Doktor Faustus - Thomas Mann - E-Book

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Thomas Mann

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Thomas Mann, dando fe de su exquisita prosa y tomando como base el inmortal mito de Fausto, da voz a Serenus Zeitblom, doctor en filosofía, para que relate la vida y tragedia de su amigo Adrian Leverkühn, un compositor de opera cuya obsesión por lograr la más bella de las creaciones musicales le lleva a rubricar un pacto con El Diablo, un pacto cuya gestación es descrita por Leverkühn cuando, consciente de que ha tocado a su fin el tiempo comprado con su alma, decide compartir con los suyos la desesperación espiritual que le ha reportadoalcanzar el éxito profesional.

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Thomas Mann, dando fe de su exquisita prosa y tomando como base el inmortal mito de Fausto, da voz a Serenus Zeitblom, doctor en filosofía, para que relate la vida y tragedia de su amigo Adrian Leverkühn, un compositor de opera cuya obsesión por lograr la más bella de las creaciones musicales le lleva a rubricar un pacto con El Diablo, un pacto cuya gestación es descrita por Leverkühn cuando, consciente de que ha tocado a su fin el tiempo comprado con su alma, decide compartir con los suyos la desesperación espiritual que le ha reportado alcanzar el éxito profesional.

Thomas Mann

Doktor Faustus

Vida del compositor alemán Adrián Leverkühn narrada por un amigo

Título original: Doktor Faustus. Das Leben des deutschen Tonsetzers Adrian Leverkühn, erzählt von einem Freunde

Thomas Mann, 1947

I

Aseguro resueltamente que no es en modo alguno por el deseo de situarme en primer lugar que hago preceder de algunas palabras sobre mí mismo esta crónica de la vida del difunto Adrián Leverkühn, esta primera y ciertamente sumaria biografía de un hombre querido, de un músico genial que el destino levantó y hundió con implacable crueldad. Me empuja a hacerlo únicamente la suposición de que el lector —mejor diré: el futuro lector, ya que por ahora no existe la más leve probabilidad de que mi original llegue a ver la luz pública, a no ser que un milagro permita hacerlo salir de nuestra Europa, fortaleza asediada, para llevar a los de afuera un soplo de los secretos de nuestra soledad—, únicamente, repito, la suposición de que el lector deseará conocer, aunque sólo fuere superficialmente, algo sobre el quién y el cómo del que esto escribe, me impulsa a apuntar, a modo de introducción, algunos datos sobre mi persona —aun temiendo, claro está, que con ello he de suscitar en el lector la duda de si ha caído en buenas manos, es decir, si en atención a lo que ha sido mi vida soy el hombre indicado para una tarea hacia la cual me atraen los impulsos del corazón mucho más que una afinidad cualquiera de temperamento.

Vuelvo a leer las líneas que preceden y no puedo dejar de observar en ellas cierta inquietud y una respiración difícil, signo evidente ambas del estado de espíritu en que me encuentro hoy, 27 de mayo de 1943, dos años después de la muerte de Leverkühn, quiero decir dos años después del día en que de las profundas tinieblas de su vida descendió a la más profunda noche, cuando, en Freising del Isar y en la modesta pieza que desde largos años me sirve de cuarto de trabajo, tomo asiento con el propósito de empezar a narrar la vida de mi desdichado amigo que ahora descansa —así sea— en la paz de Dios. Signo de un estado de espíritu, digo, en el que se mezclan del modo más oprimente el deseo impetuoso de contar lo que sé y el temor a las insuficiencias de mi trabajo. Creo poder decir que soy hombre de temperamento moderado, sano, humano, inclinado a la templanza, a la armonía, a la razón, un estudioso, un «conjurado de las legiones latinas» no desprovisto de enlace con las bellas artes (toco la viola de amor), en suma, un hijo de las Musas, según el sentido académico de la expresión, que gusta de considerarse como un descendiente de aquellos humanistas alemanes que se llamaron Reuchlin, Crotus von Dornheim, Mutianus y Eoban Hesse. Sin pretender, ni mucho menos, negar el influjo de lo demoníaco en la vida humana, lo he considerado siempre como extraño a mi ser, lo he eliminado instintivamente de mi panorama universal y nunca he sentido la más ligera inclinación a entrar temerariamente en contacto con las fuerzas infernales, ni mucho menos la de provocarlas con jactancia o de ofrecerles mi dedo meñique cuando han llegado hasta mí sus tentaciones. En aras de ese sentimiento he consentido sacrificios, tanto en el orden ideal como en el del aparente bienestar, y es así como sin vacilación, renuncié un día a mi querida profesión docente sin esperar a que fuera patente la demostración de su incompatibilidad con el espíritu y las exigencias de nuestra evolución histórica. Desde este punto de vista estoy contento de mí, Pero esta resolución, o si se quiere limitación, de mi persona moral, no hace más que reforzar las dudas que abrigo sobre mi idoneidad para la tarea que trato de emprender.

Apenas acababa de poner en movimiento la pluma y ya se le había escapado una palabra que secretamente me dejó sumido en cierta confusión: la palabra «genial». Hice referencia al genio musical de mi difunto amigo. Sin embargo, esta palabra, «genio», aun cuando extremada, es eufónica, noble y sanamente humana, y a hombres como yo, aun cuando privados de entrar por sí mismos en tan elevadas regiones y sin haber jamás pretendido ingresar en la gracia del divinis influxibus ex alto, del soplo divino venido de las alturas, nada debiera razonablemente privarles de hablar y tratar de lo genial con un sentimiento de gozosa contemplación y respetuosa confianza. Así parece. Y no obstante, es innegable, y nadie ha pretendido negarlo nunca, que en esa radiante esfera la participación de lo demoníaco y contrario a la razón es inquietante; que existe una relación, generadora de un suave horror, entre ella y el imperio infernal, y que los mismos adjetivos que he tratado de aplicarle, «noble», «humanamente sana», «armónica», no acaban de encajar perfectamente, incluso cuando —he de reconocerlo aunque no sin dolor— se trata de una sublime y genuina genialidad, dada, o impuesta, por Dios, y no de una genialidad adquirida y perecedera, de la consunción pecaminosa y enfermiza de dones naturales, del cumplimiento de un oneroso contrato de enajenación…

Me interrumpe aquí un sentimiento de insuficiencia y de inseguridad artística que me avergüenza. No es probable que el propio Adrián, en una de sus sinfonías, pongo por ejemplo, hubiese indicado semejante tema tan prematuramente; en todo caso, lo hubiese hecho en forma delicadamente oculta, apenas perceptible, y anunciándolo desde lejos. Lo que a mí me decidió a descubrirme podrá parecerle, por otra parte, al lector, una oscura y discutible indicación y a mí mismo como una forma grosera de entrar en materia sin rodeos. Para un hombre como yo es difícil, y en cierto modo casi frivolo, adoptar sobre una cuestión que estima vital y que le quema los dedos el punto de vista del artista compositor y tratarla con la natural ligereza del músico. Así se explica la prisa con que he tratado de establecer una diferencia entre el genio puro y el genio impuro, diferencia que proclamo únicamente para poner en seguida en duda si es, en efecto, auténtica. En verdad, la experiencia me ha obligado a reflexionar sobre este problema con tanto ahínco y tal esfuerzo de penetración, que a veces he tenido la espantosa sensación de sentirme como arrancado del valle natural de mis pensamientos y de sufrir una «impura exaltación» de mis dones naturales…

