El duque de Manhattan - Louise Bay - E-Book

El duque de Manhattan E-Book

Louise Bay

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Beschreibung

Soy miembro de la aristocracia británica, pero he hecho mi fortuna en Manhattan. Nueva York es ahora mi reino. En Inglaterra, mi familia se pelea por quién será el próximo duque de Fairfax. La tradición dicta que sería yo… si estuviera casado. Pero el título no compensa el pasar por el altar. No soy un hombre de una sola mujer. O eso pensaba hasta que mi mundo se puso patas arriba. Ahora, la única manera de salvar el imperio que he levantado es heredar el título que nunca quise…, así que tengo que encontrar una esposa. Para olvidarme de todo, solo necesito una noche de placer con una extraña. La melena de Scarlett King sobre mi cuerpo mientras se inclina sobre mí… El roce de sus uñas en mi pecho mientras grita mi nombre… Sus dientes en mi hombro cuando ambos llegamos al límite del placer… Todo eso me ayuda a olvidar. Pero no estaba preparado para encontrarme al día siguiente con mi rollo de una noche sentada a la mesa de la sala de juntas. Puede que sea mi última conquista, pero tengo la sensación de que Scarlett King podría conquistarme a mí.

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Seitenzahl: 389

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Título original: Duke of Manhattan

Primera edición: enero de 2021

Copyright © 2017 by Louise Bay

© de la traducción: Mª José Losada Rey, 2020

© de esta edición: 2021, Ediciones Pàmies, S. L.C/ Mesena, 1828033 [email protected]

ISBN: 978-84-18491-32-0BIC: FRD

Diseño e ilustración de cubierta: CalderónSTUDIO®Ilustración a partir de fotografía de LightField Studios/Shutterstock

Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo la sanción establecida en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público.

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Epílogo

Agradecimientos

Contenido extra

1

Ryder

Todo era mejor en un avión privado, pero volar en un avión privado no era algo que hiciera la aristocracia británica. Mi familia lo consideraría demasiado frívolo, y así lo describían. No era la primera ni la última cosa en la que mi familia y yo estábamos en desacuerdo, aunque a mí me encantaba todo lo relacionado con la experiencia. Desde la forma en que los asientos de cuero me abrazaban el trasero hasta el hecho de que las faldas de las azafatas fueran más cortas y sus piernas más largas que en un vuelo de pasaje. Incluso sus atenciones parecían más insinuantes.

La belleza rubia asignada a este vuelo se inclinó para servirme agua, y le lancé una mirada que bajó desde el cuello de su blusa a sus altos y redondos pechos.

Ella apreció la cortesía.

Si hubiera vuelto a Londres en mejores circunstancias, habría considerado averiguar si su atención a los detalles se extendía hasta el dormitorio. Me gustaban mucho las mamadas, y tenía la sensación de que Melanie se sentiría feliz de hacerla durar tanto como yo quisiera.

Pero ni siquiera agarrar a esa hermosa mujer por el cuello mientras ella enterraba la cara en mi regazo iba a conseguir que el día mejorara.

Eché un vistazo al reloj.

—Faltan treinta minutos para el aterrizaje, señor —dijo Melanie servicialmente. Era una pena que no pudiera catarla. Normalmente no me privaba de cosas así, pero no tenía la cabeza para ello—. ¿Puedo ofrecerle algo más?

—No. Voy a hacer una llamada rápida. —Era necesario que le dijera a mi hermana que estaba a una hora de distancia.

Solté el suave y cremoso cuero del brazo del asiento. Habían pasado seis horas desde que me enteré de la caída de mi abuelo. No echaba de menos a menudo estar en Londres, pero en momentos como ese deseaba que Nueva York estuviera a cuarenta y cinco minutos en coche de mi familia.

Tenía que seguir diciéndome a mí mismo que no había nada que pudiera hacer por mi abuelo, tanto si estuviera sentado a su lado junto a la cama como si estaba allí en el aire.

—¿Has aterrizado ya? —preguntó Darcy al responder a mi llamada.

—Faltan treinta minutos.

—Así que estarás aquí en poco más de una hora. Envíame un mensaje justo antes de que llegues y bajaré a buscarte.

—¿Por qué? ¿Acaso me estás ocultando algo? —¿Se habría deteriorado el estado de mi abuelo desde la última vez que hablé con ella?

—No, pero el hospital es un poco lioso. —Sonaba cansada, como si hubiera estado despierta toda la noche. Mi llegada aliviaría un poco la presión a la que estaba sometida.

—¿Está consciente? —pregunté, aún no convencido de que me estuviera contando toda la verdad.

—Sí. Dice que nunca se ha sentido mejor, pero claramente romperte la cadera a los ochenta y dos años no es bueno. —Su voz era firme. Se mantenía entera, pero supe que se estaba mordiendo el labio superior.

—Va a ponerse bien. —Esa vez—. ¿Ya se conocen los resultados de la radiografía?

—No. Sabes que les llevó un par de horas convencerlo de que se la hiciera. —Las comisuras de mi boca trazaron una sonrisa sin mi permiso. Darcy notó la diversión en mi voz y se enfureció conmigo por ponerme de su lado. El abuelo era un personaje indomable y nadie podía persuadirlo de hacer algo si no quería. Y viceversa: cuando la gente le decía que no podía hacer algo, encontraba la forma de salirse con la suya. En ese aspecto éramos muy parecidos. Había sido mi héroe cuando era joven. Y se había comportado como un padre para Darcy y para mí, mucho más que nuestros irresponsables padres. Nuestro padre se había escapado con una camarera antes de que yo tuviera conciencia de las cosas y nuestra madre nunca se había recuperado de ello, por lo que se pasaba la mayor parte del tiempo buscando la iluminación espiritual en varios lugares de Asia. El abuelo era el hombre que nos había calmado cuando estábamos disgustados, que había venido a las obras de teatro del colegio, a quien todavía acudíamos para pedirle consejo.

—Odia que la gente se moleste —dije.

