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Olvídese de los vampiros románticos y brillando en la luz del día, esta colección trae los vampiros como son de verdad, los depredadores nocturnos que están entre nosotros desde el principio de los tiempos: dominantes, caótico, monstruosos, seductores y cazadores sin escrúpulos. Para conocerlos, fan de las páginas de este tomo. La colección contará con un prólogo del Lord A. y 10 cuentos de autores brasileños: Julia Moon, Marcelo del Debbio, Ju Lund, Simone Saueressig, Nazarethe Fonseca, Duda Falcão, Alexandre Cabral, Fred Furtado, Carlos Patati y Carlos Bacci.
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Seitenzahl: 320
Veröffentlichungsjahr: 2015
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Colección Sobrenatural:
Vampiros
org. duda falcão
Traducción: Verónica Santos
avec editora
porto alegre, 2015
Copyright ©2014 Lord A, Giulia Moon, Fred Furtado, Simone Saueressig, Duda Falcão, Nazarethe Fonseca, Alexandre Cabral, Ju Lund, Carlos Patati, Carlos Bacci e Marcelo Del Debbio
Todos los derechos de esta edición reservados a AVEC Editora
Ninguna parte de esta publicación podrá ser reproducida, ya sea por medios electrónicos, mecánicos o de fotocopias, sin la autorización previa de la editorial.
Responsable de la publicación: Artur Vecchi
Organización y Edición: Duda Falcão
Proyecto gráfico y diagramación: Marina Àvila
Revisão: Miriam Machado
Covérsión para i-book: Tatiana Medeiros
Traducción: Verónica Santos
Dados Internacionais de Catalogação na Publicação (CIP)
Coleção sobrenatural: vampiros / organizado por Duda Falcão. – Porto Alegre : AVEC, 2014. – (Coleção Sobrenatural; 1)
5060 kb; ePUB
Vários autores.
ISBN 978-85-67901-04-6
1. Contos brasileiros I. Falcão, Duda II. Coleção
CDD 869.93
Índice para catálogo sistemático:
1.Contos : Literatura brasileira 869.93
Ficha catalográfica elaborada por Ana Lucia Merege – 467/CRB7
1ª edición, 2015
Impresso no Brasil/ Printed in Brazil
AVEC Editora
Caixa Postal 7501
CEP 90430-970 – Porto Alegre – RS
www.aveceditora.com.br
Twitter: @avec_editora
Prefácio
Lord A
El día de la caza
Giulia Moon
Sangre y polvareda
Fred Furtado
El orquideofilo
Simone Saueressig
El vampiro cristiano
Duda Falcão
Ojo por ojo
Nazarethe Fonseca
All in
Alexandre B. Cabral
La Anunciación
Ju Lund
La fuente de la doncella
Carlos Patati
Colonización
Carlos Bacci
Perceval
Marcelo Del Debbio
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ESCRIBIR SOBRE VAMPIROS y vampiras es un arte para artistas selectos. Aunque todos apreciemos el hecho de que sean cazadores indiferentes en busca de sangre, y que, a veces, se enamoran de la presa, la formula monstruo superficial cazado por el héroe de buenas costumbres, ya no existe desde fines de los años sesenta. Tanto que, en los libros, películas, series y videojuegos existe un Drácula del romance de Bram Stoker y un Drácula de la cultura pop, el eterno mutante y antihéroe o mal supremo de una narración. Y, así mismo, el personaje requiere un tono vigoroso, denso y bien desenvuelto para cautivar y conquistar su espacio entre los fans. Sin duda, Bram Stoker dio en el blanco al insinuar que su personaje, Drácula, era descendiente de un pueblo guerrero y cazador que tenía orígenes totémicos y orientales y al dragón como animal sagrado.
Detalle marcante que el cineasta Francis Ford Coppola explotó como nadie en su versión personal de la historia y Gary Oldman grabó con maestría en el imaginario colectivo. Ese es el punto focal de una buena historia de vampiros: la mirada nómade de un cazador de tiempos antiguos, de mucho antes del surgimiento de la agricultura y de la propiedad privada. Forzosamente camuflado en tiempos posteriores, cuando los seres menores crearon un mundo artificial, empobrecido de sentido y que deja el nihilismo como marca patente en el desenvolvimiento personal de cada uno de nosotros. Las personas viven para sus ombligos, como piezas superespecializadas de grandes corporaciones y prohibidas de ver el todo, limitadas al mercado del trabajo como la máxima expresión de su realidad.
