El libro de los médiums - Allan Kardec - E-Book

El libro de los médiums E-Book

Kardec Allan

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Beschreibung

El libro de los médiums, escrito por Allan Kardec, es una obra fundamental que explora la práctica del espiritismo y la mediumnidad. Publicado por primera vez en 1861, el texto se destaca por su estilo didáctico y su enfoque sistemático al abordar los fenómenos psíquicos. Kardec presenta una serie de preguntas y respuestas que revela la interacción entre los vivos y los espíritus, organizando el contenido en un marco coherente que propicia la reflexión. En un contexto literario marcado por el auge de la ciencia y la investigación filosófica, el autor propone un entendimiento racional de lo espiritual, desafiando creencias tradicionales y ofreciendo una nueva perspectiva sobre la vida después de la muerte. Allan Kardec, seudónimo de Hippolyte Léon Denizard Rivail, fue un pedagogo y filósofo francés cuyo interés por la espiritualidad y la ciencia lo llevó a fundar el espiritismo. Su formación en diversas disciplinas, incluyendo la filosofía y las ciencias, lo preparó para investigar fenómenos espirituales con un enfoque metódico. Kardec recolectó testimonios y prácticas médium a lo largo de su vida, convirtiéndose en el principal difusor de las ideas espiritistas, que desafiaron la percepción convencional de la existencia y el más allá. Recomiendo vivamente El libro de los médiums a quienes deseen profundizar en la comprensión de la mediumnidad y las interacciones entre vivos y espíritus. Esta obra no solo es una introducción accesible al espiritismo, sino también un convite a cuestionar y explorar las dimensiones más allá de lo material. Gracias a su enfoque analítico y su valiosa recopilación de experiencias, los lectores hallarán un recurso indispensable para el estudio de una de las corrientes filosóficas más intrigantes del siglo XIX. En esta edición enriquecida, hemos creado cuidadosamente un valor añadido para tu experiencia de lectura: - Una Introducción sucinta sitúa el atractivo atemporal de la obra y sus temas. - La Sinopsis describe la trama principal, destacando los hechos clave sin revelar giros críticos. - Un Contexto Histórico detallado te sumerge en los acontecimientos e influencias de la época que dieron forma a la escritura. - Una Biografía del Autor revela hitos en la vida del autor, arrojando luz sobre las reflexiones personales detrás del texto. - Un Análisis exhaustivo examina símbolos, motivos y la evolución de los personajes para descubrir significados profundos. - Preguntas de reflexión te invitan a involucrarte personalmente con los mensajes de la obra, conectándolos con la vida moderna. - Citas memorables seleccionadas resaltan momentos de brillantez literaria. - Notas de pie de página interactivas aclaran referencias inusuales, alusiones históricas y expresiones arcaicas para una lectura más fluida e enriquecedora.

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Veröffentlichungsjahr: 2023

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Allan Kardec

El libro de los médiums

Edición enriquecida. Clásicos de la literatura
Introducción, estudios y comentarios de Néstor Garrido
EAN 8596547741893
Editado y publicado por DigiCat, 2023

Índice

Introducción
Sinopsis
Contexto Histórico
Biografía del Autor
El libro de los médiums (Clásicos de la literatura)
Análisis
Reflexión
Citas memorables
Notas

Introducción

Índice

En una habitación iluminada por lámparas de gas, una mesa se vuelve interlocutora, y la razón decide no apartar la mirada. Ese es el clima intelectual y emocional que convoca El libro de los médiums: el borde donde lo visible parece ceder ante lo posible, y la curiosidad exige método. Lejos de la anécdota y del estremecimiento fácil, esta obra plantea una pregunta central: cómo observar, describir y evaluar fenómenos atribuidos a inteligencias invisibles sin renunciar al juicio crítico. En ese cruce entre experiencia y examen disciplinado se juega su apuesta, todavía provocadora, que combina prudencia investigativa con apertura a lo que excede la explicación inmediata.

Publicado originalmente en francés en 1861, como Le Livre des Médiums, el libro ocupa el segundo lugar en la codificación espírita preparada por Allan Kardec y continúa la línea inaugurada por El libro de los espíritus (1857). Su propósito declarado es ofrecer una guía para el estudio y la práctica del mediumnismo, estableciendo vocabularios, clasificaciones y reglas de proceder. No se trata de un almanaque de prodigios, sino de un manual que organiza testimonios, precauciones y criterios para distinguir, en la medida de lo posible, lo auténtico de lo ilusorio. Desde esa perspectiva, funciona tanto como introducción sistemática cuanto como examen crítico de un campo emergente.

Allan Kardec, seudónimo del educador francés Hippolyte Léon Denizard Rivail, aporta a estas páginas la disciplina del aula y la paciencia del observador. Formado en la tradición pedagógica de su tiempo, enfatiza definiciones claras, progresión didáctica y exposición ordenada. En el París del siglo XIX, con salones fascinados por mesas giratorias y experiencias insólitas, su enfoque buscó templar el entusiasmo con controles y preguntas. Reunió comunicaciones atribuidas a espíritus a través de diversos médiums y las sometió a comparación, repetición y discusión colectiva. El resultado es un texto que combina relato de casos, análisis y normas prácticas, situando el fenómeno en un marco coherente.

El libro describe modalidades de mediumnismo, examina fenómenos llamados físicos o inteligentes, y propone precauciones esenciales: desde evitar la credulidad hasta discernir la influencia de la imaginación, la sugestión y el engaño. Recomienda condiciones de trabajo, roles en los grupos, registro de observaciones y criterios morales para valorar mensajes. Lejos de sancionar todo lo extraordinario, insiste en el examen paciente y en una ética que subordine el asombro a la responsabilidad. La premisa es conocida: si hay hechos, deben ordenarse; si hay errores, deben corregirse. Esta combinación de metodología y prudencia confiere al libro su carácter de guía antes que de panfleto.

Se piensa en un clásico cuando una obra fija un modo de leer un asunto y lo vuelve referencia. El libro de los médiums lo logra al dotar al espiritismo de una gramática y una lógica operativa, influyendo en generaciones de practicantes y curiosos. Su permanencia no depende solo del tema, sino de la forma: una prosa clara, términos definidos, ejemplos graduados. El equilibrio entre apertura y exigencia, entre relato y regla, le ha permitido atravesar épocas con lectores disímiles. Allí reside parte de su autoridad: no impone, plantea; no dogmatiza, ordena preguntas que siguen siendo pertinentes para evaluar testimonios extraordinarios.

Desde su aparición, el volumen circuló ampliamente y fue traducido a distintos idiomas, acompañando la expansión del espiritismo en Europa y América. Asociaciones, grupos de estudio y bibliotecas populares lo adoptaron como manual de referencia, y su presencia ayudó a estabilizar discusiones que, de otro modo, habrían quedado en la anécdota dispersa. En la historia cultural decimonónica, contribuyó a un diálogo inusual entre ciencia, religión y filosofía, abriendo un espacio de discusión pública sobre lo invisible. Sin atribuirle hegemonías que no tuvo, su impacto fue sostenido: organizó prácticas, proveyó vocabulario compartido y ofreció un estándar de sobriedad en un terreno propenso al exceso.

Su interés literario se percibe en la estructura y el tono. Kardec interpela al lector, delimita capítulos con objetivos nítidos y alterna observaciones con comentarios que aclaran términos y previenen malentendidos. La exposición acumulativa, que pasa de nociones generales a matices más finos, da lugar a una lectura fluida, y la economía del estilo refuerza la impresión de seriedad. No se busca deslumbrar, sino convencer por la claridad. Los casos y ejemplos, seleccionados para ilustrar puntos específicos, cumplen una función retórica: orientar la interpretación y sugerir cautelas. Esa pedagogía aplicada confiere a la obra un valor literario vinculado a su eficacia argumentativa.

Otro eje que sostiene su vigencia es el componente ético. El libro advierte sobre la vanidad, la curiosidad mórbida y la explotación de la credulidad, y propone virtudes intelectuales —humildad, paciencia, honestidad de registro— como condiciones del trabajo mediúmnico. Lejos de reducir la práctica a un protocolo técnico, la asocia a una disciplina del carácter y a una finalidad formativa. Esta dimensión, menos ruidosa que las anécdotas, aporta profundidad: recuerda que el modo de buscar condiciona lo que se encuentra. La ética, en consecuencia, no es ornamento, sino principio organizador que legitima o invalida los resultados obtenidos en las sesiones.

