El caballero equivocado - Louise Bay - E-Book

El caballero equivocado E-Book

Louise Bay

0,0
5,99 €

oder
-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

Soy un hombre de todo o nada, que siempre se centra al cien por cien en lo que hace. Primero me dediqué a servir a mi país en las Fuerzas Especiales. Después me esforcé en que mi empresa fuera la mejor, y en este momento es la rubia del bar la que está a punto de convertirse en mi objetivo. Pero las mujeres nunca mantienen mi atención durante más de una noche. Hasta que Skylar Anderson se desnuda ante mí y su máscara empieza a agrietarse, mostrándome destellos de la mujer que es en realidad. Es divertida, sexy y vulnerable, pero me echa de la cama antes de que pueda recuperar el aliento y sugerirle que desayunemos juntos. Cuando al día siguiente empiezo a trabajar de incógnito en un yate, resulta que ella forma parte de la tripulación. Y por mucho que lo intente, no logro ignorarla… Sé que su coleta deja al descubierto un cuello que sabe a verano. Que la falda del uniforme no hace más que resaltar las piernas torneadas que me rodearon las caderas anoche. ¿Y qué decir de su provocadora sonrisa? Sé de lo que es capaz esa boca. Quiero explorar su cuerpo, descubrir sus secretos y navegar con ella disfrutando de la puesta del sol. Pero por mucho que quiera estar con Skylar, ella debería mantenerse alejada de mí. Oculto mis propios secretos, y solo pueden traerle problemas.

Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:

EPUB

Veröffentlichungsjahr: 2022

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Título original: The Wrong Gentleman

Primera edición: septiembre de 2022

Copyright © 2019 by Louise Bay

© de la traducción: María José Losada Rey, 2022

© de esta edición: 2022, ediciones Pàmies, S. L. C/ Mesena, 18 28033 Madrid [email protected]

ISBN: 978-84-19301-27-7

BIC: FRD

Diseño e ilustración de cubierta: CalderónSTUDIO®

Fotografías: Javi_indy/Anna Om/Shutterstock

Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo la sanción establecida en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público.

Índice

1

2

3

4

5

6

7

8

9

10

11

12

13

14

15

16

17

18

19

20

21

22

23

24

25

26

27

28

29

30

31

32

33

34

35

36

37

38

39

Epílogo

Agradecimientos

Contenido especial

1

Landon

El sol de la tarde caía sobre Londres haciendo destacar las típicas molduras que los edificios de la época de Regencia exponían de forma orgullosa. No recordaba la última vez que había salido a la calle y había mirado hacia arriba para disfrutar de la vista y no para comprobar si había algo fuera de lo común. Era casi como si estuviera en una ciudad diferente, aunque había trabajado a dos calles de distancia durante los siete últimos años. Siempre había estado muy concentrado en el trabajo o en la gente, estudiando las situaciones y el ambiente.

Localicé la librería que buscaba y bajé unos escalones de piedra hasta la entrada. ¿Cuándo había sido la última vez que había estado en una librería? Ni siquiera estaba seguro de lo que buscaba allí dentro; inspiración e ideas, supuse. Lugares que visitar, pasatiempos en los que recrearme durante los siguientes meses. No recordaba haber tenido tiempo libre desde que estaba en el instituto, y en ese momento no tenía dinero para hacer nada.

Pero mi vida había cambiado desde entonces.

Me llamó la atención la sección de viajes y fui hacia la derecha. No estaba seguro de lo que me gustaba hacer; nunca había pasado unas vacaciones en la playa, y no me imaginaba tumbado al sol y bebiendo cócteles, no era mi estilo. Quizá me podía dedicarme al senderismo; no había estado jamás en Costa Rica, y había oído que era un lugar precioso. Empecé a sacar diferentes guías para hojearlas.

—Landon Wolf, ¿eres tú? —Una voz masculina y familiar me llamó desde atrás.

Me giré para encontrarme con un viejo compañero del Ejército, Harry Reynolds, que venía directo hacia mí. Quizá no me fijara en la arquitectura, pero sí lo hacía en la gente, y dudaba mucho que Harry frecuentara aquella librería. Nuestro encuentro no era una coincidencia.

—Reynolds —respondí, dejando el libro que había cogido en la estantería para tenderle la mano.

—Joder, qué alegría verte, tío —dijo; me la estrechó y me dio un abrazo.

—Ha pasado mucho tiempo —comenté—, pero tienes buen aspecto.

—Viniendo del cabrón más guapo que conozco, me tomaré eso como un cumplido. ¿Qué estás haciendo aquí? —Miró a su alrededor.

—La pregunta es más bien qué haces tú. Ni siquiera sabía que supieras leer.

Se rio.

—Oh, ya sabes…, solo estoy curioseando. Pero, ahora que te he visto, es posible que tenga una propuesta interesante para ti.

Sabía que no me había encontrado por casualidad.

—¿Estabas buscándome?

