Cuando el cielo era azul - Laura Degaldo - E-Book

Cuando el cielo era azul E-Book

Laura Degaldo

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Beschreibung

 Conocer la verdad no siempre te dará paz. A veces solo abre la puerta al infierno.   Ese año se cometieron 331 asesinatos. Elisa fue el número 1. Un número frío. Una estadística más. Pero Elisa no debía estar allí.   Tenía veinte años, una vida por delante, amigos que la adoraban, una familia que la esperaba en casa… y secretos que nadie se atrevía a mirar de cerca.   Su muerte no solo destruyó la tranquilidad de un pueblo que creía estar a salvo. También rompió a su familia, encendió alarmas en cada rincón y desató la peor pregunta de todas:  ¿Quién era realmente Elisa?¿Por qué ella?¿Y hasta dónde llegarías tú por saber la verdad?   Sara Santana prometió mantenerse al margen. Como criminóloga, sabe que no es buena idea mezclar lo personal con lo profesional. Pero cuando el caso de Elisa toca fibras demasiado íntimas, mantenerse al margen deja de ser una opción. Y esta vez, buscar justicia puede significar cruzar la línea… o no volver nunca.   Un thriller psicológico tenso, emocional y adictivo. Porque cuando las máscaras caen, lo más peligroso no es el asesino. Es todo lo que creías saber. 

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Veröffentlichungsjahr: 2025

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Cuando el cielo era azul

Cuando el cielo

era azul

Laura Delgado

Los personajes, eventos y sucesos que aparecen en esta obra son ficticios, cualquier semejanza con personas vivas o desaparecidas es pura coincidencia.

No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación, u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del editor. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (Art.270 y siguientes del código penal).

Diríjase a CEDRO (Centro Español De Derechos Reprográficos). Si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra. Puede contactar con CEDRO a través de la web www.conlicencia.com o por teléfono en el 91 702 19 70 / 93 272 04 47.

© de la fotografía de la autora: Archivo de la autora

© Laura Delgado 2025

© Entre Libros Editorial LxL 2025

www.entrelibroseditorial.es

04240, Almería, (España)

Primera edición: septiembre 2025

Composición: Entre Libros Editorial

ISBN: 979-13-87621-55-1

Nunca hallarás tanta paz

como aquí, entre los muertos.

Anónimo

A Ana Belén Hormiga Amador.

Por ser tú.

Índice

 

Índice

Parte 1

Elisa

Lourdes

Vega

Sara Santana

Parte 2

Tania

Vega

Lourdes

Tania

Soledad

Sara Santana

Parte 3

Canal 8

Ana

Vega

Sara Santana

Canal 8

Lourdes

Parte 4

Sara Santana

Tania

IBS3835

Vega

Lourdes

Ana

Katerina

Luca

Sara Santana

Canal 5

Parte 5

Vega

IBS3828

Sara Santana

Lourdes

Canal 8

Vega

Tania

Parte seis

Lourdes

Sara Santana

Vega

Canal 8

Tania

Sara Santana

Soledad

Canal 8

Vega

Sara Santana

Las otras horas muertas

Lourdes

Agradecimientos

Biografía de la autora

 

 

 

Parte 1

Las horas muertas

 

 

 

 

 

 

 

 

Elisa

 

 

 

 

Hoy es un día bonito para desaparecer.

La lluvia intermitente de los últimos días ha creado una lucha de colores en el paisaje. El verde vibrante de la vegetación recién nacida brilla bajo el azul del cielo. Es invierno, pero el aire parece de primavera. Ha salido el sol y calienta lo justo. Quiero aprovechar este calor de la mañana, por lo que me coloco sobre las ocho baldosas que se salvaron de la sombra perpetua cuando construyeron el enorme edificio al lado de casa. Cada vez que veo esa mole de cemento y cristal quiero morir. No de forma literal. Yo no quiero morir.

Hago inspiraciones y espiraciones profundas con los ojos cerrados, tratando de conectar con el momento presente. Llevo dos meses cumpliendo a rajatabla las indicaciones de mi terapeuta. Ella está convencida de que el yoga y la meditación pueden ayudarme; yo estoy segura de que no. Le falta tantísima información... Tal vez cuando regrese sea capaz de sentarme frente a ella y vaciarme por completo. ¿A quién quiero engañar? Si no he abierto la boca hasta ahora, la falta de valor no ha sido una de las razones.

Los sonidos en el piso inferior me sacan de mi ensimismamiento y lo agradezco. Ya soy capaz de anticiparme a mi línea de pensamiento y frenar a tiempo. O simplemente frenar, que ya es mucho.

