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Es el marido perfecto. Pero tú no eres su única esposa. «La mujer que contesta al teléfono de mi marido Sam dice que no está disponible. No reconozco su voz, así que le pregunto con educación quién es. Su respuesta, "Soy su mujer", hace que mi mundo se desmorone». Emma supo que quería casarse con Sam en cuanto lo conoció. Después de perder a su madre de forma repentina, el encantador arquitecto de voz suave y mirada castaña profunda era justo el nuevo comienzo que necesitaba. Cuando Emma se queda embarazada, no cabe en sí de felicidad. Hace todo lo posible para que su pequeña familia funcione e intenta ignorar los largos viajes de trabajo de Sam, las llamadas que coge en privado y sus excusas sobre por qué el dinero desaparece constantemente de la cuenta bancaria de ella. Pero él no tiene ni idea de lo que Emma ha estado haciendo en su casa mientras él está fuera… ni tampoco cómo consiguió ese dinero en realidad. Entonces Emma descubre que Sam esconde mucho más de lo que jamás habría imaginado. Porque su marido lleva una doble vida. Está casado con otra mujer. Pero él no es el único que guarda secretos y no sabe hasta dónde está dispuesta a llegar Emma para protegerse… --- «Un thriller trepidante que devoré en dos sentadas… El final me dejó sin palabras. ¡Brillante!». Carla Kovach ⭐⭐⭐⭐⭐ «Uno de mis libros favoritos del año… Esta historia esconde mucho más de lo que parece a simple vista. Tienes que experimentar por ti mismo todos estos giros. Y hay muchos… Un thriller psicológico que se queda contigo mucho después de haber leído la última página». Fireflies & Free Kicks Fiction Reviews ⭐⭐⭐⭐⭐ «Decir que me sorprendió es quedarse corta… Rona Halsall ofrece una lectura realmente buena y estoy deseando leer su próximo libro». Robin Loves Reading ⭐⭐⭐⭐⭐ «¡Tantos giros que no dejé de sorprenderme hasta la última frase!… Imprescindible para los amantes de los thrillers psicológicos». @stamperlady50 ⭐⭐⭐⭐⭐ «Increíble… Fantástico… Me mantuvo en tensión hasta bien entrada la noche porque no podía soltarlo… Perfecto, adictivo, absorbente». Bookworm86 ⭐⭐⭐⭐⭐ «Completamente imposible dejarlo… Me atrapó desde el prólogo y no pude soltar el Kindle hasta que lo terminé… Madre mía, cuántos giros… Brillante… Le daría más de 5 estrellas si pudiera». @leona.omahony ⭐⭐⭐⭐⭐ «Me mantuvo despierta toda la noche para poder acabarlo… Cada giro me dejó completamente descolocada… Me encantó». Bookloversanonuk ⭐⭐⭐⭐⭐
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Seitenzahl: 409
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Bigamia
Bigamia
Título original: The Bigamist
© 2023 Rona Halsall. Reservados todos los derechos.
© 2025 Jentas A/S. Reservados todos los derechos.
Traducción, Enrique Barrasa @ Jentas A/S
ePub: Jentas A/S
ISBN 978-87-428-1410-9
Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin la autorización escrita de los titulares de los derechos de la propiedad intelectual.
Queda prohibido el uso de cualquier parte de este libro para el entrenamiento de tecnologías o sistemas de inteligencia artificial sin autorización previa de la editorial.
First published in the English language in 2023 by Storyfire Ltd, trading as Bookouture.
—
Para mi encantador marido, David, al que le han tocado todas las cartas difíciles y sigue sonriendo. Descansa en paz, mi amor.
PRÓLOGO
Emma estaba sentada en la sala de espera de la clínica de obstetricia, con una mano apoyada sobre su barriguita de ocho meses y la otra pasando las páginas de una revista de hogar. Buscaba ideas de interiorismo para la nueva casa que su marido, Sam, que era arquitecto, estaba construyendo para ellos.
Construir tu propia casa no era fácil ni barato. Sobre todo, cuando tenía una idea muy clara de lo que quería. Tenía que haber cuatro dormitorios, por supuesto, para acomodar a la familia que ella imaginaba, siendo este niño el primero de tres. Después de todo, solo tenía treinta y cuatro años, por lo que había tiempo de sobra para dar a luz a tres hijos antes de los cuarenta y dos. En su mente, esa era su edad máxima para tener hijos. Había descubierto que era bueno tener una fecha límite para todo, de lo contrario las cosas no solían suceder. Necesitaba un estudio para pintar y un despacho para su trabajo como ayudante personal virtual. Sam también quería un despacho, ya que tenía la intención de dirigir su estudio de arquitectura desde casa, y no había manera de que pudieran compartirlo, ya que sus conceptos de lo que constituía el orden eran muy distintos.
La acidez le roía el estómago y se sentó más erguida, pensando que eso ayudaría a aliviar el malestar, pero no fue así. Soltó un resoplido de frustración. Nadie la había advertido de que el embarazo sería tan incómodo y durante tantos meses. Leyó página tras página sin que nada le llamara la atención, pero tampoco estaba de humor. Era difícil pensar en esas cosas con su primer bebé a punto de llegar en las próximas semanas y la realidad del parto acechando.
Se acomodó un mechón de pelo liso color miel detrás de la oreja, confiando en que sus rizos volvieran cuando llegara el bebé. Odiaba su aspecto de embarazada, desaliñada, hinchada y cansada, con la cara redonda y los pómulos camuflados por una capa de grasa. Pasó más páginas, haciendo que su mente volviera a centrarse en las casas.
Una foto que había en la parte superior de la página le hizo dar un respingo y su corazón se aceleró de repente. Parpadeó, sin creer lo que estaba viendo. Miró la foto más de cerca. «No, no puede ser, es imposible».
La fotografía mostraba una habitación moderna, blanca y minimalista, con un impresionante sofá de color azul pavo real, sobre el que colgaba un llamativo cuadro abstracto en rojo y dorado, con dos figuras efímeras entrelazadas en torno a un corazón. Estaba segura de que era un cuadro que le pertenecía a ella. Era una obra única. No había ninguna copia. Hasta donde ella sabía, el cuadro estaba cuidadosamente envuelto y guardado, junto con otras obras de arte y la mayoría de sus posesiones, en un almacén de Manchester. Era la ciudad donde vivía antes de trasladarse al norte, a Appleby, en Cumbria. «¿Qué está haciendo mi cuadro en la pared de un desconocido?».