—Bueno, ya te he localizado. Has cambiado de número —comentó—. Y hay algo de lo que quiero hablar contigo. Salgamos de aquí. Podemos seguir la conversación en la calle.

Se me revolvió el estómago. Si no quería que lo escucharan, no estaba seguro de querer conocer su propuesta. Sabía que Reynolds había montado su propio negocio de seguridad privada poco después de que yo empezara el mío, pero nuestros caminos profesionales no se habían cruzado nunca. No quería que empezaran a hacerlo entonces.

—He oído que has vendido —dijo en cuanto llegamos a la parte superior de la escalera de piedra y estuvimos en la acera. Dado que habíamos firmado el papeleo la tarde anterior, Reynolds debía de estar al tanto de todo.

Asentí.

—Sí, me hicieron una oferta demasiado buena como para rechazarla. —Una vez que había conseguido trabajos de mayor envergadura y encargos gubernamentales, los compradores habían empezado a hacerme ofertas. Al principio no me habían interesado; me gustaba demasiado mi trabajo, pero resistirme solo había hecho que las ofertas se incrementaran. Por eso, cuando me ofrecieron un puesto en el mi6 la misma semana que había recibido otra oferta multimillonaria por mi negocio, decidí que era el momento adecuado para dar un cambio de rumbo.

—Eso he oído. Bien por ti. Dime: ¿significa eso que estás en dique seco?

Fruncí el ceño y me metí las manos en los bolsillos mientras andábamos hacia Fleet Street.

—No sé dónde has oído eso.

—Harvey me ha dicho que tienes un par de meses libres.

Eso tenía sentido. Desde que había dejado las fuerzas especiales, ese amigo común, Harvey, había trabajado por su cuenta haciendo todo tipo de cosas. De hecho, lo había llamado para preguntarle si quería acompañarme a hacer un viaje, pero estaba ocupado.

—Me comentó que trabajabais juntos —dije.

—Sí, desde hace algunos años. En este momento está en el Mediterráneo, como guardia de seguridad privado para un vip.

No respondí. No se me ocurría nada más aburrido que estar envuelto en el calor, fingiendo velar por la seguridad de alguien cuando en realidad solo estaba allí para que se sintiera importante.

—Me ha mencionado que tienes algo de tiempo libre antes de… —frunció el ceño— antes de lo que vayas a hacer después.

—En efecto. Estoy deseando no hacer nada durante unos meses.

Reynolds se rio.

—Ya, pero los dos sabemos que eso es mentira.

No era exactamente una mentira, pero tampoco era una verdad absoluta. No me gustabaestar sin hacer nada durante un período de tiempo prolongado. No iba conmigo. Pero prefería hacer algo nuevo. Original. Emocionante.

—Tengo una propuesta para ti —continuó—. Estoy escaso de personal y me acaban de ofrecer un trabajo estupendo. Solo necesito a la persona adecuada para ello.

Negué con la cabeza.

—No soy tu hombre, Reynolds. Ya no hago trabajo de campo. —Eran muchos los hombres que trabajaban para mí. Invertía mejor mi tiempo elaborando estrategias y levantando el negocio. No tenía nada que demostrar en otras facetas.

—No se trata de un trabajo de campo. Considéralo más bien unas vacaciones pagadas.

—No necesito dinero, puedes creerme.

—Ya, ya…, sé que lo has hecho bien. Ahora en serio, este trabajo es muy sencillo: solo hay que llevar registro de los movimientos de un hombre y de las personas con las que se relaciona. Más simple no puede ser, y pasarías el tiempo a bordo de un yate de lujo en el sur de Francia.

Me reí.

—¿Crees que no se daría cuenta si estuviera en el mismo yate que él?

—Ahh…, pero serías un miembro de la tripulación. He conseguido que uno de mis hombres trabaje a bordo, así que la idea es que tú solo estés pendiente del objetivo y te fijes en si sube al yate alguien más.

—No me interesa. —Quería pasar el verano haciendo algo nuevo, no siguiendo a un tipo rico—. Búscate a otro.

—No tienes otros planes. Tú mismo lo has dicho.

Negué con la cabeza.

—Estoy seguro de que barajas más opciones. Hay muchos buenos agentes en activo capaces de hacer eso.

Permaneció en silencio durante unos segundos.

—Se trata de algo importante. No quiero que este trabajo lo haga cualquiera.

—Pero parece muy sencillo. ¿Qué tiene de importante?

—El objetivo es… un desafío. Posee contactos peligrosos. Puede que esté haciendo negocios con algunas de las personas que nos esforzábamos en eliminar cuando estábamos de servicio. Necesito a alguien que pueda tomar decisiones por sí mismo si surgiera la necesidad.

—Entonces, ¿qué pasa con Jones o Greenley o…?

—Solo hay cinco hombres en el mundo a los que confiaría este trabajo. A dos de ellos ya los ha rechazado mi cliente. Jones está ocupado en otra cosa, a Greenley lo conoce un intermediario del objetivo, y luego estás tú. Te necesito, amigo.