Me interrumpo de nuevo para recordar que si he dado en hablar del genio y de su naturaleza, como sometida, en todo caso, a influencias demoníacas, ello ha sido tan sólo para preguntarme, con desconfianza, si poseía para mi tarea las afinidades necesarias. Diga ahora cada cual, contra los escrúpulos de conciencia, lo que yo mismo no dejo de decir. He tenido ocasión de pasar largos años de mi vida junto a un hombre genial, el héroe de esta narración, de cuya confianza fui depositario. Le conocí desde su niñez, fui testigo de su carrera y de su destino, colaboré modestamente en su obra de creación. Soy autor del libreto de una ópera inspirada en la comedia de Shakespeare «Penas de Amor Perdidas», obra juvenil, llena de atrevimiento, y asimismo aconsejé a Leverkühn en la preparación de los textos de la «suite» operática grotesca «Gesta Romanorum» y del oratorio «Revelación de San Juan Teólogo». Esto por una parte, o si se quiere por ambas partes. Me encuentro, además, en posesión de papeles, apuntes de inestimable valor, que el desaparecido, en días venturosos, o relativamente venturosos, me legó, por última voluntad, y a mí y a nadie más que a mí, y de los cuales pienso servirme, no sólo como base para mi relación, sino en forma de extractos, debidamente elegidos. Finalmente, y en primer lugar, porque es el más válido de los motivos, si no ante los hombres, cuando menos ante Dios: le quería. Con aversión y con ternura, con compasión y con admiración rendida, sin preguntarme siquiera si mis sentimientos eran en lo más mínimo correspondidos. Seguro es que no lo fueron. Al legarme los manuscritos de sus composiciones y su diario, lo hizo en términos reveladores de una confianza amistosa y objetiva, podría decir protectora y desde lugeo para mí honrosa en mi corrección, escrupulosidad y fidelidad a su memoria. Pero ¿cariño? ¿A quién pudo haber querido ese hombre? Quizás, en tiempos pasados, a una mujer. Puede ser que a un niño, en las postrimerías de su vida. ¿A ese muchacho, ligero y simpático, inexperimentado y siempre dispuesto a servir, a cuya devoción correspondió con un desvío que fue la causa de su muerte? ¿A quién abrió su corazón, a quién permitió jamás que penetrara en su vida? Adrián no era hombre para eso. Su indiferencia era tal, que apenas si se dio cuenta nunca de lo que ocurría en torno suyo, de la sociedad en que se encontraba, y si raramente se dirigía a un interlocutor por su nombre, me da a pensar que era porque las más de las veces lo ignoraba, aun cuando el ignorado tuviera derecho a suponer lo contrario. Me inclino a comparar su soledad con un precipicio, en el cual desaparecían, sin ruido ni rastro, los sentimientos que inspiraba. En tomo suyo reinaba la frialdad —palabra de que él mismo se sirvió en ocasión monstruosa y que ahora no puedo emplear sin sobrecogerme. La vida y la experiencia pueden prestar a ciertos vocablos un acento totalmente extraño a su cotidiana significación y coronarlos de un nimbo de espanto que sólo pueden comprender aquellos que hayan descubierto su sentido más aterrador.

II

Me llamo Serenus Zeitblom y soy doctor en filosofía. Soy el primero en criticar el retraso con que presento mi tarjeta de visita, pero, sea como fuere, las exigencias de mi narración no me han permitido hacerlo antes. Tengo 60 años de edad. Nací, el mayor de cuatro hijos, en Kaisersaschern del Saale, distrito de Merseburg, el año del Señor de 1883. Fue también en esta ciudad donde Leverkühn pasó sus años escolares, lo que me permitirá no hablar de ella con mayor detalle hasta el momento en que haya de describir dicha época. Y como la carreta de mi vida va con frecuencia unida a la del Maestro, será conveniente hablar de ambas en relación una con otra, a fin de no caer en inadecuadas anticipaciones, error al que, por otra parte, se siente uno ya de por sí inclinado cuando se trata de dejar que hable un corazón pronto a desbordar.

Me limitaré, por de pronto, a decir que vine al mundo en el ambiente, no muy elevado, de un hogar de clase media y de mediana cultura. Mi padre, Wolgemut Zeitblom, era farmacéutico, y la suya era, por cierto, la farmacia más importante del lugar; había otra botica en Kaisersaschern, pero que nunca gozó de reputación comparable a la suya, colocada bajo la muestra: «Al Mensajero Salvador». Mi familia formaba parte de la reducida comunidad católica de la ciudad, cuyos habitantes eran naturalmente, en su mayoría, de confesión luterana; mi madre, en particular, era devota bija de la Iglesia, estricta cumplidora de sus deberes religiosos. Mi padre, en cambio, debido quizás a sus muchas ocupaciones, no se mostraba tan celoso practicante, sin que por ello pensara en negar la solidaridad que le unía a sus correligionarios, solidaridad espiritual que no estaba, por otra parte, desprovista de cierto alcance político. Es de notar que no sólo nuestro párroco, el Reverendo doctor Zwilling, sino también el doctor Carlebach, rabino de la ciudad, frecuentaban (cosa que en un hogar protestante hubiese sido punto menos que inconcebible) el primer piso, donde vivíamos, de la misma casa cuya planta baja ocupaban la botica y el laboratorio. De los dos, el ministro de la Iglesia Romana era el más aventajado físicamente. Pero en mí persiste la impresión, fundada quizás en juicios oídos a mi padre, de que el pequeño talmudista, con su larga barba y su casquete, era muy superior a su hermano en distinta religión, tanto por su saber como por su agudeza teológica. Estas experiencias juveniles, pero también la comprensión con que los hebreos juzgaron siempre la obra de Leverkühn, fueron sin duda causa de que en la cuestión judía y en el trato dado a los judíos no pudiera yo nunca aprobar sin reservas la política del Führer y de sus paladines, hecho que no dejó de influir en mi decisión de renunciar a ejercer el profesorado. Cierto es también que han pasado por mi vida ejemplares de aquella estirpe —me bastará recordar el ejemplo de Breisacher de Munich, hombre consagrado, por inclinación personal, a la erudición y al estudio—, sobre cuya perturbadora y poco simpática influencia me propongo proyectar alguna luz en lugar adecuado.

Por lo que atañe a mis orígenes católicos, claro está que ellos influyeron sobre mi vida interior y contribuyeron a modelarla, pero esta tonalidad de mi vida nunca entró en conflicto con mi concepción humanista del mundo, con mi amor por las que, en pasados tiempos, fueron llamadas «excelsas artes y ciencias». Entre estos dos elementos de mi personalidad la armonía fue siempre completa, cosa que por otra parte no es difícil de lograr cuando, como en mi caso, se ha crecido en el ambiente de una vieja ciudad, cuyos recuerdos y monumentos se sitúan en lejanos tiempos precismáticos, cuando el mundo cristiano vivía unido aún. Verdad es que Kaisersaschern se encuentra en el centro mismo de la cuna de la Reforma, en el corazón del país de Lutero, circundado por esas ciudades que se llaman Eisleben, Wittenberg, Quedlinburg, y también Grimma, Wolfenbüttel y Eisenach —lo que ayuda, por otro lado, a comprender la vida interior de Leverkühn, luterano él, y explica que sus primeros estudios fueran consagrados a la teología. Pero la Reforma es, para mí, comparable a un puente que no sólo conduce de los tiempos escolásticos a nuestro mundo de librepensamiento, sino que nos lleva también, en sentido inverso, hacia la Edad Media y nos permite, quizá, penetrar más profundamente en ella que una tradición puramente católica, de más amable cultura pero ajena a la división de la Iglesia. Por mi parte, mi hogar espiritual se sitúa precisamente en aquella edad de oro que daba a la Santa Virgen el nombre de Jovis alma parens.

