El hilo del collar: Correspondencia - Gustave Flaubert - E-Book

El hilo del collar: Correspondencia E-Book

Gustave Flaubert

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Beschreibung

Gustave Flaubert (1821-1880) es uno de los gigantes de la literatura de los que se ha conservado una cantidad apreciable de la abundantísima correspondencia mantenida a lo largo de su vida con amigos, colegas, amantes y otras relaciones. En su caso, no es descabellado afirmar que ésta es como el hilo del collar que ensarta no sólo toda su vida, sino también su pensamiento y su poética (detalle no menor en alguien que hizo de la escritura su razón de ser) desde su infancia hasta su muerte. Engarzado por un profundo conocedor de la vida y de la obra del autor, este volumen reúne por primera vez en español una selección tan completa como atinada de la integridad de este epistolario, de modo que a través de ella es posible aislar las claves de su experiencia vital, apreciar sus distintas "caras" biográficas y reconocer la imagen de nuestra sempiterna condición humana.

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Veröffentlichungsjahr: 2021

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Gustave Flaubert

El hilo del collar

Correspondencia

Selección y edición de Antonio Álvarez de la Rosa

Índice

Prefacio

Cronología (1821-1880)

El hilo del collar. Correspondencia

1. La misma idea fija: ¡escribir! (1833-1845)

2. Tres muertes y un terremoto llamado Louise Colet (1846-1848)

3. El sueño de un viajero y el aterrizaje en la literatura (1849-1850)

4. En la madriguera del oso: el «diario» de Madame Bovary (1851-1856)

5. Banquillo de los acusados y éxito editorial (1857-1862)

6. El ermitaño y el París mundano (1863-1869)

7. «La irremediable barbarie de la humanidad» (1870-1872)

8. La hidra de la idiotez (1873-1876)

9. Epopeya de la estupidez humana (1877-1880)

Créditos

Prefacio

El hilo del collar es una antología que pretende encerrar un océano de cartas en una piscina epistolar, intentar que sean estas un muestrario representativo del pensamiento del autor, de su forma de ver la vida y sus circunstancias históricas, ofrecer las distintas «caras» biográficas, un escaparate, en resumen, lo suficientemente goloso para decidirse a visitar la tienda y hasta la trastienda de su gigantesca correspondencia.

Al entrar en la intimidad epistolar de Flaubert, lo primero que salta a la vista es un espejo literario que nos devuelve sin cesar la imagen de nuestra sempiterna condición humana. Salvo para atender asuntos cotidianos, solicitar una información o concertar un encuentro, es muy difícil encontrar cartas, incluidas las de su niñez y adolescencia, que no contengan, como mínimo, una reflexión de calado.

Esta antología de toda su correspondencia obedece a mi convencimiento de que, además de ser uno de los grandes novelistas del siglo XIX, aún muy vivo, Flaubert es un pensador. De hecho, y como comprobará el lector, a sus dieciocho años ya se lo anuncia a su amigo Ernest Chevalier: «Si alguna vez tomo parte activa en el mundo, será como pensador y como desmoralizador». Incluso cuando comenta la actualidad, consigue bucear por debajo de las marejadas de su tiempo, porque intuyó muy pronto que la ficción es el mejor mirafondos, si se quiere desvelar la realidad, y que no hay creación sin observación: «Para que algo sea interesante, hay que mirarlo intensamente», le escribió a Alfred Le Poittevin, otro de sus amigos del alma (16.9.1845).

Todo antólogo es, por definición, subjetivo. Pertenezco a la cofradía de los flaubertianos desde hace, más o menos, medio siglo. ¿Por qué no quedé atrapado en otra red literaria? Sin duda, interviene el azar, pero supongo que también la necesidad. Creo que fue la Correspondencia de Flaubert lo que hizo que se me fueran agrandando los ojos de la admiración y de la afinidad. Lo recuerdo porque empecé a recomendar la lectura de esas cartas y, acto seguido, añadía, más o menos literalmente: «Hay que leerlas cuando esté uno emocionalmente equilibrado, cuando la vida te sonría o, al menos, no te abronque, porque Flaubert te mete en el fondo del barranco de la condición humana». Quería decir, en síntesis, que me había sumergido en un mar de reflexiones, enaltecedoras de la Belleza, por una parte, pero pesimistas y lúcidas con mucha frecuencia, poco esperanzadas respecto a la mejoría de la condición humana en el contexto de una sociedad como la suya que idolatraba el becerro de oro del Progreso. Al leer sus miles de páginas, por un lado, contemplaba la belleza del Arte y, por otro, la maldad de sus y de mis congéneres, los tiburones bípedos, la bêtise (estupidez) de siempre y el tópico, gusanos minadores de nuestra inteligencia.

Con los escritores que nos acompañan durante muchos años o, mejor dicho, con aquellos a los que no dejamos ni a sol ni a sombra, enmudecidos o hablándoles, tenemos más conversación que con la mayoría de nuestros prójimos y próximos. Aunque discutas o dialogues con Flaubert, nunca te deja el mal sabor de la derrota dialéctica ni el gustazo de la victoria. No tienes la sensación ni de vencido ni de vencedor. (Es como amistarse con su admirado Montaigne: siempre será superior el agradecimiento por haber podido participar en un diálogo entre siglos.)

He leído tantas biografías de Flaubert, las más de cuatro mil cartas contenidas en la edición de La Pléiade, sus escritos de juventud y de viajero, tantos ensayos y diccionarios sobre su obra y su vida que, en muchas ocasiones, he tenido la impresión de estar a su lado, mirándole escribir, oyéndole gritar sus frases recién salidas del horno de sus plumas en el mítico gueuloir (gritadero), espacio doméstico –destruido más tarde por la piqueta inmobiliaria– en el que practicaba algo muy evidente: las frases mal escritas no resisten la oralidad, tonitronante en el caso de Flaubert: «Son las 2 de la mañana. Creía que era medianoche. Estoy extenuado por haber vociferado toda la noche mientras escribía. Es una página que será buena, pero que no lo es» (a Louise Colet, 21.3.1853). Como un voyeur libidinoso, incluso me he escondido tras las cortinas de algún burdel u hotelito rural, tratando de comprobar si no exageraba la fama de su motor amatorio. Le he acompañado, sobre todo, en su viaje por el Oriente Próximo, sin perderme, por supuesto, sus trajines eróticos con la famosa cortesana Kuchuk Hanem al sur de Luxor, en Esna, ciudad en la que el gobierno egipcio (1850) concentró a las prostitutas, convirtiéndola en un centro de atracción turística. Nada nuevo bajo el sol político, por cierto. He asistido como comensal –con derecho a mirar, pero no a comer– a algunos de sus encuentros mensuales en Magny, el restaurante parisino en el que se reunían un par de veces al mes cabezas tan preclaras como Renan, Sainte-Beuve, Turguénev, Flaubert o Berthelot. En una ocasión pude conocer a George Sand, la única mujer que participó en esas famosas cenas en las que se hablaba, por supuesto, de literatura, pero también, y mucho, de política, de religión y ¡cómo no! de experiencias sexuales.

Escribir fue su verdadera razón de ser y de existir. Fue consciente del rostro de su destino –certera metáfora de Borges al calificar la importancia de la correspondencia de Flaubert–, porque él mismo se definió, recién cumplidos los treinta, como «un hombre-pluma» (a Louise Colet, 31.1.1852). Cuando, con ojos de antólogo/biógrafo de ocasión o, simplemente, con la mirada del amigo y admirador, uno observa la coherencia como columna vertebral de la vida, se da cuenta de que esa es una de las grandes virtudes de Flaubert. No digo que no haya contradicciones en la suya, pero creo que son peccata minuta comparadas con el hormigón de su existencia. Además de rastrear todo lo que se mueve a su alrededor, el radar del novelista no se pierde a sí mismo de vista. Por ello y desde muy joven, su correspondencia registra esa sístole-diástole, la necesidad de sentir los latidos de la realidad y, casi al unísono, bombear la sangre de los sueños, de los deseos, la imaginación volando mientras el cuerpo sigue en la tierra, sumergirse en la ficción, en la suya y en la de los demás: una forma de aceitar el óxido de la cotidianidad.

