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Beschreibung

"¡Eso no es justo!": lo dice la familia del joven que un mal día sencillamente no regresa a casa, la profesionista que por el mismo trabajo percibe un salario menor que un colega varón, la persona a la que se le ofrecen recompensas laborales a cambio de algún favor sexual, el migrante al que se le impide circular con libertad, la desempleada a quien se desdeña por el color de su piel. La injusticia está por doquier, nos rodea y nos somete, erosiona la convivencia y castiga de forma injustificada a quien la padece. Peor aún: es algo tan común que terminamos habituados a convivir con ella, y aun a practicarla. En este ambicioso y original volumen, editado por el filósofo Carlos Pereda, se exploran los muchos rostros de este mal que aqueja a las sociedades, tanto abusos conocidos desde hace mucho tiempo, como la xenofobia o el racismo, hasta agravios que definen nuestro tiempo, como el desplazamiento forzado o el feminicidio, y aun otros que sólo en últimas fechas hemos identificado, como la contaminación acústica, el maltrato animal, la gentrificación o el edadismo. En las 146 entradas del diccionario —ensayos concisos y a menudo combativos, con una breve bibliografía para profundizar en cada tema—, académicos de toda Iberoamérica identifican y desgranan una gran variedad de problemas sociales, culturales, políticos, epistémicos y ambientales que no dejarán ileso al lector. Este volumen es una especie de "continuación", en sentido opuesto pero a la vez más motivante, del Diccionario de justicia, también editado por Pereda y publicado por Siglo XXI Editores

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Veröffentlichungsjahr: 2023

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ÍNDICE

Prólogo

abuso de poder

abuso sexual

abuso sexual infantil

acoso escolar

acoso sexual

agravio histórico

alienación

anomia

antipartidismo

antipolítica

antropocentrismo

apatía política

apátrida

armamentismo

atomismo social

autocratización

autoritarismo

autoritarismo electoral

banalidad del mal

bloqueo comercial

capacitismo

capitalismo

catástrofe

cesarismo

ciudad iletrada

constitucionalismo autoritario

contaminación acústica

corrupción

covidianidad

crímenes de lesa humanidad

delincuencia

democracia autoritaria

desaparición forzada

desciudadanización

descivilización

desdemocratización

desigualdad de género

desigualdad educativa

desintegración social

desplazamiento forzado

despotismo

desprecio

discriminación

discurso de odio

dogmatismo

ecocidio

edadismo

egoísmo

élite

enfermedad

esclavitud

estado fallido

eugenesia

eurocentrismo

exclusión social

exilio

explotación sexual

faccionalismo

falsificación de la historia

falta de reconocimiento

fascismo

feminicidio

fraude electoral

fuerza letal

genocidio

gentrificación

golpe de estado

guerra civil

guerra fría

hambre

homofobia

humillación

ilegalidad

imperialismo

impunidad

indigencia

inequidad

ingobernabilidad

injusticia epistémica

injusticia hermenéutica

injusticias históricas

inmovilidad social

insolidaridad

intolerancia

irresponsabilidad

judicialización de la política

machismo

mal

malinchismo

maltrato animal

maltrato infantil

manipulación pública

meritocracia

miedo

migraciones forzadas

misoginia

monopolio

muerto sin sepulcro

nacionalismo

narcotráfico

necropolítica

neoextractivismo

nómadas involuntarios

oligopolio

olvido

opacidad

opresión

patriarcado

patrimonialismo

penalización del aborto

pobreza

polarización

políticas de la identidad

políticas fiscales regresivas

politización de la justicia

populismo

posverdad

precariado

prejuicio

privatización

prohibición de la eutanasia

racismo

razón de estado

refugiado

resentimiento social

sicarios

socialismo real

subalternidad

teocracia

terror

terrorismo

tiranía

tortura

totalitarismo

transhumanismo

trata

trauma colectivo

urbanicidio

usura

vicios públicos

víctimas

victimismo

violaciones graves de derechos humanos

violencia

violencia de género

xenofobia

Índice de autores

criminologíayderecho

Pereda, Carlos (edit.)

Diccionario de injusticias / ed. Carlos Pereda; Enrique Carpio Cervantes,Luciana Ramos Lira, Eva Alcántara – México: Siglo XXI Editores, UNAM, 2022

815 p.; 16 × 23 cm – (Colec. Criminología y derecho)

ISBN Siglo XXI: 978-607-03-1319-6

ISBN UNAM: 978-607-30-6928-1

1. Injusticia – Diccionarios 2. Denegación de justicia 3. Derecho penal I. Ser.II. t.

LC K50 .P795dDewey 340.11 P434d

La obra fue dictaminada por pares académicos bajo el sistema doble ciego.

Este diccionario fue desarrollado en el marco del Proyecto de InvestigaciónCientífica Básica SEP-Conacyt: “Desafíos de la integración social en las democracias”, núm. 285575, encabezado por el doctor Carlos Pereda.

primera edición, 2022

© siglo xxi editores, s.a. de c.v.

© universidad nacional autónoma de méxico

isbn-e siglo xxi: 978-607-03-1317-2

isbn-e unam: 978-607-306940-3

A Luis Villoro.

A la memoria de las personas

que perdieron la vida frente al covid-19.

La tragedia no sólo dejó dolor y sufrimiento,

desveló también la magnitud de la injusticia

perpetrada en todos los rincones del planeta.

Este texto guardará, por siempre,

la huella de este histórico y terrible momento.

PRÓLOGO

MAPAS DE LA INJUSTICIA

I

Si se indagan conceptos más o menos abstractos, pero no sólo, casi por regla general se comienza explorando conceptos positivos. Por ejemplo, en relación con valores, se atenderá el bien —o la justicia—, lo que Aristóteles califica como “entes buenos según su naturaleza”. En efecto, en el primer libro de laPolítica, Aristóteles formula un programa para la vía positiva de la reflexión, que ha sido la favorecida por muchas herencias culturales: “Lo natural debe ser investigado no en los entes que se han depravado [o que se encuentran en proceso de corrupción], sino en aquellos que son buenos según su naturaleza” (1254a35ff). Así, en muchas tradiciones se tiende a discutir la justicia y no las injusticias, las virtudes y no los vicios, es decir, no los “entes que se han depravado”. Tal vez se puntualice que estos últimos se indagandespués:mera degeneración de los primeros. Así, la injusticia suele definirse como una ausencia: “injusticia es falta de justicia”. Se sobreentiende que esa definición es todo o casi todo lo que puede decirse.

No obstante, esos sobreentendidos no se encuentran tan respaldados como se supone. ¿Por qué? Se sugiere que una teoría de la injusticia debe ser el producto que resulta de oponer a cada una de las aserciones de una teoría general de la justicia la aserción opuesta. Pero procediendo de ese modo no se avanza mucho en la comprensión de la injusticia y, menos aún, de las injusticias. Por eso, si se procura más información en ocasiones se cambia la dirección del indagar y se atienden injusticias singulares: agravios a uno o a varios individuos o colectividades. Algunas de esas injusticias singulares son el acoso sexual, la miseria en los suburbios de las grandes ciudades, el racismo, los prejuicios contra ciertos grupos de migrantes y los diversos daños que en la vida cotidiana padecemos injustificadamente;1 por ejemplo, injusticias morales, legales, políticas, culturales, sexuales, económicas, epistémicas... Estos señalamientos sirven ya para formular dos observaciones.

Primera observación: palabras como “los diversos daños que padecemos injustificadamente” ofrecen materiales para una definición mínima de la injusticia como punto de partida. Se está frente a una injusticia si, y sólo si, animales humanos causan que otros animales humanos padezcan injustificadamente daños, por ejemplo, algún tipo de sometimiento o abuso. Incluso si no se acepta que esa formulación defina, se aceptará que estamos ante una caracterización por indicios y que un indicio fuerte del trato injusto es padecer injustificadamente daños como sometimientos y abusos.

