Círculos concéntricos - Bartolomé Zuzama - E-Book

Círculos concéntricos E-Book

Bartolomé Zuzama

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Beschreibung

Nada haría presagiar a Ramón Valcárcel que los extraños sueños vividos como reales desde pequeño, y su pasión por la historia, le abrirían las puertas de los servicios de inteligencia británicos. Acompañado por Marjorie, de la que está profundamente enamorado, viajará en el tiempo hasta la Málaga de principios del siglo XX, para investigar un asesinato que le mostrará cómo los hechos del pasado pueden acabar repercutiendo en nuestro presente. El Cementerio Inglés de Málaga, el Trinity College de Dublín, el inicio y la actualidad de los servicios de inteligencia del Reino Unido y Alemania y la manipulación histórica se entrelazan con un amor trágico entre personas con ideales confrontados, que determinará el futuro como investigador del protagonista.

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Seitenzahl: 397

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Ähnliche


 

 

Círculos Concéntricos

The Spanish Dreamer

Bartolomé Zuzama

 

 

Primera edición: marzo de 2023© Copyright de la obra: Bartolomé Zuzama© Copyright de la edición: Angels Fortune Editions

Código ISBN: 978-84-126725-0-3Código ISBN digital: 978-84-126725-1-0Depósito legal: B 4509-2023Corrección: Juan Carlos MartínDiseño y maquetación: Cristina LamataEdición a cargo de Ma Isabel Montes Ramírez

©Angels Fortune Editions www.angelsfortuneditions.com

Derechos reservados para todos los países.No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni la compilación en un sistema informático, ni la transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico o por fotocopia, por registro o por otros medios, ni el préstamo, alquiler o cualquier otra forma de cesión del uso del ejemplar sin permiso previo por escrito de los propietarios del copyright.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, excepto excepción prevista por la ley».

 

 

CÍRCULOS CONCÉNTRICOS

 

El inicio de una investigación es como si lanzaras una piedra a un estanque. Nunca sabes qué efecto producirán los círculos concéntricos generados ni dónde.

 

PRÓLOGO

 

En el momento en el que historias que habían permanecido ocultas salen a la luz, muchas personas piensan que quien lo ha conseguido son renombradas instituciones o agencias gubernamentales con recursos casi ilimitados y amplios poderes. Nada más alejado de la realidad. Quien abre las ventanas para que penetre la luz necesaria para conocerlas suelen ser investigadores anónimos que, por lo general, arriesgan mucho, sin apenas beneficios.

Al lanzar una piedra a un estanque, los círculos concéntricos de las ondas producidas pueden generar, involuntariamente, cambios en lugares muy alejados del punto de impacto.

Las nuevas tecnologías son un arma muy potente en manos de un buen investigador y el pasaporte a un mundo de redes interconectadas de información.

 

CAPÍTULO 1: OBERTURA TRÁGICA

Málaga, diciembre, 1900

 

La mañana del 17 de diciembre comenzó como cualquier otra. Antes de dirigirse a su puesto en el Palacio de la Aduana pasó por la Plaza de la Constitución y entró en La Loba, uno de los mejores cafés de Málaga. Esa cotidiana actividad matinal era, de forma inconsciente, una manera de reivindicar su nuevo estatus social como funcionario público, una situación por la que suspiraban muchos en los tiempos que corrían.

Se dirigió a su mesa habitual, a esas horas siempre libre, y pidió al camarero un café con leche y unos tejeringos. Mientras los degustaba sin prisas, llegó a sus oídos la conversación que mantenían unos parroquianos, sobre un suceso ocurrido la noche anterior. En Málaga cualquier noticia corría como la pólvora, pero si incluía el asesinato de alguien de la buena sociedad, con mayor motivo.

Alfonso Román llevaba apenas un año destinado en la Comisaría Provincial de Málaga como inspector del Cuerpo de Vigilancia, pero al haber nacido en la ciudad estaba al tanto de muchos de sus secretos. También era consciente de la desesperada situación por la que pasaba gran parte de la población. El final de siglo estaba siendo muy duro para los malagueños, por la plaga de filoxera y el ocaso de la producción metalúrgica y textil, debido a la desigual competencia con otras partes del territorio nacional. «La gente desesperada puede ser impredecible y peligrosa», se dijo antes de abonar a toda prisa su consumición y abandonar el local.

Había recabado más información sobre el suceso de quienes lo comentaban y el corazón casi se le había detenido. Tomó un coche de caballos y se dirigió a toda velocidad al barrio de Pedregalejo. No había tiempo que perder, si quería tener información de primera mano. Sus superiores no tardarían en apartarle del caso, al conocer su relación con la presunta víctima.

Mientras se dirigía hacia la calle Juan Valera, su cerebro le decía que debía tratarse de un malentendido, aunque sus entrañas auguraban lo peor.

Por lo que había podido averiguar en el café, una denuncia anónima había alertado a la Policía la madrugada de ese mismo día. Varios agentes habían acudido a Villa Valdecilla, una mansión ubicada en el número cuarenta y seis de la calle Juan Valera. Al llegar habrían encontrado la puerta abierta y en el interior el cadáver de una mujer con aparentes signos de violencia y la casa completamente revuelta.

Al llegar a su destino encontró la vivienda acordonada y su exterior vigilado por dos agentes uniformados, que le permitieron acceder al interior tras identificarse.

Por lo que pudo observar, la entrada no había sido forzada y el recibidor estaba ordenado. Todo cambiaba al llegar a las dependencias privadas, con cajones y armarios revueltos y el suelo repleto de objetos domésticos como mantelerías o restos de vajilla, indicando todo ello una búsqueda incontrolada y violenta.

Siguiendo el sonido de una conversación llegó a lo que debía ser la alcoba principal, también desordenada y con un bulto en el suelo, cubierto por una sábana.

Dos inspectores estaban revisando minuciosamente lo que parecía el escenario principal del crimen y, aunque sorprendidos por su aparición, le informaron que estaban a la espera del juez para el levantamiento del cadáver. A sus preguntas de qué hacía en la casa, él respondió con evasivas.

