El aristócrata de Londres - Louise Bay - E-Book

El aristócrata de Londres E-Book

Louise Bay

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Beschreibung

Creo en el amor. Pero el amor parece haberse olvidado de mí. Tengo citas a menudo. Estoy dispuesta a dar mil oportunidades a los tíos. Simplemente, no he encontrado al indicado. Hasta que una mañana de primavera, en plena campiña inglesa, un desconocido alto y moreno aparece de entre de la niebla. Logan Steele tiene el pelo alborotado, el torso duro y unos labios tan perfectos que quiero besárselos solo para comprobar que son reales. Estoy segura de que es pura química lo que vibra entre nosotros. ¿He mencionado ya que es un aristócrata con una gran fortuna que ha logrado por sí mismo, un multimillonario que trabaja para causas benéficas de forma desinteresada? Y es tan espectacular que te deslumbra al mirarlo. Pero, como he dicho, el amor parece haberse olvidado de mí. Cuando descubro que Logan Steele quiere destruir todo aquello que me he dedicado a proteger durante toda mi vida, esa química desaparece, y la esperanza que había florecido en mi pecho se convierte en rabia. Ya no importa que me acelere el pulso con solo decir mi nombre, que me debilite las rodillas con un solo roce y que pueda ser el hombre que mejor bese del mundo. Puede que crea en el amor, pero Logan Steele no es el hombre indicado para mí.

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Seitenzahl: 414

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Título original: The Earl of London

Primera edición: junio de 2021

Copyright © 2018 by Louise Bay

© de la traducción: María José Losada Rey, 2021

© de esta edición: 2021, ediciones Pàmies, S. L. C/ Mesena, 18 28033 Madrid [email protected]

ISBN: 978-84-18491-40-5

BIC: FRD

Diseño de cubierta: CalderónSTUDIO®

Fotografías de cubierta: Kuikson/Shutterstock, AndreaA./Depositphotos.com

Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo la sanción establecida en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público.

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Epílogo

Agradecimientos

Contenido especial

1

Darcy

Hay algo mágico en la campiña inglesa en una mañana de primavera. Desde las telas de araña cubiertas de rocío hasta el amanecer, que animan a las campanillas y a la flor del azafrán a salir de su escondite para convertirse en impetuosas manchas de color que florecen a pesar de los rigores del invierno. Siempre ha sido mi paraíso perfecto.

Lo que más me gustaba hacer los domingos por la mañana era cabalgar por Woolton Estate. Era una tierra que había pertenecido a mi familia desde hacía generaciones y que ahora era responsabilidad mía mantener para la futura familia de Westbury. Había vivido ahí casi toda mi vida. Había sido una constante para mí cuando, primero mi padre y luego mi madre, nos abandonaron a mí y a mi hermano en manos de los abuelos. Era un hogar, un lugar seguro y feliz donde podía olvidar que existía todo lo malo del mundo. Y yo hacía todo lo posible para mantenerlo como siempre había sido. Quería honrar a la gente que lo había hecho antes que yo y preservarlo para la gente que vendría después de mí.

Era una gran responsabilidad. No solo por las generaciones que me seguirían, sino también por la gente que dependía de Woolton en la actualidad, desde los jardineros hasta los guardas de caza, el personal de los establos y luego todo el servicio que mantenía la casa, Woolton Hall. Sus familias confiaban en que yo proporcionara trabajo a sus seres queridos. Algo que yo veía como un honor, y como mi deber. Y en días como ese, era un completo placer.

Cuando llegué a la cima de mi lugar favorito, desmonté de Bella. Había llovido durante la noche, así que, aunque ya seco, el suelo estaba cubierto de hierba húmeda y resbaladiza y fango. Técnicamente, estaba recorriendo los límites de la finca y asegurándome de que todo estaba como debía estar, pero en realidad me encantaba la vista que alcanzaba desde ahí.

—Vamos, Bella —le dije a la yegua, sujetando las riendas con fuerza y guiándola hacia la vista—. Mira eso. Creo que se pueden ver cientos de kilómetros a la redonda. —A lo lejos, las colinas de Chiltern rompían el horizonte, y se veía un mosaico de campos dividido por setos, árboles y campanarios de iglesia, como si los coches y las personas no existieran. El canto de los pájaros flotaba hacia mí con la brisa, y cerré los ojos para respirar el aire fresco de la primavera. Tenía mucha suerte de vivir en un lugar tan bonito.

Por el rabillo del ojo capté un movimiento entre los árboles. ¿Acaso un ciervo se había adentrado en el bosque?

Al mirar hacia allí con los ojos entrecerrados, me di cuenta de que era una persona. Un hombre. Un hombre muy alto que parecía estar concentrado en el teléfono que sostenía ante sí con una mano enorme mientras se dirigía hacia mí. Noté que tanto Bella como yo pasábamos desapercibidas para él. Le eché unos treinta y cinco años; iba vestido con vaqueros y zapatillas deportivas, pero no lo reconocí. El hombre se pasó la mano por el pelo, castaño oscuro, mientras el borde de su afilada mandíbula quedaba recortado por la brumosa luz del sol matutino al levantar la vista, aunque solo fuera para comprobar el suelo que tenía delante. Quizás era un agente inmobiliario, o un topógrafo. Estaba en terrenos de Badsley House, que se habían puesto a la venta cuando murió la señora Brookely. Yo me sentía dividida entre querer que me dejaran sola con mi yegua para disfrutar de la vista y saber qué hacía ese hombre en el límite con las tierras de mi familia. Y tal vez quería ver si era o no tan guapo de cerca como parecía serlo de lejos. Se acercó a Bella y a mí con la cabeza gacha y la niebla matinal arremolinándose a sus pies. Qué lástima que se perdiera esa hermosa mañana, esa fantástica vista.

Cuando se acercó, estiró el cuello, revelando una piel bronceada y una nuez prominente. Una pequeña arruga surgió entre sus cejas, como si le irritara lo que leía en la pantalla, o tal vez estaba tratando de resolver un rompecabezas. Si el tipo hubiera vivido en Woolton Village, yo habría reconocido la diferencia entre esas dos expresiones en él, y por alguna razón inexplicable me molestaba no conocerlo.