Vuelvo a mi habitación para hacer la cama. A pesar de no haber dormido más de tres horas, está tan deshecha que cualquiera afirmaría que no he dormido sola. El sueño es lo primero que él se ha llevado. También es lo que menos me preocupa ahora mismo. Podría solucionar ese problema con química: dos pastillas, y en menos de media hora ya estaría soñando. El problema es que soy masoquista y no quiero dormir. Mientras duermo no duele. Y el dolor, el dolor de verdad, el que habita en el medio del pecho y te consume la vida, no es más que una certeza de que todo lo que he vivido es real.

Nota mental: «Ni se te ocurra mencionarle nada de esto a Ana».

Al llegar al descansillo de la escalera, estiro la sonrisa. La tengo estudiada. Sé cómo les gusta a ellos y no me cuesta nada.

Mi padre está de espaldas, con su vieja camiseta de los domingos, los pantalones cortos y sus zapatillas de estar por casa, esmerándose en preparar un desayuno digno de una estrella Michelin. La voz de mi madre sale de su habitación; el teléfono y ella se han fusionado en un solo ser desde que ha empezado en su nuevo trabajo, y doy gracias a que apenas tenga tiempo para levantar la mirada de la pantalla. Mi madre es de esas madres brujas que saben lo que vas a pensar antes de que lo hagas.

Cuando cumplí los dieciséis, les mentí. Les dije a todos que iría de celebración a casa de una amiga, cuando en realidad el plan era pasar la noche en la discoteca de moda con mis amigas y el chico que me traía loca. Al salir de casa, estaba convencida de que los había engañado a todos. Para mi sorpresa, encontré a mi madre esperándome en la barra con un ron cola. Fue un cumpleaños de mierda.

—Cariño. —Mi padre tiene una voz profunda, un tanto áspera. Sin embargo, siempre que se dirige a mí la modula de tal forma que suena cálida—. ¿Quieres la tostada con aguacate o prefieres salmón? —me pregunta, poniendo frente a mí una de cada.

—Gracias, papá, pero no tengo hambre. Con el café voy bien.

—De eso nada —suelta con su tono seco.

—Ya, pero...

Mi madre entra como una apisonadora y, con el teléfono aún en la mano, hace aspavientos para que me siente. Su sonrisa choca con la mía, y de forma apresurada da por terminada la llamada y se acomoda frente a mí. Está claro que no he logrado engañarla.

—No has pegado ojo, ¿verdad? —Con los ojos entrecerrados, mira a mi padre—. Ya te dije que el colchón inflable para la niña no era buena idea.

—No, mamá. El colchón está perfecto.

—Y yo te dije que no necesitabas un despacho. El cuarto de la niña tenía que quedarse como estaba —le responde mi padre con voz dura a mi madre sin mirarla a los ojos, y me acerca una enorme taza de café con leche.

—Las obras terminarán en breve, y la niña tendrá de nuevo una habitación mucho más amplia, luminosa y con vestidor.

—Una obra innecesaria. La niña estaba bien en la de toda la vida. —El tono de mi padre vuelve a ser áspero.

—Porque tú no valoras el espacio.

En otro momento de mi vida habría protestado por esta horrible costumbre de hablar de mí como si no estuviese presente y también para dejar constancia de que hace años que dejé de ser una cría. Gracias a Ana, ya no lo hago. Ella me ha enseñado que debemos elegir nuestras batallas.

Le doy dos mordiscos sin ganas a una de las tostadas y juego con el café con leche mientras oigo de fondo sus voces. Con todo y con esto, son un patrón de seguridad en mi vida y los adoro. Podría apostar mi brazo derecho a que en cuestión de diez minutos mi padre soltará un chascarrillo sin gracia para nadie, excepto para mi madre. No sé cuál será la fórmula exacta para hacer que una pareja siga unida a pesar de todo, pero estoy segurísima de que reírse juntos tiene mucho que ver.

Yo no recuerdo la última vez que reí a carcajadas con alguien. Miento. Claro que lo recuerdo. Fue con él, pero ¿y antes de él? Suelto el aire con brusquedad por la nariz. Menuda pregunta más estúpida. Antes de él, no hay recuerdos.

—¿Y tú, cariño?

Siento dos pares de ojos clavados en mí esperando una respuesta.

—¿Yo?

—Sí, ¿qué te parece la idea? —Por el entusiasmo en la voz de mi madre, intuyo que debo responder afirmativamente. Me limito a encogerme de hombros y ella me dice de nuevo—: Creo que lo mejor será salir en media hora para evitarnos los atascos. Si no te importa, paso yo primero al baño.

