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En un mundo sumido en el caos, Alex se aferra a lo único que le queda: la esperanza de reencontrarse con su esposa y sus hijos. Ha perdido su hogar, a sus amigos y casi a sí mismo, pero la promesa de su familia lo mantiene en pie. Mientras deambula por paisajes inhóspitos y desolados, enfrentando criaturas que parecen humanas, crece el abismo de la desesperación. Alex está al borde de la locura, confundiendo lo real con lo ficticio. Cada paso lo acerca más a la violencia, cada decisión es una puerta al horror. ¿Hasta dónde llegarías por aquellos que amas?
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Seitenzahl: 145
Veröffentlichungsjahr: 2024
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© El final del camino
Sello: Nepenthe
Primera edición digital: Noviembe 2024
© Maximiliano Del Rio
Director editorial: Aldo Berríos
Ilustración de portada: José Canales
Corrección de textos: Gonzalo León
Diagramación digital: Marcela Bruna
Diseño de portada: Marcela Bruna
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© Áurea Ediciones
Providencia 2594, local 417, Providencia, Chile
www.aureaediciones.cl
ISBN impreso: 978-956-6386-46-9
ISBN digital: 978-956-6386-86-5
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Este libro no podrá ser reproducido, ni total
ni parcialmente, sin permiso escrito del editor.
Todos los derechos reservados.
Uno nunca imagina que de un día para otro perderá todo lo que ha logrado en la vida, que aquello que alguna vez conoció y amó podría desaparecer o transformarse en algo irreconocible. Nunca se piensa que todo se convertirá en un desastre sin solución, y que todo estará irremediablemente perdido. Sin embargo, siempre conservamos esa chispa de esperanza en el corazón, que nos impulsa a dar el siguiente paso y luchar por alcanzar nuestras metas y sueños. Inocentemente, creemos que cada día será mejor que el anterior, aunque esa creencia a veces resulte ser una mentira.
Jamás imaginé que algo así sucedería en el mundo, ni que me vería obligado a cometer actos tan atroces. Nunca pensé que todo tomaría el rumbo que tomó. Mi vida tal como la conocía se derrumbó junto con nuestra absurda sociedad. La vida ideal que había imaginado se desvaneció de la noche a la mañana.
Es casi imposible expresar todo lo que ocurrió en aquel entonces. Desde ese momento he vivido tantas experiencias, he tenido que hacer tantas cosas. ¿Cómo puedo describirlo todo en unas cuantas páginas? A veces, durante las noches, sueño que todavía corro por esas calles, intentando escapar...
Aún me pregunto por qué me demoré tanto.
RECUERDO UNA DE nuestras últimas tardes juntos. Caminábamos de la mano por el parque, y me parecía que ya había logrado todo en la vida: construir una hermosa casa, tener hijos, un trabajo que disfrutaba y, sin duda, lo que más quería, a mi amada compañera, cómplice y amiga. Aquella tarde en el parque, sus ojos brillaban, eran hermosos, y su sonrisa irradiaba tranquilidad. En el ambiente flotaba la sensación de que el verano estaba llegando a su fin, pero aun así los rayos del sol eran cálidos, al igual que sus besos, sus abrazos y su cariño. La brisa suave movía nuestros cabellos y creaba un suave murmullo entre los árboles. Aquella brisa no era más que un indicio del comienzo de algo que más tarde me daría cuenta de que sería el fin de mi vida ideal.
Me encontraba encerrado en una pequeña tienda, con no más que una ventanilla en una esquina para iluminar el interior del lugar.
Nuevamente, me viene a la mente aquella tarde con mi esposa, pero en esta ocasión ya no sostenía su mano ni podía sentir aquella seguridad al mirarla a los ojos. Debía dejar de vivir en los recuerdos y vivir el presente.
