Bivalvos - VV. AA. - E-Book

Bivalvos E-Book

aa.vv

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Raúl Vacas, en el prólogo, nos cuenta: "En eso consiste nuestra principal tarea, compartir en forma de relato, carta, haiku, microrrelato o poema el resultado de cavar en nuestra memoria y nuestro corazón". Eso es Bivalvos, una rica colección de voces, personajes, ideas, preocupaciones y anhelos que te invitamos a descubrir.

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Primera edición digital: junio 2021 Campaña de crowdfunding: equipo de Libros.com Fotografía de la cubierta: Paz Mateos Maquetación: Patricia Á. Casal Corrección: Míriam Villares Revisión: Ana Briz

Versión digital realizada por Libros.com

© 2021 VV. AA. © 2021 Libros.com

[email protected]

ISBN digital: 978-84-18769-74-0

VV. AA.

Bivalvos

Antología de textos del Taller de Escritura Creativa Casa de las Conchas

escribir para curar escribir para guarecerse escribir como si cerrase los ojos para no cerrarlos para mover la mano y seguir su curso para sentirse viva AÚN para aplazar la angustia como simulación para guiar la mente y que no se desboque para controlar lo controlable escribir como quien deja la luz encendida y duerme de pie sobre sí mismo para saldar las cuentas con el miedo

Chantal MaillardMatar a Platón

Escribid con amor, con corazón, lo que os alcance, lo que os antoje. Que eso será bueno en el fondo, aunque la forma sea incorrecta; será apasionado, aunque a veces sea inexacto; agradará al lector, aunque rabie Garcilaso; no se parecerá a lo de nadie pero, bueno o malo, será vuestro, nadie os lo disputará; entonces habrá prosa, habrá poesía, habrá defectos, habrá belleza.

Domingo F. Sarmiento

Dedicado a Sofía Montero, compañera del taller de escritura, mujer libre que ahora vuela más alto.

Índice

 

CubiertaCréditosPortadaCitaDedicatoriaPrólogoLa familia, el pueblo, los secretos, la memoriaLa vida cabía en un cocheMis viajes en tren (en sus orígenes)CinemascocheMi cole nacionalEl coche me mirabaRecuerdos de la infanciaDiez años antes de mi infanciaUn deseo inconfesableVeranoLa identidad, el pasado, el presente, el futuro, las herenciasEl conventoBajo un manto blancoChocolateEl regaloViaje en ascensorA un amigoLa tierra prometidaViajeEn la calleLa soledad, la pérdida, el amor, el erotismoTío JuanLas cosas en su sitioEl besoEl golpeMi madreEl sueño del pescadorLos personajesMarilyn bluesCómo Lázaro quiso asentarse en un libro en el que poder disfrutar de los placeres de la carneCarta hallada en el desván del número 13 de la calle Compañía de Salamanca, el 8 de febrero de 1903, por el eminente politólogo austríaco Dr. Thomas Würtz (padre)Lord PulliganDescanso con LorcaLa sátira, el humor negro, el absurdo, la parodiaInstrucciones para coser un botónCarta a los tocapelotas¡Ay, la mano izquierda!El primer diario de la historia: diario de AdánEl avión embrujadoTúnel de lavadoValquiriaLeopardoPuckyCristeta, la vaca zenLas guerras, la revolución, el odio, la venganza1942El precio de volarLos aviones de la guerraCarta a una mujerÚltimas voluntadesLas palabras, la urdimbre, la poesíaChaiyanuPlacidezSolo pidoLa luna para mi niñaHaikusDe sirenasFrío interiorTodo y nada en mi recuerdoGregueríasCuadroEl bolígrafoFrases hechasSin palabras Anexo fotográficoMecenasContraportada

Prólogo

 

El proyecto Bivalvos surge en Salamanca, tras una reunión con el equipo de Libros.com en la que varios de los participantes del Taller de Escritura Creativa de la Biblioteca de la Casa de las Conchas dieron a conocer sus ideas y sus proyectos en una actividad promovida por la editorial titulada Idearium. Como coordinador de los dos grupos de dicho taller, planteé la posibilidad de recoger en un volumen los textos de muchos de los participantes en él a lo largo de estos últimos años. Dicho y hecho. Al equipo de Libros.com le gustó la idea y en seguida pusimos en marcha el entusiasmo.

