El Amo de los Miedos 1 - M. S. Pereira - E-Book

El Amo de los Miedos 1 E-Book

M. S. Pereira

0,0

Beschreibung

¿Pueden los Oráculos equivocarse en sus designios? Es el interrogante que recorre toda la Tierra Conocida tras el fatídico golpe del destino. Una amenaza oscura y despiadada se esparce por el mundo, liderada por un jefe con cualidades sobrehumanas, que se hace llamar el Amo de los Miedos. Los reinos caen uno tras otro y el caos y la desesperación se apoderan de todo. Pero los Señores del Reino Oculto no están dispuestos a rendirse tan fácilmente. Zarúhil, el Rey, y su hermana Koralhil, la Princesa, lo van a dar todo para intentar liberar a su pueblo de las garras del adalid del mal. Los hermanos contarán con la alianza secular con un pueblo amigo, y la ayuda de un recurso extraordinario; la Sarillus Trïmo, una milagrosa planta que cura todos los males. Las heroicas e insólitas aventuras que vivirán los llevarán a conocer en persona al temido Amo, formándose de él ideas muy distintas cada uno. El Reino Oculto aún es libre, y los amigos no dejan de cruzar la Puerta Oculta para unirse al único Señor que no ha sido sometido por el tirano. Sin embargo, el enemigo se hace cada vez más fuerte. La última esperanza de la humanidad reside en un ejército que se reagrupa tras las montañas. ¿Lograrán los pueblos Aliados derrotar al Amo de los Miedos?

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 792

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0



M. S. PEREIRA

El Amo de los Miedos 1

Tres Oráculos

M. S. Pereira

   El amo de los miedos 1 : tres oráculos  /  M. S. Pereira. - 1a ed - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2021.

   Libro digital, EPUB

   Archivo Digital: online

   ISBN 978-987-87-1295-6

   1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. I. Título.

   CDD A863

EDITORIAL AUTORES DE ARGENTINA

www.autoresdeargentina.com

[email protected]

Queda hecho el depósito que establece la LEY 11.723

Impreso en Argentina – Printed in Argentina

A mi familia y amigos,que me acompañaron en este proyecto.

Y a la memoria de mi querida Seño Mimí,por enseñarme que nada es imposible para quien le sabe poner alas a los sueños.

Introducción

En los albores de la humanidad hubo una Edad que se perdió en el tiempo, porque hasta el mismo tiempo se enredó en sus desmanes. 

Por aquel entonces se llevó a cabo una guerra entre Gendrüyof, a toda costa dispuesto a aniquilar de la tierra a la raza de los hombres, y quienes se unieron para enfrentarlo. Por intervención del Prístino, Gendrüyof, a quien llamaron el Desterrado, fue vencido. La raza de los hombres no tuvo certeza de cuándo ocurrió la cruenta guerra, pero sufrió las consecuencias por el resto de las Edades. Gendrüyof fue repudiado y castigado eternamente, sin embargo el daño y el odio diseminados por el mundo fueron suficientes para mantener su oscura esencia con vida a través de los tiempos. La mancha del mal se impregnó en la tierra para quedarse. 

Y en torno al triste evento que fue llamado la Guerra sin Tiempo o la Edad Perdida, hubieron acciones y consecuencias que marcaron el transcurso de la historia para siempre. 

Hubo una trampa y hubo un castigo; un sacrificio y una promesa. 

El Desterrado había escondido en el lugar más recóndito un poderoso y maligno secreto, una bestia feroz de su propia ralea, que aguardaría el momento propicio para terminar lo comenzado por su padre. Era un hijo no nacido, una semilla del mal. Algo que iba a ser, pero aún no era… 

Pero alguien hecho de la misma sustancia del Desterrado, uno de sus hermanos, uno de los Primeros Hijos del Prístino, preservó también un vástago de su linaje para que, llegado el día, liderara a la raza de los hombres e hiciera frente a la simiente de Gendrüyof. El que realizó el gran sacrificio fue Schor, a quien los hombres amaron y llamaron el Dios Sol. Y desde entonces en la tierra se aguardó la llegada del portador de su estirpe.

Cuando los Primeros Hijos del Prístino y su descendencia abandonaron la tierra, los hombres solos y desorientados sin la guía de sus líderes, clamaron al cielo por una luz que les ayudara a continuar su breve peregrinaje de existencia.

Lhëunamen, llamado el Prístino en la Primera Edad, el Dios Blanco en la Segunda, el Poderoso en la Tercera, y el Gran Hacedor en la Cuarta, no pudo desoír lo que su creación le pedía. Fue entonces cuando decidió obsequiarles el prodigio de los Oráculos. Por medio de ellos podría seguir iluminando a los hombres con su sabiduría y consejo. 

A través de las Edades, los pueblos contaron con esas profecías para discernir sus destinos. Pero poco a poco la humanidad fue desoyéndolas, cambiando los designios de Lhëunamen por otros que consideraron más convenientes. 

Los Oráculos fueron olvidados, y solo dos sobrevivieron al paso del tiempo. 

Uno rezaba sobre la abominación que acaecería en la tierra protagonizada por un líder oscuro al que llamarían el Tamtratcuash, quien montado en una bestia legendaria, diseminaría muerte y devastación. Sin dudas, se trataba de la trampa escondida por Gendrüyof en la Edad Perdida. El otro Oráculo anunciaba su figura antagónica, un héroe portador de esperanza y luz, capaz de liberar a los pueblos de la amenaza del Tamtratcuash. Ese fiero guerrero sería descendiente directo de Îredimor el Bendecido, primer hombre que caminó sobre la tierra, y nacería en el último eclipse fecundo de Schor y Kohrim, por lo que lo llamarían el Último de los Patriarcas, y sería nada más ni nada menos que el Hijo del Sol.

Los dos Oráculos daban a entender que tanto el Tamtratcuash como el descendiente de Îredimor, serían coetáneos, y se enfrentarían en algún momento. 

Pero como nadie a ciencia cierta sabía cuándo sucedería el último eclipse fecundo de la Luna y el Sol, y a través de los siglos ningún descendiente de Îredimor había nacido en el momento justo de tal majestuosa realización, los Oráculos se fueron perdiendo en la memoria de todos. Los pueblos de los hombres ya no temían al castigo y la trampa. Tampoco esperaban el sacrificio y la promesa. 

Hasta que una clara mañana de la Cuarta Era, en el tercer ciclo de Schor, el día se hizo noche por unos instantes. Preciosos instantes en los que la Reina Erma-A-Kohrim daba a luz el hijo primogénito de Erma-Lubrandaisïr, Majestad Suprema de la Gran Ermagacia, último descendiente directo de Îredimor el Bendecido. El Último de los Patriarcas ya estaba en la tierra.

La noticia del nacimiento de un ermagaciano descendiente de Îredimor en el último eclipse ya había corrido a lo largo y a lo ancho de la Tierra Conocida. No existía reino ni aldea que ignorara el magnífico acontecimiento. Un terror oscuro y monstruoso se apoderó de los espíritus. Todos quienes tenían discernimiento, desde el más anciano al más joven se formulaban una pregunta. ¿Se acercaba la era sombría de caos y devastación en la que reinaría el Tamtratcuash?

En la Gran Ermagacia todo era regocijo desde el nacimiento del Príncipe. Erma-Mindylaisïr lo habían llamado, el Portador de la Hermosa Esperanza significaba en la antigua Lengua Madre del Norte. Y el niño crecía sano y feliz, lejos de las habladurías del gentío, desconocedor absoluto del gran peso que sobre su espalda cargaba, y de la siniestra jugada que el hado le tenía preparada.