Sabía que la enfermera la llamaría por su nombre para que entrara a ver al especialista en cualquier momento; la mujer que iba delante de ella llevaba ya mucho tiempo dentro. No iba a tener tiempo para mirar bien el artículo. No iba a tener tiempo para averiguar qué estaba pasando.
Echó un vistazo a la sala de espera de forma furtiva. Había otras dos mujeres. Una tenía unos auriculares puestos y los ojos cerrados mientras escuchaba algo en su teléfono. La otra intentaba entretener a un niño pequeño con una caja de bloques de construcción. Rápidamente, Emma arrancó la página de la revista y la metió en el bolso para analizarla cuando tuviera más tiempo y estuviera un poco más calmada. El corazón le latía con fuerza, la impresión de ver la foto sin duda le había subido la tensión a niveles nada saludables para una mujer embarazada.
Estaba segura de que era su cuadro, aunque últimamente se había equivocado en muchas cosas porque su cerebro ya estaba de baja por maternidad. Estaba a punto de sacar la página del bolso para echarle otro vistazo cuando oyó que la llamaban por su nombre. Eso tendría que esperar.
Media hora más tarde, entró su coche, que estaba en el aparcamiento y se apretó contra el volante. Abrió el bolso y sacó el reportaje. Había estado pensando en ello durante toda la consulta y apenas había oído una palabra de lo que le había dicho el médico.
No había duda de que era su cuadro. «¿Cómo ha llegado hasta allí?».
La foto encabezaba un artículo sobre una casa premiada en Northumberland. Otras imágenes, esparcidas entre la prosa, mostraban un edificio moderno, con vistas al mar, fabricado en su totalidad en madera y cristal y absolutamente maravilloso. Era el lugar perfecto para albergar grandes obras de arte: todas las paredes eran blancas; los techos, altos; los suelos, de madera; y los muebles, cuidadosamente elegidos, se reducían al mínimo. No sobraba nada. Ojeó las palabras, sin leerlas en realidad, hasta que encontró algo que hizo que abriera los ojos de par en par. El nombre de su marido. Sintió que su corazón se detenía por un segundo al encontrar una conexión que no había previsto. Él había diseñado la casa.
Comprobó la fecha del artículo y descubrió que era de tres meses antes. No le había mencionado nada, lo cual era extraño, ya que aparecer en una revista como esa era algo de lo que sentirse muy orgulloso. Era justo lo que necesitaba para promocionar su estudio y conseguir proyectos más prestigiosos.
Su pecho ardía con ira. Aunque solo hubiera prestado el cuadro al dueño para la sesión fotográfica, no era quien para hacerlo. No tenía derecho a tocar ninguno de sus cuadros, y menos ese.
Marcó su número, preparada para una conversación difícil.
—Hola —dijo una voz de mujer.
Emma frunció el ceño, desconcertada, pero sabía que no se había equivocado. Sam debía estar ocupado y su clienta había contestado al teléfono, cosa que no tendría que haber hecho. Su enfado subió de tono y su voz se volvió estridente, impaciente.
—Hola, soy Emma, la mujer de Sam. ¿Podría hablar con él, por favor?
Silencio durante un tiempo.
—¿De qué estás hablando? Yo soy su mujer.
El tono de su voz le dijo a Emma que no se trataba de una broma, y se quedó boquiabierta al comprender el significado de sus palabras. No, debía haber oído mal. «¿Su mujer?».
—¿Hola? —espetó la otra mujer—. Hola, ¿sigues ahí? Sam me habló de ti —siseó—. Dijo que un bicho raro lo estaba acosando. Déjalo en paz o llamaré a la policía. ¿Me oyes?
La línea se quedó en silencio y Emma se agarró al volante mientras su mundo se descontrolaba.
PRIMERA PARTE
CAPÍTULO 1
Catorce meses antes
Emma se quedó en la puerta, con las manos metidas en los bolsillos del abrigo, preguntándose si tendría el valor suficiente para entrar y unirse al grupo de duelo. No sabía si estaba preparada. Imaginaba un círculo de sillas y a todas las personas poniéndose de pie, una por una, para luego decir sus nombres y contar sus historias, en un ambiente sombrío. Por suerte, no era así en absoluto.
La sala era un recinto alegre, con las paredes pintadas de amarillo. Frente a la puerta había un tablón de anuncios lleno de dibujos infantiles, que parecían pintados por niños en edad preescolar. Al lado, otro tablón de anuncios con un collage de folletos de colores que promocionaban una serie de servicios de apoyo locales. Las sillas se agrupaban de dos en dos, de tres en tres y de cuatro en cuatro alrededor de mesas bajas. Había una gran mesa pegada a la pared, repleta de aperitivos y bebidas. Sonaba música suave de fondo. Algunas personas estaban jugando a las cartas, un par de ancianas hacían punto, otras estaban de pie, charlando como si se conocieran desde hacía años, y tal vez fuera así.
No había tanta gente como había imaginado. Un rápido recuento arrojó un total de doce personas, incluida ella, si decidía entrar en lugar de dar media vuelta y volver corriendo a casa. Ese era su instinto, pero sabía que necesitaba entrar si quería salir del atolladero en el que se había metido en los últimos meses.
La semana anterior, se había asustado a sí misma. Recordó, con cierto estremecimiento, cómo se había despertado con la madre de todos los dolores de cabeza y había salido de la cama tambaleándose para ir al baño, con la boca tan seca que tenía la lengua pegada al paladar. Sorbió agua del grifo y se sentó en el borde de la bañera, con los ojos entrecerrados por la luz, preguntándose cuánto habría bebido esta vez. Se frotó las sienes con los dedos y cerró los ojos, luego los abrió con la esperanza de poder ver bien.
Fue entonces cuando se fijó en los analgésicos que había alineados en el tocador junto al lavabo. Había cinco cajas. Todas de paracetamol. Los blísteres estaban fuera de las cajas, apilados encima de forma ordenada. Ciento sesenta pastillas, esperando a ser tomadas y una botella de ginebra vacía junto a ellas. No había duda de cuál había sido su plan. Con manos temblorosas, revisó la papelera, aliviada al no encontrar pruebas de que se hubiera tomado una gran dosis de analgésicos. Había leído que, si tomabas una sobredosis de paracetamol, incluso de forma involuntaria, podías acabar con daños irreversibles en los órganos internos.