Gemí. Tenía muchas ganas de tener tiempo libre, pero Reynolds me pedía ayuda y yo había luchado codo con codo con él. Haría lo que fuera por un hombre que había puesto su vida en mis manos y en cuyas manos yo había puesto la mía.

—¿De qué clase de peligro hablamos?

—El objetivo ha empezado a coquetear con el comercio ilegal de armas. Su negocio legal no va muy bien, y a él le gusta darse la gran vida, así que ha decidido complementar los ingresos. Empezó vendiendo armas a los gobiernos de Sudamérica, pero se está volviendo más ambicioso. Codicioso.

—¿Y eso qué significa?

—Cada vez le importa menos quiénes pueden ser las víctimas de las armas y a quiénes se las vende. Mi cliente ha conseguido información que indica que el objetivo se ha puesto en contacto con un grupo escindido del Estado Islámico; va a haber una reunión inminente.

Apreté los dientes.

—¿Tu cliente es de la cia?

—Sabes que no puedo decirte eso.

También sabía que, si no hubiera sido la cia, me lo habría dicho. ¿Estaba preparado para rechazar una oportunidad de proteger la vida de los civiles?

—¿Y tu cliente no quiere ensuciarse las manos?

—Eso no le importa, pero este es un trabajo que requiere de muchos recursos, así que están usando gente interna y externa.

Me metí las manos en los bolsillos.

—Así que, además de conseguir unas vacaciones en un yate de lujo, estarás ayudando a acabar con uno de los malos —me tentó—. Y ya sabes que eso es algo que a todos nos gusta.

Había dado con mi talón de Aquiles. Como a la mayoría de los exmiembros de las fuerzas especiales, una de las cosas que más me gustaba de servir en ese cuerpo era imponer justicia en esos lugares donde las intervenciones militares o políticas no habían funcionado: a menudo éramos la solución final. Y la mayoría de las veces hacíamos lo que nos proponíamos. En ese momento, tenía a mi alcance impedir que llegaran armas a manos del Estado Islámico, ¿cómo iba a irme de excursión a Costa Rica sabiendo que podía encargarse de ese trabajo alguien menos competente que yo, alguien que podía pasar por alto algo importante?

—¿Y todo lo que tendré que hacer es comprobar los movimientos de este tipo? ¿Cuándo entra y sale del yate?

—Sí, y avisar cuando se vaya o regrese. Y también deberás avisarnos de la gente que invita a bordo.

—¿Tendré que poner dispositivos de vigilancia o registrar su…?

—No, no. No queremos que haya rastros. No cree estar en el radar de nadie. Y no queremos que piense que eso ha cambiado. No podemos arriesgarnos a que lo atrapen.

Irme a Costa Rica había sido una opción demasiado bonita, pero sabía que no iba a decir que no a Reynolds. No podía. En parte por nuestra historia, pero, sobre todo, por la oportunidad de hacer algo por el bien común. Iba en mi adn.

—Me debes una —respondí.

La sonrisa de Reynolds lo dijo todo. Sabía que me había convencido.

2

Skylar

—Este verano me he impuesto como misión encontrarte un novio —anunció mi mejor amiga, August, frente al espejo del baño, donde intentaba colocarse bien una de sus pestañas postizas, que parecía haberse puesto un poco torcida.

—Nunca encontrarás a nadie lo bastante rico —respondí, antes de lamerme los labios cubiertos de carmín y dejar caer la barra de labios de nuevo en el bolso.

—¿Lo dices en serio? Estamos en el sur de Francia. Esta zona es considerada el patio de recreo de los multimillonarios. Sería casi obligatorio que encontraras a alguien, incluso sin mi ayuda. Pero, para asegurarnos, contarás con mi asistencia. Y ni siquiera te cobraré.

Puse los ojos en blanco.

—¿Vas a ayudarme a introducirme en el mundo de los multimillonarios? —Tal vez August fuera mi mejor amiga, pero ni siquiera ella sabía que aquella supuesta exigencia que ponía de conocer a un hombre rico y soltero, que me mantuviera en la forma a la que me había acostumbrado, era solo una fachada. Una pista falsa. Una cortina de humo. Lo cierto era que no quería casarme. Ni tener novio. Ni estar con un hombre. Pero era más difícil dar explicaciones para todo eso que decir que estaba buscando a un millonario.

—No parezcas tan incrédula. Si soy tu celestina, me será más fácil reunir el valor para acercarme a desconocidos y presentarme, para hablar en las fiestas.

—No creo que te falte ánimo para eso ni siquiera cuando no estás haciendo de celestina. De todos modos, deberías centrarte en ti y en Harvey. Es un gran tipo.

August sonrió con un ojo maquillado como si fuera el de una top model y el otro con aspecto de haberse despertado después de una noche de resaca.

—Lo es, ¿verdad? Creo que podría ser el elegido.

No debí reírme, pero quien quisiera que fuera la pareja de August en un momento dado era el hombre elegido. Su historial de citas era una auténtica montaña rusa, y a mí me gustaba sentarme y observarla desde el banquillo en lugar de participar en la historia; no salir con nadie tenía grandes ventajas.