Más temprano que tarde las naciones comenzaron a plantearse si verdaderamente Erma-Mindylaisïr era el salvador secularmente anhelado. Después de todo, más allá de su sangre real, era un ermagaciano común y corriente, de cuerpo menudo y gráciles facciones. Los pocos extranjeros que habían tenido el honor de conocerlo personalmente, no habían hallado en él alguna señal que lo distinguiera como el coloso que los liberaría del Tamtratcuash. Tal vez ni siquiera había nacido en el último eclipse, y todo fuera un invento de la diáspora ermagaciana, maldecida y disminuida, para recuperar algo de la honra perdida con el correr de los siglos. No, de ninguna manera ese vástago de Îredimor podía ser el Último de los Patriarcas. Por lo tanto, no había que temer la llegada del Tamtratcuash, porque el verdadero Hijo del Eclipse no había puesto aún sus pies sobre la Tierra Conocida, y según la palabra sagrada de Lhëunamen, ambos vendrían en el mismo tiempo.

Así de sencillo resultó para Erma-Mindylaisïr crecer lejos de la mirada crítica de las demás naciones. Al cumplir los doce años inició prematuramente su edad adulta en un largo y agobiante proceso, en el que los eruditos más destacados de la Gran Ermagacia se esforzaron en instruirlo para ser a futuro la Majestad Suprema. Su vida feliz y sencilla había cambiado drásticamente, y cambiaría aún más luego de que el Gran Hacedor hablara a través de tres Oráculos simultáneos. Y no solo la vida del Heredero de la Gran Ermagacia se vería conmocionada por los mencionados Oráculos, sino que cada habitante en la Tierra Conocida sería afectado por ellos.

Era una nueva historia la que comenzaba, una historia en la que surgirían héroes y villanos capaces de darlo todo por alcanzar sus propósitos. Historia en la que cada personaje que la forjara, debería enfrentar sus miedos más profundos y obligarse a resistir en pos de sus ideales. Cuando el completo caos reinara, la sangre correría como ríos por los valles, y desde los despojos de la tierra yerma la esperanza levitaría como un susurro. Una vez más, como en la Edad de los Primeros Padres, los Oráculos cobraban protagonismo. Una nueva Era se abría paso, en la cual se erigiría un Señor sin credo ni corona, tan poderoso como temido, quien con la voracidad de las bestias engulliría nación tras nación. Comenzaba la historia de Atcuash, el Amo de los Miedos.

Capítulo 1TRES ORÁCULOS

Oráculo del Agua

Descendencia malditael germen del mal.Devastación, es la hora.Oscuridad, la mano de Gendrüyof.Muerte, de las cenizas de los Siete surgirá Uno.Sangre, el ocaso de los Pueblos.De las sombras se levantará la bestia de ojos de fuegoel terror de las naciones, de los Siete surgirá Uno.El que beberá su poder de fuentes oscuras.Escuchen, Lhëunamen habla.Es la hora del Tamtratcuash.

Oráculo de la Cabeza

Esta es la palabra de Lhëunamen, el Primero.Llegó el tiempo de la Revelación.Ya camina por la tierra el Hijo del Eclipsesus pasos vacilan, peligra, necesita la Luz.La simiente de Schor y Kohrim, el Elegido.El Último de los Patriarcas.En él residirán la derrota y la victoria.Y en sus dominios resurgirán los poderes ancestrales.De la Dinastía Hermosa y Bendita será El Elegidodescendiente de Îredimor.El que liberará a su pueblo del Juramentoy de la mano de Gendrüyof.De todas las naciones hará una solay traerá la paz.

Oráculo del Árbol

Del Eclipse y del Fuego será la Luzcuyo fulgor inmanenteiluminará el sendero del Elegido.Y en sus manos prodigiosasgerminará el Lamento de Trïmo.Si la Luz se apaga, se apagará también la Esperanza.Lhëunamen habla, escuchen.Será en tiempo de apostasía y alianzas truncas.De reyes jóvenes y bestias abominables.Luz verdadera, Luz hermosa.Mi Luz Predilecta.Ella renunciará a su gente y permanecerá ocultapara iluminar al Último de los Patriarcas.

Así hablaba el Gran Hacedor a través de los Oráculos. Dos se habían materializado en reinos ermagacianos, y uno en el reino Gydox. Pero de los tres, el que más repercusión había causado era el Oráculo del Agua, porque describía nada más ni nada menos que la llegada del tan temido Tamtratcuash.

El Oráculo del Agua, o el Oráculo del Lyeguron como se llamaba realmente se hallaba en el pequeño reino ermagaciano de Xinär. El Lyeguron era el río más grande y, tal vez, el más sagrado de toda la Tierra Conocida. Solo sus aguas purificaban del crimen más terrible y repudiado: asesinar a un rey. 

Su origen se remontaba a la Primera Edad, la llamada Edad de los Dioses, y según contaba la leyenda se había formado de las lágrimas que derramara Äirlyth la Fecunda, cuando daba a luz a su hijo Lyeguron, Señor de las Aguas, mientras sus hermanos mayores eran devorados por Gendrüyof el Desterrado. 

Raudamente los eruditos de Xinär enviaron las aves mensajeras con las noticias del Oráculo del Lyeguron a las Majestades Supremas. Pero cuál no sería su sorpresa al recibir, con la misma rapidez, la respuesta de la Gran Ermagacia. Los Monarcas, reclamando un Cónclave en Xinär, ya estaban en camino junto a Erma-Mindylaisïr. Según lo enunciado, la vida del Heredero Supremo estaba en peligro. Mientras desde el reino Gydox también había partido una embajada hacia Xinär, encabezada por los Reyes y los Príncipes. 

En el pequeño reino de Xinär todo era preparativos y confusión. Nadie entendía bien la razón de la embajada gydox, pero esperaban ansiosos la llegada de los dos contingentes reales para aclarar de una vez, los motivos de la demandada reunión. Era la primera vez que las Majestades Supremas iban a pisar el suelo de Xinär. A decir verdad eran contadas las veces que abandonaban la Gran Ermagacia.

Si tan solo hubieran sabido que los cielos ya no eran un medio seguro para enviar información de tanta relevancia, se habrían evitado tal vez, las innumerables desgracias que sobrevinieron tras la culminación del Cónclave. Pero ya el tablero estaba dispuesto, y las piezas comenzaban a moverse instigadas por el dictamen de los tres Oráculos. 

Capítulo 2HUYENDO DEL AMO

Podía sentir su agitada respiración y cada uno de los latidos de su corazón. Los desesperados intentos por recuperar la entereza que en otros momentos difíciles solía acompañarla eran inútiles. No huía esta vez de una fiera hambrienta o de algún grupo de enfurecidos Quemadores. Un frío sudor recorría su cuerpo y el terror dominaba completamente sus pensamientos.

Recordaba innumerables historias escuchadas sobre él, las cuales competían por ser más crueles y sangrientas. Se contaba que muy pocos habían sobrevivido a la malignidad de sus ojos (exceptuando su infernal ejército), por eso nadie sabía decir con precisión cómo era su rostro. Se creía que era el vástago escondido del Desterrado, si no era la reencarnación misma de Gendrüyof. Se desconocían su historia y origen pero corría la voz de que siendo aún niño había presenciado la muerte de sus padres en medio de atroces tormentos, y muchos aventuraban que él mismo los había ejecutado. Era un ser despiadado, sin sentimientos, incapaz de demostrar alguna emoción.

Se decía que por sus venas corría la sangre del indómito pueblo de los Quemadores, y que a ello se debía su feroz espíritu guerrero. Otros afirmaban que pertenecía a las pacíficas gentes de Ermagacia y que solo se habían despertado en él las habilidades e instintos de los legendarios guerreros de antaño.

Su visión era tan aguda que podía divisar largas distancias, e incluso ver en la oscuridad. Sus demás sentidos no eran menos desarrollados; no había olor o sonido que le pasaran desapercibidos y su pulso no vacilaba a la hora de matar; un animal o un ser humano. Tampoco fallaba.

Eran suyas las dos espadas más temidas y poderosas de la tierra; la terrible Adagium, paradójicamente cruel como hermosa; y la legendaria Diamantina, nacida en magnánimas épocas olvidadas de la Primera Edad, cuando dioses y hombres caminaban por el mismo suelo, y los ermagacianos o «Supremos» como se los llamaba entonces, dominaban grandes potestades conservando todavía los dones extraordinarios de los Primeros Padres. Además de inimitable cazador era hechicero y sus eficaces encantamientos lo habían sacado de apuros anteriores. Algunos afirmaban que su cuerpo era inmune al dolor y que incluso gozaba de inmortalidad.

