Doña Perfecta - Benito Pérez Galdós - E-Book

Doña Perfecta E-Book

Benito Pérez Galdòs

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Beschreibung

La llegada de un ingeniero liberal a un pueblo anclado en las tradiciones más rígidas desata un conflicto trágico entre el progreso y el fanatismo religioso. Bajo la mirada vigilante de una madre autoritaria, la intolerancia se convierte en una fuerza destructiva que amenaza con devorar el amor y la razón en una de las obras más intensas de la literatura española.

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Veröffentlichungsjahr: 2026

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DOÑA PERFECTA

I

Villahorrenda!... cinco minutos!...

Cuando el tren mixto descendente número 65 (no es preciso nombrar la línea), se detuvo en la pequeña estación situada entre los kilómetros 171 y 172, casi todos los viajeros de segunda y tercera clase se quedaron durmiendo o bostezando dentro de los coches, porque el frío penetrante de la5 madrugada no convidadas a pasear por el desamparado andén. El único viajero de primera que en el tren venía bajó apresuradamente, y dirigiéndose a los empleados, preguntóles si aquél era el apeadero de Villahorrenda. (Este10nombre, como otros muchos que después se verán, es propiedad del autor.)

—En Villahorrenda estamos—repuso el conductor, cuya voz se confundió con el cacarear de las gallinas que en aquel momento eran subidas al furgón.—Se me había olvidado15llamarle a usted, Sr. de Rey. Creo que ahí le esperan a usted con las caballerías.

—¡Pero hace aquí un frío de tres mil demonios!—dijo el viajero envolviéndose en su manta.—¿No hay en el apeadero algún sitio donde descansar y reponerse antes de emprender un viaje a caballo por este país de hielo?

20No había concluído de hablar, cuando el conductor, llamado por las apremiantes obligaciones de su oficio, marchóse, dejando a nuestro desconocido caballero con la palabra en la boca. Vió éste que se acercaba otro empleado con un farol pendiente de la derecha mano, el cual movíase al compás de la marcha, proyectando geométricas series de ondulaciones luminosas. La luz caía sobre el piso del5andén, formando un zig zag semejante al que describe la lluvia de una regadera.

—¿Hay fonda o dormitorio en la estación de Villahorrenda?—preguntó el viajero al del farol.

10—Aquí no hay nada—respondió éste secamente, corriendo hacia los que cargaban y echándoles tal rociada de votos, juramentos, blasfemias y atroces invocaciones, que hasta las gallinas, escandalizadas de tan grosera brutalidad, murmuraron dentro de sus cestas.

—Lo mejor será salir de aquí a toda prisa—dijo el caballero para su capote.—El conductor me anunció que15 ahí estaban las caballerías.

Esto pensaba, cuando sintió que una sutil y respetuosa mano le tiraba suavemente del abrigo. Volvióse y vió una obscura masa de paño pardo sobre sí misma revuelta y por cuyo principal pliegue asomaba el avellanado rostro astuto20 de un labriego castellano. Fijóse en la desgarbada estatura que recordaba al chopo entre los vegetales; vió los sagaces ojos que bajo el ala de ancho sombrero de terciopelo viejo resplandecían; vió la mano morena y acerada que empuñaba una vara verde y el ancho pie que, al moverse, hacía sonajear25 el hierro de la espuela.

—¿Es usted el Sr. D. José de Rey?—preguntó, echando mano al sombrero.

—Sí; y usted—repuso el caballero con alegría—será el criado de doña Perfecta, que viene a buscarme a este30 apeadero para conducirme a Orbajosa.

—El mismo. Cuando usted guste marchar... La jaca corre como el viento. Me parece que el Sr. D. José ha de ser buen ginete. Verdad es que a quien de casta le viene...

—¿Por dónde se sale?—dijo el viajero con impaciencia.

—Vamos, vámonos de aquí, señor... ¿Cómo se llama usted?

—Me llamo Pedro Lucas—respondió el del paño pardo,5 repitiendo la intención de quitarse el sombrero; pero me llaman el tío Licurgo. ¿En dónde está el equipaje del señorito?

—Allí bajo el reloj lo veo. Son tres bultos. Dos maletas y un mundo de libros para el Sr. D. Cayetano. Tome10 usted el talón.

Un momento después señor y escudero hallábanse a espaldas de la barraca llamada estación, frente a un caminejo que partiendo de allí se perdía en las vecinas lomas desnudas, donde confusamente se distinguía el miserable15caserío de Villahorrenda. Tres caballerías debían transportar todo, hombres y mundos. Una jaca de no mala estampa era destinada al caballero. El tío Licurgo oprimiría los lomos de un cuartago venerable, algo desvencijado, aunque seguro; y el macho, cuyo freno debía regir20un joven zagal de piernas listas y fogosa sangre, cargaría el equipaje.

Antes de que la caravana se pusiese en movimiento, partió el tren, que se iba escurriendo por la vía con la parsimoniosa cachaza de un tren mixto. Sus pasos, retumbando25cada vez más lejanos, producían ecos profundos bajo tierra. Al entrar en el túnel del kilómetro 172, lanzó el vapor por el silbato y un aullido estrepitoso resonó en los aires. El túnel, echando por su negra boca un hálito blanquecino, clamoreaba como una trompeta, y al oír su30enorme voz, despertaban aldeas, villas, ciudades, provincias. Aquí cantaba un gallo, más allá otro. Principiaba a amanecer.

II

Un viaje por el corazón de España

Cuando empezada la caminata dejaron a un lado las casuchas de Villahorrenda, el caballero, que era joven y de muy buen ver, habló de este modo:

—Dígame usted, Sr. Solón...

5—Licurgo, para servir a usted...

—Eso es, Sr. Licurgo. Bien decía yo que era usted un sabio legislador de la antigüedad. Perdone usted la equivocación. Pero vamos al caso. Dígame usted, ¿cómo está mi señora tía?

10—Siempre tan guapa—repuso el labriego, adelantando algunos pasos su caballería.—Parece que no pasan años por la señora doña Perfecta. Bien dicen que al bueno Dios le da larga vida. Así viviera mil años ese ángel del Señor. Si las bendiciones que le echan en la tierra fueran15plumas, la señora no necesitaría más alas para subir al cielo.

—¿Y mi prima la señorita Rosario?

—¡Bien haya quien a los suyos parece!—dijo el aldeano.

—¿Qué he de decirle de doña Rosarito, sino que es el vivo retrato de su madre? Buena prenda se lleva usted, caballero20D. José, si es verdad, como dicen, que ha venido para casarse con ella. Tal para cual, y la niña no tiene tampoco por qué quejarse. Poco va de Pedro a Pedro.

—¿Y el Sr. D. Cayetano?

—Siempre metidillo en la faena de sus libros. Tiene25una biblioteca más grande que la catedral, y también escarba la tierra para buscar piedras llenas de unos demonches de garabatos que dicen escribieron los moros.

—¿En cuánto tiempo llegaremos a Orbajosa?

—A las nueve, si Dios quiere. Poco contenta se va a30poner la señora cuando vea a su sobrino.... Y la señorita

Rosarito que estaba ayer disponiendo el cuarto en que usted ha de vivir.... Como no le han visto nunca, la madre y la hija están que no viven, pensando en cómo será o cómo no será este Sr. D. José. Ya llegó el tiempo de que callen5cartas y hablen barbas. La prima verá al primo y todo será fiesta y gloria. Amanecerá Dios y medraremos, como dijo el otro.

—Como mi tía y mi prima no me conocen todavía—dijo sonriendo el caballero,—no es prudente hacer proyectos.

10—Verdad es; por eso se dijo que uno piensa el bayo y otro el que lo ensilla—repuso el labriego.—Pero la cara no engaña... ¡qué alhaja se lleva usted! ¡Y qué buen mozo ella!