Con la mano, hago el gesto de adelante y mi madre sale disparada, dejando el rastro de su perfume de rosas en el aire. Mi padre la sigue con la mirada hasta que la puerta del cuarto de baño se lo impide y entonces fija su atención en mí.

—Elisa, ¿qué te pasa?

Mierda. Me he concentrado tanto en mantenerme por debajo del radar de mi madre que he descuidado a mi padre.

—Es solo cansancio. Estas últimas semanas han sido intensas. Los exámenes, el recital, el viaje... —le respondo, con la mirada fija en el café.

—Ya, pero... —Me siento como si me analizara bajo un microscopio—. Eso pasa todos los años por estas fechas, y nunca te había visto tan... —añade, y hace una pausa larga como si estuviera buscando la palabra en su diccionario mental— diferente.

—¿Diferente en plan bueno o en plan mal?

Aguanto la respiración a la espera de su respuesta:

—No lo sé, Elisa. No lo sé.

Nota mental: «Tengo que mejorar mis capacidades interpretativas».

Me salva mi madre al volver a la cocina, lista para salir. Tiene gracia que todos digan que somos como dos gotas de agua, porque ella es infinitamente más guapa de lo que yo podría serlo algún día. Tiene esa belleza serena, limpia, casi transparente, lisa, que se opone a todas mis aristas y mi oscuridad. Al verla con los labios pintados de un rojo intenso y su pelo corto peinado a la perfección, entiendo cómo la mira mi padre. Y los amigos. Y los vecinos. Y los compañeros de trabajo. Lo entiendo todo.

Nos despedimos de mi padre, quien sigue escudriñándome con los ojos entrecerrados, y nos subimos en su coche nuevo. Blablablá... sobre todas las prestaciones que tiene el cacharro de cuatro ruedas. Finjo interés por lo que dice mientras me recreo en el bonito azul del cielo.

Mi tía Soledad y mi madre han organizado la no celebración de Nochebuena para esta noche. A ellas, eso de que algunos de sus hermanos y sobrinos no pudieran estar presentes porque les tocaba cenar con su familia política les parecía la excusa perfecta para una cena anticipada. Que yo llegara un día antes es otro pretexto para alargar la fiesta.

Como mi madre ha pensado que será divertido que nos presentemos los tres con jerséis de Navidad a juego, me lleva de compras a un centro comercial. Odio los centros comerciales en un día normal, y aún más en estas fiestas. ¿Qué le ocurre a todo el mundo? ¿Qué necesidad tienen de exudar alegría? ¿Es el calendario? ¿Creen que tienen que ser felices porque es lo que toca?

Mi madre me guía a una tienda en la que es imposible ver algo que no sean cabezas moviéndose de un lado a otro. La sigo porque parece que sabe el lugar exacto al que quiere llegar, y una vez allí rebusca entre una pila de prendas lanudas desordenadas. Me da una, luego otra y chasquea la lengua mientras contribuye al desorden. Al final coge una del fondo, me observa, la mira y se empeña en colocarla sobre mi cuerpo.

—Has perdido peso, Elisa. ¿Estás comiendo bien?

—Claro que sí. —No me atrevo a mirarla porque me pillaría la mentira.

—Es que mira. —Me enseña la etiqueta del jersey más ridículo que ha visto un ser humano—. Es una talla menos de la que suelo comprarte, y parece que te está bien.

Levanto los hombros, y a ella le vale como respuesta a algo que tampoco era una pregunta.

Tardamos más de media hora en fila como borregos para poder pagar, y una vez que salimos, mi madre se pega al móvil y va indicándome con la barbilla hacia dónde ir. ¡Cómo no, la crepería! La mujer que lleva el uniforme de encargada la reconoce, por lo que le ordena a una de las camareras que nos atienda con rapidez. Ella se conoce la carta de memoria, así que señala lo que quiere casi sin mirar. A mí no me apetece nada.

El día se me hará eterno.

Y doloroso.

La gente no solo está más alegre por Navidad, sino también más amorosa, y las parejas se multiplican como los hongos. Todos van de la manita o agarrados por la cintura, envueltos por una especie de burbuja protectora en la que se creen invencibles. ¡Estúpidos!

Hago un esfuerzo sobrehumano para no derrumbarme frente a mi madre, y no porque a ella las escenas drama queen la aterroricen, sino por las explicaciones que me pediría. ¿Por qué todo el mundo al ver llorar a alguien lo primero que preguntan es qué te pasa? ¿Qué más dan las razones?

Nota mental: «Inspira, Elisa. Espira, inspira, espira».

Consigo frenar el tsunami en el último momento y no por fuerza de voluntad. Se produce el milagro navideño que las películas de Hollywood nos han hecho creer y ante mis narices se materializa el alma gemela de mi madre: la perfectísima hija de mi tía.