No tenía que soportar ver partidos deportivos en la televisión ni, lo que era peor, reality shows.

Estaba concentrada en mi trabajo, lo que significaba que era una de las mejores sobrecargos en activo. Y era así, aunque lo dijera yo misma.

Además, no me veía obligada a lidiar con el inevitable dolor de cabeza que conllevaban las citas o el dolor de las expectativas frustradas. El sufrimiento que te provocaba alguien que no te quería. El desencanto de sentirte constantemente decepcionada por alguien.

Cuando conocí a August, le había sugerido un par de veces que tal vez estuviera bien que se tomara un descanso e intenté señalarle las ventajas de permanecer soltera, pero no le interesó mi filosofía y me dijo que mis palabras le parecían deprimentes e hipócritas. Poco después, se me ocurrió la historia de que solo me interesaban los multimillonarios libres de ataduras. Parecía más fácil ser tachada de casquivana que de hipócrita.

—Sabes que hemos quedado con un amigo de Harvey esta noche. Nos lo enseñó en una de sus fotos del Ejército. Es muy s-e-x-y —dijo, deletreando la palabra.

Gemí. Lo último que quería era un exmilitar.

—Entonces, si es un viejo colega del Ejército, no será lo bastante rico.

—Pero es británico. ¿Eso no cuenta? —preguntó.

—Lo único que cuenta es el número de ceros que tenga su cuenta bancaria.

—No eres nada romántica. Podrías enamorarte de él y entonces no te importará si es rico o no.

Me reí.

—Soy práctica. ¿Por qué enamorarte de alguien pobre cuando puedes casarte con alguien rico? —No iba a haber ningún enamoramiento en mi futuro. Lo único que me interesaba hacer ese verano era ganar todo el dinero posible. Al igual que la temporada pasada, la anterior y todas en las que había recibido un sueldo desde que había empezado a navegar. Mis ahorros crecían cada año, y estaba a punto de poder asegurar mi futuro, de saber a ciencia cierta que nunca más iba a tener que depender de nadie para nada.

—Bueno, incluso aunque no terminaras enamorándote de él, podrías disfrutar de un rollito. Tal vez te siente bien echar un buen polvo antes de que empiece la temporada.

Me apoyé en la encimera y miré cómo August suspiraba y se despegaba las pestañas postizas del otro ojo. Asentí, alentada por su falta de pestañas.

—Mucho mejor así —dije—. Y ya sabes que no me gustan los rollos de una noche.

—Puedo entender esa regla tuya de no querer distracciones durante la temporada. —Hizo una pausa y arrugó la nariz—. Bueno, en realidad no, pero, de todos modos, entiendo que es una norma tuya y punto, pero es que la temporada no empezará hasta que subamos a bordo mañana por la mañana, al menos técnicamente. Eso significa que esta noche es…

—No voy a tener un rollo de una noche. Y menos con un exmilitar. No son mi tipo.

—Ni que tuvieras que casarte con él… En serio, Harvey tiene un cuerpo… Dejó el Ejército hace años, pero a los exmilitares les encanta hacer ejercicio.

—Bueno, esa es otra razón para decirle que no. No quiero que un hombre con el culo más pequeño que el mío me vea desnuda.

August puso cara de sorpresa.

—¿Así que vas a quedarte virgen?

Me giré y moví el culo hacia August.

—Eso parece.

—Tienes un culo que le daría envidia a Jennifer López. Pero da igual: yo solo quiero que seas feliz, amiga mía. —August movió el pincel del rímel y añadió otra capa a sus pestañas naturales.

—Soy feliz. Y lo seré aún más cuando lleguen las propinas.

—Pero yo quiero que encuentres el amor de tu vida.

—Benjamin Franklin es el amor de mi vida.

—Lo digo en serio, Skylar.

—Y yo.

—Sé que quieres sentirte segura financieramente, y es algo comprensible, viniendo de…, bueno, ya sabes, dado lo que has pasado. Pero tener a alguien que te quiera también es importante.

El amor era una mierda. Algo que la gente se inventaba para vender tarjetas de felicitación y alquilar salones de boda. No me interesaba. Me gustaban las certezas, y podía proporcionármelas yo misma.

—Este va a ser el verano del amor. Te lo prometo —aseguró August.

—Si tú lo dices… —No tenía sentido discutir con August cuando había puesto la mente en algo—. ¿Qué? ¿No has terminado con las pestañas? ¿Podemos salir ya del cuarto de baño e ir a tomar algo? —Después de una conversación como esa, tenía claro que en mi futuro había tequila. No necesitaba a un hombre, porque el alcohol podía darme calor por las noches, y tenía la ventaja añadida de que no dejaba la tapa del váter levantada.

