Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
No fue fácil para Isla cambiar de ciudad y empezar de cero en un nuevo instituto. Ella ansiaba pasear por el espacio, avistando planetas a través de su telescopio, sumergida en el vientre del universo. Casiopea, el nombre de la tortuga mágica de Momo, era el nick que utilizaba en los foros sobre astronomía en los que solía participar. Allí fue donde conoció a Júpiter, alguien que parecía saber mucho sobre las estrellas. Las largas conversaciones que ambos mantenían hasta bien entrada la madrugada, encendieron una luz. Entre los dos existía una magia que traspasaba las fronteras del ciberespacio. Isla sentía la necesidad de saberlo todo sobre Júpiter: dónde vivía, a qué instituto iba, su nombre real... Se citaron para conocerse una noche de San Juan de hogueras y mar embravecido. Fue entonces, después de despedirse de su amiga Mar, cuando Isla se precipitó en la oscuridad. Su vida estaba a punto de cambiar para siempre.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 187
Veröffentlichungsjahr: 2018
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Dios Luna
La primera glaciación
Casiopea
Mar
Júpiter
Lágrimas de mar
Detrás de los girasoles
Fotografías del cielo
Un Ángel
El destino
De fiesta
Historias antiguas
Silencio
En el seno del abismo
Eclipse de luna
Ruinas
Stars
Círculo Polar Ártico
Rituales
Oscuridades
Epílogo
Créditos
Nada es igual al mundo que dejé en Zinguinchor. Ni las casas, ni los árboles, ni la tierra, ni la luz, ni los olores, ni la gente. Tan solo tú permaneces idéntica; aunque pareces estar más lejos, eres la misma Luna que me miraba desde el cielo cuando estaba allá.
Luna de Senegal. AGUSTÍN FERNÁNDEZ PAZ
Conoció a Júpiter la madrugada del 24 de junio. Ella estaba convencida de que no existía en el mundo fuerza alguna que hubiera podido impedir aquel encuentro. Eran como dos estrellas que acaban unidas porque ese es su destino. Puede que pasen milenios y milenios viajando en solitario, perdidas en el vértigo de su propia soledad. En algún momento sus órbitas cambiarán el rumbo y se irán acercando más y más hasta colisionar de manera irremediable. La explosión las convertirá en polvo estelar y quedarán reducidas a infinitas partículas de luz, con su brillo suspendido en el universo para siempre. Y todo por el simple hecho de que ese era su sino, y hay cosas contra las que no se puede luchar.
Conoció a Júpiter la madrugada del 24 de junio porque el destino así lo tenía proyectado. Y eso fue lo más terrible que le sucedió jamás.
Aquella mañana, Isla aún tenía motivos para sentirse bien. Apartó el trípode que sostenía el telescopio y abrió la ventana de su cuarto para que entrara un poco de brisa. La noche pasada había estado observando la luna hasta las tantas, como si entre ella y aquel satélite natural existiera alguna especie de conexión mágica. Llevaba toda la vida sintiendo ese magnetismo.
Cuando solo era una niña, su abuela Sara le contaba hermosas historias sobre la luna y los planetas mientras hacía punto de cruz. Conocía leyendas que venían de muy antiguo. Isla las escuchaba con fascinación, convencida de que detrás de aquellas palabras había algo de verdad. Entre puntada y puntada fluían las palabras con la fuerza que solo tienen las cosas auténticas. De entre todos esos relatos, ella recordaba uno con especial cariño.
Contaban los ancianos de una recóndita aldea que el dios Luna y su esposa Sol habían sido un matrimonio feliz durante muchos siglos. Hasta que él se enamoró perdidamente de la estrella Venus. Por más que lo intentaba no conseguía olvidarse de Venus y, por fin, acabó entregándose a su amor. Cuando la esposa descubrió la traición, sintió un dolor y una rabia tan profundos que decidió castigar a su marido hasta el fin de los tiempos. Lo mordió con todas sus fuerzas y le arrancó un pedazo. Pero el amor de Venus hizo que el pedazo del dios Luna volviese a crecer. Sol, loca de ira, le dio un nuevo mordisco, más grande que el anterior. Pero Venus, con su amor, logró que el pedazo creciese de nuevo. Desde entonces, Sol muerde a Luna una y otra vez con la esperanza de que un día el amor de Venus decline y no consiga recomponer la carne de su amante.