El contexto histórico amplifica su interés. En pleno siglo XIX, cuando la observación y el experimento se afirmaban como criterios de conocimiento, Kardec propuso aplicar métodos de control —repetición, comparación, registro— a fenómenos discutidos. Sin confundir planos, estimó que la interrogación racional podía coexistir con una hipótesis espiritualista acerca del ser humano. Esa coexistencia, polémica entonces y ahora, singulariza el libro: acoge preguntas de sentido sin renunciar a la exigencia de pruebas. El resultado es un texto que conversa con la ciencia y con la religión, sin disolverse en ninguna, y que corrige tanto el dogmatismo como el sensacionalismo.

Por su diseño, la obra se dirige a públicos diversos. Quien se acerca por primera vez encuentra nociones básicas y advertencias que previenen errores habituales; quien ya participa de grupos halla criterios para organizar sesiones y evaluar comunicaciones. En ambos casos, se insiste en la dimensión colectiva: la práctica se beneficia de la discusión, el contraste y la moderación de temperamentos. No se promueve el aislamiento ni la búsqueda de prodigios por sí mismos, sino una disciplina compartida. Esa orientación comunitaria, sostenida por un lenguaje preciso, también explica su perdurabilidad como manual y como puente entre experiencias y reflexión.

Leída hoy, la obra dialoga con preguntas contemporáneas sobre la conciencia, la experiencia límite y los métodos para examinar testimonios subjetivos. En tiempos de sobreabundancia informativa y rumores virales, su insistencia en el registro riguroso, el escepticismo operativo y la ética del investigador suena sorprendentemente actual. Más allá del acuerdo o desacuerdo con sus tesis espiritistas, el lector puede encontrar un modelo de actitud: atención, orden, prudencia. Ese marco ayuda a separar relato de prueba, creencia de evidencia, entusiasmo de criterio. En tal sentido, el libro ofrece herramientas útiles para navegar la intersección entre vivencias, interpretaciones y hechos.

Por todo ello, El libro de los médiums mantiene su atractivo duradero: fue pionero, fijó un método y abrió conversación. Es un clásico no solo de un movimiento, sino de la literatura que organiza lo insólito sin abdicar del juicio. Al situar la mediumnidad en un horizonte ético y racional, ofrece un puente entre el deseo de comprender y la disciplina de conocer. En sus páginas late una invitación que sigue vigente: explorar con seriedad lo que no entendemos del todo. Quien ingrese a esta obra entra en una tradición de estudio y en un llamado a la responsabilidad de indagar.

Sinopsis

Índice

Publicado en 1861, El libro de los médiums de Allan Kardec se presenta como la continuación práctica de El libro de los espíritus y la segunda obra central de la codificación espiritista. En lugar de exponer principios filosóficos, aborda el cómo: condiciones, límites y métodos de las comunicaciones atribuidas a los Espíritus. Kardec organiza testimonios, observaciones y reglas con voluntad didáctica, orientadas tanto a curiosos como a practicantes. El tono es instructivo y prudente: más que prometer lo extraordinario, busca ordenar lo que considera un campo naciente, estableciendo vocabulario, criterios y advertencias para encauzar experiencias frecuentemente confusas.

Las nociones preliminares delimitan el objeto del estudio y justifican su necesidad. Kardec distingue el Espiritismo de la superstición, el ilusionismo y la simple creencia; propone tratar los fenómenos como hechos a observar, sometidos a comparación y control. Introduce preguntas guías: qué se manifiesta, por qué vías, bajo qué influencias morales o físicas, y cómo evitar errores de interpretación. También señala los riesgos del exceso de entusiasmo y del rechazo sistemático, situando su enfoque entre la credulidad acrítica y el escepticismo impermeable. Con ese marco, invita a considerar la mediumnidad como facultad humana más o menos extendida.

El tratado diferencia dos grandes órdenes de manifestaciones: las de efectos físicos y las de carácter inteligente. En las primeras describe, según informes, movimientos de objetos, ruidos y otros incidentes materiales que atribuye a la acción de agentes invisibles. En las segundas, se centra en mensajes que parecen revelar intención y pensamiento, especialmente por medio de escritura, voz o visión. El objetivo no es el espectáculo, sino la clasificación y la pauta de control: regularidad de los hechos, condiciones del ambiente y seriedad de los participantes. Esta distinción sostiene el resto del libro y estructura su propuesta experimental.

En torno a la figura del médium, Kardec ofrece una definición funcional: personas aptas para percibir o transmitir la influencia de los Espíritus. Detalla variedades y matices: de escritura, parlantes, auditivos, videntes, curadores, de presentimiento o de efectos físicos, entre otros matices. Insiste en que las aptitudes difieren, que no todas pueden forzarse ni conviene estimularlas indiscriminadamente. Propone una educación gradual de la facultad, que combine ejercicio, prudencia y orientación moral. Señala además factores que, a su juicio, favorecen la comunicación —como la concentración y la intención recta— y obstáculos frecuentes, desde la impaciencia hasta la vanidad.

Las reglas para reuniones y sesiones ocupan un lugar central. Kardec describe la composición aconsejable de los grupos, las funciones de los asistentes y el papel del director. Distingue entre evocaciones y comunicaciones espontáneas, y sugiere condiciones de calma, regularidad horaria y finalidad útil. Desaconseja preguntas fútiles y experimentos gratuitos que, afirma, atraen influencias ligeras. Sugiere consignar observaciones, comparar resultados y mantener disciplina sin caer en rigidez ceremonial. La práctica, expone, debería sostenerse en objetivos morales o instructivos, con una etiqueta mínima que reduzca interferencias y facilite la verificación de lo recibido.

Una sección clave aborda la identificación y el valor de los mensajes. Kardec propone criterios de discernimiento: coherencia interna, elevación moral del contenido, concordancia con otros dictados independientes y adecuación al sentido común. Advierte que, en su marco, Espíritus de diverso grado pueden interferir, incluidos los que juzga ligeros o burlones, por lo que recomienda no aceptar nada sin examen. Examina signos de estilo, conocimientos aparentes y posibles mistificaciones, así como la influencia del pensamiento del médium. El llamado es a subordinar lo maravilloso a la razón, evitando entusiasmos que nublen el juicio o negaciones precipitadas.

El problema de la obsesión recibe un tratamiento detallado. Kardec describe gradaciones —de la simple importunidad a formas más absorbentes— y sugiere medios de prevención y alivio basados en la vigilancia de la propia conducta, la ayuda de grupos experimentados y la firmeza sin violencia. Distingue entre influencia espiritual y estados orgánicos o nerviosos, recomendando prudencia antes de atribuir todo a una misma causa. También aborda la fascinación, en la que el juicio se ve comprometido por halagos o promesas, y advierte sobre la dependencia psíquica. La salida, propone, conjuga método, serenidad y un criterio ético constante.

Frente a objeciones y fraudes posibles, el libro defiende el control experimental. Kardec discute hipótesis alternativas —sugestión, engaño consciente, automatismos— y sugiere pruebas comparativas para reducir errores, al tiempo que reconoce los límites del momento. Especial énfasis pone en la intención moral como filtro de contenidos: la utilidad, la claridad y la coherencia pesan más que la brillantez espectacular. La obra, así, busca articular una práctica que se pretenda verificable y responsable, abierta a la crítica y a la rectificación, sin quedar sujeta a caprichos ni a la autoridad personal de médiums o asistentes.

Como conjunto, El libro de los médiums funciona a la vez como manual, mapa de riesgos y propuesta de método para un campo controvertido del siglo XIX. Su vigencia reside menos en aprobar o no sus premisas que en la invitación a un examen disciplinado, atento a sesgos, motivaciones y consecuencias éticas de la búsqueda de lo invisible. Leído hoy, ofrece una fotografía de esfuerzos por sistematizar relatos de experiencias extraordinarias, y un recordatorio de que la curiosidad requiere reglas y responsabilidad. Concluye reafirmando un horizonte práctico y moral, sin clausurar el debate ni anticipar certezas finales.