3

Landon

Siempre disfrutaba cuando me reinventaba. Me recreaba en esos cambios. De estudiante a soldado. De miembro de las fuerzas especiales a propietario de un negocio. Esa noche iba a pasar de ser un playboy multimillonario a un miembro de la tripulación de un yate. Al día siguiente por la mañana la barba incipiente que me cubría la barbilla iba a desaparecer, así como el reloj de marca y los zapatos italianos.

Cerré la puerta de la suite que ocupaba en el hotel de cinco estrellas del centro de Saint Tropez y me pasé los dedos húmedos por el pelo mientras iba hacia los ascensores. Le hacía pocas concesiones a mi vanidad. El aftershave, los productos capilares y la crema hidratante eran para otro tipo de hombres. Había pasado épocas en las que el jabón era un lujo, así que eso era lo único que necesitaba.

Cuando entré en el pub a oscuras, el zumbido de mis venas, la sensación de que lo que estaba a punto de ocurrir era tanto un final como un principio, me recordó a la noche anterior a un despliegue. Esperaba que esa noche también me resultara familiar en otros sentidos: unas cervezas e intercambiar algunas bromas con Harvey, que me debía una porque era quien le había dicho a Reynolds que podía estar dispuesto a aceptar un trabajo de campo. Sabía que iba a perdonarlo, que íbamos a beber unas cervezas y que, en algún momento de la noche, podía ligarme a una bonita rubia.

A algunos soldados les gustaba tener la certeza de que los esperaba alguien en casa. Disfrutaban intercambiando mensajes y cartas en los despliegues más largos, y hablando de la vida hogareña a la que regresaban entre misiones. Yo no era así. No me gustaba la idea de tener novia ni de casarme por dejarme llevar. No hacía nada a medias, y, de todos modos, nunca había anhelado la estabilidad ni la rutina. Me gustaban los cambios: era una de las razones por las que había vendido el negocio. Eso y los millones de libras que llenaban desde entonces mi cuenta bancaria. Los militares rara vez se hacían ricos, pero yo había sido una excepción.

Escudriñé el ruidoso pub, buscando a Harvey.

En el rincón de la izquierda detecté una discusión acalorada entre dos treintañeros que habían bebido demasiado. En un reservado, a un lado, un grupo de chicas había organizado una despedida de soltera y se bebían una bandeja de chupitos. A la derecha vi un grupo formado por mujeres y hombres, pero su lenguaje corporal no parecía amistoso, sino más bien de compañeros de trabajo. Tal vez se trataba de la nueva tripulación de un yate y estaban conociéndose.

De pie, de puntillas y apoyada sobre la barra, había una rubia muy guapa. El pelo casi blanco le caía por la espalda en suaves ondas que le llegaban a la cintura, lo que hacía destacar su firme culo. Iba vestida de forma más informal que las mujeres de la despedida de soltera, por lo que no formaba parte de ese grupo. La manera en que se comportaba sugería que era autóctona, pero, cuando me detuve detrás de ella, oí que pedía tequila con acento americano. Llevaba unas sandalias negras de tacón de aguja, pero calculé que descalza podía medir alrededor de metro sesenta. Además, tenía la piel dorada.

Sí, mi radar se había activado: esa rubia podía ser, sin duda, mi ligue de esa noche. Así que esperé que se quedara el tiempo suficiente para que pudiera invitarla a la siguiente copa.

Al ver a Harvey al otro lado de la barra, me abrí paso entre la multitud.

Cuando me acerqué, se soltó de la chica con la que estaba y me saludó dándome un gran abrazo.

—No me puedo creer que estés aquí, amigo.

Le di una palmada en la espalda.

—Yo tampoco. Me alegro de verte. Ha pasado mucho tiempo.

—Siete años.

—¿Qué tal la pierna? —pregunté.

—Bien —repuso Harvey, forzando una sonrisa. Una extremidad se le había quedado insensible después de que le dispararan.

—Genial. Así, cuando te disculpes, sabré que no es porque te dé miedo lo que pueda hacerte en una lesión antigua. —Sonreí.

Harvey se rio.

—¿Miedo de ti? Sé que estás demasiado preocupado por estropearte esa bonita cara como para enfrentarte a mí.

No había perdido la valentía para ser soldado. Y, sin duda, no era la vanidad lo que me había hecho abandonar las fuerzas especiales. Me había impulsado el hambre de ser el mejor cada día, y sabía de sobra que eso conducía a cometer errores. Tenía que estar a tope, y, si no lo estaba, era porque necesitaba un nuevo reto.

—Reynolds me localizó porque le dijiste que estaba libre.

Harvey se encogió de hombros y miró a la chica que estaba a su lado.

—Esta es mi novia, August.

La conversación iba a tener que esperar hasta que estuviéramos solos.

—Encantado de conocerte —le dije, estrechando su mano—. ¿También formas parte de la tripulación de un yate?

—Sí. Segunda sobrecargo, o azafata de a bordo, como prefieras. La temporada comienza mañana para mí. Harvey dice que es tu primera temporada.

—Así es. Pero no voy a ser parte de la seguridad, como él. —Señalé con la cabeza a mi viejo amigo—. Solo soy un marinero de cubierta. ¿Algún consejo?

