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Confías en ellos para cuidar de tu hijo. Pero no deberías. Cada lunes después del colegio, además de a mi hija, Coralie, cuido a otros cuatro niños de su clase. Vamos al parque cuando hace sol y nos acurrucamos en el sofá a leer cuentos cuando llueve. De martes a viernes, son los otros padres quienes se encargan de ellos, incluida mi hija. Es perfecto: un círculo de cuidado infantil gratuito y amistoso. Pero esta mañana he recibido una nota anónima: «Conozco vuestros secretos más oscuros. Ninguno de vosotros es lo que parece. ¿Cómo habéis sido capaces de confiar los unos en los otros para cuidar a vuestros hijos? Disponéis de cinco días para decir la verdad. De lo contrario, habrá consecuencias». Estoy aterrada, llevo años ocultando mi secreto más oscuro, y no puede salir a la luz. Pero no soy la única de nuestro grupo que guarda secretos. ¿Revelar mi secreto servirá para proteger a mi hija, o nos pondrá en un peligro aún mayor? --- «¿¿¿PERO QUÉ ACABO DE LEER??? Increíble… No recuerdo la última vez que devoré un libro tan rápido. Absolutamente brillante… Una lectura adictiva, trepidante, absorbente y explosiva que te engancha desde la primera página hasta el fantástico desenlace». Bookworm86 ⭐⭐⭐⭐⭐ «Lleno de giros y completamente adictivo… Imposible de soltar… Fantástico, no quería que se acabara… Me tuvo totalmente enganchada». Little Miss Booklover 87 ⭐⭐⭐⭐⭐ «¡Ese final! Un giro detrás de otro. Me ha encantado». @bookscoffeemorebooks ⭐⭐⭐⭐⭐ «¡Lleno de giros que no vi venir! No podía dejar de leer… Increíble». Renita D'Silva ⭐⭐⭐⭐⭐ «Te lo vas a leer en un suspiro. Si te gusta Freida McFadden, vas a devorar este libro». Reseña en Goodreads ⭐⭐⭐⭐⭐ «Te deja con la boca abierta… Un thriller apasionante, lleno de giros, que me tuvo expectante todo el tiempo». Reseña en Goodreads ⭐⭐⭐⭐⭐
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Seitenzahl: 394
Veröffentlichungsjahr: 2026
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Círculo de mentiras
Círculo de mentiras
Título original: The Childminder
© Hayley Smith, 2024. Reservados todos los derechos.
© 2025 Jentas A/S. Reservados todos los derechos.
ePub: Jentas A/S
Traducción: Enrique Barrasa, © Jentas A/S
ISBN: 978-87-428-1436-9
Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin la autorización escrita de los titulares de los derechos de la propiedad intelectual.
Esta es una historia ficticia. Los nombres, personajes, lugares e incidentes se deben a la imaginación de la autora. Cualquier semejanza con hechos, lugares o personas vivas o muertas es mera coincidencia.
Queda prohibido el uso de cualquier parte de este libro para el entrenamiento de tecnologías o sistemas de inteligencia artificial sin autorización previa de la editorial.
First published in the English language in 2024 by Storyfire Ltd, trading as Bookouture.
—
Paramishijos:Nicola,JamesyJoel.
EL CÍRCULO DE CUIDADO DE NIÑOS
LUNES
Stacey (y su hija Coralie, de 7 años)
MARTES
Kim (y su hija Dulcie, de 6 años)
MIÉRCOLES
Rhiannon (y su hija Freya, de 8 años)
JUEVES
Nina (y su hijo Bobby, de 8 años)
VIERNES
Jarvis (y su hijo Hayden, de 7 años)
PRÓLOGO
Compórtate con normalidad.
Sonríe si puedes.
Habla del tiempo.
Es el primer día después de las vacaciones de mitad de trimestre, y voy a dejar a los niños en el colegio, como cualquier otro día. Nadie tiene ni idea de lo que sabemos sobre el fin de semana pasado. No es posible que sospechen nada; las escuetas noticias de los periódicos locales aún no revelan gran cosa, y su atención se centra en un asesinato cometido en una de las grandes casas del pueblo y no en lo ocurrido en la casa de la playa junto al mar.
—Buenos días a todos, bienvenidos.
El subdirector abre las pesadas puertas y todos pasamos.
Por lo general, la mayoría de los padres se dispersan rápidamente, les dan un beso a sus hijos y regresan corriendo a sus coches. Pero hoy no. Se forman corrillos. La gente quiere información, necesita saber lo que saben los demás.
Nosotros cuatro, sin embargo, evitamos el contacto visual mientras nos ocupamos de nuestros hijos: sus mochilas, sus fiambreras, las instrucciones para volver a casa…
Oigo: «Investigación de unasesinato» y «Desaparición». Esas palabras resuenan en todas las conversaciones. Tess, la coordinadora del círculo de cuidado de niños, camina hacia mí.
—¿Alguna novedad? —pregunta—. Me están preguntando todos los profesores.
—Ninguna —respondo—. Solo sé lo que han dicho los medios de comunicación.
Me dirijo hacia la puerta principal para huir.
—¿Habéis decidido quién cuidará a los niños el día que le toca a la persona de vuestro equipo que ha desaparecido?
«Desaparecido».
Hago fuerza para contener la bilis que se me ha subido a la garganta y parpadeo para alejar la imagen de la sangre corriendo entre los tablones del suelo, empapando la veta de la madera, saliendo de la herida como si nunca fuera a parar…
—Me encargaré yo. Todavía me quedan varios días de vacaciones en el trabajo.
—Vale. Bueno, mantenme informada —dice Tess, y por fin puedo girarme y exhalar entre dientes, abriendo los puños en los bolsillos mientras las puertas del colegio me llaman a gritos.
¿Cómo hemos llegado a esto? ¿Cómo es posible que un acuerdo que parecía tan buena idea nos haya dejado en tal estado de miedo?
¿Y cómo acabará todo?
Porque cinco adultos y sus hijos han pasado el fin de semana fuera.
Pero no han vuelto todos.
PRIMERA PARTE
UNO
El círculo de cuidado de niños era una iniciativa que se puso en marcha en el colegio de educación primaria hace un par de años.
