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Cuando la mujer con la que tuve una aventura de una noche me anuncia que acabo de ser padre, mi mundo se viene abajo. Tengo que elegir entre ser padre soltero de una recién nacida o firmar los papeles para que alguien la adopte, y la decisión es fácil: tras apenas unas horas cojo un avión para ir a buscar a mi hija. El problema es que apenas soy capaz de distinguir la cabeza de los pies de un bebé, y esta situación me supera, pero tengo un plan: voy a contratar a una niñera, a ocuparme lo mínimo posible de la niña y a seguir con mi vida. Por fin encuentro una niñera que está a la altura de mis exigencias, pero todo se complica porque, cuando la miro, el futuro que creía desear empieza a desmoronarse. Nada en mi vida va según lo previsto, y la máquina de ensuciar pañales que tengo en los brazos se ha abierto camino inesperadamente hasta mi corazón. Mi vida era ordenada y lógica hasta que me encontré con dos compañeras de piso y me empecé a enamorar de las dos.
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Seitenzahl: 374
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Título original: Dr. Single Dad
Primera edición: julio de 2024
Copyright © 2024 by Louise Bay
© de la traducción: Silvia Barbeito Pampín, 2024
© de esta edición: 2024, ediciones Pàmies, S. L. C/ Mesena, 18 28033 Madrid [email protected]
ISBN: 978-84-10070-22-6
BIC: FRD
Diseño e ilustración de cubierta: CalderónSTUDIO®
Fotografías de cubierta: Grmarc/Freepik y Billiondigital/Rabbit75_dep/Depositphotos.com
Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo la sanción establecida en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público.
Índice
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Epílogo
Contenido especial
Dax
No me cuesta admitir que soy un cabrón con suerte. Mi vida es perfecta tal como está y no cambiaría de ella ni la crudeza de esta mañana de enero.
Vivo en la zona más efervescente de Londres, la mejor ciudad del mundo, y tengo al alcance de la mano todo lo que podría desear, desde trajes hechos a medida hasta algunas de las mujeres más bellas del planeta.
Sobre todo, me encanta mi trabajo, aunque no solo me encanta y no solo es un trabajo. Es más que una pasión: es una vocación. He nacido para ello.
La labor que hago en el laboratorio como investigador médico es mi legado, y gracias a ella mejorará la vida de millones de personas. No hay demasiada gente que pueda afirmar que será recordada mucho después de su muerte, pero dado que mi equipo está a punto de hacer un descubrimiento revolucionario en el campo de la Endocrinología, no hay duda de que yo lo seré.
Esa idea me llena de vitalidad cuando me dirijo al University College Hospital desde mi piso en Marylebone.
Es temprano; no son ni las seis y aún está oscuro, o todo lo oscuro que puede estar el centro de Londres. La mayoría de los miembros de mi equipo no llegan hasta las nueve, pero a algunos nos gusta empezar pronto el día. O el año, ya que estamos a dos de enero.
Mi teléfono vibra cuando se abren las puertas correderas automáticas de la entrada principal del hospital. Tiene que ser uno de mis hermanos. Por un segundo me planteo ignorarlo: estoy de buen humor y no me apetece lidiar con una de sus supuestas crisis. Ahora todos tienen mujer o novia y no me necesitan. Aun así, me llevo dos dedos a la sien para saludar a Mason, uno de los guardias de seguridad de la recepción, y cojo el móvil.
En la pantalla parpadea un número de Estados Unidos que no reconozco. Las puertas del ascensor se abren, pero, en lugar de entrar, acepto la llamada.
—Hola, Dax. Soy Kelly —dice una mujer.
Kelly… Kelly… ¿Kelly?
Intento que mi hipocampo establezca una conexión.
¿Quién coño es Kelly? Por suerte, ella me facilita las cosas.
—De Santorini.
No se refiere a la isla, sino al restaurante que hay al final de mi calle, y todo encaja: cuando vuelvo tarde del laboratorio, a veces paro en Santorini a comer un plato de keftedes de tomate, que son espectaculares. Kelly era camarera allí. Americana, pelo negro azabache, ojos verde oliva y una de esas voces que suenan como si se ganara la vida como cantante de jazz.
Y enseguida recuerdo algo más: hace unos meses coincidimos en su fiesta de despedida; yo había quedado con Vincent, mi primo, para tomar una cerveza rápida después del trabajo, ella me reconoció y pasamos una noche estupenda juntos: chupitos, sexo y un fabuloso desayuno a la mañana siguiente. Por lo que recuerdo, volvía a casa en una semana.
Ahora que lo pienso, deben de haber pasado algo más que unos meses, más bien casi un año, y no he sabido nada de ella desde entonces. Que yo recuerde, nunca nos hemos mandado mensajes ni mucho menos hemos hablado por teléfono. Estaba seguro de que ni siquiera nos habíamos dado los números, pero al parecer me equivocaba.
—Hola, Kelly.
—¿Cómo estás, Dax? Hacía mucho que no hablábamos.
No creo que me haya llamado solo para que nos pongamos al día. ¿Qué quiere? ¿A qué viene esto?
—Acabo de llegar al trabajo. ¿Qué puedo hacer por ti?
—Necesito que firmes unos papeles para que pueda solucionar un par de cosas.
—Creo que te has equivocado de número, Kelly. Soy Dax Cove. Hace casi un año que no nos vemos.
Estoy a punto de colgar, convencido de que me ha confundido con otra persona, cuando vuelve a hablar.
—En realidad, nos vimos por última vez hace nueve meses. —Puede ser, aunque me ha sonado extrañamente específico—. Fue una noche maravillosa. Y cuando aterricé en Estados Unidos, descubrí que estaba embarazada.
Una oleada de calor me recorre el pecho y me impide respirar.
—Vale. —Esas dos sílabas salen de mis labios como si fueran una roca que intento tirar por un acantilado.
Nueve meses.