Fue un punto de inflexión, un reconocimiento de que necesitaba ayuda. El médico le había sugerido el grupo de duelo, ya que no se fiaba de darle medicación. Así que ahí estaba, de pie en la puerta, sin poder entrar en la sala.
Otro hombre se comportaba como ella, aparentemente inseguro de lo que debía hacer. Estaba apoyado en la pared, junto a la mesa de la comida, con las manos también metidas en los bolsillos y la mirada fija en el suelo. Una mujer menuda, de pelo corto y gris con mechas moradas y cara redonda y jovial, se acercó desde la cocina con un plato de samosas en la mano. Vio a Emma en la puerta y le hizo señas para que entrara.
—¡Hola! Soy Debs. Yo dirijo el grupo. Tú debes ser Emma. Hablamos por teléfono, ¿no? ¿O me he equivocado?
Emma tragó saliva y se obligó a avanzar, esforzándose por esbozar una sonrisa.
—No, tienes razón. Soy Emma.
—Me alegro mucho de verte. —Debs extendió la mano y le dio un suave masaje en el hombro—. Sé que es un poco desalentador venir a un grupo como este, sobre todo dadas las circunstancias, pero todos están en el mismo barco. Todos han perdido a un ser querido. —Esbozó una sonrisa tranquilizadora—. La primera reunión siempre es la más dura, pero con el tiempo se te hará más fácil. Son un grupo muy agradable.
Emma siguió a Debs cuando fue a poner las samosas en la mesa mientras lanzaba miradas nerviosas a los demás asistentes.
—Empezamos de manera informal mientras lo organizo todo —continuó Debs, limpiándose las manos en un paño de cocina, que llevaba colgado del hombro—. Luego presento a los nuevos a todo el mundo. Tenemos una oradora fantástica, Faith Barclay, que fue la que creó el grupo. Es maravillosa, un gran apoyo para todos. Bueno, pues da una pequeña charla de diez minutos y después dirige el debate, nos lleve este a donde nos lleve, en función de lo que la gente quiera compartir. Suele dejar que todo fluya solo, de forma agradable e informal, lo que ayude a la gente a sobrellevar el proceso de duelo. —Observó la mesa llena de cosas y asintió satisfecha.
Emma consiguió encontrar la voz, preguntándose cuánto tiempo pasaría antes de que pudiera huir sin parecer maleducada.
—¿Qué pasa después del debate con Faith?
—Comemos algo mientras charlamos. —Debs puso una mano en el brazo de Emma—. Pero no te sientas obligada a quedarte hasta el final. Vete cuando quieras si no te sientes a gusto. De verdad, entiendo que es duro, y nadie te va a juzgar. Todos hemos pasado por ello. —Le dio una palmada en el brazo—. Llegar hasta aquí es un gran paso en la dirección correcta, así que deberías estar orgullosa de ti misma.
Emma se sonrojó, ya que no se sentía nada orgullosa, pero sabía que Debs tenía razón. Era un comienzo.
—¿Me das tu abrigo? —Debs señaló una fila de ganchos junto a la puerta—. Te lo puedo colgar ahí si quieres.
Emma se quitó el abrigo y Debs se marchó. Tiró de los puños de su camisa, sintiéndose incómoda, como si fuese la chica nueva del colegio. Pero era un grupo pequeño, y había recibido algunas sonrisas de simpatía cuando se había atrevido a cruzar la sala. Le sorprendió ver allí a tanta gente joven; había imaginado que la mayoría de los afligidos serían ancianos, pero quizá ellos lo llevaban mejor. Tal vez fuera a las generaciones más jóvenes a las que le resultaba más difícil asumir el duelo y necesitaban más apoyo. Otra cosa que le sorprendió fue que había el mismo número de hombres que de mujeres.
Encontró una silla vacía en una mesa desocupada y esperó allí sentada, con las manos metidas entre las rodillas, aliviada cuando Debs dijo que iban a empezar unos minutos después. Ahora que la atención se centraba en la oradora, se sentía menos visible y empezó a relajarse.
Faith Barclay era alta para ser mujer, por lo menos medía un metro ochenta. Tenía el pelo dorado, que le caía por la espalda, grandes ojos azules en un rostro pálido y ovalado, y no llevaba maquillaje. Llamaba mucho la atención, con sus pómulos altos y su piel clara, y Emma no pudo evitar preguntarse si sería escandinava. Las patas de gallo en las comisuras de sus ojos sugerían que podía ser mayor de lo que parecía a primera vista, y al fijarse bien, Emma pudo ver que su pelo rubio tenía mechas blancas.
Su voz, cuando empezó a hablar, era baja y suave; las palabras se extendían sobre Emma como una manta reconfortante. Sollozó mientras escuchaba y se secó los ojos con un puñado de pañuelos de papel que había cogido de la caja que había sobre la mesa. No era la única. Los demás también estaban emocionados y, de alguna manera, por una vez, se sentía bien. No, estaba mejor que bien. Ese permiso para unirse en un reconocimiento comunitario del dolor de una pérdida era un alivio. Sentada, con lágrimas corriendo por el rostro, escuchó algunas de las historias que compartieron los demás y asimiló las respuestas de Faith y su consejo de abrazar las emociones en lugar de luchar contra ellas. Aceptar la tristeza como parte del proceso. No duraría para siempre y la superarían. Emma se aferró a sus palabras, afligida por todos los planes que nunca se harían realidad, por las personas a las que nunca volvería a ver, por una vida que nunca volvería a ser la misma.
Se sentó a solas una vez terminado el debate, ensimismada en sus pensamientos, mientras todos empezaban a dirigirse hacia la mesa de la comida. Sus dedos rasgaron los pañuelos arrugados en sus manos mientras su mente vagaba por las ruinas de su vida.
—¿Cómo estás? —La voz de Faith hizo que levantara la vista—. ¿Puedo sentarme contigo un momento?
Emma se secó la cara mojada de lágrimas y se aclaró la garganta.
—Sí, sí, por supuesto.
Faith se hundió en una silla a su lado.
—Debs me ha dicho que es la primera vez que vienes a la reunión y quería saber si puedo ayudarte en algo.
Emma parpadeó. Necesitaba tanta ayuda que no le parecía bien cargar a otra persona con sus problemas. Esbozó una sonrisa fugaz.
—Tu charla ha sido genial. —Miró a Faith, vio la preocupación en sus ojos—. Si te soy sincera… —suspiró, se miró las manos y se le quebró la voz al hablar—, lo estoy pasando muy mal.