Bien, el Drácula de Stoker, llegado en su navío maldecido, llamado Deméter, a la cosmopolita Londres del siglo XIX—meca de la cultura occidental de aquella época—, remite al insondable, al orgánico y al lado lúgubre que subyugará todas las presunciones e ilusiones de manera aplastante, recordando el otro lado del ser humano que es afectivo, emocional y, a veces, sombrío…
Otra época y otro universo, antes del apolíneo Egipto solar, una poderosa reina y su rey, ambos héroes civilizadores, son traicionados por sus ministros, emboscados, asesinados en una conspiración con el uso de la magia ancestral, y así, descubren al espíritu Amel y se transforman en reina y rey de todos los condenados, de todos los malditos y de los vampiros. Sedientos de sangre, destruyen el orden de todo eso que crearon como déspotas implacables. En fin, cuando se cansan de la sangre que derramaron, hibernan como estatuas de mármol y son los que deben ser protegidos. Incontables guardianes se relevan en tal función, hasta que, muchos siglos después, el sonido del violín de un osado e imprudente vampiro Lestat revive los sentimientos de la antigua reina. En el universo de ficción de Anne Rice, surgido en los tiempos de la revolución sexual, los vampiros y vampiras ganan matices y aires de delicada densidad psicológica y de la maldición de tener que vivir como son a través de los siglos, probando que el amor verdadero es sobrenatural. En su mayoría, los humanos son actores secundarios, víctimas de la sed y los caprichos de esos seres. El príncipe Lestat era, lo que la propia Anne Rice nombra como su “superego”, todo aquello que ansiaba poder ser y, así, se transformó en protagonista de incontables peripecias transmediáticas. Amó y confrontó a la reina de todos los condenados, un espejo de su inconsciente; tuvo su cuerpo robado y fue forzado a revivir su humanidad perdida; abrazó el cielo y el infierno, conociendo de boca del mismo demonio los misterios del Jardín Salvaje; se transformó en un santo, según sus propias palabras, y después de casi una década sin publicación, retorna como regente de los vampiros. Es la muerte, es el artista que destruye elegantemente para que venga lo que tiene que venir…
Otra encrucijada en el silencio de la noche. ¿En dónde viven los vampiros y vampiras? En otro universo, salieron de la oscuridad, caminan entre los vivos y reclaman derechos de ciudadano común gracias a la invención de la sangre sintética que llegó para integrarlos en la sociedad de consumo. Así como para traer los dilemas y cuestiones de prejuicio, minorías perseguidas y otros tópicos de las agendas sociales que usan al vampiro como máscara perfecta. En los romances de Charlaine Harris y en la serie True Blood, que fue inspirada en ellos, los vampiros están en todas partes y son personas influyentes en la sociedad o en rincones de caminos que llevan a lugarejos perdidos como la pequeña ciudad de Bon Temps, en donde, una camarera con extraños poderes, es desafiada por millares de aventuras junto con vamps, metamorfos, lobizones, hadas y otros tantos seres fantásticos.
En ese universo, ¡Dios es un vampiro! No, espera…Lilith, el lado femenino de Dios es la primer vampira y madre de todos ellos, con designios que no son comunes para sus hijos y para la humanidad, como se muestra en la última temporada. Hay vampiros milenarios como el vigoroso Eric Northman y su fiel “sidekick” Pam. Hay tontos románticos y de corazón partido como el sureño Bill Compton. Y toda una serie de cuestionamientos válidos y posibles de lo que es la vida en esa sociedad de consumo, para vivos y muertos, en infinitas zonas limítrofes cenicientas y pantanosas. Los más viejos, defienden valores más afirmativos y estructurantes para cada ser, o simplemente, enloquecen… ya los más jóvenes son espejo de los estereotipos de lo cotidiano que, de repente, alcanzan la inmortalidad y no saben qué hacer con eso…mientras que algunos deseaban encontrar a Cristo, como el personaje de Godric, otros venden su propia sangre como droga a los humanos enviciados…
Hay vampiros que se envuelven en triángulos amorosos de todo tipo. Algunos alcanzan la inmortalidad por su belleza y espiritualidad, a través de brujas y vampiras. Y después de que la amante desaparece, igual siguen buscándola en vano, en una adolescente pre universitaria que les recuerda a la antigua musa. Mientras tanto, numerosas intrigas colegiales y maldiciones familiares envuelven a los inmortales en contiendas que nunca terminan. Así es el universo de los hermanos Salvatore en The Vampires Diaries, que también empezó en los libros y alcanzó el éxito, casi dos décadas después, con nueva versión y adaptación para la prestigiosa serie juvenil. Existen otros universos en que el Caín bíblico se transforma en el primer vampiro y patriarca de incontables linajes que mezclan arquetipos junguianos, imitaciones cinematográficas y posiciones políticas variadas en intrínsecos juegos de poder y conquista, como en el RPG Vampire : The Maquerade y su autoproclamado mundo oscuro de terror gótico. También hay historias inigualables, ambientadas a nuestro alrededor, aquí en el mismo Brasil, cuando somos atacados por siete vampiros lusitanos de Rio D´Ouro, despertados de un sarcófago de plata, siete cuerpos sin alma que recibieron poderes del mismísimo Diablo a cambio de servirlo…así empiezan las aventuras de las historias del best seller André Vianco en diversos libros. Otra vampira que transita la línea Rio-San Pablo y, en el pasado, las tierras orientales, es la sensual Kaori de la autora Giulia Moon. Y también en Inglaterra, un vampiro llamado Edward, todavía en los años noventa, se aventuraba a través de casos siniestros salidos directamente de los folletines, en las historias de Marcelo Del Debbio. Casi simultáneamente, otros vampiros se escondían en el Parque da Aclimação y tomaban peligrosas decisiones aquí, cerca de casa, en el libro “Los Nocturnos” de Flávia Muniz. Vampiros y vampiras viven en todas partes. Cuántas presas no fueron vecinas del seductor Jerry Dandrige de la película “La hora del espanto” y cuántas veces no apostamos en carreras de motocicletas bajo la luz de la luna en la playa y nos escondimos en grutas con retratos de Jim Morrison, como los personajes de “Generación perdida”. Vampiros y vampiras son nobles, saben reconocer a los amigos, elegir a los enemigos y, principalmente, a sus presas, que, a veces, solo vencen en la disputa solo por qué así lo requiere el guion.