El hombre estaba a pocos metros de mí cuando de repente levantó la vista y me miró, pillándome desprevenida, y me dejó clavada en el sitio con unos ojos profundamente azules. Yo no era el tipo de chica que mirara fijamente a los hombres. Comprendía que la personalidad sobrepasaba a la imagen y que el interior de las personas era más importante que el exterior, pero al parecer el exterior de este tipo me hacía mirarlo con intensidad. Y me había pillado de pleno.

—¡Buenos días! —me saludó con un grito.

Antes de que pudiera decidir si la vergüenza me impediría saludar al desconocido, Bella reclamó mi atención relinchando y luchando contra las riendas. Mientras yo tiraba de ellas para asegurarle que todo iba bien, ella tiró en la dirección opuesta, hasta liberarse. Mierda. Al correr detrás de ella, resbalé en la hierba húmeda y caí boca abajo en un charco de barro.

—¡Bella! —Levanté la cabeza, despatarrada en el suelo, y vi que el hombre corría tras ella. Para mi gran sorpresa y alivio, él pudo coger las riendas y la trajo. No era propio de Bella hacer lo que le ordenara un extraño, pero había debido de sentir lástima por mí.

Me puse en pie con esfuerzo y me miré; estaba cubierta de barro. El agua fría goteaba por mi cara hasta mi cuello. Demasiado sucia para mi mañana perfecta.

Le arrebaté al tipo las riendas y me pasé la palma de la mano por la cara, tratando de sacar provecho lo mejor posible de la situación.

—Gracias —dije, un poco nerviosa. Si ya me sentía avergonzada de que ese hombre tan guapo me hubiera pillado mirándolo, el hecho de que me hubiera convertido en un personaje de una película de zombis no mejoraba las cosas.

—De nada —dijo—. Hace un día precioso. Supongo que eres de por aquí —preguntó de forma indirecta.

Me concentré en Bella antes de dirigirme al extraño sin mirarlo, pues no sabía si sería capaz de apartar la mirada luego. ¿Es que no sabía que estábamos en las tierras de Woolton Hall?

—Sí, y supongo que tú no —repuse, esperando que atara cabos.

Al ver que no me respondía, me volví y me lo encontré mirándome como si yo fuera un animal exótico.

—Estás completamente cubierta de barro. —Empezó a reírse.

Perfecto. El primer hombre guapo con el que me topaba en un año y solo le servía de entretenimiento. Ese era mi sino. Y por eso estaba soltera. No era una de esas chicas glamurosas que los hombres encuentran atractivas y sexis. Me gustaba mucho estar al aire libre, y me sentía muy cómoda cubierta de barro.

—Lo siento. ¿Podemos empezar de nuevo? Soy Logan Steele —dijo, y me tendió la mano.

Levanté las palmas para insinuarle que lo último que querría sería darme la mano; por mi parte, no quería avergonzarme más cubriéndolo de barro.

—Solo quería desearte un buen día, ya que estás en mis tierras y todo eso.

—¿Tus tierras? —El claro antes de llegar al bosque que bordeaba Badsley House no era suyo. Entrecerré los ojos, ignorando el barro que aún me goteaba por la cara—. Creo que deberías comprobar que esto es parte de Woolton Estate. El límite está… —Solía haber un pequeño poste que indicaba dónde terminaban nuestras tierras.

—¿Allí? —Logan señaló justo detrás de mí, hacia Woolton.

Durante años no había prestado atención a los límites entre Badsley y Woolton. Porque el bosque y el arroyo donde mi hermano y yo jugábamos cuando éramos niños estaba justo en el límite de las tierras de Badsley House, y proporcionaban una valla natural, pero de forma literal los tres o cuatro metros a ese lado de los árboles también pertenecían a Badsley. Me estremecí y luego me di cuenta de lo que había dicho—. ¿Has comprado Badsley? Pensaba que se había puesto en venta ayer…

¿Ese hombre alto y guapo se iba a mudar al pueblo? Pues menuda impresión que le estaba dando. Primero cayéndome y cubriéndome de barro y luego entrando sin autorización en sus tierras.

—No creo que técnicamente se haya puesto a la venta. Firmé el papeleo ayer por la tarde.

—Oh. —Me alegraba de que Badsley no estuviera inhabitado durante demasiado tiempo, pero me sorprendía ver que la propiedad ya estuviera comprada. Y más por alguien como el hombre que tenía delante, que parecía más de los que tienen un ático en Londres antes que una casa de campo—. Entonces, ¿ya se ha mudado?

Negó con la cabeza, sonriéndome mientras yo me buscaba en los bolsillos un pañuelo para limpiarme el barro de los ojos.

—Todavía no. No supe que el lugar estaba en venta hasta hace tres días. —Se quitó la bufanda—. Usa esto para limpiarte la cara.

Sonreí, pero negué con la cabeza.

—Gracias. Pero no quisiera estropearla. —Parecía cara—. Usaré… —Tiré de la manga de mi chaqueta de montar y me limpié los ojos. ¿Podía llegar a sentirme más ridícula?—. ¿Entonces tomaste una decisión rápida sobre la finca? —pregunté—. ¿O quizá llevabas mucho tiempo buscando algo por la zona?

—Más o menos. —Se metió las manos en los bolsillos e inclinó la cabeza a un lado—. Así que eres de la zona… ¿Vienes por aquí a menudo? —preguntó.

—Lo siento, no quería entrar en tus tierras. Al dueño anterior no le importaba que…

—Ni tampoco a mí —aseguró—. Hay una hermosa vista. —Miró hacia las colinas de Chiltern.

Así que sí se había fijado un poco en el entorno.

—Sin duda. Y con el arroyo justo ahí —señalé hacia los árboles, el lugar donde mi hermano y yo solíamos jugar de pequeños—. Este es mi lugar favorito de la zona.

—Un sitio precioso. ¿Algún otro lugar que deba visitar?

—Bueno, todo es alucinante. Tendrás que explorar y decidir qué te gusta más —comenté, tratando de ignorar el hecho de que estaba cubierta de barro—. Aquí arriba se respira tranquilidad. Es bueno para alejarse y escapar. Pero quizás prefieras… otra cosa. —Por su aspecto, debía de pasar mucho tiempo en el gimnasio.

—Bueno, la próxima vez que me encuentre contigo intentaré no asustar a tu yegua y así no terminarás cubierta de barro. —Por primera vez desde que me había caído, agradecí el camuflaje que me ofrecía el barro. Esperaba que me cubriera el rubor que me inundó al oírle mencionar que lo volvería a ver. Siempre me quejaba de que no había suficientes hombres en la zona, y allí, en Badsley House, se había plantado uno… ¿soltero?