Segunda observación: las listas que se hacen de injusticias singulares no incluyen “comportamientos desnudos”, “comportamientos brutos” sino comportamientos valorados. Un acoso sexual, la miseria, un trato racista, prejuicios contra migrantes no sólo describen sucesos, al mismo tiempo los condenan en tanto formas morales, legales, políticas, epistémicas de injusticia.

De seguro se interrumpirán estas observaciones con una duda: ¿importa tanto, al menos desde una perspectiva teórica, trabajar siguiendo la vía negativa? Acaso con razón se responda que obsesionarse con los “entes buenos según su naturaleza”, atenerse a una reflexión sólo de acuerdo con la vía positiva, exhibe una paradoja. De hecho, en la historia, la mayoría de la gente ha vivido y en ocasiones apenas continúa sobreviviendo entre “entes que se han depravado” en medio de relaciones asimétricas de poder, tanto públicas como privadas e íntimas, que no pocas veces son relaciones de doloroso ahogo y degradación. No obstante, tendemos a hacer como si éste no fuese el caso. Ese mal hábito se ha arraigado. ¿Por qué?

He aquí una conjetura: algunas veces la primacía de la vía positiva hunde sus raíces en un entreverado presupuesto metafísico. Conviene desenredarlo. Por un lado, ese presupuesto se apoya en la experiencia de la esperanza religiosa: Dios tiene mayor poder que cualquier demonio. Por otro lado, en ese presupuesto se mezclan de manera confusa vagas teorías generales sobre el Bien y hasta la utilidad de respetar la primacía de lo positivo en las metodologías —pues se insiste en definir lo negativo sólo como negación de lo positivo—. De esa manera, no se toma en cuenta lo peculiar de las experiencias injustas, por ejemplo, cómo sufren una niña o un niño que son lastimados o cómo sufre un prisionero torturado; incluso se desatiende ese escándalo, los asesinatos de mujeres por quienes juran amarlas, como acontece en tantos feminicidios. Además, otra conjetura complementaria de la anterior acerca de por qué suele imponerse la vía positiva consiste en que repugna convivir con tanto horror: las humillantes desigualdades sociales, los odios interpersonales o intergrupales, los crímenes por doquier, las guerras. No obstante, evitar y hasta ocultar experiencias que lastiman y con frecuencia matan, o incluso atenuarlas, no sólo es un vicio, tarde o temprano se convierte en suicidio: epistémico y práctico, individual y colectivo.

Entonces, ¿cómo puede interrumpirse ese vicio que tiende a volverse suicidio? ¿Por dónde explorar? Con la razón porosa llevaré a cabo un arriesgado experimento: me dejo inspirar por la cartografía2 y tomo una ruta epistémica intermedia entre la teoría general y las injusticias singulares. Pues como las montañas, los valles y los ríos, también las injusticias singulares se interrelacionan y conforman tramas no pocas veces con poder explicativo que, a su vez, se entrelazan con otras tramas dibujando territorios de la injusticia. Y —ésta es la conjetura— es posible reconstruir esas tramas como mapas.

Mapas: se trata, pues, de encontrar apoyos para orientarse un poco o, al menos, para no perderse del todo. (Es mejor disponer de una ayuda quizá no tan fuerte como se requiere, que carecer de toda ayuda.)

II

Un mapa vertical de las injusticias

En este primer mapa, las injusticias morales, legales, políticas, culturales, sexuales, económicas, epistémicas… —que se caracterizaron como padecer daños injustificadamente— se clasifican en tres tipos: injusticias singulares, institucionales y estructurales. Por desgracia, con frecuencia, una imagen que viene de inmediato a la cabeza cuando se habla de injusticias resulta de su reducción a un solo tipo:

·Las injusticias singulares. Son pequeños, medianos o grandes sucesos en los que se abusa de los animales humanos y, en ocasiones, son torturados y asesinados. Estas injusticias no cesaron de presentarse en el pasado, ni cesan de amargar el presente. Topamos, pues, con “entes depravados” cuyas acciones no generaron las debidas reacciones en contra.

Sin embargo, en los más diversos lugares y tiempos numerosas injusticias singulares se pasaron por alto y continúan pasándose por alto, lo cual es raro pues incluso cuando las injusticias singulares se recogen como pequeños perjuicios o burlas nimias, la primera persona suele vivirlas como ofensas que duelen y, en ocasiones, aplastan. Por ejemplo, se hacen contratos en una oficina pública no teniendo en cuenta las calificaciones para el trabajo sino por las creencias políticas. O se otorgan ascensos en una empresa privada no por méritos sino por razones de amistad. O en una universidad se da preferencia a colegas que, aunque no lo merezcan, comparten la misma tradición de pensamiento. No obstante, también son frecuentes las injusticias singulares gravísimas, por ejemplo, si a un obrero que indica los fraudes de la empresa en donde trabaja “lo suicidan”, la tortura física a una periodista incómoda, o la violación o “desaparición” de trabajadoras en una maquila. Además, respecto de las injusticias singulares como experiencias de atropellos menores o graves, más allá de su sufrimiento en el momento de padecerlas, las víctimas, si sobreviven, no dejan de sufrir repercusiones.

Por desgracia, sucumbir a un vértigo simplificador y atender sólo injusticias singulares propicia que se descuiden sus condiciones de implementación y arraigo, y sus consecuencias. De ahí la necesidad de contextualizar tales sucesos y de construir teorías explicativas que les atribuyan motivos y causas. ¿Cómo? Es imprescindible atender que las injusticias singulares directa o indirectamente se producen al amparo de

·Las injusticias institucionales. Estas injusticias incluyen prácticas en forma de acciones u omisiones inmorales que a menudo son transgresiones de la ley o perversiones políticas o económicas. Por eso, para la multiplicación del agravio basta la indiferencia de instituciones que se pueden calificar de “instituciones zombis”, públicas y privadas, en tácita colaboración con “instituciones mercenarias”, también públicas y privadas. Ambas clases de instituciones pronto descubren lo que son: instituciones crueles.

En el párrafo anterior se aludió a instituciones zombis y mercenarias. Según su origen africano, la palabra zombi significa “cadáver dotado de vida aparente”. De modo análogo, una institución zombi es la que no opera según sus propósitos constitutivos porque sus participantes no se encuentran todavía preparados para trabajar o carecen de los incentivos para hacerlo. En cambio, con la palabra mercenario se hace referencia a quienes actúan sólo por dinero sin importar a favor o en contra de qué o de quién. Se aplica, pues, a quienes están dispuestos a llevar a cabo acciones incluso criminales por una paga.

Una vez puestos en marcha los mecanismos de la injustica singular e institucional, encubierta o abierta, éstos se desarrollan y cobran fuerza. Y a menudo cuesta imaginar cómo detenerlos. Entre otras causas, los actos de injusticia singulares, respaldados por instituciones zombis y mercenarias, encuentran apoyos en las distorsiones de los medios de comunicación, así como en otros amplificadores de injusticias: las narrativas que se articulan en novelas y películas populares, en series de televisión, en videojuegos. A muchas de esas narrativas las rige una razón arrogante que expresa los intereses de monopolios gubernamentales, del capital financiero o de mafias. (En algunos países esa distinción es difícil de trazar y es móvil.) En consecuencia, quien asuma un nomadismo que no deja de explorar, a este mapa vertical debe agregarle:

·Las injusticias estructurales. En contra de la presunción de confianza —ese capital social básico del convivir—, con tales injusticias fragmentos enteros de la sociedad, se ven minadas por deterioros, sometimientos, opresiones. Estamos ante tipos de injusticias a menudo políticas o económicas, que no sólo circulan por un tejido social, sino que lo reconfiguran y lo pervierten.

