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Disfraz de hombre es una novela psicológica que narra cómo el tiempo se estanca para Araceli, una psicóloga de 37 años, cuando los fantasmas del pasado la acechan por las noches. ¿Podrá superar todos los nombres que destruyeron su inocencia? Una historia que nos lleva por aquellos lugares esperados e inesperados que la vida nos tiene destinados. ¿Araceli está a salvo en el presente? ¿Hay luz en la oscuridad? La autora de esta novela nos muestra, con un lenguaje intimista y sencillo, cómo el amor vuelve disfrazado de flashbacks, recuerdos y miradas que transitan la vida de la protagonista. El tiempo corre, el pasado existe y el presente se desvanece. ¿Cómo distinguimos una práctica sexual consentida de una que no lo es? ¿En qué situaciones se utiliza la palabra "sexual" como adjetivo de hechos perversos? El sufrimiento no es sexual. Aún con mucho camino por recorrer, es tiempo de desexualizar la violación y darle luz a la violencia de corromper un alma. Con cada capítulo nos sumergimos en un mundo de descontrol y autoflagelación que mina la autoconfianza de Araceli. Un mundo demasiado similar al que muchas mujeres viven a diario. ¿Alguien, alguna vez, ha visto lágrimas en un violador?
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Seitenzahl: 152
Veröffentlichungsjahr: 2020
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Lombardo, Michelle Ángela
Disfraz de hombre / Michelle Ángela Lombardo. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2020.
150 p. ; 22 x 15 cm.
ISBN 978-987-708-712-3
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas Psicológicas. 3. Novelas Realistas. I. Título.
CDD A863
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2020. Lombardo, Michelle Ángela
© 2020. Tinta Libre Ediciones
Para mis amigos que me regalan risas de colores, abrazos protectores y repiten los mismos consejos con amor.
A mi familia que es inmensa y me hicieron quien soy hoy.
Y a mi querido Álvaro que me cura las heridas y fue quien me animó a publicar un poco de mi.
Los hombres siempre están haciendo dos cosas al mismo tiempo:actuar egoístamente y hablar moralmente.
Constantin Brunner
El silencio desató lo que oculté durante años. En este monólogo a oscuras, en la bendita pandemia del covid -19, tuve el placer de salir de la comodidad de mi mente para (re)escribir y editar Disfraz de hombre, con la editorial Tinta Libre. Lo tortuoso de encontrarme encerrada fue no poder correr a los brazos de mi familia y amigos cuando las paredes caían sobre mí. El contraste de la realidad y la novela queda entre mi tumba y yo…
Rosario, cuarentena 2020
Disfraz de hombreMichelle Lombardo
Ella se consolaba con las significadas palabras: no sos responsable.
Y no lo era.
Capítulo 1
Ojos de madre
El alba se sentía encima de mis párpados, amanecía cuando escuché que entrabas corriendo al baño. Lo primero que pensé fue que estabas apurada, que no llegabas. Oí que abriste la ducha y, luego, el llanto. Me senté en la cama asustada. El latido de mi corazón me aturdía. «¿Qué puedo hacer para protegerla?», pensé. Corrí a la puerta del baño para escucharte de cerca. Intento que la luz no se aleje de vos. Intento estar en calma. Pensé que te habían robado o peor. Voy a preguntarte, no sé qué más hacer.
No pude dormir. Si supieras que por las noches me acostaba en tu cama. Necesitaba de tus abrazos y vos de los míos. No sabía ni sé cómo dártelos. Hasta ayer tenías diez años y sonreías cuando te hacía tu querido budín húmedo de mandarina. Cómo te gustaba el glasé. Ahora nunca tenés hambre. Me acosté unas dos horas y me levanté para hacerte algo rico. En ese entonces, tenías diecinueve años. Al día siguiente, toqué dos veces para que bajaras a tomar unos mates. No quisiste y te fuiste con Marina. Ella te cuidaba, por eso la queremos tanto.
¿Qué te pasa, nena? ¿Qué hicimos mal?
