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Amores malsanos, asesinatos, odio, sangre, misterios, abusos, locura, veneno y muerte… Temas difíciles e inherentes a una realidad vigente. Sin darnos cuenta, convivimos con esto a diario. ¿Sabés hasta dónde es capaz de llegar el ser humano? Constanza marca, con su pluma, tremendos relatos de la maldad humana, y su valiente escritura es un soberbio ejemplo de la realidad en la que vivimos. En este caso, ella nos presenta diecinueve cuentos cortos sobre violencia y locura, que señalan el lado "B" de la vida y de las personas. Cuentos de una mente inestable mantendrá al lector atento y en suspenso hasta el final de cada cuento. Hay, además, un misterio por resolver; una unión entre los relatos, que está esperando a ser revelada.
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Seitenzahl: 142
Veröffentlichungsjahr: 2021
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Fotografía de tapa: Víctor Bosero
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Garcia, Constanza Ivana
Cuentos de una mente inestable : historias de locura y suspenso / Constanza Ivana Garcia. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2021.
128 p. ; 21 x 14 cm.
ISBN 978-987-708-911-0
1. Narrativa Argentina. 2. Cuentos de Suspenso. 3. Cuentos Policiales. I. Título.
CDD A863
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Hecho el depósito que marca la Ley 11.723
Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2021. Garcia, Constanza Ivana
© 2021. Tinta Libre Ediciones
Quiero agradecer a todos quienes hicieron mi sueño posible.
Este libro no existiría sin ellos: mi mamá, Fran, Valen, Ceci, Marina, Andrés, y todo quien que en algún momento me brindó apoyo.
La locura de una persona es la realidad de otra.
Tim Burton
Estos relatos narran historias de personajes cuyas situaciones y hechos pertenecen a la más absoluta ficción. Los diálogos, los personajes y sus historias, todo ello es producto de la ficción y nada tiene que ver con hechos reales.
Cualquier parecido con la realidad no es más que una coincidencia.
Él la amaba. Sabía que la amaba. El problema era que ella no lo sabía.
A través de la ventana del restaurante donde él trabajaba, la veía pasar todos los días, tan etérea, con sus curvas y el movimiento de sus caderas tan perfecto. Volvía a amar cada día su piel trigueña y brillante, la caída de los bucles sobre sus hombros y la expresión seria de su rostro, la que le daba ganas de hacerla reír alguna vez.
Ella pasaba siempre sin mirar, como sumergida en sus pensamientos, como si su vida estuviera llena de problemas. Y eso lo atraía aún más, la hacía irresistible ante sus ojos.
Pero nunca veía por la ventana para mirarlo. ¿Y para qué mirar? Ella siempre venía cargando libros en los brazos y se notaba a simple vista que era estudiante en la facultad. En cambio, él no había terminado el secundario, y había llegado a sus veintitantos sin nada más por hacer que conseguir trabajo, y solo porque su padre lo había obligado, al tratarlo siempre de parásito. Ahora era solo un mozo.
Sabía que una chica así jamás lo amaría, ni siquiera lo miraría. Y eso le daba bronca. Mucha. Tanto que no podía contenerla. Y así pasaba del amor al odio en un instante. Pero estaba decidido: ella sería suya.
Nunca había estado con una mujer, pero siempre se había imaginado cómo sería. Había visto muchos videos y películas para eso. Se la imaginaba a ella ahí, a su lado en la cama, la sentía suave, la tocaba y le hacía erizar su piel, esa piel que tanto le fascinaba. Quería experimentar la euforia de someterla y hacerla suya, rozar con su lengua todos los rincones de su cuerpo y que ella hiciera lo mismo con él. Fantaseaba con fundir sus dedos para generarle placer. Alucinaba con eso casi a diario. Hasta que una noche, entre sus fantasías, se decidió a hablarle, o al menos a saludarla.
Trató de cerrar el restaurante lo más lento que pudo para poder cruzársela. Después de un rato, cuando estaba a punto de irse, ella apareció.
Él era muy tímido y le costaba hablar con otros, más con las mujeres. Con todas sus fuerzas, pudo emitir un leve “hola”, pero ella no lo escuchó y siguió caminando. Al verla irse, sin siquiera darse vuelta, sintió bronca, tanta que le duró semanas. Y cada vez que la veía pasar, pensaba que nadie la amaría como él, que nadie la vería como él lo hacía. Tal vez no lo había escuchado y eso era todo. Fue así como, en las siguientes semanas, una idea invadió su mente, y se hizo cada vez más fuerte. Ya no podía esperar más. Debía de una vez por todas declararle su amor.