Iris Marion Young desarrolla una teoría de la injusticia estructural.3 Según Young, este tipo de injusticia ocurre como una consecuencia no programada de individuos que participan en uno o más esquemas de coordinación social (Young, 2011: 156). El resultado es una coordinación de actividades llevadas a cabo con normas sociales aceptadas. He aquí un ejemplo en apariencia trivial de Young. En el mundo contemporáneo, para satisfacer los ávidos sesgos que generan las modas, mucha gente del llamado mundo desarrollado renueva continuamente sus atuendos. Tales exigencias crean incentivos para que compañías internacionales de vestimenta y de accesorios afines busquen producirlos al menor precio posible en “sucursales” o, más bien, en “maquiladoras” que operan en condiciones miserables de explotación en esos países que se desprecian como subdesarrollados o, como se les llama en tiempos recientes, países del “sur global”. Las jornadas en tales maquiladoras son interminables; la paga, irrisoria. Además, los abusos no cesan: la comida es pésima, las y los trabajadores enfermos son despedidos sin la garantía de atención médica, no se permiten los sindicatos y mucho menos las protestas frente a los peores agravios inclusive (Young, 2011: 127).

Las injusticias estructurales están presentes, pues, por doquier: en injusticias nimias de la vida cotidiana, pero también en situaciones complejas que resultan de la distribución internacional injusta, tanto de bienes primarios como de recursos —derechos, condiciones para negociar— que afectan a grandes sectores de la población. Pero, como se atenderá enseguida en el mapa horizontal, injusticias estructurales generadas por sesgos —tan casuales, pero tan enérgicos como los sesgos de la moda— y exclusiones sociales que descalifican (según la región, por el género, el color de piel, la preferencia sexual, la nacionalidad, la edad, la religión o la falta de ésta) se consolidan de manera permanente. Esas prácticas, que tienden a arraigarse como costumbres, humillan incluso cuando la ley explícitamente las prohíbe.

Por otra parte, con frecuencia, a la capacidad de juicio le es difícil detectar si una injusticia es —¡sólo!— singular o si hunde raíces en instituciones zombis o mercenarias o de sociedades que son productos de injusticias estructurales. Además, en general, un tipo de injusticias refuerza otras. Sus entrecruzamientos suelen convivir en medio de la opresión y los abusos como “lo normal”. Se usa, pues, coacción para que alguien haga lo que no quiere hacer o deje de hacer lo que quiere, sometiéndose. En consecuencia, el combate a las injusticias que recoge este mapa vertical a menudo confronta al pensamiento con dudas como “¿se debe comenzar a luchar contra las injusticias singulares, las institucionales o las estructurales?”. Al respecto, se carece de reglas precisas, fijas y generales. Hay que apelar a la capacidad de juicio para examinar en cada situación qué se requiere.

Pese a la dificultad de carecer de estas reglas, no tener en cuenta este primer mapa vertical confunde a la atención cuando se delibera acerca de diversas injusticias. Por un lado, quien no es la víctima, ni carece de vínculos directos con ella, pero se concentra en el rechazo de un abuso delimitado suele desorientarse tanto que a menudo sucumbe en un vértigo subjetivista: se apropia del dolor de quien sufre y llora, y olvida que no es la víctima. El exceso de sentimentalismo impide reflexionar sobre las condiciones institucionales, zombis o mercenarias, y menos aún sobre las estructuras sociales que hacen posible producir y reproducir tales víctimas.

Por otro lado, si se abraza el vicio opuesto es casi inevitable sucumbir al vértigo objetivista. De este modo, se abraza el mito estructuralista. En consecuencia se reduce a la o el científico social a una o un observador imparcial que sin mutarse, sin valorar, describe perjuicios, ofensas, abusos y sometimientos como —¡meros!— efectos causados por estructuras inmunes a cualquier intervención personal y hasta social. Por lo tanto, a partir del mito estructuralista no importa más que registrar generalidades que se conceptualizan como leyes naturales y equivocadamente convierten ciertas estructuras en sucesos perpetuum mobile o algo por el estilo.

III

Un mapa horizontal de materiales que producen injusticias

Así como en el mapa vertical, por su inmediata visibilidad, se tiende a concentrar la atención en las injusticias singulares, el fenómeno más visible del mapa horizontal en la vida cotidiana suelen ser las exclusiones con las que se descalifica y se insulta a la gente. No obstante, para no estrechar de inmediato la atención en una dirección que conduce por el mal camino, de nuevo en este caso conviene explorar en los alrededores. Por eso, daré dos pasos atrás. Empiezo por considerar injusticias que se producen al falsearse o romperse muchas interacciones de los animales humanos. Son las fracturas sociales. No pocas de esas fracturas crean o consolidan, o tienden a crearse y consolidarse por sesgos discriminadores. A su vez, aquéllas y éstos conducen a esos bloqueos de las interacciones entre animales humanos que son inmediatamente visibles —porque a menudo no dejan de padecerse—, las ya aludidas exclusiones descalificadoras. Pero estoy corriendo. Urge recorrer más despacio este mapa horizontal.

Estamos ante una fractura cuando algo se resquebraja, aunque sin separarse del todo los fragmentos que resultan de la ruptura; por ejemplo, la fractura de un brazo puede resultar una lesión grave, pero si se la atiende no se pierde el brazo. También son fracturas las hendiduras en una pared que, al menos de inmediato, no causan que se desmorone, aunque suelen ser la causa de su desmoronamiento a mediano o largo plazo. De modo similar, una fractura del tejido social, si bien pervierte prácticas y produce injusticias, a la vez ayuda a continuar manteniendo ese tejido: lo que está roto aparece como no roto o, al menos, como apenas roto o no roto del todo.

Se objetará: con la expresión “fractura social” se subestima la generación de injusticias graves. No es el caso. Con esa expresión se busca atender tanto injusticias que son producto de hostilidades en una pareja que apenas se soporta o entre colegas que ni siquiera se soportan, como injusticias que son producto de interacciones de sometimiento opresivo entre la función “amo” y la función “esclavo”. Otra objeción en la misma dirección: si con el concepto de fractura social se introducen mecanismos que, a la vez que tienden a estabilizar las injusticias pasan desapercibidos, sólo habría que considerar fracturas pequeñas, pues si son grandes se esperaría que fuesen difícil de ocultar. Lamentablemente, en muchos contextos la visibilidad o invisibilidad de una fractura social no tiene que ver sólo con su tamaño ni con las capacidades o limitaciones epistémicas de quienes la viven o la observan, sino también con la manera en que se manipulan esas capacidades. Por eso es del mayor interés realizar investigaciones empíricas para responder preguntas como ¿por qué muchos animales humanos no pueden detectar fracturas sociales que para otros son perfectamente visibles? ¿Qué permite a las partes interesadas ocultarlas de manera tan eficaz?

Respecto de esas preguntas habría que aclarar, por ejemplo, de qué modo participantes de interacciones con graves fracturas pero que tienen interés en que éstas se mantengan, a menudo con razón arrogante defienden que esas interacciones no se encuentran rotas ni pervertidas, o apenas pervertidas y no rotas del todo. Además, conviene examinar cómo a veces sólo con gran esfuerzo otros participantes de esos sucesos dolorosos o quienes se sitúan afuera de sus experiencias, son capaces de destruir esas falsas apariencias.

Claramente tenemos (es una manera de ordenar estas rasgaduras del tejido social):

· Fracturas anteriores a una interacción interpersonal o intergrupal. En éstas de antemano se degrada a grupos humanos. Sobreentendidos heredados los consideran discapacitados sociales.

En este caso, los prejuicios de cierto medio social instruyen que hay que desconfiar de tal persona o grupo porque son indígenas o se trata de una persona pobre o de color no blanco o, en algunas sociedades, por tratarse de un transexual o de una mujer. Así, a estos grupos no se les considera aptos para formar parte de las interacciones comunitarias que construyen una sociedad. Es notorio: toda socialización se basa en un clima de confianza general. Sin embargo, con estas fracturas anteriores a una interacción humana encontramos generadores de desconfianza, al menos como suspicacia o desconfianza pasiva. Por lo tanto, de antemano se tienen bajas expectativas respecto de los proyectos de cierta gente.4 Así, con frecuencia, prestamos baja credibilidad porque predescalificamos a la gente por su origen, su estatus económico, el color de piel o sus preferencias sexuales. Pero vayamos ya a otras fracturas sociales.

· Las fracturas presentes en modos de socializarnos suelen producir injusticias al despersonalizar a ciertas personas o grupos pobres, o de color no blanco, o indígenas, o con sexualidades no heterosexuales.

