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"Mientras corre el whisky y las apuestas de póker en un Gentleman´s Club londinense, dos caballeros deciden apostar si el mítico viaje relatado por Julio Verne en su obra La vuelta al mundo en 80 días, puede realizarse en menos de este plazo. Un joven estudiante de periodismo se verá involucrado, a causa del azar, en esta hazaña junto con una comitiva muy singular en donde cada personaje aportará un condimento extra al desarrollo de la trama. Una vez que comience con la lectura de la novela, le será difícil detenerse. Una historia que conecta la diversión, la pasión, el amor, la aventura y la complicidad de una manera armónica. El relato los transportará a lugares inimaginables, haciéndolo sentir parte de las aventuras por las que atraviesan los protagonistas, llegando incluso a sentirse un miembro más del grupo. A lo largo de la lectura, podrá cerrar sus ojos y sin mayor esfuerzo, imaginarse recorriendo aquellas ciudades maravillosas que se detallan, sintiendo sus olores y sonidos característicos, degustando sus sabores y conectarse con las sensaciones que propone esta bitácora. Lo invitamos a adentrarse en un viaje inigualable en un universo desconocido, aunque desarrollándose en puntos emblemáticos del globo" (Gisela Paola Mangone).
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Seitenzahl: 303
Veröffentlichungsjahr: 2022
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El autor Julio Verne (1828-1905) en el prefacio de su novela “Dos años de vacaciones”, nos cuenta que esta obra podría encasillarse dentro del género de los Robinsones. Desde el intrépido “Robinson Crusoe” de Daniel Defoe, incontables autores han escrito su propia versión de una persona o un grupo de ellas, atrapadas en una isla desierta.
Este libro podría catalogarse como una nueva versión de “La vuelta al mundo en ochenta días” o un tributo al emblemático autor francés. También decidí agregar elementos de Sir Arthur Conan Doyle en uno de los personajes principales y su similitud con Sherlock Holmes.
Era mi intención realizar una obra situada a finales del siglo XIX en honor a dos de los autores que siempre más me fascinaron y despertaron mi imaginación. Con estas cuestiones presentes, espero que el lector juzgue la obra sino por su originalidad, como una versión personal y contemporánea de la inigualable obra de Julio Verne.
No pretendo compararme con autores de la talla de Conan Doyle o Verne, sólo honrar su memoria con esta humilde novela. Anhelo de corazón que reúna los elementos para atrapar y seducir al lector.
Ignacio Ribas Somar
Quizás el lector se pregunte las circunstancias por las cuales un joven nacido en la ciudad de Buenos Aires se vio envuelto en los acontecimientos que relataré a continuación. Lo primero que deseo aclarar es que no fui más que un espectador privilegiado de esta aventura sin igual. Lo segundo, es que me considero una persona tranquila, poco propensa a inmiscuirme en situaciones peligrosas. Fue, sin lugar a dudas, obra del destino que me hallase en aquel momento-lugar y me viera involucrado en este viaje.
Corría el año 1889 y dada la buena posición económica de mi familia, había sido enviado a la universidad más prestigiosa de Gran Bretaña para obtener la mejor formación que se pudiese pagar. Mi deseo era convertirme en un periodista de renombre y, por qué no, algún día en un escritor célebre. Adoraba la lectura de autores clásicos de la literatura como Herman Melville, Jules Verne, Daniel Defoe y Jonathan Swift, entre otros. Me considero verdaderamente feliz cuando me sumerjo en la lectura de un buen libro.
La pasión juvenil me hizo fijar mi atención en el periodismo y posponer la escritura de una novela para un momento de mi vida más tardía en donde tuviera algo interesante para plasmar en el papel. Mientras tanto podría informar y pulir mi estilo literario y prosa. El destino quiso que me cruzara con él y fuera testigo de sus aventuras, desventuras e incluso, partícipe de ellas.
He sido descortés y todavía no me he presentado siquiera, me disculpo con el lector, aún debo pulir mi estilo. Mi nombre es Julio Alves Leone y, como ya explicité, soy oriundo de la ciudad de Buenos Aires. Es fácil reconocer mis orígenes europeos por mi apellido. Soy el primero de mi linaje y esto se debe a la terquedad de mi abuela, la madre de mi madre.
Por el lado materno tengo orígenes italianos, específicamente del sur, de la región de Calabria. Mi abuela, Arcángela Leone, insistió en mantener su apellido en todos sus hijos y nietos, y a base de perseverancia, terquedad y su mal genio, lo consiguió. Al parecer mi padre, prefirió consentirle aquel capricho.
Por el lado paterno, mis orígenes son portugueses. Mi abuelo era originario de Lisboa, donde también nació mi padre. El nombre de ambos era Eusebio Alves, a este último se le agregó el nombre Segundo para distinguirlo de mi abuelo. Por fortuna él decidió romper con la tradición y eligió otro nombre para mí. Si hubiera sido por mi abuelo paterno, yo también me hubiera llamado Eusebio, seguramente acompañado por el Tercero para distinguirme de mi padre y de mi abuelo.