Tratando de aparentar la mayor indiferencia posible, se acercó al cadáver y levantó con cuidado la sábana que lo cubría. No había ninguna duda, sus más oscuros presagios se habían hecho realidad. Genoveva Manderley yacía muerta con evidentes signos de violencia.

Antes de abandonar la casa con el corazón destrozado, se juró a sí mismo que el responsable o responsables del asesinato lo pagarían con su vida.

 

CAPÍTULO 2: MIGRAÑAS

Valladolid, noviembre, 2016

 

Desde que le habían cambiado la medicación algo no iba bien. Cada vez eran más evidentes sus efectos secundarios. Le costaba concentrarse y la somnolencia era a veces insoportable. Sin embargo, lo que más le preocupaba era la desaparición de los episodios oníricos. Quizá debería dejar de tomarla, pero sería como saltar al vacío. Los médicos le habían prevenido de que tendría que mantener una medicación toda su vida.

Podría dejar de tomarla durante unos días y comprobar si los efectos secundarios desaparecían y no se le reproducían las migrañas. Era la mejor solución. Siempre podía retomarla si regresaban.

 

Casi no recordaba nada del accidente. Tenía apenas 13 años y estaba pasando parte de sus vacaciones de verano en el pueblo de sus abuelos. Como el resto de los niños, apenas se bajaba de la bicicleta. El tráfico no representaba ningún peligro en la Castilla profunda y vacía.

Un derrape que se descontroló, una caída que no debería haber tenido importancia y sin embargo acabó en coma en un hospital, con el consiguiente susto para sus padres y abuelos. Cuando abandonó la UVI después de dos días allí, no recordaba lo que había pasado y una migraña le taladraba el cerebro impidiéndole hacer una vida normal.

Tras varias revisiones y pruebas, un neurólogo les explicó a sus padres que su lóbulo frontal estaba más desarrollado que el de la media de la población, lo que no representaba ningún problema a priori. Sin embargo, con el golpe se había inflamado y era lo que le generaba las migrañas. Para aliviarlas le recetó un fármaco que no había dejado de tomar desde entonces. Todos los resultados y las conclusiones se detallaron en su expediente sanitario y recomendó a sus padres que todos los años solicitaran una revisión neurológica para descartar problemas.

Cuando llevaba una semana tomando la medicación, las migrañas desaparecieron. Quizá había eliminado el factor que las producía y no tendría que volver a preocuparse.

Eso le había permitido continuar con su vida y sus estudios. También con su pasatiempo favorito, la resolución de acertijos o de problemas, en los que hubiera que utilizar habilidades de deducción.

Al desaparecer las migrañas sucedió algo que le sorprendió. Una noche, cuando ya dormía, soñó que se enfrentaba a un acertijo que aquella tarde se le había resistido y lo resolvía sin problemas. Lo peculiar era que a la mañana siguiente recordaba cómo lo había hecho.

No dio mayor importancia al suceso, hasta que pasados unos días ocurrió algo en su colegio. Durante la noche alguien había entrado y destrozado el laboratorio de química. Inmediatamente acusaron a uno de los alumnos mayores, que no gozaba de buena reputación entre los profesores por su manera de vestir y sus modales. Él aseguró que era inocente, pero no le creyeron, le abrieron un expediente y le expulsaron una semana. Un par de noches después de la expulsión, Ramón tuvo otro sueño peculiar. Estaba en el laboratorio y veía cómo uno de los alumnos de la clase del acusado, fuera de toda sospecha por ser de una «buena familia», lo destrozaba todo con saña.

A la mañana siguiente estaba muy confuso. Si contaba a alguien sus «visiones» le tacharían de raro, loco o cosas peores y sería un marginado toda su vida. Optó por mantener en secreto lo que le pasaba, achacándolo a casualidades.

Unos días más tarde se enteró de que la Policía se había presentado en casa del alumno que él había visto destrozar el laboratorio para que declarara, porque las pruebas halladas le acusaban sin lugar a dudas. ¿Qué significaba eso? ¿Era capaz de resolver enigmas o sucesos en sueños? Tenía que tratarse de una coincidencia. Lo contrario sería una locura y podría acarrearle problemas, por lo que decidió dejarlo correr.

Durante su estancia en el hospital y su convalecencia, que no fue corta, retomó la lectura, que había dejado un poco de lado con otras actividades más físicas de la pubertad. Tenía preferencia por las novelas de suspense, incluso las que no eran para público juvenil, que cogía a escondidas de la biblioteca de su padre.

No recordaba si antes le ocurría lo mismo, pero ahora era capaz de adivinar el final leyendo los primeros capítulos. Se le daba muy bien descubrir relaciones o pautas que otros no veían. Muchas veces sus padres le exigían que, para ver alguna película de suspense con ellos, se abstuviera de anticiparles el final.

Aquellos episodios nocturnos no habían vuelto a aparecer o si lo habían hecho no los recordaba.

Transcurridas varias semanas acusaron a un amigo suyo de haber robado dinero de la cartera de una profesora, mientras su bolso estaba en la sala de profesores. Él sabía que era imposible, su amigo era muy honrado y por mucho que pudiera necesitar dinero jamás lo robaría. No obstante, todo parecía apuntar en su dirección.

Esa noche volvió a soñar. Estaba en la sala de profesores cuando una alumna mayor que ellos entró, aprovechando que no había nadie. Sin dudar se acercó a una taquilla y del bolso guardado allí sacó un dinero que ocultó entre su pecho y el sujetador. Cuando ya se marchaba estuvo a punto de tropezarse con un profesor que entraba, pero se escabulló sin que la pillasen.

Esta vez no podía desentenderse, Juan era uno de sus amigos más íntimos y tenía que ayudarle. Como no podía contarle a ningún adulto ajeno lo que sucedía, habló con su madre y le explicó la situación. Al principio no le creyó, pero su habilidad en la resolución de enigmas y acertijos jugó a su favor. Ella nunca le contó lo que le dijo al director cuando habló con él, imaginó que se habría inventado algo más creíble para convencerlo y que tomara medidas. Convocaron a la sospechosa a dirección y cuando se vio pillada confesó.

Después de eso hubo más casos parecidos. Antes de tomar cualquier decisión, el director o los profesores hablaban con Ramón por sus habilidades deductivas. No siempre podía ayudarles, porque las «visiones» eran aleatorias y no podía convocarlas a voluntad, pero ayudó a resolver algunos misterios mientras estaba en el colegio.

