Devórame otra vez - Alex Peraita - E-Book

Devórame otra vez E-Book

Alex Peraita

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Beschreibung

Este libro reúne historias de amor, desamor, injusticia y esperanza, fantasmas, perros, gatos, música, venganza, sorpresas y ternuras. Un arqueólogo busca ruinas del imperio Inca, en las tierras de su infancia y se enamora de una adolescente lugareña. Su hermano y financista cae en un espiral de reproche y celos. Un Dios odia a los seres humanos. Un caminante se extravía y aparece en 1978, en plena dictadura militar y es confundido con un comunista. Una perrita abandonada recibe el apoyo de una gata sabía y un perro diplomático, y juntos buscan una familia de humanos para adoptar. Un intelectual debe rendir cuentas ante el omnipotente líder de la nación. Un ministro de Educación encerrado en su despacho, durante una protesta estudiantil descubre un libro de historia que explica, desde el punto de vista antropológico, la violencia de los habitantes del país, desde antes de la conquista española. Un vaquero llega a un pueblo a consumar su venganza ante un grupo de forajidos. Un grupo de pobladores sobrevivientes de la dictadura de Pinochet visita a un antiguo líder en su ahora elegante oficina gubernamental. Un estudiante secundario canta la canción equivocada en el momento y lugar indebido y sufre terribles consecuencias que determinan su vida. Una pareja decide aprender a bailar salsa y cae en un enamoramiento sazonado por el ritmo caribeño. Un joven decide ponerse en forma y en el gimnasio conoce a una instructora brasileña que tiene muchas sorpresas. Un fantasma recorre el campo acosando a los jinetes que cruzan por un bajo en determinado camino. Para alivio de los lectores, todo es acción y no aparece ninguna pareja en silencio, mientras afuera llueve y las gotas chocan contra la ventana.

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Seitenzahl: 121

Veröffentlichungsjahr: 2023

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Alex Peraita

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz

Diseño de portada: Rubén García

Supervisión de corrección: Ana Castañeda

ISBN: 978-84-1144-742-3

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

EL PARQUE

Un día, como a los ocho años, caminaba con mi padre hacia el parque O’Higgins. Me sentía muy alegre, porque él no acostumbraba sacarme a pasear. Cruzando San Ignacio, se detuvo un auto con un señor de bigotes. A su lado, una rubia princesa. Ella me sonrió; después se alejaron. Mi padre me dijo: «¿Qué miras? Olvídalo. No son como nosotros». Y me apuró del brazo. Después se desvió al primer bar que encontramos, pidió una cerveza para él y una Bilz para mí. Luego se tomó otra y otra. Nunca llegamos al parque.

Cuento ganador del concurso Santiago en 100 Palabras, 2001

Fundación Plagio, Metro de Santiago.

LA IMPOSTORA

Ahora veo la influencia de Michael Jackson en nuestra foto del colegio. En primera fila, los sentados, con calcetines blancos y esos mocasines con chasquilla tan feos.

Ahora veo, aunque la foto está algo ajada, que tu cabello no era tan rubio ni tus facciones tan finas. Ese día recuerdo que me esforcé por aparecer a tu lado, pero te cambiaste para quedar junto a Sánchez que, aunque era un perfecto idiota, tenía moto. Una Yamaha de cartero que derretía a las mujeres. Decías que yo era buenmocito, pero sin futuro. A mí me sonaba a buen-mocito, como para atender mesas y recibir propinas toda mi vida. No ibas a esperar seis años para que estudiara en la universidad para que luego quizás si es que tuviera un buen empleo. Mientras te pudrías en la mediocridad del barrio. No, eso no era para ti. Marido rico o nada.

La vida es corta y yo era como ese candidato de izquierda, a quien todos admiran, pero nunca obtiene más del cinco por ciento de los votos. Yo me hubiera conformado con un cinco por ciento de ti. Tu lengua, tu oreja y algún cariño, pero estabas obsesionada con que tu hermana se casó con un perdedor y sufría para comprarle zapatos a las niñas.