—Ya me lo imaginaba. —Faith se inclinó hacia ella—. ¿Quieres hablarme de ello?
Emma jugueteaba con los pañuelos, no estaba segura de poder hacerlo.
—«Un problema compartido es un problema reducido a la mitad», como le gustaba decir a mi madre. Creo que es verdad. Siempre te sientes mejor después de expresar los sentimientos, ¿no crees? Y, cuando hemos sufrido un duelo, a veces nos cuesta encontrar a alguien a quien explicárselo. Especialmente si es nuestra pareja la que ha fallecido. —Faith esbozó una sonrisa alentadora—. Pero me gustaría ayudarte, de verdad. Así que, cuando estés preparada, deja que esas palabras fluyan.
Emma se quedó callada, sin saber por dónde empezar, ya que era consciente de que, en cuanto empezara a hablar, se atragantaría y haría el ridículo. Miró a Faith y algo en su expresión le dijo que no importaba.
Había querido hablar, había querido compartir su historia cuando había tenido la oportunidad antes, para consolidarse como parte del grupo. Pero no se había atrevido a hacerlo. Hablar en público nunca había sido su fuerte y compartir algo tan emotivo…, bueno, no iba a ocurrir delante de aquellos desconocidos. Pero allí, sola con Faith, se sentía más cómoda.
—Mi madre falleció por un cáncer de mama —soltó, sorprendiéndose a sí misma de que ese fuera el punto de partida—. Acaba de hacer tres años. Entonces, me quedé sola. Era madre soltera, no veía a su familia desde los diecinueve años y mi padre no se quedó con nosotras mucho tiempo. Después tuve un aborto. Y mi marido tuvo un terrible accidente. Y hace solo dos meses, a mi suegra, que era la mejor persona que he conocido nunca, le dio un infarto cuando se enteró de lo de Zach, así que también se ha ido. —Tomó una gran bocanada de aire, cogió otro pañuelo de la caja y se secó los ojos—. Nunca me había sentido tan sola. Y… —su voz vaciló— no lo estoy llevando muy bien.
—Siento mucho todo lo que te ha pasado —murmuró Faith—. Es demasiado con lo que lidiar.
Emma asintió. Era mucho. Demasiado para ella sola.
—No creo que pueda hablar de ello. Aquí no. Todavía no.
Faith asintió.
—Lo entiendo, paso a paso. Como he dicho antes, no puedes esperar procesar la pérdida de un ser querido en cuestión de días, ni siquiera de semanas. Es algo que se acepta con el tiempo. Pero ocurrirá. Confía en mí. Las cosas mejorarán.
Emma tragó saliva, incapaz de imaginar cómo podrían mejorar las cosas cuando todos sus sueños se habían hecho añicos.
Faith le dio unas palmaditas en la rodilla.
—Deja que te traiga algo de comer. —Se levantó y Emma se secó los ojos, esperando que nadie se hubiera dado cuenta de que lloraba, mientras observaba cómo Faith llenaba dos platos con aperitivos variados antes de volver.
—Aquí tienes. Las cosas siempre mejoran cuando has comido algo, y Debs es una cocinera maravillosa.
Emma cogió el plato y empezaron a hablar de Manchester, de dónde vivía Emma y de su trabajo. La conversación fue avanzando por su vida y descubrieron que a las dos les gustaba la misma música y que habían estado en Glastonbury a la vez, unos años antes.
Hacía mucho tiempo que Emma no congeniaba tan bien con alguien. De hecho, la última vez que le había ocurrido había sido cuando conoció a su marido. Se encontró riendo y relajada de verdad por primera vez en meses, sintiéndose mucho mejor ahora que se había distraído del tiovivo de oscuros pensamientos que habitualmente giraban en su cabeza.
¿Cuánto hacía que no tenía una conversación en condiciones con alguien? La pena la había convertido en una reclusa, avergonzada de sus emociones desbordantes y de su tendencia a romper a llorar sin motivo aparente. Había pasado demasiado tiempo sola en casa, y charlar con Faith había sido un placer. Como encontrar una nueva amiga. Un pequeño rayo de alegría en su existencia, por lo demás sombría. Le había recordado que no era solo una persona que luchaba contra el dolor. También era artista, ayudante personal, empresaria, alguien con intereses y habilidades y todo un repertorio de anécdotas divertidas. Al final, ir allí había sido una buena idea.
—Ha sido un placer hablar contigo —dijo Faith, haciéndose eco de los pensamientos de Emma—. Y la buena noticia es que esta noche ha sido la primera charla de una serie de seis, así que esperamos repetir esto la semana que viene. —Volvió a sentarse y observó la sala—. No tienes que comprometerte a venir a todas, puedes elegir las que quieras. Puedes coger un folleto con toda la información a la salida. Espero que vuelvas la semana que viene.
Emma sonrió, y le sentó bien. Fue una sonrisa genuina, no forzada, por una vez.
—Claro que vendré. Tienes que contarme lo que pasó en el Festival de Reading, estoy en ascuas.
Faith se rio.
—Oh, valdrá la pena venir solo por el remate final de ese pequeño drama. Siento que esta noche no tengamos tiempo para hablar de nada más, pero parece que Debs está recogiendo. —Se acercó y acarició la rodilla de Emma de nuevo, más seria ahora. Sus miradas se cruzaron—. Puedes hacerlo. Sé que puedes. —Y, por primera vez, Emma pensó que tal vez podría.
El hombre que había visto apoyado en la pared cuando había entrado se acercó y, para su sorpresa, se sentó al lado de Faith. Durante toda la noche había permanecido en una actitud firmemente solitaria, sin mezclarse con nadie, y Emma había reconocido la tristeza que había en sus ojos.
—Espero que no te importe. —Sonrió a Emma con timidez—. Voy a acercar a Faith a su casa y parece que ya se está marchando todo el mundo.
Emma había estado tan absorta en su conversación con Faith que no se había dado cuenta de que la sala se estaba quedando vacía; solo quedaban un par de mujeres hablando concentradas en otra mesa.