Se sabía que en el cielo, en el agua y en la tierra, en bosques, llanuras o desiertos, sus aliados se contaban por miles. No solamente humanos; sus hordas eran tan variadas como numerosas y la vegetación misma parecía susurrarle los movimientos de su presa. Él era Atcuash, el Amo de los Miedos, y ahora venía en busca de ella.

¿Por qué? ¿Por qué el pequeño venado había huido tan veloz y seguro hacia aquel sitio del bosque donde se encontraba el mismísimo demonio con iguales intenciones de caza? ¿Cómo iba ella a imaginar que siguiendo tan sutil criatura se toparía con tan oscuro Señor y su ejército? 

Quería pensar por un instante que todo lo oído no era verdad, pero hasta si fuese Atcuash un hombre sin facultad extraordinaria alguna, venía en su busca y con un innumerable escuadrón de hombres con su mismo sentir y pensar despiadado.

¿La encontrarían? ¿Sería su fin? Esa enmarañada mata que le servía como escondite de un momento a otro podía traicionarla. Y así fue. Tal vez alguna rama obligada a una tensa presión que ella misma ejercía, se había quebrado; tal vez fue un involuntario movimiento provocado por su continuo temblar; o en verdad alguien la había encontrado y estaba allí detrás de ella. Lo cierto es que en medio del perturbador silencio que dominaba la noche en aquel recóndito lugar del Bosque de los Encantos, la pequeña mujer oyó a sus espaldas un ruido similar al crujido de una hoja de árbol seca. Del mismo modo como el ave emprende vuelo al sentir la presencia de algún enemigo, ella giró su cabeza. Pero no había allí nada más que sombras mezcladas con maleza, y más allá la oscuridad.

En medio de su agonía sintió un alivio, dejó escapar un leve suspiro al mismo tiempo que volvía su mirada hacia el frente. La breve calma se esfumó tan pronto como sus ojos se posaron en otros, enormes, brillantes, furiosos y malignos. Allí, a agobiante corta distancia, se encontraba un hombre de pie. Era Atcuash sin lugar a dudas, ya que solamente sus ojos en toda la Tierra Conocida refulgían como dos llamaradas rojas en medio de la oscuridad. Además, únicamente él a diferencia de sus súbditos, utilizaba una prenda que lo cubría de pies a cabeza. Y sobre el pecho pendiente de una cadena sujeta a su cuello dejaba ver el símbolo de la muerte, representado por una negra calavera de horribles ojos rojos.

Alto, soberbio; su vestimenta tenebrosa como su persona, solo dejaba ver los enormes ojos y las manos, ya que al resto del cuerpo lo cubría la túnica, o bien las sombras que esta proyectaba.

Tal como si su cabeza hubiera sido atravesada por un puñal, la acorralada mujercita lanzó un horroroso grito de terror. Quería convertirse en brisa, o hacerse savia y correr libre por el tallo de cualquiera de los arbustos que la rodeaban. Pero nada le era posible inmovilizada por el miedo y por el enredo de sus cabellos entre las ramas. En sus pensamientos desfilaban sin descanso los rostros de los pobres inocentes que después de su muerte quedarían sin protección ni sustento. Entonces, y solo por pensar en ellos, sus ojos se nublaron y sus desesperados sollozos irrumpieron en un triste lamento en el enmudecido bosque acostumbrado ya a similares sucesos. Por sus seres queridos recobró la fortaleza y se dispuso a entregar cara su vida. Pero al secar sus ojos con las manos y aclarar la mirada, observó con espanto que los pocos pasos que la separaban del cazador ya no existían, porque él estaba tan cerca que podía sentir su fría respiración. Sus ojos inmóviles y fijos en los de ella lanzaron tan furiosa mirada, que al igual a una ráfaga mortal fueron helando cada uno de sus miembros. Nada. Nada sentía ni veía ya, solo sus terribles ojos y el implacable miedo. 

De pronto dos relámpagos interrumpieron la triste escena, eran Diamantina y Adagium, que una vez más obedecían la voluntad del Amo. Irremediablemente los filos impactaron con su destino... y esto fue lo último.

Capítulo 3 OSCURO DESAFÍO

No era una buena noche para Zarúhil. Por más vueltas que diera en la cama no lograba conciliar el sueño. Había tenido una horrible pesadilla en la cual su hermana Koralhil era cruelmente perseguida por Quemadores y sus hambrientos canes, y una vez vista libre de semejante escolta lograba treparse a la enramada más alta de un árbol. Pero sin embargo resbalaba, y en su caída observaba con espanto a un ser oscuro con la infame insignia de la muerte colgando de su cuello que la aguardaba con dos majestuosas espadas en sus manos impuras. Sin que la mujer muriera en el impacto de dar contra la tierra, en un diabólico arrebato, aquel tomaba impulso y de un salto le salía al encuentro y le rebanaba la cabeza con ambos filos.

Al despertarse de tan horrible espanto, sin ánimos ya para seguir durmiendo, los pensamientos lo habían asaltado con mayor tenacidad que otras veces. Y en verdad no era esta la primera noche de insomnio. Hacía ya un tiempo que las preocupaciones, en especial las referidas al futuro próximo, ensombrecían sus momentos de calma convirtiéndolos en largas jornadas de cavilaciones.

Se puso de pie, dio algunas vueltas por la habitación hasta que finalmente se detuvo frente a la gran ventana que sin obstáculo alguno permitía el paso del fresco aire nocturno. Desde allí podía ver parte de las viviendas de su pueblo y observar el fuego de los centinelas junto a la Puerta Oculta. ¿Por cuánto tiempo más podría seguir llamándose así? Él no lo sabía.

Su postura inmóvil, su mirada fija, pensativa y distante reflejaban la noble sangre que corría por sus venas. Toda su fisonomía denotaba la magnífica fusión de dos pueblos muy fuertes en otro tiempo, aunque silenciado uno y maldecido el otro. Su estatura elevada y renegridos cabellos eran herencia de su padre, quien en vida había sido Señor de los Ocultos, un antiguo Imperio del Norte llamado Gydox, obligado a emigrar al sur por los Supremos y a ocultarse del mundo por los Quemadores. También a él debía su espíritu de lucha e inquebrantable fortaleza a prueba de toda adversidad.

Su madre había sido ermagaciana; de ella había adquirido la capacidad de amar a todos los seres y de aprender de cada uno de ellos. Así había acrecentado una sabiduría precoz pero no por eso menos profunda. Los finos rasgos de su rostro le pertenecían, porque la belleza sin igual de los ermagacianos era algo que ni el tiempo ni la Maldición que sobre ellos pesaba podían mancillar. Túkkehil, su padre, la había conocido en una de las expediciones de comercio, y aun siendo la joven Erma-A-Kora de las castas más bajas de su reino, no dudó en tomarla por esposa y convertirla así en Señora de un pueblo completamente distinto al de ella. Vinieron años muy felices luego (a pesar del continuo asedio de los Quemadores) porque la «Hermosa Señora» como era llamada por los Ocultos, no solo era amada por todos, sino que además les enseñaba sus conocimientos sobre las artes naturales. Y fue así como el árido suelo rocoso se transformó en poco tiempo en un fértil valle que ofrecía a sus moradores toda clase de vegetales comestibles, e incluso variados ejemplares de flores bellísimas que ningún gydox (ni siquiera en el esplendor del antiguo reino) había conocido. La hierba crecía aun en la roca desnuda, y por primera vez, desde que habitaran el Reino Oculto, pudieron criar animales, y ya no necesitaban intercambiar con otros pueblos sus preciosas piedras para abastecerse de alimentos.

Los días transcurrieron tan prósperos y afables que el mismo Rey de los Ocultos olvidó pronto que su querida esposa era del linaje ermagaciano y que sobre ella existía un Oráculo maligno; Oráculo que afloró cuando el Reino Oculto recuperaba lenta pero indeteniblemente la majestuosidad y esplendor de épocas pasadas; cuando su poderío competía con los Supremos.