Comencé a cargar bala tras bala en el cargador. Intentaba controlar mis manos, estaba temblando muchísimo. No miraba la puerta, sabía que pronto entrarían. Intentaba aislar todos mis pensamientos y emociones que recorrían mi cuerpo. Trataba de controlar mis temblorosas manos. Los fuertes golpes y los ruidos de la ciudad inundaban mi cabeza. Mis pensamientos solo lograban volverme loco, era un completo caos.
Solo deseaba que todo estuviera en silencio por un instante, solo quería un momento de paz. Observé cómo las bisagras de la puerta cedían y poco a poco asumí que entrarían en unos instantes a destrozarme. Me mantuve firme y decidido frente a la puerta. Aunque parecía ser una puerta robusta y resistente, no fue eterna y, apenas terminaron de derribarla, entraron frenéticamente y al mismo instante el recuerdo de su sonrisa, de sus manos, de sus cálidos abrazos vino a mi mente.
Un casquillo tras otro salía de la recamara del arma. No deseaba morir, pero tampoco me agradaba la idea de seguir vivo sabiendo que la había perdido, que había perdido todo, o quizás solo fue el miedo de ser devorado que me impulsó a levantar el arma y jalar del gatillo.
Eran muchos. Entraban uno tras otro a aquella pequeña tienda, llena de cajas y un gran estante de herramientas. Rápidamente me quedé sin balas y solo con un nudo en la garganta. Permanecí inmóvil, esperando mi muerte, pero el sonido de un arma siendo disparada y el motor de un vehículo me dieron una leve pizca de esperanza. Quizás podría salir vivo de ese lugar.Tomé un destornillador que encontré por ahí y me enfrenté a aquellas criaturas que alguna vez fueron personas. Sus cuerpos mostraban heridas de mordidas, cortes y arañazos. Quizás tuvieron familias e hijos que alimentar, pero ahora, impulsados por sus instintos animales de devorar carne, amenazaban mi vida.
Sin vacilar, hundí el destornillador en la frente de una de las criaturas y se desplomó en el suelo. Después de asegurarme de que estaba muerta, levanté la mirada hacia la puerta y vi otra de ellas. Antes de que pudiera alcanzarme, un disparo atravesó el costado de su cabeza. En ese momento, un hombre vestido con uniforme militar y sosteniendo un fusilme gritó que lo siguiera.
Mientras lo seguía, pisando los cuerpos esparcidos, vi un gran camión militar estacionado cerca. El hombre que me había indicado que lo siguiera se encontraba en la parte trasera del camión, extendiendo su mano, indicándome que la tomara.
Dirigí una rápida mirada hacia la calle y noté una docena de esas criaturas acercándose a toda prisa, También venían otras personas que intentaban huir. En ese instante, me percaté de que el camión se ponía en marcha. Un escalofriante terror me invadió y me lancé a correr para alcanzar la mano del hombre.
A medida que avanzaba, el sonido ensordecedor de las balas cortaba el aire. Los militares del camión intentaban cubrirme. Podía sentir cómo impactaban en las criaturas que se encontraban a pocos metros de mí. En más de una ocasión, sentí sus manos rozar antes de caer abatidas. Seguí corriendo, sin apartar la vista de la mano extendida del hombre, quien con una enorme fuerza me jaló y me subió al camión.
Mientras el camión avanzaba, noté cómo las calles estaban repletas de esas criaturas infernales, atacando sin distinción. Las mujeres y los niños eran devorados en las calles, para luego convertirse y atacar a los demás. Los pocos policías que seguían con vida caían como moscas ante las interminables hordas de infectados que corrían por las calles. Fue horrible presenciar todo ese caos.
Me sentí afortunado de haber sido rescatado. Estoy seguro de que, si ellos no hubieran aparecido, estaría muerto o, aún peor, me habría convertido en una de esas criaturas. Logré soltar unas pocas palabras, expresando mi gratitud por haberme salvado. El hombre se mostró reservado. Movió la cabeza indiferente, dando una ligera señal de aceptación a mi agradecimiento. Aparentaba tener alrededor de cuarenta años,con los ojos cansados y un aspecto de no haber dormido bien en días. Pensé que me preguntaría mi nombre o algo más, pero guardó silencio.