Para cualquiera que sienta la necesidad de adentrarse por los tortuosos caminos de la creación, incluso aunque no sean literarios, entre otras recomendaciones no debe faltar la lectura de esta correspondencia, el vía crucis doloroso y gozoso de la escritura, la convicción sostenida sin desaliento de que no hay fondo sin forma. Quizá basten estos dos ejemplos. Cuando está a punto de comenzar la escritura de Madame Bovary, ya es consciente de que todo depende del plan trazado. Así se lo hace saber a Louise Colet mediante una metáfora que utiliza con frecuencia: «Hablas de perlas, pero las perlas no forman el collar, es el hilo» (31.1.1852). Casi treinta años después, formula la misma convicción, pero de forma diferente: «Ni los alhelíes ni las rosas son interesantes en sí, lo único interesante es la manera de pintarlos» (a Huysmans 7. 3.1879).

Para empezar, conviene utilizar la escoba antitópicos. Más acá de estar considerado como uno de los grandes novelistas del siglo XIX, el autor de Madame Bovary pasa por ser una especie de apolítico, de burgués no comprometido, de mandarín en el cielo de su torre de marfil, además de un sempiterno gruñón, incluso de un antisistema, diríamos hoy. ¡Ay las ideas recibidas, les idées reçues, como decía él mismo! Si Hugo fue un humanista, un idealista, cuasi un utópico, convencido de ser un faro para el pueblo, Flaubert fue su antítesis: un pesimista lúcido que, en todo caso, creyó en el ser humano individual, pero no, desde luego, en la masa, un convencido de que podemos conocer la condición humana, pero no cambiarla, que el ayer es el hoy menos sus circunstancias.

Se puede editar una antología de la correspondencia de Flaubert por temas, por cada uno de los temas constantes, quiero decir, que aparecen en las 4.488 cartas consultables en la edición electrónica de la Universidad de Ruán, dirigida por Yvan Leclerc y Danielle Girard, único formato para hacer accesible tanta complejidad de contenido y de continente. Dicho sea de paso, las cartas encontradas y publicadas solo son una parte de todas las que escribió y envió. Entre muchísimas otras, fueron destruidas o desaparecidas las cartas a Juliet Herbert, la institutriz inglesa, amante secreta, quizá el único y gran amor de Flaubert. Darían para más de una docena de temas. Por ejemplo, sobre el amor, no como estrella rutilante de la existencia, pero sí el erotismo como mostró con maestría en Madame Bovary; la educación como reflejo del poder constituido; la literatura, el arte y la lectura como tablas de salvación; la muerte como corolario de la vida; la estupidez humana y los tópicos, nuestras piedras de Sísifo; la religión o, mejor dicho, su desprecio por las Iglesias; la masa y su aversión hacia la Inteligencia y la Belleza o el burgués, prototipo de la necedad; la mujer como «la Ojiva (sic) del infinito»; la ciencia y la importancia de «no concluir» son, entre otros, asuntos que aparecen con regularidad, dependiendo, claro, de los avatares biográficos de su autor.

Flaubert nació en 1821 y, por lo tanto, cumple ahora su bicentenario, fecha más que oportuna para celebrar la frescura de su savia literaria y la permanente hondura de su pensamiento. El hilo del collar pretende ser la primera antología en español capaz de rezumar la esencia de sus casi 4.500 cartas conocidas. No es esta una edición académica. En este sentido, además de la reciente y ya citada edición electrónica de la Universidad de Ruán, me ha acompañado siempre la de la editorial Gallimard en su colección/santuario literario de La Pléiade, realizada por Jean Bruneau en sus cuatro primeros tomos y por Yvan Leclerc en el quinto y último. En España, salvo un banco o poderosa institución filantrópica, no hay editorial que se atreva a publicar seis mil páginas que contienen no solo todas las cartas encontradas y muchas de las de sus corresponsales más relevantes que ayudan a entender las del novelista (las de Louise Colet, George Sand o Maupassant, entre otros), sino también millares de notas, aclaraciones onomásticas y demás detalles de una edición crítica, minuciosa y, quizá, insuperable.

El hilo del collar trata de ser una invitación a reconocer entre sus páginas el conjunto de reflexiones que, incluso sin saberlo, llevamos en la mochila de nuestro tiempo, un repertorio de pensamientos y de observaciones que pueden servir para conocer(nos) mejor. También en este mismo sentido, y aun siendo consciente del delito de apropiación indebida, en algunas ocasiones he optado por encerrar entre paréntesis y puntos suspensivos las frases y párrafos que he estimado, con perdón, irrelevantes para los objetivos mencionados, pero sin caer en la trampa de los selectos florilegios.

Flaubert es un novelista clásico, pasto de miles de investigadores en todo el mundo, un escritor «de culto», mayoritario para una minoría. En su faceta de novelista, siempre a la búsqueda de la impersonalidad del creador, desde muy pronto fue consciente de su papel, como muestra en una carta a su querido Alfred Le Poittevin, enviada desde Génova. Tras una magnífica y hasta sensual descripción de esta ciudad, le espeta: «Todo esto no es para nosotros. Estamos hechos para sentirlo, para decirlo, pero no para tenerlo» (1.1.1845). En su atalaya de observador pensante tiene un olfato intuitivo, capaz de otear por encima del esmog social en suspensión, como se irá viendo desde las cartas precoces hasta las de sus últimos días. De ahí que esta edición busque facilitar el acceso a su vida y al conjunto de su obra epistolar. Por ello, las cartas aparecen ordenadas cronológicamente y por etapas o capítulos de su existencia. En cada una de las introducciones que anteceden a esos periodos, a su correspondiente lote epistolar y, en muchas ocasiones, a cartas concretas, he pretendido que el lector pueda hacerse una idea de lo más relevante de su biografía, conocer sucintamente a cada uno de los aludidos, desde los amigos hasta las amantes, desde las amigas hasta los admiradores, conocidos y personajes sociales de turno, pinceladas todas que, como migas en el sendero, solo buscan señalar los mojones biográficos de Flaubert y evitar, en la medida de lo imposible, que el lector se distraiga de lo esencial.

Cronología (1821-1880)

1821

El 12 de diciembre nace Gustave Flaubert en el Hospital de Ruán en el que su padre, Achille-Cléophas, era cirujano jefe y en el que vivía su familia, compuesta por su madre, Anne Justine Caroline Fleuriot, por su hermano Achille, nacido en 1813, y por Caroline, la hermana pequeña (1824).

1834

En el Collège Royal de Ruán conoce a Louis Bouilhet, más adelante el amigo esencial, íntimo.

1836

En un veraneo en Trouville conoce a Élisa Foucault que, tras casarse, se convertirá en Élisa Schlesinger, un primer y fulgurante amor que nunca desaparecerá de su vida.

1837

Picotea, literariamente hablando, en los más diversos géneros. Escribe, sobre todo, Memorias de un loco (1838), relato autobiográfico, y Smarh, viejo misterio (1839), lejano antecedente de La tentación de san Antonio.

1840

Como premio por obtener su título de bachiller, viaja por el sur de Francia. Conoce en Marsella a Eulalie Foucaud: breve, pero fogosa relación.

1841-1842

Estudia Derecho en París, escribe Noviembre, relato también autobiográfico, y se relaciona con las familias Pradier, Collier y Schlesinger.

1843-1845

Entabla amistad con «el barón Maxime Du Camp». Primera redacción de La educación sentimental. Enero de 1844 es una fecha clave. Una crisis nerviosa –epiléptica al parecer– le obliga a abandonar los estudios y a instalarse en Croisset, cerca de Ruán. Su hermana Caroline se casa con Émile Hamard en 1845.

1846

Mueren su padre y su hermana Caroline, que había dado a luz a una niña a la que bautizarán con el mismo nombre. Ese mismo año, su hermano Achille es nombrado cirujano jefe del Hospital de Ruán. A finales del mes de julio conoce a Louise Colet y se convertirán en amantes.