Por ese entonces Túkkehil y Erma-A-Kora vivían con gozo al ver crecer a sus hijos Zarúhil, el primogénito y la pequeña Koralhil, además de un tercer vástago que se desarrollaba aún en el vientre de la Reina. En esos momentos de dicha, fue cuando la despiadada Muerte Blanca (llamada así por el singular tono que tomaban sus víctimas cuando morían), sorprendió al pueblo gydox a lo largo y a lo ancho de todo el imperio. Las construcciones se abandonaron, los animales al igual que las personas enfermaron y los sembrados y jardines se fueron marchitando. Era todo muy triste y confuso para los Reyes; veían día a día morir a su gente sin poder hacer algo para remediarlo. Las Inmortales, montañas que los resguardaron de los peligros del mundo exterior por siglos, se habían convertido en una prisión tan cruel como asesina. 

En medio de tan caótica situación, el baluarte más sagrado del reino habló una vez más para materializar las palabras del Gran Hacedor. El Oráculo de Jexërien había hablado. Conocido como el Oráculo de la Cabeza era precisamente la cabeza incorrupta de quien en vida fuera la más venerada de las Princesas gydoxs. La palabra de Lhëunamen anunciaba la presencia en la tierra del Último de los Patriarcas, hecho muy conocido por los gydoxs, ya que su Reina era ermagaciana. Era un mensaje lleno de esperanza pero advertía de un inminente peligro para el Heredero Supremo. Nunca antes el Oráculo de la Cabeza había revelado un designio que tuviera que ver con otro pueblo que no fuera el de Gydox, y esto era algo que tenía a los eruditos del Palacio muy confundidos, aunque el hecho de que la Reina Erma-A-Kora fuera ermagaciana podía ser la clave. Urgía poner sobre aviso a las Majestades Supremas de la Gran Ermagacia. 

La respuesta ermagaciana no se hizo esperar. En la Gran Ermagacia, el último de los lakkures, emblema de los antiguos Supremos, había materializado en su corteza milenaria un nuevo designio. Era el Oráculo del Árbol Dorado, que interpretado por los maestros y eruditos más renombrados de todos los reinos ermagacianos, demandaba la existencia de quien sería la salvación del Heredero Supremo. Y la salvación provenía precisamente del reino Gydox.

Muy pronto los Señores de los Ocultos y sus hijos, que con ellos eran llevados por resguardo de la peste, se encaminaron junto a una pequeña comitiva al reino ermagaciano de Xinär, donde Erma-A-Kora había vivido muchos años. Habían sido convocados a un Cónclave donde también estarían las Majestades Supremas. Tanto Túkkehil como Erma-A-Kora desconocían por completo el papel que jugaban en aquel Concilio ermagaciano, pero guardaban la secreta esperanza de encontrar consejo para combatir la peste. La Reina recordaba que cuando aún vivía en Xinär como una aldeana más, los Reyes impartían una cura muy efectiva a quienes enfermaban gravemente, con sorprendentes resultados favorables.

En Xinär fueron acogidos cálidamente, su esperada llegada fue bienvenida y agasajada con los honores que la ocasión demandaba. Hacía mucho tiempo ya que las antiguas rivalidades, odios y humillaciones habían sido olvidados; ni los gydoxs ni los ermagacianos eran los mismos de los siglos pasados. Las Majestades Supremas y sus herederos ya estaban allí.

Para Zarúhil y Koralhil, los Príncipes de Gydox, todo había sido maravilloso desde que abandonaran el Reino Oculto. Era la primera vez en sus cortas vidas que salían al exterior, y cada paso que daban en suelo libre era una invitación a la felicidad. La experiencia en Xinär no fue menos gratificante; todo era muy distinto al Reino Oculto, sin embargo había una característica que se les asemejaba mucho: la sencillez de sus habitantes. Extasiados contemplaban los rostros hermosos que los observaban con discreta curiosidad. No podían comprender los jóvenes por qué se les llamaba los Malditos, si aquellos ermagacianos, al igual que su madre, rebozaban de una feérica vitalidad. 

De todos los acontecimientos extraordinarios que habían experimentado en aquel viaje, dos fueron los que más se destacaron. Uno era el increíble parecido que había entre Erma-A-Kohrim Reina de la Gran Ermagacia, y su madre Erma-A-Kora Reina de los Ocultos. Este parecido llamó la atención de todos, porque si bien ambas soberanas eran ermagacianas, no tenían parentesco alguno. Sus cuerpos, sus rostros, parecían dos gotas de agua. Solo el color de ojos las diferenciaba, eran verdes los de la Reina gydox, y celestes los de la Reina ermagaciana. Tan hermosas habían sido ambas desde su nacimiento que se las había llamado con nombres que se utilizaban por primera vez en la historia del reino. La Reina ermagaciana pertenecía a un ininterrumpido linaje de nobles de la Gran Ermagacia; Erma-A-Kohrim la habían nombrado, y significaba la Luna Hermosa, porque al no encontrar un referente de belleza que se le pareciera en la tierra, sus padres osaron llamarla como la Princesa Kohrim, única mortal que había sido capaz de enamorar a un dios. La Señora de los Ocultos había nacido en Xinär, en el seno de una humilde familia de aldeanos que la llamaron Erma-A-Kora: la Luz Hermosa. Dos Reinas idénticas, de belleza inconmensurable, con dos hijos cada una. Juntas irradiaban un aura tan prodigiosa que era imposible verlas sin conmoverse. Los eruditos y maestros asociaron este casual suceso con una señal del Gran Hacedor; las interpretaciones de los Oráculos eran las correctas. Ambas Reinas jugaban un papel indispensable en la vida del Último de los Patriarcas, una era su madre terrenal, la otra sería la luz que lo guiaría y protegería en la concreción de su extraordinario destino.

El otro acontecimiento destacado en aquella aventura de los Príncipes gydoxs, sería sin dudas, el que marcaría un antes y un después en sus vidas. Porque jamás, ni antes ni después, tendrían la oportunidad de conocer a un ser tan singularmente extraordinario como el Príncipe Erma-Mindylaisïr. Nunca más pudieron olvidarse de aquel encuentro, porque el Príncipe era sin lugar a dudas el predestinado de las profecías. Sus gestos y miradas irradiaban una paz infinita, sus palabras estaban tan llenas de sabiduría que cuantos lo oían, no podían creer que se tratara tan solo de un niño. Era bello, sin duda, pero su personalidad no lo era menos, y los hermanos gydoxs hubieran deseado compartir un día más de sus vidas en compañía de tan hermosa criatura. 

Catorce años contaba el Heredero de la Corona de la Gran Ermagacia. En su espalda cargaba el peso del mundo entero. Era el Último de los Patriarcas, simiente viva del Dios Schor. El Elegido de Lhëunamen. El Hijo del Eclipse. El milagro reservado en la Edad Perdida, prometido en la Tercera y esperado ardientemente en la Cuarta. 

Todos los de buena voluntad esperaban que los salvara del inminente peligro del Tamtratcuash. Su propia gente aguardaba esperanzada que los liberara de la milenaria maldición que los diezmaba desde la Edad de los Primeros Padres, y del terrible Juramento que los obligaba a ser un pueblo débil y reducido. Un Oráculo reciente había vaticinado un acechante peligro para su vida. El mal sembrado en la tierra por Gendrüyof estaría reuniendo sus huestes para arremeterlo. Incontables serían sus enemigos. Sin embargo su mirada serena, de celestes ojos de cielo como la de su madre, no denotaban angustia o ansiedad alguna. No era alto, ni robusto, pero incluso así irradiaba fortaleza. Sus rubios cabellos estaban prolijamente peinados en torzales, como era la costumbre de la realeza de Ermagacia. Y a pesar de que sus vestimentas eran tan sencillas que se parecían a la de cualquier plebeyo, todo su porte reflejaba el real linaje que por sus venas corría. Solo una sonrisa y una mirada suya bastaron para atar para siempre, con magnéticos lazos de simpatía y lealtad, los corazones de los Príncipes de Gydox.