Tan.

La llamo así desde niña porque es tan lista, tan simpática, tan perfecta, que a nadie le sorprendería que descubriese la cura para el cáncer y la forma de acabar con el hambre en el mundo en el mismo día.

Mi madre se deshace en achuchones y cumplidos sobre su maravilloso pelo mientras yo no puedo evitar echar mano al mechón suelto que me cae sin gracia sobre la cara.

Nota mental: «Ana, tenemos que trabajar más en esto».

La saludo, me saluda, intercambiamos preguntas y sonrisas de cortesía y las dejo a ambas en su burbuja protectora. Me incomoda ver a mi madre y a quien podría ser mi madre veinte años atrás, pues son tan parecidas que la intrusa parezco yo. Sin embargo, su presencia acaba de salvarme la vida.

Espero el momento y en cuanto tengo la oportunidad meto la patita y digo:

—Bueno, pues voy a aprovechar que la prima está aquí para hacer mis compras.

Me la juego al comodín del cincuenta por ciento. Le mantengo la mirada a mi madre, sonrío, y sé que colará. La solidez de las mentiras no radica en lo que cuentas, sino en las ganas de creerlas por parte de quien las escucha, y a mi madre, en este momento, le viene de escándalo creerme. Así que sin mucha reticencia de su parte me despido de ellas con la llave de su coche y la promesa de que estaré lista para la hora de la cena.

Al llegar a la zona de las escaleras mecánicas, me giro para comprobar si están pendientes de mí y confirmo que me han olvidado en cuanto he desaparecido de su campo visual. Bajo por la rampa, que para ser mecánicas son más lentas que si lo hicieras a pata. Frente a mí hay un puñado de parejas que aprovechan ese tiempo muerto para darse piquitos, y se me revuelven las tripas y las emociones.

Tengo que hacer dos paradas, y calculo que no me llevará más de veinte minutos en total. Quiero llegar a casa cuanto antes para... para..., no sé..., ¿para no tener que rodearme de humanos?, ¿para dormir veinte años seguidos y que al despertar un meteorito lo haya arrasado todo y yo ya no tenga problemas? Reconozco que esta última idea me anima un poco.

Los veinte minutos se convierten en casi cincuenta esperando impacientemente con el número ochenta y uno hecho una bola de papel en mi puño. Al llegar mi turno, la cajera me atiende con una ridícula diadema de árbol de Navidad en la cabeza y una sonrisa superlativa. También es mala suerte que me toque la única trabajadora de cara al público de todo el centro comercial que está de buen humor.

Nota mental: «¿Estoy a tiempo de comprar un número para Navidad?».

Es difícil hacerse entender cuando la música de los villancicos suena demasiado alta y, además, no quiero —ni puedo— elevar la voz para que traspase una mampara obsoleta de la era COVID. Cuando al fin la cajera entiende lo que quiero y cómo lo quiero, me hace entrega de un sobre alargado que yo oculto en mi bolso como si fuera un fardo de coca.

La siguiente parada es más rápida. Me atiende un chaval —que si llega a los dieciocho años es un milagro pero que controla mucho del tema— y sin florituras me entrega lo que busco. Punto y minipunto para el muchacho eficiente.

Salir del aparcamiento del centro comercial es una prueba más para mi paciencia y mis nervios. No es hasta que cojo la circunvalación cuando el tráfico se despeja y puedo conducir tranquila. Abro las ventanillas delanteras; el aire está fresco, pero me gusta. El cielo sigue de un azul infinito, en consonancia con un mar en calma.

«¿Y si...? ¡Hazlo!».

Doy un volantazo hacia la derecha y sigo conduciendo de frente. Traspaso la primera zona asfaltada y no detengo el coche hasta el mismo borde de la arena. Un surfista que está metiendo su tabla en el maletero de su SUV me mira espantado y yo le sonrío. Soy muy consciente de la imagen que proyecto.

A esta playa veníamos los domingos de agosto toda la familia cuando era una cría. Era genial porque podíamos correr como salvajes de punta a punta sin molestar a nadie. Tal vez los adultos debieron pensar en la razón de esa escasa afluencia antes de descubrirlo a las malas. El tío Enrique casi murió ahogado. Escapó porque los astros estaban alineados y otro surfista llegó in extremis para agarrarlo por el brazo antes de que la corriente lo arrastrase a una muerte segura. Fue una escena dantesca con un boca a boca fascinante para los pequeños aunque aterrador para los mayores. Salimos en el periódico al día siguiente.