Accedió a la universidad sin problemas. No era un mal estudiante y la carrera de Historia no era de las más demandadas. Tampoco representaba un impedimento para frecuentar las zonas de marcha nocturna de Valladolid cercanas a la catedral. Ramón no era el alma de la fiesta, pero se divertía y hacía amistades. Tuvo alguna relación más larga y algunas esporádicas con compañeras de estudios, pero nada serio.

Como otros muchos compañeros y compañeras terminó la carrera, sin tener claro a qué quería dedicarse. La investigación le gustaba, pero no la docencia y en el mundo académico ambas estaban inexorablemente unidas, por lo que lo descartó. Dio clases particulares, trabajó en diversos empleos a través de empresas de trabajo temporal y por fin una compañía de marketing telefónico le ofreció un contrato más estable como teleoperador. No era su sueño, pero tenía horarios flexibles y no pagaban demasiado mal. Con el tiempo ascendió a coordinador y así seguía.

Las «visiones» continuaban apareciendo cuando intentaba resolver hechos o situaciones que requerían análisis y capacidad de deducción, siguiendo indicios que no eran apreciados por otras personas, pero seguía sin poder controlarlas y sin ser capaz de concretar qué factor las desencadenaba.

Su expediente sanitario reflejaba normalidad, dentro de que su lóbulo frontal, centro de las actividades de procesamiento cerebral, estaba más desarrollado.

El gusanillo de la investigación seguía tentándole y decidió darle un impulso al blog sobre episodios históricos poco conocidos que había creado en la universidad. Aprovechó para ello unas redes sociales que cada vez tenían más influencia.

La tecnología era otra de sus grandes aficiones y en la universidad entró en contacto con gente que tenía pasión por ella. Aprendió mucho y le ayudaron a diseñar, tanto el soporte tecnológico que necesitaba para sus investigaciones como un sistema de seguridad ante hipotéticas intrusiones.

Los seguidores del blog fueron aumentando a la par que las visitas. Un día contactó con él una persona y le pidió que realizara una investigación sobre los orígenes de su familia. Esa primera incursión en la investigación a medida no le reportó ningún ingreso, pero aprendió. No tardó en establecer unas tarifas que, aunque no eran elevadas, le compensaban el esfuerzo.

Hacía diez años que había acabado la carrera y empezaba a notar que se ahogaba. Valladolid no era una ciudad pequeña y Madrid estaba a una hora de tren de alta velocidad, pero se aburría. Ese hastío existencial, además, le había creado ya algún problema que tendría que solucionar cuanto antes. En ese momento no tenía pareja, pero tampoco echaba de menos las relaciones afectivas. Sus amistades iban iniciando proyectos de vida con bodas, bautizos e hipotecas, pero no les envidiaba. Quizá se estaba convirtiendo en un lobo solitario, pero no era consciente de ello.

En su última visita periódica, el médico le había cambiado el tratamiento. La medicación que había estado tomando esos años había dejado de fabricarse y la sustituyó por una que tenía efectos similares. Al cabo de unos días aparecieron los efectos secundarios.

Una semana después de su decisión de prescindir de la nueva medicación no había sucedido nada significativo, salvo la desaparición de la somnolencia.

Estaba realizando una investigación que le habían encargado y la llevaba bastante avanzada. Le había costado acceder a los datos más interesantes, pero el talento tecnológico que había adquirido gracias a sus amigos frikis del grupo de «Nuevas Fronteras de la Tecnología» le había sido de gran ayuda.

Aquella noche volvió a sumergirse en un episodio onírico. Realistas, aunque puntuales episodios relacionados con la investigación secuestraron sus sueños y a la nitidez de las imágenes se le unió un sonido inteligible. Como antes del cambio de medicación, a la mañana siguiente recordó lo que había soñado.

Como las migrañas no habían vuelto a aparecer, dejó la medicación y continuó con su aburrida existencia.

 

CAPÍTULO 3: EL PASADO REGRESA Y SORPRENDE

Valladolid – Málaga, diciembre, 2016

 

 

Los versos que Espronceda dedicó a la muerte de Torrijos y sus compañeros resonaban en el cerebro de Ramón Valcárcel, mientras se dirigía al Cementerio Inglés de Málaga:

 

Ansia de patria y libertad henchía

sus nobles pechos que jamás temieron,

y las costas de Málaga los vieron

cual sol de gloria en desdichado día.

 

Era el once de diciembre y el sol lucía tímidamente. La ciudad se preparaba para las próximas fiestas navideñas, sin recordar lo sucedido en la playa de San Andrés un día como aquel de 1831.

Casi había olvidado a Marjorie O´Connor cuando recibió aquel correo. Al finalizar su beca Erasmus en la Universidad de Valladolid, diez años atrás, había regresado a Irlanda. Aunque mantuvieron el contacto durante bastante tiempo a través de correos electrónicos y alguna llamada, su relación se había enfriado hasta hibernar por completo. No se habían jurado amor eterno, pero mantuvieron una relación bastante estrecha, gracias a aquel alocado piso de estudiantes del barrio de La Rondilla que parecía el camarote de los Hermanos Marx. A cualquier hora podías encontrarte gente de múltiples nacionalidades entrando, saliendo, cocinando, bebiendo o realizando gimnasia de colchón sin complejos.

A punto de acabar su licenciatura de Historia, Ramón estaba cursando un postgrado sobre metodología de la investigación. Marjorie estaba finalizando Humanidades en la Universidad Nacional de Irlanda, en Galway. El sueño de ambos era dedicarse a la investigación. Todo eso lo averiguaron al conocerse una madrugada, bastante pasados de copas, en un antro cercano a la Plaza de Cantarranas. Aquella coincidencia etílica se convirtió poco a poco en algo entre amistad y lujuria desatada, al invitarle ella a acompañarla hasta el piso donde vivía. Las visitas de Ramón se repitieron, al evidenciarse su compatibilidad amatoria y unos gustos compartidos en otras facetas existenciales.

