El caballero inglés - Louise Bay - E-Book

El caballero inglés E-Book

Louise Bay

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Beschreibung

Cuando me brindaron la oportunidad de dejar Nueva York para vivir en Londres tres meses, no me lo pensé dos veces. Nada más aterrizar me enamoré de las cabinas de teléfono rojas, los palacios y los taxis negros. Pero mi sitio favorito es el metro. Está a reventar de tíos buenos con traje. Por eso no dudé en aceptar cuando me ofrecieron trabajar para un abogado. En el trayecto hacia mi primer día de trabajo perdí el equilibrio y me caí encima del inglés vivo más guapo del mundo. Fue tan encantador como James Bond y tan seductor como el señor Darcy. En ese momento solo quería comer a besos sus duros abdominales y escuchar su acento toooda la noche. Pero resultó que el Señor Guaperas era mi nuevo jefe. Y su actitud no era tan maravillosa como su agraciado rostro, sus anchos hombros y su perfecto culo. Estaba amargado, tenía mal genio y era el hombre más arrogante que he conocido en la vida. Pero en medio de una discusión me plantó un beso sin venir a cuento. Y estoy bastante segura de haber visto en ese momento fuegos artificiales sobre el Big Ben y haber escuchado el Dios salve a la reina. No estaba buscando al príncipe azul, pero quizá haya encontrado a mi caballero de brillante armadura. El problema es que vivimos con un océano de por medio…

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Seitenzahl: 444

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Título original: The British Knight

Primera edición: abril de 2021

Copyright © 2017 by Louise Bay

© de la traducción: Mª José Losada Rey, 2020

© de esta edición: 2021, Ediciones Pàmies, S. L.C/ Mesena, 1828033 [email protected]

ISBN: 978-84-18491-37-5BIC: FRD

Adaptación del diseño de cubierta: CalderónSTUDIO®Fotografías de cubierta: Viorel Sima/Jacek Wojnarowski/Shutterstock

Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo la sanción establecida en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público.

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Epílogo

Agradecimientos

Contenido especial

1

Violet

Los hombres y los cócteles eran dos de mis formas favoritas de perder el tiempo, y siempre me aseguraba de tener siempre suficiente de ambos.

—Salud. —Levanté la copa y la hice chocar con las de las dos personas que más apreciaba en el mundo, mi hermana, Scarlett, y su cuñada, Darcy. Estábamos en un elegante pub en el SoHo donde las bebidas costaban el doble que un coche. Era la primera noche que Darcy pasaba en Nueva York, y no pensaba preocuparme por cómo pagar la cuenta esa noche porque no tuviera un trabajo al que acudir a la mañana siguiente. Adoraba a Darcy, y no la veía tan a menudo como me hubiera gustado, ya que vivía en Inglaterra, así que pensaba ser positiva. ¿Tal vez podría conseguir que echara un buen polvo como regalo de bienvenida? A mí siempre me ponía de buen humor el sexo. De hecho, iba a encontrar a alguien con quien irme a casa. Necesitaba olvidarme de la terrible semana que había tenido, aunque no estaba segura de que una sola de mis cosas favoritas fuera a ser suficiente. Así que iba a abusar del alcohol y a ligarme a un hombre.

—¿Te espera alguien especial en Inglaterra? —preguntó Scarlett a Darcy—. ¿Alguien que te haga perder la cabeza?

Gemí.

—Ni que fuera Cenicienta. Es una mujer capaz y segura de sí misma que no necesita enamorarse. La pregunta que deberías hacerle es si ha tenido buen sexo últimamente.

—No digo que no sea capaz y segura de sí misma, pero tener echado el ojo a un caballero de brillante armadura siempre es algo bueno —respondió Scarlett.

—Ojalá tuviera hermanas —comentó Darcy, sonriéndonos a las dos.

Scarlett y yo discutíamos mucho porque éramos opuestas. Ella se había casado ya por segunda vez, mientras que yo no tenía ningún deseo de atarme a un hombre. Scarlett poseía una carrera exitosa, y por el contrario yo no podía ni siquiera conservar un trabajo como camarera. Mi hermana tenía dos hijos y a mí no me permitían ni cuidar de un gato.

Iba a matarme cuando se enterara de que me habían despedido.

Pero era mi hermana y la adoraba.

—Es lo mejor —dijo Scarlett—. Aunque me gustaría que la mía me hiciera caso un poco más a menudo.

—Solo tienes que aceptar que no todo el mundo aspira a tener una casa en Connecticut con el marido perfecto y dos hijos perfectos pero muy ruidosos. —Eché un vistazo a mi alrededor. Lo que yo quería era sexo salvaje con alguien que me hiciera olvidar lo que pasaría o no pasaría al día siguiente. Pero nadie había llamado mi atención hasta el momento.

—Solo quiero que seas feliz —aseguró Scarlett, inclinando la cabeza a un lado.

—Bueno, ya somos dos. —Lo último que necesitaba era la compasión de mi hermana. Especialmente en ese momento—. De todos modos, ¿qué vas a hacer mientras estés en Nueva York? —le pregunté a Darcy—. Puedo hacerte de guía turística si quieres.

—¿No tienes que trabajar? —intervino Scarlett.

El problema de estar cerca de mi hermana era que, por muy diferentes que fuéramos, no podíamos ocultarnos nada.

—Claro, pero puedo encajar los turnos alrededor de las actividades que tenga planeadas Darcy. Quiero que se divierta. —Tomé otro sorbo del cóctel, evitando la mirada inquisitiva de mi hermana.

—¡Oh, Violet! No habrás vuelto a dejar tu trabajo, ¿verdad?

Por el rabillo del ojo percibí el movimiento de los hombros de Scarlett y la inclinación de su cabeza.

—No exactamente —aseguré.

No quería ver esa mirada de decepción en sus ojos. ¿Por qué no podía aceptar que yo no estaba interesada en una carrera de altos vuelos? La vida me había enseñado más de una vez que cada momento debía ser disfrutado y que el mañana ya lo descubriríamos cuando llegara.

—¿«No exactamente»? —insistió—. Creía que te caían bien las chicas de ese sitio.

—Y así es. —Las otras camareras eran muy divertidas y las propinas habían sido increíbles—. Pero no creo que deba aguantar que me toquen el culo en el trabajo.

—¿Quién te ha tocado el culo? —preguntó Darcy.

—Uno de los clientes habituales. Nos lo hace a todas, pero no entiendo que sea correcto.

—Y no lo es. ¿Así que lo has dejado? —preguntó Scarlett.

—No, lo llamé imbécil de mala muerte y me despidieron —expliqué, preparada para seguir adelante. Ya había lidiado con suficientes imbéciles en mi vida, no quería perder tiempo pensando en ellos—. Espero que esto signifique que dejará en paz a las otras camareras. Al menos un tiempo.