Envuelta en la belleza de aquella vieja historia y en el recuerdo de su abuela, Isla cerró los ojos se desperezó concentrándose en inspirar todo el aire que sus pulmones pudieran retener.
—Mmmm —ronroneó como un gato feliz—. Habrá que esperar un año más hasta otro solsticio de verano.
Tenía razones para estar contenta aquella mañana. ¡Por fin se acababan las clases! Eso significaba perder de vista a los que llevaban todo el curso haciéndole la vida imposible y habían sumido su existencia en una especie de niebla helada. Además, estaba a punto de hacer realidad aquello que había estado deseando durante semanas hasta quedarse sin aliento: esa noche por fin podría abrazar a Júpiter.
Tradicionalmente, la fiesta de San Juan se celebraba en la playa. Los alumnos de los institutos de la zona se juntaban alrededor de una hoguera improvisada sobre la arena y alimentaban el fuego con los apuntes de todas las materias del año, lanzándolos a las llamas sin ningún tipo de escrúpulo. De ese modo, fórmulas químicas, derivadas, análisis sintácticos y generaciones de escritores se iban consumiendo hasta quedar reducidos a cenizas.
A las 00:00 de aquel 24 de junio, cuando el alumno mayor del instituto encendió la hoguera, a Isla se le formó un nudo en la garganta. Miró su reloj con ansiedad. Le temblaban las piernas.
«Falta muy poco», pensó mordiéndose los labios con fuerza.
—¡Fíjate en esos dos! —exclamó Mar escandalizada, tocando a Isla en una pierna para llamar su atención—. ¿Irán a hacer lo que yo creo que van a hacer?
Mar era su mejor amiga. Y también su salvadora. Desde que se trasladó con sus padres a aquella ciudad, había sido la única que se tomó la molestia de entenderla, de detenerse a contemplar su interior.
—¡Sí! ¡Lo van a hacer! —gritó Mar tapándose la cara con las manos—. ¡Qué asco!
Dos chavales se habían bajado los pantalones y estaban orinando en la hoguera. Movían sus caderas de izquierda a derecha haciendo el tonto. Toda la gente que los rodeaba estaba gritando y batiendo palmas para animarlos.
Isla torció la boca en un gesto de desagrado, desvió la mirada y la dirigió a la luna. Hacía veinte años que no estaba tan próxima a la Tierra.
—¿Has visto qué grande está? —preguntó señalando el cielo—. ¿No te parece increíble?
—Ya sabes que la astronomía no es mi fuerte.
—No, no me refiero a eso —dijo Isla con los ojos brillantes de alegría—. ¡Voy a conocer a Júpiter justo el día en que la luna está tan cerca de la Tierra! Es como si todo encajara.
—Eres una romántica empedernida —suspiró Mar—. Estás nerviosa, ¿verdad? —abrazó a su amiga y continuó hablando sin esperar la respuesta—. Mereces que por fin te pase algo bueno.
Isla respondió con fuerza al abrazo, en un intento de prolongar aquel instante mágico. Durante el curso habían pasado cosas horribles. En los peores momentos llegó a sentir que ni siquiera Mar la comprendía. Pero la realidad era que siempre había estado allí, a su lado. Era su estrella protectora.
Se separó lentamente, cogió las manos de la amiga y la miró con intensidad.
—No sé qué haría sin ti —dijo, a un tris de que se le saltaran las lágrimas.
—Venga ya, fuera sentimentalismos —replicó Mar en tono de broma—. Por fin ha llegado tu momento.
