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Alicia vive en un mundo en el que llueve sin parar y todo se ha vuelto un desastre: la vida como la conocía ha cambiado, por lo que tiene que luchar por adaptarse. Como todos los jóvenes después de las Aguas, va a la escuela sólo cuando las lluvias se lo permiten. Ama leer y le encanta la clase de literatura… sobre todo desde que la imparte el profesor Luis. Entre la soledad y la incertidumbre, la situación escalará, así como la ineludible epidemia de melancolía que acecha por tantos días grises; hasta que intervienen las drágoras: mujeres que descienden de las brujas. La humanidad y las drágoras tendrán que aliarse para contrarrestar el caos y la tristeza, tan parecidos al amor…
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Seitenzahl: 198
Veröffentlichungsjahr: 2026
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Del archivo de la autora
ANA ROMERO estudió creación literaria en la Escuela de Escritores de la Sogem. Escribe libros para público infantil y juvenil desde hace más de dos décadas, varias de sus obras han recibido importantes reconocimientos y se han traducido a otros idiomas. También algunos de sus cuentos y poemas se han incluido en un gran número de antologías. Además, colabora en diversas publicaciones impresas y es guionista de radio y televisión. En el FCE publicó Nosotras/Nosotros.
Primera edición, 2025 [Primera edición en libro electrónico, 2025]
Distribución mundial
© 2025, Ana Romero
D. R. © 2025, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho Ajusco, 227; 14110 Ciudad de México
Comentarios: [email protected].: 55-5449-1871
Colección dirigida por Horacio de la RosaEdición: Susana Figueroa LeónDiseño del forro: Érika Dávalos Camarena
Se prohíbe la reproducción parcial o total de esta obra, por cualquier medio, sin la anuencia por escritodel titular de los derechos correspondientes.
ISBN 978-607-16-8729-6 (rústico)ISBN 978-607-16-8919-1 (ePub)ISBN 978-607-16-8941-2 (mobi)
Hecho en México - Made in Mexico
El mundo antiguoWalpurgisOjos de brujaEl nuevo mundoVer lloverFlor de aguaRituales funerariosMandrágora aeternusTúnelDrágorasFlores y lluviaTodos los santosTodas las brujas AgujerosCartas Walpurgis otra vez
Epílogo
A Mónica Brozon y Verónica Murguía,que también brillan.
Esta obstinada piedra de mí brotay sobre mí dirige la insistenciade sus lluviosos rayos destructores.
MIGUEL HERNÁNDEZ
Alicia siempre había creído que la vida era una larga carretera en línea recta con apenas algunas curvas. Si se fijaba, en las vueltas podía llegar a ver montañas de tristeza, plácidas llanuras de felicidad o ciertos oasis de euforia. Pero la mayor parte del tiempo, frente a ella, sólo estaba esa línea recta que muchas veces se le antojaba insoportable en su monotonía.
Antes de que empezara a llover, Alicia pensaba que el acto de vivir consistía en una inacabable lista de repeticiones: ir siempre a la misma escuela, con los mismos compañeros y los mismos reciclados profesores; probablemente, algo semejante ocurriría cuando tuviera que cambiar el sustantivo “escuela” por “oficina”.
Todo se trataba de cumplir obligaciones y horarios. Incluso las diversiones parecían tener una programación establecida: fines de semana con sus papás; tardes con las amigas, sobre todo con Miriam, la más antigua y querida de ellas; noches con esos desconocidos que habitaban en el interior de sus libros y a quienes quería pese a no ser reales; largos y serenos días entre semana en compañía de su abuela, su persona favorita.
Como muchos de sus contemporáneos, Alicia pasaba más tiempo con su abuela que con sus padres, no porque éstos fueran desapegados y mucho menos negligentes, sino porque, simplemente, eran adultos citadinos que habían quedado atrapados en el remolino de las grandes distancias y el excesivo trabajo. Carmen y Javier adoraban a su hija, pero el fantasma del dinero siempre escaso y la necesidad de ser individuos completos con vida propia, más allá de Alicia, los mantenía lejos de ella físicamente. Por suerte, tenían los fines de semana para dedicárselos y, de lunes a viernes, le tocaba a María de Todos los Santos. Con ella, Alicia estaba en buenas manos.