Había descubierto que la manera de no resultar decepcionada por la vida era tener pocas expectativas, y la manera más fácil de mantener las expectativas al mínimo era no implicarse demasiado con nada. Tanto si se trataba de un trabajo o de un hombre. No me quedaba con ninguno el tiempo suficiente para implicarme emocionalmente, y eso significaba que podía alejarme de lo que fuera sin que me doliera. Perder un trabajo no suponía un problema: lo había superado en el momento en que atravesé la puerta del negocio. Sí lo era no tener dinero.

Scarlett suspiró.

—No es propio de ti perder los estribos de esa manera. Sé de sobra que nadie debería tocar el culo de alguien sin su permiso, pero…

—¿Esperabas que me aguantara?

—Por supuesto no. Solo digo que no es propio de ti perder el control. Estoy preocupada por ti. ¿Es por las noticias de ayer?

—¿Qué noticias? —pregunté, fingiendo ignorancia. No sabía mentir, se me daba fatal, pero lo último que quería era hablar de mi exnovio y del hecho de que las páginas de negocios del periódico del día anterior habían anunciado que iba a sacar a bolsa la empresa que habíamos fundado juntos.

Esa era exactamente la conversación que había estado evitando.

—¿Estás cabreada o no? —preguntó Scarlett, sabiendo claramente que estaba más enfadada de lo que podía soportar.

—No, para nada. Sabes que lo he superado…, ocurrió hace años. —Habían pasado casi cuatro años desde que me vi traicionada por el que había sido mi novio de la universidad y desde que me robó la compañía por la que había trabajado tanto—. Ya te lo he dicho antes, la vida es genial.

De verdad pensaba que lo había superado. Pero leer aquella noticia había supuesto un shock, y me había hecho vivir muchas emociones. La mayor parte del tiempo disfrutaba de mi vida. Poseía una familia increíble, buenos amigos, y no tenía que preocuparme, tomar decisiones difíciles ni hacer ninguna de las cosas estresantes que llevaba aparejadas el manejo de un negocio propio. Se trataba sin más de que no tenía la vida que había pensado. Había imaginado que posaría en la fotografía junto a David. Que entonces estaríamos casados, que tal vez tendríamos un par de hijos, la típica parejita. En cambio él se había casado con otra y le faltaban unos meses para ser riquísimo, y yo era una simple camarera.

Scarlett se echó hacia delante por encima de la mesa y me apretó la mano.

—Creo que es genial que seas feliz. Pero sé sincera: a veces es bueno tener un plan, prever todo un poco. ¿No es así, Darcy?

Había sido un golpe bajo incluir a Darcy en la conversación. Ella no sabía lo cargada de intención que estaba la pregunta.

—A mí me encanta planearlo todo —dijo Darcy—. Estoy consiguiendo que se incrementen poco a poco las ganancias de la finca. Vamos a tener un crecimiento del quince por ciento en los tres próximos años. Si eso sucede, quiero abrir una tienda de la granja, para vender productos locales. También quiero adoptar un niño antes de cumplir treinta y cinco años. Y si aparece un caballero de brillante armadura, no necesito que me secuestre, pero si quiere llevarme a cenar y darme un masaje en los pies, no voy a decirle que no. Negocios, chico, masaje de pies. En ese orden…

Me reí de su lista de pendientes. Darcy siempre parecía muy feliz, pero, al pensarlo bien, supuse que dirigir una finca debía de requerir de mucha planificación y habilidades. Y ella obviamente poseía talento para ello.

—¿Has pensado en volver a la universidad? —me preguntó Scarlett.

—¿Lo dices en serio? ¿A la universidad? —Tenía muchísimos malos recuerdos entrelazados con mi experiencia en la universidad, así que volver habría sido lo último que hubiera considerado. David y yo nos habíamos conocido en segundo curso y habíamos estado juntos cuatro años. Habíamos sido amantes y socios de negocios, pero al final solo éramos extraños.

—Es decir, si no estás segura de lo que quieres hacer. Y ahora que no tienes trabajo ni un plan, puede que sea el lugar perfecto para reenfocarte —insistió Scarlett.

—¿Por qué renunciar al presente para mejorar el mañana cuando no sabes si vivirás para verlo? —Que me quitaran mi negocio cuando le había dedicado tanto tiempo y esfuerzo a levantarlo, que me arrebataran algo de lo que estaba tan orgullosa, había sido devastador. Estaba decidida a no repetir ese error. Había sacrificado muchos de mis mejores años por… nada. Los últimos tiempos había tratado de recuperar ese tiempo de fiestas, viviendo el presente, saliendo con muchos chicos.

—Eso es un poco deprimente —intervino Darcy.

—Es justo lo contrario —repuse—. No quiero perder todo ese tiempo planeando cosas que tal vez nunca ocurran. No tengo previstos los días de lluvia, así que no tengo que perder el tiempo planeando qué haré un día de lluvia; eso sí es deprimente. Mejor disfrutar del sol.

—¿Y cuando llueva?

Estaba segura de que ser despedida era equiparable a un día lluvioso, y aun así estaba divirtiéndome, pues estaba con Darcy y Scarlett.

—Buscaré a un chico guapo y disfrutaré de sexo salvaje hasta que las nubes pasen.

Scarlett negó con la cabeza.

—¿Qué vas a hacer con el trabajo?

—No tengo ni idea. Buscar otro, supongo. —Tenía unos trescientos dólares en mi cuenta, que no era ni la mitad de lo que necesitaba si quería pagar el alquiler el mes siguiente. El problema era que me estaba haciendo mayor para ser camarera. Me estaba cansando de ir de copas después del trabajo y de recuperar el tiempo perdido. No sabía qué podía hacer. Podía obtener un título en informática y disfrutar de un par de años de experiencia en la dirección de una empresa startup, pero los últimos años no me habían capacitado para otra cosa que para memorizar los platos especiales de la carta y llevar tres pedidos a la vez.

—¿Por qué no vienes a Inglaterra conmigo? —propuso Darcy—. No tienes que estar conmigo en el campo. Podrías quedarte en la casa de Londres y esperar a que pasen las nubes durante un par de meses. Nunca se sabe: la ciudad podría inspirarte para encontrar tu pasión.

Nunca había estado en la casa de Londres de Darcy y su hermano, el marido de Scarlett, pero mi hermana me había dicho que parecía sacada de una novela de Jane Austen.

Londres podía resultar divertido, pero no podía permitirme ir.

—Es muy amable de tu parte, pero…

—La casa está totalmente vacía y está justo en el centro de la City —dijo Darcy.

Eché un vistazo a Scarlett, esperando que interviniera y le dijera a Darcy que era una locura, que lo que necesitaba era ponerme a buscar otro trabajo, pero ella se quedó mirándome fijamente, esperando mi respuesta.