—Muchos: haz todo lo que diga el contramaestre, y asiente. Sé amable con la tripulación del interior. —Esbozó una amplia sonrisa—. Y donde tengas la olla… Las relaciones a bordo pueden resultar complicadas.

Harvey casi se atragantó con la bebida.

—Sí, eso no es un peligro en este caso. Landon no busca rollos ni relaciones.

August puso los ojos en blanco.

—Me alegro de que estemos en barcos diferentes esta temporada. Es más fácil de llevar, aunque no nos veamos tanto.

—Bueno, yo estoy deseando empezar —respondí—. Hace tiempo que no me hacen la comida ni la colada.

—Y se gana mucha pasta —recordó Harvey—. Por eso estamos todos aquí.

—Quiero encontrarle a Skylar un marido rico este verano. Es mi objetivo —comentó August mientras miraba por encima de mi hombro.

Me giré y vi que la rubia de la barra venía hacia nosotros con una bandeja de bebidas. En ese momento, que podía verla mejor, me pareció incluso más guapa. El pelo le caía alrededor de la cara, tenía los ojos azules como el hielo y la nariz respingona; su aspecto era el típico de las chicas escandinavas. Y, además, tenía un cuerpo de infarto que solo un sacerdote homosexual habría podido ignorar: pechos grandes y exuberantes, cubiertos por un top negro, la cintura diminuta en la que me había fijado antes y unas caderas que ensanchaban la figura hasta convertirla en un perfecto reloj de arena.

¡Dios! Estaba buenísima.

—Traigo tequila —anunció, mirándome mientras dejaba la bandeja de chupitos en una mesa.

—Por eso eres mi mejor amiga —anunció August.

—Voy a por otro chupito —dijo.

—Me encantaría compartir tu vaso —anuncié, preguntándome a qué sabían esos labios impregnados de tequila mientras le ofrecía una sonrisa que esperaba que le dijera las ganas que tenía de verla desnuda.

Ella negó con la cabeza.

—De eso nada. Te traeré otro.

Ay…

Existían pocasmujeres que no respondieran a mis palabras insinuantes.

Skylar volvió de la barra con otro chupito.

—Me llamo Landon —me presenté cuando me tendió el vaso de chupito, lleno, con el alcohol rebosando por los lados.

—Skylar —contestó ella, y vació su chupito echando hacia atrás la cabeza. Iba en serio.

Esperaba que no tomara demasiados chupitos. No quería que se emborrachara, ya que la necesitaba sobria para lo que tenía planeado.

—Skylar no está saliendo con nadie —anunció August.

Me alegraba saberlo.

—Diciendo eso, insinúas que estoy disponible. Lo cual no es cierto —intervino Skylar.

—Sin embargo, lo estarías para el hombre adecuado. ¿Verdad? —preguntó August.

—Sí, pero tengo el listón muy alto —insistió.

August gimió.

—¿Qué más cualidades le pides a un hombre?

—No me gustan los hombres que mienten. Ni los que están casados. Ni los gais, por muy ricos que sean. Ni los sacerdotes. Ni…

—¿De qué hablan? —pregunté a Harvey.

Harvey puso los ojos en blanco.

—Al parecer, enumeran las cualidades que debería tener un hombre para que Skylar quiera salir con él.

—No hay nada malo en pedir mucho —nos interrumpió Skylar—. La mayoría de la gente se conforma con demasiada facilidad.

Me reí.

—Qué interesante… ¿Haces que los hombres rellenen un cuestionario o algo así?

—Si es así como lo ves, no tienes que participar —repuso.

No estaba buscando pareja. Para mí era todo o nada, ya fuera en el trabajo o en las relaciones. Estaba comprometido por completo con mi trabajo, y eso no me dejaba tiempo para nada más. Pero no iba a decir que no a una nochecon Skylar.

—Imagino que una chica tan guapa puede ser todo lo exigente que quiera —argumenté. No sabía si Skylar era muy sabia o si estaba muy hastiada o si le habían hecho daño en su vida, pero tenía claro que quería averiguar un poco más sobre ella—. Dime: ¿dónde puedo conseguir ese cuestionario? Tal vez quiera rellenarlo —pregunté, echándome hacia delante para asegurarme de que me oía por encima de la música. Y también tenía intención de acercarme un poco más. Percibí un leve olor a madreselva, un aroma demasiado puro e inocente para una mujer tan… cínica. ¿O solo era que estaba concentrada en su objetivo final?

Se encogió de hombros.

—Las solicitudes están cerradas. Lo siento.

—Sé que esta temporada vas a encontrar al hombre perfecto —insistió August—. Lo presiento.

—Es algo que te preocupa más que a mí —respondió Skylar—. Y mejor sola que mal acompañada.

Quizá había asumido que iba a estar peor con un hombre que sola. Esa idea me hizo querer ser el hombre que la hiciera cambiar de opinión. Aunque solo fuera por esa noche.