Cuenta la leyenda que en Salamanca corría el bulo de que tras una de las trescientas sesenta y cinco conchas del edificio —un emblema de los caballeros de la Orden de Santiago— había un tesoro. Hoy sabemos que ese tesoro no está bajo ninguna concha, sino en el interior del edificio. No hay que cavar en la arena para encontrarlo. Está a la vista. Son los muchos libros de la biblioteca a disposición de los usuarios, pero también las historias que firman los participantes en los dos talleres de escritura creativa.

Se trata de una actividad con más de veinte años de vida y que ha convocado a lo largo de estos años a más de quinientas personas. Quienes participan en el taller buscan, como decía José Luis Sampedro, ser «Mineros de sí mismos». En eso consiste nuestra principal tarea, en compartir en forma de relato, carta, haiku, microrrelato o poema el resultado de cavar en nuestra memoria y nuestro corazón.

Bivalvos solo es un pequeño botón de muestra de la mayoría de los integrantes actuales del taller y de otros tantos que formaron parte de él en los últimos dos años. Todos con algo en común: nos gusta escribir, pero también compartir ideas y proyectos en torno a la lectura y la escritura. Somos dos grupos muy heterogéneos, con ocupaciones e inquietudes muy diversas, lo que refuerza aún más la idea de grupo.

Nuestro objetivo principal en el taller es disfrutar, pero también nos gusta compartir el trabajo que hacemos, ya sea a través del blog o en alguna pequeña autopublicación llevada a cabo por algunos de los talleristas. Esta antología nace con el deseo de mostrar lo que hacemos.

Es conveniente aclarar que pocos en estos dos grupos se dedican con exclusividad a la escritura, aunque contamos con autores que ya han publicado libros, como Emilia González, Jaume Castejón, Pascual Martín, Juan José Nieto, Ignacio Aparicio o Alfredo Pérez, entre otros. La mayoría somos amantes de la lectura y la escritura dispuestos a afrontar nuevos retos y nuevos caminos en esta tarea de dar forma a las palabras.

Hemos pensado en el nombre de Bivalvos porque las conchas son libros marinos que se abren y cierran para mostrar su tesoro y su interior.

Bivalvos contiene muchas y muy variadas voces. La mayoría de los textos parten de propuestas planteadas en el taller. Hay algunos relatos que fueron escritos en una sesión dedicada al automóvil en la literatura y que titulamos «Conductor, amigo conductor». Otros textos están ligados a sesiones en las que trabajamos el desarrollo de personajes, el erotismo, los diarios, el género epistolar, los haikus o las greguerías, por ejemplo.

Cada apartado del libro tiene como apertura un verso. Así, en la sección «Mi infancia son recuerdos» —verso de Antonio Machado— recogemos textos sobre la familia, el pueblo, los secretos y la memoria. En el apartado «Y ser sin rumbo cierto» —verso de Rubén Darío— reflexionamos sobre la identidad, el pasado, el presente y el futuro. En el bloque «Todas las rosas son la misma rosa» —verso de Juan Ramón Jiménez— agrupamos textos sobre la soledad, la pérdida, el amor, el erotismo. Otros temas que aparecen en la publicación son la sátira, el humor negro, el absurdo, la parodia, los personajes, las guerras, la revolución, las palabras, los hilos, la poesía.

El libro cuenta con las maravillosas fotografías de tres participantes activos en el taller: Paz Mateos, Ismael Marcos y Alfredo Domínguez que, además de enredar con las palabras, son amantes de la fotografía.