El caballero no oyó las últimas palabras del tío Licurgo,15porque iba distraído y algo meditabundo. Llegaban a un recodo del camino, cuando el labriego, torciendo la dirección a las caballerías, dijo:

—Ahora tenemos que echar por esta vereda. El puente está roto y no se puede vadear el río sino por el cerrillo de20los Lirios.

—¿El cerrillo de los Lirios?—dijo el caballero, saliendo de su meditación.—¡Cómo abundan los nombres poéticos en estos sitios tan feos! Desde que viajo por estas tierras, me sorprende la horrible ironía de los nombres. Tal sitio25que se distingue por su yermo aspecto y la desolada tristeza del negro paisaje, se llama Valleameno. Tal villorrio de adobes que miserablemente se extiende sobre un llano árido y que de diversos modos pregona su pobreza, tiene la insolencia de nombrarse Villarica; y hay un barranco pedregoso30y polvoriento, donde ni los cardos encuentran jugo, y que sin embargo se llama Valdeflores. ¿Eso que tenemos delante es el Cerrillo de los Lirios? ¿Pero dónde están esos lirios, hombre de Dios? Yo no veo más que piedras y yerba descolorida. Llamen a eso el Cerrillo de la Desolación y hablarán a derechas. Exceptuando Villahorrenda, que parece ha recibido al mismo tiempo el nombre y la hechura, todo aquí es ironía. Palabras hermosas, realidad prosaica y miserable. Los ciegos serían felices en este país, que5para la lengua es paraíso y para los ojos infierno.

El Sr. Licurgo o no entendió las palabras del caballero Rey o no hizo caso de ellas. Cuando vadearon el río, que turbio y revuelto corría con impaciente precipitación, como si huyera de sus propias orillas, el labriego extendió el brazo10hacia unas tierras que a la siniestra mano en grande y desnuda extensión se veían, y dijo:

—Estos son los Alamillos de Bustamente.

—¡Mis tierras!—exclamó con júbilo el caballero, tendiendo la vista por los tristes campos que alumbraban las primeras luces de la mañana.—Es la primera vez que veo15 el patrimonio que heredé de mi madre. La pobre hacía tales ponderaciones de este país y me contaba tantas maravillas de él, que yo, siendo niño, creía que estar aquí era estar en la gloria. Frutas, flores, caza mayor y menor, montes, lagos, ríos, poéticos arroyos, oteros pastoriles, todo20 lo había en los Alamillos de Bustamente, en esta tierra bendita, la mejor y más hermosa de todas las tierras.... ¡Qué demonio! La gente de este país vive con la imaginación. Si en mi niñez, y cuando vivía con las ideas y con el entusiasmo de mi buena madre, me hubieran traído aquí,25 también me habrían parecido encantadores estos desnudos cerros, estos llanos polvorientos o encharcados, estas vetustas casas de labor, estas norias desvencijadas, cuyos cangilones lagrimean lo bastante para regar media docena de coles, esta desolación miserable y perezosa que estoy mirando.30

—Es la mejor tierra del país—dijo el señor Licurgo—y para el garbanzo es de lo que no hay.

—Pues lo celebro, porque desde que las heredé no me han producido un cuarto estas célebres tierras.

El sabio legislador espartano se rascó la oreja y dió un suspiro.

—Pero me han dicho—continuó el caballero—que algunos propietarios colindantes han metido su arado en estos grandes estados míos, y poco a poco me los van cercenando.5 Aquí no hay mojones, ni linderos, ni verdadera propiedad, Sr. Licurgo.

El labriego, después de una pausa, durante la cual parecía ocupar su sutil espíritu en profundas disquisiciones, se expresó de este modo:10

—El tío Pasolargo, a quien llamamos el Filósofo por su mucha trastienda, metió el arado en los Alamillos por encima de la ermita, y roe que roe, se ha zampado seis fanegadas.

—¡Qué incomparable escuela!—exclamó riendo el caballero.—Apostaré que no ha sido ese el único... filósofo.15

—Bien dijo el otro, que quien las sabe las tañe, y si al palomar no le falta cebo no le faltarán palomas.... Pero usted, Sr. D. José, puede decir aquello de que el ojo del amo engorda la vaca, y ahora que está aquí ver de recobrar su finca.20

—Quizás no sea tan fácil, Sr. Licurgo—repuso el caballero, a punto que entraban por una senda a cuyos lados se veían hermosos trigos que con su lozanía y temprana madurez recreaban la vista.—Este campo parece mejor cultivado. Veo que no todo es tristeza y miseria en los Alamillos.25

El labriego puso cara de lástima, y afectando cierto desdén hacia los campos elogiados por el viajero, dijo en tono humildísimo:

—Señor, esto es mío.

—Perdone usted—replicó vivamente el caballero—ya30 quería yo meter mi hoz en los estados de usted. Por lo visto, la filosofía aquí es contagiosa.

Bajaron inmediatamente a una cañada, que era lecho de pobre y estancado arroyo, y pasado éste, entraron en un campo lleno de piedras, sin la más ligera muestra de vegetación.

—Esta tierra es muy mala—dijo el caballero, volviendo el rostro para mirar a su guía y compañero que se había quedado un poco atrás.—Difícilmente podrá usted sacar5 partido de ella, porque todo es fango y arena.

Licurgo, lleno de mansedumbre, contestó:

—Esto... es de usted.

—Veo que aquí todo lo malo es mío—afirmó el caballero, riendo jovialmente.10

Cuando esto hablaban, tomaron de nuevo el camino real. Ya la luz del día, entrando en alegre irrupción por todas las ventanas y claraboyas del hispano horizonte, inundó de esplendorosa claridad los campos. El inmenso cielo sin nubes parecía agrandarse más y alejarse de la tierra para15 verla y en su contemplación recrearse desde más alto. La desolada tierra sin árboles, pajiza a trechos, a trechos de color gredoso, dividida toda en triángulos y cuadriláteros amarillos o negruzcos, pardos o ligeramente verdegueados, semejaba en cierto modo a la capa del harapiento que se pone20 al sol. Sobre aquella capa miserable el cristianismo y el islamismo habían trabado épicas batallas. Gloriosos campos, sí, pero los combates de antaño les habían dejado horribles.

—Me parece que hoy picará el sol, Sr. Licurgo—dijo el caballero, desembarazándose un poco del abrigo en que se25 envolvía.—¡Qué triste camino! No se ve ni un solo árbol en todo lo que alcanza la vista. Aquí todo es al revés. La ironía no cesa. ¿Por qué, si no hay aquí álamos grandes ni chicos, se ha de llamar esto los Alamillos?

El tío Licurgo no contestó a la pregunta, porque con toda30 su alma atendía a ciertos lejanos ruidos que de improviso se oyeron, y con ademán intranquilo detuvo su cabalgadura, mientras exploraba el camino y los cerros lejanos con sombría mirada.

—¿Qué hay?—preguntó el viajero, deteniéndose también.

—¿Trae usted armas, D. José?

—Un revólver.... ¡Ah! ya comprendo. ¿Hay ladrones?5

—Puede...—repuso el labriego con mucho recelo.— Me parece que sonó un tiro.

—Allá lo veremos... ¡adelante!—dijo el caballero picando su jaca.—No serán tan temibles.

—Calma, Sr. D. José—exclamó el aldeano deteniéndole.10 —Esa gente es más mala que Satanás. El otro día asesinaron a dos caballeros que iban a tomar el tren.... Dejémonos de fiestas. Gasparón el Fuerte, Pepito Chispillas, Merengue y Ahorca Suegras no me verán la cara en mis días. Echemos por la vereda.15

—Adelante, Sr. Licurgo.

—Atrás, Sr. D. José—replicó el labriego con afligido acento.—Usted no sabe bien qué gente es esa. Ellos fueron los que en el mes pasado robaron de la iglesia del Carmen el copón, la corona de la Virgen y dos candeleros;20 ellos fueron los que hace dos años robaron el tren que iba para Madrid.

