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El Joven José, de Thomas Mann, es la primera parte del vasto ciclo novelístico José y sus hermanos, en el que el autor retoma y reelabora el relato bíblico de José del Génesis. En este volumen inicial, Mann se concentra en la juventud del protagonista, presentándolo como un muchacho dotado de una belleza excepcional, una inteligencia precoz y una conciencia muy viva de su propia singularidad. Favorito de su padre, Jacob, y objeto de la envidia de sus hermanos, José crece en un ambiente familiar cargado de tensiones, donde su orgullo y su sentido de elección parecen anunciar tanto un destino elevado como un inminente conflicto. La novela desarrolla con gran detalle el mundo patriarcal en el que vive José, reconstruyendo las costumbres, las creencias y la mentalidad de la antigüedad oriental. Los famosos sueños del joven, en los que se ve elevado por encima de sus hermanos, ocupan un lugar central en la narración: son al mismo tiempo expresión de su vocación interior y causa directa del odio que despierta. Mann muestra cómo José oscila entre la ingenuidad juvenil, el placer de sentirse elegido y una progresiva toma de conciencia del peligro que esa actitud implica. El punto decisivo del libro es la traición de los hermanos, que, movidos por los celos, lo arrojan a una cisterna y luego lo venden como esclavo a unos mercaderes. Este episodio marca el fin de la infancia protegida y el comienzo de un largo camino de pruebas. En manos de Thomas Mann, este pasaje no es solo un giro de la intriga, sino una verdadera ruptura existencial: José pierde su lugar en el mundo y se ve obligado a iniciar un proceso de transformación interior que definirá toda su vida. Thomas Mann (1875–1955), Premio Nobel de Literatura en 1929, dedicó muchos años a la composición de José y sus hermanos, una de sus obras más ambiciosas. En El joven José, combina erudición histórica, ironía moderna y profundidad psicológica para convertir un relato bíblico en una novela sobre la formación de un individuo, el nacimiento de la conciencia y el sentido del destino.
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Seitenzahl: 469
Veröffentlichungsjahr: 2026
Thomas Mann
EL JOVEN JOSÉ
Título original:
“Der junge Joseph”
PRESENTACIÓN
EL JOVEN JOSÉ
Capítulo primero – Tot
Capítulo segundo – Abraham
Capítulo tercero – José y Benjamín
Capítulo cuarto – El soñador
Capítulo quinto – El viaje en busca de los hermanos
Capítulo sexto – La piedra ante el pozo
Capítulo séptimo – El descuartizado
Thomas Mann
1875–1955
Thomas Mann fue un escritor, ensayista y novelista alemán, considerado uno de los mayores nombres de la literatura del siglo XX. Su obra está marcada por un profundo análisis de la cultura europea, por los conflictos entre espíritu y vida, arte y sociedad, y por la reflexión moral y filosófica sobre el destino del hombre moderno. En 1929 recibió el Premio Nobel de Literatura.
Infancia y formación
Thomas Mann nació en Lübeck, en Alemania, en el seno de una familia burguesa. Su padre era comerciante y senador de la ciudad, y su madre tenía inclinaciones artísticas, lo que influyó en su formación intelectual. Tras la muerte de su padre, se trasladó a Múnich, donde comenzó a dedicarse al periodismo y a la literatura. Desde temprano mostró un gran interés por la filosofía, la música y la tradición cultural alemana, elementos que marcarían profundamente su obra.
Obra y temas
El primer gran éxito de Thomas Mann fue la novela Los Buddenbrook (1901), que retrata la decadencia de una familia burguesa a lo largo de varias generaciones. A partir de entonces, construyó una obra vasta y compleja, que incluye novelas y relatos como La muerte en Venecia, La montaña mágica, Doctor Fausto y la tetralogía José y sus hermanos.
Los temas centrales de su obra son el conflicto entre arte y vida, la oposición entre razón e instinto, la crisis de la burguesía, la decadencia cultural y los dilemas morales del individuo frente a la sociedad y la historia. Su escritura combina profundidad psicológica, ironía sutil y una fuerte densidad intelectual, dialogando con frecuencia con la filosofía, la música y la mitología.
Influencia y legado
Thomas Mann es una figura fundamental de la literatura moderna. Su obra ejerció una enorme influencia no solo en la literatura alemana, sino en toda la cultura occidental, siendo constantemente estudiada por su valor artístico y por su reflexión crítica sobre la civilización europea, especialmente en el contexto de las dos guerras mundiales y del ascenso del totalitarismo.
Thomas Mann murió en Zúrich, Suiza, en 1955.
Su legado permanece vivo como uno de los más altos ejemplos de una literatura que une arte, pensamiento y profunda conciencia histórica.
Sobre la obra
El joven José, de Thomas Mann, es la primera parte del vasto ciclo novelístico José y sus hermanos, en el que el autor retoma y reelabora el relato bíblico de José del Génesis. En este volumen inicial, Mann se concentra en la juventud del protagonista, presentándolo como un muchacho dotado de una belleza excepcional, una inteligencia precoz y una conciencia muy viva de su propia singularidad. Favorito de su padre, Jacob, y objeto de la envidia de sus hermanos, José crece en un ambiente familiar cargado de tensiones, donde su orgullo y su sentido de elección parecen anunciar tanto un destino elevado como un inminente conflicto.
La novela desarrolla con gran detalle el mundo patriarcal en el que vive José, reconstruyendo las costumbres, las creencias y la mentalidad de la antigüedad oriental. Los famosos sueños del joven, en los que se ve elevado por encima de sus hermanos, ocupan un lugar central en la narración: son al mismo tiempo expresión de su vocación interior y causa directa del odio que despierta. Mann muestra cómo José oscila entre la ingenuidad juvenil, el placer de sentirse elegido y una progresiva toma de conciencia del peligro que esa actitud implica.
El punto decisivo del libro es la traición de los hermanos, que, movidos por los celos, lo arrojan a una cisterna y luego lo venden como esclavo a unos mercaderes. Este episodio marca el fin de la infancia protegida y el comienzo de un largo camino de pruebas. En manos de Thomas Mann, este pasaje no es solo un giro de la intriga, sino una verdadera ruptura existencial: José pierde su lugar en el mundo y se ve obligado a iniciar un proceso de transformación interior que definirá toda su vida.
Thomas Mann (1875–1955), Premio Nobel de Literatura en 1929, dedicó muchos años a la composición de José y sus hermanos, una de sus obras más ambiciosas. En El joven José, combina erudición histórica, ironía moderna y profundidad psicológica para convertir un relato bíblico en una novela sobre la formación de un individuo, el nacimiento de la conciencia y el sentido del destino.
Así pues, se dice que José tenía diecisiete años cuando se le encargó la guarda de los rebaños junto con sus hermanos y que, junto a los hijos de Lea y Zilpa, las mujeres de su padre, era un joven pastor. El hecho es verídico, como también lo es la siguiente frase de las «bellas conversaciones»: «José iba ante su padre con el cuento de todo lo malo que sus hermanos decían». Ya hemos tenido la prueba de esto. Desde cierto punto de vista, no sería difícil verlo como un granuja insoportable. Así lo juzgaban sus hermanos. No compartimos esta opinión, o la rechazamos de plano, pues José merecía un mejor calificativo. No obstante, por muy exactos que sean los datos que tengamos, hay que examinarlos como es debido para que la situación se esclarezca y pueda resurgir un pasado marchito.
