Desatar a la bestia - Eleanor Rigby - E-Book

Desatar a la bestia E-Book

Eleanor Rigby

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Beschreibung

Hay hombres que no creen en el amor a primera vista..., por eso hay que pasar por delante unas cuantas veces más. Todos en Leighton Abogados coinciden en que Lea Velour sería la letrada más destacada del bufete si su jefe no insistiera en tratarla como una secretaria suplente. Pocos sospechan, en cambio, que bajo el moño tirante y sujeto gracias a litros de laca y disciplina se esconde algo más que un cerebro brillante: una mujer que, en vez de ansiar el respeto del sexy y divertido Jesse Miranda, está deseando que este se lo falte. Desgraciadamente, parece que su personalidad práctica y aspecto severo no sirven para captar la atención de un hombre como él, que ya la ha colocado en una casilla no muy aventajada: la de patito feo. Un toque de atención, un golpe de azar y la repentina curiosidad de Jesse hacia su contradictoria abogada adjunta desembocarán en un juego peligroso y excitante con unas reglas establecidas desde el principio: sin promesas de amor. Él acabará descubriendo el potencial de una mujer que todo lo que necesita es un motivo para convertirse en puro fuego, y ella a un hombre que puede que al final no sea el playboy descerebrado y accesible que parece, sino alguien con el corazón blindado y más que digno de un amor que podría no ser correspondido.

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Seitenzahl: 824

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Publicat per:

www.novacasaeditorial.com

[email protected]

© 2021, Eleanor Rigby

©️ 2021, d’aquesta edició: Nova Casa Editorial

Editor

Joan Adell i Lavé

Coordinació

Edith Gallego

Portada i maquetació

Vasco Lopes

Correcció

Bárbara Antón

Fotografia portada:

AdobeStock

Primera edició: Juny de 2021

ISBN: 978-84-18726-11-8

Qualsevol forma de reproducció, distribució, comunicació pública o transformació d’aquesta obra només pot ser realitzada amb l’autorització dels seus titulars, llevat excepció prevista per llei. Adreci’s a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necessita fotocopiar o escanejar cap fragment d’aquesta obra (www.conlicencia.com; 917021970/932720447).

Eleanor Rigby

Desatar

a labestia

--------- desde miami con amor III ---------

Capítulo 1

Marchando una de reproches

Capítulo 2

No me toques las faldas que me conozco

Capítulo 3

Siempre nos quedará el voyeurismo

Capítulo 4

Plan G, con «G» de Galilea

Capítulo 5

La importancia de llamarse Jessica Aranda

Capítulo 6

Cuidado con cómo me miras

Capítulo 7

Feliz día de la mamisonga

Capítulo 8

Declárate culpable

Capítulo 9

En una palabra: irresistible

Capítulo 10

El día triste

Capítulo 11

No te conformes

Capítulo 12

13 minutes to save the world

Capítulo 13

Para ser psicólogo eres un poco imbécil

Capítulo 14

Baby porn

Capítulo 15

El baúl de los recuerdos

Capítulo 16

A Taco Bell pongo por testigo que jamás volverás a pasar hambre

Capítulo 17

Comportamiento negligente

Capítulo 18

Segunda estrella a la derecha y todo recto hasta el amanecer

Capítulo 19

Mommy issues

Capítulo 20

Orden en la sala

Capítulo 21

He shot me down, bang bang

Capítulo 22

Esencia boricua

Capítulo 23

Enfermo de amor y melancolía

Capítulo 24

No rompas más mi pobre corazón

Capítulo 25

Todo me male sal

Capítulo 26

Me apuesto lo que sea

Capítulo 27

Rapunzel, deja caer tu pelo

Capítulo 28

Los hombres se van, las leyendas se quedan

Capítulo 29

Mono aullador rojo quiere a canario silvestre

Capítulo 30

Reencuentro

Epílogo

Capítulo 1

Marchando una de reproches

No había ni una parte de su cuerpo que no supiera lo que estaba a punto de ocurrir: lo que sucedía cada vez que entraba en su despacho. Debía armarse de serenidad para no levantar sospechas al cruzar el umbral y esperar con paciencia a que él terminara de hablar por teléfono. A que dejara de pretender que no existía, que no se fijaba en ella, cuando ambos estaban rígidos por el deseo de tocarse.

Le gustaba que se hiciera el interesante y no le dedicase una sola mirada hasta que se aseguraba de que la puerta estaba bloqueada y las tupidas cortinas cubrían la cristalera de la oficina. Le gustaba también que sus largos y elegantes dedos jugaran con los botones del auricular, pulsando, acariciando... sabiendo que ella lo estaba viendo y se imaginaba esas mismas manos recorriendo lugares prohibidos. Le gustaba cómo la camisa remangada se ceñía a sus músculos y cómo el último botón, rebelde como sus mechones caoba, mostraba un pecho laureado con fino vello. Le gustaba el modo en que se humedecía los labios, distraído, al revisar el largo de su falda. Le gustaban tantas cosas que necesitaba terminar con el trabajo que le mandaba lo antes posible para pedirle más, y más, y más, y tener una excusa para entrar en sus dominios y admirarlo de cerca como el animal en peligro de extinción que era.

Lea dejó las pruebas documentales sobre la mesa. Fue a darse la vuelta para regresar a su puesto, pero él se lo impidió solo poniéndose de pie. Lea se quedó parada delante del escritorio, sintiéndose pequeña e insignificante en comparación con el magnífico ejemplar de hombre que le dedicaba una mirada abrasadora. Lucía pantalones estilo 20’s con sus respectivos tirantes cruzados a la espalda. No vestía como las normas dictaban. Él no podía seguirlas, iba contra su naturaleza, y Lea lo prefería así porque eso significaba que nada, ni siquiera la política de empresa, podría pararlo si decidía volver a tocarla.

Que su aventura fuera prohibida le daba un sabor especial.

—¿Necesitaba algo, señor Miranda? —preguntó en cuanto este hubo colgado el teléfono.

Jesse sonrió de lado. Esa sonrisa canalla que le había visto dedicar a todas las mujeres del bufete sin excepción. No habló de primeras, sino que llevó las dos manos al nudo de su corbata. Lo deshizo muy despacio, estirando los segundos hasta volverla loca.

Lea asistió al momento con la garganta atascada. Había algo en él que le hacía salivar, porque no era el más guapo de los hombres. Debían ser sus ojos amarillos o el modo en que se le ondulaba el pelo para insinuar una caricia a las orejas. O su cuerpo esbelto y estilizado. Lea no podía quitarle el ojo de encima a las venas que surcaban sus brazos, ni a sus poderosos muslos, a su melena a veces punky. Sus estilismos eran variados y originales dependiendo de la ocasión que le causaba curiosidad. Era un gamberro disfrazado de caballero que lograría conquistarte mostrando cualquiera de sus facetas.

Jesse se acercó a ella con la dolorosa lentitud de siempre. Lea era muy pequeña. Diminuta. Menos de un metro sesenta. Y él era lo bastante alto para cubrirla por completo. Aunque no hizo eso. En su lugar, levantó la barbilla femenina con un dedo. Esa mirada de superioridad con la que la aguijoneó desde el primer día la puso a vibrar contra todos sus principios. Lea odiaba sentirse menospreciada, pero que él la tratara como a su muñeca, como su objeto de placer y nada más, le excitaba.

—Sí que necesito algo —pronunció con ese tono exasperante. Lea abrió la boca y él se la cerró poniendo un dedo entre sus labios. Descendió desde allí, haciéndole cosquillas en la barbilla, seduciéndola silenciosamente por la línea del cuello.

Se detuvo a las puertas de su escote.

Abrió la blusa de un tirón, revelando un sujetador de encaje elegido adrede para la ocasión. Estaba orgullosa de sus pechos y él también. Los veneraba, estaba loco por ellos. Ese día no le dedicó menos atención de la acostumbrada. Liberó uno de ellos de la copa y se inclinó, desplazando la lengua alrededor del pezón erecto.

