Dolores Lola - Laura Delgado - E-Book

Dolores Lola E-Book

Laura Delgado

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Beschreibung

SINOPSIS: Dos mujeres a las que separan siglos. Dos vidas que parecen no tener nada en común, pero que son iguales. Las dos caras de una misma moneda. El reflejo del espejo. Dolores y Lola. Una historia de superación, sobre finales y comienzos, que mezcla pasado y presente para impregnarnos de sororidad, solidaridad y esfuerzo. Amor y lucha. Atrévete a descubrir la nueva novela de Laura Delgado, que te sumergirá en un mundo del que no querrás salir. Atrévete a perderte en estas páginas y a sentir.

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Seitenzahl: 243

Veröffentlichungsjahr: 2022

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© Título: Dolores Lola

© Laura Delgado

ISBN: 978-84-125040-4-0

Primera edición: julio 2022

Edición: Editorial siete islas www.editorialsieteislas.com

Correcciones y estilo: Laura Ruíz

Ilustración portada e interior: Andrea García

Maquetación: David Márquez

Visite nuestro blog: https://www.editorialsieteislas.com/blog y nuestro canal de Youtube

Si quiere recibir información sobre nuestras novedades envíe un correo electrónico a la dirección:

[email protected]

Y recuerde que puede encontrarnos en las redes sociales donde estaremos encantados de leer sus comentarios.

#doloreslola #editorialsieteislas

Este libro no podrá ser reproducido, ni total ni parcialmente, sin la autorización previa por escrito del editor. Todos los derechos están reservados.

La música expresa lo que no puede ser dicho

y aquello sobre lo que es imposible

permanecer en silencio.

Victor Hugo

A mi madre.

Capítulo 1

-Es la quinta vez que llaman, ¿no vas a responder?

—El silencio también es una respuesta.

—Pero no te cuesta nada descolgar y decirles que no estás interesada. Así evitarías que siguieran perdiendo el tiempo y tú estarías más tranquila.

—Te aseguro que no estoy nerviosa para nada. Estoy perfectamente.

Metí una manzana en la bolsa de la comida, fue lo primero que pillé, quería salir de aquellas cuatro paredes para evitar que Jorge alargara esa conversación que para mí estaba terminada en cuanto abrió la boca.

El uniforme estaba hecho un ovillo sobre la silla de nuestra habitación. Me puse los pantalones y tiré de los cordones con fuerza para ajustarlos a mi cintura. Me quedaban muy largos, en los últimos meses había perdido mucho peso y, aunque solicité unos nuevos a la encargada, los gastos no contemplados por la empresa se rechazaban sin preámbulos.

Até mi pelo sin gracia y me maquillé lo justo, no entendía la necesidad de que una empleada de supermercado tuviera que acudir a su puesto de trabajo como si fuese a tomar unas cañas un fin de semana.

—Me llevo el coche.

—Lola, hoy es jueves— Jorge miró el reloj—, pero me da tiempo de acercarte al trabajo si quieres.

—No, no es necesario, con que me acerques a la parada del autobús es suficiente.

Era el mal menor.

La distancia hasta la parada se recorría en poco más de quince minutos y si me dejaba en la puerta del trabajo pasaríamos, con suerte, más de cuarenta encerrados en un espacio demasiado pequeño, y a Jorge le encantaba esa situación en la que yo no tenía forma de escapar.

Trató de iniciar una conversación un par de veces a lo largo del trayecto, pero entendió que mis respuestas monosilábicas sería lo más que podría sacarme y abandonó sus intenciones.

Al llegar me colocó bien el cuello de la camisa y me dio un beso en los labios a modo de despedida, un beso que yo hice corto. Le aseguré que no era necesario que viniera a buscarme, que volvería con alguna de las chicas y que disfrutara mucho del partido de fútbol con sus amigos.

Mentí en las dos cosas.

Ninguna de mis compañeras se ofrecería a acercarme a casa y yo tampoco me atrevería a pedirlo. No era lo que se dice una compañía agradable. Lo de Jorge era una cuestión aparte. Se merecía esos momentos de risas, de pasarlo bien, de hacer algo que le gustara, pero no podía alegrarme por él porque eso solo me recordaba que yo ya no lo hacía, que yo ya no podía, que yo ya no quería.