Para romper ese silencio, le pregunté hacia dónde nos dirigíamos. Me miró y, tras un leve suspiro y lo que parecía ser una sonrisa, clavó su mirada fría y, sin esperanzas, dijo:
—Solo estamos tratando de alejarnos lo más posible de la ciudad. Todo es un desastre y, hasta donde sabemos, no hay lugares seguros. No queda mucho por hacer.
Después de escuchar esas palabras, todas mis esperanzas e ilusiones de que esto acabara pronto se desvanecieron.
Después de media hora de viaje, nos habíamos alejado del centro y del caos que se propagaba. Aún se escuchaban disparos a lo lejos, mientras los autos transitaban frenéticamente y algunos helicópteros sobrevolaban la distancia. Nos adentramos en una zona industrial desconocida, con imponentes galpones y fábricas a lo largo de la carretera. Afortunadamente, no parecía haber muchas de esas criaturas, quizá se habían dirigido hacia el centro debido al caos. Hasta ese momento, no era plenamente consciente de la verdadera gravedad de la situación. Apenas habían pasado unas horas desde que comenzara este infierno.
Recuerdo la primera vez que escuché sobre algo extraño que estaba sucediendo. Fue ese mismo día, temprano por la mañana, mientras estaba recostado sobre la cama viendo la televisión junto a mi esposa. Estábamos reproduciendo una de sus series favoritas, aunque a mí no me atraía mucho la trama de los romances entre doctores mientras pasaba un caso clínico en segundo plano. Sin embargo, estar con ella me hacía feliz, y eso era lo importante.
De repente, recibió una videollamada de su hermana, que trabajaba como enfermera en el hospital regional. Estaba asustada, nos contaba que había escuchado gritos inusuales, diferentes de los que provenían de mujeres embarazadas o de pacientes doloridos. De sus propios colegas. Había llegado un gran número de guardias y algunos policías, cerrando todos los accesos y confiscando los teléfonos celulares. No entendíamos qué estaba sucediendo, pero sabíamos que era algo grave. Mi esposa intentó hablar con ella, pero suponemos que la encontraron y le quitaron el celular. Rápidamente, debimos responder a la situación.
Antes de que pudiéramos siquiera discutir entre nosotros lo que había ocurrido, nuestros amigos comenzaron a escribirnos. Todos los mensajes tenían algo en común: algo malo estaba sucediendo. Las sirenas sonaban por todas partes y en las noticias hablaban de actos de violencia generalizada y movilización urgente de los equipos antidisturbios. Aún no se entendía bien qué estaba sucediendo.
Sintonizamos un canal de noticias, donde varios reporteros se encontraban en algún hospital del país tratando de explicar lo que estaba ocurriendo. De repente, muchos policías con trajes de protección, similares a los que se usan en las manifestaciones, corrieron en una dirección. También se escucharon disparos de escopeta, y un camión lanzaagua disparó ráfagas hacia la puerta de una clínica. Tanto el reportero como las demás personas presentes no entendían nada.
Recibimos otro mensaje de la hermana de mi esposa.
—Están disparando a todos: a los pacientes, a los enfermeros, médicos, a todos. Tengo miedo.
Javiera, mi esposa, la llamó de inmediato, y nos quedamos en silencio mirando el celular mientras marcaba. Una, dos, tres, cuatro veces sonó, hasta que la llamada se cortó. Llamó nuevamente, pero esta vez apareció el mensaje de que las líneas estaban ocupadas. Por un instante, mi esposa y yo nos quedamos en silencio. El sentimiento de incertidumbre y confusión era abrumador.