Prosiguiendo la narración de lo más esencial de mi vida, he de decir que, por bondadosa decisión de mis padres, frecuenté el Liceo del lugar, la misma escuela en que, dos clases más atrás, Adrián cursaba también sus estudios, y que, fundada en la segunda mitad del siglo XV, llevó hasta hace poco el nombre de «Escuela de la Hermandad Comunal». Un cierto sentimiento de incomodidad ante ese nombre superhislórico y de sonoridad algo cómica para el oído moderno, hizo que fuera cambiado por el de «Liceo de San Bonifacio», santo patrón de la vecina iglesia. Cuando, a principios de siglo, salí de aquella escuela me consagré, sin vacilar, a las lenguas clásicas, en cuyo estudio me había ya distinguido hasta cierto punto, y seguí los cursos de las universidades de Giessen, Jena y Leipzig; más tarde, de 1904 a 1906, los de la Universidad de Halle, al propio tiempo, y ello no por causualidad, que Leverkühn estudiaba también allí.

No puedo dejar de referirme, al pasar, y como tantas veces, a la íntima y casi misteriosa relación que existe entre la filología clásica y el sentido vivo y afectivo de la belleza y de la dignidad del hombre como ente de razón —relación que se manifiesta ya en el nombre de «Humanidades» dado al campo de investigación de las lenguas antiguas y también en el hecho de que la coordinación íntima entre la pasión del lenguaje y las humanas pasiones se opere bajo el signo de la educación y como coronada por él, en virtud de lo cual la misión de formar la juventud se presenta como una consecuencia casi obligada de los estudios filológicos. El hombre versado en las ciencias naturales podrá ser profesor, pero no será nunca un educador en el sentido y con el alcance que puede serlo el cultivador de las buenas letras. Tampoco el lenguaje de los sonidos (si así puede la música ser llamada), ese lenguaje quizá más profundo, pero maravillosamente inarticulado, me parece formar parte de la esfera humanista y pedagógica, aun sabiendo muy bien que en la pedagogía griega y, de un modo general, en la vida pública de las ciudades de Grecia representó útil papel. A pesar del rigor lógico-moral de que gusta envanecerse, entiendo, al contrario, que la música pertenece a un mundo espiritual del que no quisiera, en las cosas de la razón y de la dignidad humanas, tener que responder incondicionalmente poniendo la mano en el fuego. Si, no obstante, me siento cordialmente atraído hacia ella, será, sin duda, por una de esas contradicciones que, ya sean de lamentar o motivo de satisfacción, son inseparables de la naturaleza humana.

Todo ello al margen del asunto. O quizá no tanto, ya que la cuestión de saber si es posible trazar una frontera definida entre lo que hay de noble y educador en el mundo del espíritu y ese otro mundo espiritual al cual no es posible acercarse sin peligro, pertenece sin duda, y muy decididamente, al asunto de que trato. ¿Qué zona de lo humano, así fuere la más elevada, la más dignamente generosa, puede ser totalmente insensible a la influencia de las fuerzas infernales, más aún, puede renunciar a su fecundante contacto? Este pensamiento, que está en su lugar incluso para aquel cuyo ser nada tenga de demoníaco, no se ha separado nunca de mí desde ciertos momentos vividos durante el viaje de estudios —casi año y medio— que mis buenos padres me permitieron hacer por Grecia e Italia, una vez terminados mis exámenes universitarios. Desde lo alto de la Acrópolis pude contemplar el desfile, por la ruta sagrada, de las doncellas coronadas de azafrán, el nombre de Baco en los labios, y en la región de Euboleo, en el lugar mismo de la iniciación, me encontré un día al borde de las rocas del abismo plutónico. Allí tuve la intuición de la inmensidad de los sentimientos humanos que encuentran su expresión en la contemplación iniciatoria que la Grecia olímpica dedicaba a las divinidades de las tinieblas. Y muchas veces, más tarde, hube de explicar desde la cátedra a mis alumnos que la cultura no es otra cosa que la devota y ordenadora, por no decir benéfica, incorporación de lo monstruoso y de lo sombrío en el culto de lo divino.

De regreso de aquel viaje, a los veinticinco años, entré a formar parte del claustro de profesores del Liceo de mi ciudad natal, el mismo liceo donde empezara mi formación científica y en el cual, durante varios años, me consagré modestamente a la enseñanza del latín, del griego y de la historia, hasta que en el año 12 de nuestro siglo ingresé en el cuerpo docente de Baviera como prosefor del Liceo de Freising y de la Escuela Superior de Teología. Allí he vivido desde entonces y allí encontré, durante más de dos decenios, en la enseñanza de las mismas disciplinas, un campo satisfactorio para mis actividades.

Temprano, poco después de instalarme en Kaisersaschern, contraje matrimonio. A dar ese paso me impulsaron la necesidad de llevar una existencia ordenada y de integrarme a la vida según las normas morales consuetudinarias. Helena Oclhafen, mi digna esposa, ocupada aun hoy de velar sobre el ocaso de mi vida, era la hija de un compañero de profesión que ejercía sus funciones en Zwickau, ciudad del reino de Sajonia, y, aun a riesgo de que el lector se sonría de mí, confesaré que el nombre de la tierna muchacha, Helena, su preciosa sonoridad, no fue el último de los motivos de mi elección. Semejante nombre significa una consagración cuyo puro encanto no queda sin efecto aun cuando la persona que lo lleva sólo corresponda físicamente a lo que significa en modesta medida, y ello aun por tiempo limitado, hasta que se marchita la frescura juvenil. Helena se llamó también nuestra hija, casada desde tiempo con un hombre cabal, apoderado, en la sucursal de Ratisbona, del Banco de Efectos de Baviera. Además de ella, mi mujer querida fue madre de dos hijos. De las alegrías y sinsabores de la paternidad he tenido pues, sin exceso alguno, la parte que humanamente me corresponde. Ninguno de mis hijos, lo reconozco, tuvo nunca nada de excepcional. Ninguno, durante su niñez, podía compararse en hermosura con ese Nepomuk Sohneidewein, sobrino de Adrián y, más tarde, la niña de sus ojos. Soy el primero en no pretender tal cosa. Mis dos hijos sirven hoy a su Führer, uno en la vida civil, otro en las fuerzas armadas, y así como mi posición refractaría ante los dictados patrióticos ha creado, de un modo general, un cierto vacío en torno de mi persona, así se han aflojado también los lazos entre esos muchachos y el tranquilo hogar paterno.