Don José, al oír tan lamentables antecedentes, sintió que aflojaba un poco su intrepidez.

—¿Ve usted aquel cerro grande y empinado que hay allá25 lejos? Pues allí se esconden esos pícaros en unas cuevas que llaman la Estancia de los Caballeros.

—¡De los Caballeros!

—Sí señor. Bajan al camino real, cuando la Guardia civil se descuida, y roban lo que pueden. ¿No ve usted30 más allá de la vuelta del camino una cruz, que se puso en memoria de la muerte que dieron al alcalde de Villahorrenda cuando las elecciones?

—Sí, veo la cruz.

—Allí hay una casa vieja, en la cual se esconden para aguardar a los tragineros. A aquel sitio llamamos lasDelicias.

—¡Las Delicias!...

—Si todos los que han sido muertos y robados al5 pasar por ahí resucitaran, podría formarse con ellos un ejército.

Cuando esto decían, oyéronse más de cerca los tiros, lo que turbó un poco el esforzado corazón de los viajantes, pero no el del zagalillo que, retozando de alegría, pidió al10 Sr. Licurgo licencia para adelantarse y ver la batalla que tan cerca se había trabado. Observando la decisión del muchacho, avergonzóse D. José de haber sentido miedo, o cuando menos un poco de respeto a los ladrones, y exclamó, espoleando la jaca:15

—Pues allá iremos todos. Quizás podamos prestar auxilio a los infelices viajeros que en tan gran aprieto se ven, y poner las peras a cuarto a los caballeros.

Esforzábase el labriego en convencer al joven de la temeridad de sus propósitos, así como de lo inútil de su generosa20 idea, porque los robados robados estaban y quizás muertos, y en situación de no necesitar auxilio de nadie. Insistía el señor a pesar de estas sesudas advertencias, contestaba el aldeano, poniendo la más viva resistencia, cuando la presencia de dos o tres carromateros que por el camino abajo tranquilamente25 venían conduciendo una galera, puso fin a la cuestión. No debía de ser grande el peligro, cuando tan sin cuidado venían aquéllos, cantando alegres coplas; y así fué en efecto, porque los tiros, según dijeron, no eran disparados por los ladrones, sino por la Guardia civil, que de30 este modo quería cortar el vuelo a media docena de cacos que ensartados conducía a la cárcel de la villa.

—Ya, ya sé lo que ha sido—dijo Licurgo, señalando leve humareda que a mano derecha del camino y a regular

distancia se descubría.—Allí les han escabechado. Esto pasa un día sí y otro no.

El caballero no comprendía.

—Yo le aseguro al Sr. D. José—añadió con energía el legislador lacedemonio,—que está muy retebién hecho;5 porque de nada sirve formar causa a esos pillos. El juez les marea un poco y después les suelta. Si al cabo de seis años de causa, alguno va a presidio, a lo mejor se escapa, o le indultan y vuelve a la Estancia de los Caballeros. Lo mejor es esto: ¡fuego en ellos! Se les lleva a la cárcel,10 y cuando se pasa por un lugar a propósito... "¡ah! perro, que te quieres escapar... pum, pum".... Ya está hecha la sumaria, requeridos los testigos, celebrada la vista, dada la sentencia.... Todo en un minuto. Bien dicen, que si mucho sabe la zorra, más sabe el que la toma.15

—Pues adelante, y apretemos el paso, que este camino, a más de largo, no tiene nada de ameno—dijo Rey.

Al pasar junto a las Delicias, vieron, a poca distancia del camino, a los guardias que minutos antes habían ejecutado la extraña sentencia que el lector sabe. Mucha pena causó20 al zagalillo que no le permitieran ir a contemplar de cerca los palpitantes cadáveres de los ladrones, que en horroroso grupo se distinguían a lo lejos, y siguieron todos adelante. Pero no habían andado veinte pasos, cuando sintieron el galopar de un caballo que tras ellos venía con tanta rapidez,25 que por momentos les alcanzaba. Volvióse nuestro viajero y vió un hombre, mejor dicho, un Centauro, pues no podía concebirse más perfecta armonía entre caballo y ginete, el cual era de complexión recia y sanguínea, ojos grandes, ardientes, cabeza ruda, negros bigotes, mediana edad y el30 aspecto en general brusco y provocativo, con indicios de fuerza en toda su persona. Montaba un soberbio caballo de pecho carnoso, semejante a los del Partenón, enjaezado según el modo pintoresco del país, y sobre la grupa llevaba una gran balija de cuero, en cuya tapa se veía en letras gordas la palabra Correo.

—Hola, buenos días, Sr. Caballuco—dijo Licurgo, saludando al ginete, cuando estuvo cerca.—¡Cómo le hemos tomado la delantera! pero usted llegará antes si se pone5 a ello.

—Descansemos un poco—repuso el señor Caballuco, poniendo su cabalgadura al paso de la de nuestros viajeros, y observando atentamente al más principal de los tres.— Puesto que hay tan buena compaña....10

—El señor—dijo Licurgo sonriendo,—es el sobrino de doña Perfecta.

—¡Ah!... por muchos años... muy señor mío y mi dueño....

Ambos personajes se saludaron, siendo de notar que15 Caballuco hizo sus urbanidades con una expresión de altanería y superioridad que revelaba cuando menos la conciencia de un gran valer o de una alta posición en la comarca. Cuando el orgulloso ginete se apartó y por breve momento se detuvo hablando con dos Guardias civiles que llegaron20 al camino, el viajero preguntó a su guía:

—¿Quién es este pájaro?

—¿Quién ha de ser? Caballuco.

—¿Y quién es Caballuco?

—¡Toma!... ¿pero no le ha oído usted nombrar?—25 dijo el labriego, asombrado de la ignorancia supina del sobrino de doña Perfecta.—Es un hombre muy valiente, gran ginete, y el primer caballista de todas estas tierras a la redonda. En Orbajosa le queremos mucho; pues él es... dicho sea en verdad... tan bueno como la bendición de30 Dios... Ahí donde le ve, es un cacique tremendo, y el Gobernador de la provincia se le quita el sombrero.

—Cuando hay elecciones...

—Y el Gobierno de Madrid le escribe oficios con mucha

vuecencia en el rétulo.... Tira a la barra como un San Cristóbal, y todas las armas las maneja como manejamos nosotros nuestros propios dedos. Cuando había fielato no podían con él, y todas las noches sonaban tiros en las puertas de la ciudad... Tiene una gente que vale cualquier5 dinero, porque lo mismo es para un fregado que para un barrido.... Favorece a los pobres, y el que venga de fuera y se atreva a tentar el pelo de la ropa a un hijo de Orbajosa, ya puede verse con él.... Aquí no vienen casi nunca soldados de los Madriles; cuando han estado,10 todos los días corría la sangre, porque Caballuco les buscaba camorra por un no y por un sí. Ahora parece que vive en la pobreza y se ha quedado con la conducción del correo; pero está metiendo fuego en el Ayuntamiento para que haya otra vez fielato y rematarlo él. No sé cómo no le ha oído15 usted nombrar en Madrid, porque es hijo de un famoso Caballuco que estuvo en la facción, el cual Caballuco padre era hijo de otro Caballuco abuelo, que también estuvo en la facción de más allá.... Y como ahora andan diciendo que vuelve a haber facción, porque todo está torcido y revuelto,20 tememos que Caballuco se nos vaya también a ella, poniendo fin de esta manera a las hazañas de su padre y abuelo, que por gloria nuestra nacieron en esta ciudad.

Sorprendido quedó nuestro viajero al ver la especie de caballería andante que aún subsistía en los lugares que25 visitaba, pero no tuvo ocasión de hacer nuevas preguntas, porque el mismo que era objeto de ellas se les incorporó, diciendo de mal talante:

—La Guardia civil ha despachado a tres. Ya le he dicho al cabo que se ande con cuidado. Mañana hablaremos el30 Gobernador de la provincia y yo....