Los empleados teníamos prohibido entrar objetos personales, por lo que debíamos dejar nuestras cosas en la taquilla que nos habían asignado. No me importaba que se me prejuzgara de ladrona antes de poner un pie en el centro, pero sí el tener que pasar tiempo en aquella sala rodeada de taquillas metálicas y una máquina de café sobre la que orbitaban el resto de trabajadores. Me seguían afectando lo cuchicheos de patio de colegio y las miradas, sobre todo, las miradas. Jorge me repetía que no debía darle importancia. También me lo decía mi amiga Silvia. Bueno, ella era menos correcta en su vocabulario y en sus formas para indicarme que, tarde o temprano, se olvidarían de mí y que, entonces, nada de aquello tendría importancia.

Solo que ya era tarde, y para mí seguía teniendo importancia.

Los turnos se colocaban a diario en el tablón de anuncios, así que, antes de salir, eché un vistazo, aunque llevaba semanas encargándome de los productos refrigerados y no esperaba cambios en mi rutina laboral. Lo había escogido de forma deliberada, a nadie en su sano juicio le gustaría pasar ocho horas dentro de una cámara frigorífica, pero a mí me parecía el mejor sitio, el único que ofrecía silencio y soledad. Lo más parecido al escondite perfecto.

Ese día me habían destinado a caja, y aunque argumenté los motivos de mi resistencia a la encargada, ella se mantuvo firme en su decisión. La explicación de que una de las compañeras estaba de baja y había que cubrir su puesto, me pareció una forma sutil de decirme que me jodiera.

No sé cuánto tiempo llevaba pasando productos por el lector del código de barras y forzando sonrisas a los clientes antes de darles el importe total de su compra, cuando se acercó un grupo de chavales. Lo supe enseguida.

Dejaron pasar a un señor mayor y se colocaron en corrillo, una de las chicas me señalaba con el dedo. Ahí estaban de nuevo las miradas y los murmullos. Miré a mi alrededor a ver si alguna de mis compañeras podía cubrirme si alegaba que tenía que ir al baño, pero todas estaban ocupadas.

Cogí aire con fuerza y me resigné a soportar lo que se me venía encima.

Los chavales no se cortaron lo más mínimo, en cuanto estuvieron frente a mí, sacaron sus móviles y los colocaron a la altura de mi cara. Sin que pudiera hacer nada para evitarlo, me acribillaron sin piedad.

—¡No me puedo creer que seas tú! Que sepas que eras mi favorita. Voté para que ganaras.

La chica que habló permaneció en silencio con sus ojos clavados en mí, supongo que esperaba que añadiera algo, cualquier cosa, tal vez que le diera las gracias por haberse gastado unos cuantos euros en lo que ella consideraba un favor. No abrí la boca más que para darle el total del importe de su compra.

—Oye, ¿te importa si nos sacamos un selfie? —dijo uno de los chicos que la acompañaban —. Mi madre va a flipar cuando la vea.

El pedir permiso no fue más que una pregunta retórica, porque sin darme tiempo para negarme, el chico ya tenía su teléfono y su cara junto a la mía tan cerca como podía y disparó todas las fotos que quiso.

Se marcharon en cuanto obtuvieron de mí material para subir a sus redes sociales.

Mientras se alejaban, pude escuchar como la chica comentaba que era un poco borde, que seguro que era verdad lo que dijeron de mí en el programa.

Me hubiese gustado correr hasta ellos y gritarles que yo no era un producto como el que llevaban en su bolsa, que no pueden juzgarme por lo que otras personas han querido decir de mí, que no soy borde, o que, al menos, no lo era antes de todo esto, pero no hice nada, primero, porque no podía, y segundo, porque no quería.

Cuando llegó la hora de cierre volví a encontrarme cara a cara con la encargada, a quien alguien le había comentado el incidente con los chavales y me exigía que escenas como esa no se repitieran. Como si fuera algo que estuviera en mi mano, como si fuera algo que yo buscara o deseara, como si yo no daría mi vida por volver a un año atrás y hacer todo lo contrario a lo que hice.