—Lo sé, pero después de la apoplejía, no podemos arriesgarnos.

El ataque del abuelo hacía dos años había sido un shock para todos. Por suerte para nosotros, era un luchador y había recuperado la mayor parte del habla y del movimiento. Pero el lado izquierdo del cuerpo se le había quedado debilitado y frágil, lo que lo hacía vulnerable a las caídas.

—Lo sé. Aun así, va a estar bien —aseguré con toda la autoridad que pude reunir, pero si su caída había creado un derrame cerebral… Respiré hondo y traté de normalizar mi ritmo cardíaco, cada vez más apresurado.

—Me ha llamado Victoria —dijo Darcy, con palabras cortadas y tensas.

Apreté los dientes y no respondí. No podía soportar oír hablar de la egoísta mujer de mi primo.

—Quería saber si podían empezar a echar cuentas —añadió Darcy.

Respiré profundamente. Tenía que mantener la calma o diría algo que acabaría cabreando a mi hermana.

El título de mi abuelo pasaba al siguiente heredero masculino que estuviera casado. Como yo era el mayor, debería haber sido yo. Pero como una sola mujer nunca había sido suficiente para mí, mi primo Frederick y su esposa, Victoria, serían los próximos duques de Fairfax.

No necesitaba el dinero. Había ganado por mí mismo más capital del que tenía mi abuelo, e indudablemente no me importaba el título. Nunca había querido ser el duque de Fairfax. Francamente, nunca había entendido por qué el hecho de que mi hermana fuera una mujer le impedía ser la siguiente en la línea sucesoria. Debía poseer el título, el dinero y la propiedad, y todos los dolores de cabeza que eso conllevaba.

Frederick y yo nunca habíamos estado unidos, aunque, como él era el heredero de Woolton y el padre del nieto de mi abuelo, lo veía más de lo que me hubiera gustado. Había sido celoso y mezquino de niño, y nunca había madurado en ese aspecto. Parecía envidiar todo lo que yo poseía: juguetes, amigos y mujeres. A pesar de que mi hermana y yo habíamos tenido que mudarnos con nuestro abuelo porque nuestros padres no nos querían, Frederick odiaba que nosotros viviéramos en Woolton y él no. Nunca perdía la oportunidad de criticar lo que Darcy estaba haciendo en la finca. Y constantemente hacía comentarios sobre mi «huida» a América. Eran insultos con los que podría haber lidiado. Lo que no me había gustado nada había sido el hecho de que cuando lo llamé para ponerlo al corriente del derrame cerebral que había sufrido el abuelo, en vez de preguntar en qué hospital estaba o sobre el pronóstico que habían hecho los médicos sobre su estado, lo primero que hizo fue decirme que me llamaría cuando hubiera hablado con su abogado.

Después de eso, no había forma de retroceder.

—Bueno, pues dile a Victoria que me llame a mí en el futuro. No tengo problema para decirle que se vaya a la mierda. —El hecho era que, tan pronto como mi abuelo muriera, el dinero sería suyo para que hicieran con él lo que quisiera. Y aunque yo no sentía la misma atracción hacia la historia de la familia que Darcy, no me parecía justo.

—Tenemos que hablar cuando llegues aquí. De forma adecuada.

Sabía lo que se avecinaba. Íbamos a volver a discutir sobre que si me casara todo se arreglaría.

—Por supuesto.

—Me refiero a Aurora —añadió.

Darcy me había insinuado varias veces que una amiga de la infancia sería una esposa adecuada. Esta vez sonaba más decidida todavía. Pero tenía que darse cuenta de que no me iba a casar con Aurora.

—También voy a ir a ver a los abogados para estudiar el tema mientras estoy en Londres.

Todavía tenía la esperanza de que podíamos encontrar una solución legal para que Frederick no se quedara con la herencia.

Hubo un largo silencio.

—Ya sabes lo que siento al respecto —dijo Darcy finalmente.

—No quiero ponerme a pelear por la herencia —respondí. Darcy odiaba la idea de que hubiera una batalla por los bienes del abuelo, porque le parecía que de alguna manera eso empañaba la sinceridad de nuestro amor por él. Sin embargo, sabiendo cómo él quería que fuera mi hermana la que heredara, sabía que le gustaría que encontráramos una solución—. Pero ¿nos queda otra alternativa?

—Quiero que consideres en serio lo de hacer un arreglo con Aurora; está unida a la familia, y sería una excelente esposa.

—No quiero casarme. —Y menos con alguien que solo me quería por el título que heredaría. Y la alternativa, que ella quisiera que fuera un marido de verdad, era peor. Aurora y yo nos habíamos conocido de niños, en la época de los primeros enamoramientos, pero no sabía cómo era en la actualidad, cómo era de adulta.

—Estoy segura de que la mayoría de los hombres se sienten así. Y no es que tengáis que…, ya sabes…, convivir como marido y mujer.

—Ese no es el problema, Darce. —Aurora sería el menor de mis problemas. Siempre había sido atractiva. Me habría acostado con ella en el pasado si no hubiera pensado que ella encontraría todo tipo de significados en que hubiéramos tenido sexo. Pero me conocía lo suficiente como para saber que nunca podría ser fiel a una mujer. Había demasiadas bellezas en el mundo. Prefería las que no conocía. Era menos complicado todo.

—Tampoco estamos hablando del resto de tu vida. —Realmente quería lo mejor para mi hermana, y ella se daría cuenta de que podía comprarle otra propiedad, una muy similar a Woolton Hall. Era consciente de que no sería exactamente lo mismo, que no existiría esa inversión emocional que tenía con Woolton, pero su vida no cambiaría de forma significativa. La cuestión era que estaba casada con la finca, que le había dedicado su vida desde que éramos niños. Después de la universidad, cuando Darcy dijo que iba a trabajar a tiempo completo en la finca, la animé a buscar su propio camino en el mundo. Pero trabajar en Woolton era lo único que quería hacer. Le encantaba el lugar.