Solo me resta invitarte a pasar al interior de este libro con la esperanza de que encuentres en él la aguja perdida en el pajar. La hemos enhebrado al corazón, así que quizá te ayude a zurcir tus males.

Raúl Vacastallerdelasconchas.blogspot.com

La familia, el pueblo, los secretos, la memoria

 

Mi infancia son recuerdos

Antonio Machado

 

La vida cabía en un coche

M.ª Maximina Moreno Arce

La baca del coche no daba para más. Papá encajaba las maletas, las bolsas, las sillas y la nevera como en un rompecabezas para aprovechar hasta el último rincón del portaequipajes, porque en el interior del vehículo solo entrábamos los cinco de la familia y el perro, Séneca, que iba con nosotros a todas partes. Primero fue un Seat 600, luego un Seat 1500, el modelo iba cambiando, pero el recorrido, los ocupantes y el motivo eran los mismos. Para papá era volver a su tierra, para mamá, conseguir la unidad familiar y para nosotros tres, la libertad absoluta y el reencuentro con las aventuras, los vecinos y los amigos.

El vehículo atestado por dentro y por fuera salía bien entrada la noche de Cambrils, de Barcelona o de allá donde estuviésemos viviendo en aquella época, y emprendía rumbo a Extremadura, sin tregua alguna. El traslado se hacía en un día, de ahí los madrugones por los que protestaba toda la familia, empezando por mamá, que se afanaba en despertarnos, levantarnos, darnos el desayuno, recoger la casa, etc. Mientras, papá acoplaba los bultos uno a uno y los sujetaba con cables elásticos de manera minuciosa para que la carga quedase totalmente asegurada y, a la vez, daba voces amenazando con espabilarnos a tortas para conseguir emprender la marcha a la hora prevista. Nunca lo hizo, pero le encantaba amedrentarnos con su rugido.

Mamá se pasaba una buena parte del viaje pidiéndonos silencio para que el conductor no se distrajera con nuestro jolgorio y, sobre todo, para que no nos diera muestras de su mal humor, aunque la mayor parte de las veces era inútil porque siempre andábamos enredando entre nosotros, con alguna cosa o con el perro. Y si ya estábamos aburridos de todo eso jugábamos a policías y ladrones con los coches que adelantábamos o que nos rebasaban, disparando balas ficticias de pistolas inexistentes y contando el número de malos que habíamos matado.

Era imprescindible la música en todo el trayecto, teníamos un gran abanico de posibilidades, pero siempre dominaban los cantantes españoles y mexicanos, desde Manolo Caracol hasta Jorge Negrete. De ahí que mi acervo musical se fundamente en la copla, por un lado, y en las rancheras, por otro, y que a la vez se mezcle y se confunda entre unas y otras.

La vida cabía en un coche. Y el nuestro formaba un universo completo en el que se reforzaban los lazos familiares. Toda nuestra atención se centraba en lo que acontecía dentro de los márgenes de la carrocería y en la ilusión por llegar a un nuevo mundo en el que renovaríamos amistades y viviríamos nuevas hazañas.

Ahora esos periplos son mucho más ligeros, en pocas horas se llega a destino, el vehículo es mucho más cómodo y las carreteras están en mejores condiciones. La baca ha desaparecido por completo, ya no trasladamos en ella las hamacas o las neveras portátiles. Eso quedó atrás. El progreso ha traído muchos avances tecnológicos y de bienestar, pero me ha dejado sin aquellas paradas tan festejadas en la cuneta con el capó abierto para que se enfriase el motor, sin los frenazos urgentes para que alguno de nosotros descargara el estómago, especialmente mi madre, que se mareaba como una sopa, y sin el fondo musical, que nos marcaba el ritmo a golpe de flamenco o corridos mexicanos. ¡Añoradas rancheras!