1847

El resultado literario de tres meses de viaje en compañía de Maxime Du Camp, sobre todo por Bretaña y Normandía, se titulará Por los campos y por las playas.

1848

Flaubert callejea por París durante la Revolución de febrero. Redacta la primera Tentación de san Antonio. En marzo, se produce la primera ruptura con Louise Colet, y en abril fallece Alfred Le Poittevin, su mejor amigo.

1849-1851

Cuando lee La tentación de san Antonio a sus amigos, Bouilhet y Du Camp le aconsejan que la tire al fuego. Del 29 de octubre de 1849 a junio de 1851 viaja a Oriente con Du Camp. A su regreso, reanuda su relación con L. Colet. El 19 de septiembre de 1851 comienza a escribir Madame Bovary.

1851-1856

Ruptura definitiva con L. Colet (3.3.1855). Entre el 1 de octubre y el 15 de diciembre de 1856 se publica por entregas Madame Bovary en la Revue de Paris. Entre la guarida de Croisset y diversos domicilios en París transcurre su vida durante estos años.

1857

Durante los meses de enero y febrero se desarrolla el proceso y la absolución tras la querella contra la publicación de Madame Bovary. Tras el escándalo, la fama y un gran éxito de ventas.

1857-1862

Comienza a escribir Salambó. A mitad de 1858, viaja a Túnez y a Argelia para documentarse. Esta novela se publicará a finales de 1862 y se convertirá en una moda y también en un éxito comercial. Flaubert ya es famoso y se relaciona con algunos de los grandes escritores.

1863

Comienza su relación epistolar con George Sand y con Iván Turguénev.

1864-1869

Escritura de La educación sentimental. Se publicará el 17 de noviembre de 1869 y, desde el punto de vista de la mayoría de los críticos, es un fracaso. La muerte de Louis Bouilhet unos meses antes fue un mazazo sentimental para Flaubert.

1870-1872

Etapa muy sombría de su vida: los soldados prusianos instalados en su casa de Croisset; la muerte de su madre. Termina La tentación de san Antonio y se entrega al estudio y a la escritura de Bouvard y Pécuchet.

1873-1874

Escribe Le candidat, una comedia en la que critica a los políticos de su tiempo. Será muy poco representada y se editará. Aparece la versión definitiva de La tentación de san Antonio.

1875-1877

La ruina económica de Commanville, el marido de su sobrina, acarrea la suya. Como un oasis artístico, compone los Tres cuentos, obra que será muy bien acogida. Previamente (10.6.1876), llora la muerte de George Sand. Reanuda la escritura de Bouvard y Pécuchet.

1878-1880

A regañadientes, se ve obligado a aceptar una sinecura en la Biblioteca Mazarine a partir de julio de 1879. Muere en Croisset (8.5.1880) de una hemorragia cerebral.

El hilo del collar

Correspondencia

1. La misma idea fija: ¡escribir! (1833-1845)

Antes de saber leer, Flaubert escuchaba historias y leyendas. De ahí que, subido sobre la voz del señor Mignot, el abuelo de su amigo Ernest Chevalier, viajara con Don Quijote y con Sancho Panza por los caminos de Cervantes. Y del oído del imaginario infantil a la pluma y al tintero. Es tal su precocidad de lector que, a los nueve años, le escribe a Ernest Chevalier (1.1.1831): «Si quieres asociarnos para escribir, yo escribiré comedias y tú escribirás tus sueños y como hay una señora que viene a casa de papá y que siempre nos cuenta tonterías yo las escribiré». Un año después (15.1.1832) aparece el castellano personaje novelesco que le acompañará toda su vida, además de los normales errores ortográficos y sintácticos en francés, que limpio un poco en mi traducción: «Tomo notas sobre don quijote y el señor mignot dice están muy bien» (15.1.1832). Hermanadas ya la lectura y la escritura, no volverán a separarse, porque se pasó la vida sobre todo entre esas cuatro paredes. En contra de una cierta leyenda negra que retrata a un niño de escasas luces, Flaubert comienza a cimentar su vocación literaria a los 10 años.

Nació hace doscientos años y su vida y obra participaron de la tarea titánica que consiste en condensar la historia del siglo XIX en el recipiente de la literatura. Escuchó desde la atalaya –en su caso, desde una torre de marfil– el estrépito ideológico que produjo, durante todo un siglo, el choque social y político enmarcado, como afirma Michel Winock, «en el gran siglo de la transición democrática en Francia», desde la batalla de Waterloo hasta la Primera Guerra Mundial, etapa en que la historia cambió la velocidad del caballo por la de la aviación.

Gustave nace el 12 de diciembre de 1821 en la vivienda que ocupaba la familia en el Hospital de Ruán, dirigido por su padre, un prestigioso cirujano cuya bonhomía y entorno médico estarán, por cierto, muy presentes en la vida y la obra de Flaubert. Entre Achille, su hermano mayor –heredero del cargo y la fama del padre–, y la hermana, su adorada Caroline, fallecida muy joven, Gustave goza de una infancia ensoñadora y enfurruñada, incubando lo que Sartre etiquetaría como «el idiota de la familia». En 1850 y en el curso de su viaje por Oriente le escribe a su madre: «Sabes que las primeras impresiones no se borran [...] Cuando me analizo, las hallo en mí, aún frescas y con toda su influencia [...]. El lugar del viejo Langlois, el del tío Mignot, el de Don Quijote y el de mis ensoñaciones infantiles en el jardín, junto a la ventana del anfiteatro». Ecos de una niñez entre los muros de un hospital, a medio camino entre la ciencia y la superstición, entre las monjas y la medicina académica, entre los restos del siglo XVIII y el naciente positivismo del siglo XIX. Con cierta frecuencia, rememora esas impresiones chocantes de su infancia. En este caso, a Louise Colet: «Son buenas impresiones para tenerlas de joven; virilizan. ¡Qué extraños recuerdos de ese tipo! El anfiteatro del Hospital daba a nuestro jardín. ¡Cuántas veces no habremos trepado, mi hermana y yo, al emparrado y, colgados de la viña, mirado con curiosidad los cadáveres amontonados!» (7.7.1853).

Ruán, por cierto, tiene todo que ver en mi relación con Gustave Flaubert. Allí, en esa ciudad medieval y moderna de Normandía, trabé con él una amistad y una admiración que se mantienen desde hace ya más de medio siglo. En los aledaños de su catedral, tan imponente y tan maravillosamente retratada por los pinceles de Monet, en aquel Lycée Corneille –el Collège Royal del estudiante Flaubert–, donde estaba iniciándome como profesor, empecé a familiarizarme con el hijo más ilustre de esa ciudad –además de ignorado por la mayoría, el más criticado en vida, como demasiadas veces ocurre–, con el novelista que no solo inauguró una nueva etapa en la forma de novelar, sino también en nuestra manera de ver el mundo.

A los once años entra en el susodicho Collège Royal de Ruán, cantera educativa en aquella época de la burguesía ruanesa. Buen alumno, sobre todo en Historia y Literatura, en sus cartas y apuntes literarios de esos años, claramente autobiográficos, aparecen ya la misantropía, el odio por la comedia social que ve a su alrededor y el término bêtise (estupidez). Tiene claro que, para convertirse en escritor, primero tendrá que calcificar su esqueleto lector: sobre todo Cervantes y Don Quijote, Rabelais, Montaigne y, pocos años después, Shakespeare y otros clásicos como Racine, Calderón, Lope de Vega.