Contexto Histórico

Índice

A mediados del siglo XIX, París era el epicentro de una Europa en acelerada transformación. Bajo el Segundo Imperio de Napoleón III (1852–1870), la capital francesa experimentaba centralización política, renovación urbana y creciente control estatal sobre la prensa y las asociaciones. Las instituciones dominantes —la Iglesia católica, las academias científicas y el aparato administrativo— disputaban el monopolio de la verdad sobre la naturaleza, el alma y el orden social. En ese marco, proliferaron sociedades de discusión, salones y revistas que mediaban entre ciencia, religión y espectáculo. La ciudad, modernizada y vigilada, ofrecía a la vez oportunidades y riesgos para nuevas doctrinas como el espiritismo codificado por Allan Kardec.

Allan Kardec fue el seudónimo de Hippolyte Léon Denizard Rivail (1804–1869), pedagogo lionés formado en el ambiente del método de Pestalozzi, autor de manuales escolares y divulgador científico. Su trayectoria previa, marcada por la didáctica y la clasificación de saberes, condicionó su acercamiento a los fenómenos que la prensa llamaba “mesas giratorias”. A partir de 1855, Rivail investigó sesiones en París y asumió el nombre Allan Kardec para distinguir su labor espírita de la educativa. Fundó la Revue Spirite (1858) y la Société Parisienne des Études Spirites, plataformas desde las cuales buscó dar forma metódica a observaciones dispersas y polémicas.

El terreno había sido preparado por décadas de debates sobre el magnetismo animal. Desde fines del siglo XVIII, las comisiones reales que examinaron a Franz Anton Mesmer (1784) y los estudios posteriores sobre sonambulismo e hipnosis dividieron a médicos y filósofos entre credulidad, curiosidad y refutación. En los años 1840, James Braid propuso el término “hipnotismo”, intentando separar prácticas terapéuticas de lo maravilloso. Ese legado experimental y controvertido dejó una sensibilidad ambivalente: demanda de pruebas y protocolos, pero también fascinación por estados liminares. Kardec heredó estos dilemas metodológicos, que buscó traducir a una disciplina de observación y clasificación.

El impulso inmediato provino del espiritualismo moderno surgido en Estados Unidos en 1848, asociado a las hermanas Fox y a raps y mesas que respondían supuestamente a preguntas. Hacia 1853–1854, la moda de las “tables tournantes” se propagó por Europa, ocupando salones burgueses y cafés. En Francia, personajes públicos, desde literatos hasta políticos, asistían a sesiones que mezclaban curiosidad, ocio y búsqueda metafísica; incluso Victor Hugo, exiliado en las islas del Canal (1853–1855), practicó mesas parlantes. Ese clima transatlántico abrió un espacio para intérpretes que, como Kardec, pretendían distinguir entretenimiento, fraude y posible fenómeno digno de estudio.

La primera síntesis kardeciana, El libro de los espíritus (1857), ofreció principios morales y ontológicos atribuidos a comunicaciones espirituales, e introdujo el término “espiritismo” para diferenciarlo del “espiritualismo” filosófico. El éxito y la controversia evidenciaron una necesidad práctica: ¿cómo investigar, clasificar y evitar engaños en las sesiones? El libro posterior, El libro de los médiums (1861), respondió a esa demanda. Al proponer reglas de observación, tipologías de mediumnidad y advertencias contra la credulidad, se inscribió en un clima intelectual que valoraba los manuales y compendios como herramientas de formación y control del conocimiento en circulación.

La publicación de 1861 se produjo en una París sometida a vigilancia, pero con márgenes de experimentación. La Société Parisienne des Études Spirites operaba como círculo relativamente discreto, mientras la Revue Spirite difundía casos y debates. Kardec adoptó un tono normativo y metodológico para presentar el espiritismo como estudio serio, no como espectáculo. Esa estrategia institucional —revista, sociedad, manual— buscó otorgar legitimidad en un ecosistema donde los géneros impresos (manuales, catecismos laicos, revistas científicas) ayudaban a estabilizar prácticas emergentes pese a controles sobre reuniones públicas y una censura que, aunque oscilante, seguía vigilando lo “subversivo” o lo “supersticioso”.

La controversia científica estaba al rojo vivo. En 1853, Michael Faraday había explicado el movimiento de mesas por el efecto ideomotor, mientras Michel Eugène Chevreul había señalado, en la década de 1850, el papel de las expectativas en varillas y péndulos. La Académie des Sciences mantenía escepticismo frente a fenómenos “ocultos” no replicables bajo control. El libro de Kardec se relaciona con ese debate al proponer críticas a la charlatanería, controles cruzados y observación prolongada, pero defendiendo la realidad de ciertos hechos. Dialoga, así, con el positivismo dominante: acepta la disciplina del método, pero amplía el campo de lo investigable a lo psíquico.

El terreno religioso no era menos tenso. La Iglesia católica, fortalecida en educación y moral pública durante el Imperio, denunció el espiritismo como superstición peligrosa. En octubre de 1861, autoridades eclesiásticas en Barcelona confiscaron y quemaron públicamente un envío de libros espíritas, incluido material de Kardec, episodio que dio notoriedad y avivó polémicas. Poco después, el Syllabus Errorum (1864) de Pío IX consolidó una condena general a corrientes modernas consideradas disolventes, aunque no nombrara específicamente el espiritismo. El libro de Kardec se sitúa en esta fricción, reclamando independencia religiosa sin romper con una ética de inspiración cristiana.

Las prácticas públicas también alimentaban el sensacionalismo. Medios itinerantes y exhibiciones de fenómenos extraordinarios atraían multitudes y prensa; figuras como Daniel Dunglas Home recorrieron Europa generando fascinación y sospecha. La prensa, dividida entre sátira y curiosidad, amplificó denuncias de fraude y relatos de maravillas. Kardec buscó distanciarse de la exhibición, defendiendo sesiones sobrias, fines morales y estudio paciente. Su manual insiste en la formación del carácter del médium y en la prudencia del experimentador, intentando desplazar el eje del espectáculo hacia la disciplina, en un esfuerzo por blindar el campo ante la crítica del engaño deliberado.

La modernización material de París también condicionó la recepción. La transformación haussmanniana desde 1853 creó bulevares, redes sanitarias y nuevos espacios de sociabilidad; el ferrocarril y el telégrafo acortaron distancias, mientras la fotografía circulaba imágenes y credenciales de autoridad. Estas infraestructuras favorecieron el intercambio rápido de cartas, revistas y libros, y permitieron la organización de redes de aficionados y practicantes. La ampliación de librerías, gabinetes de lectura y quioscos multiplicó el público lector. En ese ecosistema, un manual como El libro de los médiums encontró canales de difusión, reimpresiones y debate público sostenido.

El contexto social estaba atravesado por experiencias de duelo y riesgo. Las guerras de Crimea (1853–1856) y de Italia (1859), sumadas a las epidemias de cólera que azotaron París en 1849, 1854 y 1865, dejaron una huella de pérdidas y preguntas sobre la supervivencia del alma. El espiritismo ofreció consuelo al proponer la continuidad de la vida y una moral de progreso del espíritu. Kardec intenta encauzar ese consuelo hacia prácticas ordenadas, advirtiendo contra la curiosidad malsana y la explotación del dolor. Su libro, por tanto, responde a una necesidad psicológica colectiva en un momento de mortandad y transformación acelerada.

El perfil pedagógico de Kardec se refleja en la organización del texto. Francia vivía tensiones entre educación confesional y corrientes laicas, tras leyes que reforzaron la presencia eclesial en la enseñanza a inicios de la década de 1850. En ese ambiente, manuales y catecismos seculares proliferaron para formar ciudadanos y profesionales. El libro de los médiums adopta una estructura didáctica, con definiciones, clasificaciones y recomendaciones, orientada a un público alfabetizado de clase media. Busca enseñar a discernir, más que deslumbrar, alineándose con un ideal burgués de autodisciplina y mejora moral compatible con la cultura impresa de su tiempo.