Lea gimió y le agarró del pelo, suave y sedoso. Contoneó las caderas hacia él, pidiendo un trato más brutal, que él le concedió rastrillando y marcando su piel con mordiscos.

—Ah... Sí...

—¿Has hecho lo que te he pedido? —inquirió antes de cerrar la boca sobre la areola. Lea se mordió el labio para no gritar y pronunció un débil «sí»—. Muy bien. Eso significa que te has ganado tu premio.

Jadeó al primer roce de sus dedos debajo de la falda. Una mirada ardiente bastó para que se deshiciera entre sus brazos.

—Voy a follarte...

—¡Voy a matarte, Galilea Leone Velour! —gritó una voz femenina.

Lea dio un bote sobre la silla que por poco la mandó al suelo. Cerró el portátil de un golpe, dejando a Jesse sin acabar la faena. Puso cinco manuales sobre él, reunió todos los rotuladores de colores alrededor de las esquinas y se abrazó al conjunto con cara de pánico.

«Mierda, Lea, no reacciones así. Actúa con normalidad».

Claro. Esa era la primera regla: si estás haciendo algo mal, procura que no se note. Aunque tampoco es que hubiera cometido un delito. No pasaba nada, ¿verdad? Simplemente su compañera de piso —que aún estaba buscando su coronilla rubia entre los cubículos de los adjuntos— la había cazado en pleno clímax ficticio. Peor habría sido que la pillara en medio de uno real, ¿no? O que no hubiese sido Shanghái la inoportuna, sino cualquier otra persona.

De todas las mujeres de su entorno, Shan era la única a la que no se le habría ocurrido juzgarla si hubiera echado un vistazo a su documento privado. Y si se atrevía a hacerlo, siempre podía recordarle quién era la que llevaba dos meses sin pagar el alquiler.

—Estoy aquí. —Levantó el brazo para que la viera y lo sacudió, haciendo tintinear las tropecientas pulseras tipo cadenita que le gustaba ponerse—. Me han cambiado de cubículo.

Mala idea. Una no debía revelar su posición al enemigo.

Shan se plantó delante de ella con un brazo en jarras y otro levantando la bolsa de su almuerzo como si fuera un suspenso en Matemáticas. Automáticamente se sintió culpable, porque sabía lo que significaba su precipitada entrada —por la que tendría que pagar diez meses de murmuraciones, a juzgar por las caras que tenían sus compañeros—, su mirada de reproche y el gesto de sacudir en sus narices el contenido. 

Lea probó a sonreír para fingir que no sabía de qué iba eso, sin dejar de abrazar los manuales de dos mil páginas en tres idiomas distintos que cubrían su único placer culposo.

—Has vuelto a dejarte la comida en casa —le reprochó Shan, arrojando la bolsa de mala manera sobre el montón. Lea lo cazó antes de que el yogur manchara sus preciados libros de apoyo—. Es la tercera vez en esta semana, y estamos a miércoles. ¿No tienes nada que decirme? Porque es un poco sospechoso que te dejes la comida que preparo para ti, te largues sin desayunar y digas que «estás demasiado cansada para cenar» cuando llegas a casa justo después de haber tenido una conversación sobre lo descontenta que estás con tu peso.

»Por si no te ha quedado claro, me estoy victimizando para hacerte sentir mal.

Lea asintió a regañadientes. Era un detalle que hubiese admitido sus intenciones y estas no fueran avergonzarla en público.

A simple vista, Shanghái no parecía esconder un lado maternal que insistía en proyectar sobre los demás para cubrir sus carencias afectivas. Cosa que, por cierto, decía ella misma, no Lea. Era el clásico ejemplo de adolescente de casi treinta años que se ponía piercings falsos porque no estaba preparada para afrontar un semipermanente cambio de imagen, ya que se arrepentiría porque era demasiado inestable para tomar decisiones a la larga —eso también lo aseguraba ella, Lea no tenía nada que ver con dicha descripción—; la que tenía diez estilos distintos porque aún no se encontraba a sí misma, se teñía el pelo con espray, había formado parte de cuatro religiones distintas en los últimos trece meses para declararse oficialmente budista y coleccionaba por placer libros de autoayuda. Estos iban acumulándose con el forro de plástico sobre su mesilla de noche. ¿La razón? No estaba preparada para afrontar sus problemas.

Palabras, de nuevo, suyas.

Era evidente que la que necesitaba ayuda y que le cantasen las cuarenta era la propia Shanghái, no Lea, que tenía un empleo estable, una paga mensual razonable, mucha ambición y las ideas claras sobre lo que quería hacer con su pelo. O con sus agujeros. Pero lamentablemente nada ni nadie podía quitarle la razón a su compañera de piso, que como toda buena «zorra con depresión» —así insistía en definirse, ahí Lea no entraba— no sabía cuidar de sí misma, pero en su lugar tenía ojo para ver lo que les pasaba a los demás y daba unos consejos de la leche.

—Pues no lo has conseguido. Hace falta algo más que un plátano, un vaso de yogur líquido y un paquetito de Froot Loops para hacerme sentir mal —declaró Lea—. Ha sido simple casualidad, ¿vale? Estos últimos días no he tenido ganas de comer. Hay un estudio científico que asegura que, cuanto más trabajas, menos hambre tienes. Entiendo que como tú llevas en paro desde que saliste de la universidad estás dispuesta a desvalijar la despensa a cualquier hora del día por puro aburrimiento, pero yo estoy siendo explotada y no tengo tiempo ni para quejarme. Menos para comerme tu... —Casi suspiró al desenvolver el sándwich— delicioso emparedado de atún.

Sacudió la cabeza antes de sucumbir y lo dejó de lado.

Shan la consideraba lo bastante honesta para suponer que decía la verdad. Y aunque mintiese, Shan no la contradiría porque estaba condicionada por un fuerte deseo de complacencia hacia el prójimo.

Dicho por ella, eh.

Shan suspiró y apoyó los brazos cruzados sobre el muro de metro y medio que separaba las oficinas.

—Si tan explotada estás siendo, ¿por qué no lo dejas? 

—Ya hemos hablado de eso. Unas... diecisiete veces, creo. En las últimas veinticuatro horas, además.

—Sí, pero es que no te lo planteas de verdad. No quiero ser dura contigo, y no lo voy a ser: solo tienes que mirarte. Apenas hace veinticinco minutos desde que ha empezado la jornada y ya estás enterrada en trabajo. —Señaló el montón de manuales. «Ya, bueno, sobre eso...»—. Todo, ¿para qué? Te pagan una miseria comparada con las horas que pasas aquí...

—De hecho, me pagan más de lo que merezco... —«... para que pueda permitirme escribir novelas eróticas con mi jefe de protagonista en horario laboral».

—Pero no asciendes. —Ahí le dio donde dolía—. Vamos, Lea, ¿no lo ves? Te pagan bien porque saben que, si no lo hacen, te largarías, harta como estás de ser la que lleva el papeleo y los cafés. Ese tal Miranda te trata como si fueras su secretaria, no su abogada adjunta, y me parece un sacrilegio cuando te graduaste con honores mientras él aprobó por los pelos. Casi doblaste su nota en el BAR que, por cierto, fue penosa.

Lea frunció el ceño.

—¿Cómo sabes eso?

—Para empezar, yo lo sé todo; lo que se me escapa es porque me da igual. En segundo lugar, se te olvida que Internet está a mi servicio y soy la mejor hacker de toda Florida. Y tercero... No sé si entiendes la moraleja. Un tío mucho menos cualificado que tú y que llegó donde está porque su padre era el puto amo de la fiscalía te está subestimando.