No me molesté en justificarme, no habría valido de nada, así que solo admití una culpa que no me pertenecía y prometí, en vano, que no volvería a suceder.

Regresé a casa en el autobús de las diez y media, era el último que cubría mi zona y por norma solía ir lleno. Anduve hasta la parte trasera, apoyé la espalda contra el respaldo de los últimos asientos y me dediqué a envidiar a todos esos que eran capaces de evadirse del mundo con unos auriculares puestos mientras dejábamos atrás una ciudad que parecía irse a la cama muy tarde.

Yo antes era uno de esos viajeros, antes de todo aquello la vuelta a casa siempre era mi momento favorito del día, con mi lista de reproducción sonando a un volumen excesivo desde mis auriculares inalámbricos, tarareando con los ojos cerrados mis partes favoritas.

Después de aquello seguí haciendo la mayor parte del recorrido con los ojos cerrados, pero sin música y por otro motivo: evitar las malditas miradas.

Llegué a casa y Jorge no estaba. Recordé las decenas de veces que discutimos porque a mí no me gustaba que regresara tan tarde y con varias cervezas de más en el cuerpo, sin embargo, en los últimos meses agradecía no encontrarle al meterme en la cama.

No me apetecía cenar, tampoco darme una ducha, así que me quité el uniforme y lo dejé tirado por el suelo de la habitación. Si me tomaba la pastilla estaría dormida en media hora, pero como no sabía la hora a la que Jorge regresaría, decidí que tomar dos y ayudar con una copa de vino blanco no estaría mal.

En realidad, sabía que aquello no solo estaba mal, sino que la mezcla de ambas cosas era una temeridad; la doctora me lo dejó bastante claro y el prospecto del medicamento lo avisaba con unas enormes letras en negrita. Incluso la psicóloga advirtió a Jorge de que vigilara el consumo excesivo de esas maravillosas pastillas rosadas, como si yo no fuera capaz de controlarme sola, como si Jorge fuera a dejar de jugar su pachanga de todos los jueves para cuidar de mí, como si yo no supiera que tomar cuatro era una locura, como si yo no supiera que tomar seis o siete ponía en riesgo mi vida.

Como si yo no supiera que para perder la vida, primero hay que tenerla.

Capítulo 2

Cuando el aroma a los habanos palmeros ascendía hasta la segunda planta yo sabía que padre había terminado de comer y, en breve, madre estaría atravesando la puerta de mi habitación dando palmas y pidiéndome prisa.

Ese día no fue una excepción, solo que madre entró con el vestido azul añil de terciopelo en la mano, el que usaba para la misa del Domingo de Ramos y la Misa del Gallo.

Cuando ya lo tenía puesto, madre retrocedió unos pasos y me miró. Tenía la expresión que ponía cuando me descubría sentada en el suelo jugando a las canicas con el primo Antonio o cuando a mis zapatos negros le aparecían nuevos raspones en la punta.

Salió de la habitación moviendo la cabeza de un lado a otro con pasos largos y advirtiéndome de que no me moviera. Obedecí y, cuando volvió a entrar, lo hizo con unos leotardos negros que me puso con rapidez. Eran tupidos y de algodón, no sabía de dónde habían salido porque no los había visto antes, pero picaban y me daban calor.

Fuera de las paredes de mi casa se estaba viviendo una fuerte calima que mantenía a la ciudad bajo un seco manto arenoso que se pegaba a la piel sin piedad y que hacía que por mi frente corrieran enormes gotas saladas de sudor y que sobre mi labio superior una humedad permanente lo mantuviera perlado.

Madre ni siquiera quiso recogerme el pelo en una coleta, prefirió una diadema que hacía juego con el vestido.

No te manches. No te arrugues. No te toques el pelo. No te ensucies los zapatos. No te separes de tu padre. No hables demasiado, mejor no hables nada.

Las mismas instrucciones de todos los viernes.

