Ciudadanía y cristianía - Olegario González de Cardedal - E-Book

Ciudadanía y cristianía E-Book

Olegario González de Cardedal

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Beschreibung

Los hombres tenemos siempre la vida por hacer, los ciudadanos tenemos siempre la sociedad por configurar y los cristianos tenemos siempre nuestra fe por realizar. Este libro se propone iluminar la relación existente entre estos órdenes: Humanidad, Ciudadanía y cristianía. El autor muestra desde dónde se configuran cada una de ellas colaborando entre sí, a la luz de lo que ha sido la historia espiritual de Occidente. De ahí sus dos partes: Subsuelos nutricios de la ciudadanía -- Situaciones y exigencias de la cristianía. Se radiografían así los movimientos fundamentales de la conciencia española que han tenido lugar en el último medio siglo.

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Olegario González de Cardedal

Ciudadanía y cristianía

Una lectura de nuestro tiempo

© El autor y Ediciones Encuentro, S. A., Madrid, 2016

Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y ss. del Código Penal). El Centro Español de Derechos Reprográficos (www.cedro.org) vela por el respeto de los citados derechos.

Colección 100XUNO, nº 7

Fotocomposición: Encuentro-Madrid

ISBN: 978-84-9055-802-7

Para cualquier información sobre las obras publicadas o en programa y para propuestas de nuevas publicaciones, dirigirse a:

Redacción de Ediciones Encuentro

Ramírez de Arellano, 17-10.a - 28043 Madrid - Tel. 915322607

www.edicionesencuentro.com

A

Don Baldomero Jiménez Duque y

Don Alfonso Querejazu Urriolagoitia,

maestros de vida.

PRÓLOGO

En este libro, el autor dirige su mirada a algunas de las convulsiones que ha vivido el alma española en los últimos decenios. Ha habido vuelcos y progresos, conquistas y recaídas. Podemos ocuparnos en fotografiar los movimientos de superficie más visibles como son los cambios políticos, económicos y sociales acontecidos en la sociedad; y podemos ocuparnos también en analizar los sobresaltos, las conmociones y mutaciones de las conciencias. Aquí daremos primacía a estas últimas.

Para existir con dignidad, al ser humano le es esencial pensar, dar razón de sus acciones e interpretar la historia que va viviendo. La afirmación de Sócrates en su defensa es perennemente válida: «Una vida sin tal género de examen no es digna de ser vivida por el hombre». Característica fundamental de Europa en el siglo XX fue la necesidad sentida de tener que interpretar la historia que estaba viviendo. Sin duda era un síntoma de que había perdido la plácida evidencia del vivir. Citemos solo algunos de esos análisis señeros en la primera mitad del siglo: O. Spengler, La decadencia de Occidente (1918/1922); J. Ortega y Gasset, El tema de nuestro tiempo (1923); K. Jaspers, La situación espiritual del tiempo (1931); M. Heidegger, Carta sobre el humanismo (1946); R. Guardini, El fin de la modernidad (1949). No menos han sido los análisis realizados en la segunda parte del siglo hasta nuestros mismos días. Hoy los cambios son tan rápidos y profundos que es difícil saber por qué fuerzas somos arrastrados y hacia qué mundos nuevos caminamos.

Lo que hemos afirmado sobre la conexión entre ser y pensar, lo debemos afirmar con igual razón sobre la conexión entre creer y pensar. Una fe sin reflexión y una religión sin cultura se vuelven ingenuas o violentas. El cristianismo no es una filosofía pero ha generado sucesivamente nuevos pensamientos en cada tiempo y sobre cada tiempo. La reflexión específica del creyente es la teología, como ejercitación de la razón desde la fe o como explicitación de la fe desde la razón. Los grandes nombres del siglo XX son exponentes de ese quehacer teológico: Lubac, Chenu, Congar, Sesboüé… en el área francesa, Rahner, Balthasar, Ratzinger, Kasper, Küng, J. B. Metz, en el área alemana... Junto a estos un estudio más complejo deberá prestar oído también a otros analistas, procedentes de la filosofía, de la política y de la sociología. Con ellos, y con los mejores exponentes del pensamiento hispánico presentes en la memoria, estas páginas piensan España, teniendo Europa como trasfondo ya identificador de todos, y repiensan el cristianismo en la luz de su expresión católica actual.

Cuatro son las perspectivas fundamentales desde las que analizamos nuestra situación espiritual: la cultura, la ética, la religión y la política, observando en especial cuál ha sido la relación entre la ciudadanía y la cristianía. Con esta última palabra se designa la configuración personal de un hombre por las realidades cristianas asumidas en conciencia explícita, decidida voluntad y realismo de vida; es decir, la existencia cristiana en su despliegue histórico. Intentamos mostrar cómo pueden convivir la ejercitación de la ciudadanía y la ejercitación de la cristianía en clara diferencia y consciente colaboración al servicio del único hombre. Los capítulos sucesivos han nacido a la luz de los acontecimientos, queriendo comprenderlos y aprender de ellos.

El lector echará de menos algunos grandes temas: entre otros el lugar de la política en la conciencia y responsabilidad cristianas frente a la pobreza y la injusticia; el silencio que se ha hecho sobre Dios en muchos sectores de Europa —de esto hablé en mi libro Dios en la ciudad—; un análisis más profundo y detallado del despertar del islam con su repercusión mundial y su apelación perversa a Dios para justificar la violencia contra el hombre, contra la historia, contra el cristianismo y contra toda la cultura anterior a Mahoma. Temas todos tan graves y tan de fondo que desbordan absolutamente la capacidad del autor y la exposición en páginas como las presentes.

Un criterio le ha guiado: distinguir para unir realidades diferentes, y luego pensarlas unidas para ver qué figura surge de la colaboración entre ellas, cuáles son los posibles ensanchamientos y cuáles las colisiones posibles. Una convicción está presente en estas páginas: la conciencia política ha adquirido en España durante los cuatro últimos decenios el relieve e importancia que merece. Ella es muy importante en la vida de un país pero no lo puede ser todo; no debe desplazar de su lugar propio otras canteras en las que el hombre debe cortar los sillares que sostienen el edificio de su vida, ni olvidar otras fuentes de sentido en las que necesita beber para cultivar todas las posibilidades y necesidades de su humanidad.

Dos grandes convicciones subyacen a estas páginas. La primera es que el hombre para su plenitud necesita integrar en su vida los horizontes de absoluto que le abren el pensar y el creer, diferentes pero inseparables. J. Habermas lo expresó en estos términos: «Entre las sociedades modernas, solamente aquellas que consigan introducir en las esferas de lo profano los contenidos esenciales de su tradición religiosa, tradición que apunta siempre por encima de lo simplemente humano, podrán también salvar la substancia de lo humano»[1].

La segunda convicción que guía también al autor es que el teólogo, y con él el creyente, tienen que llevar a cabo una permanente conjugación entre el universo secular y el universo religioso, una traducción a lo universal humano de lo particular cristiano, que no lo trasforma en su substancia ni lo deja a merced de cualquier forma de metafísica o de política, pero muestra su valencia de verdad humanizadora en el mundo, siendo así capaz de acreditarse y de responder a sus desafíos. Th. Adorno expresó de forma extrema tal desafío a la fe y a la teología: «Nada que tenga contenido teológico… persistirá sin trasformarse; cualquiera de esos contenidos tendrá que someterse a la prueba de inmigrar al terreno de lo secular, de lo profano»[2]. Esta transformación positiva no es otra cosa que la realización de la misión encargada por Cristo a sus discípulos: «Ser sal de la tierra y luz del mundo» (Mt, 5,13-14).