Eso dolió todavía más. Si algo tenía Lea, porque todo eso de la belleza, talento, inteligencia y encanto no lo tocaba ni por casualidad, era ambición. Y, a veces, la ambición conseguía que pareciese inteligente y talentosa, lo suficiente para ser considerada entre aquellas cuatro paredes una empollona sin vida social que resolvería el caso más difícil sin necesidad de llegar a juicio. 

No era suficiente para ella. Lea no solo quería ser «la lista» entre sus compañeros. Quería ser valiosa para los socios, para los mandamases del bufete. Y era cierto que trabajando para Jesse, que le encargaba la jurisprudencia como a los ayudantes sin despacho y una vez se atrevió a pedirle que le concertara una cita con el peluquero, nunca conseguiría impresionar a Caleb Leighton.

Decía Caleb Leighton porque era quien estaba por allí esos días y porque era el socio gerente, el que lucía su apellido en el membrete y había perdido menos casos de todos los que trabajaban en la oficina. También porque fue el que le hizo la entrevista y le dio la oportunidad de emplearse con ellos, y por un motivo mucho más personal: ella quería ser Caleb Leighton. Se sentía identificada con su personalidad y su método de trabajo.

Claro que él no era el único que podía sugerir que le pusieran un despacho y encomendarle casos dignos de su formación. Leighton trabajaba codo con codo con Sandoval y Miranda, quienes tenían competencias similares. A Sandoval llegó a tenerla en el bote, pero esta se dio de baja y perdió su oportunidad. Y Miranda insistía en tratarla como si en la universidad le hubieran enseñado a colorear sin salirse de los bordes. Solo Caleb Leighton le haría algún caso, porque igual que Jesse Miranda solo premiaba a las chicas guapas por ponerse faldas cortas, el gerente bonificaba a los que trabajaban duro. 

—No estás siendo justa —se defendió Lea—. Miranda es un abogado increíble. Puede que sus notas no lo corroboren, pero la teoría y la práctica son dos cosas distintas, y él tiene superada la parte importante. Utiliza tu querido ordenador para husmear en su lista de casos y verás que tengo razón. Solo ha perdido los juicios que maneja ese tal Torres, el juez con el que tuvo una pelea hace seis años. Puedo aprender mucho de él —repuso. «Si le saliera de las narices enseñarme», estuvo a punto de añadir.

—Mira, entiendo que no quieras dejar el trabajo. Este sitio es la leche. Pero creo que no te están valorando como mereces. ¿Por qué no solicitas ser la adjunta de otro socio? El que te hizo la entrevista está buenísimo y parecía serio. Te alegras las vistas y encima dejas de ser la esclava personal de un tío con los huevos como camiones.

«Esa no es la descripción que yo habría hecho sobre sus huevos».

—Lo he pensado, pero Leighton odia a los asociados. Trabaja solo, y cuando necesita algo, se lo pide a un junior aleatorio. Además de que Miranda me necesita —declaró, sin ningún orgullo. Ojalá no fuera verdad, u ojalá la necesitara para otras cosas—. Sin mí no daría abasto.

—Santa Galilea de Francia, la mártir que todos los misóginos necesitan —pronunció, formando un letrero con las manos.

—¿Perdona?

—¿Me vas a decir que no es un misógino? La única explicación que yo veo para que no te dé trabajo decente es que eres una mujer y se siente amenazado por tu cerebro de Megamind. Te recluye en este cubículo firmando patentes y emancipaciones, documentos de los que podría encargarse mi gato, porque sabe que si te da un puesto de poder lo acabarías desbancando. Sé que eres muy humilde...

—No soy humilde. Sé que soy la mejor.

—Pues tienes una forma muy graciosa de demostrarlo, dejando que ese imbécil te menosprecie. Llevas trabajando para él un año y medio y sigues yendo a por sus cafés porque está demasiado ocupado siendo un guarro con todas las secretarias del bufete.

—Si bajaras la voz, te lo agradecería muchísimo.

—¿Es que no te da rabia? —exclamó por lo bajo—. Me la da hasta a mí, y no debería porque se supone que gracias a tu sueldo vivo bien. 

—Pobre Shanghái, debe pasarlo muy mal viendo Netflix dieciséis horas al día.

—Oye. —Le apuntó con el dedo—. Puede que mi vida sea una mierda, pero lo es porque yo lo he elegido, así que no me puedo quejar. Tú no puedes decir lo mismo.

—Bueno, ¿y qué sugieres? —espetó Lea, agarrando la bolsa del almuerzo con un movimiento airado. La abrió y sacó el plátano—. ¿Que le ponga una denuncia? ¿Que me chive a Leighton? Es una buena persona, Shan.

—La gente buena hace las cosas mal, Galilea, y por eso merecen un escarmiento. Entra ahí. —Señaló la puerta de salida. Lea imaginó que se refería al despacho de Miranda. La mujer no tenía la culpa de haber suspendido el test de orientación espacial—. Entra ahí y dile que o empieza a tratarte como lo que eres, una jodida abogada, o te largas.

—Es muy pronto para enfadarme. Solo son las ocho de la mañana —señaló Lea, intentando mantener la calma. Peló la fruta con movimientos bruscos y le dio un mordisco con cara de pena. Hizo un puchero con la boca llena—. No quiero armar una escena.

—Pues púdrete afeitándole las bolas a tu jefe durante el resto de tu vida. Estás sacrificando tu tiempo de trabajo y también tu tiempo libre (porque te recuerdo que no te deja marcharte hasta que se cansa de que seas su esclava) por un empleo que no se corresponde con tus habilidades y, sobre todo, tus sueños. Tú sabrás lo que haces.

»Me voy, que he quedado con un tío para un rol de Harry Potter a las nueve. —Se ajustó la chaqueta, levantando el cuello y cubriéndose como si no hubiera veintidós grados allí fuera—. A lo que había venido: me da igual lo ocupada que estés. Más te vale no dejar de comer. La comida es lo que hace soportable nuestra existencia, es un delito que renuncies a ella. Y no quiero un culo anoréxico en mi casa mientras pueda evitarlo.

—Primero: ni siquiera pagas la casa. Segundo: hablar tan a la ligera de anorexia es muy problemático.

—Hablar a la ligera de anorexia en Twitter es problemático —corrigió. Sacudió la mano a modo de despedida—. Sayonara, baby.

—Terminator 2: Judgement Day —pronunció una voz masculina.

La primera reacción de Lea fue abrazar con más fuerza sus manuales, masticar y tragar el trozo de fruta y procurar no ponerse nerviosa.

—«No, no, no, no. Debes escuchar como habla la gente. No puedes decir: “afirmativo”, o mierdas parecidas. Di “no problemo”. Y si alguien se acerca a ti con una actitud agresiva dile “cómemela”. Y si quieres quedar por encima de ellos, diles: “Sayonara, baby”» —citó el recién llegado—. Me extraña que esa parte de Terminator no sea un versículo de la Biblia, y lo dice un tío que no es especialmente fanático de Schwarzenegger. El Conan bárbaro de Jason Momoa me gustó bastante más, por ejemplo, aunque tal vez sea porque Rachel Nichols haciendo el papel protagonista femenino me anuló para el resto de mujeres del mundo. Menos para ti, porque os dais un aire, ahora que me fijo.

» ¿Me dices tu nombre o tu comando telefónico? ¿Ambos?

A Shan se le quedó la misma cara que a cualquier otra mujer frente a Jesse Miranda. Bueno, a decir verdad, Lea no perdió la respiración cuando lo vio por primera vez como a otras tantas. Le pareció un buitre de primera serie —por eso de ir buscando cualquier carroña— y el ejemplo de pesado unineuronal que no valoraba el humor inteligente, sino que se reía de una caída en público. 

En esos días también lo pensaba, porque Jesse Miranda era justo eso. Un estúpido que dedicaba su vida a flirtear con descaro y valoraba todas las superficialidades del mundo. La diferencia con respecto al primer día era que su aspecto físico había ido calando poco a poco en ella y ahora incluso se atrevía a ponerle su nombre a los protagonistas masculinos de sus relatos.