Me he ido por las ramas ya que este relato no se trata de mí, sólo consideré oportuno hacer una breve presentación. Mis padres decidieron emigrar hacia Argentina al poco tiempo de casarse. Se conocieron cuando mi padre contrajo una enfermedad durante su estadía en Italia por negocios y mi madre hizo de enfermera. Supongo que ambos deseaban liberarse de sus padres porque al parecer mis abuelos podían considerarse con derechos sobre las decisiones de los demás. Posiblemente esto se debiera a su posición económica. Si bien conocí a todos mis abuelos, sólo tengo recuerdos de mis abuelas, Arcángela e Idalinda.
El protagonista principal de esta historia es el noble caballero Garret J. Thomas O`Connor. A continuación relataré las circunstancias por las cuales tuve la fortuna de conocerlo.
Estaba estudiando hacía ya más de dos años en la universidad de Oxford a poca distancia de la hermosa ciudad de Londres. Teníamos varios días libres por las pascuas. Me encontraba decidido a quedarme en Oxford para adelantar mis estudios. Era el momento ideal dado que la mayoría de los jóvenes se marchaban a visitar a sus familiares y el campus quedaba casi desierto. Hubiera logrado mi cometido de no ser por encontrarme con mi compañero de habitación, Charles W. Smith, justo cuando éste estaba por marcharse.
-¿Qué planes tienes para estos días, Jules? –Sabía que mi nombre era Julio pero él me llamaba así con cariño.
-Pretendo dedicarlos a mis estudios. –No quería admitirlo pero estaba un poco atrasado en varios.
-A veces te comportas como si tuvieras la edad mi padre, Jules. Nada de eso. Vas a acompañarme a Londres. Tomaremos el próximo tren. Iremos a un club de caballeros y recorreremos la ciudad.
Había demasiados motivos por los cuales su plan no sonaba a una buena idea, pero no era fácil decirle que no a Charles. Él era el heredero de la fortuna de los Smith, conocidos dentro de la industria de los ferrocarriles. Su padre, Henry W. Smith, era uno de los hombres más ricos de Londres.
-No creo que consigamos un lugar en el tren para que pueda acompañarte. Y aunque lo hiciéramos, aún no me han enviado mi mensualidad. –Sabía que él iba a refutar mis argumentos con facilidad.
-No seas ridículo, mi buen amigo. En cuanto al espacio en el tren, he contratado un camarote, así que viajarás conmigo. Y con respecto al tema económico, yo te daré la plata. Ambos sabemos que voy a insistirte hasta obtener una respuesta afirmativa. Estamos por perder nuestro tren y tendremos que aguardar horas hasta el siguiente. Ahorrémonos la parte en la que rechazas mi oferta y me dices que luego me devolverás el dinero. –Había que reconocerle que podía ser extremadamente persuasivo. Si hubiera dedicado el mismo empeño en sus asignaturas de seguro sería un estudiante destacado.
-Voy a lamentarlo cuando pase noches en vela intentando ponerme al día con los estudios. –Charles comenzó a reír sabiéndose victorioso.
-Al final siempre obtienes excelentes calificaciones. Toma algo para leer en el viaje. Gracias, amigo, me aburriría horrores con mi padre y sus amigos.
Me hubiera gustado decirle que conmigo la pasaría extremadamente bien, pero yo no era precisamente un joven que pudiera considerarse divertido. El motivo por el cual Charles anhelaba mi compañía era dado que difícilmente le decía que no a sus ideas disparatadas.
Sin mayor dilación, nos dirigimos hacia la estación y llegamos cuando el tren estaba a punto de partir. Yo no tenía pasaje, pero ni siquiera nos los pidieron al ingresar. El guardia de seguro se hallaba ocupado. Viajamos ligeros y teníamos un hermoso camarote a nuestra disposición.
A los pocos minutos de comenzado el viaje, llegó el guardia solicitando los pasajes. Charles inventó una historia de cómo su amigo había decidido viajar a último momento para visitar a su tía que estaba mal de salud. Hasta le puso nombre a mi supuesta tía. Una tal lady Edwina Carlton, debía ser una mujer importante. Con sólo invocar su nombre fue suficiente para que me dejasen viajar sin siquiera cobrarme el pasaje, pero así era Charles, le gustaba hacer de las experiencias cotidianas una aventura.
-¿Tomaste un traje además del que llevas puesto? –La pregunta me sonó ridícula dado que él había observado como sólo tomaba algunas camisas, ropa interior, libros y lo que pudiera ser indispensable.
-Pensaba usar el mismo traje durante nuestra estadía –respondí.