Ay, Leandro te arruinó, lo sé. Tenés que ser más fuerte, hija. Los hombres son así. Lo del verdulero mató el amor de tu padre. No pudo con eso. En ningún manual aparece cómo lidiar con esas situaciones, la culpa fue mía. ¿Cómo te dejé salir con alguien porque lo conocíamos de vista? Parecía bueno. Parecía. Las vecinas hablan. Tu padre es un hombre reservado y esa impresión queda fea. Él era más grande y tendrías que haberte dado cuenta. Vos pensás que todos son buenos. No es así. Soy una mujer mayor, también estoy cansada. Trabajo mucho, hace veintisiete años cambié de trabajo. Tengo suerte en este país. Trabajar de lo que me gusta, está bien. Pero el dolor... Nadie lo ve. Ni vos, ni él. Me levanto más temprano para cocinarles… dejar la comida lista y la ropa lavada. Nunca, un gracias; nunca, una notita. Cuando no lo hago, tu padre reclama. A mí me gusta cuidarlos. Los amo. Sé que habló mucho y que te cuesta escucharme, que no te gusta hablar tanto. Y que hay algo que te hirió demasiado.
¿Qué es, mi amor? Estás ida.
Siempre con Benjamín y las chicas. Lo cuidás, tiene una familia difícil. Y yo me quejo, ¿viste? Me gustaría contarte que la vida es dolorosa. Pero nuestro silencio no corre ameno, es distante, es frío, es incómodo. Comencé a fumar. Una tarde que volví de trabajar y vi que no habías dormido. Se notaba en el color oscuro de tus ojeras. La noche está en vos. No me gusta, para qué voy a mentir. Cuando quiero hablarte, cuando me animo a decir algo, me alejás. Ladrás y yo tampoco ayudo. Me atrapa la ira. Necia terquedad de responder con más violencia. A veces te acercás y das el poquito de amor que tenés. Cuando te sentás en la mesa y decís que está rico. Cuando intentás sonreír, simulando que estás bien. Yo te veo, no soy tonta. Pero no me vas a escuchar. Uno a los padres los trata de tontos, se cree más sabio. La edad no te da sabiduría, tampoco estoy asegurando eso.
La mañana, cuando el corazón se me rompió completamente, era uno de esos días engañosos, que no sabés si va a llover o no. En casa llovió a mares. Araceli, mi amor... ¿Cuándo empezaste? ¿Cómo? ¿Fue mi culpa? ¿Fuimos muy permisivos? La verdad: pensé que así, libre, ibas a ser feliz. Es que con Ignacio fuimos tan diferentes. Queríamos más libertad. No pensamos que los iba a corromper. El mundo es un asco. Y lo descubrí tarde. Mmm… ¿ya se iba el maldito 2001, o era enero? Te levanté a gritos. ¿Qué iba a hacer? Qué dolor. Ahí uní los cabos.
Entendí tu falta de apetito, tus humores, tus miradas, tu falta de sueño.
Las salidas, los malos tratos.
Ay, cuánto tardé.
Tu padre tampoco lo vio.
Estaba por hacerme unos mates antes de salir hacia el trabajo. No fui. Mentí, me fui de tu tía. Trabajar hubiese sido imposible. Si tuvieras mis ojos, nena. Sangre en el comedor, camino a tu habitación. Todo. Pensé que te habías cortado un dedo. Los dedos sangran mucho. Fui enfermera de noche. Conozco las razones de una nariz que chorrea sangre.
¿Cocaína?
Cocaína. Lo repito. Aún, no entiendo. Cómo... Quisiste cerrar la puerta, apuré el paso. Inventaste una excusa tan tonta que no la recuerdo.
Te di todo el amor que pude. Lo tengo acá, atesorado. Sos una de mis niñas. Pilar era rebelde en la adolescencia, después mejoró. Igna, ¡ay, mi Nacho! Si estuviera acá, me diría: “¿No lo viste?”. Los tres tienen sus defectos. Los amo igual, no soy perfecta. No puedo serlo.