De acuerdo, era posible que no solo le pusiera su nombre. Ni solo su apariencia. Quizá trasladaba al personaje completo. Pero porque le impresionaba que fuera posible que le pusiera la piel de gallina cuando le caía como una patada en el culo. Era la definición del amor-odio, solo que no lo odiaba tanto ni tampoco lo quería una pizca, solo era insoportable. Y necesitaba drenar su desprecio de alguna manera, como, por ejemplo, imaginándoselo, pidiéndole de rodillas que le dejase manosearla.

Sí, era la mejor forma.

Lea sonrió para sus adentros al reconocer en la cara de Shan que estaba pensando en lo mismo que ella pensó en su día.

—¿Sabes que ya no estamos en los noventa? —le soltó. Shan, no Lea, porque, por supuesto, no se había referido a la adjunta con su flirteo. Ella no era lo suficientemente guapa, ni llevaba unos shorts a medio cachete, así que no podía llamar su atención—. Pedir el número de alguien y abordarlo de esa manera está muy desfasado. Si quieres que tengamos algo, vas a tener que hablar conmigo al menos tres o cuatro veces antes de atreverte a hacerme un cumplido. 

—¿Y esperar tanto para hacer un cumplido no está desfasado? 

—Si no te ha servido esa razón, a ver qué tal esta: no me gustan los hombres guapos. El noventa por ciento de ellos lo hacen muy mal, el ochenta y tres no se baja al pilón y el setenta y ocho no espera a que te corras. Una muy mala inversión.

—¿De dónde salen esos porcentajes?

—Tú tampoco eres mucho más de un siete —prosiguió, ignorándolo—, o un siete coma cinco. Un siete setenta y cinco si te arreglaras el pelo o te hicieras una cresta del todo, pero sí lo bastante atractivo para entrar en la norma. Y a mí no me van los tíos que no me van a complacer, porque para hacerme daño ya tengo mis traumas infantiles.

»Por cierto... No sabía que «Sayonara, baby» era de Terminator. No veo películas de acción, son lo peor. Termino con un consejo sobre eso: mejórate del gusto.

Shan se dio la vuelta sin decir mucho más y se marchó, llevándose unas cuantas miradas curiosas por el camino.

—No sé si la quiero o la odio —determinó Jesse, con las manos en los bolsillos. «Suele pasar»—. ¿Es amiga tuya?

—Algo así.

—Pregúntale si ha visto Bojack The Horseman, porque parece un personaje sacado de la serie.

»En fin, venía a decirte que necesito un café de los míos. Ya sabes, vienés con toda la glucosa que sea necesaria para causarme un ataque al corazón sin alternativa de reanimación.

Lea parpadeó una vez.

—¿Y ya está?

—Sí. Hoy me tengo que encargar de un caso difícil, pero si me llega algo más apropiado para ti, te lo paso. —Dio un par de golpecitos con los nudillos sobre el borde del muro y se despidió sin mirarla otra vez—. No tardes, necesito mi dosis de azúcar con urgencia.

Lea abrió la boca para replicar. No para replicar, perdón: para nada. Las palabras la dejaban tirada cuando intentaba dirigirse a Jesse, convirtiéndola en una especie de tartamuda tímida con la que no se sentía en absoluto identificada. Lea era introvertida y callada porque valoraba el arte de la conversación, no vergonzosa, pero con él parecía todo lo contrario. Alguna que otra vez babeó de tanto boquear al buscar un término legal que solo recordó al salir del despacho. Y otras se puso tan roja que lamentó no llevar el pelo suelto para usarlo de cortinilla.

Gracias al cielo, a Jesse le importaba tan poco que no se dio cuenta de ninguna de las dos cosas. Nunca la miraba dos veces y, aunque era simpático, con ella solía serlo menos.

Aun así, no pudo resistirse a hacerle un escáner completo durante su paseo hacia la sala con su apellido.

Era por culpa de su trasero. Ahí se concentraba su necesidad de un logopeda. Si no estuviera tan bueno, no tendría que juntar los muslos cada vez que lo tenía delante. De nuevo incomprensible, porque solo de pensar que su aventura de toda la mañana sería conseguir un café vienés con su nombre garabateado en el vaso, le daban ganas de abofetearlo hasta dejarlo (más) lelo.

En fin, Lea no era ninguna mujer especial, y todas se habían vuelto locas alguna vez por el hombre que menos le hacía caso y encima la trataba con condescendencia.

«Si me llega algo más apropiado para ti... Será hijo de puta». Como si fuese apropiado que él atendiera denuncias por discriminaciones de género o tuviese derecho a defender a la parte femenina de un divorcio cuando era un salido de padre y muy señor mío que ni mientras trabajaba trataba a las mujeres como algo mejor que su producto de consumo. Ella se merecía la mayoría de sus casos. Sería profesional y concisa, no se enrollaría —en todos los sentidos de la palabra: hablando y con la clienta—, sino que iría directa al grano y los haría a todos felices. 

«Algo más apropiado para ti». 

—Cabrón de mierda —masculló. Dejó el plátano a un lado y apartó todos los manuales para abrir el portátil. Cerró el documento, llamado «Sin-título-1», y se tomó un segundo para respirar. Acabó devolviendo la vista a la cáscara amarillenta. Dios, era tan fea que ni siquiera podía llamar la atención de un cachondo con un plátano en la mano... Patético—. Connard débile... Ça fait chier.

Se levantó y alisó la falda de rayas hasta la rodilla.

No podía decirse que estuviera intentando que la mirase, porque su objetivo al ir a trabajar no era deslumbrar a nadie. Y aun así, lo conseguía, pero con quien no le interesaba: el bibliotecario que manejaba la jurisprudencia siempre encontraba un momento para abordarla con cumplidos que no había pedido. 

Los hombres eran asquerosos.

Y era una pena, porque necesitaba uno con urgencia. 

Estaba tan absorbida por su trabajo que no podía hacer vida social. En una ciudad que no conocía y teniendo una amiga —que encima no salía de casa a no ser que la arrastraran o tuviese una misión, como llevarle el almuerzo— no era muy tentador pedir horas libres. Pero seguía teniendo sus necesidades, y llevaba sin acostarse con alguien tanto tiempo que empezaba a desesperarse. Con su primer y único novio no salía de la cama. Pasar de la ninfomanía a la sequía le estaba afectando.

«El trabajo, Lea. El trabajo».

Pero no estaba motivada para obedecer ese día. Shan no había dicho ninguna mentira. Ella misma se sentía una esclava. Infravalorada. A veces se preguntaba si Jesse Miranda no se reiría de ella a sus espaldas.

Podía darlo por hecho. Algunas de sus compañeras le contaron que, cuando mencionaban su nombre, el jefe no dudaba en comentar lo eficiente que era, pero no precisamente en tono de alabanza. Había algo que le molestaba de ella, y no tenía ni idea de qué era. Siendo misógino e imbécil, tal vez tuviera que ver con su apariencia física. No sería el primero que la despreciaba por no ser lo bastante guapa, y podía comprender que desentonaba en un bufete que no tenía nada que envidiar al reparto de cualquier serie de Shonda Rhimes.

Lea procuraba no pensar en ello y centrarse en lo que hacía. Ya cuando llegaba a casa se permitía darle patadas a la cama o puñetazos a la pared, o ahogar sus penas en comida basura, la causante de que pesara diez kilos más de lo que recomendaba su Índice de Masa Corporal. Pero ese día era distinto, porque le habían dicho cuatro verdades a la cara que se le hacían muy difíciles de soportar. 