III

El nombre de Leverkühn pertenecía a un linaje de acomodados artesanos y labradores, floreciente en el valle del río Saale, parte en la región de Schmalkaldisch, parte en la provincia de Sajonia. La propia familia de Adrián estaba asentada desde varias generaciones en Hof Buchel, finca sita en el pueblo de Oberweiler cerca de la estación de Weissenfels, a la que se llegaba desde Kaisersaschern en tres cuartos de hora de ferrocarril, pero desde cuya estación era preciso mandar un carruaje para quien quisiera trasladarse a Hof Buchel. Era esta finca, por sus dimensiones, de las que, en el lenguaje del país, daban a su propietario el rango de «labrador completo». Cincuenta buenas fanegas de campos y praderas, más parte de un bosque explotado colectivamente y una espaciosa casa de madera y limo con fundaciones de piedra. Con las cuadras y pajares formaba un cuadrilátero abierto, en cuyo centro se elevaba —inolvidable para mí— un viejo y pujante tilo, que un verde banco rodeaba y cuyas hojas, al llegar el mes de junio, se cubrían de olorosas flores. El hermoso árbol no dejaba de ser un estorbo para carros y caballos y se daba, según me contaron, el caso de que el hijo mayor reclamaba siempre del padre, y en vano, la desaparición del árbol, cuya permanencia habría de defender, más tarde, contra su propio hijo.

Cuántas veces no habría de proyectar ese tilo su sombra sobre las travesuras y los juegos del pequeño Adrián, hijo de Jonathan y Elsbeth Leverkühn, venido al mundo en el primer piso de la casa de Hof Buchel con las flores de primavera del año 1885. Su hermano Georg, que hoy debe de ser allí el propietario, había nacido cinco años antes. Su hermana, Ursel, nació otros cinco años después. Entre los amigos y conocidos con que los Leverkühn contaban en Kaisersaschern, mis padres figuraban en primer lugar. Existía de antiguo entre nuestras familias una cordial amistad y así ocurría que, al llegar la buena estación, muchos domingos por la tarde los pasábamos en la finca de nuestros amigos y, venidos de la ciudad, gustábamos allí, con tanto mayor placer, de los dones de la tierra con que la señora Leverkühn nos obsequiaba: el pan moreno y la dulce mantequilla, la dorada miel, las deliciosas fresas con crema, la leche azucarada servida en tazones azules. Durante la primera niñez de Adrián, de Adri como solía ser llamado, vivían aún sus abuelos, retirados en la parte vieja de la casa. La explotación de la finca estaba en manos de los padres de Adrián y sólo a la hora de la cena abría el abuelo su desdentada boca para dar su opinión, siempre escuchada con respeto. De esos dos ancianos, muertos casi al mismo tiempo, sólo conservo un vago recuerdo. Tanto más vivo y preciso es el que dejaron en mí sus hijos, Jonathan y Elsbeth Leverkühn. Su imagen, sin embargo, hubo de transformarse, y durante mis años de mocedad y de vida estudiantil, gracias a esa propiedad que el tiempo posee de correr insensiblemente dejando rastro, pasó poco a poco de la juventud a la madurez fatigada.

Jonathan Leverkühn era un hombre, un alemán, del mejor cuño. Un tipo como ya no se encuentra en nuestras ciudades y menos en parte alguna entre los que hoy, con un descaro que a menudo da congoja, nos defienden y representan contra el mundo. Una persona, física y moral, como forjada en pasados tiempos, cercana a la tierra y transplantada de la Alemania anterior a la Guerra de los Treinta Años. Tal fue la impresión que me hiciera cuando, ya mayor, pude contemplarle con ojos que iban acostumbrándose a ver las cosas. El pelo, rubio ceniciento y algo grifo, caía en mechones sobre la frente, abultada y partida en dos por un marcado surco; cubría, largo y espeso, la nuca y por encima de la oreja, pequeña y bien modelada, iba a poblar, de rubia y rizada barba, parte de las mejillas, el mentón y la cavidad del labio inferior. Éste sobresalía, enérgico y redondeado, bajo el bigote, corto y ligeramente caído, con una sonrisa que, aparejada a sus ojos azules, sonrientes también a pesar de su fijeza y de su mirada algo tímida, resultaba en extremo atractiva. La nariz era delgada y de fina curva, la parte de las mejillas que la barba dejaba al descubierto, enjuta y casi demacrada. Llevaba siempre al desnudo su nervudo cuello y no gustaba de las prendas de vestir corrientes en la ciudad y que tan poco se avenían con su porte, con sus manos sobre todo, esa mano robusta, morena, seca, con ligeras manchas pecosas, sólidamente agarrada al puño del bastón cuando Jonathan iba de camino hacia el pueblo para asistir a la sesión del Ayuntamiento.

En cierto cansancio de la mirada, en cierta sensibilidad de las sienes, un doctor hubiese podido quizá descubrir la propensión a la jaqueca de que, en efecto, sufría Jonathan Leverkühn, aun cuando no en demasía, una vez al mes y no más, y sin que ello le impidiera ocuparse de su trabajo. Gustaba de fumar la pipa, una pipa de porcelana, medianamente larga, con tapa de metal, cuyo aroma, más agradable que el de las colillas apagadas de cigarrillos y cigarrillos, perfumaba las piezas de la planta baja. Antes de acostarse gustaba igualmente de preparar el sueño con un vaso, no pequeño, de cerveza de Merseburg. Las veladas de invierno, mientras lo que había heredado y que era ahora suyo descansaba bajo la nieve, se dedicaba a la lectura, de preferencia a la lectura de una voluminosa Biblia, encuadernada en cuero repujado y provista de cintas, también de cuero, para cerrarla; libro de familia, impreso en el año 1700 en Brunswick, con licencia ducal, y en el que figuraban no sólo las anotaciones marginales y los prólogos espirituales del Dr. Martín Lutero sino también los sumarios, locos parallelos y versos histórico-morales, explicativos de cada capítulo, por un cierto señor Davin von Schweinitz. Pretendía la leyenda, o mejor dicho una tradición exacta, que este libro había pertenecido a la princesa de Brunswick-Wolfenbüttel, que casó con el hijo de Pedro el Grande, después de lo cual se fingió muerta y mientras tenía lugar su entierro se fugó a la Martinica para contraer allí matrimonio con un francés. No pocas veces Adrián, dotado como estaba de un sediento sentido de lo cómico, se había divertido conmigo comentando esa historia que su padre, levantando la cabeza inclinada sobre el libro, contaba con una profunda blandura en la mirada, después de lo cual, sin sentirse aparentemente molestado por la procedencia, un tanto escandalosa, del volumen, se enfrascaba de nuevo en la lectura de los comentarios poéticos del señor von Schweinitz o de los «Sabios consejos de Salomón a los tiranos».

Junto a la tendencia espiritual de sus lecturas corría otra, de la cual se hubiese dicho en otros tiempos que pretendía «especular con los elementos». Quiere esto decir que, en modesta medida y con modestos medios. Jonathan se consagraba a las ciencias, a los estudios biológicos y aun físico-químicos, para lo cual contaba con la ayuda ocasional de mi padre, siempre dispuesto a facilitarle productos de su laboratorio. Si estos trabajos los definía yo con palabras ya olvidadas y no exentas de reproche, ello era a causa de ciertos elementos místicos, fáciles de descubrir y que hubiesen motivado, siglos atrás, la sospecha de brujería. Quiero añadir, por otra parte, que la desconfianza con que una época religiosa y espiritualista recibió la naciente pasión que llevaba a investigar los secretos de la naturaleza, me ha parecido siempre comprensible. Sin perjuicio de la contradicción que pueda residir en el hecho de considerar como moralmente condenables la naturaleza y la vida, creaciones de Dios, el temor de la divinidad tenía por fuerza que estimar dichas investigaciones como libertinas complacencias con lo prohibido. La naturaleza está demasiado llena de manifestaciones humillantes por lo que en ellas hay de brujería, de caprichos de doble sentido, de extrañas e inciertas alusiones, para que el trato con ellas no apareciera como un exceso peligroso a los ojos de una ortodoxia rígida y disciplinada.