Los recuerdos de su etapa de estudiante y del internado correspondiente están empañados por la tristeza. La mayoría de los docentes, entre ellos Magnier, le aburren. Unos pocos no, como Chéruel, su profesor de Historia. Otro, Gourgaud-Dumazon, incluso fue su luminaria y mantuvo con él una relación amistosa y epistolar. A los 21 años, mientras realiza sus fallidos estudios de Derecho en París, le escribe una carta (22.1.1842), una especie de llamada de socorro, un resumen, a los 21 años, de su obsesión por escribir: «Lo que recuerdo a cada minuto, lo que me quita la pluma de las manos si tomo notas, lo que me aleja del libro si leo, es mi viejo amor, es la misma idea fija: ¡escribir! Por eso, no hago gran cosa, aunque me levante muy temprano por la mañana y salga menos que nunca [...] He llegado a un momento decisivo: hay que retroceder o avanzar, en eso consiste todo para mí. Es una cuestión de vida y de muerte». Le anuncia, incluso, que pronto le hará llegar algo de Noviembre, «ese guisote sentimental y amoroso», posiblemente la mejor de sus obras juveniles. Poco antes, ¡a los 18 años!, ya le había escrito a Chevalier una larga carta iluminada por la envidia –pensaba que su amigo vivía en medio de una continua francachela– y ensombrecida por las preguntas sobre el futuro en general y sobre el suyo como escritor. En ella le anuncia que ha comenzado a escribir Smarh, viejo misterio, esbozo de lo que será La tentación de san Antonio.

Aparecen en su existencia dos personas que acabarán ingresando en el sanctasanctórum de la amistad. En la seriedad y en la farsa, Louis Bouilhet y, algo más adelante, Alfred Le Poittevin serán cómplices vitales, amatorios, literarios. Entre otras cosas, a esa edad juvenil inventan ya el personaje del «Garçon» («Muchacho»), fuente de frases malsonantes contra la estupidez burguesa, una de las maldiciones de nuestra humana condición, según repitequeará Flaubert en cientos de cartas.

Por fin, tras las consabidas angustias académicas y demás sinsabores disciplinarios, Flaubert obtiene su diploma de bachiller en 1840. Eso le permite viajar por el sur de Francia y por la isla de Córcega, incluso con el apoyo paterno: «Mira, observa y anota: no viajes como un tendero o un agente comercial», le escribe (29.8.1840). ¡Viajar, uno de los grandes sueños del siglo XIX! Acompañado, eso sí, de una triple «carabina»: los Cloquet, un colega de su padre y esposa, además de un sacerdote italiano. Soporta ese contexto más bien tristón a cambio de la alegría que le supone poder abandonar Ruán y su negrura provinciana. El relato de ese viaje, escrito a los 19 años, es un buen anticipo a cuenta de su madurez como narrador. En el camino de regreso y por una afortunada circunstancia, Flaubert se queda solo con el médico y se alojan en Marsella en el hotel de Richelieu. ¡Ahí le fulmina el rayo sexual! Conoce a Eulalie Foucaud, una espléndida criolla, que a su vez queda subyugada por la belleza de Flaubert. Las largas cartas escritas a esta mujer se han perdido o fueron destruidas. Solo algunas de ella han llegado hasta nosotros. Sin embargo, todo o casi de lo que contenían las suyas, llenas de ardor amoroso, se resume en una carta a Louise Colet, escrita más adelante (7.8.1846): «A los 18 años, a mi vuelta del sur, escribí durante seis meses cartas parecidas a una mujer a la que no amaba. Lo hacía para forzarme a quererla, para practicar un estilo serio, y ahora es todo lo contrario, se ha cumplido el paralelismo».

En noviembre de 1841 –un año después de terminar el bachillerato– a Flaubert no le queda más remedio que trasladarse a París y emprender los estudios de Derecho. Hasta entonces, gozó del privilegio de no ser el primogénito de una familia adinerada, es decir, se tomó un «año sabático» antes de decidir su futuro. No se produce un conflicto frontal con la familia, pero Flaubert, más o menos conscientemente, comienza a urdir cómo escapar de la ratonera universitaria. A su amigo Chevalier se lo cuenta con pelos y señales: «Te diré que el jueves próximo me voy a París y me quedaré hasta finales de agosto. Me siento desbordado. Me pides cartas largas, pero soy incapaz, el Derecho me mata, me embrutece, me disloca, me resulta imposible dedicarme a él» (25.6.1842).

En París, en los primeros meses de 1843, vuelve a relacionarse con los Schlesinger, el editor de una revista de música y su esposa a los que había conocido de adolescente durante las vacaciones veraniegas en las playas de Trouville. Así se lo cuenta a su hermana Caroline en una carta (3.12.1843). Le informa asimismo de la estancia en París de Achille, el hermano de ambos, y de Émile Hamard, el novio de ella, con el que se casará en 1845; de la visita a la casa de los Collier, una familia inglesa, y de otra serie de andanzas parisinas. Respecto a los Schlesinger, Flaubert solo busca reproducir los temblores amorosos que, en aquellos días ya algo lejanos, le provocó Élisa, ahora madame Maurice Schlesinger. Ahí está el motor de arranque, el meollo argumental de La educación sentimental. Dieciséis años después, confiesa ese primer gran amor en una carta a Amélie Bosquet (noviembre de 1859): «Todavía soy tímido como un adolescente y capaz de conservar ramos marchitos en los cajones. En mi juventud, amé desesperadamente, amé sin respuesta, profunda, silenciosamente. Noches pasadas mirando a la luna, proyectos de rapto y de viajes a Italia, sueños de gloria para ella, tortura del cuerpo y del alma, espasmos al oler un hombro y súbita palidez ante una mirada, conocí y muy bien todo eso. Cada uno de nosotros tiene una cámara real en su corazón; tapié la mía, pero no está destruida».

Empieza a darse cuenta de que París solo es una ciudad atractiva si se cuenta con dinero. Su asignación mensual solo le permite soñar con el escenario que le describe a E. Chevalier (10.2.1843): [La juventud rica] «corteja a las marquesas o a las meretrices de los príncipes, mientras que el cómico estudiante ama a una dependienta con sabañones en los dedos o folla, de vez en cuando, en un burdel –el pobre diablo tiene sentidos como cualquiera–, pero no con demasiada frecuencia, como yo, por ejemplo, porque cuesta dinero, y cuando ya ha pagado al sastre, al zapatero, al casero [...]».

Además de sus contactos sexuales en los burdeles parisinos, Flaubert frecuenta otros ambientes. Dado su origen familiar y su previa relación en Trouville, se convierte en asiduo visitante de los Schlesinger y trata de utilizarles como trampolín social.

Conoce, por ejemplo, a James Pradier, al que sus amigos apodan «Fidias», escultor, bon vivant y mujeriego, casado con Louise Pradier. Ironías y recovecos de la vida, en una carta a Le Poittevin (17.6.1845) le cuenta: «he reflexionado sobre los consejos de Pradier: son buenos». (Al parecer, sobre la conveniencia de buscarse una amante.) La elegida será, precisamente la esposa del escultor.

En el taller de Pradier conoció asimismo a Victor Hugo, «el Gran Cocodrilo», como le apodaría más adelante. Al enterarse, su hermana Caroline le pide información de primera mano y, entre otras cosas, le escribe: «Ahí estaba, sin embargo, el hombre que más ha hecho palpitar mi corazón desde que nací» (3.12.1843).

Por último, y en esa etapa estudiantil, conoce a Maxime Du Camp, ambicioso y buen relaciones públicas con quien mantendrá una ancha amistad hasta la publicación de Madame Bovary (1857). En medio de ese ambiente estimulante, Flaubert, al tiempo que prepara sus exámenes, comienza la redacción de lo que será la primera versión de La educación sentimental. Trabaja duro, animado por las cartas paternas, pero a contrapelo. Fracaso rotundo, fin de los estudios universitarios y animadversión contra sí mismo y contra toda la sociedad. ¿Cómo salir del atolladero personal, familiar y social?