Olegario González de Cardedal

Salamanca, 9 de febrero de 2016

INTRODUCCIÓN

Los hombres tenemos la vida siempre por hacer, los ciudadanos tenemos la sociedad siempre por configurar y los creyentes tenemos nuestra fe siempre por realizar. Esta tarea, permanentemente abierta, muestra en cada momento unas posibilidades y unas amenazas, unos desafíos y unas tentaciones. Descubrir unas y otras es nuestra primera responsabilidad como seres alertas a nuestro destino. Colaborar en esta tarea y clarificar nuestra situación para mejor asumir nuestra misión histórica es la intención de estas páginas.

I

¿Cuáles son algunos de esos retos de cuya respuesta depende el futuro de España y del cristianismo en ella? La conciencia contemporánea concibe como su gloria máxima la libertad. Libertad entendida no solo en su aspecto trivial de elegir esto o aquello sino como la capacidad de realizar un proyecto, de gestar una obra valiosa, de entregarse a la tarea de sanación y de redención del prójimo, de hacer de la propia existencia un servicio a los demás. No ser conscientes de esta grandeza del hombre, creador por ser imagen del Dios creador, es fallar en uno de los elementos más sagrados de la existencia humana. Dios nos ha hecho a su imagen con la capacidad de ser creadores con él y con la necesidad de llegar a ser semejantes a él, participando de su divinidad. Ser libres es en parte exigencia de nuestra naturaleza y en parte resultado de nuestra acción. Cuando perdemos esa libertad no siempre podemos recuperarla por nosotros mismos: quedamos remitidos a los demás y a Aquel que habiéndonos creado nos puede recrear.

A esa libertad del hombre la acompañan dos riesgos mortales. El primero es olvidar la naturaleza desde la cual y en medio de la cual se es libre. El segundo es olvidar que la libertad nos es hecha posible por los otros. El hombre solo es libre desde el amor y en compañía; y ninguno de los dos se los puede dar a sí mismo. El olvido y trasgresión de estos límites es la forma que toma hoy el pecado original: querer ser hombres dominando absolutamente la naturaleza y sobreponiéndose a Dios, bien por su negación o por la apropiación de la divinidad que es solo propiedad de él. Separar la libertad de la naturaleza y de Dios es condenarla a la degradación. Libertad dice autonomía y esta dice capacidad de alteridad y obligación de relación.

La que consideramos segunda gran enseña de nuestra dignidad de hombres hoy es nuestra inteligencia, nuestra capacidad de conocimiento, nuestro atrevimiento a saber cada uno por sí mismo. La inteligencia tiene ejercitaciones diferenciadas y las diversas culturas tienen varias palabras para designarlas. No dicen lo mismo en griego nous y logos, en latín ratio e intellectus, y en las lenguas modernas raison e intuition, Vernunft y Verstand. La inteligencia se abre y aplica a muchas realidades y son esas realidades diferentes las que reclaman un uso diferente no intercambiable entre sí. Hoy hemos absolutizado uno de esos usos: el ejercicio analítico sobre la realidad natural cognoscible por la investigación científica, obligando a las demás formas de conocimiento a legitimarse por este tipo de saber, propio del orden cuantitativo.

Hemos otorgado primacía y hemos convertido en criterio de validez universal el uso empírico de la inteligencia, es decir, la razón, y desde él excluimos campos inmensos de la realidad que no se dejan apresar con ese método. Así lo hace, por ejemplo, el positivismo y al lado de él el naturalismo, que absolutiza el cuerpo humano hasta el punto de poner bajo sospecha no solo el alma en el sentido clásico, sino la misma libertad, negada o relegada a un papel secundario. Con esta comprensión de la inteligencia y de su tarea esencial estamos excluyendo inmensos mundos de realidad que escapan a la red de una comprensión positivista y naturalista del saber humano. A este método se le escapan las cuestiones esenciales tales como el destino del hombre, la verdad como revelación del ser y don al hombre, la belleza, la gratuidad, la esperanza como matriz del futuro y el propio pasado en el que encontramos esbozados los mejores sueños del hombre. La razón positivista indaga el «cómo» de las cosas, de la sociedad, del hombre, en su estructura y su despliegue. Junto a esta hay otra forma más significativa de conocer: la que pregunta por el origen primero de la vida humana, por el hecho mismo de existir, por la última finalidad y sentido: en una palabra, por el «porqué» y el «para qué» de todo y en primer lugar de cada uno de nosotros como persona. Aquel saber es el propio de la ciencia (lo contrario es la ignorancia): este, en cambio, es el propio de la sabiduría (lo contrario es la necedad).

La tercera gran cuestión humana hoy en peligro es el olvido de la esencial referencia del yo al tú: la alteridad, la proximidad, el otro humano como constituyente del yo y como tercero liberador del ciego egoísmo que puede amenazar la conexión yo-tú. Una parte de la cultura moderna ha sucumbido a esta comprensión monológica del hombre cerrado sobre sí mismo. Tal reducción egocéntrica toma formas individuales y formas colectivas o nacionalistas. Una vez dado este paso, ‘el otro humano’ no es el necesario contrapunto armónico sin el cual no puedo reconocerme ni realizarme, sino que comienza a parecer como una secreta amenaza, que necesariamente se intentará eliminar. El otro se convierte entonces primero en el adversario y luego en el enemigo a abatir. Se olvida el hombre entonces de lo que es la tarea encargada por su creador: «ser el guardián de su hermano» (Gn 4). El tentador le comienza a sugerir: Tú eres soberano de ti mismo, no necesitas al otro y no tendrás paz ni libertad mientras no le hayas eliminado, para que no pueda ser tu competidor.

Se olvida o rechaza entonces la categoría de fraternidad, al olvidar o rechazar su fundamento: la común y universal paternidad de Dios. Las categorías de solidaridad y justicia sin duda han podido corregir ciertos límites o degradaciones históricas de la caridad y de la fraternidad, pero no pueden sustituirlas. Para decirlo con palabras de Jean Paul Richter: Todo es distinto si fuera verdad que no tenemos Padre, que somos huérfanos, que estamos solos en el mundo, que no somos hermanos ni hay nadie que nos redima. La fraternidad universal cristianamente se funda en la común paternidad de Dios creador, del que se deriva la unidad de la humanidad, y es cualificada en su contenido por la encarnación de Cristo. Este es el Hijo, el hermano mayor de cuya filiación participan quienes eligen ser sus hermanos, y quien los establece en una relación suprema con Dios como Padre. Tal comprensión de la fraternidad humana está en continuidad con la propuesta por los estoicos y la Ilustración, pero es trascendida ya que se funda no solo en el reconocimiento de nuestra común naturaleza sino en la revelación y encarnación del Dios único y Padre universal (Jn 1,1-18).

En el hecho mismo de su encarnación, Dios estaba reconociendo a la naturaleza humana la capacidad y dignidad de ser asumida. Y una vez asumida y vivida por él le confirió una cualificación divina, de forma que todo toque de vida o de muerte al hombre es un toque de vida o de muerte a Dios (Mt 25; Lc 10,30-37). Esta nueva fraternidad es la oferta específica que el cristianismo hace a los hombres; quienes la acogen y corresponden a ella forman dentro de esa fraternidad universal el nuevo círculo concéntrico de fraternidad, que es la Iglesia. «Fraternidad» fue justamente uno de los primeros nombres con que se designaron los cristianos.