Él le habló de su afición por desentrañar oscuros episodios de la historia cuya opacidad achacaba, en algunos casos, a una ocultación deliberada por parte de diferentes poderes fácticos. Le mostró, además, el modesto blog donde volcaba ese conocimiento. Las investigaciones y el blog le ayudaban a sobrellevar los deprimentes trabajos que alternaba con sus estudios. Esos trabajos le permitían sobrevivir sin depender demasiado de sus padres, pero no bastaban para emanciparse.

Se despidieron como buenos amigos sin más apellidos y el tiempo y la distancia difuminó aquella relación estudiantil. Ramón acabó la carrera y buscó un trabajo más estable, mientras continuaba buceando en las ciénagas de la historia sin complicarse demasiado la vida.

 

Marjorie le contó en aquel inesperado correo que, de momento, tampoco había conseguido alcanzar su sueño. Estaba trabajando para Zara Online en Dublín y mantenía aparcada su carrera investigadora. Por azares de la casualidad, acababa de enterarse de que era descendiente, más o menos directa, del revolucionario Robert Boyd. También de que algunos familiares y amigos se reunían todos los años frente a su tumba en Málaga, para recordarle a él y a su gesta, con la nostálgica intención de que su sacrificio no cayera en el olvido. Había pensado que podría ser un buen pretexto para retomar su afición compartida y le proponía que se vieran en Málaga, aprovechando que el once de diciembre caía en domingo.

Aunque bastante sorprendido, no le pareció mala idea. La recordaba con cariño y no tenía otra cosa que hacer. No le sobraba el dinero, pero podía permitirse un pequeño exceso gracias a la extra de diciembre. Decididos a ser fieles a la memoria de Robert Boyd, quedaron el sábado diez de diciembre frente al monumento a Torrijos y sus compañeros de la malagueña Plaza de la Merced.

Ella apenas había cambiado desde la última vez que se vieron. Quizá estaba más pálida y pelirroja que como la recordaba y la aparición esporádica de pequeñas arruguitas en las comisuras de sus ojos dejaban entrever momentos complicados. «El sol de Dublín no es como el de Castilla», sentenció para sí el vallisoletano. Su español seguía siendo mejor que el inglés de Ramón y fue el idioma que utilizaron de común acuerdo. Parecía más madura, al menos hasta la cuarta pinta de Guinness que vaciaron. Le confesó que el descubrimiento de su relación con Boyd había vuelto a engancharla con la historia y que disponía de material inédito suficiente, como para un relato a cuatro manos. No supieron si la culpable fue la historia, las Guinness o Málaga, pero sus cuatro manos y algo más tuvieron bastante trabajo aquella noche en la pensión para recuperar todo el tiempo perdido.

Al día siguiente frente a la tumba, y mientras uno de los descendientes del héroe leía un panegírico, Ramón caviló sobre las motivaciones que podrían haber llevado a aquel joven oficial y aristócrata británico a lanzarse a una aventura cuanto menos dudosa e incluso a donar toda su herencia a esa causa.

El romanticismo y la sociedad estudiantil de los Apóstoles de Cambridge constituían un caldo de cultivo fecundo. Aquella sociedad secreta de la élite intelectual de la Universidad de Cambridge había sido fundada en 1820 como un club de debate. En 1830 su primo, el escritor y poeta John Sterling, había organizado en ella un grupo de jóvenes intelectuales que se dedicaban a colaborar con el general español José María Torrijos, exiliado en Londres, en su conspiración para derrocar el régimen absolutista del monarca Fernando VII. Si a eso se le añadía que la causa liberal española estaba entonces de moda en Inglaterra, todo encajaba. No obstante, de todos los entusiastas seguidores de la causa, únicamente Robert Boyd pasó de las musas al teatro y acompañó a Torrijos hasta el final.

Aquel levantamiento estaba sentenciado desde el principio. Tras varias tentativas, y cuando parecía que todo se arreglaba, Torrijos cayó en una trampa tendida por el Gobernador de Málaga. Este, que se ocultaba bajo el seudónimo de Viriato, contaba con la connivencia y el apoyo del Gobierno absolutista.

Perseguidos y atacados incluso por los propios buques que les escoltaban desde Gibraltar, se vieron obligados a desembarcar. Tras varios días huyendo de las fuerzas realistas, sin recibir el apoyo que esperaban y que en realidad nunca existió, se rindieron tras ser engañados de nuevo. Los cuarenta y nueve supervivientes fueron llevados al Convento de los Carmelitas Descalzos de San Andrés, desde donde saldrían solo para morir. El hijo del cónsul británico, que asistió al fusilamiento, contó después que, cuando las descargas de fusilería abatieron al primer grupo de prisioneros, Boyd, atado con ellos, se levantó para que el pelotón disparara de nuevo sobre él, hasta que cayó definitivamente.

Ramón, que había profundizado en la historia de ese convulso período, era consciente de que se trataba de una batalla más en la eterna lucha entre el progreso y el oscurantismo en España. Lucha que desembocaría, décadas más tarde, en una trágica y cruenta guerra civil, que condenaría al país a un retroceso histórico y social sin precedentes. Era, además, otro episodio sobre el que la historia oficial había pasado sin apenas detenerse y que merecía ser divulgado.

Después del evento, y mientras se dirigían a la calle Larios para comer, ella le desconcertó con una proposición inesperada.

—He pensado una cosa —dijo girándose hacia Ramón y deteniéndose en la acera—. Mi empresa está creciendo y necesitan gente con ciertas competencias tecnológicas. No es para hacerse rico, pero no pagan mal y el ambiente laboral es bueno. ¿Qué te parecería venirte a Irlanda a trabajar? Así podríamos investigar juntos.

—Pero tendría que refrescar mi inglés y además tendría que buscarme un lugar donde vivir —fue capaz de articular él, muy sorprendido y mirándola a los ojos.

—Dublín no es demasiado caro y podríamos compartir piso —respondió ella guiñándole un ojo—. No lo hablas tan mal, solo tendrías que ponerte al día. Además, ¿qué haces en Valladolid que no puedas hacer allí? Conocerías lugares y gente nueva, buena cerveza y además estoy yo.