Momentos después, le dije que debía guardar algunas cosas, que teníamos que irnos. Javiera solía ser alguien tranquila, que acompañaba todo con una sonrisa. Siempre creía que las cosas podrían arreglarse, siempre se tomaba todo con calma, pero esa tarde su preocupación era evidente. Su sonrisa se había desvanecido por completo.
Una vez que terminamos de empacar algunas cosas en la parte trasera del auto, tomamos la decisión de dirigirnos a las afueras de la ciudad, a la casa de mi madre. Allí encontraríamos a nuestros hijos, Dante y Andrés. Andrés, el mayor, tenía diez años, mientras que Dante apenas contaba con cuatro. Ambos compartían esa envidiable sonrisa de su madre. Me alegró saber que en el momento en que todo comenzó ellos estaban en un lugar seguro.
Durante los pocos minutos que pasamos por las calles, las sirenas policiales sonaban constantemente y varias patrullas pasaban junto a nosotros. Además de los vehículos, también pude ver varios helicópteros y no era algo extraño, ya que nuestra ciudad albergaba una base aérea con numerosos helicópteros y aviones.
Avanzamos varias cuadras hasta llegar a una zona un poco más comercial, donde nos encontramos con un bloqueo policial y varios vehículos detenidos. Nos sentíamos bastante nerviosos. Bajé del auto para hablar con alguien, e intentar averiguar qué estaba sucediendo, pero apenas me acerqué, escuché a la gente discutiendo. No entendí los gritos, pero lo único que capté fue que debíamos regresar a nuestros hogares. Antes de que pudiera dar media vuelta, todos nos quedamos sorprendidos, porque uno de los policías disparó al aire.
—¡Todos deben regresar inmediatamente a sus hogares! Es una orden —dijo el policía mientras bajaba el arma y la volvía a guardar en su cinturón.
El silencio se extendió por toda la calle que se llenó de personas. Una vez de regreso a mi auto, le expliqué a Javiera que debíamos buscar otro camino. Ella no prestó mucha atención, ya que estaba hablando por teléfono, probablemente con mi madre. Le decía que se quedara adentro, que no saliera, que le quitara los celulares a Dante y Andrés, y que no se preocupara porque nosotros estábamos en camino. Justo cuando algunos de los autos que se habían estacionado detrás de nosotros se movieron escuchamos fuertes gritos.
Bajé un segundo del auto y levanté la mirada sobre unos vehículos. Logré ver cómo una persona saltaba sobre una mujer y la mordía en todas partes. Hubo un enorme silencio mientras aquella mujer era mordida y golpeada por otro. Uno tras otro, los violentos golpes caían sobre el rostro. Su cabeza rebotaba en el concreto y, cuando perdía sus fuerzas, el hombre se balanceaba sobre su torso para morderla y sacarle grandes pedazos de carne que ni siquiera devoraba. Una y otra vez repitió esto, golpe tras golpe y violentas mordidas.
La pobre mujer intentaba levantar sus manos hacia la gente, como pidiendo ayuda, pero nadie reaccionaba. Era horrible. Los policías dispararon contra el hombre mientras las personas miraban incrédulas lo que estaba sucediendo. Algunos se alejaron y se subieron a los autos, mientras otros se quedaban alrededor. Debieron de creer que ya habían matado al hombre, porque cesaron de disparar. Pero bastó un solo segundo para que el hombre se diera vuelta y se balanceara sobre otro.
Los policías volvieron a abrir fuego contra él, pero aparecieron otras personas desde las calles. Todas corrían y se balanceaban sobre las demás. El caos reinaba. Un auto intentó huir, pero mientras iba en reversa chocó contra un poste de luz, provocando el corte de energía en las calles cercanas.