II

De la comprensión y realización de las tres categorías enumeradas (libertad, inteligencia, alteridad) dependen el vigor y la esperanza de una sociedad, como hecho espiritual de hombres unidos en un proyecto de dignificación de la propia humanidad y no solo en la mera preocupación por pervivir y ganar, poseer y aparentar. Un país necesita ser animado y no solo gestionado, ilusionado y no solo regido, orientado hacia metas últimas y no solo a las conquistas de cada día. Tiene que revivir y actualizar la ejemplaridad de las grandes personalidades que lo crearon en sus órdenes espirituales; esos que nutren los sueños, por los que vale la pena luchar y que otorgan la alegría de existir.

En medio de los graves problemas sociales y políticos que nos agobian, es necesario dar a los ciudadanos que pensar y que amar, por qué trabajar y por qué soportar carencias y sufrimientos en determinados momentos de la historia. No se trata de dividir el mundo en realidades espirituales por un lado y materiales por otro, porque todo es material y todo es espiritual, toda gracia implica naturaleza y toda naturaleza abre a la gracia —cantaba Péguy—. El hombre no puede cercenar ninguno de sus dinamismos y un pueblo no puede cerrar los anchos espacios que el espíritu humano ha abierto.

Hoy en España estamos inclinados a pensar que solo son necesarios algunos de esos órdenes de realidad como son los económicos y políticos, fundamentales en verdad. Pero ello nos puede tentar a minusvalorar otros o a relegarlos al descuido, hasta que hayamos resuelto aquellos problemas que consideramos los más urgentes e inmediatos. Hoy la conciencia colectiva parece esperar la solución a los problemas de estos tres grandes ámbitos de realidad creados por el hombre: la técnica, la economía y la política. La técnica, derivada hoy casi en inmediatez temporal de la investigación científica, crea instrumentos que aligeran y artefactos que sustituyen el trabajo material y llevan a cabo trasformaciones de la naturaleza poniéndola al servicio del hombre. Es el homo faber. La economía programa acciones, intercambia productos, propone planes para generar recursos y así acrecienta la riqueza para que sean mayores los bienes y el bienestar humano. Es el homo oeconomicus. La política ordena la convivencia entre los humanos, conjuga libertades, engrasa mecanismos de funcionamiento social, corrige la desigualdad en el acceso a las fuentes de riqueza y redistribuye esta cuando el mercado por sí mismo no lo hace. Es el homo civilis. Poder más, tener más, vivir en espacios de mayor relación y de mejor convivencia públicas son tres misiones esenciales a la vida humana, a las que merece la pena servir y por las que debemos agradecimiento a quienes se entregan a ellas. La reciente desacreditación del quehacer político, a raíz de corrupciones y traiciones de algunas personas o grupos, no nos puede llevar a negar la dignidad y el mérito del servicio público, que la mayoría de los políticos cumple con honradez y eficacia.

III

Pero junto a estas áreas de realidad (técnica, economía, política), que proveen a necesidades fundamentales de la vida humana (dominar la tierra, proveer bienes, garantizar la convivencia), no podemos olvidar otros órdenes que responden a necesidades y deberes, a derechos y esperanzas, que han sido y seguirán siendo siempre alimento esencial del alma humana y fermento de nuestra creatividad. Ellos permiten convertir el vivir en un acto de libertad acreditada, redimir la existencia bajo la culpa y el límite, abrirla a horizontes de verdad, justicia, sentido y esperanza. En este libro, dando por supuesta la necesidad de cultivar permanentemente los tres órdenes arriba enumerados, me referiré a otros cuatro grandes campos de cultivo necesario para el espíritu humano. Su descuido personal o colectivo llevaría consigo una pérdida de humanidad y una rebaja del ser espiritual que somos. Cuando se dan ese olvido o descuido aparece la decadencia. Estos cuatro universos son: la cultura, la religión, la ética y la política. ¿Tienen ellas hoy en España la presencia, el cultivo y la defensa pública que objetivamente les corresponden? Parecería que nadie se considera portador y responsable de ellas, mientras que el Estado se ha concentrado en los saberes técnicos y prácticos, dejando estos otros remitidos al orden de la intimidad y subjetividad individual, dentro de la cual todo parece posible. Es verdad que el Estado no puede imponer ‘su’ ética, ‘su’ cultura o ‘su religión’; pero una cosa es no convertirse en dueño de las realidades espirituales y con ellas de las conciencias y otra no proveer a su cultivo público. Hoy estamos ante la tarea de redescubrir la necesidad de cada uno de estos órdenes: cívico, moral, cultural y religioso, con sus contenidos propios, sin exclusión ni absolutización de ninguno de ellos por los otros.

IV

Este libro está escrito por alguien para el que esos cuatro órdenes son igualmente imperativos, que se debe a los cuatro y se ha propuesto colaborar a una ciudadanía nutrida con las riquezas de todos ellos. Dentro de ese ámbito de realidades se pregunta por el lugar y la aportación de la religión, en concreto de la religión cristiana, en la medida en que ella se fundamenta en hechos e ideas objetivas (cristianismo), ha creado una comunidad de existencia con valores, cultura, moral, instituciones y realizaciones personales excelsas como son los santos, los místicos y los teólogos (cristiandad) y determina tanto la orientación como la realización de la inteligencia y de la libertad del hombre (cristianía). No presento, sin embargo, una exposición teórica que he ofrecido en otros libros como La entraña del cristianismo, El hombre ante Dios, Dios en la ciudad. Aquí se ofrecen algunas perspectivas generales y una reflexión sobre hechos concretos, a la luz de la forma en que la ciudadanía y la cristianía son vividas en España hoy.

Junto a algunos análisis más teóricos invitamos a una reflexión sobre Europa y su dilema radical: seguirse refiriendo como continente cultural a Dios y comprender la vida humana desde él o concentrarse solo sobre el hombre, su sola gloria y su finitud final. Dilema de una secularización (en realidad es descristianización) que genera un miedo, casi odio, al islam, porque este mantiene viva la dimensión real, personal y social de la religión que Europa parece no comprender ni ser capaz de realizar en el marco de la democracia con libertad y modernidad. No todo el islam, pero sí algunos sectores, países y autoridades, mantienen junto a un arcaísmo histórico y una funesta ausencia de conciencia crítica la referencia a Dios; otros de manera terrible unen la fe con el desprecio a la razón científica e histórica y a Dios con el crimen. Este es quizá el aspecto más dramático de la situación europea: por un lado una modernización sin fe (hombre en libertad absoluta sin Dios) y por otro una fe sin modernización (Dios sin libertad para el hombre y sin respeto al prójimo). Una consecuencia terrible de esta experiencia del islam, uniendo el nombre de Dios a la violencia, es la generalización que extrapola ilegítimamente este hecho y con ello la afirmación de que toda religión es violenta por su esencia.