—Tal vez todavía no has conocido al hombre adecuado —sugerí, con auténtica curiosidad por ver su reacción.

—Sí, debe de ser eso —respondió ella.

No pude evitar sonreír ante su sarcasmo, y ella me imitó bajando la barbilla, lo que me permitió imaginar que le mordía la parte baja del cuello.

Tal vez leyó aquellos pensamientos sucios que me rondaban por la cabeza mientras imaginaba a qué sabía su piel, porque la sonrisa se desvaneció.

—No necesito un hombre —dijo a la defensiva—. Soy perfectamente capaz de cuidar de mí misma.

—De eso estoy seguro —respondí. No pude evitar echar un vistazo a su fenomenal cuerpo.

Pillé a August dándole un codazo a Harvey.

—Bueno, por esta noche, Landon cuidará de ti —organizó August, tomando un sorbo de tequila antes de hacer una mueca.

—No necesito que nadieme cuide —insistió Skylar.

Lo decía en serio, pero yo sospechaba que, de hecho, sí necesitaba a alguien que la cuidara. Y estaba preparado para aceptar el trabajo por esa noche.

—¿No es Landon lo bastante rico para ti, Skylar? —preguntó Harvey.

Si ella supiera…

—Posiblemente —respondió Skylar—. Aunque lleva unos zapatos bonitos. Y su reloj es bastante bueno.

¿«Bastante bueno»? Ese reloj era el objeto más caro que tenía. Hacía solo dos semanas que había cerrado la venta de la empresa, y el reloj era la prueba de los múltiples ceros que había en mi cuenta bancaria.

—Solo soy un humilde marinero de cubierta. Estoy seguro de que no cumpliría ninguno de los requisitos de Skylar —dije—. Y no ando buscando esposa, eso os lo aseguro.

Los ojos de Skylar se iluminaron.

—¿Ves? Le tiene fobia al compromiso. Así que Landon y yo no vamos a cabalgar juntos hacia el atardecer, August. Lamento haberte aguado la fiesta.

Me reí.

—El sol se ha puesto hace rato. Y pasan cosas mucho más interesantes después de anochecer.

Skylar puso los ojos en blanco.

—Y salen muchas criaturas que dan miedo. Coyotes. Vampiros. Ladrones de tumbas.

Si había algo que me gustaba más que una rubia hermosa, era una rubia hermosa que me desafiara.

—Bueno, te prometo que no soy un coyote ni un ladrón de tumbas. No estoy seguro de poder afirmar que no soy un vampiro; a veces me gusta morder.

Intentó contener una sonrisa, pero vi cómo se tensaba esa deliciosa boca en las comisuras.

—Eres demasiado tierno y eres británico, y eso es justo lo que no necesito.

Estaba bastante seguro de poder ofrecerle lo que necesitaba esa noche.

—¿Crees que eso es cierto? —sonreí.

Me miró con intensidad como si intentara meter la mano en mi mente y agarrar lo que estaba pensando, pero luego se encogió de hombros y escudriñó la barra como si buscara a alguien más interesante con quien hablar.

¿Estaba fingiendo o era cierto que no llamaba su atención?

—Dime qué más cualidades hay en esa lista de requisitos. ¿Hay sitio en ella para la atracción? ¿Para la pasión? —pregunté, recorriendo su cuerpo con la mirada. Cuando la había visto por primera vez, había pensado que era guapa, pero se me ocurrían mil palabras más apropiadas. Era mucho más que una cara bonita.

Puso los ojos en blanco.

—Amor, pasión, atracción… En el mejor de los casos, son sentimientos temporales y, en el peor, conducen a tomar malas decisiones y a sufrir horribles consecuencias.

No se me ocurrió ninguna respuesta. Yo no era partidario de las emociones y los sentimientos. En absoluto. Pero quise profundizar, entender un poco más por qué Skylar había llegado a esa conclusión; estaba bastante seguro de que no podía poner como excusa un entrenamiento en las fuerzas especiales. Entonces, ¿de qué se trataba?

—Y no creas que vas a convencerme de que cambie de opinión, incluso aunque tengas ese acento y esa mandíbula.

Estaba claro que Skylar no quería admitir que se sentía atraída por mí, pero yo no precisaba de ningún estímulo más.

—No necesito convencer a ninguna mujer de que pase una noche en mi cama —respondí, y capté que contenía la respiración.

—¿En serio? —preguntó ella, con un tono un poco menos confiado que antes.

—Lo creas o no, las mujeres se acuestan conmigo aunque no sea multimillonario y no les ofrezca un anillo nada más conocernos.

—Bueno, supongo que hay de todo.

—Tal vez. O tal vez les parezca un hombre que sabe cómo hacer que una mujer se sienta bien.

Me di cuenta de que Skylar escondía algo debajo de su pulida belleza, cicatrices que cubría con esa historia de tener una lista para darle el visto bueno a un hombre. Podía ser cierto, pero tenía la sensación de que era solo una fachada, y quise llevarla a mi hotel, desnudarla y que me contara todos sus secretos.