En enero de 1844, días antes de verse obligado a regresar a París y tratar de reincorporarse a la Facultad de Derecho, acompaña a su hermano a gestionar la compra de un terreno en la costa normanda. Al regresar, Flaubert sufre una serie de convulsiones que su padre diagnosticará como una crisis epiléptica con el consiguiente régimen y enclaustramiento doméstico. Así se lo contará a Louise Colet muchos años después (2.11.53): «Ayer salimos de Pont-l’Évêque a las ocho y media de una tarde tan oscura que no se veían ni las orejas del caballo [...]. La última vez que había pasado por allí, en enero del 44, iba con mi hermano cuando me derrumbé, herido por la apoplejía, en el fondo del cabriolé que guiaba yo y, durante diez minutos, me creyó muerto. Era una noche más o menos parecida. Reconocí la casa en la que me sangró, los árboles de enfrente y, maravillosa armonía de las cosas y de las ideas, en ese mismo momento me adelantó por la derecha un carretero, igual que hará pronto diez años, cuando a las nueve de la noche de repente me sentí arrastrado por un torrente de llamas...».

Su «enfermedad de los nervios» le impide seguir los estudios. Resignado y con el fin de protegerle, su padre adquiere una casa en Croisset, a pocos kilómetros de Ruán y a orillas del Sena. Poco después de morir Flaubert, los Commanville venderán la propiedad de Croisset y la gran casa será inmediatamente destruida. La conocemos muy bien a través de las descripciones de muchos de sus visitantes: Maupassant, George Sand, Zola, los hermanos Goncourt...

El silencio, la tranquilidad y el abrigo protector de su madre amueblan su guarida inexpugnable. En esa misma carta a Louise Colet, cuando regresa de Honfleur, el novelista sintetiza la «poética del espacio» de Gaston Bachelard: «Arde mi lámpara. Aquí están mis plumas. Recomienza así otra serie de días parecidos a los demás días. Recomienzan las mismas melancolías y los mismos entusiasmos esporádicos».

El año 1845 es el preludio de una serie de tragedias familiares. A pesar de una salud muy precaria, su hermana, la querida «vieja ratita», se casa y se irá a vivir a París. La familia organiza un viaje –a Italia, por supuesto– para acompañarla en su luna de miel. Desde Marsella, y en recuerdo de un viaje anterior, realizado en 1840, por Córcega y los Pirineos, le subraya a Alfred Le Poittevin aquellas hazañas amatorias suyas con Eulalie Foucaud (15.4.1845): «En Marsella, no encontré a la excelente tetuda que me hizo degustar tan dulces cuartos de hora», detallado inventario erótico que anotan en su Diario los hermanos Goncourt el 19 de febrero de 1860, tras una conversación con Flaubert. Nada extraño, por cierto, pues era muy corriente, entre los escritores de esa época, vanagloriarse de su balance amoroso.

El cerco familiar quizá sea el causante de un par de crisis nerviosas sufridas por el joven Flaubert durante ese viaje a Italia. Sin embargo, en Génova queda deslumbrado y marcado de por vida cuando descubre y contempla una Tentación de san Antonio, cuadro atribuido a Brueghel el Joven. Daría lo que fuera, le escribe a Alfred Le Poittevin desde Milán, «por comprar ese cuadro que la mayor parte de los personajes que lo examinan seguramente consideran que es malo» (13.5.1845).

De nuevo en la osera, se entrega a estudiar el griego –una forma de apuntalar la base filológica de su escritura–, sigue leyendo a maestros como Shakespeare o Voltaire y acumula notas y ensoñaciones sobre el santo en el desierto. A sus inquietudes y malos presagios se añade la salud de su padre, que, quizá debido a una septicemia, muere a comienzos de 1846.

* * *

Flaubert tiene 12 años, continúa alimentando su pasión por el teatro y, a tenor de los detalles que cuenta sobre la visita del rey Luis Felipe, debía de leer el periódico de Ruán o comentaba literalmente lo que escuchaba en su casa, detalles que, con sintaxis algo enmarañada, le relata a su amigo.

A Ernest Chevalier

Ruán, 11 de septiembre de 1833

Querido Ernest:

No aprovecho la misma ocasión que tú para escribirte porque el criado de tu tío debe marcharse hoy. Esa no es la razón, porque a lo largo del día tendría tiempo para escribirte una carta, pero es que le dijo a Pierre que le llevara la respuesta al abad Motte antes de las siete de la mañana y como no soy muy tempranero no hubiese podido ofrecerte una respuesta honrada antes de las siete de la mañana.

Te he escrito dos cartas y a cambio de esas dos cartas solo me has respondido a una y no mucho. Le dirás a tus buenos padres que es casi seguro que no tendremos el placer de ir a verles, porque mamá ha tenido noticias de Pont-l’Évêque y no son tranquilizadoras. Puedes estar seguro de que si por mí fuera hace ya mucho tiempo que estaría en el seno de tu familia y en los brazos de mi querido Ernest. Me aconsejas que ensaye más, pero no puedo trabajar en las obras si tú no estás, es igual, vivimos, eso es lo principal.

Haré todo lo que pueda para que el teatro esté cuidado. Uno de los hijos del señor Viard me ha dado una idea muy buena para las puertas laterales, se trata de poner unas molduras y, según las pongamos, dará un resultado excelente. Intenta, querido Ernest, venir a verme. Yo, por mi parte, la suerte está echada y no puedo ir a abrazarte. El hombre propone y Dios dispone (como dice Delamier al final de la primera escena de la obra titulada El romanticismo lo impide todo).

Luis Felipe está ahora con su familia en la ciudad que vio nacer a Corneille. Qué estúpidos son los hombres, qué limitado el pueblo... Correr por un rey, votar que 30.000 francos sean para las fiestas, contratar por 3.500 francos a unos músicos de París, tanto esfuerzo ¿para qué? ¡Por un rey! Hacer cola en la puerta del espectáculo entre tres y ocho horas y media ¿para qué? ¡Por un rey! ¡¡¡Ah qué estúpido es el mundo!!! Yo no he visto nada, ni revista, ni llegada del rey, ni a las princesas, ni a los príncipes. Anoche sí salí para ver la iluminación, y eso porque me regañaron. Adiós, mi querido Ernest, intenta venir porque yo no puedo. Adiós.

Abraza a todo el mundo. Contesta y escríbeme una carta al menos tan larga como la mía. Adiós, mi querido amigo, el tuyo hasta la muerte.

G. Flaubert

[ilegible] sobre el cual tu nombre y el mío están escritos [ilegible] enteros

Gustave

Flaubert

Ernest

Chevalier. Así.

——

Vivió interno en el Collège Royal durante seis años, hasta 1838, en que pasa a ser externe libre. Tuvo la suerte de tener algún que otro maestro ejemplar. Por ejemplo, Chéruel, discípulo de Michelet, fue su profesor de Historia, afición que mantendría toda su vida. Odia, sin embargo, a Magnier, su profesor de Retórica.