—He pensado en ello. Mucho. —Llevábamos hablando de ello muchos años. La enfermedad de mi abuelo solo había incrementado la cuestión—-. Sabes que Aurora no es la mujer adecuada para mí.

—Es tan buena como cualquiera. Te dejaría tener tus rollos.

No era el tipo de hombre que engañaría a su esposa. El matrimonio era un compromiso, una promesa de fidelidad, y yo no rompía mis promesas, así que no hacía ninguna que no pudiera cumplir… No quería acabar siendo como mis padres. Quería mirar atrás al final de mi vida y estar orgulloso del hombre al que mi abuelo había criado. Quería hacer justicia a los sacrificios del viejo.

—Hablaremos de ello cuando llegues aquí. Nos guste o no, el abuelo tiene ochenta y dos años. Se te está acabando el tiempo para pensar en esto. Tienes que actuar rápido o será demasiado tarde.

Pensaba que podía convencerme. Por mucho que odiara decepcionar a mi hermana, eso no iba a suceder.

Follar era mi deporte favorito, y me había hecho profesional hacía mucho tiempo. No iba a dejar el campo ni un momento antes de que sonara el silbato. Y estaba decidido a que el juego durara mientras tuviera sangre en las venas. Además, ¿quién era yo para privar a las mujeres de Manhattan de mí?

Traté de que no se me notara la sorpresa cuando abrí la puerta de la habitación de mi abuelo. Odiaba ese olor tan particular que tienen los hospitales. No estaba seguro de si usaban en todos los mismos productos de limpieza o si la muerte y la enfermedad poseían su propia fragancia.

—¡¿Qué demonios estás haciendo aquí?! —me gritó el abuelo desde la cama cuando entré.

Me reí entre dientes.

—No es una bienvenida muy agradable. Espero que estés siendo un poco más encantador con las enfermeras. —Le guiñé un ojo a una chica de veintitantos años que estaba tomándole la tensión.

—Todo el mundo está sacando esto de quicio, Ryder. Llevo ochenta y dos años cayéndome. No entiendo por qué todos actúan como si estuviera en mi lecho de muerte.

Negué con la cabeza.

—Te has roto la cadera, abuelo. ¿Esperabas que nadie se preocupara?

—Han dicho que debe pasar por el quirófano —dijo Darcy a mi espalda.

Me di la vuelta.

—¿Pasar por el quirófano? ¿Para qué?

Cuando abracé a mi hermana, noté que estaba pálida.

—Por la cadera. Hay que ponerle una prótesis —murmuró contra mi camisa.

La apreté un poco antes de soltarla.

—Se va a poner bien. Hablaré con los médicos.

—Ya lo he hecho yo. Me han dicho que una caída así siempre acaba teniendo como consecuencia una operación para colocar una prótesis.

—¡Que no incordien! —gritó el abuelo desde la cama.

Me reí. Si la fuerza de voluntad pudiera mantener a alguien vivo, el abuelo viviría eternamente.

—Tienes buen aspecto. —Le di al anciano una palmadita en el hombro.

Se encogió de hombros.

—¿Cómo va el negocio? —preguntó, siempre dispuesto a vivir a través de mí una vida en Nueva York. Se había pasado la vida administrando las propiedades de la familia, que incluían Woolton Hall, una gran casa señorial en las afueras de Londres, las tierras circundantes y el pueblo cercano, que alquilaba a los aldeanos, y una casa en Londres. Nunca le había preguntado si le molestaba la responsabilidad que acompañaba al título, o si se habría dedicado a otra cosa si se le hubiera dado la oportunidad de elegir sobre su futuro. Era un hombre de honor y compromiso, un hombre digno de admiración. La persona que yo aspiraba a ser.

—Va bien —le respondí—. En este momento estoy tratando de hacerme con un pequeño negocio de fragancias de lujo.

—¿Fragancias? No te pega.

—Me pega cualquier cosa que me haga ganar dinero. —Tenía buen ojo para detectar negocios en alza y adquirirlos justo antes de que los bancos les reclamaran los préstamos o de que su falta de liquidez acabara con ellos—. Es un negocio sólido que necesita una pequeña inversión para dar un paso adelante.

—¿Y vas a darles lo que necesitan? —preguntó, señalándome con el dedo.

Me encogí de hombros.

—Soy un tipo generoso. Ya lo sabes.

Darcy puso los ojos en blanco.

—No tengo dudas de que ganarás tú más que ellos.

Asentí.

—Pero, aun así, habrá algo para ellos. Y ese es el quid de la cuestión. No los jodo, solo soy astuto. —Estaba entusiasmado con la compañía que dirigía en ese momento. No llevaban mucho tiempo en marcha y, sin embargo, lo habían hecho increíblemente bien. La venta al por menor no era mi punto fuerte, pero en ese negocio valía la pena implicarse.

—¿Cómo van las cosas en casa? —pregunté mientras acercaba una silla a la cama del abuelo.

—Hay que cambiar el tejado de los establos —respondió Darcy—. Y francamente también lo necesita la mayor parte del ala oeste.

—No sabe de qué habla —intervino el abuelo.

Mi hermana se había hecho cargo de la mayor parte de la gestión de la finca en los dos últimos años. Había trabajado codo con codo con mi abuelo desde que se graduó, y él le había transmitido con cariño todo lo que sabía.

—Abuelo, Darcy siempre sabe exactamente de lo que está hablando.

Él gruñó y miró al Támesis por las grandes ventanas. Su falta de argumentos era la mayor admisión que íbamos a tener.

—Voy a hacer una llamada telefónica —dijo Darcy—. ¿Os traigo algo cuando vuelva?

Le apreté la mano. Sabía de cuánto le había privado la dirección de la finca, en especial porque sabía que al final tendría que alejarse de todo lo que había hecho. Nunca había entendido por qué no se había ido, por qué no había buscado algo propio a lo que dedicar toda su energía.

Se liberó de mi mano al tiempo que me lanzaba una sonrisa cansada.

—Tenemos que hablar —dijo mi abuelo tan pronto como Darcy se fue. Nunca me había gustado oír esas palabras en boca de nadie. Siempre venían seguidas de malas noticias.