—Parece que estás muy seguro de ti mismo —dijo, cambiando el peso de un pie a otro, lo que hizo que sus caderas quedaran más cerca de mí. Tuve que resistir el impulso de pasarle la palma de la mano por las curvas.

—Es posible que sea el miembro de menor rango de la tripulación —le dije al oído—. Pero créeme, no follo como un marinero de cubierta.

4

Skylar

Landon era todo lo que debía evitar: alto, muy guapo, encantador y británico.

Tenía que usar mi mejor sistema de defensa.

—¿Cuánto hace que conoces a August? —me preguntó él mientras los dos mirábamos al otro lado de la mesa, donde mi mejor amiga y su novio intentaban, sin conseguirlo, mantener las manos quietas.

Harvey era un tipo bastante decente, aunque no pasaba de ser una aventura de verano. Parecía que August no conocía las consecuencias de sucumbir al amor y la pasión; que no era consciente de lo que yo sabía.

—Unos dos años. Nos conocimos cuando trabajábamos juntas en un yate. ¿Qué me cuentas de ti? Ya lo sabes todo sobre mí y mi lista, pero no sé nada sobre ti, salvo de que estuviste en el Ejército con Harvey.

—Sí. Hacía tiempo que no lo veía, pero no parece haber cambiado. Me ha dicho que trabajar en un yate es divertido, así que he pensado en probar.

Me reí. Quizá no tuviera que subir mis defensas. Landon no era mi tipo. Me atraían los hombres serios y centrados, no los vagabundos. Tampoco era que saliera con hombres así, pero, en teoría, me atraían más.

—¿Has pensado en probar? ¿Así, sin más? Imagino que, desde que dejaste el Ejército, has estado yendo de trabajo en trabajo, probando esto y aquello.

Landon sonrió. Estaba siendo un poco provocadora, pero quería que captara la indirecta y se dedicara a otra chica que se enamorara de esos ojos insinuantes y de ese cuerpo musculoso. Una mandíbula marcada y unos hombros anchos no eran suficientes para mantener mi interés.

—Me he dedicado a la seguridad privada desde que dejé el Ejército.

—¿Has sido guardia de seguridad o algo de eso?

Se encogió de hombros.

—Algo así, sí.

Eso explicaba que tuviera ese cuerpo. Tenía que mantenerse en forma para un trabajo con tanta exigencia física. Y también significaba que podría dársele bien ser marinero de cubierta. Además, tal vez tuviera algo de sentido común.

—¿Así que tu primera temporada comienza mañana?

Asintió.

—Sí. Estoy deseando cambiar de ritmo. Cinco meses a bordo de un yate de lujo. No puede ser tan complicado.

—Es algo más que hacer guardia y ponerse guapo —le contesté. El trabajo en los yates era duro, y ese tipo estaba tan verde como el que más.

En lugar de irritarse conmigo, Landon se limitó a reírse.

—Bueno, me alegro de que me consideres guapo.

—No he dicho eso… —Pero ¿qué sentido tenía negarlo? Era un hombre guapísimo, y estaba claro que él lo sabía. Tomé otro sorbo de mi segundo chupito y volví a dejarlo en la bandeja. No quería emborracharme, y menos si tenía cerca una tentación como Landon.

—¡Voy a hacer pis! —me gritó August—. Acompáñame.

Me alegraba de poder alejarme un rato de Landon. Aunque era agradable que un hombre tan guapo estuviera interesado en mí, necesitaba seguir centrada en mi objetivo, y empezaba a sentirme como si aquella fuera una cita doble.

August me guio hasta los baños y se giró hacia mí en cuanto estuvimos dentro.

—Entonces, ¿qué opinas?

Abrí el bolso y saqué el pintalabios.

—¿Sobre qué?

—Sobre Landon, por supuesto. Dios, está buenísimo. Y hacéis buena pareja.

Quité la tapa de la barra de labios Maybelline SuperStay, la marca que usaban las buenas sobrecargos, y me puse a aplicármela de forma pausada.

—Sabes que no es mi tipo. Es exmilitar, tiene treinta y tantos años y aún sigue dando vueltas por el mundo…

August se sentó en la encimera.

—Eres demasiado prejuiciosa. Harvey también es exmilitar, y te juro que es tan bueno en la cama que podría casarme con él.

Apreté los labios.

—No soy prejuiciosa, sino práctica. ¿Qué sentido tiene interesarse por un hombre como Landon cuando sé que nunca podría hacerme feliz?

—Podríamos tener citas dobles toda la temporada. Las dos tendríamos una razón para deshacernos de la tripulación del Sapphirey alejarnos un poco del barco.

Sonreí. Tener una razón para no socializar con tus compañeros de yate era bueno, pero no suficiente como para que abandonara mi estricta política de no mantener relaciones.

—¿Está Landon en el mismo yate que Harvey?

August se encogió de hombros.

—Supongo que sí. Estoy segura de que podríamos coordinar los días libres.

Puse los ojos en blanco.