Era una noche fría de domingo, sin nadie en la calle. Decidió cerrar el restaurante temprano y esperarla en la esquina.
Ella volvía cansada, nuevamente sin fijarse en nada. Él se paró en frente y la saludó, pero ella solo lo miró, contemplándolo de pies a cabeza. Le devolvió una mirada fría, como si él fuera un completo desconocido. ¿Cómo podría ser un desconocido, si la miraba y la volvía a amar todos los días? Y fue así como esa mirada le recordó a la de su padre, que siempre le había dicho que era patético y que nadie, nunca, se fijaría en un fracasado como él. Ni siquiera cuando consiguió trabajo estuvo orgulloso; siempre había algo que faltaba, todo era poco. La mirada le recordó también a la de sus compañeros de escuela, los cuales siempre lo habían ignorado y que, aun hablando delante de ellos, nunca lo habían escuchado. La misma que le dieron sus compañeros de trabajo, que lo habían aislado hasta hacerlo sentir el raro. Esa mirada y esos recuerdos fueron los que desataron su furia. En cuanto ella se volteó para seguir caminando, agarró la piedra que llevaba en el bolsillo y, sin pensar, la golpeó en la cabeza. Fue un golpe seco, energético y asertivo, pero no lo suficientemente fuerte para matarla.
Todo fue rápido y silencioso. Era tarde y las calles estaban completamente vacías. La agarró con cuidado y la subió a la parte trasera del auto para llevarla a su casa, el único lugar en el mundo donde podía ser él mismo, donde se sentía seguro. Allí le confesaría su amor.
Manejó con cuidado para que su cuerpo no se resbalara, pero desde el asiento trasero, fue a parar al piso del auto y ahí continuó el resto del viaje.
Al llegar, la tomó entre sus brazos y la llevó a la habitación, donde la depositó lentamente en su propia cama. Luego, le ató las muñecas, cuidadosamente, a la cabecera.
La vio dormir hasta que ella comenzó a despertarse de a poco. Confundida por la situación, al principio, luego se desesperó. Una idea la invadió y tuvo miedo por su vida. Sus ojos empezaron a ponerse rojos y se llenaron de lágrimas. Él solo quería tocarla, sentirla cerca y declararle su amor. Pero sus palabras no fluían, no sabía cómo decirle lo que sentía, menos aún con ella retorciéndose y gritando.
Se empezó a poner nervioso: ella no lo escuchaba y él no sabía qué hacer. Su enojo comenzó a crecer, esa bronca que sentía cada vez que lo ignoraban. Se enojó tanto que agarró la lámpara que estaba en su mesa de luz, una antigua y pesada, y la golpeó en la cabeza para que parara de gritar, tan fuerte y tantas veces que un charco carmesí manchó la perfecta sábana blanca. Fue así como ella ya no perteneció a este mundo, pero él no se dio cuenta de que la había matado hasta que vio un vacío en sus hermosos ojos marrones y, en ese momento, dejó de golpearla.
Se desesperó por unos instantes y se quedó ahí, viéndola inmóvil, viendo su cráneo aplastado y su cara completamente desfigurada, sin saber dónde empezaba y terminaba su cabellera.
Cuando reaccionó, se dio cuenta de que esto le traería problemas. «¿Qué voy a hacer con ella?», pensó para sí. Aun así, nunca perdió el temple. Fue a la cocina y buscó una bolsa grande de consorcio. Al volver y verla, contempló sus hermosos rizos y sintió la necesidad de cortarle uno, para atesorarlo y recordarla tan bella como la había conocido. Con cuidado, puso su cuerpo frágil y delicado en la bolsa. Ahora ella sabría lo que era sentirse una basura, así como él se sentía cada día de su existencia. Ahora su vida valía lo mismo que la de él: nada.
Con tranquilidad, la puso en el baúl y se subió al auto. Se sentía totalmente liberado: ya no sentiría la presión de hablarle, de decirle que la amaba. Ya no se sentiría fulminado con su mirada fría. Manejó durante horas, hasta que llegó a un descampado con un pozo grande y profundo, de esos donde se tiraban todo tipo de desechos.
Desde lo alto, arrojó la bolsa y se quedó unos instantes observando, contemplando la imagen, como si ella fuera de alguna manera a levantarse. Así se quedó un buen rato, por las dudas. Pensó que allí nadie la encontraría y, si la encontraban, culparían a otro, a alguien más cercano en su vida. Después de unos instantes, decidió irse.