—No pasa nada. Al menos la has atrapado. —Normalmente, me pondría furiosa que alguien no fuera más atento con mis caballos, pero no podría castigar a alguien nuevo en el pueblo—. ¿Te gusta montar? ¿O quizá a tu… esposa?

Se rio.

—No, no he aprendido nunca. Y no estoy casado.

—Oh… —dije—. Qué lástima… —Eso había sonado como si deseara que estuviera casado, lo que definitivamente no era el caso—. Me refiero a que no sepas montar —rectifiqué—. Es una forma maravillosa de recorrer el campo.

—Ya lo veo. Tal vez aprenda. —Sus ojos brillaban de tal forma que no supe si se estaba burlando de mí o si era su encanto natural.

—Bueno, será mejor que me vaya —dije, empezando a sentirme un poco incómoda y fuera de mi zona de confort. No estaba acostumbrada a ello, y, dado mi aspecto, necesitaba darme una ducha caliente, no estar hablando con un hombre ridículamente guapo.

—No he entendido tu nombre —dijo.

Habría preferido escabullirme sin darle ese dato. De esa manera, tal vez la próxima vez que lo viera no me reconocería sin el barro y podría presentarme en condiciones.

—Darcy —murmuré.

—Encantado de conocerte, Darcy. Espero volver a verte.

—Woolton Village es un lugar pequeño; no tengo dudas de que nos volveremos a encontrar. Con suerte, estaré un poco más limpia.

Sonrió, y sus ojos volvieron a brillar.

—¿Qué es un poco de barro entre amigos?

Miré hacia atrás, hacia Woolton Hall, sin saber qué decir.

—Bueno, encantada de conocerte.

—Hasta pronto, espero —respondió.

Me di la vuelta y empecé a alejarme, tratando de no obsesionarme con el hecho de que acababa de decir que esperaba verme pronto. Porque solo estaba siendo educado. Éramos vecinos.

Miré por encima del hombro y vi que seguía en el mismo sitio, observándome mientras llevaba a Bella de nuevo a Woolton. Mierda, debí haberme puesto los vaqueros mágicos que hacían que mi trasero pareciera la mitad de lo que era en realidad. Tampoco debería haberme caído en el barro. Ni haber invadido sus tierras. Pero, a pesar de todo, lo encontré bastante encantador. Y más que guapo. Y no me topaba con hombres así muy a menudo. Se me ocurría que podía tener vecinos peores.

2

Logan

Podía haber llamado a mi abogado. Para ver si podía demandar al supuesto periodista que había escrito aquel artículo mordaz sobre mí en The London Times. No sabía por qué no había dejado el periódico en el despacho y lo había metido en la trituradora. En vez de eso, me estaba torturando. Lo leía y releía. El que había escrito aquello no me conocía de nada, y me acusaba de ganar dinero destruyendo la vida y el legado de gente inocente.

Era mentira. Nunca ocultaba la verdad ni engañaba a nadie. Mi palabra era sagrada. Era un tipo honrado.

—Dime, preciosa, ¿por qué tardas tanto? —le dije a la mujer que había conocido en una negociación a principios de semana y que estaba a punto de chupármela para hacerme dejar de pensar en los periodistas que destrozaban mi reputación.

Normalmente las críticas me rebotaban y no pensaba en ellas dos veces. Siempre había mucha gente tratando de derribarte cuando estabas en la cima, pero yo seguía repasando el artículo mentalmente.

Era como si describieran a otra persona. A mi padre. No a mí. Lo único que podía amortiguar mi ira y frustración era ver cómo una mujer poderosa, segura de sí misma, inteligente y que había sido más lista que yo en un negocio estaba arrodillada ante mí y se metía mi polla en la boca.

Cuando era más joven había tenido mi «cuota» justa de modelos y actrices, pero no tenían el mismo atractivo que una mujer de éxito a la que le gustaba manejar el cotarro en la sala de juntas y me suplicaba que la llevara al orgasmo en el dormitorio.

Me tomé el último sorbo de whisky que me había dejado antes; luego me encogí de hombros y me desplomé en el sofá. El ventanal del suelo al techo frente al sofá estaba oscuro, salpicado por las luces de las calles todavía activas de Londres. Me veía reflejado en el cristal como si formara parte del paisaje urbano, lo que significaba que podría ver la cabeza de ella moviéndose entre mis rodillas desde dos ángulos.

Todo en orden.

—Solo me estaba refrescando —me tranquilizó, regresando al salón vestida solo con un sujetador de encaje negro y bragas a juego. Y sus tacones de doce centímetros.

Todo muy en orden…

Se ajustaba perfectamente a mi tipo de mujer. Alta. Divertida. Sofisticada. Un cuerpo puesto a punto en un gimnasio, con músculos tensos, piel dorada y pechos pequeños pero firmes.

—A mí también me vendría bien refrescarme —comenté—. Ven aquí.

Colocó las palmas de las manos en mis muslos y se inclinó hasta quedar de rodillas entre mis piernas. Eché la cabeza hacia atrás, preparado para alejar la mente de periodistas gilipollas y disfrutar de lo que venía a continuación. Dejaría que me excitara un poco chupándomela y luego, antes de que las cosas se descontrolaran, me pondría de pie, le sostendría la cabeza mientras me follaba su boca a fondo y vería cómo sus ojos se humedecían mientras casi la asfixiaba. No había nada mejor que una gestora de fondos de seguros que supervisaba activos de cientos de millones de euros y que estaba acostumbrada a poner a los hombres en su lugar me dejara hacer lo que quisiera con ella.

Mi polla saltó dentro de mis pantalones mientras ella pasaba las uñas por el exterior de la tela. Algunos juegos previos estaban bien, pero si no se la metía en la boca en dos minutos, iba a hacerle pagar por ello más tarde. Como si pudiera oír lo que estaba pensando, me abrió la cremallera y me la apresó con los dedos. Iba a necesitar las dos manos.

Gemí mientras me estrujaba, preparándome para sentir su lengua cuando el familiar sonido de mi teléfono salió del bolsillo de mi chaqueta.

Mierda.

—Dime que no vas a responder —dijo, con los labios en mi glande.