—Dios mío, hemos perdido la noción del tiempo. —Faith sonrió al hombre—. Emma, este es mi hermano pequeño, Sam. También es la primera vez que viene a una de estas reuniones. —Puso los ojos en blanco—. Me ha costado varias semanas convencerlo para que viniera. —Los ojos de Emma se encontraron con los de Sam y ella sintió una sacudida que la recorrió, el calor subiendo a sus mejillas. «¿El hermano de Faith?». A primera vista parecía bastante diferente a su hermana, pero, si te fijabas bien, podías ver que la forma de la cara era la misma, con los pómulos altos y la nariz recta. Ella apartó la mirada, preocupada porque él pensara que lo estaba mirando. Faith se puso de pie—. Voy a despedirme de Debs, no tardo nada.
—¿Vives aquí? —preguntó Sam cuando se quedaron solos, evitando un silencio incómodo—. Puedo llevarte a casa si quieres.
Hablaba en voz baja. El pelo, que llevaba peinado hacia atrás, le caía en ondas oscuras hasta el cuello, y sus ojos marrones tenían reflejos dorados en el iris. Todo su comportamiento era amable, incluida la sonrisa que le dedicó, con una leve mueca de sus labios. Era como si estuviera a medio gas, y Emma sabía que era culpa del dolor. Ella sentía lo mismo, su exuberancia natural casi se había extinguido.
—Oh, yo… Bueno, no quiero molestar. No está muy lejos andando.
Él se rio.
—¿No has oído la lluvia? Te vas a empapar. De verdad, no me importa.
No había caído ni una gota de camino al centro cívico, pero en ese momento oía la lluvia golpeando el tejado. Volvió a mirarlo, con un rubor cada vez más intenso, que hacía que le ardieran las mejillas.
—Te lo agradezco mucho.
Empezaron a charlar sobre la velada mientras esperaban a que Faith regresase, conversando de una forma cada vez más animada. Era tan fácil hablar con Sam como con su hermana, pero él tenía un peculiar sentido del humor que la hacía reír a carcajadas. Era claramente un observador de la gente, y compararon sus impresiones sobre sus compañeros de reunión, exponiendo Sam sus teorías sobre quiénes eran y a qué se dedicaban. Se lo había inventado todo, pero a Emma ese tipo de juegos le encantaban.
—Siento haber tardado tanto —dijo Faith cuando por fin reapareció, un poco nerviosa, colgándose el bolso del hombro—. Debs quería fijar algunas fechas para el resto del año y hemos tenido que hacer malabarismos para encajarlo todo.
Sam se levantó y ofreció una mano a Emma para ayudarla a ponerse de pie. Ella la cogió, disfrutando del calor de su piel, la firmeza de su agarre y la forma en que su mano envolvía la suya. Un escalofrío recorrió su cuerpo. Parecía el comienzo de algo.
CAPÍTULO 2
Las reuniones del grupo de duelo se convirtieron en lo más destacado de la semana de Emma. Era algo que esperaba con ansiedad, que deseaba que llegara. Cada semana, Faith les pedía que identificaran un objetivo para los días siguientes, algo tangible a lo que pudieran aferrarse como señal de progreso. Eso era para Emma algo en lo que centrarse, una distracción para dejar de regodearse en su tristeza.
Faith y ella se habían hecho amigas íntimas, un beneficio inesperado que encantaba a Emma. Había echado de menos la compañía femenina, pero su antiguo grupo de amigas no sabía cómo hablarle, y ella no era capaz de enfrentarse a la pena que sentían por ella. Una nueva amistad era justo lo que necesitaba.
Habían coincidido en el pasillo de las verduras del supermercado y las dos se habían quejado de lo mucho que odiaban hacer la compra.
—¿Te apetece un café? —había preguntado Faith mientras hacían cola en la caja—. Yo invito. Necesito un chute de cafeína para aguantar el resto del día.
—Me encantaría —dijo Emma, y lo decía en serio. La conversación fluyó de forma natural y, antes de que se diera cuenta, ya había pasado una hora. Intercambiaron sus números de teléfono y quedaron para repetir la experiencia pronto. Llegó a casa llena de una energía renovada y con una sonrisa en la cara, se puso a hacer algunas tareas domésticas que tenía pendientes desde hacía tiempo. Incluso comenzó a tararear sin darse cuenta.
Un par de días después, Faith le envió un mensaje con un enlace a un concierto al que quería ir, y le preguntó si le apetecía acompañarla. Resultó ser una noche muy divertida y Emma llegó a casa casi sin voz después de cantar al son del grupo de música durante casi dos horas. Durmió toda la noche del tirón, por primera vez desde que vivía sola. Resultó que Faith era exactamente la medicina que necesitaba para darse cuenta de que la vida aún tenía mucho que ofrecerle después de todo.
Tras seis semanas acudiendo al grupo, Sam también se había convertido en su amigo, y siempre iba a su encuentro cuando acababa el debate. Él parecía que prefería estar solo durante la primera parte de las reuniones y ella lo entendía, pues a ella le pasaba lo mismo, ya que así podía dar rienda suelta a sus emociones sin sentirse avergonzada. No hablaban del dolor ni de a quién habían perdido, se centraban en cualquier otra cosa. Hablar con él era muy divertido, ya que sus conversaciones inesperadas siempre la hacían reír porque tenía un sentido del humor muy particular.
—Parece que Sam y tú habéis hecho buenas migas —dijo Faith tras la última reunión, con una sonrisa conspiradora, claramente a la caza de información.
Emma no podía mirarla a los ojos y el rubor calentaba sus mejillas.
—Tenemos mucho en común, ya que ambos somos artistas. —Levantó la vista y Faith se rio.
—Me alegro mucho de que os hayáis hecho amigos. Está claro que os hace bien a los dos. Y mira lo lejos que has llegado. Has vuelto al trabajo. Has empezado a pintar otra vez. Y también te has sentido lo bastante fuerte como para compartir algunas cosas con el grupo. Es un progreso maravilloso. —Miró a su hermano, que estaba examinando la mesa de la comida—. También he visto un gran cambio en Sam. Se ha metido de lleno en un proyecto nuevo y se vuelve a entusiasmar con las cosas como el friki de la arquitectura que es.
Emma captó la mirada de Faith, agradecida por la oportunidad de formular la pregunta que había estado rondando su mente.
—Lo único es que… no sé a quién llora. Nunca habla en las reuniones del grupo y no siento que pueda preguntárselo directamente.
Faith puso mala cara.
—Bueno, es él quien debe decírtelo, no yo. Creo que vas a tener que esperar hasta que esté listo. Pero lo que sí que te puedo decir es que es un hombre distinto desde que te ha conocido. —Puso un brazo alrededor de Emma y le dio un abrazo—. Me alegro por los dos. Mi consejo es que os dejéis llevar y que disfrutéis el uno del otro.
