Chango - Rodrigo Astorga - E-Book

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Rodrigo Astorga

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Beschreibung

Un abogado cordobés llega en bicicleta a la región de Atacama en Chile, tras recorrer dos mil kilómetros en un viaje de descubrimiento personal. Allí se encuentra con el parque nacional Pan de Azúcar, donde se funden el desierto más árido del mundo con el esplendor del océano Pacífico, y en ese entorno natural paradisíaco conoce una antigua cultura marina: los Changos. Ellos le enseñarán mucho más que una forma de pesca. Él, convertido nuevamente en niño, se integrará en la comunidad como Malinfancia, su alter ego poeta, quien aprenderá a ser marinero y escribirá su sentir a cada paso y reflexionar... ¿Cuán profundamente puede cambiar un viaje a una persona? Ecología en dos ruedas es el nombre con el que ha iniciado la travesía; palabras que tomarán un nuevo entendimiento para él a partir de este encuentro con el mar.

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Seitenzahl: 211

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. Belén Mondati.

Fotografía de Tapa: Stephen Michael Johnson (Instagram @oceanbilly7)

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. Belén Mondati.

Astorga, Rodrigo

Chango : alma de marinero / Rodrigo Astorga. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2020.

174 p. ; 22 x 15 cm.

ISBN 978-987-708-540-2

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas de Aventuras. 3. Ecología. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,

total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución

por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidad

de/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2020. Astorga, Rodrigo

© 2020. Tinta Libre Ediciones

CHANGOalma de marinero

RODRIGO ASTORGA

Capítulo 1

EL ABRAZODE LA BAHÍA

El 20 de enero de 2019 puse alforjas a mi bicicleta, las cargué con algo de ropa, una carpa y un saco de dormir, y nos fuimos a recorrer América pedaleando. El objetivo era llegar desde Córdoba, Argentina a Cartagena, Colombia, serían unos nueve mil kilómetros. Quedaban atrás los amigos y la familia. En ese momento empezó un camino nuevo, una inflexión de mi vida en la que la mente comenzaría a apagarse para encontrarme con el corazón que irrigaba sangre a las piernas para poder lograr el desafío.

¿Cómo había llegado a tomar la decisión? Huía de mi profesión de abogado. Trabajaba en el Poder Judicial como sumariante de investigaciones criminales y al poco tiempo de comenzar a tipear denuncias, se develaban contradicciones en todo. El propio Estado cultivaba la violencia que producía a las víctimas de delitos, como hurto, robo, o los casos más graves: mujeres golpeadas, tiroteos o amenazas. Esa misma estructura que recibía a la víctima generaba también al agresor. Ante la abundancia incontenible de casos y la escasez de recursos, las denunciantes quedaban sin respuesta. Debía sentarme a escribir ficciones y a acumular papel en cajas. Luego ingresaba un policía con un detenido al cual había que notificarle sus derechos. La cara del sujeto esposado era siempre la del pobre y los derechos que le leía eran un mero discurso para él.

Sin tomar conciencia plena en aquel momento, pero harto de todo eso, renuncié al trabajo y me decidí a hacer lo que nunca debí haber postergado. Desperté sueños adolescentes de viajar por el mundo y lo combiné con la pasión ciclista que me acompañaba desde niño. A fuerza de pedal, crucé los Andes, bautizando a mi bicicleta como Libertadora. Ella era quien cargaba el equipaje escaso y yo me encargaba de motorizarla. Incluso siendo solo un objeto, esa cosa constituía nada más ni nada menos que el instrumento de mi libertad. Ya no importaba qué haría al regresar, el título de abogado no era más que un papel guardado en un cajón. Quería ser más que eso, quería ser yo mismo. Aun sin saber realmente quién habitaba mi interior.

