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Raquel tiene 11 años y muchas ganas de hacer amigos. Cuando conoce a David, un chaval judío que se ha mudado a su urbanización, decide incorporarlo a su alegre pandilla. Gracias a David y a sus aventureros abuelos, Raquel descubrirá las tradiciones judías y ¡su maravillosa comida! Aunque no todo serán días felices y fiestas compartidas. De repente, aparece el Lobo, un chico que dejó el colegio hace un tiempo, quien se dedicará a hacerle la vida imposible a Raquel. El Lobo da miedo, pero ¿es tan peligroso como parece?
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Seitenzahl: 94
Veröffentlichungsjahr: 2022
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•De niño, Paco Climent leía y leía todo el rato. También inventaba cuentos y cómics con su hermano Quique. Le gusta pensar que ahí nació su pasión por escribir.
•Ya de mayor, con el dinero de su primer premio se fue a Kenia, donde cumplió su sueño de ver leones, elefantes, leopardos, hipopótamos… en libertad.
•En Bruño ha publicado El secreto de los Drac y Saber más - 16 inventos muy, muy importantes.
•Trabajó muchos años en RTVE, lo que le permitió viajar y tratar con gente interesante y diferente. Tal vez por eso le ha gustado tanto conocer las tradiciones judías de la mano de Raquel…
Querida lectora, querido lector:
Quizá te preguntes por qué figura mi nombre, Paco Climent, en la cubierta de este libro. Raquel me pidió que revisara su original por si había alguna falta de ortografía o algo que no se entendiera. Lo leí y le dije que me parecía un diario estupendo.
Ella quiso que yo apareciera en la cubierta, al igual que Montse Español, la ilustradora de los maravillosos dibujos que acompañan al texto. ¡Qué detalle!
Pero ¿quién es Raquel? Es una niña pizpireta que está deseosa de hacer amigos… como David, un nuevo vecino de su urbanización. David tiene costumbres distintas, que Raquel irá conociendo y con las que descubrirá otras maneras de disfrutar y celebrar la vida. ¡Y una comida riquísima!
¿A qué estás esperando para conocer a estos amigos tan diferentes y al tiempo tan iguales?
A Luis Arizaleta.
A Olivia e Inés Fernández del Amo, mis primeras lectoras.
Aquí vive Raquel:
Jueves 22
HOY comienzo este diario. Tengo amigas que ya lo hacen y escriben todos los días lo que les pasa. A mí siempre me ha parecido una tontería, pero esta tarde he comprendido que no.
La culpa la ha tenido un niño que he conocido hace un rato. Es mono (por decir algo), ni alto ni bajo, ni gordo ni flaco, pero con una cara simpática, a pesar de las gafas y el flequillo. Debe de tener más o menos mi edad, once años.
Yo estaba en la piscina de la urbanización con mis mejores amigos: Alba, Alberto, Curro y Tito. Y entonces lo vi, apartado. Se notaba que no conocía a nadie. Me dio pena, así que me acerqué hacia él muy decidida.
—¡Hola, yo soy Raquel Segura! –le dije–. ¿Y tú cómo te llamas?
—Yo me llamo David Nahún Serfaty.
—¡Qué apellidos más raros tienes! ¿Eres español?
—Sí, pues claro. Pero mis padres son judíos… Tu nombre, Raquel, es judío.
—Ya, pero yo no soy judía. A mis padres les gustaba el nombre y me lo pusieron.
Le pregunté si quería conocer a mis amigos y me respondió que no, que prefería estar solo. Me fui pensando: «¡Qué niño más raro!». Ahora, unos momentos antes de dormirme, sigo pensando en este chico tan misterioso. ¿Por qué quiere estar solo? ¿Por qué ha dicho que es judío? ¿Qué es para un niño ser judío? ¿No viven los judíos en un país que se llama Israel?