A Ernest Chevalier

Ruán, 24 de febrero de 1839

¡Buena y alegre existencia la tuya! Vivir al día sin preocuparte del mañana, sin dudas ni temores, sin esperanzas ni sueños, vivir una vida de amores retozones y de vasos de aguardiente de cerezas. Una vida desvergonzada, fantástica, artística, movida, que brinca y salta, una vida que se fuma y se embriaga en sí misma. Bailes de máscaras, restaurantes, champán, copas, chicas alegres, amplias volutas de tabaco, por ahí es por donde andas, buscas, gastas tus días ¡qué bien, qué demonios! El viento te empuja, te guía el capricho, pasa una mujer y la sigues, oyes música y te pones a saltar, a bailar, a chismorrear, a manosearte. Y después ¡la orgía! ¡la orgía desmelenada!, ¡aullante!, ¡vociferante!, ¡mu­gien­te! (Aquí un poema sobre la orgía desmelenada, y no sigo). Vas a vivir así durante tres años y no dudes de que serán los más bellos, los que añoraremos incluso cuando nos hayamos vuelto sobrios y astutos, habitemos en el principal, paguemos las contribuciones y lleguemos a creer en la virtud de una mujer legítima y en las sociedades antialcohólicas. ¿Y tú qué harás? ¿En qué has pensado convertirte? ¿Dónde está el futuro? ¿Te lo preguntas a veces? No, qué más te da. Y haces bien. Arrojar delante de un hombre un «¿qué vas a ser?» es un abismo abierto que se le acerca a medida que camina. Además del porvenir metafísico (que me importa un bledo porque no puedo creer que nuestro cuerpo de barro y de mierda cuyos instintos son más bajos que los del puerco y la ladilla contengan algo puro e inmaterial cuando todo lo que le rodea es tan impuro y tan innoble), además de ese porvenir, está el de la vida. Sin embargo, no creas que soy un irresoluto sobre la elección de una situación. Estoy decidido a no tomar ninguna. Desprecio demasiado a los hombres como para hacerles algo bueno o malo. En todo caso, haré derecho (sic), me haré abogado, incluso doctor, para holgazanear un año más. Es muy probable que nunca pleitee, a menos que se trate de defender a un criminal famoso, a menos que sea por una causa horrible. ¿Respecto a escribir? Apuesto a que nunca haré que me impriman ni me representen. No por temor a un fracaso, sino por las triquiñuelas del librero y del teatro que me asquearían. No obstante, si alguna vez tomo parte activa en el mundo, será como pensador y como desmoralizador. Lo único que haré será decir la verdad, pero será la horrible, la cruel y desnuda. ¡Qué sé yo, Dios mío! Soy de los que siempre están asqueados al día siguiente, de los que, sin cesar, tienen presente el futuro, de los que sueñan o más bien ensueñan, huraños y apestados, sin saber lo que quieren, aburridos consigo mismos y para los demás. He estado en el burdel para divertirme y no me lo he pasado bien. Magnier me desespera, la historia me irrita. ¡¡¿El tabaco?!! La garganta me arde. ¿Copas? Las rechazo y solo me quedan las comidas: me atiborro hasta quedarme aletargado. He engordado muchísimo y, mentalmente, adelgazado con rabia. Antes, pensaba, meditaba, escribía, sobre el papel vomitaba como podía la inspiración que había en mi corazón. Ahora, ya no pienso ni medito y, menos aún, escribo. Quizá la poesía se ha aburrido y me ha abandonado. ¡Pobre ángel, no volverás! Sin embargo, siento vagamente que algo se agita en mí, estoy en una época transitoria y me interesa saber cuál será el resultado, cómo saldré de esta, mi pelo muda (en el sentido intelectual). ¿Me quedaré calvo o majestuoso? Lo dudo. Ya veremos. Mis pensamientos son confusos, no puedo llevar a cabo ningún trabajo con la imaginación, todo lo que produzco está seco, es penoso, forzado, arrancado con dolor. He empezado un misterio hace dos meses y lo que llevo hecho es absurdo, sin la menor idea. ¡Quizá lo deje! Qué le vamos a hacer, al menos habré vislumbrado el horizonte sublime, pero han aparecido las nubes y me han vuelto a sumergir en la oscuridad de lo vulgar. La existencia que había soñado tan bella, tan poética, tan amplia y amorosa, será como las demás, monótona, sensata, estúpida. Terminaré derecho (sic), obtendré mi título y después acabaré viviendo dignamente en una pequeña ciudad de provincias como Yvetot o Dieppe con una plaza de teniente fiscal del rey. Pobre loco que había soñado la gloria, el amor, los laureles, los viajes, el Oriente, ¿qué sé yo?... De antemano y modestamente, me había apropiado de todo lo que el mundo tiene de hermoso. Tú solo tendrás, como los demás, el aburrimiento de por vida, una tumba tras la muerte y la putrefacción por la eternidad.

[...]

t[odo] t[uyo].

Contesta, bribón, puedes seguir echando barriga, tirándote pedos y cagándote en las botas. Ay, ay, ay, obtuso tunante, bruto redomado.

——

Obligado por su padre, en 1841 se traslada a París para comenzar sus estudios de Derecho. En realidad, hasta 1843 se dedica a las relaciones públicas. Por ejemplo, con dos familias: los Pradier y los Schlesinger, que, cada una a su manera, serán esenciales en su trayectoria existencial y literaria. Será este también el año en que conozca a Maxime Du Camp. Retrata, además, al «viejo Achille», su serio y circunspecto hermano.

A su hermana Caroline

París, 3 de diciembre de 1843

Hola, vieja ratita. Parece que tu recuperación va bien y que empiezas a coger fuerzas. Cuídate mucho para que pronto, dentro de un mes, cuando vaya a Ruán, te encuentre más floreciente y más buena moza que nunca. Si no recaes, este verano lo pasaremos muy bien en Trouville, mucho mejor que papá en el Palais-Royal. Como sabes, en junio cojo mis vacaciones. Dios quiera que sean tan buenas como largas me gustaría. Me complació mucho ver al viejo Achille, ¿cuándo lo volveré a ver? Mañana iré a ver al profesor para saber si ha hablado con el decano y el martes le escribiré para contárselo. Por lo demás, creo que apenas se divierte en París, tiene pinta de estar muerto de cansancio. Es un burgués que enferma al día siguiente de haberse acostado a medianoche y de haber perturbado sus hábitos. A punto estuvo de sentirse mal tras haberse tomado unas copitas y por la noche le oí gemir y coger el orinal, que, sin embargo, me devolvió vacío. A mí me va estupendamente y nunca he estado tan bien, aunque hace dos o tres días que siento algo en los dientes, pero casi nada. Me preguntas por los Collier: hace ya mucho tiempo que no voy a verlos. Necesito más de una hora para ir y lo mismo para volver, o sea, dos buenas leguas y media de adoquines. Cuando llueve y está embarrado, es imposible. Mis medios no me permiten tomar un cabriolé ni mis gustos un ómnibus, por lo tanto solo voy a pie y si está seco. El jueves pasado vi a Gertrude en casa de madame Pradier. Achille te lo ha dicho, pero ella se marchó al llegar nosotros. Esperas que te cuente detalles de V. Hugo. ¿Qué quieres que te diga? Es un hombre que parece como los demás, un rostro bastante feo y con una apariencia bastante normal. Tiene una magnífica dentadura, una frente soberbia y ni pestañas ni cejas. Habla poco, tiene pinta de observarse y de no querer soltar nada. Es muy educado y un poco afectado. Me gusta mucho el sonido de su voz. Me agradó contemplarlo de cerca. Lo miré con asombro, como a un cofrecito en el que hubiera millones y diamantes regios, mientras reflexionaba sobre lo que había salido de aquel hombre, sentado en ese momento a mi lado en una sillita, y fijaba mis ojos en su mano derecha que tantas cosas hermosas ha escrito. Allí estaba el hombre que más había hecho latir mi corazón desde que nací y el que quizá más amaba de todos los que no conocía. Hablamos de suplicios, de venganzas, de ladrones, etc. Yo y el gran hombre fuimos los que más conversamos. Ya no recuerdo si dije cosas interesantes o estúpidas. Desde luego, hablé mucho. Como ves, visito con frecuencia a los Pradier, me gusta mucho su casa, se siente uno a gusto, se adapta por completo a mi patrón. Achille te habrá dicho que mi patrón era siempre igual de agradable y que el otro día, en casa de los Cloquet, estuve brillante con mis farsas y bromas. Vi a la señora Maurice, que me invitó a merendar en Vernon el día de san Silvestre, cosa a la que me comprometí por mi honor. Es un asunto serio al que no faltaré. No he ido a les Italiens ni a ningún otro espectáculo y no creo que lo haga. Hamard va bien y me encarga que te cuente mil cosas [...].

Adiós, mi viejita Carolo, beso tus dos pequeñas mejillas.

Boun

——

A su amigo le cuenta el ataque, posiblemente epiléptico, que sufrió en enero de 1844, una de las «crisis nerviosas» que forman una base esencial en su vida y en su obra, patología y motor de su creación.—Alude a la muerte de la madre de Émile Hamard, compañero de estudios de Flaubert y futuro marido de su hermana.—«La Nouvelle Athènes» es un barrio situado en el distrito IX de París, famoso en el siglo XIX porque en él residieron muchos de los grandes escritores y artistas. Todavía hoy se pueden ver majestuosas residencias cuyos arquitectos se inspiraron en la cultura antigua.