La oferta era tentadora para Ramón, superaba de largo los treinta y vislumbraba poco futuro si se quedaba en España, aparte de opositar. Tenía poco que perder y, salvo su familia, ninguna atadura emocional duradera. Además, como decía ella, su inglés podría mejorarse con un poco de esfuerzo y motivación. El Trinity College, la Guinness y la impetuosidad sin complejos de Marjorie fueron argumentos más que suficientes para que decidiera trasladarse a Dublín a la aventura.

Aquella tarde, antes de coger su tren, acompañó a la irlandesa al avión que la llevaría de regreso a Dublín, con la promesa de verse de nuevo muy pronto. Mientras acompañaba a Marjorie, no se percató de que uno de los asistentes al evento de esa mañana les seguía discretamente.

 

CAPÍTULO 4: VIGILANCIA ENCUBIERTA

 

Belfast (Irlanda del Norte), diciembre, 2016

 

Peter no llevaba mucho tiempo en el Servicio de Seguridad, más conocido como MI5. Antes era inspector en la Policía de la Ciudad de Londres, pero ya había participado en alguna misión en su nuevo trabajo.

Su labor en esta ocasión había sido bastante sencilla. Debía vigilar a una mujer irlandesa que viajaría desde Dublín a Málaga, en España, sin ser detectado y sin perderla de vista en ningún momento. Gracias al seguimiento previo sabían dónde iba a alojarse.

Para apoyarle contaba con un agente destinado en Gibraltar, que se desplazó un día antes y que había podido colocar un equipo de escucha en la habitación del objetivo. Él había reservado una habitación en la misma pensión.

La vigilancia fue sencilla. La mujer se encontró con un hombre y permanecieron juntos hasta que regresó a Irlanda. Pasearon, comieron, bebieron y durmieron juntos, después de algunos entretenimientos que pudo seguir a través del micrófono que habían instalado.

Al día siguiente ambos asistieron a una especie de acto conmemorativo en el Cementerio Inglés, comieron juntos y él la acompañó al aeropuerto.

El agente del MI5 también voló en el mismo avión y al llegar a Dublín, y siguiendo las órdenes recibidas, se desplazó a Belfast para presentar su informe.

La habían citado en una de las salas del complejo que el Servicio de Seguridad utilizaba en Palace Barracks, al noreste de Belfast y junto al aeropuerto George Best.

Allí ya le esperaban dos hombres que se identificaron. Uno de ellos era un supervisor destinado en Belfast y el otro era un directivo de grado medio de la central de Londres. La dirección de la conversación lo llevó el de Londres, apellidado Friars, al ostentar un mayor rango.

Después de escuchar su informe oral, le comunicaron que su misión, a partir de ese momento, sería mantener vigilada a la mujer, cuya identificación en clave era RedWoman. Supuso que la habían elegido por el color de su cabello.

—Para que disponga de todos los datos, aunque tendrá acceso a su expediente completo, voy a resumirle la vida de RedWoman —dijo Friars—. Nació en Cork, en la República de Irlanda y su familia es bastante conocida por la Policía, ya que participaban en el mundillo del contrabando ligado al puerto. Nosotros siempre hemos sospechado que además de eso apoyaban la causa nacionalista y tenían relación con el IRA, pero no se pudo probar. Antes de terminar el segundo ciclo de Secundaria la pillaron trapicheando con droga y la detuvieron. Por diversas circunstancias, que no vienen al caso ahora, acabó incluida en un programa de apoyo de una de nuestras agencias, sin que ella supiera quién la ayudaba realmente. Así pudo continuar sus estudios y acceder a la Universidad Nacional en Galway. Dados sus antecedentes familiares, en ese momento iniciamos un proceso de vigilancia de oficio y sin informar a esa agencia. Creemos que en la universidad se radicalizó y se aproximó a asociaciones proclives a la unificación de Irlanda y que nos consideran una potencia colonial e invasora. A finales del 2004 fue reclutada por los Jóvenes Patriotas, organización que nos consta que estaba financiada y dirigida por el IRA Provisional. En 2005 se le ofreció formar parte de la agencia que la había apoyado y trabajar para los intereses del Reino Unido. Al descubrir los fines de la agencia desapareció durante varios meses. Sabemos que los Jóvenes Patriotas la ocultaron y le dieron asilo. También creemos que la convencieron para que regresara y trabajara como agente doble. Así, los Jóvenes Patriotas y el IRA Provisional contarían con una valiosa fuente de información, que les permitiría planificar y ejecutar acciones en contra del Reino Unido. Suponemos que ella aceptó, porque forma parte de la agencia desde entonces. En julio de 2005, como sabe, el IRA Provisional abandonó la lucha armada. El Nuevo IRA no tardó en hacerse cargo de los Jóvenes Patriotas. En 2006 la agencia detectó a un prometedor investigador en España y se plantearon reclutarlo. Reunieron toda la información disponible sobre él y mandaron a RedWoman para que le sondeara. Ese sondeo concluyó en un romance, que aparentemente finalizó con el tiempo. El reclutamiento no siguió adelante por diversos motivos. Como usted mismo ha podido comprobar, ella ha regresado a España y se ha vuelto a reunir con ese investigador para convencerle de que se traslade a Irlanda y trabaje con ella en la agencia. Dando por hecho que trabaja a dos bandas, nos interesa que siga así para poder desmantelar toda la organización cuando sea el momento. También pensamos que su relación con el español puede hacerla cometer algún desliz que demuestre su doble juego y tener pruebas para actuar. Es vital que no la pierda de vista. No dude en solicitar los medios que precise para mantenerla monitorizada en todo momento. Debe saber que desde hace un tiempo hay nuevos actores sobre el terreno y vienen con la intención de causarnos el mayor daño posible. Creemos que pueden estar relacionados de alguna manera con el Nuevo IRA, por lo que toda la información que pueda obtener nos será de gran utilidad. Nuestra intención, mientras no le digamos lo contrario, es seguir manteniendo a oscuras a esa agencia de nuestra vigilancia. No le afecta y no precisan conocerla de momento.

Peter acató las órdenes y regresó a Dublín para continuar con la misión encomendada.