Y Alicia lo sabía, no habría cambiado nada de todos los años vividos en compañía de su abuela, de sus historias a menudo falsas, pero siempre interesantes. Escuchándola o leyendo en voz alta para las dos era donde Alicia creía que estaba la verdadera vida, por más que fuera también un poco falsa.
Alicia estaba en paz y le parecía que en eso consistía la felicidad. Llegaba a hartarse de la monotonía, pero no habría cambiado nada de su vida. Bueno… quizá sí: habría querido saber lo que significaba estar enamorada.
A sus dieciséis años había tenido varios novios, todos igualmente olvidables, aceptados más por inercia que por verdadero afecto.
—¿Tu vida también fue siempre tan aburrida y repetitiva como la mía, abue? —le preguntaba ciertas tardes, cuando el sol ya empezaba a acelerar el paso y permitía que los ocasos fueran una fiesta de brisa fresca, de pájaros compitiendo a ver cuál cantaba mejor, de rayos de luz colándose entre las ramas de la higuera, a cuya sombra solían sentarse para que la nieta peinara las blancas trenzas de la abuela.
—Yo lo que estoy es ciega —solía responder eso o alguna otra variación de lo mismo, y ambas soltaban la carcajada. La nieta primero, la abuela después.
—Cada vez que no se te da la gana responderme algo, me sales con ese pretexto.
—Y nunca te he mentido —aseguraba, para luego cambiar el tema preguntándole alguna nimiedad. Por lo general, la fórmula surtía efecto porque Alicia sólo necesitaba un pequeño empujoncito para quejarse del transporte público; de que a Miriam le queda el fleco súper lisito y a ella todo crespo; de Fidencio, el profe de español que se quedaba dormido a los dos minutos de que los pusiera a leer, “en absoluto silencio, jóvenes”, el capítulo octavo del Cantar de Mio Cid; de ese deporte cuyas extravagantes reglas Jonás se afanaba en explicarle y que, pese a la queja, ya estaba aprendiendo a querer. Al deporte, porque al novio aún no había conseguido quererlo, y eso que había sido al que le veía más posibilidades.
Pero hubo una tarde en que todo fue distinto.
Soplaba un viento de tramontana y María se estrechó el rebozo por encima de los hombros, inclinó la cabeza para escuchar algo que sólo ella sabía qué era (¿quizá ese trino como de corneta?) y, por una vez, respondió lo que su nieta le preguntaba:
—Mi vida nunca fue aburrida porque he tenido que usar la imaginación desde que nací. ¿De qué otro modo iba yo a saber cómo son las cosas que no puedo tocar para darles forma? ¿Cómo habría podido saber si se venía la crecida del río, el amor de tu abuelo o el nacimiento de un hijo? ¿Cómo podría encontrar los rosarios o los aretes perdidos? No, Licha, mi vida nunca ha sido aburrida porque tampoco ha sido fácil. Así que no te quejes, porque la mejor manera de maldecir a alguien es desearle que le toquen vivir tiempos interesantes. Y no lo digo yo, lo dicen los chinos, que de maldiciones algo saben —María suspiró y, adivinando el gesto desconcertado de su nieta, terminó con una sonrisa y un remate que espantara las sombras—. Mejor cuéntame cuándo vas a terminar con este novio. Me cae bien el muchacho.
—A mí también, pero quiero que seamos amigos. O sea que ya se jodió la cosa porque él lo que quiere es que le dé besos de lengüita.
—¿Y no quieres o no sabes cómo?
—¡María! —se quejó Alicia y luego, por supuesto, se rio—. Este aironazo ya te alborotó las ideas. ¿O sería el calorón? Ojalá llueva, hace meses que ni media gota nos cae. Ya siento que se me está derritiendo el cerebro. ¿No extrañas el olor a tierra mojada? Yo sí. Ojalá llueva, ¿crees que sí?