Al llegar a la orilla, suelto mis pertenencias y me quito las botas rojas y los calcetines para sentir cómo la arena mojada se cuela por entre los dedos de mis pies. Cierro los ojos y levanto la cabeza hacia el cielo. Un día bonito, un momento casi perfecto. Si él estuviera a mi lado, nos quitaríamos la ropa, entraríamos corriendo cogidos de la mano y reiríamos a voces como solo nosotros sabemos hacerlo.

Mierda.

Inspiro. Espiro. Inspiro. Espiro.

Me levanto, corro hacia dentro y río como si no estuviera sola. Avanzo hasta donde el agua me llega al pecho y sigo riendo. La risa es buena. La risa cura. Me dejo arrastrar por las olas cuando el agua me llega a la barbilla. ¿Por qué no puedo dejar de pensar en todas esas cosas que haría con él? ¿Por qué se ha llevado todo lo que implica mi futuro? El agua me sobrepasa y me mueve a su antojo. Floto. Mi cabeza no pesa. Él no pesa. Suelto todo el aire en una inmensa carcajada amarga que suena a eco y después me impulso con fuerza. Consigo sacar la cabeza y cojo aire con toda la capacidad que me permiten mis pulmones. Sigo riendo.

Nota mental: «No contarle nada de esto a Ana, o pedirá que me encierren».

Salgo. Me miro los vaqueros, mojados y ensalitrados, que me pesan una tonelada, y al llegar al coche observo la tapicería beis. Mi madre va a matarme.

Pasados unos minutos, llego a casa y la suerte me acompaña. Mi madre sigue con su alma gemela, y casi con seguridad habrán comprado medio centro comercial, así que mañana le daré un buen lavado en la gasolinera para que no se dé cuenta.

—¡Elisa!

Mi padre se levanta del sofá de un salto al verme y hace gestos de sorpresa señalándome cuando estoy terminando de abrir la puerta de casa.

—¿Cuela si te digo que me he caído en la playa? —le pregunto inocente.

—¡Por el amor de Dios, hija! Claro que no cuela. ¿Qué te ha ocurrido?

—Papá, créeme, lo necesitaba. Me ha servido para drenar. Tranquilo, estoy bien.

—¿Drenar? —Se muestra extrañado—. ¿Qué se supone que tienes que drenar tú?

Y ese «tú» suena a acusación, a «Te hemos dado la mejor de las vidas», a «Tú no puedes tener problemas». Así que vuelvo a recurrir a mi única arma y le digo:

—Papá, me he encontrado a las chicas en el centro comercial y hemos decidido ir a la playa. Allí, entre una cosa y otra... Nos ha parecido divertido y ya está. —Mi padre también quiere creerme—. Y, bueno, con las risas que nos hemos echado, he soltado la tensión de tanto examen y tanto ensayo. ¿No me ves mejor cara que esta mañana?

Es imposible que diga que sí.

—¿Qué está pasando, Elisa? ¿En qué estás metida? ¿Es un tema de drogas?

Mi padre tiene el don de sacar siempre la conclusión más errónea de todas y asumirla como una verdad absoluta.

No puedo evitarlo y suelto una carcajada.

—Puedes estar tranquilo, no me he drogado en mi vida.

—¿Entonces?...

—Entonces nada. No sé qué quieres que te diga. Estoy bien. Estoy genial. ¡Estoy de puta madre! —Me he pasado, lo sé. Tal vez habría sido mejor decir que estoy enganchada—. Lo siento, discúlpame, papá.

Él me mira sin pestañear, buscando sacarme información como sea. Me percato de que la arruga que le cruza la frente se ha hecho más profunda, al igual que las entradas de su pelo. Incluso parece más pequeño. Es como si en este tiempo sin verlo hubiese envejecido cinco años.

—Sea lo que sea, Elisa, puedes contármelo. Estoy, estamos, aquí para ti. Seguro que entre los tres podremos solucionarlo.

Nota mental: «Si lloras, estás jodida».

Muevo la cabeza arriba y abajo y me pone la mano en el hombro.

—Mañana. Mañana durante el almuerzo... —Levanto el meñique para jurarlo como hacemos desde que era una niña y me lo acepta, relajándolo un poco—. Además, mira la hora que es. Mamá debe estar al llegar, y como no esté preparada, nos montará el pollo del siglo.

Nota mental: «No decirle a Ana que sigo procrastinando».

—Es cierto. Anda a prepararte. —Me suelta el meñique y esboza una sonrisa que me confirma que he sabido contener la erupción—. Pero mañana hablaremos sin falta.

—Sí —le aseguro.