El control de asociaciones bajo el Segundo Imperio afectó a círculos de debate y experimentación. Reuniones públicas requerían autorización y eran susceptibles de vigilancia policial. La Société Parisienne des Études Spirites funcionó como espacio privado, con actas y protocolos que daban apariencia de seriedad. El libro insiste en la conducta de los participantes y en la finalidad elevada de los trabajos, elementos que reducían la sospecha de desorden. Esta prudencia institucional fue clave para sostener la continuidad del movimiento en Francia, evitando choques frontales con autoridades que desconfiaban tanto de clubes políticos como de congregaciones heterodoxas.

La circulación internacional fue rápida. Durante la década de 1860, los textos de Kardec se tradujeron y comentaron en español y portugués, y encontraron lectores en la península ibérica y América Latina. El caso de Barcelona mostró resistencia eclesiástica, pero también el alcance de las redes editoriales. En Brasil, adonde llegaban libros y revistas francesas por puertos como Río de Janeiro, grupos de estudio comenzaron a formarse ya en esos años, preludio de la implantación masiva posterior. El libro de los médiums aportó un repertorio común de prácticas y criterios que facilitaron la homogeneización de experiencias en contextos diversos.

El diálogo con la ciencia continuó en las décadas siguientes, con nuevos hitos que retroiluminan el proyecto kardeciano. Investigadores como William Crookes, en los años 1870, realizaron experimentos con médiums que reavivaron discusiones sobre controles y fraude, mientras el London Dialectical Society (1869–1870) organizó una investigación que, aunque polémica, institucionalizó el tema. Más tarde, la fundación de la Society for Psychical Research (1882) profesionalizó el examen de fenómenos psíquicos. Estas iniciativas, posteriores a la obra, muestran que el impulso por “cientificar” lo invisible tenía raíces previas a 1861 y que Kardec se inscribía en una corriente persistente.

Los aspectos económicos de la cultura impresa también pesaron. La reducción de costos de impresión, la expansión de ferrocarriles y la distribución por suscripción permitieron tiradas más amplias y reimpresiones. Revistas como la Revue Spirite crearon comunidades lectoras que sostenían debates, respondían cuestionarios y enviaban relatos de experiencias. Libreros y editores parisinos, atentos a nichos de mercado, apoyaron colecciones de “clásicos” y de divulgación. El libro de los médiums se benefició de ese circuito, posicionándose como guía accesible y útil, con estructura clara y tono normativo, capaz de circular tanto en gabinetes privados como en bibliotecas de lectura pública.

En el plano cultural, el siglo XIX francés mezcló fascinación por lo oculto y confianza en el progreso. Autores esotéricos como Éliphas Lévi dialogaban, desde otras tradiciones, con la inquietud por lo invisible; literatos y periodistas exploraban lo fantástico sin abandonar la crítica irónica. Kardec propuso una vía intermedia: admitir la posibilidad de fenómenos, pero someterlos a reglas, finalidad moral y examen mantenido en el tiempo. Su manual respondió a esa sensibilidad híbrida, intentando conciliar curiosidad y disciplina, esperanza religiosa y ambición científica, en un lenguaje comprensible para el lector medio de la época urbana e ilustrada de París y más allá de ella.—El libro de los médiums funciona como espejo y crítica de su tiempo. Es espejo porque refleja la modernidad parisina: su red de impresos, su sociabilidad de salón, su duelo colectivo y su fe en el método. Es crítica porque denuncia el fraude, la ligereza de la moda y el dogmatismo que clausura preguntas. En una Francia donde ciencia, Estado e Iglesia disputaban el sentido de la verdad, Kardec ofreció una gramática práctica para ordenar lo extraordinario. Al hacerlo, señaló las promesas y límites de una modernidad que quería someter incluso al misterio a reglas de observación y conducta.

Biografía del Autor

Índice

Allan Kardec, seudónimo de Hippolyte Léon Denizard Rivail, fue educador, traductor y autor francés del siglo XIX. Nacido en 1804 en Lyon y fallecido en 1869 en París, es reconocido por codificar el espiritismo, corriente que buscó sistematizar fenómenos mediúmnicos y derivar de ellos una filosofía moral. Su trayectoria enlaza la pedagogía racional de su juventud con un proyecto intelectual orientado a conciliar observación, crítica y ética. Más que proclamarse fundador de una religión, se presentó como organizador de enseñanzas atribuidas a los espíritus, abriendo un debate que marcó la cultura europea y, con especial vigor, la de países de lengua portuguesa e hispana.

En su formación temprana, Rivail estudió con Johann Heinrich Pestalozzi en Yverdon, Suiza, donde asimiló un método pedagógico centrado en la observación, la gradualidad y la autonomía del alumno. De regreso a Francia, ejerció como docente, conferenciante y autor de manuales destinados a la enseñanza de ciencias y letras, además de trabajar como traductor. Su obra de esta etapa se inserta en la tradición ilustrada y en el reformismo educativo decimonónico, con interés por la claridad expositiva y el aprendizaje activo. Ese trasfondo metodológico, orientado a la verificación y al orden, sería decisivo cuando abordó el estudio de los fenómenos que llamaría espiritistas.

A mediados de la década de 1850, en París, las mesas giratorias y otras experiencias de salón suscitaron amplia curiosidad. Rivail se aproximó a esos fenómenos con ánimo crítico, recopilando respuestas obtenidas por diversos médiums y comparándolas. Para distinguir esta línea de trabajo de su producción pedagógica, adoptó el seudónimo Allan Kardec. Su enfoque consistió en contrastar mensajes, descartar contradicciones y buscar concordancias, insistiendo en la repetición de pruebas y en la coherencia moral del contenido. De ese proceso surgiría un corpus doctrinal que intentó separar, en lo posible, la observación de la creencia, sin renunciar a la aspiración de reforma ética.

En 1857 publicó El libro de los espíritus, texto fundacional del espiritismo que compendia principios filosóficos y morales en formato de preguntas y respuestas. Le siguieron El libro de los médiums (1861), sobre la práctica y los riesgos de la mediumnidad; El Evangelio según el espiritismo (1864), lectura moral de los evangelios; El cielo y el infierno (1865), con reflexiones sobre justicia divina; y La Génesis (1868), dedicada a milagros y cosmogonía desde óptica espiritista. Paralelamente, impulsó la Revue Spirite (Revista Espírita) desde 1858 y promovió la Société Parisienne des Études Spirites, espacios dedicados al análisis y difusión de la doctrina.

La propuesta kardecista se articuló como filosofía espiritualista con pretensiones científicas y consecuencias morales: existencia de Dios, inmortalidad del alma, reencarnación, comunicabilidad de los espíritus y una ley de progreso. Kardec defendió el principio de concordancia universal para validar enseñanzas y subrayó la caridad y la educación como ejes de transformación personal y social. Su proyecto concitó adhesiones de lectores y practicantes, pero también críticas de científicos que lo consideraron especulativo y de autoridades religiosas que objetaron su interpretación de la revelación. El debate se desarrolló en prensa, conferencias y en su revista, donde respondió objeciones y alentó un examen metódico.

Desde fines del siglo XIX, sus libros circularon ampliamente mediante traducciones, y el espiritismo se expandió más allá de Francia. Alcanzó especial arraigo en Brasil y en comunidades lusófonas, así como en países hispanoamericanos y europeos, donde surgieron grupos de estudio, centros de asistencia y literatura secundaria. La obra de Kardec influyó en debates sobre la relación entre ciencia, religión y moral, y dialogó con corrientes como el positivismo y el liberalismo, ya fuese por afinidad o por contraste. Aunque la recepción académica fue desigual, su vocabulario y sus nociones pasaron a formar parte del repertorio cultural popular y de prácticas devocionales contemporáneas.

En sus últimos años, Kardec continuó revisando materiales doctrinales y organizando la difusión del espiritismo. Publicó La Génesis en 1868 y falleció en 1869 en París. Tras su muerte se editaron textos inéditos bajo el título de Obras póstumas, que permiten asomarse a su método y a proyectos en curso. Su tumba, en el cementerio del Père-Lachaise, se convirtió en un punto de referencia simbólico para seguidores. El legado kardecista persiste en la lectura regular de sus obras, en centros de estudio y en la discusión sobre la naturaleza de la evidencia espiritual. Su figura se recuerda sobre todo como codificador antes que como profeta.