Cruzada la cordillera, los chilenos me mostraron una cultura hermana e hicimos amistad con cada persona que el camino me cruzó. Al llegar al Océano Pacífico, este se presentó con personalidad propia. Tenía la gran masa de agua azul profundo a la vista durante todo el viaje. Y, sin imaginarlo, tras pedalear dos mil kilómetros en unos tres meses, llegaría al lugar que cambiaría mi vida para siempre.

Ahora me encontraba en la pequeña localidad chilena de Chañaral, enclavada en el desierto de Atacama sobre la costa pacífica. La aridez y el mar son la antítesis paisajística de mi tierra natal, Córdoba, totalmente húmeda y verde, con llanuras agrícolas y serranías de bosque nativo.

Paré en un restaurante pequeño sobre la calle principal y me dispuse a comer bien, hacía varios días que me alimentaba en acampe con arroz o fideos y atún enlatado. Mientras, analizaba en el GPS las posibilidades de pernoctar en el campin de Pan de Azúcar; faltaban unos treinta kilómetros para llegar a este parque nacional, y el recorrido desde Caldera pesaba en las piernas; me había sorprendido por la excesiva cantidad de subidas y bajadas en los últimos noventa kilómetros. ¿Seguir pedaleando unas horas más o quedarme por allí? Luego de comer me acerqué a la petrolera local y me puse a charlar con los trabajadores del lugar. Consulté si me podrían cuidar la bicicleta mientras dormía por allí, Pan de Azúcar ya no estaba al alcance de mis energías. Me dijeron que estaba frío para dormir afuera y me invitaron a usar el comedor para el personal, nadie lo utilizaba por la noche.

···

Me dispuse a dormir en el suelo de la sala interna de la estación de servicio y el sueño tardó en llegar. Entre las cuatro paredes blancas, escuchaba el traqueteo de un grupo electrógeno que había justo afuera de la habitación y por debajo de la puerta se filtraba el olor intoxicante a combustible. El suelo donde reposaba estaba más duro que de costumbre, pues mi próximo destino me llenaba de incertidumbre la cabeza y enfocaba así mi vista en el techo oscuro de la pequeña sala.

En un par de días, tras un paso breve por el campin del parque, se vendría la parte más dura de todo mi viaje en bicicleta: terminar de cruzar Atacama, el desierto más árido del mundo, recién comenzaba. De solo pensar en tamaño desafío, no podía pegar los ojos. Tenía una suerte de temor bloqueante con las áreas desérticas. Había cruzado los Andes, pero en ningún momento las subidas de las montañas me asustaron, era más bien un disfrute pleno de la ruta. Los grandes espacios sin poblaciones, en cambio, me generaban un terror particular; máxime cuando recordaba el tercer día de mi viaje cuando allá por enero, casi muero en un camino de cien kilómetros enteramente rectos. Aquel resultó ser totalmente arenoso y abandonado, con más de 40 °C de temperatura y el zonda1 no dejaba de soplarme en la cara. Ante la falta de sombras en esa región de chaco árido, casi muero deshidratado en el intento de llegar a la localidad de Chepes.

Además, no me dormía pensando en que iba a Pan de Azúcar con el dato de buscar a Satu y a Verito, a quienes tenía grandes dudas de poder encontrar. No sabía a qué se dedicaban, cómo lucían, dónde vivían y si eran o no reales. Que los busque en la caleta, me dijo un tal Lukilov. Era el comentario de un extraño, recibido mientras vendía postales en Viña del Mar, unos cuarenta días atrás. En aquel entonces ni siquiera sabía qué era una caleta, metido en mi saco de dormir, acostado en el duro suelo, no podía dejar de pensar que, tal vez, todo era mentira, que no los encontraría y sin esa parada tendría que pedalear casi ciento cincuenta kilómetros hasta el próximo destino… finalmente, el cuerpo cedió al cansancio del viaje y me dormí.