El cristianismo en España, superados por un lado las viejas inquisiciones y por otro las nuevas revoluciones, debe ser vivido por los cristianos y aparecer perceptible a los no cristianos como un factor de iluminación de la realidad, de ahondamiento de la vida personal, de generación de fraternidad, de compasión con las personas heridas y a través de todo eso hacer posible el encuentro del hombre con Dios. Este servicio al hombre otorgando palabra, presencia y realidad a Dios, aun cuando no aparezca con resultados inmediatos para la sociedad, es la aportación esencial de la religión, del cristianismo y de la Iglesia al mundo. ¡Dios, sobrehumana palabra, que, pronunciada en el corazón del mundo con verdad personal, se convierte en fuente de vida para quien la acoge! Esta misión de hacer audible, cognoscible y amable a Dios, es anterior, superior e incomparable con las aportaciones culturales, sociales y morales que el cristianismo puede y debe aportar a la convivencia humana. Dios, realidad sagrada constituyente del hombre tal como él se ha revelado encarnado en Jesucristo, confiere a la carne, al cuerpo y a la humanidad un valor infinito. Lo que llamamos gracia, redención, salvación no es otra cosa que el conocimiento, amistad, participación y asimilación a Dios tal como él se nos ha revelado en Jesucristo.

V

En la primera parte, un capítulo habla de la cultura, la religión, la ética y la política como los cuatro grandes substratos vivificadores de la ciudadanía y de la democracia. En la segunda parte se vuelve la mirada a Europa, ya que nuestras preocupaciones y situaciones son las mismas que en las otras naciones europeas, aun cuando evidentemente la anterior historia propia de cada una de ellas siga destiñendo sobre su situación presente. Un segundo capítulo se pregunta por los vuelcos que la Iglesia católica parece estar viviendo a partir de la renuncia de Benedicto XVI y la elección de Francisco I. Este ha sido el itinerario seguido en la elección de los últimos papas: Tránsito de Roma a Italia primero, de Italia a Polonia después y de Alemania al cono sur en Buenos Aires, la mayor lejanía de Europa. Esta diversidad de procedencias de los papas, cada uno con su cultura, sensibilidad e intereses ¿es signo de una catolicidad capaz de conformar todo desde el íntimo núcleo de la fe o de un sincretismo capaz de engullirlo todo y de adaptarse a todo, por más diferente o contrario que sea? Otro capítulo de esta segunda parte piensa el momento de la Iglesia española: ¿Qué grandes conquistas ha realizado en el siglo XX, determinado tan decisivamente por el concilio Vaticano II y la Constitución del 1978? ¿Qué tareas le han quedado pendientes, que debe asumir aun cuando sea con retraso? ¿Cuáles son las nuevas provocaciones y esperanzas proyectadas ante la Iglesia española en el siglo XXI? Finalmente se trata de un problema del que se ha dicho que es el más difícil: la relación del individuo con la colectividad, del hombre con los otros hombres, del ciudadano con los otros ciudadanos, del cristiano con la Iglesia.

Este es un libro de historia; de historia espiritual del alma española en el último medio siglo. Pero, ¿de qué se ocupan los historiadores? Antes se ocupaban sobre todo de los reyes y sus batallas, después de las instituciones y mentalidades; hubo un tiempo en el que quedaron fascinados por la economía y los precios; en los últimos decenios atendieron a la vida cotidiana. En medio de todo eso puede quedar atendida o desatendida la realidad esencial: el sujeto que vive, piensa, sufre, proyecta muere y sabe de su muerte; en una palabra, el alma humana. El autor guarda un recuerdo imborrable de su visita a L’École Normale Supérieure (Rue d’Ulm) donde preside el busto del historiador Fustel de Coulanges (1830-1889). Y en él su lema: «La historia no se ocupa únicamente de estudiar los sucesos materiales y las instituciones; su verdadero objeto radica en conocer el alma humana; debe aspirar a saber lo que el alma humana ha creído, ha pensado, ha sentido en las diferentes edades de la vida de los hombres»[3].

PRIMERA PARTE LOS SUBSUELOS NUTRICIOS DE LA CIUDADANÍA

INTRODUCCIÓN

La categoría de ‘ciudadanía’ es ya esencial a la democracia, si bien dentro de esta pueda tomar formas y tener contenidos diversos. Con ella entendemos el estatuto que se concede a los miembros de pleno derecho de una comunidad en la que todos son iguales en cuanto a los derechos y obligaciones que implica esa pertenencia. No se trata de vínculos de parentesco sino de un vínculo y sentimiento de pertenencia y de lealtad a una historia y civilización que se consideran patrimonio común. En la época moderna han ido unidas estas tres realidades: Estado-Nación-Ciudadanía. Hoy aparecen otros aspectos igualmente esenciales.

El vínculo entre ellas se manifestaba en la fórmula más común: la ciudadanía era nacional, y se la comprendía a la luz de una tierra, una historia y un presente concretos. Frente a esta ‘ciudadanía nacional’ han aparecido en los últimos decenios fórmulas como las siguientes: ciudadanía cosmopolita, multinacional, universal, global. Se habla de una ‘ciudadanía plural y democrática’. Las tres grandes realidades que han llevado a esta nueva situación, especialmente en Europa, han sido el pluralismo, la emigración y la globalización.

Con ellas ha tenido lugar el tránsito de sociedades con homogeneidad a otras en las que la diversidad puja por afirmarse llevando a una situación social y política que puede ser enriquecedora o amenazadora. Si hasta ahora lo característico de la ciudadanía era conferir un modelo de sociedad y una propuesta de existencia humana determinados por la propia historia, distinta e incluso enfrentada a otras naciones, ahora la característica es la voluntad de integración y aceptación de la diferencia. Esta es la difícil tarea fundamental, que debe acompañar los proyectos políticos y sociales: el reconocimiento de la diferencia (historia, sociedad, cultura... ) en una sociedad de iguales (derechos, obligaciones...), con la simultánea voluntad de conseguir juntos las metas que son esenciales a la humanidad. Esto se logra esforzándose juntos por responder a las necesidades y posibilidades, derechos y obligaciones de todo ser humano. El actual discurso sobre los derechos naturales y esenciales al ser humano debe completarse con el discurso sobre las necesidades y los deberes de esos mismos hombres.

Estamos ante la tarea de conjugar las exigencias implicadas en cada una de las dos partes de este binomio:

-Igualdad-diferencia.

-Universalismo-particularismo.

-Cultura humana-cultura nacional.

-Identidad abierta-identidad integradora.

La aceptación de las exigencias de cada una de las partes del binomio y la conjugación con las de la otra exige de las personas primero y de las naciones después una flexibilidad espiritual que sea capaz de integrar lo nuevo a la vez que de seguir asumiendo la propia historia vivida, caracterizada fundamentalmente por la voluntad de diferenciación nacional. La tentación es pretender una comprensión simplificadora de la ciudadanía rechazando de entrada lo que pudiera amenazar esa identidad propia que en exclusiva generaba la ciudadanía.

Uno de los hechos más decisivos en la historia espiritual de Occidente primero, y a la vez del mundo, fue el concilio Vaticano II. Él instaura como normativa para la Iglesia católica la actitud de acogimiento y diálogo con el prójimo distinto e incluso con el prójimo adverso. Para esta actitud y propuesta se impuso el término ecumenismo o propuesta de diálogo: primero entre las iglesias que se refieren a Cristo como su origen; luego entre las religiones, y al mismo tiempo entre las culturas. Ecumenismo de las Iglesias, ecumenismo de las religiones y ecumenismo de las culturas. Esto significaba por parte de la Iglesia la abertura y voluntad de diálogo con la realidad concreta de la sociedad en medio de la que vive. El reconocimiento de la diferencia no puede ocultar el hecho primordial de ser todos humanos con anterioridad a la forma particular de vivir la humanidad.