Cuando, caída la noche, el padre de Adrián abría uno de sus libros, ilustrados en color, sobre la fauna y la flora de tierras y mares exóticos, era frecuente que sus hijos y yo, también a veces la señora Leverkühn, tratáramos de echar, por encima del respaldo de su silla de cuero, una ojeada sobre aquellas páginas. Con su índice, Jonathan llamaba nuestra atención sobre las maravillas y excentricidades allí reproducidas: mariposas y morios de los trópicos, decorados con todos los colores de la paleta y modelados con el más exquisito gusto como por mano de artífice —insectos de fantástica, inenarrable belleza, depositarios de una vida efímera, algunos de ellos considerados por los indígenas como espíritus malignos, portadores de la fiebre. El más hermoso de los colores que esos animales ostentan, un azul celeste de ensueño, no es en verdad, nos explicaba Jonathan, un color auténtico y verdadero, sino el resultado óptico de una serie de rugosidades en las membranas de las alas que, al quebrar artificialmente los rayos luminosos, eliminándolos en su mayor parte, sólo permite que llegue a nuestros ojos la brillante luz azul.

Me parece estar aún oyendo a la señora Leverkühn decir:

—¿Entonces todo esto es engaño?

—¿Llamarás engaño el azul del cielo? —le replicaba su nrrido, echando el cuerpo atrás y mirándola fijamente—. Y no creo que puedas darme el nombre de la materia colorante con que está hecho.

En verdad que mientras escribo creo estar aun allí, con la señora Elsbeth, Georg y Adrián, detrás de la silla del padre, que, con su Índice, nos conducía a través de esta historia. Figuraban reproducidas en el libro una serie de mariposas cuyas alas, completamente desprovistas de escamas, parecían como de cristal y dejaban perceptible la red oscura de su sistema venoso. Estas mariposas, de transparente desnudez y amigas de las obras crepusculares, llevaban el nombre de Hetárea Esmeralda. Una sola mancha, violácea o rosada, tenía la Hetárea en sus alas y, en su vuelo, parecía un pétalo suavemente agitado por el aire. Otra de las mariposas ofrecía la particularidad de que sus alas, de tres colores distintos en su parte de arriba, eran, por debajo, la imitación perfecta de una hoja, no sólo por su forma y estructura nerviosa, sino por una serie de irregularidades, gotas de agua ficticias y hongosidades verrugosas, lo que le permitía, al posarse con las alas plegadas, confundirse astuciosamente con el medio y ello de modo tan completo que el más codicioso enemigo no podría descubrirla.

Jonathan trataba, y no en vano, de comunicarnos su emoción ante esos refinamientos imitativos. «¿Cómo se las arregla el animal? —solía preguntarnos—. ¿Y cómo se las arregla la naturaleza para servirse así del animal? No es por observación ni por cálculo que el insecto puede llegar a tales resultados. La naturaleza, sin duda, tiene un conocimento perfecto de la hoja, conocimiento que alcanza hasta sus mismas imperfecciones y cotidianas desfiguraciones y, por caprichosa amabilidad, reproduce su aspecto externo en otro lugar, debajo de las alas de la mariposa y para confundir así a otras de sus criaturas. Y aun cuando puede convenir a la mariposa asemejarse totalmente a una hoja —¿dónde está la conveniencia, vistas las cosas por sus hambrientos perseguidores, reptil, pájaro o araña, a los cuales está destinada como presa, y que no pueden descubrirla por mucho que agucen la mirada? Os lo pregunto a fin de que no me lo preguntéis».

Pero si este lepidóptero podía hacerse invisible para protegerse, bastaba con hojear el libro un poco más allá para encontrar otros que conseguían el mismo objeto haciéndose visibles del modo más ostentoso, por no decir provocativo. No solamente eran de gran tamaño, sino también de una excepcional riqueza de dibujos y colores, y Leverkühn tenía cuidado de explicar que esas mariposas desplegaban en su vuelo un ropaje aparentemente escandaloso, no con decoro, sino más bien con cierta melancolía, sin ocultarse jamás y sin que nunca otro animal cualquiera, simio, pájaro o reptil, se dignara siquiera echarles una mirada. ¿Por qué? Porque eran repulsivas y así lo daban a entender con su extravagante hermosura, unida a la lentitud de su vuelo. Sus jugos eran de gusto y olor tan nauseabundos que, cuando por azar se producía una confusión o un error, el agresor que creía recrearse con un exquisito bocado no tardaba en abandonar la presa con visibles signos de asco. Pero su incomestibilidad es umversalmente conocida y esto hace que se sientan seguras —con triste seguridad—. Por lo menos los que nos encontrábamos detrás de la silla de Jonathan no podíamos dejar de preguntarnos si esta seguridad no tenía algo de humillante y nada, desde luego, que fuera motivo de regocijo. El caso tenía una consecuencia imprevista. Otras variedades de mariposas se adornaban astuciosamente con los mismos colores y ello les permitía, a pesar de ser perfectamente comestibles, poder lanzarse con seguridad a lentos vuelos sin peligro.

El regocijo de Adrián, que ante tales cosas se partía materialmente de risa, era contagioso, y yo mismo me reía de buena gana. Pero el papá Leverkühn, para quien eran merecedoras de la más respetuosa devoción, nos llamaba al orden. Respetuosa era también la devoción con que contemplaba, empleando su gran lupa cuadrada, de la cual nos permitía asimismo servirnos, los signos indescifrables grabados en la venera de ciertos mariscos. La contemplación de esas criaturas, pechinas y caracoles de mar, no estaba falta de interés, sobre todo cuando Jonathan cuidaba de dar la explicación de los grabados. Que todas esas construcciones, sus bóvedas y sus contornos, ejecutados con un sentimiento de la forma tan atrevido y tan delicado a la vez, con sus entradas color de rosa y sus irisaciones de porcelana, fueran obra exclusiva de sus gelatinosos moradores podía parecer sorprendente. Por lo menos si se acepta la idea de que la naturaleza se crea a si misma, sin recurrir a la ayuda del Creador, a quien es dado imaginar como un artífice de ilimitada fantasía, como el orgulloso inventor de las artes de la alfarería y del vidrio. A menos que todo ello —nunca fue mayor la tentación de suponerlo así— no sea obra de un intermediario demiurgo. Lo repito: que tan peregrinas moradas fueran creación de las blandas criaturas que en ellas encontraban refugio era algo que el pensamiento sólo aceptaba con dificultad.

Jonathan solía decirnos:

—Fácilmente podéis daros cuenta, al palpar vuestro codo o vuestro costado, que hay en vuestro interior un armazón rígido, un esqueleto que da consistencia a vuestra carne y a vuestros músculos y que lleváis con vosotros de una parte a otra, aun cuando sería más justo decir que sois llevados por él. Aquí ocurre lo contrario. Esos animales han proyectado hacia el exterior la parte rígida de sus cuerpos. No es un armazón, es una casa, y en el hecho de que se trata de algo externo y no interno reside seguramente el secreto de su belleza.

Adrián y yo, muchachos todavía, sonreíamos a medias como sin saber por qué ante ciertas observaciones del padre, como ésta que acababa de hacer sobre la vanidad de lo visible.