Se alejaron de la playa dejando atrás la hoguera, que ardía con furia alimentada por la brisa marina. Cogidas del brazo caminaron hasta la carretera principal. La antigua cervecería estaba a pocos metros. Aquel era el punto de encuentro con Júpiter. El mismo viento salino que avivaba el fuego de la hoguera de San Juan llevaba hasta ellas la melodía que sonaba en la playa, y también las risas y las voces de los estudiantes.
—Repasemos el plan por última vez —dijo Mar poniendo cara de concentración—. Tú llamas a la puerta de la cervecería. Júpiter abre y tú entras. Yo espero quince minutos cerca del local a que me hagas una llamada perdida. Si pasado ese tiempo no sé nada de ti, pido ayuda y entramos a buscarte.
—No va a ser necesario nada de eso —contestó Isla en tono tranquilizador—. Yo conozco a Júpiter. No es de esa clase de tíos.
—Eso de que lo conoces es relativo —replicó Mar con cierto escepticismo.
—Hace semanas y semanas que hablo con él cada noche. Júpiter sabe más de mí que mucha gente con la que me veo todos los días.
—Como tú digas —suspiró Mar dándose por vencida—. Pero no te olvides de hacerme esa llamada perdida. ¡Mira que soy capaz de echar la puerta abajo!
La cervecería era una casita de piedra situada al final del paseo marítimo y tenía las mejores vistas al océano de toda Región. Estaba cerrada desde hacía muchos años. Desde un verano en que había sucedido una terrible desgracia: un niño encontró a la mujer que regentaba el local flotando en el mar, como una balsa sin rumbo. El cuerpo había estado navegando a la deriva durante toda la noche, entre bancos de medusas. El cadáver, hinchado y deforme, tenía los cabellos llenos de algas.
Aquel día el cartel de CERRADO apareció sobre la puerta y allí seguía como un macabro recuerdo de lo acontecido.
—Mi corazón va a mil por hora —confesó Isla cuando ya estaban a unos pocos pasos.
—Venga, vete a hacer realidad tus deseos —la animó Mar dándole un beso en la mejilla—. Y no te olvides…
—Síííííí —la interrumpió Isla—. ¡Te haré una llamada perdida en quince minutos! —gritó mientras se alejaba.
Entonces levantó la mano y la movió a modo de despedida. Seguidamente echó a correr hacia su ilusión. Su amiga se marchó caminado despacio, sin dejar de mirarla.
Tal y como había acordado con Júpiter, Isla dio tres golpes lentos con el puño sobre la madera de la puerta. Después contó hasta diez. Al acabar, dio otros tres golpes muy rápidos. Dirigió la mirada a la luna una última vez y cerró los ojos durante unos segundos para llenarse de toda la energía de aquel dios enamorado de Venus. Entonces sintió la necesidad de comprobar si Mar seguía allí, cerca de ella. Quiso volver la cabeza para dedicarle una última sonrisa antes de entrar, pero la puerta se abrió de repente y ya no le dio tiempo.
Perseguir las estrellas y acabar en el acuario de los peces de colores.
La elegancia del erizo. MURIEL BARBERY
Trasladarse de ciudad es mucho más que meter las cosas en cajas, aprovechar para hacer limpieza y tirar lo que ya no sirve. Trasladarse de ciudad tiene otro significado que hay que detenerse a contemplar desde una perspectiva más profunda. Porque enfrentarse a las dimensiones de una casa vacía no puede reducirse a cinta de embalar y un camión de mudanzas. Está sucediendo algo de verdad importante. Dejas atrás el espacio que ha contribuido a que todo haya sucedido tal y como sucedió en el tiempo que allí pasaste. De haber vivido en otro lugar, las cosas jamás habrían sido de la misma manera. Es la esencia de la propia teoría del caos: una pequeña variación en las condiciones iniciales puede suponer un cambio de grandes dimensiones en el futuro.
Isla nunca podría olvidar el día de la mudanza porque era consciente de todo eso. No estaba abandonando una casa, estaba abandonando su hogar. Cambiar de ciudad y empezar de cero en un nuevo instituto había sido una experiencia que traspasó su alma dejándola herida de muerte. Con el paso de los meses seguía recordando una y otra vez aquella mañana en que empezó todo. La primera glaciación.