La filosofía política en la que esta categoría de ciudadanía ha jugado un papel decisivo en estos años, provocada sobre todo por los fenómenos migratorios, ha elaborado la distinción entre las dos posturas extremas en este orden: la primera caracterizada por la abertura, reconocimiento y diálogo con el otro y la segunda caracterizada por el rechazo, demonización y expulsión del otro. Como resultado se ha hablado de un choque, de un encuentro, diálogo y alianza de civilizaciones. Para designar la actitud de rechazo del diverso, la imposición de lo propio con la obligación de deponer lo que el otro trae de lejos obligándole a encajar en nuestros marcos no solo sociales sino también morales, se han creado las siguientes fórmulas: «ciudadanía amurallada» frente a los demás considerados invasores; «pensadores en bloque» que reclaman la igualdad total del que viene con el que preexiste, y a la inversa «identidades asesinas»: que exigen la negación de lo previo como condición de la integración en lo nuevo, «trincheras ideológicas» en las que uno se defiende frente a la diversidad percibida como enemiga. «Los pensadores en bloque de cada lado brindan ayuda y alivio a los pensadores en bloque del otro lado y con cada intercambio nos acercan al abismo» (Ch.Taylor).

La ciudadanía no puede quedar indemne y al margen de estos fenómenos que afectan ahora a estratos básicos de la humanidad como son la emigración y la globalización. El reconocimiento de la diferencia por unos y otros no puede ocultar la igualdad fundamental de todos como miembros de la única humanidad, hijos del mismo Creador y prójimos de todos los demás como hermanos. En Europa, el problema es cada día más acuciante en la medida en que aumenta el número de personas que llegan con una cultura, una religión y un horizonte distintos de los que han modelado nuestro continente occidental y europeo. Este es el dilema: integración total en el país de acogida con rechazo u ocultamiento de lo propio desde el vestido hasta las formas de vida social o por el contrario la aceptación de manera que, una vez discernidos esos elementos foráneos, puedan ser rechazados o incorporados como complementarios y ensanchadores de nuestra identidad europea actual.

Aquí entran en juego problemas de más hondo calado: el valor de la cultura y el encuentro con culturas que han nacido en un humus totalmente distinto al nuestro, incluyendo convicciones tanto sobre el quehacer diario como sobre el sentido trascendente de la vida humana. Aparece el problema del multiculturalismo y su repercusión sobre la cultura que ha forjado la identidad nacional del país que recibe al emigrante. ¿Pueden ser erguidas una frente a otra con igual valor y reclamación de acatamiento? ¿Pueden ser absolutizadas las culturas propias del país de acogida frente a las que trae el emigrante? ¿Puede el emigrante reclamar seguir haciendo uso aquí de lo que era normativo en su país y no aceptar la legislación y los usos sociales con las convenciones que comporta la convivencia?

Este es el envite que está sufriendo Europa en este momento y es especialmente grave en Alemania y Francia. En Berlín hay más turcos que en la propia capital de Turquía, Ankara. Ya están afirmándose los hijos de la tercera generación, que son de cultura pública alemana, de cultura privada turcos y musulmanes, en espera de seguir creciendo hasta ser mayoría y poder determinar la política, la sociedad y la cultura desde sus convicciones. Las autoridades alemanas pueden negar y están negando la reclamación de un multiculturalismo como base de la gestación y crecimiento del país, pero les será ilegítimo el rechazo el día en que los otros sean una mayoría. Michel Houellebecq, en su novela Sumisión (2015), ha descrito el lento tránsito de la sociedad francesa pasando del apoyo a los partidos franceses tradicionales al apoyo al Frente Nacional, y finalmente para evitar la victoria de este preferir la propuesta de un partido musulmán, que termina llegando al poder en 2022, imponiendo desde él su mensaje fundamental para la política y la sociedad; en una palabra, el islam con su cultura unida a su religión.

En Francia, el problema es grave y se plantea en términos teóricos más sutiles. Por lo pronto, la población proveniente del norte de África está determinando la vida y los usos sociales de algunas grandes ciudades como Marsella. Francia ha erigido la herencia de la Revolución francesa como constituyente de la República, de la laicidad de la enseñanza y de la vida pública, hasta erigir un individualismo republicano en criterio supremo y rechazando los elementos previos de las comunidades de origen o de pertenencia que son reclamados por muchos franceses, emigrantes y no emigrantes. Esa dimensión comunitaria del hombre es tan esencial como otras dimensiones y el individuo tiene derecho a asumirla y ejercitarla. El criterio no es el individuo sino la persona y esta es esencialmente referencia al otro, integración del prójimo, historia, comunidad, tradición.

Una nación tiene que ofrecer a sus ciudadanos la posibilidad de ejercitar y promover, dentro del ordenamiento jurídico existente, esta dimensión comunitaria mediante grupos intermedios entre el Estado todopoderoso y el individuo indefenso frente a él en su fragilidad y desvalimiento. En esas mediaciones, el hombre encuentra apoyo, recibe identidad concreta, alimenta sus raíces de origen, se apoya y alegra con sus conciudadanos recordando o hablando la lengua que aprendió de su madre. No basta la legislación republicana general. El patriotismo es necesario pero en doble dirección: el de quien recibe y el de quien aporta lo propio. El patriotismo constitucional es necesario pero no es suficiente, porque deja fuera de sí elementos que son esenciales. Hay mucho más que leyes y Constitución: hay la experiencia vivida en común, la cultura, los hechos históricos que dieron vigor, defensa y orgullo a un pueblo. Sin esto, al ciudadano solo le queda la soledad de su soberanía y una libertad empobrecida, ya que no hay libertad sin el amor, la comunidad y la esperanza engendrada por los otros, desde las grandes convicciones religiosas y morales propias de cada tradición cultural, social y religiosa.

El grave problema con el que nos encontramos ahora es un islam fragmentado y diferente en cada país que se identifica con él, que en cuanto tal no ha llevado a cabo la maduración cultural y moral, que ha realizado Occidente durante treinta siglos desde Abraham, en lo que se refiere a los derechos humanos como presupuesto previo de toda legislación. Para la Europa fruto de Grecia, Roma, el cristianismo, la Ilustración y la modernidad, tales derechos son ya una conquista definitiva. Son irrevocables e irrenunciables. Son derechos naturales, que pertenecen al hombre por ser hombre; y son universales, pertenecen a todos los hombres sin distinción de origen, raza, color o religión. No se trata de una cuestión moral: no estamos diciendo que el Occidente cristiano sea mejor, más religioso, más justo que los países de confesión musulmana. No se trata de eso sino de aquellas evidencias logradas tras una larga y dolorosa lucha frente a hombres, poderes e ideologías, a favor del hombre como tal y de la mujer como tal. Es evidente que el huésped tiene que aceptar ciertos elementos esenciales de la nación, comunidad o familia que le da hospitalidad, ya que de lo contrario la convivencia sería imposible.

Lo que Francia y Alemania ofrecen o reclaman de los musulmanes no es ante todo algo particular de su historia sino eso que ya nos parece herencia e imperativo universales. Bien es verdad que no siempre es fácil determinar hasta dónde llegan esos derechos humanos y dónde comienzan los usos, costumbres y convenciones de nuestra cultura local. El tema del velo y del burka en Francia es un ejemplo de esta cuestión, que en sí misma parece baladí pero que implica convicciones y decision sobre el ser del hombre —en este caso de la mujer— y de su realización existencial.