Se trataba de un acuerdo voluntario —una alternativa estupenda a las costosas guarderías— y lo supervisaba una coordinadora que organizaba a todo el mundo en grupos según su disponibilidad. Había que firmar un acuerdo y comprobar los antecedentes penales para mayor protección y tranquilidad. Cada grupo se reunía antes de empezar para acordar una serie de normas, como no permitir películas o videojuegos inapropiados para la edad y respetar las dietas y las formas preferidas de disciplinar a los niños.
A cada miembro del grupo se le asignaba un día en el que debía recoger a los niños del colegio, darles de comer y entretenerlos hasta que sus padres los recogían a las seis. De este modo, todos los miembros del círculo disponían de cuatro días de guardería gratuitos después del horario escolar.
Parecía la solución perfecta.
Antes del inicio del curso, diecisiete padres interesados asistieron a una reunión con la coordinadora. Stacey permaneció de pie, nerviosa, en la puerta hasta que sintió un golpe seco en el hombro.
—Hola, me alegro de verte. —Rhiannon Ford sonreía genuinamente; su escultural cuerpo estaba enfundado en un ceñido mono azul.
—Vaya, Rhiannon, estás genial. —Stacey la miró de arriba abajo con admiración.
De repente, había alguien más junto a ellas participando en la conversación.
—¿Qué es esto, una reunión del equipo de ganadoras del Concurso De Baile Urbano de…? Dios mío, a saber de cuándo, no recuerdo en qué año fue.
—¡Nina! —Stacey se frotó la mandíbula en el sitio en el que acababa de iniciarse un tic al ver a otra amistad del pasado. Estuvo a punto de decir que había sido en el 2006, un año que nunca olvidaría. Pero no quería hablar de eso; no quería que recordaran lo que había pasado—. Tienes un niño, ¿verdad?
—Sí, un mocoso de ocho años con la actitud de un adolescente.
Rhiannon puso los ojos en blanco.
—Yo tengo una niña, qué os voy a contar…
Stacey se rio. Se había sentido aliviada al ver sus caras conocidas —ser sociable con desconocidos nunca había sido su fuerte—, pero entonces se dio cuenta de que había dado un paso atrás y se había rodeado el cuerpo con los brazos.
—No me puedo creer que estemos aquí las tres juntas de nuevo —dijo Nina, echándose hacia atrás el pelo oscuro y brillante—. Ha pasado mucho tiempo.
—Y ahora todas somos madres —dijo Rhiannon.
—Y todas buscamos que nos cuiden a los niños gratis —añadió Stacey—. Eso de los círculos parece buena idea, ¿verdad? Porque por aquí parece que no existen las guarderías vecinales.
Rhiannon asintió.
—Me he puesto en contacto con todas las que hay en un radio de cinco kilómetros para intentar conseguir una plaza para Freya, y están todas llenas.
—La coordinadora me debe un favor, voy a hablar con ella para que nos pongan en el mismo grupo —dijo Nina, guiñando un ojo—. Prefiero que se ocupe de Bobby alguien a quien conozco y en quien confío, porque si miráis a vuestro alrededor y os fijáis en quién os podría tocar…
Stacey y Rhiannon miraron en la dirección que Nina les indicaba con la cabeza, donde había una mujer con el pelo grasiento y un montón de tatuajes, con unos pechos turgentes que se salían de una diminuta camiseta de tirantes.
—¿Veis lo que quiero decir? —susurró—. El curso pasado mandó a la mierda a la directora en medio del patio. No querréis que ella sea vuestra niñera de los miércoles, ¿verdad?
—Dios mío, no —respondió Stacey—. Por favor, habla con la coordinadora. Estoy totalmente de acuerdo contigo.
Nina, fiel a su palabra, se encargó de todo, y las tres entraron a formar parte de un grupo perfecto con madres encantadoras que tenían casas limpias y caras. Stacey no tendría nada de qué preocuparse.
Por desgracia, hubo que hacer algunos ajustes antes de que empezara septiembre. Una de las madres de su círculo original se dio de baja porque había conseguido plaza en una guardería, y la disponibilidad de otra cambió, así que justo en el último minuto, y solo tres días antes de que los niños volvieran al colegio, Kim y Jarvis entraron a formar parte de su acogedor grupo.
Stacey llamó enseguida a Nina.
—¿No puedes mover ningún hilo? Porque, bueno, no me parece bien, la verdad.
—Sí, lo sé. No te fías de Jarvis, ¿verdad? Es padre soltero y todas pensamos lo mismo, ¿no? Creemos que los hombres no pueden cuidar a los niños de la misma manera que nosotras, las madres. Pero han comprobado sus antecedentes y no hay nada.
—Ya, pero no estoy segura de cómo le irá a Coralie con él. ¿Y si necesita ayuda para ir al baño o algo así?
—Oye, no te estreses. Coralie no tiene ningún problema con el personal masculino del colegio, ¿no? Piensa en Jarvis como si fuera un profesor. Es instructor en ese gimnasio pijo que hay cerca del parque comercial, así que de todas formas es una especie de profesor.
—Sé que piensas que estoy siendo irracional, pero… No sé… Ojalá no se hubieran marchado las otras madres del grupo. Porque Kim también es un poco… No es como nosotras, ¿verdad?
Nina se rio.
—¿Te refieres a que no es de clase media?
—No pienses que soy una clasista, pero…
—Todo irá bien, estoy segura. A lo mejor deberíamos esperar hasta mitad del trimestre para ver cómo nos va antes de empezar a quejarnos y pedir que nos asignen a otros padres. ¿Te parece bien?
Esperar hasta mitad del trimestre. Solo siete semanas.
A pesar de sus recelos iniciales ante los nuevos miembros y sus previsibles problemas de adaptación, el acuerdo pareció funcionar para todos. Stacey, Rhiannon y Nina toleraban a Kim y Jarvis sin comportarse de una forma demasiado cercana —consideraban el acuerdo de una forma estrictamente profesional— y no les dejaban entrar demasiado en sus vidas. Mientras sus hijos estuvieran seguros y bien cuidados, estaban contentas.
—Deberíamos celebrar nuestro éxito —declaró Nina, un mes después del comienzo de la iniciativa. Era la organizadora de eventos de Van Ryan’s, un elegante y moderno hotel a las afueras del pueblo, y con la excusa más insignificante te organizaba una fiesta—. ¡Una escapada junto al mar! Podemos irnos el primer fin de semana de las vacaciones de mitad de trimestre. Una quedada combinada con una actividad de refuerzo de confianza de equipo. Con alcohol, obviamente.