Sus padres habían decidido trasladarse a Región a primeros de septiembre, unas semanas antes de que comenzara el curso escolar.
—Así irás adaptándote al barrio antes de que empiecen las clases en el nuevo instituto —le había dicho su madre, ilusionada—. Y podrás aprovechar para hacer amigas.
Pero Isla no quería hacer nuevas amigas. Ella ya tenía amigas. Y un instituto en el que estaba muy a gusto, y una habitación enorme para ella sola. ¡Cómo iba a echar de menos la ventana de su cuarto! Desde allí, a través de su telescopio, se había pasado noches enteras avistando planetas, sumergida en el vientre del universo. Había aprendido a amar las noches despejadas. De tanto observar el cielo nocturno, era capaz de distinguir a primera vista cada una de las estrellas que forman la Osa Mayor. Pero esa no era la única constelación que conseguía distinguir. En su cabeza, el mapa de las estrellas estaba perfectamente definido.
La tarde de la mudanza, cuando su padre puso el coche en marcha y llegó el momento de dejar atrás su mundo, Isla tuvo que hacer un esfuerzo enorme para no echarse a llorar. «El cielo seguirá estando allá donde tú vayas», se repetía a sí misma. A medida que avanzaban por la carretera, se iba entristeciendo más y más. No le resultaba fácil dejar atrás un lugar en el que había sido tan feliz. Además, las cosas nuevas le daban muchísimo miedo.
—¿Por qué vas tan callada, hija? —le preguntó su padre observándola por el retrovisor.
Ella suspiró con desgana, sin apartar la vista del paisaje.
—Estoy segura de que dentro de nada lo verás todo de otra manera. —Su madre estaba empeñada en animarla—. El sitio al que nos trasladamos es muy hermoso. ¡Y la nueva casa te va a encantar! Tiene un jardín enorme. ¡Y wifi!
—A mí me gustaba la otra casa —se sinceró Isla.
Sus padres intercambiaron una mirada de intranquilidad. Después él volvió a mirar a Isla a través del retrovisor.
—Para nosotros, cambiar de vivienda también supone un sacrificio —confesó con franqueza—, pero no somos la primera familia a la que expropian ni seremos la última. Además, el cambio es para mejorar.
«Si nos trasladamos es porque vosotros lo habéis querido», pensó Isla, convencida de que sus padres habrían podido encontrar otra casa sin necesidad de marcharse tan lejos.
Pero no lo dijo. No se sentía con fuerzas para discutir. Prefirió encerrarse en sí misma y no volver a abrir la boca hasta que llegaran al nuevo barrio.
—¡Mira! —anunció su madre, muy contenta, sacando el brazo por la ventanilla—. Ahí está nuestro nuevo hogar.
La temperatura era muy agradable. El sol acariciaba el paisaje coloreando la tarde con suaves tonalidades. Isla bajó del coche con apatía y se quedó mirando a unos muchachos que jugaban al fútbol en el camino que había delante de la casa. Parecía que se estaban divirtiendo. Reían sin parar y se gritaban unos a otros, emocionados, como si estuvieran compitiendo en la final del campeonato del mundo.
—¡Isla! —La voz de su padre salió de detrás de la puerta del maletero arrancándola de sus pensamientos—. Ven a coger cajas. Quiero vaciar el coche.
Isla fue junto a él y enseguida agarró una caja que tenía escrito su nombre en rojo. Ella misma la había rotulado el día anterior para evitar confusiones, después de meter dentro sus cosas más personales: COSAS DE ISLA, NO ABRIR.
Toda su intimidad estaba dentro de esa caja. Por nada del mundo quería que alguien pudiese acceder a lo que allí guardaba.