Me levanté temprano, desayuné y arranqué a pedalear en la Libertadora. Quería llegar con tiempo a la meta del día para buscar a Verito y al Satu. Encendí las luces, pues aún era de noche y comencé a pedalear. Avanzaba siempre concentrado en la conducta del corazón a través del pulsómetro, así regulaba el esfuerzo. A medida que iba aumentando la luz de la mañana, me sorprendí por el nivel de contaminación y basura que había a la salida de Chañaral, pero, a poco de pasar el cauce seco del Río Salado, comencé a sentir que me adentraba a un sitio único.

El paisaje terrestre estaba completamente seco, en la ruta casi no pasaban automóviles y, si bien nunca fui de detenerme demasiado en el camino, ese día no podía evitar parar de a ratos. A cada kilómetro recorrido había una foto imperdible, tanto para la cámara como para mi memoria. Playa los Amarillos compuesta de bajas y largas dunas que se funden en el mar o la Quebrada Castillo, de coloridos ferrosos como el norte jujeño. Frente a las montañas apareció Playa Blanca, cuyo magnetismo visual hizo que me saliera de la ruta e ingresara en dirección al mar. Dejé mi bicicleta posada contra un guardarraíl que impedía el paso vehicular y me senté a contemplar lo que mis ojos no podían creer.

El oleaje

baña de manera especial Playa Blanca,

como si quisiera lavarla

y mantenerla siempre pura.

El viento,

encajonado

sopla entre dos cerros,

socavando con fuerza la arena

que deposita en colinas de oriente.

Grandes rocas diseminadas

entre la espuma que avanza

simulan un desembarco.

Y su desolada tranquilidad

me hace sentir

que me encuentro en otro planeta.

Solo, con la naturaleza en un estado surrealista que desconocía hasta el momento, sentí ansias de compartirlo. Me emocionaba mucho que mi padre, allá en Córdoba, estaba cumpliendo años. La señal del celular llegaba y se iba desde que entré al parque, así que aproveché que allí tenía algo de señal para llamarlo. Entonces, largué al universo una suerte de hechizo que comenzó a hacer eco por todo el lugar:

—Pa, en este momento me gustaría estar con vos y festejar juntos, darte un regalo en persona. Como no puedo, te quiero regalar este día galardonado por los caminos que estoy pedaleando. Todo el viaje desde que salí de Argentina ha sido maravilloso, pero esta es la ruta más hermosa que vi en mi vida; el paisaje es paradisíaco y te puedo asegurar que voy a disfrutar al máximo este 9 de abril. El mejor día de mi vida hasta ahora va a ser aquel de tu cumpleaños.

Inmediatamente luego de cortar la comunicación, sentí el efecto de mis palabras y la alegría de mi padre, salté y grité correteando de satisfacción desde la bicicleta a la ruta y de vuelta a la playa, abriendo los brazos al cielo, como abrazando su inmensidad nublada. Quise acampar allí mismo de lo feliz que estaba. Luego recordé que estaba muy cerca de caleta Pan de Azúcar, faltaban solo unos seis kilómetros.

—Iré a ver qué tal el lugar y en todo caso vuelvo a esta playa —pensé.

Así que trabé nuevamente mis zapatillas en los pedales y comencé a girar con fuerza el engranaje que me había transportado a este sitio. Tras una cuesta bastante alta, observé a la distancia unas construcciones que podrían ser el campin que buscaba, la imagen, desde ahí arriba, era realmente increíble… el panorama general de desierto junto al mar me impresionaba, había una isla en frente y el mar cambiaba de tonalidades verdes turquesa a azules profundos. Disfruté de la bajada con el viento marino acariciándome el rostro y me acerqué a uno de los predios, donde pregunté por Verito y Satu. Un señor mayor me dijo que ellos vivían más adelante, tenía que seguir un poco más, la caleta estaba a un par de kilómetros de distancia. Así que continué, pedalear allí me conmovía profundamente y ahora iba aún más motivado porque estaba confirmada la existencia de los buscados por otra persona que no fuera el tal Lukilov.