—No tienes que preocuparte por nada, ya me he encargado de todo. —Suelta una carcajada—. No estoy preparada para ser madre.
¿Se ha encargado de todo? ¿Qué significa eso? Tengo claro que yo tampoco estoy listo para ser padre, ni ahora ni nunca; no estoy por la labor. A diferencia de mis hermanos, que siempre han sabido que serían padres en algún momento, la paternidad nunca me ha llamado.
—Como te decía, solo necesito que firmes unos papeles. Apareces como padre del bebé en el certificado de nacimiento, así que tienes que ratificar el acuerdo de adopción.
Una nueva oleada de calor me recorre el cuerpo y las extremidades. Durante uno o dos o tres segundos no puedo pronunciar palabra ni pensar siquiera.
—¿Has tenido un bebé?
—Sí —confirma, con la voz un entrecortada—. No voy a pedirte nada: el seguro médico de mi padre se ha hecho cargo de todo.
Oigo un pitido y no sé si el sonido viene de la línea o de dentro de mi cabeza. Intento tragar saliva, trato de ignorarlo, pero sigue ahí.
—¿Has… tenido un bebé? —repito, intentando aclarar qué ha pasado exactamente.
—Sí. La niña ha nacido hace una hora.
La niña.
La niña.
La niña.
—¿Y cuándo tenías pensado decírmelo?
—¡Nunca! —exclama—. He encontrado a una familia dispuesta a adoptarla y lo he arreglado todo, pero no sabía que había que firmar los papeles en persona. Es la política de la agencia de adopción o una cosa así. No tengo muy claros los detalles, acabo de dar a luz.
—Los papeles de la adopción —digo, intentando desenmarañar el ovillo de información que me ha lanzado—. Así que te quedaste embarazada, has tenido a la niña hoy y estás intentando darla en adopción mientras hablamos.
Tengo una hija. En este mundo. Ahora.
Intento ser lógico, poner en orden toda la información y averiguar qué debo hacer, cómo debo responder. Me flaquean las piernas cuando tomo conciencia de la realidad y voy tambaleándome hacia la pared para apoyarme antes de caer. El pitido es cada vez más fuerte y me tapo el oído libre con la mano.
No sé qué decir ni qué hacer ni qué pensar. Es como si mi cerebro hubiera perdido la capacidad de tomar decisiones o algo por el estilo.
—Vale —dice—. Tienes que entrar en una videollamada con tu pasaporte en la mano para que el representante de la agencia de adopción sepa que das tu consentimiento y después debes firmar el acuerdo. Y ya está.
Tengo una hija.
Una hija.
No quiero ser padre. Nunca he querido ser padre. Los niños no forman parte de mis planes y jamás he sentido la necesidad de hacer lo mismo que mis hermanos: sentar la cabeza y formar una familia. Tampoco es que no quiera a mis sobrinas, claro que las quiero, pero no comprendo por qué mis hermanos han elegido descentrarse, por qué han escogido esa distracción cuando nadie los obligaba; por qué han preferido limpiar culos y hacer pedorretas en lugar de llevar a cabo un trabajo importante como el que sé que todos son capaces de realizar. No entiendo por qué quieren sacrificar tanto a cambio de tan poco.
Es su decisión y fue decisión de mis padres, pero sin duda no es la mía.
Tengo un trabajo que hacer, un trabajo que va a cambiar millones de vidas. Una sola persona no puede ser más importante que las demás vidas que están en juego.
Nada de eso cambia que ahora soy padre. Tengo una hija que está a punto de ser adoptada, y, a pesar de que no es lo que quería, pensar que puede criarla otra persona no me gusta nada.
Me educaron dos médicos acostumbrados a responsabilizarse de la vida de los demás, que nos inculcaron el mismo sentido del deber y de la responsabilidad tanto a mí como a mis hermanos. Dejar que otra persona se ocupe de mi hija va en contra de todos mis principios.
Pero también tengo claro que yo no he elegido esto. Sí, elegí acostarme con Kelly, y eso es un consentimiento implícito para aceptar las consecuencias de esa acción, pero, como siempre hago, tomé las medidas oportunas para evitar esas consecuencias. Esto ha sido un accidente, un error, y no cambia el hecho de que no quiero ser padre. Tengo cosas más importantes que hacer.
Solo tengo que firmar esos papeles y mi vida volverá a ser como hace menos de cinco minutos, así que eso es lo que voy a hacer: firmar los papeles y olvidarme de todo este asunto; seguir adelante con mi trabajo y cambiar un millón de vidas en lugar de solo una.
Dax
Marco el número de Vincent y contesta al instante.
—Necesito que me prestes tu jet. Tengo que volar a Washington —digo.
—Encantado de tener noticias tuyas, Dax. ¿Qué tal estás? ¿Cómo va todo? ¿Qué tal el trabajo? —se burla. Es bueno saber que algunas cosas no cambian, ni siquiera cuando mi mundo está patas arriba.
—¿Está disponible? —pregunto, ignorándolo.
—¿Lo quieres ya? Ni siquiera ha amanecido.
—Sí. ¿Puede ser? —A lo mejor debería haber buscado antes un vuelo comercial y así me habría evitado las preguntas de Vincent.
—¿Pasa algo? ¿Se ha muerto alguien? —dice como si nada.
—¿Está disponible el jet o no? —insisto—. Es lo único que quiero saber. Si no lo está, déjame que cuelgue para buscar una alternativa. —Nunca he alquilado un jet, pero no puede ser tan difícil. Compruebo la hora: las seis menos cinco. Hasta dentro de un par de horas no habrá nada abierto.
—No tengo ni idea. Ahora mismo no lo estoy usando, pero el piloto…
Vincent me deja en espera; mientras, yo me pregunto cómo voy a traer a la bebé al Reino Unido sin pasaporte. Y sin pañales. Joder. ¿En qué más no he pensado? Mis planes no han ido más allá de: uno, traer al bebé; dos, contratar a una niñera; tres, seguir con mi vida.