—No puedo. Tengo que pagar el apartamento y necesito empezar a buscar trabajo. Pero gracias.

—¿No me habías dicho que el contrato de alquiler te tocaba renovarlo? —preguntó Scarlett. ¿Estaba animándome a que me marchara de Nueva York?

—Hace cinco segundos querías que fuera a la universidad.

—Lo que creo es que cualquier cambio sería bueno para ti. Tal vez Londres es lo que necesitas, pasar allí unas semanas para recapacitar sobre lo que quieres hacer con tu vida. Dado que tu empresa… Con la salida a bolsa de la empresa que fundaste con tu ex dentro de unos meses, quizá te vendría bien irte de Nueva York durante un tiempo.

—Soy feliz, Scarlett. —No quería hablar de mi ex—. Estoy segura de que eso es lo más importante.

Scarlett sonrió de mala gana.

—Eso espero. Porque eso es lo que quiero para ti más que cualquier otra cosa.

Me dio un vuelco el corazón. Odiaba que mi hermana me cuidara. La mayor parte del tiempo mostraba una exagerada preocupación por mí, pero me había pillado en un momento de debilidad. La noticia sobre David había sido un shock, un recordatorio de lo que mi vida podría haber sido, y había dejado en evidencia todo lo que mi existencia no era. Me sentía poco feliz, y no sabía cómo mejorar.

—Creo que estás más afectada por lo de David y la salida a bolsa de las acciones de la empresa de lo que admites —dijo Scarlett—. Y no me sorprende. Yo también lo estaría. Lo que pasó fue horrible. Te traicionó, y lo peor es que se salió con la suya. Tenías todo el derecho del mundo a tomarte un tiempo de descanso. Era perfectamente natural. Pero han pasado cuatro años, y echo de menos la audacia de mi hermana, que estaba lista para enfrentarse al mundo. Siento como si me la hubiera robado, y quiero que vuelva.

Una marea de emociones me atravesó ante las palabras de mi hermana. No sabía si vomitar o llorar. Me había esforzado mucho para no repetir los mismos errores que había cometido con David y la empresa, para no implicarme emocionalmente en nada, pero me faltaba algo. Por mucho que odiara admitirlo, Scarlett tenía razón: parte de lo que solía ser, una buena parte, había desaparecido. Cerré los ojos y solté un suspiro, tratando de evitar empezar a llorar en público. Una vez había sido la chica que estaba dispuesta a comerse el mundo. Yo también quería recuperar a esa persona.

La mano de mi hermana cubrió la mía, y la miré.

—Te quiero —dije.

—Yo también te quiero, pero no te pongas sentimental conmigo. Tienes que superar a ese tipo y lo que te hizo, porque pareces pillada en lo que ocurrió —insistió Scarlett.

Ya lo había superado, ¿no? Vivíamos en la misma ciudad, pero me había asegurado deliberadamente de que ocupáramos mundos diferentes. No era como si estuviera suspirando por él, pero Scarlett tenía razón: me sentía atrapada.

—Por favor, considera ir a Londres —dijo Scarlett—. De esa manera no estarás en Nueva York cuando se inicie la oferta de acciones, y podrás obtener algo de inspiración. Sentir algo de desapego y averiguar qué quieres hacer cuando seas mayor. —Sonrió; siempre le hacía feliz recordarme que era mayor que yo.

—Si no tienes nada que te retenga en Nueva York, ¿por qué no te vienes unas semanas, incluso unos meses? Podría ser una forma de darle al botón de reinicio —dijo Darcy.

—Siempre estás diciendo cómo quieres vivir el momento —continuó Scarlett—. Pero, ¿sabes qué?, cada momento se parece mucho al anterior. ¿Por qué no vivir algunos de esos momentos en Londres? Puedes reinventar a la Violet King 2.0.

Odiaba que me lo dijera, pero Scarlett tenía razón. Los doce últimos meses había ido saltando de un trabajo de camarera a otro, no me había divertido, por mucho que tratara de insistir en lo contrario. Había tenido que cambiar el contrato de telefonía a otro más básico, y comía muchas tostadas. Necesitaba un cambio, pero no se me había ocurrido ir al extranjero. ¿Marcharme a Londres realmente sería igual a darle al botón de reinicio? ¿Me proporcionaría inspiración? ¿Crearía a una Violet preparada para enfrentarse al mundo?

—Ryder va a volver conmigo, así que obviamente insiste en que vayamos en un avión privado. Ni siquiera tendrías que preocuparte por reservar un billete.

Me reí entre dientes. Había un mundo ahí fuera que realmente no entendía. Los aviones privados bien podrían encabezar la lista. Pero si no tenía que gastar mis últimos cientos de dólares, y pedir más prestados, en un billete de avión, la lista de razones por las que no debía ir a Londres se hacía muy corta.

—Así que a Londres, ¿eh?

—¡Sí! —gritó Darcy—. Y puedes venir al campo los fines de semana para verme.

—Necesitaría conseguir un trabajo allí —dije, pensando en voz alta. Trescientos dólares no me iban a llevar lejos aunque no pagara alquiler.

—En Londres das una patada y sale un restaurante. Encontrarías trabajo enseguida —dijo Darcy.

Arrugué la nariz.

—Si te soy sincera, preferiría buscar algo diferente. Como dice Scarlett, cambiar todo un poco. —Evité mirar a mi hermana. Sin duda ella lucía una expresión que decía «Te lo dije».

—Bueno, déjame ponerme en contacto con algunos amigos de la familia y veré qué puedo hacer —dijo Darcy—. Puede que alguien tenga algo.

—¿Estás segura? Dejar que me quede en tu casa ya es muy generoso, y…

Darcy levantó la palma de su mano para que me callara.

—No digas nada. No puedo prometerte nada, pero veré qué puedo hacer.

—Gracias. —Sonreí y asentí lentamente; tal vez un cambio de escenario era exactamente lo que necesitaba. Por lo menos, los hombres de allí tenían un acento diferente. Y a juzgar por los tipos que había en el pub en el que estábamos, no me iba a venir mal buscar un nuevo terreno de caza. Incluso podía ser capaz de empezar a pensar en mi futuro por primera vez en mucho tiempo.

2

Violet

Londres era exactamente como imaginaba que sería. Los taxis negros, las cabinas telefónicas rojas, la lluvia y los edificios antiguos…, y todo me encantaba. Después de cerrar la puerta de la casa de Darcy, giré y di tres pasos hacia la acera. Iba a volver a América tan británica como pudiera. Además de las sutiles diferencias en el idioma, tenía que dominar la habilidad de hablar incesantemente sobre el clima. Los británicos hablaban del clima como si fuera un miembro disfuncional de la familia que les decepcionaba constantemente. Incluso si el cielo estaba azul y lucía el sol, se quejaban de que no lo esperaban y de que llevaban demasiada ropa. Si llovía, sin duda no estaban contentos, pero, curiosamente, si no llovía durante muchos días seguidos, todos negaban con la cabeza preocupados por la falta de precipitaciones. Era muy raro, pero me encantaba. Había aprendido que si quería entablar una conversación con un extraño, el tiempo era el tema más seguro. El equivalente a la Super Bowl en Estados Unidos, salvo que era un evento que ocurría los trescientos sesenta y cinco días del año.