Vampiros de la literatura, tales como Drácula y Lestat, hasta hoy son aspectos masculinos vigorosos y referencias que difícilmente serán digeridas o rápidamente, asimiladas por las generaciones futuras. Vampiras como Carmilla, Claudie y Kaori aun hoy espían lo femenino—un patrón de libertad inviolable y desafiante—camufladas y listas para develarse como sea necesario, cuando llega la hora de abatir y saciar la sed. Seguramente, los vampiros y vampiras serán la herencia y el legado más refinado que les dejaremos a las generaciones que vengan después de que nos hayamos ido.
El hombre o mujer inmortal, que heredaron de los semidioses y de las figuras andróginas de los relieves renacentistas sus formas y sus espíritus de eras arcaicas en donde solo existía la caza y la naturaleza salvaje, una era de oro saturnina, sin dudas.
A esta altura, ya hablé demasiado de vampiros y vampiras y sembré en sus mentes y corazones semillas negras, que se enraizaran en el profundo y fértil suelo de sus imaginarios, alentado y calentado por las emociones y peligros que vivirán en las próximas páginas de este provocador libro. Desear una buena lectura es poco, por lo tanto, desearé una feliz caza a cada uno de ustedes y que, al interrumpir la lectura, por causa de las obligaciones y compromisos, siempre se queden con sed de más….
Lord A o Axikerzus Sahjaza es el nombre nocturno de un vampiro que aprovecha su atemporalidad hace más de dos décadas como artista plástico, Dj, escritor y promotor de eventos para personas afines—en algunos momentos, intenta aprender a tocar el violín y, en otros, coordina el llamado Círculo Strigoi. Es autor de la obra “Misterios vampíricos”, lanzada por la Editorial Madras en agosto de 2014. Para conocer su trayectoria y su trabajo público a lo largo de la última década, visite: www.redevamp.com.
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EL DÍA DE LA CAZA EMPEZÓ un viernes, en el centro de la ciudad.
Durante el día, gente de todo tipo hervía en aquel conjunto de calles estrechas y antiguas. Pero, por la noche, solo los solitarios andaban apurados por las calles o se embriagaban en los pocos bares abiertos. Y ese escenario melancólico combinaba con mi estado de ánimo.
Yo tenía veintitrés años, buena apariencia, y era bastante popular entre mis compañeros de la facultad de Derecho, en la que cursaba el último año. Generalmente, mis viernes eran agitados, pero, esa noche, deambulaba por ahí, sin nada que hacer. Malhumorado. Aburrido. Así me sentía. Acababa de darme cuenta de que la vida era una sucesión de rutinas con pocas emociones o desafíos. Los mismos amigos, las chicas de siempre. Las personas vivían un día tras otro sin mucho empeño. Dejando que las circunstancias trazaran sus rumbos. Cómo yo hacía en ese instante, caminando sin rumbo por las calles cercanas a la facultad.
Igual, al pasar frente a un cine club, terminé descubriendo una película interesante: Nosferatu, el clásico de F.W. Murnau. Compré una entrada para la función de medianoche, y decidí buscar un lugar para comer. Como siempre, estaba atento a las personas a mí alrededor, imaginando encontrar, quién sabe, alguna chica que me despertase algún interés. Pero las únicas mujeres que estaban por ahí eran las de poca ropa y mucho maquillaje, irritadas con la falta de clientes. Una de ellas se me acercó, exhibiendo sus enormes senos, coqueteando. Yo, definitivamente, no estaba interesado. Me escapé de ella, murmurando una negativa, y oí su voz estridente gritando a mis espaldas. Decía, entre otras cosas, que yo era un playboycito de mierda. Y que tenía que tener cuidado, porque me iba a ir mal. No la escuché y seguí caminando, indiferente. Tal vez debí prestarle más atención a lo que decía. Hoy sé que eso fue una especie de premonición.
Cuando me di cuenta, me encontraba en una callecita oscura, en donde una farmacia y una vidriera de un sex shop, ya cerrados, eran los únicos puntos iluminados.
Después de algunos pasos, noté que también había una librería que estaba abierta, a pesar de la hora avanzada. Curioso, paré para mirar la vidriera llena de libros y discos de vinilo, separada de la calle por un vidrio sucio, que había perdido la mayor parte de su transparencia. Lector Voraz, decía el letrero de estilo anticuado. Espié por la puerta y descubrí un área mucho más grande de lo que la fachada sugería. Media docena de estantes que se enfilaban bajo una débil luz amarillenta; pilas de libros de todos los tamaños y formatos se desparramaban por el suelo. Miré el reloj. Faltaban quince minutos para el inicio de la función de cine, tiempo más que suficiente para una ojeada rápida. Decidí entrar.
El lugar estaba desierto. No vi ni siquiera al responsable del negocio. Me pregunté como esos negocios antiguos y confusos conseguían sobrevivir, pues dudaba que la frecuencia de clientes fuera mucho mayor durante el día. ¡Aún más en ese lugar, tan escondido! Yo mismo pasé por ahí varias veces y nunca vi esa librería. Sin embargo, cuando empecé a recorrer los estantes abarrotados, encontré varios libros raros, algunos en excelente estado. Impresionado, concluí que el negocio era un descubrimiento, y merecía una exploración más minuciosa.
En medio de tantos libros, uno, en particular, me llamó la atención: un folleto sobre momificación con impresionantes ilustraciones hechas con pluma fuente. Me olvidé de todo y empecé a examinarla, parado en el estrecho espacio entre los estantes. Después de algunos minutos, oí a alguien caminando dentro del local. Presumí que el propietario finalmente había dado la cara, y seguí ojeando el libro.