Luego de la bienvenida, y sin mediar demoras, Reyes y Príncipes se reunieron en conferencia. Los eruditos de cada pueblo expusieron los Oráculos revelados en sus reinos. Cuando fue el turno de los gydoxs aprovecharon el momento para obsequiarle al Príncipe Erma-Mindylaisïr una capa realizada con las últimas escamas de dragón que se atesoraban en el reino. El regalo fue bien recibido, pues todos conocían las maravillosas propiedades de las escamas de dragón, así como también su escasez en toda la Tierra Conocida. A los Reyes de Xinär les obsequiaron un cofre decorado con gemas y zafiros de exquisita confección. Las Majestades Supremas también traían un gran regalo para los gydoxs, el milagro que los salvaría de la Muerte Blanca. Fue entonces cuando conocieron la planta «Sarillus Trïmo». Explicaron cómo se debía cuidar y cómo prepararla para obtener la medicina. Así como también dejaron en claro que el milagroso vegetal solo prosperaba en manos ermagacianas, pero no solo ermagacianas, sino manos ermagacianas reales.

Las Majestades Supremas traían medicina Sarillus suficiente como para auxiliar a un reino numeroso. Además de ejemplares de la planta para que los reinos Gydox y Xinär realizaran plantaciones experimentales de Sarillus Trïmo en sus territorios, pero sin ninguna garantía de éxito.

El origen de la Sarillus Trïmo se remontaba a la Segunda Edad, había sido entregada por la diosa Trïmo a Îredimor, primer Señor de los ermagacianos. Según la leyenda que corría de boca en boca de la Gente Hermosa (porque la existencia de la planta era un secreto exclusivo de su raza), cuando la diosa descubrió el engaño y la devastación que Gendrüyof y sus huestes habían causado a los pueblos humanos, lloró sin consuelo, y en su lamento pensó en cómo ayudar a los hombres a reponerse de tanta pérdida cuando ya le habían sido arrebatados la mayoría de sus poderes. Fue cuando la Gran Trïmo, llamada la Poderosa en la Primera Edad, ahora mancillada y reducida por la maldad sin límites de Gendrüyof, sacrificó la última reserva de poder divino que le quedaba para crear el arma más poderosa en toda la tierra, un vegetal capaz de curar todos los males. «Sarillus Trïmo» la llamó el Pueblo de Îredimor, el Lamento de Trïmo en la Antigua Lengua. Y como la diosa bien conocía la codicia de la raza humana, y también el daño que los hombres eran capaces de infligir en pos de una ambición, dispuso que solo la realeza femenina ermagaciana sería quién tuviera el exclusivo privilegio de manipular la milagrosa planta. En manos equivocadas la Sarillus solo se marchitaba y moría. De esta manera se aseguraba la diosa que su nuevo tesoro no fuera utilizado para la destrucción masiva, como ella misma lo había sido. Al entregar su majestuosa creación a manos humanas, Trïmo, la creadora del Primer Lenguaje y los Antiguos Poderes, quien había sido la hija predilecta de Lhëunamen en el principio de todo, antes del tiempo, engañada, manipulada y devastada por el ser más oscuro y despiadado que hubiera existido a lo largo de las Edades, se alejó para siempre de los humanos, y no se volvió a escuchar de ella hasta el Llamado de Lhëunamen. Îredimor el Bendecido, fue el primer y último hombre en tocar la Sarillus Trïmo, una vez que la entregó al cuidado de su Reina, nunca más pudo volver a hacerlo. Y a lo largo de los siglos y las Edades fueron las reinas y princesas del Pueblo de Ermagacia quienes se encargaron estoicamente del cuidado y proliferación del regalo de la Diosa.

Los Reyes de Gydox no salían de su incredulidad y asombro. Erma-A-Kora tenía una vaga idea de la cura a la Muerte Blanca, pero nunca hubieran imaginado que existiera una hierba con semejantes cualidades. Además la generosidad de las Majestades Supremas al obsequiarles y revelarles tan grandioso secreto los tenía alarmantemente confundidos. Sin embargo pronto les fue revelado el interés subyacente a tanta generosidad. Necesitaban que el Heredero Supremo se refugiara por algún tiempo detrás de las Inmortales, y para ello, el Reino Oculto debía verse sin rastros de la Muerte Blanca. Aunque la Sarillus Trïmo curaba la peste, no se iban a arriesgar a que Erma-Mindylaisïr sufriera alguna de sus innumerables secuelas.

Al oír la posibilidad de que Erma-Mindylaisïr pasara una temporada en el Reino Oculto, el corazón de los Príncipes gydoxs dio un vuelco de alegría. Y a juzgar por la cómplice mirada que les hizo el Heredero de los Supremos, la alegría era compartida. Y es que a pesar de haber convivido solo unas horas, los tres Príncipes parecían conocerse de toda la vida. 

Los que no estaban muy convencidos con la idea de los ermagacianos, eran los Señores de Gydox. Que el Hijo del Eclipse permaneciera una temporada en el reino Gydox hacía peligrar la seguridad de su secular anonimato. Todos los ojos codiciosos de la Tierra Conocida estarían puestos en las Inmortales. Necesitaban la cura para su gente, ¿pero qué precio estaban dispuestos a pagar para obtenerla?

Al ver la conmoción en los gydoxs, los maestros y eruditos ermagacianos se apresuraron a realizar las interpretaciones pertinentes de los Oráculos, comenzando por el que más atemorizaba, el Oráculo del Agua, que hablaba del inminente surgimiento del Tamtratcuash. La profecía comenzaba haciendo alusión a la descendencia maldita, que no podía ser otra que la ermagaciana, maldecida por los de su propia raza. El Tamtratcuash al igual que el Hijo del Eclipse sería sangre de los antiguos Supremos. Y eso era algo que desvelaba a las Majestades Supremas, porque el enemigo se podía encontrar en la misma Gran Ermagacia. Otro dato alarmante era la sentencia: «Es la hora». Claramente establecía que era el presente, en coincidencia con los Antiguos Oráculos. Tanto el Tamtratcuash como el Hijo del Eclipse compartirían el mismo tiempo. Lo demás no lo consideraban de difícil interpretación; junto a la Mano de Gendrüyof, como se le decía al vástago oculto del Desterrado, sobrevendría una época de muerte, derramamiento de sangre y devastación. El sembrador de tantas calamidades sería como una reencarnación de los Siete Tamtratcuash. Lo que demostraba el poderío con el que iba a contar el enemigo, un único ser con las magníficas cualidades de los Siete y la sangre del Desterrado corriendo por sus venas, lo que justificaba la descripción de la bestia de los ojos de fuego, pues todos conocían la manera en que los Siete aterrorizaban a las naciones con sus refulgentes ojos que brillaban en la oscuridad. Y como no podía ser de otra manera a cualquier representante del mal en el mundo, su poder residiría en la magia de sangre, tan antigua como oscura.

Después fue el turno de deshilvanar el Oráculo de la Cabeza, el que anunciaba la esperada llegada del Hijo del Eclipse. Era una afirmación que todos los ermagacianos sabían; ya estaba en la tierra el Elegido de Lhëunamen, el Hijo de la Luna y el Sol. Un descendiente de Îredimor el Primer Hombre, capaz de despertar a su paso los Antiguos Poderes que dominaban antaño la tierra, y librar al pueblo ermagaciano del Juramento y del Tamtratcuash. Solo él podía reinar en paz sobre todos los pueblos de la Tierra Conocida.

Pero el Oráculo también anunciaba un peligro oculto que haría vacilar sus pasos, segura alusión a la trampa escondida de Gendrüyof: el Tamtratcuash. Por lo que el Elegido necesitaba de una Luz que le guiara hasta que alcanzase la Revelación, en la que se despertarían los poderes necesarios para enfrentar al enemigo. Y tal vez de esa Luz dependerían su victoria o su derrota; si la guía resultaba correcta, la derrota del Tamtratcuash se consumaría, pero si en cambio la guía era insuficiente, la derrota sería la del Último de los Patriarcas. Los eruditos continuaron revelando el Tercer Oráculo, habían cambiado el orden de la explicación en el Oráculo de la Cabeza para enlazarla con la del Oráculo del Árbol. Ellos afirmaban que la Luz nombrada en ambos Oráculos era nada más ni nada menos que la Reina Erma-A-Kora. 