Me recliné hacia atrás en la silla, preparado para asumir lo que fuera que tuviera que decirme.

—Me estoy haciendo mayor, Ryder.

Dios, ¿Darcy le había sugerido a él también que me convenciera para que me casara con Aurora? Habíamos acordado mantener al abuelo fuera de esa cuestión. No quería que se preocupara de la intrincada situación con la que tendríamos que lidiar mi hermana y yo cuando él muriera.

Me dio un vuelco el corazón y me eché hacia delante.

—Si estás preocupado por la operación de cadera, no lo estés. Ya has oído a Darcy: es perfectamente normal después de una caída. Todo saldrá bien.

—Tengo que informarte de algo antes de entrar en el quirófano. —Sus ojos se clavaron en los míos como cuando era niño y la había liado con algo. Odiaba decepcionarlo. ¿Qué habría pasado?—. Se trata de mi inversión en Westbury Group.

—¿Tu inversión? —El abuelo me había prestado un par de miles de libras cuando empecé, a cambio una parte de las acciones de mis empresas. Pero siempre se había negado a recibir dividendos de la compañía, y nunca había mostrado interés en las operaciones. Casi me había olvidado de ello.

—Deberíamos haber resuelto este tema hace mucho tiempo, pero supongo que me gustaba la idea de formar parte de tu éxito.

—¿De qué estás hablando? —Parecía derrotado, y ese no era el hombre al que conocía y adoraba—. ¿Necesitas dinero para esas reparaciones que ha mencionado Darcy?

Se rio y me dio una palmadita en la mano que tenía apoyada en el lateral de la cama. Nunca había dudado del amor de mi abuelo, pero no lo había demostrado con abrazos ni declaraciones. Darcy y yo lo sabíamos por la forma en que siempre estaba cerca, asegurándose de que nunca necesitáramos nada, de que no tuviéramos problemas ni nos sintiéramos solos u olvidados. Él era nuestra ancla.

—No, no quiero tu dinero. —Miró nuestras manos antes de asentir—. Pero mucho me temo que si tu primo pone sus manos en mi parte, podría pensar de forma diferente.

Entrecerré los ojos cuando el sol de la mañana se reflejó en las ventanas al entrar en la habitación.

—No te sigo. ¿Qué tiene que ver mi negocio con Frederick?

Respiró hondo y empezó a toser. Dios, odiaba verlo tan frágil. Le serví un poco de agua de la jarra de plástico de su mesa, pero me hizo una seña para que me detuviera.

—Estoy bien —dijo, resoplando.

—Tienes que tomártelo con calma.

—He dicho que estoy bien. —Inspiró y recuperó el aliento. Me senté en la silla, tratando de parecer más relajado de lo que me sentía—. ¿Recuerdas cuando invertí en Westbury Group? ¿Cuando adquirí esas acciones para que no tuvieras que asumir la carga de un préstamo?

—Sí, claro. —Examiné su cara; quería llegar al fondo de la cuestión de lo que estaba diciendo.

—Bueno, el dinero provenía de la finca, así que las acciones están a nombre de la finca.

—Me acuerdo de eso —respondí.

—Bueno, hace un año más o menos fui a hablar con Giles para ver si podíamos hacer algo con respecto a ese maldito asunto de la sucesión. No está bien que tengas que estar casado para heredar. La finca, Woolton, el título. Todo es legítimamente tuyo.

Yo también había ido a ver al abogado de la familia y administrador del fideicomiso para informarme sobre el futuro, pero nunca había mantenido una conversación sobre ello con el abuelo. No me gustaba que me recordaran que un día no estaría para mantenerme a raya.

—Sabes que no es importante para mí. Tengo mi propio dinero y puedo cuidar de Darcy perfectamente. —Odiaba hablar de lo que pasaría en el futuro. Pensar en un mundo del que mi abuelo no formara parte no era un tema agradable para mí.

—Ya, bueno, ese es el asunto. No estoy seguro de que sea tuyo.

¿Había escuchado correctamente?

—¿Qué quieres decir?

—Los términos del fideicomiso establecen que no puedo alterar ni vender ninguno de los activos del fideicomiso después de cumplir ochenta años. —Mi abuelo podía ser el duque de Fairfax y heredero de Woolton, pero todo era dirigido a través de un fideicomiso que indicaba exactamente lo que se podía y no se podía hacer para preservar la finca para las generaciones futuras.

—Vale. No te sigo. —Eché un vistazo a la puerta, esperando que Darcy volviera en cualquier momento. Quizás ella entendería lo que el abuelo estaba tratando de decir.

—Así que no puedo transferirte esas acciones de nuevo. Y no puedes comprármelas —añadió.

Me encogí de hombros.

—Da igual. Tu inversión no afecta en absoluto a la forma en que dirijo el negocio. Quédate con ellas.

—Pero no son mías. Pertenecen al fideicomiso, lo que significa que cuando yo muera… —Me estremecí cuando dijo las palabras— pasarán a Frederick.

Aún no lo había entendido. Estudié su expresión, tratando de comprender exactamente lo que estaba diciendo.

—Tendrá una pequeña parte. ¿Y qué?

—¿Has mirado el papeleo que pusimos en marcha en su momento? —insistió, moviéndose en la cama.

No podía recordar ninguna de las operaciones legales de lo que habíamos hecho. Estaba demasiado concentrado en la emoción que suponía que mi negocio despegara, y no me importó. Había dado con una pequeña empresa de biotecnología en Cambridge en la que quería invertir, una oportunidad que no duraría mucho. Y había sido una de las mejores decisiones que había tomado. Me había hecho ganar una fortuna, y me abrió la puerta a nuevas oportunidades. De esa inversión provenía todo mi éxito posterior, y por fin me había sentido como si me mereciera el lugar que ocupaba en el mundo. Por mucho que me adorara mi abuelo desde niño, todavía cargaba con la realidad de que no había sido suficiente bueno para mis padres. Westbury Group me había ayudado a aterrizar. Era mío. Y no iba a perderlo.