-Imposible, tendremos que ir al sastre cuando lleguemos. Espero no tenga mucho trabajo. Hoy a la noche tenemos un compromiso y debemos estar presentables para la ocasión. –Algo me decía que el compromiso de la noche era el mayor motivo de mi presencia allí.
-¿Qué compromiso?
-Mi padre nos ha invitado a cenar y jugar a los naipes a su club de caballeros.
-¿Nos ha invitado? –Era imposible que me hubiera invitado sin saber siquiera que yo iba a acompañar a su hijo.
-Aún no sabe que te ha invitado a ti también, pero le dije que de seguro iba acompañado. –Sólo podía ser por un compañero, las mujeres no estaban permitidas en los clubes de caballeros.
El viaje en tren se dio con celeridad. Charles ordenó una botella de whisky de la mejor calidad, así que nos la pasamos bebiendo y fumando. Por fortuna también ordenó algo de comer. Nunca toleré demasiado bien el alcohol con el estómago vacío.
Al llegar a Londres nos dirigimos hacia el local de su sastre. Un hombre italiano de rasgos duros, demasiado efusivo al hablar. Parecía estar regañando a su ayudante hasta que lo vio a Charles.
-Señor Smith, ¿qué puedo hacer por usted hoy?
-Buenas tardes, Vito. Tenemos un compromiso por la noche con mi padre y necesitamos dos de sus mejores trajes a la brevedad. –Algo me decía que por ningún otro cliente hubiera podido el sastre hacer dos trajes en tan poco tiempo.
-Claro, será un placer. Por favor, vengan para que les tome las medidas. Haré los dos trajes más finos y elegantes para ustedes, su padre quedará impresionado.
El caballero nos tomó las medidas y nos pidió regresar en unas horas a buscar los atuendos. Aprovechamos el rato libre para dirigirnos a la casa de Charles. Era una enorme y hermosa mansión ubicada en la zona residencial de Londres. Debía tener al menos media docena de sirvientes y cuidadores para mantener su esplendor.
En ella nos encontramos con la madre y la hermana de Charles. Su madre era una mujer hermosa, demasiado para su padre, era evidente que se habían casado por su dinero. Además de ser varios años más joven que él. De todas formas, Henry prácticamente no estaba presente en su hogar. Se la pasaba haciendo negocios, frecuentando clubes de caballeros y otros lugares menos prestigiosos. Tenía más amantes que hijos. Ni siquiera debían compartir la habitación con su mujer cuando decidía pasar por su casa.
-Buenas tardes, hijo. Buenas tardes, Jules, que bueno verte. Sin lugar a dudas debes ser la mejor influencia que tiene mi hijo. Espero puedas ponerle límites –dijo su madre mientras lo abrazaba y le daba un beso. Era frecuente que les cayera bien a los adultos, siempre he sido extremadamente cordial y dado a la plática.
-Buenas tardes, madame. Es usted muy amable, es bueno volver a verla.
-Puedes llamarme Mary –respondió su madre.
-Siempre tan educado, Jules –interrumpió la hermana menor de Charles. Una hermosa joven de diecisiete años que siempre intentaba flirtear conmigo. Debo confesar que me gustaba que lo hiciera aunque me incomodaba un poco. Era evidente que molestaba a Charles.
-¿Qué haces tú aquí, Liz? –preguntó Charles.
-Podría hacerte la misma pregunta. Yo vivo aquí –respondió Lizbeth sin dejar de sonreírme con una mirada casi lasciva. Tendió su mano para que yo la tomase y la besara. Ignoraba si pretendía molestar a su hermano o sentía algo genuino por mí.
-Nuestro padre me invitó.
-Déjame adivinar, a su Gentleman´s Club, quiere adoctrinarte hermanito, que ingenuo, pensé que eras más listo.
-Quiere compartir tiempo conmigo.
-No seas iluso, para nuestro padre las personas sólo son útiles, incluso sus hijos y esposa. Somos su fachada ideal ante la sociedad.
-Algún día me haré cargo de su negocio.
-Tal vez, conociéndolo es más probable que lo hagas cuando él muera y por poco tiempo. –Liz provocaba a su hermano, había que reconocer que la joven era astuta y no decía necedades.
-Basta los dos, vamos a tomar el té en paz. La familia está reunida y tenemos un invitado de lujo. –Mary puso orden entre sus hijos –. Margareth, por favor sirve el té –ordenó la mujer a su ama de llaves. No sonaba a orden en la forma en que lo dijo.
-Claro, madame.
-No pensábamos quedarnos mucho –dijo Charles –, debemos ir a buscar nuestros trajes y reunirnos con mi padre y sus amigos a las ocho.
-No seas ridículo, hijo, apenas si son las cinco. Tienen tiempo de sobra.