Así, fragmentos de la sociedad que rodean a tales personas o grupos los condenan con sentencias como: “sus acciones carecen de sentido”, “se encuentran en un estado de radical desorientación”, “aunque tienen cuerpos de adultos son como animalitos”. Sin embargo, lo que se fractura en prácticas sociales del presente no se agota en el presente. Sus ultrajes suelen conformar traumas que aplastan a una o varias personas. Así, esos traumas también desarreglan no pocos de los próximos proyectos colectivos. Por eso,

· Hay fracturas que se proyectan en el tiempo. Puesto que no se realizaron los esfuerzos pertinentes para educar o reeducar o hacer que ciertas conductas que resultan anómalas tengan sentido, las discriminaciones suelen persistir y descalificar a personas o grupos sociales del futuro.

De esta manera, la incertidumbre se sustituye por una certidumbre y la desconfianza pasiva se convierte en desconfianza activa que condena. A los incapaces sociales se les debe relegar, apartar e incluso desechar, como lo que no sirve. Estamos ante un proceso: la acumulación de fracturas produce sesgos discriminadores que, a su vez, generan y son generados por fracturas. En efecto, muchos estudios experimentales confirman una experiencia cotidiana: sesgos discriminadores condicionan desfavorablemente deseos, creencias y afectos que se consolidan de modo inconsciente. (Imaginemos que un maestro de primaria tiene la creencia consciente de que el color de la piel y el género no condicionan la inteligencia; no obstante, sin darse cuenta, presta mayor atención a sus alumnos varones blancos que al resto.)

De acuerdo con el primer mapa, podemos agrupar, en conjuntos que se traslapan, los sesgos discriminadores en:

· Sesgos que posee una persona o un grupo por deformaciones que son producto de sus historias individuales o sesgos discriminadores preponderantemente singulares.

· Sesgos que posee una persona o un grupo por participar, por ejemplo, en instituciones zombis o mercenarias, o sesgos discriminadores preponderantemente institucionales (entre otros, los sesgos productos de esas instituciones pasajeras, las modas).

· Sesgos que posee una persona o un grupo por ser parte de una estructura injusta, o sesgos discriminadores preponderantemente estructurales.5

Notoriamente, algunas exclusiones descalificadoras se estabilizan porque:

· Fracturas sociales generan sesgos discriminatorios que excluyen a personas o grupos para realizar las acciones comunitarias o exclusiones descalificadoras que descalifican a ciertos grupos y no les permiten integrarse en pie de igualdad en una sociedad. Esas exclusiones morales, legales, políticas, culturales, sexuales, económicas, epistémicas generan injusticias que se llevan a cabo en la forma de falta de oportunidades y atropellos. Tales injusticias van desde no poder acceder a instituciones elementales de enseñanza hasta la encarcelación de quienes formulan críticas.

Otra manera de referir a las injusticias que introducen este tipo de descalificaciones se hace con palabras como “marginar”, “marginación”. Por “marginar” entendemos la acción de relegar a un individuo o un grupo a condiciones de desventaja e inferioridad, negándole derechos y beneficios. Así, por ejemplo, en América Latina, pero no exclusivamente, se suele segregar a los pueblos autóctonos o a comunidades que apenas sobreviven en la miseria. A menudo es difícil interrumpir o debilitar no sólo ese marginar efectivo, sino incluso sus falsas justificaciones. Pues lo que se margina, al mismo tiempo se pseudojustifica como un peligro a combatir Así, perversamente se declara que las marginadas y los marginados constituyen un modo defectivo y hasta maligno de ser personas que tarde o temprano los conduce a formar parte de pandillas violentas y del crimen organizado. Como si ese falso justificar no acarrease males, las descalificaciones se vuelven espejos: no sólo causan segregaciones sino autosegregaciones. Algunas personas indígenas, pobres, de color no blanco, las mujeres, las personas trans… suelen mirarse en esos espejos y acaban por reconstituirse a partir de esas imágenes deformadas.

Atendamos otros tipos de exclusiones descalificadoras:

· Es común que ciertas fracturas sociales produzcan sesgos que despolitizan. Así, se debilitan los esfuerzos por participar en protestas y luchas en contra de alguna injusticia. Se impide, por ejemplo, reivindicar derechos no tenidos en cuenta o violados o exclusiones descalificadoras que descalifican a quienes se indignan frente a la injusticia.

Efectos de la despolitización cobran expresión en las figuras del desencanto social: desencanto con la política, con el Estado de derecho, con la democracia. A su vez, esos desencantos suelen eliminar la indignación social. Por “indignación social” solemos entender una emoción fuerte con grados de reflexión que contiene una actitud de rechazo a lo que se considera injusto. Por otra parte, con palabras como “indignada”, “indignado” hacemos referencia a gente militante —a la que no pocas veces se persigue y hasta se demoniza— que forma parte de movimientos sociales reivindicativos y protesta por derechos pisoteados, propios o ajenos.

· Además, hay fracturas en la capacidad de comunicar cuando se balbucea o no se usan las palabras como corresponden según dictaminan ciertos grupos con poder (político, cultural, económico…). Estas fracturas tienden a causar sesgos discriminatorios que producen exclusiones descalificadoras oexclusiones que descalifican a quienes no se comunican siguiendo los códigos de comunicación dominantes en un medio social.

Estas injusticias, en la forma de exclusiones descalificadoras —de exclusiones que impiden integrarse en una sociedad, de exclusiones que desaconsejan indignarse socialmente, de exclusiones para no tomar en serio testimonios de gente considerada marginal— no sólo se traslapan, sino que las unas conducen a las otras o son su refuerzo.

Por un lado, tales exclusiones descalificadoras se llevan a cabo desde adentro mismo de las instituciones que deberían promover la no exclusión. Sin embargo, en estas instituciones formales e informales (educativas, de trabajo, comerciales, políticas, religiosas, deportivas), que se han vuelto zombis o mercenarias, no se enseñan las prácticas pertinentes para participar en la producción y reproducción de bienes, tanto de habilidades y de conocimientos como de mercancías, porque ciertas estructuras —políticas o económicas, por ejemplo— así lo programan e incluso lo imponen. Pero no sólo eso. Como se ha estado sugiriendo, el conjunto de las fracturas sociales, de los sesgos discriminatorios y de las exclusiones descalificadoras constituyen círculos viciosos en los que, por un lado, se refuerzan cada uno de esos fenómenos y, por el otro, esos círculos adquieren capacidad expansiva.

IV

Si se tienen en cuenta ambos mapas generales, el vertical y el horizontal, entonces ya podemos comprobar que enfrentar injusticias implica una lucha a menudo feroz que, a la vez, exige nomadismos en direcciones incluso opuestas. ¿Por qué?

Por un lado, se destruye el mapa vertical si se explican las injusticias que producen las diversas socializaciones y sus consecuencias, porque individuos o grupos tienen psicologías declaradas “disfuncionales”, sin que importen las instituciones y las estructuras sociales en las que se vive. Como indica Serene J. Khader, se “psicologiza lo estructural” (Khader, 2011: 56; Hanslanger, 2016: 130). Las conductas declaradas “disfuncionales” se aíslan de otras conductas, de su socialización en instituciones zombis y mercenarias, de las estructuras políticas y económicas opresivas.

Por otro lado, sin tomar en cuenta el mapa horizontal, se pierde de vista cómo las fracturas sociales, los sesgos discriminatorios y las exclusiones descalificadoras destruyen cualquier buen convivir. De ahí que la urgencia de tener en cuenta las ayudas de la razón porosa que operan tanto con el mapa vertical como con el mapa horizontal de las injusticias. ¿En qué consisten, al menos, algunas de esas ayudas?

Por ejemplo, a partir de estos mapas generales es posible conducir la atención para construir mapas más particulares que la focalizan. Con estos mapas es posible ubicar las injusticias singulares en contextos más o menos institucionales y estructurales que permitan comprender y, en ocasiones, explicar y hasta combatir ofensas, desgracias, agravios, deterioros y también falsas excusas, falsas justificaciones.