—¿Va usted a X?

—No, que el Gobernador viene acá, señor Licurgo; sepa usted que nos van a meter en Orbajosa un par de regimientos.

—Sí—dijo vivamente el viajero, sonriendo.—En Madrid oí decir que había temor de que se levantaran en este país algunas partidillas... Bueno es prevenirse.

—En Madrid no dicen más que desatinos...—exclamó violentamente el Centauro, acompañando su afirmación de5 una retahíla de vocablos de esos que levantan ampolla. En Madrid no hay más que pillería... ¿A qué nos mandan soldados? ¿Para sacarnos más contribuciones y un par de quintas seguidas? ¡Por vida de!... que si no hay facción debería haberla. Con que usted—añadió, mirando10 socarronamente al joven caballero,—¿con que usted es el sobrino de doña Perfecta?

Esta salida de tono y el insolente mirar del bravo enfadaron al joven.

—Sí, señor. ¿Se le ofrece a usted algo?15

—Soy amigo de la señora y la quiero como a las niñas de mis ojos—dijo Caballuco.—Puesto que usted va a Orbajosa, allá nos veremos.

Y sin decir más picó espuelas a su corcel, el cual, partiendo a escape, desapareció entre una nube de polvo.20

Después de media hora de camino, durante la cual el Sr. D. José no se mostró muy comunicativo, ni el Sr. Licurgo tampoco, apareció a los ojos de entrambos apiñado y viejo caserío asentado en una loma, y del cual se destacaban algunas negras torres y la ruinosa fábrica de un25 despedazado castillo en lo más alto. Un amasijo de paredes deformes de casuchas de tierra pardas y polvorosas como el suelo, formaba la base, con algunos fragmentos de almenadas murallas, a cuyo amparo mil chozas humildes alzaban sus miserables frontispicios de adobes, semejantes a caras30 anémicas y hambrientas que pedían una limosna al pasajero. Pobrísimo río ceñía, como un cinturón de hojalata, el pueblo, refrescando al pasar algunas huertas, única frondosidad que alegraba la vista. Entraba y salía la gente en caballerías o a pie, y el movimiento humano, aunque pequeño, daba cierta apariencia vital a aquella gran morada, cuyo aspecto arquitectónico era más bien de ruina y muerte que de progreso y vida. Los innumerables y repugnantes mendigos que se arrastraban a un lado y otro del camino,5 pidiendo el óbolo del pasajero, ofrecían lastimoso espectáculo. No podían verse existencias que mejor cuadraran, ni que más apropiadas fueran a las grietas de aquel sepulcro, donde una ciudad estaba no sólo enterrada sino también podrida. Cuando nuestros viajeros se acercaban, algunas10 campanas tocando desacordemente indicaban con su expresivo son que aquella momia tenía todavía un alma.

Llamábase Orbajosa, ciudad que no en Geografía caldea o cophta, sino en la de España, figura con 7,324 habitantes, Ayuntamiento, sede episcopal, partido judicial, seminario,15 depósito de caballos sementales, instituto de segunda enseñanza y otras prerogativas oficiales.

—Están tocando a misa mayor en la catedral—dijo el tío Licurgo.—Llegamos antes de lo que pensé.

—El aspecto de su patria de usted—dijo el caballero,20 examinando el panorama que delante tenía,—no puede ser más desagradable. La histórica ciudad de Orbajosa,1 cuyo nombre es, sin duda, corrupción de urbs augusta, parece un gran muladar.

[Nota 1: Ya se ha dicho que todos los nombres locales son imaginarios.]

—Es que de aquí no se ven más que los arrabales—afirmó25 con disgusto el guía.—Cuando entre usted en la calle Real y en la del Condestable, verá fábricas tan hermosas como la de la catedral.

—- No quiero hablar mal de Orbajosa antes de conocerla—dijo el caballero.—Lo que he dicho no es tampoco señal30 de desprecio; que humilde y miserable, lo mismo que hermosa y soberbia, esa ciudad será siempre para mí muy querida, no sólo por ser patria de mi madre, sino porque en ella viven personas a quienes amo ya sin conocerlas. Entremos, pues, en la ciudad augusta.

Subían ya por una calzada próxima a las primeras calles, e iban tocando las tapias de las huertas.

—¿Ve usted aquella gran casa que está al fin de esta5 gran huerta por cuyo bardal pasamos ahora?—dijo el tío Licurgo, señalando el enorme paredón revocado de la única vivienda que tenía aspecto de habitabilidad cómoda y alegre.

—Ya... ¿aquella es la vivienda de mi tía?

—Justo y cabal. Lo que vemos es la parte trasera de la10 casa. El frontis da a la calle del Condestable, y tiene cinco balcones de hierro que parecen cinco castillos. Esta hermosa huerta que hay tras la tapia es la de la casa, y si usted se alza sobre los estribos, la verá toda desde aquí.

—Pues estamos ya en casa—dijo el caballero.—¿No se15 puede entrar por aquí?

—Hay una puertecilla; pero la señora la mandó tapiar.

El caballero se alzó sobre los estribos, y alargando cuanto pudo la cabeza, miró por encima de las bardas.

—Veo la huerta toda—indicó.—Allí, bajo aquellos árboles,20 está una mujer, una chiquilla... una señorita....

—Es la señorita Rosario—repuso Licurgo.

Y al instante se alzó también sobre los estribos para mirar.

—¡Eh! señorita Rosario—gritó, haciendo con la derecha25 mano gestos muy significativos.—Ya estamos aquí... aquí le traigo a su primo.

—Nos ha visto—dijo el caballero, estirando el pescuezo hasta el último grado.—Pero si no me engaño, al lado de ella está un clérigo... un señor sacerdote.30

—Es el señor Penitenciario—repuso con naturalidad el labriego.

—Mi prima nos ve... deja solo al clérigo, y echa a correr hacia la casa... Es bonita....

—Como un sol.

—Se ha puesto más encarnada que una cereza. Vamos, vamos, Sr. Licurgo.

III

Pepe Rey

Antes de pasar adelante, conviene decir quién era Pepe Rey y qué asuntos le llevaban a Orbajosa.5

Cuando el brigadier Rey murió en 1841, sus dos hijos, Juan y Perfecta, acababan de casarse, ésta con el más rico proprietario de Orbajosa, aquél con una joven de la misma ciudad. Llamábase el esposo de Perfecta don Manuel María José de Polentinos, y la mujer de Juan, María Polentinos;10 pero a pesar de la igualdad de apellido, su parentesco era un poco lejano y de aquellos que no coge un galgo. Juan Rey era insigne jurisconsulto graduado en Sevilla, y ejerció la abogacía en esta misma ciudad durante treinta años, con tanta gloria como provecho. En 1845 era ya viudo y tenía15 un hijo que empezaba a hacer diabluras; solía tener por entretenimiento el construir con tierra en el patio de la casa viaductos, malecones, estanques, presas, acequias, soltando después el agua para que entre aquellas frágiles obras corriese. El padre le dejaba hacer y decía: "tú serás20 ingeniero."

Perfecta y Juan dejaron de verse desde que uno y otro se casaron, porque ella se fué a vivir a Madrid con el opulentísimo Polentinos, que tenía tanta hacienda como buena mano para gastarla. El juego y las mujeres cautivaban de25 tal modo el corazón de Manuel María José, que habría dado en tierra con toda su fortuna, si más pronto que él para derrocharla no estuviera la muerte para llevárselo a él. En una noche de orgía acabaron de súbito los días de aquel ricacho provinciano, tan vorazmente chupado por las sanguijuelas30 de la corte y por el insaciable vampiro del juego. Su única heredera era una niña de pocos meses. Con la muerte del esposo de Perfecta se acabaron los sustos en la familia; pero empezó el gran conflicto. La casa de Polentinos estaba arruinada; las fincas en peligro de ser5 arrebatadas por los prestamistas, todo en desorden, enormes deudas, lamentable administración en Orbajosa, descrédito y ruina en Madrid.