Yo deseaba quedarme en tan grata compañía, pero era evidente que Charles quería marcharse. Pasamos varias horas hablando de política, negocios, la educación de Liz y nuestros estudios en Oxford. No era usual que las mujeres hablaran de tales temas, pero ni Mary ni Liz eran como el resto de las mujeres.
Hacia las siete de la tarde fue evidente que Charles comenzaba a impacientarse. Su madre y su hermana lo notaron y decidieron liberarlo. Comimos pasteles recién horneados mientras tomábamos el té. Ayudó a asentarme luego del viaje y a reponerme del whisky. De seguro seguiríamos bebiendo en la noche.
-Espero se diviertan hoy y no beban demasiado –dijo Mary mirándome más a mí que a su hijo.
-Sí, claro madre.
-Asegúrate de que no lo haga, Jules –imploró Liz –, es un cabeza hueca pero es mi hermano. Nos veremos pronto –al decir esto me guiñó un ojo.
-¡Liz, me avergüenzas! –Charles se enfureció.
-Liz –reprimió Mary sonriendo a su hija. –Ahora sí será mejor que se marchen, deben buscar sus trajes y mejor será que no hagas esperar a tu padre. Envíale nuestros saludos –dijo esto sin demasiada emoción.
-Así lo haré, madre.
Nos despedimos de la familia de Charles y partimos con rumbo al local del sastre. Por fortuna quedaba de camino al club de caballeros en donde el señor Smith nos aguardaba. Mientras que me probaba mi traje, Charles pagó la cuenta, nunca pude enterarme del monto total. Probablemente me hubiera dejado sin gran parte de mi mensualidad, si es que era suficiente. Pero Charles nunca me diría el precio, sería un regalo por haberlo acompañado en su aventura.
Era la primera vez que ingresaba a un club de caballeros, Charles tampoco lo había hecho, sólo a bares y pubes. Su padre no lo había invitado antes de aquella noche. Era un ritual de la sociedad británica, una forma de decirle a un hijo que se había convertido en hombre y que pronto estaría listo para formar parte de la empresa.
La intención de Charles era terminar sus estudios en uno o dos años más y convertirse en empleado de su padre. De seguro le daría un buen puesto en su empresa y luego de unos años le heredaría su legado. También podría intentar formar su propio emprendimiento. No sonaba a un mal plan.
Cuando Charles dijo su nombre nos permitieron ingresar sin inconvenientes. Era un club exclusivo y dadas las festividades se encontraba atiborrado de gente. Al ingresar, su padre nos esperaba con tres caballeros en una mesa redonda y amplia.
-¡Charles! Llegas justo a tiempo, nos disponíamos a comenzar una partida de póker –dijo su padre efusivo. Era un hombre que rondaba los cincuenta años, de cabello castaño claro, aunque ya había perdido la mayoría, delgado y de rostro severo. Era agradable sólo con quien le caía en gracia. Yo sólo lo había visto en dos ocasiones, pero por algún motivo no terminaba de caerme bien. Tal vez fuera por lo que su esposa e hija decían de él.
-¡Padre! Pensé que no vendrías hasta las ocho. –Aún faltaban unos minutos para la hora pactada.
-Teníamos unos asuntos que arreglar, negocios. –Noté que Charles se sintió ofendido pero lo disimuló. Era un orgullo estar incluido en una ocasión como ésta –. Has venido acompañado. El joven argentino si no me equivoco –dijo Henry ofreciéndome la mano y recibiéndonos de pie.
-Así es, mi buen amigo Jules me ha acompañado.
-Maravilloso, cuantos más, mejor. Espero estén listos para perder su dinero, caballeros –dijo esto dirigiéndose a los demás caballeros de la mesa –. Ustedes dos apuestan por mi cuenta –agregó refiriéndose a Charles y a mí.
-¿Desde Argentina? Debe ser un destino interesante y exótico. –Esto fue lo primero que el señor Garret John Thomas O´Connor me dijo y ya me había conquistado.
Permítame el lector presentarle al protagonista principal de esta aventura. El señor Thomas, como lo llama la mayoría de la gente, es un caballero de origen inglés e irlandés como denotan sus apellidos. Ronda los treinta y tantos años, pero no se deje engañar por su juventud, bien podría tener cincuenta o más por su sabiduría, astucia y conocimientos. Dado a una inteligencia más de tipo lógico-matemática, es un hombre cordial, respetuoso, práctico y un tanto extravagante. Frío en su trato, al menos hasta que uno entra en confianza, pero amable. Todo un caballero sin lugar a dudas.
De cabello castaño rojizo, ojos verdes, marcados rasgos masculinos pero armónicos. Una prolija barba enmarca su rostro y lentes con marco de carey. Tez blanca, buena estatura y excelente vestimenta. Debe su fortuna a una herencia prematura que recibió por parte de su difunto padre, un empresario de buques mercantes. Se decía que sus abuelos habían sido socios de la British East India Company.