En la mayoría de las situaciones similares lo ignoraría. Lo silenciaría y me centraría en lo que le esperaba a mi polla, pero el artículo me había llevado al límite.

—Tengo que responder. Quédate donde estás, de rodillas… Ahí estás muy bien. No tardaré —dije, sentándome más derecho cuando vi que era el número de mi agente inmobiliario. ¿Por qué demonios me llamaba?

—Eres imbécil —dijo ella, soltando mi erección y sentándose sobre los talones.

Sonreí mientras contestaba el teléfono. Bueno, no le había prometido un romance.

—¿Howard?

—¿Sabes que cuando trabajamos juntos por primera vez me pediste que rastreara esa casa de Woolton Village y te avisara si alguna vez se ponía a la venta?

Me enderecé más, subiéndome la cremallera de los pantalones. Howard había captado toda mi atención.

—Claro. —¿Cómo iba a olvidarlo? Esa casa era la razón de mi éxito. Mi ambición y mi firmeza provenían de la necesidad de llegar a un punto en mi carrera en el que pudiera permitirme comprar esa casa. Tenía suficiente dinero, pero los propietarios actuales habían rechazado mis generosas ofertas a lo largo de los años.

—Bueno, me acaban de decir que saldrá al mercado mañana por la mañana.

—¿Badsley House? —Quería asegurarme de que estábamos hablando del mismo lugar. Contuve el aliento esperando su respuesta.

—Sí, esa. ¿Quieres que averigüe cuánto cuesta?

Mi mano apretó más fuerte el teléfono.

—No. Quiero que la compres. —Había comprado y vendido propiedades por millones de libras, había levantado un imperio que valía miles de millones, pero nunca sentiría que había alcanzado el éxito de verdad hasta que fuera el dueño de Badsley.

—Vale. ¿Precio máximo? —preguntó Howard.

Estaba dispuesto a pagar lo que fuera por ese lugar. Era la oportunidad de corregir los errores del pasado, de hacer feliz a la única persona en el mundo que me importaba. De demostrar de una vez por todas que yo no era mi padre.

—No. Solo haz el trato. Espero firmar el papeleo mañana.

—No quieres hacer un estudio de mercado o…

—No. Quiero ser dueño de esa casa mañana.

Howard hizo una pausa antes de responder.

—Así será.

Puse fin a la llamada mientras trataba de digerir lo que acababa de pasar. Badsley House iba a ser mía por fin, y no podía borrar la sonrisa de mi cara.

Estaba a punto de cumplir la ambición de toda mi vida.

Estaba a punto de comprar la casa donde había crecido mi abuela.

3

Darcy

Después de que mi paseo a caballo se viera interrumpido, todavía era temprano cuando volví de los establos. Los límites de Woolton Estate se desvanecían bajo una capa de niebla cambiante. Aun así, sabía lo que el sol revelaría cuando hiciera desaparecer la neblina. El césped, todo bien cortado. Los árboles, perfectamente podados en otoño, ahora estaban florecientes de vida. El techo de los establos había sido sustituido y los desperfectos de la inundación estaban arreglados.

Puede que estuviera cubierta de barro, pero la situación en la finca estaba bajo control. Y esa mañana me había proporcionado noticias inesperadas. Estaba deseando contarle a Aurora de quién era el coche que estaba en el camino.

—¡Hola! —grité mientras cerraba de una patada la puerta de roble del recibidor y me ponía a revolver entre los abrigos que colgaban en la pared de la izquierda. Dado que era la única persona que vivía en Woolton a tiempo completo, estaba segura de que debería haber menos de los por lo menos tres mil abrigos que había colgados en esos percheros. Había olvidado que los miembros de la asociación de mujeres del pueblo usarían las cocinas ese mismo día. Creía haber entendido que estaban haciendo mermelada.

Sonreí ante el estruendo de voces emocionadas proveniente del otro lado de la siguiente puerta. Me encantaba que la casa estuviera llena. Desde la muerte del abuelo, la casa parecía diez veces más grande, y echaba aún más de menos a mi hermano, aunque él me visitaba desde Estados Unidos con la misma frecuencia de siempre. Sentía mucho la pérdida de la familia, como si los recuerdos de esos días después de que mi madre nos abandonara a Ryder y a mí fueran del día anterior, no de hacía toda la vida.

—Darcy —me llamó alguien.

—Ya voy —repuse mientras luchaba por quitarme las botas de montar. Estaba a punto de ganar la batalla sobre una sola pierna para librarme del calzado cuando perdí el equilibrio ante un estruendo atronador, choqué contra el muro de abrigos y luego resbalé y me caí de culo. ¿Cómo era posible caerse dos veces el mismo día? Por lo menos Logan Steele no estaba allí para presenciar mi torpeza esta vez.

¿Qué demonios ha sido ese ruido?

—¿Darcy?

Levanté la vista y me encontré a Aurora, mi mejor amiga desde que tenía cuatro años, negando con la cabeza mientras me miraba como si yo estuviera a propósito flotando en el suelo bajo una montaña de lana y tweed.

—¿Qué estás haciendo?

—Ah, jugaba al escondite. ¿Me ayudas a levantarme? —Al menos en el accidente la bota había liberado mi pierna.

Nos dirigimos a la cocina.

—¿Qué es todo ese alboroto? —preguntó la señora Lonsdale. Las cinco mujeres del pueblo que se ocupaban de la cocina eran una familia para mí. Me conocían desde que llevaba pañales y las había visto cocinar, coser y compartir sus vidas desde que tenía memoria.

—Darcy se ha caído —respondió Aurora—. Y está cubierta de barro.

—Tienes que tener más cuidado. —La señora Lonsdale se limpió las manos en el delantal mientras me miraba, negando con la cabeza.

—No ha sido por mi culpa. ¿Nadie más ha oído ese ruido? Parecía un avión volando a unos quince metros del suelo.

—Más bien un helicóptero —me corrigió Aurora.

—Fuera lo que fuera, ha sido estruendoso —respondí, lavándome las manos en el fregadero y haciendo que el agua fangosa corriera hasta el desagüe. Casi me había secado, pero, aun así, debía de parecer una muerta viviente.

—Podría ser del nuevo vecino —dijo Daphne mientras continuaba cortando el ruibarbo que Glenis había lavado en el fregadero, para trasladarlo a la mesa.

