Ego sum Pinochet - Raquel Correa - E-Book

Ego sum Pinochet E-Book

Raquel Correa

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Beschreibung

Publicado en 1989, este excepcional libro fue por largo el best seller de la época. Esta nueva edición se publica en el marco de los 50 años del golpe militar en Chile, como un documento único y revelador de la figura de Augusto Pinochet. Dos reconocidas periodistas chilenas realizan una tarea que parecía imposible en dictadura: interrogar a fondo, sin cuestionarios previos ni asesores presidenciales, al hombre que había regido durante dieciséis años el destino de Chile. A través de preguntas y contrapreguntas certeras e incisivas van construyendo el más completo y auténtico retrato del general Pinochet, descubriendo al hombre y al gobernante militar en todas sus facetas. En esta serie de entrevistas, Pinochet evoca su pasado, habla del golpe militar, opina acerca de los grandes personajes y fenómenos mundiales y da su versión personal respecto de los derechos humanos durante su gobierno. También se refiere al destino que lo espera una vez que abandone La Moneda. Inimaginable para el General, como lo evidencian los hechos posteriores que registra el epílogo que incorpora esta edición actualizada. Ego Sum Pinochet. Confidencias para la historia es un registro extraordinario, de gran valor periodístico y un verdadero documento histórico. Lo paseamos por los temas que marcaron la dictadura que él llamaba "dictablanda" y en el curso de estas entrevistas nos encontramos frente a un hombre complejo, capaz de pasar, en fracción de segundos, de una caballerosa simpatía a la crueldad. Un hombre a quien, off the record, se le habían saltado las lágrimas cuando le recordamos su historia de amor con una ecuatoriana, pero demostraba un desprecio absoluto por los derechos humanos.

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Seitenzahl: 146

Veröffentlichungsjahr: 2023

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CORREA, RAQUEL – SUBERCASEAUX, ELIZABETH

EGO SUM PINOCHET

Confidencias para la historia

Santiago, Chile: Catalonia, 2023

128 p.; 15 x 23 cm

ISBN: 978-956-415-049-9

ISBN digital: 978-956-415-050-5

Periodismo+070

Diseño de portada: Mateo Infante Vergara

Fotografías de interior: archivo personal de las autoras y Wikimedia Commons

Corrección de textos: equipo Catalonia

Diagramación interior: Salgó Ltda.

Dirección editorial: Arturo Infante Reñasco

Diagramación digital: ebooks Patagonia

www.ebookspatagonia.com

[email protected]

Editorial Catalonia apoya la protección del derecho de autor y el copyright, ya que estimulan la creación y la diversidad en el ámbito de las ideas y el conocimiento, y son una manifestación de la libertad de expresión. Gracias por comprar una edición autorizada de este libro y por respetar el derecho de autor y copyright, al no reproducir, escanear ni distribuir ninguna parte de esta obra por ningún medio sin permiso. Al hacerlo ayuda a los autores y permite que se continúen publicando los libros de su interés. Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, en todo o en parte, ni registrada o transmitida por sistema alguno de recuperación de información. Si necesita hacerlo, tome contacto con Editorial Catalonia o con SADEL (Sociedad de Derechos de las Letras de Chile, http://www.sadel.cl).

Primera edición Catalonia: agosto, 2023

ISBN: 978-956-415-049-9

ISBN digital: 978-956-415-050-5

RPI: 74.199 (1989)

© Sucesión Raquel Correa, 2023

© Elizabeth Subercaseaux, 2023

© Editorial Catalonia Ltda. 2023

Santa Isabel 1235, Providencia

Santiago de Chile

www.catalonia.cl - @catalonialibros

Índice

Prólogo

Los primeros pasos

Una mujer muy especial

Los colegios del general

El Infierno

Gustos personales

Sueño militar

El atractivo de la guerra

El defecto de Hitler

La perestroika según Pinochet

Fidel

“Sacerdotes con blue jeans: ¡No!”