Emma se sintió frustrada por no obtener una respuesta directa, pero, leyendo entre líneas, intuyó que Sam se encontraba en una situación similar a la suya. Sin embargo, seguiría el consejo de Faith y esperaría. Después de todo, ¿quién lo iba a conocer mejor que su propia hermana?
A la semana siguiente, Sam la invitó a una excursión de un día al Distrito de los Lagos, donde tenía que ir a ver un terreno cerca de Windermere para un posible trabajo. La dejó en el pueblo para que diera una vuelta mientras él iba a visitar a los clientes y quedó con ella en uno de los pubs para comer.
Emma entró y salió de las tiendecitas, y luego encontró un café junto al lago, donde se sentó a disfrutar del ambiente. Con los ojos fijos en el paisaje, se dio cuenta de que hacía mucho tiempo que no se sentía tan relajada, respirando el aire fresco y limpio. «Es mucho más agradable vivir en un lugar como este que en una ciudad», pensó. Vivir en el campo sería un contraste total con su vida anterior, un nuevo comienzo definitivo y justo lo que necesitaba si quería superar el trauma.
Sam estaba rebosante de entusiasmo cuando se reunió con ella en el pub que habían elegido para comer.
—Estoy deseando empezar con este trabajo —dijo él cuando llevó las bebidas a la mesa junto con un par de menús—. Se trata de un proyecto bastante ambicioso dado el estado del lugar y el presupuesto, así que habrá que ver cómo se desarrolla todo. A veces, la gente tarda años en poner todo en orden para que podamos empezar. —Nunca lo había visto tan animado y le encantaba lo apasionado que parecía con su trabajo—. Considero parte de mi trabajo darles algo a lo que aspirar y un presupuesto al que ceñirse, luego depende de ellos cuándo podemos empezar.
Emma cogió su gin-tonic y bebió un sorbo, mirando por el ventanal hacia las colinas vecinas.
—Sería precioso vivir aquí, ¿verdad? —Las cascadas se precipitaban por las laderas hasta un valle ligeramente arbolado que había en el fondo. Un muro de piedra gris dividía en dos la ladera y había ovejas vagando en lo alto de los pastos de verano, como puntos pálidos en la distancia. «¡Qué paz y qué tranquilidad!», pensó, imaginándose ya en un pequeño estudio de piedra al fondo del jardín de una casita encalada. Siempre había tenido una imaginación muy viva, pero esa imagen era tan tridimensional y real que casi podía creer que existía de verdad.
El semblante de Sam cambió en un instante, la alegría cayó de su rostro. Bajó la vista hacia su bebida y acercó el posavasos al borde de la mesa. Hubo una pausa incómoda antes de que hablara.
—Solía vivir no muy lejos de aquí, en Coniston. Es un pueblo bastante tranquilo, pero las carreteras se llenan de visitantes en verano. La verdad es que es un poco infierno. Se tarda una eternidad en llegar a cualquier sitio. —Cogió su cerveza, bebió un buen trago y se lamió la espuma del labio superior.
Emma dio otro sorbo a su bebida, procesando esa nueva información, y se preguntó cuál sería la mejor manera de seguir indagando. Lo miró de forma interrogante.
—No sabía que eras de por aquí.
Sam negó con la cabeza.
—No, no me crie aquí, pero la familia de mi mujer vive en Coniston desde hace varias generaciones.
«Su mujer». Ya estaba llegando a algún sitio.
—Entonces… —preguntó tímidamente—, ¿es tu mujer la que ha fallecido?
Miró su cerveza como si la respuesta estuviera allí y dudara si decírselo o no. Bebió otro trago grande y ella se sintió culpable por haberle hecho una pregunta tan directa.
Le puso una mano en el brazo, sabiendo que se había equivocado.
—Lo siento. Por favor, no tienes que responder si te resulta… demasiado difícil.
Hasta ese momento, la suya había sido una amistad en la que habían navegado con cuidado, como dos polos magnéticos que intentan no sentirse atraídos el uno por el otro. ¿No habían insistido los dos en que no había nada romántico entre ellos? Pero, cuando él le cogió la mano, algo que nunca había hecho antes, estaba claro que había una atracción que ninguno de los dos podía negar.
Sus dedos eran cálidos y reconfortantes, el contacto físico era un placer que no se había dado cuenta de que echaba de menos. Empezó a hablar, con los ojos fijos en la mesa y la mano libre jugueteando con un posavasos que sobraba, dándole vueltas y vueltas sobre la mesa.
—Conocí a Alice cuando conseguí unas prácticas en el estudio de arquitectura donde trabajaba con su tío. Era una empresa familiar con muchos años de historia y una excelente reputación local. Hacían todos los diseños ecológicos que me interesaban y congeniamos enseguida.
Emma sintió una punzada de celos en la nuca y bebió un sorbo de su ginebra mientras se forzaba a alejar la inoportuna emoción. La pobre mujer estaba muerta, no tenía motivos para sentir celos. Era ella la que estaba allí, cogida de la mano de ese hombre tan espectacular.
—En fin, resumiendo, empezamos a salir juntos y, al cabo de un tiempo, nos casamos. Nos mudamos a una casa de campo en Coniston, cerca de la granja de su familia.
—Suena idílico —murmuró Emma, deseando lo mismo para ella. Se horrorizó al ver cómo sus pensamientos se habían adelantado varias etapas y retrocedió. Él no había terminado la historia y ella necesitaba escuchar. Dio otro sorbo a su bebida.
Sam suspiró y dejó el posavasos en la mesa, con la mano temblándole ligeramente.
—Todo era maravilloso, hasta que ocurrió el incendio.
Emma se atragantó, ya que no se esperaba una afirmación tan contundente y chocante. Empezó a toser cuando su bebida se fue por el camino equivocado. Él no pareció darse cuenta, ensimismado en sus recuerdos, y apretó un poco más su mano.
—Por desgracia, Alice… —tragó saliva— murió. Nuestra cabaña estaba alejada del pueblo, y cuando alguien vio el incendio, ya era demasiado tarde. —Se mordió el labio, sin mirarla—. Yo estaba trabajando fuera en ese momento, y ahora… bueno, no puedo volver a Coniston. —Sacudió la cabeza y parpadeó varias veces—. Demasiados recuerdos.
Ella apretó su mano y lo miró con simpatía.