—Estoy segura —anunció María con un nuevo suspiro y, para extrañamiento de Alicia, no fue de alivio ni de felicidad, como los que solía usar ante cualquier indicio de llovizna. Aquel sonó a silbato de buque, a tren que parte, a cambio de vías.
(Sáb. 16:21) LaMir dice:
¿Y no será que por eso cortaste a Jon? Seis meses de andar ya son muchos. Yo creo que te aburriste. Te aburres seguido.
(Sáb. 16:22) Alicia dice:
Si no tengo idea de por qué me hice su novia, ¿tú crees que voy a saber por qué lo corté?
(Sáb. 16:23) LaMir dice:
Lo segundo no sé, pero te recuerdo que empezaron a andar porque está guapo, te quiere, es el quarter del equipo de americano y nos hacía falta un novio para salir en parejas con el Innombrable.
(Sáb. 16:23) Alicia dice:
¿Cuál de todos?
(Sáb. 16:24) LaMir dice:
Pues, ¿quién? El César. Ash, ya me hiciste nombrarlo, me va a caer una maldición.
(Sáb. 16:25) Alicia dice:
Tus maldiciones me caen a mí, pinche Miriam. Las salidas en parejas nos duraron una vez, y estuvo horrible porque en esa fiesta lo cortaste, pero yo me tuve que quedar con un novio que se pasa la vida explicándome las reglas de un deporte que me vale madres.
(Sáb. 16:26) LaMir dice:
¿No que te gustaba el americano?
(Sáb. 16:26) Alicia dice:
Mucho. Pero algún pretexto tenía que darle para cortarlo.
(Sáb. 16:30) LaMir dice:
¿Pero por qué lo cortaste? ¿Por aburrido?
(Sáb. 16:32) Alicia dice:
No creo. Es más, me gustaba pasar los domingos aburriéndome con él.
(Sáb. 16:32) LaMir dice:
¿Tons?
(Sáb. 16:40) Alicia dice:
¿No te ríes?
(Sáb. 16:40) LaMir dice:
Te lo jurito.
(Sáb. 16:50) Alicia dice:
Porque presiento que este año sí me voy a enamorar en serio y quiero estar disponible para el amor.
(Sáb. 16:50) LaMir dice:
No mms.
(Sáb. 16:50) Alicia dice:
¡Dijiste que no te ibas a reír!
(Sáb. 17:00) LaMir dice:
¡No me estoy riendo! Nomás quería resaltar que no te creo un pito. ¿Qué te hace pensar que después de diez años conociendo a los mismos güeyes, alguno de ellos ahora sí te va a flechar?
(Sáb. 17:03) Alicia dice:
Siempre puede llegar alguien nuevo.
(Sáb. 17:03) LaMir dice:
Y también puede llegar el fin del mundo.
Ambas tuvieron razón. Esa misma noche el mundo dejó de ser el que había sido para transformarse en uno de agua. Ese era el verdadero significado del suspiro de María.
También las brujas mueren, aunque haya quienes piensen lo contrario. Aunque, dado que cada aprendiz replica con exactitud el saber transmitido por sus mentoras, y que ese conocimiento es la verdadera esencia que las conforma, la confusión es comprensible. Pero sí que mueren y, para cuando todo comenzó, ya no existía una sola bruja lo suficientemente anciana para haber estado presente en la noche de Walpurgis original. Y, sin embargo, todas la recuerdan con exactitud.
Hace mucho tiempo, cuando las brujas y los humanos convivían sobre la Tierra: la noche del 30 de abril al 1 de mayo se celebraba la unión de ambas razas. Aquello era una fiesta, la de Santa Walpurga, domadora de plagas; pero pasó el tiempo, y el orgullo y el miedo empezaron a ganar la batalla. Luego de muchas persecuciones y vidas desperdiciadas, las brujas abandonaron la Tierra y emigraron a unos altos montes, por encima de las nubes y de las pasiones humanas.
Eligieron para irse la noche de Walpurgis.
En esa misma fecha comenzó este llover sin tregua que no ha parado.