Entre la razón y la fuerza

Salvador Allende

Dialéctica marxista

El presidente Frei

Allende presidente

El general Prats

El Golpe

Mañana: La Moneda

La mano de Pinochet

El Golpe y EE.UU.

Ese “Once de Septiembre”

¡Una bomba y se acabó!

El enemigo rendido

Nace la DINA

“Cosas de la Inquisición”

Responsabilidad moral

Cómo apagar la hoguera

El caso Letelier

“¡Ni un pelo!”

Después del Plebiscito

Si sale Aylwin

Marzo del 90

La hora del retiro

¿El Hombre del 94?

Epílogo

PRÓLOGO

Cuando Raquel Correa y yo supimos que el general Pinochet había aceptado recibirnos en la Moneda, para hablar de la posibilidad de entrevistarlo para un libro, nos pusimos nerviosas. Hacía un tiempo que habíamos descartado esa posibilidad. Habían pasado más de diez años desde que comenzáramos a mandarle recados a La Moneda pidiéndole que nos recibiera para hablar de nuestro proyecto, y cada vez que Raquel lo entrevistaba, ya fuera para La Tercera, El Mercurio o la revista Cosas, volvía a insistir y la r™espuesta era siempre negativa.

Si ahora nos daba el pase debía ser porque el general estaba en un momento muy distinto, había perdido el plebiscito de 1988, vale decir, el poder total. Quien aceptaba hablar con nosotras ya no sería el dictador con todo el poder en su mano sino un gobernante derrotado por una elección, que debía dejar su puesto en La Moneda, cruzar la calle para instalarse en su nueva oficina de comandante en Jefe del Ejército y quedar supeditado a un gobierno democrático. No era el mejor panorama para un dictador.

La cosa es que nos citó un día miércoles a las siete de la tarde.

Uno de sus edecanes nos condujo a un salón donde nos pidió que esperáramos un rato. El general nos atendería dentro de poco.

Al rato se abrió otra puerta por la cual entró el general Pinochet. Se dirigió hacia donde estábamos y nos dio la mano con una sonrisa.

–Usted es la demócratacristiana y usted la comunista –dijo señalando primero a Raquel, luego a mí.

–Buenas tarde, general –respondimos al unísono.

Enseguida se puso serio y nos preguntó qué clase de libro queríamos hacer. Se lo explicamos en pocas palabras. Necesitaríamos varias entrevistas con él, le preguntaríamos por su vida, toda su vida desde la infancia, y desde luego por su gobierno. Debían ser entrevistas grabadas, le dijimos y luego pusimos como condición que estuviéramos solos, él, Raquel y yo, sin edecanes ni ayudantes. Una vez que se terminara el libro, antes de su publicación, él podría revisarlo pero tendría que hacerlo delante de nosotras.

–¿Y eso? –quiso saber el general.

–Lo que no queremos es que se lleve el manuscrito a su casa y su esposa meta sus manos en nuestro trabajo.

No recuerdo si sonrió o permaneció serio. Lo cierto es que aceptó. Comenzaríamos a grabar durante el mes de julio (1989) y su edecán nos daría las fechas y las horas.

Salimos de La Moneda y nos fuimos con Raquel a un boliche cercano donde pedimos un pisco sour para calmar los nervios.

Estuvimos largo rato hablando de la manera como enfrentaríamos a Pinochet. Qué era lo más importante de obtener con este libro; si lo centraríamos solamente en su gobierno; si el foco principal serían los atropellos a los derechos humanos.