José tenía diecisiete años y, a los ojos de cuantos lo veían, era el más hermoso de todos los hijos de los hombres. En realidad, no nos gusta hablar de belleza. La palabra y la idea no dejan de producir cierto aburrimiento. ¿No es la belleza un concepto sublime, pero incoloro, algo así como un sueño dominical? Se dice que la belleza reside en un canon determinado. Sin embargo, este se dirige más al espíritu que a la sensibilidad, que escapa a su tutela. De ahí la inanidad de la belleza total e impecable. La sensibilidad querría tener algo que perdonar y, si no lo tiene, se da la vuelta bostezando. Para entusiasmarse ante lo que es simplemente perfecto se necesita una sumisión y un conformismo con el modelo que son más propios de un pedante. Es difícil atribuir profundidad al entusiasmo razonado. El canon nos subyuga desde fuera y de manera didáctica; para provocar el choque íntimo es necesaria cierta magia. La belleza es un sortilegio que obra sobre nuestros sentimientos y su prestigio es casi siempre ilusorio, cuando no completamente. Si un cuerpo sin defectos nos muestra una cabeza repugnante, su fuerza de atracción queda destruida, excepto quizá en la oscuridad. Y en este caso hay engaño, ¡y cuánto engaño, burla y trampa hay en el reino de lo bello! ¿Por qué? Porque ese reino es, a la vez, el reino del deseo y del amor; porque el sexo interviene y determina la idea de belleza. Los anales de la historia están llenos de ejemplos de muchachos disfrazados de mujer que han vuelto locos a los hombres y de muchachas con pantalones que han desencadenado pasiones en sus semejantes. Desde el momento en que se descubría la verdad y la belleza se demostraba impropia para un fin práctico, la exaltación desaparecía. La acción que la belleza física ejerce sobre los sentimientos no es más que la magia del sexo, la manifestación de la idea sexual, de modo que el mayor de los elogios sería decir de un hombre que es viril y de una mujer que es muy femenina, más que decirles simplemente que son bellos. Solo con un esfuerzo de la razón un hombre puede aplicar ese calificativo a otro hombre y una mujer a otra mujer.
Son raros los casos en que la belleza, triunfando sobre los fines prácticos, puede ejercer su plena acción sobre los corazones, aunque se citan algunos ejemplos. Aquí interviene el factor de la juventud, otro sortilegio que la sensibilidad tiende a confundir con la belleza, a menos que flagrantes imperfecciones paralicen su poder de seducción. La juventud es, generalmente, sinónimo de belleza, tanto para los demás como para uno mismo, tal y como lo demuestra sin equívoco su sonrisa. Ha recibido la gracia, una forma de belleza que procede a la vez de los sexos femenino y masculino. Un adolescente de dieciocho años no presenta un tipo de virilidad cabal, como tampoco un tipo de feminidad que sería impropio para sus fines materiales y que atraería a muy poca gente. Ahora bien, hay que convenir en que la belleza, considerada como seducción juvenil, tiene siempre algo de femenino en un sentido psíquico y expresivo que se refiere a su misma esencia: la delicadeza de sus relaciones con los demás y recíprocamente, algo que se refleja en su sonrisa. A los diecisiete años se puede ser más bello que un hombre y que una mujer; bello en este doble sentido y, en cualquier caso, hermoso y gracioso, hasta el punto de que tanto mujeres como hombres se sientan prendados y sorprendidos.
Así sucedía con el hijo de Raquel, por eso se decía que era el más bello entre los hombres. Es una loa exagerada, pues existían y existen muchísimos semejantes a él. Y, desde que el ser humano dejó de jugar a ser anfibio o reptil y comenzó a recorrer el camino que lo llevaría a parecerse a lo divino, no es extraordinario que un adolescente de diecisiete años tenga unas piernas tan bien formadas, unas caderas tan estrechas, un torso tan bonito y una piel de un moreno tan dorado. Que ni sea muy alto ni rechoncho, sino de agradable estatura; que tenga un porte y una elegancia propios de un joven dios, y que sus proporciones reúnan graciosamente la delicadeza y el vigor. No es de extrañar que su cuerpo terminara, no con una cabeza de perro, sino con la sonrisa atrayente de una boca humana y casi divina. Pero en el ambiente que rodeaba a José, era precisamente su persona, su presencia, lo que hacía pasar por los corazones el estremecimiento de la belleza, y todos estaban conformes en que el Eterno había derramado su gracia sobre sus labios, que hubieran sido demasiado llenos sin aquella movilidad en la palabra y la sonrisa. Esta gracia, por cierto, era objeto de ataques y suscitaba a veces antipatías, pero aquellos mismos a quienes resultaba antipática no la negaban, y no se puede afirmar que fueran ajenos al unánime sentimiento. Muchas pruebas nos incitan a creer que la animosidad de sus hermanos no era más que la misma pasión general manifestada de forma negativa.
Esto, en lo que se refiere a la belleza de José y a sus diecisiete años. El hecho de que guardara los rebaños en compañía de sus hermanos, y en particular con los hijos de Zilpa y Bala, también requiere una aclaración: por una parte, debe ser expuesto y desarrollado, y por otra, llevado a sus justas proporciones.
Jacob, el bendito del Eterno, era un extraño en el país, un gher, como se le llamaba, un huésped tolerado y considerado, no por haber vivido largo tiempo en lejanos territorios, sino por su origen y estirpe, ya que había nacido de padres que también habían sido gherim. El rango que se le atribuía no tenía nada que ver con el de un ciudadano de ascendencia noble que vive en su casa; provenía de sus riquezas y su sabiduría, de las dos cosas a la vez, y de la autoridad que ambas conferían a su persona y a su actitud. Tampoco provenía de su vida seminómada, que, aunque conforme a las leyes, presentaba un aspecto de irregularidad regular, si es que podemos decirlo así. Habitaba en su tienda, frente a la muralla de Hebrón, como en otro tiempo había hecho frente a la de Siquem, y era libre de levantar su campamento de la noche a la mañana en busca de otros pozos y pastos. ¿Habría que verlo como un beduino, un descendiente de Caín que llevaba en la frente la señal de la inestabilidad y el bandolerismo, abominación y terror de ciudadanos y campesinos? De ningún modo. Su Dios sentía para con Amalec la misma enemistad mortal que los Baals locales. Jacob lo había comprobado en más de una ocasión, cuando armó a sus huestes para ayudar a los habitantes de la ciudad y a los campesinos con ganado a defenderse de la canalla del desierto meridional: criadores de camellos pintarrajeados con las marcas distintivas del clan que avanzaban en guerrillas con propósitos de rapiña. Sin embargo, deliberadamente y por propia elección, no era un campesino, ya que esto habría ido en contra de su sentimiento religioso, que no coincidía con el de los cultivadores de la tierra, bronceados por el sol. Además, su condición de gher, de tolerado, le impedía poseer tierras fuera de los lugares donde habitaba. Arrendaba, por tanto, campos laborables aquí y allá, así como terrenos en declive y rocosos, donde entre los pedruscos crecían la cebada y el centeno. Dejaba a sus hijos y servidores el cuidado de cultivarlos. También José, cuando llegaba la ocasión, hacía de sembrador y segador, y no solo de pastor, como todo el mundo sabe. Esta explotación superficial le reportaba pocos beneficios a Jacob, era algo accesorio que no le importaba mucho y que solo le servía para tener la categoría de hacendado. La verdadera riqueza de Jacob eran sus rebaños, cuyos productos cambiaba por cereales, aceite, higos, granadas, miel, e incluso oro y plata. Esa posesión determinaba sus relaciones con los habitantes del territorio, relaciones que habían sido objeto de numerosos contratos y reglamentos, y que daban a su inestabilidad un carácter burgués y sedentario.