Escuché como en la planta baja se abría la chirriante puerta del despacho prohibido de padre, un lugar al que solo se puede entrar cuando te llaman, aunque lo mejor era que no te llamaran porque entrar ahí no traía nada bueno. La última vez fueron diez golpes con la regla de madera. La profesora de piano me había notado distraída durante la última clase y no tardó en transmitir su impresión a padre, quien ni corto ni perezoso me hizo pagar a golpes cada una de las monedas con las que pagaba mis clases.

Padre nunca supo que yo no estaba distraída, que mi ejecución había sido limpia, que la que tenía la cabeza en las musarañas era la profesora por culpa del muchacho que, a veces, acompañaba a mi hermano mayor, quien aprovechaba cualquier excusa para pasearse calle arriba y calle abajo solo para pasar junto a nuestra ventana; una ventana que siempre estaba abierta durante las clases, aun si llovía a chuzos, para que el sonido llegara a la calle y, sobre todo, a los oídos de los vecinos.

No pregunté a dónde me llevaba padre, era viernes, así que solo podíamos ir al Gabinete Literario, y yo, a pesar de que cada pocos metros tenía que darme una carrerita para llegar a su altura, y que ese día el calor me dificultaba un poco más mantener el paso ligero, mantuve mi pelo y mi vestido intactos. Con los zapatos no pude hacer nada.

En cuanto llegamos al final de la calle y giramos a la derecha, la majestuosa edificación nos recibió. Bordeamos el jardín central coronado por aquella estatua de ojos pequeños que parecía vigilar a los que por allí se aventuraban, y padre subió los brillantes escalones que daban acceso a la puerta principal haciendo lo que siempre hacía: crecer.

Padre levantaba la barbilla y los hombros se le cuadraban, como si de alguna forma un hilo invisible tirase de él para alargarle y hacerle parecer un hombre más grande.

Cuando eso pasaba yo prefería alejarme unos pasos para no perderme detalle de esa transformación que me parecía graciosa y mágica a partes iguales.

Una vez dentro se sucedían los saludos entre padre y el resto de hombres que ya ocupaban los asientos marrones de la sala mayor y yo ganaba la libertad, pero ese día padre quiso que conociera a algunos de esos hombres y yo permanecí a su lado, dando las buenas horas y sonriendo a todo aquel que mi padre señalaba.

Por culpa de tanto saludo no pude perderme entre los libros amarillentos de la sala de lectura y padre no fumó su segundo habano con sus amigos, solo hubo charla y charla y charla hasta que llegó el momento de volver a casa.

Fuera la calima seguía azotando con fuerza y las calles seguían ardiendo, pero algo diferente percibí en el comportamiento de padre, que me llevaba cogida de la mano, aunque no fui capaz de preguntar, ni siquiera cuando madre nos recibió en la misma puerta y preguntó a padre cómo había transcurrido la tarde y él colocó sus manos sobres mis hombres y respondió con su voz ronca que todo se había dado.

Capítulo 3

No creí que Jorge aceptara la invitación de sus padres. Habíamos pasado unos días complicados y no estábamos con el ánimo necesario para sentarnos frente a su familia a degustar la típica paella de los domingos como si todo estuviera bien y, sin embargo, allí estábamos, en la carretera provincial rumbo al norte, como si nada hubiese sucedido, o peor aún, como si me hubiese creído.

Los dos sabíamos que había mentido, que no fue un despiste, que no me tomé solo dos pastillas porque olvidé que había tomado la primera, y que mezclarlas con alcohol fue solo una mala idea.

Jorge sabía a ciencia cierta cuál había sido mi verdadera intención, pero había decidido no hablar de ello y yo lo agradecía, aunque no lo hiciera por mí sino por él. No debía ser fácil reconocer que tu pareja es infeliz y que hagas lo que hagas no puedes evitar que se apague cada día un poco más.

No, no debía ser fácil, aunque eso no fuera más que una forma de disfrazar su cobardía.