Una vez en el volante, quedé procesando todo lo que acababa de suceder. Luego me apresuré a salir de ese lugar, pero los autos que estaban detrás tardaban en moverse. Javiera no dejaba de gritarme que nos fuéramos. Logré dar marcha atrás y tomar algo de velocidad. Mientras nos alejábamos veía cómo las personas corrían a mi alrededor, perseguidas por esas criaturas. Entonces debí haber chocado o algo por el estilo. No recuerdo con claridad lo que sucedió.
Aún seguía oyendo los gritos y los disparos, la gente corriendo y golpeando los autos al pasar. Pero, sobre todo, aquel momento en el que el hombre golpeaba una y otra vez la cabeza de aquella mujer con sus enormes manos, sus gemidos y débiles intentos de pedir ayuda se había quedado grabado en mi mente. Desperté un par de horas después, con un fuerte golpe en la cabeza.
—Javiera, ¿estás bien? —pregunté, apenas reaccionando.
Sin embargo, un silencio acompañado de las sirenas policiales que aún sonaban me hizo mirar hacia el lado donde debía estar mi mujer. La puerta estaba abierta y el asiento vacío. Un sentimiento de angustia heló mi cuerpo. Estaba mareado e intentaba recordar qué había sucedido, pero solo tenía breves imágenes en mi mente. No podía concentrarme. Abrí la puerta del auto y bajé, sintiéndome adolorido. Me di cuenta de que era muy tarde y la oscuridad dificultaba la visibilidad, aunque las luces de los autos de policía iluminaban un poco. No estábamos muy lejos del lugar donde había presenciado los disparos. Caminé unos metros junto a los autos abandonados, aún conmocionado por el choque. Observé a mi alrededor, esperando encontrar a alguien, pero la calle estaba vacía. Estuve a punto de gritar para que alguien me escuchara, hasta que noté un líquido oscuro en el suelo. Mi corazón se aceleró. No dije ni hice nada más que respirar profundamente y continuar caminando. Seguí el rastro de sangre hasta llegar detrás de un auto, donde encontré una mano. Por un instante, pensé que era mi esposa tirada en el suelo. Pero no era ella, era una policía con una gran herida en el cuello y una pistola en su mano derecha. Miré a mi alrededor, asustado al ver que no había nadie y, al escuchar disparos en todas direcciones, mi temor aumentó aún más.
Di un par de pasos alejándome del cadáver. Nuevamente, el recuerdo del hombre aplastando la cabeza de aquella mujer volvió a mi mente. Mis manos temblaron. Solo quería desaparecer de ahí. Caminé sin dirección, alejándome de ese lugar. Pero mientras caminaba de un lado para otro, iba encontrando más cadáveres en el suelo: hombres, mujeres, niños... Sangre por todas partes, vidrios rotos, algunos con disparos en la cara, otros con mordidas por todas partes.
Me acerqué a la patrulla, intentando buscar algún policía que pudiera decirme qué estaba sucediendo. Pero la mujer que anteriormente había sido despedazada por esa criatura estaba de pie. Cuando me acerqué, ella velozmente se volteó y me observó. Su labio estaba partido, sus dientes todos rotos y su nariz destrozada. Le faltaban grandes trozos de carne en el torso, su abrigo de lana estaba despedazado, caían espesas gotas de sangre de ella. Me observó y de pronto un escalofriante grito fue acompañado de fuertes espasmos en sus brazos. Entonces corrió hacia mí, y en el trayecto tropezaba con los autos, con los cadáveres, pero, aun así, avanzaba muy rápido. Corrí, pero era muy veloz. De pronto se escuchó un pequeño grito.
—Mamá, mamá… ven, por favor.
Por un segundo lo miré mientras seguía huyendo. Aquella mujer, aquella criatura, se balanceaba contra la ventana del auto donde se escondía el niño que gritaba.
—Mamá, ¿qué haces? Mamá, por favor. Mamá, por favor, para… ¡Tengo miedo! —gritaba el niño dentro del auto, mientras esa mujer golpeaba con sus puños y su rostro la ventana hasta romperla.