Nina siempre sabía lo que iba a funcionar y era muy respetada por una serie de clientes que utilizaban sus habilidades para organizar conferencias de empresa.
—Le he pedido un favor a un contacto que he hecho recientemente a través del hotel. Nos deja su propiedad costera un fin de semana, y es impresionante. Se trata de una casa de cinco dormitorios enorme justo al lado del mar.
Lo mejor era que no le costaría nada a nadie: Nina tenía algunos negocios en ciernes con su contacto, así que solo tendrían que dejar buenas reseñas cuando se publicara el anuncio en Booking.
—¿Dónde está? —preguntaron todos. Y siguieron preguntando.
Nina se dio unos golpecitos en la nariz.
La ubicación era un misterio.
—El primer ejercicio de refuerzo de confianza en un equipo es fiarse los unos de los otros —les dijo. Ella era así, le encantaba el poder y el control. Mantuvo el misterio hasta el último momento.
Hasta aquel último viernes a las seis, cuando coincidieron todos en casa de Jarvis, ya que le tocaba a él cuidar a los niños, no les dijo las coordenadas.
Tanto secretismo e incertidumbre deberían haber sido una bandera roja; deberían haberles echado para atrás.
Pero no fue así. Todos fueron.
DOS
STACEY
Lunes: cuatro días antes del fin de semana fuera
Stacey se puso unos vaqueros y un jersey de punto de color jade, ropa de diario para llevar a la niña al colegio; se alisó el pelo rubio, que le llegaba hasta los hombros, y se cepilló los dientes nacarados con un fingido aire de orden y eficacia, sintiendo su habitual punzada de ansiedad.
—Venga, cariño, termina de desayunar —le gritó a su hija Coralie desde el aseo de la planta baja, donde se estaba aplicando un maquillaje natural que le proporcionaba un cutis resplandeciente y le hacía brillar los ojos, no el tipo de maquillaje que se ponían las mujeres para salir por la noche. Quería que los profesores supieran que era una madre decente, no una de esas que iban al colegio en mallas o incluso en pijama.
Su marido, Xander, seguía arriba preparándose para irse a trabajar. La cantidad de esfuerzo que ponía siempre inquietaba a Stacey. Se echaba loción después de afeitarse. Se cepillaba los zapatos. E incluso se alisaba las cejas con un poco de vaselina. Stacey había observado momentos antes cómo se acicalaba con un malestar incierto en la boca del estómago a pesar de mantener una sonrisa en el rostro. Pero, cuando ella preguntó de forma despreocupada: «¿Para quién te estás poniendo así de guapo?», él se hizo el loco, encendió la radio y fingió escuchar lo que decía alguien a quien estaban entrevistando en el informativo. Era un tipo atractivo y ella sabía que en su oficina debía llamar la atención, pero aun así…
No podía evitar preocuparse por todo.
—Venga, Coralie —volvió a decir—. No queremos llegar tarde. Solo cuatro Cheerios más. Hazlo por mami, por favor.
Su teléfono recibió una notificación de WhatsApp. Era Nina, sugiriendo que la noche del sábado podría ser un momento para disfrazarse. A Stacey se le encogió el corazón. Metió el teléfono en el bolso y cogió el abrigo de Coralie del perchero.
Acababa de empezar a chispear cuando Stacey volvió del colegio. Había una carta en el felpudo: un sobre marrón con su dirección escrita a ordenador en una pegatina. Sospechó que se trataba de uno de los boletines informativos del círculo de cuidado de niños, como el del mes anterior, en el que se daban sugerencias de actividades, una receta para hacer plastilina casera y consejos para eliminar las liendres de forma natural. Lo llevó a la cocina y lo puso sobre la mesa sin abrirlo.
Otra notificación sonó en su teléfono. Era uno de los otros padres comentando el mensaje de WhatsApp anterior de Nina sobre los disfraces:
¿Va a haber alguna temática? ¿Halloween, tal vez? Porque entonces los niños podrían disfrazarse también.
«Vaya», pensó Stacey. Una cosa era que los niños se disfrazasen, eso no le importaba, pero ¿los padres? ¿De verdad?
Stacey no quería ir. Pero tampoco quería parecer una aguafiestas; era el tipo de persona a la que le gustaba llevarse bien con la gente y no defraudar a nadie. Así que, cuando todos los demás dijeron que irían, ella tuvo que decir que también iba.
El fin de semana era solo para los cuidadores y los niños. Cinco padres y cinco niños. Las parejas no estaban invitadas. Se suponía que era una oportunidad para que los adultos se hicieran amigos. Para hacer eso tan cutre que la gente llama «congeniar». No es que Stacey, Nina y Rhiannon lo necesitaran. Se conocían desde que estaban en secundaria e incluso hubo un tiempo en el que eran tan inseparables que se habrían descrito a sí mismas como «mejoresamigas», así que en realidad la intención era dejar entrar a Kim y Jarvis en su pandilla.
No. Pandilla probablemente no era la palabra adecuada. Eran otra cosa. Stacey era amable con todo el mundo y siempre tenía una sonrisa en la boca. Sabía aceptar una broma y no le importaba reírse de sí misma, siempre que la cosa no fuera demasiado lejos. Pero dudaba de la conveniencia de incorporar a Kim a su círculo social, porque estaba claro que procedían de entornos muy diferentes. Y luego estaba Jarvis…
Stacey encendió el hervidor y respiró hondo. Comprobó su Fitbit para ver si su ritmo cardíaco era normal. Había subido un poco, así que cerró los ojos mientras exhalaba despacio y se imaginaba a sí misma caminando descalza por un frondoso bosque.
Ping.
¿Podéis pronunciaros? ¿Estamos de acuerdo sobre la temática de Halloween?
Otro mensaje de WhatsApp de Nina. A veces era demasiado insistente y no tenía en cuenta que la gente estaba trabajando y que a lo mejor no tenía acceso al móvil.
Stacey ignoró el mensaje y vertió agua caliente sobre una bolsita de manzanilla que había dentro de su taza favorita.
Sentada a la mesa de la cocina, empezó a hacer una lista mental de las cosas que tenía que meter en la maleta para el fin de semana mientras cogía el sobre que había llegado antes por correo. Deslizó el pulgar bajo la solapa pegada y la abrió.
No era el boletín del círculo de cuidado de niños, sino un papel DIN A4 doblado.
Lo desdobló y se quedó mirando las palabras:
Conozcovuestrossecretosmás oscuros.