¿Estaban hablando del hombre al que yo acababa de conocer? Era difícil estar segura, ya que no teníamos vecinos en el sentido habitual. En un día claro, todas las tierras que se podían alcanzar con la vista pertenecían a Woolton Estate.

—Sí, el de Badsley House —anunció Freida—. Ya la han vendido. ¿No lo sabías?

Me sentí un tanto orgullosa no solo de saber que habían vendido Badsley House, sino también de conocer al nuevo propietario. Pero me sorprendió un poco que Freida lo supiera, ya que siempre era la última en enterarse de los chismes del pueblo.

Me encogí de hombros y me serví un vaso de zumo de naranja de la nevera. No iba a confesar que había conocido a Logan Steele, porque entonces todo cambiaría y yo me convertiría en la interrogada. No, quería escuchar lo que la gente ya sabía sobre mi guapo vecino. ¿Tenía novia? ¿Me había cegado el barro o todo el mundo pensaba que era tan guapo como yo? Y quería saber por qué se les había ocurrido que estaría sobrevolando en helicóptero la finca.

—Al parecer, la ha comprado alguien de la ciudad.

—¿Gente de la ciudad que se muda al campo? —insistí esperanzada mientras me desplomaba en una de las sillas libres de la cocina para mirar a los miembros de la asociación de mujeres de Woolton y su improvisada línea de confección de mermelada de fresa y ruibarbo.

—Si consideras que estar aquí un sábado y un domingo es mudarte… —resopló la señora Lonsdale.

Se me hundieron los hombros, y la emoción que había sentido mientras volvía a casa se desvaneció tan rápido como los pájaros ante el ladrido de un perro. Así que Logan Steele no pensaba vivir allí… Sabía que no parecía el tipo de hombre que se mudaba al campo.

—¿Domingueros? —Las últimas personas que quería ver en Badsley House eran aquellas que tenían más dinero que sentido común, que no participaban en la vida del pueblo y volvían a sus áticos cada domingo por la noche. La gente así chupaba la vida de un pueblo. Badsley House necesitaba a alguien que gastara dinero en sus tiendas, que viniera a las fiestas y continuara con las tradiciones locales. Los domingueros solo acababan molestos por el olor a estiércol de vaca y pensaban que ponerse una chaqueta de Barbour y tener un Land Rover los convertía en gente de campo.

Como había supuesto, Logan Steele era demasiado bueno para ser verdad.

—Podría acabar quedándose más tiempo que el fin de semana si tuviera razones para ello. He oído que es muy guapo —dijo Freida.

Quienquiera que fuera, alguien tenía que decirle que no podía volar sobre Woolton Hall.

—Y soltero —continuó Freida, echándome un vistazo.

—Y no tiene más de treinta y tantos —intervino Aurora con un guiño mientras añadía un interminable chorro de azúcar a una de las grandes ollas.

—¿Sabías eso y no me lo has contado? —le recriminé. Aurora y yo nos lo contábamos todo.

—Me acabo de enterar —se disculpó.

—He oído que han mantenido al señor Fawsley en su puesto, así que espero que conserven el jardín en orden. —Freida golpeó con la cuchara de madera un lado de la sartén.

A pesar de estar irritada por no poseer la primicia de que habían comprado Badsley House —por un dominguero, nada menos—, me consolaba saber que Logan no hubiera despedido al jardinero. El señor Fawsley había dedicado su vida a ese lugar. Su hija se había casado en los terrenos.

—¡Qué pena que hayan tenido que vender Badsley House! —suspiré. La señora Brookely había muerto hacía unos meses, y su familia se había visto obligada a venderla para pagar el impuesto de sucesión. El lugar era precioso. Más pequeño que Woolton Hall, obviamente, pero aun así de buen tamaño, con algunos bosques circundantes por los que me encantaba pasear.

—Pero que haya nuevos habitantes en el pueblo puede ser algo bueno. Especialmente si es una familia joven —señaló la señora Lonsdale.

—Primero tendrá que encontrar esposa —dijo Freida.

Bueno, al menos era soltero. Pero eso no ayudaba al hecho de que no estaría en la casa a tiempo completo. Y encima, parecía feliz de perturbar nuestra pacífica existencia con un helicóptero.

—Vale, cuéntalo de una vez… —pidió la señora Lonsdale antes de que tuviera que hacerlo yo—. ¿Cómo es que eres tú la fuente de tanta información? Normalmente soy yo quien se entera de todo.

Freida se encogió de hombros, manteniendo los ojos fijos en la tabla de cortar mientras intentaba, sin éxito, reprimir el movimiento de las comisuras de su boca.

—Este cuchillo no está afilado —dijo.

—Freida… —intervine, quitándole el cuchillo para llevarlo al fregadero y lavarlo—. ¿Quién es tu fuente?

Soltó un suspiro exasperado y puso a un lado el ruibarbo.

—Si tanto os interesa saberlo, el nuevo dueño es el nieto de la abuela de la mejor amiga de mi hija.

Fruncí el ceño, tratando de entender ese hilo enredado.

—¿Quién? —le dije a Aurora, pero ella solo negó con la cabeza. Saqué el afilador de cuchillos del segundo cajón y me puse a trabajar.

—Entonces, ¿qué sabemos de él? ¿Qué hace para ganarse la vida? Dinero fresco, sin duda —comentó la señora Lonsdale.

—Hablaron de él en The Times esta semana —apuntó Freida—. Puede que tenga un ejemplar del periódico en mi bolso. —No había nada casual en ese hecho; Freida solo había estado esperando el momento adecuado para soltarlo.

—Es muy guapo. —Freida sacó el diario y me lo pasó al tiempo que me lanzaba una mirada aguda. Conocer a esas mujeres de toda la vida tenía sus desventajas: todas se comportaban como si tuvieran mucho interés en mi vida amorosa—. Guapo. Encantador. Y un triunfador en los negocios.

Dejé de afilar el cuchillo y me senté, desplegando el papel.

—Página dieciocho —señaló Freida.

Pasé las páginas hasta que me topé con la mandíbula afilada y los ojos brillantes de Logan Steele mirándome. Tenía el tipo de cara que era difícil de olvidar. Cuando empecé a leer, miré a Freida. El artículo exponía que Logan era el titán corporativo que más éxito había tenido durante los últimos años;, según el periodista, ganaba su dinero destruyendo negocios. Esperaba que fuera un artículo superhalagador, pero resultó ser todo lo contrario. El artículo argumentaba que el enfoque de Logan hacia los negocios estaba sofocando la innovación, que solo le importaban las ganancias y que sus métodos llevarían finalmente a una economía en retroceso si más gente seguía su ejemplo.