Para mantener sus rebaños, Jacob había establecido relaciones de amistad y negocios con los indígenas, los comerciantes y los campesinos que trabajaban para él o le pagaban intereses. Como no deseaba vivir como un nómada, un fugitivo o un bandolero de los grandes caminos que invaden y devastan el campo del propietario, tuvo que obtener de los adoradores de Baal un derecho de mestanza, mediante un pago estipulado amistosamente y conforme a las reglas establecidas. Por contrato, había adquirido el derecho a que sus rebaños pululantes pudieran atravesar los rastrojos y a que pastaran en las tierras de barbecho. Pero en esa época los barbechos escaseaban en la montaña. Reinaban la paz y la prosperidad desde hacía tiempo; los grandes caminos bullían de idas y venidas. El ciudadano que especulaba con la tierra se enriquecía gracias al tráfico de caravanas y al dinero que le daban por almacenar, embalar y vigilar las mercancías llegadas desde el reino de Marduk por Damasco y el camino del este del Jordán, con destino al ancho mar y el país del limo, donde tomaban el camino opuesto. Jacob había adquirido numerosos campos y sacaba gran provecho de ellos por medio de sus siervos o esclavos deudores. Sus productos le enriquecían, además de los beneficios que obtenía de su comercio. Gracias a los adelantos de fondos, incluso los campesinos libres se convertían en sus servidores; eso habían hecho antaño los hijos de Ichullanu con Labán. El colonato y los cultivos prosperaban. Ya no quedaba zona de pasto y llegó un día en que el país no pudo soportar a Jacob, como antes los prados de Sodoma no habían sido suficientes para Lot y Abraham juntos. Jacob se vio obligado a dividir sus rebaños y, en virtud del acuerdo que tenía con los habitantes de las ciudades, la mayor parte fue llevada a pastar a cinco días de camino hacia el norte, donde Jacob acampó otrora en el valle de Shekem, rico en manantiales. Allí era donde comúnmente los hijos de Lea — desde Rubén hasta Zabulón — guardaban corderos, mientras que los cuatro hijos de Bilha y Zilpa permanecían más cerca de su padre, igual que los dos hijos de Raquel. Eran como los signos del zodiaco, de los cuales solo se ven seis a la vez, mientras que los otros seis escapan a la mirada; un símbolo e imagen a los que José no dejaba de aludir. De lo anterior no se debe deducir que sus hermanos, acampados a lo lejos, dejaban de ir a Hebrón cuando tenían algún encargo especial, como por ejemplo en la época de la recolección; este hecho tiene su importancia. Pero, por regla general, estaban a cuatro o cinco días de camino, hecho que también es importante, por lo que se ha dicho que el niño José quedaba junto a los hijos de las siervas.
El trabajo con el que José ayudaba a sus hermanos, ya fuera en las tierras de labor o en las dehesas, no era cotidiano ni hay que tomarlo demasiado en serio. No todos los días cuidaba del ganado ni abría surcos para las siembras de invierno en la tierra reblandecida por las lluvias; lo hacía de vez en cuando y cuando él quería. Jacob, su padre, le concedía ratos de ocio para dedicarse a ocupaciones de mayor nivel, que describiremos a continuación. ¿Era, pues, como auxiliar o vigilante como se mezclaba con sus hermanos? Una duda hostil subsistía en ellos en este sentido. Aunque a veces les prestara sus servicios, cuando le recordaran con bastante rudeza que era el más joven, no estaba allí como uno más, como un cómplice en su acuerdo fraternal contra el anciano, sino como un representante suyo, como un delegado que los espiara. La presencia de José resultaba desagradable para sus hermanos, pero su ausencia les irritaba aún más, cada vez que el joven decidía quedarse en casa.
¿Qué hacía José? Sentado con el viejo Eliecer bajo el árbol de Dios, en el laberinto cercano al pozo, se iniciaba en las ciencias.
Se decía que Eliecer se parecía mucho a Abram. De hecho, nadie sabía nada, puesto que nadie había visto al caldeo y los siglos no habían transmitido ninguna imagen ni punto de comparación para relacionarlo. Proclamando esta semejanza, mejor hubiera sido cambiar los términos de la proposición, pues era más probable que los rasgos de Eliecer ayudaran a la gente a imaginarse los del emigrante de Ur, el amigo de Dios. No tanto porque fueran rasgos grandes y majestuosos, como su estatura y su porte, sino porque tenían algo plácidamente general y divinamente insignificante, por lo que su imagen evocaba a un venerable desconocido de tiempos antiguos. Eliecer, de la misma edad que Jacob, aunque un poco mayor, vestía más o menos como él, en parte a la moda beduina y en parte a la moda de los habitantes de Sinear: una túnica de volantes con franjas y un cinturón del que colgaba su escritorio. El pedazo de estofa que cubría su cabeza dejaba ver una frente pura y sin arrugas; la línea estrecha y lisa de las cejas, todavía oscuras, partía desde la raíz de la nariz, larga y poco acentuada, hacia las sienes. Bajo aquellas, los ojos tenían una conformación tan singular que los párpados superiores e inferiores, igualmente tumefactos y sin pestañas, parecían labios de los que asomaban las negras pupilas. La nariz, con un caballete alto, con ventanillas largas y estrechas, se inclinaba sobre el estrecho bigote que partía de las comisuras de la boca, sombreada por pelos blancuzcos y amarillentos que cubrían toda la parte baja del rostro. Bajo el bigote, pendía el arco rojizo del labio inferior, uniforme en su anchura de un extremo a otro. Las barbas salían de unas mejillas llenas de pequeñas cicatrices redondas, de piel ocre, y con tal simetría que parecían postizas y pegadas a las orejas. Todo el rostro daba la impresión de ser una máscara que se podía quitar y bajo la cual aparecería el verdadero rostro de Eliecer; al menos así se lo imaginaba en ciertos momentos el joven José.
Circulaban diversas opiniones erróneas acerca de la persona y los orígenes de Eliezer, opiniones que refutaremos más adelante. Baste por ahora con saber que Eliezer era el intendente y el servidor más antiguo de Jacob, muy versado en el arte de la lectura y la escritura, y maestro de José.
— Dime, hijo de la Derecha — le preguntaba a veces, cuando estaban sentados bajo el árbol de la sabiduría — , ¿cuáles son las tres causas por las que Dios creó al hombre en último lugar, después de las plantas y los animales?
José debía responder entonces:
— Dios ha creado al hombre después que a las otras criaturas, en primer lugar, para que nadie pudiera pretender que había participado en la obra de la creación. En segundo lugar, para que el hombre se sintiera humillado al pensar: «El insecto me ha precedido», y, en tercer lugar, para que pudiera sentarse inmediatamente al festín, como invitado para quien ha sido preparado todo.
A esto respondía Eliezer con satisfacción:
— Tú lo has dicho.
Y José se echaba a reír.