Ningunodevosotrosesloqueparece.¿Cómohabéis sidocapacesdeconfiarlos unosen losotrospara cuidara vuestroshijos?
Disponéisdecincodíasparadecirlaverdad.Delocontrario,habráconsecuencias…
Una nube negra pasó frente a los ojos de Stacey. El corazón se le subió a la garganta.
¿Qué era eso?
¿Quién lo había enviado?
¿Cómo lo sabía?
Volvió a leer la carta, sintiéndose mareada y sin aliento. Estaba escrita a ordenador en el mismo tamaño y tipo de letra que la etiqueta con la dirección de la parte delantera. Llevaba un sello normal. No había ninguna pista sobre su procedencia.
Todo su cuerpo temblaba; sentía la lengua hinchada, enorme.
¡No!
¿Cómo podía saberlo nadie? No era posible.
Cogió la carta y el sobre, y golpeó sin querer el asa de su taza, que se estrelló contra el suelo, salpicando té en sus pies y en sus tobillos. Adormecida, observó cómo el líquido caliente corría por los huecos que había entre las baldosas del suelo y los trozos afilados de loza esparcidos alrededor de sus pies.
¡Ping!
Un mensaje de Rhiannon:
¿Has recibido una carta muy extraña esta mañana?
La mente de Stacey se puso en marcha y se apresuró a marcar el número de Rhiannon.
—Sí, acabo de abrir una nota muy extraña —susurró—. Estoy aterrorizada. Parece una amenaza. No sé…, como si nuestros hijos pudieran correr peligro si no confesamos algo que hemos hecho. ¿Quién la ha enviado?
—Pues… He estado pensando… —la voz de Rhiannon sonaba como si tuviera una burbuja en la garganta— sobre todo lo que pasó hace tanto tiempo.
—¿Qué?
—Tú estabas allí, ¿no?
Stacey sintió un pinchazo en una de las sienes y cerró los ojos mientras una migraña se apoderaba de ella.
—¿De qué estás hablando?
Se hizo el silencio. Cuatro segundos. Cinco segundos.
Stacey tuvo la repentina idea de que el remitente podría ser en realidad Rhiannon. ¿Se había enterado de su secreto?
—¿Rhiannon? ¿Sigues ahí? ¿Has enviado tú la carta?
—¡Claro que no! ¿Por qué iba a enviar algo así? Acabo de recibir una, igual que tú.
—¡Vaya! Pensaba que…
—Debe ser algún tipo de broma. Probablemente sea cosa de Nina, como parte de su plan para que nos disfracemos el fin de semana. Algunas de sus bromas son un poco extrañas, ¿verdad?
—Sí —contestó Stacey.
—Quizá deberíamos tirar las cartas y olvidarnos de ellas.
—Una idea estupenda. Bueno, nos vemos luego, a la hora de la recogida.
Después de colgar, Stacey recogió del suelo la bolsita de té y todos los trozos de taza destrozados y los tiró a la basura; limpió el té derramado e hizo un ovillo con la carta y el sobre y lo tiró encima de los restos de su taza favorita.
No había nada por lo que preocuparse, ¿verdad?
Se dirigió al salón, se clavó los puños en las cuencas de los ojos y se dejó caer en el sofá, sucumbiendo a la migraña que se había apoderado de ella de repente.
Pero ¿y si la carta era real?
¿Y si era verdad que alguien sabía algo?
Los lunes por la mañana eran lo peor. Parecían ser un imán para el estrés adicional, cuando lo único que Stacey quería era que la vida fuera normal, rutinaria e incluso aburrida. Podía soportar el aburrimiento.
Miró la fotografía que colgaba sobre la repisa de la chimenea: Stacey, Xander y Coralie abrazados mientras sonreían a la cámara. La foto había sido tomada en el bosque una fresca mañana de otoño, durante uno de los fines de semana que habían reservado para estar en familia. En ella, el rostro de Stacey brillaba de felicidad. Parecía segura y completa, como si se hubiera perdonado a sí misma por lo que había hecho en el pasado.
Y Coralie. Su hermosa hija estaba allí, a su lado.
Tenía siete años y era la alegría de la vida de Stacey. De complexión delgada, miembros esqueléticos, ojos turquesa y suave cabello castaño peinado en dos trenzas. Le encantaban las cobayas, los burros y los bolígrafos de gel con tinta brillante, que habían manchado muchas prendas de su ropa de cama. Era tímida, pero siempre se reía a carcajadas de los chistes más cursis. El círculo de cuidado de niños la había beneficiado enormemente, proporcionándole confianza y nuevos amigos que se habían convertido en sus mejores aliados en el colegio.
El fin de semana fuera sin embargo… No lo pasarían en familia, como solían hacer. Stacey y Coralie lo pasarían con el resto del círculo de cuidado de niños.
Coralie estaba tan emocionada que no cabía en sí de gozo.
Pero Stacey…
Su reticencia anterior al fin de semana no era nada comparado con lo que sentía en ese momento. Porque esa carta… «Cincodíasparadecirlaverdad».
Tenía el presentimiento de que podía ocurrir algo malo.
Un presentimiento muy fuerte.
TRES
STACEY
Lunes: cuatro días antes del fin de semana fuera
La calle principal estaba tranquila. En la floristería, Stacey cogió flores resistentes de un cubo y esperó a que se las envolvieran en celofán. Esa rutina, en la que se alternaba con su madre, era algo que hacían todos los meses, desde la muerte de su padre hacía casi un año.
Salió con las flores en los brazos y vio a Jarvis saliendo del quiosco que había enfrente. Cabizbaja, empezó a caminar hacia el aparcamiento para que él no la viera. La evasión era clave con él; era la forma en que conseguían que el círculo de cuidado de niños funcionara de una forma profesional. Pero no tenía por qué preocuparse, él estaba absorto en una tarea en la que estaba utilizando un pequeño cuaderno o algo parecido. Un momento, no, tenía una tarjeta Rasca y Gana. Stacey observó como caminaba distraído, rascando con la moneda con mucha concentración. Puso la tarjeta en la parte de abajo del montón y empezó a rascar otra.
¡Qué sorpresa! Tenía un buen coche y una casa bastante grande, y se pavoneaba con ropa deportiva cara. No parecía el tipo de persona que hace ese tipo de cosas.
Justo antes de llegar al final de la carretera, a Jarvis se le dibujó una sonrisa en la cara y se dio la vuelta para volver a entrar en la tienda. Obviamente la tarjeta tenía premio.