Muchas preguntas…
Sábado 24
Bajé a la pisci esperando que estuviera David, porque me apetecía conocerlo mejor. Pero no ha aparecido. Curro y Tito me han contado que lo han visto por la urba con una señora joven muy guapa y una niña de unos seis años. Han alquilado un piso en su portal.
No hemos parado de hacer el gamberro. Yo creo que estamos un poco nerviosos, porque llevamos dos semanas de colegio y aún tenemos la cabeza en el verano.
Martes 27
¡Ya sé más cosas sobre David! Me ha contado que está triste y no le apetece juntarse con nadie porque sus padres se han separado hace poco. Por eso ha venido a vivir aquí con su madre, que se llama Esther, y su hermana pequeña, Alexia.
David dice que en la urba se ahoga y que le gustaría que mañana saliéramos a dar una vuelta en bici por los alrededores.
No sé qué haré porque a mamá no le gusta que ande sola por ahí.
Miércoles 28
Al final les he dicho a mis padres que iba a casa de Alberto y Alba, que viven en el portal de al lado, y me han dejado salir.
Iba un poco enfadada conmigo misma por no decirles la verdad, pero es que tenía muchas ganas de quedar con David. Me interesa todo lo que me cuenta…
Salimos de la urba hacia una zona, cerquita, donde hay chalés aquí y allá ocultos detrás de tapias altas y parcelas en las que todavía no se ha construido nada.
David no hablaba y le daba a los pedales con fuerza. Yo sudaba para seguirlo. De pronto, cuando el camino empezaba a empinarse, echó el pie a tierra y me dijo:
—¡Uy, creo que se me han pinchado las ruedas! Vamos a esa casa para pedir que nos dejen llamar por teléfono a mi madre. Vendrá a buscarnos.
Y sin esperar mi opinión, se dirigió a una casona medio destartalada. Era una vivienda que siempre me hacía pensar en el conde Drácula. Podría ser el escondrijo perfecto para él.
David golpeó con fuerza el llamador de hierro. Ñiiic, ñiiic. La puerta emitió unos espeluznantes quejidos hasta que dejó ver el desfigurado rostro de un hombre mayor y encorvado.
—¿Qué queréis, chicos? –preguntó.
David le explicó el problema de su bicicleta y le pidió que nos dejara llamar por teléfono a su madre. El hombre nos hizo pasar al vestíbulo en penumbra.
Yo iba muerta de miedo, la verdad.
—Esperad aquí. Voy a avisar a la señora.
Me quedé mirando un viejo retrato colgado en la pared del vestíbulo. ¡Qué extraño! El caballero del cuadro tenía la misma cicatriz que el hombre que nos había abierto. En la pintura iba vestido como un señor antiguo, pero por lo demás eran igualitos.
Una voz me sacó de mis pensamientos.
—Subid. La señora quiere conoceros. El teléfono está arriba…
El vestíbulo de aquel caserón era todo menos acogedor: mal iluminado, mobiliario escaso y viejo, y montones de cajas unas encima de otras. Incluso David creyó escuchar chillidos de ratas.
Comenzamos a subir las escaleras. Yo seguía muerta de miedo. Apenas oía mis propios pasos, tan fuertes eran los latidos de mi corazón. Una vez arriba y ante la indicación del hombre, abrí la puerta del fondo. Cerré los ojos y me preparé para encontrarme con algo horripilante.
Pero, ante mi sorpresa, lo que vi fue a una señora de pelo blanco, aunque de aspecto joven, que dejaba el libro que estaba leyendo sobre la mesa mientras exclamaba:
—¡Raquel, David! Os estábamos esperando.
¡No me podía creer lo que estaba pasando! No entendía nada. Miré fijamente a David pidiéndole explicaciones.
—Raquel, te presento a mis abuelos maternos, Simón y Marian. Cuando les dije que daríamos una vuelta con la bici por aquí, mi abuelo, que es muy bromista, me dijo que con la excusa del pinchazo, te hiciera venir a su casa para montarte el numerito del criado de Frankenstein. ¡Estabas temblando, Raquel!
