El ángel que me cuida se escapó en un avión - Lucía Rubio - E-Book

El ángel que me cuida se escapó en un avión E-Book

Lucía Rubio

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Beschreibung

A veces, ocurre que un ángel curioso y distraído, en forma de abuelo, viene a desbaratar tu mundo y te obliga a viajar de Uruguay a España y a que se encadenen historias rocambolescas, como conocer a un familiar con castillo o vivir una semana en un circo con otros parientes. Esto es lo que le sucede a Luciana, a quien la marcha de su abuelo la obligó, en definitiva, a vivir. Esta es una historia muy divertida llena de ternura.

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Primera edición digital: enero 2021 Campaña de crowdfunding: equipo de Libros.com Composición de la portada: Raquel P. Zarzuelo Maquetación: Álvaro López Corrección: Míriam Villares Revisión: Lucía Triviño

Versión digital realizada por Libros.com

© 2021 Lucía Rubio © 2021 Libros.com

[email protected]

ISBN digital: 978-84-18527-40-1

Lucía Rubio

El ángel que me cuida se escapó en un avión

A mi familia y amigos por apoyarme en esta aventura.

Índice

 

Portada

Créditos

Título y autor

Dedicatoria

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Mecenas

Contraportada

Prólogo

 

Cuando supe que iba a formar parte de esta obrilla, no pude dejar de reírme por un buen rato. Mira si a alguien le va a interesar mis andanzas, le cuestioné, esto no va a asombrar a nadie, los viejos somos así. Creo ser un anciano muy respetable, pero ya me dirás tú. Quizás, si te interesa, podemos juntarnos, conocernos, y más si eres una dama solitaria, podemos hacernos compañía, salir a caminar, tomarnos de la mano, ya sabes.

En otras palabras, agradezco que la autora me haya tenido en cuenta para escribir estas líneas, y agradezco también a mis conocidos y familiares, porque de no ser por ellos la mitad de esta historia no tendría sentido.

Capítulo 1

 

Cuando entré a la casa de Alberto lo hice de forma sigilosa, pues no sería la primera vez que aquel anciano que estaba mal del marote se escondiera detrás de la puerta con el único fin de asustarme. Sin embargo, ese día no atendió porque no se encontraba en casa. Solo Topi se acercó a recibirme, lamiendo los dedos expuestos en las sandalias. Me encogí de hombros y me senté a esperar. Observé a mi alrededor y noté que estaba demasiado ordenado. Aquel no parecía el apartamento de Alberto. Estaba todo en su lugar, no había ropa desparramada por los sillones ni en el piso, ni tampoco vajilla sucia sobre la mesa del living. En general, dejaba vasos con un poco de bebida en diferentes lugares, pues bebía unos sorbos y no acostumbraba a dejarlo luego en el fregadero; lo mismo con el corazón de las manzanas o las cáscaras de las bananas, que solía dejar sobre la mesa, sin plato, así nomás. Había olor a perfume, qué raro. Aspiré hondo. Era un olor similar al de lavanda. Me causó unos accesos de estornudos y tos.

Las cortinas de enrollar estaban bajas. Apenas entraba un hilo de luz por una rotura. Miré la hora en mi reloj, marcaba las cinco de la tarde. ¿Dónde podría estar? Comencé a inquietarme. Me dirigí a la cocina a servirme un vaso de agua y noté que estaba pulcra de una punta a la otra, y la heladera: vacía. ¡Dios mío! Se ha ido, me dije en un ataque de nervios. Comencé a caminar de acá para allá, sin rumbo, del living a la cocina y de la cocina al living, sin reparar en que había dejado una nota en la otra habitación, sobre su cama.

¿Qué tienen en común un corazón bombeando sangre a todos los órganos del cuerpo y un reloj que va midiendo el tiempo? Ninguno debería detenerse jamás, pero sucede.

Sentí cómo se detuvo y luego retomó su marcha y quiso escapar con todas sus fuerzas del envase que lo envolvía. Lo imaginé con dos manos intentando desgarrarme por dentro, como hace Superman cuando se quiere quitar la ropa y deja al descubierto la S de su traje de superhéroe. Bueno, algo así.

Todo comenzó de la siguiente manera:

Querida, es probable que esté a punto de cometer la locura más grande de mi vida. Pero la vida no es vida si de vez en cuando no le da un sacudón al estómago y el corazón. Antes de olvidarme de mi propio nombre, me escapo de esta tierra para descubrir las nuevas donde pisarán mis botas.

Viajo a España en busca de mis ancestros.

Te quiere, Alberto.