A Ernest Chevalier

Ruán, 1 de febrero de 1844

Mi viejo Ernest, a punto has estado, sin que lo supieras, de decir adiós al honrado hombre que te escribe estas líneas. Sí, viejo, sí, joven, a punto he estado de ir a ver a Plutón, Radamantis y Minos. Sigo en la cama con un drenaje en el cuello, o sea, con un alzacuello más rígido aún que el de un oficial de la guardia nacional, muchas píldoras, tisanas y, sobre todo, con ese espectro mil veces peor que todas las enfermedades del mundo que se llama Régimen. Sepa, pues, querido amigo, que he tenido una congestión cerebral, que es como decir un ataque de apoplejía en miniatura con acompañamiento de crisis de nervios que sigo teniendo aún porque eso está bien visto. A punto he estado de diñarla entre las manos de mi familia (había venido a casa para pasar 2 o 3 días y recuperarme de las horribles escenas de las que fui testigo en casa de Hamard). Me hicieron tres sangrías al mismo tiempo y, por fin, reabrí los ojos. Mi padre quiere que me quede aquí mucho tiempo y cuidarme atentamente, aunque estoy bien de ánimo porque nadie me molesta. Me encuentro en un estado jodido, a la menor sensación todos mis nervios rechinan como cuerdas de violín, rodillas, hombros y vientre tiemblan como una hoja. En fin, así es la vida, sic est vita, such is life. Es probable que tarde en volver a París, quizá 2 o 3 días allá por el mes de abril para liquidar con mi propietario y arreglar unos asuntillos. Este año me harán tomar de inmediato baños de mar, hacer mucho ejercicio y, sobre todo, mucha tranquilidad. Seguro que te doy la lata con el relato de mis dolores, pero ¿qué quieres? Si ya tengo las enfermedades de los viejos, me será permitido chochear como ellos. ¿Cómo te va? ¿Cómo van tus correrías por la Nouvelle Athènes? Escríbeme. Cuando vengas a Les Andelys, no olvides darte una vuelta por Ruán. Adiós, mil saludos a los amigos, a los señores Dumont y Coutil.

Adiós, viejo.

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A Ernest Chevalier

Ruán, 7 de junio de 1844

¡Qué tal, pobre y viejo bribón! ¡Sigues acojonado por tu dichosa salud, incomodado por las indisposiciones, continúas con tu táctica de ponerte enfermo en la época de los exámenes y retrasar así tus prodigiosos éxitos, tus ovaciones universitarias! Servidor, por su parte, va mejor sin ir bien. Ni un solo día sin que, de vez en cuando, vea pasar delante de mis ojos como paquetes de cabellos o fuegos de Bengala. Dura más o menos mucho rato. No obstante, mi última crisis fue más suave que las otras. Sigo con mi drenaje, atractivo que te deseo poco, así como la privación de la pipa, horrible sufrimiento al que no fueron condenados los primeros cristianos. ¡¡¡Y luego dicen que los emperadores eran crueles!!! ¡Así se escribe la historia, caaaballero! ¡Sic scribitur historia! Tardaré tiempo en navegar solo, en tener esa libertad, de manera que falta mucho aún para corretear contigo sobre la Roche-à-l’Hermite y revolcarme en el bosque de Cléry... ¡Ah! ¡Hermosos los días en que, bien provisto de tabaco y de puros, me subía al coche de Jean y me iba a los Andelys! Quién contará las bromas hechas, toda la saliva segregada por nuestros labios...

Mi padre ha comprado una propiedad en Croisset, en los alrededores de Ruán. La semana próxima nos mudaremos. Está todo alborotado por la mudanza. Este verano aún no estaremos cómodos con los obreros de por medio, pero creo que el verano próximo será magnífico. Paseo en canoa con Achille recordando esas palabras clásicas del viejo Giffard: «He aquí el piloto que dice: He aquí el mar que golpea nuestros costados».

Escríbeme cómo te va y lo que haces. ¿Ves a Doudot en tus sueños? ¿Te pesa Duranton sobre el pecho cuando tienes pesadillas? ¡Qué hermoso invento la Escuela de Derecho para jodernos! Sin duda, el más chinchoso de la creación.

Adiós, viejo, salud, mil recuerdos a tus buenos padres.

T[odo] t[uyo]. [...]

——

A los 24 años, el escritor comienza a levantar los muros protectores de su destino: «A la vida práctica le he dicho un irrevocable adiós».—Caroline, la hermana de Flaubert, se casa con Émile Hamard. Cumpliendo con los ritos sociales de la época, la familia les acompaña en su viaje de bodas por Italia y Suiza. En Génova, Flaubert descubre La tentación de san Antonio, el cuadro de Brueghel.—Alude a Le Moniteur Universel, un periódico que, a partir de la Revolución francesa y durante mucho tiempo, fue el órgano político del gobierno francés. Años más tarde, la literatura, el arte y la ciencia ocuparon una parte muy importante de sus páginas.—Asoman ya sus amores adúlteros con Louise Pradier, esposa del escultor James Pradier en cuyo estudio conoció a Victor Hugo y a Louise Colet.

A Alfred Le Poittevin

Milán, 13 de mayo de 1845

¡Una vez más he abandonado este pobre Mediterráneo! Le he dicho adiós con una extraña congoja. La mañana en que debíamos marcharnos de Génova, salí del hotel a las 6 para pasearme. Cogí una barca y me fui hasta la entrada de la rada para ver de nuevo esas olas azules que tanto me gustan. La mar estaba brava. Me dejé acunar en la chalupa mientras pensaba en ti y te echaba de menos. Luego, cuando sentí que podía marearme, volví a tierra y nos marchamos. Estuve tan triste durante tres días que, en ocasiones, creí que me moría. Y esto es literal. Por poco esfuerzo que hiciera, no podía abrir la boca. Empiezo a pensar de verdad que el tedio no mata, pues estoy vivo.

Vi el campo de batalla de Marengo, los de Novi y Verceil, pero me emocionaron poco, porque me encontraba en un estado lamentable. Pensaba, no obstante, en los techos de los palacios de Génova bajo los cuales follarían con tanta insolencia. Llevo el amor a la antigüedad en mis entrañas. Me afecta hasta en lo más profundo de mi ser cuando pienso en las carenas romanas que hendían las olas inmóviles y eternamente ondulantes de ese mar siempre joven. El océano quizá sea más hermoso, pero la ausencia de las mareas que dividen el tiempo en periodos regulares parece que nos hace olvidar que el pasado es largo y que hay siglos de distancia entre Cleopatra y nosotros. ¡Ah, mi querido viejo! ¿Cuándo iremos a tumbarnos sobre la arena de Alejandría o a dormir a la sombra bajo los plátanos del Helesponto?

Languideces de aburrimiento, revientas de rabia, te mueres de tristeza, te ahogas..., ten paciencia, ¡oh León del desierto! También yo me he ahogado durante mucho tiempo. Las paredes de mi habitación en la calle de l’Est recuerdan aún los espantosos tacos, pataleos y gritos de mi angustiada soledad. ¡Cuánto rugí y bostecé al mismo tiempo! Enséñale a tu pecho a consumir poco aire, así se abrirá con una alegría más inmensa cuando te halles en las grandes cumbres y necesites respirar los huracanes. Piensa, trabaja, escribe, remángate la camisa hasta las axilas y talla tu mármol como el buen obrero que no se distrae y que, mientras ríe, suda cuando trabaja: es en el segundo periodo de la vida del artista cuando son buenos los viajes. En la primera, es mejor echar fuera todo lo que tenemos de realmente íntimo, original, individual. Piensa en lo que puede significar para ti, dentro de unos años, un gran viaje por Oriente. Deja ir a la musa sin inquietarte por el hombre y sentirás, de manera sorprendente, cómo crece cada día tu inteligencia. La única forma de no ser infeliz es encerrarse en el Arte y que todo los demás no importe. El orgullo todo lo sustituye cuando se asienta sobre una amplia base. Por mi parte, me siento realmente bien desde que me permití estar siempre mal. ¿No crees que adolezco de muchas cosas y que no habría sido tan magnánimo como los más opulentos, tan tierno como los enamorados, tan sensual como los más desenfrenados? Sin embargo, no añoro ni la riqueza ni el amor ni la carne, y se sorprenden de verme tan tranquilo. A la vida práctica le he dicho un irrevocable adiós. Mi enfermedad nerviosa ha sido la transición entre estos dos estados. Durante mucho tiempo solo pediré cinco o seis horas de tranquilidad en mi habitación, un gran fuego en invierno y dos velas cada día para iluminarme. Me mortificas, querido y dulce amigo (debería haber otra palabra, porque para mí no eres un amigo corriente, ni siquiera de los mejores), me mortificas cuando me hablas de tu muerte. Piensa en lo que sería de mí. Alma errante, como un pájaro en la tierra mientras diluvia, no tendré roca alguna, ni un solo rincón en el que reposar mi fatiga. ¿Por qué te vas a pasar un mes en París? Te aburrirás más que en Ruán. Volverás más cansado aún. ¿Estás seguro, por lo demás, de que los baños de vapor son tan útiles para tu cabeza de adúltero?