El libro de los médiums (Clásicos de la literatura)

Tabla de Contenidos Principal
INTRODUCCIÓN
PRIMERA PARTE - NOCIONES PRELIMINARES
CAPÍTULO PRIMERO ¿HAY ESPÍRITUS?
CAPÍTULO II - LO MARAVILLOSO Y LO SOBRENATURAL
CAPÍTULO III - MÉTODO
CAPÍTULO IV - SISTEMAS
SEGUNDA PARTE - DE LAS MANIFESTACIONES ESPIRITISTAS
CAPÍTULO PRIMERO. - ACCIÓN DE LOS ESPÍRITUS SOBRE LA MATERIA
CAPÍTULO II - MANIFESTACIONES FÍSICAS - MESAS GIRATORIAS
CAPÍTULO III - MANIFESTACIONES INTELIGENTES
CAPÍTULO IV - TEORÍA DE LAS MANIFESTACIONES FÍSICAS
CAPÍTULO V - MANIFESTACIONES FÍSICAS ESPONTÁNEAS
CAPÍTULO VI - MANIFESTACIONES VISUALES
CAPÍTULO VII - BI-CORPOREIDAD Y TRANSFIGURACIÓN
CAPÍTULO VIII - LABORATORIO DEL MUNDO INVISIBLE
CAPÍTULO IX - DE LOS LUGARES FRECUENTADOS POR LOS ESPÍRITUS
CAPÍTULO X - NATURALEZA DE LAS COMUNICACIONES
CAPÍTULO XI - SEMASIOLOGÍA Y TYPTOLOGÍA
CAPÍTULO XII - PNEUMATOGRAFÍA O ESCRITURA DIRECTA. - PNEUMATOFONÍA Escritura directa
CAPÍTULO XIII - PSYCOGRAFÍA
CAPÍTULO XIV - DE LOS MÉDIUMS
CAPÍTULO XV - MÉDIUMS ESCRIBIENTES O PSYCÓGRAFOS
CAPÍTULO XVI - MÉDIUMS ESPECIALES
CAPÍTULO XVII - FORMACIÓN DE LOS MÉDIUMS
CAPÍTULO XVIII - INCONVENIENTES Y PELIGROS DE LA MEDIUMNIDAD
CAPÍTULO XIX - PAPEL DEL MÉDIUM EN LAS COMUNICACIONES ESPIRITISTAS
CAPÍTULO XX - INFLUENCIA MORAL DEL MÉDIUM
CAPÍTULO XXI - INFLUENCIA DEL CENTRO
CAPÍTULO XXII - DE LA MEDIUMNIDAD DE LOS ANIMALES
CAPÍTULO XXIII - DE LA OBSESIÓN
CAPÍTULO XXIV - IDENTIDAD DE LOS ESPÍRITUS
CAPÍTULO XXV - DE LAS EVOCACIONES
CAPÍTULO XXVI
CAPÍTULO XXVII - DE LAS CONTRADICCIONES Y DE LAS MIXTIFICACIONES
CAPÍTULO XXVIII - CHARLATANISMO Y JUGLERÍA
CAPÍTULO XXX - REGLAMENTO DE LA SOCIEDAD PARISIENSE DE ESTUDIOS ESPIRITISTAS
CAPÍTULO XXXI - DISERTACIONES ESPIRITISTAS
CAPÍTULO XXXII - VOCABULARIO ESPIRITISTA

INTRODUCCIÓN

Índice

La experiencia nos confirma todos los días en esta opinión de que las dificultades y las decepciones que se encuentran en la práctica del Espiritismo, tienen su origen en la ignorancia de los principios de esta ciencia, y estamos felices por haber constatado que el trabajo que hemos hecho, para precaver a los adeptos contra los escollos de un noviciado, ha producido sus frutos, y que muchos han debido a la atenta lectura de esta obra el haber podido evitarlos.

Un deseo muy natural, entre las personas que se ocupan del Espiritismo, es el poder entrar por sí mismas en comunicación con los Espíritus; esta obra está destinada a facilitarles el camino, haciéndoles aprovechar del fruto de nuestros largos y laboriosos estudios, porque se tendría una idea muy falsa, pensando que para ser experto en esta materia basta saber colocar los dedos sobre una mesa para hacerla girar o tener un lápiz para escribir.

Se engañaría igualmente, si se creía encontrar en esta obra una receta universal e infalible para formar los médiums. Aunque cada uno contenga en sí mismo el germen de la cualidades necesarias para poderlo ser, estas cualidades no existen si no en grados muy diferentes, y su desarrollo proviene de causas que no dependen de ninguna persona el hacerlas nacer a voluntad. Las reglas de la poesía, de la pintura y de la música, no hacen ni poetas, ni pintores, ni músicos de aquéllos que no les tienen el genio: guían en el empleo de facultades naturales. Lo mismo pasa con nuestro trabajo; su objeto es indicar los medios de desenvolver la facultad medianímica, tanto como lo permitan las disposiciones de cada uno, y sobre todo dirigir el empleo de éstas de una manera útil, cuando la facultad existe. Pero eso no es el fin único que nos hemos propuesto. Al lado de los médiums propiamente dichos, hay la multitud, que aumenta todos los días, de personas que se ocupan de las manifestaciones espiritistas; guiarles en sus observaciones, señalarles los escollos que pueden y deben necesariamente encontrar en una cosa nueva, iniciarlas en la manera de tener relación con los Espíritus, indicarles los medios de tener buenas comunicaciones, tal es el círculo que debemos abrazar, bajo pena de hacer una cosa incompleta. Nadie quedará, pues, sorprendido, al encontrar en nuestro trabajo noticias que de pronto, podrán parecer extrañas: la experiencia demostrará su utilidad. Después de haberlo estudiado con cuidado, se comprenderán mejor los hechos de que será testigo; el lenguaje de ciertos Espíritus parecerá menos raro. Como instrucción práctica, no se dirige pues exclusivamente a los médiums sino a todos aquellos que están en disposición de ver y observar los fenómenos espiritistas. Algunas personas hubieran deseado que publicásemos un manual práctico muy sucinto, conteniendo en pocas palabras la indicación de los procedimientos que deben seguirse para entrar en comunicación con los Espíritus; piensan que un librito de esta naturaleza, pudiendo, por lo módico de su precio, circular con profusión, sería un poderoso medio de propaganda, multiplicando los médiums; en cuanto a nosotros, miramos tal obra como más dañosa que útil, al menos por el momento. La práctica del Espiritismo está rodeada de muchas dificultades, y no está exenta de los inconvenientes que un estudio serio y completo puede sólo precaver. Sería, pues, de temer que una indicación demasiado sucinta, provocase experiencias hechas con ligereza, que podrían dar lugar a arrepentirse; éstas son cosas con las cuales no es conveniente ni prudente jugar, y creeríamos prestar un mal servicio poniéndolas a disposición del primer atolondrado que tomase a diversión el hablar con los muertos. Nos dirigimos a las personas que ven en el Espiritismo un fin serio, que comprenden toda su gravedad, y no hacen juguete de las comunicaciones con el mundo invisible. Habíamos publicado una Instrucción práctica con el objeto de guiar a los médiums; ésta obra está hoy agotada, y aunque se hizo con un fin eminentemente grave y serio, no la reimprimiremos, porque no la encontramos aún bastante completa para ilustrar sobre todas las dificultades que pueden encontrar. La hemos reemplazado por ésta, en la que reunimos todos los datos que una larga experiencia y un estudio concienzudo, nos permitieron adquirir. Contribuirá, lo esperamos al menos, a dar al Espiritismo el carácter grave que es su esencia y evitar que se vea en él un objeto de ocupación frívola de diversión. A estas consideraciones añadiremos una muy importante que es la mala impresión que produce sobre las personas novicias o mal dispuestas, la vista de experiencias hechas ligeramente y sin conocimiento de causa; tienen por inconveniente el dar del mundo de los Espíritus, una idea muy falsa y de prestar el flanco a la burla y a una crítica muchas veces fundada; por eso es que, raramente, los incrédulos salen convertidos de estas reuniones, y poco dispuestos a ver el lado grave del Espiritismo. La ignorancia y la liviandad de ciertos médiums, han hecho más mal, del que parece, en la opinión de muchas gentes. El Espiritismo ha hecho grandes progresos desde algunos años, pero los ha hecho sobre todo inmensos, desde que ha entrado en la vía filosófica, porque ha sido apreciado por las gentes ilustradas. Hoy día nos es ya un espectáculo: es una doctrina de la que ya no se ríen, los que se mofaban de las mesas giratorias[1]. Poniendo nuestros esfuerzos en dirigirle y mantenerle en este terreno, tenemos la convicción de conquistarle más partidarios útiles, que provocando, de cualquier modo, manifestaciones de las cuales se podría abusar.