Tuviste una suerte enorme. Ese grupo hermoso de amigos te mejoró. Ellos te ayudaron. De a poco el perro ladró menos. No del todo, no serías mi Celi. Ya no podía más. Tu padre, si supieras. Él tiene a quien amar, y no soy yo. Le dije tantas veces que ustedes no se van a enojar y que no le quiero cocinar más, que le cocine Raúl.
Sí, el cliente de tu viejo. El que tiene esa fábrica de muebles. Si a vos te suena a locura, no te imaginás a mí cuando los vi. Qué tonta. Quería comprarle una repisita, ¿viste? Para los libros esos que siempre están tirados. Y los vi. Jamás me miró así. Conservador era.
Callé unos años hasta que no pude. Ellos ríen juntos y quién se ríe conmigo. Nadie me acaricia, ni me dice gracias. Exigen, porque eso no cuesta.
Vos te fuiste de casa. Los chicos se fueron hace tanto. Vivís con David. Mi felicidad se ve en el reflejo de sus ojos cuando te mira. Él te ama con todos tus defectos. No puede con todo, nena. Ayudalo. No seas su esclava, no sirve. Vos trabajás, tenés tu platita, está excelente. Encontrá tu profesión. Algo que te guste, bueno, si te gusta ser cajera, no me quejo.
Sí, David vino a casa. Te escapaste de sus manos, lo gracioso es que nosotros tampoco tenemos una respuesta que darle. Ojalá vos la tengas, sos fuerte, mi amor. Luchá. Luchá por vos, que yo ya no puedo. Qué cercano a la muerte es no sonreír en vida. Al menos él te ama, y tus amigos ríen con vos. Están, estamos. Un poco rota, pero mamá está acá. Como siempre y como puede.
Se fue. No pudo. Espero que vos no te rindas, mi Celi.
Volviste a casa, qué lindo tenerte cerca. Dejo siempre un budincito en la panera para que comas cuando quieras. Una que otra vez me decís gracias. Qué lindo que me veas. Mis nietos, hermosos, elogian la comida de la abuela. La alegría volvió. El trabajo pesa más cada día.
¿Te acordás, esa vez que fuimos a la calesita y a la segunda vuelta sacaste el aro? ¡Tú hermano… qué celoso! Cómo te reías. Si alguien pudiera pintar un momento feliz, sería ese. Detener el tiempo en un cuadro. Juntos los cinco. Riendo, sin preocupación.
Por suerte llegó Paula, lleva una paz interior. Rápido huiste, che. ¿Por qué no te gusta estar con nosotros? Pienso tanto en Marina cuando la veo. Despide esa energía afectuosa. Intentá lo mejor de vos, que vos podés. No la traés a casa, la queremos conocer más. Unos mates, un guisito, no se le niega a nadie. Queremos verte. Casi treinta años, si me escuchás, me matás. Falta, pero está cerquita, cerquita. Qué contenta me pone que vuelvas a Psicología, te gustaba. Vas a ser excelente. Mamá sabe.
Detuviste un poco el amor. Volvió el amor por vos. Sos mi nena hermosa y feliz. Conseguiste ese esperado consultorio, te quedó lindo. ¿Te gustaron los cactus? Las macetitas hacen juego con el color ese que te gusta, ¿verde agua es? Aquamarine, decís. Qué loca. Te hubiera regalado otra cosa, tu padre dijo que lo ibas a matar, seguro. Se me ocurrió eso. No lo riegues mucho. Lo que falta…
La calma llegó a nuestra vida. La jubilación me marea. El tiempo sobra. Empecé un cursito de pintura, me sale tan mal. No te rías.
Justo te quería mostrar mi pintura. Viniste a comer. Hice unas galletitas que aprendí hace unos días, tienen avena y nueces. Cuando le pediste a Álex que se fuera a mirar tele, me asusté.
¿Qué hiciste?
¿Benjamín?
¿Cómo te hizo eso, hija mía?
Tanto que lo queríamos, tantas veces que vino.
¿Pilar? Mis nenas. A tu padre le subió la presión, tengo miedo. Demasiado dolor.