El señor Thomas causa una impresión profunda en cualquiera que lo conoce. Me quedé casi sin palabras ante su comentario, pero por fortuna fue interrumpido por otro de los comensales de la mesa.
-Cualquier país para mi buen amigo es un destino exótico e interesante, caballero, ya lo verá a lo largo de la velada, enchanté. Mi nombre es Antoine Remi Dumont –dijo el caballero de origen francés –. ¿Y su nombre es?
-Julio Alves Leone.
-Jules, c´est magnifique. Como nuestro querido Jules Verne, justamente hablábamos de él.
El señor Dumont es quizás otro de los protagonistas principales de esta historia. Un caballero que aún no ha llegado a los treinta años. Bien parecido y que genera un magnetismo natural, sobre todo por parte de las mujeres. Seductor sólo cuando se lo propone, según me dijeron el típico encanto parisino, capaz de causar admiración o encanto a antojo.
El tercer caballero de la mesa, rondaba los cincuenta años, al igual que Henry. Era el socio del padre de Charles, un tal George A. Williams, su mano derecha. Hombre de hábitos un tanto desagradables, propenso a comer y beber en demasía. Cuando arribamos ya parecía haber consumido demasiado whisky. Sus mejillas estaban rojas al igual que su nariz.
Hechas las presentaciones pertinentes nos dispusimos a jugar al póker y tener la plática que marcaría el comienzo de esta aventura.
El carismático señor Dumont se propuso como primer croupier para iniciar la partida de póker, y dado que no hubo objeciones, comenzó el juego.
-Très bien, jugaremos póker al estilo americano de Texas, caballeros, ¿conocen las reglas? –preguntó Antoine. Los presentes conocíamos las reglas por lo que asentimos.
-¿Dónde estará ese condenado mozo? No podemos jugar sin whisky –dijo el señor Williams, era evidente que la paciencia no era una de sus virtudes.
Dado que el club estaba demasiado concurrido, era lógico el que no nos atendieran. Como es mi naturaleza ser servicial, sobre todo cuando siento que tengo una deuda para con aquellos que me invitan a un sitio, decidí resolver el asunto.
-¿Todos desean beber whisky? –dije poniéndome de pie. Todos respondieron afirmativamente y el señor Thomas agregó:
-Que joven tan pragmático y expeditivo. Debemos agradecer su presencia.
-No es nada –respondí ruborizándome y acercándome a la barra.
Solicité una botella de whisky al encargado y seis vasos. Me miró suspicaz, pero preguntó para qué mesa era. Cuando le indiqué que se trataba de la mesa que compartían los señores Smith, Thomas, Dumont y Williams, se apresuró a preparar la bandeja. De seguro dio por sentado que yo debía ser el hijo de alguno de ellos o un acompañante.
-¿Irlandés o escocés? –preguntó mostrándome dos botellas de su mejor whisky. Como ignoraba la preferencia de los caballeros, le pregunté si sería posible llevar ambas a lo que no mostró objeción alguna. Debo confesar mi ignorancia sobre el tema.
Al acercarme nuevamente a la mesa fui recibido con vítores por parte de los comensales.
-Al fin obtenemos algo de beber –dijo el señor Williams -. ¿Para qué ha traído del irlandés? ¿Desea intoxicarnos? –agregó riendo y fue festejado por el señor Smith y su hijo. Charles sólo rió porque su padre lo hizo.
-Lamento disentir con usted, estimado señor Williams –dijo el señor Thomas acudiendo en mi defensa -. Para muchos, el whisky irlandés es superior al escocés, me encuentro entre los que así lo creen.
-Eso es porque usted tiene orígenes irlandeses, su apellido es uno de los más ilustres de Irlanda –respondió el señor Williams en tono irónico haciendo referencia al apellido O´Connor.
-Lamento volver a disentir con usted, caballero. Mi subjetividad no está dada por mis orígenes, en todo caso se la atribuyo a mi memoria. Verán, caballeros, tengo la hipótesis que nuestra memoria se encuentra íntimamente ligada a nuestro gusto y olfato. Como heredé la costumbre de mi padre de beber whisky irlandés, es que lo prefiero sobre el escocés, al que también considero muy bueno.
-Interesante hipótesis, debería usted escribir una teoría al respecto, señor Thomas –dijo el señor Smith padre de forma sarcástica. Su mano derecha y su hijo se lo celebraron riendo.
-A lo mejor algún día lo haga. ¿Alguien va a beber conmigo del irlandés? –preguntó en tono polite el señor Thomas sin asumir que se reían a sus expensas. Ignoro si se dio cuenta y prefirió ignorarlo o no captó la ironía.
-Yo beberé escocés –dijo mi amigo Charles sentado a mi siniestra. A su lado el señor Williams y en la silla contigua, su padre, asintieron.