Esa estética externa era a veces maligna. Ciertos caracoles, de una asimetría en extremo interesante, de color rosa pálido o castaño de miel con blancas manchas, eran tristemente célebres por su mordededura venenosa. Y el dueño de Buchelhot nos hacia notar que una fantástica ambigüedad y cierta mala fama eran inseparables de esta maravillosa sección del mundo vivo. La diversidad de los usos a que eran aplicadas esas magnificas veneras era expresivo de una curiosa ambivalencia. Eran, en la Edad Media, elemento indispensable en los antros de las brujas y en los laboratorios de los alquimistas, recipiente preferido para administrar pociones venenosas y filtros de amor. Por otra parte, y al propio tiempo, la Iglesia los empleaba en la decoración de sagrarios e incluso como cálices. Los contactos son aquí múltiples y complejos: veneno y hermosura, hermosura y magia, magia y liturgia. Si nosotros no hubiésemos pensado en ello, de sobra los comentarios de Jonathan nos lo hubieran dado a comprender.

El dibujo que más preocupaba a Jonathan se encontraba, grabado en rojo oscuro, sobre el fondo blanco de la concha de un molusco de Nueva Caledonia, de mediano tamaño. Los caracteres, como trazados con pincel, formaban un ornamento lineal en las proximidades del borde, pero en la mayor parte de la abovedada superficie ofrecían la cuidadosa complicación que es propio de ciertos signos alfabéticos, y me recordaban, con acusada semejanza, los perfiles del viejo alfabeto arameo. Para complacer a su amigo, mi padre le llevaba a veces libros de arqueología de la relativamente bien provista Biblioteca Municipal de Kaisersaschern, con ayuda de los cuales ciertas investigaciones y comparaciones resultaban posibles. Unas y otras no daban naturalmente ningún resultado, tan confusas y contradictorias eran las conclusiones que de ellas podían sacarse. Jonathan lo reconocía, así, no sin cierta melancolía, al mostrarnos el misterioso grabado. «Ha quedado demostrada —nos decía— la imposibilidad de descubrir el sentido de estos signos. Así es por desgracia, hijos míos. Escapan estos signos a nuestra comprensión y así sera para siempre, por muy sensible que ello sea. Digo que “escapan” para indicar que “no se revelan” y nada más. Nadie me hará creer, en efecto, que estos signos, de los cuales no poseemos la clave, los ha grabado la Naturaleza en esta venera con un propósito exclusivamente ornamental. Signo y significado han seguido siempre una marcha paralela, y los viejos manuscritos eran, a la vez, obras de arte y medios de comunicación. Que nadie me diga que esos signos no contienen un mensaje. Si a él nos está vedado el acceso, el placer de recrearse en esta contradicción tiene también su encanto».

¿Cómo no se le ocurría a Jonathan pensar que si, en efecto, se hubiese tratado de un alfabeto misterioso, ello hubiese significado que la naturaleza disponía de una lengua propia, nacida de su seno? De otro modo, ¿cuál de las lenguas de humana invención hubiese debido elegir para expresarse? Ya entonces, en mi mocedad, me daba clara cuenta de que la Naturaleza extrahumana es analfabeta por esencia, y era por consiguiente muy viva la desconfianza que me inspiraba.

Leverkühn padre era, sin duda, un especulador y un adivino, y ya he tenido ocasión de decir que su tendencia a la investigación —si tal palabra puede emplearse para designar lo que en realidad no era otra cosa que soñadora contemplación— se inclinaba siempre hacia una orientación intuitiva, semi mística, inseparable por otra parte, me parece a mí, del pensamiento humano cuando éste se siente atraído por las cosas de la Naturaleza. Ya de por sí, la atrevida empresa de investigar lo natural, de suscitar sus fenómenos, de «tentar» la Naturaleza con experimentos que ponen al descubierto sus modos de hacer —todo esto era, en tiempos pretéritos, considerado como cosa de hechicería y obra misma del «Tentador». Creencia respetable, a mi entender. Quisiera saber, en efecto, con qué ojos hubiese sido visto en aquellos tiempos ese hombre de Wittenberg que, según nos contaba Jonathan, había imaginado, ciento y pico de años antes, el experimento de la música visual, experimento del que a menudo nos fue dado ser testigos. Entre los contados aparatos de física que poseía el padre de Adrián, figuraba una plancha redonda de vidrio, sostenida por una sola espiga en el centro, que permitía presentar esta maravilla. Sobre la plancha se esparcía una arenilla finísima y con un viejo arco de violoncelo pasado por su borde, de arriba a abajo, se producían en ella vibraciones que a su vez repercutían en la arenilla y formaban con ella una sorprendente sucesión de precisas figuras y rebuscados arabescos. Esa acústica facial en la que atractivamente se combinaban la claridad y el misterio, lo fatal y lo maravilloso, era grata a nuestra pueril sensibilidad y con frecuencia pedíamos una nueva demostración, sobre todo porque sabíamos el placer que con ello íbamos a causar al experimentador.

Análogo placer encontraba Jonathan en la larga contemplación de las cristalinas floraciones que el hielo, llegado el invierno, formaba en los cristales de las exiguas ventanas de Buchelhof. Su estructura le preocupaba y, a ojo desnudo o con la lupa, no cesaba de interrogarla. La cosa no hubiese tenido para él mayor importancia si las cristalizaciones hubiesen sido siempre, como lo eran en muchos casos, figuras simétricas, regulares, rígidamente geométricas. Lo que provocaba en él prolongados movimientos de cabeza en los que se mezclaban la desaprobación y la admiración, lo que no se resignaba a admitir era el travieso descaro con que el hielo coqueteaba con lo orgánico, imitando las formas del mundo vegetal, representando, con peregrina hermosura, heléchos, hierbas, cálices y estrellas florales. Su pregunta era: esas fantasmagorías, ¿son imitaciones o prefiguraciones del mundo vegetal? Y él mismo cuidaba de contestar que ni lo uno ni lo otro. Eran formaciones paralelas. Soñadora y creadora, la naturaleza tuvo idéntico sueño aquí y allá y si de imitación hablamos será únicamente para reconocer que se trata de una imitación recíproca. ¿Hay que presentar las flores como modelos porque poseen una orgánica profundidad real, mientras que las cristalizaciones no son más que apariencia? Su presencia, sin embargo, es el resultado de combinaciones materiales no menos complicadas que las que provocan la aparición de las plantas. Si no comprendía yo mal las palabras de nuestro huésped, lo que le preocupaba era la unidad de la naturaleza viva y de la que podríamos llamar naturaleza inerte, el pensamiento de que somos injustos con esta última cuando trazamos entre ambas una línea divisoria demasiado rígida. En realidad las fronteras son indecisas y no existe propiedad vital alguna exclusivamente reservada a los seres vivos que el biólogo no pueda también estudiar en los modelos inertes.