—Aquí se dice que está destruyendo la industria británica. Cerrando negocios y dejando a la gente sin trabajo —señalé—. Lo pintan como todo un villano.

—Sí, sí, pero ya sabes cómo son los periódicos. No puedes creerte todo lo que lees —dijo Freida. —Y sale muy guapo en esa fotografía. Y en el artículo se comenta lo rico que es.

¿Por qué Freida pensaba que yo podría estar interesada en un hombre, aunque fuera rico y guapo, si su único objetivo en los negocios era su destrucción? Los valores de un hombre eran más importantes para mí que una cara bonita.

—Y he oído que en persona es increíblemente encantador.

—No será tan encantador si está volando tan bajo que, si hubiera estado fuera, mi pelo se habría quedado varios centímetros más corto —respondí, dejando el periódico a un lado y cogiendo de nuevo el cuchillo para afilarlo.

—Hay que adaptarse a los tiempos que corren —arguyó Freida—. Así es como viaja la gente rica actualmente.

Me estremecí ante el sonido del acero contra el acero.

—Mi hermano es rico y en ocasiones carente de encanto, pero no se atrevería a venir a Woolton en un helicóptero.

Intercambié con Aurora una mirada que decía que le pondría de sombrero la cacerola de ruibarbo y azúcar si se le ocurría comentar que Ryder había sugerido que usáramos un helicóptero para llegar desde el aeródromo a Woolton. Por suerte para mí, nuestro abuelo había dicho que no, y Ryder no había vuelvo a debatir sobre el tema desde la muerte de mi abuelo. Adoraba a mi hermano, y no había nada que pudiera hacer que me irritara, pero aquello era una línea roja para mí.

—Con suerte, el helicóptero será algo ocasional —deseó la señora Lonsdale—. Sería muy perturbador si así es como viaja regularmente.

—Espero que no resulte ser igual que los últimos urbanitas que compraron una casa en Woolton. —Hice una pausa, porque no quería verme interrumpida por el gemido colectivo que siguió—. Exactamente —dije—. La ampliación de los Thompson supuso tres años de andamios, perforaciones, grúas y constructores jurando como marineros. ¿Para qué? Para que acabaran vendiendo ese lugar por una jugosa ganancia.

Alice Thompson nos había encantado a todos al principio. Se había unido a la asociación de mujeres y nos había explicado que la ampliación de su recién adquirida casa de campo era necesaria para acomodar a su creciente familia. Tan pronto como le concedieron la licencia de obra para la reforma, nos dejó tirados y se fue de nuevo a su casa de Londres, dejando que fuéramos los habitantes del pueblo los que soportáramos las obras de construcción, que obstruyeron la calle principal y molestaron a los vecinos durante tres largos años. Para los Thompson, comprar una propiedad en Woolton había sido una inversión financiera. Para mí, la inversión en Woolton fue algo sentimental.

—No todo el mundo va a ser como los Thompson —dijo la señora Lonsdale, arrastrando otra enorme sartén y poniéndola sobre la mesa.

—¿Qué hay de esa pareja que compró la vieja rectoría para los fines de semana? Los Foley —les recordé. No podían haberse olvidado de los coches de policía que llegaron en medio de la noche para arrestar al señor Foley por pegar a su esposa cuando estaba borracho como una cuba.

—Eso fue hace años —dijo Daphne—. No todos los que hayan crecido en otro lugar que no sea Woolton son malos, Darcy. Y no quedará nada de ese cuchillo si sigues afilándolo.

—Lo sé, pero eso no significa que debamos confiar en ellos de inmediato tampoco. —Durante unos minutos me había encantado el nuevo dueño. Me habían cautivado su hermoso rostro y su cálida sonrisa. Y ahora me sentía como una idiota.

—¿Crees que el nuevo propietario nos permitirá ver el jardín? —preguntó Daphne—. Eso sí sería un buen indicador sobre lo mucho que se implicará con la zona nuestro apuesto nuevo vecino.

La señora Brookely solía dejar entrar a cualquier vecino para que visitara nuestra propiedad. De hecho, la rosaleda que estaba detrás de Woolton Hall más allá del campo de cróquet había sido plantada después de que mi abuela viera la rosaleda de Badsley House. Esperaba que siguiera siendo una inspiración para el pueblo.

—Quizás podrías preguntarle cuando lo vayas a visitar, Darcy —intervino Freida.

—¿Visitar? —pregunté, enjuagando el cuchillo bajo el agua caliente antes de secarlo y pasárselo de nuevo.

—Para darle la bienvenida al pueblo, por supuesto. Puedes llevarle un poco de esta mermelada si quieres —se ofreció la señora Lonsdale.

Después de la debacle y de la vergüenza que había sufrido por la mañana y del artículo que acababa de leer, lo último que quería era aparecer en la puerta de Logan Steele. Dejando a un lado cualquier otra cosa, él podría llegar a pensar que yo estaba… interesada en él románticamente. De hecho, seguro que tenía a cada mujer que conocía comiendo de la palma de su mano. Pero a mí no. Por la mañana me había encandilado durante un rato, pero ya lo había superado. El artículo me había abierto los ojos.

—No pienso mostrarme ante él de esa manera. Y dado que está acostumbrado a la vida de la ciudad, estoy seguro de que le resultaría muy extraño que fuera a darle la bienvenida.

—Es lo que tus abuelos han hecho siempre por los recién llegados —me recordó la señora Lonsdale.

Suspiré; esa mujer conocía mis puntos débiles. Me encantaba mantener las tradiciones y la historia del pueblo, que el lugar siguiera siendo tan especial como siempre, y honrar la memoria de mis abuelos. Pero de ninguna manera iba a plantarme delante de la puerta de Logan Steele con un bote de mermelada.

—Sería la combinación perfecta, ya sabes: un rico y guapo conde y la nieta de un duque —comentó, soñadora, Freida, que claramente había renunciado a indirectas menos sutiles—. Esta casa necesita más vida en ella.

—¿Es conde? —se interesó la señora Lonsdale—. El artículo no lo menciona.