El calor del mes previo al comienzo de las Aguas se recuerda como el peor de todos los calores, por más que los anales indiquen que no estuvo ni entre los veinte primeros, pero hace mucho tiempo que las estadísticas dejaron de tener importancia. Como la memoria, los números suelen llegar empañados por el vapor o por la lluvia. No son de fiar. Incluso la verdad se muda constantemente. Como el resto de los habitantes de este mundo, que ya no es el mismo desde que empezó a llover, y las casas, los objetos y las personas se llenaron de musgo, de goteras y tuberías desbordadas.
Durante los primeros meses, la gente mayor seguía hablando de las enormes jarras de limonada que había que preparar para combatir el sudor de aquel, el último mes de calor abrasante; los niños continuaban sorprendiéndose al recordar aquellas competencias por ver quién ocupaba el lugar preferente de toda la casa: la boca de alguna manguera; los empleados rememoraban el metro atestado, apestoso e insufrible, caliente como sol de mediodía.
Si se hablaba tanto de aquello, era por recrear ese tiempo en el que el metro funcionaba a pleno, la gente mayor todavía podía mover las articulaciones y los niños buscaban el agua de charcos o piletas en vez de huir de su simple vista a través de la ventana.
Si se hablaba tanto del sol era porque nadie tuvo la precaución de guardar un rayito dentro de una caja acristalada para poder mirarlo cuando ya sólo quedaran las fotos. Aunque, pasado cierto tiempo, casi todos dejaron de mencionar esos lujos climáticos. Parecía morboso. Aquellos recuerdos eran demasiado valiosos para desperdiciarlos en chácharas inútiles. Lo mejor sería guardarlos. A falta de un rayo de sol acristalado, al menos conservar la memoria. Poco hay que se conserve por mucho tiempo entre tanta agua.
Lo que sí puede comprobarse es que la tormenta eléctrica que precedió a esta lluvia sin sosiego fue la mayor de cuantas hayan existido.
A la misma hora, en todos los lugares, incluidos los desiertos, las nubes acudieron a un invisible llamado, tan poderoso y silente como al que acudiría cualquier caballo del apocalipsis. Y entonces empezaron a hincharse, a engrosar y engrosar hasta que no hubo espacio en el ancho cielo que no estuviera ocupado por ellas. Las ahora omnipresentes nubes gordas.
Se hizo un silencio.
Luego llegó el primer choque.
¡Clash!
Las dos primeras nubes gordas se estrellaron la una contra la otra, y la tierra se cimbró. Titanes en batalla sin igual.
Los contadores de historias corrieron por pluma y cuaderno para tomar nota y que no se les olvidara ni el más mínimo detalle de los rayos, truenos y centellas que estaban tomando por asalto todo el espacio por encima de nuestras cabezas.
Fue tan grandiosa aquella noche (incluso en los lugares que alguna vez se jactaron de poseer las mañanas más soleadas, parecía ser de noche), tan llena de explosiones en las alturas y de fuegos en la tierra, que estaban seguros de que de ahí tendría que nacer una nueva mitología.
Se equivocaron.
Para cuando todo comenzó, el mundo ya se había creado y vuelto a crear lo suficiente como para que todas las mitologías hubieran sido escritas. Incluso ya se tenía una que hablaba de gigantes y diluvios, la diferencia era que la humanidad contenida dentro del Arca sólo tuvo que padecer las Aguas por cuarenta días, mientras que este diluvio, como el rayo del poeta, tampoco cesaba.
Por otro lado, este mundo no es nuevo. Sólo distinto. Lleno de tormentas y chaparrones. Cubierto por una negrura que imposibilita cualquier afán humano por alcanzar ese otro cielo, siempre cambiante y oscuro, hinchado de lluvia. Falso. El verdadero, el que se oculta tras el reino de las nubes, ya no hay quien pueda imaginarlo, mucho menos puede creerse que se tiene al alcance de la mano. Ésa y otras frases motivacionales similares fueron de las primeras cosas que la lluvia echó a perder.