Mis viajes en tren (en sus orígenes)

Nieves Martín

Con el tracatrá del tren me vienen a la memoria algunos de los recuerdos más alegres de mi infancia, por esa razón los tengo guardados en uno de los rincones más cálidos y preciados de mi alma. Quizás a aquellos que seáis mucho más jóvenes os resulte extraño, chocante y difícil de entender lo que acabo de expresar con esas palabras, pues todos los que habéis nacido en las dos o tres últimas décadas no habéis conocido lo que pasaré a describir muy brevemente a continuación.

En las décadas de los 50, 60, 70… del siglo pasado, España era un país que nada tenía que ver con el actual en ningún aspecto y, por lo que a comunicaciones terrestres se refiere, era del todo irreconocible si lo miramos con los ojos de lo que hoy en día tenemos. Tanto la red de carreteras como la ferroviaria eran escasas, tremendamente penosas y en muchos casos, de verdad, impracticables. En pocas palabras, te jugabas el pellejo cada vez que te aventurabas a utilizarlas. Eso si eras tan pudiente como para poder hacerlo, ya que las personas económicamente más débiles iban andando o en caballería, por otro lado, la forma más segura de salir indemne de la expedición, ¡sin duda alguna! De modo que las personas que nacimos, nos criamos y vivíamos en un lugar remoto de la España rural, en una región al sur de la meseta, pero no en la meseta y que, por razones familiares, puesto que uno de los progenitores procedía de la zona rural mesetaria y toda su familia seguía allí, viajábamos un par de veces o tres al año del sur rural incomunicado del norte de Extremadura a la zona rural, igual o peor comunicada, del noreste de la provincia de Salamanca. Nosotros, los que hacíamos esos viajes, sí sabemos de lo que estamos hablando. Utilizábamos para dicho cometido los escasos medios de transporte público que había, lo que significaba que recorrer una distancia de unos doscientos kilómetros, más o menos, era emplear el día entero. Si había suerte y no ocurría ningún percance de los muchos que casi en todos los desplazamientos solían suceder.

Los más jóvenes, es posible, estaréis pensando que no merecía la pena tanto esfuerzo y gasto de energía. Sin embargo, siento no estar de acuerdo con vosotros, puesto que para mí aquellos viajes eran verdaderas expediciones, así los vivía y los esperaba con gran alegría. Me sentía toda una exploradora deseando que llegaran, por tal razón los preparativos comenzaban con mucha anticipación. Aquellos viajes despertaron en mí el afán viajero y aventurero que me acompaña y acompañará siempre. Alimentaron mi imaginación y lo siguen haciendo, ya que no hay viaje que haga, en tren especialmente, en el que no sucedan cosas irreales, fantásticas e interesantísimas. Es por esa razón por lo que viajar en tren es mi forma favorita de hacerlo, sin dudarlo.

Iniciábamos el periplo casi con las primeras luces del alba, en mi pueblo extremeño. Allí cogíamos un coche de línea que nos llevaría hasta Ciudad Rodrigo. Sin embargo, primero habría que salvar el peligroso puerto de Perales, con aquellas curvas de herradura y los maravillosos precipicios. Aún a día de hoy me pregunto cómo no nos despeñamos por ninguno de ellos con aquellos desvencijados y renqueantes coches de línea, que era como se les conocía. Tenían su escalerita exterior para subir los equipajes a la parte de arriba y algún que otro viajero también subía allí cuando la parte baja ya iba atiborrada de personas, cestas, animales… Siempre me pregunté quiénes eran aquellos privilegiados viajeros y por qué extraña razón yo no era uno de ellos. El coche de línea avanzaba lentamente sorteando curvas, repechos y precipicios. Las paradas eran numerosas, lo hacía en todos y cada uno de los pueblos recogiendo y dejando viajeros, también paraba al borde de la carretera cuando algún viajero solicitaba bajar o subir, allá donde se encontrara. El coche de línea realizaba su trayecto tan lento que parecía que nunca íbamos a llegar a Ciudad Rodrigo. Sin embargo, yo iba totalmente ajena tanto a todos los peligros de la infernal carretera como a la lenta y tediosa rutina de parar una y otra vez, y sentada en el asiento de la ventanilla, observadora y testigo de todo, no perdía detalle. Me pasaba el trayecto cantando, mirando, preguntando a mis padres por toda aquella actividad que me parecía llena de magia. Hasta que finalmente llegábamos a Ciudad Rodrigo. Allí debíamos apearnos y esperar al coche de línea que hacía el trayecto Salamanca-Ciudad Rodrigo-Salamanca. El tiempo de espera no podía saberse con exactitud, era el que el coche de línea tardase en llegar, había uno al día que hacía el recorrido y ese era el que teníamos que coger. Aún recuerdo nítidamente el bullicio y trasiego de viajeros, vendedores ambulantes con sus voceríos pregonando las mercancías, así como el cóctel de olores procedentes de humanos, animales, polvo y suciedad mezclado con el fortísimo olor de la gasolina.