Subió a su auto, puso las llaves muy tranquilamente. Antes de arrancar, se quedó pensando y se dijo en voz alta: “Bueno, no salió tan mal… al fin y al cabo, esta fue la primera vez”.
Cuatro paredes
«¿Qué pasa cuando la belleza de la naturaleza se enfrenta con lo salvaje del mundo moderno? El verde contra el gris, la creación contra la invención. La naturaleza nos acompaña, lo salvaje nos enfrenta. ¿Nos comeremos entre nosotros, o peor, a nosotros mismos? ¿O volveremos a ver la belleza alguna vez?», pensó para sí esa tarde, mirando el paisaje de la ventana. Se encontraba en una oficina alta, demasiado para ser el edificio de un pequeño pueblo. Y la vista daba justo a la calle principal, alguna de las pocas que ese pueblo tenía. Era una de las primeras oficinas, de las que habían surgido desde hacía algunos años.
Desde el cuarto piso, podía contemplar cómo los rayos del sol tocaban los fríos edificios y cómo las nubes se movían muy lentamente con el correr de las horas. Aunque tenía trabajo para hacer, no podía dejar de mirar y replantearse muchas cosas. “¡Cómo ha crecido este pueblo!”, dijo en ese instante en voz alta, a lo que después le siguió un suspiro. Y pensó en todas las cosas que a veces eran necesarias para llegar hasta ahí, y de lo que el ser humano era capaz de hacer por poder o por envidia. «Ahora ya estoy acá», se decía.
Estaba en las alturas, admirando el paisaje, pero sabía que nada de eso no le pertenecía en realidad. Por entonces, volvía a su mente el recuerdo de lo que había pasado una y otra vez.
Recordaba esa semana muy claramente, hacía un par de meses, cuando su jefe le dijo que él podría llegar a ascender. Pero había también otra opción para el puesto, Alfonso. Ambos habían estado en la oficina muchísimos años. Solo que su rival no era tan responsable como él, ni había hecho la mitad de las cosas que él había logrado. El trabajo debía ser suyo. Además, su familia crecía, su esposa embarazada, cuentas por pagar y una casa hipotecada. Pero, por alguna razón, el dueño de la empresa no lo prefería y él sabía que le daría el trabajo a Alfonso, solo porque era más agradable. Alfonso se codeaba con gente influyente y tenía mejor porte. Le daba mucha impotencia no ganar solo por un estúpido concurso de popularidad.
Durante los siguientes días, se le notó distraído, miraba puntos fijos, pensaba por las noches, sin poder dormir. No podía dejar que Alfonso ganara, ya había ganado muchas cosas en su vida. Alfonso había elegido el éxito: se había quedado solo y sin hijos. En cambio, él había tenido cuatro, con otro en camino, y muchas deudas. Tenía que hacer algo.
Aún contemplando el paisaje a través de la ventana, recordó cuando, finalmente, fue Alfonso quien logró el ascenso. Desde ahí le hizo la vida imposible: se hacía complacer cada uno de sus caprichos, lo tomó como su cadete, secretario y a veces, se podría decir, como su esclavo. Llegaba a su casa y todo lo sobrepasaba. No daba más.
Una noche, sentado al borde de la cama, con la cabeza entre las manos, incapaz de llorar para que no lo viera su familia, se quedó un largo rato en silencio, meditando. A la mañana siguiente, antes de llegar al trabajo, entró en un local y salió, rápidamente, con un frasco que guardó en un bolsillo.
Cuando llegó a la oficina, Alfonso le pidió un café, como lo hacía todos los días. Siempre eran los primeros en llegar y Alfonso aprovechaba esta situación para tortúralo aún más. Cuando le llevó el café, le pidió otro porque, según él, ese estaba horrible. Ahí fue cuando no pudo soportarlo más y le gritó toda clase de insultos. Alfonso lo cortó en seco.
—¿Quién te creés que sos? Un pelotudo, eso sos. Estás despedido, andate —dijo Alfonso, se dio la vuelta para volverse a mirar la gran ventana, sin querer negociar más el asunto.
Él, por otra parte, se quedó pasmado por unos instantes, al darse cuenta de lo que había hecho. Tardó un minuto en analizar la situación. Es increíble cómo el cerebro analiza todo en cuestión de segundos.
—Te pido disculpas Alfonso, mirá ya te hago el café y va a ser mejor. Ahí vengo.
