Para James y
Phoenix, los humanos más
brillantes que conozco.
S. H.
Para Rosin.
S. D.
Pichon
Swapna Haddow
Mecanografiado por Capi Pichón en la
vieja máquina de escribir del cobertizo de
Dibujos de la Paloma Honoraria
Sheena Dempsey
Traducción del inglés al palomés de
Miguel Trujillo Fernández
sobre cómo tratar con gatos malos y
conservar (casi) todas tus plumas de
David Pichón
El libro de
Si puedes leer esto, está claro que en
-
tiendes el palomés. Puedes continuar
con la lectura.
Firmado:
David Pichon
Si eres un gato y has aprendido pa
-
lomés… (¡JA, JA, JA! Como si un
gato fuera lo bastante listo como para
aprender palomés…). Espera.
Si eres un gato y puedes leer este
libro, eso significa que has secuestrado
a una paloma para engañarla y que tra
-
duzca el palomés a maullidos. Te exijo
que liberes de inmediato a la paloma
secuestrada. Este libro contiene ideas
TOP SECRET
que NO le interesan a
ningún gato.
Promesa de David Pichon
a todas las palomas
Esta es la historia real
de cómo yo, David Pichón,
derroté a la Gata Mala con la
ayuda de mi mecanógrafo
de confianza, Capi.
Por cierto,
ese soy yo.
Espero que mi éxito al
vengarme de uno de los gatos más
letales de todos los tiempos ayude a
las futuras generaciones de palomas.
Y a ti también. Sí, a ti. No, no me
refiero a la paloma que tienes detrás.
Tú, la persona que está leyendo
este libro ahora mismo.
¿Vas a mencionar lo de…?
No me interrumpas,
Capi. Yo derroté a la Gata
Mala. Eso es todo lo que
hay que saber.
David está molesto.
Siempre ahueca las plumas
cuando está molesto.
Bueno, ¿por
dónde iba?
Estabas diciendo que
esperabas que tu historia
ayudara a todas las palomas.
Es verdad. Así es.
Por eso tienes que escribirlo
todo, Capi. Comenzando
justo por el principio.
¡Me refería al
principio de la historia,
Capi! No al principio
de los tiempos.
El principio
Hace miles de millones de años,
antes de que las palomas existieran
siquiera, el universo no era nada…
David y yo estábamos en mitad de nuestra
caza rutinaria de cruasanes. Lo habíamos
hecho ya al menos cien veces.
De hecho, David y yo nos conocimos en
una caza de cruasanes. Ese día, David me
contó que acababa de ganar la
Medalla de los Valientes,
y que la llevaba puesta a
todas horas (aunque más
tarde oí el rumor de que
1
El principio de esta
historia en concreto
7
tan solo era una chapa de botella que se le
quedó pegada con un trozo de chicle, una
vez que se quedó atrapado en una bolsa de
basura).
David venía volando desde el lado con
-
trario del estanque cuando los dos vimos
un cruasán a medio comer abandonado de
-
bajo de un banco. Descendimos en picado
hacia el mismo hueco entre dos tablones
del banco de madera y aterrizamos exacta
-
mente al mismo tiempo.
Y allí estábamos, colgando cabeza abajo
y atrapados en el banco, cuando un ganso
enorme pilló nuestro cruasán y se marchó
de allí. ¡Un ganso, por el amor del Ave!
8
No llegamos a recuperar
ese cruasán, ¿verdad?
¡David!
¿Qué?
¿Quieres que
siga contando la
historia?
Lo siento, Capi.
Continúa.
9
Lo que estaba a punto de decir es que…
no llegamos a recuperar nuestro cruasán.
Conseguimos alcanzar al ganso sin pro
-
blemas, pero tengo que decir una cosa
de los gansos: son mucho más grandes de
cerca que cuando los ves de lejos. Y pico
-
tean mucho. Dimos las gracias por poder
abandonar la pelea con todas las plumas.
Desde entonces, David y yo hemos sido
amigos.
¿Has llegado a la
parte en la que casi
pierdo la vida?
¡¿Puedes dejar
de interrumpirme?!
Estaba a punto de
empezar con esa
parte, ¡pero no dejas
de estropearme la
historia hablando
antes de tiempo!
¿Por dónde iba? Ah, sí. El día que co
-
nocimos a la Gata Mala. Cuando ya llevá
-
bamos cien cazas de cruasanes.
Era una mañana luminosa y soleada, y
David y yo nos moríamos de hambre. Te
-
níamos tanta hambre que nos estábamos
picoteando nuestras propias plumas. Lo
único que habíamos desayunado eran
migas de pan mojadas que un humanito
había masticado y escupido, y un trocito
pequeñito de bollo glaseado que habíamos
conseguido robarle a un pato.
Entonces fue cuando vi a una señora hu
-
mana. No podíamos creer nuestra suerte.
Todo el mundo sabe que a las señoras
humanas les gusta llevar trozos de pan.
David dice que por eso llevan bolsos.
Nos acercamos a ella, tratando de pa
-
recer simpáticos y hambrientos.
11
Tal como esperábamos, la señora hu
-
mana abrió la tapa de su cesta de pícnic.
¡Había mucho más que pan! Dentro vimos
un festín de cruasanes, sándwiches y ga
-
lletas. Y eran galletas de las que tienen
mermelada en el centro. Mis favoritas.
—Sígueme —dije mientras me acercaba.
La señora humana nos vio.
—Buenos días —nos saludó. Nosotros no
dijimos nada porque no sabemos hablar
humano—. ¿Queréis un poco de cruasán?
Desde luego que queríamos.
12
Nos leyó la mente: arrancó un trozo de esa
masa de un marrón dorado y nos lo lanzó.
Las dulces migas cayeron a nuestras
patas y nos comimos todas las que pudimos
para llenar nuestros doloridos estómagos.
Nos acercamos a la cesta con la esperanza
de conseguir uno o dos pastelitos para
poder comérnoslos más tarde, en la cena.
—Debéis de tener hambre —dijo la señora
humana, y nos lanzó unos trocitos de pan.
David arrulló y se acercó todavía más a
la cesta.
—Vamos —me dijo con la cabeza.
Entonces capté el olor de algo horrible.
—¿Qué es eso?
—¿Qué?
—Ese olor…
—Lo siento —dijo David, abanicándose el
trasero—. Creo que es por el kebab de la ba
-
sura que me comí anoche.
—No me refiero a ese olor…
La peste se volvió más y más fuerte, que
-
mándome las fosas nasales y haciendo que
me escocieran los ojos.
—¡Para! —gritó la señora humana—.
¡Para!
Un relámpago naranja y blanco salió
disparado desde detrás de la cesta. Unas
agujas afiladas me arañaron las plumas.
14
La ardiente peste a hierba y pis solo
podía significar una cosa: un gato.
Sus garras me arañaron el lomo. Corrí
con rapidez, eché a volar y aleteé para
salvar mi vida. Debajo vi unos relucientes
hilos de babas que se extendían entre los
colmillos afilados mientras la bola de pelo
naranja saltaba detrás de mí, ansiosa por
darme un bocado.
15