Todos los días, tenemos la prueba de eso por el número de adeptos que ha hecho la sola lectura del Libro de los Espíritus.

Después de haber expuesto en el Libro de los Espíritus la parte filosófica de la ciencia Espiritista, damos en esta obra la parte práctica para el uso de aquellos que quieran ocuparse de las manifestaciones, ya por sí mismos, ya para darse cuenta de los fenómenos que pueden ser llamados a presenciar. En ella verán los escollos que se pueden encontrar, y tendrán así un medio de evitarlos. Estas dos obras, aunque continuación la una de la otra, son hasta cierto punto independientes: pero al que quiera ocuparse seriamente de la cosa diremos que lea desde luego el Libro de los Espíritus porque contiene los principios fundamentales, sin los cuales ciertas partes de esta obra serían tal vez difícilmente comprendidas. Mejoras importantes fueron introducidas en esta segunda edición que es mucho más completa que la primera. Se ha corregido con un cuidado muy particular por los Espíritus, que han añadido un número muy grande de observaciones y de instrucciones del más alto interés. Como todo lo han revistado y lo han aprobado o modificado a su gusto, se puede decir que esta edición es en gran parte su obra, porque su intervención no se ha limitado a algunos artículos firmados; no hemos indicado los nombres sino cuando esto nos ha parecido necesario para caracterizar ciertas citas un poco extensas, como emanadas de ellos textualmente; de otro modo nos hubiera sido necesario citarlos casi en cada página; notablemente en todas las respuestas hechas a las preguntas propuestas, lo que no nos ha parecido útil. Los nombres, como se sabe, importan poco en semejante materia; lo esencial es que el conjunto del trabajo, responda al fin que nos hemos propuesto. La acogida hecha a la primera edición, aunque imperfecta, nos hace esperar que ésta no lo será con menos favor. Como hemos añadido, en ella, muchas cosas, y muchos capítulos enteros, hemos suprimido algunos artículos que tenían doble colocación; entre otros la Escala espiritista que se encuentra ya en el Libro de los Espíritus. Hemos igualmente suprimido del Vocabulario lo que no entraba especialmente en el cuadro de esta obra, y que se halla últimamente reemplazado por cosas más prácticas. Por otra parte, este vocabulario no era bastante completo; lo publicaremos más tarde separadamente, bajo la forma de un pequeño diccionario de filosofía espírita; sólo hemos conservado las palabras nuevas o especiales relativas al objeto del que nos ocupamos.

PRIMERA PARTE - NOCIONES PRELIMINARES

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CAPÍTULO PRIMERO ¿HAY ESPÍRITUS?

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1. La duda concerniente a la existencia de los Espíritus, tiene por causa primera la ignorancia de su verdadera naturaleza. Se les figura generalmente como seres aparte en la creación, y cuya necesidad no está demostrada. Muchos no los conocen sino por los cuentos fantásticos que han oído desde la cuna, poco más o menos como se conoce la historia por los romances; sin investigar si estos cuentos, separados los accesorios ridículos, se apoyan sobre un fondo de verdad, sólo les impresiona lo absurdo; no quieren tomarse el trabajo de quitar la corteza amarga para descubrir la almendra y rehúsan el todo, como hacen con la Religión los que, por ver ciertos abusos, todo lo confunden en la misma reprobación. Cualquiera que sea la idea que se forme de los Espíritus, esta creencia está necesariamente fundada sobre la existencia de un principio inteligente fuera de la materia, y es incompatible con la negación absoluta de este principio. Tomamos, pues, nuestro punto de partida en la existencia, la supervivencia y la individualidad del alma, de lo que el "Espiritualismo" es la demostración teórica y dogmática, y el "Espiritismo" la demostración patente. Hagamos, por un instante, abstracción de las manifestaciones propiamente dichas, y raciocinando por inducción, veamos a qué consecuencia llegaremos.

2. Desde el momento que se admite la existencia del alma y su individualidad después de la muerte, es menester también admitir:

1º que es de una naturaleza diferente del cuerpo, pues que una vez separada de éste no tiene ya sus propiedades;

2º que goza de la conciencia de sí misma, puesto que se le atribuyen la alegría o el sufrimiento; de otro modo sería un ser inerte, y tanto valdría para nosotros no tenerla. Admitido esto, el alma va a alguna parte; ¿en qué se convierte y a dónde va? Según la creencia común, va al cielo o al infierno ¿pero dónde están el cielo y el infierno? Se decía en otro tiempo que el cielo estaba arriba y el infierno abajo; ¿pero qué es lo que está arriba o abajo en el universo desde que se conoce la redondez de la Tierra, el movimiento de los astros que hace que lo que es arriba en un momento dado venga a ser lo bajo en doce horas, lo infinito del espacio en el cual el ojo se sumerge en distancias inconmensurables? Es verdad que por lugares bajos se entienden también las profundidades de la tierra; ¿pero qué han venido a ser estas profundidades desde que se han ojeado por la geología? ¿Qué se han hecho estas esferas concéntricas llamadas cielo de fuego, cielo de las estrellas, desde que se sabe que la Tierra no es el centro de los mundos, que nuestro mismo sol no es más que uno de los millones de soles que brillan en el espacio, y que cada uno de ellos es el centro de un torbellino planetario? ¿Qué importancia tiene la Tierra perdida en esta inmensidad? ¿Por qué privilegio injustificable este grano de arena imperceptible, que no se distingue por su volumen ni por su posición, ni por un objeto particular, estaría él sólo poblado de seres racionales? La razón rehúsa admitir esta inutilidad de lo Infinito, y todo nos dice que esos mundos están habitados. Si están poblados, suministran pues su contingente al mundo de las almas; pero repetimos, ¿qué es de estas almas, puesto que la Astronomía y la Geología han destruido las moradas que les estaban señaladas, y sobre todo desde que la teoría tan racional de la pluralidad de los mundos, las ha multiplicado hasta el infinito?

La doctrina de la localización de las almas, no pudiendo ponerse de acuerdo con los datos de la ciencia, otra doctrina más lógica les señala por dominio, no un lugar determinado, y circunscrito, sino el espacio universal: es todo un mundo invisible en medio del cual vivimos, que nos circuye y nos rodea sin cesar. ¿Hay en esto una imposibilidad, alguna cosa que repugne a la razón? De ningún modo; todo nos dice, al contrario, que no puede ser de otra manera. ¿Pero entonces qué vienen a ser las penas y las recompensas futuras, si les quitáis los lugares especiales? Observad que la incredulidad, respecto a esas penas y recompensas, está, generalmente, provocada, porque se las presenta con condiciones inadmisibles; pero decid en lugar de esto que las almas sacan su dicha o su desgracia de sí mismas; que su suerte está subordinada a su estado moral; que la reunión de las almas simpáticas y buenas es una fuente de felicidad; que según su grado de depuración, penetran y ven cosas que se borran ante las almas groseras, y todo el mundo lo comprenderá sin trabajo; decid además que las almas no llegan al grado supremo si no por medio de los esfuerzos que hacen para mejorarse y después de una serie de pruebas que sirven a su depuración; que los ángeles son las almas que han llegado al último grado, el que todas pueden alcanzar con buena voluntad; que los ángeles son los mensajeros de Dios encargados de velar en la ejecución de sus designios en todo el Universo; que son dichosos de estas misiones gloriosas, y daréis a su felicidad un fin más útil y más atractivo que el de una contemplación perpetua, que no sería otra cosa que una inutilidad perpetua; decid, en fin, que los demonios no son otros que las almas de los malvados, todavía no depuradas, pero que pueden llegar a serlo como las otras, y esto parecerá más conforme a la justicia y a la bondad de Dios, que la doctrina de seres creados para el mal y perpetuamente dedicados a él. He aquí, repetimos, lo que la razón más severa, la lógica más rigurosa, en una palabra, el buen sentido, pueden admitir. Las almas que pueblan el espacio son precisamente lo que se llaman "Espíritus"; los "Espíritus" no son, pues, otra cosa que las almas de los hombres despojadas de su envoltura corporal. Si los Espíritus fuesen seres aparte, su existencia sería más hipotética; pero si admitimos que hay almas, es necesario también admitir los Espíritus que no son otros que las almas; si se admite que las almas están por todas partes, es necesario admitir igualmente que los Espíritus están por todo. No se podría, pues, negar la existencia de los Espíritus sin negar la de las almas.