El padre, la madre y su hermano junto a su cuñada y los niños estaban esperándonos con la mesa puesta. A Jorge le saludaron con abrazos, conmigo fueron sonrisas, sin contacto, como si yo arrastrara una enfermedad contagiosa y aunque sus preguntas fueron correctas, a mí me ofendieron de igual manera.

En la mesa se tocaron temas neutrales; política, situación económica, los avances de los niños en el colegio y el tiempo, como si a todos ellos les hubieran pasado un guion con lo que debían decir en cada momento, pero ellos no eran actores profesionales y fueron incapaces de mantener la farsa más allá del postre, sobre todo, la madre de Jorge.

Marta nunca me había hecho sentir como si fuera de la familia, porque los “como si” no es ser familia, ella me trató siempre como una hija y yo sentí que llenaba el espacio de la figura materna que tanta falta me hacía. Nuestra unión era tan fuerte que alguna que otra vez Jorge me acusó, entre bromas, de estarle robando el cariño de su madre. Pero Marta estaba en una tesitura en la que ninguna madre debería verse: tener que elegir; y, como no podía ser de otra forma, ver a su hijo pequeño al que realmente había parido, atravesando por una situación emocional tan complicada por mi culpa, la obligaba a ponerse de su lado sin opción posible.

No la juzgaba, supongo que yo hubiese hecho lo mismo.

Cuando los hombres salieron al jardín para tomar una copa, las mujeres nos refugiamos en la cocina, yo deseaba sentir el aire fresco del pueblo en mi cara y más que un café me apetecía un buen trago de whisky, pero en el guion estudiado también había claras instrucciones sobre lo poco recomendable que era el alcohol.

Fui capaz de mantener la entereza durante el resto de la tarde, incluso jugué a la pelota con los sobrinos de Jorge, a pesar de que era muy consciente de que me encontraba bajo un microscopio. Cada movimiento, cada sonrisa, cada palabra e incluso mis silencios eran analizados por cada uno de ellos, y cada uno de ellos tenía su propia conclusión sobre mí. El hermano de Jorge me veía bien, su cuñada también, aunque no le hacía demasiada gracia que pasara mucho tiempo con sus hijos, argumentaba que los niños podían ser una bomba de relojería y soltar cualquier cosa que me hiciera sentir mal pero, en realidad, su preocupación era la contraria. Yo era la bomba de relojería que podía estallar en cualquier momento y los niños no debían ser espectadores de algo que después serían ellos quienes tendrán que explicar.

El padre de Jorge estaba muy por encima de todo eso, para él, aquello era un problema de pareja, y como tal, debía solucionarse dentro de las cuatro paredes del hogar, pero Marta le tenía bien adoctrinado y, por lo tanto, se comportaba como su mujer le indicaba.

Los días comenzaban a ser más largos, Jorge propuso dar un paseo hasta la hora de la cena para abrir el apetito. En cuanto accedí el resto de la familia se descolgó del plan y Jorge y yo salimos solos de la casa.

Anduvimos hacia el sur, atravesando las empedradas calles principales hasta llegar a la iglesia y la plaza del pueblo. En las sillas plásticas estaban sentadas varias parejas que disfrutaban de un vermut, y en cuanto nos vieron llegar, comenzaron las miradas.

Era inevitable pasar junto a ellos, así que cogí aire y agarré con fuerza la mano de Jorge.

—¡Pero qué sorpresa veros por aquí! —dijo la que tenía la mirada más acerada.

—De vez en cuando es bueno dejar atrás la ciudad.

—Vi a tu madre ayer y no me comentó que esperaba visita.

—Bueno, en realidad lo decidimos sobre la marcha, ella también se ha llevado una sorpresa.

—Sentaos con nosotros si queréis, estábamos a punto de pedir una segunda ronda —añadió la otra mujer moviendo la silla vacía que estaba a su derecha.

Clavé mis uñas con fuerza en la mano de Jorge y él rechazó la invitación con su gentileza habitual.

—Por cierto, Lola, dentro de un par de meses son las fiestas del pueblo y, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, ¿podríamos cerrar una actuación para el Día Grande?

No fue la pregunta en sí lo que me hizo daño, sino el tono en la que me la hizo, cargada de ironía hiriente, desprecio y burla. Las miradas cargadas de risas contenidas también dolieron.

