Cabezales sucios - Aaron Dries - E-Book

Cabezales sucios E-Book

Aaron Dries

0,0

Beschreibung

El verano de 1994 se presenta como todos los veranos; Heath —Spoons— no tiene muchos más planes que jugar con Lincoln Leoung, su mejor amigo, y pasar el rato en Top Universe Video, mirando las carátulas de las películas de terror y recreándolas en su cuaderno de dibujo. Pero algo está cambiando dentro de él… ¿Es magia negra lo que le hace sentirse atraído por otros chicos? ¿O quizás lo que está a punto de pasar es algo más grave —y de proporciones cósmicas— que ser un adolescente gay en los años noventa?

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 200

Veröffentlichungsjahr: 2024

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.


Ähnliche


CABEZALES SUCIOS

AARON DRIES

Cabezales sucios

© Del texto: Aaron Dries, 2021

© De la traducción: Roberto Carrasco, 2024

© de esta edición, Dimensiones Ocultas, 2024

Editado por Roberto Carrasco Calvente

Corrección: Cristóbal Olmedo

Ilustración de cubierta: Thon

Diseño de cubierta: Álex Castillo

ISBN: 978-84-128210-9-3

Todos los derechos reservados.

Queda prohibida la reproducción total o parcial de este libro por cualquier medio o

procedimiento, incluidas la reprografía, tratamiento informático, la fotocopia o la grabación, la difusión a través de Internet y la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo público, sin la autorización previa y por escrito de los titulares del copyright.

«Estamos hechos de lo que hemos vivido y de lo que nos

espera. De cómo reaccionamos, hemos reaccionado y

reaccionaremos algún día. Esculpimos cada arruga y cada bulto o

hueso. Un Prometeo hecho a sí mismo. Hermoso y horriblemente

bello. Dioses, en realidad. Sabios y pétreos. A menudo estúpidos».

John Boden, Verano Jedi con el Chico Magnético.

PARA OBTENER LA MEJOR CALIDAD DE IMAGEN, AJUSTE EL

TRACKING DE SU VCR.

VEINTE

Cuando huyes —cuando estás marcado— y has quemado ya toda tu energía, come todo lo que puedas encontrar. Rompe esa bolsa de plástico y saca las hojas de col, quita los gusanos, y recuerda tener cuidado con los cristales rotos. No pienses en lo que solías ser, no cuando estés de rodillas bajo la lluvia, comiendo en un callejón detrás de un restaurante chino de pueblo. Los días de ensalada antes del helado han muerto. Mantén tu motor lleno. Porque la sombra que tiene demasiados dientes te quiere cansado. Eres más fácil de atrapar cuando estás cansado.

Un ruido en la oscuridad. Me doy la vuelta, con los fideos colgando de mis dedos.

Miro con mi ojo bueno.

—¿Quién está ahí?

Lo más probable es que sea uno de nosotros, nos llaman «los sintecho». Es más fácil que la gente piense en nosotros como una masa, una horda, que en el hijo de alguien. Aunque tengan razón, he pasado demasiadas noches durmiendo a la intemperie bajo las estrellas estos dos últimos veranos como para esperar algo bueno de los demás. La tranquilidad convierte a la gente de la calle en malvada. Nos transformamos en insectos que luchan por la podredumbre y el refugio. Sin piedad. No hay término medio. He visto cosas que ningún joven de diecinueve años debería ver. Aun así, me quedaría con cualquiera de esos tristes hijos o hijas —con su hambre y sus confesiones en los pasos subterráneos, que comparten alrededor de los fuegos de los barriles de lata— antes que con el monstruo.

Tal vez estoy siendo demasiado duro. Tal vez siempre fuimos insectos.

Hormigas con universos cósmicos en su interior, que se dedican a sus asuntos en sus ecosistemas, resistiendo a la cadena de mando, solo para aprender que todo se desmorona si se resiste demasiado. El acosador no es nada sin el acosado, así que el acosado debe someterse. Los profesores necesitan a los alumnos. Las iglesias sin creyentes son solo edificios con bonitas ventanas. Come. Sobrevive. Los parásitos se convierten en parásitos, porque todos, hasta el último de nosotros, tenemos un papel que desempeñar. Y todos debemos alimentarnos al final.

—¡He dicho que quién coño está ahí!

El callejón es una garganta cuya sombra está anillada con los neones rosas y azules de los carteles del muelle de carga. Una cortina de lluvia se interpone entre mí y quienquiera que esté ahí detrás. Mirándome, calado hasta los huesos, de rodillas, junto a la Schwinn.

Los latidos de mi corazón se aceleran. La sangre que corre por mi sistema hace que mi cabeza parezca que va a explotar. El miedo ayuda a ver mejor en la oscuridad. Una sombra se mueve contra la pared. Una pisada. La decadencia enfermiza en la brisa.

Arrojando los fideos, busco a tientas mi mochila anegada y la coloco sobre mis hombros, el peso extra hace que mis músculos se resientan. Empujo mi bicicleta hacia la tormenta, y la rueda delantera salta sobre una botella de cerveza rota. Nunca es buena idea mirar atrás.

La tormenta amaina y me apoyo en un árbol de un parque cercano, demasiado excitado como para dormir. La oscuridad del campo es densa, atrapa recuerdos que te machacan hasta dejarte en carne viva. La luz se derrama por el cielo, acompañada de explosiones de sonido. Los pájaros graznan. Los perros aúllan. Aún faltan unos días para la Nochevieja —llega el año 2000— pero la gente lo celebra antes. Me alegro por ellos. No puedo evitar preguntarme cómo reaccionarán si el efecto 2000, del que tanto hemos oído hablar, sumerge al mundo en la oscuridad después de todo. Tal vez, por una vez, otros experimenten el pánico con el que yo vivo cada día, esa incertidumbre de volver a empezar. En ese caso, estaremos en igualdad de condiciones.

Los maniquíes con camisas hawaianas estudian mis movimientos, las cámaras de seguridad vigilan desde arriba.

Me tiemblan las manos al coger el kit de reparación de pinchazos para bicicletas. Hay un guardia de seguridad del centro comercial a mi izquierda, con cara de pan y la boca como un corte en la muñeca. Lleva un polo ajustado metido dentro de los pantalones. Puedo ver su ombligo a través de la tela; lo tiene hacia fuera.

Mis zapatillas raídas chirrían sobre el linóleo cuando me doy la vuelta con el kit bajo el brazo. Caminar es difícil cuando todo lo que quieres hacer es correr. Miro de reojo hacia los probadores, donde los espejos revelan al hombre que viene detrás, un Pie Grande vestido de caqui y con unas Reebok demasiado blancas. ¿Puede oír los latidos de mi corazón? ¿También lo está escuchando por la radio?

La salida está mucho más allá, con todo el centro comercial por atravesar. Las tiendas están abarrotadas de compradores por culpa del efecto 2000. Los detectores sonarán cuando pase por esas puertas, y me habré convertido de nuevo en un ladrón. El niño que solía ser estaría asustado de la persona en la que me he convertido. En la escuela nos advirtieron sobre el consumo de drogas, sobre cómo una pastilla o una calada podían hacerte caer por la pendiente resbaladiza de la delincuencia. Si la cosa hubiera sido tan fácil… Mi historia no importa. Todos somos iguales para gente como el guardia de seguridad. Perdedores; nos lo hemos buscado nosotros mismos.

¡PING! ¡PING! ¡PING!

—¡Alto ahí! —grita una voz. Él es rápido, pero yo lo soy más—. Vuelve aquí, chaval.

Su necesidad de oxígeno es mi aliada.

Me detengo y el guardia se abalanza sobre mí. Sus brazos se elevan por encima de mi cabeza mientras yo reboto —un ágil conejo— hacia la puerta de salida de emergencia, esquivando a los compradores del día del juicio final con su papel higiénico y sus bolsas repletas de fruta enlatada. Golpeo la barandilla y el metal se balancea hacia dentro. Escaleras de hormigón tipo Jenga que suben y bajan. A diferencia de la gente en las películas de terror que me gustaban —o que imaginaba haber visto—, yo bajo. Subir es casi siempre una trampa.

—¡Te has metido en un buen problema! —grita, con la voz resonando en las paredes, «problema» por todas partes.

Se abre otra puerta y, sin importarme a dónde conduce, la abro de un codazo y tropiezo con un aparcamiento interior que huele a orina y cuyo techo es muy bajo, con lámparas halógenas que blanquean el suelo en óvalos de luz. Corro. Oscuridad, luz. Oscuridad, luz. Un portazo detrás de mí. El Pie Grande con cara de pan está ralentizando el paso. Bien. Me agacho bajo la barrera, casi perdiendo el kit de pinchazos por el camino, y escapo.

—¡Que te den! —le grito—. ¡Que te den, so mierda!

No creo que me haya oído por la lluvia.

Debería haber sabido que no debía dejar mi Schwinn en un fanguizal. Han pasado dos años desde que me escapé, y todavía no domino la lectura de las nubes como algunos hacen con las hojas de té. Me viene a la mente la imagen de una película: la vidente inclinada sobre su taza, advirtiendo a los adolescentes sobre hombres lobo, maldiciones y vampiros. Pero la plata funciona con los hombres lobo. Las maldiciones pueden romperse. Y si tienes suerte, con un poco de ajo, Drácula se da el piro —vampiro—.

Las cosas no son tan fáciles en la película de mi vida. Cuando cierro los ojos, veo la carátula del VHS de esa película en la estantería del Top Video Universe, en Kellyville.

Un niño de trece años en su bicicleta es perseguido por una silueta. Las espesas nubes de tormenta de Encuentros en la Tercera Fase se ciernen sobre nosotros como humo fotografiado en el agua. El chico de la bicicleta se parece a mí hace seis años, con la cara dibujada, lo que delata la mala calidad de la película. Recojo la cinta de la estantería, abro la carcasa, el plástico se arruga bajo mis dedos y se revela un cassette que alguien —como la persona que yo solía ser— olvidó rebobinar.

A menudo pienso en Top Video Universe y en las horas que pasé allí.

El agua de la lluvia me llega a los tobillos cuando intento mover la bicicleta y la mochila, que se ha quedado enganchada en una rama que se desprendió de uno de los árboles. Con que hubiera regresado solo unos minutos más tarde, todo mi mundo podría haber sido arrasado.

«Idiota. Mamá me mataría por eso».

Temblando, me pongo a parchear la rueda en un paso subterráneo cercano. Los coches pasan a toda velocidad, cubriéndome del lodo de las cunetas. Cuando la lluvia cesa, la bici ya rueda con suavidad. Sale el sol del verano y me calienta mientras pedaleo; permanezco en callejones y callejuelas.

Lo peor de estar en la calle son las horas más tranquilas en las que no hay distracciones. Cuando ya no piensas en ti mismo como un ladrón, solo piensas en las cosas que te han robado. «Las burlas de Dee. Mamá mirando de reojo. La tía Kat y los bombones que traía cuando nos visitaba». Ahora solo existe la nana de la rueda de goma sobre el asfalto, girando, girando, año tras año, llevándome lejos de donde todo salió mal, y devolviéndome —tal vez sin que me dé cuenta— a donde todo comenzó.

—Anda, que no tiene mundo corrido —susurran cuando me dan la espalda, cuando creen que no los oigo.

—Sí, seguro que ha visto cosas chungas.

Es exasperante cómo la gente puede leer a lo lejos el dolor que hay en mí, trazando las subidas y bajadas de mis cicatrices con ojos que nunca se llegan a encontrar con los míos. No sirve de nada decirles a estas personas —los trabajadores sociales, los padres de los niños que llevan a sus familias al otro lado de la calle, «¡Mira su cara, papá!»— lo cobardes que son. Lo aprendí por las malas. Si lo haces, dirán que estás loco. Hay que estar loco para ser un indigente, ¿no? ¡Todo ese potencial desperdiciado! A veces, la rabia se apodera de mí. Lo mejor es seguir adelante. Mantener la cabeza agachada. Hacer lo que los mirones no hacen y ocuparme de mis asuntos.

Mi mochila está llena de alimentos y de suministros médicos recogidos en los depósitos de los servicios comunitarios, a pesar de que las existencias están agotadas. La incertidumbre del Año Nuevo, ya ves. La humillación de pedir ayuda es algo que ya no experimento. Entro en esos edificios y veo algo de mí mismo en los relojes de juguete que los niños han dejado atrás, en esos osos de peluche rotos que esperan nuevos dueños.

—¿Necesitas un lugar para pasar la noche? —me dijo la mujer que estaba detrás del mostrador de una tienda del Ejército de Salvación, dos pueblos atrás mientras cargaba mi mochila con latas de verduras misteriosas—. Quizás pueda llamar a alguien.

No era como en las ciudades, donde siempre había una organización benéfica. Aquí, en Hunter Valley, solo había alguien. Me quedé muerto.

—No debería estar haciendo esto. —Abrió su bolso.

Los indigentes somos como fantasmas que la gente atraviesa. Había olvidado lo que se siente al ser visto. Que me dieran dinero sin tener que pedirlo ni que me exigieran sexo a cambio me hizo sentir humano. La insignia del Ejército de Salvación prendida en su camisa decía «Marge». Me dio doscientos cincuenta dólares en efectivo y, al ver que me esforzaba por dar las gracias, me dijo que no dijera nada. Marge me dio la espalda, así que yo no tuve que darle la espalda a ella. Un regalo de otro tipo.

Llorando, salí en bicicleta hacia el verano australiano en su pico más alto. Cielo del color de unos jeans y campo llano y oxidado, salpicado de ganado y ovejas huesudas. Los vehículos no aminoraron la marcha al pasar, abanicando mi piel con la suciedad y los guijarros, que al golpear ya no pican, solo endurecen.

Townsend Heights —el lugar en el que crecí y al que no he vuelto desde que ocurrió todo— apareció ante mí. Los edificios se extendían en un cruce de praderas, aparentemente tirados y abandonados allí como un gigantesco juego de tabas. Techos de hojalata y camiones agrícolas y picos de iglesias. Un país católico sólido y polvoriento.

«Aquí está».

Entré en un parque al otro lado del cartel de BIENVENIDOS y me metí en la sombra de un baño público junto a la antigua piscina War Memorial. Había un hombre en el último urinario que se frotaba la polla morcillona, que le asomaba por la bragueta. Su alianza captó la luz mugrienta mientras me hacía un gesto con la barbilla para que me acercara. No me besó con su suave boca de hombre casado. Lo que sea. La ilusión de no estar solo en este mundo duró hasta que el semen salpicó el suelo de cemento y, entonces, se fue corriendo, pidiéndome que no le siguiera. Como si lo fuera a hacer.

Una vez fuera, desencadené la bicicleta y miré a mi alrededor. El parque estaba bien cuidado. Las familias hacían picnics. Seguro que desde donde estaban, a esa distancia, parecía cualquier otro adolescente. No el maricón de diecinueve años con la cara llena de cicatrices que solo toleras cuando tiene tu polla en la mano. Frisbees volando. Gorriones en el tendido eléctrico. El zumbido de la electricidad hizo que el dolor de cabeza que me acompañaba la mayor parte del tiempo se agitara de nuevo.

Vi a mi monstruo.

Se encontraba entre los arbustos de calistemos a unos cien metros de distancia. Las abejas revoloteaban a su alrededor, con las alas atrapando el sol y brillando como las brasas de un colchón en llamas que está debajo un puente. Se me secó la garganta. Nadie más en el parque se había fijado en aquel intruso. ¿Me estaba jugando la imaginación una mala pasada? No sería la primera vez. Después de todo, podría seguir teniendo un hogar si no fuera por culpa de mi imaginación. No, esto era real. Debía haber una alcantarilla cerca, un pozo o algo así. Mi monstruo se movía más rápido en las cloacas.

Los frisbees seguían surcando el aire. Las familias seguían riendo. Los pájaros en los cables no volaban. La electricidad seguía zumbando, siempre ahí, siempre conmigo. Como el dolor de cabeza que provoca el miedo.

Me largué de allí.

La línea de las casas se estrecha, una señal de que estoy cerca. Es mejor mantenerse en las afueras. He visto lo suficiente para saber que Townsend Heights es un lugar diferente ahora. Nuevos semáforos. Otro restaurante. Los árboles son más altos, pero todo lo demás se ha encogido.

«¿Qué pasó con todos los carteles de GATA PERDIDA que pusimos por aquel entonces?».

Las ciudades son cadáveres —y se ven más de las que uno quisiera cuando vaga por el mundo—. Sin el espíritu de lo que las hizo grandes o dignas de ser odiadas, acaban siendo cáscaras que esperan ser reanimadas por arte de magia. No puedo ser yo quien devuelva la vida a este lugar. Tengo mis propias batallas que ganar. Pongo mis pies sobre los pedales y la inercia me hace avanzar por un sinuoso camino de tierra.

«Tal vez volver fue un error».

Ruedas de goma sobre guijarros. Las cigarras cantan desde los eucaliptos. Es como si estuviera en dos lugares a la vez: yendo al cementerio de camiones como un joven de diecinueve años con toda su vida atada a la espalda y, al mismo tiempo, como un chico de trece años con su hermana y su amigo aquella tarde de sábado de 1994. El día que todo empezó. Entonces también hacía calor. «Es época de incendios —dijo mamá—. No olvidéis el protector solar.

Slip, slop, slap1».

Me detengo, dejo caer la bicicleta y me desprendo de la mochila. Las zapatillas crujen, crujen, crujen sobre la grava. Este lugar está lleno de recuerdos. Hay una valla de alambre con un letrero que no

1 N. del T.: Es un slogan de un anuncio australiano de protector solar. solía estar ahí: «ADVERTENCIA. PROPIEDAD PRIVADA. NO ENTRAR».

Mis dedos se enroscan en la malla. Si entorno los ojos, casi puedo vernos a Lincoln y a mí a través de las olas de calor que emanan de los antiguos vehículos, los dos con nuestras camisetas negras de Jurassic Park a juego, acosados por las moscas. Dee también está allí. No parece impresionada.

Estoy gritando, advirtiéndonos a todos nosotros.

DIECINUEVE

—¡Santos cojones, Batman! —dijo Lincoln Leoung, mi mejor amigo. Se dio una palmada en los muslos, un sonido que resonó en el cementerio de camiones como uno de los petardos que su padre nos había traído desde Canberra—. Esto es la leche.

Las yemas de mis dedos se quedaron pegadas a las páginas de la vieja revista. Aquellas chicas y aquellos chicos relucientes se despegaban con un evidente chasquido. Ninguno de nosotros había visto nunca algo así.

—Tienes que prometer que no se lo vas a contar a nadie —le dije a Dee.

Mi hermana pequeña se sentó frente a nosotros, ahuecando sus mejillas pecosas con las manos.

—Te he dicho que no lo voy a hacer, así que no lo voy a hacer.

Dee tenía nueve años, esa edad —que yo había descubierto unos años antes— en la que uno se da cuenta de los dividendos de mantener un secreto, incluso uno pequeñito; la forma en que se debe proteger como un pájaro herido. Dee tenía ese brillo en los ojos. Descarada, marimacho, plagada de chispas de ingenio e inteligencia, más adulta que yo en formas que resultaban amenazantes. Confiaba en ella, aunque nos tuviera en jaque.

—Pero esto es un asco —dijo, cruzando los brazos, más joven que nosotros, pero demostrando quién mandaba, la conformidad de hoy cimentando los sobornos de mañana.

Habíamos estado jugando donde no debíamos, conspirando con la coartada del otro y, en el proceso, descubrimos algo que no teníamos derecho a descubrir: la revista. SWANKSTERS, con sus páginas descoloridas y descascarilladas por el sol, había estado en el suelo de uno de los camiones de cemento abandonados en Flannigan's Lot, alias, el cementerio de camiones, final de la línea de la vida de nuestra ciudad de mierda en este rincón de Nueva Gales del Sur. Fui yo quien la encontró entre las telarañas y las chapas de cerveza.

Lincoln, que había nacido en Hong Kong y había emigrado a Australia con su familia a los tres años, me arrebató la revista de las manos.

—¿Quién crees que se la ha dejado? —Se agachó a mi lado, usando un codo para ajustarse la riñonera que no hacía mucho

había abierto para mostrar Warheads2que te cambiaban el color de la lengua, tazos para intercambiar y dos Tamagotchis que daban mucha envidia. Mamá decía que los Tamagotchis eran una pérdida de dinero. «¡Tú y tu hermana tenéis que cuidar a Penny, un gato de

2 N. del T.: Es una marca de caramelos. verdad!». Nos quejábamos de todos modos. Todo nuestro valor se medía en lo que no teníamos, no en lo que teníamos.