—No, ya no usa el título, por alguna razón. Pero si quieres saber mi opinión, parece cosa del destino, Darcy. Un conde se muda a la casa de al lado… Eso no puede ser una coincidencia —añadió Freida.

—Los títulos aristocráticos no significan nada en estos tiempos que corren —dije, ignorando los seis pares de ojos que cayeron sobre mí mientras me erguía con una gran sartén hacia la tabla de Freida, quien vertió en la sartén el ruibarbo picado—. Lo importante no es la posición, sino la persona. —Llevé la cacerola al fregadero—. ¿No podemos hablar de la vida amorosa de Aurora? —Cada reunión que tenía en Woolton la asociación de mujeres terminaba con una discusión sobre mi vida amorosa. Desde el día que mi siempre soltero hermano se había casado, parecía que el tictac del reloj del abuelo resonaba con más fuerza en el pasillo cada día que pasaba soltera.

—He decidido que necesito a un hombre extranjero. Griego, tal vez. O americano. —Aurora suspiró.

—¿Desde cuándo? —pregunté.

Miró melancólicamente al techo como si fuera un personaje de Tennyson, así que decidí no hacer preguntas.

—Eso me recuerda algo —dije—. Ryder, Scarlett y sus pequeños piratas vendrán el mes que viene; así que vamos a empezar a planear la fiesta de verano en el jardín. Decidme cualquier idea que se os ocurra para el evento.

—¿Y vas a ir a Badsley esta semana? —insistió Freida.

Suspiré.

—No, ¿por qué?

—Te dejaremos un bote de más de mermelada —dijo la señora Lonsdale—. Será un buen gesto de bienvenida. Y podrías llevar algunas rosas… Están preciosas, Darcy. Puedes contarle la historia de cómo tu abuela las plantó por las rosas de Badsley.

Esas mujeres no sabían aceptar un no por respuesta.

Prefería ir con un tridente que con una selección de rosas de mi abuela. Al menos así podría amenazarlo con hacerle pedazos si volvía a volar en helicóptero sobre Woolton. Por mucho que hubiera admirado su buena planta, su ética y su actitud eran mucho más importantes para mí. Había dedicado mi vida a Woolton Hall y a las tradiciones del pueblo, y habría hecho lo que hubiera sido necesario para asegurarme de que el nuevo propietario de Badsley House no alterara nada de eso.

4

Logan

Por fin lo había conseguido. Por fin mi abuela había vuelto a la casa en la que había crecido. La casa que había abandonado por mí. Por fin había sido capaz de pagar su sacrificio de cierta manera.

Abrí las puertas francesas con el codo mientras sostenía una bandeja de té y salí a la terraza. Había pasado los últimos días trabajando desde casa mientras nos instalábamos en nuestro nuevo hogar, lo que significaba que tomar el té los miércoles se había convertido en parte de mi rutina cuando normalmente la tarde se convertía en un borrón de conferencias telefónicas, reuniones y sesiones informativas.

—Ya estás aquí… Pensaba que te habías perdido —dijo mi abuela mientras yo dejaba la bandeja delante de ella.

—Todavía estoy familiarizándome con el lugar. —Mi abuela podía haber crecido en ese lugar, pero yo no. Los dos habíamos vivido en una casa adosada de dos dormitorios cuando yo era niño. Técnicamente, podía ser miembro de la aristocracia británica, pero había aprendido de forma muy rápida que los títulos no me iban a proporcionar nada necesario. Y tampoco eran una garantía de éxito financiero, sino todo lo contrario: todo se debía al trabajo duro y a la concentración.

Me senté ante los bien cuidados jardines. El terreno que rodeaba la casa estaba dividido en varias secciones: una zona amurallada llena de hierbas y verduras justo enfrente de la cocina, una al oeste que estaba llena de rosales y tres secciones adicionales que, según el jardinero, estaban divididas por colores, aunque era demasiado pronto para verlo. La terraza tenía vistas a las escaleras que bajaban a un estanque y a varios parterres elevados. Entendía de sobra por qué a mi abuela le había encantado siempre ese lugar.

—Es una casa enorme. Había olvidado lo grande que es. Sabes que no era necesario, ¿verdad? —dijo, negando con la cabeza—. Sabes que era perfectamente feliz en mi casita.

—Quería hacerlo. —Más que quererlo, necesitaba hacerlo.

Mi abuela suspiró y me dio una palmadita en la mano.

—Has arreglado un error que no fue tuyo.

—Esta casa era tuya y te la quitaron. Solo te la estoy devolviendo, haciendo algo por ti igual que tú siempre lo has hecho por mí. —Dejé el colador de té en el borde de su taza de porcelana y le serví una taza de aromático té oolong—. De todos modos, siempre me has dicho que la mayor virtud de un hombre es su capacidad de adaptación, así que convertiremos esto en un hogar dentro de nada. —Añadí un poco de leche a su taza, pero no a la mía.

—Sí, pero yo me refería a todos los apuros que has tenido que pasar —respondió.

Había dejado ese lugar por mí, pero nunca se había quejado, ni siquiera lo había mencionado.

—Esto funciona en los dos sentidos, abuela. —Me había prometido a mí mismo que algún día mi abuela recuperaría los jardines que describía en los cuentos que me contaba cuando era niño. Sin embargo, no fue hasta que fui mayor, mirando un viejo álbum de fotos de la familia, cuando me di cuenta de lo mucho que ella los echaba de menos. Así que la situación había vuelto al punto de partida. Mi abuela había vuelto al lugar al que había llamado hogar durante muchos años. Esperaba que me recorriera una sensación de victoria, pero se trataba más bien de una tranquila comprensión de que así era como debían ser las cosas.

Me apretó la mano.

—Sigue siendo una casa preciosa, y los jardines no son menos espectaculares después de todos estos años. —Me soltó y cogió el té—. Tenemos suerte de que el señor Fawsley aceptara quedarse. —El jardinero del anterior propietario se había sentido encantado cuando se lo pedí. Me resultó obvio que era un hombre que disfrutaba de su trabajo.

—¿Conoces a otros vecinos? —pregunté, pensando en la chica empapada de barro que había conocido el domingo. Me había dicho que era de allí.

—No, pero es pronto, y, como sabes, no puedo salir mucho.

—Vi una tienda de productos agrícolas al final del pueblo. Te llevaré allí a finales de semana si quieres.

