debajo ella.
Relajado y aseado, sale del baño. El silencio es atroz y desconcertante, algo presiente, algo sospecha.
Tomó el vaso que había dejado sobre la mesa, bebió el último sorbo y cuando se disponía a devolverlo a la mesa, una brisa fuerte golpea los vidrios de la ventana. Tal sobresalto… suelta el vaso que cae al piso, se parte en mil en pedazos. Entre insultos y maldiciones, se agachó a recoger los fragmentos de vidrio desparramados por el suelo. Cuando levantó la mirada, la sorpresa lo tomó desprevenido, se le aceleraron los latidos y la respiración. Tres gatos negros lo observaban desde atrás del vidrio, sentados en el balcón. Intentó no mirar, siempre con el ritual de balbucear para sí. Al terminar ese balbuceo, levantó la mirada y ya los felinos no estaban.
Respiró profundamente, se sentó sobre la cama. Ya no sabía cuánto tiempo más podría soportarlo.
Horas más tarde, esa misma noche, mientras hojeaba un libro sin leerlo para acortar las eternas y tormentosas madrugadas, sintió un ruido extraño que provenía del baño. Trató de no darle demasiada importancia, así que continúo hojeando el libro. Pero no cesaba, por el contrario, era cada vez más fuerte.
Esta vez no titubeó, arrojó el libro sobre la cama, se incorporó y comenzó a caminar hacia allí. Al llegar a la mitad de la habitación y antes de seguir, se detuvo de frente al viejo armario, abrió las puertas y del bolsillo de un abrigo antiguo sacó una extraña reliquia. Como si fuese un amuleto o un escapulario, lo empuñó y cerró las puertas del armario. Dio media vuelta y continúo caminando hacia el baño. Solo su respiración y aquel ruido interrumpían el silencio.
Abrió sigilosamente la puerta y entró. Ni bien lo hizo, el ruido cesó. Se quedó quieto unos segundos, guardó la reliquia en el bolsillo del pantalón y aprovechó para mojarse la cara. Mientras se secaba frente al espejo, volvió a sentir el ruido, esta vez lo sintió tras de sí. Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo, como si la sangre se le transformara en un témpano dentro de sus venas. Ahora sí la respiración era más agitada, los latidos más acelerados… El impulso fue meter la mano en el bolsillo y empuñar la reliquia.
Cuando se pudo dar vuelta, observó una sombra y advirtió que el extraño ruido provenía de atrás de la cortina de la ducha.
Temblorosamente, extendió el brazo para tomar el extremo de la cortina y correrla. Respiró profundo y de un tirón la corrió. Quedó sorprendido al ver que allí no había nada.
Ya sin saber qué pensar, volvió a mojarse la cara y cuando se disponía a salir del baño, otra vez algo lo sobresaltó. Era el teléfono que sonaba… Se acercó, tomó la bocina, la levantó y contestó:
—Hola.
Del otro lado nadie contestó. Insistió.
—Hola, ¿quién es?
Como respuesta solo obtuvo silencio. Entonces colgó, con la mirada algo ya cansada. Antes de volver a la habitación, tomó la botella de whisky y se sirvió otro trago. Lo bebió de un solo sorbo, secó sus labios con la mano, entró en la habitación y se recostó sobre la cama.
El sueño no tardó en abordarlo y él tampoco se resistió.
Dormido, ingresó en la oscuridad profunda, en la hipnosis de las tinieblas y de los abismos salvajes adonde sus pesadillas lo llevaban.
Cuando pudo recuperarse del letargo en aquellas tempestades y el destino lo trajo de nuevo hasta su cuerpo, abrió los ojos.
Se reincorporó de a poco, se vistió, preparó café, lo sirvió en una taza y lo dejó sobre la mesa. Antes de sentarse, se dirigió hasta el viejo armario y, del fondo, de entre medio de la ropa, sacó un cofre de madera. Lo abrió y tomó una carpeta. Cuando se hubo sentado, y había sorbido el primer trago de café, comenzó a hojearla.
Recortes de viejas noticias en diarios… dio vuelta una sola página más. Volvió a beber un sorbo del café y con la mirada perdida, cerró de golpe la carpeta. Tomó el teléfono, hizo un par de llamadas. Luego agarró su mochila, puso en ella algo de ropa. Una vez listo, tomó la carpeta y la guardó en el cofre que devolvió al viejo armario.
Se metió la mano en el bolsillo del pantalón para tomar la reliquia. Sorprendido, notó que no la tenía. Recordaba perfectamente haberla puesto allí la noche anterior. Buscó por todo el departamento, pero no consiguió encontrarla. Eso lo enfureció aún más. Tomó la mochila, las llaves y salió.
Mientras atravesaba el pasillo tuvo un presentimiento, balbuceó... Pero ya lo tenía decidido.
Bajó. Cruzó el hall. Antes de salir se detuvo. Encendió un cigarrillo entre maldiciones y susurros. Soltó la primera bocanada de humo al aire y salió del edificio.
Llegó hasta la vieja estación de trenes, compró su boleto, lo dobló por la mitad y lo guardó en el bolsillo. Apresuró un poco la marcha hacia el andén. Parecía tener prisa por abordar. Se topó con un anciano decrépito, demacrado, que prácticamente yacía sentado en el suelo junto a un tarrito con algunas monedas y billetes que la gente despectivamente le arrojaba. Se acercó y, agachándose hasta la altura del anciano, sacó algunos billetes, pero no los puso en el tarro. Tomó la mano del hombre que no decía nada, solo lo miraba… Se los dio en la mano. También sacó un sándwich que llevaba en la mochila y se lo entregó. Cuando se dispuso a levantarse para seguir su camino hacia el tren, sorpresivamente, el anciano lo tomó del brazo y con una mirada sórdida y definitivamente perdida le dijo:
—Recuerda, Baltasar, en mis infiernos te esperan todos tus amigos.
Estupefacto y totalmente atónito, Baltasar intentó hacerse hacia atrás y entre tartamudeos dijo:
