Capitanes de almas - Alfredo Pardo - E-Book

Capitanes de almas E-Book

Alfredo Pardo

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Beschreibung

Si controlas la presión, embarca en el "HISPANIA S-91" En esta novela el lector se enrolará en una misión en el Cuerno de África a bordo del submarino S-91 "Hispania". El lector vivirá a bordo la angustia de la despedida de la familia, los momentos de compañerismo y el estrés producido por una situación que supera a la dotación. Las líneas narrativas se desarrollan en escenarios tanto en tierra como en la mar, entrelazándose con una dinámica intensa que enganchan al lector desde la primera singladura. Se trata de un trepidante thriller que combina temas de actualidad como el mando y liderazgo de un submarino de última generación, aventuras humanas, resiliencia, conspiraciones, secretos del pasado y la estrecha convivencia a bordo de un submarino de la Armada española bajo el estrés de un combate para el cual la dotación nunca fue adiestrada. "Una misión, una situación no prevista, una decisión y… una trampa. No fueron adiestrados para aquel combate".   SINOPSIS El capitán médico Fran Robles narra la historia de su embarque en el "Hispania", un submarino de última generación recién entregado a la Armada y mandado por su hermano de madre Ángel Lobo, "El Viejo Lobo", un mito en la flotilla de submarinos. Con su entrega a la Armada, el "Hispania" se convierte en el punto de mira de la construcción naval internacional, al tratarse de una plataforma de combate única que conserva todas las ventajas de un submarino convencional, pero con capacidades similares a las de un submarino nuclear de ataque. Si las pruebas de mar del submarino confirman el éxito de los astilleros españoles, el mercado internacional, impulsado por marinas emergentes con interés de adquirir submarinos de última generación, dará un giro hacia España como nuevo líder en el sector. La primera misión asignada al "Hispania", será también su crucero de resistencia, debe ir al Cuerno de África para llevar a cabo una operación encubierta contra la piratería. Durante el tránsito, frente a Nigeria, el "Hispania" se enfrenta a una situación no prevista y el comandante Lobo toma una decisión contrariando al propio ministro de Defensa, lo que provoca la decisión de su destitución, aunque esta no llega a producirse. Una vez en zona de operaciones, un traficante internacional de armas aprovecha la situación política de controversia interna para hacerse con la voluntad del comandante del "Hispania" atacando su talón de Aquiles: las familias de la dotación del submarino en tierra. El "Viejo Lobo" se queda solo y sin apoyos ante una trama política y un enemigo que desconoce por completo. Para ello, debe ganarse los escasos recursos de los que dispone en tierra: una tecnócrata en el Ministerio de Defensa; un misterioso espía pakistaní que conoció durante la escala del Hispania en Ciudad del Cabo; y su hermano, el capitán Robles a quien debe pedir que arriesgue su propia vida. Fran Robles nunca estuvo en primera línea y ahora se encuentra en una situación que le sobrepasa, debiendo enfrentarse a sus propios miedos y a la influencia del liderazgo de un mito, su propio hermano, el "Viejo Lobo".

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Seitenzahl: 498

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Alfredo Pardo Martínez

Autora y propietaria de la foto de la portada: Natacha Hochman

Diseño de edición: Letrame Editorial.

ISBN: 978-84-1386-607-9

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

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A Jesús, mi referencia,

a mis padres,

a Isabel,

a mis hijos y ahijados, especialmente Nano,

a todos los miembros del Arma Submarina de todas las marinas y a las familias que han estado y están detrás de ellos.

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Agradecimientos:

Gracias a mis primeros críticos y mentores: Alfredo Vázquez y Alejandro Quintana, ellos me enseñaron el trabajo que me quedaba por delante para transformar un borrador en una primera novela.

Gracias a mis primeros lectores José Ramón Ortiz, Yago Ceballos, Antonio Posada «Posi» y a mi familia, por el ánimo para seguir adelante.

Gracias a tantos compañeros de la Armada que, sin saberlo, me han inspirado para escribir esta novela.

Gracias a Alberto Zorzán Morte, mi primer corrector con tan solo dieciséis años, del que estoy convencido será un gran profesional del periodismo.

Gracias a Federico Supervielle, oficial de la Armada y escritor, por todos sus consejos para publicar.

CAPÍTULO ISalida a la mar

Hacía bochorno, la mañana era gris como la del día anterior, pero ese día además también lo era el ambiente. Gerardo y Emilio, con cara de dormidos, bajaban a desayunar cuando yo ya les había preparado la leche y las tostadas. María aparecía después con los dos pequeños que siempre se quedaban rezagados buscando los zapatos o jugando a las peleas. Todo era igual o por lo menos así intentábamos que los niños lo percibiesen, todo excepto un bajo nivel de ruido inusual… los mayores no se peleaban, solo se oía a los pequeños.

Igualmente, por un acuerdo tácito, María y yo no coincidíamos en la mesa, procurábamos evitar las distancias cortas y tener que mirarnos a los ojos; la conversación era simplemente funcional: «no te lleves las llaves del coche», «me tienes que dejar tu tarjeta que la mía ha caducado», «hay que firmarle una autorización a Emilio para la excursión de fin de curso»…

Angustia… era la palabra. Solo queríamos que la función acabara cuanto antes sin mayor dificultad, pero por un motivo u otro nunca lo conseguíamos.

Jorge tiró sus cereales, yo fingí no darle importancia con una broma forzada mientras recogía el mar de leche que había regado por toda la mesa. Fue inútil, ella no aguantó la pantomima y salió de la cocina. Solo los mayores se daban cuenta de que lloraba en silencio y lo aceptaban con un disimulo resignado. Yo aguantaba sin mediar palabra como buenamente podía, manteniendo mi presunción de inocencia. Nadie era el culpable de aquella situación… nadie; simplemente era la forma de vida que habíamos elegido, con mayor o menor fortuna y con sus consecuencias.

No hubo beso, la despedida fue la más amarga de todas, me pregunto si llegamos a decirnos adiós. Intenté recordarle ese fin de semana que teníamos pendiente para mi vuelta, pero una frase de ella me abatió e hizo precipitar mi partida en franca retirada… «no aguanto más».

A medida que me alejaba de la casa en bicicleta, camino abajo entre los árboles de la alameda, repetía una y otra vez esa frase intentando descifrar qué quería decir. Pasado el casco urbano ya acercándome a la base naval, mi nudo en la boca del estómago se iba deshaciendo, procuraba pensar en momentos mejores; mis favoritos eran los de regreso a casa. Al final, llegaba siempre a la conclusión que la felicidad no existe en estado continuo, sino que va y viene y lo que cuenta es el resultado de la balanza entre los buenos y los malos momentos, como estos, que últimamente llevaban ventaja.

Ya empezaba a cruzarme con algunas caras conocidas. Para muchos de ellos esta iba a ser su primera misión larga.

Algunos traían el coche porque no habían embarcado la noche antes el petate. No sabían el riesgo que corrían sus coches al dejarlos en la base; a la vuelta los encontrarían sin batería a causa de la humedad, llenos de excrementos de gaviota y la chapa con brotes de corrosión.

Al entrar en la base y antes de subir a la oficina en tierra firme, me acerqué a verlo. Allí estaba todavía iluminado por ambas bandas como una obra de arte en exposición. La innovadora forma hidrodinámica del casco con su superficie lisa sin el resalte de un solo remache, junta o arista, las perfectas curvas que subían hasta la vela como continuación de un solo cuerpo, y sobre todo su color azabache recién pintado le daba un aspecto de ser vivo, inquietante y atractivo. Rociado por la humedad de la noche cartagenera y mecido por el suave movimiento de la mar de fondo, daba la impresión de que transpiraba como una bestia salvaje recién calmada. Recuerdo a mi viejo amigo Santi, gran apasionado de la tauromaquia, cuando lo vio por primera vez: «¡joder, míralo, Fran… negro, como los toros!».

Salí de mi encantamiento al apreciar el barullo inusual en la base. Un movimiento de hormigas en un hormiguero recién pisoteado. Algo se me movió todavía en mi sufrido estómago, pero tenía la grata sensación de que era el orgullo de participar en aquella misión.

El baile de vehículos había comenzado. Por la proa del submarino una enorme grúa telescópica amarilla buscaba su ubicación para la carga de armas; por el través un camión de la Armada hasta arriba de víveres daba atrás para acercar su rampa trasera al portalón central, mientras el contramaestre de cargo don Pedro Pagán le hacía señas con las manos. Por el portalón de popa, el trasiego humano de entrada y salida podía ser la boca del metro de Goya a las ocho de la mañana de un lunes, si no fuera por el mono azul y gorra de visera que llevaban los miembros de la dotación.

Don Pedro Pagán, el contramaestre de cargo, era el suboficial más antiguo. Con veinte años de experiencia en submarinos era la eficiencia en persona, no informaba de ningún problema si no le había dado diez vueltas y propuesto tres soluciones.

En menos de cuatro horas había que finalizar la carga de combustible, armas y el aprovisionamiento de víveres.

Aunque ya sospechábamos algo por los rumores que corrían, la misión no se aprobó oficialmente hasta que el gobierno no dio luz verde al EMAD (Estado Mayor de la Defensa) justo después del Consejo de Ministros del viernes. Nosotros como de costumbre nos enteramos a través del telediario, cuando el ministro anunció que una fragata, un buque de aprovisionamiento y una aeronave saldrían en apoyo a la operación ATALANTA III al Índico; aunque no mencionó al submarino ya lo dimos por hecho. Unas tres horas más tarde llegó el mensaje reservado: «el submarino Hispania saldrá a la mar para efectuar un crucero de resistencia haciendo escala en Ciudad del Cabo e integrarse posteriormente en apoyo asociado encubierto a la misión ATALANTA III».

Todo el mundo en la base de submarinos trabajaba con una motivación especial. Era la primera vez que un submarino de la flotilla desplegaba en el Índico. Esto no era un ejercicio o una patrulla de inteligencia como las otras, que al final nadie supo qué hicimos ni dónde. Esta vez no jugábamos solos y teníamos un papel más allá del desagradecido rol de informar sobre movimientos de buques sospechosos y escucha de comunicaciones.

Yo a esta misión le tenía un especial respeto, había retos nuevos a los que me enfrentaría. Mi destino como médico en el Hispania era reciente, yo ya había navegado en numerosas misiones durante siete años en los «Agosta» (Galerna, Siroco, Mistral y Tramontana). Embarcaba indistintamente en cualquiera de ellos según las necesidades de la flotilla de submarinos y las peculiaridades de las misiones, pues por falta de personal no había un oficial de sanidad, médico o enfermero, asignado específicamente a cada unidad. Eso me permitió conocer prácticamente todas las dotaciones y hacerme un hueco en la familia de submarinistas. No sé bien si por razones de estabilidad geográfica o simplemente porque encontré mi lugar, pero al cabo del tiempo me convertí en el oficial de sanidad con más antigüedad en la flotilla; ningún otro tenía tantas horas de inmersión como yo.

El Hispania, el primer submarino de la clase S-90, tenía una dotación de cuarenta profesionales, entre ellos una mujer. Era la envidia de los astilleros europeos, nadie pensó que los españolitos llegaran a construir su propio submarino y con un nivel tecnológico tan elevado. El impulso al proyecto llegó cuando la atrevida propuesta en el pliego de necesidades, para que el submarino llevara una propulsión AIP (Air Independant Propulsion), tuvo una respuesta industrial interesante por parte de una empresa sevillana que acababa de patentar un sistema revolucionario de propulsión híbrido a través de bioetanol y baterías de litio. Con el S-90 nació una nueva generación de propulsión AIP que relevaría a los antiguos diésel-eléctricos. Ahora solo faltaba probarlo.

La DCN (Direction des Constructions Navales) francesa estaba en litigio con Navantia, el astillero español; le acusaba de haber utilizado la experiencia ganada en su aventura en tándem con la DCN durante la construcción de los submarinos de la clase «Scorpene». Ambos astilleros procuraban proteger sus intereses para ganar la batalla legal y asegurarse contratos millonarios con la venta de submarinos a terceros países. El mercado de Sudamérica, Oriente Medio y Asia, con el aumento del gasto en defensa, estaba despuntando comparado con el de Occidente y era crucial asegurarse una buena posición.

Para nosotros los submarinos de la clase 90 eran jugar en otra liga. Adiós al indiscreto snorkel para cargar baterías, ahora nuestra vulnerabilidad se reducía a las pequeñas indiscreciones que pudiéramos cometer con los finos periscopios o los mástiles de comunicaciones. Harían falta medios aéreos muy eficaces y costosos para descubrir nuestra posición.

Las otras unidades que se destacarían al Índico serían la fragata «Álvaro de Bazán» de la clase F-100, un avión P-3 de patrulla marítima y el buque de apoyo logístico «Cantabria». Nosotros pasaríamos la información de aquellos movimientos de buques sospechosos en zonas costeras donde ninguna otra unidad podía acercarse sin levantar sospecha.

El atractivo de esta misión era especial. Acostumbrados a patrullas en el Mediterráneo y Atlántico con los submarinos tipo «Agosta», en misiones de inteligencia contra el terrorismo, esta tenía el incentivo de aventurarse en un mar que hasta ahora parecía estar reservado a los buques de superficie de cierto porte de la Armada.

La misión al Índico le iba como anillo al dedo al Hispania; al estar todavía en periodo de garantía del astillero, esta sería a su vez, su crucero de resistencia.

La noticia de sustituir el crucero previsto de pruebas que debía barajar la costa de América del Sur para conocer países como Brasil, Argentina y Méjico, potenciales compradores de nuestros submarinos S-90, por una aventurera misión en el Índico cayó como un jarro de agua fría sobre aquellos que ya se habían hecho ilusiones e incluso planes para llevar a sus mujeres a los puertos de descanso. Este era el caso de Iñaki Ugarte, el jefe de máquinas. Un oficial vasco de cuarenta y dos años, vestimenta desaliñada, barriga protuberante y aspecto de presidente de club gastronómico. Llevaba siempre unas gafas de lentes gruesas y sucias, pues cometía la extraña torpeza de quitárselas poniendo los dedos en los cristales. Simpático e inteligente como él solo y con una imaginación capaz de competir con la de un grupo de preescolares, era un genio perdido en su mundo de tuberías y circuitos, el auténtico responsable de que el milagro de la navegación submarina pudiera realizarse. El día que se enteró de que ya no haríamos el periplo por América del Sur comenzó su campaña anti-Estado Mayor. Sus comentarios solían sazonar el ambiente en la cámara de oficiales: «¿a qué listo del “establo mayor” se le habrá ocurrido que tuviéramos que ir a luchar contra los piratas, es que no han pensado antes en Peter Pan y su pandilla?».

Me encontraba en el despacho de oficiales de la base, comprobando las últimas listas de embarque de medicamentos y materiales de primeros auxilios, así como toda la documentación necesaria de apoyo al diagnóstico de enfermedades vía videoconferencia.

Al poco de estar en la oficina fueron apareciendo los oficiales. El primero fue Mario Noriega, un joven oficial de veintiséis años, recién casado, que acababa de terminar la especialidad de submarinos y embarcaba en el Hispania como su primer destino de la flotilla.

—¡Eh! Buenos días, qué pasa, Fran, cómo lo llevas, hoy es el gran día ¿no?

—Buenos días, Mario, ¿todo eso que llevas ahí es para embarcar o es que te ha echado Pepa de casa? —contesté en tono jocoso.

—Ja, muy gracioso. Llevo lo indispensable para tres meses, ropa para navegar, de paisano por si damos una vueltita por ahí, libros y unos vinitos para celebrar mi cumple que me lo paso una vez más navegando.

—¿Pero en la escuela de submarinos no llegasteis a ver el tema de habitabilidad: «los camarotes, las taquillas de oficiales: sus dimensiones»? —continué pinchándole.

—Ya verás, ya verás cómo les encuentro un sitio, en auxiliares popa.

—¡Gooood morning Vietnam!, qué ambientazo ¿no? parece que es Semana Santa, si no fuera por tanto militar que anda por ahí. Por fin nos piramos ¿eh? —exclamó el jefe de armas, que acababa de entrar.

—Buenos días, Marqués, —contestamos a la vez Mario y yo.

Emilio de Norbercourt, el «Marqués», era el oficial jefe de armas, un tipo rubio de ojos azules de unos treinta, con buena planta y corte elegante tirando a pijo madrileño, un soltero extrovertido y simpático que le gustaba salir a diario, de los que no se perdían una fiesta por nada del mundo. La cámara de oficiales le llamaba el Marqués por el gran abolengo de su apellido. Su bisabuelo, ingeniero de minas francés, procedente de la conservadora ciudad de Versalles, vino a trabajar a las minas de cobre de La Unión donde conoció a una cartagenera con la que se casó.

De camino al submarino, ya con el mono de trabajo puesto, nos cruzamos con el jefe que venía del submarino. El jefe nunca se ponía el mono de trabajo, llevaba el uniforme de oficina con un pico de la camisa negra que salía por fuera del pantalón. Traía un aire de meditación como abstraído en algún problema.

Al saludarle con una broma, este seguía profundamente distraído en sus pensamientos y solo balbuceó unos buenos días en automático. Supuestamente habría discutido con el segundo o con el contramaestre de cargo por la distribución de víveres y pesos en el submarino. Hasta ahora solo habíamos hecho navegaciones de corta duración sin embarcar gran cantidad de armas, víveres, agua y combustible. Esta vez, todo tendría que ir a su máxima capacidad y no conocíamos todavía la diferencia entre los límites teóricos y los reales.

No tardaríamos en comenzar la preparación para salir a navegar. Yo no tenía un puesto específico en la preparación, pero me gustaba estar al lado del segundo comandante quien recibía todas las novedades de los puestos y centralizaba toda la información para después dar cuenta al comandante. Me solía sentar arriba en la vela en la silla del segundo, mientras él observaba desde el puesto del comandante todos los puntos sensibles del buque con mayor visibilidad.

—Cierre de escotillas y pasos de casco, depresión cien milibares, ronda de novedades por destinos —ordenó el segundo.

El ronroneo del motor diésel apareció según estaba orquestado. Tomaba el aire del interior del submarino para hacer su combustión, con lo que se producía una depresión voluntaria en el interior hasta crear cien milibares de diferencia con el exterior. Al llegar a esta medida, pararía el motor de forma automática para evitar un exceso de depresión. La depresión nos daría la pista de cualquier fallo de estanqueidad importante con un silbido de aire o una pequeña entrada de agua. A veces imaginaba con morbo cuál sería la consecuencia de que el motor no parase automáticamente y que por alguna razón absurda el personal no lo hiciera manualmente, llegando a crearse una depresión excesiva. ¿Hasta dónde aguantaría el cuerpo humano? Sería la consecuencia contraria a la de someterse a una alta presión, en vez de aplastarse todos los órganos blandos del cuerpo, reventarían hacia fuera… en fin, un asco.

—Puente, de cámara central; paso novedad: proa, popa, operaciones, auxiliares, y habitabilidad estancos. Pasillo nivel inferior pequeño goteo en un tubo lanzador de señuelos. —La voz de Iñaki, el jefe, se escuchó alta y clara por el altavoz de la vela.

—Bien, jefe, incomunica ese tubo y que Emilio luego me cuente —ordenó el segundo comandante.

El intercambio de información continuaba su ritual. Una lista de varias páginas plastificadas que controlaba el segundo desde la vela y el jefe de máquinas abajo desde el puesto de la central marcaba el ritmo. Me encantaba escuchar el diálogo técnico, después de tantos años se me había hecho tan familiar que llegaba a entender lo básico.

El segundo comandante conocía bien su trabajo, pues llevaba ya dos años en ese puesto cuando por entonces el submarino no era más que un tubo lleno de agujeros y cables.

Manu Rivera, el segundo, era más que un compañero, era un íntimo amigo. Casado y también con cuatro niños, era un tipo delgado de pelo oscuro y más bien blancuzco, tenía nariz pronunciada en pico, ojos marrones y una sonrisa franca tirando a paternalista. Era de mi quinta, le conocía desde hacía siete años cuando, él alférez de navío y yo teniente, llegamos al mismo tiempo a la flotilla de submarinos. Desde entonces compartimos varios embarques y nuestras familias se unieron mucho. Como persona era tranquilo, sencillo de trato y algo callado, de los que no les gustaba destacar si la situación no lo requería, pero de ideas claras y decididas. Blanca, su mujer, se hizo muy amiga de mi mujer, María. Ninguna de las dos pertenecía al mundo de la marina. Desde el principio conectaron bien y luego cuando empezaron las navegaciones y los momentos de soledad, se apoyaban la una en la otra como dos hermanas del alma. Ahora me preguntaba si Blanca le había comentado algo a Manu sobre María, quizás ella supiera por qué reaccionó de esa manera al despedirme. De todas formas, no tenía sentido darle más vueltas por ahora, debía esperar a que la rutina de la navegación se instalara y que el segundo tuviera un momento de tranquilidad para preguntarle. Seguro que hasta después de la cena no lo conseguiría.

Mario estaba al lado del segundo, observaba y aprendía. Yo solía gastar alguna broma a los novatos en la vela en el momento de preparación para salir a la mar, aprovechando mi complicidad con el segundo.

—Segundo, te recuerdo que el turbocompresor babor del circuito de baja presión para el sistema de apertura lateral inducida, tiene una pérdida de potencia que nos puede tirar el sistema abajo —le solté delante del novato.

El segundo asentía con preocupación dándome cuerda, fingiendo hablar por el micro con la central:

—Jefe, recuerda que hay que meterle mano al turbocompresor del circuito de baja.

La actuación había salido bien, el joven oficial daba evidencia de entender perfectamente la importancia de revisar el imaginado circuito y lo apuntaba. ¿Cómo, después de un año estudiando la especialidad de submarinos, no iba a comprender una disfunción tan sencilla que hasta el médico del barco había detectado? La miñoca1 estaba lista para la hora de la cena en la cámara de oficiales.

La preparación para salir a la mar fue llegando a su fin, todos los servicios de proa a popa fueron dando sus novedades después de haber hecho pruebas y verificado la estanqueidad de todos los pasos de casco de sus compartimentos, una operación que llevaba aproximadamente una hora.

—Babor y estribor de guardia, aligerar estachas y formar dotaciones en cubierta para recibir al comandante —ordenó el segundo.

A lo lejos, descendiendo de las imponentes escaleras del histórico edificio de la flotilla de submarinos, custodiado por los bustos del almirante Mateo García de Los Reyes y de Isaac Peral, padres del arma submarina española, se apreciaba un marino que caminando al paso dejaba el edificio y se dirigía directamente hacia el buque. Su figura, con las manos dentro del chaquetón de marina y la gorra graciosamente ladeada, le distinguía entre las decenas de uniformes que correteaban y se movían de un lado a otro por toda la base, parándose al encontrarse con otros de su género como si de hormigas se tratara. Su andar característico, pensativo y ajeno al bullicio, delataba su identidad. Sin duda era Ángel, mi hermano, un tipo de mediana estatura, castaño, complexión delgada, cara curtida oculta bajo una corta barba de náufrago. De ojos oscuros, su mirada penetrante era capaz de transmitir seguridad y confianza sin mencionar palabra. Ángel Lobo era hijo, nieto, bisnieto y tataranieto de marinos. El «Viejo Lobo», o el «Viejo» como le llamaban afectuosamente sus oficiales, con más de quince años de experiencia en submarinos, no fue designado primer comandante del Hispania a causa del azar.

Al pie de muelle apareció el jefe de flotilla y su estado mayor. Tras intercambiar unas palabras de despedida con el jefe de flotilla, el comandante embarcó. A la llegada al portalón saludó al marinero de guardia mirándole a los ojos con una sonrisa y al subir lo hizo militarmente de cara a la bandera de España en popa, un saludo poco enérgico pero elegante. El contramaestre tocó las pitadas de rigor con el chifle: «comandante a bordo».

—A tus órdenes, comandante, buque y dotación listos para salir a la mar —le informó el segundo mientras subía a su puesto en la vela.

—Gracias, segundo.

El comandante se puso de pie encima de la vela, se abstrajo por unos segundos de todo lo que le rodeaba y cerró los ojos. Por un momento alguien dio a «pausa» y la película se congeló unos instantes. Terminó su pequeña oración en silencio, y continuó el procedimiento ante la vista acostumbrada de todo su equipo y la del estado mayor en el muelle. Conociendo al capitán de fragata Lobo, sus manías para algunos o personalidad para otros, todos esperaban con más o menos morbo ese momento. Algunos en el muelle, seguidos por un misterioso efecto físico, entraban en simpatía y se santiguaban al mismo tiempo que lo hacía el comandante al final de la oración.

—Vámonos, segundo, proa y popa larga todo, atrás despacio —ordenó el comandante.

Instantáneamente, como una catana que se desenvaina, la bestia obedeció deslizándose suavemente en silencio, dando atrás, saliendo de la estrecha fosa de atraque donde había dormitado los últimos días.

El comandante, de pie en lo alto de la vela, volvió a saludar militarmente al jefe de flotilla y al personal que estaba en el muelle mientras el submarino abandonaba ya su celda.

Unas horas más tarde, tras haber arranchado mi petate, subí a la vela porque sabía que en breve llegaríamos al límite de la plataforma continental y tendríamos fondo suficiente para sumergirnos en libertad. Estaba Juanjo Solana de oficial de guardia. Juanjo provenía de suboficiales, con una vasta experiencia en acústica de submarinos.

—¡Permiso para subir a la vela! —pregunté desde la escala.

—¿Fran, eres tú?, pasa anda, estoy a punto de hacer inmersión.

—Lo sé, por eso vengo por si te olvidas la escotilla abierta.

—Sacad de carga y parad el diésel —ordenó el oficial por el micro.

—Diésel parado, listos para hacer inmersión —respondió la voz del jefe de central procedente de un altavoz incrustado en la superestructura de la vela.

Con la cabeza me hizo un gesto, me puse próximo a la escotilla a pie de escala y esperé agazapado.

—¡Alerta, alerta! —dio la orden para sumergir el submarino.

Seguido se escucharon cuatro golpes metálicos, casi al unísono, contra el acero del casco resistente. El agua del mar comenzó a rellenar el volumen liberado por el aire, el submarino perdía flotabilidad positiva y se hacía pesado. Ahora las olas arrullaban la cubierta del submarino, como a un bebé, hasta que solo quedó visible la vela.

—Baja, Fran, que nos mojamos —avisó Juanjo.

—Voy, solo un último vistazo. —Me gustaba saborear la adrenalina de ese instante y aprovechar para rezar una avemaría, quién sabe…

—Escotilla superior cerrada y trincada, panel verde, inmersión cota catorce metros —ordenó en voz alta el oficial de guardia una vez abajo a pie de escala.

El jefe de central abrió la ventilación del último lastre, el central, permitiendo así que el submarino perdiera su mayor reserva de flotabilidad. Su peso se iba ya igualando al del volumen de agua total que desplazaba, exactamente como Arquímedes había preconizado instantes antes de su famoso «eureka». Ahora el segundo comandante haría el ajuste fino del peso metiendo o sacando agua con los tanques de regulación para buscar una flotabilidad neutra. Ya éramos un pez.

CAPÍTULO IITránsito hacia el Atlántico

De niño disfrutaba imaginando que el único lugar que en realidad existía, era aquel donde uno aparecía en presencia, que el resto de lugares no existían. Tan solo eran ilusiones que se transformaban en realidad una vez que allí nos hacíamos presentes, como el actor al entrar en un nuevo decorado de una obra de teatro.

La calma era total, la superficie del mar era un infinito manto de seda fina, la luna llena en el cénit… no reinaba, ejercía su dictadura desde lo alto iluminándolo todo. Las atenuadas estrellas aguardaban expectantes a que algo ocurriera en aquella impresionante noche; quizás la complicidad de una inesperada nube que pudiera arrebatar a Catalina tanto protagonismo. Yo, un invitado de lujo y espectador de la escena, era pero aún no estaba. El mar de mercurio me permitía imaginar que exploraba otro planeta. Estaba dentro de una ilusión, sin que se hubiera transformado todavía en realidad, aquella noche se resolvería el problema de la incertidumbre. ¿Cómo saber qué es lo que ocurre en un lugar, sin que la presencia artificial del ser humano contaminase la toma de datos?

De tanto intentar describir la belleza de aquel mar de plata, que solo yo disfrutaba, acababa perdido en mis derivas trascendentales.

El fino periscopio de ataque rajaba como un cúter la superficie de seda, la tensión superficial de la mar cedía la justa apertura para volverse a cerrar detrás como una cremallera invisible, dejando un minúsculo rastro de remolinillos juguetones. El horizonte perfectamente definido, hacía de pantalla donde se proyectaría la silueta de cualquier barco que entrara en su campo visual. El ojo indiscreto del periscopio veía todo, analizaba todo. Era imposible adivinar que debajo de ese cilindro metálico de quince centímetros de diámetro, morase una bestia letal de casi tres mil toneladas de acero.

No me cansaba de mirar, daba una y otra vuelta y volvía a empezar, buscaba cualquier pequeño detalle a mi alrededor y disfrutaba sintiendo la sensación de formar parte del decorado. Lástima que no veía ningún barco, aunque ciertamente gracias a que el tráfico era escaso, me era permitido hacer uso del periscopio de ataque.

—¿Qué, Fran, has pescado algo o te has quedado dormido? ¡No tenemos toda la noche! —exclamó Emilio, el oficial de guardia.

—Nada que echarse a la boca, Marqués, ningún pirata a la vista, parece que los barcos sienten mi presencia y no se atreven a aparecer.

—Mira en la demora 188, y haz zoom con los aumentos, el sonar tiene un mercante —insistió.

—Pues tampoco… espera… tengo algo que… sí, es como que el horizonte se corta… ¡Sí!, tengo una luz de un mercante, ¡bingo! Bueno, qué, ¿me dejas que le ataque? —pregunté bromeando.

—Anda desfila, vete a poner alguna tirita por ahí y déjame el periscopio. —Me relevó del asiento—. Mando. —Cambió el tono para hablar en voz alta y clara para toda la cámara—. Vamos a ponernos por su popa, quiero pasar por debajo de él y entonces ataco; avante cuatro, cota 55 babor al 180. Ejercicio de zafarrancho de combate para ataque a un buque de superficie. —Aunque la orden de zafarrancho iba precedida por la palabra «ejercicio» la adrenalina se disparaba igual. Había que estar en menos de dos minutos listos cada uno en su puesto—. Activación del equipo de lanzamiento de bombetas. Calculadme un rumbo de ataque para posicionarme por su popa a esta velocidad.

En cinco minutos estaríamos en posición de ataque.

Me quedé sin entretenimiento y me puse en una esquina de mando observando al equipo cómo reaccionaba. Necesitaba estar activo, no conseguía quitarme el amargor de la despedida con María, y la conversación con Manu no fue de gran ayuda. Blanca no le había comentado nada anormal. Me intentó animar diciendo que ellas se las arreglan bien juntas, como siempre, que no me mortificara. Yo, sin embargo, esta vez tenía un mal presentimiento, esa maldita frase «ya no aguanto más» me venía una y otra vez. No dejaba de acusarme por no haberla llamado desde la base, aunque no sé si el haberlo hecho hubiera sido peor.

Las primeras singladuras eran las más incómodas, todos buscábamos el espacio físico íntimo que necesitaríamos durante las siguientes semanas hasta que volviésemos a entrar en puerto. Todo el barco era un caos, el desorden de los camarotes con los petates a medio deshacer, los víveres arranchados por doquier y las publicaciones sobre documentación técnica por toda la mesa de la cámara de oficiales esperando turno para ser ordenadas. Un caos general que poco a poco debía ir tomando la forma de unidad de combate organizada. Sin embargo, el ambiente que se respiraba era bueno. Todos teníamos deseo de dejar atrás la angustia personal de la despedida, las pruebas de mar con la invasión diaria de los técnicos supervisores de NAVANTIA, las visitas de Vips y periodistas, y de navegar por fin un buen periodo con todos los equipos a estrenar y poder consolidar la dotación del Hispania. A la dotación le fatigaba más estar entrando y saliendo de puerto a diario durante dos semanas, que una navegación prolongada. En una patrulla cada uno se iba acomodando en su madriguera, trabajando en su chiringuito y adquiriendo su propia autonomía.

Estábamos en nuestra segunda singladura, el jefe de central anunció el reparto del primer turno de cena. Este era un buen momento para medir la temperatura del ambiente en las cámaras de oficiales, suboficiales y tropa.

Me venía bien un poco de conversación con los compañeros, curábamos la pena de la salida con bromas y anécdotas durante la sobremesa.

La mesa estaba lista, el repostero de oficiales ya había llamado al primer turno para comer. Nos sentamos el comandante, el segundo, Mario, el Marqués y yo. Era el primer momento en el que nos relajábamos un poco, el momento para atacar al oficial nuevo.

—Permiso, comandante, un nuevo parte meteo. Parece que el temporal del estrecho va a más —informa el suboficial de derrota entregando el parte al comandante.

—Eso parece, Arturo, vamos a ver cómo navega con la mar de proa —comentó el comandante.

—Y a ver cómo aguanta la pérdida de potencia del turbocompresor de baja —comenté discretamente.

El comandante, al oír el disparate, levantó la mirada que tenía fija en la tablilla de mensajes hacia mí y luego el segundo quien le hizo un pequeño gesto hacia el joven oficial.

—Cierto, espero que aguante sin dar problemas, ¿Mario, podrías preguntarle al jefe cómo va la reparación? —remató de forma brillante la jugada.

—Voy, comandante —contestó Mario con prestancia levantándose de su silla y saliendo de la cámara en búsqueda del jefe de máquinas.

Al poco apareció Manolo, el repostero de oficiales, que comenzó a servir la cena. Manolo era un gallego robusto de 1,85 metros, cachetes rojizos y sonrisa permanente en la cara. Era un mozo gallego con denominación de origen, precisamente de Orense. Un tipo sano en todos los sentidos y con un carácter fuerte, peculiarmente campechano, que agradaba a todo el mundo, aunque sus modales distaban de ser ejemplo militar.

—Ya está discutiendo el jefe —dejó caer en voz baja Manolo, con su marcado acento gallego, sin poder evitar hablar mientras servía la cena.

—Ya se ha encontrado con Mario, a ver qué le cuenta —respondí para la mesa.

Se oían de lejos los gritos del jefe que, al cabo de unos minutos de escuchar la absurda pregunta de Mario, supuso lo que ocurría. A su ya tono natural de voz elevado, le aumentó unos decibelios para que desde la cámara de oficiales se pudiera escuchar el paternal rapapolvo y fuera de común disfrute:

—¡Pero hermoso mío, menuda empanada mental llevas encima!, ¿oye, tú aprobaste la especialidad de submarinos? ¿O es que te lo montabas con la hija del jefe de estudios? ¿De qué carallo de turbocompresor me estás hablando?

Las carcajadas en la cámara desvelaron la emboscada; el pobre Mario no tenía dónde meterse, no sabía si enfadarse o reír. Finalmente decidió por retomar su asiento en la cámara con el resto de los oficiales.

—¡Qué cabrones! —murmuró cabizbajo con aire de resignación.

—Ánimo, Mario, mira el lado bueno, no hay que reparar ningún turbocompresor —comentó el comandante.

El equipo estaba consolidado, se podía notar que la joven vida del Hispania tenía una buena madre.2

El jefe se unió a la sobremesa para contar chistes. Decidimos no poner la película que se proyectaba después de la cena porque se había hecho algo tarde charlando con el café. Mario estaba contando las experiencias del curso y las aventuras de los alumnos y profesores; cuando de pronto en un receso el segundo, el comandante y el jefe se quedaron inmóviles y cruzaron sus miradas con la expresión en la cara de haber oído un ruido ajeno al barco. Yo no oí nada que me llamara la atención en absoluto. Entre la proyección de la película en la cámara de la dotación, el ruido del osmotizador en auxiliares proa, justo una cubierta por debajo y un sinfín de otros pequeños ruidos, no podía distinguir nada extraño. Mario intentó continuar con su historia sin darle importancia al gesto, pensando que sería alguna otra broma, pero yo le agarré del antebrazo en señal de que mantuviera silencio.

Solo los más antiguos podían percibir un ruido que no estaba en el espectro de frecuencias del ruido propio del submarino; estas las tenían registradas en el subconsciente después de miles de horas de inmersión. El ruido volvió y el jefe de un salto se levantó y fue hacia popa. El comandante continuó tomando su café como si nada hubiera ocurrido y el segundo tomó el micro para enlazar con central de operaciones.

—Operaciones, avisad al oficial de guardia de un ruido que llevamos colgando por la aleta de estribor, a ver qué tenéis en los hidrófonos de control de ruido. Parece que hemos hecho nuestra primera pesca —comentó para la mesa.

—Cámara de oficiales, de mando, habla el oficial de guardia; hemos enganchado un palangre probablemente con el timón estribor de la vela. El ruido se localiza a popa del lastre número 2.

—Mal sitio —comentó el comandante terminando el café con un gesto de resignación.

El largo día se acababa, el comandante charlaba con el segundo en la cámara mientras miraban la carta del estrecho, el cual cruzaríamos al día siguiente. La intención del comandante era pasarlo en inmersión, pero no quería arrastrar el ruido del palangre delante de la línea de hidrófonos de escucha que tienen los ingleses en Gibraltar. El ruido del palangre asociado al submarino podía delatar la firma casi imperceptible de la propulsión eléctrica del Hispania.

Manolo mientras recogía no podía evitar tomar parte de la discusión de los oficiales, pero lo hacía con tal inocencia e interés que no molestaba. Cualquier otro subordinado hubiera sido reprendido por ello.

—Pero los ingleses son aliados de la OTAN —se le escapó el comentario—. ¡No entiendo por qué no nos pueden escuchar!

El comandante sonrió y contestó de forma didáctica.

—A ver, Manolo, que te lleves bien con tu vecina no significa que te vaya a dejar ver su ropa interior ¿no?

—¡Pues no! Comandante, ya me gustaría a mí ¡con lo buena moza que está! —respondió Manolo con sonrisa picarona.

—Pues la firma acústica es como la ropa interior del submarino, no se muestra —contestó el comandante.

—Pero mi vecina tiene un novio que ese sí que tiene que haberla catado… —continuaba Manolo sin poder contener el comentario.

—¡Ya vale, Manolo!, termina y déjanos trabajar —concluyó el segundo, mientras el comandante intentaba evitar una carcajada.

El flujo de gente por el único pasillo del submarino fue descendiendo poco a poco, los primeros en irse al catre eran aquellos que entraban de guardia de madrugada. En la cámara de proa, donde se alojaba la marinería, la luz roja iluminaba lo justo para no pisar en falso y poder desplazarse por ella. La luz que escapaba por entre las cortinas de las literas delataba a aquellos que en la intimidad de su guarida escuchaban música, leían una novela o escribían sus primeras experiencias.

Me di una vuelta por la cámara central antes de acostarme, ya estaba más tranquilo y quería coger la cama con sueño. Debía procurar no pensar más en la desafortunada despedida, además aprovechaba momentos de tranquilidad para hablar con la dotación; con los antiguos recordando viejas batallas y con los nuevos comprobando cuáles eran sus inquietudes y motivos que les habían llevado a meterse en el «tubo negro».

Después de algunas conversaciones y un par de cafés, decidí buscar mi litera y acostarme. Era entonces el momento de pensar en María. Busqué mi vieja biblia donde siempre llevaba su foto. Entonces me vino de nuevo aquella frase e intenté descifrar su significado durante algunos minutos, sin llegar a nada bueno.

Aquella foto me encantaba, tenía esa misma sonrisa que me enamoró el día que la conocí. Recuerdo que estaba en la biblioteca de la facultad cuando me senté en su misma mesa. Una chica bastante mona. De ojos marrones y pelo castaño ondulado, entonces se lo enredaba entre sus dedos mientras se concentraba y me desconcentraba. Nos mirábamos disimulando bastante mal, yo intentando sacar algo más de sus escasos movimientos y ella no lo sé… porque nunca me confesó que me miraba. Al cuarto de hora de estar haciendo el tonto, ella me regaló por sorpresa esa sonrisa que encendió todo un arcoíris de colores en su cara. Decidimos ir a tomar un café juntos y ya nunca nos separamos. Ahora pensando en ello, extrañaba aquella sonrisa, a decir verdad, hacía ya bastante tiempo que no sonreía de aquella manera.

Me sentía realmente mal. Al día siguiente debía volver a apartarla de mis pensamientos, mientras cumplía con mi trabajo. De día era más fácil, pero de noche los fantasmas me asaltaban. «¿Qué estará haciendo ahora? ¿Habrá dejado de llorar?» Esta vez quizá era distinto. «¿Se habrá cansado de mí? ¿Qué hacer?… Nada». Recé una oración por nosotros, intenté serenarme y dejé que la fatiga pasara su factura.

Debía de ser ya de madrugada cuando me desperté de un sobresalto. No era una pesadilla, era real, estábamos demasiado inclinados, perdíamos cota rápidamente quizás debido a una vía de agua, o un trincado de timones a bajar. «¡Dios mío han perdido el control, nos vamos directos al fondo!». Sentí sudor frío por la espalda. Y entonces me ubiqué. Me desperté por completo, me orienté y recobré la calma. «He pasado demasiado tiempo en tierra», pensé. Era solo un cambio de inclinación, estaríamos subiendo ya a cota periscópica por algún motivo.

Me desvelé, eran las 06h00 y ya estábamos en cota periscópica. El olor a café y algunas tazas vacías en la cámara de oficiales dejaba el rastro del paso del oficial de guardia, comandante y segundo. Me serví algo de café y preparé unas tostadas rápidamente, sabía que pronto haríamos superficie y quería subir a echar un vistazo.

De pronto escuché el estruendo del soplado de lastres… demasiado tarde ¡hacíamos superficie!

Pedí permiso para subir y todavía con un pedazo de tostada en la boca, me encaramé en la escala para remontar hacia la vela y acompañar al oficial de guardia.

Amanecía. Mi curiosidad se vio recompensada. El sol salía sin molestar, su suave luz se esparcía desde el horizonte por todo un sendero hasta el costado del submarino, remontaba la vela y me coloreaba la cara de naranja. Sentía el lengüetazo, un dulce calor que secaba la pegajosa humedad de la madrugada. El movimiento de la mar mecía el sendero naranja mermelada que nos acompañaba en demora constante desde el sol naciente. Me quedé observando ese movimiento hipnótico como el fuego de una hoguera. Se me cerraban los ojos y me venían recuerdos agradables de mi niñez, ya soñaba ya me despertaba, una y otra vez. Era un momento único delicioso, el estreno de otro día, un regalo. Mis preocupaciones se disipaban. Todo estaba bien, de alguna manera todo volvería a ser como antes y entonces me acordaba de la sonrisa de María.

Juanjo, el oficial de guardia, había acabado con la maniobra, pero no conversábamos; los dos disfrutábamos de ese momento personal, cada uno en su medio metro cuadrado buscaba esos minutos de silencio que, después, ya habría ocasiones de perder dentro del tubo. El solo hecho de partir a alta mar con un barco, de dimensiones siempre limitadas, requería una buena dosis de humildad y un amanecer en la mar como ese, era una justa recompensa.

El equipo de intervención en cubierta se cargó el momento dorado:

—Mi oficial, permiso para bajar a cubierta y hacer una inspección.

—Muy bien, ojo con la mar de fondo, que no me acuerdo muy bien de cómo era la maniobra de hombre al agua —reaccionó el oficial de guardia.

—Descuide, mi oficial, que si me caigo ya voy nadando hasta Málaga, que mi novia es de allí —contestó el avispado cabo primero maniobra.

Como suricatos cuando el peligro ha pasado, no tardaron en aparecer por la escotilla las cabezas de los fumadores más enganchados. Aprovechaban la navegación en superficie para subir a la vela a echarse un pitillo y poner el contador del mono a cero. Entre ellos estaba el cocinero, con aire de preocupación con la mirada perdida en el cigarro. A su mujer, que era primeriza, le iban a practicar una cesárea en los próximos días.

De haber planteado el problema con tiempo antes de partir, quizás se hubiera buscado un sustituto para que se pudiera haber quedado en el parto de su hijo, pero no lo dijo hasta el último momento y el problema se complicó, no hubo forma de buscar otro cocinero.

Otro visitante incondicional era Manolo, que había terminado de recoger la mesa del desayuno y subiendo a tirar basuras orgánicas aprovechaba la oportunidad para curiosear y quedarse un rato de cháchara.

En el exterior, el personal de cubierta había terminado de desenganchar el palangre.

—Poca cosa mi oficial… un par de doradas, con los «Agosta» merecía la pena salir a cubierta de pesca, pero este submarino mucha tecnología y mucha historia, pero no pilla nada —informó el contramaestre.

—Ok, ¡central puente! para el comandante, estamos libres del palangre. Pongo rumbo al tráfico de entrada al estrecho de Gibraltar —explicó el oficial de guardia.

Al poco apareció el comandante para echar un vistazo, las personas que habían subido a fumar se fueron escurriendo de la vela al interior para dejar sitio al comandante y segundo. El comandante charlaba con el oficial de guardia un rato antes de volver a hacer inmersión, mientras tanto observaba la mar.

El barco navegaba con elegancia, las olas entraban y salían acariciando la cubierta de proa y luego de popa, y nos gustaba verlo. La dotación empezaba a conectar con el Hispania, sus capacidades nos asombraban día a día según las íbamos descubriendo, como quien estrena el último modelo de un vehículo de gama alta.

Nada había como salir a observar la mar por uno mismo. Salir a sentir la mar, el cielo, el viento, la humedad, apreciar la visibilidad, el tráfico, la costa… en fin, todo el horizonte visual para despertar el instinto marino. Una sensación que la tecnología más avanzada no había conseguido transmitir a ninguna de las pantallas digitales del sistema de combate.

Aquella mañana tuvimos el primer contacto con el Bright Star. El comandante, mientras charlaba, miraba un mercante con los prismáticos, un barco antiguo de casco amarillo y fuertes marcas de corrosión del escoben y ancla a la línea de flotación. Tenía el castillo alto y dos plumas de carga en el medio.

—Juanjo, ¿qué hace ese barco? —preguntó el comandante.

—Va hacia el estrecho con una derrota un tanto errática, ha cambiado un par de veces el rumbo hacia costa y luego hacia el sur. Al principio pensé que estaba maniobrando para gobernar a otro barco, pero estamos solos; el tráfico más cercano está a diez millas… el capitán debe de andar con resaca —respondió sin darle mayor importancia.

—Pide que te den un informe de él, a ver qué sacamos.

—Enterado, comandante —contestó, comprendiendo que algo había despertado su curiosidad.

En el interior del submarino la vida cotidiana ya había tomado forma en todos sus aspectos, el ayudante de cocina, una vez retirado el desayuno, se había adueñado de la cámara de tropa para pelar cebollas. En la puerta de la cocina estaba colgado el menú, hoy tocaba lentejas de primero.

En la cámara de oficiales no se podía entrar, pues el segundo discutía a puerta cerrada con alguien. Me aproximé y pude comprender que se trataba del cocinero, que al parecer fue a pedir al segundo que le desembarcara para poder estar en el parto de su mujer. El segundo estaba furioso y no le faltaba razón, le echaba en cara su falta de profesionalidad y atención con el resto de la dotación. Si hubiera avisado a tiempo quizás se podría haber intentado un relevo, pero ahora no aceptaba chantajes emocionales de depresiones ni historias de ese tipo.

—Permiso, segundo, pero he oído la palabra «depresión» y pensé que debía saber del caso —increpé entrando en el despacho y cerrando la puerta detrás de mí.

—Pasa, Fran, ¿sabías algo de la depresión que padece el cabo cocinero?

El cabo hizo un gesto como si quisiera rectificar el vocablo «depresión».

—¡Sergio! —dirigiéndome al cabo—, eso ya lo habíamos hablado, tú no tienes ninguna depresión, tú tienes un problema en casa como lo tenemos todos cuando salimos de patrulla y eso te provoca cierta ansiedad; igual que a todos. Tienes que controlar esa ansiedad y confiar en que todo va a salir bien; una cesárea es una operación muy común, y tu mujer está en buenas manos con su familia —procuré hacerle entrar en razón.

—Además, aquí tienes otros problemas que sí puedes resolver a los que te debes enfrentar, eres el responsable de la alimentación de cuarenta personas, y tienes un ayudante que tiene que aprender durante esta navegación para que un día le des la alternativa —añadió el segundo con intención de bajar el tono y buscar la motivación.

—Sí, bueno —retomó el cabo con la voz medio entre cortada—, yo lo hubiera dicho antes, pero me enteré tarde y no sabía que la salida se iba a adelantar y ahora veo que he abandonado a mi mujer que es primeriza y le tienen que hacer una cesárea —se excusó el cabo.

—Tu mujer está bien acompañada por su familia. Tanto el capitán médico como yo hemos tenido hijos durante navegaciones y sabemos lo que a uno le pasa por la cabeza, pero debes controlar esos pensamientos, estás en un submarino, aquí somos todos un equipo y si uno falla, el equipo falla. Puedes retirarte —finalizó el segundo evitando alargar una conversación que volvía a repetir los mismos argumentos.

El cocinero abandonó la cámara de oficiales con aire de frustración. Yo me quedé pensativo. Su problema me afectó, me faltó poco para soltarle que mi mujer se quedó llorando, que ya no lo aguantaba más y eso me estaba comiendo por dentro. Luego me alegré de haberme mordido la lengua.

En el centro de operaciones preparaban las cartas especialmente diseñadas para cruzar el estrecho en inmersión.

El informe del Bright Star llegó del CIFAS,3 se trataba de un carguero de 17 000 toneladas que actualmente llevaba una carga de material de construcción de Marsella a Costa de Marfil. El barco tenía bandera panameña y estaba registrado en Chipre. No llevaba encendido el AIS4 obligatorio para un barco de su porte. Aparte de eso, no mostraba nada sospechoso. El no llevar activado el AIS podía ser simple negligencia del oficial de guardia en el puente.

Sin embargo, el gesto del comandante al leerlo era de sospecha. Quizás era el comportamiento del buque. Un conjunto de actitudes que no eran delictivas, pero no tenían ninguna coherencia para un mercante de ese tipo. Se quedó mirando el informe sin llegar a releerlo, con mirada pensativa, parecía que la pista que buscaba no se encontraba entre los datos del papel.

—Operaciones, que el jefe de armas venga a verme —solicitó el comandante.

—A tus órdenes, comandante, dime. —Apareció Emilio al poco en la cámara.

—Un barco mercante que no lleva rumbo fijo, entrando en el estrecho, es que está haciendo alguna maniobra o tiene algún problema. ¿Tienes la base de datos acústica de mercantes en la zona? —preguntó el comandante intrigado.

—Sí, debemos de tener registradas el 70 % de las señales acústicas del tráfico que pasa por el estrecho.

—Saca el registro de audio de la firma del Bright Star y comprueba que coincide con la base de datos y con lo que nos han mandado —pidió el comandante.

—Enterado, me pongo con ello.

Nunca había visto una orden igual, me dio la impresión de que además de satisfacer su curiosidad quería comprobar la capacidad real del sistema de información del barco.

Los generadores se pararon. Se apreció el cambio de la ventilación forzada, en un minuto nos sumergiríamos de nuevo. Las voces entre mando y control comenzaron a cantar el procedimiento para hacer inmersión. De repente sentí un extraño vacío fonético, algo faltaba en el ritual, no sabía qué era, pero ese silencio no me sonaba.

—Puente, central: diésel apagados, mástil de inducción no arriado, luz roja indicación posición de mástil izado, solicito confirmación posición del mástil.

—Central, puente, parece que el mástil no ha llegado a arriar del todo, repita la maniobra, comprueben presión en el circuito de aceite y acumulador neumático.

—Mi oficial, ya lo hemos repetido y da la misma señal, las lecturas son correctas, parece que algo impide bajar el mástil.

—Vale llamad al jefe. Para el comandante: inmersión abortada, procedo a investigar avería por posible obstrucción en el mástil de inducción.

No había terminado de pasar el comunicado cuando apareció la cabeza del comandante, seguida por la del jefe y el segundo que salían del tronco de subida a la vela.

A veces algún cuerpo extraño, un trozo de madera o plástico, podía introducirse en la vaina de algún mástil y entorpecer la maniobra de arriado, quizás parte del palangre se enredó también en el mástil.

El jefe llevaba una linterna y un ingenio que se había fabricado él mismo, una vieja antena telescópica de coche a la cual le había soldado un espejito en el extremo. Se tumbó en la parte alta de la superestructura de fibra de vidrio y comenzó a hurgar, iluminando con la linterna, en los nueve milímetros de huelgo que había entre el mástil y la camisa.

—Nada, aquí no se ve una puta mierda, no hay nada —sentenció con voz resignada—. Me voy para abajo tengo que abrir el registro de estanqueidad de medio recorrido, ¡esto no me gusta!, por aquí no ha entrado ningún cuerpo extraño. Parece más bien que alguien ha metido mano a la novia equivocada y como me entere de quién ha sido ¡le voy a cortar los huevos!

El comandante lanzó una mirada penetrante al segundo. Si por alguna remota razón la avería había sido causada por alguno de los miembros de la dotación, el segundo debía de tener ya alguna explicación. Parte de su responsabilidad era la dotación y conocer la situación personal de cada uno de ellos.

El jefe abrió el registro y consiguió ver que un tornillo suelto de considerable tamaño era el causante de la obstrucción cuando el mástil se arriaba. No conseguía recuperarlo con la ayuda de un pequeño imán, pero consiguió empujarlo hasta el pozo del mástil donde no molestaría a la maniobra de arriado.

Por otro lado, observó unos cables de la antena del mástil que estaban sueltos fuera de su guardacables. Algo muy extraño, porque en esa zona aislada no existe movimiento alguno y solo alguien de forma intencionada debió sacarlos de su guía u olvidar volver a meterlos. El motivo, lo desconocía, pero era cuestión de tiempo. No pararía de darle vueltas hasta encontrar la razón.

El segundo habló con el jefe y llegaron a la conclusión objetiva de que el tornillo llegó allí por negligencia o sabotaje. Aunque era muy extraño, pudiera haber ocurrido que algún miembro de la dotación intentara dañar algún equipo vital para abortar la salida a la mar. ¿Una manzana podrida en el cesto?

La hipótesis sobre la negligencia de algún trabajador, que hubiera operado cerca del mástil de inducción, también era extraña ya que se hacían diversos controles de calidad.

La inquietud del segundo era que, si alguien podía haber hecho algo así intencionadamente, tendría que saber perfectamente lo que hacía. La incapacidad de arriar alguno de los mástiles era causa suficiente para volver a puerto y si había que sacar el mástil, eran mínimo dos semanas de parada.

Cualquier miembro de la dotación tenía acceso en todo momento a la vela y los conocimientos suficientes para saber qué consecuencias acarrearía ese tipo de avería, por lo que la pregunta se orientaba de otra forma, ¿quién tendría un interés tal para evitar a toda costa el salir a navegar?

Cuando el segundo me llamó para hablar de los miembros de la dotación que tenían problemas personales de consideración, ambos llegamos rápidamente a la misma conclusión: el cabo cocinero. A parte de él, algunos miembros de la dotación tenían problemas de orden personal como la boda de un hermano, viajes programados y anulados en el último minuto o reuniones familiares, pero no eran motivos para hacer una estupidez de ese tamaño.

La ansiedad del cabo cocinero podría haber sido el causante del hecho, además había pasado por la vela antes de hacer inmersión.

Los rumores en un submarino corren a la velocidad de la luz. Todo el personal de guardia sabía lo que había ocurrido y cuáles eran las posibles causas que se barajaban. Al cambio de guardia, todo el submarino estaría al corriente de la posibilidad de contar con la compañía de un saboteador a bordo. Nada bueno.

El segundo habló con don Pedro Pagán, su mano derecha. Le explicó que seguramente el incidente sería a causa de algún olvido de un trabajador del astillero. El correr el rumor de la existencia de un posible saboteador no le hacía bien a nadie, teniendo en cuenta que teníamos tres meses de patrulla por la proa. Don Pedro entendió bien el mensaje y comenzó a hacer su labor de desmentir el bulo del saboteador.

En cuanto al comandante, el segundo le debía algunas explicaciones. Le comentó el caso personal del cocinero; le dijo que lo trató como un tema típico de ansiedad y que en cuanto naciera su hijo se calmaría y volvería a estar centrado en su trabajo. Pero ahora con los hechos que han ocurrido no podía descartar una sospecha sobre él.

El comandante, después de escuchar al segundo, nos reunió a los dos para tener en cuenta nuestros puntos de vista sobre la personalidad del cocinero. Al cabo de una larga discusión y rebuscar en el historial profesional del cabo, no encontramos argumentos de peso para poder acusarle. Después de una pausa y con los argumentos ya agotados, nos encontrábamos de nuevo en el punto de partida.

—Segundo, desembárcame al cabo, prefiero cometer una injusticia por error, que arriesgar la misión. —El comandante dio su veredicto.

—Enterado, comandante, estará todavía a tiempo de llegar al parto de su mujer —respondió el segundo con una propuesta que ya tenía en mente.

—Prepararé al pinche de cocina para que aprenda a toda velocidad —añadí yo.

La navegación en inmersión se reanudó y volvimos a entrar en el dispositivo de tráfico a la entrada este del estrecho de Gibraltar.

El oficial de guardia estableció «silencio de vigilancia», es decir el procedimiento por el cual toda operación ruidosa debía ser pospuesta hasta nueva orden. Con ello, cada cámara del submarino sabía qué operaciones podía y cuáles no podía efectuar. Por encima de esta restricción estaba la de «silencio total» para situación de guerra antisubmarina, en la que la restricción era tal que hasta los movimientos de personal estaban restringidos.

El oficial de derrota preparó la carta de navegación por sondas, en la cual estaba representado al mínimo detalle el fondo del estrecho de Gibraltar. El relieve del fondo, en forma de valle con islas de veriles en su parte central, permitía hacer uso de la navegación tradicional submarina por sondas. Las Instrucciones Permanentes del comandante ordenaban emplear el sistema de navegación por sondas en el estrecho, para mantener el adiestramiento en la navegación submarina por relieve. Si el oficial y su equipo de guardia estaban bien entrenados, la precisión era de pocos cientos de yardas, suficiente para un tránsito que podía durar unas seis horas.

Para los oficiales el paso del estrecho, utilizando este método prescindiendo del navegador inercial, era un auténtico dolor de muelas. Para el comandante, sin embargo, era una excelente prueba para meterles en jaque, no solamente para comprobar sus conocimientos de navegación, sino para observar su autocontrol y gestión del estrés, cualidades claves para un submarinista.

Era Emilio de Norbercourt quien estaba de guardia y tenía como adjunto al joven Mario Noriega, que todavía no montaba solo como oficial de guardia. Emilio preparó al equipo para la navegación con una escueta presentación.

El comandante pasó por la central de operaciones y observó cómo el joven Noriega tomaba nota y estaba completamente inmerso en la charla preparatoria del oficial de guardia.

Al llegar a la cámara de oficiales se sentó y llamó a la central de mando por el intercomunicador.

—Mando, soy el comandante. Emilio, cuando puedas tráeme el plan de mantenimiento de las armas embarcadas.

—Enterado, comandante, voy a por los papeles —respondió el oficial de guardia—. Mario, toma la voz y termina tú el briefing. —Le entregó el micro de mando.

La mirada de Mario al escuchar la contestación del oficial de guardia fue la de un niño perdido en una verbena de pueblo. Sin preaviso la arena de la plaza de toros abarrotada de gente con un ambiente agradable y festivo se vació, ya no quedaban ni carritos de helados, ni puestos de venta de chucherías, ni globos en forma de delfín rodeados de niños. Las grandes puertas rojo carmín se abrieron y apareció un miura de seiscientos kilos que venía a paso ligero decidido hacia él.

Sin anestesia. Se encontraba al frente de una de las guardias de navegación más complicadas; no tuvo tiempo para dudar, cogió el micro de operaciones e hizo lo que había aprendido a hacer en la especialidad. Tragando con disimulo saliva, comunicó en voz alta:

—¡Mando, alférez de navío Noriega toma la voz!

Era el día de su alternativa.

Emilio entró en la cámara de oficiales con el dossier de armas y comentó al comandante que Mario se había quedado de guardia solo en pleno paso del estrecho, este le miró a los ojos y asintió con una sonrisa de complicidad.

Atardecía y la dotación iba cogiendo bien el ritmo de la navegación. Pasé por la cámara de suboficiales a tomar un café y nos invitaron al jefe y a mí a echar una partida de mus contra los campeones de su cámara. El jefe era el oficial que tenía más personal bajo su mando directo. Era muy querido por su forma de ser natural, cercano y a la vez respetado porque conocía el barco como nadie. Su forma de tratar a la gente era completamente distinta a la mía, era directo y no le costaba ir al grano, decía las cosas como las entendía y si tenía que perder una amistad por no callarse una buena crítica no se privaba del gusto.

Después de la partida me crucé con el cabo cocinero en el pasillo. Tenía un aspecto más aliviado y esbozaba una vergonzosa sonrisa. A sus espaldas, se movía el rumor de la acusación de haber provocado la avería del mástil de inducción; debía sentir el vacío de sus compañeros hacia alguien que abandonaba el grupo.

Yo le miré a los ojos al cruzarme y él apartó la mirada para evitar una conversación incómoda. Me sentía algo decepcionado por no haber detectado hasta qué punto llegaba su desesperación. Lo asumía como un error porque pensaba que le conocía bien. Aún me costaba creer que realmente hubiera hecho una cosa así; pero, por otro lado… ¿y si no me hubiera equivocado y no había sido él? Si, como decía el segundo una negligencia de ese porte no era normal y el cocinero no había sido, cabía todavía la hipótesis de que el saboteador estuviera todavía a bordo. No quería preocupar al segundo con ese tema, pero eso no dejaba de intrigarme.