No estoy seguro si era el lugar o el hechizo lanzado al hablar con mi viejo, pero el viaje estaba tornándose en una travesía espiritual. El agua poderosa y correntosa rompía la costa en colores limpios. Perdí de vista la isla, a la vez que el camino se desviaba un poco de la playa y cruzaba un roquerío. Tras otra bajada apareció el cartel verde refractario que, en letras blancas, indicaba “Caleta Pan de Azúcar”, por lo que giré apartándome de la ruta e ingresé a un conjunto pequeño de unas veinte casas, organizadas en dos calles internas, una plazoleta y muchos botes, todo a la vista por estar dispuesto en forma de gradas.

Ingresé subiendo entre las casas de madera de la calle más alta. El diseño se repetía en casi todas: un frente recto con puerta en el medio, una ventana de cada lado y un alero de unos tres metros que cubría todo el frente a modo de galería. Tras cruzar el caserío sin encontrar habitantes, llegué al sector más elevado, donde había cuatro casas que dominaban con la vista toda la bahía, la plazoleta y la caleta entera. Me bajé de mi bicicleta y contemplé de lejos que todos los vecinos estaban abajo, moviendo botes, fileteando pescado y cargándolos en un camión pequeño.

Una persona venía subiendo en dirección a mí. El hombre, de unos cincuenta años de edad, vestía un traje completo de neopreno de manera que solo se le veía el rostro en un círculo redondo de la capucha, llevaba en su mano derecha unas patas de rana y en la izquierda un arpón y unos pescados de gran tamaño. Caminaba con determinación y orgullo. No había nadie más a quien preguntar, así que me presenté y comenté mis intenciones.

—Vengo buscando a Verito y Satu, ¿sabe dónde viven?

—¿Y usted por qué motivo los busca? ¿Conoce a Verito? —El hombre me interrogó con seriedad, observando extrañado mi atuendo ciclista y la bicicleta cargada.

—Luki, el hijo de Verito, me dijo que pase por acá a saludarlos, estoy viajando hacia Colombia en la bicicleta —expliqué.

Su semblante cambió de inmediato a una sonrisa.

—¡Ah! ¡Usted conoce al Lukilov! Mire, ellos no están, se han ido a Santiago. Llegarán en unos días. ¿Ya comió?

Si bien ya había comido algo, me invitó a tomar té. El lugar estaba muy vivo, pronto el tumulto de gente que había abajo comenzó a subir cuando se fue el camión, cada uno volvía a su casa cargando cosas que no reconocía bien, pero parecían redes y elementos relacionados con la pesca. Este señor se presentó como Franco Bosquez, un cazador submarino. No tenía la menor idea de lo que eso significaba y, como leyendo mi mente, me explicó que no se dedicaba a la pesca, sino que buceaba y cazaba los peces bajo el agua. Quedé sorprendido ante la noticia de todo un nuevo mundo para mí, me parecía sumamente difícil, sino imposible, que existan personas con habilidad para cazar bajo el agua. Pero su traje, los pescados y el arpón que cargaba daban credibilidad a su historia.

Se fue hacia la primera de seis casas que había en ese sector alto de la calle. Lo seguí, empujando la cargada bicicleta. En la galería de afuera tenía una mesa, un largo banco de madera con unos almohadones y unas sillas. Le consulté dónde podía dejar mi vehículo y me explicó que allí nadie roba nada, que podía dejarla donde quisiera. Pensando que tal vez lo había ofendido con la pregunta, aclaré que solo consultaba para dejarla bajo algún techo, en caso de que lloviera durante la noche. El comentario causó la risa a carcajadas de Franco y de otras personas que andaban por allí que escucharon al paso.

—Aquí no llueve nunca, cumpadre —dijo uno que pasaba por la calle.

Igualmente, la dejé bajo el techo de la galería mientras el cazador puso los pescados sobre una tabla de madera y los fileteó prolijamente.