Pese a todo, el mundo sigue girando e incluso hay momentos en los que se parece al que era antes: esos ratos en que las nubes son jirones o cuando la lluvia es una simple llovizna que puede durar días enteros y que, ya cada vez menos, todavía logra que algunas buenas personas salgan a mirar las alturas a la voz de “a lo mejor mañana amanece despejado”. Nunca ha ocurrido, pero albergar esa mínima esperanza llegó a crear borrascas interiores más impetuosas que las de la lluvia. Las esperanzas frustradas también producen inundaciones, sólo que invisibles.
De las que sí se ven, la mayor fue la primera.
Del 1 al 7 de mayo, un tifón furioso e incesante asoló al mundo entero. Tan espectacular y cruel fue esa tormenta que hasta nombre tiene: el Agua de los Siete Días. Aquel rabioso llover duró una semana y se llevó media centena de pueblos costeros cuya ubicación exacta se ha olvidado, aunque los arqueólogos más optimistas llevaron registro por si en siglos venideros pueden volver a descubrirse nuevas Atlántidas llenas de refrigeradores y zapatos de tacón en vez de estatuas de Neptuno. Total, aseguran, tienen la misma utilidad práctica.
La segunda gran inundación fue a causa del chipichipi y no se sabe aún cuál fue peor. De la primera, muchos se salvaron. De la segunda nadie salió indemne: arrasó con todas las esperanzas.
El 30 de abril llegaron las primeras gotas y, conocedores de los ciclos y los llamados: las águilas reales y los tecolotitos bajeños, supieron que por fin había llegado su momento. Lo supieron sin necesidad de haberlo aprendido porque, al igual que las rutas de migración o la elección de materiales para construir el nido más propicio, ese saber ya lo tenían desde el principio de los tiempos.
Ciertamente les costó reagruparse. Hacía siglos que su labor como portaestandartes de las brujas resultaba innecesaria, tanto que cualquier humano la habría tirado al basurero donde van a parar los saberes inservibles, pero no ellos. Esas aves rapaces, incluso más que sus Señoras, estaban seguras de que tarde o temprano volverían a hacer falta.
La falta de uso provocó que los llamados entre los suyos tardaran un poco más de lo debido, pero lograron organizarse e incluso elegir a los mejores de entre todos los portaestandartes para presentarse el día y la hora señaladas. Los humanos no, pero esos pájaros conocían de antemano la fecha en que tenían que viajar al encuentro de las brujas.
Los ojos de María de Todos los Santos albergaban universos. Nació ciega. Sus iris estaban cubiertos por una catarata que, debido a su muy particular forma, tenía espacios en blanco que semejaban la constelación de Virgo.
Cuando María llegó al mundo, éste ya había determinado que había que quemar a las brujas, y tener estrellas en los ojos era prueba inequívoca de brujería; por lo que la madre de María, amorosa y previsora, decidió resguardar a su hija de cualquier afán incendiario y la acostumbró a mantener los párpados cerrados. Quizá ya no encendieran hogueras con leña verde, pero la exclusión también quemaba y una ciega podía llevar a la compasión, pero una bruja, jamás. Asimismo, y por descuidar ningún flanco, decidió darle, junto con su nombre, la protección del santoral completo: María de Todos los Santos.
Los pocos que vieron a la niña con los ojos abiertos procuraron olvidar el evento porque, decían, daba vértigo; lástima que para entonces las brujas ya hubieran emigrado a sus altos montes y ella, sin que nadie la reconociera ni explicara sus dones, tuviera que pasar casi toda su vida ocultándolos.
María de Todos los Santos no era una mujer como las demás. Era una cantora: una bruja destinada a ver y luego cantar lo que sus ojos, libres de su reducida humanidad, alcanzaban a mirar.
Por fortuna, las brujas no pueden dejar de ser lo que son por más que los párpados se cierren y su canto enmudezca, por lo que María brillaba cada vez que de su garganta salía una historia. Algunas reales, otras imaginadas (o entrevistas con los astros pintados en sus ojos), pero todas verdaderas. Cierta gente podía ver el fulgor que de ella emanaba, pero ese vistazo era confundido con el recuerdo de un sueño. El sueño de un mundo plagado de brujas.
Alicia era de esa gente.