Nosotras sabíamos muy poco de la persona de este dictador que había gobernado con mano de fierro, durante 17 años, aseverando que en Chile no se movía una hoja sin que él lo supiera. Sabíamos de su poder total y su dureza; gracias a investigaciones e informes de la Vicaría de la Solidaridad, gracias a trabajos periodísticos de Patricia Verdugo y otros colegas teníamos mucha información acerca de los crímenes de la DINA, la DICOMCAR, los centros de torturas, los asesinatos cometidos en el extranjero al general Carlos Prats y su esposa Sofía Cuthbert, a Orlando Letelier y su secretaria Ronnie Moffit, los atentados a Bernardo Leighton y su esposa Anita Fresno; sabíamos que existían más de tres mil detenidos desaparecidos, había testimonios de mujeres violadas, otras torturadas. Habíamos reporteado esos días horribles en que asesinaron al periodista Pepe Carrasco y degollaron a los profesionales José Manuel Parada, Manuel Guerrero y Santiago Nattino. Y por supuesto íbamos a confrontarlo con los datos correspondientes. Pero había algo que ignorábamos casi por completo. ¿Quién era Pinochet? ¿Cuál era su historia familiar? ¿Cómo se había formado? ¿Cómo era este militar quien fuera el último en adherir a la conjura del golpe de Estado en 1973? ¿Qué carácter tenía este hombre en quien Salvador Allende confiaba y por eso lo designó comandante en Jefe del Ejército, el 23 de agosto de 1973, dieciocho días antes del golpe? Había interrogantes sobre su personalidad.

Cuando llegó el día de la primera entrevista, muy temprano en la mañana, sonó el teléfono en la casa de Raquel. Raquel levantó el fono y se encontró con la voz ronca, arrastrada e inconfundible del general Pinochet.

–Raquel, le habla el presidente Pinochet –dijo el general.

Raquel pensó que iba a cancelar la entrevista. Pero, no.

–Vístase de negro –dijo el general a continuación y Raquel creyó que había entendido mal.

–¿Qué me dice?

–Que se vista de negro para la entrevista –dijo él.

Raquel lo había entrevistado algunas veces en el curso de su gobierno, se puede decir que lo conocía, pero esta llamada la dejó perpleja. ¿Qué querría decir con eso de vístase de negro? ¿Era una especie de broma?

Nunca lo supimos porque una vez que llegamos a La Moneda, Raquel no se lo mencionó y no se vistió de negro. Él tampoco hizo alusión al tema. Como si nunca la hubiera llamado, lo cual no hizo más que aumentar nuestra curiosidad.

El libro que el lector tiene en sus manos responde muchas preguntas sobre su personalidad. Lo paseamos por los temas que marcaron la dictadura que él llamaba “dictablanda” y en el curso de estas entrevistas nos encontramos frente a un hombre complejo, capaz de pasar, en fracción de segundos, de una caballerosa simpatía a la crueldad. Un hombre a quien, off the record, se le habían saltado las lágrimas cuando le recordamos su historia de amor con una ecuatoriana, pero demostraba un desprecio absoluto por los derechos humanos. Combinaba chanzas, dichos chilenos antiguos y palabras encantadoras con una crueldad infinita para referirse a quienes consideraba sus enemigos de guerra. Sus argumentos para defenderse de las acusaciones sobre atropellos a los derechos humanos, terminaban siempre en esa palabra: “guerra”. A su juicio el país estuvo diecisiete años en “guerra” contra el marxismo leninismo y los terroristas.

Nos habló de su infancia, su madre, su abuela, sus terrores de niño, los comienzos de su carrera militar. Le preguntamos sobre hitos relevantes del siglo XX, como fue la Segunda Guerra Mundial y Hitler, la Unión Soviética y la Perestroika, Cuba y Fidel Castro a quien para sorpresa nuestra alabó más que criticó. Le pusimos el tema de la Iglesia Católica y el Concilio Vaticano II. Le pedimos que se refiriera al presidente Salvador Allende, al expresidente Eduardo Frei Montalva. Y desde luego lo confrontamos con los múltiples casos de atropellos a los derechos humanos, que no cejaron en ningún momento de los diecisiete años que duró su gobierno.