Pero esto no era más que un ejercicio, un ejemplo entre muchos, de las disciplinas a las que el adolescente debía someterse para agudizar su espíritu y su memoria, un modelo de las antiguas historietas que Eliecer le había contado cuando José era todavía un niño. Más tarde, cuando las hacía brotar de sus graciosos labios, cautivaba al auditorio, ya de por sí entusiasmado por su belleza. De este modo, había tratado de distraer a su padre junto al pozo y desviar el curso de sus pensamientos contándole la historia del Nombre y cómo la Virgen Ischchara arrancó al mensajero lascivo su secreto. Tan pronto como estuvo en posesión del nombre verdadero y auténtico, lo invocó y se alzó hasta las nubes por la virtud del vocablo sagrado, guardando intacta su virginidad y chasqueando al concupiscente Semhazal. Allí arriba, el Señor la acogió con benevolencia y le dijo: «Ya que has sabido escapar del pecado, te señalaremos un lugar entre las estrellas». Esa fue la forma en que se creó la constelación de la Virgen. Semhazal, el emisario, incapaz de subir al cielo, quedó sobre el polvo hasta el día en que Jacob, hijo de Isaac, tuvo su visión de la escala celeste en Betel. A través de esta escala, pudo regresar a su patria, muy contrariado por no haber podido elevarse más que con las alas de un sueño humano.
¿Podía esto llamarse ciencia? No, solo era una preparación del espíritu para conocimientos más rigurosos y de una santa precisión. Eliezer enseñó el universo a José: el universo celeste tripartito, compuesto simbólicamente del cielo superior, la tierra celeste del Zodíaco y el mar celeste del sur. El universo terrestre correspondía exactamente al otro y también se dividía en tres partes: un cielo atmosférico, una superficie terrestre y un océano terrestre que, según aprendió José, rodeaba el disco como una cinta y corría también por debajo de su corteza; en la época del Diluvio, se había derramado por todas las junturas y grietas, mezclando sus aguas con las del mar celeste que se volcaba desde lo alto. Convenía considerar el reino terrestre de aquí abajo como la tierra firme y ver en la tierra celeste de arriba algo así como un territorio montañoso de dos cumbres: Horeb y Sinaí.
El Sol, la Luna y otros cinco astros errantes formaban el número siete, el de los planetas y los mensajeros que, en siete órbitas de distintos tamaños, rodeaban el dique del Zodíaco. Se asemejaban a una torre redonda de siete estadios, cuyas terrazas en espiral conducían al supremo cielo septentrional, a la Sede del Maestro.
Allí estaba Dios, y su montaña sagrada resplandecía como una gema reluciente, del mismo modo que lo hacía el Hermón en la nieve, por encima de las regiones más al norte. Durante la lección, Eliecer señalaba el monte del Señor, cuya blancura se tornasolaba en la lejanía. Se veía desde todas partes, incluso desde el árbol, y José llegaba a no distinguir lo terrestre de lo celeste.
Aprendió el prodigio y el misterio de los números: sesenta, doce, siete, cuatro, tres, el carácter divino de la medida y cómo todo concordaba y se ajustaba con tanta exactitud que uno se quedaba confundido, extático, ante aquel unísono impecable.
Los signos del zodiaco eran doce y constituían las etapas del gran ciclo, es decir, los doce meses de treinta días. A este gran ciclo correspondía un pequeño ciclo. Al dividir este último en doce períodos, se obtenía un lapso sesenta veces mayor que el diámetro del disco solar: era la doble hora, que equivalía aproximadamente al mes del día y que podía ser fraccionada, a su vez, con gran precisión. En efecto, el diámetro del disco solar estaba incluido en la trayectoria del Sol, tal como esta aparecía en los días del equinoccio, exactamente tantas veces como días tenía el año, es decir, trescientas sesenta veces; y precisamente en esos días, el orto del astro, desde el momento en que su borde superior emergía del horizonte hasta que su disco se mostraba completamente redondeado, duraba la sexagésima parte de una doble hora. Este intervalo era el doble minuto.
Así como el verano y el invierno daban origen al gran ciclo y el día y la noche formaban el pequeño ciclo, las doce horas dobles se repartían en doce horas sencillas diurnas y doce horas sencillas nocturnas, y cada hora del día y de la noche contenía sesenta minutos sencillos.
¿Acaso no es esto armonía, orden y quietud?
¡Y fíjate en lo que sigue, Dumuzi, hijo auténtico! ¡Aguza tu espíritu y hazlo claro y dispuesto!
Siete son los Errantes, los Mensajeros de los Mandamientos, y un día de la semana está dedicado a cada uno de ellos. Pero el número siete también es el de la luna, que abre camino a los astros divinos, sus hermanos, y ese es el número de días que duran sus fases. La luna y el sol van a la par, como todas las cosas del universo y de la vida, como sí y no. Así, los planetas pueden ser repartidos en dos más cinco, siendo la cifra cinco igualmente importante, ya que se combina a la perfección con el número doce (al multiplicarse, dan como resultado el sesenta, número sagrado) o, mejor aún, con el santísimo siete (cinco más siete suman doce). ¿Esto es todo? No, gracias a este orden y a esta división se obtiene una semana planetaria de cinco días y setenta y dos semanas forman un año, por lo que cinco es la cifra que hay que multiplicar por setenta y dos para obtener el maravilloso total de trescientos sesenta, que es la suma de los días del año y el resultado de dividir la trayectoria del Sol por el diámetro de su disco.
¡Oh, esplendor!
También se pueden repartir los planetas en tres más cuatro. En efecto, tres es el número de los regentes del zodiaco — el Sol, la Luna e Ishtar — , y también es el número cósmico que determina la división del todo, tanto en lo alto como en lo bajo. Por otra parte, cuatro son los puntos cardinales, a los que corresponden las diversas fracciones del día. Cuatro son también las divisiones — cada una regida por un planeta — de la órbita del Sol, así como de la Luna y de Ishtar, que presentan cuatro fases. Así pues, si multiplicamos tres por cuatro, ¿qué obtenemos? ¡Doce!
José se reía, pero Eliecer, alzando las manos, decía: «¡Adonai!».
¿Por qué prodigio, cuando se dividía el número de días de la luna por el de sus fases — es decir, por cuatro — , se obtenía la semana de siete días? Había que ver aquí su dedo.
Bajo la tutela del anciano, el joven José jugaba con estos cálculos como un juglar con unas bolas y se divertía aprovechando sus enseñanzas. Veía que el hombre al que Dios había dado la razón para perfeccionar su obra santa, todavía no terminada, había tenido que añadir cinco días intercalados a los trescientos sesenta para hacerlos corresponder con el año solar. Eran días nefastos, los días del dragón, de la maldición, colocados bajo el signo de la noche invernal. Solo después de que estos días hubieran pasado podía florecer de nuevo la primavera y renacer la prosperidad. Por tanto, el número cinco tenía un aspecto desagradable. El trece también era funesto. ¿Por qué? Porque, siendo los doce meses lunares de solo trescientos cincuenta y cuatro días, fue necesario añadirles, de tiempo en tiempo, meses intercalares que correspondían al decimotercer signo del zodiaco: el cuervo. El hecho de que el trece fuera un número de sobra le daba un carácter maléfico, al igual que el cuervo era un pájaro de mal agüero. Por esta causa, Benoni, hijo de Jacob, estuvo a punto de morir al atravesar el paso del nacimiento, como un puerto estrecho entre las cimas de las montañas del mundo; por eso estuvo a punto de sucumbir en su lucha contra las potencias del mundo infernal, pues era el decimotercer hijo de Jacob. Pero Dina, víctima expiatoria, ocupó su lugar y fue ella la que pereció.