Jorge me agarró con fuerza y se despidió de todos ellos con amabilidad. Una amabilidad que no se merecían y que provocó mi incendio.

Cuando llegamos al final de la calle yo ya respiraba como si llevara una maratón recorrida a mis espaldas, sentía la presión típica en mi pecho y los ojos amenazando con estallar en lágrimas. Jorge reconoció los síntomas, no era la primera vez que me veía romperme, y me atrajo contra su cuerpo en un largo abrazo.

Así me mantuvo hasta que mi respiración se fue normalizando. La psicóloga me había dado herramientas para controlarme antes de llegar al punto de no retorno, a Jorge también, por eso su comentario me descolocó, más aún de lo que ya estaba.

—Vamos, Lola, solo ha sido un comentario desafortunado.

—¿Cómo se te ocurre decirme eso? Tú lo escuchaste igual que yo, tú escuchaste el tono, como yo, y sus risitas contenidas…

—Bueno, pues no le des el poder de ofenderte.

—Tienes razón —susurré.

No tenía razón en absoluto, como tampoco un mínimo de empatía, ni por lo que parecía, corazón, pero mantener una discusión cargada de reproches demandaba una energía que no tenía.

—Mis padres vuelven a su casa esta noche. He pensado que podemos pasar esta semana en el pueblo —me soltó cuando ya estábamos de vuelta.

—Yo me siento mejor en casa.

—Vamos Lola, esto nos sentará bien. Aire limpio, pájaros cantando y fíjate, hasta se pueden ver las estrellas.

A mí los pájaros, las estrellas y todas las bondades de la naturaleza que Jorge se sacara de la manga me resbalaban.

—¿Y qué pasa con tu trabajo?

—No pasa nada, tengo el portátil en el coche, puedo trabajar desde aquí, además esta semana no tengo nada urgente.

Asentí y forcé una sonrisa. Jorge volvió a cogerme de la mano y así comenzamos a recorrer la estrecha calle que nos llevaba de nuevo hasta la casa de sus padres, él parloteando sin cesar sobre cosas sin importancia, yo, en silencio, fingiendo interés cuando en realidad quería golpearle hasta que cayera al suelo y, aun así, seguir golpeándole hasta que no me quedaran fuerzas en el cuerpo.

Lo tenía merecido por mentirme. Jorge no era de los que llevaba el portátil a todos lados, por no mencionar que su trabajo le impedía organizarse con antelación toda una semana, por lo que desde que salimos de casa ya se había tejido la telaraña en la que me había dejado atrapar y su familia había colaborado en ello.

En ese punto yo solo podía aceptar porque me habían arrebatado incluso la capacidad de tomar decisiones sobre mi vida.

Capítulo 4

Los viernes de verano por la tarde, cuando el sol ya estaba bajando, solíamos ir al paseo costero. Para mí aquello era un regalo. Me gustaba el olor del mar, esas pequeñas gotas de agua que la brisa arrastraba hasta mi cara y el sabor salado que se quedaba en mis labios. Esperaba con tal ansia ese momento que las horas se me antojaban más lentas hasta que la voz cantarina de madre se escuchaba por toda la casa avisándonos de que teníamos que estar preparados para irnos en cinco minutos.

Mi hermano Luis y yo nos tomábamos como una competición el llegar primero a la vera de madre, casi siempre ganaba yo, porque hacía trampas y muchas veces aprovechaba algún despiste para ponerme bajo mi blusa larga la otra blusa más fina que madre consideraba como apropiada para ese tipo de paseos y conseguía estar lista antes que él.

Ese día corrí escaleras abajo haciendo que mis pasos sonaran como los cascos de los caballos en la madera. Había pensado en llevar una pequeña libreta que padre me había regalado y a la que le quedaban unas pocas páginas en blanco para tratar de plasmar la forma en la que las olas rompían a lo lejos y llegaban hecha espuma a la orilla.

La libreta no me hizo falta.

Ni ese viernes ni los siguientes.