En el cementerio, Stacey estuvo un rato limpiando la lápida. Se permitió pensar en su padre, recordando lo mucho que la quería y la mimaba. Siempre había estado dispuesto a llevarla a ella y a sus amigas a los concursos de baile, y las iba a buscar con una sonrisa en el coche después de sus actuaciones.
Hasta ese evento en el que pasaron un fin de semana entero, y todo salió mal.
Después, el sentimiento de culpa se apoderó de ambos; era como un balancín. Él seguía mortificándose en silencio por lo ocurrido y por el efecto que había tenido en ella en el colegio, pero Stacey también se sentía mal porque la vida de su padre se hubiera visto tan dañada por un favor que había hecho por ella y sus amigas.
Hablar de ello estaba fuera de lugar; era algo vergonzoso y había que enterrarlo. Tenía que recordarse a sí misma que su padre normalmente no era así, que había sido algo puntual. Dedos en los labios, ser una tumba… Stacey estaba acostumbrada a guardar secretos. Así tenía que seguir siendo por el bien de su madre.
Sin embargo, su padre nunca volvió a ir a ningún bar. Nunca probó una gota de alcohol, ni siquiera en casa, ni en Navidad. La humillación de perder su licencia y su trabajo lo envenenó, lo convirtió en una caricatura de sí mismo, y la luz que había en él se apagó.
Pobre papá. Stacey sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas. Colocó las flores en el jarrón e hizo una foto con el móvil para enviársela a su madre.
Había tres notificaciones esperando de mensajes que debían haber llegado mientras conducía. Todos eran de Nina.
¿Has recibido una carta muy extraña? ¿En un sobre marrón y con un sello?
A continuación, estaba el segundo:
¿Tú crees que es real?
Y el último:
Espero que no sea cosa tuya, porque no tiene ni pizca de gracia.
Stacey se estremeció al volver a guardar el teléfono en el bolsillo, consciente de repente de lo frío que soplaba el viento. Estaba claro que Nina no era la remitente de las cartas, ya que había recibido la misma misiva que ella y Rhiannon.
Pero, si Nina no las había enviado, ¿quién lo había hecho?
El mejor momento para hacer una gran compra en el supermercado era a primera hora de la tarde de un lunes. Los pasillos estaban despejados y no había el ajetreo de los jueves después del trabajo. Stacey era bastante metódica y siguió su lista al pie de la letra, colocando cada artículo ordenadamente en su carrito.
Una vez fuera, metió las bolsas de la compra en el maletero del coche y volvió a dejar el carrito en su sitio. Una figura familiar en el cajero automático llamó su atención. Reconoció la parka verde que llevaba siempre y las botas tipo Dr. Martens de imitación de un color marrón apagado. Era Kim.
Stacey la observó mientras colocaba el carrito en la fila. Kim estaba enfrascada en las indicaciones de la pantalla, pulsando botones, sacando su tarjeta y… Vaya, sacando bastante dinero. Stacey la vio retirar un grueso fajo de billetes y meterlo en el bolso. Como no quería enzarzarse en una conversación con ella porque podría acabar teniendo que llevarla a algún sitio, Stacey se apartó con rapidez para volver al coche antes de que Kim reparara en ella.
De vuelta en casa, Stacey sacó la carta del cubo de basura. A pesar de su determinación de olvidarse del asunto, alisó el papel y volvió a leerlo, porque ver a Kim sacando todo aquel dinero del banco había puesto su cerebro a pensar en otra posibilidad.
«Conozcovuestrossecretosmás oscuros…».
¿Era una carta para hacerle chantaje? ¿La que había recibido Kim era igual?
Stacey tenía una cuenta de ahorros conjunta con Xander. Y no había ninguna fortuna allí, solo dinero que ahorraban regularmente para pagar vacaciones en el extranjero o mejoras en la casa. Si sacaba una gran cantidad —y parecía que Kim había sacado cientos de libras—, seguro que Xander se daría cuenta.
¿Habría más cartas para exigir algún tipo de rescate por no desvelar su oscuro secreto? ¿Sería más fácil rendirse y confesar?
Dios santo, no.
No podía hacer eso.
Con la imagen del bello rostro de Coralie en la mente, volvió a arrugar la carta y la tiró a la basura.
Su marido. Xander. ¿Podría la carta anónima estar relacionada con él? Había algo en su relación que no encajaba. Llevaba unas semanas preocupada por si Xander tenía un lío. Tal vez fuera una compañera de trabajo, el mes pasado habían contratado a un par de personas nuevas en el Departamento Comercial. Les dieron un cursillo en el que Xander impartió un taller, y después todos fueron al bar a tomar algo. Llegó a casa tarde y desaliñado, y no paraba de recibir mensajes en el móvil que le hacían sonreír.
«Basta ya. Deja de pensar así». Parecía estar volviéndose loca de celos.
Quizá le vendría bien una escapada de fin de semana, aunque solo fuera para alejarse de sus rutinas habituales. A lo mejor volvía a casa con una mente más fresca que no analizara continuamente cada frase y cada silencio de Xander. Dicen que la ausencia hace que el corazón se vuelva más cariñoso…
Quizá en realidad no fuera una experiencia tan dura como pensaba.
La casa estaba en silencio. Había una mancha azul en el cielo y la brisa había amainado. Stacey se preparó otra manzanilla en su segunda taza favorita y se la llevó fuera, a una pequeña zona del patio trasero donde podía aspirar los olores de las hierbas aromáticas plantadas en macetas: romero, lavanda, salvia y mahonia. Ese era su espacio zen, su jardín del Edén. Envolviéndose los hombros con una manta de lana, se sentó en su silla de mimbre colgante y cerró los ojos, escuchando atentamente el relajante tintineo del carillón de viento y sintiendo cómo el débil sol besaba con suavidad su rostro.
«Deja a un lado el estrés de tu vida —se dijo a sí misma—. Y respira».
Los cinco niños estaban muy animados cuando Stacey los recogió en el colegio y hablaban con entusiasmo del fin de semana que les esperaba.
—Nuestro hotel está junto a la playa —les dijo Bobby—. Mi madre me ha enseñado fotos.
—Pero no es un hotel —lo corrigió Coralie—, porque en los hoteles sirven comida a la gente. Vamos a ir a una casa y tendremos que compartir habitación.
—¿Quieres ser mi compañera de habitación? —le preguntó Dulcie a Coralie—. ¿Podemos dormir en literas?