3. Esto no es, en verdad, sino una teoría más racional que la otra; pero ya es mucho una teoría que no contradiga ni la razón ni la ciencia; si además está corroborada por los hechos, tiene para sí la sanción del razonamiento y de la experiencia. Estos hechos, nosotros los encontramos en el fenómeno de las manifestaciones espiritistas, que son así la prueba patente de la existencia y de la supervivencia del alma. Pero para muchas gentes, su creencia no va más allá; admiten la existencia de las almas y por consecuencia la de los Espíritus, pero niegan la posibilidad de comunicarse con ellos, por la razón, dicen, que seres inmateriales, no pueden obrar sobre la materia. Esta duda está fundada sobre la ignorancia de la verdadera naturaleza de los Espíritus, de la cual se forma generalmente una idea muy falsa, que se les considera sin razón como seres abstractos, vagos e indefinidos, lo que no es así. Figurémonos desde luego el Espíritu en su unión con el cuerpo; el Espíritu es el ser principal, pues, que es el ser "pensador y superviviente"; el cuerpo no es, por consiguiente, más que un "accesorio" del Espíritu, una envoltura, un vestido que deja cuando está usado. Además de esta envoltura material, el Espíritu tiene una segunda, semi-material que le une a la primera; en la muerte, el Espíritu se despoja de ésta, pero no de la segunda a la que nosotros damos el nombre de "periespíritu[2]". Esta envoltura semi-material que afecta la forma humana, constituye para él un cuerpo fluídico, vaporoso, pero que, por ser invisible para nosotros en su estado normal no deja de poseer algunas de las propiedades de la materia. El Espíritu no es, pues, un punto, una abstracción, sino un ser limitado y circunscrito, al cual sólo falta ser visible y palpable para parecerse a los seres humanos. ¿Por qué pues no obraría sobre la materia? ¿Por qué su cuerpo es fluídico? ¿Pero no es entre los fluidos los más rarificados, los mismos que se miran como imponderables, la electricidad, por ejemplo, que el hombre encuentra sus más poderosos motores? ¿Es que la luz imponderable no ejerce una acción química sobre la materia ponderable? Nosotros no conocemos la naturaleza íntima del periespíritu; pero supongámosle formado de materia eléctrica, o de otra tan sutil como ésta, ¿por qué no tendría la misma propiedad siendo dirigida por una voluntad?

4. La existencia del alma y la de Dios, que son la consecuencia una de la otra, siendo la base de todo el edificio, antes de entablar alguna discusión espiritista, importa asegurarse si el interlocutor admite esta base. Si a estas preguntas: ¿Creéis en Dios? ¿Creéis tener un alma? ¿Creéis en la supervivencia del alma después de la muerte? - responde negativamente, o si dice simplemente: "Yo no sé; querría que fuese así, pero no estoy seguro de ello", lo que, las más veces, equivale a una cortés negativa, disfrazada bajo una forma menos explícita a fin de no chocar muy bruscamente lo que él llama “preocupaciones respetables”, sería tan inútil ir más allá, como el pretender demostrar las propiedades de la luz al ciego que no la admitiese, porque en definitiva, las manifestaciones espiritistas no son otra cosa que los efectos de las propiedades del alma; con aquél es necesario seguir otro orden de ideas si no se quiere perder el tiempo. Si se admite la base, no a título de "probabilidad", si no como cosa segura, incontestable, la existencia de los Espíritus, se deduce naturalmente.

5. Resta ahora la cuestión de saber si el Espíritu puede comunicarse al hombre, esto es, si puede hacer con él cambio de pensamientos. ¿Y por qué no? ¿Qué es el hombre si no un Espíritu encarcelado en un cuerpo? ¿Por qué el Espíritu libre no podría comunicarse con el Espíritu en prisión, como el hombre libre con el que está entre cadenas? Desde luego que admitís la supervivencia del alma, ¿es racional no admitir la supervivencia de los afectos? Puesto que las almas están por todas partes, ¿no es natural el pensar que la de un ser que nos ha amado durante su vida, venga cerca de nosotros, que desee comunicarse, y que se sirva para esto de los medios que están a su disposición? ¿Durante su vida no obraba sobre la materia de su cuerpo? ¿No era ella quién dirigía sus movimientos? ¿Por qué, pues, después de su muerte, de acuerdo con otro Espíritu ligado a un cuerpo, no tomaría este cuerpo vivo para manifestar su pensamiento, como un mudo puede servirse de uno que hable para hacerse comprender?

6. Hagamos por un instante abstracción de los hechos que, para nosotros, hacen la cosa incontestable; admitámoslos a título de simple hipótesis; pidamos que los incrédulos nos prueben, no por una simple negativa, porque su dictamen personal no puede hacer ley, sino por razones perentorias, que esto no puede ser. Nosotros nos colocaremos sobre su terreno, y puesto que quieren apreciar los hechos espiritistas con ayuda de las leyes de la materia, que tomen, por consiguiente, en este arsenal, alguna demostración matemática, física, química, mecánica, y fisiológica, y prueben por "a" más "b", partiendo siempre del principio de la existencia y supervivencia del alma:

1º Que el ser que piensa en nosotros durante la vida no debe pensar más después de la muerte;

2º Que, si piensa, no debe pensar más en los que ha amado;

3º Que si piensa en aquellos que ha amado, no debe querer ya comunicarse con ellos;

4º Que si puede estar por todas partes, no puede estar a nuestro lado;

5º Que si está a nuestro lado, no puede comunicarse con nosotros;

6º Que por su envoltura fluídica no puede obrar sobre la materia inerte;

7º Que si puede obrar sobre la materia inerte, no puede obrar sobre un ser animado;

8º Que si puede obrar sobre un ser animado, no puede dirigir su mano para hacerle escribir;

9º Que pudiendo hacerlo escribir, no puede responder a sus preguntas y trasmitirle su pensamiento. Cuando los adversarios del Espiritismo nos hayan demostrado que esto no puede ser, por razones tan patentes como aquellas por las cuales Galileo demostró que no es el Sol el que da vueltas alrededor de la Tierra, entonces podremos decir que sus dudas son fundadas; desgraciadamente hasta este día toda su argumentación se resume en estas palabras: Yo no creo, luego esto es imposible. Nos dirán sin duda que toca a nosotros probar la realidad de las manifestaciones; nosotros se la probamos por los hechos y el raciocinio; si no admiten ni lo uno ni lo otro, si aún niegan lo que ven, corresponde a ellos el probar que nuestro raciocinio es falso y que los hechos son imposibles.

CAPÍTULO II - LO MARAVILLOSO Y LO SOBRENATURAL

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7. Si la creencia en los Espíritus y en sus manifestaciones fuese una concepción aislada, el producto de un sistema, podría con alguna apariencia de razón ser sospechosa de ilusión; pero que se nos diga ¿por qué se la encuentra tan viva entre todos los pueblos antiguos y modernos, y en los libros santos de todas las religiones conocidas?