Otro ejemplo: con los materiales de ambos mapas generales se ofrecen herramientas no sólo para ubicar y, de manera enérgica, luchar en contra de diversos tipos de injusticias, sino también —no sin extrañeza y hasta con perplejidad— para comprender y explicar en mapas particulares situaciones complejas y resbaladizas en las que se pueden ofrecer, según las circunstancias, buenas o malas razones para esconder injusticias que son incluso sometimientos persistentes.

En consecuencia, el uso de ambos mapas generales contribuye con materiales para generar prácticas para argumentar que permiten construir mapas particulares en torno a situaciones más o menos específicas. No se busca, pues, introducir todavía normas generales y mucho menos promulgar normas precisas y fijas que determinen lo que hay que hacer en situaciones concretas.

V

Mapa particular de injusticias anteriores a un proceso comunicativo y que en éste, a menudo, se continúan y reelaboran

Supongamos que Pedro es un refinado chef, muy apreciado en el norte de México. Temeroso de la violencia desatada por el narcotráfico en esa región, Pedro emigra a los Estados Unidos y busca trabajo como chef; sin embargo, sólo consigue trabajo como empleado de cocina. En cambio, a Pierre, un chef francés sin mayores antecedentes, de inmediato lo contratan en Estados Unidos como chef principal en un restaurante de lujo. Previamente a la entrevista de trabajo, Pedro había entregado credenciales que no se valoran: su nombre propio y haber sido un chef reconocido en un país “del sur global” —en los países del llamado “primer mundo”— no es garantía, a diferencia de haber sido, como Pierre, un chef en Francia. Por otra parte, en el momento de la entrevista, las fracturas sociales con sus posibles empleadores se profundizan por quien es Pedro como individuo: de piel morena, de estatura baja, algo excedido de peso. Se dirá: la primera propiedad y, en parte, la segunda son herencias genéticas. También lo son la piel blanca, la estatura alta y hasta la complexión esbelta de Pierre. Sin embargo, frente a una solicitud de empleo esas propiedades no producen exclusiones descalificadoras en tanto propiedades genéticas sino sociales, porque la valoración de los cuerpos también genera sesgos. Desde que recordamos, muchos de esos sesgos con los que se enaltece o se desprecia a otros son fabricados por sesgos de la moda, esas deformadoras hermenéuticas públicas de las que dispone mucha gente en muchas sociedades. Por eso, propiedades como el color de la piel consolidan los sesgos con los que se desdeña a Pedro por parte de dueños de restaurantes que no quieren perder ganancias. Además, ya en los primeros momentos de la entrevista, Pedro confirma fracturas para sus posibles empleadores; por ejemplo, su acento hace recordar la migración ilegal y la violencia del narcotráfico. El acento francés de Pierre resulta, en cambio, encantador, porque evoca el glamour de París.

Recorramos una vez más la situación de Pedro, pero separando artificialmente los materiales que ofrecen para comentar los dos mapas generales. Si se opera con el mapa vertical se podrá ubicar la injusticia singular que se comete con Pedro como producto de injusticias institucionales y estructurales. Por ejemplo, la institución “cocina mexicana” suele ser apreciada. En cambio, no lo son la mayoría de quienes se dedican a ella en el extranjero —de quienes se suele sospechar que se trata de migrantes improvisados, cuando no de ilegales capaces de cualquier crimen—. Pero las diferentes valoraciones no se reducen a tradiciones institucionalizadas sólo de cocinar, sino que se respaldan en estructuras más abarcadoras: en este caso, en el juicio general que se tiene sobre México y sobre Francia —acerca de su cultura y su influencia política y económica en el resto del mundo—.

A partir del mapa horizontal, se descubre fácilmente que cuando Pedro llega a su entrevista las fracturas sociales con sus posibles empleadores se profundizan y generan sesgos que discriminan. Un individuo de piel morena, de estatura baja y algo excedido de peso no es nada confiable, ni siquiera se puede confiar en que sepa cocinar bien, del gusto que se exige en un restaurante de lujo de un país desarrollado. De esta manera, la exclusión descalificadora se expande y pronto se vuelve inapelable.

A su vez, no es arduo recoger los aportes de ambos mapas generales para analizar y discutir la injusticia singular que se comete con Pedro. Tampoco es difícil vincular esos aportes. Pero, para hacerlo, insisto en que hay que tener cuidado de no “psicologizar lo estructural”. Porque las fracturas sociales y los sesgos discriminatorios con los que se enfrenta Pedro antes y durante su entrevista dependen, en gran medida, de que posee una nacionalidad y un cuerpo con estigmas que lo trascienden. Pues con independencia de Pedro, esos estigmas se atribuyen tanto a las instituciones legales y educativas, como a las estructuras políticas y económicas de México y sus habitantes.

Mapa particular de encubrimientos tácticos de injusticias

Un mapa en el que en ocasiones se esconden fracturas sociales que han provocado y provocan graves injusticias, ¿acaso es posible que opere como infrapolítica positiva o política aceptable en tanto camuflaje? Es probable que se tienda a responder esta pregunta con una enfática negativa. Sin embargo, de acuerdo con el análisis de Patricia Hill Collins (2000 [1990]; 2005), éste es el propósito con el que con razón se silencia a ciertas fracturas sociales y sesgos discriminatorios en torno a la sexualidad femenina negra en Estados Unidos. ¿En qué sentido?

Para explicar el silencio sobre no pocas injusticias sexuales que padecen las mujeres negras (violaciones, incestos, frecuentes sometimientos y agravios que se producen por repetidas fracturas en las interacciones entre mujeres y hombres negros), Collins, por un lado, alude a la solidaridad racial6 y a su consecuencia, los encubrimientos tácticos de injusticias. Así, muchas mujeres negras, aunque en principio disponen de recursos conceptuales para denunciar tales injusticias, prefieren callarlas para no profundizar los sesgos negativos y las exclusiones morales, políticas, culturales, económicas y hasta legales con las que parte de la sociedad blanca maltrata —y hasta asesina— a los hombres negros. (No estamos, pues, frente a injusticias hermenéuticas o epistémicas (Fricker, 2007), sino ante injusticias aceptadas como peculiares herramientas ¿de protección?, ¿de protesta?, ¿de lucha?)

Por otro lado, esos sesgos que producen violencia por parte de los hombres negros funcionan como espejos que las mismas mujeres negras, en ocasiones, acaban por asumir. Por eso, ese silencio de algunas mujeres negras sobre las injusticias que padecen de parte de muchos hombres negros también funciona como autoprotección, pues, en circunstancias como éstas, encubrir esas fracturas sociales —por injustas que sean— opera como política para reafirmar no sólo la solidaridad con los hombres negros sino también la resistencia en contra de no pocas injusticias institucionales y estructurales largo tiempo arraigadas en una sociedad cuyo poder lo poseen los hombres blancos.

Además, estamos ante una lucha en diferentes niveles. Por un lado, las mujeres negras protegen a los hombres negros y, a la vez, se autoprotegen. Por otro lado, las discusiones sobre las injusticias padecidas se integran en otra esfera de lo público que es diferente de la de la sociedad blanca: la que se desarrolla en el interior de la propia comunidad negra.

Nada hay de excepcional en estas circunstancias. Encontramos situaciones análogas en otras comunidades llenas de fracturas que también se topan con sesgos que las insultan, lo que consolida exclusiones descalificadoras. Son comunidades como las de la gente pobre, las de las y los indígenas, los sindicatos obreros, la comunidad latina, la comunidad LGBTIQ+, entre otra mucha gente oprimida.

Cuando en el mapa vertical se atendió la capacidad de contagio expansivo que posee el círculo vicioso construido por fracturas sociales, sesgos discriminatorios y exclusiones descalificadoras, se aludió como una consecuencia la constitución de un horizonte de “normalidad” para toda una sociedad. Pero, ¿de qué normalizaciones se trata? Estamos ante “injusticias normalizadas”, frente a “normalidades anormales” que con frecuencia se convierten en una fábrica de vicios que parecen virtudes.