No era de sorprender, pero aquellas líneas escritas en puño y letra, reposando serenas sobre la hoja diminuta donde bien podría haber anotado las compras del supermercado, me dejaron boquiabierta. No podría reaccionar de otra manera, aquello no podría ser cierto, porque era de imaginar alguna locura de su parte, algún olvido, grosería, algo que me impulsara a salirme de mis casillas, como en el pasado, haciéndome valer de mi rapidez mental para solucionar sus conflictos, para buscarlo en alguna parte alejada de nuestro hogar, o para liberar a alguien encerrado por descuido en algún lado. Esto no se trataba de una ocurrencia más. De pronto me puse a llorar de bronca e impotencia. Lloré fuerte, con rabia, y creo que rompí alguna cosa de Alberto. La nota tenía fecha del lunes 11 de marzo. Hacía exactamente una semana que aquel hombre había escapado de mis controles y de su rutinaria vida.

Su valija y sus documentos habían desaparecido, pero el celular que le había regalado continuaba en su caja original. El viejo canalla ni se había tomado la molestia de quitarle el envoltorio. Era obstinado. Me había dicho en reiteradas oportunidades que no pensaba poner un dedo en aquellos aparatos dominadores de mentes. De reojo miré a Topi, que movía la cola. El pobre animal había sido alimentado por la vecina del 502, no había duda, sobre todo por el orden y la limpieza del apartamento. Una solterona de pómulos rojos, amante de los animales y los evangelios, a tal punto que solo se había casado con Dios, era quien cuidaba al perro cada vez que su amo se aburría de cuidarlo o se olvidaba. Alguna vez tuve que ir a buscarlo a la casa de la vecina, quien lo había encontrado atado en la plaza de enfrente o en la puerta del supermercado de la otra cuadra. Desde que tuve el placer de escucharla, deseé fervientemente que se enlazara con Alberto de alguna manera, mas él no era persona dispuesta a tales cosas, y mucho menos con una mujer tan charlatana que hasta los lobos callaban para escuchar su aullido, según palabras del propio Alberto. Sin embargo, ella estaba siempre dispuesta a ayudar a quien lo necesitara, y Topi parecía sentirse a gusto con ella y su cotilleo. Subí corriendo a su piso y me confirmó que el anciano se había escapado en un avión. ¿A dónde? ¿Cuándo? La vecina era de boca cerrada con candado cuando de secretos se trataba.

«No estoy autorizada a brindarle ese tipo de información» me contestó la despreciable señora cuando le pregunté hacia qué destino de la amplia España se había dirigido Alberto.

Me senté resignada en la silla más cercana. Lloré de desesperación y traté de reflexionar cuál sería mi proceder a partir de ese momento. Se me hizo agua la boca al recordar las galletas de chispas de chocolate que me ofreció la vecina cuando subí a buscar información.

Di vueltas por la habitación tratando de calmar mi creciente ansiedad mientras me comía las uñas con una furia tremenda. La responsabilidad que caía sobre mis hombros pesaba aún más de lo que había pesado desde que me había tenido que encargar del anciano. ¡Qué ganas de complicarme la vida! Debía ir tras él antes de que se mandara una locura más grande, y, sobre todo, antes de que se perdiera en un país extraño con la posibilidad de no volver a saber de él nunca más. La memoria a veces le jugaba una mala pasada. Tuve miedo como nunca antes en mi vida.

Llamé a mi hermano, que vivía a pocas cuadras de la casa de Alberto. Al recibir la noticia, tan consternado como yo, accedió a reunirse conmigo a pesar de que hacía meses que no manteníamos contacto.

—Trae ropa para quince días, como mínimo. Y el pasaporte. No me importa tu trabajo ni tu jefe, resuélvelo antes de venir —dije cortando el teléfono.

Pocos minutos después, el timbre de la casa de Alberto sonó, con una melodía similar a las que vienen en las tarjetas musicales navideñas. Típico de Alberto. El arbolito de Navidad que le decoré en diciembre seguía intacto en el mismo rincón y ahí se mantendría hasta que yo decidiera desarmarlo.

Le mostré la carta a mi hermano y, de repente, el hombre frente a mí, que me lleva tres años de diferencia, comenzó a llorar como un bebé soltando alaridos nunca antes vistos. Traté de consolarlo mientras por mi mente pasaba el completo arrepentimiento de haber marcado su número minutos antes.

—¡Deja de llorar de una buena vez! Debemos ir a buscarlo urgente.