Ante las exclamaciones de desconcierto y desazón de los gydoxs, fueron las mismas Majestades Supremas quienes poniéndose de pie tomaron la palabra, y dirigiendo la mirada puramente a la Reina de Gydox expusieron cada una de las razones que los llevaron a tomar esas conclusiones.

—«Del Eclipse y del Fuego será la Luz cuyo fulgor inmanente iluminará el sendero del Elegido» —reveló Erma-Lubrandaisïr—. Desde el comienzo el Oráculo te señala, Erma-A-Kora, quien fuiste una más de nuestro pueblo, representado desde antaño por el símbolo del Eclipse y por cuyas venas corre sangre ermagaciana. Pero hoy te presentas como la Reina de un pueblo extranjero, enarbolado con el estandarte del Fuego. El Eclipse y el Fuego son los sagrados símbolos que enmarcan tu vida, gloriosa Erma-A-Kora. ¿De quién más con tus características se podría decir lo mismo en toda la Tierra Conocida? 

El Rey Túkkehil se levantó impaciente; ya vislumbraba el papel que los gydoxs, más específicamente su esposa, cumplían en ese Concilio, y no era de su agrado, por lo que intervino de inmediato con voz potente: 

—¿Y quién dice que el Oráculo habla de una persona? ¿Por qué no podría tratarse de una luz tal y como es nombrada en el Oráculo? ¿Quién les dice que por el solo hecho de que su nombre signifique la Luz Hermosa, es ella la protagonista de la profecía? 

Erma-A-Kora también se puso de pie y tomando la mano de su esposo abrió la boca para hablar. Pero no alcanzó a emitir palabra porque fue Erma-A-Kohrim quien lo hizo primero:

—Así sería, sin dudas, mis estimados. —La Reina ermagaciana miró a los ojos al Señor de los Ocultos—. ¿Pero acaso no es también un indicio el haber recibido un Oráculo para nuestro pueblo en el suyo? ¿Por qué habría de hacerlo el Gran Hacedor si en ello no enviara un mensaje de comunión entre los Sagrados Oráculos? Pero sin embargo hay una prueba más —Erma-A-Kohrim dirigió su mirada hacia Erma-A-Kora diciendo—: «Y en sus manos prodigiosas germinará el Lamento de Trïmo».

A una señal de la Majestad Suprema tres eruditos se acercaron con un recipiente de cristal cada uno. En las fuentes había una pequeña planta poblada de hojas tan simples como verdes. Erma-A-Kohrim tomó entre sus manos una de ellas. 

—Esta es la Sarillus Trïmo, el Lamento de Trïmo, la planta más milagrosa que haya existido sobre la tierra, y a la que solo podemos tocar las Reinas y Princesas de sangre ermagaciana. —La Monarca tocó con sus dedos una hoja y luego la ofreció al Soberano gydox. 

Túkkehil la tomó torpemente, y para sorpresa de los gydoxs presentes, la planta se marchitó por completo y se deshizo al instante. Erma-Lubrandaisïr tocó otra y sucedió lo mismo que con la que tocó Túkkehil. Entonces la Reina ermagaciana acercó el tercer ejemplar a la Reina de Gydox.

—Si el Gran Hacedor no te escogió a ti, Erma-A-Kora la Luz Hermosa, para ser la guía del Último de los Patriarcas, esta planta de Sarillus se desvanecerá como las otras. Eres ermagaciana, pero no naciste en la realeza, sin embargo ahora eres Reina, pero no de un reino ermagaciano. ¿Por qué el Lamento de Trïmo germinaría en tus manos si no fuera por los sagrados designios de Lhëunamen?

Erma-A-Kora acercó su mano a la Sarillus. Un silencio expectante invadió el recinto donde se llevaba a cabo el extraño Concilio. Zarúhil recordaba cómo todos se olvidaron de respirar en esos momentos. Los ermagacianos estaban ansiosos. Los gydoxs temían que la planta se deshiciera… y también que no.

Finalmente las temblorosas manos de la Reina gydox tocaron la Sarillus Trïmo. Y la Sarillus Trïmo no se deshizo.

A partir de ese momento todos los sucesos que vendrían, se agolpaban y confundían con violencia en la mente de Zarúhil. Y el heredero gydox no discernía con claridad si así habían acontecido o su memoria los transformaba de esa manera para que lo adverso no doliera tanto. Un recuerdo tras otro, todo se mezclaba y dolía. 

Recordaba la celebración de una Alianza entre gydoxs y ermagacianos sellada con el compromiso de unión entre Erma-Mindylaisïr y su adorada hermana Koralhil. También el acuerdo de que mientras el Reino Oculto fuera saneado de la Muerte Blanca, la Reina Erma-A-Kora, su hermana y él aguardarían una temporada en la Gran Ermagacia, para luego regresar a las Inmortales junto al Heredero Supremo. 

Recordaba Zarúhil un corto trecho de viaje hacia la Gran Ermagacia en la más completa felicidad. Luego todo se volvía oscuro, denso. El terror de un asedio de ojos invisibles. Un campamento en la noche, sangre humedeciendo un desierto, gritos de miedo, de dolor, de furia. Las Majestades Supremas despidiéndose, su amada madre despidiéndose, Erma-Mindylaisïr despidiéndose. Todos los hermosos rostros despidiéndose para jamás regresar. Una agónica espera bajo el amparo de una capa, el corazón palpitando de prisa y la respiración entrecortada de cuatro niños asustados y en duelo. Después se le presentaban los rostros de guerreros gydoxs conocidos, el rostro aliviado de su padre y las funestas noticias…

Porque cuando su padre, el Rey de Gydox y los guerreros de la caravana que regresaba al Reino Oculto, recibieron el pedido de auxilio por medio de las aves mensajeras, cabalgaron sin descanso a toda la velocidad que les permitió el anhelo de salvar a su esposa y a los príncipes. Pero el esfuerzo no alcanzó para salvar a la Reina. La Hermosa Señora fue encontrada casi en el último aliento, de rodillas, apoyada en la misma lanza que le iba quitando inexorablemente la vida. Quienes presenciaron la desgarradora escena afirmaron hasta el último día de sus vidas, que sintieron el golpe que dio contra el arenoso suelo, el alma del Señor de los Ocultos.

La rudimentaria confección de aquella lanza asesina, confirmaba las sospechas narradas en el pedido de auxilio recibido tres jornadas atrás: 

«Nos acechan. 

Ojos invisibles en el bosque.

Olor a Quemador. 

Necesitamos espadas que nos defiendan»

Lanza de Quemador, olor a Quemador. Era conocido por todos el olor a Quemador; mezcla de cadáver, carroña putrefacta y excrementos humanos. 

Lanza de Quemador, olor de Quemador, ataque de Quemador. Y un gran ataque debió ser, numeroso y organizado. De lo contrario jamás hubiera franqueado la escolta gydox en la que Túkkehil había depositado la seguridad de su Reina y sus Príncipes. La defensa de los ermagacianos era otra cosa, un grupo de pequeños hombres armados solo con dagas en cumplimiento de un lejano Juramento; no representaba un obstáculo en absoluto. 

La Hermosa Señora tuvo tiempo y voluntad para dirigirles a todos, y especialmente a su querido esposo palabras de aliento y esperanza. Luego, encomendándole los niños a Túkkehil, murió con una sonrisa en el bello rostro, como lo hacían sus antepasados desde las épocas más remotas.

De la gran caravana de gydoxs y ermagacianos que se dirigía al noreste, rumbo a la Gran Ermagacia, solo cuatro almas sobrevivieron gracias al sacrificio de muchos, y a la protección de una capa de escamas de dragón providencialmente obsequiada. Dos eran los Príncipes gydoxs, y los otros, una niña y un niño ermagacianos. El Último de los Patriarcas no estaba entre ellos, pero sí su pequeño hermano Erma-Kaldylaisïr.