Decidió que sería buena idea probar algo diferente, y con «algo diferente» se refería a darle un toque de atención a su jefe. Él la necesitaba, estaba convencida. Si le pedía un aumento o un puesto de mayor responsabilidad se lo daría. Le había ayudado a ganar casos importantes y tenía el respeto de todos, se conocía el bufete al dedillo y era muy cuidadosa.

No veía por qué se negaría a su petición.

Capítulo 2

No me toques las faldas que me conozco

Lea dejó la cafetería a mano derecha y cruzó el pasillo sobre sus mocasines color borgoña. A lo mejor le molestaba eso de ella, que no llevaba tacones.

Pues no pensaba disculparse por ir cómoda a trabajar diez horas seguidas. Una debía hacer todo lo posible por sobrevivir.

Se detuvo delante de la puerta. Era transparente mientras no corriesen las cortinas: el único despacho que estaba cerrado a miradas curiosas era el de Leighton, y Miranda había mandado colocar esas tupidas telas estilo telón de teatro seguramente para poder tirarse a las secretarias a gusto sin que le interrumpiesen.

Tocó un par de veces.

«Jesse Miranda. Socio minoritario».

Formaba parte del grupo, pero no era tan importante. Y joder, ella quería ser importante. Ella aspiraba a trabajar para Leighton o para Sandoval, no para un tío que se cortaba las uñas encima de una demanda judicial.

Entró sin que le hiciera ninguna señal y avanzó muy segura de sí misma cuando no se sentía así para nada. 

El despacho era algo... curioso. El de Leighton era minimalista, reducido a sus necesidades y muy pequeño para lo que era un jefe; el de Aiko Sandoval, mucho más amplio y femenino, aunque sin que la decoración resultara agobiante. El despacho de Jesse, en cambio, parecía la habitación de un adolescente. No era de extrañar que recibiera a los clientes en la sala de reuniones en lugar de allí, donde el póster a escala real del desnudo de Brigitte Bardot y el rock a todo volumen podrían restarle profesionalidad.

—He pensado que el café podría ser invisible, pero si lo fuera, lo habrías derramado por toda la alfombra debido a la posición de tu brazo. Los británicos suelen sostener las tazas así. —Hizo un gesto—. Se puede levantar el meñique para darle un aire aristocrático, pero, en general, no llevas los brazos en vertical cuando le traes a tu jefe una taza a rebosar.

«Gilipollas».

Hizo un gesto elocuente con las cejas y medio sonrió.

«Gilipollas muy sexy».

—Ahora iré a por él —dijo sin mucha convicción—. La verdad es que antes necesitaba hablar con usted sobre algo.

—No sé si tengo la capacidad de hablar sin azúcar en el cuerpo.

—Dada su facilidad de palabra y basándome en la experiencia, yo diría que no necesita ni siquiera oxígeno para hablar.

—¿Estás diciendo que soy un portento, Galia?

—Solo del arte de la conversación, porque la memoria la tiene un poco atrofiada. No me llamo «Galia».

—Pero eres francesa.

—Y usted es americano, y creo que no se llama como la antigua colonia inglesa —replicó, impacientándose—. Me da igual que no se sepa mi nombre, imagino que debe ser difícil retener información en un espacio de almacenamiento tan pequeño. Solo quería a solicitar un cambio.

—No me cabe duda de que necesitas un cambio, Galia. El corte de esa falda no es nada favorecedor.

—A usted tampoco le favorece comentar la longitud de mi falda cuando, como abogado, defiende casos de discriminaciones por género.

—No estaba hablando de longitud, y ni mucho menos insinuando que fuera corta, que es lo machista. Su equivalente espiritual debe ser el promedio de vida de las ballenas de Groenlandia, que si no recuerdo mal es de 211 años. ¿Tu falda no mide 211 centímetros? —Ladeó la cabeza—. Ya digo que ese no es el adjetivo que utilizaba. Simplemente es fea.

Lea desencajó la mandíbula.

—¿Le ha hecho algo mi falda para que esté haciéndole bullying?

—¿Yo, haciendo bullying? —Hizo una mueca inocente—. Ella es la única bully aquí.

—Señor Miranda, no hablaba de un cambio de imagen. Hablaba de un cambio de jefe.

—Dudo bastante que Leighton quiera dejar de serlo. Parece muy humilde, tan callado y responsable, pero sería capaz de apuñalar a tu madre con un abrecartas si se te ocurriese arrebatarle el puesto.

¿Le estaba jodiendo?

—Creo que no nos estamos entendiendo.

—Partiendo de que no entiendo a las mujeres, esa me parece una afirmación muy correcta. Empecemos de nuevo: hola, Galilea Leone Velour. ¿Puedo hacer algo por su espantosa falda?

Lo dijo con un tono que Lea estuvo a punto de echarse a reír, todo en contra de su voluntad. No le estaba vacilando, no pretendía mosquearla; tal vez esa fuera su forma de ser... lo que, por supuesto, no iba a justificar que estuviese atacando la autoestima de sus prendas de ropa. Ella podía no tener sentimientos, pero aquella falda lo había aguantado más de lo que podía imaginar, encajada en una silla incómoda durante diez horas diarias.

«Puedes bajarla por mis piernas. A lo mejor ves algo que te gusta debajo, quién sabe». 

«Espera. ¿Ha dicho mi nombre completo? ¿Y lo ha dicho bien?».

Hijo de puta. Estaba jugando.

—Para empezar, podría dejar de referirse a ella con ese tono tan desagradable —repuso, mirándolo fijamente—. Puede que sea de fibra elástica, capaz de soportarlo todo, pero hay algo de algodón en ella y le aseguro que le afectan las críticas destructivas. Lo segundo que tl agradecería es que pare de tratarla como a una minifalda. No tiene nada en contra de las minis, de hecho, seguro que dentro de sus problemas de autoestima figura el deseo de ser como ellas, pero las minis no han obtenido matrícula de honor después de una carrera de cuatro años más especialización: por eso trabajan cogiendo teléfonos, llevando cafés y siendo bonitas para que puedan mirarlas por detrás. Esta falda está hecha para algo más que eso.

Jesse escuchaba con los dedos entrelazados bajo la barbilla, encantado.

—A ver si lo he entendido... Su falda tiene un problema de superioridad muy grave.

—Al contrario: están acomplejando a mi falda, haciéndola sentir inferior.

—Porque como tiene más tela, merece más respeto.

—No. Hablo de las habilidades como abogada de mi falda; las minis no las tienen. Podrían tenerlas y entonces estarían en el derecho de vestir prendas espantosas que ofenderían a un pelirrojo obsesionado con Brigitte Bardot, igual que de seguir siendo minis, pero como no es así, no les queda otra que seguir la estricta norma de etiqueta que se les impone: ser guapas para trabajar como secretarias.

—Dígale a su falda que las minis son así porque les gusta, y no porque los pelirrojos con buen gusto les pidan que enseñen las piernas. Y que no necesita ser fea para que la respeten. El talento no va ligado con apariencia.

—Dijo el caballero que ascendió a Iana Nelson cuando se equivocó expidiendo un cheque quitando un cero y casi provoca que condenen a un tipo a la inyección letal.

—No fue la inyección letal, era una cadena perpetua. Iana se lo ganó demostrando que se aprende de los errores. No promociono a gente perfecta, promociono a gente que sabe escalar, crece y, por supuesto, es ambiciosa. Aquellos que se conforman con lo que tienen y no piden respeto se quedarán donde están para siempre.

—Pensaba que el respeto no había que pedirlo, sino que, como derecho, está prohibido negarlo.

—Déjeme reformular. —Se inclinó hacia delante, apoyando los codos en la mesa—. Si quiere mayor responsabilidad, demuestre que está a la altura. Cumplir con su deber es ser eficiente y hacer lo que debe hacer no merece ningún aplauso. Si lo haces todo bien, eres un nueve. Si lo haces todo bien, haces un esfuerzo extra y demuestras interés, es cuando te conviertes en un diez.