Doy dos pasos en dirección al cuarto de baño, pero me giro y, sin pensarlo, me lanzo a sus brazos. Mi padre es el puto amo de los abrazos. Sabe proporcionar la seguridad de un refugio antiaéreo y la calidez de una chimenea al mismo tiempo. Apoyo la cabeza en su pecho y escucho sus latidos mientras su mano me acaricia la cabeza. Sé que quiere decirme algo y que no encuentra las palabras. Lo sé porque yo siento lo mismo. Abro la boca, pero no articulo sonidos. No me salen, no puedo. La emoción se me ha atravesado en la garganta y no deja salir nada. Tampoco entrar. Me falta el aire, me faltan las fuerzas. Se me empañan los ojos y presagio un derrumbamiento en tres..., dos..., uno.

Me separo, entro en el baño y me convierto en la chica húmeda al cerrar la puerta. En la ducha, toda yo me deshago bajo el agua y lloro por los abrazos que no he dado, por la confianza perdida, por las oportunidades pasadas. Lloro por todo lo que he hecho y todo lo que dejé de hacer, por mis mentiras y, sobre todo, por mis verdades.

Al salir, me contemplo en el espejo y mi cara es un poema, ya que tengo la nariz hinchada y los ojos rojos. Ni con un maquillaje a lo Kardashian disimulo la llorera. Decido alargar todo lo que puedo mi encierro, así que me seco el pelo a conciencia y luego me paso la plancha. Abro YouTube y practico peinados que sé que no se parecerán al de la youtubera de turno. Me pinto las uñas y espero sin prisa a que se sequen, perdiendo más de una hora de mi vida haciendo nada.

Cuando escucho la voz de mi madre, salgo del baño y la sala de estar se ha transformado en el camarote de los hermanos Marx. Solo ella es capaz de retocarse el rojo de labios, arreglarse el pelo y cambiar tres veces de zapatos con el teléfono pegado a la oreja. Si eso no es un don, que baje Dios y lo vea. Por su parte, mi padre le sigue los pasos como pollo sin cabeza dándole toques a su reloj de muñeca mientras hace aspavientos que a mi madre le resbalan. Me hacen reír. Reír de verdad. Una risa sana, sin locura. Tal y como solía reírme antes. Una sensación maravillosa que me envuelve mientras salimos de casa.

Nota mental: «Ana, tienes razón: la risa es terapéutica. Me apuntaré a un taller de risoterapia».

El buen rollo va diluyéndose a la misma velocidad que dejamos atrás las luces de la ciudad. Mi padre vive en la puntualidad, y eso quiere decir que a las citas hay que llegar con quince minutos de antelación; si no es así, se llega tarde. Y nosotros ya vamos con veinte minutos de retraso para un reloj normal. Mi madre ha dejado de hablar por teléfono y ahora teclea mensajes a una velocidad que envidiarían los adolescentes. Acortamos camino por la zona más estrecha y pedregosa. Cualquiera que pase por ahí por primera vez lo haría acojonado. Es una calle estrecha, apenas iluminada, sin asfaltar y con un barranco amenazante por si quieres abarcar más espacio del que te corresponde. Me encanta este lugar.

La finca destaca entre la oscuridad absoluta que la rodea con sus luces de colores. Son las luces de la abuela, y sirven tanto para un roto como para un descosido. Al llegar, el tío Ramón nos espera para indicarnos dónde aparcar, algo que remata el mal humor de mi padre y sus comentarios de «Debimos salir antes», «Así no se puede», «Somos los últimos en llegar», «Se me cae la cara de la vergüenza». No le hacemos el menor caso. Las dos sabemos que en cuanto entremos se le quitará el enfado.

Como es de esperar, la tía ha pasado el día trabajando para tenerlo todo preparado. La alargada sala de estar, decorada con los mismos motivos navideños año tras año, tiene las mesas colocadas en forma de U. El organigrama también es el mismo: a la izquierda, los tres hermanos mayores con sus primeras o segundas mujeres; luego mi madre, con su hermana favorita, y le siguen Enrique, el maridísimo, y su hija Tania, con su chico. No tengo claro si es el mismo que se trajo hace dos años.

Sin duda, la mejor mesa es la satélite, colocada junto a la habitación de los abuelos, la primera a la que sirven y la que suele tener un menú menos elaborado y más apetecible: la mesa de los niños; aunque cada vez lo son menos. De hecho, algunos de ellos han crecido y me cuesta reconocerlos.

Mi madre me engancha por el brazo y se empeña en llevarme a saludar a toda la familia individualmente. «Estás muy guapa». «Cada día te pareces más a tu padre». «Fue una pena que no vinieses el año pasado». «¿Ya te has echado un novio o una novia? Que, con las modernidades, no se sabe...».