Tengo muchas ganas de ver lo que has hecho desde que nos separamos. Dentro de cuatro o cinco semanas leeremos esto juntos, solos, en casa, lejos del mundo y de los burgueses, encerrados como osos y gruñendo bajo nuestro triple abrigo de piel. Sigo rumiando mi cuento oriental que escribiré el próximo invierno. Hace algunos días se me ocurrió la idea de un drama sin rodeos sobre un episodio de la guerra de Córcega que leí en la historia de Génova. Vi un cuadro de Brueghel que representa La tentación de san Antonio y que me ha hecho pensar en adaptar para el teatro La tentación de san Antonio. Eso exigiría otro osado, no yo. Daría toda la colección del Moniteur, si la tuviera, y 100 mil francos para comprar ese cuadro, considerado como malo por la mayoría de los personajes que lo examinan.

¡Ah! ¡Me cago en Dios! Cuánto lamento no estar en Ruán para asistir al matrimonio de Baudry. Esas sí que son escenas sublimes. ¿Llegaré a tiempo? Respóndeme de inmediato a Génova y no olvides decirme cuándo se une nuestro amigo con lazos legítimos. Dale mi enhorabuena. Buen negocio el suyo, el muy bribón. ¿Y al bueno de Deporte cuándo lo veremos también aliado a la hija de uno de los comerciantes más distinguidos de nuestra ciudad?

Tal y como me recomiendas y yo prometí, iré a comer con la buena de madame Pradier, pero dudo de que haga algo más, a menos que me invite muy ostensiblemente. Follar ya no me dice nada. Mi deseo es demasiado universal, demasiado permanente e intenso como para que tenga deseos. No utilizo a las mujeres, hago como el poeta en tu novela, las uso con la mirada.

Adiós, un abrazo. Escríbeme a Ginebra. Piensa en mí. Adiós.

——

Seis meses antes, Flaubert había terminado la primera versión de La educación sentimental, pero aquí habla de la suya propia. De nuevo, alude a Pradier. Ironías de la vida, el escultor le aconsejaba tener una amante.

A Alfred Le Poittevin

Croisset, 17 de junio de 1845

¡De nuevo en mi antro!

Una vez más en mi soledad. A fuerza de encontrarme mal, logro encontrarme bien. Es lo único que pido hasta dentro de mucho tiempo. Después de todo ¿qué otra cosa necesito? ¿No es acaso libertad y tiempo disponible? Me desteté voluntariamente de tantas cosas que me siento rico en el seno de la más absoluta desnudez. Sin embargo, he de progresar algo más. Mi educación sentimental no está terminada, pero casi lo he conseguido. ¿Has pensado alguna vez, entrañable amigo, cuántas lágrimas hemos derramado por la «felicidad», esa horrible palabra? Sin esa palabra dormiríamos más tranquilos y viviríamos más a gusto. A veces, me asaltan extraños anhelos de amor, aunque hasta mis entrañas se sienten asqueadas. Quizá pasarían desapercibidos si no estuviera siempre atento y con el ojo avizor espiando los juegos de mi corazón.

A mi regreso, no he sentido la tristeza de hace cinco años. ¿Recuerdas en qué estado me encontré durante todo un invierno, cuando iba los jueves a tu casa, al salir de la clase de Chéruel, con mi grueso paletó azul y mis pies empapados de nieve que calentaba en tu chimenea? La verdad es que pasé una amarga juventud a la que no quisiera regresar. Ahora, mi vida me parece ordenada de una manera regular. Tiene horizontes menos amplios, sobre todo ¡ay! menos variados, pero quizá más profundos por estar más restringidos. Mis libros sobre la mesa, las ventanas abiertas, todo está tranquilo, sigue lloviendo un poco sobre el follaje y en el cielo azul oscuro la luna pasa por detrás del gran tulipero y de su perfil negro.

He pensado en los consejos de Pradier: son buenos. ¿Pero cómo seguirlos? ¿Dónde me detendría, además? Tendría que tomármelo en serio y gozar sin más; me sentiría humillado. Sin embargo, es lo que habría que hacer y yo no haré. Un coito normal, regular, nutrido y sólido me alejaría demasiado de mí, me perturbaría. Regresaría a la vida activa, a la verdad física, al sentido común, en resumen, y eso es lo que me ha resultado perjudicial cada vez que lo he intentado. Por lo demás, si ha de ser así, así será.

¿Qué fabricas tú en París? ¿Te paseas por el asfalto pensando en mí? ¿Has vuelto a ver a esos viejos salvajes? Pasamos una buena velada juntos, ¡aunque tan corta! Cada vez que entro en París, respiro a gusto, como si regresara a mi reino. ¿Y tú?

¿Qué día vuelves? El señor Du Camp llegará la semana próxima. Intenta venir y pasarte tres o cuatro días seguidos, algunas horas por la tarde, y releeremos mi novela. A mí, al menos, no me molestará ver el efecto 6 meses después.

Adiós, carissimo, contesta enseguida, como me prometiste.

Tuyo.

¿Has visto con frecuencia a Du Camp? ¿Habéis hablado de algo interesante?

——

Entre las noticias locales, subraya la impresión que le causó el devastador ciclón que arrasó Monville, una población cercana a Ruán.

A Alfred Le Poittevin

Croisset, 16 de septiembre de 1845

Primero, quitémonos de encima un encargo. Como tiene que ver con las costumbres, es conveniente no olvidarlo. ¿Las costumbres de quién? ¿Lo adivinas? De nuestro Bard, el profesor de lengua británica. Quizá no sospechabas que pudieran acusarle de la más negra inmoralidad. Así ha sido y estos son los hechos: el señor Bard se casó con una inglesa en 1823. La mala conducta de esta criatura llegó a tal extremo que perdió la nariz a causa de un cáncer sifilítico y él estimó conveniente separarse de ella, separación que fue amistosa y punto. Volvió a casarse con la mujer que tiene ahora sin haber roto completamente con su primer matrimonio que incurría en dos nulidades. La primera regresó a Ruán para armar jaleo y lo han denunciado. No sé si los jesuitas tienen algo que ver en este asunto, pero le han comunicado, lisa y llanamente, su destitución del colegio. Piensa dedicarse a romper su primer matrimonio y a consolidar el segundo. Es una historia que no acabo de comprender. Para eso habría que conocer la legislación inglesa y la francesa y lo que hay de cierto en todo esto. En resumen, este buen hombre quiere que la señora Le Poittevin le certifique haber dado clases a sus dos hijas, siempre a su satisfacción, y que observó buena conducta en su casa y no cometió adulterio. Se lo pide a todas las honorables familias a las que ha dado clases para tener pruebas contra la calumnia. Cuando volváis, él mismo os explicará todo este jaleo, pero le prometí que, en su nombre, le pediría el certificado a tu madre y se lo remitiría en cuanto tú me lo enviaras.

Tengo muchas ganas de ver tu historia de La bota maravillosa,