—Es una buena idea, pero no puedes pasar todo el tiempo conmigo. Quiero que hagas amigos por aquí, ¿me has oído?

Me reí entre dientes.

—Sí, abuela. De hecho, me tropecé con una mujer cuando salí a caminar por el campo el domingo.

—¿Era una vecina?

—Creo que sí. Parecía conocer la zona.

—¿Se mostró amistosa contigo?

Amistosa precisamente no, pero no se había alegrado tanto de verme como yo esperaba.

—Creo que estaba un poco distraída. Su caballo huyó cuando me acerqué y ella se cayó de bruces en el barro.

—¡Oh, Dios! Esta es una vida muy diferente a la que tienes en Londres. ¿Estás seguro de que estás preparado para ella?

Mi abuela tenía razón. Nunca había tenido que mantener una conversación con alguien que estaba empapado de barro, aparte de aquella vez en Las Vegas… Y esa noche había terminado bien, pero no había habido mucha conversación. Darcy tenía cuerpo para luchar en el barro, pero no estaba seguro de que tuviera afición.

—Pasaré en Londres la mayor parte de la semana. Creo que puedo ocuparme de un poco de barro durante el fin de semana.

—¿Era guapa?

Me quedé pensativo, recordando su cabello empapado y la forma en que había rechazado mi bufanda para que se limpiara los ríos de agua fangosa que le corrían por la cara.

—Supongo. —No cabía duda de que Darcy era muy guapa, incluso muy guapa: brillante pelo castaño, que había alcanzado a ver antes de que se cayera, y un cuerpo voluptuoso. Pero no era mi tipo. Era mucho más baja que las mujeres con las que normalmente me acostaba. Con las mejillas sonrojadas y la piel pálida, parecía la típica «rosa inglesa». Su cuerpo, aunque muy sexy, no era producto de un gimnasio como los que yo buscaba cuando quería un rollo para pasar la noche. Parecía menos tonificada, y su trasero era como más importante. Y parecía menos interesada en mí de a lo que estaba acostumbrado.

Pero había algo en ella que me había atraído y me había hecho querer que la conversación continuara. No estaba seguro de si era lo distinta que me resultaba de las otras mujeres que conocía o de algo más profundo que me hacía desear verla de nuevo y tener la oportunidad de… No estaba seguro de qué. ¿De tocarla? ¿De hablar con ella un poco más? ¿De ver cómo su cálida sonrisa se apoderaba de su rostro y calentaba todo lo que la rodeaba?

—Apuesto a que eres la comidilla del pueblo. Rico, guapo y soltero. No me puedo imaginar que haya muchos hombres como tú por aquí.

—Creo que eres un poco parcial, y, de todos modos, ya te he dicho que no debes preocuparte por mi vida amorosa. Ya me basto y me sobro.

—No estoy hablando de sexo —puntualizó—. Quiero que conozcas a alguien con quien puedas construir una vida. Cuando yo no esté…

—Abuela —gruñí, interrumpiéndola—. No quiero que hables así. Sabes que vas a vivir para siempre.

—Ciertamente espero que sí, pero me gustaría que sentaras la cabeza. Te vas haciendo mayor.

—Hoy todo son cumplidos. Dame un respiro. Tengo treinta y cinco años.

—Sí, por eso. Has pasado mucho tiempo de flor en flor. Ya es hora, muchacho.

—No te preocupes, ya estoy echando raíces —aseguré, señalando los jardines con la barbilla. No gastaba tiempo ni energía yendo de flor en flor. No me metía en asuntos que no sabía si podría hacer funcionar, pero una vez que me comprometía con algo, aquello recibía toda mi atención. Esa cualidad me había hecho ganar mucho dinero, que era lo que había estado buscando. Pero también significaba que cualquier faceta personal suponía una distracción. Las mujeres eran, sin más, una forma de desahogarme. La compra de esa casa era el mayor compromiso personal que había asumido y que probablemente asumiría nunca.

—Eso tendrá que bastar por ahora. Pero no hagas que esta señora espere demasiado tiempo para tener bisnietos. Y este lugar es lo suficientemente grande.

¿Bisnietos? Recibir charlas de forma regular sobre el hecho de que no estaba casado ya era bastante malo.

—Ya te lo he dicho antes, no tengo pensado tener hijos. —La paternidad era algo que pensaba evitar a toda costa. No iba con el tipo de hombre que era. La única familia que me importaba y la única familia que pensaba tener estaba sentada justo delante de mí—. Estoy seguro de que este jardín te mantendrá bastante ocupada.

—Es precioso —convino—. Pero no más que tener una familia.

Eso no había entrado nunca en mis planes; mi familia había sido todo menos bonita. Había sido triste, turbulenta y caótica, todo lo que no quería repetir.

—¿Y estás segura de que no te importa que dé uso al terreno que está fuera de la vista de la casa? —pregunté, cambiando de tema. Más allá de los jardines había veintidós acres de tierras, bosques y campos no cultivados. Los establos y sus alrededores estaban abandonados desde hacía mucho tiempo, y pretendía darle nueva vida a esa zona. Eran los planes que tenía en mente.

—Has hablado de las tierras desde que te has interesado en ese tipo de cosas…

—Estoy interesado en cualquier cosa que me haga ganar dinero, abuela. Ya lo sabes.

—Siempre has sido igual —respondió ella—. Espero que no sigas pensando en lo del periódico.

Dejé la taza.

—No soy un hacendado —respondí—. Soy un hombre que se ha hecho a sí mismo. —No creía en las señales del universo ni en la alineación de las estrellas, pero me parecía estupendo aprovechar las coincidencias. El artículo en The London Times había dicho que destruía el espíritu empresarial al recompensar la destrucción en lugar de alentar nuevas ideas. Así que había decidido asumir riesgos el mismo día que Badsley House había salido a la venta. Y se me había ocurrido la idea de cómo usar Badsley para demostrar que aquel periodista estaba equivocado.

—No deberías permitir que te afecten ese tipo de cosas. Es solo un periodista que está celoso de que alguien con un título «inútil» haya creado un imperio.

—No he creado un imperio —respondí.

—¿Cómo lo denominarías? Tienes treinta y cinco años, y a pesar de que empezaste sin nada, acabas de ser nombrado uno de los hombres más ricos de Inglaterra.