Tenía un buen presentimiento sobre ese día. El cielo era azul, no llevaba demasiadas capas de ropa, mi travel pass tenía veinte libras y estaba a punto de acudir a una entrevista que Darcy había organizado para mí. Lo presentía: era mi día. Tenía que serlo. Solo me quedaban cincuenta dólares, y si no conseguía este trabajo, iba a tener que llamar a mi hermana para que me comprara un billete de avión de vuelta a casa y a la nada que me esperaba.

Había guardado todo lo que tenía en el apartamento en tres cajas el día antes de volar a Londres, y eran todas mis pertenencias, además de la maleta que había llevado conmigo. Tres cajas que incluían toda mi ropa, mis libros, mis recuerdos y mis joyas. No tenía muebles. No tenía ni siquiera un tenedor. Durante años me había deleitado en mi falta de cosas, y durante mucho tiempo había pensado que era superguay no estar atada a posesiones materiales, pero ver las tres cajas en la parte de atrás del coche de mi hermana me había hecho sentir patética.

Sin embargo, ese día me resistía a sentirme así. Me interesaban la entrevista y el contrato de tres meses que me ofrecían. Darcy había oído que uno de los amigos de su abuelo tenía una vacante temporal en un bufete de abogados haciendo trabajo administrativo y había concertado una entrevista para mí. No era algo seguro, y podía echar a perder la entrevista, pero lo haría lo mejor que pudiera. No quería decepcionar a Darcy, y me gustaba la idea de trabajar en un despacho de abogados. Era algo nuevo. La descripción del trabajo no había sido demasiado específica, pero Darcy me había comentado que necesitaban a alguien «fuerte», y que una americana podría valer.

Una rápida búsqueda en Wikipedia me había proporcionado los datos básicos sobre el mundo legal en Gran Bretaña. Me di cuenta de que, a diferencia de Estados Unidos, los británicos tenían dos tipos de abogados: solicitors y barristers. Los barristers llevaban esas pelucas raras y esas togas y acudían a los juzgados. Los solicitors solo trabajaban en el despacho, notificaban los juicios y trataban con los clientes. No tenía ni idea de en qué se diferenciaban en realidad los unos de los otros, pero los barristers me parecían más británicos con sus vestimentas anticuadas, y yo estaba obsesionada por todo lo británico, así que me parecía genial.

Rebusqué en el bolso y comprobé que el papel doblado con la dirección seguía allí, junto con mi teléfono móvil, así que me dirigí a la estación de metro. Había planificado mi ruta, e iba con tiempo de sobra. Debía bajarme en la estación de metro de Holborn, y desde allí averiguaría por dónde ir con la ayuda de Google Maps. Sí, tenía un gran presentimiento sobre ese día.

Llegué a la entrada del metro y pasé mi travel pass por el lector de pago. Si conseguía ese trabajo, esa sería la ruta que tomaría todos los días durante los tres próximos meses. Sería como si realmente viviera en Londres. No podía recordar la última vez que me había sentido tan emocionada por algo, y menos por un trabajo o un viaje. Realmente me sentía como si estuviera a punto de comenzar algo, un nuevo comienzo.

Como neoyorquina experimentada, estaba acostumbrada al metro. Había ciertas reglas que había que cumplir cuando viajabas en transporte público: llevar un bolso con cremallera, no establecer ningún contacto visual y mostrar una expresión impasible. Estaba segura de que el metro de Londres tenía las mismas reglas, pero ese día no podía ocultar mi sonrisa. Quería compartir mi buen humor con todo el mundo.

El vagón llegó tan pronto como pisé el andén. Tenía que ser una señal de que todo iba a mi favor. Me subí, teniendo cuidado con el hueco entre el borde del andén y el vagón, como advertía una voz electrónica, y vi un asiento en la esquina. Pero un hombre que se había subido al vagón conmigo estaba más cerca. Noté que miraba el asiento, y luego se volvió hacia mí. Tenía brillantes ojos azules y una mandíbula tan afilada que me dieron ganas de estirar la mano y pasarle los dedos por ella. No respondía al tipo de hombre que me gustaba —los ejecutivos no me iban—, pero habría hecho una excepción de buena gana con alguien tan alto y guapo. Alguien a quien le sentaba tan bien el traje.

—Por favor —dijo, señalando el asiento vacío.

¿Un tío supersexy ofreciéndome un asiento? Era realmente mi día.

—Gracias. —Me encaminé hacia el sitio con una sonrisa.

Durante un instante, nuestros ojos se encontraron; él asintió y se dio la vuelta, sacando un periódico. Mi corazón latía un poco más rápido por culpa de aquella mirada, y no pude dejar de mirar cómo sacudía el periódico y luego lo doblaba con movimientos bruscos y deliberados. ¿Sería tan conciso y deliberado en la cama? ¿Estudiaría mi cuerpo de la misma manera que observaba el periódico? ¿Con tanta concentración? Suspiré y respiré hondo. Nunca lo sabría.

Cuando me volví para ocupar el asiento, vi que alguien que no se había distraído tanto por un hombre atractivo se había sentado en el espacio que estaba destinado a mí. Al parecer, la cortesía de los británicos solo duraba un tiempo limitado. Suspiré y miré a mi alrededor, tratando de encontrar un lugar donde apoyarme sin perder el equilibrio. Me situé junto a la puerta, donde me agarré al reluciente pasamanos amarillo que estaban agarrando también otras cinco manos. También estaba atrapada junto a mi apuesto desconocido, que se las arreglaba para leer el periódico a pesar de que el tren estaba a rebosar. Lo miré. Tenía los dedos a unos centímetros de mi hombro. Bajé la vista. Su pie casi tocaba el mío. Resultaba extraño estar tan cerca de un completo desconocido. Estaba lo suficientemente cerca como para lamerlo.

La sequía sexual que estaba experimentando me hacía fantasear con extraños en el metro. Aunque sospechaba que el hombre por el que me estaba sintiendo obsesionada probablemente me haría tener pensamientos malvados aunque hubiera tenido un orgasmo cinco minutos antes de verlo. Era delicioso.