Yo no tendría más paseos por la costa en los siguientes meses, ni tardes en la plaza, ni apenas juegos, porque padre y madre habían decidido que era el momento de prepararme de verdad para el momento que estaba por llegar.

No me explicaron de qué momento hablaban, ni se compadecieron al ver las lágrimas resbalar sin remedio por mi cara cuando todos ellos salían de casa mientras a mí me sentaban frente al piano a practicar una sinfonía que no me gustaba.

La profesora que siempre me había acompañado desapareció de mi vida sin una despedida y su función la asumió una mujer mucho mayor con el pelo blanco atado en un recogido bajo y vestida de negro. No mostraba más piel que la de sus manos y mantenía sus dedos huesudos semiflexionados aun cuando no estaba tocando.

Aquella imagen me aterrorizó durante noches enteras y muchas mañanas contenía la respiración hasta comprobar que el piano no había transformado en garras mis manos.

Mi unión forzosa al piano coincidió con la muerte de una perra sata de color marrón llamada Laica que, desde hacía años vivía sujeta por el cuello con una cuerda que le deba unos cuatro o cinco metros de autonomía. Laica fue muriendo poco a poco, sin avisar. Primero, dejó de recorrer los metros de libertad moviendo el rabo cada vez que alguno de nosotros atravesaba el patio central de casa, después, tan solo levantaba la cabeza y terminó por no mover más que los ojos cuando alguien pasaba a su lado.

Era demasiado pequeña para entender el concepto de la muerte, pero recuerdo que mientras madre y mis hermanos se mostraban apenados por su partida, yo compartía con ella el alivio de volver a sentirse libre.

Ese día busqué aquella libreta gastada que padre me había regalado y le dediqué mi primer poema a esa amiga que, sin pretenderlo, me había enseñado la primera lección importante de mi vida.

No le enseñé a nadie ese poema, no por reparo, sino porque los secretos que se cuentan las amigas quedan bajo un juramento sagrado que no se fractura por nada ni por nadie.

Mis días pasaron uno tras otro sin que apenas apreciara la diferencia de colores entre ellos. Sabía que era viernes porque ese día comenzábamos las clases dos horas antes y padre me llevaba al gabinete, pero allí lo único que podía hacer era lo mismo que en casa: tocar el piano. Con la única diferencia de que en esos momentos no me acompañaba la profesora Cecilia.

Los domingos también salía de casa para gozar la misa y pasear durante unos minutos que se me pasaban volando por las calles de Vegueta. Recuerdo que los disfrutaba como nunca y no entendía cómo antes me podían parecer largos y tediosos.

Padre y madre concluyeron que debía aprovechar mejor el tiempo de mis clases y a mediados de agosto decidieron que Cecilia se quedara en casa hasta que llegara el momento.

Aquello fue como si de la cuerda que me mantenía atada al piano, me robaran unos cuantos metros.

Cecilia y yo comenzamos a vivir a un ritmo diferente del resto de la casa, tan solo compartía con ellos los pocos minutos del desayuno. Tenía todas las horas repartidas entre solfeo, partituras, historia de la música y práctica frente a las teclas del piano.

Con el miedo permanente de que cualquier día me desaparecieran otros metros de mi ya menguada cuerda, decidí escaparme.

Esa misma noche, bajo la luz de una casi gastada vela, abrí una ventana a la libertad.

La última hoja de la libreta gastada y un carboncillo que, por milagro, apareció sin dueño en la biblioteca de padre.

Gracias a esos dos instrumentos salía de la casa y viajaba hasta la playa y jugaba en la arena, y reía a carcajadas, y mojaba mis pies, y respiraba, por primera vez en mucho tiempo, a pulmón pleno.

Capítulo 5

-¿Lola?

—Silvia —dije aliviada solo por escuchar su voz al otro lado del teléfono —, sácame de aquí, amiga, me estoy volviendo loca en este pueblo.

—Nena, ya quisiera yo poder escaparme del curro y poder pasar unos días de vacaciones.

—No estoy de vacaciones.

—Pues de retiro espiritual o como lo quieras llamar.

—Prisión.