—Siento mucho lo de tu mujer. No ha estado bien que te preguntara por quién estabas de luto y te pido disculpas si sientes que te he puesto en un compromiso. No era mi intención. —Suspiró—. ¿Sabes?, tengo mucha curiosidad por la gente. Supongo que viene de ser retratista. Tienes que sumergirte en la esencia de lo que es una persona para sacar lo mejor de su imagen. —Ella volvió a apretarle la mano, pensando que sin duda podría acostumbrarse a esa nueva intimidad que había entre ellos—. Lo siento mucho.
—No pasa nada. Me estoy acostumbrando a hablar de ello. —Sus ojos se encontraron con los de ella y Emma sintió una profunda conexión que no existía antes. Como si se hubiera levantado una barrera con su revelación. Una vulnerabilidad al descubierto. Tuvo que luchar contra el impulso de inclinarse hacia delante y besarlo—. Si te soy sincero, quería decírtelo, pero no sabía cómo. —Sus dedos se entrelazaron con los de ella y Emma confió en que él estuviera sintiendo los mismos impulsos eléctricos que aceleraban su corazón—. Hablar de ello ayuda bastante. Lo he aprendido en el grupo de duelo. Y sé que no hablo delante de todos, pero sí que lo he hecho con algunas de las personas que asisten. Me siento más cómodo hablando de tú a tú.
Ella asintió, ya que lo entendía perfectamente. Al principio, le ocurría lo mismo.
Se impuso un agradable silencio entre ellos, que seguían con las manos entrelazadas y el pulgar de él rozando con suavidad el dorso de la mano de Emma. ¿Estaba esperando a que ella le contara su historia? Tragó saliva, consciente de que no había compartido todo con el grupo; solo retazos sobre su progreso, cómo se las estaba arreglando para retomar las riendas de su vida, pero nunca la causa de su dolor.
Respiró hondo.
—Mi marido también tuvo un accidente. —Su mente se llenó con la voz del supervisor de Zach cuando ella había contestado a su llamada: «El andamio se ha derrumbado». Con imágenes terribles de postes metálicos y tablones de madera cayendo. Estaban trabajando en un bloque de pisos de diez plantas, sustituyendo el revestimiento. Se estremeció, sintiendo una oleada de emoción—. Pero no hablemos del pasado —dijo ella con rapidez, arrastrando las imágenes hasta el fondo de su mente, donde quería que se quedaran para siempre. No tenía intención de pasar por esa traumática experiencia en presencia de Sam—. Podemos dejarlo para compartirlo con el grupo.
Intentó ordenar sus pensamientos. Se alegraba de que Sam se hubiera sincerado, pero había algo que la inquietaba en la forma en que se lo había contado, con mucha crudeza, sin adornos emocionales. Ella no podría haber hablado con tanta calma sobre lo que le había ocurrido a Zach. Pero se recordó a sí misma las palabras de Faith: que cada persona experimentaba y expresaba el dolor de forma diferente. Era mejor no juzgar.
CAPÍTULO 3
Estaban tumbados en la cama, abrazados, algo que últimamente ocurría con bastante frecuencia. Fue una de esas conversaciones que empiezan con una pregunta fantasiosa.
—Si pudieras hacerte una casa nueva, ¿cómo te gustaría que fuera? —le preguntó Sam—. El dinero no sería problema. Donde quieras.
Ella se rio y se giró hacia él.
—He estado pensando en comprar una casa. Tras el accidente de mi marido, la empresa reconoció su responsabilidad y me pagaron una indemnización.
Él enarcó una ceja, antes de cogerle la mano y besarle los nudillos.
—Vaya, señora, parece que es usted la clienta perfecta. Entonces, dígame… ¿cómo sería la casa de sus sueños?
Ella se acurrucó más cerca y sonrió para sí misma. Le gustaban ese tipo de juegos.
—No puedo quitarme de la cabeza el Distrito de los Lagos. Había mucha paz y el aire era tan fresco… Y todo ese espacio. Me encantaría vivir fuera de la ciudad. —Abrió los ojos y, cuando lo miró, vio que su sonrisa se había desvanecido. Recordó que su mujer había muerto en un incendio en el Distrito de los Lagos y maldijo su insensibilidad—. Pero entiendo que tú no querrías vivir allí por… ya sabes.
Sam guardó silencio durante un rato. «Joder, qué bocazas soy». ¿Por qué había tenido que meter la pata hasta el fondo? Ahora prácticamente vivían juntos, sus vidas se entrelazaban más cada semana, y era más feliz de lo que había sido en mucho tiempo. Su vida había vuelto a florecer y se había convertido en algo precioso. La semana anterior le habían encargado un retrato de un matrimonio por su aniversario, y el trabajo de ayudante personal virtual había despegado ahora que estaba presente en las redes sociales y había dado a conocer su nombre.
—Si lo que buscas son laderas, árboles y mucho espacio —dijo él finalmente—, hay muchos lugares llenos de encanto en Cumbria, aparte del Distrito de los Lagos. Y mucho más baratos.
—Tienes razón —dijo ella, sintiendo una oleada de alivio, dispuesta a aceptar cualquier sugerencia. Al fin y al cabo, solo era un juego—. Entonces, vamos a situar la ubicación en algún lugar cerca del Distrito de los Lagos, ¿vale? —Entró en la imagen que veía en su mente, tan clara que casi podía tocarla—. A ver… Me gustaría que tuviera cuatro dormitorios, porque voy a tener tres hijos.
Lo miró para ver cómo respondía a esa parte del plan. Era demasiado pronto para hablar de hijos, pero no había podido resistirse a tantear el terreno. Si no quería tener hijos, tendría que romper con él, por muy atractivo que fuera Sam. Desde que había cumplido los treinta, estaba desesperada por tener una familia y, tras la angustia de su aborto espontáneo y el paso del tiempo, ser madre se había convertido en una especie de obsesión. Había creído que su sueño había muerto tras el accidente de Zach, pero ahora sus esperanzas habían renacido.
—¿Solo tres? —reflexionó él, con un brillo en los ojos.
—Supongo que podrían compartir habitación —aventuró Emma—, así que cuatro o cinco no es descabellado.
Entonces él se echó a reír y le besó la punta de la nariz.
—¿Y qué más necesitaría esa casa de ensueño?