No había besado a un hombre desde que había llegado a Londres hacía dos semanas. En Nueva York era fácil ligar, o responder a un hombre que quería ligar Muy fácil, de hecho. E igual que la carrera de camarera había perdido gran parte de su atractivo, también lo había perdido el tema de las citas. En Nueva York era aburrido. No tenía sentido hacer lo mismo en Londres; al fin y al cabo, estaba allí para intentar algo nuevo, para empezar de nuevo. Por todo ello me había dedicado a ver mucha televisión británica, a practicar mi acento inglés y a pasear por la ciudad. Cualquier cosa que me ayudara a pasar el tiempo hasta que recibiera mi visado temporal.

Scarlett tenía razón: no tenía sentido vivir el momento si cada momento era el mismo. Tenía que haber cambios.

El metro se detuvo, y me estiré hacia delante, tratando de leer el nombre de la estación. Estaba segura de que había dos paradas más antes de Holborn, pero no quería perdérmela. Esa parada era Piccadilly Circus, en la que había estado la semana anterior y donde me había sentido decepcionada al no encontrar ni animales ni acróbatas. Solo una estatua de Eros rodeada de vallas de anuncios electrónicos. Era como un primo excéntrico pero no muy rico de Times Square. Cuando me enderecé, rocé con el pelo el periódico del desconocido de ojos azules, y este me miró.

—Perdón —dije, y sonreí. Me miró fijamente, sin pestañear, y no pude apartar la vista, así que le sostuve la mirada. Era casi como si tratara de comunicarse conmigo sin palabras, pero ¿qué trataba de decir?

¿Puedo besarte?

¿Podría llevarte a cenar?

Soy fantástico en la cama, ¿se me nota?

Sí, sí y un doble sí, por favor, con chantilly.

Pestañeó tres veces más como si lo hubiera obligado a salir de un trance, frunció el ceño un poco y luego volvió a lo que estaba leyendo. Continué examinándolo. Incluso sin esa mandíbula y esos ojos penetrantes, habría resultado atractivo. Espeso pelo castaño oscuro, hombros anchos y traje caro, todo encajaba perfectamente. Tenía la piel bronceada y lisa, y tuve que emplear una tonelada de autocontrol para aguantarme el comprobar si podía deslizarse sobre mi piel de la manera que imaginaba que haría. Sus manos eran grandes, con dedos largos y fuertes, y uñas cuidadas, bien recortadas pero no arregladas. Las manicuras se habían convertido en algo usual para los hombres de Nueva York, en especial los de Wall Street, y esa era otra razón por la que raramente salía con ejecutivos. Las manicuras deberían ser una actividad exclusiva para las mujeres.

Por fin, las puertas se abrieron en la parada de Piccadilly Circus, y constaté que estaba equivocada al creer que el tren estaba lleno, porque unas tres mil personas más se apretujaron en el vagón. Me moví para estar más cerca de aquella fantasía de hombre. Mi pie quedó entre los suyos, y le miré el pecho. Ya habíamos estado cerca, pero ahora la manga de su brazo me rozaba la mano, y si respiraba hondo notaba su olor a cuero y madera, no lo suficientemente fuerte para ser colonia cara, pero sí demasiado intenso para ser solo desodorante o jabón. Un gel corporal cuidadosamente elegido, quizá. Sonó el pitido y las puertas se cerraron; el vagón volvió a arrancar, tambaleándose agresivamente. Si él no se hubiera movido al mismo tiempo, yo habría quedado pegada a su pecho. Nos acomodamos y el tren cogió velocidad, continuando con su ritmo casi hipnótico. Si mi desconocido se había dado cuenta de que yo lo miraba fijamente, no me había dicho nada, y, aunque él lo hubiera hecho, no estaba segura de que yo hubiera podido parar de hacerlo. Entonces, de repente, el tren se detuvo de golpe, y moví las manos automáticamente para evitar caerme. Por suerte para mí, se toparon con el amplio y duro pecho de mi desconocido de ojos azules. Por un segundo me quedé congelada, incapaz de moverme y poco dispuesta a hacerlo, pero luego él me agarró por la parte superior de los brazos y me ayudó a enderezarme de nuevo.

—¿Estás bien? —preguntó. Su acento británico me envolvió como la seda mientras yo apartaba mis manos de su pecho.

Quise perder el equilibrio de nuevo solo para sentir su fuerza. Eso era todo. Su olor, su mirada, su voz y su tacto tenían un hilo que lo unía todo. Todo ello exudaba fuerza de mente, de cuerpo, de carácter.

—Sí, lo siento. No estoy acostumbrada al metro, supongo.

—Mantén las piernas un poco más separadas. Conservarás mejor el equilibrio —respondió.

¿Me acababa de pedir que abriera las piernas? Sonreí y asentí.

Cogió aire por la nariz, expandiendo su ya amplio pecho, y volvió a concentrarse en el periódico. Suspiré un poco más fuerte de lo que quería, y la mujer a mi lado se alejó, tratando inútilmente de mantener la distancia. Probablemente pensó que estaba medicada. O loca. O ambas cosas. En un esfuerzo por parecer normal, saqué el teléfono y me conecté al wifi. Abrí Google Maps para averiguar por dónde ir cuando me bajara del metro.

Pasamos por las estaciones rápidamente, parando más frecuentemente de lo que estaba acostumbrada. Con las piernas más separadas, para mi eterna decepción, no volví a caerme contra mi guapo desconocido, y en pocos instantes apareció el letrero de Holborn por la ventanilla. Necesitaba concentrarme y dejar de fantasear con hombres guapísimos en el metro. Me abrí paso entre la multitud para ir hacia las puertas. Cuando se abrieron, di tres pasos hacia delante, y justo cuando llegué al andén, alguien giró el codo y me golpeó el brazo con tanta fuerza que se me resbaló el móvil de la mano.

El corazón se me aceleró en el pecho mientras veía a cámara lenta cómo el móvil y el mapa se deslizaban hacia el infame hueco que separaba el tren del andén.

—¡No! —grité mientras la gente salía detrás de mí, pisoteando y lanzando mi teléfono a la vía.

¡Joder! Me cubrí la cara con las manos mientras la gente pasaba a toda prisa por delante. No podía creerlo. ¿Cómo iba a llegar a la entrevista? Todas las esperanzas de una nueva vida, un nuevo comienzo, las había puesto en ese trabajo. Y lo último que quería hacer era avergonzar a Darcy no apareciendo.

—Ha sido por mi culpa. Lo siento.

Me volví para encontrar al hombre que había hecho mi viaje en metro un poco más interesante. Recuperé el aliento.

—¿Por tu culpa?

El tren empezó a pitar y sus puertas se cerraron. Tal vez mi teléfono no quedaría aplastado bajo las ruedas, y podría saltar y cogerlo antes de que llegara el siguiente tren.

—Te he empujado —respondió el desconocido.

Debía de ser él quien me había dado el codazo. No me había dado cuenta de que lo había seguido.

Negué con la cabeza.

—Debería haber tenido más cuidado. —Eché un vistazo a las vías ahora que el metro había salido de la estación—. Ahí está. —No parecía que mi teléfono hubiera resultado dañado—. ¿Crees que me dará tiempo para saltar y cogerlo? —le pregunté.