Inspiro, espiro, inspiro, espiro.

«Gracias por los cumplidos, tú también estás muy guapa, tía Lourdes». «Sí, mi padre involuciona a joven, y yo, a prejubilada». «El año pasado me surgieron contratiempos a última hora». «Sí, mi generación ha inventado esa cosa moderna de la homosexualidad». Todo esto aguantando estoicamente los huesudos dedos de mi madre clavándose en mi brazo.

De menú: entrantes típicos, aunque llevados al siguiente nivel, ya que las croquetas de la abuela no son de este mundo, y un primero en forma de crema de espárragos que ayuda a combatir el frío, al que le sigue un solomillo Wellington que se deshace solo en la boca. Hasta ahora no me doy cuenta de lo poco y mal que he comido en los últimos tiempos. El postre se lleva la palma: confitura de naranja con chocolate negro.

Si la fiesta terminara aquí, sería perfecta. Sin embargo, cuando algo llega a su punto álgido, lo único que queda es caer. En picado.

Mis tíos se empeñan en un juego de mesa donde el as de oros es un asesino, el as de basto es cómplice, el rey de espadas es el detective y el resto son víctimas. No hay nada que despierte más los bajos instintos de esta familia que perder. Enfrascados en sus trampas habituales, y en sus complots, aprovecho y me escabullo a la terraza. Cuando el aire frío de la zona de medianías me golpea en la cara, agradezco el ridículo jersey navideño de mi madre.

—Bonitas vistas, ¿verdad?

—¡Joder, menudo susto! —El novio de Tania avanza unos pasos hasta colocarse en la zona más iluminada de la terraza—. ¿Qué haces ahí escondido?

—Justo eso: esconderme. —Abre la mano derecha y deja a la vista un váper—. No quiero que me caiga la chapa típica sobre lo malísimo que es este vicio. —Da una fuerte calada y expulsa por la boca una nube de olor a madera y café—. Eres Elisa, la hija de Lourdes y Vega, ¿no? —Le respondo levantando los hombros—. Soy Diego —me dice antes de darme dos sonoros y húmedos besos en la cara.

Saber su nombre no me saca de dudas.

—¿Ya nos conocíamos? —le pregunto de forma directa.

—Te he visto varias veces. —Me incomoda la forma en la que sus ojos recorren mi cuerpo—. ¿Quieres? —me ofrece, acercándome el váper.

—No, es asqueroso.

—Cierto. —Da otra larga calada y suelta el aire con lentitud—. Pero peores cosas nos hemos metido en la boca. —Suelta una risita y vuelve a fumar—. ¿Verdad?

Su comentario, el tono, la forma en la que me mira, me acojona... ¿Lo sabe? Un escalofrío me estremece el cuerpo. ¿Es él quien me ha enviado los mensajes? ¿Es él quien me ha citado esta noche?

Me encojo de hombros de nuevo mientras intento aparentar que su comentario no me revuelve el estómago. No sé si sentir lástima o asco por mi prima. Hay que estar muy desesperada para compartir vida con un ser como este. O ser tan asquerosa como él.

La llamada de mi padre me proporciona una excusa para salir de la terraza sin mirar atrás. El tío Enrique, la tía Soledad y Ancor se marchan porque mañana mi primo se juega el posicionamiento en la tabla de su equipo de fútbol infantil. Todos los presentes miran a ese niño de pelo rizado, rubio y pecoso como si estuvieran ante la próxima promesa del Real Madrid. Con su despedida, también obtengo la posibilidad de escapar de la cena, y le pregunto a mi tía Sole si puedo sumarme a ellos.

—Claro que puedes ir con nosotros, cariño. Nos pilla de paso.

A mi madre no le hace la menor gracia, y a mi padre tampoco, pero, si voy con ellos, ¿qué pueden objetar?

En la despedida, me dan muchos abrazos, besos y buenos deseos para las fiestas que se acercan. Más tarde, estoy abrochándome el cinturón de seguridad del híbrido enchufable de mi tía. Como no puede ser de otra forma, mi padre nos ha acompañado, y aprovechando un descuido, me suelta que no olvide lo de mañana al mediodía. No se imagina lo que me gustaría poder olvidarlo.

Al menos, mi tía no se empeña en darme conversación, solo le basta su lista de reproducción de jazz para hacer cómodo el trayecto. A Enrique y a su hijo los entretiene más el móvil. ¿No es demasiado pequeño para tener un iPhone Pro de última generación? ¿Seré yo demasiado mayor? Debe ser un sacrilegio sentirse mayor con veinte años, pero es así como me siento. Cierro los ojos y trato de no pensar en lo que me toca hacer, hasta que el coche se detiene frente a la puerta de mi casa.