—Como está nublado, pensé que podría llover.

—Eso es la niebla que se llama camanchaca, pero se despeja al mediodía. Y este pescado es sierra o barracuda del pacífico.

Mientras preparaba la comida, me explicaba más sobre esa disciplina de buceo.

—Hay competencias también, ahora estoy aquí por trabajo, pero yo he participado catorce años en la selección chilena de caza submarina, salí tres veces campeón panamericano y una vez salimos campeones del mundo.

Me dijo que dicha actividad requería de mucho entrenamiento físico, especialmente correr para mejorar la apnea. Cuando estuvo listo el pescado frito, nos sentamos a comer mirando hacia la bahía y pude contemplar sin tiempo la hermosura de los cerros, el agua calma, la playa, la plazoleta o varadero de botes y decenas de aves alimentándose del mar al igual que nosotros. La sierra me resultó un pez especialmente sabroso.

—¿Se vende bien este pescado? —pregunté.

—Nosotros la pillamos para comer nomás; tiene mucha espina, entonces no se vende mucho. En otras caletas más al sur sí se dedican a eso. Acá hay pulpo y congrio, mayormente.

Aprendía del mar a ritmo vertiginoso, todo era nuevo para este argentino de tierra adentro. Conversando me contó que la vida del buzo es itinerante, que llegaba allí solo a trabajar y su familia vivía en Los Vilos y La Serena.

—Cuando vengo aquí, Ño Pato me presta la casa y duermo en un tráiler que está atrás —señaló una casilla rodante—. Él es un viejito que viene poco por la caleta y me trata como parte de la familia. Puedes armar la carpa por ahí entre las dos casas.

Luego de terminar el té y la sierra frita, Franco se estaba yendo a dormir una siesta cuando llegaron otros vecinos a los cuales me presentó.

—Este es Glen, pescador que vive aquí al lado.

Este dijo “éjale” a modo de saludo. Era el más viejo entre los presentes, de estatura alta, un poco encorvado, probablemente debido a los años de levantar redes, y llevaba puesta una gorra con visera plana.

—Él es mi primo Pollo, también es buzo y vive en la caleta.

Su primo era un poco más joven que él, de estatura baja, tez trigueña, cabello corto rizado y barba tupida.

—Este es un “che”2 que se vino de Argentina en bicicleta. —Me presentó—. Anda buscando a la Verito y al Satu.

—Vino por los “sueltos” —dijo Pollo—. Vai a tener que esperar, po, están en Santiago. ¿Traí carpa? Podi instalarla ahí al lado de donde Glen.

—Gracias, los voy a esperar, aunque depende de cuándo lleguen porque, en realidad, estoy de camino a Colombia. No creo que me quede más que un par de días.

—Viene de Viña, lo manda el Luki —dijo Franco a Pollo.

—¡Ah! Amigo del Lukilov —dijo Glen.

—El Lukilov, “non stop” —agregó Pollo.

Los vecinos rieron. Claramente, quien me enviaba era un personaje bien conocido del lugar. Presentados todos los que habitaban esa porción de calle, me puse a observar las actividades. Los marineros se quedaron hablando sobre cómo había ido la pesca y salí un rato a errar por allí donde el lugar me llamaba. Bajando por una calle irregular hacia la plazoleta, había un hombre. Se encontraba en la esquina del varadero de botes, en una pequeña casilla donde se cuelgan los pescados y se los destripa. Justamente estaba en ese proceso. Se presentó como Lisana y, sin dejar su trabajo, se puso a charlar.

—Se llama congrio, es un pescado exclusivamente chileno —explicó ante mi evidente curiosidad y desconocimiento—. ¿Andái paseando en la bicicleta?

Señaló con el cuchillo la Libertadora, que reposaba en la galería. Le comenté que me quedaría dos o tres días, porque había oído que existen varios trekking en el parque para hacer antes de seguir viaje.

—Sí, varios paseos para que hagai.