De repente, un brazo surgido de la nada me enlazó el cuello. La situación era tan inusitada que pensé que se trataba de una broma, quizás alguno de mis compañeros de la facultad. Protesté medio irritado:
— Suéltame, ¡no es gracioso!
Entonces oí un sonido fuera de lo común detrás de mí. Era una risa sarcástica, maliciosa. Asustado, intenté liberarme, pero el brazo se cerró con fuerza, empujándome hacia atrás. Alguien apretó un trapo húmedo sobre mi cara, y un olor nauseabundo invadió mis fosas nasales. ¡Me estaba drogando! Empecé a gritar, pero mi voz fue reprimida por el trapo. Y, cuanto más gritaba, más aspiraba la droga. Sentí que se me nublaba la vista. Vi vagamente mis pies pateando el estante, derrumbando una montaña de libros.
Entonces todo se oscureció.
Cuando abrí los ojos vi la cara de un hombre. Tenía el mentón cuadrado y la cabeza rapada. Sentí un dolor agudo en la cabeza, porque me tenía agarrado del cabello, me examinaba con atención con los ojos bien abiertos. Su iris tenía una coloración extraña, enrojecida. Quise gritar, pero no pude. Estaba totalmente paralizado, aunque podía ver y oír todo. Después de observarme en silencio, el desconocido me levantó. Me cargó sobre sus hombros, como si fuese un niño. Y empezó a caminar.
Caminaba rápido. Vi cómo mis brazos se balanceaban, inertes, sobre su dorso. El gastado piso de madera pasando bajo mis ojos. Tal vez por el efecto de la droga, cada paso del extraño parecía tirarme en un pozo profundo, para ser levantado en seguida a una altura perturbadora. Sentía el estómago revuelto, la boca seca, pero lo peor de todo era la sensación de completa impotencia. Estaba aterrado, pero no podía hacer nada.
Atravesamos un corredor hasta un cuartito escondido en el fondo del local, en donde una lámpara tipo industrial iluminaba una mesa rectangular. El hombre me puso sobre ella. Vi de reojo una vieja cajonera y una silla acolchonada en un rincón de la sala. No había ventanas en las paredes desnudas, lo que le daba al lugar una apariencia todavía más sofocante. De repente, un celular sonó. El hombre se apuró en atender la llamada y dejó la sala, cerrando las puertas tras de sí. Intenté moverme, pero mi cuerpo seguía completamente inerte. Era como si fuera una pieza más del mobiliario, que solo cambiaría de lugar si alguien la moviese. No era en vano que el secuestrador no demostraba ningún recelo en dejarme ahí, solo. Estaba desesperado. ¿Por qué me estaba pasando eso? Solo era un estudiante, hijo de comerciantes de una pequeña ciudad del interior. No había nada que justificara mi secuestro.
Después de algunos minutos, el agresor volvió, trayendo mi mochila, que había quedado en el local. Lo escuché abrir el cierre y revisar el contenido. Después, se acercó a la mesa y me enderezó sobre ella. Intentaba acomodarme, estirando mi remera, arreglando mi cabello desaliñado. Esos cuidados no combinaban con su apariencia, pues era un gigante musculoso, fuerte como un luchador de vale-todo. Al notar mi mirada asustada, se rió. Sentí un escalofrío. Sus caninos eran enormes. Además de eso, eran curvos y terminaban en una punta afilada. Nunca había visto algo así.
De repente, los ojos rojizos del extraño se movieron en dirección a la entrada. Y desapareció del alcance de mi vista. Al mismo tiempo, escuché que la puerta se abría. Se escuchó una voz masculina:
— Tranquilo Boris. Soy yo.
— ¡Qué te pasa Radamés!—reclamó el otro—no entres así, sin golpear. ¡Casi salto a tu cuello!
— Perdón—dijo el recién llegado, acercándose—pero te avisé que vendría, ¿no?
Él era mucho más bajo que el secuestrador. Tenía el cabello negro y la piel morena, y usaba un traje de buen corte. Vi en su boca los grandes caninos, parecidos a los del gigante, cuando volvió a hablar.
— No exageraste al teléfono Boris. Es una buena presa. ¿Algún tatuaje de mal gusto? Sabes que eso desvaloriza el producto.
— No sé. Voy a fijarme ahora.
Aterrorizado, vi al gigante sacarme la ropa con movimientos cuidadosos. Examinó mi cuerpo, cada pedazo, de forma minuciosa, como si fuese un médico.
— Parece en buen estado—comentó Radamés, que miraba con los brazos cruzados—pero el humano está muy nervioso. Cuidado para no perderlo.
— ¿Estás bromeando? Es joven, no va a fallar—respondió el gigante—hoy fue mi noche de suerte. Estaba preparándome para la caza, cuando vi a la presa dentro de la librería, ¡prácticamente tirándose a mis manos!
El otro pareció alarmado.
— ¿Lo agarraste dentro de la librería? ¡Hiciste muy mal! Si descubren la entrada del negocio…
— Bah, él solo estaba fisgoneando los libros. Y no había nadie a kilómetros de distancia. ¿Qué querías? ¿Que dejara escapar a esta belleza?—me señaló. Los ojos de Radamés brillaron.
— Admito que sería una pena. Pero no te descuides Bóris.
— Confía en mi viejo. Soy el mejor, lo sabes.
— Sí, lo sé. Siempre te encargas de repetirlo.