La «gota voraz», a la cual Jonathan Leverkühn dio más de una vez su pitanza ante nuestros ojos, nos reveló en forma desconcertante hasta qué punto los tres reinos de la naturaleza comunican unos con otros. Una gota, sea de lo que fuere, de parafina o de aceite etéreo —me parece recordar que la gota en cuestión era de cloroformo—, una gota, repito, no es un animal, ni siquiera en su forma más primitiva. No es ni siquiera una larva. Nadie le supone el apetito de alimentarse, la capacidad de absorber lo que conviene y de rechazar lo que podría serle dañino. Pero la gota en cuestión era capaz de todas estas cosas. Flotaba aislada en un vaso de agua, donde Jonathan la había depositado con una jeringuilla antes de entregarse al experimento siguiente. Tomaba una diminuta baqueta o más exactamente un hilo de vidrio, previamente cubierto de barniz y, sirviéndose de unas pinzas, lo colocaba a proximidad de la gota. No hacía nada más. De hacer lo restante se encargaba la gota. Empezaba por proyectar en su superficie una ligera protuberancia, una especie de tubo receptor a través del cual absorbía la varilla en sentido longitudinal. Al propio tiempo la gota también se alargaba, adquiría forma de pera, de modo que pudiera encerrar dentro de sí la varilla en su totalidad. Entonces empezaba la gota —doy de ello mi palabra— a engullir el barniz de que la varilla de cristal estaba pintada e iba, poco a poco, repartiéndolo en su cuerpo que, a la vez, adquiría primero una forma ovalada y finalmente su forma redonda original. Terminada la operación, la gota empujaba de lado la baqueta, ya completamente limpia, hacia su periferia y acababa depositándola de nuevo en el agua del vaso.

No puedo pretender que todo ello me agradara con exceso, pero confieso que me impresionaba, y lo mismo le ocurría a Adrián, aun cuando fuera grande, como siempre en estos casos, su tentación a la risa, que refrenaba únicamente por respeto a la seriedad del padre. Pero si la «gota voraz» podía tener algo de burlesco, no era posible decir otro tanto de ciertos productos naturales que de modo extraño había conseguido cultivar Jonathan y que eran asimismo ofrecidos a nuestra contemplación. Nunca olvidaré aquel cuadro. El recipiente de cristalización que le servía de marco estaba lleno en sus tres cuartas partes de un líquido viscoso, obtenido con la disolución de salicilato de potasa, y de su fondo arenoso surgía un grotesco paisaje de excrecencias de diverso color, una confusa vegetación, azul, verde y parda, de brotaciones que hacían pensar en algas, hongos, pólipos inmóviles, y también en musgos, en moluscos, en mazorcas, en arbolillos y ramas de arbolillos, a veces en masas de miembros humanos. La cosa más curiosa que me hubiese sido dado hasta entonces contemplar. Curiosa no sólo por su extraño y desconcertante aspecto sino por su naturaleza profundamente melancólica. Y cuando papá Leverkuhn nos preguntaba qué nos parecía que pudiera ser aquello y nosotros le contestábamos, tímidamente, que bien pudieran ser plantas, él replicaba: «No, no son. Hacen tan sólo como si lo fueran. Pero no por ello merecen menos consideración. Su esfuerzo de imitación es digno de ser admirado por todos conceptos».

En verdad, esas excrecencias eran de origen absolutamente inorgánico, formadas con materias procedente de la botica «Al Mensajero Salvador». Con la arena colocada en el fondo del recipiente Jonathan, antes de echar en él la solución de salicilato de potasa, había mezclado diversos cristales, y de esa semilla, en virtud de un proceso físico al que se da el nombre de «presión osmótica», había surgido la lamentable creación hacia la cual su celoso guardián quería atraer nuestra simpatía. A este fin Jonathan nos mostraba cómo esos tristes imitadores de la vida estaban sedientos de luz. Eran, dicho en lenguaje científico, «heliotrópicos». Jonathan exponía el acuario a la luz del sol, por una sola de sus cuatro caras, dejando las otras tres en la sombra, y al poco tiempo todo aquel mundo inquietante de hongos, pólipos, algas, arbolillos y masas de miembros mal formados se inclinaba hacia la pared por donde entraba la luz, y ello con tal deseo de calor y de goce que acababan por quedar pegados al cristal.

—Y sin embargo carecen de vida —decía Jonathan con los ojos húmedos de emoción, mientras Adrián, sin podérmelo ocultar, se convulsionaba tratando de reprimir la risa.

Por mi parte dejo que cada cual decida si tales cosas son motivo de risa o de lágrimas. Una sola cosa digo: esas alucinaciones son cosa exclusiva de la naturaleza, y más especialmente de la naturaleza cuando el hombre trata de tentarla. En el sereno reino de las Humanidades no hay lugar para tales fantasmagorías.

IV

Habiéndose alargado el capitulo anterior más de la cuenta, hago bien en abrir otro nuevo para consagrar algunas palabras de homenaje a la figura de la dueña de Buchelhof, la madre querida de Adrián. La gratitud que siente uno siempre por los tiempos de su niñez, y los buenos bocados con que nos colmaba, podrán favorecer este retrato, pero no vacilo de todos modos en afirmar que no he encontrado en mi vida mujer de mayor atractivo que Elsbeth Leverkuhn, y al hablar de la sencillez de su persona, totalmente desprovista de pretensiones intelectuales, lo hago con la veneración que infunde en mí el convencimiento de que el genio del hijo procedía en buena parte de la sana vitalidad de esa madre.

Si el contemplar la hermosa cabeza, típicamente germánica, del marido era para mí motivo de complacencia, no era menor el agrado con que mis ojos se fijaban en la figura de la esposa, agradable por todos conceptos, muy original y a la vez de justas proporciones. Nacida en la comarca de Apolda, era de tipo moreno, como se encuentra a veces en el campo alemán, sin que su genealogía conocida permitiera suponer sangre romana en sus ascendientes. Su tez y su pelo oscuros, sus ojos, su mirada serena y amable, le hubiesen permitido pasar por francesa, de no haber sido por cierta dureza germánica de los rasgos fisonómicos. La cara era breve y ovalada, el mentón más bien puntiagudo, la nariz irregular y de perfil ligeramente aguileño, la boca normal. Las orejas, hasta la mitad cubiertas por el pelo, que, partido por una raya central y muy tendido, dejaba al descubierto sobre la frente la blancura del cuero cabelludo e iba plateándose a medida que yo crecía. No siempre, y por lo tanto no con intención, flotaban dos mechones, graciosamente, ante las orejas. La trenza, muy gruesa todavía en los tiempos de nuestra niñez, formaba, en la parte trasera de la cabeza, un moño a la moda campesina, adornado los días de fiesta con una cinta de color.

Por el modo de vestir de la ciudad sentía tan poca afición como su marido. No le sentaban los atavíos de gran dama, pero sí, en gran modo, el traje popular tradicional, la falta ajustada y el corpino festoneado, cuyo escote rectangular, dejando al descubierto el cuello algo abultado y la parte alta del busto, se adornaba con una sencilla joya de oro. Las manos de piel oscura, acostumbradas al trabajo, ni toscas ni cuidadas con exceso, con la alianza en el anular derecho, tenían algo, diría yo, de humanamente cabal y certero, que daba gusto contemplar, y lo mismo cabe decir de los pies, ni grandes ni pequeños, de paso franco y seguro, calzados siempre con cómodos zapatos de bajos tacones y medias de lana, verdes o grises, que dejaban adivinar el bien moldeado tobillo. Todo ello era agradable. Pero el mayor de sus encantos era la voz, por el tono voz de mediosoprano, aterciopelada, y al hablar, con ligero acento turingino, extraordinariamente atractiva. No digo acariciadora porque eso supondría intención y propósito. Esta gracia vocal procedía de una musicalidad interior que, por otra parte, no pasaba del estado latente. Elsbeth, en verdad, no se ocupaba de música, no era cosa a la que consagrara atención. Dábase el caso, muy de tarde en tarde, de que ensayara arrancar algunos acordes a la vieja guitarra que era uno de los adornos del salón y de que, con ella, se acompañara tal o cual estrofa suelta de una canción cualquiera. Pero nunca trató de cantar en serio, a pesar de que su voz, de ello estoy seguro, era apropiada como pocas para el canto.