Precisamente, no pocas veces en nombre de la virtud de la solidaridad, en este ejemplo, de la solidaridad racial, pero en otras circunstancias, en nombre de la solidaridad obrera, o nacional, o religiosa, o de género, o política, o gremial, ¿acaso no se pretende a menudo la injustificable aceptación de muchas injusticias singulares y hasta institucionales “como medios de lucha”?

En efecto, con frecuencia, para justificar una “injustificable aceptación” de encubrimientos tácticos de injusticias se apela al argumento de las protestas y luchas en contra de la injusticia como procesos jerarquizados: hay un conflicto primario —la injusticia pretendidamente primera o de base— “que hay que enfrentar antes”, en contraste con los conflictos secundarios “que hay que dejar para después”. Por ejemplo, en la historia de muchos movimientos obreros (por horarios menos abusivos, seguro médico, sindicatos libres…), aunque se ha apelado al trabajo de las “compañeras” y se le han hecho no pocos “encargos”, sus reivindicaciones “de género se dejan para después”. (A veces se posponen para un después que nunca llega.) En no pocas reivindicaciones obreras se dejan de lado —también “para después”— las reivindicaciones no sólo de las mujeres negras sino de los obreros negros y latinos y, así, la solidaridad obrera se convierte no en un conjunto de encubrimientos tácticos de injusticias sino en un simulacro de solidaridad, porque es una solidaridad blanca con candados.

Circunstancias como éstas respaldan una conjetura molesta. Frente a muchos pedidos de solidaridad —nacional, obrera, racial— en algún momento de la colaboración y el apoyo, conviene introducir máximas des-silenciadoras que los interrumpe, máximas tan irritantes como: “Deja que se haga presente la crítica y la indignación también contra nosotras y nosotros. Deja que nos visite la cultura de la argumentación y hasta que ésta nos ponga contra la pared”.

Por supuesto, de caso en caso habrá que preguntarse cuándo urge defender ante todo la solidaridad como una virtud que genera unidad, respaldos y defensas (de los hombres negros, de las mujeres negras, de los obreros, de las obreras…) y cuándo hay que ponerse a discutir esa solidaridad a partir de máximas des-silenciadoras, porque tal virtud corre el riesgo de degradarse y convertirse en vicio. Lamentablemente, de nuevo para tener conocimiento de esos cuándos, se carece de reglas precisas, fijas y generales. Por eso, no hay opción más que apelar a la capacidad de juicio.

En este caso, esa capacidad, entre otras ayudas, a partir de ambos mapas generales, tendrá que no dejar de explorar con nomadismo en varias direcciones para distinguir entre encubrimientos tácticos de injusticias y degradaciones de la solidaridad e incluso de sus falsificaciones. Por ejemplo, de acuerdo con el mapa vertical conviene preguntarse: por ejemplo, la solidaridad que se ejerce cuando se comete una injusticia singular en contra de la patria, por ejemplo, si se violan sus fronteras, ¿acaso a menudo no esconde una aceptación implícita de previas injusticias institucionales y estructurales?

Por eso, si se tiene en cuenta tanto el mapa vertical como el horizontal, en no pocas ocasiones conviene insistir con otras máximas des-silenciadoras como: “Deja que también discutamos acerca de las fracturas sociales y las exclusiones descalificadoras que nosotras y nosotros mismos con nuestros sesgos no dejamos de producir al apoyarnos mutuamente”. “Permite que también se discuta y hasta se rechacen esas formas de solidaridad —¿de solidaridad degradada?— que sólo defienden los intereses de nosotras y nosotros.”

VI

Otro material del mapa horizontal: las normalizaciones fraudulentas que producen esa plaga, las injusticias normalizadas

En el mapa horizontal se focalizaron injusticias producidas por fracturas, sesgos, exclusiones. Así, se establecen malas herencias que, si no se destruye al mapa vertical psicologizando lo institucional y lo estructural, se pueden percibir como consolidándose en instituciones prestigiosas y en vastas memorias que impregnan las sociedades. Sin embargo, también conviene agregar al mapa horizontal un fenómeno al que ya se ha aludido varias veces: las normalizaciones fraudulentas.

¿A qué me refiero con palabras como “normalización”, “normalizar”? Suelen usarse palabras como ésas, o sus derivados, en dos sentidos. Según un uso neutro, un suceso normalizado es aquél que se recoge como normal, en el sentido de común, de habitual: lo que acostumbra a darse día a día, espontáneamente, sin que sorprenda. Es más frecuente, sin embargo, un uso negativo de la acción de normalizar. Se trata de las adaptaciones y los ajustes que se llevan a cabo con el propósito de que el suceso aparezca como normal, aunque se trata de manipulaciones para encubrir, con engaños, lo anormal. Así, lo normalizado simula lo normal cuando se trata de la anormalidad misma.

Al respecto, volvamos a considerar el ejemplo introducido por Young (2011) en torno a los trabajos en maquiladoras de ropa en países subalternos. A menudo, mucha propaganda busca presentar esos trabajos como normales con el propósito de atribuirles dos propiedades de los sucesos genuinamente normales: indicar que no necesitan de justificación y señalar que a menudo no interesa averiguar responsabilidades. (Ejemplos extremos de sucesos normales: no necesita justificación que animales humanos y no humanos tengan que alimentarse o resguardarse de las inclemencias del tiempo, ni interesa responsabilizar a nadie por la necesidad de realizar esas acciones.) Sin embargo, a los trabajos en maquiladoras de ropas en países subalternos —ésa es la conjetura— no les corresponden esas propiedades. ¿Por qué?

Esos trabajos necesitan discutir su justificación puesto que las compañías internacionales de fabricación de ropa en maquiladoras operan con salarios irrisorios en el extranjero para aumentar las ganancias “en casa”. Por lo tanto, implícitamente se acepta que los costos humanos no importan. (Por ejemplo, no importa que la mayoría de quienes trabajan sean jóvenes mujeres que sufren acoso y violaciones constantes por parte de sus jefes.)

Por otra parte, también en el ejemplo de Young, la propaganda “en casa” busca disolver la responsabilidad por la existencia de tales maquiladoras. De esta manera se logra que a quienes compran camisas hechas en Bangladesh o El Salvador ni siquiera les pasen por la cabeza las condiciones de esclavitud informal en las que fueron confeccionadas tales prendas. Ésa es precisamente una de las funciones de la normalización de tales procesos. Además, tampoco las compañías internacionales de hecho sospechan, o simulan que no sospechan, que poseen alguna responsabilidad. Tales compañías no sólo consideran innecesaria alguna justificación por su hacer, sino que se enorgullecen de dar trabajo a gente que de otro modo “moriría de hambre”. Para los gobiernos que aceptan esas condiciones de oprobio “no hay opción”.

Pero generalicemos ya esta discusión acerca de estos sucesos, las normalizaciones fraudulentas. Consideremos las normalizaciones de injusticias en situaciones diferentes. Por ejemplo, las injusticias normalizadas de la historia en tanto disciplina suelen sobreentenderse como tan normales que, de nuevo, su primera propiedad consiste en suponer que no son necesariaslas justificaciones. Por ejemplo, si se revisan los libros escolares de historia de muchos países (¿de todos los países en donde hay libros de historia?), es fácil descubrir que esos libros exponen “historias normalizadas”. Se trata de “historias oficiales” que procuran reforzar la solidaridad nacional y pasan por alto injusticias que merecerían el mayor repudio. (En sus panteones de héroes no faltan los elogios a militares imperiales —de los que se omite indicar que violaron a mujeres nativas y robaron y asesinaron a su antojo—, a dueños de esclavos o a presidentes de jóvenes repúblicas “en procesos de modernizarse”, que masacraron pueblos enteros de indígenas.) Con tales normalizaciones fraudulentas, desde temprano se socializa a las y los futuros ciudadanos con sesgos positivos para comprender el pasado del que forman parte. No sólo eso: se trata también de hacer que se enorgullezcan de esa herencia que, en alguna medida, integra sus memorias individuales. En esas historias de aparentes glorias bien ganadas y derrotas inmerecidas, de territorios legítimamente apropiados y de pérdidas debidas al engaño o a la mala suerte, se ocultan injusticias que obligarían a rectificar esos mapas particulares.