No sé si ha sido mi educación, algo en mi código genético o el instinto lo que me ha hecho decirle a Kelly que cancelara la adopción. En cualquier caso, la decisión ya está tomada. No puedo eludir mis responsabilidades. Participé en la concepción de la niña, y ahora es mi deber participar en su vida; es mi deber ir a buscarla y asegurarme de que esté bien cuidada.
—El avión está en el aeropuerto de la ciudad. Estará listo en treinta minutos —anuncia Vincent, arrancándome del tortuoso sendero de mis pensamientos.
—¿De verdad?
—Escucha, no sé qué coño está pasando, pero quiero ayudar. ¿Necesitas que te lleve al aeropuerto?
—Puedo coger un taxi. —Guardo el pasaporte en el cajón de mi escritorio, así que ni siquiera tengo que pasar por casa.
—¿Quieres un compañero de viaje?
—¿Qué?
—Tengo un rato libre y puedo estar en la ciudad dentro de una hora para viajar contigo.
—Sí, estaría bien —digo, asintiendo. Me aseguro de que las piernas van a responderme y regreso al vestíbulo del hospital, donde hay una tienda abierta las veinticuatro horas con una variedad de artículos sorprendente, que va desde hilo dental hasta zapatillas. Es justo lo que necesito, ya que estoy a punto de volar a Estados Unidos para recoger a mi hija.
—¿Necesitas algo más?
Casi le pregunto si tiene pañales y ropa de bebé, pero eso daría lugar a más interrogantes que respuestas. Puedo comprar lo que haga falta cuando lleguemos. ¿Qué necesita un recién nacido para un rápido viaje transatlántico a las cuarenta y ocho horas de venir al mundo?
—De momento no.
—Te veré en una hora.
No me ha preguntado ni una sola vez para qué necesito el jet, y se lo agradezco más de lo que podría imaginar.
La auxiliar de vuelo nos ofrece una copa de champán como si fuera algo de lo más razonable antes de las ocho de la mañana. Vincent y Jacob sacuden la cabeza sin apartar la vista de mí. No han dejado de mirarme desde que subimos al avión.
—No, gracias —respondo, intentando esbozar una sonrisa.
—Vale, ya tengo claro que algo va mal —comenta Jacob, señalándome con el dedo—. Acabas de fingir una sonrisa, y me he quedado loco. Rara vez sonríes, pero nunca finges hacerlo, por nada del mundo. ¿Qué coño pasa?
Tiene razón. Intento actuar con normalidad, aunque todo esto es cualquier cosa menos normal. Los nervios me atenazan las entrañas, como si supiera que mi vida está a punto de cambiar y no estuviera preparado. No es porque piense que decidir quedarme con la niña ha sido un error, pero no estoy muy seguro de cuáles van a ser las consecuencias. Si me hubieran avisado con tiempo, habría podido contratar a una niñera para que viniera con nosotros a buscar a la bebé y todo habría ido bien. Pero lo más probable es que tenga que ocuparme personalmente de ella, al menos hasta que regrese al Reino Unido, y no sé ni por dónde empezar.
Saco el móvil para buscar «Cómo cuidar de un recién nacido». Comida, cuna, pañales… No puede haber mucho más, ¿no?
—Dax, ¿me has escuchado? —pregunta Jacob—. ¿Qué pasa? ¿Por qué nos vamos los tres a Estados Unidos, cuando esperaba tirarme a comer cereales en pijama porque tengo dos días libres seguidos? —Su voz suena como la de un adolescente quejica, como cuando Nathan le ganaba al futbolín.
Vincent le da unas palmaditas en el brazo para tranquilizarlo.
—No sé por qué estás aquí —respondo, deslizando el dedo por la pantalla del teléfono, sin tener claro qué debo buscar primero—. No te he pedido que vinieras.
—Se ha ofrecido —aclara Vincent—. Queremos ayudarte con… lo que quiera que pase.
—No necesito ayuda.
—Sí, suele ser así —replica Vincent—. Por lo general eres Don Autosuficiente, Don Lo Tengo Controlado, Don No Os Necesito, Plebeyos. Pero hoy me has llamado antes de las seis para pedirme prestado el jet. —Aparto la vista de la pantalla y encuentro su mirada. Él levanta las manos en señal de rendición—. No pasa nada, mi avión es tuyo, pero es que jamás me has pedido nada. Nunca. Jamás haces nada sin planearlo con todo detalle, y de pronto viajas a Estados Unidos sin planificarlo y pides favores del tamaño de un jet.
—Es bastante raro —concluye Jacob, con un tono más sereno.
Me encojo de hombros, tratando de concentrarme en el móvil.
—Hoy no es un día como otro cualquiera. —Se hace un silencio—. Normalmente, no recibo una llamada para anunciarme que soy padre. —Por fin levanto la vista y me encuentro a Jacob y Vincent mirándome alucinados. Vincent está boquiabierto, y hay un treinta y dos por ciento de probabilidades de que a Jacob se le salgan los ojos de las órbitas.
—¿Te importaría extenderte un poco? —pide Vincent.
Dejo el teléfono sobre la mesa que tengo delante y les cuento lo que sé, que no es mucho.
—Nunca has querido tener hijos —comenta Jacob—. ¿Estás seguro de que has tomado la decisión correcta?
Cuando tenía dieciséis años e intentaba decidir en qué área de la medicina especializarme mi padre me dio un consejo; yo quería empezar a buscar universidad, pero él me dijo que, si me costaba decidirme, debía elegir algo y no decírselo a nadie ni dar ningún paso para hacer firme esa opción. Al día siguiente, hora arriba o abajo, debía probar esa decisión como si fuera un par de zapatos nuevos. ¿Me queda bien? ¿Cómo me siento? ¿Me arrepiento de algo?
No he tenido ni una hora, y mucho menos veinticuatro, para probar mi decisión de cancelar el proceso de adopción, pero sé que estoy haciendo lo correcto. No ha sido fácil, pero tampoco difícil, y sé en el fondo de mi corazón que es lo que debía hacer.