Era necesario profundizar en la naturaleza del Señor. Pues, si el prodigio de sus números no era enteramente perfecto, correspondía a la inteligencia humana enmendarlos. Sin embargo, sobre esta mejora se cernían el anatema y la desgracia, y hasta el doce, habitualmente tan hermoso, se tornaba nefasto, pues por él se convertían los trescientos cincuenta y cuatro días del año lunar en los trescientos sesenta y seis del año seleno-solar. Al darse cuenta de que el número era de trescientos sesenta y cinco, José calculó que faltaba un cuarto de día, déficit que aumentaba con el paso de las edades, de modo que, tras mil cuatrocientos sesenta años, esos cuartos de día sumaban un año entero. Este era el ciclo de Sirio. El concepto que José tenía del espacio y del tiempo se ensanchaba hasta lo sobrenatural. Partiendo de círculos concéntricos estrictos, llegaba a círculos cada vez más inmensos que lo rodeaban de lejos y acababan por formar años de una duración espantosa. El día era un año reducido a su mínima expresión, con sus diversas estaciones, una claridad estival y su noche, que recordaba al invierno; los días estaban incluidos en el gran ciclo, que no era grande, sino relativamente; mil cuatrocientos sesenta de sus semejantes formaban el ciclo de Sirio.
El mundo se componía de una serie y una terminación de períodos, los más largos — aunque quizá no eran los más largos — , y cada uno tenía su verano y su invierno: el invierno, cuando todos los astros se encontraban en la constelación del Acuario o la de los Peces, y el verano, cuando tenían su conjunción en el signo del León o el de Cáncer. El comienzo de cada invierno está marcado por un diluvio y el de cada verano por un incendio. Entre cada punto de partida y cada punto final se desarrollan grandes ciclos terrestres, cada uno de los cuales comprende 432 000 años y constituye la repetición exacta del pasado, puesto que los astros vuelven a encontrarse en la misma posición y, tanto en las grandes líneas como en los pequeños detalles, su influencia está llamada a producir los mismos efectos.
Por eso, los ciclos de la Tierra se llamaban «Renovación de la vida», «Repetición del pasado» o «Retorno eterno». También se les llamaba «Olam», el Eón. Dios era el Maestro de los Eones, «Olam», Aquel que vive a través de los Eones, «Chaiolam». Él había puesto en el corazón del hombre el olam, es decir, la facultad de concebir los eones y, por tanto, de elevarse en cierta medida hasta su maestro.
¡Magnífica lección! José se divertía magistralmente. ¿Qué no sabía Eliecer? Conocía los secretos que transformaban el estudio en un gran placer, del que se sacaba gloria precisamente porque estos misterios eran la prenda de una minoría de iniciados silenciosos en sus templos o lonjas, y no propios de la muchedumbre. Eliecer también sabía y enseñaba que la doble ana babilónica tenía la misma longitud que el péndulo que realizaba sesenta oscilaciones dobles en el transcurso de un doble minuto. José, por charlatán que fuera, no revelaba estos secretos a nadie, pues así se confirmaba el carácter sagrado del sesenta, que multiplicado por el seis radioso daba la muy santa cifra de trescientos sesenta.
Aprendió las medidas lineales y las medidas itinerarias, y las calculaba según su propio paso y según el curso del sol. No se trataba de una temeridad, como le aseguró Eliecer, ya que el ser humano era el pequeño todo que correspondía exactamente al gran todo; por consiguiente, los números sagrados del ciclo desempeñaban un papel en el conjunto del sistema de medidas y en el tiempo que se transformaba en espacio.
Así, el tiempo se convertía en volumen y adquiría peso. José también aprendió el valor y el peso del numerario en oro, plata y cobre, según la norma usual y la norma real, la babilonia y la fenicia. Se ejercitó en los cálculos de comerciante: convirtió valores de cobre en plata, trocó un buey por las cantidades de aceite, vino y trigo que correspondían a su valor metálico y mostró tanta vivacidad de espíritu que Jacob, al escucharle, decía haciendo chasquear la lengua: «¡Cómo un ángel! ¡Igual que un ángel del Araboth!».
Además, José adquirió nociones esenciales sobre las enfermedades y los elementos de curación, así como sobre el cuerpo humano, que, en armonía con la trilogía cósmica, se compone de materias sólidas, líquidas y gaseosas. Aprendió a establecer una relación entre las distintas partes del cuerpo, los planetas y los signos del zodiaco, y consideró que la carne de la región lumbar era la más preciada, ya que rodea el órgano de la procreación, que está estrechamente conectado con la fuerza vital. Supo que el hígado es el punto de partida de las emociones y aprendió, a través de un modelo de arcilla dividido en numerosas partes y recubierto de múltiples inscripciones, a discernir en las entrañas una imagen del porvenir y a obtener presagios seguros de ellas. Después estudió los pueblos de la tierra.
Eran setenta o setenta y dos, pues ese era el número de semanas de cinco días que cabían en un año. Algunos de estos pueblos tenían una extraña manera de alimentarse y de adorar al cielo; particularmente los bárbaros que habitaban en los confines del norte, en el país de Magog, mucho más allá de las cimas del Hermón y del país de Khanigalbat, al norte de Tauro. Pero no era menos extraño el extremo occidente, llamado Tarchich, al que los hombres de Sidón habían llegado tras un viaje interminable, ignorando el miedo. En sus navíos, habían atravesado el Gran Mar de oeste a este. Por esta misma ruta, gentes de Sidón y de Guebal, apasionadas por el tráfico y los horizontes lejanos, llegaron hasta Kittim (Sicilia) y fundaron establecimientos allí. Contribuyeron mucho a dar a conocer la forma del disco terrestre, no tanto para suministrar al viejo Eliecer materia de enseñanza, sino movidos por el deseo de visitar pueblos extraños y comerciar con éxito con telas de púrpura y tejidos ricamente bordados. Vientos propicios les llevaron sin esfuerzo a Chipre, Alakia y Dodanim, llamada también Rodas. Desde aquí, sin correr grandes peligros, fueron empujados hacia el país de Muzri y Egipto, donde un flujo marítimo favorable al comercio volvió a conducir sus barcos hasta la madre patria. A su vez, los egipcios habían sometido y abierto a la ciencia el territorio poblado por negros a lo largo del Nilo hacia el sur. Haciendo gala de gran valor, ellos también se embarcaron y dirigieron sus naves en busca del país del incienso, a orillas del mar Rojo inferior: el Punt, el reino del Fénix. Hacia el sur se encontraba Ofir, el país del oro. Hacia el este, en Elam, reinaba un monarca a quien aún no se le había podido preguntar si su mirada podía extenderse más allá de los límites de sus estados en esa dirección. Probablemente no.