Conversamos un rato y seguí recorriendo el lugar. Cerca de caer la tarde los vecinos Pollo y Glen se pusieron a tomar tecito, cada uno en su galería. El primero preguntó si había comido y le dije que recién había tomado el té con Franco, pero que me sentaba a acompañarlo. Entonces vi que, con su tío, un hombre de unos setenta años llamado Roy, estaban comiendo sierra con marraqueta3 y no pude evitar sumarme. Ese pez era muy sabroso y solo lo había probado una vez en la vida, incluso si lo hubiera comido apenas unas horas antes, podría repetir. No sabía si referirme a él por el apodo o no, así que pregunté su nombre.

—Me llamo Héctor Tapia Bosquez, pero dime Pollo. Nadie aquí se conoce por su nombre. Todos tienen apodos.

En ese momento ingerí una pieza de sierra pensando que ya había sacado las espinas y me equivoqué, tuve que quitarlas una por una de la boca.

—Mira, weon4—Demostró cómo dejar una pieza totalmente sin espinas—.Lo cortai con la mano y quedan fuera las weas, simple la weá.

Por suerte ya sabía, por haber pasado un par de meses entre chilenos, que “weon” no representaba realmente un insulto. No más que “boludo” en Argentina. La sierra con marraqueta sería mi menú favorito en Pan de Azúcar. Mientras miraba los cerros y la bahía, les contaba de las aventuras que había pasado antes de llegar cruzando cuatro provincias argentinas, los Andes, y desde la quinta a la tercera región chilena.

—¡Excelente! —opinó Roy.

—Por la chucha quesoi aperrao5 —dijo Pollo.

Se hizo presente un gato blanco que no había visto antes. Subió a la mesa, al lado de Pollo y comenzó a maullar demandando sierra.

—Este es el gato Puntúo.

—¿Puntudo?

—Sí, que anda metío en todas partes.

—Hay que darle de comer —dijo Roy e ingresó a la casa.

Se escuchó que servía alimento en grano en un plato y el gato se fue rápidamente hacia el interior.

—El Puntúo se arregla solo, es un cazador.

Me quedé contemplando los cerros imponentes.

—Mira, en el cerro de allá hay un perro.

—¿Dónde? Hay un cartel que les prohíbe la entrada al parque.

—¡No, weon! Una forma de perro, ¿cachai?,6 que tiene los ojos, la nariz y la boca.

No veía la forma que estaba señalando, insistió bastante hasta que se rindió.

Con la caída del sol, todos comenzaron a irse a dormir. Allí los marineros viven con un ritmo de campamento, levantándose con el sol y acostándose con la llegada de la noche. El clima es bien cálido durante el día y a la noche baja la temperatura, pero sigue siendo templado. Así que, llegada la oscuridad, me metí en el saco y me recosté en el mismo banco de madera en el que tomábamos té con Franco más temprano. Este me dijo que, si quería, podría usar una habitación de Ño Pato, que ese lugar se veía muy incómodo para dormir.

—Sinceramente, lo encuentro muy cómodo —dije—, además, desde aquí puedo observar la noche de luna nueva.

Dejé de lado la carpa, el lugar era tan atrapante y su energía tan fuertemente invasiva que no quise abandonarlo. Me quitó al instante cualquier preocupación futura del viaje, el sonido del mar me arrullaba y la bahía me abrazaba de una manera aún incomprensible para mí. Desde mi partida guardaba en mis alforjas un gorro coya que no había utilizado nunca durante el viaje, no obstante, había sobrevivido a mi política de equipaje: solo llevar aquello que se usa, lo que no, se regala en el camino. Esta prenda, propia de la cultura andina, la había comprado en Jujuy y era una artesanía de lana de llama, con distintas tonalidades de color café y guardas geométricas; tenía la virtud de tapar las orejas y terminaba con dos cordeles que permitían atarlo ante un viento fuerte. Lo saqué y me lo puse como última prenda para descansar cómodo. Apenas cerré los ojos, quedé profundamente dormido.