Una mirada de horror cruzó por su cara y me apartó del borde del andén. Miré hacia abajo, donde su mano seguía tocando mi brazo. Me había movido con tanta fuerza como si yo fuera una muñeca, y podría haberlo imaginado, pero estaba segura de que había sentido el calor de su piel a través del abrigo. Metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó una tarjeta de visita.

—El personal de la estación podrá recuperarlo después de que cierre el servicio esta noche. Si no, llámame y te lo pagaré.

Estaba tan ocupada mirándolo que casi no oí lo que dijo, y tardé un rato en asimilarlo.

—¿Esta noche? No, lo necesito ahora. —Empezó a darme un ataque de pánico. Tenía que ir a la entrevista, y con menos de cinco libras en la cartera no podía ni comprarme un mapa—. Necesito el móvil para llegar a una dirección; tengo una cita importante. —Lo agarré del brazo, que aún estaba tocando el mío.

El desconocido miró nuestros brazos unidos y de nuevo a mis ojos, con la misma expresión que había tenido en el metro, como si quisiera decir más de lo que decía.

Tenía que concentrarme. Tenía que llegar a la entrevista.

—Tal vez puedas decirme cómo llegar aquí. —Rebusqué en el bolso y saqué el papel que tenía la dirección del despacho de abogados. Gracias a Dios, la había escrito—. Tengo que llegar, no puedo acudir tarde.

Le mostré la dirección, que leyó, y luego me miró, estudiándome con aquellos ojos azules.

—Voy en esa dirección. Te acompañaré.

—¿En serio? —Aunque pareciera que acababa de salir de una campaña publicitaria de Tom Ford y que mis rodillas se debilitaban un poco solo con que me mirara, habría roto todas mis reglas sobre no casarme nunca y aceptado cualquier propuesta que me hubiera hecho en ese momento. No podía perder esa entrevista.

Asintió.

—Es lo menos que puedo hacer. —Su voz era como suave crème brûlée con un toque áspero. Qué rico. Habría lamido el tazón si hubiera tenido un plato lleno de él.

Por un segundo, me olvidé de que estaba al borde del desastre.

—Vamos —dijo, yendo hacia la salida.

No hablamos en las escaleras mecánicas que nos llevaron hasta la superficie. Se quedó frente a mí, con el ceño fruncido, como si estuviera pensando en un problema complejo. No quise interrumpirlo, pero me parecía extraño que no dijera palabra.

—Entonces, ¿vas de camino al trabajo? —pregunté al salir de los torniquetes.

—Sí —respondió.

Sus palabras eran secas y formales. No medió una conversación entre nosotros. Aunque estaba segura de que habría sido feliz incluso con silencio entre nosotros. Eso solo me hacía querer saber más sobre él.

—Tengo una entrevista. Para un trabajo —expliqué, esperando que lo animara a contarme más sobre sí mismo. ¿A qué se dedicaba? ¿Era comerciante de diamantes? ¿Un jugador de polo profesional? ¿Tal vez pertenecía a la realeza? Tenía un aire regio—. Quiero causar una buena impresión. Mi hermana diría que no soy de fiar, pero nunca llego tarde. Odio los retrasos. Es lo peor, resulta arrogante. —Estaba balbuciendo. Me estaba poniendo nerviosa. Y los hombres nunca me ponían nerviosa.

—¿Arrogante? —preguntó. Seguía con el ceño fruncido mientras yo luchaba por seguirle el ritmo transitando por el lado izquierdo de la calle.

Antes de que tuviera la oportunidad de responder, comenzó a sonar su móvil.

—Knightley —contestó.

¿Se llamaba Knightley? Increíble. Un británico con un apellido sexy y romántico que evoca a un caballero y que posiblemente fuera el hombre más guapo que hubiera visto en mi vida y que me estaba rescatando casi de un desastre. No era solo la casa de Darcy lo que parecía sacado de una novela de Jane Austen.

Me miró por encima del hombro y sostuvo el teléfono contra el hombro.

—Tengo que contestar esta llamada, pero llegaremos allí dentro de unos minutos.

—Sin problema —dije. No me importaba que estuviera hablando por teléfono. Iba a llegar a tiempo a mi entrevista, y dado que él no me miraba, eso significaba que yo podía mirarlo fijamente. Lo examiné y me fijé en su alto y tenso trasero. Dios, ¿le iba a importar si le levantaba un poco la chaqueta para asegurarme de que estaba tan bien como parecía? Me gustaban los hombres con un buen culo casi tanto como los que tenían las manos grandes y la boca bien dibujada. Eran todos elementos importantes para ser bueno en la cama. ¿Y qué decir de esos ojos y de la forma en que me miraba? Me estremecí.

Cruzamos la acera, atravesamos un callejón entre dos edificios y de repente desaparecimos en la parte trasera de una especie de armario y salimos por el otro lado. Cinco segundos antes estábamos rodeados por el tráfico, el ruido y mil personas, pero allí, los pájaros cantaban y un montón de edificios de la época de Dickens se alineaban en torno a una enorme plaza con árboles por todas partes.

—¿Dónde estamos? —pregunté, mirando a mi alrededor.

El guapo desconocido me miró y luego señaló la entrada de un parque mientras continuaba la conversación.

Ni siquiera parecía Londres. Era más bien la versión Disney que mostraban en el parque temático de Florida. Cruzamos una calle empedrada en la que no había coches, a pesar de ser hora punta, y nos dirigimos a un parque rodeado de barandillas negras. El césped estaba bien cortado, y algunas personas se habían sentado en los bancos a disfrutar de un café o a leer el periódico. ¿Dónde estábamos? Sabía por mis paseos de las dos últimas semanas que en Londres había una buena cantidad de hermosos parques. Había visitado Hyde Park y St. James’ Park, y algunas de las plazas tenían edificios por los cuatro lados, formando en medio un pequeño jardín. Pero ¿eso? Era como una plaza con esteroides. Finalmente, llegamos a la salida y vi el letrero que decía que estábamos en Lincoln’s Inn Fields. Tendría que buscarlo en Google cuando llegara a casa. Si era que volvía a casa —¿quizá estaba en Narnia?—. De alguna manera, tendría que encontrar el camino de regreso.

El estridente sonido de una campana me llamó la atención, pero antes de que pudiera averiguar de dónde provenía, Knightley me había puesto un brazo en los hombros para sacarme del camino de un ciclista que venía en dirección contraria y pegarme a su torso. Por segunda vez en la mañana, le puse las manos en el pecho de forma instintiva mientras intentaba no caerme. Su contacto me pareció fuerte y protector, igual que antes en el metro, y solo quise fundirme contra su cuerpo y llenarme con su esencia. Me había salvado del desastre en el metro, me estaba acompañando a la entrevista y luego me había apartado de la bicicleta. El ciclista pasó, y levanté la mirada para encontrar los ojos de Knightley clavados en los míos.