Radamés sacó un par de guantes de látex del bolsillo y se los puso. Con ellos, me abrió la boca y examinó mis dientes. Después me apretó la punta de los dedos.
— Buen sistema circulatorio. Cuerpo en óptimo estado, casi sin hematomas.
— ¡Fue una caza perfecta te digo!—insistió Bóris.
Radamés se sacó los guantes y los tiro a un costado.
— Está aprobado para la vidriera—dijo—vas a obtener un buen precio.
— Genial. Necesito plata.
— Siempre necesitas Bóris. Siempre. Aprovecha, pues el negocio se va a llenar esta noche.
El gigante llevó a Radamés hasta la puerta. Intercambiaron saludos y se despidieron. Yo estaba cada vez más aterrorizado. Ellos no estaban interesados en rescates, pretendían venderme. ¿Pero, por qué? ¿Eran traficantes de esclavos? Solo tenía una certeza: necesitaba huir. ¿Pero, cómo? Mientras tanto, Bóris revolvía los cajones. Cuando volvió traía unos papeles.
— Te llamas Diego, según tus documentos—dijo, llenando un formulario—no te preocupes, no vas a lastimarte, por ahora. Las mujeres son mayoría entre los clientes del local. Ellas no compran productos damnificados.
Me miró con aire satisfecho.
— Vas a hacer valer mi plata…las vampiras adoran a los nenes como tú.
Vampiras.
Esa palabra ya había pasado por mi cabeza, pero la descarté, de tan absurda. Vampiros eran criaturas del cine, no podían estar ahí, frente a mí. Pero ahora la oía claramente: vampiras. Sentí como todo mi cuerpo se estremecía de miedo. Los caninos largos, la conversación sobre vender humanos….estaba shockeado. Iban a venderme a monstruos que se alimentan de sangre humana. Eso no podía ser verdad. ¡Eso no me estaba pasando a mí!
— Listo, ya estás registrado como mercadería—dijo Bóris, guardando el formulario en el bolsillo—vamos.
Me cargó otra vez sobre sus hombros. Salimos de la salita y cruzamos el corredor, hasta llegar a una escalera. Bajamos por ella, cada vez más al fondo, hacia el subsuelo. Las paredes rústicas de cemento después dieron lugar a espaciosos túneles, cubiertos de grafitis. Reconocí, bajo las capas de pintura de la pared, algunos símbolos viejos del subterráneo. Ya había escuchado hablar de esos túneles, abandonados veinte, treinta años atrás. ¡Lugares olvidados que ahora hervían de vampiros! Bultos sombríos pasaban cerca de nosotros, muchos de ellos cargando prisioneros. Era increíble. Existía un mundo secreto en los subterráneos de la ciudad. Un mundo cuyas entradas estaban ocultas en lugares poco visibles, como la fatídica librería en donde fui capturado.
Después de seguir por un laberinto de corredores y escalinatas, llegamos a una sala muy iluminada. Ahí, fui entregado a dos vampiros de delantal blanco, cofias y guantes de látex, que, con gestos precisos y desprovistos de emoción, depilaron todo mi cuerpo, con excepción del cabello y las cejas. En seguida, me lavaron con agua tibia y jabón, me enjuagaron y vistieron con un pantalón largo de algodón. Al final, Bóris escribió con una lapicera a prueba de agua su nombre y un número de código en mi pecho. Estaba listo para ser vendido.
El local era un salón amplio y agradable. Una música suave salía de los altoparlantes. Las personas conversaban, sonreían con copas de una bebida de color rojo oscuro en sus manos. Era un escenario agradable, si no fuera por la visión aterradora de decenas de prisioneros expuestos sobre pedestales. Hombres blancos, negros, asiáticos. Mujeres envueltas en túnicas diáfanas, cuya transparencia las cubría, pero al mismo tiempo las exhibía. Todos parecían en shock, paralizados de terror.
Con una señal de Bóris, dos vampiros me llevaron hasta uno de los pedestales, el único que seguía vacío. Me pusieron de rodillas con los brazos hacia arriba, las muñecas apresadas a una cadena que bajaba del techo. Mi boca fue amordazada por una tira de cuero que recordaba a una montura. Por último, Bóris sacó una jeringa del bolsillo y me inyectó algo en el brazo. Inmediatamente, sentí las muñecas hormiguear. Empecé a recuperar los movimientos.
— ¡Así está mejor!—dijo Bóris, poniéndome el precio en una plaquita—Ahora pareces vivo. ¡Mucho más apetitoso!
Desde el pedestal, podía ver la entrada principal, y vi varios bultos femeninos acercarse, deslizándose sobre el piso como espectros. Bellas y ricamente vestidas, las vampiras comenzaban a llegar. Se paraban al lado de los prisioneros y palpaban sus músculos, examinaban la dentadura, olían los cuerpos. Algunas los arañaban con las uñas afiladas para probar la sangre. Cuando decidían la compra, sacaban la billetera y pagaban en efectivo, rollos de billetes pasaban de mano en mano. Concluida la transacción, la víctima era retirada del pedestal y llevada por uno de los túneles del salón. Nunca más sería vista.
Entonces llegó ella. Era una mujer lindísima, y todos se dieron vuelta para admirarla. Con sus feroces ojos verdes, ella barrió el ambiente como una leona. Al verla, parada en la entrada, sentí un escalofrío. Todos mis instintos me decían que tenía que huir, porque ahí estaba la verdadera predadora. Pero no podía hacer nada, estaban exhibiéndome como un producto destacado, en el mejor lugar del local. Cuando me vio, sentí que mi piel ardía, su mirada quemaba como el fuego. Al instante, ella apareció delante de mí. Extendió la mano y tocó mi cuerpo. Me estremecí. La mano era suave y helada. Sus uñas eran rojas, el mismo color que su vestido…que sus cabellos flameantes.