En fin, yo sí esperé. Estudié, trabajé y pasaron muchos años de un eterno lunes, y yo incompleto, un fragmento de persona, como ese viejo ajedrez al que le faltan piezas y en lugar de peones tiene unos corchos, con mi sonrisa de buen mocito, siempre dispuesto a servirte y a esperar tu propina.

Entonces me pregunto qué hago aquí tomando café con esta otra persona que lleva tu nombre, pero tiene otros ojos y otra piel. Esta mujer madurada a la fuerza, prisionera en el pequeño mundo de la carnicería, del almacén de la esquina, de la chauchera y la colación del colegio de los hijos. Casada con un tal Sánchez cuyo dinero desapareció, pero no así su estupidez. Y me toca con esa mano, áspera de Omo y Clorinda, con una pulsera de santitos plásticos tan ordinaria que tú jamás habrías usado. Y me habla de recuerdos que no recuerdo. No sé qué pretende; tal vez deba decirle a todo que sí y prometerle vernos otro día. Pedirle el número de teléfono y después botarlo por ahí junto con la boleta del café, en uno de esos basureros en la calle que tienen más basura afuera que adentro, por todos los que jugaron a encestar el envase del helado.

No sé por qué estoy divagando esto, tal vez sea para no fijarme que sus dientes tampoco se parecen a esos blancos y derechitos que mostrabas cuando te reías a carcajadas que aceleraban mi corazón. Cuando te vea, te contaré que a esta mujer incluso le falta un premolar.

DEVÓRAME OTRA VEZ

«¡Azúuuucaaaaa!», gritaba Celia Cruz.

Descoordinación es la marca de nuestro pueblo. Me refiero a bailar. Como si se tuviera dos pies izquierdos. Nos avergüenza lo corporal, y eso es por la Iglesia católica y el pecado. Por otra parte, somos bastante silenciosos y discretos. Y fue así desde mil quinientos cuarenta y uno, año en que se fundó Santiago, hasta mil novecientos noventa, cuando comenzó el retorno de los exiliados por la dictadura desde países como Cuba, Venezuela o Nicaragua. Una cadencia tropical se apoderó de nuestros cuerpos y como locos quisimos bailar salsa y merengue (ahora me doy cuenta de que esos ritmos tienen nombres relacionados con comida). En mi caso, al principio me resistí un poco por vergüenza, pero al constatar que si me mantenía al margen de esta ola disminuiría mi actividad sexual, decidí tomar un curso. Casualmente, la amiga de un amigo tenía la misma idea y acordamos asistir juntos como pareja a unos talleres en una salsoteca de Bellavista. Ahí un profe con acento de Fidel nos explicó los movimientos básicos, un pie para acá y el otro para allá y luego uno adelante y después atrás, y después en diagonal, uno y después el otro, algo en verdad bastante cartesiano, incluso se podría hacer un gráfico en Excel con la técnica salsera. Pero lo más interesante fue cuando nos enseñó a tomar a la mujer y nos dijo que la salsa es un baile machista, donde el hombre aprieta a la mujer contra su cuerpo y la conduce en una cópula virtual a través de la pista. Hace calor, los cuerpos húmedos se rozan una y otra vez; entonces suena la canción de Lalo Rodríguez: «En mi cama nadie es como tú, no he podido encontrar la mujer…». Lo que quiero decir es que con todos esos estímulos hasta el más imperturbable se calienta. Pisotones más, pisotones menos, en algún minuto ya estábamos bastante sincronizados y, tomado de su cintura, fui presa de eso que llaman química. Ahí me empezó a gustar la amiga de mi amigo, no porque fuera muy bella, era más bien baja, morena, de cabello corto, delgada, sin muchas curvas, como millones de latinoamericanas desde Texas hasta la Patagonia, pero tenía un meneo tan erótico que me paraba los pelos de la nuca. Su nombre: Flor.