 

CAPÍTULO 5: EL CASO JUAN LÓPEZ

Dublín, enero, 2017

 

Ramón se mudó a Irlanda al comienzo del año, tras las festividades navideñas. Como había expuesto Marjorie, salvo su familia, apenas le ataba nada a su ciudad natal. Empaquetó lo más necesario, dejó el piso de alquiler y su desmotivador trabajo y se marchó sin mirar atrás.

Hasta encontrar un sitio para vivir con Marjorie, y mientras tramitaba todo lo necesario, se alojó unos días en una pensión. Ese alojamiento le proporcionaba lo básico, además de ser asequible y limpio.

El tema laboral se solucionó sin demasiados problemas. Tenía una titulación universitaria, experiencia y cierto talento tecnológico. Antes de salir de España había hecho llegar su currículo a la empresa a través de Marjorie y les había parecido interesante. Se incorporaría al Departamento de Comercio Electrónico de la firma, a la espera de que evaluasen sus competencias y valorasen su talento.

Teniendo en cuenta que el salario mínimo irlandés era bastante superior al español, su nómina le daba bastante más de sí que la de Valladolid, a pesar de que el coste de la vida era allí notablemente más alto.

Gracias a la información facilitada por amistades y por la familia de Marjorie, no tardaron en encontrar y alquilar un apartamento amueblado en Rugby Road, cerca de Ranelagh. Era ideal, porque estaba cercano al centro y a sus respectivos trabajos. Solo tenía un dormitorio, un baño y un salón con cocina americana, pero era más que suficiente para ellos. Los alquileres no eran baratos y menos en el centro —pagaban casi 2.000 euros mensuales—, pero al compartir gastos podían permitírselo.

Tirando de ahorros y compartiendo gastos pudieron afrontar la fianza y hacer las compras necesarias para emprender su nueva vida en común. Había momentos en los que Ramón se veía un poco sobrepasado por el giro tan brusco que había dado su existencia, pero no tardaba en sobreponerse y animarse, especialmente si Marjorie estaba cerca.

Tras su reencuentro estaban casi siempre juntos. Lo que había comenzado como una idea peregrina se había transformado, con la llegada de Ramón a Dublín, en un proyecto en común cada día más atractivo para ambos. Vivían juntos, trabajaban juntos y ella aprovechó para mostrarle el Dublín desconocido para los turistas, el real y cotidiano, con algunos aspectos positivos y otros no tanto. Uno de los cambios a los que Ramón no tardó en acomodarse fue a la sustitución de las cañas de Valladolid, notablemente más pequeñas y baratas, por las pintas de Irlanda.

Gracias a esta convivencia continua Ramón conoció a la verdadera Marjorie. Una persona con las ideas claras, apasionada y tozuda. Una mujer que no soportaba que las metas que se marcaba no se pudieran cumplir por motivos ajenos a ella, como la tecnología o los imprevistos. No se preocupaba ni le dedicaba demasiado tiempo a su estilismo, salvo en determinados momentos, en los que sabía qué ponerse para resaltar una bonita silueta, una larga melena pelirroja y unos insondables ojos verdes que desarmaban a Ramón. Además, se mantenía en forma, sin renunciar a las pintas ni a la cocina local.

Aunque no era especialmente ordenada, era bastante fácil convivir con ella, salvo al despertarse, que había que dejarla un rato, hasta que se activara completamente. Eso lo averiguó Ramón la primera mañana que amanecieron juntos y quiso hacerle unos arrumacos nada más apagar el despertador. Ella respondió a sus libidinosos avances con un sonido gutural mezcla de mugido de vaca y rugido de dragón mitológico y un empujón que casi lo tira de la cama. Desde entonces deja que se despierte por completo, antes de iniciar cualquier tipo de interacción con ella, incluido el saludo de buenos días.

Algunas veces daba la impresión de que la mente de su compañera parecía estar en otro lugar. Se le fruncía ligeramente el ceño y se abstraía, hasta que parecía ser consciente de ello y regresaba al aquí y ahora. Quizá debería preguntarle si tenía algún problema o algo la desazonaba, pero como eran momentos muy aleatorios y poco habituales prefirió dejar que fuera ella quien se lo contase, si lo creía necesario.

En asuntos amatorios era desinhibida, activa, pasional y bastante indiscreta en lo sonoro. El peso de su católica educación irlandesa no parecía haber hecho mella alguna coartando su líbido. Era consciente de lo que le gustaba y no tenía reparos en expresarlo. En eso se ajustaban a la perfección, como habían comprobado cuando se conocieron en Valladolid, y no parecía haber cambiado nada.

Él también mantenía un espacio interior propio que no compartía con nadie. Había aspectos de su vida anterior de los que no estaba especialmente orgulloso y que ni Marjorie ni su familia conocían. Esperaba solucionarlos cuanto antes, pero de momento seguían allí como una losa.

 

Marjorie le llevó a comer un domingo a casa de sus padres, para que conociera a la familia. Lamentablemente, el padre había tenido que ausentarse por un imprevisto de última hora. Ella se mostró muy sorprendida, y a tenor del volumen y el tono de la conversación que mantuvo con su madre en la cocina, estaba bastante contrariada. Ramón no se enteró de lo que hablaban, puesto que lo hicieron en gaélico, idioma que se les escapaba al hablar entre ellos, hasta que se apercibían de su presencia y retornaban al inglés pidiendo excusas. Era evidente que, como muchos irlandeses, utilizaban habitualmente el gaélico para comunicarse.

Aparte de eso, Mary, su madre, y Sue, su hermana menor, se desvivieron para que se sintiera a gusto. Allí probó por vez primera el irish stew, un estofado de cordero con patatas tradicional de la cocina de Irlanda que a Mary le salió perfecto, o al menos a él se lo pareció. Lo regaron con un tinto de Ribera del Duero que llevó Ramón, así como con sidra de Armagh, para que el extranjero se empapase del entorno. Con el postre no podía faltar un delicioso café irlandés preparado por Sue con una notable profesionalidad. «No te puedes emancipar, hasta que no sabes preparar el Irish Coffee», le confesó ella con una sonrisa, cuando él la felicitó por el resultado.