—No puedo recordar los detalles. Pero todo ha funcionado bien. ¿Cuál es el problema?

—Para entregarte dinero del fideicomiso, fue necesario que me cedieras ciertos poderes. Así que si no me gustaba la forma en que dirigías la empresa, podía tomar el control de la compañía.

—Sin embargo, eso no ha sido nunca un problema. —No había nadie en el mundo en quien confiara más que en mi abuelo para hacer negocios.

—Pero cuando las acciones sean transferidas a Frederick…

El arañazo que hizo la silla en la que estaba sentado resonó en toda la habitación cuando me levanté bruscamente. Me metí las manos en los bolsillos, tratando de mantener la calma.

—¿Me estás diciendo que Frederick podría tomar el control de mi empresa? —Así como mi abuelo era la persona en la que más confiaba en el mundo, Frederick se situaba en el extremo contrario—. ¿Que podría quedarse todo por lo que he trabajado durante todos estos años?

—Lo siento, muchacho. No era mi intención.

Me paseé junto a su cama.

—Podemos cambiar ese papeleo, ¿verdad? ¿No podemos aprobar una resolución que cambie los derechos de esas acciones? —Me detuve y me agarré a la barra de metal color crema a los pies de la cama, esperando la respuesta de mi abuelo. Esa sería la solución, ¿no?—. Sigo siendo el dueño de la mayor parte de acciones de la compañía.

Negó con la cabeza.

—Me gustaría que fuera tan simple. Desde que cumplí ochenta años, no se pueden hacer cambios en las acciones. Lo siento mucho, no tenía ni idea de que mi inversión en tu empresa, en tu futuro, podría afectarte de esta manera.

Se me pusieron blancos los nudillos al apretar la barra.

—No es culpa tuya.

—Debería haberme encargado de que Giles echara un vistazo a esas acciones mucho antes, pero… —Pero había sufrido una apoplejía, y lo único que nos había preocupado era su salud.

—No le des más vueltas. —No quería que el abuelo se preocupara por eso. Yo me encargaría de todo. Le había dedicado mi vida a Westbury Group, era por lo que había trabajado a destajo, lo que representaba que nunca tendría que depender de nadie; era mi independencia. Westbury Group me aseguraba que no tuviera que depender de nadie para nada.

—Me gustaría pensar que Frederick hará lo correcto, pero…

Suspiré. Los dos sabíamos que eso era pura fantasía. Si Frederick tenía la oportunidad de arruinarme, no la dejaría escapar. Llevaba toda la vida esperando poder demostrar que era mejor que yo; no dejaría pasar la oportunidad.

Tenía que ocuparme de aquello.

—Encontraremos una solución. Hablaré con Giles al respecto.

Puede que no fuera a ser el próximo duque de Fairfax, pero haría todo lo que estuviera en mi mano para asegurarme de que Frederick no terminara destruyendo todo aquello por lo que había trabajado.

2

Scarlett

Las citas en Nueva York eran pésimas.

Estaba siguiendo todos los consejos que ofrecía internet: no parecer demasiado accesible, no tener sexo demasiado pronto y no poner todos los huevos en una sola cesta. Pero pasaba de una decepción a un desastre. Había pensado que el tipo del jueves pasado era guapísimo, la cita ideal, hasta que me confesó que los fines de semana le gustaba vestirse con ropa de mujer, y que le encantaría probarse mis zapatos de doce centímetros de tacón de ante rosado. Tal vez estaba siendo demasiado exigente, pero no quería tener que pelearme con mi novio por ver quién usaba qué cuando fuéramos a cenar.

Y luego estaba el tipo que parecía que nunca se había cortado el pelo y no me había mirado a los ojos ni una sola vez durante toda la cita. ¿Y cómo iba a olvidarme del maduro hombre sudoroso de unos cuarenta y tantos años que le había dicho a la camarera que tenía un buen escote?

Pasé el dedo por la pantalla del teléfono para leer un mensaje de Andrew; hasta el momento no había mostrado ninguna rareza. Solo habíamos tenido una cita, y, salvo haberme dado la sensación de que era un maniático del orden, todo parecía relativamente normal. No me sentía exactamente atraída por él y no me había hecho reír, pero tampoco había querido clavarle un tenedor en el ojo después de veinte minutos, así que acepté salir con él otra vez.

«Espero que nos veamos esta noche».

Miré la agenda y encontré una entrada que decía: «Cena con Peter». Clavé los ojos en el teléfono. ¿Había confundido los contactos? Peter era el que llevaba pantalones de cuadros escoceses y tenía un gato. Había aceptado tener una tercera cita para cenar con él porque en la segunda le había dado una propina buenísima a la camarera, aunque estaba claro que no ganaba mucho dinero. Claro que Peter tampoco me atraía mucho.

Me moví por el historial de mensajes. No, aquel chat era definitivamente de Andrew.

¡Mierda!

Había quedado con dos chicos a la vez.

Se abrió la puerta de mi despacho y mi socia, Cecily, asomó su cabeza llena de rizos por el hueco.

—¿Estás libre? —preguntó.

—Claro, a ver si puedes ayudarme a resolver un problemita con una cita. —Había estado compartiendo problemas de ese tipo con Cecily desde la universidad, donde habíamos sido compañeras de habitación desde el segundo curso; nos habíamos hecho amigas tan pronto como saqué una cinta de vídeo de El diario de Noah de la maleta y nos pusimos a olvidarnos de todo viendo a Ryan Gosling. Yo me había especializado en finanzas, y el punto fuerte de ella había sido el marketing. La mezcla perfecta para montar un negocio.

—Eso suena divertido. Estar casada es tan aburrido a veces… —Se sentó en la silla que había delante de mi escritorio.

Nunca había considerado que el matrimonio fuera aburrido. Había amado a mi marido, me gustaba volver a casa por la noche y pasar el rato con él. Habían transcurrido más de dos años desde el divorcio, y todavía lo echaba de menos. Añoraba tener un compañero para todo. Echaba de menos a mi mejor amigo. Forcé una sonrisa.