— Bienvenida Diana—saludo Boris, haciendo una reverencia.
Ella me observaba con una indescriptible expresión de lascivia. Por un instante, el universo se paró a esperarla, mientras analizaba cada centímetro de mi cuerpo.
— Interesante—dijo al final—no es un obrero.
— Es estudiante, tenía una materia en la facultad con él—dijo Boris—bonito y joven, como te gustan, Diana. Sin marcas en el cuerpo, piel fresca y carnes firmes. ¡mercadería de primera!
De repente, sentí la mano de la vampira meterse en mi pantalón. Con el susto, solté un gemido bajo. Ella sonrió, cruel, y siguió la revisión, sin incomodarse con la vergüenza estampada en mi cara. Por fin, miró la placa del precio, y su sonrisa desapareció. Miró a Boris, que esperaba paciente, y le dijo:
— Negociemos.
Él la miró de costado:
— Sin negociaciones. Es pagar o irse.
— No seas ridículo—se rió—ningún humano vale esa fortuna.
— ¡Mira a tu alrededor!—el cazador abrió los brazos, señalando a los otros prisioneros—mendigos, viejos, especímenes de segunda. ¿Ves alguno que esté a la altura de mi humano?
— No—admitió ella— ¿Pero es seguro?
— ¡Claro! No tendrán como saber de la desaparición durante días
La vampira rió entre dientes.
— Pago la mitad. Y sabes que odio cuando me contradicen… ¿O no?
Boris también se rió, cínicamente.
— ¿Quién no conoce la crueldad de la tigresa pelirroja? Pero Radamés es mi garantía, Diana. Si quieres a este humano, vas a tener que pagar mi precio.
Ella lo fusiló con la mirada.
— Tal vez no lo quiero más.
La vampira se dio vuelta, como si fuese a alejarse, Boris actuó rápido.
— Vamos Diana… ¿qué tal un buen descuento?—le puso un pedazo de papel doblado en la mano. Diana abrió el papel y lo miró sin prisa.
— No traigo dinero—dijo con aire indiferente—puedo mandarle esa cantidad a Radamés, mañana.
— Claro, claro—se apresuró a responder Boris—tú no eres como las otras, Diana. ¡Tienes trato especial!
Ella pareció satisfecha.
— Entrégalo en mi casa. Ya sabes la dirección.
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Me acuerdo poco de lo que pasó después. Tengo en la memoria escenas dispersas del viaje en la camioneta cerrada que me llevó, atado y amordazado, a una propiedad en el campo. De los vampiros arrastrándome por la entrada de una bella mansión. De las esculturas y estatuas blancas observándome desde lo alto de una escalera curva. Después vino el silencio. La oscuridad. Y el repentino despertar en una habitación magnifica. Me dolía todo el cuerpo, principalmente las muñecas, en las que las cuerdas dejaron dolorosas marcas.
— Boris es un bruto—dijo una voz femenina—me voy a quejar a Radamés por entregar la mercadería con esas marcas.
Era ella. Diana. Su figura curvilínea apareció delante de mí sin aviso, como una aparición. Usaba una linda bata de seda negra. Un provocativo corpiño de encaje se insinuaba por el escote.
— Arrodíllate—ordenó.
Embrujado por su presencia, tardé en reaccionar. Ella gritó:
— ¡Humano idiota!
Su cuerpo se inclinó hacia adelante, como si fuera de goma. Se inclinó mucho, mucho….empecé a gritar asustado. Ella puso su mano sobre mi boca. La oí decirme al oído:
“Cállate.”
Mi voz desapareció en ese instante.
— Ahora voy a probarte…—susurró.
¡Iba a beber mi sangre! Pensé en tirarme a sus pies y pedir piedad. Tal vez, en ese momento, esa actitud podía traerme algo bueno. Pero no fue eso lo que hice. Empujé a Diana y corrí en dirección a la puerta. Al instante, ella me alcanzó.
Grité pidiendo socorro. Ella me agarró del cuello, justo bajo el mentón, y empezó a arrastrarme hacia la cama. Intenté hacer que abriera los dedos para soltarme, pero fue inútil. Me ahogaba. Mis pulmones vacíos parecían listos a explotar. ¡Moriría!
Volví en mí con el peso de un cuerpo sobre mí. Diana estaba ahí, empujándome hacia la cabecera de la cama. Los ojos entrecerrados, llenos de placer. Su boca se abrió de una manera asustadora, imposible para la anatomía humana. Y se cerró sobre mi garganta. Dejé de respirar por unos instantes, pues el dolor era inmenso. Sentí como mi sangre era drenada y, con ella, mi vida. La muerte tenía un aroma seductor a jazmín. Su perfume…ya no luchaba más. Estaba en paz, aceptaba la muerte, la ansiaba.
Pero Diana tenía otros planes. Lamiéndose los labios como una gata, se alejó de mi cuello después de algunos minutos. Me dejó ahí, rozando la muerte, casi inconsciente, entre las sábanas manchadas de sangre.