El pedido de ayuda también había sido enviado al reino de Xinär, y no tardó en llegar una comitiva de pequeños hombres con el semblante irremediablemente transformado por la tristeza y la desesperanza. Quién hubiese dicho que eran de la misma raza que en otros tiempos hacía temblar la tierra con su avance.

Los ermagacianos se dividieron en dos grupos; uno se encargó de llevar a salvo hasta Xinär al único heredero de la sangre de Îredimor encontrado hasta el momento, el pequeño Kaldylaisïr. Los demás se lanzaron en la búsqueda de posibles sobrevivientes, ansiando en cuerpo y alma que entre ellos se encontrara el venerado Hijo del Eclipse. Zarúhil y su hermana también lo ansiaban, ya tenían el alma ensombrecida por la muerte de su madre, y no querían más dolor. Al Rey Túkkehil en cambio, ya no le importaba más nada de aquella gente, maldecía la hora de haber acudido al llamado del Cónclave ermagaciano. En su corazón abatido comenzaba a anidar la sombra del rencor. Pero aún con la mente enturbiada por el dolor de la desgracia, tuvo el claro discernimiento de pensar el mejor y más seguro futuro para sus hijos. No volverían al Reino Oculto hasta que se encontrara totalmente libre de la Muerte Blanca. 

Entonces la caravana gydox se desvió al noroeste; los Ocultos entraron en las tierras de Schor, el majestuoso reino de los Verdes Cazadores. Fuera cual fuese la suerte que les esperaba en el futuro, sus hijos no sufrirían la tragedia de la Hermosa Señora ni de Mindylaisïr. Y aunque el trato entre Cazadores y Ocultos se había enfriado, existía antiguamente una Alianza entre ellos, y en honor a ella el pueblo de Schor acogería a los Príncipes gydoxs por el tiempo que fuera necesario. 

Fue en Schor que supieron que los cuerpos de las Majestades Supremas y su Primogénito habían sido encontrados. Los habían torturado hasta acabar con sus vidas y con la última esperanza de redención de un pueblo que empezaba a desaparecer de la faz de la tierra. La luz del Hijo del Eclipse se había apagado para siempre. 

También en Schor recibieron la terrible noticia de la muerte de Túzzahil, único hermano del Rey de Gydox, quien se encontraba a cargo del reino en su ausencia. La peste se había encargado de dar la última estocada al Soberano de los Ocultos, quien perdido entre la ira y la desesperación, emprendió el regreso a las Inmortales. 

La cura por fin había llegado al pueblo Oculto, pero demasiado tarde. La decadencia material era avasalladora, mucho más lo era el abismo en el que se habían sumido los espíritus, ya no se oían canciones ni rezos; solo gemidos y lamentos. El Rey Túkkehil como Señor de su pueblo, hizo todo lo que estuvo a su alcance recordando las dulces palabras de su amada Erma-A-Kora, para levantar a su reino de la terrible caída. Pero al ver inútiles todos sus esfuerzos por revertir la situación, él mismo cayó en la desesperanza, sus cabellos se volvieron blancos y su imponente figura se fue derrumbando.

Una fría mañana de la estación invernal, las campanas resonaron tristemente y las banderas del Palacio flamearon oscuras en el cielo grisáceo que anunciaba tormenta. Una vez más la realeza estaba de duelo...

En el verde reino de los Cazadores, los Príncipes gydoxs recibieron la terrible noticia de la muerte de su padre. Urgía la presencia dentro de las Inmortales de los nuevos Señores de Gydox. Zarúhil y Koralhil no dudaron en regresar de inmediato al Reino Oculto. Cinco años habían transcurrido desde que traspasaran la Puerta Oculta por primera vez. 

Y cinco más pasarían hasta la noche en que Zarúhil soñara que un demonio con la insignia de la muerte colgando de su cuello le cercenaba la cabeza a su hermana. 

Nadie supo qué era lo que en verdad había acabado con el Gran Túkkehil, pero bien se lo prefiguró Zarúhil, y pronto comprendió el joven heredero que el destino le presentaba ahora un negro desafío tan tremendo como cruel: la suerte del pueblo de Gydox estaba en sus manos. 

Capítulo 4EL HEREDERO

El apacible sonido de las ramas de los árboles balanceándose en el viento y el alegre gorjeo de los pájaros, de pronto se vio turbado por un ensordecedor estruendo provocado por la caída de un montón de trastos en desuso volteados por una enorme roca.

—¡La próxima irá para ti si no me alimentas pronto, Rey despiadado y tirano! —gritó Radagash con las energías que aún le quedaban, quien mientras trabajaba practicaba puntería a la vez. 

Desde que el Rey Túkkehil había muerto, el nuevo Rey del pueblo Oculto era Zarúhil. Él y su hermana Koralhil se habían propuesto apartar de la decadencia a su reino, y aunque los primeros años habían sido realmente duros y difíciles, la esperanza había renacido en todos los corazones.

Ahora no contaba con el fiel apoyo de su querida Koralhil y su ausencia se notaba sobremanera. Pero a su lado estaba el robusto Radagash, y mientras observaba Zarúhil al niño de enorme corpulencia, renegaba de su mala suerte. Mala en verdad, teniendo en cuenta el mal genio del pequeño, y el carácter de su tutor, el Rey. 

Al regresar los herederos de Gydox a sus tierras se encontraron con situaciones devastadoras, como el gran número de niños huérfanos. Felizmente la mayoría fue encontrando familias que los acogieron con alegría y ternura; la Muerte Blanca se llevaba particularmente a los pequeños, y a ello se debía que muchas familias que habían perdido a sus hijos, los recibieran dispuestos a una nueva y esperanzadora oportunidad.

En el Palacio de Fuego vivían algunos huérfanos cuyos padres habían sido nobles y eruditos muy queridos en el recuerdo de los Señores de los Ocultos. De común acuerdo decidieron adoptarlos bajo su tutela. Eran cinco niños en cuyos ojos se reflejaba aún el duelo. Zarúhil, como era el mayor y el Rey se encargaría de la educación de tres, y Koralhil de los otros dos. Sin embargo la mayoría de los infantes quiso permanecer bajo la tutela de la Princesa, a la que veneraban como a una madre. El único «fiel a su Rey» (como solía declararlo él mismo) fue el gran Radagash. Pero irónicamente, protegido y tutor se llevaban peor que dos enemigos, ya que el niño carecía de buen humor y voluntad; solamente poniendo a prueba su estómago se aventuraba a realizar alguna actividad de provecho.

Esa mañana bajo pena de no recibir su opulento almuerzo, el fiel pequeño se vio obligado a encargarse del jardín del Palacio. Y aunque no había pasado más de una hora desde el desayuno y su arduo trabajo había consistido solamente en apartar algunas piedras, su orgullo y en especial su estómago, se sentían completamente ultrajados; estaba agotado y hambriento. Cuando Radagash se encontraba en estas condiciones se volvía completamente fastidioso e irrespetuoso; por eso mismo, Zarúhil creyó conveniente intervenir, y con el tono más amable de voz le reclamó pacientemente:

—¿Sabes, mi fiel amigo? Eres la única persona en toda la comarca que me trata de esa manera.

Radagash no esperó a que continuara. «Tan malvado era ese Rey que además de mortificarle el cuerpo privándole del alimento, también pretendía mortificar su conciencia».

—¡Porque a los demás no los torturas como a mí! —replicó con su acostumbrada voz ronca.

—¿Crees en verdad que te torturo? Pues estás muy equivocado, todo lo que hago es enseñarte a ser y sentirte útil —aclaró Zarúhil perdiendo bastante la paciencia.

—Ah sí... enseñarme... ¡Pues para que sepas me siento mucho más útil y contento cuando tengo enfrente un buen plato de comida!

—Sí sí sí, te advierto que si no has trasplantado esos arbustos para el mediodía, no será únicamente el almuerzo, sino todas tus comidas del día las que perderás, y sé que son muchas —añadió el joven Rey esforzándose por recuperar la calma, y tratando de ganar autoridad mientras aumentaba la pena. 