—Enculé —masculló por lo bajo—. ¿Cuál es el esfuerzo extra? Porque hago mi trabajo, el suyo, cuido de sus niveles de azúcar en sangre y atiendo a su sobrino cuando está demasiado ocupado para preguntarle qué tal fue el partido de basket.El único esfuerzo extra que podría ofrecerle sería el de me baisser et suce te robinet.*

Jesse levantó las cejas.

—Va a tener que hablarme en castellano. O en inglés.

—¿Qué tengo que hacer para que me encargue los proyectos que merezco? —preguntó en su lugar—. Porque si no va a dármelos, acabaré solicitando un cambio. No me importa ser la adjunta de cualquier abogado de segunda o terminar en un bufete de abogados sin cortinas. Y no creo que le guste que me vaya, porque sé muy bien que no sabe ni encender la cafetera. Sin mí le comería la mierda, señor Miranda.

—Debería despedirla por ese atrevimiento —comentó alegremente.

Lea suspiró y decidió ir al grano.

—¿Por qué me da tareas que podría bordar un imbécil?

—Porque las soporta sin una mala cara y, con ello, asumo que no aspira a mucho más. Puede que no las pusiera porque, ante todo es educada; me está tratando de usted cuando no te sacaré ni tres años y superamos la cortesía distante en el momento en que mi sobrino decidió quererla más a usted que a mí, pero no puede culparme por ser un idiota con un espacio de almacenamiento demasiado pequeño y no leer entre líneas —respondió con brío.

Lea parpadeó una vez.

¿Estaba siendo irónico?

—De todos modos, la he estado observando. ¿Crees que no? No quiero que su falda se eche a llorar por mi falta de tacto, pero es difícil esconderse de algo tan espeluznante. Lecciones de moda aparte, he llegado a la conclusión de que no está preparada para ser abogada, y no porque le falten conocimientos. Shanghái y yo tenemos muy presente que está más cualificada que yo, el hijo del fiscal «puto amo». —Y sonrió como un capullo—. El problema tiene que ver con que práctica y teoría son cosas muy distintas y, aunque sea un sobresaliente en una, la otra la lleva mal.

»Dime: ¿está preparada para defender a un cliente en juicio? ¿Tiene esa determinación? Porque hasta ahora no lo ha estado para defenderse a sí misma. Piénselo.

Lea se dio cuenta de que todo lo que se decía sobre los hermanos Miranda era cierto. Podían llevarse cualquier cosa a su terreno, tergiversarla y ponerla a su favor. Y todo sin ni siquiera dejar el cortaúñas a un lado o quitarle voz a un grupo de rock que no dejaba de gritar desde los altavoces.

—Está muy acostumbrado a ganar. Lo entiendo. Pero es bastante fácil cuando uno escucha conversaciones ajenas y mete pullas para hacer sentir mal al otro.

—¿Parece hacer sentir mal al otro? No te ofendas, Lisa Simpson, pero esto era entre su falda y yo. Nunca me ha gustado que las señoras de edad vengan a sermonearme.

—Entonces ha sido mi culpa por venir a pedir respeto al actor secundario Bob; el principal y protagonista de esta película no deja de ser Caleb Leighton.

Jesse sonrió, cada vez más entretenido.

—Si intentaba romperme el corazón recordándome que soy prescindible, no tiene de lo que preocuparse. Soy bastante humilde y no le quitaría el puesto a un buen amigo. Y descuide, no hace falta que vaya con el mensaje. Está muy al tanto de cómo me las gasto, y sabe tan bien como yo, y ahora usted, que llevo mucho tiempo esperando que me monte una escena. Así que... Sí, estoy acostumbrado a ganar. Esto iba a ser una victoria se pusiera como se pusiese mientras demostrara tener lo que hay que tener para exigir lo que merece.

Lea no supo qué decir. Lo interpretó como una broma y esperó a que se riese, pero cuando lo vio sacar del cajón un archivador hasta arriba de casos en observación comprendió que de verdad tenía todo preparado.

—Ahí tiene. Trabajo de abogada de verdad. Como su mentor, le daré tres consejos.

Se levantó con tranquilidad y rodeó la mesa. Apoyó las caderas en el borde, justo delante de ella, que no supo qué hacer o decir. Nunca había estado tan cerca, y olía... 

Qué bien olía, por Dios.

—Primero: no se crea demasiado lista. Nadie es demasiado listo. —Sus ojos amarillos vibraron. Aquel tipo no contenía la emoción, y siempre estaba emocionado—. Segundo: nunca se deje el interfono encendido si no quiere que un cotilla como yo se entere de sus conversaciones. Hoy he sido yo el protagonista, pero si la oigo criticar a alguien que me importe más, como por ejemplo a Ronnie de la limpieza, se la cargará. Y tercero... —Bajó la vista a la falda. El estómago le dio un vuelco—. No la utilice como portavoz de sus quejas. Merece un trato digno.

—¿Y quién está dispuesto a dárselo? —Dudó un poco cuando Jesse alzó la vista, esperando una contestación ingeniosa. Le cosquilleó el bajo vientre, como si la miel derretida de sus ojos hubiera ido a parar allí dentro y se deslizara lenta y cadenciosamente entre sus piernas—. Porque... porque es evidente que usted no.

Jesse sonrió como les sonreía a las otras chicas: a las secretarias de la minifalda.

Se le fundió el cerebro. Su inteligencia, entre otras cosas, se ahogó en un charco de hormonas.

—Claro que no. Yo no puedo ser amigo de las faldas; soy su secuestrador.

—Pobrecitas, seguro que luego sufren síndrome de Estocolmo.

Él se rio.

—Eso nunca lo sabré, se quedan mudas de asombro cuando me acerco. La suya es la única con la que he hablado. Tal vez con ella pueda hacer una excepción y entablar una bonita amistad.

—No es buena idea. Se llevarían muy mal porque no tienen nada en común.

Jesse apoyó las manos sobre el borde de la mesa y se echó un poco hacia atrás, lanzando una mirada soñadora al techo.

—Sí, bajo mi punto de vista necesita unos azotes para espabilar... Pero no seré yo quien se los dé. Estoy en contra del acoso laboral, y del maltrato más aún. Aunque serían unos azotes amigables. —Acotó, mirándola con los ojos entornados.

«Fiesta de la friendzone».

—Por desgracia, no sueña con azotes de ninguna clase, pero se alegra de que muestre usted interés en ella siendo tan horrible. Está un paso más cerca de darse cuenta de que la belleza está en el interior, señor Miranda.

Jesse soltó una carcajada ronca.

—No dudo que su falda sea encantadora cuando se encuera al llegar a la casa —comentó con la sonrisa torcida.

Lea se humedeció los labios y casi suspiró.

«Cet homme...».

Se apartó de ella como si supiese en qué estaba pensando y quisiera evitarlo y volvió a tirarse sobre la silla del escritorio. Entrelazó los dedos en la nuca y le señaló la salida con un movimiento de cabeza.

—Sigo queriendo mi café vienés. No tarde.

»Ah, y haga el favor de no hacer sufrir a su amiga. Dígale que se ha comido el plátano entero.

Capítulo 3

Siempre nos quedará el voyeurismo

Lo primero en lo que Lea pensó al fichar en el recibidor fue que Jesse se habría olvidado de la conversación del día anterior y no tendría ningún caso del que encargarse cuando cuadrara el trasero en la silla del infierno. Fue una satisfactoria sorpresa que no solo hubiera cumplido con lo que prometió, sino que se hubiese tomado la molestia de dejarle la información sobre la mesa.

Bueno, eso lo agradecía a medias. A fin de cuentas, una parte de ella —la que se moría por un acercamiento más íntimo— disfrutaba yendo y viniendo según sus caprichos, y eso significaba que no lo vería en todo el día.