— Escucha bien, estudiante…—oí su voz a lo lejos—antiguamente, todos los vampiros cazaban. Hoy, los cazadores como Boris capturan humanos para nosotros. Solo tenemos que ir hasta el negocio y comprar un hombre o una mujer vivos, comida bien fresca. O adquirimos solo las bolsas de sangre, que es mucho más barato. Todo organizado y civilizado, como ustedes, los humanos, hacen con los otros animales hace millares de años.
Pasó el dedo por la sangre de mi cuello y lo lamió.
— Pero tú fuiste muy caro…no voy a consumirte de una sola vez.
Con un gesto llamó a los sirvientes.
— Tu sangre es buena, estudiante. Hice una excelente compra—dijo, mientras yo era cargado fuera de su habitación. —nos volveremos a encontrar.
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Pasé los siguientes días postrado, sin fuerzas para moverme. Los sirvientes vampiros parecían aborrecidos con mi estado. Trajeron un ungüento oscuro y que olía mal, que aplicaron en la herida de mi cuello. Me alimentaban con una especie de sopa sustanciosa. Gracias a eso, y a mi juventud, conseguí recuperarme después de algunos días. Para el alivio de mis carceleros, solo quedaban en mi cuerpo las cicatrices de los caninos de Diana en el cuello.
Recuperado, me encerraron en una celda sin ventanas, en el sótano de la mansión. ¡Era todo tan oscuro y silencioso! El único mobiliario de la celda era una suave cama. Las luces solo se encendían mientras me alimentaban. No había nada que hacer, ni nadie con quien conversar. Vivía sobresaltado, aterrorizado con la idea de que me llevaran de nuevo con Diana. Pero, los días pasaban y nada pasaba. Absolutamente nada.
Pasaron meses. Al principio, todavía tenía esperanzas de que me encontraran. Rezaba para que mis padres me buscasen, para que la policía investigase la librería y encontrase la cueva de los vampiros. Pero, con el tiempo, terminé percibiendo que eso era imposible. No había pistas, ni testigos. Para el resto del mundo, simplemente me había evaporado. Caí en un profundo pozo de desánimo y frustración. Eso estaba acabando conmigo, pero a nadie le importaba. ¿Por qué les importaría, si yo no era más que algunos litros de sangre, solo un alimento en stock? Mi amargura creció. En la locura de mi soledad, maldecía a los que amaba por haberme abandonado. Los imaginaba felices, saludables y libres, mientras yo vegetaba en esa prisión.
Cuando conseguía dormir, tenía sueños extraños, en los que era torturado y chupado, no por vampiros, sino por mis padres, mis amigos de la facultad, por las chicas con las que salí. Y eran sueños tan realistas que me despertaba llorando como un niño, con miedo de volver a dormir. Para mi horror, después de algún tiempo, las pesadillas persistían después de que me despertaba. Criaturas deformes empezaron a aparecer. Los veía arrastrándose en la oscuridad, haciendo ruidos obscenos, poniendo sus patas rugosas sobre mí. Aterrorizado, gritaba durante horas, histérico. Pero nadie venía a callarme. Mi cuerpo se conservaba, pero mi mente se pudría como comida vieja, en ese vacío sin fin.
Entonces, una noche, un vampiro desconocido vino a examinarme. Trajo dos asistentes, que usaban uniformes blancos impecables.
— Hola bonito—dijo, extendiendo la mano—creo que no fuimos presentados. Puedes llamarme Julius.
Levanté los ojos y vi a un hombre gordo, de cara redonda y rosada, casi infantil. Tenía bastante cabello rubio, erizado con gel y aparentaba unos treinta años, un tipo muy diferente de los vampiros sombríos y atléticos que había visto hasta entonces. Pero no respondí a su saludo. Solo seguí sentado en la cama, mirando al vacío.
Al darse cuenta de que no iba a prestarle atención, Julius rezongó irritado. Hizo una señal y los dos asistentes se apresuraron a agarrarme. Después de hacer algunas anotaciones en una libretita, agarró una cinta métrica y empezó a medir cada parte de mi cuerpo. En seguida, me pusieron sobre la balanza. El vampiro sacudió la cabeza.
— Ah, mal, mal…. ¡estás acabado!
Me agarró el mentón y dijo, como si le hablara a un niño:
— No voy a darte falsas esperanzas, querido. Nunca saldrás de aquí. Tu destino es ser chupado hasta la muerte por nuestra bellísima diva vampira, Madame Diana. Sin embargo, ¿no te gustaría vivir de forma confortable hasta que te llegue tu hora?
— ¿De qué hablas?
— ¡De la vida!—sonrió entre los caninos—de los placeres. De las alegrías. Tu vida va a mejorar ahora muchacho.
— No entiendo.
Él sonrió y dijo, dándome una palmadita en la espalda:
— Ya vas a entender. Y conocerás mi arte. Recuerda: ¡come bien!
Y salió silbando.
Después de eso, las condiciones de mi cautiverio cambiaron. Me llevaron a una habitación con ventana protegida con barras de fierro. Durante algunas horas del día, el sol entraba por ella, y eso me alegraba. Julius empezó a venir todas las noches. Me pesaba y me medía. Anotaba cosas, decía otras para sí mismo. Observaba todo: los cabellos que caían, el color de mis pupilas, mi espina dorsal.
Dejaba vitaminas y remedios para que tomase, y, si no le obedecía, sus asistentes me obligaban a hacer lo que él quería.