—Eso es lo que dijo Marcus. —Al parecer, vivir en Connecticut conmigo no era suficiente para mi ex. Y esa era la razón por la que estaba allí mirando el Hudson, viviendo en un apartamento de una habitación en el centro de Manhattan con el noventa por ciento de mis pertenencias en un almacén. Cuando estaba casada, había vivido en una hermosa casa de cuatro dormitorios en Connecticut con increíbles vistas al mar, a quince minutos del trabajo. Pensar en el cambio que había sufrido mi vida seguía siendo a veces como sentir que me clavaban un cuchillo en el estómago. Ni siquiera cuando tenía veinte años me había gustado vivir en la ciudad que nunca dormía.

Tal vez era cierto que era una aburrida.

Cuando me dejó, me dijo que odiaba la idea de tener toda la vida planeada, pero yo… Yo me había sentido feliz. Me sentía realizada. Con Marcus a mi lado, todo era como me había imaginado desde niña que sería mi vida. No había deseado nada más.

—Lo siento. No estaba tratando de ser insensible.

Sonreí.

—No pasa nada. Fue hace mucho tiempo. —Pero los días como ese no me daba esa impresión. No quería tener citas. Prefería irme a mi casa y acurrucarme en la cama con un libro que ir a un restaurante elegante y tratar de mostrarme atractiva y divertida.

Las citas me resultaban agotadoras.

—Dime, ¿cuál es tu dilema? Te contaré el mío si tú compartes el tuyo conmigo —propuso mientras se sentaba al otro lado de mi escritorio.

—¿También tienes problemas con las citas? ¿Lo sabe tu marido? —me burlé, sonriendo.

—Soy discreta —dijo con un guiño—. Venga, escúpelo.

—He quedado con dos a la vez, eso es todo. He hecho planes para cenar con Andrew y con Peter esta noche.

—¿Otra vez? —inclinó la cabeza a un lado—. ¿No es la segunda vez que te pasa en las dos últimas semanas?

Sí. ¿Y exactamente cómo me había podido pasar lo mismo de nuevo?

—Bueno, supongo que significa que quieres volver a verlos.

En realidad, era exactamente lo contrario. Andrew y Peter eran bastante agradables, pero no me imaginaba un futuro con ellos. Ninguno de los dos era mi alma gemela.

—Pues no mucho. Voy a cancelar una. —O las dos y así podría tener una cita con mi libro digital—. Doy por hecho que tu dilema no es una cita.

Los rizos de Cecily se movieron en el aire mientras se reía.

—No tengo esa suerte, pero mi dilema no es solo mío. Es tuyo también. —Abrió los ojos—. Westbury Group nos ha hecho otra propuesta.

Westbury era con diferencia la compañía de inversiones más apetecible con la que habíamos hablado para pagar el préstamo, que estaba a punto de vencer. Pero también era la menos flexible en sus términos.

—Siento mucho que estemos en esta situación —comentó Cecily.

—No te preocupes. Necesitábamos el dinero y no teníamos más opciones. —Cecily Fragrance se había convertido en un éxito de la noche a la mañana, y un año antes habíamos necesitado mucho dinero en efectivo para poder pagar los pedidos que recibíamos. Cecily había firmado la documentación del préstamo porque yo había estado fuera de la ciudad, pero había sido tanto mi decisión como la suya—. Sabíamos que era algo a corto plazo. ¿Quién iba a pensar que tendríamos tanto éxito? —Debíamos devolver el préstamo, pero teníamos que ahorrar un poco para seguir invirtiendo en el inventario. Necesitábamos negociar un nuevo préstamo en menos de un mes. Si no lo conseguíamos, nos quedaríamos sin liquidez—. ¿Y Westbury no ha cambiado la oferta?

—Sigue siendo todo o nada. Se llevan todo el negocio, nos contratan como empleadas y perdemos cualquier participación.

Westbury tenía reputación de ser astuto y firme.

—Tener dinero es mejor —dijo, queriendo parecer positiva.

La mayoría de los inversores se contentaban con poseer participación minoritaria en la empresa, pero Westbury Group lo quería todo. Cecily y yo habíamos fundado la empresa. Habíamos elegido a cada uno de los empleados. Joder, incluso habíamos elegido la máquina de café. No queríamos irnos sin más. Pero ¿estaba Cecily vacilando? ¿Se sentía contra las cuerdas?

—¿A qué te refieres al decir «mejor»?

Clavó los ojos en la superficie de mi escritorio.

—Suficiente para pagar a todos los accionistas lo que esperábamos obtener al final del tercer año.

Cerré la boca. Eso era un montón de dinero.

Cecily y yo podríamos empezar de nuevo. Sin embargo, me encantaba la fragancia de Cecily. El trabajo se había convertido en algo que nunca había pensado, era una pasión. Me había servido para superar la ruptura de mi matrimonio. Nunca había entendido que mis amigas hablaran de su trabajo como si fuera un hobby hasta que Cecily y yo montamos nuestro negocio. Nunca me había parecido un trabajo. Me encantaba. Y la fragancia que Cecily había creado había sido lo único bueno de mi vida desde mi divorcio. Había necesitado un cambio, no fijarme en el vacío que mi marido había dejado en mi existencia. El hecho de que Marcus me dejara había sacudido mi mundo, pero el impulso que cogí para demostrarle que había tomado la decisión equivocada había encendido una pasión en mí. Era la prueba palpable para mi marido de que yo no era tan predecible, aburrida y poco atrevida como él creía; estaba segura de que él esperaba que siguiera trabajando en un banco de inversiones con un sueldo mensual fijo durante el resto de mi carrera. Fundar mi propio negocio, sin estructura ni proceso, a menos que lo creara yo y arriesgándome a que no me pagaran todos los meses era algo que él nunca hubiera pensado que yo fuera capaz de hacer. Y no algo que no me había imaginado ni siquiera yo misma. Pero cuando el mundo se da la vuelta, a veces te arriesgas a probar cualquier cosa. Puede que no hubiera sido capaz de salvar mi matrimonio, pero no estaba preparada para renunciar a Cecily Fragrance.