Error. Sí que lo vería. Porque lo que pensó antes de separar las anillas del archivador fue que Jesse le habría adjudicado la clase de caso para idiotas que podía resolverse por sí mismo. Y eso habría estado bien. Lea no había aspirado a más cuando era el pelirrojo quien debía darle responsabilidades. Lo que no estuvo bien fue encontrarse lo que se encontró: no una excusa, sino la obligación de plantarse en su despacho y preguntarle si estaba de chiste.

Descolgó el teléfono y pulsó el botón que conectaba con Jesse Miranda. Podía verlo desde su cubículo si se ponía de pie: era él quien se encargaba de todos los asociados y, por ello, su despacho era el que regía la sala.

—Wazzuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuup! —exclamó Jesse al otro lado de la línea, probablemente sacando la lengua. Lea se quedó en silencio—. ¿Hola...? ¿Eres Wentworth?

—Eh... No. Soy Lea. Siempre soy Lea cuando la luz roja se enciende, señor Miranda. ¿Espera una llamada de su hermano?

—No, solo es el único que no se ríe ni me responde lo mismo cuando contesto al teléfono con esto. Sobre lo de la luz, soy daltónico. Y sobre lo de tu silencio... Por Dios, no me digas que no ha tenido gracia. O peor: que no has visto Scary Movie. No podría soportar a una adjunta que no aprecia una de las grandes joyas del cine.

—Si yo respondiera al teléfono evocando joyas del cine, citaría Dial M for Murder.

—Debería haber imaginado que eres más del tipo «cine clásico». ¿Entiendo con eso que quieres que te deje colgada al auricular diciendo «hola» durante dos minutos, y luego que pruebe la asfixia con cuerda por detrás...?

—No, gracias. Creo que los asociados no querrían presenciar un espectáculo como ese.

—De acuerdo, entonces improvisaré. Llámame de nuevo.

Y colgó. Lea miró el auricular como si le hubiese mordido, y aunque se planteó mandarlo al carajo en persona por hacer el imbécil en horario de trabajo, acabó siguiéndole el juego y llamó.

O a lo mejor lo hizo porque era su deber hacerle caso a aquel... aquel... personaje.

—¿Miranda?

—Bueno, Clarisse... —pronunció, con la voz desgastada de Anthony Hopkins—. ¿Han dejado de chillar los corderos?

Lea aguantó una carcajada y, en su lugar, soltó una exhalación ahogada.

—Doctor Lecter... —musitó en tono afectado. Jesse se rio al otro lado—. Ese sí es un clásico, señor.

—Acabas de ganarte el derecho a venir a mi despacho y contarme tu problema. Vas a tener que ser rápida, porque en quince minutos empiezo las entrevistas a los junior. Aunque estoy dispuesto a concederte cinco más si completas la siguiente oración: «No existen preguntas sin respuesta...».

—«... solo preguntas mal formuladas» —concluyó—. ¿Quién no ha visto Matrix? Voy para allá.

Lea colgó, nerviosa, y se tomó un segundo para respirar.

¿Qué había sido eso? ¿Pasaba olímpicamente de ella salvo para hacer comentarios estúpidos sin molestarse en esperar respuesta, y ahora, como por arte de magia, la animaba a completar sus frases? Habría jurado que la odiaba o que se moría de ganas de que hiciese algo mal para buscarse otra adjunta. Y no, parecía que lo único que siempre quiso fue que... ¿se plantara en su despacho y le dijera cuatro verdades? ¿No se suponía que los hombres odiaban que les quitaran la razón? Bueno, aquel no debía ser uno normal. Tendría que haberlo imaginado cuando se plantó frente a su escritorio la primera vez y vio que tenía dos portafotos con imágenes de su perro.

¿Quién enmarcaba las fotos de su perro en solitario?

En su defensa diría que era un perro precioso.

Como el cien por ciento de los perros, tampoco era una gran victoria.

Se levantó con el archivador a cuestas y entró sin tocar a la puerta, sin prepararse mentalmente para su aspecto de caballero de los veinte y sin pasarse el pulgar húmedo por las cejas. No es como si ahora fuera a darse cuenta de que se las depilaba de maravilla porque supiera tres cosas básicas de cine, pero haría falta ser algo descuidado para no querer estar presentable delante de un dios pelirrojo.

Jesse estaba sentado mirando una libreta sin anillas cuando la vio. Bajó el cuaderno de su interés, permitiéndole apreciar que no era ni más ni menos que un crucigrama.

Lea frunció el ceño automáticamente.

¿Tenía tiempo para hacer el estúpido con juegos mentales?

Lea alzó la carpeta y la señaló.

—¿No te gusta el gris? —probó Jesse—. Lo elegí pensando en que iría a juego con tu falda.

—El color de la carpeta no es lo que me desagrada, sino el caso.

—¿No está a la altura de tus competencias?

—¿Cómo? ¡Claro que sí! —exclamó—. Ese es justo el problema, señor Miranda...

—Tengo treinta y cinco años y me compro ropa interior a diario en lugar de lavarla porque me aterroriza la lavadora: el trato de señor está de más. Llámame Jesse.

Lea estuvo a punto de negar con la cabeza, pero decidió que no tenía sentido preguntarle a qué se debía ese cambio de actitud. Llevaba llamándole «señor Miranda» casi dos años y no se había quejado.

—Muy bien, Jesse. Me has encomendado un caso demasiado bueno —resumió. Total, los discursos los ponía él: a ella le gustaba ir al grano—. Pedí un poco de reconocimiento y que dejaras de tratarme como a tu secretaria..., y de paso, me dieses independencia, no que me cargaras un muerto.

—Yo que tú no llamaría así al señor Robbie Bennett en persona. No tiene sentido del humor.

Lea lo miró sin entender.

—¿De verdad quieres que me haga cargo de esto? Estamos hablando de una demanda colectiva a una sociedad privada por despido masivo. Cherry’s ficha millones al año. Es la empresa de dulces más importante de Florida.

—¿Entiendes ahora por qué te lo mando a ti? Cherry’s tiene valor sentimental para mí, no puedo hacerme cargo de una denuncia contra ellos sin sentir que se me parte el corazón. Además de no identificarme con la causa, estaría siendo un traidor porque compro a diario caramelos de la marca. Y no me gusta que mi cliente se sienta traicionado.

—Así que de eso va ser socio minoritario. Poder rechazar los casos según tu conveniencia. —Dejó la carpeta sobre la mesa y la miró con los labios fruncidos—. No puedo ganar algo así. Jamás he negociado, y en el caso de llegar a juicio, no lo haría bien porque jamás he hablado en el estrado. Ni siquiera en la universidad —añadió, viendo venir la pregunta de Jesse—. Conseguía librarme de esas prácticas a cambio de hacerle los deberes a los que se les daba mal la teoría.

—Resumidamente, no estás a la altura de lo que pediste.

Lea hizo una mueca.

—Claro que lo estoy. Estoy cualificada para cualquier trabajo, pero creo que debería empezar por algo menos exigente para aumentar la probabilidad de éxito. Todo lo que merece la pena se construye poco a poco. Sobrecargarse desde el principio al final es contraproducente.

—Estás poniéndole palabras bonitas al hecho de que no te ves lo bastante buena para manejar el caso de Cherry’s —insistió Jesse— cuando ayer dijiste que eras la mejor.

—Yo nunca dije eso.

—Se lo dijiste a Shanghái y yo lo oí porque me gusta pinchar teléfonos. ¿En qué eras la mejor si no te referías a tu trabajo como abogada?

—¿De verdad me lo preguntas? Soy la mejor buscando jurisprudencia a gas y resolviendo la mayoría de tus casos en la sombra. Y escribiendo tu nombre en el café. No puedes pedirme que sea la mejor abogada cuando nunca he dado la cara y se me da mal el público. Pensaba que me asignarías algún desahucio, alguna discriminación por género o el robo de una patente, no tener que hacerme cargo de más de veinte denunciantes.