El bebé-hombre que tenía delante secó sus lágrimas con la manga de su camisa y me siguió como un perro faldero por toda la habitación, hasta que recogí lo necesario para viajar; se comportaba igual que Topi. Debido a que no veía ninguna futura acción de su parte, telefoneé a su esposa, Joanna, y le expliqué que mi hermano y yo nos íbamos de viaje por tiempo indeterminado.

—¿Y está llorando?

—Sí, claro, como siempre —dije—. Topi quedará con la vecina. Adiós.

Del otro lado de la línea oí un suspiro, pero corté sin darle importancia. Acto seguido, nos conduje a mi hermano y a mí misma dentro de un taxi que nos llevaría al aeropuerto, haciendo antes una parada por mi apartamento, donde guardaría lo más rápido posible algo apropiado para el viaje. Compré por internet dos pasajes con destino a Ámsterdam, donde haríamos escala hacia Barcelona. Gasté todo mi saldo disponible de la tarjeta de crédito internacional, más el saldo disponible de la tarjeta de mi hermano, mientras esperaba con ansias que la amable señorita accediera a mi desesperada solicitud de ampliar mi crédito. «¡De manera urgente! Y Dios la bendiga» fue todo lo que le dije antes de cortar. En mis bolsillos llevaba los pocos dólares que había logrado ahorrar durante los últimos meses.

Desde el aeropuerto aproveché para avisar a la empresa donde trabajaba que por circunstancias de fuerza mayor estaba impedida de volver. Para entonces, mi hermano ya había dejado de llorar.

A bordo del avión, mientras esperábamos el despegue, revisé las notas que encontré en la mesa de luz de Alberto, que esperaba me llevaran a él. Todo nos conducía a Asturias. Deseé por un momento haber prestado más atención a los delirios del anciano cuando me hablaba de su árbol genealógico y de sus familiares inmigrantes.

Tuve sentimientos negativos, por él y por mi inútil hermano. Siempre se las ingeniaban para enredarme en sus locuras. Sin embargo, mezclado con esos sentimientos negativos, florecía un pequeño gramo de adrenalina que seguro que aventuraba un sentimiento de los buenos. O eso esperaba.

Capítulo 2

 

La estadía en Ámsterdam sería de cinco horas, por lo cual no se me había cruzado por la cabeza salir del aeropuerto, teniendo en cuenta que estaba situado a varios kilómetros de la ciudad.

Sin embargo, mi hermano insistió en que debíamos aprovechar las horas de espera para conocer la ciudad. Y sin consultarme, se puso de grandes charlas —en un inglés malísimo— con una promotora de perfumes del aeropuerto Ámsterdam-Schiphol, quien le explicó dónde debíamos tomar el tren que nos llevaría al centro de la ciudad. Y, dado que no teníamos nada que perder, subimos al bendito tren.

Al arribar al centro, quedé maravillada con la belleza exótica del país europeo. Era la primera vez que pisaba suelo extranjero y la emoción me invadió hasta las lágrimas.

Almorzamos en un restaurante pequeño y coqueto junto a un canal, típico en la ciudad. Ordenamos lo más barato del menú debido a los pocos euros que habíamos logrado cambiar en el aeropuerto.

Al finalizar recorrimos sus calles y visitamos sus comercios. Me entretuve más de la cuenta en una pequeña casa de antigüedades y recuerdos. Mientras sostenía una taza pintada con el rostro de Van Gogh, miré de reojo por la ventana, intrigada por el sonido de una sirena proveniente de la calle. Sucedía algo previsible, y me escuché protestando en voz alta por haber olvidado hacerle las aclaraciones pertinentes antes de dejarlo solo. Dos efectivos policiales habían esposado a mi hermano y lo introducían en un vehículo policial.

Salí corriendo del comercio para evitar tal atropello, pero al acercarme al vehículo, este arrancó de golpe dejándome sola y confundida en el medio de la calle. Grité, pero ignoraron mis reclamos. Sin pensarlo dos veces, tomé prestada una bicicleta que se encontraba apoyada en una columna y, pedaleando lo más rápido que pude, seguí al auto policial.

Mi hermano me saludaba por el vidrio trasero y yo solo podía pensar en alcanzarlo para arrancarle los pocos pelos que le quedaban en la cabeza.

A mis espaldas, el dueño de la bicicleta me siguió corriendo varios metros, gruñendo y blasfemando por el hurto de su vehículo. A su lado, protestaba la dueña del comercio. También me había llevado la taza de Van Gogh. Creo que un descuido se le puede permitir a cualquiera.