—Buenas noches, Eli. Que descanses. Nos vemos la próxima semana.

—Nos vemos, tía Sole. Chicos, hasta la próxima —me despido con una fingida naturalidad.

El pequeñajo levanta la mirada del móvil, pero no abre la boca. Enrique se despide guiñándome un ojo y tras eso se van. Agradezco que no sean de esas personas que esperan hasta que atraviesas la puerta.

En cuanto los pierdo de vista, me pongo en movimiento. Bajo la calle que me lleva al centro con pasos rápidos, para darme cuenta, justo a la mitad, de que debí elegir el recorrido que bordea el ayuntamiento, porque esa noche el pueblo quiere disfrutar del concierto en la plaza. Me gusta que haya ambiente festivo, aun así, en este momento me jode la vida. Necesito pasar desapercibida, y es complicado cuando tropiezas a cada paso que das.

Nota mental: «Piensa en una buena excusa para cuando mañana te pidan explicaciones».

Me suelto el pelo, lo dejo caer a ambos lados de la cara a modo de cortina en un intento de que no me reconozcan y avanzo a paso de procesión con la mano en el pecho como una buena creyente. En mi mente se crean decenas de futuros alternativos en los que me roban o se me cae al suelo el contenido del sobre alargado, todo el mundo lo ve, y mi vida se acaba.

Inspiro, espiro, inspiro, espiro.

Por suerte, la marea humana está concentrada en la zona superior, y a medida que me alejo solo tropiezo con grupos reducidos. Durante un segundo, creo que alguien me ha reconocido y pronuncia mi nombre. Aprieto el paso y agacho aún más la cabeza. No insisten.

Faltan dos minutos para las doce cuando llego a la entrada oeste del parque. Atrás ha quedado el bullicio, y ahora todo es oscuridad y ecos de canciones de los ochenta. No estoy nerviosa. Contra todo pronóstico, la ansiedad y las emociones negativas me han abandonado. Solo siento la sangre caliente en la piel impulsada por los fuertes latidos de un corazón que no reconozco como propio. Bendita adrenalina.

Acaricio la piedra gris hasta encontrar el saliente. Es curioso... Recordaba esa imperfección mucho más grande. La última vez que trepé por esa pared, el tamaño de mi pie cabía en una playera del treinta y dos, y ahora llevo botines del cuarenta. Consigo alzarme y llegar al borde del muro. Me cuesta horrores mantener el equilibrio para coger impulso. Logro apoyar los codos y desde ahí me ayudo para que el resto de mi cuerpo también suba, y termino sentada con las piernas colgando hacia el interior. Miro, verificando que la distancia hasta el suelo debe ser de tres metros. ¿Cómo es que antes no me asustaba romperme una pierna en la caída?

A la de una..., a la de dos..., a la de... dos y medio. ¡Joder, es que impresiona! ¿Y si aterrizo mal y me doy una hostia contra las piedras? La adrenalina comienza a hacerse colega del sentido común y ambas me gritan que me pire de aquí, que no es necesaria esta puesta en escena, que mañana mi padre sabrá cómo hacer las cosas que no controlo. Sin embargo, la culpa no necesita hablar: me saca la patita y yo salto.

Me quejaría, me quejaría a gritos, pero no tengo tiempo para eso, porque me vibra el teléfono. Lo cojo y en la pantalla se abre una ubicación que conozco. Es la fuente a la altura media del parque. Avanzo despacio. La luz que llega de la calle me deja medio camino a oscuras, no obstante, es suficiente para llegar a mi destino.

La fuente está en funcionamiento, por lo que el borde se encuentra mojado a causa de las gotas que salpican. No sé si debo permanecer de pie. No sé qué tengo que hacer. Miro a mi alrededor, después el móvil y de nuevo en derredor. Escucho diferentes voces en la parte exterior. Parece que muchos han dado por terminado el concierto y vuelven a casa.

También escucho algo más. Son pasos. Pasos que se acercan. Me llevo una mano al pecho para comprobar una vez más que llevo el sobre. También para asegurarme de que el corazón sigue en su sitio y no me lo he tragado.

Veo la imagen acercarse. Al principio, solo es una sombra alargada y puntiaguda, como las torres de la iglesia del fondo, que camina despacio, que viene directamente hacia mí.

Inspiro, espiro, inspiro, espiro.

Solo espero que esto sea rápido. Cierro los ojos, como cuando era niña y creía que, si no veía, el mundo desaparecería. Saco el sobre y lo coloco en el borde de la fuente. Los pasos están cerca.

Inspiro, espiro, inspiro, espiro.