—Y yo pensando que agradecerías un reto que te pusiera a funcionar como abogada.

—Lo agradecería si pudiera considerarme abogada, pero no me has enseñado a serlo. Puedo contar con los dedos de una mano cuántas veces me has llevado a mirar juicios y cierres de acuerdos: tres. Tres en año y medio, mes arriba, mes abajo. ¿Y ahora quieres que hunda a Cherry’s? Llego a saber que te reirías de mí al pedirte que me ascendieras y no digo nada.

—No necesito a nadie para reírme, puedes estar tranquila por esa parte. Solo quería asegurarme de que eres lo bastante humilde para asumir que no sabrías por dónde empezar con esto. En realidad, no es un reto, sino un suicidio. Lo es incluso para mí. Por eso necesitaré refuerzos —aclaró, poniéndose de pie. Empujó la carpeta con los dedos y le dedicó una mirada elocuente—. Te quejas de que te trato como mi secretaria... Pues ahora eres mi adjunta. Vendrás conmigo a entrevistas, a conocer al representante de los clientes y te daré la palabra si llegamos a juicio. ¿Estás de acuerdo con eso?

Lea asentía conforme iba procesando su contestación.

Un caso como ese tardaría meses en darse por zanjado si la empresa y los trabajadores no llegaban a un acuerdo antes, y por lo que había podido apreciar hojeando la información, ninguna de las dos partes pensaba ceder. Lo que se traducía en meses de experiencia, agobiada y estresada, sin poder dormir porque no dejaría de pensar en la defensa... Justo lo que necesitaba para sentirse viva y útil. Y no solo eso, sino que Jesse iba a ser por fin su mentor. Estarían todo el día pegados.

Mierda, no, eso no era bueno. Lea no podía concentrarse del todo cuando él andaba cerca, y no sabía si eso sería un reto para su intelecto o una caída cuesta abajo y sin frenos. No dudaba que podría conseguirlo si estuviera en otra situación, pero en las últimas semanas solo pensaba en sacar el ordenador y escribir sobre todas las cosas que quería que su jefe hiciera con ella.

Así no podría hacerlo. No lo conseguiría.

Pero no expresó sus preocupaciones. Se quedó allí, quieta, dándole las gracias y repasando los tirantes que mantenían el pantalón de Jesse en su sitio. No llevaba cinturón, igual que no vestía chaqueta ni nada más que una camisa blanca y su acostumbrada sonrisa de niño malo.

—¿Estás lista para ser mi Robin?

—Si fueras un superhéroe, el último al que te asociaría sería Batman. ¿Qué tal... la Viuda Negra? ¿O Poison Ivy?

—¿Por ser pelirrojo? El color de pelo es lo de menos, Galilea, y tú lo sabes mejor que nadie. Mira cómo lo tienes, enjaulado todo el día, sometido a tu rígido y autoimpuesto código.

—Ayer la falda y hoy mi pelo. Estoy impaciente por descubrir qué será motivo de tus quejas mañana.

—¿Quieres un avance? Las medias. Dejaron de llevarse con costuras en los años cuarenta.

—Habló el hombre de los tirantes.

—Yo soy Thomas Shelby, y no te conviene jugar conmigo.

—De acuerdo, ¿alguna orden de los Peaky Blinders o me puedo volver a mi cubículo?

Jesse soltó una potente y contagiosa carcajada. Apoyó los dedos en la mesa y se balanceó hacia delante. Los músculos de sus antebrazos sostuvieron todo el peso, palpitando.

—Escanea los motivos de nuestros clientes y envíamelo por correo. «Que la fuerza te acompañe» —añadió en tono solemne.

Lea chasqueó la lengua.

—La Guerra de las Galaxias no es mi favorita, aunque... «Lo haré o no lo haré, pero no lo intentaré».

—¿Quieres un aumento? —propuso Jesse.

Lea se echó a reír y salió de allí antes de que los mirones de fuera empezaran a pensar que estaban flirteando. Técnicamente imposible, porque todos estaban al tanto de que Jesse ignoraba a Lea. Se plantó de nuevo en su cubículo del infierno, donde cumplió con su parte habitual rompiendo el récord de maldiciones hacia la silla del diablo. 

Ahora era la adjunta oficial de Jesse Miranda. No era para tanto; se suponía que llevaba siéndolo desde su entrada en el bufete y tampoco podía fiarse demasiado de un hombre que se olvidaba de sus citas con el médico —las del veterinario no, curioso cuando menos—, pero no le iba a hacer daño ilusionarse, ¿verdad? Si resolvía aquel caso con éxito y demostraba que podía manejar al cliente, ya podría empezar a trabajar de manera independiente. Y desde ahí ganaría experiencia y una cartera de contactos suficiente para irse de Leighton Abogados y levantar su propio bufete. Pensaba seguir los pasos de Caleb y hacerlo antes de los cuarenta, ser ese cerebrito campeón que se hacía famoso en toda la ciudad por haber alcanzado el éxito en menos tiempo.

Mientras fantaseaba con su proyecto futuro, escaneó el documento. Lo guardó en el escritorio sin ponerle título y se apresuró a abrir el correo para mandárselo antes de que se distrajera con alguna mosca traicionera. Era sorprendente que Jesse Miranda fuese abogado cuando parecía un crío friki con déficit de atención, y que hubiera alguien interesado en que le defendiera cuando todos los Funko Pop! de los personajes de Juego de Tronos decoraban su estantería.

Adjuntó el documento «Sin-título-1» y envió después de teclear un comentario profesional.

Una cosa era que tuviera fantasías con él. Eso era lógico: después de tantas novelas de líos entre jefe y secretaria parecía una obligación querer tirarse a la cúspide de la pirámide jerárquica si tenía menos de cincuenta años. Pero de ahí a coquetear con él o seguirle el juego había un trecho. Y no, no era nada malo echarse unas risas con los compañeros de trabajo. El problema era que Lea no acostumbraba a reírse con nadie, así que cuando lo hacía debía encargarse de llevar en el bolso el mando teledirigido con el botón «autodestrucción», por si la cosa se ponía fea, y siempre se ponía fea. No fallaba: se pillaba de cualquier tipo que le sacara una sonrisa. Por eso y por su larga sequía sexual había llegado a pensar que le ponía Shanghái. Gracias al cielo, sabía qué cara tenía cuando acababa de levantarse, y no era por ser mezquina, pero seguir queriendo a Shan a las siete de la mañana era más difícil que bautizar a un gato.

Cerró la página de Hotmail —¿por qué lo habrían llamado «correo caliente»? ¿Es que nadie pensaba en los niños? ¿O es que ella estaba muy salida?— y fue a borrar el documento del escritorio. Frunció el ceño al ver dos con un nombre similar y los abrió.

Uno de ellos era la exposición de los hechos del representante.

Otro era...

—Merde —masculló, abriendo los ojos de golpe—. Merde, merde, merde...

Se levantó sin saber muy bien por qué y revisó a toda pastilla que había enviado a Jesse lo que esperaba y no una descripción tórrida de cuánto le apasionaban sus glúteos. Para sí misma recitó alfabéticamente todas las palabras malsonantes que conocía, ya en blanco al abrir el documento adjuntado.

«Voy a follarte», decía Jesse ficticio.

«Voy a matarme», pensó la Lea real.

—No puede ser —musitó, mirando la pantalla—. Dime que no es verdad. Je t’en prie... Joder.

Levantó la cabeza del desastre a tiempo para ver pasar a un grupo de recién graduados que miraba alrededor como si no hubiesen visto un pasillo en su vida. Lea reconoció sus identificaciones: los aspirantes a junior. Torció la cabeza hacia el despacho de Jesse. Lo cazó animando a pasar a un chico alto y desgarbado. Entornó los ojos y se aseguró de que el portátil estaba cerrado: lo estaba.

No había visto el e-mail