Nuestra reflexión gira no sobre la ciudadanía en sentido político directo sino sobre la ciudadanía en sentido humano primordial. Nos preguntamos por las fuentes personales desde las cuales puede y debe orientarse el ciudadano, además y a la vez que a través de las propuestas políticas concretas. ¿A dónde debe mirar y a partir de qué debe orientarse para ser protagonista de su historia, asumir los deberes y riesgos de una situación concreta y mediante todo ello existir con dignidad y responsabilidad como persona? Si para la formación de la ciudadanía antes se ha mirado principalmente a las fuentes externas: Nación, Estado, Historia, yo ahora invito a mirar a fuentes interiores de orientación a la hora de realizar nuestra ciudadanía. De ahí los cuatro capítulos de esta primera parte: Cultura, Religión, Ética y Política.

El siglo XX ha vivido profundas trasformaciones en la sociedad, la religión y el pensamiento. Tuvo lugar la trasformación de la política en religión, otorgándole un carácter absoluto. En 1938, E.Vögelin habló de «religiones políticas» y en 1944 R. Aron de «religiones seculares». G. Steiner en su monografía Nostalgia del Absoluto examina las que llama mitologías sustitutivas de las religiones tradicionales, tal como aquellas aparecen en la filosofía política de Marx, en el psicoanálisis de Freud y en la antropología de Lévi-Strauss. Después de los grandes abismos de las dos guerras mundiales han aparecido otros ideales considerados como absolutos y suficientes para la vida humana. Ellos han hecho grandes aportaciones a la vida humana y esta es ya impensable sin ellas, pero a la vez han socavado unos abismos que ellos mismos no pueden ni sostener ni colmar. Entre otros autores, J. Habermas ha hablado de «modernidad descarrilada», de una «secularización descarrilada de la sociedad». En Francia, los mejores analistas comprueban un agotamiento patente de los recursos intelectuales y morales que habían sido el sostén de la laicidad como alternativa en alguna forma a la religión: la ciencia, la razón, el progreso, la nación, la república. Entre nosotros, el sociólogo V. Pérez Díaz ha hablado de los «dioses vulnerables de la sociedad avanzada». El laicismo y la religión, a la luz de las crisis y debilidades propias, pueden aprender el uno de la otra y a la inversa. Para ello es necesaria la apertura intelectual, la humildad moral y la generosidad histórica.

Sobre la marcha aparecerá cómo las realidades cristianas, vividas en libertad y fidelidad (cristianía), pueden colaborar a la realización del protagonismo social y de la responsabilidad política (ciudadanía). Así, los cristianos mostrarán que la fe es generadora de responsabilidad ciudadana y superarán la tentación de separar ambos mundos como ajenos uno al otro, evitando también que exista una diástasis o esquizofrenia entre su condición de ciudadanos y su condición de cristianos.

1. CULTURA

Llegados a ciertos momentos extremos, las personas y los grupos humanos se ven obligados a preguntarse por los orígenes de los que vienen, por los fundamentos que los sostienen y por las realidades que les garantizan su perduración. Los españoles se encuentran en uno de esos instantes que fuerzan a un renovado conocimiento, a una esperanza más fuerte y a un mayor amor de su historia, de su presente y de su futuro. En primer lugar, impulsados a un conocimiento que actualice el sentido de nuestras raíces, lo que fueron el trabajo humilde y las gestas heroicas en la construcción de nuestra nación Luego impulsados a un amor que recoja y prolongue, decante e incremente esa historia. Y finalmente impulsados a una esperanza que, fundada en el amor y el valor del vivir, asuma confiada la navegación hacia el futuro. Nada hay más deletéreo que un secreto o manifiesto resentimiento contra nuestro origen: sea este el de la familia, el de la patria o el de la cultura en medio de la que uno ha crecido. Nada es un destino ciego para el hombre y en lo que tiene de negativo debe esforzarse por superarlo. Pero la aceptación de nuestro origen y de la historia, que nos han sido dados, es la primera condición de una vida en la verdad, tanto de la persona, como del grupo y de la nación. Y esto es previo a los problemas políticos ahora candentes, referidos a la organización territorial y a la conjugación de reclamaciones regionales. Una nación es una historia, una experiencia hecha en común, una voluntad de convivencia y un proyecto para navegar juntos con dignidad hacia el futuro.

1. Lugar de la cultura en la historia de un pueblo

¿Desde dónde se forja la identidad y se mantiene la dignidad de un pueblo? Hay muchas respuestas posibles. Yo me atrevería a dar esta: por su cultura, un pueblo sabe quién es, cómo puede y debe llegar a ser, cuándo pierde su libertad y el gozo de existir y cómo debe responder ante situaciones límite que ponen en peligro su pervivencia. Si volvemos la mirada a la historia de Occidente encontramos dos pueblos que por la cultura lograron no solo una afirmación e influencia en los demás sino una potencia creadora de realidades hoy todavía vivas y eficaces. Estos son el pueblo griego y el pueblo judío. El primero cultivó múltiples órdenes del saber y del hacer, desde la política a la música, desde la filosofía a la arquitectura. Y dentro de la literatura, por ejemplo, cultivó todos los géneros literarios: desde la épica (Homero) a la lírica (Píndaro), desde la tragedia (Sófocles) a la comedia (Aristófanes) y desde el diálogo filosófico (Platón) a la novela (autor de la Odisea).

El pueblo judío, en cambio, se concentró en su testimonio dado a la existencia de Dios y a su revelación en la historia, a su trascendencia sobre todas las cosas que existen en el mundo, a la vez que su inmanencia a la conciencia personal y al destino de la historia, que no queda en manos del caos o de la muerte, sino que permanece mantenida en su mano, ya que como su creador es su sustentador y como soberano será su juez y consumador. Las aportaciones de los griegos fueron muchas en varios órdenes; la del pueblo judío especialmente fue una de la mayor profundidad. Podríamos aplicar a estos dos pueblos la sentencia de Arquíloco sobre el zorro y el erizo: «El zorro sabe muchas cosas, pero el erizo sabe una grande». Esa realidad profunda, decisiva para el hombre, que sabe el pueblo judío, la describe así un autor: «Que Dios existe (da ist: está ahí) es el gran don del Antiguo Testamento a la historia»[4]. ¡Y la paradoja es que ese pueblo judío, resultante de la manifestación especial de Dios en la historia y concentrado en testimoniar a favor y en defensa de él ante la humanidad, ha sido el pueblo culturalmente más creador. Bastaría para comprobarlo hacer la estadística de los judíos que han alcanzado el Premio Nobel, de sus hombres de ciencia, de sus escritores, músicos y políticos en el siglo XX.

2. La cultura y las aventuras de su definición

La respuesta que he dado al preguntarme por lo que ilumina y mantiene la dignidad de un pueblo, remitiéndome a la cultura, deja sin aclarar el problema, porque nada es más complicado hoy que definir la cultura. Enumeramos varios hechos que han contribuido a su comprensión actual:

1) Hubo primero la identificación de la cultura con las llamadas ‘humanidades’, término con el cual se designaba la aportación de los autores griegos y latinos a la lengua, poesía, oratoria, política. El uso de la expresión solía matizarse hablando de «humanidades clásicas».