—¿Qué quieres? ¿Renunciar? ¿Desprendernos de todo aquello por lo que hemos trabajado tan duro y dejar que otro coseche el éxito y las recompensas?

«Di que no. Por favor, di que no».

Puso una mueca de dolor.

—Bueno, si lo pones así…, no. Aunque no estoy segura de que nos quede otra opción. Ninguna de las demás ofertas paga el préstamo en su totalidad.

¿Se había rendido tan fácilmente?

No podía haberlo hecho. Además, mi hermano era un hombre muy rico y nos ayudaría si lo ponía al tanto de la situación. Pero sabía que a su compañía le había surgido un rival hacía poco tiempo y que no tenía demasiado dinero en efectivo en ese momento. Además, quería hacer aquello por mi cuenta. No quería que mi hermano tuviera que salvarme.

—Entiendo que prefieres ver cómo la fragancia continúa adelante por ti misma. —No había pensado que tendría que llegar a eso. Estaba segura de que podíamos hacer que funcionara. Habíamos llegado hasta ahí.

Como cara visible de la empresa, Cecily se encargaba de todas las reuniones de negocios importantes, mientras que yo me concentraba en mantener girando las ruedas de las operaciones diarias. Había escuchado muchas historias para no dormir de emprendedores que acababan dispersándose en nuevas inversiones, y estaba decidida a no permitir que eso nos sucediera. No había tratado con los inversores, pero si estaban presionando demasiado a Cecily, me había llegado el turno de subir al ring.

—Puede que todavía recibamos más ofertas, incluso podríamos usarlas para renegociar algunas de las que ya hemos tenido.

Se quitó una pelusa de la falda.

—Tal vez. Quiero que salgamos adelante y sigamos teniendo trabajo.

—¿Qué tal si me reúno yo con todos los inversores y trato de negociar? —sugerí—. He trabajado para un banco de inversión. Puede que haya aprendido un par de cosas allí. —Tenía que haber una manera de que Cecily y yo pudiéramos seguir adelante en el negocio después de renegociar los préstamos.

—¿Crees que podrías hacerles cambiar de opinión? —preguntó.

Me encogí de hombros.

—¿Quién sabe? Vale la pena intentarlo, ¿no? Todavía nos queda algún as en la manga, ¿verdad? —Quería comprobar que Cecily no había perdido la ilusión.

—La próxima cuota del préstamo vence dentro de un mes, no nos queda mucho tiempo.

Asentí, tratando de ignorar el músculo que me palpitaba en el ojo y que me advertía de que me iba a enfrentar a una tarea casi imposible.

—No podemos rendirnos, Cecily. Es nuestra creación.

Sonrió de medio lado.

—Se necesita tanta energía para llegar hasta aquí que no estoy segura de tener suficiente para terminar esta carrera.

—Bueno, por eso estoy yo aquí. Para que lleguemos a la línea de meta. Cueste lo que cueste.

Iba a salvar Cecily Fragrance.

Iba a cancelar las citas con Andrew y Peter e iba a llamar a mi hermana, Violet, para tomar unas copas. Quería disfrutar de la noche, no amoldarme a la velada que se suponía que tenía que pasar una chica de veintitantos años en Manhattan.

—Espero por Dios que te los estés tirando a los dos. Y a la misma hora cada martes —dijo Violet mientras le explicaba lo de las dos citas. Mi hermana siempre me decía la verdad, y creía en mí más que nadie que yo conociera. Si iba a luchar contra Westbury Group para conservar una participación en la empresa, entonces Violet era la animadora perfecta antes del partido.

—Shhh —dije, mirando a mi alrededor para comprobar si alguien la había oído.

El pub, uno de mis favoritos, parecía un club privado de los años 50; iluminación tenue, sofás Chesterfield y acordes típicos americanos provenientes del piano de cola que había en la esquina. Era el glamour que me había imaginado que reinaba en Manhattan en lugar de la realidad de las citas, las colas eternas y el tráfico.

—Bueno, en realidad, ¿para qué me traes a un lugar como este? —preguntó.

Tenía razón. Era el tipo de lugar al que Harper y yo íbamos con nuestra amiga Grace. Con Violet normalmente terminaba yendo a por hamburguesas al centro.

—Me gusta.

—¿Y qué? —preguntó Violet—. ¿Te estás tirando a los dos o no? Sé que es demasiado esperar que lo hagas al mismo tiempo. —Entrecerró los ojos para observar una reunión de ejecutivos al otro lado del pub, un montón de hombres en los que ya se había fijado cuando llegamos—. Creo que me gustaría probar un trío antes de hacerme vieja. Me refiero a estar con dos hombres —aclaró—. Lo hice siendo dos chicas y un chico en la universidad y no me gustó.

Me atraganté con la copa y me puse a toser.

—Violet, por favor. No me hagas sentir vergüenza. Modérate esta noche.

—Bueno, si respondes a mi pregunta, dejaré de ser tan sincera.

—No, no me los estoy tirando… Y menos a los dos a la vez.

—Aggg —dijo Violet—. Debía habérmelo imaginado. Dime que has follado con alguien desde que te divorciaste. Por favor. Dime que tu vibrador no es el único con el que has alcanzado el orgasmo en los dos últimos años.

Violet podía estar bromeando, pero por la forma en que lo decía, me sentí un tanto avergonzada de no haber podido dar el paso de tener sexo por primera vez después del divorcio. Mi hermana era demasiado… liberal en sus relaciones con los hombres; sabía que le costaría entender por qué no me había acostado con ninguno de los chicos con los que había salido. Ni siquiera yo misma lo entendía. Pero ninguno de ellos parecía ser lo que yo buscaba. No habían sido especiales. Había salido con muchos hombres desde Marcus, incluso había tenido más de una cita. Solo que no había dado el último paso. Había llegado a mantener relaciones exclusivas. Bueno, solo una. Salí con él una semana, hasta que fue evidente que no iba a poder evitar acostarme con él, así que puse fin al tema.