Pasaron varios días de ese modo. Me sentía mejor. Empecé a tener esperanzas, volvía a imaginar planes de fuga. Pero, una noche, todo cambió otra vez, cuando fui arrastrado hasta las dependencias de servicio de la mansión sin muchas explicaciones y, otra vez, lavado y depilado. Con las manos y los pies atados, me cargaron hasta la cocina, en donde me abandonaron en una silla. Llegó mi hora, pensé. Me iban a matar, al final.
Uno de los asistentes me trajo una copa que contenía, con seguridad, algún tipo de droga.
— ¿Por qué no?—murmuré, encogiéndome de hombros—vas a obligarme de todos modos.
Era solo vino endulzado, que bajó por mi garganta quemándola. Después de asegurarse de que había bebido todo el contenido de la copa, el asistente la volvió a llenar. Bebí otra vez. Y otra vez y otra vez. Algunas copas después, vi a Julius acercarse frotándose las manos.
— Veo que estás listo querido. No estás tan bien como me gustaría, pero arreglaremos eso con maquillaje.
— Vete a la mierda—dije despacio. Seguía con la lengua pastosa, el alcohol ya empezaba a hacer efecto.
— No, no. Nada de malas palabras en la mesa—él parecía satisfecho con mi estado de embriaguez—ahora vas a conocer mi arte. ¡Alégrate, estás delante de un genio!
— ¿Genio?—empecé a reír—solo eres un vampiro sádico como todos los otros.
Él agarró mi mentón con un movimiento rudo. Sus dedos apretaban mi maxilar con fuerza, como si fuera a arrancarlo.
— No me provoques…—susurró entre dientes— ¡no puedo perder la inspiración!
Su furia cesó tan inesperadamente como había comenzado. Los dedos se aflojaron y la voz volvió a ser suave.
— Entiende muchacho, ¡soy un artista! El mayor exponente de un arte rara que solo los vampiros aprecian. Ahora no me molestes, necesito concentrarme.
Diciendo eso, se alejó con aire ocupado, haciéndoles una señal a los asistentes. En ese momento, ellos trajeron un fardo que me dio escalofríos. Como sospechaba, era otro humano comprado en el local. Una mujer negra, esposada y amordazada, fue sacada de una bolsa con el cuidado acostumbrado de los vampiros obsesionados en mantener la mercadería en buenas condiciones. La chica no se movía, parecía en shock. La palabra “Boris” estaba escrita en su pecho. Mi corazón se disparó, al ver el nombre del responsable de mi desgracia. Él continuaba sumando víctimas.
— ¡Bellísima!—se exultó Julius al acercarse a la chica—miren… ¡qué piel, qué músculos, qué proporciones!
Cuando la tocó, la mujer empezó a moverse, como si volviera en sí. Fue dominada por los vampiros, que la obligaron a ingerir el vino endulzado. Ella intentó escupir la bebida, pero le metieron un tubo en la garganta y un litro entero del vino, fue vaciado en él. Después sus ojos perdieron el brillo y dejó de resistirse. Julius esperaba, paciente.
— Ah, esto va a estar lindo…—murmuró—vamos, lleven a la muchacha.
Todos los asistentes empezaron a moverse bajo la batuta de su jefe. La muchacha fue cargada hacia el salón, y yo fui olvidado por algunos minutos en la cocina. Por culpa de la bebida, mis ojos empezaron a cerrarse, exhaustos. No sé cuánto tiempo dormí. Pero me despertó Julius, que me levantó de la silla de un tirón.
— ¡Vamos!—dijo cargándome en sus hombros—ahora vas a ver una de mis obras.
El salón estaba iluminado por centenas de velas, y las paredes exhibían una delicada cubertura de rosas negras. Millones de rosas negras. Miré a mi alrededor sorprendido. El perfume embriagador de las flores se mezclaba al olor de los condimentos lanzados al aire en inciensarios. Un fino vapor se espesaba en los rincones, confiriendo un aspecto de ensueño a las bellísimas esculturas del salón.
Cerca de la entrada, algunos vampiros asistentes estaban ocupados en algo. Preparaban a la muchacha humana, que tenía ahora, hermosos arabescos dorados pintados sobre la piel. Su cuerpo desnudo estaba preso a una estructura de metal, que lo forzaba a estar en la posición pretendida por Julius: los brazos abiertos en cruz, el rostro levantado, una pierna extendida y la otra, erguida y doblada. Un par de grandes alas negras abiertas, cubiertas con plumas verdaderas, había sido instalado en la estructura, a la altura de la espalda de la muchacha. Cuando nos acercamos, estaban empezando a izarla, colgada de hilos casi invisibles que colgaban del techo.
— ¡No, no!—Julius avanzó, soltándome a medio camino— ¡no decoraron la cabeza!
Vi como bajaban a la chica, mientras uno de los asistentes traía otro adorno: una máscara veneciana de ave, ornamentada con plumas negras. De reojo, vislumbre el rostro de la muchacha, cuando le pusieron la máscara. Sentí un escalofrío. Sus ojos estaban inexpresivos. Dementes.
A una señal de Julius, la chica fue erguida de nuevo, esta vez, con el cuerpo en posición horizontal, como si estuviese en pleno vuelo. Las plumas de la máscara se balanceaban levemente. Las alas negras parecían listas a batir, llevándola lejos. Una lágrima corrió por su cara. Finalmente entendí el arte que Julius creaba. ¡Un arte macabro, que transformaba el asesinato frio y cruel de humanos en bellas escenas de ensueño!
En ese momento, caído en donde Julius me abandonó, vi un zapato de tacos finísimo pisar el suelo, a la altura de mis ojos. Y sonó una voz conocida.