Por supuesto que esto solo enfureció más al gran Radagash y, cavando como un loco, atento a la terrible amenaza continuó con su justificada defensa:

—¡Sigue... sigue con tus amenazas! ¡Ya lo decía yo, que mejor me hubiese ido si estuviera con Koralhil!

—Solo le causarías problemas.

—¡No, Señor! ¡Yo no causo problemas si no me los causan a mí!

—¿Crees, Radagash, que si tus padres te vieran sin hacer nada se sentirían orgullosos?

—¿Y tú qué crees que pensarían los tu...? —Y aquí el niño se detuvo, porque a pesar de su mal genio tenía buen corazón, y comprendía muy bien que Zarúhil, aunque de un modo extraño para él, lo quería y se preocupaba mucho por convertirlo en alguien de provecho. Por eso hubiera preferido quedarse sin lengua antes que haber dicho sus últimas palabras, porque si primero encontraba placer en hacerlo enojar, algo muy distinto era herirlo, y mucho menos con un tema tan delicado como ese. Sus pensamientos se nublaron aún más al ver cómo se ensombrecía el semblante de su Rey, pero este en lugar de reprenderlo por su atrevimiento, le dijo con la más dulce de sus sonrisas:

—Si en verdad lo quieres puedes alimentarte ahora. ¿Crees que puedes terminar con esto para la tarde?

—¡Sí! ¡No tiene por qué preocuparse, mi Rey! ¡Ahora mismo lo termino! —exclamó el niño olvidándose del hambre por un momento, reconfortado por las palabras y la sonrisa de su Señor.

Pero a Zarúhil las palabras de Radagash le habían tocado muy profundo en sus recuerdos, y aprovechando el entusiasmo de su rebelde protegido se alejó del jardín y se dirigió al huerto. Allí, podía meditar sin interferencia y evitar que alguien advirtiera su solitaria tristeza. Buscó su árbol preferido, aquel bajo el cual su madre solía pasar largas horas con un intenso brillo en los ojos y hablando en un idioma desconocido y extraño.

Los pensamientos no vinieron tranquilos, sino que como un violento torbellino arribaron a su cabeza. Esta vez, a pesar de que hacía mucho tiempo no sucedía, el rostro hermoso del Príncipe Mindylaisïr se le presentaba una y otra vez, con sus enormes ojos llenos de esperanza y su encantadora sonrisa. ¿Cuán horrible habría sido su muerte? ¿Qué le habrían hecho a su inocente cuerpo las brutales bestias? ¿Había muerto como su madre, a pesar de todo con una sonrisa? Si él viviera, ¿qué haría en su lugar el Portador de la Hermosa Esperanza? ¿Cómo viviría ahora el pueblo de los ermagacianos? Luego de la muerte de las Majestades Supremas y de su heredero, también su pueblo se había hundido en la decadencia, y Zarúhil bien sabía que no era el único Rey joven que daba todo de sí, para sacar adelante a un pueblo.

Pero sus esfuerzos, ¿estaban bien encaminados? ¿Qué harían sus padres si estuvieran allí? ¿Qué opinarían sobre la misión de Koralhil? Hacía ya mucho tiempo que la había visto partir con dirección a parajes tan bellos como peligrosos, y aún no había tenido noticias de ella.

Ambos hermanos estuvieron de acuerdo en que uno de los dos debía realizar la audaz e importante empresa, pero como Zarúhil no podía desatender las demandas del reino, y además no era mujer (algo imprescindible para la misión), la responsabilidad recayó sobre la Princesa. No se amedrentó esta, todo lo contrario; sin embargo él hubiera preferido mil veces hacerlo en su lugar, aunque confiaba en la intrepidez de Koralhil y en la valentía de los hombres de su mayor estima que guardarían con su vida la misión y a la Princesa. Entre ellos se contaban sus tres primos, hijos de Túzzahil: los imponentes gemelos Malonhil e Ïnlonhil, y el menor de ellos llamado Zaulonhil, fieles exponentes del noble linaje de Gydox.

Y allí estaba su amada y bella hermana, apenas resguardada, rodeada de mortales peligros. Por un lado los Quemadores, brutos y perversos; y por el otro la amenaza latente de un demonio despiadado y oscuro que se hacía llamar «Atcuash». 

En verdad sabía mucho sobre el tal Atcuash, porque se había dedicado los últimos años a investigar por todos los medios posibles sobre el «Adalid de las Tinieblas». Sabía que su poderío había surgido no más de cinco años atrás, no obstante la rapidez y magnitud obtenidas en tan poco tiempo bien le hacían sospechar de sus oscuros recursos. Conocía de qué modo intimidaba a los pueblos y sus tácticas ofensivas. Había logrado que reinos secularmente enemigos se le unieran para potenciar el alcance de sus endemoniadas garras. En sus filas se contaban guerreros de todos los pueblos de la Tierra Conocida; desde los salvajes Quemadores y Jürks, hasta los más disciplinados e inteligentes como lo eran los ribereños del Imperio del Mar y los temibles Hombres Pájaro. Había recapitulado cuatro grandes imperios, sin contar las pequeñas comarcas independientes. A cada uno lo había llamado con alguno de los nombres de los Siete Antiguos Generales de Ermagacia, aquellos poderosos y temidos a quienes las gentes denominaron en la antigua Lengua del Norte, «Tamtratcuash, los Miedos Supremos». Gélionth, Prönx, Pröntosh y Laho eran ahora los nombres de los pueblos conquistados, solo restaban Haragnam, Oshömon y Kázzulha, y el Rey Zarúhil creía adivinar cuales serían los próximos reinos a invadir. Estaba seguro de que muy pronto Semoon, el Rey de Schor le solicitaría responder a la Alianza secular que unía a sus pueblos. ¿Se encontraba el pueblo Oculto preparado para afrontar una guerra? Más aún, ¿se atreverían a enfrentar al Amo de los Miedos, quien se volvía cada vez más poderoso y jamás había sido vencido en batalla alguna?

Sin duda para Zarúhil, Atcuash era ermagaciano. Pero no obstante, hacía ya mucho tiempo que estos eran las personas más pacíficas y humildes de la tierra. ¿Por qué entonces surgía de su gente un ser tan ambicioso y batallador? ¿Sería Atcuash la semilla del mal escondida por Gendrüyof el Desterrado? 

Todos estos interrogantes y preocupaciones turbaban sus pensamientos. Pero había otra cosa aún, una pena muy grande que no acababa de cicatrizar en el corazón del joven Rey.

De pronto se oyeron los peculiares ruidos de unos pasos conocidos, que a pesar del esfuerzo de su ejecutor para que no sean percibidos, se escuchaban desde lejos. Se detuvieron a prudente distancia, como para observar al triste meditabundo. Zarúhil sabía que se trataba de Radagash, sin duda venía a comprobar si sus palabras habían causado mucho daño o si se había preocupado más de la cuenta, por lo que sin inmutarse le dijo:

—Estoy bien, Radagash, solo te has preocupado.

—Me alegra escuchar eso, mi Señor, pero sin embargo su rostro no dice lo mismo —replicó el niño.

—El tronco de este árbol es muy grueso, suficiente para que dos espaldas se apoyen en él. ¿Quieres venir, Radagash? —invitó Zarúhil para demostrarle a su fiel protegido que podía dejar en paz su conciencia.

Al niño le agradó el ofrecimiento, hacía mucho que no tenían una conversación de «hombres». Había una idea dándole vueltas en la cabeza y creyó que era el momento oportuno para hacérsela saber a su Rey.

—Está pensando en los seres queridos que están lejos, ¿no es así, mi Señor?

—Sí, así es.

—¿En la Señora Koralhil?

—Sí, también en mis padres, aunque con ellos es distinto porque... porque sé que...

—Que ya no regresarán. Sé lo que se siente, porque me sucede lo mismo cuando pienso en los míos; los extraño mucho... y a veces también lloro. ¿Cree que eso me haga menos fuerte? —preguntó el niño con un tono melancólico.