Violet me cogió la mano.

—Sé que he dicho esto muchas veces, pero lo que necesitas es un rollo de una noche. Estás pensando demasiado en el sexo. Y es solo sexo. Como cepillarse los dientes o hacer ejercicio. Se trata de un hecho de la vida.

—Es complicado. —Entendía y estaba de acuerdo con Violet en que el sexo no era algo tan importante. Pero volver a tener sexo después del divorcio me parecía aterrador. Tal vez porque era la forma en la que aceptaría por fin que mi matrimonio había terminado y también porque el sexo era un precursor de una relación, un umbral que tenía que traspasar. Si me mantenía al otro lado, estaba a salvo. Y cuando las cosas terminaban, nadie podía decir que la relación había sido un fracaso, dado que, para empezar, no existía como tal. No quería ir por la vida dejando un rastro de decepciones y relaciones rotas a mi paso.

—No lo es. Y francamente, si te pone tan nerviosa, puedes quedarte tumbada en la cama mientras él hace todo el trabajo. No será tan satisfactorio, pero si solo estás dispuesta a eso, con ese cuerpo de infarto y tu preciosa cara, no necesitas hacer nada más para excitar a un hombre.

—¿De verdad tenemos que tener esta conversación? —No estaba nerviosa. Echaba de menos el sexo, solo que no quería una relación condenada al fracaso.

Violet alargó la mano y me dio una palmadita.

—Vamos a seguir teniendo esta conversación hasta que superes este obstáculo que supone para ti tu primera vez, como si fuera el anuncio de un amor. La vida no es un spot de Coca-Cola. No solo la tuya, la de nadie. Y Marcus se ha ido y no va a volver. De todos modos, ya sabes que ahora se está tirando a Cindy Cremantes.

Había oído ese rumor la última vez que estuve en la casa de mi hermano en Connecticut. Cindy seguía trabajando en la farmacia de Westchester como llevaba haciendo desde que dejó el instituto. No entendía muy bien por qué ella era más excitante que yo.

—No creo que mi vida sea un anuncio de Coca-Cola.

—No estoy de acuerdo. Entiendo que Marcus sea el único tipo con el que te has acostado, pero a pesar de la decoración que nos rodea, no estamos en los años 50. —Trazó un círculo con el dedo en el aire—. No eres ama de casa. No tienes que fingir que no te gusta el sexo. La vida no es así en el mundo moderno.

—Me gusta mucho el sexo. No soy frígida.

Violet suspiró.

—Marcus no te dejó porque seas aburrida en la cama. No tienes que tener miedo.

—Sí, lo sé. —Marcus no era aburrido en el dormitorio, y yo disfrutaba del sexo con él. Pero habría estado abierta a algo… nuevo, más excitante. No se trataba de que hubiera querido lanzarle las llaves del coche para que me follara en el asiento trasero mientras cenábamos en el club de campo o algo así, pero quizás podríamos haberlo hecho en el suelo de la cocina, o podría haberme soltado alguna guarrada de vez en cuando. En una ocasión, cuando estábamos recién casados, me había colado en la ducha mientras él estaba dentro, y me había arrodillado en el suelo para hacerle una mamada; él me había dicho con torpeza que no tenía tiempo porque llegaba tarde al trabajo—. No estoy lista para una relación.

—El sexo no implica una relación. ¿Estás esperando a ver si alguno de esos tipos con los que sales son perfectos para follar con ellos? —preguntó, arqueando las cejas como si fuera lo más ridículo que hubiera oído jamás.

Me encogí de hombros.

—Es más que estoy evitando tener una relación no teniendo sexo.

Asintió.

—Vale. Ya lo entiendo. Pero que tengas sexo con alguien no significa que hayas iniciado una relación con él. No siempre. Lo que necesitas es sexo con un extraño.

Nunca antes había ligado en un bar, apenas si había coqueteado con alguien que no fuera mi marido. Marcus y yo habíamos estado saliendo desde el instituto.

—Entonces, ¿cómo es eso de un rollo de una sola noche? En el caso teórico de que estuviera preparada para hacer algo así.

Violeta se tragó un sorbo de vodka antes de sonreír.

—Elige a alguien. —Señaló con la cabeza a un hombre sentado en la barra, que revolvía su bebida mientras miraba el fondo del vaso como si tuviera muchas cosas en la cabeza—. Ese está muy bueno. No lleva anillo de casado. A por él…

¿«A por él»? No era una salida ni iba a empezar una carrera por el parque.

—No seas idiota. No puedo simplemente ligarme a un tío. —Por lo que podía apreciar, el hombre de la barra era atractivo; tenía la mandíbula fuerte, un traje bien cortado que se notaba que estaba hecho a medida. Pero podía seguir viviendo en casa con su madre o tener un fetiche con la orina de las mujeres… o de los hombres. Estaba preparada para traspasar mis límites, pero había límites y límites.

—Sigues insistiendo en que quieres ser más aventurera. Pero creo que no te preocupas por el resultado; has dejado que el idiota de Marcus te haga pensar cosas raras. Así que en el caso teórico de que quisieras tener una aventura de una noche, ese sería perfecto. —Señaló con un gesto al hombre de la barra—. Busca a alguien con quien follar. Alguien a quien no volverás a ver, y cuando encuentres a alguien que te guste de verdad, podrás tener una relación con sexo.

—Me gustaba Andrew. Y también Peter, la verdad.

—Quizá. Pero no lo suficiente. Tal vez es por la presión. Con un extraño no hay expectativas, salvo que vas a tener sexo.

Tal vez eso era todo. Tal vez no necesitaba pensar en ello, ni en nada.

—Lo estás haciendo —dijo Violet, frunciendo el ceño.

—¿El qué?

—Eso de darte toquecitos con el dedo índice. Es irritante.

—Tú eres irritante.