Sofía, una de sus mejores amigas, le había contado unas semanas atrás que había pillado a su madre en su habitación revolviéndole los cajones. Cuando le pidió explicaciones, la madre se había disculpado diciendo que era su deber preocuparse por ella y que era algo normal hacer indagaciones de vez en cuando. Aquello a Isla le produjo un gran desasosiego. Sus cosas eran intocables y sus padres no tenían ningún derecho a meter allí las narices sin su permiso. Solo de pensarlo se moría de rabia.
Apresó contra su pecho la caja rotulada en rojo y echó a andar.
—Deja esa en su sitio y vuelve rápido a buscar más —le pidió su padre.
Ella le contestó con un bufido. Asomando la cabeza por encima del cartón, fue hacia la casa. Cuando estaba a pocos metros del grupo de muchachos, sintió un golpe fuerte y seco. Algo había impactado contra la caja provocando que se le resbalara de las manos y cayese al suelo, haciendo que parte del contenido quedara a la vista sobre el cemento.
—¡Lo que me faltaba! —protestó ella con nerviosismo, arrodillándose para echar mano a una serie de cartas que Rubén, un antiguo novio, le había escrito pocas semanas atrás.
El chico que le había dado aquella inoportuna patada al balón se acercó y la miró con los ojos muy abiertos.
—Venía a disculparme por lo del balón —dijo mientras se agachaba al lado de Isla.
Ella tragó saliva y sintió cómo el calor subía a sus mejillas. Ahora tenía todos los músculos tensos y las palabras atravesadas en la garganta. Recogió sus cosas lo más rápidamente que pudo para volver a meterlas en la caja. Pero el muchacho la detuvo.
—¡No tengas tanta prisa! —soltó una carcajada divertida y cogió una foto que nadie debería ver nunca.
Isla intentó quitársela, pero él se lo impidió y observó la foto con interés.
—Qué maleducado soy —dijo el chico sin borrar la sonrisa de su cara—. Me llamo Marcos, aunque todo el mundo me conoce por Carballo.
La mente ágil de Isla se trasladó a la tarde en que Rubén le había hecho aquella fotografía. Aparecía ella completamente desnuda sobre una cama deshecha, sonriéndole al objetivo con cierta timidez. Tenía parte de la melena delante de la cara e intentaba cubrirse el pecho con los brazos, dejando entrever más de lo que pretendía. Rubén la había cogido por sorpresa aquella tarde cuando sacó la Polaroid de un cajón dispuesto a fotografiar aquel instante. La cámara tenía un montón de años. Era de esas que imprimen la foto automáticamente nada más hacerla. Cuando Rubén vio la silueta desnuda de Isla aparecer en el papel, acarició la imagen con la yema de los dedos y puso cara de felicidad. Ella lo observaba desde la cama con los ojos brillantes. «Nadie podrá arrebatarme jamás este instante, Isla», le había dicho.
Aquel desconocido acababa de irrumpir sin permiso en un recuerdo demasiado íntimo.
—Disculpas aceptadas —dijo Isla con frialdad, alejándose de aquel episodio del pasado y regresando al presente.
El tal Carballo la miró con cara de no comprender.
—Has venido a excusarte por lo del balón, ¿verdad? Pues disculpas aceptadas. Y ahora, por favor, dame lo que tienes en la mano.
Le quitó la fotografía con brusquedad y la metió en la caja, junto con las otras cosas.
—¡Isla! —gritó su padre, que ya había depositado en el suelo todas las cajas del maletero—. ¿Es para hoy?
—Así que Isla —le dijo Carballo—. Un placer conocerte… con ropa y sin ella.
No estaba dispuesta a consentir ni un comentario más de aquel impertinente desconocido. Agarró la caja y se marchó hacia su nueva casa.
En su interior, un remolino de sentimientos galopaba con fuerza.
—¡Bienvenida! —exclamó con alegría—. Cordialmente bienvenida a la casa de Ninguna Parte. Permíteme, pequeña Momo, que me presente. Soy el maestro Hora, Segundo Minuto Hora.
—¿De verdad que me estabas esperando? —preguntó Momo sorprendida.
—¡Pues claro! He enviado especialmente a mi tortuga Casiopea para que te recogiera.