Cuando terminaron, Emma había creado una pequeña granja, con un grupo de niños que jugaban al aire libre, ayudaban a sacar el estiércol de los dos ponis y las cabras pigmeas, desenterraban patatas del extenso huerto y recogían los huevos que habían puesto las gallinas. Lo bueno de esa fantasía era que disfrutaría mucho viviendo en ella, y ahora que la había creado, podría visitarla en su mente siempre que sintiera la necesidad.
Tres semanas después, Sam irrumpió en la puerta de su piso con un rollo de papel bajo el brazo.
—He tenido un día tan bueno que no te lo vas a creer. —Despejó la pequeña mesa del comedor y desenrolló el papel, revelando varios bocetos de una vivienda. Le sonrió—. Aquí tienes, la casa de tus sueños.
Ella estaba asombrada, no podía creer la perfección con la que había conseguido plasmar su fantasía en varias hojas de papel. Esa era exactamente la casa en la que quería vivir con su familia imaginaria. Encantada no era suficiente para explicar cómo se sentía. Sin embargo, lo que más le gustaba era que él la hubiera escuchado con tanta atención. Los pensamientos que tenía en su cabeza se habían convertido en los pensamientos de él, que los había convertido en algo tangible y real. ¿Cuántas personas estaban tan conectadas? Parecía cosa de magia. Pero era amor, ¿no? La poderosa atracción hacia alguien, a un nivel que no comprendías, incluso antes de conocerlo bien del todo.
—Vaya, ahora todo parece posible —dijo, estudiando detenidamente sus diseños, y sugirió pequeños retoques aquí y allá—. Supongo que todavía no habrás puesto precio a todo esto, ¿verdad?
Su brazo rodeaba la cintura de Emma, manteniéndola cerca de él, y ella supo en ese momento, con una certeza que nunca había sentido con respecto a ninguna otra cosa en su vida, que quería esa casa para compartirla con Sam.
—Bueno, obviamente está el pequeño problema de encontrar una parcela adecuada. Pero, en cuanto a los costes de construcción, imagino que rondarán los quinientos mil. —Se encogió de hombros—. Si decides que quieres seguir adelante, lo calcularé al milímetro, pero esa es una cifra aproximada.
Él la miró y ella bajó la vista hacia los dibujos, haciendo cálculos mentales. De momento estaba de alquiler, pero, ahora que había llegado la indemnización, ¿no sería una buena inversión en lugar de tirar el dinero pagando una renta?
—¿Y cuánto costaría una parcela?
Él se echó a reír.
—¿Cuánto mide un trozo de cuerda? La ubicación marca una diferencia abismal en cuanto al precio, pero, si te gusta Cumbria, podríamos buscar por los alrededores, a ver qué encontramos. No lo sé. ¿Un cuarto de millón, tal vez?
«Encontramos». Hablaba en plural, como si estuvieran juntos en eso. El proyecto de los dos. Su excitación iba en aumento. Todos sus sueños rotos se estaban recomponiendo. Se le había presentado una segunda oportunidad y la iba a coger con las dos manos.
—Hagámoslo —dijo, con una sonrisa tan amplia que le dolían las mejillas, con la alegría burbujeando en su interior—. Si puedes encontrar una parcela adecuada, me apunto.
Más tarde, tumbados en la cama, con Sam profundamente dormido y ella mirando el techo con los ojos abiertos de par en par, empezaron a asaltarle las dudas. Era muchísimo dinero y todo iba demasiado rápido. ¿Era eso lo que de verdad le molestaba o era otra cosa?
CAPÍTULO 4
Desde el momento en que Emma había aceptado seguir adelante con la idea de la casa nueva, Sam había estado pululando alrededor como un conejito con esteroides. Parecía más ligero, más feliz, más considerado. Si al principio había tenido reservas, ahora estaba segura de que era el hombre con el que quería construir una vida. Su entusiasmo era contagioso; su risa, infecciosa; sus ideas, absorbentes.
Todo el tiempo libre lo dedicaba a su proyecto, retocando el diseño, investigando sistemas de calefacción e iluminación, techos y ventanas para que fuera una vivienda neutra en carbono. Su dedicación a su futuro era intachable. Ella no estaba tan fascinada por todos los detalles, pero de repente se sentía comprometida con un proyecto que no había sabido que quería hasta que él le había presentado los planos. Construir la casa de los sueños de los dos.
Resultaba difícil mantener el impulso de su proyecto cuando él trabajaba mucho fuera, pero ella tenía que aceptarlo. Tenía que visitar muchas obras, y muchos proyectos parecían no ir más allá de presentar solicitudes de permiso de obras. Aparecía el domingo por la noche cada quince días, con la regularidad de un reloj, y volvía a marcharse el jueves por la mañana, para viajar por todo el Reino Unido. Ni siquiera tenía casa propia, ya que no sabía dónde quería instalarse desde que había muerto su mujer. Cuando no viajaba, se quedaba en casa de Faith. Ella le había preguntado si trabajaba los fines de semana, pero él le había dicho que era el único momento en que algunos de sus clientes estaban en casa y tenían tiempo para discutir las cosas como era debido. Funcionaba y parecía que no iba a cambiar el patrón.
Sam se mudó a su piso la semana después de enseñarle los diseños de la casa. Él había demostrado un compromiso con su futuro sin siquiera tener que decir nada y ella se dio cuenta de cuánto había echado de menos formar parte de una pareja. Acurrucarse en el sofá, charlar mientras preparaban juntos la comida, el calor de otro cuerpo en su cama, sus manos en su piel, su aliento en su pelo.
Diez semanas después de mudarse, irrumpió por la puerta un domingo por la noche, con los ojos brillantes y una gran sonrisa en la cara. Emma había estado esperando a que llegara a casa, emocionada y nerviosa por contarle las novedades, sin saber cuál sería su respuesta.
—Nunca adivinarías lo que he encontrado —dijo Sam, dejando las maletas en el suelo. Luego rebuscó en su maletín y sacó un par de hojas de papel. Se las tendió y ella las cogió, curiosa por saber por qué estaba tan emocionado.
Su corazón dio un vuelco cuando se dio cuenta de lo que estaba mirando.
—¿Una parcela? ¿Has encontrado una parcela para la casa? —Volvió a observar el papel—. ¿Dónde está?
—En las afueras de Appleby, que era la capital del condado de Westmorland hasta que se integró en el condado de Cumbria. Es un sitio precioso con edificios de arenisca roja, un río que discurre por el centro e incluso tiene un castillo. Allí se celebra todos los años una feria del caballo. ¿No has oído hablar de ella?