—Lo único que sé es que no podría dejar que una hija mía tuviera a otro como padre. Esto es mi responsabilidad.
—Ella —murmura Jacob.
—¿Ella qué?
—Ella es tu responsabilidad, no «esto».
Vale, sí, ella. Una persona en concreto. Asiento con brusquedad para aceptar la corrección, pero no añado nada más.
—Voy a portarme como un gilipollas un segundo —dice Vincent—, ¿pero has comprobado que…?
—He pedido al hospital que le tomen una muestra de sangre y yo haré lo propio cuando llegue, pero, vamos, chicos, Kelly ni siquiera iba a decírmelo. Sería absurdo que me mintiera en esto. Si ni siquiera me ha pedido apoyo financiero… Está claro que me llamó porque no le quedaba otra opción.
—Tienes razón —acepta Jacob—. ¿Y qué pasará cuando lleves a la niña a Londres? ¿Cómo podemos echarte una mano entonces? Somos tus hermanos, Dax. Puedes pedir ayuda, ya lo sabes.
—Tengo que conseguir una niñera que se encargue de todo. No debería ser muy complicado.
—Vale —resopla Jacob—, así que pretendes retomar tu vida como si nada cuando estés en casa.
Me encojo de hombros, un poco a la defensiva.
—Sí. Más o menos. Tendré que convertir una de las dos estancias libres que tengo en una habitación infantil, pero…
—¿No vas a mudarte? —interrumpe Vincent.
—Puedo ir andando al trabajo… ¿Por qué iba a mudarme?
—Para tener más sitio. ¿La niñera va a vivir en tu casa?
No lo había pensado. Está claro que la niñera tendrá que vivir con nosotros, e imagino que no puede compartir habitación con la niña, así que el tercer y último dormitorio tendrá que ser para ella, pero eso me dejará sin despacho. Quizá debería pensar en comprarme un piso más grande.
—La niña medirá como mucho un palmo y medio —respondo—. No va a necesitar mucho sitio.
—Va a necesitar muchas más cosas de las que crees —replica Vincent—. Para empezar, un nombre.
—Ya lo sé —digo, aunque ni se me había pasado por la cabeza. Ponerle nombre a una hija no aparecía en ninguna de las listas de lo que necesita un recién nacido que llevo ojeando desde que embarcamos.
—Tal vez deberías ponerle un nombre que empiece por de —sugiere Jacob—. Para que haga juego con el tuyo.
Me echo hacia atrás, horrorizado.
—No lo dirás en serio… —Sacudo la cabeza, intentando librarme de esa idea—. Creo que deberías ir a terapia. Ahora mismo tengo muchas preguntas sobre tu relación con mamá y papá. Y sobre tu ego. Así que de ninguna manera.
—¿Has pensado en algo? —interviene Vincent—. Nosotros teníamos el nombre elegido con meses de antelación.
—No… —Estoy a punto de decir «lo» y sé que Jacob y Vincent me echarán un sermón, así que reformulo—: No la conozco aún. No quiero elegir un nombre y que no le quede bien.
—Qué poco práctico por tu parte —se burla Jacob.
—Esto es solo el principio —dice Vincent, sonriendo como si guardara un secreto—. Creo que vamos a ver a un Dax completamente nuevo ahora que es padre.
Resisto el impulso de gemir.
—No va a haber un nuevo Dax. He pedido una cuna, leche, pijamas, biberones y pañales. He sido muy práctico. Lo único que me falta es el nombre. —Ahora que lo pienso, tendré que elegir un nombre para sacar el pasaporte, así que a lo mejor debería ir considerando algunas opciones. Pero ¿cómo voy a ponerle un nombre a otro ser humano? Es muy raro.
—Espera a que se te cague encima —ríe Vincent—. Va a ser un momento maravilloso. Estoy deseando que ocurra.
Eso no va a pasar. La niñera se ocupará de las cagadas. Tampoco digo que no vaya a tocarla nunca, y, claro, cuando sea mayor charlaremos y eso, pero mi investigación es lo primero. Tengo una vida muy ocupada y pienso mantener en orden mis prioridades incluso después de que la bebé esté viviendo conmigo.
Me aseguraré de que su niñera sea amable y eficiente, de que vaya a las mejores escuelas y de que tenga todas las oportunidades a su alcance, pero no pienso ser la clase de padre que limpia babas y pañales sucios, y no voy a arrullarla ni a cantarle nanas.
—Vas a ser un gran padre —comenta Vincent—. Todo cambiará cuando la veas, hazme caso.
No voy a rebatir su afirmación porque daría lugar a demasiadas réplicas, pero no va a cambiar nada salvo la disposición de mi piso. Estamos hablando de un ser humano diminuto que tendrá una cuidadora a tiempo completo. Si la niñera hace bien su trabajo, hasta podré olvidarme de que la niña está en casa.
Dax
Esto es como un interrogatorio del fbi. Desde que me han traído los resultados del análisis de sangre, que confirman que soy el padre biológico de la niña que ha dado a luz Kelly, me he pasado dos horas hablando con gente del hospital y de la agencia de adopción. He intentado convencerlos de que no, no quiero dar al bebé en adopción, y no, no voy a cambiar de opinión.
—Me gustaría ver a la niña, por favor —digo, poniéndome en pie. Ya no les quedan más preguntas, ya han expuesto todas sus preocupaciones, y a mí ya se me ha acabado la paciencia. Tengo cosas que hacer y un trabajo al que regresar, y no puedo quedarme aquí sentado hasta que se tranquilice esta gente que no tiene ningún derecho sobre mi hija.
—Voy a darle mi tarjeta —anuncia la mujer de la agencia de adopción, una rubia bajita con las uñas pintadas de rojo—. No estoy segura de cómo funciona la adopción en el Reino Unido, pero, llegado el caso, podríamos ayudarle con el proceso de traer a su hija a los Estados Unidos y…
—¿Por dónde se sale? ¿Dónde está la bebé? —Pruebo las puertas que rodean la salita en la que estamos.