Perfecta llamó a su hermano, el cual, acudiendo en auxilio de la pobre viuda, mostró tanta diligencia y tino, que al10 poco tiempo la mayor parte de los peligros habían desaparecido. Principió por obligar a su hermana a residir en Orbajosa, administrando por sí misma sus vastas tierras, mientras él hacía frente en Madrid al formidable empuje de los acreedores. Poco a poco fué descargándose la casa del15 enorme fardo de sus deudas, porque el bueno de D. Juan Rey, que tenía la mejor mano del mundo para tales asuntos, lidió con la curia, hizo contratos con los principales acreedores, estableció plazos para el pago, resultando de este hábil trabajo que el riquísimo patrimonio de Polentinos20 saliese a flote, y pudiera seguir dando por luengos años esplendor y gloria a la ilustre familia.

La gratitud de Perfecta era tan viva, que al escribir a su hermano desde Orbajosa, donde resolvió residir hasta que creciera su hija, le decía entre otras ternezas: "Has sido25 más que hermano para mí, y para mi hija más que su propio padre. ¿Cómo te pagaremos ella y yo tan grandes beneficios? ¡Ay! querido hermano, desde que mi hija sepa discurrir y pronunciar un nombre, yo le enseñaré a bendecir el tuyo. Mi agradecimiento durará toda mi vida. Tu30 hermana indigna siente no encontrar ocasión de mostrarte lo mucho que te ama y de recompensarte de un modo apropiado a la grandeza de tu alma y a la inmensa bondad de tu corazón."

Cuando esto se escribía, Rosarito tenía dos años. Pepe Rey, encerrado en un colegio de Sevilla, hacía rayas en un papel, ocupándose en probar que la suma de los ángulos interiores de un polígono vale tantas veces dos rectos como lados tiene menos dos. Estas enfadosas perogrulladas le traían5 muy atareado. Pasaron años y más años. El muchacho crecía y no cesaba de hacer rayas. Por último, hizo una que se llama De Tarragona a Montblanch. Su primer juguete formal fué el puente de 120 metros sobre el río Francolí.10

Durante mucho tiempo, doña Perfecta siguió viviendo en Orbajosa. Como su hermano no salió de Sevilla, pasaron unos pocos años sin que uno y otro se vieran. Una carta trimestral, tan puntualmente escrita como puntualmente contestada, ponía en comunicación aquellos dos corazones,15 cuya ternura ni el tiempo ni la distancia podían enfriar. En 1870, cuando D. Juan Rey, satisfecho de haber desempeñado bien su misión en la sociedad, se retiró a vivir en su hermosa casa de Puerto Real, Pepe, que ya había trabajado algunos años en las obras de varias poderosas compañías20 constructoras, emprendió un viaje de estudio a Alemania e Inglaterra. La fortuna de su padre (tan grande como puede serlo en España la que sólo tiene por origen un honrado bufete), le permitía librarse en breves períodos del yugo del trabajo material. Hombre de elevadas ideas y de inmenso25 amor a la ciencia, hallaba su más puro goce en la observación y estudio de los prodigios con que el genio del siglo sabe cooperar a la cultura y bienestar físico y perfeccionamiento moral del hombre.

Al regresar del viaje, su padre le anunció la revelación de30 un importante proyecto, y como Pepe creyera que se trataba de un puente, dársena o cuando menos saneamiento de marismas, sacóle de tal error D. Juan, manifestándole su pensamiento en estos términos:

—Estamos en Marzo y la carta trimestral de Perfecta no podía faltar. Querido hijo, léela, y si estás conforme con lo que en ella manifiesta esa santa y ejemplar mujer, mi querida hermana, me darás la mayor felicidad que en mi vejez puedo desear. Si no te gustase el proyecto, deséchalo5 sin reparo, aunque tu negativa me entristezca; que en él no hay ni sombra de imposición por parte mía. Sería indigno de mí y de ti que esto se realizase por coacción de un padre terco. Eres libre de aceptar o no, y si hay en tu voluntad la más ligera resistencia, originada en ley del10 corazón o en otra causa, no quiero que te violentes por mí.

Pepe dejó la carta sobre la mesa, después de pasar la vista por ella, y tranquilamente dijo:

—Mi tía quiere que me case con Rosario.

—Ella contesta aceptando con gozo mi idea—dijo el15 padre muy conmovido.—Porque la idea fué mía... sí, hace tiempo, hace tiempo que la concebí... pero no había querido decirte nada, antes de conocer el pensamiento de mi hermana. Como ves, Perfecta acoge con júbilo mi plan; dice que también había pensado en lo mismo; pero que no20 se atrevía a manifestármelo, por ser tú... ¿no ves lo que dice? "por ser tú un joven de singularísimo mérito, y su hija una joven aldeana educada sin brillantez, ni mundanales atractivos...." Así mismo lo dice.... ¡Pobre hermana mía! ¡Qué buena es!... Veo que no te25 enfadas; veo que no te parece absurdo este proyecto mío, algo parecido a la previsión oficiosa de los padres de antaño, que casaban a sus hijos sin consultárselo, y las más veces haciendo uniones disparatadas y prematuras.... Dios quiera que ésta sea o prometa ser de las más felices. Es30 verdad que no conoces a mi sobrina; pero tú y yo tenemos noticias de su virtud, de su discreción, de su modestia y noble sencillez. Para que nada le falte, hasta es bonita.... Mi opinión—añadió festivamente,—es que te pongas en camino y pises el suelo de esa recóndita ciudad episcopal, de esa urbs augusta, y allí, en presencia de mi hermana y de su graciosa Rosarito, resuelvas si ésta ha de ser algo más que mi sobrina.

Pepe volvió a tomar la carta y la leyó con cuidado. Su5 semblante no expresaba alegría ni pesadumbre. Parecía estar examinando un proyecto de empalme de dos vías férreas.

—Por cierto—decía D. Juan,—que en esa remota Orbajosa, donde, entre paréntesis, tienes fincas que puedes10 examinar ahora, se pasa la vida con la tranquilidad y dulzura de los idilios. ¡Qué patriarcales costumbres! ¡Qué nobleza en aquella sencillez! ¡Qué rústica paz virgiliana! Si en vez de ser matemático fueras latinista, repetirías al entrar allí el ergo tua rura manebunt. ¡Qué admirable lugar15 para dedicarse a la contemplación de nuestra propia alma y prepararse a las buenas obras! Allí todo es bondad, honradez; allí no se conocen la mentira y la farsa como en nuestras grandes ciudades; allí renacen las santas inclinaciones que el bullicio de la moderna vida ahoga; allí20 despierta la dormida fe, y se siente vivo impulso indefinible dentro del pecho, al modo de pueril impaciencia que en el fondo de nuestra alma grita: "quiero vivir."

Pocos días después de esta conferencia, Pepe salió de Puerto Real. Había rehusado meses antes una comisión25 del Gobierno para examinar bajo el punto de vista minero la cuenca del río Nahara en el valle de Orbajosa; pero los proyectos a que dió lugar la conferencia referida, le hicieron decir:—"Conviene aprovechar el tiempo. Sabe Dios lo que durará ese noviazgo y el aburrimiento que traerá30 consigo." Dirigióse a Madrid, solicitó la comisión de explorar la cuenca del Nahara, se la dieron sin dificultad, a pesar de no pertenecer oficialmente al cuerpo de minas, púsose luego en marcha, y después de trasbordar un par de veces, el tren mixto número 65 le llevó, como se ha visto, a los amorosos brazos del tío Licurgo.