La nieta creía ver destellos plateados cuando su abuela extendía la mano para recibir una pluma de ave que se desprendía de su dueña y, surcando por entre las frondas de la higuera bajo la cual le gustaba sentarse, iba a dar justo en la palma de su mano. O cuando recordaba el ritual olvidado que debía hacerse para que las visitas se fueran pronto (poner una escoba de arce detrás de la puerta) o para que regresara el nieto ausente (encerrar su fotografía en una jaulita de palma secada al sol y entretejida con hojas de romero) o cada vez que sus padres le preguntaban a ella, justamente a ella, la ciega, dónde habían quedado las llaves y María respondía sin dudar.
—Como estoy ciega, escucho el doble. El ruido de unas llaves caídas detrás de la mesita es muy distinto al silencio que guardan cuando nadie las ha sacado del bolsillo del pantalón —aseguraba, y los Méndez aceptaban la explicación con una naturalidad que suponían común a todas las familias donde habita un ciego.
Alicia veía a su abuela brillar cuando, bajo las formas que dibujaban los rayos del sol que cruzaban por entre las ramas cargadas de savia y las hojas y los higos, se disponía a trenzarle el cabello.
—Es el reflejo de mis canas en el sol —se reía María cuando la nieta mencionaba en voz alta aquellos fulgores. Y Alicia no preguntaba más. Le creía.
Siempre le creyó hasta que dejó de hacerlo. Desde luego, fue entonces cuando más necesitaba haberla escuchado.
Al poco del comienzo de las lluvias, Alicia la escuchó tararear por lo bajito una tonada que la jovencita no conocía, pero que sonaba a campanas repicando pausadamente, a esferas que se acomodan para replicar la invocación.
—Esa canción no la conozco, ¿te la acabas de inventar? —le preguntó Alicia.
—No es canción. Es llamado —contestó María con una seriedad en las arrugas que no parecía propia de ella. Brillaba en todo su esplendor.
—¿Y a quién llamas?
—No estoy segura. A lo mejor a mis mayores. O al dios del fuego. O a las flores. Yo qué sé, niña. Cosas que se me ocurren. A lo mejor estoy llamando a la muerte, ya tengo más de ochenta años.
—No, no estás llamando a la muerte. Tu tonada suena a vida. A urgencia de vida frente al fin del mundo —replicó Alicia con una certeza que tampoco era propia de ella—. O a lo mejor es esta tormenta que parece que quiere lavarnos hasta la mugre que traemos en las muelas —aligeró, pero consciente de que su intento sería inútil. Con tanta agua, todo pesaba más, y la ligereza es cosa de viento, no de lluvia.
Contra su costumbre de protestar por todo (o al menos fingir hacerlo), la abuela no contestó nada. Y no lo hizo porque no encontró las palabras exactas para decirle a su nieta que tenía razón, que lo había adivinado. Que su melodía era un llamado para preservar la vida que se anegaba. Un llamado que fue a reflejarse en un espejo de ónix a muchos kilómetros de distancia, sobre las nubes, en el alto cielo de las brujas.
El 23 de junio, el cielo de las altas serranías donde habita la magia se oscureció con la llegada de las aves. Una masa en formación de rayo que se movía en sincronía perfecta cayó en picada sobre el Círculo de las Mayoras. Los reflejos del sol, que rebotaba contra las plumas, replicaban las llamaradas del fuego que se había encendido en el espejo de Ónix, la piedra por la que las brujas mantienen la conexión con los humanos. Llevaba siglos sin encenderse, y si por fin volvía a hacerlo, no podía ser más que una llamada de auxilio.
Pero ¿a qué se debía? ¿Quién las solicitaba?, ¿y si era una trampa? Necesitaban saber más para poder tomar la decisión de regresar a la Tierra. Optaron por enviar una avanzada para tantear el terreno y comprobar que los humanos las necesitaran tanto como para haber olvidado sus odios y temores contra ellas, sus amenazas de quemas generales.
Eligieron un batallón pequeño para la incursión. Serían seis y una comandante, Lily, que pese a su avanzada edad era la más ágil y veloz de las Mayoras, quienes, en su mayoría, ni siquiera se acordaban de dónde diantres habían dejado las túnicas rompeviento que las brujas usan para volar.