—Si espera aquí, le traeremos a su hija para que la conozca —dice una mujer mayor.
—Quiero verla de inmediato —replico—. O quiero ver a la persona que esté al mando.
—No tardaremos nada —sonríe la mujer, como dándome a entender que lo comprende y que mantendrá a raya a la otra.
—¿Estás bien? —pregunta Vincent; está sentado en un sofá al fondo de la salita.
—Sí, solo quiero poner las cosas en marcha, conseguir el pasaporte y salir de aquí.
—No hay prisa, tío. En serio, nos quedaremos lo que haga falta.
Estoy convencido de que Vincent y Jacob tienen mejores sitios en los que estar, pero valoro mucho que actúen como si fueran unos ricachones desocupados que no tienen la bandeja de entrada a reventar o una esposa en casa que quiere que vuelvan.
Se abre la puerta y entra la mujer mayor del hospital.
—Señor Cove, tengo el placer de presentarle a su hija.
La palabra «hija» resuena en mi cabeza como si hubieran lanzado un puñado de canicas al suelo de una cueva e intento hacer oídos sordos a ese eco. La enfermera empuja una cuna transparente con ruedas, como la que vi cuando fui a visitar a Madison y Nathan al hospital.
Trago saliva.
—De acuerdo —digo—. Gracias.
Empuja la cuna hasta mí y, cuando miro hacia abajo, hay un montoncito de mantas, un gorro y un diminuto rostro humano.
Mi hija.
Me flaquean las piernas y me agarro al borde del moisés para no caerme; jamás me había pasado, pero en las últimas horas se ha vuelto una sensación alarmantemente familiar. Puede que esté deshidratado o que haya cogido un virus.
—Les dejaré unos minutos y luego mandaré a una de las enfermeras para que le dé el alta.
Asiento, estudiando a la extraña criaturita en su cuna.
—Perdone, me olvidaba —la detengo—. ¿Kelly está aquí? ¿Puedo hablar con ella?
La mujer hace un gesto compasivo.
—Ya le han dado el alta y se ha ido hace unas horas. —Revuelve entre los papeles que lleva—. Pero ha dejado esto para usted.
Es un sobre marrón cerrado. Cuando la mujer se va, me siento y saco los papeles para comprobar que todo esté firmado. Mientras viajábamos, he hecho que mis abogados redactaran los documentos porque no quiero pillarme los dedos. Ella lo ha firmado todo, ha renunciado a todos sus derechos sobre la niña y me ha cedido a mí la custodia plena. Kelly quería dar a la niña en adopción y el resultado va a ser el mismo: ya no tiene nada que ver con la criatura; ahora es asunto mío.
Guardo de nuevo los papeles en el sobre y lo meto en la mochila. No ha dejado ninguna nota, ni siquiera una dirección. Eso facilita mucho las cosas.
Cuando cierro la mochila, Vincent está de pie junto al moisés, y me acerco a él.
—Está durmiendo —comento.
—Duermen mucho las primeras semanas —responde Vincent.
—¿Cómo sabemos que está durmiendo de verdad y no…? —No soy capaz de decir la palabra «muerta», que ha estado a punto de salir de mis labios. No sé de dónde ha salido esa idea, pero la he soltado sin pensar.
—Hay unos monitores que se enganchan al pañal y detectan si hay falta de movimiento —explica Vincent.
Se me encoge el corazón. Después del aborto de Sutton y Jacob, parte de la emoción por el bebé de Vincent y Kate se convirtió en miedo. Con suerte, que Sutton haya anunciado en Navidad que está embarazada de cuatro meses nos hará la vida más fácil a todos, pero aun así puedo notar su nerviosismo.
—Quizá debería comprar uno —acepto.
—¿No vas a cogerla? —pregunta.
Me rasco la nuca.
—No quiero molestarla hasta que haya firmado todo el papeleo del alta y nos vayamos.
—¿Se lo has dicho ya a tus padres? —pregunta sin apartar la mirada del moisés, sonriendo como un idiota.
Sacudo la cabeza.
—Ya se lo diré cuando lleguemos.
—Sabes que les parecerá bien. —Se ríe—. ¿Quién iba a pensar que serías padre antes que yo?
Nadie, teniendo en cuenta que jamás había pensado en entrar en esa competición.
Suspiro. No me preocupa la reacción de mis padres: estarán encantados, aunque las circunstancias sean poco convencionales. Lo único que quiero es recuperar mi vida. Ojalá pudiera acelerar esta etapa en la que los miembros de mi familia vienen a conocerla, a mimarla y a hacerme mil preguntas para las que no tengo respuesta. Quiero conseguir una niñera y recuperar mi rutina, así la vida volverá a la normalidad.
Jacob entra por la puerta, con un aspecto algo desaliñado.
—La tengo. —Levanta una silla de coche—. También se adapta a un carrito para que puedas pasearla.
—Gracias. —Miro a la bebé—. Vamos a dejarla en la cuna hasta que me den los papeles del alta.
Jacob sigue mi mirada y su expresión se dulcifica al instante.
—Ay, pero si es ella. —Se agacha junto a la cuna—. Hola, pequeña Cove. Soy tu tío Jacob —arrulla—. Pronto voy a tener una hija y seréis muy buenas amigas.
—Yo le voy a gustar más —fanfarronea Vincent.
—Imposible, soy único con los niños. Es mi trabajo. —Va al fondo de la sala y se lava las manos en una pileta que no había visto—. ¿La has cogido? —pregunta. Con las manos limpias, le acaricia la mejilla y ella gira la cabeza hacia su dedo—. Hola, pequeñita.
La niña tiene los ojos cerrados y, dormida, mueve la boca formando una O perfecta; mis labios casi dibujan una sonrisa. Alargo la mano, le toco la frente con la punta de los dedos y la retiro bruscamente.