Frisaba la edad de este excelente joven en los treinta y cuatro años. Era de complexión fuerte y un tanto hercúlea, con rara perfección formado, y tan arrogante, que si llevara5 uniforme militar, ofrecería el más guerrero aspecto y talle que puede imaginarse. Rubios el cabello y la barba, no tenía en su rostro la flemática imperturbabilidad de los Sajones, sino por el contrario, una viveza tal, que sus ojos parecían negros sin serlo. Su persona bien podía pasar por10 un hermoso y acabado símbolo, y si fuera estatua, el escultor habría grabado en el pedestal estas palabras: inteligencia, fuerza. Si no en caracteres visibles, llevábalas él expresadas vagamente en la luz de su mirar, en el poderoso atractivo que era don propio de su persona, y en las simpatías a15 que su trato cariñosamente convidaba.

No era de los más habladores: sólo los entendimientos de ideas inseguras y de movedizo criterio propenden a la verbosidad. El profundo sentido moral de aquel insigne joven le hacía muy sobrio de palabras en las disputas que20 constantemente traban sobre diversos asuntos los hombres del día; pero en la conversación urbana sabía mostrar una elocuencia picante y discreta, emanada siempre del buen sentido y de la apreciación mesurada y justa de las cosas del mundo. No admitía falsedades, ni mistificaciones, ni25 esos retruécanos del pensamiento con que se divierten algunas inteligencias impregnadas de gongorismo; y para volver por los fueros de la realidad, Pepe Rey solía emplear a veces, no siempre con comedimiento, las armas de la burla. Esto casi era un defecto a los ojos de gran número de personas30 que le estimaban, porque nuestro joven aparecía un poco irrespetuoso en presencia de multitud de hechos comunes en el mundo y admitidos por todos. Fuerza es decirlo, aunque se amengüe su prestigio: Rey no conocía la dulce tolerancia del condescendiente siglo que ha inventado singulares velos de lenguaje y de hechos para cubrir lo que a los vulgares ojos pudiera ser desagradable.

Así, y no de otra manera, por más que digan calumniadoras lenguas, era el hombre a quien el tío Licurgo introdujo5 en Orbajosa en la hora y punto en que la campana de la catedral tocaba a misa mayor. Luego que uno y otro, atisbando por encima de los bardales, vieron a la niña y al Penitenciario y la veloz corrida de aquélla hacia la casa, picaron sus caballerías para entrar en la calle Real, donde10 gran número de vagos se detenían para mirar al viajero como extraño huésped intruso de la patriarcal ciudad. Torciendo luego a la derecha, en dirección a la catedral, cuya corpulenta fábrica dominaba todo el pueblo, tomaron la calle del Condestable, en la cual, por ser estrecha y empedrada,15 retumbaban con estridente sonsonete las herraduras, alarmando al vecindario, que por ventanas y balcones se mostraba para satisfacer su curiosidad. Abríanse con singular chasquido las celosías, y caras diversas, casi todas de hembra, asomaban arriba y abajo. Cuando Pepe Rey llegó al arquitectónico20 umbral de la casa de Polentinos, ya se habían hecho multitud de comentarios diversos sobre su figura.

IV

La llegada del primo

EL señor Penitenciario, cuando Rosarito se separó bruscamente de él, miró a los bardales, y viendo las cabezas del tío Licurgo y de su compañero de viaje, dijo para sí:25

—Vamos, ya está ahí ese prodigio.

Quedóse un rato meditabundo, sosteniendo el manteo con ambas manos cruzadas sobre el abdomen, fija la vista en el suelo, con los anteojos de oro deslizándose suavemente hacia la punta de la nariz, saliente y húmedo el labio inferior, y un poco fruncidas las blanquinegras cejas. Era un santo varón piadoso y de no común saber, de intachables costumbres clericales, algo más de sexagenario, de afable trato, fino y comedido, gran repartidor de consejos y advertencias5 a hombres y mujeres. Desde luengos años era maestro de latinidad y retórica en el Instituto, cuya noble profesión dióle gran caudal de citas horacianas y de floridos tropos, que empleaba con gracia y oportunidad. Nada más conviene añadir acerca de este personaje, sino que cuando10 sintió el trote largo de las cabalgaduras que corrían hacia la calle del Condestable, se arregló el manteo, enderezó el sombrero, que no estaba del todo bien puesto en la venerable cabeza, y marchando hacia la casa, murmuró—

—Vamos a ver ese prodigio.15

En tanto, Pepe bajaba de la jaca, y en el mismo portal le recibía en sus amantes brazos doña Perfecta, anegado en lágrimas el rostro y sin poder pronunciar sino palabras breves y balbucientes, expresión sincera de su cariño.

—¡Pepe... pero qué grande estás!... y con barbas...20 Me parece que fué ayer cuando te ponía sobre mis rodillas... ya estás hecho un hombre, todo un hombre... ¡Cómo pasan los años!... ¡Jesús! Aquí tienes a mi hija Rosario.

Diciendo esto, habían llegado a la sala baja, ordinariamente25 destinada a recibir, y doña Perfecta presentóle a su hija.

Era Rosarita una muchacha de apariencia delicada y débil, que anunciaba inclinaciones a lo que los portugueses llaman saudades. En su rostro fino y puro se observaba30 algo de la pastosidad nacarada, que la mayor parte de los novelistas atribuyen a sus heroínas, y sin cuyo barniz sentimental parece que ninguna Enriqueta y ninguna Julia pueden ser interesantes. Pero lo principal en Rosario era25 que tenía tal expresión de dulzura y modestia, que al verla no se echaban de menos las perfecciones de que carecía. No es esto decir que era fea; mas también es cierto que habría pasado por hiperbólico el que la llamara hermosa, dando a esta palabra su riguroso sentido. La hermosura5 real de la niña de doña Perfecta consistía en una especie de trasparencia, prescindiendo del nácar, del alabastro, del marfil y demás materias usadas en la composición descriptiva de los rostros humanos; una especie de transparencia, digo, por la cual todos las honduras de su alma se veían10 claramente, honduras no cavernosas y horribles como las del mar, sino como las de un manso y claro río. Pero allí faltaba materia para que la persona fuese completa; faltaba cauce, faltaban orillas. El vasto caudal de su espíritu se desbordaba, amenazando devorar las estrechas riberas. Al15 ser saludada por su primo se puso como la grana, y sólo pronunció algunas palabras torpes.

—Estarás desmayado—dijo doña Perfecta a su sobrino.—Ahora mismo te daremos de almorzar.

—Con permiso de usted—repuso el viajero,—voy a20 quitarme el polvo del camino....

—Muy bien pensado—dijo la señora.—Rosario, lleva a tu primo al cuarto que le hemos preparado. Despáchate pronto, sobrino. Voy a dar mis órdenes.

Rosario llevó a su primo a una hermosa habitación situada25 en el piso bajo. Desde que puso el pie dentro de ella, Pepe reconoció en todos los detalles de la vivienda la mano diligente y cariñosa de una mujer. Todo estaba puesto con arte singular, y el aseo y frescura de cuanto allí había convidaban a reposar en tan hermoso nido. El huésped30 reparó minuciosidades que le hicieron reír.

—Aquí tienes la campanilla—dijo Rosarito, tomando el cordón de ella, cuya borla caía sobre la cabecera del lecho.

—No tienes más que alargar la mano. La mesa de escribir está puesta de modo que recibas la luz por la izquierda.... Mira, en esta cesta echarás los papeles rotos.... ¿Tú fumas?

—Tengo esa desgracia—repuso Pepe Rey.

—Pues aquí puedes echar las puntas de cigarro—dijo5 ella, tocando con la punta del pie un mueble de latón dorado lleno de arena.—No hay cosa más fea que ver el suelo lleno de colillas de cigarro.... Mira el lavabo.... Para la ropa tienes un ropero y una cómoda.... Creo que la relojera está mal aquí y se te debe poner junto a la cama.... Si te10 molesta la luz, no tienes más que correr el transparente tirando de la cuerda... ¿ves?... rich....