—Antes de proseguir, entiendo que es necesario presentarnos como corresponde. Yo soy Luciana Robles, tengo treinta años y nací en Montevideo, Uruguay. Quizás no tenga conocimiento de la ubicación de nuestro país y sobre todo de nuestras costumbres, pero puedo asegurarle que somos pequeños, pero de buen corazón, y no somos conocidos por delinquir. En todo caso, sepa usted disculparme, pero los únicos que delinquen son los políticos. De eso puedo contarle.

—Señorita, es suficiente. Solo necesito que llene este formulario —dijo señalando una hoja con unas pocas preguntas—, no que me relate la historia de su vida.

—Señor oficial, aguarde un momento. Más allá de los papeles, es necesario que usted me entienda. Le comentaba que mi hermano, Martín Robles, tiene tres años más que yo, aunque no lo parece, ni física ni mentalmente, y nació en el mismo lugar —le dije en un inglés casi perfecto al policía holandés sentado frente a mí—. Nunca haría lo que usted ha indicado. De ninguna manera. Yo le juro…

El hombre, de cachetes ya colorados, me hizo callar llevando su dedo índice a los labios. Mantenía su mirada en la libreta que sostenía entre sus manos. Su ceño fruncido y sus piernas enérgicas bajo la mesa me hicieron suponer que le estábamos causando una gran molestia.

Por lo que pude entender al holandés, mi hermano había sido arrestado por venta de estupefacientes. Luego de una larga espera, concluyeron que seguro había una confusión; siendo reciente nuestro arribo a la ciudad, era poco probable que hubiera tenido tiempo de hacerse con los estupefacientes y encima venderlos. La hipótesis más certera era, sin duda, que los había comprado. Pero no había necesidad de ponerse a trabajar tan duro tratando de refutar la hipótesis. Por tanto, le requisaron las drogas y nos dejaron marchar con la promesa de que no volveríamos a estar en contacto con el delito, por lo menos en Holanda. A cambio tuve que pasar unos euros por debajo de la mesa.

—No crea que no vi cómo obtuvo la bicicleta —me dijo el policía—, más le vale que no vuelva a verla. Alégrese de que me encuentro de muy buen humor.

Sintiendo profunda vergüenza, tomé a mi hermano del brazo, como hacen los ancianos enamorados, y salimos de la estación de Policía.

—Pensé que acá eran más liberales —dijo mi hermano, que se había mantenido callado durante las dos cuadras de caminata.

—Cierra la boca antes de que te empuje a ese canal —le contesté señalando el agua sucia, mientras atravesábamos un puente pintoresco lleno de flores.

Faltaba una hora para que despegara nuestro avión rumbo a Barcelona. Era evidente que no llegaríamos a tiempo, por lo que cancelé nuestros asientos en el último momento, y no me libré de pagar las multas correspondientes.

Esa noche debíamos hospedarnos en Ámsterdam, no había otra opción. El próximo vuelo a Barcelona con asientos libres para nosotros sería dentro de catorce horas. Pensé en nuestra misión y en el anciano. Seguro que se lo estaba pasando mejor que nosotros. Solo llevábamos lo puesto, pero el equipaje sobre mis hombros pesaba más que el que había dejado en el guardabultos del aeropuerto.

A pesar de las insistencias de mi hermano por aprovechar la noche holandesa, que se mostraba calurosa y estrellada, decidí que lo mejor para ambos era quedarnos en la habitación que arrendamos para no correr riesgos innecesarios.

No obstante, pasadas las seis de la madrugada llamaron a la puerta. Más dormida que preocupada, abrí. Del otro lado, el encargado del hostal me ponía al corriente de la situación. Mi hermano había evadido mis prohibiciones y se había escapado del hostal. Había caminado hacia la zona roja de Ámsterdam y, luego, fue arrestado por el mismo uniformado que horas antes, pero esta vez por orinar en la vía pública.

—¡Cuándo será el día que te comportes como adulto! —dije apretando los dientes—. ¡Inútil!

El policía me lo entregó en completo estado de ebriedad y me dijo que debíamos pagar una multa. Me dio una palmadita en la espalda y me deseó suerte, con una sonrisa bobalicona dibujándose en su mejilla.

Recordé por qué había dejado de hablar a mi hermano durante tanto tiempo. Claro que tenía mis motivos. Pero en ese momento, tan lejos de mi país y tan lejos de mi cuñada, la única opción que tenía era encargarme del inútil.

Rabiosa por la situación, junté lo poco que teníamos en la habitación y al ebrio que había comenzado a llorar, y nos dirigimos al aeropuerto.

Capítulo 3