Esto no es más que un resumen de los conocimientos que el anciano Eliecer inculcó a José a la sombra del árbol sagrado. El adolescente tomaba notas bajo la dirección del anciano y las leía en voz alta, para él mismo, con la cabeza inclinada hacia un hombro, hasta que se las sabía de memoria. La lectura y la escritura eran, por supuesto, la base de todo, imprescindibles. Sin ellas, los hombres solo tendrían un saber efímero, recogido a la ligera y pronto olvidado. Por esta razón, José estaba bajo el árbol, con su escritorio posado sobre las rodillas. Con la punta del estilo, cubría de signos cuneiformes una tableta de arcilla, unas hojas de papiro encoladas, un trozo de piel de cabra alisada o de piel de cordero, sobre el que alineaba sus patas de mosca con una caña cortada en punta, a veces reducida a fibras por ser mordisqueada, y que mojaba en una cazolilla roja o negra. Usaba, según conviniera, la escritura de la gente del país, empleada para fijar el lenguaje y las variaciones de las frases familiares — usada para la cuidadosa redacción de cartas o balances comerciales según la moda fenicia — , o bien los caracteres divinos, hieráticos y sagrados de Babel, la escritura de la ley, la enseñanza y las leyendas, para la cual estaban reservados el buril y las tablillas de greda. Eliezer poseía numerosas y muy bellas muestras: escritos sobre los astros, himnos a la Luna y al Sol, tablas cronológicas, listas de impuestos, crónicas meteorológicas, así como fragmentos de grandes leyendas versificadas que databan de tiempos antiguos y fábulas mendaces narradas con tal desvergonzada gravedad que parecían reales. Estas trataban sobre la creación del mundo y del hombre, describían la lucha de Marduk contra el dragón, la elevación de Ishtar de servidora a soberana y su bajada a los infiernos, el arbusto generador, el agua de la vida y las sorprendentes aventuras de Adapa, Etana y Gilgamesh, que, hecho con la carne de los dioses, no había conseguido la inmortalidad. José leía estos textos, señalándolos con el índice, y los copiaba, correctamente sentado, muy derecho y con los párpados bajos. Leía y transcribía el relato de la amistad entre Etana y el águila que le llevó hasta el cielo de Anu. Ambos se habían elevado tanto que la tierra, bajo ellos, no era más que una torta y el mar, como un cestillo panero. Por desgracia, una vez que el cielo y el mar desaparecieron, Etana, amedrentado, fue precipitado al abismo, lo que supuso un desenlace mortificante. José pensaba que, en semejante circunstancia, él se habría comportado mejor que el héroe Etana. Le gustaba más la historia de Engidu, el hombre de los bosques, y admiraba el modo en que una mujer de la ciudad de Uruk había conseguido domesticar a semejante salvaje: le había enseñado a beber y a comer, a untarse en aceite y a vestir; en resumen, a comportarse como un hombre, como un habitante de la ciudad. A José le encantaba este relato y admiraba a la muchacha que había educado al lobo de las estepas, después de haberlo colocado, al cabo de siete días y siete noches de vida amorosa en común, en estado de receptividad. Mientras recitaba estas estrofas, la lengua de Babel fluía de sus labios con un oscuro esplendor y Eliezer, besando la orla de la túnica de su alumno, exclamaba: «¡Salve, hijo de una madre amable!». Progresas de un modo brillante y pronto serás mazkir de un príncipe y consejero de un gran rey. ¡Acuérdate de mí cuando estés en tu remo!».
Entonces, José se iba con paso indolente a reunirse con sus hermanos en el campo o la dehesa para ayudarles como zagal. Pero estos, enseñando los dientes, se decían unos a otros: «¡Mira, ahí viene con su andar perezoso ese mequetrefe de los dedos manchados de tinta, que acaba de descifrar las piedras de antes del Diluvio! ¿Se dignará a ordeñar las cabras o vendrá solamente a espiar para ver si, por casualidad, ocultamos a espaldas de las bestias algunos pedazos de carne para nuestra olla? ¡Ah, si dependiera solo de nosotros darle un buen correctivo, no escaparía ileso de nuestras manos, como sucede, por desgracia, a causa del temor que nos inspira Jacob!».
Si para determinar las causas de las graves disensiones que se produjeron con el paso de los años entre José y sus hermanos se pasa de lo particular a lo general, si se retraen los choques y desacuerdos a su punto de partida, se hallan, tanto en el origen como en el final, la envidia y el orgullo. ¿Quién poseía estos defectos? O, entrando en el terreno de las personalidades, ¿el culpable era el joven aislado o el grupo cada vez más ferozmente unido contra él? A un espíritu equitativo le costaría mucho pronunciarse al respecto. El deseo de justicia y la sincera voluntad de combatir nuestra inclinación a la parcialidad nos incitan a condenar aquí el orgullo, principal culpable y fuente de la catástrofe. Dicho esto, el mismo deseo de justicia nos obliga a reconocer que no se vio motivo de orgullo — y, por tanto, de envidia — tan legítimo como este en aquel tiempo.
En este mundo, es raro que la belleza vaya a la par con la ciencia. Con razón o sin ella, se suele representar a la erudición como algo feo, y se sobreentiende que la gracia es tonta. Y podría decirse, puesto que forma parte de su encanto, que puede ser tonta con toda serenidad, ya que puede prescindir de la escritura, la inteligencia y la sabiduría, que la destruirían. Sin embargo, la unión ideal de la belleza y la inteligencia en una misma persona parece una antinomia específicamente humana y, a pesar nuestro, de esencia divina. Si se manifestara un ejemplo de este acuerdo casi sobrenatural, sería, para las miradas imparciales, un objeto de pura maravilla, así como un motivo de amargura para aquellos que se sienten frustrados y ensombrecidos por su brillo. Este era el caso. La feliz armonía que ciertas formas suscitan en el corazón del hombre, y que se llama objetivamente belleza, se manifestaba en el primogénito de Raquel y revestía un carácter inviolable y sagrado. Compartamos o no este entusiasmo, lo cierto es que José gozaba de un gran encanto, que muy pronto se hizo proverbial y su fama se extendió por todo el país. Por un afortunado privilegio, esta belleza servía de envoltura a un elemento intelectual y a las artes que este conlleva; esa belleza los asimilaba y los devolvía señalados con su sello, el sello de la gracia, de modo que entre la inteligencia y la belleza no había oposición ni diferencia. Hemos dicho que la unión de estas dos cualidades contradictorias parece divina. Entendámonos: su fusión no llegaba a lo divino — pues José no era más que un hombre, falible, con una razón demasiado sana para perder la conciencia íntima de ello — , pero se realizaba en el plano de lo divino, es decir, de la luna.
Fuimos testigos de una escena que dice mucho sobre las relaciones carnales y espirituales que José acostumbraba a tener con el astro mágico, claro está, a espaldas de su padre. Cuando Jacob le sorprendió, le regañó por la desnudez con la que su único tesoro dedicaba miradas amorosas a la desnudez de las alturas. José no solo asociaba la idea de lo bello a la esencia de la luna, sino también la de sabiduría y ciencia escrituraria, ya que la luna era la imagen celeste de Tot, el cinocéfalo blanco, inventor de las letras, heraldo y escriba de los dioses que registraba lo que estos decían y protegía a los escritores. José se sentía embriagado por la magia de la belleza y por la de los signos escritos, es decir, por la unión de ambos elementos, que confería un carácter particular al culto solitario que él rendía al astro: un culto un tanto desviado, turbador y propenso a degenerar, destinado a inquietar a su padre y que corría el peligro de aturdir al muchacho, ya que en él se confundían de forma arrebatadora lo carnal y lo espiritual.