Mientras le daba un buen empujón a David como respuesta, entró su abuelo quitándose la careta que había usado para hacer su actuación. ¡Era el señor del cuadro!
Así es como he conocido a Simón y Marian, y he comprendido por qué Esther se ha venido a vivir a la urba con David y la pequeña Alexia: para que tengan cerquita a los abuelos.
Jueves 29
El tiempo ya no es de piscina, y a la vuelta del cole David ha venido a casa a pasar la tarde. A mis padres les ha parecido muy educado. Sandra, mi hermana mayor, como es tonta, ni siquiera lo ha saludado.
David me ha dicho que a sus abuelos les he caído genial y que quieren invitarme a la comida que han organizado el viernes por su jubilación.
A mis padres les ha parecido bien, porque ya conocen a la madre de David. Como me dijo Curro, es superguapa y tiene el pelo rizado, negro y larguísimo. No corto como me lo dejan a mí. Además, parece muy alegre y cariñosa. Nos enteramos de que tiene un hermano que vive en un sitio llamado Telaví, o algo así, que está en Israel.
David me ha dicho después que se escribe así: Tel Aviv.
Bueno, mañana sigo contando cosas en el diario.
Viernes 30
Los abuelos de David han celebrado hoy la comida familiar por su jubilación y también para festejar el año nuevo judío. Ellos lo llaman Rosana… o algo así.
Lo primero que comimos fueron unas manzanas con miel y granadas. Es una manera de desear que el año que comienza sea dulce para todos. Después de dar buena cuenta de esta delicia, la abuela Marian se levantó, pidió silencio y dijo mirando a su hija y a sus nietos:
—Muchas gracias a todos por vuestro apoyo y comprensión a lo largo de todos estos años. No hemos sido unos padres y unos abuelos muy normales. Nuestras profesiones nos han llevado de aquí para allá a lo largo y ancho de este mundo. Os prometemos quedarnos quietos de ahora en adelante.
Esther, David y Alexia empezaron a gritar: «¡Bien! ¡Viva! ¡No nos lo creemos! ¡No nos lo creemos!».
Entonces se puso en pie el abuelo Simón y, aclarándose la garganta con un sorbo de agua, dijo mirando a David:
—Tenemos un trabajo para ti por ser el nieto mayor y porque dices que quieres estudiar Periodismo. Bien, David, durante casi cuarenta años tu abuela Marian y yo hemos recorrido el mundo obligados por nuestras respectivas profesiones. Ella, como arqueóloga y antropóloga, siempre con su cámara fotográfica lista para retratar los restos de antiguas civilizaciones o al hombre más primitivo del mundo si se le ponía por delante. Yo, como biólogo y naturalista que soy, estudiando, grabando y dibujando animales y plantas.
»De todos esos años, conservamos montones de libretas con apuntes, crónicas, fotografías, vídeos, películas, folletos, postales y qué sé yo. Tu abuela y yo hemos pensado que podrías venir los domingos a ordenar todo ese material. Nos servirá en un futuro para escribir nuestras memorias. ¿Aceptas, querido David? Y tú, Raquel, ¿estarías dispuesta a ayudarlo?
Antes de que David pudiera abrir la boca, su hermana Alexia intervino:
—Supongo que le pagaréis dinerito a mi hermano, ¿no, abuelo?
¡Qué niña tan divertida!
—Por supuesto, Alexia. Y si ahorra, podrá viajar donde quiera cuando sea mayor y demostrar que es un buen heredero de sus abuelos trotamundos. Al fin y al cabo, lleva también el apellido Serfaty.
David aceptó encantado, ¡y yo no digamos! Me pareció un plan estupendo para los domingos por la tarde, que normalmente son muy aburridos.
Domingo 2
EL primer domingo que acompañé a David a casa de sus abuelos tenía un poco de miedo de no saber por dónde empezar, pero muy pronto se me pasó ese temor.