—Gracias —susurré.

No respondió, pero tampoco se movió ni miró a otro lado. Por un momento pensé que iba a besarme. Sentí que quería hacerlo, y yo le habría devuelto el beso. Pero no lo hizo, y nos quedamos allí un buen rato así. Contemplándonos el uno al otro como si esa mirada que compartíamos fuera más íntima que un beso.

Por fin, captó su atención quien fuera que le hablaba al otro lado del teléfono, que seguía pegado a su oreja; miró hacia otro lado y yo bajé las manos, alejándolas de su pecho.

Continuamos el trayecto, pasando a través de otro hueco entre los edificios, por lo que esperé volver a salir al ajetreo de Londres. En lugar de eso, me vi rodeada por un lugar de una belleza extrema. Parcelas verdes de césped y más edificios antiguos en ladrillos de diferentes colores con ventanas de aluminio. Era como una ciudad de juguete. Giramos a la derecha y, sin siquiera despedirse, Knightley finalizó la llamada y se metió el teléfono en el bolsillo.

—Ya hemos llegado. Ya me dirás si recuperas el móvil.

Quería que dijera algo más. Que me invitara a cenar. Que me besara. Algo, lo que fuera. No estaba lista para que desapareciera todavía. En Nueva York había hombres por todas partes, pero ninguno me había cautivado como ese. Era como si al pisar el metro me hubiera tragado algún tipo de poción que me había hecho sentir atraída de forma irremisible por Knightley. Y ni siquiera era mi tipo.

Yo no era de las que pedía citas a los hombres. Nunca había tenido que hacerlo. Pero mientras estaba a punto de verlo marchar, deseé haber tenido más práctica.

—Lo haré. Gracias.

Abrió la boca como si fuera a decir algo, pero luego frunció el ceño, cambiando claramente de opinión. Y sin más, subió unos escalones y atravesó una puerta abierta. Comprobé la dirección que había anotado. El número 1 de New Square. La misma dirección estaba pintada con pintura negra brillante en el lateral del edificio. Lo había logrado. Mi guapo desconocido había desaparecido en el mismo edificio al que me dirigía. Otra señal. Tal vez lo vería de nuevo. Sin duda era mi día.

Respiré çhondo y subí los escalones; eran los mismos que Knightley acababa de subir.

Había llegado la hora de la verdad.

3

Alexander

El entrenamiento que había tenido esa mañana había sido agotador. Cuanto más trabajaba, más me esforzaba con el ejercicio. Tenía la creencia de que si no estaba en forma, no podría desempeñarme tan bien en mi trabajo. Y estaba dispuesto a hacer lo que fuera para ser el mejor abogado posible. Como resultado, me había despertado a las cinco, había entrenado hasta las seis y media y luego había mantenido una conferencia telefónica con Dubai a las siete. Odiaba los días en que llegaba tarde al bufete, pero esa mañana no lo había podido evitar. El trayecto había sido… inusual. La mujer a la que había dado un codazo sin querer al bajar del metro era preciosa, tanto que no podía borrar de mi cerebro su imagen mientras miraba maravillada Lincoln’s Inn Fields. Y necesitaba concentrarme. Y quizás lo mejor sería que tuviera algo de sexo cuando tuviera tiempo. Aunque no sería esa noche; estaría trabajando. Tenía que revisar cientos de declaraciones de testigos y redactar la declaración inicial.

En tres días tenía que presentar el caso ante el tribunal, y ese era mi único objetivo. No podía perder el tiempo fantaseando con mujeres.

Mientras revisaba los correos electrónicos, tratando de elegir los más importantes de los cientos que llenaban mi bandeja de entrada, alguien llamó a la puerta. Tuve que reprimir la tentación de gruñir. Odiaba que me interrumpieran; pensé que quizá debería poner un letrero en la puerta.

—Adelante —ladré.

La puerta se abrió, y vi que entraba el jefe de secretarios del bufete.

—Señor Knightley…

—Craig. —No alejé la mirada de la pantalla de mi portátil. Craig era un tipo encantador y paternalista de unos cincuenta años. Llevaba en el bufete desde que tenía quince años, y había trabajado antes para mi padre. Si alguien podía interrumpirme, era él. Y Craig lo sabía. A lo largo de los años, había intentado que me llamara Alex, pero seguía insistiendo en que los empleados y el personal administrativo llamaran a los abogados por su apellido. El mundo legal podía ser muy anticuado.

—Quiero presentarle a su nueva asistente, Violet King.

Me quedé quieto, con los dedos sobre el teclado. La primera noticia que tenía, ya que nunca hubiera aceptado tal cosa, puesto que trabajaba solo. Me di la vuelta lentamente y me encontré a Craig delante de mi escritorio, con las cejas arqueadas por la expectativa.

—¿Mi qué? —pregunté. Una figura se movió a su lado y yo deslicé la mirada a la derecha. Me encontré mirando a la hermosa mujer que invadía mis pensamie ntos desde que había llegado al despacho. ¿Qué era lo que estaba pasando allí? Miré hacia otro lado, seguro de que Craig notaría la atracción que sentía por ella si mis ojos seguían posados sobre ella durante más de una fracción de segundo.

Me había quedado sin aliento cuando la había visto por la mañana en el andén. La había observado casi hipnotizado, mientras se apresuraba para llegar al andén justo antes que el tren. Tenía los ojos de un azul pálido, las mejillas sonrojadas y una larga melena negra que perfectamente podía imaginarme retorciendo entre los dedos mientras follábamos sobre mi escritorio. Las mujeres rara vez llamaban mi atención, pero Violet no solo era hermosa; había algo exótico en ella, algo que me hacía querer saber más. Me había sentido tentado por su calor durante todo el trayecto del metro, y casi me había alegrado cuando la acompañé, aunque me hubiera sentido como un adolescente, incapaz de pensar en nada que decir. Incluso había agradecido la llamada telefónica que me salvó de mostrar mi fascinación por ella. Cuando recordé la forma en que me había mirado con aquellos ojos azules, mientras se apoyaba contra mi pecho en el metro y de nuevo en Lincoln’s Inn Fields, se me empezó acelerar el pulso. O quizá fuera por tenerla tan cerca, no podía decidirme.

Dentro de mi despacho, era igual de hermosa. Igual de intrigante. Y eso me llevaba al límite. No me gustaba lo inesperado. Así que lo último que necesitaba era que fuera mi nueva asistente.

—Va a empezar de inmediato, lo que es una gran noticia.