La sobremesa se prolongó y sirvió para que el español conociera algo más de la historia de Marjorie y de su familia. Le hablaron de Ryan, el padre, y de Connor, el hermano mayor, que vivía con su esposa e hijos en Derry, el Condado de Irlanda del Norte. A pesar de que la conversación fluyó sin problemas y de que tenía la conciencia bastante afectada por el alcohol, Ramón tuvo la sensación de que no se lo contaban todo y que a veces parecía un relato preparado y aprendido para la ocasión. No le dio más importancia, aunque lo archivó en su memoria.

 

En Málaga, Marjorie y él habían vuelto a hablar de su blog. Aquella idea peregrina que había nacido para mantener viva la llama de la investigación y combatir el tedio, había adquirido, con el paso del tiempo, una cierta notoriedad en determinados entornos. Incluso se había convertido en una fuente alternativa de ingresos.

—Como decía mi abuela, que era muy refranera, «nunca falta un roto para un descosido» —dijo Ramón al comentarlo—. Como en otros asuntos, siempre habrá personas que precisen ayuda y estén dispuestas a pagar por ella. Yo ofrezco un servicio de investigación histórica, que puede ayudarles a solucionar lagunas o confusiones genealógicas o de otro tipo, que quizá no podrían resolver de otra manera.

Después de que Ramón firmara un contrato de trabajo con la empresa de Marjorie, migraron su antiguo blog a una web nueva, completamente en inglés y a la que bautizaron como «Thetruehistory.com». Además, aprovechando la reputación de la que ya disponía, diseñaron y ejecutaron un plan de difusión basado en redes sociales, con el objetivo de incrementar su visibilidad. Eso les permitiría llegar a los potenciales destinatarios sin apenas costes.

Sus investigaciones le habían aportado contactos interesantes y granjeado cierta credibilidad en determinados círculos, que, aunque a nivel académico no eran los más ortodoxos, tampoco eran los más frikis del mundillo conspiranoico. Aunque todavía no generara ingresos, Thetruehistory.com ya era una realidad y poco a poco comenzaron a llegar solicitudes de información sobre sus actividades, de toda Europa e incluso de Estados Unidos. Para sobrevivir seguían dependiendo de los rutinarios trabajos de venta online, pero dedicaban su tiempo libre a la investigación por encargo.

Con un trabajo estable en la República y una cuenta corriente con ingresos regulares, aunque mejorables, junto con su currículo académico, no fue especialmente difícil para Ramón cumplir uno de sus sueños. Tras un breve plazo de espera le concedieron un carnet de investigador, que le permitía acceder a los fondos bibliográficos del Trinity College, la biblioteca de investigación más grande de Irlanda.

Dado que el Trinity también formaba parte de la red de bibliotecas del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte, ese carnet le daba acceso a los documentos de la red pública de investigación del Reino Unido e Irlanda, tanto en soporte papel como digital, lo que representaba una enorme oportunidad para su trabajo en Thetruehistory.com.

 

Llevaban un par de meses en Dublín, cuando llegó aquel correo electrónico que les catapultó a la que sería su primera e intrigante investigación en equipo.

El texto del correo, escrito en español, decía lo siguiente:

 

«Estimados señores:

He sabido que investigan hechos y sucesos poco claros o que la historia oficial silencia. Quisiera que intentaran averiguar lo que realmente pasó con mi bisabuelo. Según las autoridades, desapareció alrededor del año 1900, tras asesinar y robar, presuntamente, a una mujer en Málaga, aunque eso no se ajusta en absoluto a lo que mi familia siempre ha defendido. Les adjunto la información de que dispongo en un documento aparte.

Aunque mis posibilidades no me permiten retribuir sus servicios, buscaré la manera de compensarles por su trabajo.

Atentamente, María López.

PD: Debido a una complicada situación familiar, les ruego que todas las comunicaciones se realicen únicamente a través de esta dirección de correo electrónico».

 

La documentación adjunta detallaba que el bisabuelo de María —de nombre Juan López Rojas— había nacido en Málaga en el año 1873 y había contraído matrimonio con María Ríos en 1897. En 1899 tuvieron una hija a la que bautizaron Rosario y a principios de 1900 Juan López desapareció, tras ser acusado de robo y asesinato por las autoridades.

Su hija Rosario, abuela de la autora del correo, quien falleció en 1977, tuvo una hija, Luisa, que a su vez tuvo a María en 1969.

Tras enviudar, Rosario vivió con su hija y su nieta, la potencial clienta,durante casi diez años. Tanto la bisabuela como la abuela siempre afirmaron que lo del asesinato y el robo era completamente falso y de hecho la justicia archivó el caso en 1910 por falta de pruebas, declarando inocente a Juan López. Ambas aseguraban que era un buen hombre, que se dedicaba a la pesca, que amaba a su mujer y a su hija y que era incapaz de hacer aquello de lo que le acusaban. Lo único cierto era su misteriosa desaparición a principios de 1900.

Cuando acabaron de leer la información aportada por María se les generaron varias dudas. En primer lugar, aquello no parecía ajustarse al tipo de historias que desearían investigar y, por otro lado, no había grandes visos de que generara ingresos. De común acuerdo decidieron que antes de aceptar el encargo debían reflexionar si les interesaba. Aprovechando que era viernes, se marcharon a tomar unas pintas por el centro antes de acostarse.

A la mañana siguiente les esperaba un nuevo correo de María, adjuntando documentación oficial sobre el expediente judicial de su bisabuelo. Aquello les demostró el interés de su potencial clienta y, además, que aparentemente disponía de buenas fuentes de información. Tras una breve valoración en común decidieron continuar con el caso y después de cenar comenzaron a examinar el expediente remitido. Además, y para ambientarse en el período histórico de los hechos, consultaron otra información de fácil acceso, como la prensa de la época.

Juan López nació el 11 de febrero de 1873, día en el que en Madrid se proclamaba la Primera República. En Málaga no se reconoció el nuevo sistema hasta el día siguiente, cuando un levantamiento popular a favor de la República empujó a sus partidarios a la calle, levantando barricadas. El 22 de julio de ese mismo año, Eduardo Carvajal y sus milicias forzaron al gobernador civil Don Francisco Sorlier, de tendencia más moderada, a que proclamara la declaración del Cantón Federal Malagueño Independiente. A partir de ese momento se produjeron enfrentamientos y revueltas entre las dos facciones de los partidarios de la República, los radicales y los moderados. La entrada del General Pavía y sus tropas en la ciudad, el 19 de septiembre, puso fin al cantón malagueño, que fue el segundo en duración, tras el de Cartagena.