Frente a los derechos humanos nos encontramos con un muro de silencio y la más rotunda negación. Él no tuvo nada que ver con ese problema, decía. Él nunca supo lo que estaba pasando. Cada acusación era falsa, orquestación del Partido Comunista, patrañas de los marxistas leninistas, inventos de sus enemigos. Cuando le preguntamos por el asesinato de Orlando Letelier en Washington, le echó la culpa a la CIA. “¿Ha leído algo de la CIA? ¿No se ha fijado cómo montan las operaciones? Yo tengo la convicción de que el asesinato de Orlando Letelier no está en la mano nuestra”. Luego explicó que los norteamericanos consideraban a Orlando Letelier un espía de la CIA. Por eso lo mataron y le echaron la culpa a su gobierno. (Ahora me pregunto qué diría Pinochet frente a esta carta, escrita por el secretario de Estado George P. Schultz al presidente Ronald Reagan, en la cual se manifiesta sorprendido por un informe de la CIA donde se concluye que hay evidencia de que Pinochet ordenó, personalmente, a Manuel Contreras llevar a cabo el asesinato, y luego determinó que, para hacer desaparecer las pruebas del mismo, había que considerar el asesinato del propio Contreras, su jefe de Inteligencia.)

De a poco fue perfilándose ante nuestros ojos el verdadero Augusto Pinochet Ugarte y al final de nuestras entrevistas, Raquel y yo quedamos con la sensación de que habíamos logrado mucho, pero no lo que pretendíamos, tal vez ingenuamente: que el general Pinochet hiciera un reconocimiento, aunque fuera débil, de que su gobierno había atropellado los derechos humanos, que mostrara algo de compasión por los familiares de los detenidos desparecidos, por la gente que había sufrido en el exilio, en las cárceles de tortura, un mínimo respeto por los muertos.

Yo no había abierto este libro desde el día en que lo entregamos a la editorial Zig-Zag para su publicación, hace treinta y cuatro años.

Hoy he vuelto a leerlo por primera vez.

Tú ya no estás, Raquel, amiga de mi alma, pero si vivieras, estoy cierta de que concordarías conmigo. Leyendo este libro desde la perspectiva de la historia, con los datos con que ahora contamos, puedo asegurar que Ego Sum Pinochet es un documento histórico revelador, que descubre la personalidad de Pinochet, sus carencias, su manera de hablar, sus miedos, la complejidad de su carácter, cómo se defendía de las acusaciones y finalmente, qué clase de persona fue el dictador chileno.

Elizabeth Subercaseaux

Julio, 2023

“Usted es la comunista y usted democratacristiana. ¡A ver, señoras, cuál de las dos salta primero?”, dice el general.

Era el miércoles 12 de julio de 1989.

A las ocho y media en punto se abrieron las dos puertas del Salón Rojo y ahí, en medio de aquel espacio, se encontraba –de pie– el general Augusto Pinochet Ugarte.

Traje azul, camisa celeste, una perla en la corbata. Los ojos cristalinos un poco enrojecidos, venillas en la cara, el bigote gris y la cabeza cubierta de canas bien peinadas.

Durante un segundo permaneció estático, observándonos sin hablar, con la mirada serena y una sonrisa apenas dibujada entre los labios.

De pronto fue como si una parte de la Historia se hubiese convertido en foto. Y costaba creer que ese caballero elegantemente vestido y de rostro tan amable, fuera él, uno de los gobernantes más controvertidos de este siglo. Bajo el rotundo silencio del salón palaciego, aislado de los ruidos, penurias y murmullos de la calle, desaparecía casi por completo la realidad de su gobierno.

Pinochet avanzó hacia nosotras, vinieron los saludos de rigor y luego nos señaló la mesa donde empezaríamos a trabajar.

Había comenzado la primera entrevista.

Fueron cinco sesiones de tres horas cada una, en La Moneda, a puertas cerradas, en una sala muy amplia iluminada por lámparas de lágrimas enormes, con tres ventanales que se adivinan tras los gruesos cortinajes. Sin edecanes ni asesores. Sin más testigos que nuestras grabadoras y los oídos y los ojos de los tres.

Siempre llegamos diez minutos antes de lo acordado. Y a la hora en punto, se abrían las dos puertas y él aparecía. Se sentaba en una silla de la cabecera estirándose con fuerza la chaqueta, después subía las manos anchas y nervudas y las dejaba tranquilas sobre la mesa. Recto el cuerpo, recta la cabeza, penetrante la mirada. “Estoy listo para comenzar”, parecía decir, pero no decía nada. Se quedaba quieto esperando las preguntas. Y alerta como un zorzal.