Se objetará: algunas historiadoras y algunos historiadores no dejan de llevar a cabo rectificaciones. Pero éstas a menudo no pasan de hacer pequeños ruidos al interior de algún campus universitario, sin afectar la versión oficial que una sociedad tiene del propio pasado; además, esa versión oficial continúa siendo trabajada por otras historiadoras e historiadores “normales”. De ahí que en tales injusticias se tienda a encontrar, como en cualquier injusticia normalizada, una disolución de la responsabilidad. Pero, ¿cómo se logran las aceptaciones de tanta normalización de injusticias? Entre otras causas, para aceptar tales normalizaciones fraudulentas suele fomentarse la actitud que Medina llama la “división social de la haraganería cognitiva” (Medina, 2013: 145). 7

Con tal haraganería es fácil no percibir muchas injusticias históricas, por ejemplo, sometimiento de pueblos enteros y guerras que enriquecen la propia economía (cobijadas con solidaridades nacionales menos aceptables que el encubrimiento de fracturas sociales por parte de las mujeres negras). Además, la producción social de la haraganería cognitiva respecto del pasado también se alimenta de vicios como la cobardía, que hace detenerse ante el menor obstáculo por atender testimonios diferentes de los convencionalmente aprobados. Así, en lugar de investigar cuáles fueron y son las causas más determinantes de una injusticia, se recurre a lugares comunes.

Al respecto, Medina también se pregunta de qué modo las ciudadanas y los ciudadanos —no sólo las historiadoras y los historiadores— mantienen sesgos de ignorancia irresponsable frente a tantas evidencias pasadas y presentes. Por supuesto, no es fácil inmunizar la insensibilidad cognitiva de manera individual. La explicación de Medina implícitamente apela a materiales de los mapas verticales y horizontales de las injusticias. Injusticias normalizadas son respaldadas por fracturas producto de estructuras sociales y, directamente, por instituciones y sus expertos con sesgos discriminatorios (Medina, 2013: 145). ¿Expertos?

En paralelo a los expertos epistémicos que producen conocimientos están también los expertos epistémicos en producir ignorancia que consolidan colectivamente sesgos que predeterminan lo que no hay que investigar y qué preguntas desestabilizadoras (de la sociedad, del gobierno, de la investigación…) no se deben formular. Por ejemplo, en el caso de las injusticias raciales del pasado “tales expertos se encuentran en intelectuales y científicos que han tenido la tarea de producir y promulgar un complejo sistema de creencias distorsionadas acerca de las razas humanas y de crear bloqueos para el preguntar crítico de tales creencias y desarrollar líneas de investigación alternativas acerca de los procesos de diferenciación racial” (Medina, 2013: 146).

Medina recuerda los desarrollos del racismo “científico” y los movimientos que defendieron “científicamente” la eugenesia (2013: 147).8 Pero sospecho que no sólo se encuentran en las comunidades científicas expertos en producir ignorancia. Por el contrario, éstas y éstos abarrotan los medios de comunicación o se sirven de las redes sociales para normalizar injusticias y condenar no sólo a individuos, sino a grupos sociales y a nacionalidades enteras a las que se descalifica de manera epistémica y práctica.

VII

La fuerza de lo negativo

Pronto en esta reflexión se observó que los “entes depravados” no sólo admiten enlistarse. Por ejemplo, las injusticias singulares causadas por acciones humanas injustificables también se interrelacionan y conforman tramas, que es posible reconstruir como mapas que a su vez ayudan a comprender las diversas injusticias y a explicarlas, y hasta a luchar en su contra. Para construir tales mapas, con razón porosa no hay que limitarse a la vía negativa, sino también apelar a normas y escenarios positivos, pero sin respaldar su primacía excluyente. Hay que rechazar, pues, entre otras falsas oposiciones, la falsa oposición entre la vía positiva de las teorías generales de la justicia como lo productivamente positivo y la focalización en la injusticia singular como lo improductivamente negativo. Más todavía, si se atienden no sólo las interconexiones que se apuntan en el mapa vertical, sino también la fuerza de lo negativo —la fuerza con que de diferente manera se suelen enfrentar muchas injusticias, por ejemplo, las representadas tanto en el mapa vertical como las producidas por los materiales anotados en el mapa horizontal— se comprueba que tener en cuenta en el debate público el sufrimiento de las injusticias singulares y sus contextos, las experiencias de “lo en apariencia improductivamente negativo”, también puede ser productivo. ¿De qué modo?

Precisamente, las diversas injusticias suelen descubrir en sus víctimas una fuerza que motiva a decir “ya no”, “se acabó”, “nunca más”, con sus varios perfiles emocionales. Porque padecer experiencias de exclusión y oprobio enseña no sólo a sentir rabia, indignarse y protestar, sino también a buscar otros horizontes. ¿Cómo cuáles? Entre otros caminos a proseguir, se trata de construir, al menos en parte, culturas de la argumentación que otorgan valor a justificar, de caso en caso, las prácticas que en ellas se realizan. Estas culturas se encuentran en lucha en contra de sectas y comunidades en las que no son valores públicos el respeto de cada persona como fin en sí misma y la justicia, ni las intervenciones ciudadanas que, con crítica política, combaten las ausencias de valores como ésos.

Por otra parte, la fuerza de lo negativo también contribuye a descubrir aspectos de quién se es y con quiénes se está. Pues cada persona y grupo de personas se construye no sólo con reconocimientos y aceptaciones, sino también con lo que se les niega, en particular, con lo que se les niega sin razón y de manera más o menos constante. (Esas negaciones a menudo son producto de prejuicios y otros daños que se hace padecer de modo injustificado a personas y grupos, tales como los que se representan en los mapas generales y particulares de la injusticia que se han explorado.) A su vez, las personas y los grupos de personas también se construyen con lo que esas personas y grupos descubren que son capaces de sentir, de negar, de actuar.

Por eso, si se elude la razón arrogante y se tiene muy en cuenta el entrecruzamiento no pocas veces agónico de los muchos tipos de negaciones y sus conflictos con empresas que se organizan con expectativas de signo positivo, todo ello ayuda a seguir andando en la vida y también en ese fragmento de la vida que es el pensamiento.

BIBLIOGRAFÍA

Collins, P.(2000 [1990]),Black Feminist Thought: Knowledge, Consciousness and the Politics of Empowerment, Boston, Unwin Hyman; Collins, P. (2005),Black Sexual Politics: African Americans, Gender, and the New Racism, Nueva York, Routledge; Fricker, M. (2007),Epistemic Injustice. Power and the Ethics of Knowing, Oxford, Oxford University Press; Grønfeldt Winther, R. (2020),When Maps Become the World,Chicago, University of Chicago Press; Hanslanger, S. (2016), “What is a (social) structural explanation?”,Philosophical Studies173 (1), p.130; Khader, Serene J. (2011),Adaptative Preferences and Women Empowerment, Oxford, Oxford University Press; Medina, José (2013),The Epistemology of Resistance, Gender and Racial Oppression, Epistemic Injustice, and Resistant Imagination, Oxford, Oxford University Press; Page, Jennifer M. (2019), “State-Sponsored Injustice: The Case of Eugenic Sterilization”, enSocial Theory and Practice, vol. 45, núm. 1; Shoemaker, D. (2017),Oxford Studies in Agency and Responsibility, vol. 4, Oxford, Oxford University Press; Young, I. M. (2004), “Responsibility and Global Labor Justice”,The Journal of Political Philosophy12 (4), pp. 365-388; Young, I. M. (2006), “Responsibility and Global Justice: A Social Connection Model”,Social Philosophy & Policy23 (1), pp. 102-130; Young, I. M. (2011),Responsibility for Justice,Nueva York, Oxford University Press.

[CARLOS PEREDA]

1Por supuesto, a veces se padecen daños con justificación, como cuando se castiga por un crimen, pero a esos daños no se los considera injustos.

2Sobre “Map Thinking” véase Rasmus Grønfeldt Winther, 2020.