2) Hubo un segundo momento en el que se contrapusieron la cultura y la civilización, refiriendo en el fondo aquella a los saberes ordenados al cultivo del espíritu humano, y esta en cambio a los saberes trasformadores de la realidad por medio de la técnica. En Alemania, durante los tres primeros decenios del siglo XX, se distinguieron y contrapusieron las ciencias de la naturaleza (Naturwissenschaften) y las ciencias del espíritu (Geisteswissenschaften). Esta división tuvo su expresión crítica en la conferencia pronunciada en Cambridge por Ch. P. Snow (1959) y en su célebre libro Las dos culturas y la revolución científica, al que siguió otro: Las dos culturas y un segundo enfoque (Madrid 1982). En ellos analiza la situación espiritual de la humanidad tras el choque entre dos grupos antitéticos: ciencias y humanidades. Según la primacía otorgada a unas u otras surgen una u otra sociedad como indica en el título de su libro E. Lamo de Espinosa, Sociedades de cultura, Sociedades de ciencia (Oviedo 1996).

3) Finalmente hubo un tercer corrimiento del sentido del término cultura. Si hasta ahora se había utilizado en singular y se pensaba siempre en la cultura europea y en sus creaciones universitarias, atribuyéndoles una categoría y dignidad superior a todas las demás, ahora se comenzó a utilizar el término en plural y referido a todo hacer del hombre mediante el cual trasforma la realidad, crea signos, fabrica instrumentos y utensilios en su vida, que no solo sirven a un fin concreto sino que implican una voluntad de belleza. De esta forma se incluía bajo la categoría de cultura lo mismo un cuadro del Greco y el Quijote que la vasija modelada en un taller castellano de alfarería y el bastón labrado con su navaja por un pastor de elefantes en la selva africana. Esta es la comprensión propia de la antropología cultural.

4) En nuestros días asistimos a una variación del término. Cultura en la prensa actual es aquella sección dedicada al espectáculo desde el cine a la moda, desde la música callejera a los ensayos de teatro en la plaza pública. Restos, pecios o reliquias parecen de aquel sentido originario.

3. Las fuentes generadoras de la cultura

Cuando yo utilizo aquí el término ‘cultura’ a la vez que otros tres complementarios (religión, ética y política) y hablo de ellos como subsuelos fecundos de la ciudadanía, estoy comprendiendo bajo esa palabra los cuatro ámbitos siguientes: la ciencia, la sabiduría, la educación y la historia. La grandeza y dignidad cultural de un pueblo deriva de la ejercitación de estas cuatro actividades del espíritu y de la conjugación entre ellas. Las creaciones que ellas llevan a cabo nutren necesidades fundamentales del ser humano; las cuatro son necesarias y ninguna sustituye. a las otras. El hombre necesita conocer su historia para orientarse en el tiempo y en el lugar, a fin de que el tiempo no sea el eterno retorno de lo mismo y así en alguna manera dominarlo no quedando encerrado en él como en una prisión. La conciencia histórica es fruto de la libertad y creadora de libertad. Esa conciencia surge cuando el hombre se descubre y ejercita como superior a la materia y sobre todo cuando sabe del comienzo del mundo, de su tarea y de su fin. La categoría de historia está determinada esencialmente, en nuestro mundo occidental, por la noción bíblica de revelación, comenzando por el origen del mundo (libro del Génesis) y concluyendo con su consumación (libro del Apocalipsis). Solo hay historia donde hay libertad y solo hay libertad donde existe el tiempo abierto por un principio y consumado por un fin, mientras que el eterno retorno es la negación de toda novedad y con ella la aniquilación del hombre ya en el presente.

a) La ciencia

Si por la historia el hombre se sitúa en el tiempo y se puede plantar ante él no como su esclavo sino como su señor, por la ciencia el hombre adquiere el conocimiento que descubre la estructura y las leyes de las cosas, con la capacidad consiguiente para trasformarlas. La ciencia le ha dado al hombre la conciencia de su lugar en medio de las cosas al convertirse en soberano de ellas pudiendo transformarlas por el conocimiento de las leyes internas que las rigen. El hombre se ha ido realizando como explorador adentrándose en un mundo desconocido, como descubridor de realidades nuevas, unas admirables y otras destructoras, como moldeador de toda la materia e incluso del propio espíritu cuando está en conexión con la materia. En este sentido, el hombre es creador y se realiza como imagen de Dios que lo llamó a la existencia para que llegara a ser semejante a él.

Aquí nos encontramos en una encrucijada, en la que hay que tomar decisiones no siempre fáciles. El mundo le está dado al hombre, los animales le fueron confiados y a todo fue él dando nombre como señal de su soberanía. La naturaleza es la materia que el hombre moldea, corrige sus límites, cura sus deficiencias, explora sus profundidades y se sumerge en sus abismos. Pero a la vez es don y debe aprender de ella, oyendo su revelación. El hombre no es el dueño sino el encargado del mundo. El hombre debe descubrir al creador, no suplantarle. El mundo es don y límite.

Aquí aparecen las grandes preguntas: ¿Hasta dónde puede llegar el hombre actuando sobre el mundo? ¿Hasta dónde puede adentrarse en dominador y dónde pisa terreno sagrado que no puede hollar? Hoy tiene capacidad técnica para hacer casi todo lo imaginable. Ese poder físico ¿es a la vez un poder moral? ¿Se puede hacer humanamente todo lo que técnicamente es factible? Aquí surgen los delicados problemas de la ética de la vida (bioética), del cosmos (ecología), del hombre (genética), transformables los tres, hasta deshacerlos o hacerlos de nuevo. ¿Tiene el hombre capacidad para comprender del todo al ser humano y de esta forma recrearlo? ¿Puede garantizar su identidad tras el experimento o se acerca al abismo de su reducción a materia informe, con peligro de hundirse en la nada? Las experiencias mortíferas del siglo XX en este orden (genética y armas atómicas en Alemania, segunda guerra mundial) nos obligan a ser conscientes tanto de nuestra responsabilidad como de nuestro límite. En todo caso, la ciencia pertenece ya al universo real del hombre y no es pensable una sociedad ni una nación sin la posición científica ante la realidad. Ningún naturalismo, ningún nacionalismo, ninguna revolución legitiman volver a una situación o proyecto humano anterior al que hace posible la ciencia. Descubrir sus límites y tentaciones es una manera de afirmarla y reclamarla para la vida del hombre, del hombre y de la mujer, de toda nación y de todo grupo humano.

En este contexto aparece la significación histórica de la encíclica del papa Francisco, Laudato si (24 de mayo de 2015), inspirada en el cántico a las criaturas de San Francisco de Asís, sobre la tierra, nuestra casa común, y las amenazas que hoy sufre el medio ambiente, con el cambio climático y su repercusión sobre la vida, tanto la humana como la animal y la vegetal. La tierra está en peligro. Las consecuencias de esta situación las sufren sobre todo los más pobres. El hombre tiene que cambiar su relación con la naturaleza, pasando de ser altivo dominador de ella como materia por la ciencia y la técnica a ser agraciado por Dios con ella, encargado con su sentido y responsable de su ley propia. Es un don que tiene que agradecer a Dios y entregar íntegro a las generaciones futuras.

b) La sabiduría

Como elemento constituyente de la cultura necesaria a un pueblo hemos enunciado la sabiduría. ¿Queda lugar en nuestro tiempo para hablar de ella? ¿Es inteligible siquiera? ¿No forma parte de la anterior cosmovisión ya superada? ¿Qué decimos cuando decimos sabiduría? El deslumbramiento por la ciencia, con el poder técnico y los nuevos mundos alumbrados por él, nos han llevado a la convicción colectiva de que lo decisivo viene de aquella, de que todo lo demás se mide por ella y de que quien carece de ciencia carece de dignidad y no tiene lugar en este mundo. Las cosas han prevalecido sobre la persona; las ciencias útiles sobre las que ofrecen sentido. Mientras que en generaciones anteriores los viejos eran considerados como trasmisores de la sabiduría de los siglos anteriores y, por consiguiente, un elemento esencial de la sociedad porque ellos acumulaban experiencia y habían podido discernir en su vida lo bueno y lo malo, lo digno e indigno del hombre, las generaciones recientes, en cambio, han dado primacía a la juventud, a su implantación en el mundo como quien lo tiene todo a su disposición, lo domina por el poder técnico y lo organiza por el poder político.