-Lamento dejarlo solo, mon ami, pero también prefiero un buen escocés –dijo el señor Dumont. El señor Thomas lució desilusionado, mas no dijo nada.
-Yo beberé del irlandés también –dije haciendo acopio de valor. Me daba lo mismo cualquier whisky, prefiero no beber demasiado cuando juego a los naipes, sé por experiencia que el alcohol y las apuestas no van de la mano.
-¡Magnífico! Parece que es usted listo, mi joven amigo. –La sonrisa que me dedicó hizo que mi elección valiera la pena.
Antoine comenzó a mezclar el mazo de naipes, lo hacía de forma grácil y segura. Todas las acciones del caballero parecían dedicadas a seducir a sus espectadores. La forma en que bebía el whisky, fumaba su cigarrillo, repartía las cartas.
Como jugador mi estilo es sencillo pero efectivo, en general. Soy un player conservador que se dedica a estudiar a sus oponentes y aguardar a tener una mano ganadora, o una con pocas chances de perder. Tengo la teoría que, la mayoría de las veces, siempre hay en toda mesa, uno o dos miembros incapaces de descartar sus manos e intento aprovechar esto para abastecerme de sus fichas.
Comenzamos con ciegas pequeñas, cada uno tenía un total de cien libras esterlinas en fichas, una pequeña fortuna para mí. Fue facilitada por el padre de mi amigo Charles. Aunque pensaba devolvérsela al final de la partida, al menos no quería perder demasiado de su dinero.
Suelo no ingresar al juego durante las primeras manos hasta no conocer un poco a mis rivales, salvo que tenga cartas demasiado buenas. Prefiero que mis oponentes no conozcan mi estilo de juego y asuman que no he tenido nada decente. De todas formas si uno se ve favorecido al comienzo, no delata necesariamente mucho de su juego. Así me ocurrió esa noche.
La primera mano reveló un as acompañado por un rey de distintos palos, no deseaba foldear cartas tan tentadoras, así que realicé la apuesta mínima. No tenía una buena posición pero de seguro alguien subiría la apuesta. El señor Williams fue agresivo, algo me decía que tenía una mano similar a la mía, un par o simplemente deseaba hacer un bluff. Esta última maniobra poco recomendable sin conocer a los jugadores.
El señor Smith y su hijo decidieron no pagar la apuesta al igual que el señor Thomas. El señor Dumont y yo pagamos por ver las primeras tres cartas comunitarias. Algo me decía que el señor Dumont era de aquella clase de jugadores a los que les cuesta no pagar las apuestas. También creo que deseaba aprovechar su posición ventajosa.
El flop inicial reveló: un as de corazones, un rey de diamantes y un tres de picas. Era poco probable que alguno de los caballeros tuviera mejor mano que yo con un par doble. Bien podía ser que alguno tuviera una pierna o un proyecto a escalera.
Decidí pasar sin subir la apuesta. El señor Williams volvió a mostrarse agresivo. El señor Dumont y yo volvimos a pagar su apuesta.
La cuarta carta reveló un siete de tréboles. Algo me decía que mi mano continuaba siendo la ganadora. Volví a pasar y el señor Williams volvió a apostar, parecía evidente para mí que él no tenía una gran mano. El señor Dumont decidió arrojar sus cartas con enojo. Creo que apostaba a un proyecto poco probable.
La última carta en darse vuelta fue el as de tréboles, pasé de tener un par doble a tener full house, no había nada que pudiera vencerme, en el peor de los casos, el señor Smith tenía las mismas cartas que yo y nos dividiríamos el botín que ya ascendía a más de treinta libras esterlinas.
Algo me decía que si volvía a pasar, el señor Williams subiría la apuesta, por lo que decidí tocar la mesa tímidamente.
-¿El as le ha hecho replantearse sus apuestas, joven? Este es un juego de hombres –dijo el señor Williams socarronamente y apostó una suma inusitadamente alta. Todo parecía indicar que el caballero estaba faroleando.
Usualmente sólo hubiera pagado, no me parecía atinado dejar sin fichas a la mano derecha del padre de mi amigo, pero como el comentario no me cayó bien, opté por ir all in ante la mirada de asombro de todos los presentes y terror del señor Williams.
El señor Thomas sonrió en silencio. El señor Dumont rió y opinó abiertamente.
-¿Decía que este era un juego de hombres, señor Williams, por qué duda tanto? –Creo que luego del comentario, el señor Williams ya no podía irse atrás.
-Pagaré su resto y agregaré otras cien libras para darle una lección al mozalbete. –Ahora yo debí disimular mi cara de terror. Sabía que lo vencía, mas no tenía otras cien libras. El señor Williams apoyaba un billete en la mesa y algo me decía que si yo no hacía lo mismo la partida no continuaría.