Ella puso un casete de Juan Luis Guerra cuando la llevé a su casa. Se sabía todas las letras de amor, que sonaban aún mejor en su voz tan femenina. Nos quedamos en el auto conversando y escuchando «Te regalo una rosa, la encontré en el camino», me dijo que conservara el casete y quedamos en volver la siguiente noche a la salsoteca.

El enamoramiento es un virus que entra por la piel y se apodera del cerebro. Me veo conduciendo de regreso a mi casa con la más estúpida de mis sonrisas y cantando que me sube la bilirrubina cuando me mira y no me mira.

«¡Azúcar!», grita Celia Cruz por los parlantes y la multitud gira enloquecida en colores verdes, azules y rojos, más los puntitos blancos que da la bola de espejos. Vueltas, giros, brazos, remolinos, piruetas, codazos y empujones, la pista cada vez más llena, con más sudor y las piscolas se consumen a una velocidad inédita en la historia de esa pócima bendita, que conjuga los misterios ancestrales del Tawantinsuyo con el capitalismo salvaje del tío Sam. Piscola que rima con pistola, piscola que mata la vergüenza y borra la memoria, piscola que lleva mis piernas a nuevas dimensiones del baile. Yo y mi Flor. Mi Flor y yo entre los principiantes, pero con actitud de maestros, Flor y yo, parte de la nobleza del merengue, de la corte de bailarines y, en el medio, la realeza. Patricia y Patricio, también conocidos como la Paty y el Pato, tan dignos, tan sublimes en sus movimientos, casi no se tocan, fluyen por la pista como por nubes, y tienen un porte, una presencia acorde a esa armonía. Ellos no pagan entrada. Es más, les deberían pagar por honrar el local con su presencia. Y con el correr de los días me saludan, ya soy parte de esto, aunque Flor al lado de Paty se ve tan pequeña y oscura. En fin, nadie es perfecto.

Siempre he sido cobarde, especialmente con las mujeres. Espero hasta el día del juicio final para lanzarme al abordaje porque me asusta el rechazo. Que me digan «No, no me gustas» es como si me dijeran «Eres feo». Entonces espero señales que tampoco soy muy bueno para descifrar, porque los códigos femeninos son misteriosos y pierdo mucho tiempo en eso. Con Flor era así. Salíamos casi todos los días a bailar o a pasear, conversábamos mucho, estábamos horas sentados en el auto y yo no me atrevía, hasta que, en un paseo por el Cajón del Maipo, mirando el paisaje y porque ya era demasiado evidente, la besé. Parece que ella también estaba cansada de esperar. Esa noche fue también nuestro primer polvo. Un polvo ansioso, violento y con ganas. Aunque siempre es bienvenido un polvo, esto fue un gran polvo. No hicimos el amor con suavidad y tonteras románticas. Culeamos. Culeamos con desesperación. Y espero con esto no ofender a las damas que lean mi historia, pero en ese tiempo se hacía el amor o se culeaba. Eso de follar vino después, con las películas de Almodóvar y los que volvían de sus máster en Barcelona pagados con la beca Presidente de la República. La cuestión es que desde ese día fuimos cambiando nuestra rutina de ir tanto a la salsoteca y empezamos a ir más a moteles y también a rincones oscuros, en lugares donde ahora suele estar repleto de complejos habitacionales con nombres pretenciosos como Brisas Cordilleranas, pero en ese tiempo reinaba la madre naturaleza.

Hubo una fiesta de cumpleaños, no recuerdo de quién, en la casa de mi madre y yo fui con mi Flor. Orgulloso. Todos, por supuesto, fueron cordiales con ella, incluso bailamos un poco de merengue y nos miraban con envidia, pensé yo, hasta que mi hermano, en un aparte, me preguntó de qué topless había sacado a esa mina tan ordinaria. Conste que mi hermano se decía socialista. No me di la molestia de contestar su exabrupto. Quinientos años de racismo no se terminan de un día para otro. Solo le hice ver que, así como él encontraba ordinaria a Flor, otros nos encontraban ordinarios a nosotros en una cadena de discriminación donde nadie se salvaba, porque siempre iba a haber alguien de mayor rubiedad y anglosajonez.