El ingeniero estaba encantado.

Rosarito abrió una ventana.

—Mira—dijo—esta ventana da a la huerta. Por aquí15 entra el sol de tarde. Aquí tenemos colgado la jaula de un canario, que canta como un loco. Si te molesta, la quitaremos.

Abrió otra ventana del testero opuesto.

—Esta otra ventana—añadió,—da a la calle. Mira,20 de aquí se ve la catedral, que es muy hermosa y está llena de preciosidades. Vienen muchos Ingleses a verla. No abras las dos ventanas a un tiempo, porque las corrientes de aire son muy malas.

—Querida prima—dijo Pepe, con el alma inundada de25 inexplicable gozo—en todo lo que está delante de mis ojos veo una mano de ángel que no puede ser sino la tuya. ¡Qué hermoso cuarto es este! Me parece que he vivido en él toda mi vida. Está convidando a la paz.

Rosarito no contestó nada a estas cariñosas expresiones,30 y sonriendo salió.

—No tardes—dijo desde la puerta;—el comedor está también abajo... en el centro de esta galería.

Entró el tío Licurgo con el equipaje. Pepe le recompensó con una largueza a que el labriego no estaba acostumbrado; y éste, después de dar las gracias con humildad, llevóse la mano a la cabeza, como quien ni se pone ni se quita el sombrero, y en tono embarazoso, mascando las palabras, como quien no dice ni deja de decir las cosas, se expresó5 de este modo:

—¿Cuándo será la mejor hora para hablar al Sr. D. José de un... de un asuntillo?

—¿De un asuntillo? Ahora mismo—repuso Pepe, abriendo un baúl.10

—No es oportunidad—dijo el labriego.—Descanse el Sr. D. José, que tiempo tenemos. Más días hay que longanizas, como dijo el otro; y un día viene tras otro día.... Que usted descanse, Sr. D. José.... Cuando quiera dar un paseo... la jaca no es mala.... Con que buenos15 días, Sr. D. José. Que viva usted mil años.... ¡Ah! se me olvidaba—añadió, volviendo a entrar después de algunos segundos de ausencia.—Si quiere usted algo para el señor juez municipal.... Ahora voy allá a hablarle de nuestro asuntillo....20

—Déle usted expresiones—dijo festivamente, no encontrando mejor fórmula para sacudirse de encima al legislador espartano.

—Pues quede con Dios el Sr. D. José.

—Abur.25

El ingeniero no había sacado su ropa, cuando aparecieron por tercera vez en la puerta los sagaces ojuelos y la marrullera fisonomía del tío Licurgo.

—Perdone el Sr. D. José—dijo mostrando en afectada risa sus blanquísimos dientes.—Pero... quería decirle30 que si usted desea que esto se arregle por amigables componedores.... Aunque, como dijo el otro, pon lo tuyo en consejo y unos dirán que es blanco y otros que es negro....

—Hombre, ¿quiere usted irse de aquí? —Dígolo porque a mí me carga la justicia. No quiero nada con justicia. Del lobo un pelo y ese de la frente. Con que con Dios, Sr. don José. Dios le conserve sus días para favorecer a los pobres....

—Adiós, hombre, adiós.5

Pepe echó la llave a la puerta y dijo para sí:

—La gente de este pueblo parece ser muy pleitista.

V

¿Habrá desavenencia?

Poco después Pepe se presentaba en el comedor.

—Si almuerzas fuerte—le dijo doña Perfecta con cariñoso acento,—se te va a quitar la gana de comer. Aquí10 comemos a la una. Las modas del campo no te gustarán.

—Me encantan, señora tía.

—Pues di lo que prefieres: ¿almorzar fuerte ahora o tomar una cosita ligera para que resistas hasta la hora de comer?15

—Escojo la cosa ligera para tener el gusto de comer con ustedes; y si en Villahorrenda hubiera encontrado algún alimento, nada tomaría a esta hora.

—Por supuesto, no necesito decirte que nos trates con toda franqueza. Aquí puedes mandar como si estuvieras20 en tu casa.

—Gracias, tía.

—¡Pero cómo te pareces a tu padre!—añadió la señora, contemplando con verdadero arrobamiento al joven mientras éste comía.25

—Me parece que estoy mirando a mi querido hermano Juan. Se sentaba como te sientas tú y comía lo mismo que tú. En el modo de mirar sobre todo sois como dos gotas de agua.

Pepe la emprendió con el frugal desayuno. Las expresiones, así como la actitud y las miradas de su tía y prima, le infundían tal confianza, que se creía ya en su propia casa.

—¿Sabes lo que me decía Rosario esta mañana?—indicó doña Perfecta, fija la vista en su sobrino,—Pues me decía5 que tú, como hombre hecho a las pompas y etiquetas de la corte y a las modas del extranjero, no podrás soportar esta sencillez un poco rústica con que vivimos y esta falta de buen tono, pues aquí todo es a la pata la llana.

—¡Qué error!—repuso Pepe, mirando a su prima.—Nadie10 aborrece más que yo las falsedades y comedias de lo que llaman alta sociedad. Crean ustedes que hace tiempo deseo darme, como decía no sé quién, un baño de cuerpo entero en la Naturaleza; vivir lejos del bullicio, en la soledad y sosiego del campo. Anhelo la tranquilidad de una15 vida sin luchas, sin afanes, ni envidioso ni envidiado, como dijo el poeta. Durante mucho tiempo, mis estudios primero y mis trabajos después, me han impedido el descanso que necesito y que reclaman mi espíritu y mi cuerpo; pero desde que entré en esta casa, querida tía, querida prima, me20 he sentido rodeado de la atmósfera de paz que deseo. No hay que hablarme, pues, de sociedades altas ni bajas, ni de mundos grandes ni chicos, porque de buen grado los cambio todos por este rincón.

Esto decía, cuando los cristales de la puerta que comunicaba25 el comedor con la huerta se obscurecieron por la superposición de una larga opacidad negra. Los vidrios de unos espejuelos despidieron, heridos por la luz de sol, fugitivo rayo; rechinó el picaporte, abrióse la puerta, y el señor Penitenciario penetró con gravedad en la estancia.30 Saludó y se inclinó, quitándose la canaleja hasta tocar con el ala de ella al suelo.

—Es el señor Penitenciario de esta Santa Catedral—dijo doña Perfecta,—persona a quien estimamos mucho y de quien espero serás amigo. Siéntese usted, Sr. D. Inocencio.

Pepe estrechó la mano del venerable canónigo, y ambos se sentaron.

—Pepe, si acostumbras fumar después de comer, no5 dejes de hacerlo—manifestó benévolamente doña Perfecta,—ni el señor Penitenciario tampoco.

A la sazón el buen D. Inocencio sacaba de debajo de la sotana una gran petaca de cuero, marcada con irrecusables señales de antiquísimo uso, y la abrió, desenvainando de10 ella dos largos pitillos, uno de los cuales ofreció a nuestro amigo. De un cartoncejo que irónicamente llaman los españoles wagón, sacó Rosario un fósforo, y bien pronto ingeniero y canónigo echaban su humo el uno sobre el otro.

—¿Y qué le parece al Sr. D. José nuestra querida ciudad15 de Orbajosa?—preguntó el canónigo, cerrando fuertemente el ojo izquierdo, según su costumbre mientras fumaba.

—Todavía no he podido formar idea de este pueblo—dijo Pepe.—Por lo poco que he visto, me parece que no le vendrían mal a Orbajosa media docena de grandes capitales20 dispuestos a emplearse aquí, un par de cabezas inteligentes que dirigieran la renovación de este país y algunos miles de manos activas. Desde la entrada del pueblo hasta la puerta de esta casa he visto más de cien mendigos. La mayor parte son hombres sanos y aun robustos. Es un25 ejército lastimoso, cuya vista oprime el corazón.