El señor Thomas tomó en silencio del bolsillo de su saco una cartera, sacó un billete de cien libras y lo depositó en la mesa.
-Usted no puede pagar por él –escupió furioso el señor Williams.
-Usted no puede apostarle cien libras a un joven que evidentemente no las tiene, espero le sirva de lección. Sus cartas están pagas, caballero, muéstrelas.
-Da igual, me quedaré con su plata de todas formas. -El señor Williams reveló su par de sietes, tenía full house aunque de menor valor que el mío.
-Señor Alves –me invitó el señor Thomas a mostrar mis cartas.
Al revelarlas, todos se quedaron atónitos. El señor Thomas tomó su billete de la mesa en silencio sin sonreírse siquiera.
-¡Condenado mozalbete! –No reproduciré aquí los improperios que acompañaron a esta declaración del señor Williams.
-Ya, ya, George, no seas mal perdedor, tú te lo buscaste. Al parecer el joven es astuto, o afortunado – intentó calmarlo el señor Smith padre sin enfado -. Por lo que te pago puedes darte el lujo de perder doscientas libras, sé menos impulsivo en el futuro o perderás otras cien. Creo que te toca repartir a ti, Jules.
Aún me temblaban las manos mientras recogía las fichas, el billete y las cartas. El señor Dumont pareció notarlo ya que comenzó a darme una mano con una mirada aprensiva. Charles me palmeó la espalda riendo por lo bajo. Todos deseábamos que pasase el momento tenso que el señor Williams había ocasionado y yo lamentaba ser parte de él.
Mientras mezclaba los naipes, un mozo se acercó con cien libras en fichas para que el señor Williams pudiera seguir participando de la mesa. El billete de cien libras aguardaba en mi bolsillo, luego se lo daría al señor Smith padre para que se lo diera nuevamente al señor Williams. Luego de una mano pasé a ser el jugador con más fichas, tenía más de doscientas libras.
-¿Qué está estudiando, señor Alves? –preguntó el señor Thomas dando por sentado que si era un amigo de Charles debía ir a la university. Creo que su intención era cambiar el clima de la mesa. Como tardé en responder, Charles lo hizo por mí.
-Mi amigo Jules estudia periodismo, aunque desea convertirse en escritor algún día.
-Un joven tan astuto como usted debería estudiar finanzas o algo que sea útil –dijo el padre de mi amigo -. Yo podría darle un puesto en mi compañía cuando finalice sus estudios –agregó mientras miraba sus cartas.
-No considero que informar o la literatura sean algo inútil, señor Smith. Se necesita alguien en verdad inteligente y sensible para poder hacerlo bien. Le sugiero continuar por su camino, caballero –dijo el señor Thomas dirigiéndose primero al señor Smith y luego a mí.
-Simplemente le proponía una buena oportunidad laboral. Mis empleados tienen los mejores salarios de todo Londres.
-Puede sonar tentador a nivel económico, ¿pero que hay de su deseo?
-Es usted un romántico, señor Thomas. No puedo imaginar un mundo en donde las personas sigan sus deseos en lugar de aquello que les reporte mayor beneficio económico.
El señor Thomas decidió no responder el comentario del señor Smith y se limitó a tirar sus cartas sin pagar la apuesta que había realizado el señor Dumont.
Nuevamente me vi favorecido con buenas cartas, parecía estar de buena racha. En esta ocasión tenía un as y un tres en suite. Me limité a pagar la apuesta realizada por Antoine. Charles descartó sus cartas. Su padre pagó la apuesta, y el señor Williams, luego de dudar unos instantes, decidió foldear, al parecer había escarmentado luego de la primera mano.
Di vuelta las cartas comunitarias, salieron un diez de corazones, un ocho de picas y un seis de corazones, lo que me daba un buen proyecto a color.
El señor Smith decidió pasar, mientras que el señor Dumont volvió a subir la apuesta. Opté por pagarla dado que podía darme el lujo de aguardar por el corazón restante que me diera color. El señor Smith prefirió descartar sus cartas.
La cuarta carta reveló el dos de corazones, lo que me daba color máximo, por lo que nuevamente tenía la mejor mano posible. El señor Dumont no subió la apuesta, algo me decía que la tercera carta de corazones le había hecho replantearse su jugada. Como no deseaba quitarle más fichas, también pasé.
Finalmente mostré el river, la reina de diamantes. La carta pareció excitar al señor Dumont que apostó de forma agresiva. Al ver las cartas, supuse que Antoine debía haber conectado algo, podía tener un par doble, una pierna o inclusive una escalera, todas manos inferiores a la mía. De haberse tratado de otro jugador, hubiera aumentado la apuesta, pero dado que se trataba de él, opté por simplemente pagar. La apuesta ascendía a casi treinta libras.
El señor Dumont reveló sus cartas primero, tenía una jota y un nueve de distintos colores, se supuso vencedor con su escalera. Grande fue su desilusión cuando mostré mi juego ganador.