El mundo resultante es bello y repleto de posibilidades mucho mayores que las abiertas a generaciones anteriores. Ningún discurso negativo y crítico puede prevalecer junto al gozo de su contemplación y el agradecimiento a quienes lo han hecho posible. El hombre ha sido descargado de mucho trabajo material, de la sumisión a una naturaleza enferma en unos casos y violenta para con él en otros, a la vez que ha ido adquiriendo nuevas libertades políticas. Yo no olvidaré nunca aquella página, leída en un libro escolar que, elogiando a B. Franklin por haber liberado con el pararrayos a los hombres esclavos de ese poder de la naturaleza y al propio hombre sometido a su prójimo por la acción política, decía: «Robó a los cielos el rayo y a los tiranos el cetro». La ciencia libra al hombre de la violencia de la naturaleza y de la violencia del propio hombre.

Ahora bien, en la tradición occidental siempre fueron unidos estos binomios: razones de las cosas y confianza en la persona, pruebas y autoridad, ciencia y sabiduría, como canales diferentes para llegar a la verdad. En nuestro caso, por la ciencia se referían al saber de las cosas y causas inmediatas, mientras que por la sabiduría se referían a las cosas y causas últimas. Por estas entendían las realidades supremas, las que están en el origen y raíz de la existencia, de la historia y de cada persona. El hombre necesita saberes de las cosas y saber de sí mismo; se alimenta de alimentos perecederos y de un alimento que es superior al mero acontecer por conferirle esperanza y fortaleza para existir. Desde los primeros textos de la Ilíada y de la Biblia hasta los de la mejor filosofía moderna siempre ha resonado un indicativo: ‘Se es hombre’. A él ha seguido el imperativo siguiente: «Sé hombre». Este en boca de un jefe militar dirigiéndose a un soldado incitaba al valor, la valentía y el heroísmo necesarios en la batalla. En la boca de un padre dirigiéndose a su hijo significaba «Sé bueno, sé piadoso, se justo»; y en boca de un educador y guía a su caravana, el grito «Sed hombres» enunciaba la necesaria constancia y fortaleza, como condiciones para llegar a la meta a la que encamina el impulso íntimo de nuestra naturaleza[5].

¿Cómo ser hombre? Tal es la cuestión primordial. Saber vivir y para ello cultivar las actitudes esenciales exigentes de concordia y de justicia, de piedad y de esperanza. Saber vivir y saber morir. Esas son las dos primeras lecciones que la humanidad ha necesitado aprender siempre. Los grandes escritores desde Sófocles a Cervantes, desde San Agustín a Goethe, con los mejores filósofos y escritores del siglo XX, siembran sus textos con este tipo de sentencias, que rezuman un saber sapiencial, es decir, aquel que tiene sabor de vida, potencia para sostenernos en las dificultades de la existencia y luz suficiente para alumbrar el camino del vivir hasta adentrarnos en el desfiladero de la muerte. Una cultura que reprime las preguntas esenciales de la vida, dejando sin explorar sus laderas tenebrosas y sus enigmas insuperables como son la muerte y el mal, no es una cultura de la afirmación engrandecedora sino de la represión negadora. Con ello el hombre no queda liberado sino sumido en su pobreza, retenido en su debilidad e incapaz de responder a las grandes cuestiones del hacer y del ser, del vivir y del morir, que la existencia no ahorra a nadie.

Reprimir lo negativo de la existencia es tan grave como olvidar su grandeza. Un hombre sabio sabe de ambas y asume siempre la una desde la otra. Una nación necesita de esta sabiduría y de hombres sabios, que sean capaces de ver más allá del instante, columbrando lo verdadero y absoluto más allá de la espuma de cada día. Lo terrible de nuestra cultura, teñida por el titanismo en un sentido y por el nihilismo en otro, es justamente que con la llamada ‘muerte de Dios’ ha declarado inexistentes las realidades trascendentes (el ser, el bien, la verdad, lo moral…). Con ello nos ha dejado sin fundamentos ni fines últimos, encarcelados en la apariencia que se esfuma, en la ciencia inmediata sin saber del último valor y de la última necesidad. Recuperar la sabiduría de la gratuidad y de la gratitud, del servicio y de la compasión, creer en Dios como suprema forma de atrevimiento y de razonabilidad, vivir con humildad a la vez que con la conciencia de que ser hombre es una gracia, una tarea y una promesa: todo eso es esencial a una cultura que quiera permanecer lúcida y realista, humana y no solo técnica o animal.

c) La educación

Al utilizar ahora el término educación no lo hago en el sentido actual, que abarca el conjunto de saberes que se trasmiten en los centros oficiales de enseñanza. Hoy se denomina «Ministerio de Educación y Ciencia» al que en el siglo XIX se llamaba de «Instrucción pública». Lo utilizo en el sentido que tenía entonces cuando se hablaba de buena o mala educación, de tener educación, de estar bien educado o de ser ineducado. Sinónimos eran, entre otros, los términos urbanidad, cortesía, corrección, elegancia, buenas maneras. La palabra deja percibir su sentido etimológico: urbanidad es lo propio del que vive en la ciudad (Urbs, ciudad y la Urbs por antonomasia, Roma), en convivencia y respeto a los demás, con la formación que ella ofrece como resultado de la cultura acumulada allí durante siglos, a diferencia de quienes viven en el campo, donde la maestra del hombre no es la cultura sino la naturaleza. Sócrates no salió al campo ni abandonó Atenas y Kant permaneció siempre en Königsberg sin apenas conocer la naturaleza con sus ojos, a pesar de ser muchos años también profesor de geografía.

Actitudes y virtudes que gozaron durante siglos de prestigio y eran socialmente exigidas hace ya mucho tiempo que o bien han sido olvidadas o bien han sido explícitamente rechazadas, por considerarlas propias o exclusivas de una clase social que ha perdido su prestigio: la burguesía. Entre ellas está el conjunto de comportamientos que abarcaba la llamada ‘buena educación’. La corrección, el respeto al anciano o al minusválido, la deferencia otorgada al niño y a la mujer, el gesto de invitar al otro a pasar primero, la inclinación ante la autoridad, la moderación en la palabra y la exclusión del grito en el trato, la mesura y el rechazo de la insolencia, la afabilidad en la conversación y el respeto a la superioridad manifestado en ciertos signos de apoyo y de respeto, la vigencia otorgada a lo que se ha acreditado durante siglos, la confianza en la tradición tanto familiar como local o nacional: todo eso quedaba implicado en el término ‘educación’.