El trabajo se interrumpía cuando él tocaba un timbre escondido en algún lugar bajo la alfombra. Lo apretaba con la punta del zapato, parece, y antes de un segundo aparecía el Jefe de la Casa Militar.

“Ordene, mi general”. “Tráigame la agenda; mire a qué hora es la reunión con los ministros; anote que el lunes, a las tres, van a volver estas señoras...”, mandaba el general. Y el Coronel se cuadraba, mirando al frente. “¡A su orden, mi general!” Y desaparecía con la misma rapidez con que había llegado.

Edecanes, secretarios, guardias de seguridad y jefes militares recorren los pasillos tocando apenas esos pisos alfombrados

Unos de civil, perfectamente bien vestidos, otros con los uniformes impecables, corto el pelo todos, moviéndose sigilosos, diligentes y con cara de eficiencia. Más seriedad no se ha visto nunca, ni más orden. Van atravesando salones con la cabeza en alto y el ceño bien fruncido, como si llevaran el destino de Chile en los bolsillos. Y cuando aparece Pinochet, quedan detenidos como estatuas, con la mano en la visera y los tacones apretados. Ahí cae un silencio de segundos, pero hondo. Pinochet hace un gesto imperceptible y ellos continúan su camino.

Tiene un fuerte don de mando. Eso se respira en cada rincón de este Palacio. Y también se advierte el respeto que inspira entre su gente.

Desde las paredes, encerrados en los marcos de madera tallada y láminas de oro, los generales y presidentes de la Historia observan en silencio. Andrés Bello también mira, pero nunca dice nada. Y más allá Diego Portales, blanco el rostro afinado, quieta la mirada para siempre, sabe Dios qué pensamientos anidará en su alma del siglo pasado.

Ellos, los inmortalizados y conspicuos habitantes del Palacio, testigos mudos de este tiempo, conviven –entre lamparones antiguos, muebles coloniales y jarrones enflorados– con el general Augusto Pinochet.

En cinco oportunidades lo acompañamos a la mesa. Desayuno, almuerzo, once. Una comida para él, otra distinta para nosotras. Come cosas de hospital: galletas de agua, papas cocidas, carnes a la plancha, fondos de alcachofas, yogur, fruta fresca... Come poco y picoteando el plato con desgano, pero, cuando llega el pedazo a la boca, lo mastica rápido y seguro. No toma alcohol. Ni una sola gota. Se cuida el general. Nada de café. Sacarina en vez de azúcar. Bebe jugo de piña y de naranja, pero sobre todo agua de hierbas “para el vigor”.

A partir del primer instante fue perfilándose este personaje: odiado, temido y amado también por mucha gente.

No es político, mucho menos intelectual. Es soldado, el general chileno, a pesar de la perla en la corbata y de su enorme anillo de oro con rubí. Soldado neto, experto en “la estrategia”, conocedor de “la ciencia de la guerra” y de todos los matices que organizan el alma de la tropa.

Extraordinariamente simpático, puede ser hasta envolvente con su ingenio. Y con esas bromas de medio lado que lanza de repente. Tiene sentido del humor y anda como a la caza de reacciones, echando pullas, a ver qué pasa, karateca del lenguaje. “Usted es la comunista y usted democratacristiana. ¡A ver, señoras, cuál de las dos salta primero?”, pregunta con malicia y después dice: “No, si era sólo una broma”. Y luego cuenta un chiste.

Pero aquí no termina el cuento, porque justo al lado de ese encanto y en el momento menos pensado, salta el otro: duro, autoritario y con una capacidad de ironía sorprendente.

Es polifacético.

De pronto dice cosas de caballero antiguo. “Déjenme ayudarlas porque quien no tiene un amigo que le ayude a ponerse el abrigo, no tiene amigos ni tiene abrigo”. Así de galante.