—Creo que se ha decidido que todos los niños duerman con sus padres, porque las habitaciones tienen camas de matrimonio —informó Stacey a los niños.
Se oyó un gemido colectivo de decepción y Stacey se echó a reír.
—Entonces, no podremos celebrar fiestas a medianoche —dijo Freya con voz triste.
—Va a ser muy divertido hagamos lo que hagamos —los tranquilizó Stacey. Agarró las manos de Coralie y Freya, y alzaron los brazos mientras caminaban por delante de las tiendas.
Hayden las vio e intentó hacer lo mismo con Bobby y Dulcie, pero Bobby retrocedió y tropezó con el borde de la acera.
Se oyó un ¡piiiii! mientras un coche chirriaba al frenar en seco. En la conmoción del tráfico, un ciclista cayó de lado y su bicicleta rozó contra el bordillo. Una mujer que estaba en la parada del autobús pegó un grito.
—¡Bobby! —Stacey soltó a Coralie y Freya y corrió a apartar a Bobby de la carretera.
—Mantén a tus putos hijos fuera de la carretera —gritó un hombre a través de la ventanilla abierta de un coche—. Podría haberlo matado.
Stacey estaba demasiado aturdida para responder. Observó con el corazón palpitante cómo el ciclista ajustaba el sillín y daba un saltito para volver a subirse a la bicicleta.
—¿Mamá? —dijo Coralie mientras le tiraba del brazo—. Mamá, Bobby está llorando.
Stacey abrazó a Bobby con brazos temblorosos.
—Ay, Bobby, ¿estás bien?
Él asintió y gimoteó, secándose las lágrimas con furia.
—Yo no quería meterme en la carretera. Me ha empujado Hayden.
—Mentira —declaró Hayden, pálido e inflexible—, te has salido tú solo.
—No, no lo he hecho. —Bobby estampó un puño en el pecho de Hayden.
—Basta ya, niños. No os peleéis. —Stacey se interpuso entre ellos.
Dulcie los observaba a todos mientras se mordía la uña del pulgar.
—¿Se lo vas a decir a su madre?
—¡No ha sido culpa mía! —gritó Bobby.
—No se lo diremos a nadie —dijo Stacey—. Por suerte, no te has hecho daño, así que nos iremos a casa a hacer unas galletas para olvidarnos de lo que ha pasado.
—¿Tenemos que mantenerlo en secreto? —preguntó Dulcie.
Stacey se estremeció al oír la palabra «secreto». Miró a su alrededor. ¿Había visto alguien lo sucedido? ¿Estaba alguien analizando su capacidad como cuidadora? ¿Había alguien vigilándola? Rápidamente, apartó a los niños de la carretera para caminar sin peligro hasta su casa.
La mesa de la cocina estaba llena de boles, cucharas, gotas de masa y harina. Había magdalenas en el horno y cáscaras de huevo en el suelo, y Stacey estaba intentando limpiar con un estropajo una mancha de la falda del uniforme de Freya.
Se oyó el ruido de la puerta principal y apareció Xander, agitando una botella de vino en la mano.
—Hola, llegas temprano. —A Stacey se le iluminó la cara y se acercó para besarlo—. ¡Qué sorpresa!
—La reunión se ha cancelado, así que se me ha ocurrido salir antes. —Xander se quitó la corbata y observó el desorden—. ¿Todo bien, niños?
—A Bobby casi lo mata un coche —dijo Freya.
—Cállate —dijo Hayden mientras removía el chocolate derretido.
Dulcie punzó a Freya en el brazo.
—Se supone que es un secreto. ¿Te acuerdas?
Xander miró a Stacey con las cejas enarcadas.
—No ha sido nada. Bobby tropezó con la acera y el conductor de un coche hizo sonar el claxon. Eso es todo. —Stacey cogió la botella de vino y la metió en la nevera—. Pensé que no merecía la pena mencionárselo a los padres. Bueno, a Nina. Ya sabes cómo es.
Bobby levantó la vista. Xander le dedicó una sonrisa.
—Creo que iré a cambiarme. A lo mejor me quedo arriba viendo la tele mientras termináis esto.
Salió de la cocina mientras Stacey abría el horno, dejando escapar una nube de vapor.
Hubo un repentino alboroto cuando Dulcie tiró al suelo el tarro de chispitas de colores.
—No pasa nada, no te preocupes. —dijo Stacey para tranquilizarla, mientras Freya le decía que era una estúpida.
El caos se había apoderado de la cocina. Stacey miró el reloj; faltaba otra hora para que los padres fueran a recoger a sus hijos, y lo único que ella quería era sentarse en su jardín del Edén con una copa de vino en la mano. ¿Estaría muy mal si salía fuera cinco minutos para tomarse un respiro?
Pero ella sabía que no lo iba a hacer. Porque si los otros padres no podían confiar en ella para cuidar de sus hijos, ¿cómo iba a confiar Stacey en ellos para cuidar de Coralie?
—Venga. —Con la pequeña chispa de energía que le quedaba, reunió al grupo y cogió el cepillo y el recogedor—. Vamos a empezar a limpiar todo esto.
Rhiannon fue la primera en llegar, dos minutos antes de la hora. Todos los niños esperaban en el vestíbulo con los abrigos puestos y una magdalena decorada en cada mano.
—¡Mamá! —Freya le ofreció un amasijo pegajoso.
—¡Qué buena pinta! —Rhiannon sonrió complacida a Stacey, antes de bajar la voz—. ¿Alguna idea más sobre lo que estuvimos hablando antes?
—¿Te refieres a la carta?
Pero no pudieron seguir hablando de ello, ya que Jarvis y Nina llegaron justo en ese momento. Bobby miró nervioso a todo el mundo mientras lo conducían hacia el coche de su madre, que estaba en la acera con las luces de emergencia encendidas. Nadie mencionó el cuasiaccidente.
Kim corría desgarbadamente por el otro lado de la carretera mientras Jarvis se llevaba a Hayden.
—Llega un poco tarde otra vez, ¿no? —dijo Dulcie, consciente de que su madre siempre era la última en llegar.
—Esta vez solo se ha retrasado cinco minutos —dijo Stacey, lo bastante alto como para que Kim la oyera mientras llegaba a la puerta, jadeando pesadamente e intentando disculparse entre respiraciones.