La puerta vuelve a abrirse y entra un hombre con bata acompañado de una enfermera. Repasamos el papeleo del alta mientras Vincent y Jacob compiten por la atención de mi hija.
—Ya está —anuncio—. Podemos irnos.
—¿Vas a ponerla en la sillita para el coche? —pregunta Vincent.
—Claro.
Voy al lavabo y me lavo las manos. Tampoco es como si nunca hubiera cogido en brazos a un recién nacido: por supuesto que lo he hecho, he pasado por una residencia en Obstetricia. Pero jamás había cogido a uno del que fuera responsable. Me siento como si estuviera a punto de cagarla y dejarla caer, o algo así.
Deslizo una mano bajo su cabeza y otra bajo sus nalgas, y la levanto. ¿Los bebés siempre pesan tan poco? Me da la impresión de que podría apretarla demasiado, o que podría tropezar y lanzarla volando por la sala. Es demasiado delicada y frágil. Tengo que resistir el impulso de poner la mejilla sobre su cabeza, y no llego a saber si con eso pretendía consolarla a ella o a mí.
Le hago un gesto a Jacob.
—¿Cuánto pesa? —pregunto—. Debe de estar en el cuadernillo que me han dado.
—Siete libras, dos onzas —responde—. Unos tres kilos. Perfecta.
La coloco en la sillita para el coche y compruebo que las correas estén bien abrochadas. De la manta sobresalen las piernecitas desnudas y flacuchas, y los pies con calcetines.
—Vamos a necesitar otra manta —digo, y tomo una nota mental para comprar algunas cosas por internet en el vuelo de regreso. Nos van a hacer falta más mantas. Y calcetines.
—Hay una manta en el coche —anuncia Jacob—. Además de la sillita he comprado lo que vas a necesitar antes de llegar a casa.
—Bien —apruebo—. Todo volverá a la normalidad cuando estemos en casa con una niñera y hayamos establecido una rutina.
Jacob sonríe y pulsa el botón de llamada del ascensor.
—Las cosas no van a volver a la normalidad, que lo sepas.
Miro a la bebé, que descansa plácidamente en su sillita, y de repente sé qué nombre voy a ponerle.
—Se llama Ginebra.
—Cómo no —gime Jacob.
Jacob siempre se ha burlado de mi obsesión con el ciclo artúrico, pero el nombre tiene sentido. Es raro pero reconocible.
—Y de segundo nombre llevará el de mamá. Ya podemos tachar eso de la lista. Vamos a sacar el pasaporte.
Cuanto antes tengamos la documentación, antes podremos volver a casa, antes podré contratar a una niñera y volver a mi vida antes de la llamada de Kelly. Dentro de un par de días todo volverá a la normalidad.
Dax
Todos los currículos que he visto son excelentes, pero las candidatas a niñera a las que entrevisto no están a la altura.
—¿Has visto cómo se tocaba el pelo? —pregunto tras cerrar la puerta del apartamento—. Va a cuidar de una recién nacida, no puede tocarse el pelo así, es antihigiénico. —Rompo el currículum y lo tiro a la papelera cuando vuelvo al salón—. Quizá fue la niñera de los Beckham, pero no va a ser la mía.
—No me he dado cuenta de que se tocaba el pelo —dice Nathan.
Por supuesto que no. Nathan no es famoso por su atención a los detalles.
—Tienes que estar pendiente de estas cosas para que yo pueda concentrarme en lo que dicen.
—Vale. ¿Quién es la siguiente? —Bosteza y se tumba en el sofá como si fuera a ver un partido de fútbol.
¿Pero qué le pasa? ¿No ve que esto es urgente? Debo encontrar una niñera porque la temporal que ha estado aquí los tres últimos días empieza mañana con otra familia. Tengo que contratar a alguien hoy mismo.
Llaman a la puerta.
—No he citado a nadie hasta dentro de treinta minutos —comento, y veo la cara de culpabilidad de Nathan—. ¿Qué has hecho? —Me levanto y voy a abrir la puerta, donde me encuentro con Jacob y Vincent—. ¿Qué hacéis aquí?
—Hemos venido a ver a nuestra sobrina —responde Jacob.
—Visita de los tíos —añade Vincent.
—Gracias a Dios que estáis aquí —suspira Nathan—. Me está volviendo loco. He estado aquí sentado durante seis entrevistas, todas con niñeras perfectamente válidas que él ha rechazado con razones espurias.
—La higiene no es espuria —replico.
—No se estaba tocando el pelo, tío —protesta Nathan—. Cualquiera de las niñeras que hemos entrevistado habría valido sin problemas.
—En lo que a Ginebra respecta, esta es mi única tarea: encontrar a una niñera decente. —Sé que voy a ser un padre terrible. Lo menos que puedo hacer es asegurarme de que su niñera sea excelente.
Jacob me sonríe.
—Tienes más tareas que esa, y vas a cometer un montón de errores. Sé que la perspectiva no te resulta fácil, pero ya te acostumbrarás.
—Tienes que tomar una decisión ya —interviene Vincent—. ¿Quién es la siguiente en la lista?
Nathan coge su chaqueta.
—Me voy. Tengo mi propia niñera de la que preocuparme. Buena suerte, chicos. Quizá hayáis encontrado a alguien para cuando la querida y dulce Ginebra haya cumplido los dieciocho.
—Gracias por tu apoyo —rezongo cuando Nathan pasa por mi lado de camino a la puerta principal, incapaz de disimular mi tono sarcástico.
—Dax, llevo cinco horas aquí sentado intentando apoyarte mientras tú te la rascas. Decídete de una vez, colega.
—Tiene razón —media Jacob—. Nadie va a ser lo bastante bueno para cuidar de tu hija, pero a menos que vayas a dejar de trabajar para hacerlo tú mismo, necesitas contratar a alguien.