Esto es, dicen algunos críticos, porque en todo tiempo el hombre ha amado lo maravilloso. - ¿Qué es, pues, lo maravilloso según vosotros? - Lo que es sobrenatural. -Qué entendéis por sobrenatural? - Lo que es contrario a las leyes de la naturaleza[1q]. -¿Acaso conocéis estas leyes con tanta perfección que os sea posible marcar un límite a la potencia de Dios? ¡Pues bien! Probad entonces que la existencia de los Espíritus y sus manifestaciones son contrarias a las leyes de la naturaleza; que esto no es y no puede ser una de estas leyes. Seguid la Doctrina Espiritista y ved si se eslabona con todos los caracteres de una admirable ley que resuelve todo lo que las leyes filosóficas no han podido resolver hasta este día. El pensamiento es uno de los atributos del Espíritu; la posibilidad de obrar sobre la materia, de hacer impresión sobre nuestros sentidos y por consecuencia de transmitir su pensamiento, resulta, si podemos expresarnos así, de su constitución fisiológica: luego no hay en este hecho nada de sobrenatural, nada de maravilloso. Que un hombre muerto y bien muerto, resucite corporalmente, que sus miembros dispersos se reúnan para volver a formar su cuerpo, he aquí lo maravilloso, lo sobrenatural, lo fantástico; eso sería una verdadera derogación que Dios no puede cumplir sino por un milagro, pero no hay nada de esto en la Doctrina Espiritista.

8. Sin embargo, se dirá, admitís que un Espíritu puede levantar una mesa y mantenerla en el espacio sin punto de apoyo; ¿acaso no es esto una derogación de la ley de gravedad? De la ley conocida, sí, ¿pero la Naturaleza ha dicho su última palabra?

Antes que se hubiese conocido la fuerza ascensional de ciertos gases, ¿quién hubiera dicho que una pesada máquina llevando muchos hombres, pudiera triunfar a la fuerza de atracción? A los ojos del vulgo ¿no debería parecer maravilloso, diabólico? El que hubiera propuesto, hace un siglo, transmitir un despacho a 500 leguas, y recibir la contestación en algunos minutos, hubiera pasado por un loco; si lo hubiese hecho, se hubiera creído que tenía el diablo a sus órdenes, porque entonces sólo el diablo era capaz de ir tan aprisa. ¿Por qué, pues, un fluido desconocido, no tendría la propiedad en circunstancias dadas, de contrabalancear el efecto de la gravedad, como el hidrógeno contrabalancea el peso del globo aerostático? Hacemos esta observación de paso, que es una comparación, mas no una asimilación, y únicamente para demostrar, por analogía que el hecho no es físicamente imposible. Pero fue precisamente cuando los sabios, en la observación de estas especies de fenómenos, quisieron proceder por vía de asimilación que se engañaron. Por lo demás el hecho existe; todas las denegaciones no podrán hacer que no sea, porque negar no es probar; para nosotros no hay nada de sobrenatural; es todo lo que podemos decir por el momento.

9. Si el hecho está constatado, se dirá, nosotros lo aceptamos, aceptamos aún la causa que acabáis de señalar, la de un fluido desconocido; ¿pero que prueba la intervención de los Espíritus? En esto está lo maravilloso, lo sobrenatural.

Sería menester aquí una demostración que no estaría en su sitio y tendría por otra parte doble colocación, porque resalta de todas las otras partes de la enseñanza. Sin embargo, para resumirla en pocas palabras, diremos que está fundada, en teoría, sobre este principio: todo efecto inteligente debe tener una causa inteligente; en práctica: sobre la observación que los fenómenos llamados espiritistas, habiendo dado pruebas de inteligencia, debían tener su causa fuera de la materia; que esta inteligencia no siendo la de los asistentes - esto es un resultado de experiencia - debía estar fuera de ellos; pues que no se veía el ser en acción, debía ser un ser invisible. Desde entonces fue, que de observación se llegó a reconocer que este ser invisible, al cual se ha dado el nombre de Espíritu, no es otro que el alma de aquellos que han vivido corporalmente, y que la muerte ha despojado de su grosera envoltura visible, no dejándoles más que una envoltura etérea, invisible en su estado normal. He aquí pues, lo maravilloso y lo sobrenatural reducidos a su más simple expresión. Una vez acreditada la existencia de seres invisibles, su acción sobre la materia resulta de la naturaleza de su envoltura fluídica; esta acción es inteligente, porque muriendo, ellos no han perdido más que su cuerpo, pero han conservado la inteligencia que es su esencia; ahí está la llave de todos estos fenómenos reputados sin razón sobrenaturales. La existencia de los Espíritus no es pues un sistema preconcebido, una hipótesis imaginada para explicar los hechos; es un resultado de observaciones y la consecuencia natural de la existencia del alma; negar esta causa, es negar el alma y sus atributos. Aquellos que crean poder dar, de estos efectos inteligentes, una solución más racional, pudiendo sobre todo dar razón de "todos los hechos", que tengan la bondad de hacerlo y entonces se podrá discutir el mérito de cada uno.

10. A los ojos de estos que miran la materia como la sola potencia de la Naturaleza, "todo lo que no puede ser explicado por las leyes de la materia es maravilloso o sobrenatural"; y para ellos, "maravilloso" es sinónimo de superstición.

Bajo este título la religión, fundada sobre la existencia de un principio inmaterial, sería un tejido de supersticiones; no se atreven a decirlo en voz alta, pero lo dicen bajito, y creen salvar las apariencias concediendo que es necesaria una religión para el pueblo, y para hacer que los niños sean sabios; luego, de dos cosas la una, o el principio religioso es verdadero o es falso; si es verdadero, lo es para todo el mundo; si falso, tan malo es para los ignorantes como para las gentes ilustradas.

11. Los que atacan al Espiritismo en nombre de lo maravilloso, se apoyan, pues, generalmente, sobre el principio materialista, porque negando todo efecto extra-material, niegan, por lo mismo, la existencia del alma; sondead el fondo de su pensamiento, escudriñad bien el sentido de sus palabras, y veréis casi siempre este principio, si no es categóricamente formulado, despuntar bajo las apariencias de una pretendida filosofía racional con que ellos lo cubren. Rebatiendo a cuenta de lo maravilloso, todo lo que se deduce de la existencia del alma, son consecuentes consigo mismos; no admitiendo la causa, no pueden admitir los efectos; de ahí en ellos una opinión preconcebida que les hace impropios para juzgar sanamente el Espiritismo porque parten del principio de la negación de todo lo que no es material. En cuanto a nosotros, de que admitamos los efectos que son la consecuencia de la existencia del alma, ¿se sigue acaso que aceptemos todos los hechos calificados de maravillosos; que seamos los campeones de todos los que sueñan, los adeptos de todas las utopías, de todas las excentricidades sistemáticas? Sería menester conocer muy poco el Espiritismo para pensarlo; pero nuestros adversarios no miran éste tan de cerca: la necesidad de conocer aquello de que hablan es el menor de sus cuidados. Según ellos, lo maravilloso es absurdo; pues el Espiritismo se apoya sobre hechos maravillosos, luego el Espiritismo es absurdo: esto para los mismos es un juicio sin apelación. Creen oponer un argumento sin réplica, cuando después de haber hecho eruditas investigaciones sobre los convulsionarios de San-Medard, los calvinistas de las Cevenas, o las religiosas de Londun, han conseguido descubrir hechos patentes de superchería que nadie niega; ¿pero estas historias son el evangelio del Espiritismo? ¿Sus partidarios han negado que el charlatanismo haya explotado ciertos hechos en su provecho; que la imaginación los haya creado; que el fanatismo los haya exagerado mucho? No es solidario de las extravagancias que se pueden cometer en su nombre, como la verdadera ciencia, no lo es de los abusos de la ignorancia, ni la verdadera religión, de los excesos del fanatismo. Muchos críticos juzgan el Espiritismo sobre los cuentos de hadas y las leyendas populares que son sus ficciones; es como si juzgáramos la historia sobre los romances históricos o las tragedias.

12. En lógica elemental, para discutir una cosa es menester conocerla, porque la opinión de su crítico no tiene valor, hasta tanto que hable con perfecto conocimiento de causa; sólo entonces aunque su opinión fuese errónea, puede tomarse en consideración ¿pero qué valor tendrá sobre una materia que no conoce? El verdadero crítico debe hacer prueba, no sólo de erudición, sino de un saber profundo respecto del objeto que trate, de un juicio sano y de una imparcialidad a toda prueba; de otro modo el primer músico del lugar podría arrogarse el derecho de juzgar a Rossini, y un aprendiz el de censurar a Rafael.