Y, antes de una negativa, fue directo a la cocina. Le preparó otro y volvió a la oficina. Se lo ofreció con toda clase de adulaciones para que lo tomara. Alfonso, a quien le encantaban los halagos, lo tomó, solo para poder volver a insultarlo. “Está asqueroso”, le dijo y volvió a pedirle que se fuera. Él, sin más remedio, se fue y se consideró despedido.
Al día siguiente, el diario tenía como titular la muerte de Alfonso. Había muerto al llegar a su casa, y lo habían encontrado en el baño, tirado y desnudo a punto de entrar a ducharse. Una vecina había llamado a emergencias después de escuchar gritos de dolor y un golpe seco. Decían en el diario que había sido un ataque cardíaco; siempre había sufrido del corazón. En ese momento, mientras él leía la noticia, el teléfono había comenzado a sonar y atendió: era su jefe, quien le ofrecía el puesto de Alfonso.
Ahora se encontraba contemplando todo a través de la ventana, con un vacío en sus ojos y, aunque su situación había mejorado notablemente, no podía dejar de pensar y replantearse muchas de sus acciones. Pero sabía que con el tiempo todo cambiaría y que, a la larga, él se transformaría en Alfonso para alguien más.
Mi mejor amiga
Recuerdo muy bien cuando abrí esa puerta. En un solo instante, todo tuvo sentido, todo me cerró. Sé que no tiene sentido que al “abrir” una puerta todo “cierre”, pero así fue. Lo que temía desde hacía meses, se hacía realidad. La imagen era fuerte pero, por alguna extraña razón, no podía dejar de mirar, ya que todo mi mundo se desmoronaba en ese instante. El hombre que había amado, que me había ayudado tantas veces a salir adelante, me engañaba de la manera más cruel.
Había dos cuerpos desnudos y entrelazados. Se besaban con una pasión desmedida y él se movía con vehemencia, con una fuerza bruta que nunca había visto. Y ahí estaba yo, contemplando ese engaño en silencio, en ese hotel asqueroso y de mala muerte, estática, sin poder emitir sonido alguno.
Una parte de mí, en ese momento, se rompió. Habíamos crecido juntos; mismo jardín de infantes, casas contiguas, recorrimos la secundaria juntos y, después de años de noviar, había decidido vivir con él. Pasé de vivir con mis padres a vivir a su lado; nunca experimenté la soledad.
Amaba escucharlo: era inteligente y hablábamos durante horas, hasta el amanecer. Pero esa labia que él poseía, también, lo hacía hábil con las mujeres, lo que hacía que muchas cayeran ante sus encantos. Y ahí estaba la prueba de que mis sospechas eran reales.
Salí del hotel sin decir palabra y, solo cuando él llegó a casa, después de que inventara una excusa, le dije lo que había visto. Me confesó que hacía meses que se veían y que ya no me amaba, pero no podía cortar conmigo por temor a mi reacción. Esa misma noche, juntó sus cosas y se fue para siempre, aliviado porque yo ya sabía la verdad.
Tuve que continuar. Fue difícil, ya que toda mi vida se basaba en él; mis padres habían muerto hacía algunos años y él siempre había estado ahí para apoyarme y darme un empujón en mi vida. Había tenido una palabra de aliento cuando estaba mal, más por mi trabajo que siempre me había traído muchos problemas.
Incluso así, decidí no renunciar y seguir en ese puesto. Necesitaba el dinero para pagar el alquiler y mantenerme sola. Pero no la pasaba bien. Mi jefa era muy prepotente, llegaba a la oficina a los gritos con un aire de superioridad y siempre me había tratado de forma desagradable delante de todos. Era una de esas personas a las que les gustaba humillar. Y mis colegas no me dirigían la palabra y me hacían a un lado. Era una tortura diaria, nadie nunca me escuchaba y me sentía totalmente inútil. Y llegaba a casa y la soledad no me ayudaba para nada. Pensaba que mi vida ya no tenía sentido.
Un día no pude más con todo y me encerré en el baño de mi trabajo a llorar. Lloré largo y tendido, tratando de sacar todo de mi sistema. Estaba sumergida en mis pensamientos cuando, de repente, abrió la puerta una mujer. Nunca la había visto en la oficina. Era alta, de pelo corto azabache, etérea y elegante. Muy dentro de mí pensé que ella representaba todo lo que yo había querido ser. “¿Estás bien? Perdoná que te abrí la puerta así, pero escuché el llanto y me preocupé”. Después de decir eso, me tomó de la mano y me ayudó a levantarme.