Ahora entiendo cuántas cosas guardas en vos, mi amor.
Me quedé sin palabras y mirá que me gusta hablar.
Qué ganas de abrazar.
Qué ganas de volver en el tiempo y alejarlos de vos. A todos ellos.
Tu mamá está ansiosa por abrazarte, si algún día se lo permitís.
Te extraño.
Nada quedó de mí, ni siquiera una carta, ni siquiera un espejo en donde reconocerme.
El ojo de la aguja | Mía Gallegos
Capítulo 2
Memoria fragmentada
La cortina blanca golpeaba contra la pared por la brisa invernal, cuando ella estaba sentada en un incómodo diván beige de oficina. Hacía ruido para llenar el vacío de la oscura habitación y las caras horas pagadas a Francisco. Si hubiera podido observar sus ojos, que traslucen sus intenciones, escucharía cómo gritan sus ganas de irse, pero su psicólogo era ciego. Posiblemente, por eso, se sentía más segura sin unos ojos que la criticaran por fuera. Penetrando como una espiga en su mente, él preguntó con seriedad:
—Siento una barrera entre nosotros, que no puedo traspasar. ¿La sentís?
—No entiendo de qué hablas.
—Tus palabras ocultan lo que pensás, aunque digas lo contrario —dijo, caminando por la sala.
—¿Por ejemplo? —le cebó un mate. Él acercó la mano a la espera y lo tomó rápido.
—Esta barrera transparente trasluce miedo. ¿A qué?
—…
—La realidad que creó tu mente, para distanciarse de la franqueza de tus errores, no te deja hablar.
—Pancho, no podés decir eso, hablo un montón.
—Sí, ahí está. El decir “de más”, que no me dice nada.
Antes de finalizar la sesión le dio una tarea para la semana siguiente.
Los martes del olvido… Ya pasada la tortura, salió a caminar por la transitada avenida Córdoba. Era esa hora —entre la mañana y el mediodía— que parece inexistente. Nadie está apurado, es temprano pero no tanto. La hora justa para desaparecer, y a ella la atropella una agonía repentina que la hace romper en llanto. A pesar de sufrir todas las semanas en aquel detestable sillón, jamás libera nada de su cárcel mental. A menudo habla del pasado, de sus padres y berrinches tontos de su infancia. A veces, suele contar cómo al llegar a los doce años se sintió real. La sexualidad tocaba la puerta ansiosa por ser más. Conoció a un chico de muchos rulos que fue una pequeña caricia para su corta edad. Luego de él, comenzó la adolescencia y muchas miradas aceptaron su belleza en un beso. Si esa historia es cierta, el psicólogo no lo sabe. Araceli es una gran fabuladora cuando así se requiere, ya que ignora su verdad. Con la voz rota, sus manos sudadas, la piel seca y resquebrajada, llora a la espera de una luz.
Intenta olvidar la tarea mental que el terapeuta le dejó. Decide tomar un café. En una ciudad contaminada por la variedad gastronómica, elige un bar cualquiera, por el olor a medialunas que se escapa a través de la puerta. Una moza de ojos risueños le toma la orden. Se pierde varias horas en aquel local, con un libro de Hemingway que lleva abandonado en la mochila. Lee, una y otra vez, un fragmento de las primeras hojas. Le gusta tanto ese fragmento que está resaltado con amarillo. Vuela e imagina ser quien es aquella a la que describe su escritor favorito:
Era muy linda, de cara fresca como una moneda recién acuñada si vamos a suponer que se acuñan monedas en carne suave de cutis fresco de lluvia, y el pelo era negro como ala de cuervo y le daba en la mejilla un limpio corte en diagonal. (...) Ojalá pudiera meterla en mi cuento, o meterla en alguna parte, pero se había situado como para vigilar la calle y la puerta, o sea que esperaba a alguien.1
Transcurridas varias horas, ya sin excusas debajo de la manga, volvió a su casa. Celi no quiso tomar el colectivo, suponiendo que así dilatará más la horrible vuelta a su hogar. Treinta dos cuadras después, unas pizcas de sol le sonrojaron las mejillas. Llegó al umbral de la puerta cuando salía su hermano, apurado, sin saludarla le hizo seña con las manos para entrar, y siguió su camino. Se respiraba ausencia cuando divisó, a lo lejos, una nota sobre la mesa. En un papel, utilizado en otra ocasión, reposaban las palabras:
“Esta tarde estás sola, Celi. Ordená un poquito. Beso, ma”.