Todo hombre tiene y prefiere más o menos conscientemente una imagen, una idea favorita que constituye para él un manantial de secretas delicias, alimenta su concepto de la vida y le sirve de sostén. Para José, esta idea inefable era la cohabitación de lo carnal y lo espiritual, de la belleza y la sabiduría, la conciencia de estos méritos que se realzaban mutuamente. Algunos viajeros y esclavos caldeos le habían contado que Bel se había hecho cortar la cabeza para crear hombres y que estos habían surgido de su sangre mezclada con la tierra. Él no lo creía, pero, cuando quería sentirse vivo y darse un capricho en privado, recordaba esa sangrienta amalgama de elementos terrestres y divinos. Pensaba con singular gozo que él estaba formado por esa misma sustancia y se decía sonriendo que la conciencia que el cuerpo y la belleza tenían de sí mismos debía ser embellecida y fortalecida por la conciencia que el espíritu tenía de sí mismo, y viceversa.
José creía que el Espíritu de Dios — al que los de Sinear llamaban «Mumu» — había meditado sobre las aguas del caos y había creado el mundo por el Verbo. Él había pensado: «Que se haga la idea». Por el Verbo, libre e independiente, fue creado el mundo, y aún hoy, si algo existía, existía en función del Verbo, cuando el hombre le confería existencia al nombrarlo. ¿Cómo no iba a convencerse una cabeza, aun siendo bella y preciosa, de la sabiduría e importancia del Verbo?
¡Qué separación debían establecer entre José y los hijos de Lea y de las criadas tales inclinaciones, así como el favor que Jacob le demostraba, por numerosos motivos que pronto enumeraremos! ¡Cuántos gérmenes de orgullo en el uno y de envidia en los otros producía aquel trato privilegiado! No obstante, nuestra pluma se resiste a calificar de vulgares a todos los hermanos indistintamente, a todos esos jefes de tribu de los que, hasta hoy día, todos los niños saben de memoria los nombres y el orden de nacimiento, y con razón. Tal juicio no sería aplicable exactamente a todos ellos, por lo menos a Judá, de carácter complejo y atormentado, y a Rubén, de honradez inquebrantable. En primer lugar, no se puede hablar de belleza en relación con ellos, tanto con los que por su edad estaban más cerca de José como con los mayores, que habían superado los veinte años cuando José tenía diecisiete. Eran robustos, especialmente los hijos de Lea, de estatura atlética, en particular Rubén, así como Simeón, Leví y Judá. En cuanto al verbo y la sabiduría, ninguno de ellos presumía, sino que los desdeñaba y no entendía ni palabra. Es cierto que Neftalí adquirió pronto la reputación de «hablar bien», pero esta apreciación dependía de la escasa exigencia de la opinión popular. En resumen, la elocuencia de Neftalí se limitaba a una cierta facilidad de palabra, bastante descuidada, con pocos fundamentos de saber y extraña a un orden de ideas elevado. Para haberse entendido bien entre ellos, José habría tenido que ser como los demás: un pastor y, cuando la ocasión lo requería, un agricultor. Eran muy estimables en estos dos aspectos, pero estaban llenos de animosidad contra él, que, aprovechándose de la aprobación paterna, se imaginaba poder ser pastor cuando quisiera, jugando en las demás horas al escriba y al lector. Antes de que se les ocurriera llamarle con el sobrenombre más odioso que los hermanos aplicaron a José, «el soñador de sueños», le llamaban irónicamente Noé-Utnapichtim, el inteligentísimo, el que descifraba las piedras antediluvianas. Él, por su parte, para no quedarse atrás, les llamaba «cabezas de perro» y «gente incapaz de distinguir el bien del mal». Les echaba en cara estos nombres protegido únicamente por el temor que Jacob les inspiraba; de lo contrario, le habrían golpeado hasta hartarse. Tal violencia habría sido reprensible, pero es mejor que los bellos ojos de José no nos inciten a considerar que la respuesta es menos vituperable que el ataque. Al contrario, ¿de qué sirve la sabiduría si no preserva del orgullo?
¿Qué actitud había tomado Jacob, el padre? Él no era un sabio. Aunque hablaba mejor babilonio que su dialecto cananeo del sur, ignoraba el egipcio, porque reprobaba y aborrecía todo lo relacionado con Egipto, como ya hemos observado. Por lo que sabía de este país, lo consideraba la patria de la sujeción más abyecta y de la inmoralidad. La sujeción al Estado, que allí era la regla de vida, repugnaba a su sentimiento hereditario de independencia y responsabilidad; el culto de los animales y de los muertos que se practicaba le parecía una abominación y una locura, y el segundo en particular, ya que toda adoración a lo que yacía bajo tierra le parecía inmoral, hasta el punto de extender este horror al grano de trigo enterrado para germinar. No llamaba a la pantanosa región del sur «Kemet» o Mizraím, sino «Scheol», el inframundo, el reino de los muertos. Su aversión por el espíritu y las costumbres de aquel país llegaba a condenar, según se decía, hasta la excesiva estima que los egipcios tenían por todo lo relacionado con la escritura.
Los estudios de Jacob en esta rama no iban más allá de su capacidad para firmar con su nombre al pie de los documentos jurídicos, y aún prefería ponerles su sello. Para todo lo demás, acudía a Eliezer, el más viejo de sus servidores, y con buen acuerdo, pues las cualidades de nuestros servidores son nuestras. Cabe señalar que la dignidad de Jacob no se basaba en tales fruslerías. Era una dignidad libre, personal y espontánea, fundada en su poder de sentimiento y en sus experiencias vividas, que componían una suma de historias inteligentes e importantes. Provenía de la espiritualidad que emanaba de él de forma natural y que todos podían ver; era la superioridad del hombre grande por la inspiración, la audacia de las concepciones y el contacto inmediato con Dios, cualidades con las que podía prescindir de los conocimientos del letrado. Sería poco conveniente establecer una comparación que ni el mismo Eliecer se habría atrevido a hacer, pero ¿habría sido digno el servidor de tener la visión de la escalera celestial o de realizar, con la ayuda de Dios, descubrimientos en el ámbito de la naturaleza, como aquel milagro de simpatía que había permitido a Jacob obtener corderos salpicados o manchados? Nunca, nunca.
Entonces, ¿por qué animaba Jacob a que su servidor y escriba instruyera a José? ¿Por qué favorecía una enseñanza cuyos peligros para el muchacho, en lo referente a sus hermanos, no podía ignorar? Por dos motivos dictados por el cariño: uno de orden pedagógico y otro inspirado por el amor propio. Lía, la desdeñada, sabía muy bien lo que decía cuando, antes del nacimiento de José, profetizó que ella y sus hijos apenas contarían para Jacob, que para él pesarían menos que el aire. Desde el día en que le fue concedido Dumuzi, el hijo de la derecha, el hijo de la virgen, Jacob estaba obsesionado con una sola idea: dar a este tardío retoño la preeminencia sobre sus hermanos mayores, ponerlo a la cabeza de ellos, en el puesto de honor, concederle la primogenitura, a él que no era más que el primogénito de Raquel. Cuando Rubén se portó mal con Bala, la cólera de Jacob fue real e indudablemente sincera, pero también hubo una parte de simulación y exageró adrede en sus expresiones. Cuando José le contó el incidente a su padre con palabras de pueril malicia, ignoraba o no sospechaba más que a medias que la primera idea de Jacob había sido: «Ahora puedo maldecir al mayor y el pequeño tendrá el campo libre». Ya se había hecho este razonamiento, y solo por temor a herir a los hijos que venían detrás de Rubén no se atrevió a llevarlo a cabo hasta que llegara la ocasión propicia para entronizar a José en lugar del culpable. Por el contrario, dejó correr la duda, esperando y dejando libre para su preferido el rango de honor, el puesto de heredero, el de elegido. Lo que estaba en juego era nada menos que una herencia: la bendición de Abraham que Jacob llevaba consigo y que había recibido del ciego en lugar de Esaú.