—¿Y en qué me ayudará la señorita King? —Nunca había oído que un barrister tuviera una ayudante. El personal administrativo y los secretarios pululaban entre nosotros, pero la mayoría de los barristers éramos bastante autosuficientes. Al fin y al cabo, todos trabajábamos por cuenta propia y en despachos comunes para compartir recursos. Todos pagábamos un porcentaje de nuestros ingresos para mantener las instalaciones, pero éramos independientes. La independencia y la ausencia de interacción con los demás era una de las cosas que más me gustaban de mi trabajo. De vez en cuando, Craig se sacaba de la manga algo nuevo para organizar la facturación o el bufete, pero nunca duraba mucho. Se rendía cuando yo no cedía ni un ápice.

—Le va a ayudar con la facturación. Sabe que debería ganar para la empresa el triple de lo que gana.

Los buenos jefes de secretarios guiaban las carreras de los barristers para los que trabajaban, y sabía que Craig estaba cuidando de mí. El problema era que me importaba una mierda el dinero. Ganaba mucho, y la muerte de mi padre me había convertido en un hombre muy rico. Lo que me importaba era el trabajo. No me gustaba perder el tiempo cobrando a los clientes ni persiguiéndolos para que me pagaran una vez que había terminado. Cuando mis empleados trataban de poner al día la facturación, me pedían que revisara cada archivo con ellos y les dijera cuáles tenían que facturar. Así que, en realidad no estaban haciendo nada. Mi falta de cooperación y mis vagas respuestas no tardaban en hacer que se rindieran; tenían muchas otras cosas que hacer que les parecían mucho más fáciles. Pero una asistente cuyo único trabajo sería molestarme podría ser más difícil. En especial cuando se trataba de una asistente tan guapa como Violet King. Solo unos minutos con ella por la mañana cuando no éramos más que extraños ya me habían supuesto demasiada distracción. No estaba seguro de cómo iba a mantener la mente concentrada en el trabajo si ella estaba cerca de mí todo el tiempo. Mi tiempo era limitado, y necesitaba mantenerme concentrado.

—Trabaja usted más que cualquier otro barrister con el que haya trabajado, y debería obtener la recompensa que se merece —señaló Craig.

Eso no podía ser verdad. Craig había trabajado también para mi padre, y sabía que él era el barrister más trabajador que había existido en el gremio. Siempre me sorprendía ver los pasillos vacíos cuando estaba en el despacho por la noche. Tenía asumido que todos los barristers trabajaban tanto como mi padre, ya que nunca estaba en casa por las noches. A menudo ni siquiera pasaba por casa. Un par de veces, mi madre nos hizo ir a Lincoln’s Inn para dejarle una camisa limpia o llevarle el almuerzo. Siempre me había parecido toda una aventura. Sabía que mi padre era impresionante y que el trabajo que hacía era importante porque esas eran siempre las razones que me daban por las que no estaba en casa, pero verlo en ese ambiente me lo había demostrado. Los ejecutivos, la gente que correteaba con los brazos llenos de papeles haciendo lo que él les decía, la forma en que todo el mundo lo conocía me demostraban el talento que tenía mi padre y lo afortunado que era yo de ser su hijo; todo ello había creado en mí un anhelo, y había sabido desde los ocho años que quería trabajar allí, en Lincoln’s Inn, como él. Me había imaginado que trabajaríamos juntos, que tal vez compartiríamos un despacho. Había muerto antes de que me colegiara. Nuestras carreras nunca se habían solapado.

—Sabes que no me preocupa el dinero —respondí.

—Francamente, su personal tendrá mala reputación en el bufete si las cosas siguen así, lo que nos perjudica a todos. Necesitamos ser considerados como modernos y dinámicos para atraer clientes y barristers prometedores. Todo lo que le pedimos es que permita que alguien le ayude. —Echó un vistazo a la sala. Había papeles por todas partes. Me gustaba pensar que parecían modelos a escala de torres de alguna capital asiática, esos bloques de papel que casi llegaban al techo, bloqueando la luz—. Y la cuestión del archivado de documentos está completamente fuera de control. Necesita un lugar más ordenado.

—Me pondré a ello —propuse, sabiendo muy bien que nunca lo haría.

Craig suspiró.

—Hágame el favor de darle a Violet una oportunidad. Estará aquí durante tres meses y hará su vida más fácil. Es una americana inteligente y fuerte, así que debería ser capaz de aguantarlo.

No respondí. Ningún otro de mis empleados se atrevería a ser tan franco conmigo. Sabía que los más jóvenes y el personal administrativo me temían, lo que me gustaba. Adoraba que me dejaran en paz para concentrarme en mi trabajo, así que me convenía que no me incluyeran en conversaciones educadas ni que me molestaran con preguntas insustanciales.

—Estoy demasiado ocupado para explicarle nada a nadie —dije, volviendo a mi portátil, teniendo cuidado de no mirar a Violet. Había estado a punto de besarla por la mañana. Me había encantado tenerla entre mis brazos cuando la saqué del camino de ese ciclista, como si encajara en mi abrazo, y no había querido soltarla. Casi podía sentirla contra mi pecho mientras estaba sentado a un metro de ella. Su sonrisa había sido tan cálida y franca que durante un segundo había olvidado lo tarde que era. Quizás lo había imaginado todo; incapaz de evitarlo, la miré de nuevo, y vi que lucía todavía aquella cálida sonrisa que parecía conseguir que el calor atravesara todo mi cuerpo. ¿Sus labios carnosos serían tan suaves como parecían? ¿Nuestros cuerpos encajarían como había imaginado?

Solté el aire bruscamente y miré a Craig.

—Le advertí que sería difícil —dijo Craig a mi presumiblemente nueva asistente.

Ese debía de ser el trabajo al que estaba tan ansiosa por llegar. Resultaba irónico que si no le hubiera mostrado el camino al bufete, no habría estado ahí.

—Haga lo que pueda. —Craig suspiró.

—Sin problema —respondió.

Tragué saliva y me volví a la pantalla.

—Le presentaré al resto del equipo y luego podrá empezar —indicó Craig—. Que tenga un buen día, señor Knightley.

La puerta se cerró y me quedé sentado en la silla. Siempre me había resistido con éxito a cualquier intento de organizarme o de que se hicieran cargo de mi facturación.

A cualquier otro secretario lo habría rechazado de plano, pero Craig me caía bien y lo respetaba; no quería que su reputación sufriera por mi culpa. Era cierto que una facturación adicional serviría para incrementar los ingresos del consejo de colegiación y que haría que Craig estuviera mejor visto. También sabía en el fondo que no iba a ser capaz de aceptar casos más importantes ni avanzaría en mi carrera trabajando de la manera en que lo hacía. El día tenía pocas horas, y no hacía mucho más que trabajar, dormir e ir al gimnasio. Así que necesitaba ser más eficiente si quería ser el mejor del gremio. Pero deseé que Craig no hubiera elegido a esa mujer. Algo me decía que era problemática.