—Lo siento. Ha sido un día de locos.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Stacey, aunque en realidad no quería saberlo—. Hasta pronto, cariño —le dijo a Dulcie, mientras le ponía una mano en la espalda para animarla a salir por la puerta principal.
Se hizo un silencio incómodo durante unos segundos y Kim parecía a punto de decir algo importante, pero luego cambió de opinión.
—Gracias, Stacey. —Se llevó a Dulcie y Stacey cerró la puerta tras de sí.
Coralie se acercó a la base de las escaleras y gritó:
—¡Papá, ya puedes bajar!
Stacey fue a la nevera a por la botella de vino.
CUATRO
EL FIN DE SEMANA FUERA
Viernes: la primera noche del fin de semana fuera
—¿Qué demonios te has hecho en la cara? —pregunta Nina cuando llega a casa de Jarvis el viernes a las seis para recoger a Bobby—. Parece que te ha atropellado un autobús.
—Lesión por correr, me he caído de bruces sobre el bordillo —responde Jarvis, tocándose cuidadosamente con la mano un hematoma extremadamente doloroso—. Debería haberme atado los cordones con un nudo doble. —Levanta la mano izquierda para mostrar el vendaje que lleva en los nudillos e intenta guiñar un ojo, pero no lo consigue por el estado en que se encuentra.
—Bueno, lo que necesitas para curar eso es agua de mar y vino. Y este fin de semana tendrás las dos cosas. Espero que hayas hecho la maleta y estés listo para salir.
—Por supuesto. En cuanto me digas las coordenadas.
Nina se echa el pelo oscuro hacia atrás y mueve un dedo.
—Ten paciencia. Os lo diré a todos en cuanto lleguen los demás.
Lleva todo el día esperando la dirección; se la han mandado justo cuando ha aparcado delante de la casa de Jarvis y la ha escrito en papelitos para todos.
No van a esperar mucho tiempo. En cuestión de segundos llega el coche de Stacey, seguido de cerca por el de Rhiannon.
—¿Adivina a quién estamos esperando? —dice Nina, con bastante sarcasmo—. Otra vez.
Pero, justo cuando acaba de hablar, aparece Kim, avanzando por la carretera con una pesada mochila a la espalda.
—De acuerdo —dice Nina con una sonrisa. Entrega un papel a Jarvis, otro a Rhiannon y otro a Stacey—. Ahí tenéis las coordenadas para que las introduzcáis en el GPS. Al parecer, hay muchos sitios para aparcar en la carretera, delante de la propiedad, que se llama Casa Kittiwake. Buen viaje a todos.
Jarvis estudia las letras y los números con curiosidad.
—¿La casa está en Hull?
Stacey aún no ha mirado su papel. Está reorganizando el maletero de su coche para poder meter la mochila de Kim.
—¿Hull? ¿Nos vamos de vacaciones a Hull?
—Dios mío. —Rhiannon se echa a reír—. ¿Es otra de tus bromas, Nina?
—¿Qué? ¿Hull? —Desconcertada, Nina se sube al coche y teclea las coordenadas en su GPS, preguntándose si el propietario de la casa de vacaciones le está gastando una broma.
—Me estás asustando. Odio las sorpresas. —Freya tira de la mano de su madre, Rhiannon, desesperada por entrar en el coche para que puedan marcharse de una vez.
Jarvis y su hijo, Hayden, están dentro del coche, con el motor en marcha.
—Bueno, nos vemos allí.
***
Stacey y Kim se han quedado sin temas de los que hablar en los primeros diecisiete minutos de viaje. El declive de la calle principal. El ajetreo del tráfico de cercanías de los viernes. La previsión meteorológica para el fin de semana y la gravedad de la inminente tormenta. La emoción de los niños: «No han hablado de otra cosa en toda la semana, ¿verdad?».
Después de eso, un pesado silencio se cierne sobre ellas mientras Stacey sigue las instrucciones del GPS. Aún no sabe dónde acabará su viaje. Supone que en algún lugar cerca de Hull. Las niñas, Dulcie y Coralie, charlan con naturalidad en los asientos traseros, sobre el colegio, sobre un baile que han estado haciendo en casa de Rhiannon y sobre las cosas divertidas que van a hacer en la playa.
—Qué ganas tenía de que llegara este fin de semana —dice Kim—. ¿Tú no?
—Bueno… —Stacey se encoge de hombros—. Se me ocurren cosas mejores que hacer.
—¡Oh! Pensé que sería una buena idea, por eso se lo sugerí a Nina.
—¿Tú lo sugeriste?
—Sí. ¿No os lo dijo? Fue idea mía desde el principio. Ella solo se ha encargado de la organización.
Stacey resopla.
—Bueno, Nina es así. Siempre intenta llevarse el mérito de todo.
—No pasa nada. Lo importante es que vamos a pasar tiempo juntos.
Stacey no contesta. No quiere que Kim asuma que son algo más que miembros de un grupo que tiene un acuerdo mutuo.
—Parece que conoces bastante bien a Nina y Rhiannon —comenta Kim—. ¿Sois amigas fuera del círculo de cuidado de niños?
—Las conozco desde hace muchos años —responde Stacey—. Éramos compañeras de clase en secundaria. Teníamos un grupo de baile y ganamos un premio. ¿Te lo puedes creer? Aunque después perdimos el contacto —mira por encima del hombro mientras se incorpora a la autopista— durante unos trece o catorce años por lo menos, hasta que Nina y Rhiannon volvieron al pueblo. Así que no somos amigas íntimas, como cuando éramos adolescentes. Será la primera vez que socialicemos juntas desde los tiempos de nuestras discotecas escolares. —Suelta una carcajada.
—¿Y conocías a Jarvis de antes?
—¿Antes de qué? —Stacey pisa el freno de golpe cuando un coche se mete en el hueco de delante.
—Antes del círculo de cuidado de niños.
Hay una pausa mientras Stacey mira por el retrovisor.
—No.
Vuelve el silencio, aunque las niñas siguen parloteando detrás de ellas. Sobre los profesores que les caen bien. Sobre los profesores que te regañan por hablar. Sobre un niño que se llama Euan que enseñó el culo en plena clase de educación física, aunque ninguno de las dos lo vio.
Stacey enciende la radio y baja el volumen hasta que se convierte en ruido blanco. Kim se muerde las uñas mientras mira por la ventanilla del copiloto. El mundo se desliza a su lado: camiones que trasladan pilas de palés; coches cuyos conductores cantan a pleno pulmón; una familia que permanece abatida en el arcén, junto a su vehículo, con una rueda pinchada.
