El Derecho - Franco Porchetti - E-Book

El Derecho E-Book

Franco Porchetti

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Beschreibung

Un comisario italiano especializado en asesinos en serie es requerido en Chicago, Estados Unidos, para que desenrede el enésimo embrollo sangriento. Estamos a principios de los años setenta del pasado siglo. El relato ha sido finalista del premio Giallo Mondadori Giallo Luna Nero Notte 2023.

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Seitenzahl: 37

Veröffentlichungsjahr: 2024

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El Derecho

de

Franco Porchetti

Traducción Maria Acosta Diaz

© Copyright Franco Porchetti 2024

Índice

1

2

3

4

5

6

7

8

 1

Atrapar asesinos en serie es mi especialidad pero también mi condena. De tanto identificarme, a fuerza de entrar en su cabeza, seguramente perderé la mía.

Todo comenzó hace seis años, en 1967, cuando desenmascaré al Mostro di Centocelle en tres semanas. Desde entonces, he puesto en manos de la justicia media docena de coleccionistas de cadáveres. Esta vez incluso atravesé el Atlántico para desenmarañar el enésimo embrollo sangriento.

El lago Michigan es como el mar, igual de azul e igual de vasto. Chicago se extiende como un abanico a lo largo de la costa sur occidental. Es una ciudad geométrica, con calles que se entrecruzan en ángulo recto. Vista desde el cielo parece un damero gigantesco.

El avión se inclina hacia delante y comienza el descenso. El paisaje toma forma: nudos viarios futuristas, las casitas todas iguales de la periferia residencial, los rascacielos de la City, la pista de aterrizaje… ¡El impacto con el suelo es violento! Las placas del Boeing 747 se quejan pero resisten. Los otros pasajeros deben estar habituados: sólo yo me he persignado.

Salimos al aire libre. El sol bajo colorea todo de rojo. Nuestras sombras parecen gigantes filiformes y desgarbados. Llegamos a la terminal del autobús.

El modernísimo pullman del Municipal Airport se desliza en silencio. Nadie habla. Recorremos una calle rectilínea llamada Archer Avenue. Atravesamos varias manzanas perfectamente cuadradas. Me bajo en la esquina de Michigan Boulevard con Grand Avenue, la parada que me indicaron. La dirección que debo encontrar es 228 ter, Grand Avenue.

Esta extensa calle lleva directamente al lago. Se vislumbra justo al fondo, como un rectángulo de cielo. Está flanqueada por impresionantes rascacielos y saturada por multitud de coches humeantes: hace un frío que pela.

Finalmente encuentro mi 228 ter… La central es un enorme edificio de ladrillo que tiene, como mínimo, cuarenta pisos. El vestíbulo es un poco más pequeño que la sala de espera de la Stazione Termini. Está abarrotado por una caterva de policías uniformados.

—Hello!,  —digo a uno de ellos con el cabello teñido de rubio. Me observa como si le hubiese propuesto desabrocharse la bragueta.

—I’am looking for…, —comienzo a decir.

—¿Italiano?, —me interrumpe el rubio teñido, divertido.

—Yes, my name is Bartali.

—Follow me.

Lo sigo. Entramos en un ascensor y en dieciséis segundos subimos al piso treinta y cuatro. Recorremos un ancho y reluciente pasillo hasta llegar a una puerta acristalada. El falso rubito la abre sin llamar y me deja con una secretaria rubia natural. Permanece quieta. Alta, delgada, enfundada en una traje de chaqueta verde, la falda por encima de las rodillas. Un ejemplar perfecto de mujer joven americana.

—I am Bartali, the boss is waiting for me, —balbuceo.

—¡Es usted muy pintoresco!

—¡Alabado sea Dios! ¿Habla italiano?

—Un poco. Viví durante dos años en Italia. Sígame, el teniente le espera.

Las vocales abiertas la hacen sufrir a nivel mandibular, las tes las pronuncia como ches y las erres se las salta directamente, pero lo único que consigue es hacerla todavía más sexy. Me conduce a una oficina, la mitad ocupada por un gran escritorio y la otra por un enorme archivador. Detrás del primero está sentado un hombre que parece un fontanero. Se levanta y me tiende una mano fornida.

—Encantadísimo de conocerle, comisario Bartali, bienvenido a Chicago.

También él habla italiano pero me lo esperaba ya que su apellido es Pandolfi y su nombre Frank, como Sinatra. Es robusto, viste una especie de chándal militar deformado por el uso. Quizás incluso duerme con él. En compensación, conoce el arte de la hospitalidad: mientras hablaba ha extraído de un cajón una botella rectangular, ha vertido parte del contenido en dos vasos pequeños y me ha ofrecido uno.

La secretaria se va.

Acabo de beber el óptimo Jack Daniels.

—Bien, teniente, ¿qué sucede en esta maravillosa ciudad?

—¿Sabe lo que es una taxi-girl?

—Nosotros la llamamos cabaretera, ¿verdad?

—No, no es exactamente una cabaretera. La taxi-girles una muchacha que forma parte de una sala de baile. El tipo que está solo, y quiere bailar, va a estos locales, compra en la caja unas fichas y escoge a la taxi-girlde sus sueños. Le da una ficha por cada baile.

—Ingenioso.

Asiente mientras se suena la nariz de ex boxeador con un pañuelo que clama venganza.

—Normalmente