Él tampoco entendía de proceder con demasiada regularidad para desviar el curso de los acontecimientos según le conviniera. Era necesario que el precioso legado fuera atribuido a José, más calificado para recibirlo por sus dones físicos y morales que Rubén, a pesar de su pesadez. Todos los medios, y especialmente el saber, eran legítimos para afirmar ante los demás la superioridad de José. Los tiempos cambian; aquí los herederos espirituales de Abraham no habían necesitado erudición: Jacob había pasado fácilmente sin ella. Pero, en el futuro, ¿quién sabía si sería deseable o necesario que el Bendito tuviera ciertos conocimientos? En todo caso, el estudio era una ventaja, grande o pequeña, y lo que interesaba era asegurar a José el máximo de ventajas sobre sus hermanos.
Esta era una de las razones por las que Jacob lo aprobaba. El otro motivo, sumido en lo más profundo de sus cuidados paternos, tenía que ver con la salvación del alma del niño, con su higiene religiosa. Hemos asistido a la escena en la que Jacob, una noche, a la orilla del pozo, con el brazo derecho extendido en actitud protectora sobre su preferido, le interrogaba con delicadeza sobre un acontecimiento esperado para muy pronto: la llegada de las lluvias. Había hecho su pregunta sin ganas. Solo su ardiente deseo de ser recordado por los tiempos venideros — problema de vital importancia — le había movido a sacar partido de una disposición de su hijo que le inspiraba un sentimiento de admiración, en el que, sin embargo, predominaba una temerosa repugnancia.
Sabía que José estaba sujeto a estados ligeramente extáticos, a un trance difícil de caracterizar, que a veces era un poco fingido, pero que otras veces resultaba verdaderamente profético. Su actitud al respecto estaba sometida a variaciones, influida por la ambigüedad perversa y sagrada de tales inclinaciones. Ninguno de los hermanos — ¡oh, no! — había manifestado uno solo de estos síntomas que son la señal de los elegidos. Dios sabe que no tenían aspecto de visionarios ni de inspirados. Podía dormir tranquilo en lo que a ellos respectaba; el éxtasis, ya se le juzgara bueno o malo, no era para ellos, y hasta cierto punto convenía a los designios de Jacob que José se distinguiera de modo tan significativo, aunque inquietante: se podía ver en ello un signo característico que, unido a tantos otros méritos, le señalaría brillantemente para su papel de heredero.
Sin embargo, sus observaciones no dejaban de causar cierto malestar a Jacob. En su país había ciertos tipos... El corazón del padre no deseaba que José se les pareciera.
Eran locos sagrados, poseídos por Dios, que usaban su don de predecir el futuro para subsistir; eran aulladores de oráculos que erraban por los pueblos o esperaban que su clientela les visitara en sus cavernas rocosas. Se procuraban el sustento y sumas de dinero a cambio de todo tipo de artimañas y revelando lo oculto. Jacob no podía sufrirlos, pues los consideraba una ofensa a Dios.
Nadie los miraba con buenos ojos y se evitaba su cercanía. Eran seres sucios, de costumbres locas y desarregladas. Los niños les perseguían gritando «¡aulasaula-lacaula!», onomatopeya que se asemejaba a sus balbuceos adivinatorios. Se hacían heridas y se mutilaban, comían alimentos en mal estado, andaban con el pescuezo bajo un yugo o con unos cuernos de hierro en la frente; algunos iban desnudos. ¡Los cuernos y la desnudez les venían de perlas! Todos sabían con qué se relacionaban sus actividades y cuál era su propósito: nada más y nada menos que la obscenidad de Baal, la prostitución sacramental, los ritos mágicos de la fecundidad que se practicaban entre la población agrícola y la oblación extática del sexo a los pies de Moloch, el rey-toro. Nadie ignoraba la conexión que existía entre ellos; no era ningún secreto. Sin embargo, la gente que rodeaba a Jacob hablaba de ellos con una especie de respeto benévolo, sin que todos tuvieran la susceptibilidad que formaba parte de las tradiciones espirituales del anciano. De hecho, este no rechazaba un oráculo razonable, el echar suertes o la predicción de la flecha para determinar la hora propicia para concluir un negocio. Observaba con el mayor cuidado el vuelo de las aves o la dirección del humo durante el sacrificio. Sin embargo, cuando una ola de lubricidad venía a barrer la comprensión concedida por Dios, entonces comenzaba para él lo que llamaba la «demencia», un término que pronunciaba con gran energía y que constituía la vergüenza suprema. Esto era el «Canaán» relacionado con la sombría historia del antepasado bajo la tienda, que fue condenado a ir desnudo y a prosternarse ante los Baals del país. Desnudeces, danzas acompañadas de cantos, orgías, fornicación ritual con las mujeres del templo, culto del Scheol, «aulasacaula» y profecías desordenadas entre convulsiones: todo esto era «Canaán», todo esto constituía un conjunto que, a los ojos de Jacob, era la «demencia».
¡Y qué inquietud la de pensar que José, por su disposición pueril a poner los ojos en blanco y hablar en sueños, pudiera adentrarse en esta impura región del alma! Jacob también era un soñador, pero un soñador glorioso. Es cierto que había visto en sueños al Señor, rodeado de sus ángeles, con la apariencia de un poderoso monarca, y había recibido de él, con el sonido de las arpas de fondo, la más exaltante de las promesas. Pero era evidente que, si había alzado la cabeza por encima de la tristeza y las humillaciones exteriores, esta elevación, por su contenido espiritual y su mesura, no tenía nada que ver con una superchería maligna.
¿No era una preocupación y una pena ver cómo los dones sagrados y las gracias otorgadas a los padres renacían en los hijos falibles bajo la apariencia de elegante perversidad?
¡Cuán amable era aquel elemento paternal reencarnado en su hijo, pero cuán extraño e inquietante con aquel aspecto turbador y rejuvenecido! El único consuelo era, precisamente, que José fuera tan joven; con la edad, su inestabilidad se tornaría firmeza, se haría más robusta y consistente, madurada en el entendimiento de Dios, y llegaría a la decencia. Sin embargo, la clarividencia conformista de Jacob no dejaba de ver que la inclinación de José a los éxtasis poco ejemplares tenía cierta relación con la desnudez, con el abandono del cuerpo, con Baal y el Scheol, con el sortilegio mortal y la demencia de las regiones infernales. Por eso, Jacob, el padre, favorecía la influencia de un maestro sobre su amado hijo. Era bueno que, bajo una experta dirección, José se instruyera y se ejercitara en el arte de la palabra y de las letras. Él, Jacob, no lo necesitaba. Hasta sus sueños más insignes habían tenido la señal de la modestia y la moderación. Pero presentía que los de José podrían requerir un día la disciplina exacta de la razón escrita, que contribuiría a dar fijeza a su incertidumbre. Una vez obtenido este resultado, el erudito José no se parecería a aquellos tipos que corren desnudos y cornamentados, echando baba.
Así reflexionaba Jacob. Creía que ciertos elementos oscuros que fermentaban en su querido hijo podrían depurarse y liberarse en el plano intelectual. Vemos, pues, que, con su perspicacia, Jacob estaba de acuerdo con las infantiles especulaciones de José cuando pensaba que la conciencia que el cuerpo tiene de sí mismo debe ser mejorada y justificada por la conciencia del espíritu.