Capítulo 2

PAN DE AZÚCAR

Amaneció nublado y me desperté con los primeros movimientos. Para darme vuelta ahí acostado y dentro del saco, tenía que moverme como una oruga, el banco no tenía más de treinta centímetros de ancho. Sin embargo, desperté como nuevo. Desde la galería de Ño Pato, escucho a alguien que me llama a tomar el desayuno en casa de Glen.

—Dale, che, ya se calentó la pava7—gritó una persona usando la tonada de la capital argentina.

Acudí dejando un gran desorden en el lugar, el saco de dormir en el banco y el equipaje diseminado sobre la mesa. Me uní a la reunión de los pescadores y participé de la escena, como diría mi padre, parecía un león despertado a bolsazos: cara de dormido, algunas lagañas y lo único que mitigaba la cuestión era mi gorro coya, que evitaba mostrar mi peinado desastroso. Glen me presentó a otro pescador apodado Nino, un cincuentón de cabello medio largo y nariz aguileña, quien vivía en Chañaral y viajaba todos los días a la caleta. Ciertamente, imitaba muy bien a un argentino de la capital, pero en Córdoba hablamos bien distinto.

—¿Te has venido a pura bici nomás hasta acá? Oye… ¿que no tienes señora que aguantai tanto pedaleando?

Comenzaron a reír a carcajadas.

—No te preocupí, aquí es común el hueveo —dijo Glen, aclarando la broma.

Pollo salió de su casa continuando con las risas.

—Ya está comiendo sierra el argentino.

La charla se puso seria y continuó entre ellos con los temas que oiría repetir a diario entre pescadores:

—¿Cómo está “la mar”?

—El manso viento sur había ¡lo que tuve que remar!¿Dónde pillaste los dorados ayer?

Escuchaba atentamente y aprendía toda clase de novedades. Al rato Nino observó que solo él y yo estábamos concentrados en el último pedazo de pescado que quedaba en el plato y con tonada argentina dijo:

—¡Comé, che! Yo sé que tuviste mala infancia.

Todos estallamos de risa con eso.

—Come como si hubiera pasado hambre —opinó Glen.

—Infancia dura —remató Pollo.

Me dio mucha gracia y reí con ellos porque realmente así parecía producto de mi voracidad y desparpajo. Además, haber viajado durante tres meses en bicicleta, pedaleando unas cinco horas por día, me tenía más flaco que nunca. Entonces, cuando levantaron todas sus tazas y se marcharon a buscar las cosas para empezar a trabajar, sucedió el regalo más grande que me daría Pan de Azúcar.

—Oye, Malinfancia, corre a buscar la carretilla que quedó allá al lado de la vara —ordenó Pollo—, anda rápido que hay que cargar el bote y salir.

Mi niño interno agradeció, al instante, el poder retribuir algo por la comida y, en consecuencia, salí corriendo a buscar la carretilla.

A partir de ese momento, pasé a ser Malinfancia, portador de una reluciente placa de pertenencia a la caleta. «Todos los habitantes tienen su apodo», recordé las palabras de Pollo. Así que me presentaría como tal, en lo siguiente.

Me convertí en cadete para las tareas que había en tierra. De esa manera aprendía a descabezar las sierras, destripar congrio, todo sobre la organización de la caleta, colaborando en embarques y desembarques de los muchachos.

—Malinfancia, cárgate el bidón de bencina8 y el traje. —Señalando la indumentaria de buceo—. Ubica todo en la carretilla y llévala para el bote chico.

Y así marchaba yo a cumplir lo más rápido posible.

—Malinfancia, llévate la basura que está ahí, a la entrada de la caleta, que es donde la pasan a buscar, así yo voy saliendo a la mar. —Indicó Glen luego de compartir el desayuno—. Te dejo abierta la puerta por si quieres ver tele.