Cierto es, en todo caso, que nunca oí hablar de más graciosa manera, a pesar de que las cosas que decía no podían ser más sencillas y directas. Y según mi sentir, algo significa que esa música instintiva y natural hubiese sonado desde un principio, con maternales acentos, en los oídos de Adrián. El hecho contribuye a explicar, para mí, el increíble sentido de la sonoridad que se manifiesta en sus obras, aun cuando preciso es reconocer que su hermano Georg gozó del mismo privilegio sin que ello ejerciera la menor influencia sobre el curso de su vida. Georg tenía, por otra parte, mayor parecido con su padre. El físico de Adrián, en cambio, era de origen materno, aun cuando él, y no su hermano, heredó del padre la propensión al dolor de cabeza. Pero tanto el conjunto como muchos detalles —la tez morena, los ojos, el perfil de la boca y de la barbilla— venían de la madre, y ello se echó de ver sobre todo mientras anduvo afeitado, es decir, antes de que, en años tardíos, se dejara crecer una barba que cambió extrañamente su aspecto. El azabache de los ojos maternos, y el azul de los del padre, se mezclaban en sus pupilas, que eran de un indefinido color azul-verde-gris, con un cerco pardo rojizo, y nunca me cupo la menor duda de que esta oposición entre los ojos de sus padres, resuelta en el color de los suyos propios, era la causa de un estado ambiguo que nunca le permitió decidir cuál era su color preferido en los ojos de los demás. Se sentía alternativamente atraído por los extremos, el brillo del alquitrán entre las cejas, o el azul celeste.

Grande y benéfica era la influencia de la señora Elsbeth sobre el personal de Buchelhof, poco numeroso en tiempos normales pero al que se añadían otras gentes, venidas de los lugares vecinos, cuando llegaba el tiempo de la cosecha. Su autoridad, si no ando equivocado, era mayor que la de su marido. Recuerdo todavía las figuras de algunos criados. Thomas cuidaba de los caballos y era quien nos iba a buscar o llevaba a la estación de Weissenfels. Era tuerto, huesudo, alto y, sin embargo, con una joroba a la altura de los hombros sobre la cual cabalgaba a menudo el pequeño Adrián, a quien años más tarde, ya convertido en gran maestro, le oí a menudo elogiar la comodidad de aquel asiento. Me acuerdo también de Hanne, criada de servicio en los corrales, con sus pechos vacilantes y pies descalzos, siempre sucios, con la cual Adrián, por motivos particulares que se precisarán, tenía una particular amistad, y de la señora Luder, encargada de la lechería, una viuda cuya dignidad de expresión venía en gran parte de su talento para fabricar exquisitos quesos con comino y de la alta idea de sí misma que ello le daba. Ella era quien, en ausencia de la dueña de la casa, se ocupaba de nuestra merienda y en el mismo corral, cálida y agradable morada, hacía que la criada ordeñara directamente, de la ubre a nuestros vasos, la leche tibia, espumosa y perfumada de animal perfume.

No me perdería en recuerdos de estos tiempos de mi niñez, ciertamente, y del paisaje que les servía de marco, campos y bosques, estanques y colinas, si no se tratara del ambiente en que transcurrió la infancia de Adrián, en que pasaron los primeros diez años de su vida, su casa paterna y su paisaje nativo que tantas veces fueron comunes a él y a mí. Eran los tiempos en que echó raíces nuestro tuteo, en que él me llamaba, seguramente, por mi nombre de pila —he perdido de ello el recuerdo—, pero no puedo imaginar que a los seis u ocho años no me llamara él a mí «Serenus» o «Seren» como yo a él «Adri». No puedo decir fijamente la fecha, pero debió ser en los primeros años de escuela cuando cesó de hacerlo y empezó a llamarme, y esto sólo raras veces, por mi apellido, cosa que a mí me hubiese sido imposible. Así fue —y me duele dar a entender que lo lamento. Me ha parecido tan sólo que valía la pena de hacer notar que yo le llamaba Adrián, mientras él, cuando no evitaba mi nombre, me llamaba Zeitblom. Dejemos de lado ese hecho curioso, al que me acostumbré por completo, y volvamos a Buchelhof.

Su amigo, y amigo mío, a la vez, era Suso, el perro guardián, un sabueso de pelo algo raído, que solía reírse a boca abierta cuando le llevaban la pitanza pero que no era del todo inofensivo para los extraños. Llevaba Suso la vida propia del perro que permanece durante el día encadenado a su garita y sólo de noche puede correr libremente de una parte a otra. Juntos íbamos, Adrián y yo, a contemplar la sucia promiscuidad del corral de cerdos, presentes en nuestra imaginación ciertas historias de criadas, según las cuales esos cochinos de ojos azules, rubias cejas y piel de color semejante a la del hombre, son capaces, en ciertos casos de comerse crudos a los niños de corta edad; tratábamos de imitar sus gruñidos y nos deteníamos a observar cómo la rosada prole se agarraba a los pezones de la marrana. Juntos nos divertíamos ante el digno espectáculo, interrumpido por accesos de histeria que ofrecían las gallinas detrás de las alambradas de su corral, y hacíamos de vez en cuando prudentes visitas a las colmenas situadas detrás de la casa, escarmentados como estábamos por el dolor de algunas picadas que en la nariz nos dieran abejas equivocadas de rumbo.

Recuerdo las grosellas del huerto, que tragábamos a racimos, la acedera del prado, que gustábamos de probar, ciertas flores de las cuales sabíamos chupar unas gotas de néctar, las bellotas que comíamos tendidos de espaldas en el bosque, las moras color de púrpura, tan abundantes en los senderos de Buchelhof y con cuyo jugo apagábamos nuestra sed. Éramos niños y el recuerdo de esa niñez me conmueve, no por efecto de mi propia sensibilidad, sino por causa suya, al pensar en su destino, en su ascensión desde el valle de la inocencia a cimas inaccesibles, por no decir aterradoras. Su vida fue la de un artista y porque a mí, hombre modesto, me fue dado observarla tan de cerca, todos los sentimientos que en mi alma pueden despertar la vida y la suerte de los hombres giran en torno de esa forma particular de la humana existencia. En virtud de mi amistad con Adrián, el artista se me presenta como el paradigma de cuanto se relaciona con el destino humano, como el instrumento clásico para comprender lo que llamamos curso de la vida, evolución, predestinación. Y es posible que sea así, en efecto. Porque aun cuando el artista, durante toda su vida, permanezca más cerca de su niñez, o si se quiere más fiel a ella que el hombre especializado en las cosas de la realidad práctica; aun cuando pueda decirse que, al revés de este último, el artista se instala permanentemente en el estado de ensueño y de juego, puramente humano, que es propio de la infancia, es su camino, desde los años de inocencia hasta las más tardías, imprevisibles fases de su evolución, mucho más largo, aventurado y emocionante que la carrera del hombre aburguesado, para el cual la idea de que él también fue niño un día no es, ni de lejos, tan triste y desconsoladora.