Entonces empieza a llover a cántaros. Stacey pone los limpiaparabrisas a máxima potencia y reduce la velocidad.
—Qué mal tiempo hace —comenta Kim—. Espero que no nos acompañe.
Avanzan con cuidado, con el ruido del agua golpeando el coche y el viento racheado empujándolas hacia el carril central. Kim mira en el asiento trasero para asegurarse de que las niñas llevan bien abrochado el cinturón.
—Háblame de ti —dice Stacey—. ¿Siempre has vivido en el pueblo?
—No, no. Nos mudamos aquí hace solo un año, porque había cosas que me convenían. Casa. Trabajo. Y un buen colegio para Dulcie.
—¿Dónde vivíais antes?
—¿Dónde no he vivido? —Kim cuenta con los dedos—. Nací en Lincoln. Luego nos trasladamos a un antro en Nottinghamshire. Después, a Sheffield. Luego, a Grimsby. Luego, a Derbyshire; a la peor zona, donde están todas las drogas. Luego a… Espera, ¿he mencionado Doncaster? Creo que no; en Doncaster estuvimos después de Grimsby.
—Parece que te has movido un poco —dice Stacey—. Mis padres nunca se han cambiado de casa. Me fui a la universidad, pero solo un año, porque me entró morriña y lo dejé; así que volví con mis padres, y allí estuve hasta que me casé y compramos la casa donde vivimos ahora. La verdad es que soy una chica de barrio.
—Ojalá yo hubiera podido serlo también. —Kim se encoge de hombros y se mira las uñas recién mordidas en la penumbra del coche—. Mi madre murió cuando yo tenía siete años, así que acabé en un centro de acogida.
—Vaya, eso es horrible, Kim. ¿Por eso te mudabas tanto?
—Sí. Hogares de acogida, hogares infantiles, pisos compartidos… No fue una vida fácil. Por eso me he propuesto darle a Dulcie la mejor que pueda. He conseguido que asista a un buen colegio y trabajar para vivir en vez de depender de las prestaciones.
—Pues lo estás haciendo muy bien. Dulcie es una niña encantadora. —Stacey tiene un momento yin-yang en el que se siente mal por juzgar a Kim, pero disfruta recopilando esa nueva información, sabiendo que causará revuelo cuando se la transmita a Nina y Rhiannon—. Has tenido suerte con tu casa, ¿no? He oído que vivís en la parte bonita del pueblo.
Kim resopla.
—¿Eso es lo que dice la gente?
—Bueno, me han contado que…
—Hay muchos cotilleos sobre mí, ¿no? Siempre los ha habido. La gente hace suposiciones por mi aspecto y normalmente lo que piensan no es nada bueno. Seguro que a ti no te pasa, ¿verdad?
La cara de Stacey se ha sonrojado y no puede contestar. Sube un poco el volumen de la radio e intenta tararear Rock DJ, de Robbie Williams. Kim se muerde las uñas de la otra mano. Las niñas están jugando a piedra, papel, tijera.
El GPS les dice que faltan cincuenta y un minutos.
Implacable, la lluvia se lanza sobre ellas como si quisiera impedirles llegar a su destino.
***
—Cariño, léeme las letras y los números para que sepamos a dónde vamos.
Freya le dicta a Rhiannon las coordenadas en un tono claro y serio, y ella las introduce en el GPS, a la espera de señal. Cuando el dispositivo termina de cargar, minimiza la pantalla para ver la ubicación final.
El nombre del lugar está delante de ella. Se le contrae el pecho. Una sensación fantasmal de ardor en la garganta le provoca arcadas.
¡Dios mío, no! No puede ser.
—Venga, mamá. —Freya se mueve inquieta en el asiento trasero—. Ya se han ido todos los demás. Vamos a llegar las últimas.
Rhiannon exhala y se frota la cara con las manos. No puede volver a ese lugar.
—¿Mamá? Tenemos que salir ya.
—Freya, cariño, no sé… No me siento muy bien, pero…
—¡No! ¡Mamá, tenemos que irnos!
—Es que… creo que no me encuentro bien para hacer el viaje.
—¡No! No puedes cancelar el viaje. Va a ser muy divertido. —Su rostro se arruga con la amenaza de las lágrimas.
Rhiannon se acerca al asiento trasero para acariciar la pierna de Freya.
—Escucha, mañana podemos hacer algo divertido, como pasar el día fuera e ir a tomar helado… o ir a la granja escuela. Te gusta mucho ir allí, ¿verdad?
Pero Freya ya está llorando. Su corazón roto hace aguas.
«Respira, respira, respira», se dice a sí misma Rhiannon, cerrando los ojos.
—Mamá, quiero ir con los demás —dice Freya sollozando—. Ya se ha ido todo el mundo.
«¿Estoy siendo egoísta e irracional? —piensa Rhiannon—. Porque ¿qué podría pasar si vuelvo allí? ¿No será peor si no aparezco?».
—No me apetece ir a la granja escuela. Quiero ir a la playa con todos mis amigos. —Freya, herida por la decepción, tiene la cara roja y húmeda.
¿Cómo puede Rhiannon decepcionarla así? ¿Cómo puede tener miedo de un lugar? Ir allí no puede hacerles daño. Y después de tanto tiempo es imposible que las arresten allí, ¿verdad? Probablemente el incidente ya ha sido olvidado y solo existe en sus remordimientos.
—Está bien, cariño. Venga, no llores. Me he sentido mal de repente y he pensado que a lo mejor deberíamos quedarnos en casa, pero ya estoy bien. Podemos irnos. Iremos a pasar unos días a la playa con todos los demás.
El humor de Freya cambia en un instante.
—¿Nos vamos? ¡Viva!
—Nos vamos —dice Rhiannon—, así que alegra esa cara ahora mismo.
***
A Nina se le hace un nudo en la garganta cuando arranca el coche. Ese lugar. Van a volver a ese lugar. ¿Qué probabilidades hay?
Dios mío, qué recuerdos… Nina, Rhiannon y Stacey hace dieciocho años: las tres maquilladas, con tops, pantalones cortos con medias por debajo y poniendo morritos mientras bailaban lo que ellas consideraban el baile más guay del concurso.
Nina recuerda la escena con nostalgia. La euforia por ganar y la satisfacción de sentir el peso de una medalla alrededor del cuello.