—Uno de los conductores —le dije a Lincoln, entrecerrando los ojos ante el campo de carrocerías, de cristales rotos y de ruedas viejas llenas de nidos de araña. Mamá nos daría la del pulpo si supiera que estábamos aquí. Papá, que era un blandengue, podría tener piedad.

—También hay artículos —dijo Lincoln—. ¿Qué es lo que…?

Le arranqué el porno, incluso la palabra me pareció sucia.

—¿A quién le importan los artículos?

Dee suspiró.

—¿Podemos irnos ya? Podría haber serpientes.

—Oh, pues claro que hay serpientes —dije—. Solo porque no las hayamos visto no significa que no nos hayan visto ellas a nosotros. —Esto era algo que papá diría, y me sentí bien al pronunciar aquellas palabras, ese parpadeo de hipocresía. Algo cálido y frío a la vez.

Dee se echó para atrás.

—¿Qué te parece, Spoons? —Ese era el apodo con el que Lincoln se refería a mí, abreviatura de Spooner. Creo que nunca me llamó Heath, lo cual me parecía bien. Tipos como el matón de nuestra clase, Brett Oldfield, habían decidido que Heath era nombre de marica. Y, cuando eres un chico de trece años en Townsend Heights, vale la pena escuchar a tipos como Brett Oldfield. Especialmente si eres de los que llevan una diana en la espalda—. ¿Spoons?

—¿Sí? —dije, volviendo a mí.

—¿Nos la llevamos?

Sacudí la cabeza.

—Mis padres me funan si encuentran esta revista en mi habitación. ¿Qué tal si la guardas para nosotros?

—¿Te funan? ¿En serio? —dijo Lincoln—. ¿Quién dice eso? Mira, no sé. Mi madre me hace la cama. ¿Y si la encuentra?

—¿Por qué no haces tu propia cama?

Dee se puso de pie, quitándose la arenilla del mono; no entiendo cómo se puede llevar algo así en un día tan caluroso. Era como si estuviera injertada en ellos, inseparable de su mono durante todo el año.

—Me aburro, esto es una mierda. —Barrió el aire con una mano para ahuyentar una nube estática de moscas negras.

—No digas palabrotas, Dee —le dije—. No te hace más guay.

Lincoln me miró fijamente. Yo miré fijamente la página. Sobre el cabello oscuro del hombre decía: «Clayton McManus le hará cosas que ninguna mujer ha experimentado antes».

«¿Qué significa eso?».

La electricidad hormonal me recorrió como cuando uno de los chicos de la clase describió «esa escena» de Instinto Básico. Las películas habían hecho del mundo un lugar más vasto, unido por el rumor de un cruce de piernas. Lincoln dijo que conocía al hermano mayor de alguien que tenía una copia pirata y que la conseguiría para nuestra próxima fiesta de pijamas. No teníamos un reproductor y, aunque lo tuviéramos, no se me ocurriría meter esa película en nuestra casa de Mason Drive. ¿Y si esa hipotética cinta se quedaba atascada en nuestro hipotético vídeo y mis padres tenían que sacarla con un destornillador? O, peor aún, ¿qué pasaría si nos descubrían viéndola? Me convertiría en piedra en el acto, y sería una presa fácil para una de las funaciones de mamá.

Clayton, que sabía cómo hacer las cosas, levantó la mirada desde la página corroída con ojos de «no me hagas hacerte daño». La piel bronceada —¿por qué yo no estaba así de moreno?—. El duro saliente de la clavícula —podría romper un huevo en ella—. Un pecho que no se parecía en nada al mío —pero que ojalá se pareciera—. El mechón de vello púbico —¿se lo había recortado?—. La polla, de ese tamaño de locos. Quería ser él cuando fuera mayor. Al diablo con ser dibujante. Cambiaría cualquier ambición que tuviese por la confianza de aquel hombre de papel, sus promesas y su poder. Estaba de pie junto a la mujer sin nombre que, tendida de espaldas sobre la hierba verde, apuntaba al cielo con sus pechos. Ella no tenía miedo y, si lo tenía, parecía placer.