Cuando por fin terminaba la espera en las viejas cocheras del cruce de las cuatro carreteras de Ciudad Rodrigo, iniciábamos la segunda parte del viaje, que repetía con exactitud la misma rutina. Ahora ya estábamos en tierras de Salamanca, ¡tan cercanas y tan diametralmente diferentes a las extremeñas que acabábamos de dejar! Era y es como estar en países diferentes, distinta flora, fauna, núcleos urbanos, paisajes y paisanajes…

Transcurridas las horas alcanzábamos las cocheras de San Isidro, actual facultad de Traducción y Documentación, aquí mismo junto a la Clerecía y nuestro taller de escritura en la Casa de las Conchas. Destino final del primer trayecto, ¡y ya era la hora de comer! De nuevo se repetían las mismas escenas de Ciudad Rodrigo, únicamente las diferenciaba el hecho de que Salamanca era la capital de la provincia y todo era mucho más grande y bullicioso. Ahora había que coger un taxi que nos llevara a la estación de tren. Esperar a que apareciera uno tampoco era una tarea nada simple, nunca se sabía el tiempo que llevaría el que apareciera uno. ¡Todo era pura incertidumbre!

Finalmente, estábamos en la estación esperando al tren de la línea Salamanca-Medina del Campo-Salamanca que nos llevaría hasta la estación de Cantalpino. El tren volvería a repetir con religiosidad la misma liturgia de paradas en todas y cada una de las estaciones y apeaderos que a lo largo del trayecto había.

Tracatrá, tracatrá, tracatrá, pi, pi, pi… Así sonaba y suena el tren que me lleva de nuevo otra vez, en el tramo final del trayecto, unos cincuenta kilómetros desde Salamanca hasta Cantalpino. Esta estación dista unos pocos kilómetros hasta el pueblo de mis abuelos y tíos paternos, y que a estas alturas del día ya sentía como en los confines de la tierra…

Después de transcurridas muchas horas de haber iniciado el viaje, debería de estar agotada y dormida teniendo en cuenta mi corta edad, unos pocos años no más. Sin embargo, de todo el periplo, este tramo final en tren era el más esperado por mí. En mi mente infantil, con bastante acierto por otra parte, el tren representaba el progreso, la modernidad, la civilización. De modo que la estación de Cantalpino donde casi acababa la aventura, donde aguardaba para recogernos la tartana del abuelo Pepe, esa estación yo la había convertido en la capital del reino, es decir, para mí era Madrid… Mi desilusión fue mayúscula la primera vez que llegué allí. Realmente pensé que la capital de España era bastante pequeña, cutre y sobre todo solitaria. ¿Dónde estaba todo el bullicio y gentío que toda gran ciudad ha de tener?, creo que en aquel instante fue cuando adelanté a mi pueblo al puesto número uno de la lista de los mejores lugares del planeta… (y ¡ahí sigue!).

El desencanto me duraba poco, en la estación de Cantalpino estaba la tartana del abuelo esperando puntualmente para recogernos nada más apearnos del altísimo tren (¿por qué los hacían tan altos si la gente en aquella época era bastante bajita?).