-Parece que estás de suerte, Jules –dijo Charles riendo.
-Es curioso que no volviera a ir all in teniendo las cartas vencedoras –acotó el señor Williams de forma provocativa.
El señor Dumont me alcanzó las fichas guiñándome un ojo. Creo que se sentía agradecido porque no hubiera subido la apuesta, de seguro la hubiera pagado. Todo parecía indicar que Antoine tenía debilidad por el juego.
-Será mejor que seas más precavido, Antoine, recuerda que tu máximo son cien libras –dijo el señor Thomas de forma paternalista. Mi hipótesis no parecía desacertada.
-Pierde cuidado, mon ami –respondió el señor Dumont.
Continuamos jugando en silencio. No ocurrió nada significativo durante algunas manos. En el momento que Charles era croupier por segunda vez, el señor Smith tomó la palabra.
-Antes de que ustedes llegasen discutíamos un tema apasionante, me gustaría conocer su mirada. El señor Thomas afirma que es posible realizar la vuelta al mundo en menos de ochenta días. Por mi parte, afirmo que eso no es posible, conociendo el funcionamiento de los trenes y barcos por estar en el negocio, insisto en que sería imposible una empresa tal, sólo ocurre en las novelas de Verne.
-Lo he calculado basándome en datos certeros de la realidad. De hecho ya se podría haber realizado si una persona hubiera tomado ciertos barcos y trenes, y podría tomar menos de setenta días inclusive –respondió el señor Thomas.
-No existe forma de saber de antemano cuales son los barcos y los trenes que deberían tomarse, caballero. El viaje es factible a nivel teórico, mas no práctico.
-Inténtelo si dice que es posible –dijo el señor Williams en tono provocador.
-En eso le doy la razón al señor Williams –dijo Antoine -, la mejor forma para saber si la empresa es realizable es intentándolo.
-Es usted un hombre práctico, señor Dumont. Típico de los franceses que dieron origen a la corriente del positivismo –acotó el señor Smith.
-Pues tal vez lo intente –sentenció el señor Thomas.
-Pues hagámoslo interesante –propuso el señor Smith -. Si usted logra dar la vuelta al mundo en menos de ochenta días, yo cubriré todos los gastos que haya tenido durante el viaje. Es más, le daré el doble del total como premio por su proeza.
-Oh, señor Smith, no lo haría por el dinero, sólo lo haría para sentar un precedente y dejar una huella en la Historia.
-Un momento, ¿y qué ocurriría si no lograse realizar la empresa? –preguntó el señor Dumont.
-Pues lo justo sería entonces que el señor Thomas se hiciera cargo de todos los gastos y le diera luego una suma similar al señor Smith –respondió el señor Williams socarronamente.
-¿Es una apuesta? –preguntó Antoine excitado.
-¿No tienen suficiente apuestas aquí, caballeros? –preguntó de forma retórica el señor Thomas poniendo más fichas en el centro de la mesa.
-Es evidente que nuestro buen amigo Garret desea evitar que se haga una apuesta formal, sería poco probable que lograse su cometido –sentenció el señor Williams pagando las fichas y subiendo el monto.
Decidí foldear mis cartas al igual que Charles y Antoine, sólo quedaron en la mesa los señores Smith, Williams y Thomas. La suma total ascendía ya a cincuenta libras y sólo se habían mostrado tres naipes: el rey, la reina y el diez de diamantes. Todo parecía indicar que los tres jugadores habían conectado buenos juegos ya que ninguno parecía dispuesto a ceder en la puja.
Con respecto a la discusión sobre la vuelta al mundo decidí no opinar, aunque, por lo poco que conocía al señor Thomas, algo me decía que si alguien podía realizar tal hazaña, sería él. Lo que el señor Dumont proponía me sonaba lógico, la única forma de saberlo con certeza, era intentándolo.
Mi amigo Charles tampoco había opinado al respecto, pero algo me decía que sería de la misma opinión que su padre. Debo confesar que mi amigo es de aquella clase de jóvenes que sólo buscan la aprobación paterna. Existen otros que sólo discuten con ellos. Yo me considero en un lugar intermedio, pero al vivir lejos de mi padre, es algo que no me preocupa desde hace mucho tiempo.
La cuarta carta reveló el as de tréboles y las apuestas fueron aún más agresivas, había una pequeña fortuna en la mesa. Los tres parecían estar extremadamente tranquilos, mi impresión era que todos suponían tener la mano ganadora, lo cual no era posible. Yo presumía que debía haber una escalera, posiblemente un color, y por qué no un full house.
El river reveló un cuatro de picas, pero eso no detuvo la lluvia de fichas al centro. De seguro ya todos habían conectado buenos juegos hacia la cuarta carta.
El señor Williams fue el primero en ir all in