Momo. MICHAEL ENDE
Aquella noche Isla se encerró muy temprano en su cuarto. Por lo general, se sentaba con sus padres a ver la televisión o a hablar sobre cualquier cosa hasta la hora de irse a la cama. Le gustaba compartir con ellos el último momento del día. Pero en esa ocasión no estaba con ánimos. Si sus padres la notaban preocupada o percibían en ella cualquier indicio de tristeza, no pararían hasta saber qué le pasaba, y ella no tenía ganas de dar ninguna clase de explicación. Necesitaba encerrarse en su interior y reflexionar.
En circunstancias así solo había una cosa que conseguía relajarla: viajar por el cielo. Sacó el telescopio del embalaje con mucho cuidado y lo colocó sobre el trípode, delante de la ventana. Se moría de ganas de dar un paseo por el espacio.
Intentó enfocar la lente dirigiéndola hacia arriba, pero no lo consiguió. Había muchas nubes, igual que en su interior. Era como si el cosmos fuera una especie de espejo de sí misma.
Se pasó cerca de una hora peleando por ver algo más allá de las nubes, hasta que se dio por vencida.
—Es inútil —se lamentó en voz alta, sacando la cabeza por la ventana.
En ese momento la voz de su madre sonó desde el otro lado de la puerta.
—¿Puedo pasar? —preguntó.
Y abrió sin esperar respuesta. Isla se molestó tomando aquello como una invasión a su espacio. ¿Tan difícil resultaba entender que quería estar sola?
—Hija, ¿no vas a cenar nada? ¿Ni siquiera un vaso de leche?
—No tengo hambre —contestó con sequedad, sin moverse de donde estaba.
La madre se acercó a ella y la imitó. Sacó la cabeza por la ventana y se quedó unos instantes observando el cielo junto a su hija. La luna era un sutil círculo luminoso que apenas se intuía entre las nubes. Corría una agradable brisa de finales de verano que olía a mar.
—Hija, tienes que darle una oportunidad a este lugar —hablaba con mucha tranquilidad, gozando del paisaje nocturno y de la agradable temperatura que las acompañaba—. No puede ser que te cierres en banda de esta manera.
Isla no contestó. Solo podía pensar en la sonrisa de Carballo con su fotografía en la mano. Tenía aquella imagen atascada en la mente y no había manera de hacerla desaparecer. Menos mal que sus padres no habían presenciado la escena. No habría podido soportar semejante vergüenza.
—¿Me prometes que vas a poner algo de tu parte para que las cosas vayan bien? —le preguntó su madre con dulzura mientras le acariciaba los cabellos.
—¡Claro! —contestó intentando parecer convincente.
Conocía muy bien a sus padres. La mejor manera de que la dejasen tranquila era decirles exactamente lo que ellos querían oír. Tenía aquel papel muy bien aprendido y sabía escoger las palabras adecuadas. Eran años de práctica.
—Supongo que necesito tiempo, nada más —añadió.
La madre sonrió satisfecha, la besó en la frente y se marchó. Isla resopló y se tiró sobre la cama.
—Qué desastre —se dijo a sí misma.
Se hizo un ovillo abrazada a un cojín y cerró los ojos intentando no pensar en nada. Pero los altavoces de su ordenador empezaron a sonar. Estaba visto que esa noche no había manera de que la dejaran tranquila.
Se levantó de mala gana y cogió el portátil que había dejado sobre una caja de cartón. En la parte inferior de la pantalla se había iluminado la ventanita del chat. Un tal Júpiter estaba hablándole desde algún misterioso punto del hemisferio.
Isla se sentó en la cama con el ordenador sobre las piernas.
—Júpiter —murmuró con cierta melancolía—. La estrella frustrada.
Movió el ratón y la ventanita del chat ocupó toda la pantalla. En la parte izquierda había una fotografía del planeta Júpiter y a la derecha una frase iniciaba la conversación:
Júpiter: ¡Hola, Casiopea! ¿Cómo va la vida por tu constelación?
Casiopea era el nick