Suspiró rezongando al aire. Con veintiséis años, aún vivía con sus padres. Tenía dos hermanos mayores, que habían huido del nido hacía algunos años. Padre, era un contador privado de pocas palabras, en cambio madre hablaba todo el tiempo. Desde hacía quince años, madre trabajaba como enfermera en un dispensario provincial, a veinte minutos de la casa. Nunca había tenido una buena relación con ellos. Más allá de las infinitas charlas y confianza que le podían otorgar, Celi siempre se sintió juzgada.
No había tiempo que disfrutara más que el estar sola, y cuando invadía el entorno con su cuerpo desnudo. Inapetente, decidió escuchar música y tomar un té. Sin poder elegir una canción, indecisa, prendió la radio con el volumen alto para no escuchar cómo le excavaban la piel sus propios pensamientos. Sonó tres veces el timbre. Recordó que no había nadie, así que se vistió a duras penas. Con el cabello despeinado y el maquillaje ya corrido, abrió la puerta. Era una amiga que venía a pasar el tiempo. Lo había olvidado. Jesica, vecina cercana, era una rubia de piel dorada, con ojos gentiles y brillantes que valoraba las risas con Celi. Cada dos por tres Araceli pasaba por casa de Jesica, sea cual fuere la hora, cenaba con los padres o con ella. La familia que le hubiera gustado tener… desde que tenía cuatro años. A pesar de la distancia que la vida les otorgaba con sus diferencias, el amor estaba intacto.
Era la hora de más calor, llenó la pava y prendió el fuego. Ni bien se había sentado, comenzó a hablar y continuó haciéndolo, sin respirar. Ocupó la tarde con cosas banales, y mates lavados. Con amigos las miserias se van por un rato. Entre risas, llegó el atardecer. Poco después de las ocho, el ambiente se contaminó con el bullicio de su familia. Era su día de franco y hubiese preferido que nadie se lo arruinara, sin embargo, escapaba a su poder. Araceli intentó ocultar su desagrado ante el pasar de las horas, mientras que la tensión en la atmósfera aumentaba. Estalló por un simple comentario de madre. Era una mujer conservadora, con un pasado opaco, oculto en su mirada. Aunque, en ocasiones, acompañaba a su hija menor en su tragedia, solía moverse exigiendo lo que ella no daba. Musitando desde la cocina dijo:
—¿No te cansas de estar sola?—entre otras cosas que no se llegaron a oír con nitidez—. Ay, ay...
—Mejor sola que ser infeliz.
Fastidiosa. Agarró sus cosas y se fue. Sin decir adónde.
Busca sentir algo más que ira, con un cigarrillo y una botella de un whisky que roba, con discreción, de la estantería de alcohol de su padre y parte al centro. En el quiebre de la noche, con deseos de perderse en sus gemidos con la conquista de un cuerpo fugaz, culmina en un motel con olor a barato y lujuria. Su decadente manera de solucionar los problemas se ha vuelto costumbre. Algunos orgasmos después, la mañana ilumina las calles y la gira nocturna llega a su fin.
El café humeante de su casa eliminó cualquier vestigio de la noche. En ocasiones no hacía falta hablar, y nadie habló. Desayunaron con la mirada perdida y una estancada cercanía. La mañana siguió su curso natural, ella se peinó su larga cabellera y se pintó con un labial color escarlata que iluminó su mirada. Cambió las cosas de una cartera de mano a la mochila y se cacheó las llaves en el jean. La monótona rutina diaria invadió el miércoles con el colectivo de treinta minutos de recorrido hasta el trabajo.