3Véase Young, 2011. Como el título del libro ya lo adelanta, la teoría de la injusticia estructural de Young es una herramienta para desarrollar una teoría social de la responsabilidad como vínculo (“a social connection theory of responsibility”) que constituya una alternativa a las tradicionales teorías individualistas de la responsabilidad. Por otra parte, esta propuesta ya había sido defendida en artículos previos (véase Young, 2004: 365-388; 2006: 102-130).

4Por supuesto, esas bajas expectativas también pueden respaldarse en razones. Por ejemplo, tiendo a no creerle a un colega que, he comprobado, me ha mentido para lograr un ascenso al que muchos colegas aspiraban.

5Cf. Manuel Vargas, “Implicit Bias, Responsibility, and Moral Ecology” (Shoemaker, 2017).

6Cuando se usa la palabrasolidaridadsolemos dirigir la atención en varias direcciones. Por ejemplo, se tiende a pensar la solidaridad como respuesta a una crisis; frente a inundaciones, terremotos y epidemias, por ejemplo, momentáneamente la gente se organiza y busca ayudar. No obstante, también usamos expresiones como “solidaridad obrera”, “solidaridad religiosa”, “solidaridad nacional” o, como en el ejemplo de Collins, “solidaridad racial”; en estos casos, la solidaridad es permanente y busca ante todo proteger a un grupo social; se ayuda a quienes se considera que comparten no sólo intereses y reconocimientos y desconocimientos, sino también afectos y rechazos emocionales, y con quienes la identificación es o se vuelve inmediata. Indirectamente este segundo tipo de solidaridad es también autoprotector: me protege como miembro del grupo al que protejo.

7Este principio ya se encuentra en muchos pensadores de la tradición ilustrada a partir del sigloXVIII. Por ejemplo, Kant, en su conocido trabajo “¿Qué es la ilustración?”, no sin aspereza, señala: “Si puedo pagar no necesito pensar; otros ya tomarán a su cargo, en mi nombre, tan fastidiosa tarea”.

8 Este punto es desarrollado con minucia por Page (2019: 75-101).

A

abuso de poder

Del latín potere, poder significa tener más fuerza que otro, ser capaz de vencer. En las relaciones sociales en las que unos mandan y otros obedecen, es la capacidad de imponer la propia voluntad sobre la conducta ajena. En el ámbito político institucionalizado, conduce a la diferenciación entre gobernantes y gobernados. Del latín abusus, abuso es usar mal, indebidamente, de manera excesiva, injusta e impropia algo o a alguien. Lo así introducido o practicado es abusivo y sus actores son abusadores/as o abusones/as, ostensiblemente contra víctimas con menor experiencia, fuerza o poder (Huerta, 2001; Diccionario ilustrado Océano de la lengua española, 2005; Del Águila, 2008: 21-34).

Es máxima del Estado constitucional liberal y de las democracias modernas que el poder tiende a corromperse dada la proclividad humana a abusar; por ello debe ser limitado y restringido. De cualquier poder se puede abusar, pero del absoluto o monopólico es más probable, con impunidad, al no ser posible contenerlo ni obligarlo a rendir cuentas (Crespo, 2006). No es exagerado afirmar que la impunidad es la forma perfecta de abuso de poder. Es la condición política que prevalece en los sistemas no democráticos, pero no les es exclusiva; algunas democracias son menos capaces que otras de proteger a los ciudadanos de los abusos de los gobernantes y de terceros.

Una caracterización de los abusos de poder es la siguiente:

a] de poder político, cuando es usado para beneficio, interés y ambiciones de quienes lo detentan relegando y atropellando la comunidad o a algunos de sus miembros (Crespo, 2006). Son abusos exigir obediencia a mandatos contrarios a la vida, integridad y libertad de quienes conforman la sociedad y los destinados a acrecentar el poder para sobrepasar las limitaciones constitucionales que protegen los derechos humanos, la legalidad, la división de poderes, el federalismo o para vulnerar los sistemas de responsabilidad de los funcionarios públicos (Huerta, 2001). Kosovski (1995) afirma que el abuso de poder político es el más grave pues sus consecuencias son las más serias y sus efectos los más prolongados. Suele ser justificado en nombre de la ley y el orden, pero también puede ser ilegal y clandestino. En casos extremos se pretende legitimarlo culpando a la víctima como enemigo del que hay que defenderse, discriminarlo, torturarlo, segregarlo, encarcelarlo sin proceso, desaparecerlo o privarlo de la vida;

b] los abusos de poder militar son cometidos por las fuerzas armadas, pudiendo ser incluso el medio para que sólo un individuo o un grupo pequeño de individuos domine a los ciudadanos mediante el miedo y la represión (Huerta, 2001). En un sentido similar, son ejemplos de abusos policiales la detención ilegal, el uso excesivo de la fuerza, el trato degradante e inhumano, la presunción de culpabilidad, la criminalización por características raciales, étnicas, sexuales, políticas y de clase, la arbitrariedad procesal, la extorsión y negación de derechos para acusados o sospechosos, la fabricación de delitos (Azaola y Ruiz, 2008; Alvarado y Silva, 2011);

c] los abusos de poder mediático son cometidos por la prensa y los medios de comunicación, cuarto poder cuya función es vigilar, investigar y exponer los abusos políticos. Son ejemplos acusar injustamente a las personas públicas o calumniarlas, así como relegar la función de vigilancia en favor de otros objetivos (Crespo, 2001);

d] los abusos de poder económico, considerado principal alternativa al político, son cometidos contra consumidores, trabajadores y el Estado. Ejemplos son evasión de impuestos, contrabando, colusiones de precios, mercados monopólicos, altos precios en productos de baja calidad o con tecnología obsoleta, venta de fármacos y alimentos sin control sanitario, engaño en pesas y medidas, acaparamiento, uso de mano de obra ilegal o no sindicalizada, condiciones laborales inseguras (Kosovski, 1995; Crespo, 2006);

e] es pertinente considerar los abusos de las legalidades informales o tradicionales, de las mafiosas e incluso criminales donde la legalidad del Estado es tenue o no existe (O’Donnell, 2008); en un sentido similar, los de grupos insurgentes que controlan áreas territoriales ejerciendo autoridad y violencia (Preciado, 1995);

f] aunque es imposible una lista definitiva, se deben agregar los abusos de poder en otros ámbitos. Por ejemplo, en las relaciones maritales, paternales y tutelares (Kosovski, 1995); los de líderes religiosos o espirituales contra los creyentes; los de dirigentes de partidos y organizaciones políticas contra los militantes; los de superiores jerárquicos sobre los subordinados en el trabajo, escuela, asociaciones e incluso entre pares, en forma similar a los microdespotismos referidos por O’Donnell (2004: 11-30 y 136-164).

La noción de abuso plantea la cuestión de las ideas, creencias y valores sobre la legitimidad o ilegitimidad del poder. La conceptualización aquí seguida corresponde al Estado liberal constitucional limitado por los derechos de los gobernados, su confluencia con la democratización en Occidente entre los siglos XVII y XX, y la teoría política referida a esos procesos.

La noción de poder ilimitado se desarrolló en Europa en los siglos XVI y XVII, precedida por el patrimonialismo renacentista, con monarcas que pretenden ser absolutos: encarnar la soberanía por voluntad de Dios y ser autoridad política superior, fuente única de la ley y la justicia. En la teoría política del siglo XVI Bodino definió el poder o soberanía como absoluto, perpetuo e indivisible; si los súbditos cumplen reconociendo y obedeciendo al soberano, éste debe cumplir a su vez respetando límites tradicionales: el derecho divino, la sucesión dinástica y los derechos naturales de los gobernados (De Gabriel, en Del Águila, 2008: 35-52).

El contractualismo del siglo XVII trajo a escena un hipotético pacto entre gobernante y súbditos en el que la sociedad política no tiene origen natural, sino artificial. Hobbes desarrolló la hipótesis para argumentar la necesidad de poder absoluto e irrevocable del rey, cabeza única del Leviatán y detentador único de la fuerza, con la consiguiente renuncia de los hombres a su primitiva libertad individual en un estado civil que conjura la inseguridad del estado de naturaleza