El vello de la nuca se me eriza cuando dice la palabra «hija», porque no me siento como si lo fuera. Para mí, solo es Ginebra, una niña de la que soy responsable; una niña a la que tengo que proporcionar alimento, ropa y educación.
Suena el timbre y Jacob me quita la lista de la mano.
—Debe de ser la siguiente candidata. Sé amable con ella —sisea Jacob.
He sido amable con todas, pero no tengo la culpa de que no cumplan los requisitos del puesto. Esta llega con veinte minutos de antelación. ¿Es que no sabe mirar la hora?
Abro la puerta y me encuentro con la nuca de alguien, con el pelo casi negro amontonado en la coronilla como si fuera heno metido a presión en una bolsa de basura.
Se da la vuelta: la sonrisa le parte la cara en dos.
—Buenas tardes. ¿Dax Cove? Soy Eira Cadogan.
Lleva un abrigo burdeos que se abrocha con diminutos botones negros, un paraguas en una mano y un enorme bolso en el hombro, como si ya hubiera conseguido el trabajo y estuviera lista para empezar. Me resulta vagamente familiar, pero no sé dónde la he visto antes.
—Disculpe. —Se mira a sí misma—. Estoy cubierta de barro.
Es verdad: tiene el abrigo lleno de salpicaduras. Me dedica una sonrisa cómplice, como si compartiéramos un chiste privado, pero ni de lejos. Y no quiero que cuide de mi hija alguien que no puede ir a una entrevista sin parecer que ha salido muy malparada de una pelea con un cerdo en una pocilga.
—Y también tiene un poco en la cara —digo, acercándome para comprobarlo. ¿Tiene sentido dejarla entrar? Es una pérdida de tiempo. Está de barro hasta las orejas.
Pone los ojos en blanco como si el lodo fuera un niño molesto con el que debe lidiar.
—¿Le importa darme cinco minutos para asearme? En enero siempre pasa lo mismo. Barro y charcos. No puedes evitarlos.
Estamos en el centro de Londres; no es difícil evitar el barro. De hecho, yo diría que lo difícil es encontrarlo.
—Supongo, yo…
Pasa a mi lado y va hacia la parte trasera de la casa.
—¿Es por aquí?
—Sí, al fondo a la derecha. —Echo la cabeza hacia atrás y dejo escapar un gemido. Solo quiero encontrar a alguien competente. Este proceso me está dando dolor de cabeza.
Jacob y Vincent me acompañan a la sala de estar.
—Tiene un currículum excelente —comenta Vincent—. Las niñeras de Portland son las mejores. Son a las que contrata la realeza de todo el mundo.
—Si algo he aprendido esta mañana es que el currículum no significa nada. Acabo de conocer a esta y ya sé que no va a servir. Está cubierta de barro, por el amor de Dios. ¿Cómo va a encargarse de la niña si ni siquiera puede cuidar de sí misma?
—Cualquiera puede acabar manchado de barro con este tiempo —replica Jacob—. No puedes descartarla solo por eso.
Ginebra se echa a llorar, y yo intento no demostrar lo irritante que me resulta. Tiene todo lo que necesita. ¿Por qué llora? Es irracional. Intento desconectar de ese sonido: ya se ocupará de eso la niñera temporal.
—Su currículum es magnífico —insiste Jacob—. Ha trabajado en puestos de alto nivel, muy impresionantes. Aunque apuesto a que es cara.
—No va a servir. Parece la clase de persona que atrae el barro. Está… —hago una mueca— sucia.
Vincent me coge por los hombros.
—Tienes que controlarte. Nathan nos ha dicho lo que está pasando. A menos que esta mujer saque un lagarto y pida traer a su reptil comebebés a vivir contigo, vas a ofrecerle el puesto.
—No.
—Entonces te vas a quedar solo con una bebé de tres días.
La verdad, antes que hacerlo yo, prefiero que un lagarto comebebés cuide de Ginebra.
—Estoy de acuerdo, debo encontrar a alguien hoy, pero no va a ser esta mujer. La próxima será mejor.
—No hay ninguna más —interviene Jacob—. Nathan ya nos ha contado que habéis visto a seis de siete.
Repaso los currículos que he imprimido y que he dejado sobre la mesa de centro.
—Tiene que haber un par más. —Cojo la tabla de clasificación que diseñé anoche, en la que aparecen las candidatas en la columna de la izquierda y las quince cualidades que busco en la parte superior. A cada candidata le asigno una puntuación de cero a diez en cada categoría, lo que da una puntuación total posible de ciento cincuenta. Ya van seis, ninguna ha superado los veinticinco puntos y solo queda una.
Jacob tiene razón: la luchadora en el barro es la última candidata del día.
—Cómo no ibas a tener una hoja de cálculo. —Jacob me arrebata el papel de la mano—. ¡¿Veinticinco?! Es absurdo. —Sacude la cabeza—. A la que acaba de llegar voy a puntuarla yo, y, si saca más de cien, la contratas. No puedes estar entrevistando niñeras el resto de tu vida.
—No vas a elegir a la niñera de Ginebra. Ese es mi trabajo.
—Un trabajo que, para ser sincero, no estás haciendo —dice Vincent.
—No es malo ser exigente.
Miro los papeles para confirmar el nombre de la mujer que acaba de llegar: Eira Cadogan. Es un «Ni loco» en lo que a mí respecta. Si no siente reparos al presentarse a una entrevista cubierta de barro, ¿cómo voy a convivir con ella?
—Ser exigente está bien —replica Vincent—. Pretender lo imposible no.
Me meto las manos en los bolsillos, incómodo por lo familiar que me resulta esta conversación. A lo largo de los años la he tenido con mis mentores, con mi padre, con los profesores, y en la mayoría de las ocasiones ha sido un ejercicio de hipocresía por parte de gente tan perfeccionista como yo.