Se podía afirmar, casi con total seguridad, que esos antecedentes históricos no iban a influir en la vida de un humilde pescador del barrio de la Malagueta, al que los vaivenes industriales y económicos de aquella ciudad ni siquiera rozaron. Salvo por su boda con María Ríos en 1897 y el nacimiento de su hija Rosario en 1899, no había registros relacionados con él, hasta el expediente judicial iniciado el 17 de diciembre de 1900.

Dicho expediente detallaba que, siguiendo una denuncia anónima, varios agentes de policía habían acudido a primera hora de la mañana del 17 de diciembre a Villa Valdecilla, una mansión ubicada en el número cuarenta y seis de la calle Juan Valera. Al llegar habían encontrado la puerta abierta y en el interior el cadáver de la señorita Genoveva Manderley Salas con aparentes signos de violencia. Además, la casa estaba completamente desordenada, como si hubieran estado buscando algo.

Según el expediente, un testigo declaró que había visto salir a Juan López de esa mansión del barrio de Pedregalejo la noche del día 16. Esta declaración se produjo el día 17 y cuando se inició la búsqueda del presunto culpable, había desaparecido sin dejar rastro.

Curiosamente, esa villa seguía en pie y a través de Google Maps pudieron constatar que se trataba de un hermoso palacete, seguramente una de las más bellas residencias de verano de la burguesía malagueña del siglo XIX.

Llegados a este punto, y como ya era tarde, consideraron que lo mejor era dejar reposar las neuronas y retomar el asunto en otro momento. Esa noche Ramón tuvo un sueño agitado, en el que se mezclaban imágenes de Villa Valdecilla y episodios de violencia, poco definidos, cuya víctima era una mujer. A la mañana siguiente tardó bastante en despejarse y olvidar el sueño.

 

Aunque llevaban poco tiempo viviendo juntos, ya se había instaurado una cierta rutina que facilitaba la relación entre Marjorie y Ramón. Además, de común acuerdo y para que él mejorase su inglés, hablaban siempre en ese idioma. Su horario laboral era relativamente cómodo. Trabajaban de lunes a viernes, desde las 8:30 hasta las 17 horas, con un descanso para comer algo ligero a las 12:30. Al volver a casa, salvo que tuvieran que hacer alguna compra, podían dedicarse a investigar un rato después de la cena, que solía ser alrededor de las 18:30.

A él le costó un poco adaptarse al horario europeo, especialmente a las cenas. Decía que antes de irse a la cama le sonaban las tripas y tenía que hacer una especie de recena sobre las 22 horas. En Valladolid jamás cenaba antes de las 21:30 y habitualmente más tarde. Aun así, no tardó en aceptar que era un horario más lógico y que le permitía rendir más en su trabajo. También trasnochaban menos. Salvo fines de semana o circunstancias especiales, a las 23 horas estaban acostados, lo que la mayor parte de las noches no significaba necesariamente que durmieran.

Recogidos los platos y los restos de la cena, la mesa de comedor se transformaba en una zona de trabajo. Cada uno, con su portátil conectado a internet, se encargaba de la parte del trabajo asignado.

Marjorie, aunque no tan ducha como Ramón en aspectos tecnológicos, se defendía perfectamente en las búsquedas y análisis. Además, él la iba poniendo al día en trucos y herramientas informáticos, que le eran de gran ayuda y que incorporaba enseguida a su conocimiento.

 

Una mañana, días después de recibir el primer correo de María y en la pausa para el almuerzo en la empresa, Marjorie le miró a los ojos y le preguntó de sopetón y sin venir a cuento:

—¿Con quién hablabas hace un rato?, me pareció que estabas preocupado.

Ramón quedó muy sorprendido. Cuando mantuvo esa conversación, Marjorie no estaba a su lado.

—Conversaba con un conocido del que todavía no te he contado nada, pero mejor que hablemos de ello en un lugar más discreto —respondió en voz baja.

Ella pareció extrañada, pero no insistió.

 

Al regresar a casa, Marjorie le recordó que tenía algo que contarle.

—Verás —dijo él—, hay determinados asuntos de mi trabajo como investigador que todavía no conoces. No toda la gente con la que me relaciono son historiadores o investigadores académicos. También mantengo contactos con varios hackers que conocí a través de mis amigos frikis de la universidad. Algunos, bastante buenos en lo suyo, me recomendaron que tomara precauciones en los aspectos digitales, puesto que las investigaciones que realizaba podían tocar algún tema sensible y motivar ataques o intentos de intrusión. Por eso tenemos la información repetida y alojada en diferentes servidores y disponemos de programas de protección bastante sofisticados. Uno de esos programas es un sistema de monitorización a distancia de intentos de penetración, gestionado por mi amigo «Virus Letal», que era quien me ha llamado esta mañana, para decirme que habían intentado entrar en nuestro servidor en varias ocasiones, de momento sin conseguirlo. No sé si se trata de una casualidad o que nos estamos aproximando a alguno de esos «temas sensibles».

—¿Y qué puede tener de sensible la historia de un completo desconocido que desapareció en Málaga a principios del siglo XX? —dijo Marjorie atónita.

—No lo sé, quizá solo era un crío practicando trucos de hacker, es más habitual de lo que la gente piensa. No somos conscientes, en general, de lo desprotegida que tenemos nuestra información sensible. La tecnología es una ayuda inestimable, pero tiene un lado oscuro que hay que controlar. Eso es lo primero que aprendí con la gente del grupo de «Nuevas Fronteras de la Tecnología» en la Universidad de Valladolid. Si volvemos a recibir ataques habrá que analizarlos más en profundidad, pero por ahora podemos olvidarnos. Vamos a ver si podemos averiguar algo más sobre Juan López y sus aventuras después de cenar —respondió Ramón.

«En contra de lo que parecía al principio, ese encargo quizá podría tener cierto atractivo. Además, les permitiría dar rienda suelta a su pasión por la investigación y a la búsqueda en múltiples fuentes de información para intentar conocer la verdad», pensó Ramón mientras cenaba.