—- Para eso está la caridad—afirmó don Inocencio.—Por lo demás, Orbajosa no es un pueblo miserable. Ya sabe usted que aquí se producen los primeros ajos de toda España. Pasan de veinte las familias ricas que viven entre nosotros.30

—Verdad es—indicó doña Perfecta—que los últimos años han sido detestables a causa de la seca; pero aun así las paneras no están vacías, y se han llevado últimamente al mercado muchos miles de ristras de ajos.

—En tantos años que llevo de residencia en Orbajosa—dijo el clérigo, frunciendo el ceño—he visto llegar aquí innumerables personajes de la Corte, traídos unos por la gresca electoral, otros por visitar algún abandonado terruño o ver las antigüedades de la catedral, y todos entran5 hablándonos de arados ingleses, de trilladoras mecánicas, de saltos de aguas, de bancos y qué sé yo cuántas majaderías. El estribillo es que esto es muy malo y que podía ser mejor. Váyanse con mil demonios, que aquí estamos muy bien sin que los señores de la Corte nos visiten, mucho mejor sin oír10 ese continuo clamoreo de nuestra pobreza y de las grandezas y maravillas de otras partes. Más sabe el loco en su casa que el cuerdo en la ajena, ¿no es verdad, Sr. D. José? Por supuesto, no se crea ni remotamente que lo digo por usted. De ninguna manera. Pues no faltaba más. Ya sé que15 tenemos delante a uno de los jóvenes más eminentes de la España moderna, a un hombre que sería capaz de transformar en riquísimas comarcas nuestras áridas estepas.... Ni me incomodo porque usted me cante la vieja canción de los arados ingleses y la arboricultura y la selvicultura....20 Nada de eso; a hombres de tanto, de tantísimo talento, se les puede dispensar el desprecio que muestran hacia nuestra humildad. Nada, amigo mío, nada, Sr. D. José, está usted autorizado para todo, incluso para decirnos que somos poco menos que cafres.25

Esta filípica, terminada con marcado tono de ironía y harto impertinente toda ella, no agradó al joven; pero se abstuvo de manifestar el más ligero disgusto y siguió la conversación, procurando en lo posible huir de los puntos en que el susceptible patriotismo del señor canónigo hallase30 fácil motivo de discordia. Éste se levantó en el momento en que la señora hablaba con su sobrino de asuntos de familia y dió algunos pasos por la estancia.

Era ésta vasta y clara, cubierta de antiguo papel, cuyas flores y ramos, aunque descoloridos, conservaban su primitivo dibujo, gracias al aseo que reinaba en todas y cada una de las partes de la vivienda. El reloj, de cuya caja colgaban al descubierto, al parecer, las inmóviles pesas y el voluble péndulo, diciendo perpetuamente que no, ocupaba con su5 abigarrado horario el lugar preeminente entre los sólidos muebles del comedor, completando el ornato de las paredes una serie de láminas francesas que representaban las hazañas del conquistador de Méjico, con prolijas explicaciones al pie, en las cuales se hablaba de un Ferdinand Cortez y de10 una Donna Marine tan inverosímiles como las figuras dibujadas por el ignorante artista. Entre las dos puertas vidrieras que comunicaban con la huerta había un aparato de latón, que no es preciso describir desde que se diga que servía de sustentáculo a un loro, el cual se mantenía allí con15 la seriedad y circunspección propias de estos animalejos, observándolo todo. La fisonomía irónica y dura de los loros, su casaca verde, su gorrete encarnado, sus botas amarillas y por último las roncas palabras burlescas que suelen pronunciar, les dan un aspecto extraño y repulsivo20 entre serio y ridículo. Tienen no sé qué rígido empaque de diplomáticos. A veces parecen bufones, y siempre se asemejan a ciertos finchados hombres, que por querer parecer muy superiores, tiran a la caricatura.

Era el Penitenciario muy amigo del loro. Cuando dejó25 a la señora y a Rosario en coloquio con el viajero, llegóse a él, y dejándose morder con la mayor complacencia el dedo índice, le dijo:

—Tunante, bribón, ¿por qué no hablas? Poco valdrías, si no fueras charlatán. De charlatanes está lleno el mundo30 de los hombres y el de los pájaros.

Luego cogió con su propia venerable mano algunos garbanzos del cercano cazuelillo y se los dió a comer. El animal empezó a llamar a la criada pidiéndole chocolate, y sus palabras distrajeron a las dos damas y al caballero de una conversación que no debía de ser muy importante.

VI

Donde se ve que puede surgir la desavenencia cuando menos se espera

De súbito se presentó el Sr. D. Cayetano Polentinos, hermano político de doña Perfecta, el cual entró con los brazos abiertos, gritando:5

—Venga acá, Sr. D. José de mi alma.

Y se abrazaron cordialmente. D. Cayetano y Pepe se conocían, porque el distinguido erudito y bibliófilo solía hacer excursiones a Madrid cuando se anunciaba almoneda de libros, procedente de la testamentaría de algún buquinista.10 Era D. Cayetano alto y flaco, de edad mediana, si bien el continuo estudio o los padecimientos le habían desmejorado mucho; se expresaba con una corrección alambicada que le sentaba a las mil maravillas, y era cariñoso y amable, a veces con exageración. Respecto de su vasto saber, ¿qué15 puede decirse sino que era un verdadero prodigio? En Madrid su nombre no se pronunciaba sin respeto, y si D. Cayetano residiera en la capital, no se escapara sin pertenecer, a pesar de su modestia, a todas las academias existentes y por existir. Pero él gustaba del tranquilo aislamiento,20 y el lugar que en el alma de otros tiene la vanidad, teníalo en el suyo la pasión pura de los libros, el amor al estudio solitario y recogido, sin otra ulterior mira y aliciente que los propios libros y el estudio mismo.

Había formada en Orbajosa una de las más ricas25 bibliotecas que en toda la redondez de España se encuentran, y dentro de ella pasaba largas horas del día y de la noche, compilando, clasificando, tomando apuntes y entresacando diversas suertes de noticias preciosísimas, o realizando quizás algún inaudito y jamás soñado trabajo, digno de tan gran cabeza. Sus costumbres eran patriarcales; comía poco, bebía menos, y sus únicas calaveradas consistían en alguna merienda en los Alamillos, en días muy sonados, y5 paseos diarios a un lugar llamado Mundogrande, donde a menudo eran desenterradas del fango de veinte siglos medallas romanas y pedazos de arquitrabe, extraños plintos de desconocida arquitectura y tal cual ánfora o cubicularia de inestimable precio.10

Vivían D. Cayetano y doña Perfecta en una armonía tal, que la paz del Paraíso no se le igualara. Jamás riñeron. Es verdad que él no se mezclaba para nada en los asuntos de la casa, ni ella en los de la biblioteca más que para hacerla barrer y limpiar todos los sábados, respetando con15 religiosa admiración los libros y papeles que sobre la mesa y en diversos parajes estaban de servicio.

Después de las preguntas y respuestas propias del caso, D. Cayetano dijo:

—Ya he visto la caja. Siento mucho que no me trajeras20 la edición de 1527. Tendré que hacer yo mismo un viaje a Madrid.... ¿Vas a estar aquí mucho tiempo? Mientras más, mejor, querido Pepe. ¡Cuánto me alegro de tenerte aquí! Entre los dos vamos a arreglar parte de mi biblioteca y a hacer un índice de escritores de la Gineta. No25 siempre se encuentra a mano un hombre de tanto talento como tú.... Verás mi biblioteca.... Podrás darte en ella unos atracones de lectura.... Todo lo que quieras.... Verás maravillas, verdaderas maravillas, tesoros inapreciables, rarezas que sólo yo poseo, sólo yo.... Pero, en fin, me parece30