—Venga —dice Jacob—. Estamos aquí para ayudarte a ver las cosas en perspectiva. Te prometo que no vamos a poner a nuestra sobrina en peligro. Queremos lo mejor para ella. —Hace un gesto con la cabeza hacia la puerta—. Vamos a entrevistar a esta mujer y a darle una oportunidad. A lo mejor resulta ser perfecta para ti y para la pequeña Ginebrita.
Ese diminutivo me hace reprimir un gruñido.
Asomo la cabeza al pasillo, pero no hay rastro de ella.
—¿Dónde está? —pregunto.
Vincent y Jacob se miran.
—A lo mejor nos ha escuchado y se ha ido. Ha debido de pensar que trabajar para ti iba a ser un infierno —comenta Vincent—. No tengo ni idea de cómo ha podido ocurrírsele tal cosa.
No puede seguir en el baño. ¿Cubierta de barro y sufriendo molestias digestivas? Eso es ir demasiado lejos. Me dirijo al pasillo y me encuentro la puerta del baño cerrada. Problemas intestinales, claro. Pongo los ojos en blanco. Ya está. No tiene ningún sentido mantener una conversación con esta mujer.
Una dulce voz cantarina llega a mí por el pasillo. Nunca he oído cantar a una niñera, pero creo recordar que se supone que la música es buena para el desarrollo cerebral de los bebés. Sigo el sonido hasta la improvisada habitación de Ginebra, dispuesto a preguntarle si no sería preferible dejar la nana y pasar a Mozart, solo para encontrarme con la señorita Cadogan, que ya no está cubierta de barro, cantándole a Ginebra, que descansa sobre su hombro. Al verme, su sonrisa, ya de por sí amplia, se acentúa.
—Tiene una niña preciosa. —Se ha limpiado el barro de la mejilla y se ha quitado el abrigo. Su pelo no está muy bien peinado, pero sí algo mejor que cuando llegó—. Es guapísima. —Vuelve a acostar a Ginebra en la cuna. Ha dejado de llorar y ahora duerme profundamente.
La niñera vuelve corriendo a la habitación.
—Lo siento, señor, tenía que ir al baño. —Mira a la bebé.
—¿Está durmiendo?
—Por supuesto —sonríe Eira—. Esa canción siempre funciona. —Entrecierra los ojos, pero siguen brillando—. Es mi arma secreta. —Me guiña un ojo—. ¿Vamos?
Por una fracción de segundo me pregunto de qué está hablando, y luego recuerdo que ha venido para la entrevista.
—Espero que no le importe que nos acompañen mis hermanos. Tienen más experiencia en estos temas.
—No pasa nada —dice, caminando junto a mí como si estuviera en su casa y supiera exactamente adónde va.
Nos acomodamos los cuatro en el salón: Eira, junto a la ventana, en la silla Barcelona, y nosotros, frente a ella, en el sofá. Eira responde bien a las preguntas. No parece sentirse intimidada por los tres, y contesta como si jugáramos un partido de ping-pong.
—Su trayectoria es impresionante —dice Vincent—. ¿Cuál ha sido su trabajo favorito?
—No ha habido ningún trabajo que no haya disfrutado —sonríe—, pero prefiero aquellos en los que soy de más ayuda. He estado en algunos puestos en los que solo era una de las cuatro niñeras que trabajaban las veinticuatro horas del día, siete días a la semana, y siempre me ha dado la impresión de que no puedo hacer la misma labor que cuando trabajo sola.
—¿Cuatro niñeras? —Siento una punzada de pánico en el pecho. ¿Debería contratar a más de una niñera para Ginebra? Tener una niñera el fin de semana es una buena idea. No lo había pensado.
Vincent coge el café y, de paso, derrama el mío sobre la mesa.
—¡Mierda! —exclama, y pone la mano debajo de la mesa para evitar que gotee en la alfombra.
Miro a mi alrededor, intentando encontrar un trapo o algo.
—Voy a por papel de cocina.
Por el rabillo del ojo veo que Eira se levanta, pero salgo corriendo del salón. Cuando vuelvo con un rollo de papel de cocina, Eira está de rodillas delante de la mesa.
—Ya está, crisis evitada. Como debe ser. —Se ríe y se levanta—. Voy a tirar los clínex a la basura.
—Yo me encargo —ofrezco, pero ella pasa a mi lado y va a la cocina—. El cubo está debajo del fregadero.
Cuando regresa al salón percibo el olor de mi jabón de manos. Tal vez no es tan desaliñada como creía.
—Ya está —sonríe, y vuelve a sentarse. Tiene las mejillas rojas como si acabara de llegar del frío y le brillan los ojos con picardía—. Las niñeras siempre llevamos pañuelos en el bolso. Junto con otras mil cosas.
—Como una Mary Poppins cualquiera —bromea Jacob, y por fin resuelvo las dudas sobre esa sensación de familiaridad que me trasmite: el abrigo, el paraguas, el bolso, el brillo en los ojos…
—Nuestra patrona —replica Eira sin perder el ritmo.
Jacob está encantadísimo con ella, como demuestra su siguiente pregunta.
—¿Cuándo podría empezar?
Me aclaro la garganta, intentando recuperar el control de la entrevista. A pesar de lo que piense Jacob, no es él quien tiene que tomar la decisión.
—Como es obvio, hemos entrevistado a más candidatas.
—Estoy disponible de inmediato —responde—. ¿Cuándo quiere que empiece?
—¿Hoy es demasiado pronto? —pregunta Vincent.
—¡Vincent! —rezongo.
Eira se ríe, pero no me da la impresión de que se ría de mí, sino más bien como si pensara que somos incorregibles.
—¿Por qué no los dejo para que lo comenten entre ustedes y llamen a la agencia? No hace falta que me acompañen a la puerta.
Quizá sea porque vive en casas ajenas, pero parece muy cómoda, como si no hubiera nada que pudiera alterarla. Nos sonríe a los tres cuando se levanta y yo la observo, tratando de entenderla.
Sigo intentándolo cuando se me ocurre que debería haberla acompañado hasta la puerta, pero para entonces ya se ha ido.