Ese prejuicio infame de mi hermano, eso de bailarina de topless, de todas maneras, me quedó en algún rincón oscuro del cerebro y afloró el sábado siguiente mientras bailábamos un merengue en la salsoteca. Y fue por un nuevo paso donde ella me daba la espalda y levantaba las manos, que en lugar de gustarme encontré vulgar. Después perdí las ganas de bailar y me quedé sentado, mientras Flor se desarmaba girando con sus conocidos del local. Ahí la miré de lejos, ya no con ese enamoramiento tan grato, sino con los ojos de vieja inquisidora que todos llevamos dentro. Con los ojos de madre que acechan en un lugar de mi mente prejuiciosa. La suelta, la robamaridos, la de la minifalda, la oportunista, la bonita, la que te calienta y la calentura es mala. Odié a mi hermano por contagiarme esa apreciación y me odié a mí mismo por no poder controlarla. Después de un par de piscolas me tranquilicé y bailé con una niña que estaba un poco más allá. Dijo que no sabía, entonces me ofrecí a enseñarle. Era un poco torpe, pero eso le daba un encanto especial, una inocencia, sobre todo cuando se ruborizaba por tropezar y me hizo sentir fuerte en mi rol de profesor.

Inercia. Debería existir una canción que se llame así, como nostalgia. Nostalgia de sentir su risa loca y sentir junto a mi boca como un fuego su respiración. Digo esto porque la inercia nos lleva a seguir haciendo lo mismo, aunque ya no nos guste. A veces no nos damos cuenta de que murió el romance o la emoción, otras veces sentimos que es más cómodo dejar las cosas como están para evitar el conflicto; ese es mi caso. Volví a ver a la niña torpe (ahora Paulina) y a bailar con ella otro día. Flor me pidió dinero prestado con una historia que ahora no recuerdo. Lo que sí recuerdo es que no me lo devolvió. Ahí mis finanzas terminaron de colapsar. No podía ser de otra forma. Tenía la cuenta en cero, la línea de crédito y la tarjeta también copadas.

Te amo, yo también te amo, no, yo te amo más, no creas, no sabes cómo te amo. Afortunadamente, las palabras son gratis, tal vez lo único gratis, cuántos te amo, cuántos te amo para siempre, cuántas mentiras que en algún momento fueron verdades y en algún momento ya no me gustaron sus besos.

Además de estar arruinado, iba derecho al desempleo. Como trasnochaba tanto, en el trabajo apenas hacía lo mínimo porque no tenía energías. Mi jefe me empezó a odiar. Tuve que tomar una decisión.

Recordé el porqué de mi temor a romper la inercia. Flor estalló en llanto, me rogó, me dijo que me amaba, que se iba a suicidar, después que me odiaba, luego se bajó del auto, le dio una patada a la puerta, rompió la antena y escupió en el parabrisas. Me fui aliviado. Busqué un casete en la guantera y ahí estaba Juan Luis Guerra, el clásico. Y Tito Puente, Celia Cruz, Rubén Blades, La orquesta de la luz, Willie Colón y tantos otros salseros que no sé de dónde salieron. Los dejé al lado del primer basurero que encontré.

Al otro día me llamó la hermana de Flor, me dijo que se había tomado un frasco de pastillas para dormir. ¿Y qué tenía que ver yo con eso? Le dije que la llevaran a la posta para un lavado de estómago. Una semana después, Flor me esperó a la salida del trabajo. No tuve más remedio que invitarle una bebida en un McDonald. Se veía demacrada. Lloró sobre la mesa de formalita, me contó que la habían despedido del trabajo, que sus padres la habían echado de la casa, que quería vivir conmigo, que no la debía abandonar justo ahora y que estaba embarazada.